Miro a ese hombrecillo que, sonriendo a la cámara, acaba de explicar cómo “los nuestros” derrotaron a las fuerzas napoleónicas en Bailén. Es un hombre achaparradito, bonachón; no lo imagina uno calando la bayoneta y arremetiendo contra un coracero francés; ni muy convencido, tampoco, de que la causa antinapoleónica fuera la justa: hay algo en sus ademanes, en lo melifluo de su discurso, que más bien lo sitúa en el otro bando: no por “afrancesado”, sino por lo que estos temperamentos suelen tener de eternos partidarios del poder constituido. De ahí lo sorprendente de ese “nuestros” que le sale con tanta naturalidad. Para eso están los aniversarios: para reafirmarnos en la certeza de que, si hubiésemos estado allí, en la confusión de los hechos, no hubiésemos dudado ni un segundo en abrazar la causa justa. Aunque haya sobrados testimonios de que muchos hombres lúcidos y honrados eligieron de buena fe la contraria.
El caso es que “los nuestros”, como dice este simpático profesor, ganaron aquella guerra, la que comenzó el dos de mayo de 1808. Mayo viene pródigo en celebraciones este año. Se cumple también el cuarenta aniversario del llamado “mayo francés”, y tampoco faltan quienes cuentan cómo “los nuestros” –en este caso, por proximidad temporal, ellos mismos– jugaron un papel relevante en esas fechas. Y cualquiera los contradice. Oigo a un airado comentarista afirmar que, de no haber sucedido aquellos hechos, el actual presidente francés, decidido partidario de liquidar la herencia ideológica de los mismos, no hubiera podido divorciarse en pleno mandato y casarse con la modelo Carla Bruni… Lo que, aparte de convertir al mismísimo Enrique VIII en hijo de mayo del 68, tiende a pasar por alto que la liberalización de costumbres que ha conocido Europa en las últimas décadas no se debe tanto a las algaradas del mayo francés, como a la cultura lúdica y epicúrea nacida a la sombra del rock'n'roll.
Pero, en fin, cada uno es libre de fijar sus referentes donde quiera. Y a mí lo que me preocupa de esta proliferación de aniversarios es la sospecha de que todos vienen cargados de dobles intenciones. De que quienes insisten en recordarnos, un año más, la importancia del mayo francés no pretenden otra cosa que presumir de pedigrí progresista; y que quienes se llenan ahora la boca con el presunto “despertar” de la nación española en 1808 no buscan sino contraponer un renacido nacionalismo español a los recalcitrantes nacionalismos separatistas. Y lo peor es que unos y otros se equivocan. Haber sido maoísta en 1968, pongo por caso, no parece ser garantía de pedigrí democrático. Y sacar a relucir el Sitio de Zaragoza no parece tampoco un argumento de peso contra los partidarios de poner fronteras en el Ebro. Pero para eso están los aniversarios, para que cada uno celebre lo que quiera. Qué lata.
sábado, mayo 10, 2008
LOS NUESTROS
viernes, mayo 09, 2008
EN FINLANDIA
"En Finlandia -dice esta señora tan poco empática, en una reunión profesional de profesores y maestros- es lógico que saquen las puntuaciones más altas en el informe PISA, y que el coeficiente de comprensión lectora de sus estudiantes duplique el que alcanzan los nuestros: allí sólo se dedican a la enseñanza quienes tienen los mejores expedientes académicos". Rumores entre el público. Piensa uno en la larga nómina de doctores, eruditos en distintas materias, artistas plásticos, escritores, etc. que se dedican o se han dedicado a la enseñanza; por no incluir a quienes han superado, en determinadas materias muy minoritarias (las lenguas clásicas, por ejemplo), dificilísimos procesos de selección. Todos ellos, según da a entender esta mujer, entre golpes de flequillo y aleteos de pestañas, porque no podían dedicarse a algo mejor, o por haber sacado la carrera por los pelos. Alguien del público levanta la mano y se lo hace saber. Y entonces ella recula: "Ah, no, yo no he querido decir eso".
"A mí me daría corte publicar un diario personal", me dice una compañera de trabajo. Pero es que la intimidad sólo puede entenderse como algo compartido. De lo contrario, es simplemente soledad. Y las condiciones en que he escrito estas Señales de humo que acabo de dar a la imprenta se ajustan bastante bien a lo que yo entiendo por intimidad: compañía de pocos, voluntaria y gustosa, en la que uno se anima a explayarse sobre esto y aquello, a darse a conocer, a poner a salvo con ellos, al contarlo, lo que, de otro modo, se perdería para siempre. Uno había llevado antes otros cuadernos: de notas, de lecturas, de películas, de recortes. Y si ninguno, a diferencia de este blog, había llegado a convertirse en diario íntimo, es porque les faltaba esa condición esencial de la intimidad: la compañía.
