lunes, octubre 26, 2020

NIEBLAS MÓVILES


25/10/2019

Durante el almuerzo improvisado con estos amigos el televisor, como es costumbre en ellos, permanece encendido. En principio no molesta: el volumen está muy bajo y las imágenes amables de un cocinero haciendo lo que le es propio armonizan bien con los comentarios que nosotros mismos hacemos sobre la exquisita comida compartida. Pero luego empieza el boletín de noticias, que en el canal que ven mis amigos es de carácter sensacionalista. No oímos apenas al locutor, pero la naturaleza de las imágenes no deja lugar a engaño. En pocos minutos, todos los miedos e inseguridades de la clase media han sido despertados: en tal sitio unos okupas desaprensivos han desalojado a una anciana y el barrio entero ha tenido que salir a la calle para revertir la situación. En otros sitios ha habido otros sucesos igualmente alarmantes y de la misma naturaleza. Miro a M.A. Nosotros no vemos nunca estos programas alarmistas que tanto predicamento parecen tener entre la mayoría de la población. No es que no demos crédito a esta clase de noticias: por desgracia, sabemos que obedecen a realidades bien patentes, que afectan sobre todo a las clases populares. Pero nos negamos a que nuestro balance diario de la realidad se apoye exclusivamente en esta clase de sucesos. Nuestros amigos, a pesar de que es evidente que se someten diariamente a esta especie de incitación abierta al más negro pesimismo, también parece que saben relativizarla y en gran medida se la toman a broma. Pero no creo que esa actitud sea la norma. Y no quiero ir más allá porque tampoco creo que ciertas preocupantes manifestaciones del ánimo colectivo, que se traduce en actitudes cada vez más crispadas e intolerantes, obedezcan a esta única razón.


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Nieblas móviles: o cómo el paisaje juega a probarse ante el espejo toda una variedad de chales de distinta textura y color, aunque siempre dentro de una elegante gama de grises.

martes, octubre 20, 2020

DIGESTIONES






19/1/2019

Ha estado uno en Waterloo con Fabrizio del Dongo, de la mano de Stendhal, y en Gettysburg de la mano de Stephen Crane, y una cosa he aprendido de las batallas: que quien está en medio de ellas no ve otra cosa que confusión, humo y carreras, y realmente no puede aportar ninguna información útil sobre lo que está ocurriendo, más allá del testimonio de la insignificancia del observador y de lo absurdas que resultan todas las batallas. Y me acuerdo de eso después de haber asistido, durante cuatro días consecutivos, a las prolijas retransmisiones televisivas de los disturbios que están teniendo lugar en Barcelona. Para lo que aportan a la comprensión de los hechos, lo mismo serviría que en cada una de esas noches hubieran vuelto a poner la grabación de lo ocurrido en la primera: humo, confusión, ruido. Para entender de verdad esos hechos habremos de esperar semanas, puede que meses o incluso años, y lo primero que habrán de hacer quienes se ocupen de hacer ese relato será cribar las imágenes emitidas y decidir cuáles de ellas aportan hechos significativos y cuáles simplemente añaden énfasis, dramatismo impostado o innecesario exhibicionismo por parte de los informadores -muy meritorios, desde luego- inmersos en plena batalla. 

Fue la CNN, allá en los tiempos de la segunda Guerra del Golfo, quien inauguró este tipo de periodismo: mandó a sus reporteros al Bagdad bombardeado para que, noche tras noche, nos mostraran un mismo panorama de explosiones en la oscuridad y trayectorias de proyectiles sobre el cielo de la ciudad, y a esas imágenes añadían insertos que mostraban los presuntos daños, y que luego, en gran medida, resultaron ser escenas amañadas. No digo yo que las de Barcelona lo sean, salvo que pensemos -y hay razones para ello- que es la propia cámara, por el hecho de estar allí, quien fuerza a todos los que concurren ante ella a impostar sus actuaciones, y que por tanto éstas responden ya a una lógica que no es la de los hechos, sino la de su exhibición.

He estado en esas calles en momentos más felices y me he parado a dibujarlas, con la idea de que, haciéndolo, veía más y  mejor que si me limitaba a fotografiarlas mecánicamente. Veo ahora las imágenes de esas mismas calles incendiadas y me pregunto si no sería quizá buena idea pararse a mirar despacio, a analizar, a pensar, y no limitarse a atesorar imágenes azarosas, inconexas, mero espectáculo para acompañar nuestras pacíficas digestiones de la cena.

lunes, octubre 19, 2020

AGAZAPADO

18/10/2019

Podría haber ido hoy a mi sesión de gimnasia en el polideportivo del barrio, pero el otro día el grupo reprochó al monitor, un muchacho al que todavía le falta un hervor o dos, que no se le entendían sus explicaciones y que nos confundía, lo que hizo que el interpelado perdiera lamentablemente los papeles y la queja degenerara en agrio cruce de reproches. Sensación de vergüenza ajena: si el amor propio no lo ciega demasiado, cabe pensar que el chico se arrepentirá de su falta de autocontrol, aunque no es seguro que encuentre el modo de disculparse o congraciarse con su ofendida clientela, entre los que somos mayoría los de mi edad. Casi ninguno, por cierto, acertamos a decir nada durante el incidente: a todos creo que nos atenazaba la misma sensación de bochorno. Aunque quizá lo más curioso del incidente hay sido su modo de poner de relieve la mucha distancia que hay entre un muchacho de veintitantos años -aunque más cerca de los treinta que de los veinte- y quienes tenemos de cincuenta en adelante. No quiero forzar ninguna conclusión al respecto. demasiado le ha costado a uno zanjar su propio encaje en el laberinto de la edad adulta. Pero cuando se produce una situación como ésta, no puedo dejar de pensar que he cruzado una línea más allá de la cual parecen verse ciertas cosas con cierta ecuanimidad, aunque también con un creciente sentimiento de melancolía. ¿Fue uno alguna vez así, impulsivo y simple, torpe y fatuo, quizá también generoso y desmedido? No lo sé. Quizá seamos siempre muchos personajes a la vez, o al menos dos: el que actúa según el disfraz que le proporciona la edad y la ocasión, y el que, agazapado desde dentro, observa a ese otro personaje puramente externo, todo fachada, y no termina nunca ni de entenderlo ni de reconocerse en él.

