lunes, junio 01, 2020

DESCONOCIDOS


31/5/2019

Viernes. Literalmente, me he escapado del trabajo: con una triquiñuela he esquivado una reunión que tenía de 12.30 a 1.30 y, aprovechando un hueco anterior, he salido a las 11.30, lo que me deja dueño de la mitad de la mañana. Para celebrarlo, me he parado a desayunar en un bar en el que nunca antes había entrado, pero que está a la mitad justo del trayecto de unos quince minutos entre mi lugar de trabajo y la calle donde suelo dejar el coche. Hoy no quiero correr, así que aprovecho la ocasión de demora, que es también, por introducir un insignificante cambio en mi rutina, una novedad que abre la puerta a una deriva imaginativa distinta. De momento, aquí no conozco a nadie, y la camarera, o quizá encargada, es de las que parecen alegrarse de que un desconocido de pronto haya decidido entrar en su negocio. Que no está muy concurrido, quizá porque ya ha pasado la hora punta en la que los empleados de las empresas colindantes salen a desayunar. Ahora sólo lo hace un anciano solitario y una pareja formada por un hombre musculoso en camiseta de tirantes y con los brazos muy tatuados y una mujer que luce un gracioso peinado con dos cocas, como una niña pequeña: parecen dos "modernos" de hace treinta años. En todo el tiempo que paso en la cafetería no dejan de mirarse y sonreírse muy tiernamente, apenas sin hablar, aunque quizá el hombre tiene también un ojo para vigilar cuanto sucede a su alrededor, lo que me hace pensar que, si los miro más de lo debido, se dará cuenta enseguida y quizá se moleste. Mientras tanto, se me ha acercado la camarera y ha tomado nota de mi pedido, que no tarda en servirme. Mientras doy cuenta del café y la tostada, hago como que leo, aunque la verdad es que no consigo concentrarme, porque también este bar, a pesar de que posee todos los elementos para ser muy acogedor, tiene la música de fondo -un programa de "radio fórmula"- puesta a todo volumen. Así que, pese a mis prevenciones, me distraigo mirando al de los tatuajes y su novia y de vez en cuando echo una miradita también al viejo junto a la ventana, que parece absorto en sus pensamientos. Qué extrañas relaciones establece uno con los desconocidos con los que coincide momentáneamente en ocasiones así, y a los que es posible que no vuelva a ver nunca. A mi modo, también yo tengo mis rarezas, en las que quizá otros hayan reparado: a la camarera, por ejemplo, parece llamarle la atención que yo haya sacado un libro y lo mantenga obstinadamente abierto junto a la tostada. Cuando termino, le pido la cuenta: uno cincuenta. Debe de ser el bar con los desayunos más baratos de la ciudad. Bien pensado, es otro aliciente. A mi edad, hay que ir pensando en lo que hará uno dentro de poco para estirar la pensión.

sábado, mayo 30, 2020

SOMBRA

29/05/2019

Nos hemos decidido a sentarnos a tomar una caña en este bar ante el cual llevamos meses pasando, no sin dejar de fijarnos cada vez en los esfuerzos del encargado por proyectar una imagen amable y acogedora de su establecimiento y de lo que en él se ofrece. Es, o ha sido hasta ahora, un bar de hombres que beben en la barra, y de clientela fija: siempre los mismos parroquianos a las mismas horas. Alguno, tan pintoresco como un viejo desdentado al que a veces vemos sentado a una de las mesas que sacan a la acera y sorbe su cerveza a través de una pajita, suponemos que porque no se fía de que sus labios replegados hacia las encías sean capaces de impedir que un trago tomado directamente del vaso se le salga de la boca. Pero últimamente, decía, y a despecho de la imagen que pueda dar su clientela, el encargado se esmera en poner a la puerta unas pizarras en las que anuncia desayunos, una amplia variedad de tapas e incluso algún que otro plato para llevar. Así que nos hemos decidido a sentarnos a una de las mesas exteriores y pedir una cerveza y algo para picar... A nuestro lado, otro viejo ha traído del interior una bolsa de cacahuetes y ha echado unos cuantos en el suelo, al alcance de una perra que tiene la habilidad de pelarlos perfectamente antes de comérselos. Hace mucha gracia verla: es pequeña y fina de líneas, lo que contrarresta la fundada sospecha de que pueda ser tan vieja como su amo. Pero cuando pasan a su lado otros perros más jóvenes e intentan una aproximación juguetona, les ladra implacablemente, dejando bien a las claras que ella ya ha dejado atrás esa fase sociable de su vida.

Y mientras miramos embelesados a la perrita delicada y cascarrabias, otro parroquiano que se ha sentado entre el viejo y nosotros aprovecha para pegar la hebra y contarnos que hace apenas unos días llevó a sacrificar a Sombra, una perra a la que había salvado de morir ahogada en una riada cuando él trabajaba de guarda de coto, y que desde entonces se le había hecho inseparable. Había enfermado de leishmaniosis, un mal incurable que, al parecer, se contagia por la picadura de ciertos mosquitos. 

Sombra, nos dice quien fue su dueño, era la dulzura misma, pero si sospechaba que alguien quería hacerle daño a su amo, no había modo de contenerla. En una ocasión en que éste se interpuso entre dos que se pegaban, y uno de ellos hizo el amago de llevarse la mano al bolsillo de atrás, como quien busca una navaja, la perra se lanzó contra el presunto agresor y le destrozó una pierna a dentelladas. El herido la denunció y nuestro interlocutor tuvo que esconderla hasta después del juicio, en el que declaró que la perra no era suya y que sólo la conocía porque frecuentaba su calle y a veces le daba algo de comer... El juez dictaminó que el amigo de Sombra no había incurrido en ninguna responsabilidad penal. Y éste, en cuanto se cercioró de que podía inscribir legalmente a la perra como suya, lo hizo de inmediato, para impedir que alguien la pudiera denunciar como animal abandonado y peligroso.

A estas alturas del relato ya tenemos claro que de lo que se está hablando no es de los méritos y bondades de los perros en general, sino de la selva y sus leyes y cómo sobrevivir en ella, ya sea a golpes o por sabérselas todas... El bar, desde luego, no nos ha defraudado: por el precio de unas cañas te llevas a casa una bonita historia. Y también, por qué no decirlo, la aprensión de que quizá hemos hecho bien en quedarnos a la puerta -no sólo literalmente- y no ir mucho más allá. Eso sí: volveremos.

viernes, mayo 29, 2020

ESPUMAS

28/5/2019

Me la cruzo a pocos metros de mi lugar de trabajo. Vive muy cerca, casi al lado, por lo que estos encuentros no son raros. De todos modos, hacía meses que no nos parábamos a charlar. Para celebrar la novedad, nos damos sendos besos en las mejillas. Debe de tener unos quince años más que yo y coincidimos en el mismo centro de trabajo durante un tiempo, antes de que se jubilara, aunque mi trato con ella empezó un día en el que tenía yo una hora de tareas burocráticas y un directivo del centro me pidió que la acompañara a casa porque había tenido un amago de desmayo. Supe entonces que sufría una penosa enfermedad -aunque no me dijo cuál era-, uno de cuyos síntomas más palpables era la parálisis facial, y que tomaba una potente medicación que no siempre la libraba de las crisis que de cuando en cuando sufría. A partir de ahí me paraba con frecuencia con ella a preguntarle cómo estaba, lo que ella parecía apreciar. Luego, como he dicho, se jubiló y yo cambié de destino laboral y pasamos, de encontrarnos en los pasillos del trabajo, a cruzarnos por la calle, como ha sucedido hoy. 

