miércoles, febrero 10, 2010

A LA VISTA

Una de las desazones de ayer estuvo causada por la extraña pérdida de unos libros que yo había dejado en la biblioteca escolar donde trabajo. Consulto la base de datos una y otra vez, para cerciorarme del número y condición de los ejemplares que echo de menos, inspecciono el estante correspondiente, pregunto por ahí y hasta levanto una efímera polvareda al propagar mi casi certeza de que pueda tratarse de un robo. Inexplicable, por cierto, ya que los libros estaban a disposición de cualquiera que quisiera llevárselos en préstamo. Al final, aparecen, traspapelados. Alguien los había colocado en otro estante. Y entonces caigo en la cuenta de un curioso comportamiento con el que me familiaricé en la otra biblioteca escolar de la que fui responsable unos años: hay quien, cuando le gusta un libro, o simplemente lo necesita, y no quiere que nadie le prive de él, lo cambia de sitio. Una simple traslación, que, de ser descubierta, ni siquiera podría penalizarse, basta para que el libro resulte inencontrable. Quienes están acostumbrados a tratar con libros lo saben. El autor de la broma no tiene más que ir a buscarlo a su escondrijo; que, como el de la famosa carta del cuento de Poe, es un escondrijo a la vista de todos.

Y lo curioso es que, mientras comento la incidencia, alguien me dice que suele hacer eso con los libros que le gustan de una librería: los cambia de sitio, para que nadie se los lleve.

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Retocar una novela ya escrita, aunque sea un simple borrador, es jugar a modelar vidas. Tacha uno unas frases, o añade otras, y esa vida -eso espera uno- parece fluir mejor... Lástima no poder hacerlo con la propia.


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El hombre de cuya muerte súbita hablaba ayer tenía cuarenta y siete años. Justo (toco madera) los que yo cumplo hoy.

martes, febrero 09, 2010

CIERRE

Desayuno y me visto sin siquiera levantar la persiana, por las prisas. Y hasta que no se alza la puerta del garaje no veo el día que hace: feo, desabrido, con una lluvia racheada, acompañada de un viento arremolinado que desaconseja abrir el paraguas. Uno de esos días, en fin, en los que más vale quedarse en casa. No me lo esperaba. Y todo la mañana ando bajo la impresión de esa sorpresa; y las pequeñas contrariedades que trae consigo la jornada, y que uno normalmente se echa a las espaldas sin mayor problema, revisten hoy ese carácter sorpresivo, abrumador. También respecto a ellas, me digo, conviene abrir las ventanas por anticipado. Para verlas venir.

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Menos mal que hay gente amable, que te ayuda a distraerte de tus preocupaciones. Por ejemplo, esta compañera, a la que hace unas semanas aconsejé sobre un ciclo casero de películas que pretendía organizarse, bajo el pretexto de que estuvieran todas basadas en un relato breve. A lo largo de la semana, su pareja y ella leían el relato en cuestión, y luego veían la película, precedida de una cena ideada a propósito... El ciclo, según me dice, se ha ido celebrando sin problemas a lo largo de los últimos meses. Han visto La diligencia (indirectamente basada en Boule de suif, de Maupassant), Forajidos (a partir de un relato de Hemingway), El nadador (adaptación del cuento del mismo título de Cheever), Dublineses, etc. Conozco poco a esta mujer, así que me cuesta imaginarla en estos ritos íntimos, que sugieren un grado alto de complicidad intelectual con su pareja y, a la vez, una cierta capacidad de ambos de retrotraerse a esa fase de toda relación en la que se propician estas ocasiones que llevan al mutuo conocimiento. Hablamos de otros ciclos posibles: uno de remakes, por ejemplo, para el que le sugiero revisar las versiones que Douglas Sirk hizo de muchos melodramas que previamente había filmado John M. Stahl... Y es agradable, después de todo, jugar este modesto papel en esta ceremonia ajena.

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Mientras escribo, llamadas telefónicas. La privacidad no es más que una oficina abierta, desde la que se despachan toda clase de asuntos relacionados con las necesidades y caprichos de uno. Pesa sobre mi ánimo la reciente muerte súbita de un hombre de mi edad, que ha sido muy comentada en el barrio. También él debió de ser, como todos nosotros, un despacho abierto, una especie de negociado del yo. Ahora ha echado el cierre, sin previo aviso.

lunes, febrero 08, 2010

NO COMPARECE

La montaña de libros recibidos había crecido ya hasta el punto de que su equilibrio era insostenible. Por eso me he decidido a hacerles sitio en los estantes correspondientes. No ha sido fácil: he eliminado los últimos huecos que quedaban, a fuerza de suprimir todos los sujetalibros, bibelots, cajas y demás baratijas con los que los tenía separados y más o menos firmes y ordenados. Ahora no hay solución de continuidad entre, pongamos, los libros de prosa española y los rusos, y María Zambrano, cuyo apellido la sitúa siempre en la cola de cualquier hilera, está ahora espalda con espalda con Chéjov; lo que, después de todo, creo que no es mala compañía. También ha habido que hacer un pequeño expurgo. Nada dramático, en fin: unos libros para regalar, otros para donar a alguna biblioteca acogedora, algún otro destinado a la casa de la sierra, lo que no sé todavía si es una postergación o una subida de categoría, porque allí sólo están los libros japoneses de M.A., algunos tochos que he terminado de leer allí y no había urgencia para devolverlos al grueso del regimiento (Grossman, Carlos Morla Lynch, algún Dickens), los catálogos de pintura y un puñado de antologías y silvas de varia lección que me gusta hojear en las horas muertas... Ordenar una biblioteca, dicen, es hacer de Dios en el trance del Juicio Final. Pero hacerlo, en fin, cuando falta espacio es como dejar a un puñado de justos fuera del Paraíso porque no hay sitio para todos.