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La escenificación callejera de ciertas pasiones políticas no demuestra más que una cosa: que quien hace el ridículo no siempre resulta inocuo; por más que, flanqueando todo el daño que puede llegar a hacer, siempre son reconocibles las figuras del patán que desbarra y de la gente lúcida que lo ve y se ríe. 


viernes, octubre 16, 2020

BLOOM


15/10/2019

Ha muerto el crítico Harold Bloom. Nunca me interesó su faceta de divulgador, de elaborador de prontuarios para que los lectores que no lo son pudieran alardear de saber algo de literatura. Pero me deslumbraron, y aún me siento deudor de ellos, sus grandes libros sobre la poesía romántica  inglesa, The Visionary Company y The Ringers in the Tower, que no sólo me ayudaron a entender mejor un momento de la poesía universal que siempre me había fascinado, sino que me aportaron muy útiles ideas para mis propios estudios literarios -en particular, mi tesis sobre la poesía de Edgar Allan Poe- y me iluminaron sobre el funcionamiento de la imaginación poética en general. También me resultó fructífera su discrepancia con Eliot, su idea de que, frente a los momentos de discontinuidad en los que el norteamericano fundaba su teoría sobre los fundamentos de la sensibilidad moderna, la literatura occidental en general y la inglesa en particular respondían a una ininterrumpida tradición visionaria que se remontaba a los mitos fundacionales de nuestra cultura. Más que abonarme a una tesis u otra, lo que me resultó útil en su día fue la contraposición de ambas a la hora de dilucidar el papel de ciertas figuras aisladas, como la del propio Poe (a quien Bloom, por cierto detestaba, por más que en su vejez, en su sobrevenido papel de divulgador de éxito, se aviniera incluso a patrocinar una socorrida colección de estudios sobre ese escritor). Le debo mucho a Bloom, a su modo de entrever en la gran literatura un inmarchitable mito solar, el de la Imaginación creadora en sus distintas encarnaciones, a su idea de que la trayectoria de los grandes poetas que le interesaron traza una muy instructiva curva que va de la absoluta fe en el empeño imaginativo que se traen entre manos a la más desoladora conciencia de fracaso. Sé que otros, sobre todo en este desventurado país, lo querrán jugar por su aportación ocasional a tales o cuales polémicas de poca monta en las que tuvo la audacia de pronunciarse sobre lo que quizá no conocía demasiado bien. Pero eso es empeñarse en querer empequeñecer a un gigante. Algunos intentamos en su día simplemente encaramarnos a sus hombros, para ver más lejos y mejor.

jueves, octubre 15, 2020

INVIABLES



14/10/19

Entra en casa Ch., el gato del vecino, y busca a K. por sus escondrijos habituales, sin encontrarla, lo que parece causarle gran extrañeza. Peor lo más llamativo es que durante un buen rato se para a olisquear el rincón donde le poníamos el agua a nuestra gata en sus últimos días, cuando no sabíamos cómo facilitarle que comiera y bebiera. Y se da la circunstancia de que, llevada por su instinto, y aunque éste no le bastase ya para animarla a alimentarse, en esos días aciagos le dio por echarse a dormitar junto al cuenco de agua, justo en el lugar en el que, a pesar de que ya hemos limpiado el suelo varias veces desde entonces, el otro gato rastrea ahora ávidamente lo que debe de ser el último vestigio olfativo de su presencia.

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Lo verdaderamente peligroso para este tambaleante país que llamamos España no es que se independice una de sus regiones -que quizá acabará siendo para el resto más o menos lo mismo que Portugal es ahora para sus vecinos peninsulares: un país estable y amigo en el que, con el respaldo de las leyes de la Unión Europea, cualquier español podría vivir, estudiar y trabajar con las mismas seguridades y derechos que en su país-. Lo peligroso, ya digo, no sería eso, sino que otros territorios del actual estado español siguieran ese camino y en cuestión de un lustro nos viéramos convertidos en lo que fue Yugoslavia tras la caída del comunismo: quizá sin la encarnizada guerra civil -cruzo los dedos- que tuvieron allí, pero sí condenados a la vulnerabilidad y la miseria de todos esos pequeños estados que sólo se sustentan en la rivalidad con sus vecinos y en un falso sentido de la identidad. 

Pienso en nuestra Andalucía, ay: sería poco más, o quizá menos, de lo que es ahora Túnez. Un estado inviable controlado por una feroz oligarquía -la que ya padecemos- y sustentado tan sólo por algo tan variable e impredecible como el turismo. Y no es una perspectiva nada halagüeña. 

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Al escritor de libros inviables le pasa lo que al inventor de máquinas inútiles: deja ya de llevarlas a la oficina de patentes -en este caso, al editor- por tal de no ver al empleado del mostrador mover la cabeza como diciéndose: "Ya está este pobre hombre otra vez aquí".

martes, octubre 13, 2020

UN ECO

12/10/19

También en la casa de la sierra se echa de menos, y cuánto, a K. La consideraba una especie de mágica prolongación de la otra. Conocía ya nuestros preparativos de fin de semana y sabía que, una vez empaquetadas las provisiones y hecho el equipaje, le tocaba el turno a ella de ser introducida en un transportín para, aproximadamente hora y media después, aparecer en la otra casa, que ella conocía tan bien como la habitual. También aquí disponía de cuanto necesitaba: sus cuencos de comida y agua, su arenero. Lo primero que hacía cuando le abríamos la puerta del transpotín era cerciorarse de que esas cosas estaban en su sitio. Luego, si era invierno, se instalaba lo más cerca posible del radiador o la chimenea, y de allí no había quien la moviera, salvo que hubiera en alguna parte algún poderoso acicate de su curiosidad: por ejemplo, que la puerta del patio estuviera abierta y fuera posible asomarse a atisbar las formas de vida blanda que encontraban refugio en las humedades y recovecos de la pila de leña. 

Pero lo que realmente nos hace echarla ahora de menos no es su don de la ubicuidad, que le permitía estar en todos esos sitios casi sin que mediara transición entre sus diversas apariciones, sino la resonancia particular que sus movimientos adquirían en esta casa: por ejemplo, el tintineo de sus pasos cuando subía o bajaba corriendo las escaleras y sus pezuñas percutían contra los rebordes de madera de los escalones Era un ruido característico de las noches en esta casa. Cuando dábamos por concluida la jornada, normalmente después de haber visto un rato la televisión en el salón de la planta baja, al calor de la chimenea, y subíamos a dormir, ella se rezagaba para disfrutar un poco más del calor residual que quedaba en la estancia, y sólo cuando éste se extinguía, horas más tarde, se avenía ella a subir y buscar el calor que encontraba al pie de nuestra cama, lo que para nosotros se traducía, si teníamos el sueño ligero, en la percepción de ese tintineo en las escaleras, y luego del leve estremecimiento que suponía su salto del suelo a la cama, donde permanecía hasta el filo de amanecer, cuando bajaba a desayunar, tras lo cual parecía percatarse de que no nos habíamos levantado a la hora habitual y empezaba a maullar para despertarnos, hasta que se aburría y se echaba de nuevo a dormir, esa vez en el sofá, para volver a subir las escaleras con su inconfundible trotecillo en cuanto nos oía rebullir en la cama.