Por decir algo, le he comentado que el curso está acabando ya y que ando ocupado con las rutinas correspondientes: exámenes, calificaciones y demás. Me mira como si no supiera muy bien de qué le estoy hablando, lo que no deja de inquietarme. Y para que esa inquietud no se me trasluzca en el gesto, la resuelvo con una broma: "¡Qué alegría que a uno se le terminen olvidando estas rutinas! Cuando estás inmerso en ellas, te parece mentira que alguna vez vayas a poder quitártelas de la cabeza". Ella asiente tenuemente, no sé si muy convencida. Luego me dice que su rutina, desde hace años, es la de una ama de casa: va diariamente al mercado, cocina, se ocupa de las faenas domésticas. Y que ha olvidado todo lo demás, incluyendo, me dice, "lo mal que lo pasaba en clase con la medicación que tomaba; bueno, y que sigo tomando...". Le doy otro beso para despedirme. A mí me faltan apenas cuatro años para iniciar ese proceso de desconexión. Cruzo los dedos.


*

En contra de mi declarado propósito de evitar a cierto tipo de escritores "internacionales" -ganadores de premios nobeles, por ejemplo, o aspirantes al mismo- he leído una novela de Coetzee que un amigo me ha puesto en las manos. No está mal, desde luego, y sería muy injusto que dijera lo contrario. Pero me confirma todas y cada una de mis prevenciones; entre ellas, la de que todos estos autores parecen escribir la misma prosa, pensando en que resulte traducible cuando les den el ansiado premio y se les vierta a todas las lenguas cultas del planeta; y que, por lo mismo, andan siempre como componiendo el gesto, para que nadie les pueda acusar de ocuparse de cosas nimias ni dude de que lo que verdaderamente les preocupa son las grandes cuestiones que afectan al sentido de la vida y al destino de la Humanidad con mayúsculas; eso sí, convenientemente desglosado en epígrafes que correspondan con la agenda política, social y periodística del momento, no vaya a ser que en algún departamento de literatura dictaminen que sus obras, por carecer de esos elementos, no sea digna de estudio y glosa. 

Boyhood -tal es la novela a la que me refiero- es un cumplido ejemplo de lo dicho. Está escrita en un lenguaje casi meramente enunciativo, con frases cortas y lacónicas: no, desde luego, al estilo de nuestro Azorín, en quien ese estilo reticente y enumerativo era toda una declaración de su modo de ver el mundo y estar en él, así como de la actitud y el tono desde los que quería contarlo; sino como obedeciendo a ese dictado de traducibilidad al que nos referíamos antes. Lo que no significa, por supuesto, que el autor se arriesgue a que lo acusen de carecer de ambición estilística: por el contrario, y para conjurar ese peligro, recurre a un truco tan visible como efectista: confiar la voz narrativa, claramente coincidente con el punto de vista -el de un adolescente que describe su entorno familiar y social- desde el que se cuentan los hechos, a una forzada tercera persona a la que dota de las atribuciones de omnisciencia y subjetividad de la primera. Lo fía todo a ese pobre recurso, y descuida en cambio algo tan elemental como la progresión narrativa del relato o los aspectos constructivos que justifican que éste llegue a ser una "novela" propiamente dicha, y no una sucesión de capítulos monográficos sobre las distintas facetas de la vida del narrador: la escuela, el críquet, los primeros escarceos sexuales, el trasfondo afrikaner del padre, etcétera. Sólo hacia el final, para dar cierta animación narrativa al último tramo de la novela, el autor condesciende a despachar en pocas páginas el relato del fracaso profesional de su padre y la consiguiente ruina económica de la familia. 

Y casi parece uno intuir, mientras lee con cierta impaciencia esta especie de apoteosis final, los parabienes que el autor espera cosechar de críticos y profesores de todo el mundo, ya sea por la "sinceridad" de este relato poco complaciente con el entorno familiar del autor, ya sea por su peculiar estilo. Lo he leído en inglés,que es su lengua original, pero lo mismo hubiera dado leerlo en español o... en chino. Espumas de la literatura, diría uno: lo que aflora a la superficie y es lo primero que ve quien no tiene valor o recursos para bucear un poco más.

viernes, mayo 22, 2020

AFECTOS


21/5/2019


He constatado ya que mi costumbre de llevarme un libro a la terraza donde habitualmente tomo café me está empezando a restar amigos. Empecé a hacerlo hace años, debido a que, como bibliotecario escolar, suelo tener ocupados los recreos y, por tanto, bajo a desayunar a horas en las que no coincido con la mayoría de mis compañeros: de ahí mi costumbre de distraerme con la lectura; que, además, me resulta especialmente grata en estos ratos arrancados a la rutina laboral y en los que tengo la fantasía de que, a pesar de mis obligaciones, hay momentos en el día en los que me siento como un melancólico rentista que vive para sus aficiones; entre ellas, muy destacadamente, la lectura. Aún así, cuando ocasionalmente coincido con algún otro compañero en esos ratos, cierro el libro y doy por bienvenida la novedad. Pero, ya digo, a pesar de que he hecho lo posible por dejar claro que tener un libro en la mano no es en absoluto una declaración de rechazo a la eventual compañía de quien quiera sentarse a mi mesa, aun así he observado que hay quien da por sentado que prefiero estar solo, y consiguientemente pasa de largo y se sienta en otra mesa o, si estoy en la terraza, prefiere quedarse en el interior de la cafetería. Naturalmente, trato de restar importancia a estos ¿desaires? y, si encuentro la ocasión, bromeo sobre ellos con las personas implicadas. Pero no he conseguido invertir la tendencia general a que se me considere una especie de misántropo que se escuda tras un libro. Ha llegado a darse el caso de estar yo sentado cara al mar, en la primera fila de mesas, y que quienes han llegado después hayan ido ocupando, en grupos, las mesas a mi espalda, dejándome solo... ¿Qué hacer en esos casos? ¿Dejar la mesa que ocupo y solicitar un hueco en alguna de las otras? Pero ocurre, además, que en esas mesas hay alegres grupos en los que predominan los más jóvenes que yo, los que forman la alegre pandilla de quienes están de paso y no tienen familia ni compromisos en la ciudad y aprovechan ese bendito desasimiento para crear, como hacía yo en su día, nuevos lazos con quienes están en idénticas circunstancias. Y uno va quedando un tanto arrumbado, con sus gafas de sol, su gorra, su libro y su mesa orientada al mar, componiendo la estampa... de un viejo al que los jóvenes dan discretamente de lado.