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Me paso la tarde del domingo trabajando en la novela. La temida angustia dominical no comparece, no sé si porque he logrado conjurarla con el trabajo o porque, vistas las circunstancias, no quería servir de motivo de inspiración. Porque si hay algo que no consiente la angustia es que le den la bienvenida.

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Bertolucci-Bowles (El cielo protector): en la mayoría de los casos, o es buena la película o lo es el libro, nunca las dos cosas. Y lo verdaderamente difícil es que de un libro pésimo salga una película aún peor; o viceversa: que una película tan mala tenga como antecedente un libro más malo aún. Y que se haya gastado tanta palabrería en ensalzar uno y otra.

viernes, febrero 05, 2010

MICCIONES

No, no es que haya experimentado una regresión a esa etapa de la infancia en la que uno se deleitaba en repetir “pipí, caca, culo”. No. Es sólo que he visto la nota de prensa en la que el Ayuntamiento gaditano se ufana de su intención de instalar doscientos sesenta y nueve urinarios callejeros con motivo de los carnavales. Es legítima esa ufanía: igual que hay quien se ocupa de impulsar la construcción de hermosos jardines, o de promover ciclos de conciertos, ha de haber quien se encargue de disponer mingitorios. Los hay, incluso, en esos jardines y auditorios a los que acabamos de referirnos, porque, allí donde se congrega un cierto número de personas, hay que prever las humanísimas necesidades que éstas experimentarán durante el intervalo en el que permanezcan reunidas, y eso se aplica lo mismo a las descontroladas juergas del carnaval, con su dispendio alcohólico y cervecero, que a las morigeradas concentraciones de melómanos, pongo por caso. E incluso a veces ni siquiera hace falta una multitud. El célebre cineasta y director teatral Ingmar Bergman confesó en sus memorias que padecía incontinencia intestinal, y que lo primero que exigía cuando lo llamaban para dirigir un espectáculo era que le instalaran un retrete entre bambalinas. Si no, podría haberle pasado lo que a la reina Isabel II, que sintió una urgencia –dicen– cuando se dirigía a Cádiz y, para satisfacerla, hubo de apearse en cierto apartado paraje que desde entonces es conocido como Meadero de la Reina.

En previsión, en fin, de que a miles de personas pueda pasarles eso durante los carnavales, el Ayuntamiento ha ordenado instalar esos doscientos y pico retretes en determinados lugares estratégicos. Pasa uno junto a ellos y no puede dejar de experimentar cierta melancolía. Es la otra cara de la moneda: por un lado, el colorido, la música, la alegría real o impostada de los celebrantes, la exaltación de los entendidos; por otro, esos rincones apartados, que ni la más avanzada tecnología sanitaria logra evitar que, en cuestión de horas, se conviertan en lugares inmundos.

Claro que en otras zonas del planeta, como en el recién devastado Haití, darían cualquier cosa porque alguien erigiese unas letrinas mínimamente utilizables, para evitar que la multitud desamparada enfermara de sus propios desechos. Quizá el progreso y la civilización no consistan en otra cosa que en la erección de letrinas: allí donde ese trámite está cubierto, como entre las bambalinas de Bergman, el hombre puede dar libre vuelo a su espíritu e imaginar que no es una pobre criatura que digiere y defeca, sino una especie de dios que crea belleza o, al menos, disfruta de la que otros han creado. Aunque a veces, ante ciertas realidades abrumadoras. uno llega a dudar de que el hombre pueda producir otra cosa que lo que deja en los mingitorios.

Publicado el pasado martes en Diario de Cádiz

jueves, febrero 04, 2010

NO SUELE UNO

No suele uno ser tan bruto. Pero, a veces, ante los trastornos que provocan los despliegues policiales que acompañan los desplazamientos y reuniones de determinados cargos públicos -en la mayoría de los casos, personas de escasísimo relieve humano o profesional, más allá del que les presta el cargo-, le entran a uno ganas de repetir lo que, en tiempos menos clementes, oía con frecuencia decir a sus mayores: "Algo habrán hecho para tener tanto miedo".

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Sigo con lo de ayer: la mayoría de los rifirrafes literarios -alguno se cuenta, muy de pasada, en ese libro- suelen tener como origen un malentendido consistente en cruzar un juicio literario o intelectual con uno personal. La irritación de J.C., por ejemplo, con A.T. a raíz de un artículo que este escribió sobre Juan Marichal, y en el que descalificaba la pretensión de éste de que los legítimos depositarios de los diarios de Azaña debían donarlos al estado. En aquella época Marichal, por lo que da a entender J.C., estaba gravemente enfermo y era incapaz de participar en ninguna polémica, aunque no fuera más que en defensa propia. Pero el opinante en cuestión no tenía por qué tener en cuenta este dato -que puede incluso que ignorara- a la hora de ejercer públicamente su derecho a defender su propio parecer en asuntos sobre los que previamente sí se había pronunciado Marichal. El resultado: un agrio encuentro entre J.C., defensor del presuntamente agraviado, y A.T. Según quién lo cuente, se siente uno inclinado a ponerse de parte de uno o de otro. Y el caso es que los dos tienen razón, desde sus respectivas posiciones. Lo que es lo mismo que decir que ninguno de los dos la tenía del todo, o que era necesario el choque para que una verdad más completa se impusiera a las otras dos verdades parciales.