Es nuestro primer fin de semana sin ella en esta casa. Ayer, a nuestra llegada, retiramos sus cosas: algunas las hemos tirado y otras las donaremos, como ya hicimos con las de la otra casa, a alguna protectora de animales. Y hoy lo que hemos echado de menos es eso: el eco familiar de sus idas y venidas. Lo que no hemos conseguido todavía eliminar del todo es la pelusa que soltaba y se repartía uniformemente por todas las superficies susceptibles de retenerla, y que todavía cubre, a pesar de mis reiterados esfuerzos por sacudirla, el asiento de mi butaca. 

jueves, octubre 08, 2020

DECORO

7/10/2019

Segundo día sin K. La verdad es que se la echa terriblemente de menos. Caemos ahora en la cuenta de los muchos gestos nuestros que respondían a su presencia, y que ahora, cuando los hacemos maquinalmente, redundan en una redoblada sensación de ausencia. Por ejemplo, cuando abríamos el portón de entrada, sabíamos que invariablemente la íbamos a encontrar al otro lado, porque percibía nuestra llegada prácticamente desde el momento mismo en el que oía pararse el ascensor, o incluso desde antes; o cuando yo terminaba una acuarela y tenía que plantearme no dejarla a secar en lugares a los que ella, llevada por su insaciable curiosidad, pudiera subirse y poner las patas en ella. Podría alargar mucho más la lista. Ella no hacía ruido, pero podría decirse que, ahora que no está, la sonoridad de la casa es otra. Todo parece más limpio, más seguro , menos expuesto a sus travesuras; y, sin embargo, ese sobrevenido decoro doméstico no resulta en absoluto acogedor, y sí gélido y hostil, al faltarle ese elemento de imprevisibilidad que parece connatural a las realidades vivas. La casa ha devenido museo: todo está en su sitio, ni siquiera sobrevuela ya las cosas esa pelusa impalpable que los gatos van soltando por donde pasan. Y cómo detesta uno este limpieza, que es la de la muerte.   

miércoles, octubre 07, 2020

LA CASA VACÍA


6/10/2019

K. finalmente no aguantó más. Cuando ya parecía que iba recuperando el apetito, después de la última crisis, un nuevo episodio de vómitos volvió a sumirla en una de esas tenaces melancolías a las que tan proclives son los gatos, y que parecen dictadas por un implacable instinto de conservación y economía de la especie: si no estás en condiciones de sobrevivir, parece decirles una voz, reclúyete en un rincón tranquilo y déjate morir. Eso ha hecho en estos días: rehusar todo alimento y buscar rincones desusados donde entregarse a un letargo del que preferiría no despertar. En apenas unos días ha perdido la cuarta parte de su peso y casi todas sus fuerzas. Aún así, hemos intentado recuperarla; le hemos administrado, por prescripción facultativa, un protector estomacal,un antiemético y comida líquida. En vano. Así que, cuando hemos visto que su mal era irreversible, y que ella misma había tomado ya sus decisiones al respecto, nos hemos decidido nosotros también a facilitarle el tránsito. La hemos llevado de nuevo al veterinario y esta vez, significativamente, ya no ha podido ni querido resistirse a que la manipulasen manos extrañas: ella, que tan arisca ha sido siempre con los desconocidos. No ha habido el menor estremecimiento: llegó dormida, se espabiló un poco al apercibirse de que estaba en un lugar extraña, luego volvió a tender la cabeza y ya no volvió a cambiar de posición, ni siquiera al sentir el pinchazo con el que le inyectaron el sedante. Allí la dejamos, dormida. Hemos firmado unos papeles y con ellos en el bolsillo nos hemos vuelto a casa. Y la hemos encontrado más vacía que nunca.

viernes, octubre 02, 2020

MANÍAS


1/10/2019

Al mediodía, cuando llego a donde tengo aparcado el coche y me dispongo a montarme, se me acerca un anciano y me dice algo que al principio no entiendo, y que luego resulta ser que me pide que le guarde la plaza de aparcamiento mientras él va por su coche, que tiene aparcado a la vuelta de la esquina. No le veo razón de ser a la petición: si lo tiene aparcado tan cerca, para qué molestarse en cambiarlo de sitio; y, además, la acera de enfrente está prácticamente vacía y podría aparcar donde quisiera sin el menor problema. Pero es un hombre muy mayor, al menos en apariencia, y se expresa con cierta dificultad, así que me da apuro contradecirlo o hacerle dar más explicaciones. Le digo que sí y me siento a esperar. Y ya casi empezaba a impacientarme cuando veo llegar un Mercedes desvencijado, traqueteante y lleno de abolladuras, que en la escala de edad de los coches, y aun sin tenerla en cuenta, debe de ser casi tan viejo como quien lo conduce... Se ha detenido justo detrás de mí, cortándome el paso; y, una vez se ha cerciorado de que soy la persona a quien se dirigió un rato antes, recula un tanto para dejarme salir. Me despide con una pitada y yo le devuelvo el saludo con un gesto de la mano. Me da por pensar que la rutina de ese hombre quizá no consista en otra cosa que en cambiar de sitio el coche una o dos veces al día, y que tiene al respecto sus manías: no dejarlo a la vuelta de la esquina, donde quizá no lo ve desde la ventana y teme que los golfillos del barrio, al ver el estado del coche, lo crean abandonado y contribuyan aun más a su ruina; o no dejarlo en la acera de enfrente, quizá por las mismas razones, o simplemente porque allí pega más el sol y este hombre, como mi amigo L., es de los que piensan que un coche dura más cuanto menos se expone a las solanas que hacen envejecer las tapicerías y los plásticos. Manías de viejo. Y, por ello, dignas, me digo, del mayor respeto. Quién sabe las que habrá desarrollado uno cuando llegue a esas edades, si es que llega.


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Vestía mucho antes hacer constar en la biografía o el currículum que se había sido "lector de español" en tal o cual universidad extranjera. Es un dato que se suele aparecer en la biografía de muchos poetas. Yo mismo me arrepiento con frecuencia de no haber aceptado, en su día, un lectorado que me ofrecieron en la universidad de Nevada, en Estados Unidos. Me ocurrió lo de siempre, cuando me asomo a lo que se presenta como un cambio demasiado radical en mi vida: me pareció que no merecía la pena. Y me acuerdo de ello cada vez que recibo, año tras año, a los chicos y chicas que vienen a trabajar de lectores de inglés en mi instituto. Nunca les pregunto la edad, pero me da la impresión de que casi todos son mayores de  lo que yo era cuando me planteé esa tesitura. Muchos llevan años trabajando de lo que, en principio, se les ofrece como una ocupación ocasional, que complementa sus estudios y debe preceder la que venga después. El problema, supongo, es que después no viene nada, y que por eso parece apetecible prolongar durante años este modo de vida cuasi estudiantil antes de enfrentarse al vacío que supone no encontrar un empleo fijo ni tener verdaderas razones para asentarse en ninguna parte. Ahora la juventud es nómada y no tiene fin, porque no hay un horizonte de vida adulta en el que disuelvan finalmente sus expectativas, las fundadas y las otras. Converso con el chico que ha llegado este año. Es simpático y despierto y a su edad ha viajado más que la mayoría de la gente de la mía. Seguirá haciéndolo, entiendo, algunos años más. ¿Y luego? Pero no me atrevo a formular una pregunta que en su momento yo tampoco habría querido que me hicieran. 