*

Ha muerto J..., "poeta popular" o "poeta del carnaval", según los distintos marbetes con los que se ha querido definir el papel por el que era conocido en la ciudad. Era también profesor de instituto; y sus aspiraciones e inquietudes, por lo que sé de ellas, iban incluso más allá de las mencionadas, e incluían la canción de autor y la poesía puramente literaria, no vinculada expresamente a las canciones carnavalescas. Ha muerto a los cincuenta y un años, lo que sin duda da que pensar. Ha melancolizado uno un tanto en torno a estos hechos: la irrevocabilidad de la muerte, que no entiende de fama, popularidad o talento y que siempre irrumpe por las buenas. Y luego, como ocurre siempre en estos casos, ha llegado el elemento grotesco del que suelen revestirse las demostraciones de dolor de quienes, consciente o inconscientemente, aprovechan la ocasión para ganar algún protagonismo a costa de las virtudes del difunto y de la repercusión de su muerte. La ciudad entera se ha volcado en sus funerales, que han sido casi los de un hombre de estado. Desde el propio alcalde a sus rivales de menor fuste en el negocio carnavalesco, pasando por una caterva de literatos que ya hubieran querido que lo suyo les deparase siquiera un ápice de esa clase de popularidad, todos ellos han estampado sus firmas en los previsibles elogios fúnebres. Bien está, por supuesto: no hay que regatear a nadie el afecto, y menos a los dolientes de un difunto tan especial. Pero no puede evitar uno preguntarse si la ciudad que tan generosamente se ha volcado en manifestar su pena y respeto habría hecho lo mismo si el finado, aún habiendo demostrado sobradamente su talento, lo hubiera dedicado a otras cosas. Y se acuerda uno también de otros a quienes se les despidió con bastante menos ruido e incluso con cierta inmerecida frialdad: la poeta Pilar Paz, por ejemplo, que murió hace apenas un par de meses; o el todavía no del todo apreciado FQ, sobre cuya figura pesan todavía tantas distorsiones, muchas de ellas inducidas por quienes dicen admirarlo... Pero eso es otra historia. 
  

domingo, mayo 17, 2020

EN MENOS DE DIEZ LÍNEAS

16/5/2019

En fin: no me sumo a las loables iniciativas políticas en las que participan mis colegas, no veo las series de televisión que apasionan a la práctica totalidad de mis conocidos -estos días andan muy entusiasmados con el inminente final de Juego de tronos-, la tecnología que uso lleva al menos un lustro de retraso respecto a la que se estila -por no mencionar mi televisor, que debe de tener unos veinticinco años-... No me enorgullezco de estas rarezas mías; más bien me inquietan, porque me hacen preguntarme si no serán síntomas de una creciente inadaptación a la realidad; o, peor aún, un rasgo de carácter permanente, que quizá arrastro desde la infancia. Y que, en cualquier caso, tiene ya poco remedio.


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"Será algo tan sencillo / como la diferencia entre estar y no estar.... No sé si saldrá algo de estos versos, o de otros como éstos que se me ocurren mientras paseo, o en el autobús, o en los duermevelas, y que a veces, porque me parecen buenos, anoto en un papel o en el "bloc de notas" del teléfono móvil; y que luego, cuando los releo, no me parecen nada buenos ni conducentes al desarrollo de un poema completo.


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Un liberal de izquierdas con algunas lecturas marxistas y anarquistas: en la práctica, un socialdemócrata partidario del estado de bienestar, pero receloso de la carga de dogmas de la que suele revestirse la acción social del estado y, sobre todo, de los que llegan de la mano de los activistas ad hoc que, para su aplicación, los gobiernos de centro-izquierda suelen reclutar en ciertas zonas templadas de la izquierda del espectro político, donde las libertades "burguesas" son vistas con sorna o condescendencia... Un anarquista de corazón, aunque muy partidario de que todo aquello que escapa al ámbito de su privacidad estricta y de su libertad de espíritu esté bien regulado y cuente con normas que todo el mundo ha de respetar... ¿Definirse políticamente? Envidio a aquellos que pueden hacerlo en menos de diez líneas.


 

sábado, mayo 16, 2020

MANIFIESTO


15/5/2019

Recibo un mensaje de un amigo para que suscriba un manifiesto de apoyo a cierta candidatura a las elecciones municipales. Y, naturalmente, declino la invitación, en la que no sólo veo una cierta desconsideración hacia mi ya demostrada voluntad de no poner en entredicho mi independencia política -que no significa, en absoluto, indiferencia o despreocupación hacia la política en general; más bien todo lo contrario-, sino también un imprudente acto militante cuyo resultado práctico -poner a disposición del poder político una lista de escritores adeptos, así como, por implicación, otra de quienes han rehusado firmar el manifiesto de marras- me parece muy peligroso. Quiero creer que quien tan voluntariosamente se presta a prestar estos servicios al político de turno lo hace desinteresadamente y tendrá la decencia, en el futuro, de rechazar todos los beneficios y sinecuras que puedan derivarse de este acto militante. Y lo pienso de verdad, ay, a pesar de los muchos precedentes que inducen a esperar todo lo contrario.


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He reclamado a la compañía de seguros los gastos que me supuso la prolongación involuntaria de mi estancia en Irlanda, hace unas semanas, y ya me han respondido con una negativa a hacerse cargo de la mayoría de esos gastos -entre ellos, mis comidas-, con una sola excepción: un medicamento que costó dos euros y cuyo importe me reembolsarán si relleno un complicado impreso de reclamación y adjunto no sé cuántos certificados que demuestren que ese medicamento fue necesario. Naturalmente, decido desentenderme de esos complicados trámites; y simplemente anoto en mi cuaderno de personajes singulares el nombre de la señora que, desde una oficina de París, sede de la multinacional aseguradora que responde de mi póliza, administra estas mezquindades y además se sentirá muy satisfecha de tener un empleo vistoso y seguramente muy bien pagado. Y me arrepiento, desde luego, de que haya llegado a sus oídos siquiera una parte de mi, pese a todo, hermosa y enrevesada estancia irlandesa y su complicado viaje de regreso. Quédese ella con los dos euros del medicamento y el importe de mis frugales almuerzos en las cafeterías de Waterford. Lo otro, la amortiguada luz de sus mañanas, los ratos contemplativos en los bancos del Malecón (The Quay) y, sobre todo, la íntima incertidumbre del viajero a quien de pronto se le desbaratan los planes y empieza a vivir bajo otros condicionantes menos predeterminados, más azarosos, más enriquecedores en suma. 