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Me cuenta M.A. que ha leído que en cierta residencia de ancianos tienen un gato que se anticipa a la muerte de los internos, y que la anuncia mediante el procedimiento de irse a dormir con quien va a morir en cuestión de horas... Creo que haría todo lo posible para alejar de mí a un animal tan aciago. Y, mientras lo escribo, observo de reojo los movimientos sinuosos de K. A veces parece que me ronda a distancia, como si supiera cosas sobre mí que sólo ella ve, y que jamás diría, incluso si pudiera.

miércoles, febrero 03, 2010

COMO SI

Leyendo este libro de recuerdos de un conocido editor y periodista, caigo en la cuenta de que, respecto a los libros y autores que conforman la trayectoria intelectual y sentimental de uno, caben dos actitudes: la de dar por bueno todo lo que lo pareció en su día, aunque la propia evolución de uno lo lleve por caminos muy alejados de los que frecuentó en su juventud; o la de ponerse en situación de permanente expurgo e inventario, como en una mudanza, e ir sacudiéndose todos los lastres adquiridos en cuanto uno toma conciencia de que lo son. Depende, supongo, del carácter de cada cuál. Quién no ha leído a Cortázar o a García Márquez, pongo por caso. Quedar deslumbrados por ellos a los diecisiete años, y en los años setenta, es perfectamente comprensible, y no es poco mérito por parte de estos autores haber logrado impresionar de ese modo a toda una generación de lectores. Ahora, quedarse ahí es algo muy distinto. Y limitarse a sumar, como si todo valiera lo mismo, muy peligroso.

martes, febrero 02, 2010

LARGA SOMBRA

La larga sombra de Valle: "Destiló brusca blancura la dentadura colectiva de los Kennedy", leo en Yo maté a Kennedy, de Manuel Vázquez Montalbán.

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Hay en esta novela un puñado de páginas, digamos, valiosas, aunque no sé exactamente en qué tasar su valor: valdrían como artículos, quizá, porque podrían funcionar bien como columnas de periódico -aunque debo decir que nunca me gustaron demasiado las que este escritor publicaba en El País-, o como estampas en un libro misceláneo. V.M. hubiera sido un buen escritor de páginas sueltas, al estilo de Azorín. Más coyuntural que éste, en todo caso, lo que tampoco hubiera sido un demérito, ya que Azorín -en el que sí reconozco un valor evidente y genuino- tantas veces se resiente de parecer que escribe desde el limbo. V.M. no: escribe en su día y para los lectores del día, por lo que a sus libros les pasa lo que al yogur: hay que consumirlos pronto, para que no se pasen de fecha. Aunque, como todo el mundo sabe, también hay algo de mito en eso de la fecha de caducidad de los yogures.

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De todos modos, nada como leer un libro caducado para rescatar el sabor del tiempo en que se escribió. Este libro trasciende a lo peor -y a lo mejor, tal vez- de los primeros setenta: cinismo, una fatua carga ideológica contra la que nada puede la ironía, una cierta afectación -muy burguesa, pese a toda la carga antiburguesa de la que el libro pretende adornarse- de mundanidad, con la que se pretende escandalizar a un público hacia el que se siente un manifiesto desprecio (aunque es posible que quienes componían ese público, uno a uno, creyeran que el cuento no se les aplicaba a ellos, sino a los otros...). No quiero decir que todos los que escribían en esta época lo hicieran de este modo. Pero...

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Sin embargo, no creo que haya perdido el tiempo con esta lectura. Me ha divertido. Me ha hecho añorar algunas cosas. Me ha dado que pensar. Me ha deprimido lo suyo. Me ha deparado, en ocasiones, la satisfacción del hallazgo. Pocos libros dan tanto por tan poco (dos euros en la librería de viejo de F.)

lunes, febrero 01, 2010

SIERRA ALTA

Dejamos el coche a comienzos del mismo carril que otras veces hemos tomado para llegar al mirador que llaman Ojo del Moro. Pero, en vez de seguir esa dirección, nos hemos adentrado en un prado que se extiende a la derecha del camino, y atravesado una cancela por la que se accede a la lengua de terreno que rodea el cerro.

Es un terreno áspero, sembrado de piedras que deben de haber caído rodando del propio monte; aunque los mismos elementos que las han empujado deben de ser los responsables de haber depositado entre las mismas esta esponjosa tierra negra, entreverada de estiércol, en la que parece un crimen que nadie haya sembrado nada: tal vez no han querido molestarse en quitar las piedras; o tal vez, simplemente, la franja está tan pegada al monte que sólo recibe unas escasas horas de luz al día, y ésta muy tamizada por las frondosas encinas que también crecen allí. Lo que no parece impedimento, en todo caso, para que abunde el tomillo, el hinojo, las esparragueras.

Avanzamos por este terreno complicado, ya con las botas embarradas. La tierra va disminuyendo y las piedras poco a poco van confluyendo en una especie de calzada ascendente. Estamos, todo hay que decirlo, en lo que desde la carretera no es más que uno de los muchos cerros que la obligan a adoptar su característico trazado sinuoso. Pero el paisaje no es el mismo visto desde la ventanilla del coche, donde no es más que una sucesión de estampas sin relieve, que con los pies en tierra. Vamos subiendo sin esfuerzo, aunque M.A., que le tiene algún respeto a las alturas, teme en algún momento que la pueda paralizar el vértigo si el camino se vuelve más expuesto. J.A.M., nuestro guía, asegura que no hay peligro. Sin embargo, señala una encina que brota de las peñas a unos diez o doce metros por encima de nuestras cabezas, y dice que hay que subir hasta ahí. Desde donde estamos no se ve el más mínimo resquicio que parezca insinuar un camino practicable. Sin embargo, lo hay: el sendero traza una especie de doble ese que, en pocos minutos, nos sitúa en lo que parecía un punto inalcanzable. Es lo que más sorprende del campo abierto: su condición de trampantojo, su capacidad de multiplicarse, de hacer surgir de la nada tantos mundos ocultos como cambios de perspectiva va deparando al paseante la cambiante orografía. Lo que es, también, su mayor peligro: esos mundos multiplicados empiezan pronto a parecerse los unos a los otros, y es fácil confundirlos y perderse en ellos. Ya nos pasó una vez.