miércoles, septiembre 30, 2020

POR QUÉ


29/9/2019

¿Por qué hago reseñas? En la mayoría de los casos ni siquiera me las pagan, por lo que no puedo aducir razones mercenarias. Tampoco estoy empeñado en la defensa de ningún principio literario que me exija batallar por él, ni asumo la responsabilidad social que creen tener algunos críticos literarios. A pesar de todo eso, me las piden de aquí y allá, lo que me hace pensar que tienen alguna credibilidad. Pero la verdadera pregunta es: ¿qué me aportan? Dinero, ya digo que no, ni tampoco un prestigio que pueda traducirse en una mayor estima de mi trabajo literario en general y de la que yo pudiera beneficiarme. Quizá mi verdadera motivación sea que escribir sobre un libro supone dedicar un tiempo a pensar en las razones por las que me ha interesado; es decir, mis reseñas son, básicamente, recensiones de uso personal, que me sirven de recordatorio de las impresiones que me produjeron tales o cuales lecturas. En ese aspecto son como casi todo lo que vengo a poner aquí: intentos de preservar lo que, de otro modo, se perdería.

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La compañía limita, la soledad agota.



viernes, septiembre 25, 2020

INAPETENCIAS

24/9/2019

Cuando K. parece haber recuperado el apetito, después de la racha de indigestiones e inapetencias -a las que se suman ahora los remilgos de gata mimada adquiridos durante la etapa de cuidados, tales como preferir la comida blanda para gatos inapetentes y rechazar el pienso-, en su cuenco aparecen... hormigas, que ya sabemos que son causa inmediata de que rechace cualquier comida que haya tenido contacto con ellas. Hacía semanas que no las veíamos y pensábamos y que se habían ido con el declinar de la estación. Pero no: han vuelto las calores y con ellas las hormigas, en este otoño anómalo que no acaba de definirse. Para evitar que invadan la comida de la gata, pongo el cuenco en un plato lleno de agua, creando así un foso que les impida el paso, como en un castillo medieval. Naturalmente, la comida sigue al alcance de la gata. Pero, como es tan desconfiada, la novedad del plato y el agua la hacen dudar: se acerca, olisquea el tinglado y... se va sin probar bocado. Así que tenemos un problema añadido más. El diarista Amiel, en una de las entradas que escribió a pocas semanas de su muerte, ironizaba sobre el epicureísmo asociado a la enfermedad. También la gata ha descubierto los placeres de ser mimada y displicente. Sólo le falta escribir un diario y contarlo.


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El esfuerzo sobreañadido que supone andar siempre a la defensiva. No lo digo ya por la gata, sino por esta compañera novata que, cuando le aconsejo sobre la manera de no perder demasiado tiempo con ciertos trámites burocráticos que se nos exigen en esta etapa del curso, me malentiende y piensa que he venido a recordarle esos deberes, y me espeta que tiene otras muchas cosas que hacer y que está desbordada. Le digo que eso es precisamente lo que intento aliviarle. Pero está ya tan obcecada que creo que la conversación termina sin que me entienda.   


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Ayer la primera bocanada de aire que respiré al pisar la calle olía un poco a invierno; hoy ya no.

lunes, septiembre 21, 2020

SILENCIOS



20/9/2019

Sobre ciertos pormenores dolorosos los diarios íntimos suelen guardar silencio. Hablo, por supuesto, de los diarios que, sin dejar de serlo, asumen la condición de escritos destinados más temprano o tarde a un público, por más que, en el caso del diario íntimo contemporáneo de un escritor apenas conocido, esa publicidad apenas tenga efecto y no redunde en una difusión masiva de secretos íntimos. Pero a lo que iba: también en la expresión de la pura intimidad hay silencios clamorosos. Y es mejor que así sea, porque es muy posible que haya en la propia existencia estados anímicos que no admiten disección y coyunturas de las que sería contraproducente dejar un registro que prolongara indefinidamente su eco.


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Y por eso mismo, y porque uno se va volviendo cada vez más animista y anda cada vez más convencido de que el microcosmos es siempre expresión del macrocosmos, la gata ha enfermado y las preocupaciones que causa y los cuidados que exige parecen un cumplido reflejo de otras aflicciones de mayor alcance. Y hemos vuelto hoy viernes a la clínica veterinaria, que era una feria: en el vestíbulo que hace de sala de espera había al menos diez personas, cada una de ellas con una mascota -perros, gatos, un conejo enorme- necesitada de cuidados. Parecían todos ellos, los animales, muy conscientes de que se les traía poco menos que a la Casa del Dolor, donde se les ausculta y manosea, se les pincha y anestesia, se les da amargas medicinas y se enfrentan en todo momento a la incertidumbre de lo desconocido. De todos ellos, el conejo era quien mejor parecía sobrellevar la situación, desde su inexpresividad absoluta. A los gatos se les veía mohínos e indignados, encogidos la fondo de los transportines en que los traían. Y eran los perros, cómo no, los que daban el espectáculo: unos lloraban, otros daban saltos de pánico en torno a sus dueños; y alguno, de puro pánico, se meó patas abajo nada más entrar.

Yo traía a K. a revisión, después de una crisis de vómitos sanguinolentos que me hizo temer lo peor. Pero, al parecer, ha respondido al tratamiento y a la dieta. En la visita anterior, ayer mismo, le inyectaron un antiémetico y un protector de estómago: para ello, huno que envolverla en una toalla y pedir a otro empleado de la clínica que la sujetase, mientras la veterinaria la pinchaba. Hoy he sido yo el encargado de sujetarla mientras le administraban la dosis de seguimiento. Ella debe preguntarse qué demonios pasa, por qué me ha dado por repetir dos días seguidos una serie de acciones que ella debe juzgar crueles y sin sentido. Yo le doy explicaciones -si algún vecino me oye, deberá pensar que soy idiota- y me hago la ilusión de que las vanas palabras, aunque en nada alivian el sufrimiento, al menos aportan algo de consuelo. Y así vamos.


