martes, enero 31, 2012

ZEN

Tendría que haber indicadores gráficos del silencio, y que fueran más expresivos que el mero espacio en blanco -del que tanto abusó, hasta llegar a la autocaricatura, la llamada "poesía del silencio"-. Que este cuaderno, por ejemplo,  fuera un diario zen, lleno más de resonancias que de enunciaciones, más atento a la escucha que a imponer sus palabras. Tiene uno ese ánimo a veces. Pero también ha aprendido uno a desconfiar de esa forma de la pedantería consistente en callar para aparentar inteligencia o una insondable vida interior, ajena al ruido de este mundo. Así que más vale aplicarse a construir, palabra tras palabra, el pobre sonsonete propio, antes que acogerse a ese privilegio de la duda del que tanto abusan los silenciosos.  


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Dentro de ese sonsonete, la cantinela de los achaques. Mi garganta, quebrada otra vez. Los malestares aparejados a esos recurrentes colapsos de las ventilaciones de uno. La sospecha, en fin, de que cuando los bronquios, la garganta o la nariz andan reñidas con el medio al que deben la razón de ser, el malestar no es solamente físico.


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Gestionar lo de uno. Nada más aburrido ni, en cierto modo, humillante. Mejor ser como esos manzanos de los huertos abandonados, que todos los años dan cosecha nueva mientras la del anterior se pudre en el suelo.


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Sí, decididamente la poesía. El único género literario en el que el público, aunque bienvenido, no es en absoluto necesario.

lunes, enero 30, 2012

IRISHTOWN REVISITED

Tiene algo de efeméride volver aquí, a la hacendosa y recogida calle Irishtown de Gibraltar, porque la primera entrada de este diario íntimo la motivó una visita a la simpática librería de lance que allí se ubica. Fue -tengo que mirarlo, porque lo he olvidado- el 7 de diciembre de 2005. La calle -mi favorita de Gibraltar- sigue más o menos igual: una calle en la que hacen vida los naturales de la colonia, y no, como la paralela Main Street, dedicada en cuerpo y alma al turismo peninsular, ávido de tabaco y licores a precios económicos. No; lo que aquí florece, amén de alguna que otra venerable oficina de seguros más o menos orientados a lo naval, como la añeja Lloyd's, son las tiendas de barrio: una frutería, por ejemplo, terrosa y oscura, como ya casi no se ven en España, y acaso más marroquí que europea, según la apariencia del hombretón barbado y adusto que la atiende; o una tienda de todo-a-cien que aquí, por eso de mantener  a toda costa los caracteres identitarios, llaman Pound's Paradise; y una peluquería, creo recordar, rutilante y vulgar, como tendrían que ser todas las peluquerías que no quieren ser más de lo que son, que se conforman con su amable cometido de poner un poco de fantasía en las cabezas de las amas de casa y las adolescentes con problemas para sacarse el graduado escolar.


Pero, para mí al menos, la joya de esta calle es su inesperada librería de lance. En los años transcurridos desde mi primera visita ha cambiado algo. Para empezar -pero eso puede ser casualidad-, ya no está el entusiasta librero que te saludaba con un sonoro Welcome to Chaos!. Entre otras cosas, porque el local ya no es tan caótico como antes. Ahora los libros -centenares, miles de "novelas populares"- están más o menos agrupados por colecciones y géneros. Sección de poesía, ahora como antes, no la hay, aunque, a falta de algo mejor, encuentro, entre la nutrida sección de libros infantiles y juveniles, que sigue siendo la mejor de la librería, una antología de poesía para niños en la que, como no podía ser menos en el actual estado de mis pesquisas literarias, figuran no pocos poetas imaginistas -y ahora caigo en la cuenta de que este movimiento tiene mucho de juego de taller escolar de poesía-; así que me la echo al coleto, al igual que un par de libros de Kipling -Just So Stories y The Jungle Book- que no tenía en inglés. Con eso -apenas unas pocas libras- ya he hecho el gasto por el largo espacio de tiempo que permanezco en el local. Me ha agradado encontrar de nuevo un cierto número de libros cuyo hallazgo, sin duda, me habría hecho muy feliz en otro tiempo, cuando no los tenía o no los había leído: Barchester Towers, de mi admirado Anthony Trollope; o Murder in the Cathedral, de -¿quién iba a imaginar encontrarlo aquí?-. T. S. Eliot. También, muchas novelas de Dickens y alguna que otra obra de Shakespeare. Éstos y otros libros "respetables" están agrupados en un mismo estante, como para evitarles el roce con la aplebeyada concurrencia; entre la que encuentro, sin duda porque la encargada lo ha creído parte de esa caterva, un ejemplar de Rabbit is Rich, de Updike... Hacer el escrutinio de una librería de viejo equivale a reconsiderar la propia escala de estimaciones de uno. Y en ella, debo confesarlo, las novelas de Updike no ocupan ahora un lugar muy alto, así que no me parece del todo injusto el involuntario menosprecio que aquí sufren. 


La librería, por cierto, ha crecido, y ahora dedica parte de su espacio a artículos de papelería y a algo que, con benevolencia, podríamos llamar "antigüedades" (cuadros ajados de inconfundible factura amateur, cacharrería varia, etc.). No sé si es este parcial cambio de orientación, y el hecho de estar ahora atendida por una simpática señora, lo que motiva la incesante afluencia de amas de casa que se detienen aquí, en una pausa de sus compras, a echar con ella su parrafito. Me admira, una vez más, la singular mezcla de lenguas que los gibraltareños emplean sin inmutarse, intercalando sonoros mi arma andaluces en sus parrafadas inglesas, o sustituyendo las características muletillas o question tags por contundentes ¿vale? castizos. 