Como para no desmentir esas aprensiones, apenas sobrepasada la encina descubrimos un paisaje que tópicamente podríamos describir como "lunar", si en la luna existiera la poderosa mecánica que moldea la piedra caliza para formar estos abrigos rocosos, estas sorprendentes chimeneas hechas de bloques cuarteados, esta sucesión de crestas que parecen evocar ruinas de castillos o trazados de ciudades perdidas. Discurrimos, por ejemplo, por un recinto que llamamos "la casa", porque al conjunto se accede por una verdadera puerta hecha de piedras en precarísimo equilibrio. Las estancias de "la casa" se suceden unas a otras, a cual más espaciosa y soleada. A poco que uno se molestara en techarla, podría vivirse en ella, y hasta utilizar los huecos de las piedras, limpios y secos, como alacenas o estanterías.

Un poco más adelante, descubrimos una abertura alargada en el suelo. Nos asomamos: no se le ve el fondo. Si alguien cayese en ella, jamás encontrarían su cuerpo. Por eso mismo, nos da por pensar que, en tiempos más conflictivos, más de uno acabaría sus días en ese agujero insondable... Caminamos ahora por una llanura irregular, salpicada de matas de tojo. Los conejos, nos dice J.A.M., gustaban de excavar sus madrigueras al abrigo de estas plantas espinosas. Ya no los hay, por cierto: los exterminó la mixomatosis hace apenas unos lustros. Lo que sí hay son vacas: no echan cuenta de nosotros, y sólo levantan la cabeza amenazadoramente cuando, en nuestro discurrir, interrumpimos la siesta de un ternero, que salta inesperadamente de la pequeña depresión en la que se solazaba y corre a refugiarse tras su madre.

Volvemos, porque no parece que pudiéramos abarcar más en lo que habíamos pensado como un simple paseo de dos horas. Ha sido nuestra primera impresión del paraje que llaman Sierra Alta -o Baja, nos dice J.A.M., porque todo depende de desde dónde se mire-. Y es que, si algún efecto tienen estos paseos sobre el ánimo de uno, es el moderado relativismo que infunden en su modo de mirar las cosas. Un relativismo que, paradójicamente, tiende también a confirmar algunas de las pocas convicciones absolutas que uno tiene.

viernes, enero 29, 2010

HEMOS LLEGADO LEJOS

"Hemos llegado lejos, / pues la ciudad profunda es la ciudad del tedio, / las indolentes palmas / y el polvo de arrabales y de trenes", leo en Extravío, de César Simón. Y me acuerdo de estas palabras de Gautier, de las que tanto se ha abusado: "Es imposible ser infeliz bajo las palmeras". Depende, como ponen de manifiesto los desolados versos del poeta valenciano. Y es que, en esto de la poesía, ninguna moneda tiene un valor de cambio absolutamente fijo.

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O esto otro, del mismo, que tantos adoradores de lo oscuro deberían aplicarse: "Ofrece el sinsentido un sentido solemne". O viceversa.

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Y esta mujer gorda, desarreglada, que pregunta en la agencia por el precio del billete de tren y la noche de hotel en Madrid, a donde quiere llevar a su hija a un concierto de, por lo que adivino, cierta estrella de la canción arrabalera... La empleada, con buen juicio, le busca un hotel muy barato, a la vera de la estación. No lo suficiente, al parecer, porque la clienta dice que ha de pensárselo. Me pregunto si su afortunada hija sabrá valorar el esfuerzo que se adivina tras este intento de complacerla. Y, sobre todo, si merecerá la pena.

jueves, enero 28, 2010

DESEADAS

Leo en la edición electrónica de este diario que cierta página web que yo desconocía acaba de publicar su lista anual de las noventa y nueve mujeres más deseadas del mundo. Y como uno no aspira a otra cosa que a participar del sentir general, pincho en el enlace correspondiente y dedico unos minutos a contemplar las fotos de las susodichas… No es que no sean guapas, ni que a uno no les guste mirarlas. Pero desear, lo que se dice desear, antes desea uno a una vecina o a una compañera de trayecto en el autobús que a estas efigies en papel satinado. Pero tampoco esto último es exacto, porque incluso de esas mujeres que nos alegran la vista en la vida cotidiana diría uno, a lo sumo, que le gustan, o que le parecen atractivas. Aplicar el verbo “desear” sin ton ni son tiene algo de enormidad. ¿Desea uno de verdad a Penélope Cruz, a Scarlett Johansson, a Angelina Jolie? Depende. Hasta los animales, dicen, se excitan cuando se les muestra imágenes de una hembra deseable. Otra cosa es “desearlas” de verdad; es decir, reconocer en uno esa intensa apelación a la voluntad, y actuar en consecuencia, procurando conocer a esas mujeres, tratarlas, gustarles. Fuera del gremio al que pertenecen, casi nadie lo intenta. Entre otras razones porque, si uno realmente “deseara” a esos arquetipos de perfección, a los que sólo conoce por fotografías o imágenes animadas, la decepción de salir a la calle y encontrar sólo a mujeres de carne y hueso, más o menos imperfectas, agobiadas de inseguridades y problemas, resultaría descomunal, y suficiente en todo caso para contrarrestar el estímulo que pudieran haber supuesto aquellas imágenes.

Lo que gusta de ellas, supongo, es lo que tienen de repertorio anatómico, de mero catálogo de rasgos que a uno le gustaría encontrar, idealmente, en una mujer. Luego las mujeres reales son otra cosa, y lo que puedan tener en común con el arquetipo viene siempre acompañado de otros rasgos que sólo se explican por la vida que llevan, lo que piensan y sienten, lo que hay en ellas que nos atañe de un modo particular.