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Y se nos va la vida en estos ajetreos, ay.

miércoles, mayo 13, 2020

PREJUICIOS



12/5/2019

Como corresponde a la fecha, la explosión floral está en todo su apogeo. Piensa uno en aquello que el evangelio dice de los lirios del campo: "No trabajan, no hilan, más os digo que ni Salomón en su gloria vistió como uno de ellos". Cómo igualar, efectivamente, el colorido, variedad y, sobre todo, delicadeza de angélicas, campanillas, pipirigallos, cardos, amapolas, margaritas y otras cuyo nombre ignoro. Crecen desde una especie de exuberancia enfermiza, en macizos herbáceos en los que da un poco de reparo meter la mano, por la certeza de que por aquí también abundan las ortigas y otras plantas urticantes o espinosas. En cuestión de semanas, piensa uno con cierta melancolía, todo esto será pasto seco. Y de inmediato me arrepiento de incurrir en tanta negatividad. Lo que importa ahora es esta explosión de alegría, esta frescura del verdor salpicado de manchas de color, esta efusión gratuita de la que también participan los pájaros, que cantan como enloquecidos, y los insectos. Los seres humanos, en cambio, estamos un poco de más.


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La he visto venir: su propio pánico la ha llevado a apretar el paso, en vez de detenerse o retroceder, que es lo que hubiera sido sensato. Pero quién le pide sensatez a una rata. No he podido esquivarla y la he aplastado con la rueda delantera del lado del conductor: hemos acusado el ligero estremecimiento del coche ante esa pequeña irregularidad del pavimento. Y lo peor, a efectos de la contabilidad sentimental que uno lleva de estos sucesos: no he sentido pena, sino... repugnancia, a sabiendas de que el animal que acabo de matar en una zona deshabitada, en medio del campo, no es más inmundo o pernicioso que un conejo o un zorro, pongo por caso. Pero ha podido el prejuicio antes que el sentimiento que, ayer sin ir más lejos, me llevó a detener el paso en una calle escalonada porque tenía delante de mí una aterrorizada lagartija que no encontraba donde esconderse del extraño que parecía ir pisándole los talones con objeto, quizá, de acorralarla. Era bellísima y parecía milagroso que un cuerpo tan pequeño y delicado albergara esa rapidez de reflejos, ese nervio, esa agilidad. Bien mirado, quizá de la rata a la que acabo de matar pudiera decirse lo mismo.

sábado, mayo 09, 2020

LA PREGUNTA CRUCIAL

8/5/2019

Sigo con la pulsión de consignar sólo hechos. Lo que quizá se deba, creo, a que en estos días solitarios -MA está trabajando fuera- el día no se me ordena en función de los ratos compartidos con otra persona, sino estrictamente en función de lo que decida hacer en cada momento. Cuesta un poco. Me pongo a traducir (el encargo de marras) y, llevado por la inercia, no encuentro el momento de poner punto final a la sesión de trabajo, y en vez de terminarla en torno a las 8.30, como suelo, para dirigirme luego al salón y comentar con M.A. las noticias del día, me dan las 9.00, y luego las 9.30, y las 10.00... Cuando me decido finalmente a apagar el ordenador, el día se me ha ido. Ya no hay tiempo ni para leer un poco ni para empezar a ver una película. Si no me acuesto ya, no dormiré lo suficiente antes de que el despertador suene mañana a las 6.30.

Para evitar ese desorden, anoto lo que debo hacer en cada tarde de la semana. Ayer, por ejemplo, antes de ocuparme en otra cosa, quise dejar planteada la declaración de la renta: obtener las claves necesarias, pedir los datos fiscales del año anterior, etcétera. Hoy debo grabar unas declaraciones que me han pedido sobre mi novela para un programa de radio. Mañana... Despacho estos asuntos un tanto mecánicamente, como quien se sienta tras una ventanilla y atiende de mala gana, o con manifiesto desapego, las cuitas que vienen a traerle los sucesivos usuarios del departamento en cuestión. Curiosamente, no se me da mal este modo de trabajar: mata cualquier atisbo de ansiedad y mantiene la mente ocupada. Pero, en los intervalos, me hago la pregunta crucial: ¿qué demonios me gustaría de verdad estar haciendo ahora? No ha respuesta fácil. ¿Leer, ver películas? Pero tengo la vista demasiado cansada. ¿Pasear? Sí, ¿pero con quién? ¿Tomar una cerveza? No bebo entre semana. Mejor lo otro: las rutinas, el trabajo.

jueves, mayo 07, 2020

MÁS HECHOS


6/5/2019

Domingo de limpieza. Bajo a ocuparme del coche, mientras M.A. inicia el cuerpo de casa. Paso el aspirador y encuentro, en las rendijas casi inaccesibles que quedan entre el bloque que alberga la palanca de cambio y los asientos, algún bolígrafo con la tinta ya evaporada y alguna que otra moneda resbalada de los bolsillos: signos inequívocos de que debería limpiar esos huecos con más frecuencia. Luego, con las alfombras ya sacudidas y el receptáculo limpio de polvo y paja, me acerco a la gasolinera a limpiar el exterior con agua a presión. En eso las últimas lluvias habían adelantado parte del trabajo: en menos de cinco minutos la carrocería queda reluciente. Repaso la presión del aire en las ruedas -lo que antes era gratis y ahora cuesta un euro- y con el coche inmaculado e incluso oliendo a nuevo -el cepillo de la aspiradora aplicado a fondo ha tenido la virtud de arrancar de las tapicerías ese olor recóndito- vuelvo a casa, a tiempo todavía de ocuparme de la limpieza del baño. Prefiero esas tareas enérgicas a las delicadas y me las tomo como una ocasión de hacer algo distinto a mis habituales tareas sedentarias. Satisfechos por la labor cumplida, tomamos el aperitivo del mediodía: unas copas de manzanilla y algunas chucherías que sobraron de la cena de la noche anterior. Luego la siesta, durante la que entreveo, entre cabezada y cabezada, un largo documental sensacionalista  sobre "cuestiones inexplicables", desde apariciones de objetos voladores no identificados a asuntos de física recreativa todavía sujetos a discusión. Dudo mucho de la seriedad de planteamiento, pero me agrada el inglés cadencioso del locutor, que me ayuda a inducir el sueño. Cuando despierto, M.A. me dice que hemos quedado con una amiga para tomar la primera taza de caracoles del año. No es frecuente que salgamos un domingo por la tarde: normalmente, dedicamos ese espacio de tiempo a empezar el trabajo de la semana, cada uno ante su banco de galeote, quiero decir, ante su ordenador. Yo tengo ante la mesa la fotocopia encuadernada del poema narrativo de EBB que ando traduciendo estos días. Pero doy por bienvenida la novedad. Los caracoles, por cierto, están muy apetitosos: el caldo, casi una infusión de hierbas, es muy delicado, con un agradable toque picante. También la temperatura es buena, aunque se agradece que la terraza tenga un toldo que proteja de la plena exposición a la intemperie. Somos, quizá, los más sobrios en la concurrencia: el resto parece haber pasado el día fuera y estar apurando las últimas horas de una larga sobremesa en la que no habrán faltado los copazos. Más sobrios, nosotros nos conformamos con un par de cañas y antes de que anochezca estamos ya de vuelta en casa.