K. se ha hecho más independiente y selectiva, y se ha acostumbrado a pasar largas horas sola, en sus rincones preferidos. Que uno de ellos sea el lado de la cama en el que duermo me da que pensar. Tal vez huelo a gato.
jueves, mayo 08, 2008
MUJERES
La verdadera línea de flotación de la existencia es la rutina. Las excepciones son siempre bienvenidas, mientras no sean ni catastróficas ni demasiadas. De ahí este desconcierto de ahora: diez días de enfermedad, un puente festivo, un viaje... Cada uno de ellos ha supuesto un aplazamiento del deseado momento en que la rutina había de reanudarse. Hoy parece haber llegado. Estoy en casa, de vuelta del trabajo. Escribo unas líneas en este cuaderno. Me dispongo a preparar el almuerzo. La nave se ha estabilizado y hasta el horizonte no se vislumbra más que una ininterrumpida extensión de aguas serenas. Qué más se puede desear.
Esa mujer: las piernas doblemente desnudas, de tan blancas.
Esta otra: fue guapa hace veinte o treinta años; ahora sólo es importante. Pero esa arrogancia que gasta no emana de su actual importancia, sino de la belleza que tuvo, y de la que sólo quedan esas muecas, esa especie de desplantes que hace mientras habla.
miércoles, mayo 07, 2008
lunes, mayo 05, 2008
LECTURAS VIAJERAS
Qué bien le sientan a todo el mundo las necrológicas. Más a los vivos que a los muertos, claro. Qué justos, qué ecuánimes, qué generosos nos volvemos a la hora de ponderar a quien ya no puede hacernos sombra. Claro que tampoco esto dura siempre: todavía no han dejado de sonar los panegíricos y ya hay quien anda afilando el hacha, para cuando se levante la veda. Y lo que vale para los escritores (son quizá el ejemplo más notorio de lo dicho) vale también para los políticos. Y para todo el mundo, cada uno en lo suyo.
Me quedan unas cien páginas por leer de Oliver Twist. Y tengo a mano un ejemplar de una reciente edición de Eternidades, de JRJ. Y un viaje por delante de unas tres horas. ¿Qué libro me llevo? ¿Los dos? De la elección casi depende el estado de ánimo con el que vaya a afrontar el viaje.
A este amigo pintor le molesta la sombra que cierto objeto intruso proyecta sobre su cuadro. Pero qué obra de arte no se resiente (o no se enriquece, quién sabe) con las sombras que recaen sobre ella.
domingo, mayo 04, 2008
MAYO
La coquetería de querer ahorrar una cerilla a la hora de reanimar el fuego: paso largos minutos dándole al soplillo y acercando papelitos y ramitas a las brasas que han sobrevivido a la noche. Luego, cuando la leña nueva vuelve a prender, bien puede uno jactarse: "Ya ves, no he tenido más que reavivar el de ayer". Pero es otro. (Y se sacude uno, como moscas, las inevitables y pegajosas moralejas.)
Iniciamos aquella excursión sin propósito definido. Y terminamos perdidos en el monte. Durante dos largas y angustiosas horas no encontrábamos la vaguada o la senda que debería llevarnos de vuelta al pueblo: rodeábamos un cerro, pensando que el siguiente collado tendría la orientación correcta, y lo que encontrábamos al otro lado era un nuevo reducto encajonado, sin salida, tan confuso como el anterior. Es asombroso cómo el paisaje parece multiplicarse. Al final, decidimos volver sobre nuestros pasos. Tampoco lo conseguimos; pero esa vez no nos falló el sentido de la orientación y, mal que bien, intuimos la dirección a la que debíamos dirigirnos. Llegamos agotados, sedientos, pasados de apetito. Y al cabo de las horas la confusión pareció aclararse: llegamos a la conclusión de que nuestro extravío había sido como el de Colón: no habíamos llegado a las Indias porque entre nuestra meta y el punto de partida se interponía un vasto continente, desconocido.
Ese collado poblado de majoletos -en otros lugares lo llaman "espino albar"- muy crecidos, casi arbóreos, todos en flor. Se percibe una especie de perfume muy tenue, que no crece en intensidad cuando nos llevamos una rama a la nariz, como si no quisiera que reconociésemos su causa y origen, sino que anda diluido en el aire, prestando a éste una cualidad adormecedora. Entiende uno que los bosques hayan sido frecuentemente relacionados con la magia y los prodigios. De una mata baja surge una rapaz, que no acertamos a identificar, pese a que casi roza nuestras cabezas y apenas llega a remontar el vuelo, antes de posarse en otra mata unos pasos más atrás. Un lagarto verde, obsceno, se escurre entre las piedras. Ni una huella humana, aunque sí de animales que andan en estrecho trato con los humanos: vacas y cabras. Un toro de aspecto primitivo, con los cuernos muy abiertos, como un ñu africano, sale de debajo de una encina y se nos queda mirando casi con benevolencia. Es el dios del lugar, y los dioses deben de estar muy acostumbrados a ver a los humanos desorientados.