Estas conversaciones ponen la música de fondo a mi visita, de la que salgo reconfortado y animado para pasar el resto del día fuera de casa, a pesar de que -esto fue el jueves- ya noto en mí los primeros síntomas de la faringitis que me tendrá en casa el resto de la semana. Esos síntomas, de momento, no me impiden tomar una cerveza tostada en The Angry Friar, mientras miro con cierta emoción peliculera a los centinelas que efectúan el cambio de guardia ante el palacio del Gobernador.

miércoles, enero 25, 2012

DE MAÑANA



Me convocan a una reunión que me saca momentáneamente de mi rutina. Y como no le tengo tomada la medida al trayecto de llegada a este destino ocasional, me veo en la calle a primera hora de una mañana fría, sin otra alternativa que refugiarme en algún bar, a pesar de haber ya desayunado. Así que heme aquí en este viejo establecimiento que, pese a estar en una zona que la ciudad engulló hace decenios, sigue manteniendo un cierto aire de bar de carretera. En estos bares de desayunos llama siempre la atención la presencia de un extraño. Y esta impresión inicial de desconfianza quedará confirmada cuando, a la hora de pagar, yo malentienda el precio y deje en el mostrador un euro, por haber creído oír que el coste de la consumición era noventa (céntimos, se entiende), y no uno veinte, que es lo que el camarero me dijo. Me desagrada la brusquedad con la que éste me interpela cuando estoy ya casi en la puerta. Luego suaviza un poco el tono, tal vez por haberse percatado que mi intención era incluso haberle dejado los diez céntimos de propina... "No, si da igual". Pero esta vez soy yo quien se hace el ofendido, mientras espero los ochenta céntimos que sobran de los dos euros que finalmente pongo en el mostrador. 


Para colmo, ni siquiera he entrado en calor, y tampoco he cubierto del todo el tiempo de adelanto que llevo. En la terraza del bar, un vagabundo, con mejor criterio que yo, se cubre con una manta mientras devora un papelón de churros. Desde un balcón, un viejo en pijama me mira con curiosidad. Sí, mi condición de extraño en este barrio es demasiado conspicua. En la estrecha acera que recorro, un hombre malencarado casi me empuja para que lo deje pasar. Por su gesto y sus prisas, podría pensarse que se dirigía a matar a alguien. Pero lo que lleva en la mano no es un arma homicida, sino una simple barra de pan. Llego por fin a mi destino, aún con media hora de adelanto. La limpiadora me pide el santo y seña. "Para eso falta todavía media hora", me espeta. "¿No puedo pasar? Es que -arguyo lastimosamente- hace frío aquí fuera...". Pero la mujer de la limpieza es inflexible. Y sólo cuando el personal burocrático del centro empieza a llegar, en relajados grupos de hombres con cierto parecido a políticos en época de campaña y mujeres con faldas ligeramente por encima de las rodillas, a las que uno adivina un hermoso cruce de piernas tras la mesa del despacho, la limpiadora se aviene a permitirme el paso. Pero no le guardo rencor: el cuarto de baño, que era el sitio que necesitaba después de este ajetreado arranque de día, está inmaculado.

martes, enero 24, 2012

SANTOS Y DEMONIOS



Quizá el rasgo que más atrae de Chesterton, más incluso que su ingenio y elocuencia, sea su insobornable optimismo. Que también tiene, como no podía ser menos en él, un fundamento retórico: la pirueta en la que se basa la conversión de la botella medio vacía en la botella medio llena. Véase, si no, su modo de argumentar a favor de la bondad humana: 


Aunque es verdaderamente difícil encontrar en el mundo a un hombre completamente bueno, es aún más raro, raro hasta el extremo de la monstruosidad, encontrar a un hombre que no desee serlo o no imagine que ya lo es. (De Tipos diversos. Trad. de Victoria León)


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A lo mejor todo este revuelo respecto al tráfico de contenidos culturales y/o recreativos en Internet se debe a una obstinada negativa a admitir que las condiciones han cambiado. Todo se reduce a que, pongo por caso, un cantante que haya tenido un éxito no tiene asegurado ad aeternam los réditos derivados del mismo, originados por las especiales condiciones de distribución debidas a la tecnología imperante desde la invención del fonógrafo hasta anteayer. Ahora la tecnología hace posible que cualquier poseedor de un ordenador disponga de un potente medio de copia y distribución de cualquier producto audiovisual, y los posibles beneficios que el éxito inmediato pueda reportar al autor del mismo se reducen, de facto, a los generados en el momento de acogida de su obra. No es que la obra se haya hecho más efímera: lo que se ha volatilizado es la posibilidad de que determinadas entidades monopolicen la gestión de su disfrute. Al artista no le queda otra que... seguir cantando, o pintando, o escribiendo, o haciendo películas, sabiendo que el recorrido comercial de esas obras será más corto y se reducirá a lo que dure la expectación inicial que logre suscitar entre los más curiosos. Es duro, quizá, pero no menos, en fin, que lo que debieron de parecerles otros cambios equivalentes a quienes monopolizaban, pongo por caso, el comercio de la sal, la seda o la pimienta. Y también tiene algunas ventajas colaterales: la posibilidad de llegar a otros públicos, por ejemplo. 


Quienes escribimos desinteresadamente en la Red sabemos algo de eso; aun en detrimento, ay, de la posible demanda de nuestros libros impresos.