Posiblemente el verdadero deseo haya que definirlo en esos términos. Y no es que me esté poniendo sentimental: a uno también le gustan las mujeres de celuloide y su promesa de irrealidad. Le gusta que sean inmortales, como Marilyn, o etéreas, como la Garbo, o un tanto excesivas, como la Johansson. Tiene uno sus fantasías al respecto. Y como vivimos en un mundo que ni siquiera concede estatuto de individualidad a las fantasías, hay quien se ocupa de someterlas a público escrutinio y elaborar las correspondientes listas de aceptación. Resulta un tanto grosero. Y contraproducente, quizá. Porque, miren por dónde, ahora que sé que esas noventa y nueve mujeres son deseadas por tanta gente, y de un modo tan público y notorio, a mí empiezan a gustarme un poco menos.

Publicado el pasado martes en Diario de Cádiz

miércoles, enero 27, 2010

CONSTATACIONES

Entiendo muy bien a Josep Pla cuando se queja de lo frías y desabridas que eran las casas del Ampurdán: también lo son las viviendas modernas en la mayor parte de Andalucía, bajo la falsa creencia de que, como aquí el frío dura menos que en otras latitudes, no merece la pena dotar las casas de sistemas eficientes de calefacción. Si acaso, la única ventaja que tenemos respecto a Pla es que estos pisitos modernos son más pequeños que las masías del Ampurdán, y basta ponerse un radiador de aceite a la espalda, como el que tengo yo ahora, para contrarrestar eficazmente la sensación de frío, aunque quizá no tanto la de humedad, connatural a la proximidad del mar. Echo de menos los fríos secos, recios, de la sierra, y también el mayor realismo con el que uno afronta allí las vicisitudes del clima. En esto, como en tantas otras cosas, los andaluces malvivimos por culpa de nuestro apego a una falsedad atávica, que entendemos favorecedora. Otros dirían, simplemente, que se trata de puro y simple subdesarrollo. Pero es difícil dictaminar que fue lo primero, si éste o las confortables creencias que lo justifican y mantienen vivo.

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También K. tiene frío. Pero eso no le impide maullar para que le abra el balcón. Lo hago, y no aguanta a la intemperie más de un minuto. Pero en cuanto vuelve a estar dentro y le cierro la puerta, maúlla de nuevo, porque lo suyo, como lo de tantos, es la insatisfacción permanente, la añoranza de lo que no se tiene y acaso ni siquiera se desea, pero no por eso se deja de reclamar.

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Lecturas. La de esta novela primeriza del cineasta M.G.A. sobre los acontecimientos del 11 de marzo. Quizá lo más doloroso de la misma sea su documentado estudio de lo sórdida que puede resultar la vida en ciertos ambientes no del todo marginales, pero sí abocados a un grado de embrutecimiento irreversible. De ahí puede surgir -y con frecuencia surge- cualquier cosa. Y es curioso que, a veces, incluso en testimonios literarios que parecen excluir, a priori, cierta clase de constataciones morales, éstas terminen imponiéndose de un modo casi irrebatible.

martes, enero 26, 2010

SOBREMESA

Veo un episodio más de esta espléndida serie de la BBC que acompaña a un viajero a lo largo de la línea del Ecuador. Ahora está en Indonesia, en concreto en la isla de Borneo, donde le cuentan cómo los naturales del lugar, los temibles dayaks, famosos por su costumbre de cortar las cabezas de sus enemigos, hicieron no hace mucho lo propio con la población inmigrante que les impuso el gobierno, a los que acusaban de todo tipo de crímenes y de haber degradado las condiciones de vida locales. Hay que decir que el viajero en cuestión suele manejar un discurso de una impecable corrección política, y que ha denunciado con rigor las injusticias se las que ha sido testigo a lo largo de su periplo. Ahora parece dispuesto a aplicar este riguroso rasero a los feroces dayaks. Sin embargo, éstos lo reciben entre danzas rituales, lo agasajan con un gran banquete y lo nombran hijo adoptivo del cacique local, no sin antes darle a conocer su particular punto de vista sobre el conflicto que les ha enfrentado con la población inmigrante -de la que ya, según muestra el documental, no queda vestigio-. El viajero reconoce, al abandonar Borneo, que lo hace con sentimientos encontrados: no parecen avergonzados, como debieran, de haber masacrado a sus vecinos, pero al mismo tiempo son encantadores con los extraños de quienes no tienen nada que temer.

Yo no dudo de que lo sean. Tanto, en fin, como cualquier otro pueblo cuando muestra su faceta amable. Y quizá lo que falla aquí, y resulta inquietante para quienes, como yo, viajan por el mundo de la mano de los documentales de la sobremesa, es la escandalosa inadecuación de los principios biempensantes a la naturaleza humana. Digo yo, sintiéndome también un poco irresponsable por emitir opiniones de tanto alcance desde la comodidad de mi sofá, mientras digiero el almuerzo.

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Cuando uno confía a este cuaderno impresiones tan ocasionales como la que acabo de referir, termina preguntándose siempre si acaso no había algo de más pertinencia que contar. A veces no hay más remedio que contestar que no. Y entonces tiene uno la sensación de que su propia conciencia de vivir se parece en ocasiones a esos tentetiesos que, por accidente, logran mantenerse en pie sobre la parte hueca, y experimentan el vértigo de lo que se sustenta en el vacío, antes de derrumbarse.

lunes, enero 25, 2010

TRES APUNTES INVERNALES

Lluvia y niebla a la vez. O quizá sólo niebla, deshaciéndose en pequeñas gotas de agua sobre nosotros conforme nos adentramos en ella.

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Los almendros en flor: esa extrema desnudez del pobre que, antes de protegerse del frío, prefiere adornarse.