La "febrícula" -lo que las madres llaman "destemplanza"- ha desaparecido, y la garganta vuelve por sus fueros. Casi lamenta uno que la convalecencia haya sido, después de todo, tan corta. La sed y la angustia de ayer terminaron de desplazar los últimos escozores de la enfermedad. Nuestra mortalidad es exclusivista: casi nunca acepta más de un actor en juego, a la hora de hacerse notar.
Lecturas, películas. Calle 42, Oliver Twist, La soledad sonora (JRJ), Matar a un ruiseñor... Todo vagamente caduco y como desenfocado. Como bajo los efectos de esa brisa adormecedora de ayer, que no nos ha abandonado.
Y K.: pese a ser una excelente cazadora (nos lo ha vuelto a demostrar con creces, dejando sobre la alfombra el cuerpo como de hule de una pequeña lagartija cazada en el patio), también comete errores de cálculo en sus movimientos. Había yo desplazado la rejilla salvachispas de la chimenea, para avivar el fuego, cuando oigo que la gata se estrella, a toda velocidad, contra el inesperado obstáculo, con tanta fuerza que lo derriba por tierra. Debe de haberse hecho mucho daño. Pero se limita a huir a uno de sus refugios habituales, más por salvar la dignidad herida, supongo, que por poner tierra por medio entre ella misma y los inesperados peligros que a veces surgen de la nada en esta casa semivacía.
Y ya estamos en mayo, que es tanto como decir: hemos vuelto a casa.
miércoles, abril 30, 2008
PIRATAS
Leo que el flamante académico Javier Marías se muestra en desacuerdo con que se supriman del diccionario aquellas acepciones consideradas hoy políticamente incorrectas. Que “mujer pública” no sea el equivalente femenino de “hombre público”, argumenta, no es culpa del diccionario. Éste no hace más que consignar los usos del lenguaje, y cumpliría mal su función si incurriera en criterios de oportunidad política para eliminar algunos. Quienes piden que así se haga, además, parecen dudar de que el lenguaje y, de paso, la sociedad que lo habla, sean capaces de cambiar. Lo que casa mal, por cierto, con las posiciones ideológicas desde las que se suelen hacer estas imputaciones. Hace cincuenta años, una madre de familia podía confiarle a su vecina que el petimetre al que saludaban todas las tardes en la escalera venía a “hacerle el amor” a su hija: la vecina no dudaría de que el chico en cuestión venía a requebrar a la muchacha, y quizá a traerle flores... Algo bien distinto de lo que ahora implica “hacer el amor”. No es descartable, en fin, que, con el tiempo, nadie se acuerde tampoco de lo que la expresión “mujer pública” llegó a significar. Eso sí: el diccionario tendrá que seguir consignándolo, para evitar que los muchos textos que han usado ese ignominioso término se nos vuelvan incomprensibles.
Pero, igual que algunas palabras son capaces de cambiar de significado, y hasta de redimirse, las hay que resucitan. “Pirata”, por ejemplo: casi no podíamos imaginar que, a principios del siglo XXI, esa palabra pudiera referirse a otra cosa que a quienes manipulan fraudulentamente ordenadores ajenos o hacen copias ilegales de programas y películas. Por eso no ha dejado de sorprenderme que la prensa nacional no haya dudado en llamar así a los secuestradores de un pesquero español en las costas de Somalia. Ellos mismos, los piratas, parecían orgullosos de serlo: no exigieron otra cosa que dinero, y eso es lo que han conseguido, a cambio de no darnos el tostón con las monsergas ideológicas, nacionalistas o religiosas con que suelen obsequiarnos otros bandidos sin tanto pundonor profesional. Y quizá lo único que han echado de menos es que, antes de ceder a sus peticiones, no hayamos intentado seguirles un poco el juego. Que no hayamos hecho siquiera el amago de abordarlos de noche, puñal en boca, y encerrarlos en la sentina de un barco de la Armada, antes de colgarlos a todos del palo mayor… Les hemos decepcionado.
Ahora que ya sabemos que el suceso ha terminado bien, podemos decirlo: hemos salido ganando. Unos centenares de miles de euros no son nada a cambio de insuflar un poco de vida a una vieja palabra degradada. La realidad, ya lo sé, es más cruda. Pero también lo es para las “mujeres públicas”, y ahí están Pretty Woman o Moll Flanders, que también son historias con final feliz.