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Murió Steve Jobs, con su cara de asceta, y pareció que un santo había pasado a mejor vida. Encarcelaron al dueño de Megaupload y los medios se han regodeado en su imagen de impenitente bebedor de cerveza. El bien y el mal siguen teniendo una iconografía bien definida en nuestras sociedades.

lunes, enero 23, 2012

MEDIA SEMANA

Aun sabiendo la respuesta -esto fue el jueves-, le pregunté al librero de viejo si había notado algún repunte en la demanda de libros del que fuera prolífico novelista José Luis Martín Vigil, después de que algunos columnistas se hicieran eco de su muerte en el más absoluto olvido, acaecida hace alrededor de un año. Lo pregunto porque he visto una pila de novelas de este autor cuidadosamente entresacadas del limbo de libros desahuciados en el que se encontraban. Y mientras ojeo las portadas llamativas, escandalosas, y leo los títulos no menos sensacionalistas de esas novelas, mi interlocutor me confirma que sí, que le han llegado últimamente pedidos de esos libros. Por qué extraña ley de la oferta y la demanda se rige este fúnebre mercado. Probablemente las mejores páginas que podemos asociar a este autor son las tardías necrológicas -de Villena, de Lamet, de Elvira Lindo- que ha suscitado. Cuando uno tropezaba con sus novelas en los expositores de libros de bolsillo de los grandes almacenes, ya eran cosa del pasado. Tendría yo entonces catorce o quince años, pero advertía que la promesa de historias escandalosas y moralizantes que encerraban aquellos títulos iba dirigida a adolescentes de una edad anterior, más reprimida e ingenua. A esos efectos, uno prefería los best-seller del día, con sus justas proporciones de violencia, sexo e intriga política. Los de Forsyth, por ejemplo. Nunca tuve la curiosidad de leer una novela de Martín Vigil, pese a que las tuve al alcance de la mano en mi época de mayor y más indiscriminada voracidad lectora. Y, no sé por qué, calculo que algunos de los recientes compradores de sus libros acarrean la misma posible carencia y ahora, en nombre de no sé qué torcido concepto de las compensaciones, intentan subsanarla.


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Llego a la tarde del viernes literalmente exhausto. Renuncio incluso a ir a nadar, porque la languidez que me aflige no es de las que se disipa con el subidón de endorfinas que genera el ejercicio físico. Acompañado solo de la gata, leo las primeras y estremecedoras secuencias de The Flowering of the Rod. Y me coge un poco de nuevas la extraña emoción que me causan estos versos. No, no es uno religioso, y ni siquiera me atrevo a calificar como religiosa mi vaga veneración de un conjunto de cosas que acaso pudieran englobarse en lo que algunos llaman "espiritualidad". Pero me impresionan las sencillas constataciones que H.D. hace a propósito del anhelo de resurrección, y su comparación del mismo con el instinto que, según dicen, lleva a algunas aves a sobrevolar el punto del océano en el que pudiera haber estado la Atlántida, el continente perdido. Vuelan, dice la poeta, hasta caer exhaustas, y lo hacen en nombre de un anhelo que es, básicamente, un recuerdo. Y eso sí lo entiendo bien: que la posible trascendencia del hombre no sea un salto a una dimensión desconocida, sino... un regreso a un pasado del que sólo guardamos una muy imprecisa memoria.


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Guns N'Roses en el coche. Un hombre de mi edad escuchando heavy metal. No sé. De la duradera experiencia de regresión derivada de la escritura de mis tres últimas novelas me quedan estas secuelas. En todo caso, la esplendorosa mañana de sábado es de las que empequeñecen estas modestas obstinaciones del carácter de uno. Por mucho que atruenen los Guns N'Roses, más evidente y palmario es el canto de los pájaros en el paisaje circundante, animados por este sol de casi primavera. 


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En la mañana del domingo me acuerdo todavía de los exquisitos bocados de jabalina -quiero decir, de hembra de jabalí- que probamos en la cena de la noche anterior, como anticipo de la pieza congelada con la que estos amigos quieren agasajar a sus invitados en unas fiestas venideras. Y no sé qué pensar de la historia con la que aderezaron el manjar. Que la jabalina -decían-, previamente acorralada por perros, había sido rematada con lanza por un furtivo. Unos días antes habíamos visto M.A. y yo Home from the Hill, la película de Minnelli sobre un hijo apocado que, para hacerse valer ante un padre despótico, caza un peligrosísimo jabalí que asola los contornos. Ahora esa magnificada hazaña queda empequeñecida por la realidad. No era para tanto, al parecer. O sí, quién sabe. 

jueves, enero 19, 2012

LEVERTOV Y OTRAS SORPRESAS

Para preservar el tiempo libre, cargarse de obligaciones. Escribir tres novelas seguidas, por ejemplo, y no levantar la cabeza del ordenador hasta haberlo conseguido. Porque, de lo contrario, son otros los que te llenan el tiempo. Miro mi agenda de las próximas dos semanas y se me cae el alma a los pies. Y pensar que sólo un mísero prurito higiénico me separa de la declaración solemne de estar embarcado en un nuevo proyecto, que me pondría a salvo de todo lo demás...