Hechos, meros hechos, sin añadido apenas, creo, de excrecencias del ánimo. Pero quizá dicen más de la textura de estos días, inexplicablemente tersos y serenos, que cualquier declaración al respecto. Etcétera.

miércoles, mayo 06, 2020

FACTUAL

5/5/2019

Todo diario debería ser puramente factual, como los últimos que le publicaron a Josep Pla: mero registro de hechos. Habría menos de lo que arrepentirse porque, a diferencia de las opiniones, que están sijetas a variación, los hechos son inamovibles; a no ser que uno, claro, se empeñe en falsearlos o inventarlos; lo que, bien mirado, tampoco queda lejos del posible campo de acción de un diario íntimo.

Y el caso es que también hay días de los que, si no se consiga los hechos que los han ocupado, no quedaría nada, porque no todos dejan ese poso de observación y puro pensamiento que uno quisiera restar del mero transcurrir. Ha ocurrido, por ejemplo, este fin de semana. Deberíamos haber ido a la sierra, pero M.A., con buen sentido, dijo que no le apetecía hacer en el fin de semana el mismo fatigoso trayecto de carretera que en los últimos tiempos se ve obligada a hacer durante los días laborables; así que nos hemos quedado en casa, a sabiendas de que eso implica que todo aquello que normalmente dejamos a un lado cuando nos vamos a la sierra va a reclamar nuestra atención. Urgía, por ejemplo, que me cortara el pelo, que tenía ya muy crecido. Así que nos organizamos para ir al centro en coche y, mientras M.A. hace la compra de la semana, yo voy a mi peluquería habitual. Mo he tenido que esperar mucho: a mi llegada, el peluquero estaba ya dando los últimos toques al corte de pelo del único cliente. También el propio peluquero se ha cortado el pelo casi al cero y ha dejado de teñírselo de azul, lo que, curiosamente, lo ha rejuvenecido. Hablamos de eso, de los años vividos y de la nostalgia de otra época en la que era posible -dice él y yo me limito a seguirle la corriente- pasar el verano en una cueva en Caños de Meca o despedir el verano con una tamborrada cara al mar... 

Salgo de la peluquería abajo el efecto del cambio de aspecto operado por el corte de pelo y el recorte de barba, por un lado, y el ejercicio de nostalgia, por otro, y en unos jardines cercanos, que atravieso para salir al encuentro a M,A., me encuentro con un conocido que me manifiesta su sorpresa porque la Feria del Libro local, que se inauguró el día anterior, no cuenta con la participación de ningún librero de la ciudad. Ignoraba ese hecho, que también a mí me sorprende, y hago una indagación en las redes sociales, donde un amigo mejor informado me dice que "hay mar de fondo" y se extiende sobre un largo etcétera de mezquinas cuestiones adyacentes. A decir verdad, yo también estaba un tanto escamado porque ninguna librería local me hubiera llamado para "firmar" en su caseta. Pero ando ocupado con otros asuntos últimamente y la verdad es que no había hecho ninguna averiguación al respecto. Y me alegro de que nada mío se vea afectado por estas absurdas polémicas locales que tanto desgastan y de las que nadie se beneficia.

Encuentro a M.A. a la puerta del mercado y juntos vamos a rematar las compras en el súper, antes de volver a casa y tomar el aperitivo en la cocina mientras se cocina el almuerzo, que es lo que más nos gusta hacer en estos días de fin de semana. Por la tarde habíamos pensado ir al cine, a ver la última de Almodóvar, y con ese fin salimos de casa en torno a las siete y media, en dirección a unos multicines del Puerto de Santa María, que son los únicos que todavía la tienen en cartelera. Pero no nos habíamos acordado que este fin de semana había carreras de motos en el cercano circuito de Jerez y que las carreteras están llenas de motoristas ansiosos por lucir la cilindrada de sus vehículos y de gente que temerariamente se alinea a lo largo de los arcenes para jalearlos, lo que resulta un tanto intimidatorio para quien circula entre unos y otros en un modesto utilitario. Damos por supuesto que el ambiente no hará sino empeorar en las horas siguientes, por lo que, juiciosamente, optamos por dejar la película para otra ocasión y volvernos a casa, donde nos aguarda una botella de vino y algunas de las exquisiteces que compró M.A. esta mañana en el mercado.

Y eso es lo que dio de sí el día.

lunes, mayo 04, 2020

ESPIRALES

3/5/2019

El olor de las jacarandas florecidas... Creo que el año pasado por estas fechas también me referí a ellas en este cuaderno; lo que es también una constatación de que vivimos, si no en círculos, sí en espiral, y que la curva corta cada año el mismo eje radial por el que pasó el anterior, con una sola diferencia: cada vez estamos más lejos del foco inicial y más metidos en la zona donde la curva es ya tan abierta que casi invita a la disolución de la figura en algo cada vez más cercano a su desaparición total, ay.


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Vuelvo a ver Vive como quieras de Capra: la vieja utopía bohemia de evitar las servidumbres de la vida burguesa a cambio del sentimiento de hacer en todo tiempo lo que a cada cual le apetece; pero, eso sí, sin renunciar a una casa en propiedad y a tener cocinera y criado negros; lo que, seguramente, no debe achacarse a Capra, que no hacía sino dar por buenos determinados estereotipos a cambio de cuestionar otros. Seguramente no hay gesto inconformista que, considerado con la debida perspectiva, no ofrezca esa misma mezcla contradictoria de ingredientes. Y lo que es más: seguramente no hay gesto inconformista que, en la creencia de poner en cuestión algo que en su tiempo empezaba ya a ser objeto de discusión, olvida replantearse otros aspectos que, a largo plazo, resultan ser los verdaderamente importantes. 


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Dos de mayo: uno siempre brinda, melancólicamente, por José Bonaparte y su corte de afrancesados. Lo español es lo otro, desde luego: echarse a la calle o al monte para defender una dinastía de incapaces. E incluso quienes se confiesan republicanos saben que lo suyo, en el fondo, tiene poco que ver con... la république

sábado, mayo 02, 2020

EXVOTOS



1/5/2019

Si acudiera a todas y cada una de las presentaciones literarias de amigos y conocidos, no tendría una sola tarde libre durante semanas: tal es el frenesí en el que parecen estar todos sumidos. Y yo también lo estaría, si no fuera porque me he dado una tregua de dos años en los que me dedicaré preferentemente a traducir, que es la más grata de las labores literarias, aquella a la que uno sólo aporta las palabras, dejando todos los demás sufrimientos del lado de la materia prima... Cuando vuelva -que volveré-, lo haré desde luego con otra mentalidad: la del prejubilado que sospecha que la vida administrativa de los expedientes que despacha será acaso más larga que el tiempo que a él le queda al frente del negociado. 


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¿Escribiré sobre mi experiencia irlandesa? De momento pinto acuarelas, alguna de las cuales me parece que cumple más bien la función de un exvoto, entregado a cuenta del feliz aunque enrevesado desenlace. Por ejemplo, ésta que he pintado hoy: una vista del puerto de Santander a primera hora de la mañana, desde la proa del ferry que nos ha traído de vuelta.