martes, abril 29, 2008
CHIQUILÍN
Para distraer esta larga faringitis que no termina de curarse, estoy leyendo Oliver Twist (y no digo releyendo porque las versiones más o menos adaptadas que leí en mi lejana infancia apenas hacen justicia al original: inconvenientes de dar por leídas ciertas cosas prematuramente). Y ayer me puse la película que sobre esta novela hizo Frank Lloyd en 1922, con el niño Jackie Coogan como protagonista y Lon Chaney en el papel de Fagin. Asombra la fidelidad que esta versión muda mantiene respecto al original: Dickens, parece decirnos esta película, es más cuestión de atmósfera y de fisonomías que de palabras. Entre esas fisonomías, la del simpático Jackie Coogan, el niño que coprotagonizó The Kid, de Charlie Chaplin. En los "extras" del DVD se habla de la extraordinaria popularidad de la que disfrutó ese actor-niño, con cuya efigie se publicitaron y vendieron infinidad de productos: desde muñecos hasta tebeos, pasando por todo tipo de chucherías. Y me entero de que las populares galletas "Chiquilín", que aún se fabrican (aunque la marca es ahora propiedad de una multinacional), deben su nombre al apodo con el que este actor era conocido en España. Estas galletas mantienen el mismo aspecto desde 1927: ese inconfundible aire de época que tiene su diseño, basado en la mera tipografía de la palabra "Chiquilín" y de otras especificaciones de la marca. Me agrada el dato, que alimenta (nunca mejor dicho) mi natural inclinación a cierto tipo de novelería. Y me causa alguna melancolía constatar que seguramente muy poca gente está al corriente del mismo, y que probablemente el propio Coogan, en sus años peores, cuando su fama declinaba, no era consciente de que en la hambrienta España de posguerra los niños le hacían fiestas a esta sobria galleta que llevaba su nombre.
Dickens hubiese estado de acuerdo con Santo Tomás: el mal no es una cantidad positiva, sino mera ausencia de bondad. Los personajes de Dickens son todos, a su manera, encantadores. Pero ese encanto no va más allá del limitado círculo de afectos e intereses en que se mueven, en que nos movemos todos. Para lo que queda fuera de ese círculo no tienen más que indiferencia e inadvertencia. Y qué devastadores son los efectos de ese mero abstenerse, de ese declinar toda responsabilidad.
Malo y todo, de vez en cuando agarro el teléfono y trato de encauzar la deriva de mis asuntos. Vivimos de la vana ilusión de creernos imprescindibles. Y lo somos, vaya, a efectos limitados. Un escalón más arriba o más abajo, y todo lo que hacemos resulta absolutamente irrelevante. Y tal vez se trate de eso: de que nadie se entere.
lunes, abril 28, 2008
MALDITAS LAS GANAS
Última bobada nihilista, leída ayer en un suplemento dominical: ¿qué comería usted en su última cena? Se lo preguntan a todos esos personajillos que siempre están dispuestos a seguirles el juego a los periodistas imaginativos, y todos hacen gala de las mismas fantasías pretenciosas y un sí es no es decadentes. Lo que más llamaba la atención es lo animosos y ocurrentes que se mostraban todos. Y a ninguno se le ocurrió contestar lo único que, en un caso así, hubiera parecido razonable: que, en vísperas de la propia muerte, malditas las ganas de comer que tiene uno.
Y es que el de ayer fue uno de esos días que predisponen a filosofar. Primero, lo de las dichosas últimas cenas ("Es un juego" -me decía M.A., ecuánime- "no hay que tomárselo tan a pecho"). Y luego, en la sobremesa, el disgusto que nos dio K. cuando la sorprendimos en el pasillo con un pájaro muerto en la boca. Lo había cazado en el balcón. Intentamos quitárselo, pero defendía su presa con uñas y dientes. No parecía que quisiera devorarla; nos consta, además, que no sabe desgarrar una presa grande: de hecho, cuando le damos algún bocado de nuestras sobras, como golosina, sabemos que es incapaz de comerlo si previamente no se lo desmenuzamos. Es una gata casera y remilgada, de la que no cabe esperar que hunda el belfo en una presa para arrancar un trozo de carne. Por eso resultaba aún más doloroso verla jugar con el cadáver del pobre pajarillo: lo lanzaba al aire y lo dejaba caer al suelo, para lanzarse de nuevo sobre él. Finalmente, después de largos minutos de desconcierto y disgusto por nuestra parte, M. A. le arrebató la presa y la tiró al cubo de la basura. Y la gata , ya calmada, se tumbó en el suelo cuan larga es y quedó como en trance, bajo el efecto, imaginamos, de toda la adrenalina liberada durante su lamentable hazaña.
La película que estábamos viendo cuando sucedió todo esto era Amanecer (Sunrise, 1927), de F. W. Murnau. También habla del conflicto entre los instintos y los buenos sentimientos, que irónicamente Murnau hace que se alternen en un mismo sujeto en el curso de una sola jornada. Así somos, parecía decirnos, como si se hubiera puesto previamente de acuerdo con la gata: lo mismo nos dejamos acariciar, como suaves muñecos de peluche, que sacamos las garras. Y sin dejar de ser quienes somos.
sábado, abril 26, 2008
UN RETRATO

Recorto esta caricatura mía (ya veré qué utilidad le doy) del cartel que hizo mi amigo el pintor Manolo Morgado para una lectura poética en Ubrique.