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Pero también es grato abandonarse a los vaivenes del capricho y a esos azares que te van llevando de una devoción a otra. Ayer por ejemplo: recién terminado Tribute to the Angels y antes de embarcarme en The Flowering of the Rod, la segunda y tercera partes respectivamente de la Trilogía de H.D., me distraigo leyendo algunos poemas de la anglonorteamericana Denise Levertov (1923-1997). Me lleva a ellos el hecho de encontrar su nombre al pie de alguno de los estudios sobre H.D. citados en la bibliografía del libro que ando leyendo; y, también, el que mi amigo José Luis Piquero me confiara el otro día que la está traduciendo. Así que me dejo llevar por la repentina actualidad, en mi economía íntima, de esta poeta, y releo los poemas suyos que tengo a mano, los que figuran en las antologías de Donald Hall, Alberto Girri y José Coronel Urtecho y Ernesto Cardenal, más algunos que encuentro en Internet. Hay una diferencia notable, por cierto, entre los poemas recientes de esta autora y los que antologan los citados muestrarios, sobre los que han pasado ya sus buenos treinta o cuarenta años, o más. En las antologías, Levertov es básicamente una discípula aventajada de William Carlos Williams (véase, por ejemplo, el espléndido Six Variations), a quien supera en calidez, humor y frescura, aunque sin apartarse decisivamente del credo minimalista del maestro. Sorprende por ello que la selección de Donald Hall se cierre con un poema de largo aliento sobre los recuerdos ingleses de la autora (A Map of the Western Part of the County of Essex in England), donde ese minimalismo desaparece para dar paso a una evocación cordial del paisaje y las experiencias asociadas a él, en un tono que recuerda, contra toda expectativa, a los poemas sobre la campiña inglesa (Sussex, por ejemplo) que escribió Kipling... Quién lo diría. Menos sorprendente es que la poeta, en su etapa madura, incurra con cierta frecuencia en esa especie de ocasionalismo biempensante que parece consustancial al papel del poeta "progresista" en la sociedad norteamericana. Pero, por lo que he leído, incluso en estos casos mantiene la altura de tono y la pertinencia del poema, siempre fiel a los modos y querencias de la autora, como lo demuestra, por ejemplo, el demorada tratamiento "paisajista" que da a In California during the Gulf War, un buen ejemplo de esa poesía "ocasional". 

Tómense estas rápidas impresiones, de todos modos, con las debidas cautelas: la bibliografía de Levertov es muy copiosa, especialmente en sus años finales, y no se la puede juzgar por la lectura de una veintena de poemas encontrados al azar. 

Me congratulo, de todos modos, de este redescubrimiento, que debo a los bandazos del azar y a las recomendaciones del amigo JLP. Aunque seguro que él ha visto en esta poeta cosas muy distintas.  

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Ser como K. Tener el instinto  infalible para encontrar el último resquicio en el que el sol se demora antes de desaparecer por completo. Y, en ese mínimo reducto de calor dorado, echar la siesta. 

miércoles, enero 18, 2012

CHESTERTONIANO

La espera del autobús ha durado lo que se tarda en leer quince páginas de Chesterton.


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"El poeta puede ser un hipócrita en su metafísica, pero jamás en su prosodia". Brillante, desde luego. Y, además, por lo que se me alcanza, verdadero. Pero ¿qué quiere decir exactamente?


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Y esta amiga que se me acerca en la parada y, al ver lo que estoy leyendo, declara también su entusiasmo por el escritor inglés. Pero, ¿quién que tenga alguna noción de Chesterton no se declarará chestertoniano, incluso contra toda evidencia?


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La que sí ha leído a Chesterton, y con aprovechamiento, es mi gata.


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Contra lo que parece, un sofista católico no es un oxímoron, sino una  definición bastante ajustada a su objeto. 


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El filósofo que más debieran odiar los católicos no es Marx, ni Nietszche, ni Voltaire, sino... Platón. De haber vivido en la era cristiana, hubiera sido un antagonista invencible en cualquier polémica teológica. (Y no sé por qué se me ocurre esto a propósito de Chesterton: quizá por el odio que Platón profesaba a los sofistas.) 


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¿Chesterton en estos tiempos? Le habrían ofrecido ser conductor o comentarista de algún programa de telerrealidad (como hicieron sucesivamente, creo, con Gustavo Bueno y Amando de Miguel, o viceversa). Y no estoy muy seguro de que no hubiera aceptado.


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Un privilegio, y una suerte: leer a Chesterton antes de cumplir los veinte. Después irrita un poco, no sé por qué.


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Se había embriagado de Chesterton: hablaba en paradojas.


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En el fondo, Chesterton no es más que... periodismo. Del bueno, eso sí.

martes, enero 17, 2012

PATUSÁN

Este lamentable capitán de trasatlántico que abandona su barco a punto de naufragar, y que lo hace incluso antes que los propios pasajeros... Su rasgo de cobardía es el de Jim, el personaje de Conrad, cuando abandona el Patna. Sólo que a Jim la literatura -y, de la mano de ésta, la espléndida panoplia de posibilidades de realización individual que ofrecía el siglo XIX- le tenía reservada una oscura, pero definitiva, oportunidad de redención: su labor, hoy diríamos que humanitaria, al frente del misérrimo villorrio de Patusán, y su muerte poco menos que heroica cuando esta aldea sucumbe a unos piratas y él asume toda la responsabilidad de la tragedia... El capitán del Costa Concordia no tendrá tanta suerte .Lo que le espera es el indeleble desprestigio mediático ante la opinión global. En este mundo de hoy no quedan patusanes donde perderse.

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Chesterton en el autobús: Tipos diversos. Como siempre, lo leo con gran placer, con demasiado placer incluso. Porque a la alegría de poder asentir casi de todo corazón a afirmaciones como, por ejemplo, ésta sobre nuestra incapacidad para comprender el pasado más inmediato: 

La época que acaba de abandonarnos es siempre como un sueño al despertar por la mañana, algo increíble y como ocurrido siglos atrás. 

se une un cierto sentimiento de que tales ideas le salen a Chesterton con demasiada facilidad, casi en torrente, y son tan agudas y brillantes que una inteligencia media puede apreciarlas, por supuesto, pero no asimilarlas del todo en su abrumadora abundancia, y mucho menos incorporarlas a la propia manera de entender el mundo. En ese sentido, entiendo a Borges cuando declara sus dudas respecto a la capacidad de Chesterton de lograr conversos para la ortodoxia que defiende con tanta brillantez. A lo sumo, logra entusiasmar a los ya convencidos. En eso, como en tantas otras cosas, Chesterton tiene la ambivalencia del sofista. Pero qué sofista.  