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Miércoles festivo... Quiero decir que el jueves será como un lunes.

jueves, abril 30, 2020

CONTRARIO A MIS INSTINTOS


29/4/2019

Trato de analizar la extraña autoconciencia con que uno sobrelleva la sensación de estar fuera de casa, que tanto se ha prodigado en las últimas semanas. Y no sólo por lo de Waterford: ha habido luego también algún compromiso literario y un fin de semana de desempeño profesional como enviado a un festival de cine. Se reviste uno de esas obligaciones -escritor en ejercicio, asistente a un evento cultural- para contrarrestar, en la medida de lo posible, la contravención de las querencias territoriales a las que uno vive aferrado: desde la sensación de seguridad resultante de volver a casa al final de la jornada a las comodidades aparejadas al hecho de comer la comida a la que uno está acostumbrado, dormir en la cama propia o incluso usar el propio cuarto de baño. Por supuesto, esa sensación de extrañamiento desaparece cuando uno está en faena, quizá porque, mientras duran las actuaciones que lo han traído a uno a estos lugares -quiero decir, mientras uno perora ante un público o permanece sentado con gesto circunspecto ante la pantalla de cine o en la sala donde los periodistas departen con el cineasta de turno-, uno deja en cierta medida de ser quién es y asume el personaje que otros han querido asignarle al encomendarle esas tareas. Lo malo es cuando uno deja de ejercer de esto y aquello y se convierte simplemente en el paseante que llena tiempos muertos en una ciudad extraña... Pero no quiero exagerar: llevo muchos años haciendo estas cosas y puede decirse que estoy acostumbrado, e incluso que la experiencia adquirida me ha sido muy útil en circunstancias en las que, como en lo de Waterford, tanto la prolongación de la estancia como la soledad a ella aparejada han venido impuestas y se han debido a causas inesperadas. Pero, aun así, qué extrañas se me hicieron las horas intermedias en la ciudad en la que estuve el pasado jueves para intervenir en un par de actos literarios, qué descarnado el sol durante el paseo que di por la fachada marítima de la ciudad, qué peso el de la propia digestión a pie enjuto, en la calle, sin un mal sofá donde dar una cabezadita. Y lo mismo durante el fin de semana en el festival de cine.

Omito, por sobreentendido, que esos inconvenientes quedan sobradamente compensados por las satisfacciones aparejadas a ambos compromisos y por todas las amabilidades de las personas que me atendieron antes, durante y después de ellos. No se trata aquí de cuestionarlos, desde luego, o de mostrarme desagradecido. Se trata, más bien, de una cuenta que debo dirimir conmigo mismo. Se ha puesto de moda últimamente la expresión "salir de la zona de confort" de uno, supongo que calcada del inglés. En español bastaría con decir "salirse de la rutina". A mí me cuesta y por eso lo hago siempre como obedeciendo a una autoimposición, sin la cual seguramente sucumbiría a no sé qué madeja de neurosis que me mantendrían atados a mi casa, a mis asuntos y a mis escenarios cotidianos. No es lo único que hago violentando mis querencias naturales. Si alguien le llega a decir al adolescente tímido y con dificultades para expresarse que se iba a ganar la vida dando clases en un instituto y que como actividad complementaria iba a elegir una que le obligaría a hablar en público en lugares donde nadie lo conoce, me hubiera echado a temblar. Hoy todos esos miedos me dan risa. Pero sé que, más o menos domeñados, siguen ahí, convertidos en todo eso que acabo de describir: extrañeza, digestiones pesadas, sensación de despojamiento e indefensión, añoranza de espacios más familiares y seguros. Llevo una vida contraria a mis instintos. Y menos mal.

viernes, abril 24, 2020

HORA ROBADA

23/3/2019

Los últimos acontecimientos me han dejado un tanto claustrofóbico. Me cuesta permanecer mucho tiempo concentrado en una tarea sedentaria. Así que hoy, a las doce, cuando aún me faltaba al menos media hora de trabajo burocrático, he decidido dejarlo para mejor ocasión y lanzarme a la calle. Me gusta hacerlo a media mañana -las doce son aquí, a esos efectos, el punto medio de la mañana, cuando todavía faltan dos o tres horas para que los comercios y las escuelas cierren y la gente se vaya a almorzar-, que es, para mí, la mejor hora del día, cuando las calles están en plena actividad, aunque en la multitud anden mezclados quienes están desempeñando un trabajo, y por lo tanto andan con prisas y con aire ocupado, y quienes se limitan a deambular sin otro propósito que tomar el aire o disfrutar del espectáculo ofrecido por el propio trajín desigual del que forman parte.

Ahora yo soy uno de esos desocupados -aunque en el ordenador, ay, he dejado media docena de correos por contestar, un acta por cumplimentar y todo un capítulo de la programación por revisar-. Pero tengo la conciencia tranquila y dispongo al menos de tres horas antes del almuerzo. Lo primero, entro en el estanco a recargar la tarjeta de transporte, que se me agotó está mañana, y me sorprende comprobar que la estanquera estaba tan enfrascada en su distracción -¿una revista, el móvil? Lo que sea lo tiene debajo del mostrador y no se ve- que parece sobresaltada por mi irrupción en su establecimiento y reacciona con desconfianza, hasta tal punto que, contra la costumbre, me pide el billete de veinte euros antes de proceder a la recarga. Me dirijo luego a la parada, en la que a esa hora confluyen media docena de autobuses en un tramo de acera donde sólo caben dos, lo que obliga a quienes esperan a estar atentos por si los que no logran acceder a la parada propiamente dicha abren sus puertas para recibir a los viajeros cuarenta o cincuenta metros más atrás. Unos lo hacen y otros no, por lo que no hay reglas, y lo único aconsejable es echar a correr cuando uno ve su autobús en el extremo de la cola, y volver a hacerlo si éste no le abre las puertas y espera a llegar a donde tiene que parar. En ese trasiego se me van quince minutos. Y luego, cuando accedo a mi autobús, compruebo con horror que el conductor es de los que escuchan música ratonera a un volumen superior al aceptable, sin plantearse siquiera si con ello está vulnerando el derecho de los pasajeros a distraerse cada cual como le venga en gana, y no tener que soportar el estruendo impuesto. Aún así, abro mi libro -La miseria de Madrid de Gómez Carrillo, que estoy leyendo con sumo gusto- y hago lo posible por concentrarme en la lectura, lo que consigo sólo a medias, y no sólo por la música, sino porque también los viajeros que se suben en las siguientes paradas llaman mi atención: por ejemplo, un hombre ciego que, a tientas, se sitúa en el asiento libre junto al mío. Su desgracia debe de ser reciente: "No veo nada", se queja a su acompañante. Y luego añade, en respuesta a un comentario del conductor, que se dirige a él con confianza: "No, lo que a mí me pasa no es sólo esto. También tengo depresión". Es, en efecto, un hombre compungido, quizá sobrepasado por sus padecimientos. Todo lo contrario de una señora que, un par de filas de asientos más atrás, repasa por teléfono los acontecimientos del día con una amiga o quizá con una hija, y lo hace a voces y con largos rodeos explicativos, como si quisiera asegurarse de ser entendida, no sólo por su interlocutora, sino por todo el autobús...