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Terminada la primera semana de clases, uno se siente de algún modo superviviente de una terrible prueba. Luego el resto del curso viene rodado. O eso se dice uno durante el fin de semana, mientras hace recuento.

jueves, septiembre 17, 2020

CIEN PÁGINAS


16/9/2019

En el autobús leo algunas de las escasas setenta u ochenta páginas que me quedan para terminar el voluminoso tomo de los Diarios de Amiel. No es lo que se dice un libro cómodo para llevar encima: ocupa todo mi bolso de mano y pesa lo suyo, aparte de llamar la atención cuando lo saco y abro en el autobús. Pero merece la pena: llevo leídas apenas unas líneas y tengo ya la sensación de que me están arreglando el día, o inaugurándolo con una clase de emoción que sobrevuela el espacio temporal y geográfico que me separa de su autor y viene a tocar una fibra afín. También el autor, en este último tramo de su Diario, escrito cuando le quedaba apenas un año de vida, parece haber descubierto notas nuevas, más intensas y reveladoras, en su materia habitual. Un diario, se lamenta en alguna ocasión, no está hecho sino de repeticiones. Pero lo importante es la capacidad de descubrir en esas recurrencias las notas de novedad que las singularizan. La vejez, la enfermedad, la decadencia física contribuyen no poco a que el autor afronte estas constataciones diarias en un emotivo tono de despedida; pero sin dramatismo, sin golpes de pecho o abandonos a la autocompasión. Todo lo contrario: Amiel hace en estas últimas páginas una encendida declaración de la belleza y pertinencia de la vida, de las que extrae razones para pensar que asumir la muerte es el último y decisivo acto moral reservado al hombre, y que, llegado el momento, "entregar el alma" es algo más que dejársela arrebatar si más. 

Pero eso es el trasfondo. Lo que de verdad me emociona es cómo el diarista anota la felicidad que le proporciona un paseo, una lectura (Vigny), unas horas de sol, una noche bien dormida, la cercanía de mujeres bellas a las que ya trata de un modo paternal, sin la clase de angustias que el deseo reprimido le causaban en su juventud. Todo es luminoso ("transparente", dice el diarista) en estos últimos días de su vida. Y qué duda cabe de que, para llegar a ese grado de sintonía con la vida plenamente asumida, ha sido importante el entrenamiento moral y perceptivo que ha supuesto haber redactado día a día las catorce mil páginas de este diario -lo que leo, en fin, no es más que un extracto, de apenas setecientas-, en las que no escasean las que hoy juzgaríamos ñoñas, timoratas o demasiado peraltadas... Estas últimas cien, desde luego, bien valen las vacilaciones que lastran en cierta medida -sin invalidarlas, por supuesto- algunas de las anteriores. Y a mí me están salvando la semana, primera laborable de este ante-antepenúltimo curso de mi vida laboral.  

lunes, septiembre 14, 2020

THE BOOK OF EVIDENCE

13/9/19

Termino de leer The Book of Evidence de John Banville. La confesión de un asesino, sí, pero ¿a qué efectos? La idea general parece ser que ciertos actos que atribuimos sin más a la mera maldad, y que, por tanto, nos hacen sentir justificados al posicionarnos al otro extremo, diríamos, del espectro moral, son fruto de una serie de inadvertencias y omisiones en las que todos podemos incurrir. Es una vieja tesis; la misma, quizá, que animó a Dostoyevski a escribir Crimen y castigo. "La maté porque podía", concluye el protagonista. Y pudo matarla, añade, porque, cuando se cruzó con ella, en el curso de un robo desastrosamente planeado, no consiguió verla como lo que era: como un ser humano vivo, inmerso en sus propias circunstancias, y no una simple discordancia en esa especie de universo solipsista en el que habitamos cuando perdemos -y suele suceder- la plena conciencia de la entidad del prójimo.

La novela está espléndidamente escrita, e incluso podría decirse que demasiado bien escrita: asoma por todas partes la voluntad de estilo, los alardes de lucimiento, incluso cuando el autor juega a que la voz del personaje que articula su monólogo suene cínica o vulgar. Ocurre en la otra novela suya que he leído, El mar, que es también la historia de un crimen absurdo cometido por una persona presentada bajo una luz tan comprensiva como desfavorable. No sé. Tienen estas novelas algo de artefactos diseñados para satisfacer las exigencias de determinados lectores, pero quizá carentes de ese plus de legitimidad que asiste a las historias que realmente urge contar, así como de esa verdad esencial que nace de la realidad bien observada. ¿Es Banville un buen observador de la realidad? Coincide mi lectura de estas novelas con mi frecuentación de algunos de sus escenarios más caraterísticos: los suburbios de Dublín, y notablemente los barrios y pueblos ricos que se extienden al oeste de la ciudad, circundando la bahía: Dún Laoghaire y otros. Y no acierto a discernir si la percepción que tengo de estos escenarios en estas novelas se debe a la capacidad del autor para sugerirlos o a mi propia experiencia de los mismos.. Ocurre incluso en El mar, en el que este escenario juega un papel tan importante: tal como es presentado en la novela, no deja de ser un entorno abstracto, impersonal, que podía ser el que yo creo que es pero también podría ser otro o no ser ninguno en particular...

Pero quizá eso sea intencionado: si los personajes de Banville son básicamente autistas morales, incapaces de percibir la plena realidad de la vida ajena, tiene su lógica que habiten también en un paisaje fantasmal, y no en ese detallado puzle de sensaciones que percibimos los turistas cuando frecuentamos un lugar.

Ay, Irlanda.

viernes, septiembre 11, 2020

LEVANTE



10/9/2019

De pronto, la evidencia de que una persona de tu entorno está perdiendo los papeles y actúa de un modo anómalo. Algo le debe pasar, pero sería del todo contraproducente preguntarle qué. Así que ensaya uno la paciencia y la cortesía, mientras de la otra parte no sale otra cosa que pura negatividad: lo que hasta ayer estaba claro hoy no lo está, y el cambio que se propone invariablemente es a peor... Y así vamos. Se dice uno que el campo sobre el que operan estas anomalías es estrictamente impersonal, y que nada de lo que resulte de ellas puede dañarte en la esfera de cosas que verdaderamente te importan. Pero, aunque eso es así -y para qué negarlo-, no puede uno gobernar sus asuntos periféricos desde esa especie de regio distanciamiento. Prefiero la ficción contraria, la que invita a pensar que ponemos en cuanto hacemos todo nuestro empeño y nuestra mejor voluntad, tanto por satisfacción propia como por el prurito de beneficiar a otros. Ahora esta persona se defiende de sus frustraciones haciendo ostentación de su desinterés y amagando con embrollarlo todo, si la dejan. Debe de ser cosa del viento de levante que sopla estos días, y que tanto contribuye a alterar los nervios.