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Ese hervor de los troncos mojados cuando empieza a evaporárseles el agua, al rato de ser incorporados al fuego. Parecen impacientes, nerviosos, como si supieran que les ha llegado la hora de actuar y temieran cometer un error en el último momento.

viernes, enero 22, 2010

HAITÍ

No hay más remedio que alegrarse de que la reacción internacional ante la tragedia haitiana haya sido tan inmediata y unánime. Los primeros en llegar al país devastado fueron unos bomberos… islandeses. En la CNN entrevistaron al ministro islandés del ramo. Dijo que ellos estaban muy acostumbrados a los terremotos y, por tanto, tenían a gente preparada para ese tipo de situaciones. Hay también sobre el terreno, se dice, soldados brasileños, cooperantes venezolanos y cubanos y personal de la Unión Europea, amén de la abrumadora presencia estadounidense. A poco que escarbe uno en esas presencias, encontrará esa mezcla casi inextricable de egoísmos, intereses particulares e impulsos altruistas a la que responden siempre las actuaciones aparentemente bienintencionadas de los gobiernos. Véase, si no, cómo el presidente español, que quizá vive las horas más bajas de su carrera, aprovecha la ocasión para sacar pecho como presidente de turno de la Unión Europea y, por tanto, máximo responsable de los esfuerzos coordinados que ésta pueda hacer para aliviar la situación de los haitianos.

Y sucede todo esto en uno de esos países que son la demostración fehaciente de que no existe ninguna garantía de que el invento humano de los estados nacionales haya de funcionar en todas partes. De la historia de Haití sabemos algo por las novelas de Carpentier. Y ya es significativo que, a la hora de buscar argumentos desmesurados, un cubano fuera a fijarse en la isla de al lado. Cuando los esclavos negros de Haití se emanciparon de sus amos franceses, no se podían imaginar que ganaban la independencia para entrar en una especie de limbo histórico. Nada ha crecido en Haití, como no sean las fortunas de unos cuantos caciques. Los haitianos han devastado sus bosques para calentarse, las lluvias han arrastrado al mar la mayor parte de su tierra cultivable, carecen de recursos económicos de cualquier tipo y han sido incapaces de dotarse de un régimen político mínimamente viable. Que su única aportación al imaginario universal sean los zombis, los muertos vivientes, no deja de ser una curiosa ironía. No se sabe si el mito del zombi fue inventado por los esclavos para aterrorizar las noches de sus amos. Pero el caso es que, desaparecidos éstos, la realidad del haitiano medio se parece mucho a la muerte en vida: a una existencia reducida al mero deambular, sin perspectivas ni futuro.

Ahora medio mundo anda volcado en la reconstrucción de Haití. ¿En la reconstrucción de qué?, cabría preguntarse. De ciudades que no eran más que inmensos barrios de chabolas, de caminos de tierra que no llevaban a ninguna parte, de formas de vida que no pasaban de la mera depredación. Ahora es el momento de los aviones descargando toneladas de comida, de las grandes excavadoras abriéndose paso entre los escombros. ¿Y luego?

Publicado el martes en Diario de Cádiz

jueves, enero 21, 2010

INICIALES

Esto, lo he contado ya algunas veces, es un experimento literario. O, al menos, lo más que puede aproximarse a ello una persona tan poco dada a experimentos como yo. El experimento consiste en escribir un diario íntimo en condiciones en las que se prescinde del carácter privado de lo escrito, aunque no de su pertinencia personal. Las reglas, naturalmente, no están definidas, y hay que ir estableciéndolas sobre la marcha. Algunas las tengo ya más o menos probadas, otras no tanto. Y quizá la única que creo absolutamente imprescindible cumplir es la que atañe a las personas cuya privacidad, digamos, pudiera quedar expuesta por el carácter público de este cuaderno. Por eso se limita uno a aludirlas de manera general: un amigo, un compañero de trabajo, un vecino... O a designarlas mediante iniciales, casi nunca genéricas -del tipo X. o Y.-, sino concretas, porque uno no quiere negarles a estas personas el mínimo principio de identidad que supone ser dueño de unas iniciales. Tienen también, por qué no decirlo, un cierto carácter mnemotécnico. Los lectores de este cuaderno conocen ya a los titulares de algunas de éstas: M.A., C., J.A.M... No hay nada que ocultar respecto a ellos: son mi mujer, mi hija, un amigo pintor. También está, cómo no, K., la gata. A veces el juego de las iniciales se extiende más allá, y se aplica a personas que han escrito un libro, por ejemplo. No citar sus nombres no se debe sino al propósito de que la referencia, de alcance particular, no tiene por qué llegar más lejos merced a las artes de Google. Eso es todo, y espero que ningún lector de estas confidencias piense que efectúo en ellas algún juego de ocultación. Soy consciente de que en el mundo de la literatura confidencial se ha abusado mucho de estos procedimientos. Pero uno está absolutamente convencido de que las setenta u ochenta personas que leen diariamente este cuaderno no pasan de ser un cenáculo particular, y que nada de lo que aquí se cuente tendrá mayor trascendencia, por lo que no procede hacer un uso perverso de las licencias propias del género. No sé si me he explicado. Vaya, en todo caso, por lo que ayer decía el amigo J.M.R. a propósito de las iniciales.

miércoles, enero 20, 2010

DISTANCIAS

A propósito de lo de ayer, se me ocurre que con las novelas sucede lo que con ciertos esfuerzos físicos: una vez se acostumbra uno a ellos, es el propio cuerpo el que los exige cada vez mayores. Lo sé de muy buena tinta porque, como anoté en este cuaderno en su día, en octubre empecé a practicar la natación. Las primeras sesiones fueron calamitosas: me creía morir, y el malestar me duraba días enteros. Ahora nado cómodamente más del doble de distancia que al comienzo y las sesiones, de cuarenta y cinco minutos, se me hacen cortas. Tal vez con la novela ocurra eso: la primera parece una hazaña sobrehumana y te deja literalmente exhausto. A partir de la tercera o la cuarta empieza uno a sentirse a gusto en el nuevo medio, y no quisiera otra cosa que persistir en él, cubrir cada vez mayores distancias, ponerse a prueba. Naturalmente, nada de lo dicho prejuzga la calidad del resultado.