Llego así a mi destino, donde, antes de meterme en casa, aún me he propuesto hacer un par de recados. Primero, voy a correos. La estafeta está atestada; pero, por suerte, la correspondencia que debo recoger -un libro y unas fotocopias- ha cabido en el apartado y no he tenido que hacer cola para recogerla en ventanilla; lo que me ha privado, quizá, de enterarme de las historias que suelen traer consigo las veinticinco o treinta personas aquí congregadas, normalmente muy interesantes, porque el servicio público de correos es ahora usado mayoritariamente por inmigrantes que desean enviar cosas -desde artículos de primera necesidad a modestas sumas de dinero- a lugares donde, en ocasiones, las señas son dudosas o imprecisas, u obedecen a un esquema que no entiende el empleado encargado de tramitar el envío. Hoy no voy a quedarme a escuchar esas historias, y eso que me pierdo, a cambio de acortar considerablemente el tiempo que habitualmente paso todos los martes en esta estafeta.

He parado luego en el banco, para sacar dinero, y he recorrido sin demasiada prisa la calle principal donde se ubica la mayor parte del comercio de la localidad y las terrazas de media docena de bares, que a estas horas acogen ya a los primeros bebedores de cerveza, entre los que, como excepción entre tantos hombres solos, hoy he visto una pareja de jubilados, hombre y mujer, que portaban una honda y muy apetecible copa de cerveza dorada mientras elegían mesa donde sentarse. ¿Seré yo de esa clase de jubilados, cuando me llegue el momento? Pero ya mis pasos me han traído a casa y, antes de que se disipen estas impresiones de una hora robada a mis obligaciones, me he puesto a anotarlas.

jueves, abril 23, 2020

DEPURATIVOS

22/4/2019

De vuelta al trabajo después de la aventura irlandesa; de la que, a pesar de su imbricación en mis desempeños profesionales, no todos están al tanto, o no todos se dan por enterados, o sobre la que no todos se dignan preguntar. ¿Qué habría pasado -fantaseo- si uno, en vez de haber estado retenido por una pequeña contrariedad, hubiera sido detenido o secuestrado o privado de medios de comunicarme con los míos? Las rutinas, los temas de conversación a la hora del café habrían seguido siendo los mismos. Y quizá al cabo de seis meses alguien habría dicho, entre bocado y bocado a la tostada: "Por cierto, ¿qué le pasa a JM? Hace tiempo que no lo vemos por aquí...". Pero no hago reproches a nadie. Yo mismo ando siempre entre ocupado y ensimismado y no me entero de nada. Y es eso precisamente, esa deshumanización, acentuada quizá por el sometimiento al toque de hora, a las prisas, a un mismo calendario cíclico que se repite sin pausa ni tregua año tras año, lo que menos me gusta de este trabajo que -por qué no decirlo- en general no me parece el peor que uno pudiera tener.

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Cuarenta páginas tiene el "Libro quinto" de este largo poema narrativo o novela en verso que ando traduciendo. Un par de meses he tardado en traducir esta parte, por la que me pareció adecuado empezar, porque su variedad de tonos y registros -teoría literaria, diálogo, evocación, sátira- ofrecía una ocasión única de tomarle el pulso a su autora y medirse con ella en lo que a versificación se refiere. Ahora me quedan otros ocho "libros", cuatro por delante y cuatro por detrás, para salir airoso del empeño.

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Tal vez por influencia de este tour de force, el último poema que he escrito, directamente influido por mi periplo irlandés, es también digresivo, politonal y... muy largo. Lo que demuestra que también un poeta debe cuidar su dieta; o, si las circunstancias propician ciertos excesos, procurarse de inmediato los depurativos correspondientes. 

domingo, abril 19, 2020

EXTRAÑAMIENTO


18/4/2019

Poco a poco va llegando la descompresión. Es raro: nadie diría que quince días fuera exigirían una readaptación a la vuelta. Pero es así, tal vez por la intensidad de la experiencia. La propia luz, que es ahora de rabiosa primavera, me es extraña, como lo es, sobre todo, el azul del cielo, cuya intensidad, aquí, nada tiene que ver con la desvaída grisalla -tan delicada, por otra parte- de los cielos irlandeses, incluso cuando están despejados... Tampoco la sonoridad de las calles y de los lugares públicos es la misma. Ni el sentido de la ubicación: doy una cabezada a la hora de la siesta y, cuando despierto, me parece estar allí y tardo unos larguísimos instantes en constatar que no ése el caso. Tampoco yo soy el mismo, aunque no sabría decir si lo que predomina en mí es la euforia de quien ha salido airoso de una situación apurada o lo contrario, el miedo de quien sabe que el caso habría podido ser incluso más complicado y haber podido con las reservas de paciencia y recursos de uno.

Pero para eso se viaja, me imagino: para volver cambiado. Ahora aquí, en Benaocaz, cuento los días de estas vacaciones acortadas -yo las he empezado el lunes, dos días y medio después de su comienzo oficial el viernes al mediodía- y hago votos porque la descomprensión haya terminado de aquí al domingo, porque la cotidianidad se aviene mal con las sensibilidades alteradas y la sensación de extrañamiento. Iré contando.

miércoles, abril 15, 2020

FIN DE VIAJE


14/4/19

Tarde-noche de sábado a bordo del Connemara. Hay quien mata el tiempo bebiendo cerveza. Yo juego al ajedrez con mi acompañante —he comprado un pequeño tablero magnético en la tienda del barco— y, en los largos intervalos que me dejan mis espaciadas conversaciones con mi lacónico compañero, leo. El ambiente es relajado y agradable, casi familiar. Los niños corretean entre los silenciosos bebedores de cerveza, la televisión está puesta a un volumen aceptable, que no llega a las zonas más reservadas del espacio común. Y la comida, sorprendentemente, es buena y no demasiado cara. Tampoco hemos tardado mucho en acostumbrarnos a los movimientos del barco y al traqueteo de los motores, que se diría que hacen el efecto de un arrullo que facilita el sueño.

Así ha transcurrido la travesía. Hoy me he despertado un poco antes de las siete, que era cuando debía sonar el despertador, y desde la ventana del camarote ya se veían las luces de Santander. Me he duchado rápidamente, justo a tiempo para oír, mientras me vestía, la megafonía dando instrucciones para el desembarco. Daba casi reparo arrastrar las maletas por las calles de la ciudad dormida. Hemos desayunado en la primera cafetería que hemos encontrado abierta. Voy ahora camino del aeropuerto. Fin de viaje.

martes, abril 14, 2020

CONNEMARA


13/4/2019

A bordo del Connemara, con nombre típicamente irlandés y matrícula chipriota. Pasaje variopinto: muchos hombres solos , casi todos camioneros; y alguna que otra familia con niños a la que le resulta más económico viajar en coche que en avión. A nosotros, después de arduas gestiones para hacer entender a la compañía que se trataba de un caso de fuerza mayor, nos han permitido embarcar a pie, lo que no ha dejado de ser pintoresco. Ya el taxista que nos llevó a Ringaskiddy, el punto del puerto de Cork desde el que salen los ferris, tuvo sus dificultades para que los guardias del embarcadero lo encaminaran, no a la cola de coches preparados para embarcar, sinoa una desolada terminal en desuso donde se ubica el mostrador de la compañía. Allí, la persona al cargo estaba al tanto de nuestra situación y nos trató con extrema amabilidad: nos ofreció una taza de té y nos indicó que esperásemos hasta que ella misma nos condujera al interior del barco, lo que habríamos de hacer atravesando a pie la bodega para vehículos. Así que nos sentamos frente a los ventanales que daban al embarcadero, vimos atracar el ferry que debíamos tomar y nos asombramos de que, por el repecho de tierra cubierto de hierba que se extiende entre la terminal y la rada, corrieran un par de rollizos conejos, extrañamente incongruentes con el entorno portuario. Había también una bandada de pájaros pequeños, quizá estorninos, posados sobre el filo de una pasarela, desde donde de vez en cuando echaban a volar para trazar una especie de armoniosa voluta coreográfica en el aire y luego regresar al punto de partida, hasta que se aburrieron y, primero el grueso y luego los dos últimos rezagados, se marcharon definitivamente.