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Por lo mismo, he sido testigo hoy de una colisión de tráfico. Sin consecuencias: un coche no ha frenado a tiempo y ha embestido a un motorista parado ante un semáforo. El golpe ha debido de ser potente, porque el parachoques del coche ha quedado descolgado y el motorista ha sido derribado sobre la acera. De inmediato los viandantes se arraciman a su alrededor. Veo que se levanta con dificultad: debe de haber resultado lastimado, aunque no parece que el daño sea grave. No me quedo a mirar el resto: el intercambio de explicaciones o reproches, el intercambio de datos de los seguros... Un calor inmisericorde golpea la calle al mediodía. Y los ánimos andan también sobrecalentados.

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También la policía anda hoy suspicaz. O quizá es que ha recibido una denuncia. Dos agentes motoristas se adentran por un tramo de carril bici que corre a la sombra de unos árboles frondosos, bajo los que se congregan algunas pandillas furtivas de adolescentes, que guardan silencio mientras son minuciosamente escudriñados, sin mediar palabra, por la pareja. Luego los motoristas siguen adelante. Y la furtividad, de algún modo, se reanuda, con sus misteriosos tráfagos y sus no menos intrigantes intercambios,

miércoles, septiembre 09, 2020

SUBURBANO



8/9/2019

En la clínica veterinaria, para que examinen a K., que anda un tanto desmejorada últimamente, aunque sospechamos que lo único que tiene es que los años se le han echado encima, como nos pasa a todos. Ya le hicieron un primer reconocimiento hace unos días, pero el intento de extraerle sangre pudo haberle costado algún que otro arañazo o mordisco a la veterinaria, así que nos emplazaron a traerla a esta otra clínica donde hay medios para sedar a los animales ariscos y poder hacerles todas las pruebas que requieran. Bueno. La verdad es que no nos hace gracia la perspectiva de ver a nuestra gata metida en una especie de cámara de gas, en la que se le administra el éter necesario para mantenerla dormida. Por otra parte, el protocolo de la clínica tiene previsto que esa clase de actuaciones se hagan sin la presencia de los dueños del animal, que además han de firmar, como ocurre en los hospitales para personas, un consentimiento escrito en el que se declaren conocedores de todos los riesgos que conlleva el proceso en cuestión. Y como no está C., que es la dueña legal de la gata, soy yo quien firma el documento, sin leerlo siquiera, como he hecho siempre cuando me han puesto por delante alguno de esos papeles referido a mí mismo y a la posibilidad de morir o sufrir daños graves a manos del médico de turno.

Y luego esperamos. Es sábado por la mañana y se ve que muchos aprovechan su tiempo libre para que le revisen la mascota. El primero en llegar -es temprano- es un hombre mayor que trae un perro muy elegante, cuya raza no sabría especificar: parecido a un collie, pero mucho más pequeño y menos imponente. De hecho, el perrillo en cuestión se muestra más bien asustadizo, y en cuanto su amo toma asiento en la sala de espera, opta por esconderse tras sus piernas, acurrucado entre las patas del sillón. Distinto es el caso del que trae una señora que viene con su hija, una niña de siete u ocho años, a la que deja sola en la sala de espera cuando el perro, muy nervioso, da muestras de que necesita salir. Lo curioso es que la salida se prolonga más de lo que cabría esperar, y llega un momento en que la propia recepcionista pregunta a la niña por su madre, como si temiera que ésta no fuera a volver. En el intervalo llega otra señora que se diría que es una copia exacta de la que ha salido: la misma edad -en torno a los cuarenta-, el mismo atuendo informal -pantalón corto, camiseta de tirantes- e incluso se diría que el mismo aspecto esquinado de quien quizá piensa que traer la mascota al veterinario no es la mejor manera de pasar la mañana de un sábado. Por alguna razón, doy por sentado que las dos viven en alguna de las barriadas de adosados que rodean el polígono en el que se ubica el consultorio, y que su desaliño, su aspecto de haberse despertado con resaca y su aire de desilusión general son rasgos característicos de esa clase media suburbana. Todo aquí es muy suburbano: desde la pulcritud del consultorio -en broma, le digo a M.A.: si algún día caigo enfermo, tráeme aquí, y no al hospital: esto tiene mejor pinta- a la concurrencia, a lo que hay que añadir un aire general de desolación inminente, como si un ramalazo del siguiente huracán tropical pudiera borrar de golpe toda esta arquitectura efímera, hecha de contrachapados y módulos prefabricados.

Por fin nos llaman a consulta. A K. la han metido en una jaula, también pulquérrima, para que se recupere del éter. Desde allí nos mira con aires de reproche y nos dirige unos maullidos muy lastimeros, que parten el alma... Para hacerle una ecografía, le han afeitado el cuello y parte del vientre, lo que le da un aspecto más lastimoso aún. La veterinaria nos dice que no han detectado nada anómalo, salvo quizá un poco de anemia, como de señorita mimada que come poco. Nos recomienda que le variemos la dieta y que le demos alguna que otra exquisitez para gatos. No nos molestamos en decirle que ya lo hacemos, y que no hay cuarto de gambas o porción de pescado que entre en casa de la que ella no tenga su parte; entre otras cosas, porque la reclama con una insistencia inasequible al desaliento. Aún así, compramos en la tienda aneja unas cuantas latas de esto y de aquello, para que no se diga. Previamente he pagado los honorarios: no tan elevados como esperaba, pero sí lo bastante como para llevarse por delante cierto ingreso extra que había conseguido el día antes con la venta de unas acuarelas... Lo que no deja de tener su moraleja. ¿No te alegras de que la gata no tenga nada?, me dice M.A., un tanto intrigada por mi laconismo. Y sí, claro que me alegro, pero yo tenía mis planes con ese dinero extra, que ha volado. Miro a K., acurrucada al fondo de su transportín. Ella tampoco entiende nada. 

viernes, septiembre 04, 2020

VENENOS

3/9/2019

Vuelta al trabajo. Sensación de embotamiento y de que todo lo que habitualmente uno hace sin dificultad hoy requiere ímprobos esfuerzos que no dan el resultado esperado. Para colmo, he olvidado las claves de mis cuentas de internet y de los repositorios en los que guardo el material que necesito. Y me digo, para no desanimarme del todo, que no es que me esté volviendo torpe con la edad, sino que me he levantado a las seis y media, después de llevar dos meses haciéndolo entre dos y cuatro horas más tarde, y lo que me pasa es que me caigo de sueño. Esta noche supongo que me será posible conciliar el sueño un poco antes y mañana me levantaré mejor. Y así iremos sobrellevando la condena bíblica otros diez meses... Me avergüenza un poco dejar aquí constancia de todos estos sentimientos negativos: a otros compañeros, por lo que he podido comprobar, se les ve más frescos y animosos. Yo no quiero ni pensar en la impresión que doy. ¿Tengo ojeras? ¿Voy lo bastante bien vestido? ¿Debería haberme cortado el pelo y recortado las barbas antes de volver al trabajo? Y se me ocurre ahora, cuando ya voy buscándole el remate al párrafo, que quizá lo que también me falta, además de algunas horas de sueño, es... convicción para interpretar un año más el personaje que llevo más de treinta haciendo.