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A más de un contestatario de nuevo cuño que yo me sé habría que decirles, en nombre de esas mismas causas con las que dicen solidarizarse, lo que Jesucristo al joven rico: "Reparte todo lo tuyo entre los pobres y sígueme". Y eso bastaría para que agacharan la cabeza e hicieran mutis por el foro, en dirección a sus apartamentos bien amueblados, a sus caprichitos de entendidos y gourmets, a sus bien agarradas prebendas, a sus despachitos.

lunes, enero 16, 2012

NOCTÁMBULO

Me veo extraño con este sombrerito de pescador que me pongo cuando llueve. Como disfrazado de hombre a quien no sientan bien los sombreros.


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Leo con inmenso agrado The Walls Do Not Fall, la primera de las tres entregas de Trilogy, el triple poema que la poeta H.D. (así firmaba quien en la vida civil se llamó Hilda Doolittle) publicó durante la Segunda Guerra Mundial. Es gran poesía en un sentido inverso a como lo son, por ejemplo, los Cuatro cuartetos de Eliot o los Cantos de Pound. Porque, mientras estas dos últimas obras representan, en cierto modo, el fracaso del programa vanguardista con el que ambos poetas iniciaron su trayectoria literaria, y son, en más de un sentido, un regreso a los modos discursivos de la poesía meditativa del siglo XVII, el extenso poema de H.D. es todo lo contrario: una demostración de que las propuestas retóricas e ideológicas de aquel programa podían utilizarse para obras de gran aliento. Y eso es Trilogy: un muestrario de los recursos y maneras que pusieron  en boga los imaginistas -H.D. lo fue, y muy destacada, bajo el influjo de Pound-, puestos al servicio de un ambicioso poema filosófico-religioso: versos lacónicos e imágenes visualmente muy depuradas -un gusano que avanza por el envés de una hoja, una palmera que aporta sombra al filo de un trigal, un molusco que alimenta la dureza de su concha desde la vulnerabilidad de su núcleo blando- para dar cuenta de un pensamiento muy complejo. Se lee con placer y asentimiento. Y sólo llama la atención que este gran poema no sea tan leído y citado como los de Eliot y Pound. Cuando, quizá, de cara a ese nuevo siglo que a H.D. y a sus coetáneos tocó inaugurar, los versos de la primera tenían una frecura y una novedad -en la forma, que es también el fondo- de las que carecen los de los otros dos.


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Fui noctámbulo. Ya no. Cada vez que la madrugada me sorprende fuera de casa me siento muy desgraciado. Sabiendo, como sé, que ya no recuperaré las horas de sueño perdidas, y que la mañana siguiente, hasta la hora de la breve siesta reparadora de desaguisados, será de desorientación y remordimientos. Y sin que haya nada de lo que arrepentirse, por otra parte.

viernes, enero 13, 2012

ARCADI Y CHAVES

Nuestro admirado Arcadi escribió hace unos días sobre el maestro Chaves Nogales, a propósito de la reciente publicación en libro del casi perdido reportaje seriado de éste titulado La defensa de Madrid, originalmente publicado en la prensa mexicana entre agosto y noviembre de 1938 y referido a lo acontecido en la capital a partir de noviembre de 1936, fecha de la llegada de las tropas rebeldes a sus alrededores y del comienzo de la "batalla de Madrid" propiamente dicha.


Y esta vez, miren por dónde, discrepamos de Arcadi. 


En esas fechas, le reprocha el periodista de hoy al de ayer, "el maestro Chaves no estaba allí". Porque, como el propio periodista sevillano se encargó de proclamar urbi et orbe en el ya célebre prólogo que antepuso a A sangre y fuego, "cuando el Gobierno de la República abandonó su puesto y se marchó a Valencia abandoné yo el mío. Ni una hora antes ni una hora después". Desde luego, es bastante improbable que, como sugiere María Isabel Cintas, la pulquérrima editora de este reportaje rescatado del limbo de los textos inencontrables, Chaves volviera ocasionalmente a Madrid en las fechas a las que se refiere su reportaje. Pero eso no resta ni un ápice de valor a su texto, ni mucho menos a la clarividencia -con un toque de honrosa pasión cívica- con que su autor juzga hechos, circunstancias y personas. Los meses que Chaves pasó en Madrid entre el 18 de julio de 1936 y el 6 de noviembre del mismo año le bastaron para hacerse una idea bastante clara de la pérdida del control de la calle por parte del Gobierno, de la desorganización inicial de la defensa de la capital y de lo que supuso, por tanto, la labor tenaz del general Miaja  para frenar el avance de las tropas rebeldes. Con ese conocimiento de primera mano, Chaves recrea la situación empleando los mismos recursos que en El maestro Juan Martínez que estaba allí, su libro sobre la revolución rusa: noveliza sobre testimonios de primera mano, en aras de una eficaz transmisión de la verdad periodística. 


Pero lo importante en esta cuestión no es discutir la idoneidad o no de los recursos que Chaves decidió poner en juego, sino algo mucho más importante, a mi juicio: la posibilidad misma de escribir crónicas como éstas en el escenario de los hechos. Cualquiera de las crónicas recogidas en La defensa de Madrid contiene afirmaciones que, de haberse hallado Chaves en la capital sitiada, le hubieran valido un "paseo" al amanecer. No estaba la cosa para bromas. Y al liberal Chaves, que tenía muy clara la catadura de los dos bandos en liza, y lo que suponía la pérdida efectiva de la autoridad de la República sobre las milicias teóricamente encargadas de su defensa, no le quedaba otro remedio que poner tierra por medio si quería seguir gozando de la posibilidad de decir lo que pensaba. 