Y así echamos el rato hasta que termina de anochecer y la empleada que nos atiende, y que ahora se ha enfundado un chaleco fluorescente, nos dice que la sigamos. Tras sus pasos, obedeciendo su indicación de que no traspasemos una línea amarilla pintada en el pavimento, y junto a la cual pasan rápidos los camiones que embarcan en primer lugar, accedemos a las entrañas del ferry, donde nuestra guía nos presenta a la sobrecargo y ésta nos indica que esperemos en los espacios comunes junto a la cafetería hasta que nos avisen de que nuestro camarote está listo.

Así ha sido nuestro embarque. Una vez en el camarote, hemos devorado los bocadillos que traíamos para la cena y caído rendidos en nuestras literas, desde las que nos levantamos para mirar por la ventana en cuanto percibimos que el barco empieza a moverse, escoltado por la lancha del práctico y dejando atrás las luces de la periferia de Cork. Nuestra primera noche en altamar.

lunes, abril 13, 2020

FANTASÍAS


12/4/2019

He aprovechado el largo día que tenía por delante hasta embarcar a las 10.30 de la noche -por fin hemos conseguido la autorización pertinente- para dar un último paseo por Waterford y despedirme de la ciudad. A pesar de las enrevesadas circunstancias, no me llevo un mal recuerdo de ella. Todo lo contrario. Hoy me ha apetecido pararme ante los escaparates de sus pulcros comercios, que no parecen haber tirado la toalla ante la inevitable invasión de las franquicias; he visitado el museo local, con sus inevitables casullas y sus tallas de vírgenes —muy delicada la de la llamada "madona de Waterford", a la que de buena gana le hubiera rezado una oración, como hacían los marinos que a ella se encomendaban—, he entrado incluso en una desangelada galería de arte contemporáneo local, en la que había una exposición de fotos, recortes de prensa y otros recuerdos de las distintas oleadas de culturas juveniles que se han hecho notar en la zona: desde los mods de los 60, que llegaron a concentrarse en las playas de Tramore —donde tuvieron su Tramorephenia—, según reza una cartela conmemorativa, hasta los punks de finales de los 70 y primeros 80. También he querido comer caliente, ante la posibilidad de que el restaurante del barco sea justo lo que puede esperarse de él, y he pedido en un pub tradicional el plato del día, que era una generosa ración de Irish stew...

Todo eso me llevo de Waterford. Y alguna que otra fantasía, para la que ha faltado tiempo y voluntad, y que seguramente tendrá ocasión de plasmarse en la literatura, que para eso está.

domingo, abril 12, 2020

HAZAÑAS


11/4/2019

El viejo, pomposo, recargado Granville... Quién me iba a decir a mí que iba a llorar mis penas en semejante escenario. La cena de ayer, por ejemplo. El camarero marroquí interpretó mi indecisión como dificultad con el idioma y pasó a hablarme en español, lo que me tomé, no como un juicio de valor sobre la calidad de mi inglés, sino como un gesto de amabilidad. Me puso la carta en la mano y me señaló los apartados. Creo que lo hizo incluso con cierta coquetería. Es un chico guapo y seguramente sabe que, para una parte de los viajeros solitarios con quienes está acostumbrado a tratar, éste no es un dato irrelevante. Sonríe y me dice que debo pedir un plato de cada apartado. "Si puedes con todo, claro". Atribuyo el tuteo a que tampoco habla el castellano con la propiedad que cabría esperar. La verdad es que no tengo apetito, pero me impongo probar —va todo incluido en mi nota de gastos— la crema de mariscos, el pato al horno y algún postre. Pido también una copa de vino tinto, y como no atino a elegir con el aplomo del que debería hacer gala un hombre de mundo, me dejó aconsejar y pruebo un alegre vino chileno muy afrutado, que responde a mis expectativas. Malditas las ganas, en fin, que tengo yo de seguir los pasos de este minué. Así que como lo que puedo y me distraigo contestando mensajes en mi teléfono móvil, todos ellos referentes a las gestiones que me traigo entre manos. La compañía de seguros no ha sido capaz de resolver ni uno solo de los trámites que ha habido que hacer y se ha limitado a ir aceptando a regañadientes lo que le proponíamos nosotros, tanto en lo concerniente a la elección de médico -pretendía que fuéramos a consultar a un especialista de Dublín, como si aquí no hubiera médicos-, como a los pormenores de nuestra repatriación, que habrá de ser por mar, pese al impedimento que supone que el ferry de Cork a Santander no admita pasajeros que no lleven coche... Todo resulta un tanto kafkiano en estos días anómalos; como, por ejemplo, el hecho de que la primera persona de la compañía de seguros que tuvo a bien ponerse en contacto con nosotros lo hiciera desde una francachela —él lo llamó "comida de trabajo"— y hablara con la familiaridad inconsecuente del que ha tomado ya dos copas.

Pienso en todas estas cosas durante mi largo duermevela de insomne en la recargada habitación, que debe de ser el paraíso de los ácaros. En la escalera he leído una placa que dice que aquí nació Thomas Francis Meagher, el líder independentista decimonónico que fue condenado a muerte y al que luego se le conmutó la pena por la de confinamiento en Tasmania. De allí escapó a los Estados Unidos, donde se convirtió en un destacado personaje público e incluso llegó a formar un regimiento irlandés que luchó bajo su mando en la guerra civil americana. Fue este Meagher, por cierto, quien, llevado por el entusiasmo que le causó la revolución francesa de 1848, ideó, a imitación de la bandera tricolor gala, la que ahora es la enseña oficial de la República de Irlanda, que consta de tres franjas verticales —verde, blanca y naranja— y ondeó por primera vez en un edificio de Waterford.

Pienso en la vida de este singular personaje —¿cómo es que nadie le ha dedicado una película?— y me figuro que mis tribulaciones de viajero estrellado resultan ridículas al lado de sus hazañas. Paciencia, me digo. Si este tipo supo escapar de Tasmania y llegar a Estados Unidos, yo encontraré el modo de subirme al ferry de Santander.