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Hablar de lecturas con otros, se me ocurre, exige el mismo grado de intimidad que hacerlo de, por ejemplo, idiosincrasias sexuales. De lo contrario, corre uno el riesgo, o bien de ser malentendido, o bien de parecer un panoli al que todo le parece bien. Hoy acaban de endosarme el título de un libro que no tengo el menor interés en leer, y yo, a cambio, he endosado otro que seguramente a mi interlocutora tampoco le dice nada, pero creo que el resultado de esta vana transacción de alguna manera me ha sido desfavorable, quizá porque la susodicha mostraba, al hacer su recomendación, una seguridad de la que yo carezco en casi todo lo que afirmo; de lo que deduzco que no es del todo improbable que me preste el libro en cuestión y me ponga en el compromiso de leerlo... No se me malentienda: no es que sea reacio a que me hagan recomendaciones de lectura; pero sé, por experiencia, que, a estas alturas de mi vida, sólo un puñado de personas no me decepcionan cuando me mencionan autores o libros a los que debería asomarme. 

Ahora que lo pienso, lo que acabo de anotar, con todas estas prevenciones y cautelas, no se refiere sólo a la lectura, sino a casi todas las facetas de la propia vida que quedan expuestas a la influencia ocasional de los demás. Como lector no es uno muy distinto del personaje civil que se ocupa de otras cosas distintas a la lectura al cabo del día. Tal para cual.

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Los consejos higienistas en los periódicos y otros medios de comunicación han conseguido inocularnos la convicción de que casi todo lo que comemos es veneno. Y debe de serlo, porque ya se sabe que no hay dieta que no desemboque... en lo que sabemos que desembocan todos los hábitos humanos al cabo de los años.

jueves, septiembre 03, 2020

TAMBIÉN LOS HAY

2/8/2019

En correos, para recoger la correspondencia acumulada durante la segunda quincena de agosto: una especie de rito propiciatorio para empezar septiembre y reanudar las rutinas laborales, entre las que incluyo también mis autoimpuestos empeños literarios y todo lo que llevan consigo, ay. Llevo un voluminoso paquete con dos libros que envié a un amigo a comienzos del verano y me vino devuelto, y que ahora vuelvo a enviar; y recojo del apartado un ejemplar de una revista literaria con la que suelo colaborar, una colección de "pliegos" poéticos en la que también me han pedido que colabore y un libro de un amigo. Entretejen todos ellos la malla de una sociabilidad que tiene sus exigencias, pero que se presenta con sus mejores modales y que, en estos desabridos días de vuelta a las rutinas, me resulta gratamente acogedora. Lejos quedan los tiempos en los que estos tratos de alguna manera me redimían de las desazones que me causaba mi trabajo asalariado, entonces muy ingrato. No vivo ya en esa dualidad: soy un profesor que escribe o un escritor que se gana la vida dando clases, y una cosa y otra conforman, creo que en cierta armonía, el personaje en el que me reconozco, Soy, además, otras cosas, que también me completan: pintor aficionado, desinhibido parroquiano en cierta barra, silencioso paseante de sus soledades... Miro lo que algunos proyectan de sí mismos en ese circo que llaman "redes sociales" y me asombra la unilateralidad de ciertos perfiles, especialmente los literarios. ¿De verdad puede vivirse con la mente continuamente puesta en los caprichos de ese veleidoso mundo? Sé que todo esto puede hacerme sospechoso de cierto diletantismo. Lo acepto de buena gana. Cometí la temeridad de comentar algo de esto en una entrevista que me hicieron con motivo de un premio literario y el titular fue: "JMBA, un poeta a rachas"; lo que, la verdad sea dicha, no resultaba muy favorecedor. Pero es posible que todo lo que somos lo seamos a rachas: Salvo si uno es un robot o una especie de zombi, clato, que  también los hay, y muy especialmente entre los escritores.

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No he anotado en este cuaderno, que también tiene sus omisiones y lagunas, que he dedicado buena parte de mis ocios de este verano a ver cine japonés. Se ve que los clásicos de esta cinematografía, o al menos los menos conocidos, no suscitan el celo de las distribuidoras a la hora de impedir su difusión gratuita en internet, y ello hace que no sea complicado encontrar amplios repositorios de películas japonesas, algunas incluso primorosamente subtituladas en español. Así que nos hemos valido de esa circunstancia y descubierto, gracias a ella, a algún que otro director que no conocíamos, como el gran Heinosuke Gosho, de quien hemos visto cuatro películas, todas ellas caracterizadas, por una parte, por una enorme atención a los detalles que revelan el conflicto entre el Japón tradicional y los nuevos modos de vida aliados a la occidentalización y la modernidad; y, por otra, por una clara vocación hacia el melodrama, que este director -del que leo que fue quien dirigió la primera película sonora del Japón, ya mediada la década de los 30- utiliza como vehículo para expresar los dramas personales derivados de ese conflicto cultural, y muy especialmente los que afectan a la mujer. En ese sentido, Gosho podría considerarse una especie de Douglas Sirk a la japonesa; y su mejor película, o simplemente la más compleja y ambiciosa, Banquete o Rebelión en Japón (Utage, 1967) recuerda a Tiempo de amar, tiempo de morir, en la que el director alemán, nacionalizado americano, reflexiona en clave de melodrama sobre los sentimientos de la sociedad alemana bajo el nazismo y durante la guerra. La sombra de la guerra no deja nunca de sentirse en los dramas de Gosho. Pero, en la mencionada Rebelión en Japón, ambientada en las circunstancias que dieron lugar al intento de golpe de estado militar de signo ultranacionalista, aunque también antiexpansionista, que se conoce como "el incidente del 26 de febrero" de 1936, y que terminó con la ejecución de la mayor parte de los oficiales implicados. Gosho aprovecha estos hechos históricos para establecer un sutil paralelismo entre el hermano comunista de la protagonista y el oficial del que ésta está enamorada, pese a que éste ha renunciado solemnemente a todo lazo familiar o personal para entregarse en cuerpo y alma a su compromiso con los conspiradores. Los hechos recuerdan, curiosamente, al pintoresco golpe de estado que intentó perpetrar el escritor Yukio Mishima en 1970 y cuyo fracaso lo indujo al sepukku o suicidio ritual. Sería curioso indagar si la visión no del todo negativa que Gosho tiene del incidente del 26 de febrero de alguna manera influyó en el acto mimético de Mishima, que fundó su milicia personal, por cierto, en 1968, recién estrenada la película que estamos comentando. El caso es que ésta plantea la posibilidad de que la historia de Japón, y con ella el desarrollo de los acontecimientos que desembocaron en la Segunda Guerra Mundial en el Pacífico, pudiera haber transcurrido por otros derroteros, y que en esas grandes disyuntivas que hacen que la Historia siga una senda u otra influyen decisivamente los sentimientos humanos. 