Por ello, este reportaje no sólo no se resiente por haber sido escrito a distancia de los hechos, sino que debe su razón de ser precisamente a esa distancia. Y parece mentira que sea precisamente Arcadi Espada, debelador de tantas supersticiones del periodismo moderno -entre ellas, el mito "presencial", por el que ciertos medios creen ganar credibilidad por el mero hecho de instalar a un periodista confortablemente en el hotel de cinco estrellas más cercano a los acontecimientos-, quien haya puesto en cuestión la valía de este libro excepcional.

jueves, enero 12, 2012

DISTRACCIONES

Poemas como "Winter Trees" (´"Arboles de invierno") y "Sheep in Fog" ("Ovejas en la niebla") representan la culminación del arte de Sylvia Plath; y, si se quiere, la culminación del programa que se propuso la poesía norteamericana del siglo XX, según quedó éste enunciado por la entusiasta caterva imaginista: acuñar poemas que aunasen la inmediatez visual y el complejo emocional asociado a esa imagen. En ese sentido, de haber perseverado esta poeta en esa dirección, habría llegado a representar, respecto a la vanguardia norteamericana, lo que Federico García Lorca fue para el surrealismo europeo: un poeta verdaderamente dotado, original, capaz de extraer todo su potencial al nuevo campo abierto. Sabido es que la poesía de Plath frecuentemente se decantó por otros derroteros, a los que debe su actual popularidad (que la poeta no llegó a disfrutar en vida) y su capacidad polémica. Pero eso no resta mérito, en absoluto, a la evidencia de que llegó a tocar, en contados poemas, la meta expresiva con la que habían soñado los poetas norteamericanos de las dos generaciones precedentes.


Lo curioso de estos dos poemas -a los que podríamos sumar algún otro, como los dos dedicados a las amapolas ("Poppies in July", "Poppies in October") es que su dependencia respecto a determinados recursos expresivos de la lengua inglesa es tal que resultan prácticamente intraducibles. Porque a ver cómo transmite uno este verso -el primero de "Winter Trees"- con idéntica concentración expresiva:


The wet dawn inks are doing their blue dissolve


Lo máximo a lo que puedo llegar es a este versículo dual, compuesto de dos endecasílabos:


Las tintas frescas del amanecer están obrando su fundido azul.


Pero aquí se pierde el otro sentido de "dissolve", desleír, que tan bien casa con la cualidad líquida de las tintas que operan el fenómeno descrito. 


Más complicado es rendir el significado del primer verso de "Sheep in Fog":


The hills step off into whiteness.


que quizá podríamos arriesgarnos a traducir así, haciendo uso de nuevo de un versículo dual -eneasílabo y heptasílabo-:


Un paso más y las colinas se pierden en lo blanco.


Más o menos.


(En esto he venido distrayendo el trayecto de autobús de hoy.)

martes, enero 10, 2012

PRESENCIAS



Anoto aquí la emoción que me causa  "Presencias", uno de los relatos que componen el libro Zona de incertidumbre, de Antonio Serrano Cueto. Me atrapa desde el principio su atmósfera, que es la de una casa de vecindad (Antonio la llama "casa comunal") muy parecida a las dos de la gaditana calle Arbolí en las que pasé mis primeros cinco años de vida, o a la de la calle de la Merced donde vivían mis abuelos. Y no me conmueve sólo porque sus menciones a la cocina común, al retrete compartido y a los ratos de forzosa convivencia entre los vecinos coincidan con toda exactitud con mis recuerdos de esos años, sino porque el autor tiene el raro acierto de derivar de esa atmósfera -evocada en términos diríamos "realistas"- el elemento fantástico con el que articula y resuelve su cuento. Nada más natural -ni más asombroso, para quien sepa sorprenderse de lo milagroso cotidiano- que el fenómeno de sugestión colectiva en el que se basa el relato. En él no es necesario siquiera el principio de suspensión de la incredulidad del que parten muchos otros cuentos de la colección. Su ingrediente "fantástico", diríamos, se deriva de su fidelidad a la realidad. Lo que no es frecuente ni fácil, desde luego.


***


Todos me besan o me dan la mano para felicitarme por el año nuevo en este primer día de trabajo después de las vacaciones. Y todos añaden algún parabién. Menos este compañero que, al estrecharme la mano, me dice: "Lo siento".


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Y, ya que hablábamos de fenómenos de sugestión colectiva,  es curiosa la facilidad con que se ha extendido una especie de conformidad con las penalidades que nos esperan. En clase, para forzar unas pocas frases en inglés, pregunto a los alumnos por los propósitos que ellos y sus allegados han formulado para el año nuevo. Y me llama la atención el que muchos ponen en labios de sus padres: gastar menos.  

lunes, enero 09, 2012

LA PIEDRA PARDA

Primavera anticipada. Algarabía de pájaros, a la que aporta su nota ronca y monosílaba una hembra de jilguero que apenas se inmuta cuando pasamos bajo su árbol (sé que es hembra porque no sabe cantar: en esta especie, como en otras, el canto es privilegio del macho). Estamos recorriendo el sendero que llaman "de la Piedra Parda", una breve ruta que transcurre siempre a la vista del pueblo, muy próxima a la carretera; y que, sin embargo, apenas se ha adentrado uno en ella unas decenas de metros, te hace sentir en plena naturaleza, lejos de cualquier interferencia humana. Y es que hay parajes que son como los juegos de muñecas rusas: desde fuera -desde la carretera- parecen una cosa; y luego, cuando uno se adentra en ellos, descubre que esa apariencia primera esconde otras, y éstas otras, y así casi indefinidamente. 