EMBARAZADA
Asombra la falta de naturalidad con que reaccionamos ante determinadas cosas. No hay más que ver lo que se ha dicho y escrito a propósito del nombramiento de una mujer embarazada como ministra de defensa, y ante la imagen (insólita, eso sí) de esa mujer pasando revista a un destacamento militar. Los comentarios podrían dividirse en dos clases: los babosos y los groseros, según vengan de la escuela biempensante o de su exacto reverso, la de los carcas de mostrador. Parecía que ni unos ni otros habían visto nunca una mujer embarazada. En la esfera íntima y familiar esta circunstancia se sobrelleva con una mezcla de humor, voluntad y resignación. Las propias mujeres hacen chistes sobre su estado, sobre la inesperada falta de familiaridad que experimentan con su volumen, sus formas, su sentido del equilibrio, su modo de andar y repartir el peso corporal. Embarazadas, como no podía ser menos, las hay de todo tipo: guapas y feas, elegantes y desgarbadas, animosas y asustadizas. Pero todas desprenden una indudable dignidad y suelen suscitar, entre quienes las tratan, un sentimiento más o menos espontáneo de respeto y deferencia, dirigido tanto a sus personas como a la insoslayable realidad biológica que representan.
La ministra, en esto, es una mujer como cualquier otra. Acudió al desfile de marras con esa voluntariosa dignidad de la que hacen gala otras muchas mujeres cuando saben que el mero hecho de lucir el vientre abultado las convierte en blanco de miradas indiscretas y en objeto de especulaciones más o menos impertinentes. En otro tiempo, esa curiosidad insana tenía un origen pacato: se aludía al embarazo siempre con eufemismos, por el mismo motivo por el que las familias de los tebeos no tenían hijos, sino sobrinos. Porque la maternidad era la prueba más evidente de un hecho que se pretendía ocultar o disimular: que las personas somos seres sexuados y actuamos en consecuencia. Ahora hay quienes incurren en la hipocresía contraria. Y llama la atención que también estos últimos hayan querido darle una importancia desmesurada a la imagen que motiva estas líneas.
No hay para tanto: una mujer con su barriga de embarazada, con esa expresión característica que se les pone a las mujeres en ese estado, con los andares propios. Pero con la inteligencia y la capacidad de decisión intactas. Su estampa de embarazada no le resta un ápice de dignidad, pero tampoco la absuelve anticipadamente de los errores en que pueda incurrir a lo largo de su mandato. Han querido hacer de ella un símbolo o un objeto de escarnio. Y no es ni una cosa ni otra, sino simplemente una mujer de la que, en cuestión de semanas, sólo hablaremos en función de lo acertado o erróneo de su gestión. Sólo que, por entonces, la objetividad de muchos habrá quedado irremediablemente en entredicho por esta tonta polémica.
viernes, abril 25, 2008
TODOS SE SUBLEVAN
Una recaída -escribo esto mientras me adecentan el cuarto- es siempre una lección de humildad.
Tal vez sea por acordarse de su ingrata experiencia con la veterinaria: el caso es que K. olisquea a los médicos con desconfianza; no digamos ya lo que traen en el maletín.
Fuera, el viento arrecia con ímpetu digno de mejor causa. A la bonanza meteorológica le pasa lo que a los regímenes benevolentes: al principio, todos se les sublevan.
jueves, abril 24, 2008
RUIDOS
Si viviésemos en otro planeta y sólo recibiésemos de éste testimonios sonoros, no sé cómo lo imaginaríamos. Me paso buena parte de la mañana en cama, oyendo el trajín de la mañana tras la persiana echada. Está uno acostumbrado al ruido de la vecindad por la tarde, al estruendo de los televisores de los vecinos, encendidos desde la sobremesa, al tráfago de motos y a las voces destempladas de las pandillas que juegan o gamberrean por el barrio. Pero la mañana los ha puesto a todos a buen recaudo, casi con criterio judicial: sobre los televisores pesa una orden de cierre, los de las motos están en sus quehaceres, o durmiendo la mona de ayer, los de las voces están recluidos en el colegio. Desde aquí sólo de oye el paso de algún que otro furgón de reparto, el rumor de ese viento que acaricia a contrapelo las copas de los escuálidos árboles de barriada que ornan el paseo; y, por encima de uno y otro, el canto obstinado de los pájaros, que no es sino un modo delicado de pautar el silencio predominante. Lo que uno se pierde todas las mañanas por levantarse antes que el sol y meterse en un atasco.
Pero lo dejo ya, que vuelvo a sentir el escozor de garganta. Bendita faringitis, si uno la llevara con más paciencia.
martes, abril 22, 2008
RAMONISMO
Teoría de la faringitis:es como si tuviera atravesado en la garganta un pedazo de realidad y no pudiera tragarlo.