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De todas maneras, el tipo de novela al que me refiero sigue siendo, en mi caso, un empeño literario personal, y no la mera construcción de un artefacto recreativo. No es que tenga nada en contra de los artefactos recreativos, y el arte de construirlos debe presuponérsele al novelista. Pero nada impide a éste buscar en ese medio las cotas de intensidad normalmente asociadas, pongamos, a la poesía.

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Un viaje: una novela. O eso me parece ahora, cuando, bajo la sugestión de la que me traigo entre manos, voy perfilando también los detalles de un viaje próximo.

martes, enero 19, 2010

ESTABLE

Va uno perfilando lo que será la segunda entrega de la trilogía que empezó con Vacaciones de invierno. Cuánto se alegra uno de alcanzar ese momento en que la historia parece irreversible, en el que ya no hay que tomar decisiones cruciales sobre los personajes o sobre el argumento, porque uno y otros gozan ya de vida propia y avanzan por su propio impulso, sin que uno haga otra cosa que arrimar palabras. Estoy a punto de poner el punto final a lo que podríamos llamar la primera versión más o menos estable del texto, después de la inevitable fase de tanteos. Ahora queda reescribir, lo que sin duda es la parte más placentera de este trabajo. Si uno no tuviera la vanidad de poner alguna clase de empeño personal en el mismo, me conformaría con eso: pediría a otros que me dieran sus textos en bruto y me limitaría a reescribirlos. En realidad, es lo que hago, por ejemplo, cuando traduzco. Pero eso es otro cantar.

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Una novela contiene siempre la promesa de la que sigue. Los poemas, en cambio, vienen solos. A veces, uno de ellos abre una racha afortunada, de la que salen cinco o seis. Pero de ninguno de ellos podría uno asegurar que no vaya a ser el último.

lunes, enero 18, 2010

PLACERES DE FIN DE SEMANA

El otro día apuntaba cómo me aburre últimamente la lectura de periódicos. Antes, la sola perspectiva de pasar una mañana de domingo con unos cuantos diarios por delante constituía por sí misma una promesa de felicidad. No entro a analizar por qué ahora no lo es. Lo constato y basta. Y este sábado, cuando me dirigía al apartado de correos para retirar la correspondencia acumulada a lo largo de la semana, pensé que este ritual, que antaño incluía también una promesa cierta de placer, empieza también a resultarme descolorido y gris. No tengo otro correo, en general, que las cartas del banco y los libros que me manda el suplemento para el que escribo una reseña de cuando en cuando. Las primeras ni las abro. Y los otros casi tampoco. A veces me dan ganas de dejar unos y otros en la papelera, y no lo hago porque la vida se sustenta en los hábitos adquiridos, y entre los míos está el del respeto a la letra impresa y el de un cierto orden doméstico, que implica guardarlo todo. En fin.

Hay excepciones, de todas formas. O predisposiciones de ánimo que, por lo excepcionales, singularizan ciertos actos. Este sábado la rutina de hojear el correo resultó especialmente placentera, quizá porque tuvo un inesperado sabor retrospectivo. Revistas literarias y libros de poesía, como antaño, cuando uno cifraba muchas ilusiones en esa clase de correspondencia. Hojeo las revistas. Leo un buen poema de R. V. en un homenaje a un paisano suyo, muerto recientemente. Las revistas se imprimen para eso: para que uno encuentre en ellas, entre la morralla que inevitablemente se les cuela, una página que merezca la pena. Es mucho.

Hojeo también esta otra en la que viene una publicación mía: una de las recopilaciones que hago con las notas que voy escribiendo en este cuaderno. Me gusta -y espero que la confesión no me haga parecer vanidoso- verlas impresas. Y, a la vez, me produce un cierto vértigo: esas arquitecturas azarosas que uno crea tomando apuntes de aquí y de allá sugieren que de este magma podría salir un cierto número de combinaciones, de libros más o menos monográficos que, seguramente, nunca alcanzarán concreción, porque no habría quien los publicara y, sobre todo, quien los leyera. Para eso, también, están las revistas.

Y empiezo finalmente la lectura del libro de poemas que incluía la remesa: Baúl de sombras, de Javier Navascués. Se ve que estoy de ánimo receptivo: el libro me atrapa inmediatamente y me lo leo de un tirón. Y lo releo luego, con más serenidad, en la mañana del domingo, para llegar al mismo resultado: me ha sorprendido. Conocía los dos libros anteriores de Navascués, que me bastaban para tenerlo por poeta competente y prometedor, alineado con esa manera de entender la poesía que hace cuarenta o cincuenta años se llamaba "poesía arraigada", lo que no era sino un eufemismo para designar la que expresaba una visión no problemática del mundo, casi siempre amparada en creencias religiosas. Eso en sí mismo no es ni bueno ni malo. Uno, que se ha criado en una época que prestigiaba la disonancia y la protesta, abriga todavía el tópico de que un cierto grado de "desarraigo", de inconformismo crítico, nunca le viene mal a una obra literaria. Pero también ha constatado uno, en su existencia de lector, que muchos "desarraigados" no son más que bocazas que hacen ruido, y que esa rebeldía impostada no tiene otro objetivo que lograr el reconocimiento de los afines y el aplauso de los bobos... Pero se me va el hilo. Decía que tenía a Navascués por un poeta arraigado, tranquilo, como otros que han publicado en la meritoria colección en la que se incluye este libro que ahora me envía.