El sendero nos ha llevado hasta el pie del peñón calizo que le da nombre. Y allí, bajo la sombra generosa de una gran encina, nos topamos con la carroña de un cordero no nacido, envuelto aún en la membrana fetal. Antes habíamos visto buitres, pero se ve que les desagrada la presencia de intrusos, y desaparecen de nuestra vista en cuanto llegamos a las inmediaciones de su posible presa. Impresiona el silencio, sólo turbado por algún eco amortiguado de la cercana carretera. Todo esto está ocurriendo, no paro de decirme, en lo que, visto desde el punto de vista de los que van en los coches que producen ese zumbar lejano, no es más que una lengua de tierra ceñida por una curva amplia, la que salva el desnivel entre la cota donde se halla la Piedra Parda y el punto más alto donde comienza el pueblo. En ese aparentemente exiguo espacio, que un coche rodea en menos de un minuto, hay lugar incluso para que corran dos arroyos, los únicos de la zona que llevan agua en este invierno seco, por proceder de sendas fuentes cercanas que no se agotan en todo el año. 


Junto a una de ellas -la que llaman de las Piletas- descansamos. Tumbado en uno de los bancos de madera del merendero que han instalado allí, entre el cielo y mis ojos se interpone la fronda de un acebuche. Sus hojas breves y puntiagudas y su negro fruto componen, contra el fondo acuoso del cielo, una imagen de grabado oriental. Olvido de pronto ese conjunto de incomodidades -cansancio, molestias digestivas, cierta ansiedad- que constituye la conciencia inmediata que tengo de mí. Y en ese olvido de mí mismo, ocupado como estoy en retener esta imagen  para que me acompañe en los momentos malos, soy feliz.  

jueves, enero 05, 2012

LOOK

Voy dando fin al programa gastronómico con el que he ido distrayendo las vacaciones: hoy, tartar de atún y guiso de patatas con mejillones. Las mañanas se me han ido en eso: en buscar las recetas, ir al mercado, aviar los platos. Acostumbrado a medir los días en función de otra clase de rendimientos, el balance me desconcierta; y, a la vez, me produce cierta satisfacción, porque, a pesar de la dosis de bienhumorada impostura con la que he asumido mi papel de cocinero (podría haberme atenido a platos más simples y cotidianos), ello no ha contaminado el propósito esencial de mi labor: tener lista la comida para los míos. Y en ello he empleado las horas que, en circunstancias normales, habría dedicado a mis afanes habituales. Creo que he salido ganando con el cambio. Lo otro, sin las debidas pausas, empacha.


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Mientras escribo, el punto con el que acabo de rematar una frase echa a andar por la pantalla... Tardo unos segundos en darme cuenta de que es una de esas mosquitas invernizas que a veces se dejan atraer por la luz. Aun así, el efecto perturbador de lo que parecía ser una alucinación me dura unos minutos.


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En la resaca de mis lecturas de poesía norteamericana del siglo XX, releo (o quizá leo por vez primera con verdadero interés) a Silvia Plath. Y releo también un apasionado librito que reseñé hace años para El Cultural: La mujer en silencio. Sylvia plath y Ted Hugues, de Janet Malcolm. Lo primero tiene sus compensaciones: Plath, en efecto, aprendió bien la duradera lección que la vanguardia anglonorteamericana legó a la posteridad: la de que es posible articular un discurso basado en asociaciones más o menos libres, muchas veces sustentadas en imágenes, y que este discurso puede sustituir con ventaja al discurrir más o menos lógico de la retórica tradicional. Los mejores versos de Plath se basan en este principio, que se impone con facilidad incluso a los excesos verbales más o menos expletivos a los que tantas veces se entrega esta poeta tan mal avenida con el mundo. Nada más que por eso merece la pena leerla: su obra es un ejemplo de los benéficos efectos que una coyuntura poética bien encarrilada puede ejercer incluso sobre poetas poco conscientes de los recursos que manejan. En ese sentido, Plath es una excelente discípula (quién lo diría) de esos grandes clasicistas -en el sentido de iniciadores o fundadores- que fueron Eliot y Pound. 


Distinta es la impresión que me deja el segundo libro aludido. En su día me pareció una joyita. Y todavía hoy soy de esa opinión: uno de esos libros personales nacidos a contrapelo de una pesquisa erudita. Sin embargo, y a la luz de los motivos que hoy me llevan a él, me decepciona: qué poco aporta la biografía de un poeta -incluso una no-biografía como ésta, polémicamente reñida con los principios básicos del género- al conocimiento de su obra. Si acaso, detrae méritos, y nos hace concebir la inquietante idea de que la creación literaria casi nunca vale el alto precio que algunos están dispuestos a pagar por ella. A la luz de la biografía de su autora, la poesía de Plath es un subproducto patológico, y el precio de su consecución incluye la infelicidad de varias personas -ella misma, su marido, el también poeta Ted Hugues; algunos de sus allegados, e incluso no pocos lectores que han creído necesaria una cierta asimilación de las posturas vitales de la poeta para poder entender y apreciar su obra-. Desde ese punto de vista, el suicidio de Plath parece una añagaza; como lo fueron, desde otro punto de vista, los accidentes vitales e históricos que llevaron a la temprana muerte de Keats o Lorca, pongo por caso. Sus biografías son siempre un estorbo para entenderlos. Aunque nos digan muchas otras cosas, en fin, del tiempo que les tocó vivir.