La gata K. a los pies de la cama. Supongo que tiene sus propios motivos para estar ahí. Pero uno no puede evitar atribuirle un humanísimo propósito de compañía. Que no admite extralimitaciones, por otra parte: cuando la acaricio, se revuelve y me muerde; sin apretar demasiado, eso sí.
Leo en la cama algunos versos del mexicano Juan José Tablada, similares a greguerías. Luego doy una cabezada. Y la fiebre copia el modelo y me hace concebir, en el duermevela, mil greguerías más. Debería haberlas anotado, si no fuera porque este desorden creativo no me divierte nada. El ramonismo como una enfermedad. O como un síntoma de un mal mayor, quién sabe.
lunes, abril 21, 2008
FARINGITIS
La guinda del libro de Meyer sobre Rusia: su pulla final contra los "académicos" y "universitarios", que no pudieron prever el clamoroso derrumbe de la URSS, pese a haberse constituido en secta de autoproclamados "expertos": los "sovietólogos". Pero no pasa sólo en política. En éste y otros campos, la universidad es como el marido cornudo, que es siempre el último en enterarse de lo que pasa.
Por poco se me atraganta la tostada esta mañana al escuchar en la radio el eslogan con el que anuncian un seguro best-seller: "Recordarás por qué te gusta leer". Y recuerdo unas líneas leídas ayer mismo en el prólogo de Sed, el libro de César M. Arconada que acaba de reeditar la meritoria editorial Cálamo:
Este novelismo alarmante que padecemos revela pobreza de ingenio en los editores, pobreza de estética en los autores y pobreza de gusto en los lectores. En el editor, se ve al hombre rutinario (...), que edita novelas breves porque los demás las editan también. En el autor se ve al literato profesional que escribe cuatro ramplonerías capituladas, para cobrar unas pesetas limpias. Y en el lector, se ve no ya al coleccionador de novelas cortas, sino al aprovechador de ratos perdidos, que no le importa la calidad de lo que lee, sino la cantidad de ratos que ha logrado echarse a la espalda.
Donde Arconada dice "novela corta", o "breve", léase "novela histórica", y ya tenemos el diagnóstico de la situación presente.

O lo que es lo mismo:
Como canciones malas que agradan cuando nuevas, /
pero, una vez sabidas, se desprecian,
según rezan unos versos de Aphra Behn (1640-1689) que traduzco a mi manera, y que encuentro en la antología que preparó Balbina Prior en 2004.
Profilaxis de la faringitis: no forzar la garganta, no hablar más de la cuenta. (Y añado yo: no escribir tampoco, porque a veces la garganta se pone en tensión ante el mero paladeo de palabras que no se llegan a pronunciar en voz alta.)
domingo, abril 20, 2008
TE QUIERO
Si yo fuera uno de esos ejecutivos que se pasan la vida en el “puente aéreo”, a lo mejor veía las cosas de otro modo. Pero a quienes viajamos en avión de higos a brevas, la verdad, hasta nos haría ilusión que ese día nos sonara el teléfono móvil y pudiéramos decirle al que llama: “Ya ves, me pillas sobrevolando los Montes de Toledo”, o “No sé, chico, no te oigo bien. Debemos de estar atravesando una turbulencia”. Ganaría uno mucho prestigio entre sus amistades. Y, sobre todo, se sentiría más acompañado, después de haber sido escaneado, cacheado y despojado de sus zapatos, su cinturón y su dignidad en uno de esos controles de acceso que pitan si quien los atraviesa lleva encima un solo gramo de metal. Lo contaría uno al momento y se desahogaría. Y es que se siente uno muy solo cuando viaja en avión, y por eso pienso que la medida de autorizar en ellos los teléfonos móviles redundará en una sensación generalizada de alivio, de renacida fe en los resortes sentimentales que nos mantienen vivos.
Claro que también puede pasar, incluso a quienes viajamos poco, que nos toque alguno de esos pelmazos que ya conocemos de trenes y autobuses. En un reciente trayecto Córdoba-Cádiz, por ejemplo, recuerdo a una que durante el viaje telefoneó a todos los parientes a quienes iba a visitar. A todos tenía algo que reprocharles, y se ve que no podía esperar a verlos. Hablaba mientras daba grandes zancadas por el pasillo del tren, gesticulando y llenando los oídos de todos los pasajeros con una voz bisbiseante y redicha, de la que era imposible sustraerse. Dejamos nuestros quehaceres, nuestros libros y revistas, nuestros crucigramas, ante la imposibilidad de leer una línea o resolver un autodefinido mientras esa voz nos llenase los oídos. Y hasta empecé a preocuparme por esa mujer: ante la inminencia de lo que se les venía encima, era muy posible que sus parientes se hubieran conjurado para lincharla en la misma estación, antes de permitirle que irrumpiera en sus vidas.