Y la sorpresa es que este Baúl de sombras no responde en absoluto a esas expectativas. Es, por el contrario, un libro sacudido por una corriente interna de inquietud, de angustia incluso, a las que no alcanzan a disipar esas "pocas creencias" que el poeta, pese a todo, sigue manteniendo. Se habla aquí de la infancia, pero sin nostalgias agridulces, sino como un territorio de reconocimiento de sensaciones que vuelven luego en la vida adulta, cuando ya no cabe acogerse a los consuelos ofrecidos al niño. Se habla también de la duda, del amor como lugar al que se regresa, lo que seguramente implica un tácito reconocimiento de que también al amor se le da la espalda a veces, en nombre de otras urgencias y pesquisas... Es, ya digo, un libro intenso e intranquilizador, muy bien escrito -alternando poemas de dicción clásica con otros de ritmo versicular en los que no se advierte el desaliño y la falta de tensión poética que a veces caracteriza a este tipo de textos- y rematado por un epílogo que constata bien, con muchísima sencillez, el grado de despojamiento de pretensiones al que hay que llegar para escribir de este modo.

Ojalá todos los sábados encontrara uno una remesa igual en el apartado de correos.

viernes, enero 15, 2010

PALOMAS, GATOS

En Salou la multa fue de ciento cincuenta euros y en Málaga de casi cuatro mil. La falta, la misma en ambos casos: dar de comer a las palomas en eso que los poetas llaman “la calle” y las autoridades “la vía pública”… La conclusión no puede ser más clara: la popularidad de las palomas atraviesa uno de sus momentos más bajos. Y, de la mano de la misma, decae igualmente la de los gatos, que también son objeto de esos modestos y antihigiénicos actos de amor. El amor, incluso entre personas, es siempre antihigiénico, pero se entiende que el alcance de esa falta de higiene se reduce al círculo íntimo de los implicados. Por eso hay viejos que se encierran en una casa con una docena de gatos, y acaban teniendo ellos mismos un no sé qué gatuno, que frecuentemente alarma al vecindario y a los servicios asistenciales, por lo mismo que otros dan en la fantasía de tener un palomar en su azotea, que es como materializar los pájaros que se tienen en la cabeza y permitirse el gusto de echarlos a volar cada mañana, a la vista de todos.

En otros tiempos, había quien veía una paloma por la calle y no paraba hasta echarle el lazo y hacerse con ella un puchero, como había también quienes cazaban gatos para venderlos a los circos como comida de leones. Si ahora a unas y a otros se les da de comer con lo que nos sobra, habrá que admitir que en eso hemos mejorado. Pero las sociedades opulentas son también remilgadas. Ayer vivíamos, como quien dice, amontonados, no ya con las palomas y los gatos, sino con las pulgas y piojos que engendraba la miseria. Hoy nos horroriza la deposición de un gorrión, mientras que no parece importarnos mucho verter a la calle nuestros ruidos, que no son otra cosa que basura sonora, nuestras prisas, nuestra agresividad. Y hay quien, cuando pasa bufando al lado de una vieja loca que dialoga con los gatos, siente hacia ésta el íntimo rencor de quien no tiene asiento ni ánimo para intentar esos coloquios, ni, si se diera el caso, nada que decir en ellos. Lo mismo vale para las palomas. Cuando yo era niño, todavía no se las consideraba “ratas con alas”, como ha dicho un concejal. Habría que preguntarles a las palomas qué piensan de los concejales. Pero a lo que iba: cuando yo era niño, los carritos de chucherías vendían también bolsitas de maíz, para que los niños se distrajeran en darles de comer a las palomas. No parecía que con ello se estimulara ninguna práctica antisocial. Todo lo contrario.

Naturalmente, entiende uno la indignación de los vecinos que ven sus calles, fachadas y portales sucios de restos de comida y excrementos de animales. Es un asco, sí. Lo es todo lo que entra en el turbión de la vida masificada, de la involuntaria promiscuidad, de la estadística. Las palomas, no sé; pero quién se lo iba a decir a los gatos, tan solitarios, tan individualistas ellos.

Publicado el pasado martes en Diario de Cádiz

jueves, enero 14, 2010

NUNCA PASA NADA

Es la primera vez que la lectura de este periódico me dura un trayecto entero de autobús, en detrimento de ese otro que leía antes y ya, en general, no leo. Sigo sin estar de acuerdo con el primero, pero me espanta el conformismo del segundo, su modo maniobrero de plegarse a los intereses y prioridades del poder. Al final va a ser verdad que la política, incluso cuando se manifiesta en el humilde terreno de las convicciones particulares de uno, se basa siempre en alianzas coyunturales, en amigos cosechados en una vuelta del camino y vueltos a perder en la siguiente. Aunque tal vez lo mejor, en este caso, sería dejar de leer todos los periódicos.

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A este conocido político andaluz los tribunales le han propinado un rapapolvo sin precedentes: han desestimado una demanda suya contra dos periodistas, han señalado que las informaciones de éstos contra ese político que habían sido motivo de la demanda tenían fundamento, y han criticado la actitud de éste contra los medios de comunicación en general. En cualquier otra latitud un político que sufriera semejante revés presentaría su dimisión y se retiraría para siempre de la vida pública, seguramente arrastrando consigo a sus colaboradores más inmediatos. Pero no. Aquí nunca pasa nada, como en esas novelas desesperanzadas que se escribían en la posguerra española.

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...Leo los párrafos precedentes y me hiere su impersonalidad. Opinar es bajar a la plaza pública. Y casi nunca tiene uno nada que hacer en ella.