Seguiré anotando, si hay tiempo y ocasión, mis impresiones de este ciclo de inmersión en la cinematografía japonesa menos transitada. Hablaba el otro día de la "pereza ocupada". Uno no tendría ningún problema de conciencia en definir todos sus empeños de ese modo.

lunes, agosto 31, 2020

LA PEREZA OCUPADA

30/8/2019

Un rito que cumplo todos los años por estas fechas: bajar de Benaocaz a Ubrique a primera hora de la mañana por la calzada romana. Es un paseo de apenas hora y media, pero supone por sí solo una absoluta inmersión en todo aquello que esperamos de ciertos parajes: que se conviertan en nuestro interlocutor, y que lo hagan desde una cierta pretensión de exclusividad, sin dar parte a otros. 

En efecto, casi no me cruzo con nadie en todo el recorrido: sólo con un excursionista que lo hacía en sentido contrario, es decir, ascendente, y que, por ello, venía tan cansado que apenas resultó inteligible su saludo. El resto del camino transcurrió en absoluta soledad..., al menos en apariencia, porque la verdad es que experimenté durante buena parte del trayecto la sensación de contrariedad que nos asalta cuando, en el duermevela, por ejemplo, una idea nos acude a la cabeza y no sabemos cómo librarnos de ella y le damos vueltas y vueltas, como si la estuviésemos exponiendo a un interlocutor que tolerase estas repeticiones y, en último término, se dejara convencer. Varias fueron las ideas absurdas y fastidiosas que ocuparon mi mente durante esa hora y media de paseo en plena naturaleza: algunas decisiones de índole laboral que debo tomar en las próximas semanas, el orden en el que debo abordar ciertos proyectos a los que quiero aplicarme, algunos pasos que he de intentar en mi siempre vacilante gestión de mi carrera literaria... ¿Por qué he dejado que este bulle-bulle ocupe mi mente en mi último paseo campestre de este verano? Quizá es que he salido demasiado tarde y el sol ya está alto y las molestias que ello supone han contribuido a este ánimo dubitativo, que ahora no ve sino inconvenientes donde preveía una ocasión placentera.

Y el caso es que llego a mi destino acalorado y cansado y el suculento desayuno, que era el premio que me había prometido por el esfuerzo, apenas me conforta. "¿Qué tal lo has pasado?", me pregunta M.A., que ha bajado con el coche a recogerme. "Regular. Creo que estoy en baja forma", miento. "Tengo que andar más".

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"El diario íntimo -dice Amiel, página 614 de la edición que manejo- me ha perjudicado artística y científicamente. No supone más que una pereza ocupada y un fantasma de la actividad intelectual". No sé si suscribiría plenamente esas afirmaciones, pero las encuentro fundadas. El diario viene a ser una especie de remedio homeopático contra la mala conciencia del escritor que procrastina o aplaza sus proyectos: te sientas a escribir una entrada del diario y te parece que ya has cumplido, cuando lo cierto es que no has hecho más que disfrazar tu pereza, tu no hacer nada, de una mera apariencia de actividad. Sin embargo, hay precedentes que nos dicen que este producto de la "pereza ocupada" puede llegar a ser una obra con carácter propio y susceptible de ser apreciada como tal por otros: es el caso de los propios diarios de Amiel, pese a sus prevenciones. ¿Hago bien, por tanto, en perder el tiempo en estas anotaciones que traigo a este cuaderno virtual cada dos o tres días, y con las que distraigo el siempre aplazado afán de emprender algo de mayor enjundia? En mi caso, hay otra atenuante, que Amiel no menciona: el diarista no requiere presencias ajenas, no necesita público ni editor ni distribuidores ni libreros. Es, por tanto, el escritor libre por antonomasia, o el menos dependiente de esas instancias que añaden al acto de escribir, esencialmente introspectivo y solitario, una no siempre deseada dimensión social. Amiel habla a veces de su falta de "voluntad" para hacer valer sus méritos ante los demás; pero, cuando habla de eso, se refiere a otra facetas de su obra, nunca a su diario, que es el ámbito en el que se siente absolutamente libre. Pues eso.

viernes, agosto 28, 2020

GEOLOGÍAS









27/8/2019

Los encargos periodísticos de MA, que ahora colabora con el suplemento turístico de un periódico digital, nos llevan a estas salinas romanas que están a apenas veinte minutos de nuestra casa de la sierra, pero cuya exacta ubicación, que no se anuncia desde la carretera, desconocíamos. Y la verdad es que merece la pena visitarlas, no sólo por las razones objetivas que seguramente MA mencionará en su reportaje, sino por una especie de sensación indefinible que emana del lugar y en la que se funden el peso de los muchos siglos de aprovechamiento humano de este recurso y la propia singularidad del accidente natural al que debe su origen: la presencia de enormes depósitos de sal mineral en el subsuelo de este paraje, procedentes, nos dice el actual dueño de la finca y responsable de su explotación, del antiguo mar de Tetis, uno de los primitivos océanos que fue abriendo cuña en el continente único del que proceden los cinco actuales. Mete uno el dedo en las distintas balsas de decantación en que consiste la explotación, que todavía funciona como en la antigüedad, sin procedimientos mecánicos de filtrado de las aguas o limpieza del producto obtenido, y tiene la impresión de estar probando, no ya un simple depósito salino, sino un residuo geológico que se remonta a la antigüedad más remota del planeta, y que, lo mismo que hoy reclama nuestra atención reverente, llamó hace miles de años la atención de los primeros pobladores de estos parajes: el milagro de un nacimiento -hoy apenas una poza de metro y medio de diámetro y apenas unos centímetros de profundidad- del que aflora continuamente agua salobre.

Al parecer, no se trata del único manantial salino de la zona. Existen vestigios de otras salinas, hoy abandonadas o sin explotar, así como otros tantos manantiales salobres; uno de los cuales, por cierto, alimenta la piscina de agua salada que exhibe como reclamo un popular restaurante de la zona y a la que acudimos a refrescarnos después de nuestra visita. La salinidad, por supuesto, que parece mayor incluso que la del mar, hace que mantenerse a flote en esta piscina requiera menos esfuerzo que en una ordinaria. Y así pasamos el resto del día: en remojo, como patos, y un tanto cohibidos ante el hecho de pensar que esta peculiaridad geográfica de la zona permite este frívolo uso turístico. Pero el lugar es extremadamente agradable, la concurrencia no es molesta y la comida es aceptable y económica: qué más puede uno pedir.