Claro que también podríamos asistir a una conversación como la que oí en un taxi no hace mucho: el conductor, que usaba un teléfono “manos libres”, recibió una llamada de su mujer. “Estoy de servicio”, respondió, como advirtiéndole que había testigos. Pero ella, impertérrita, desgranó unos cuantos asuntos domésticos y terminó preguntando: “¿Vuelves pronto?”. “Me queda media hora”, dijo el taxista. “Bueno, aquí te espero. Te he hecho una ensaladita de marisco…”. Cohibido por nuestra presencia, el otro no dijo nada. “Te quiero”, concluyó la voz. “Y yo a ti”, dijo el taxista, cariacontecido. Estuvimos a punto de aplaudir. Y es que, a veces, estos inesperados atisbos de la intimidad ajena llegan a hacernos sentir que el mundo, después de todo, no es un lugar tan malo como parece.
Lo que es muy conveniente no olvidar cuando se viaja.
viernes, abril 18, 2008
EN COLOMBIA
Qué felicidad, esta mañana, por haber aparcado a la primera, y al ladito mismo del trabajo. (Y qué pena de uno, por ponerse contento por estas cosas).
Anoche, mientras dormía, un coche perseguido por la polícía derrapó en mi calle y se estrelló contra el edificio donde vivo. Yo ni me enteré. Esta mañana vi la huella de la frenada y el rastro de pintura metálica en la piedra del zócalo. Con un poco de esfuerzo, rescato del duermevela el vago recuerdo de un chirrido y una especie de trueno lejano, o el sonido de un desplome, como cuando un camión vuelca su carga. Tanto presumir de insomnio, tanto hablar de ello, y luego, cuando pasa algo realmente fuera de lo común, mi me cosco. Hay que admitirlo: dormía como un tronco, tal vez soñando con el maravilloso burdel de poblado minero que salía en The Claim, el extraño western de Michael Winterbotton que vi anoche, basado en The Mayor of Casterbridge de Thomas Hardy... Sigo las derivaciones de esta extraña cadena, y caigo en la cuenta de que tengo un ejemplar de dicha novela, y que lo compré en Madrid, en el Rastro, a un hombre inexpresivo, con barbas, que había extendido ante sí una mantita con un puñado de libros, todos de Shakespeare y del mencionado novelista. Ese año, recuerdo, acababa yo de terminar mis estudios de Filología Inglesa y no tenía aún perspectivas de trabajo. Y la visión de ese hombre con esa modesta y selectiva biblioteca en venta me pareció un mal presagio. Tal vez por eso, para conjurar sus posibles efectos nefastos, le compré todos los libros.
Y, ahora que lo pienso, estas concatenaciones, que tan lejos me han llevado del coche perseguido y la colisión, se parecen mucho a las que se dan en lo sueños. Dormía, qué duda cabe. Y tal vez sigo haciéndolo ahora, mientras redacto esta líneas.
Para chinchar a J. le señalo un titular de El País, en el que se dice que los cubanos ya pueden viajar más o menos libremente. "No va a quedar ni uno en la isla", le digo. Él hace como que encaja la broma, pero lo veo rumiar la respuesta durante largos minutos, y al final va y me suelta una diatriba sobre las muchas carencias de la democracia... en Colombia.
jueves, abril 17, 2008
O SE SUICIDAN
El azar que lleva de unos libros a otros me trae, después de la lectura de Vida y destino, la monumental novela antiestalinista de Vasili Grossman, el no menos impresionante Rusia y sus imperios, de Jean Meyer. Venía en uno de esos sacos de libros que de vez en cuando le dan a M.A., para sus tareas de reseñista. "Esto te puede interesar", me dice. Y tendría que haber dicho: "Esto terminará interesándote, lo sé, en cuanto se dé la coyuntura adecuada". Es uno de los efectos que esperamos del mero hecho de guardar ciertos libros que no destinamos a la lectura inmediata: algún día, lo sabemos, reclamarán sus derechos; y entonces los abriremos asombrados, y nos preguntaremos qué estábamos esperando para leerlos.
El de Meyer no ha tenido que esperar tanto: después del testimonio literario de Grossman, esta documentada exposición de la sucesión de horrores en que ha consistido la historia de la Rusia soviética no hace sino avivar en mí el sentimiento de indignación. El propio autor no consigue reprimir la suya, por contraproducente que ésta pueda ser para su pretendida y necesaria ecuanimidad de historiador. Pero de vez en cuando se le nota abrumado por las cifras y la siniestra concatenación de los acontecimientos, y deja sus estadísticas a un lado y dice: "El resto es historia conocida, no nos detendremos en ella". Y lo imagina uno como si pasara de largo junto a una pila de cadáveres y tuviera el humanísimo gesto de taparse los ojos; no por cobardía, sino de puro horror.
"La muerte de un hombre es una tragedia; la de millones, una estadística", decía Stalin. Esa lógica se aplicó en Rusia desde los inicios mismos de la revolución, y todavía inficiona algunos rasgos de su política. Cínicamente, alguien podría preguntar: ¿Y a ti que te va en estas cuestiones? La respuesta es sencilla: diariamente trato con gente que gustosamente estaría dispuesta a suscribir estos horrores, por tal de reafirmarse en sus convicciones ideológicas; y tengo la sospecha, además, de que ciertos rasgos preocupantes del devenir contemporáneo son versiones más o menos diluidas de este horror esencial. El discurso biempensante, por ejemplo, del que difícilmente se puede discrepar sin que se le tache a uno de retrógrado. O la clase de cosas que constantemente se nos sugiere que podríamos hacer para contar con la benevolencia del grupo, del aparato, de la nomenclatura, del partido.
Acabo de leer el capítulo dedicado a la política cultural del estalinismo. Qué familiar me resulta esa "Unión de escritores", entregada en cuerpo y alma a alabar al dictador y denunciar las desviaciones ideológicas de los colegas. Qué familiar la figura de Gorki cuando renuncia definitivamente a contar lo que ve y acepta convertirse en corifeo de Stalin. Qué próximas esas obras oportunistas, ideológicamente "correctas", con las que algunos que fueron críticos intentaron luego reconquistar el favor oficial. He ahí una peculiaridad de la literatura: mientras que en otros oficios y circunstancias no cabe más que someterse u oponerse, y eso decide la suerte de la persona, entre los escritores abundan las trayectorias fluctuantes. Por suerte, no todas lo son en el mismo sentido: también se han dado casos de propagandistas acérrimos que, en un momento dado, experiementan el horror de sí mismos.
Y entonces una de dos: o se hacen fusilar, o se suicidan, lo que viene a ser una misma cosa.
miércoles, abril 16, 2008
CALAMAR
En la calle un martes por la noche. Qué rara esta extrañeza ante los bares vacíos, a la espera de esa clientela asidua que no conoce la luz del día y sólo sale de sus madrigueras al filo de la madrugada. Hasta no hace mucho me movía con soltura en ese mundo. Hoy ya no. Los comistrajos de barra, el alcohol extemporáneo y el olor a zotal me producen una incurable nostalgia del hogar. Ando rápido, deseando alcanzar el coche. No vaya a ser que, de alguna de estas puertas entreabiertas, salga una mano que me toque el hombro y me diga: "Hombre, José Manuel, cuánto tiempo. Pasa, pasa...".
Quizá el rasgo definidor de la partitocracia española sea el absoluto predominio en ella del principio de selección negativa: se llega más lejos cuanto más inútil, más incompetente se es. Los únicos méritos que realmente computan son la desfachatez y la incontinencia verbal. Lo que, después de todo, no es del todo malo para el bien común: mejor que los inútiles sean apartados de los puestos de verdadera responsabilidad, a pie de calle, de obra o de aula, y sean catapultados a las alturas. Eso garantiza que entre quienes han de hacer las tareas básicas del día a día habrá siempre un número mínimo de personas medianamente capacitadas. Imaginen que fuera al revés, que ciertos nombres que todos conocemos (ministros, consejeros autonómicos, diputados) estuvieran al frente del consultorio médico del barrio, de la comisaría de distrito, del colegio al que van nuestros hijos, e incluso de la comunidad de vecinos. Cuántos desaguisados causarían. Mejor tenerlos lejos y pagarles el despacho y el coche oficial.
martes, abril 15, 2008
A DOMICILIO
Todo se reduce, me dice E., a llegar a entendimientos con gente con la que, al fin y al cabo, vas a tener que seguir tomándote cafés. Pero acaso sea mejor elegir bien con quién te tomas los cafés.
Vino a mi trabajo a recoger las pruebas. Es la primera vez que me hacen este servicio a domicilio, lo que, en medio del abatimiento generalizado con el que he empezado la semana, me lleva a crecerme un poco y a darme alguna importancia. Le digo al conserje: "Va a venir un señor a recoger las pruebas de un libro mío. Hazlo pasar". Y, a la hora indicada, se presenta en mis dependencias un hombre entrado en años, con aire y ademanes de campesino. Hasta me parece que lleva una gorrilla doblada entre las manos. Pero quizá eso sean imaginaciones mías. No era, evidentemente, uno de esos genios de la informática capaces de estropear cualquier libro, por sencillo que sea de componer. Pero tampoco encajaba en la imagen añeja del obrero tipógrafo: pulcro, leído, concienciado, partidario de Pablo Iglesias... Pero, claro, ésos eran los tipógrafos de hace cien años. Le explico las incidencias que he encontrado en el texto. Lo mira a distancia, como si, en vez de correcciones en rojo, estuviera viendo una plaga de pulgones en un naranjo. "No se preocupe", me dice, "todo tiene arreglo". Y ya me lo imagino con un depósito de insecticida a la espalda y un aspersor en la mano, fumigando las hojas infectadas.
Qué modo de errar el tiro el de cierta prensa. Burlarse de la ministra por estar embarazada no parece el modo más sensato de cargarse de razón para criticar su gestión cuando llegue el caso.