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Otras son las preocupaciones de la chica que nos precede ante la caja de esta tienda de ropa. "¿Puedes darme una bolsa de... (y aquí menciona una conocida marca de ropa vaquera)? Es que todo lo que le he comprado a mi novio es de esa marca y me gustaría dárselo en una bolsa con el logotipo". Hago un cálculo rápido de lo que puede valer el terno completo del novio de esa chica: triplica o cuadriplica el valor de cuanto llevo puesto. Ella misma viste con lo que ahora entiendo que es un estudiadísimo look arrabalero. En absoluto económico, desde luego. 

martes, enero 03, 2012

FAISANDÉ

Vengo escuchando en el coche un programa de Radio 3 en el que invitan a alguien a elegir una selección musical. El invitado, en este caso, es el escritor Ismael Grasa. Y aunque no comparto todas sus elecciones, me conmueve que una parte de ellas sean músicos y bandas de su ciudad natal, y que el resultado tenga un aire de biografía en canciones, en la que hay algún hueco también para los ausentes. "Cuando llegábamos a esta canción, Félix Romeo me pedía siempre que subiera el volumen", dice en la presentación de un arrastrado rock'n'roll arrabalero de un grupo local. La banda sonora de uno está hecha de esas cosas. Para lo otro, para adornarse con elecciones prestigiosas, siempre hay tiempo. Y hay que tener ganas también.


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Veníamos de almorzar con unos amigos. Un almuerzo accidentado, todo hay que decirlo, porque el elemento principal del mismo -un lomo de venado de magnífico aspecto- resultó incomible. Demasiado faisandé quizá. O no lo suficiente, quién sabe. Durante un buen rato flota sobre la cocina un aroma rancio a bestia en celo. Lo que dicta, quizá, el comentario de nuestra anfitriona: "Lo esencial es que el animal que elijas sea... compatible".  Se refería a la dificultad de tener gatos y pájaros en la misma casa. Pero, en el contexto algo exaltado que había causado el olor de la carne, todos entendimos que se refería a otra cosa.


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Niebla baja, pero no del todo a ras de suelo. En la autopista voy conduciendo como bajo un techo a punto de desplomarse sobre nuestras cabezas. Curiosa imagen para este primer día hábil del año. El mundo derrumbándose despacio y nosotros escapando... por los pelos. 

sábado, diciembre 31, 2011

DISPEPSIA

Hablando de esto y de lo de más allá, en la sobremesa, este amigo nos hace esta revelación sorprendente: dice ser descendiente directo, por vía femenina, de la hermana del mariscal Bernadotte, general de Napoleón y fundador, por uno de esos accidentes de la política europea de entonces, de la dinastía hoy reinante en Suecia... Inmediatamente bromeamos sobre la urgencia de hacer valer sus derechos a ese trono. Tal como están las cosas en las monarquías europeas, decimos, quién mejor que tú para desempeñar honrosamente ese puesto. Otro que no fuera él ya habría removido cielo y tierra para hacer valer su derecho a tratar como pariente al  actual monarca sueco. Y alguno incluso se valdría de ese parentesco para efectuar algún que otro pingüe negocio... Él no, desde luego. Cuando la curiosidad, hace años, le llevó a recalar en la decrépita casa-museo que la ciudad de Pau dedica al viejo mariscal, el encargado le rogó encarecidamente que le hiciera llegar el árbol genealógico de esa anónima rama de la familia. Sa majesté le roi de la Suède, le dijo, estaría encantado de conocer ese dato inédito. Pero nuestro amigo no se tomó la molestia de poner su parentela por escrito. Para qué. Si acaso, bromea con el parecido que su nariz aguileña y sus ojillos desconfiados y curiosos le prestan con los retratos que se conservan de su lejano pariente.


El mundo es a veces muy raro.


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Lo que me hace acordarme, por esos vericuetos de la memoria, de aquella estudiante madrileña que me juraba, en alguna descabalada noche de los ochenta, que su familia conservaba el derecho a heredar no sé qué títulos de nobleza, siempre que pagara los elevados impuestos que gravan esa clase de transmisiones. Y resultaba extraña esa declaración de aristocracia venida a menos, en medio del general desamparo en el que nos veíamos todos en esos años. Aquella duquesa, recuerdo, podía darse por contenta si ese día llevaba en el estómago una buena ración de macarrones. Y en las salidas nocturnas invariablemente se hacía invitar. Por esa vía, la modernidad madrileña de entonces se mostraba conmovedoramente... galdosiana.


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Dispepsia en vísperas de la nochevieja. Para terminar de digerir el dichoso año que se va hará falta , me temo, una buena dosis de bicarbonato.

viernes, diciembre 30, 2011

ACORDES



El sol que incendia las ventanas altas.


El salto simultáneo de tres peces en la orilla. (Y el entrecruzamiento posterior de sus respectivos juegos de ondas concéntricas.)


La belleza incontestable de algunas madres jóvenes.


El hecho de sentirte en otra ciudad, y en otra latitud, simplemente por tener las orejas y la punta de la nariz heladas.


La sorprendente irrupción de un extraterrestre: este empleado municipal que, con su traje fluorescente y su máscara de seguridad, se nos acerca amenazadoramente, enarbolando una podadora mecánica.


La vendedora de sombreros.


La gaviota joven que todavía no ha mudado su plumaje gris.


El zumo de naranja, como un ascua en tu mano.


La posibilidad del milagro en las tiendas de todo a cien.


El olor a paraíso de las panaderías.


La bajamar y el secreto de su botín de agua escondido en alguna parte.


La conciencia, ese peso.

jueves, diciembre 29, 2011

EN LA RADIO

En la radio, dentro del magazine vespertino, el consabido espacio de libros. Lo vamos oyendo en el coche. Normalmente cambiamos de canal, para no aburrirnos. Pero esta vez, por curiosidad, lo dejamos. Hay que decir que la conductora del magazine es una profesional curtida, de ésas que cree que el secreto de la radio consiste en hablar con idéntico entusiasmo, y con las mismas expresiones estereotipadas de asombro, del último disco del cantante guapito de moda y del último premio Nobel de física. El especialista en libros, o así, que ahora la acompaña es de la misma escuela; si acaso, a la arrebatada dicción de su compañera cree necesario oponer una entonación amanerada y campanuda, en consonancia con la categoría de la noble materia de la que se ocupa. Y así, en menos de cinco minutos, enumera una docena de títulos de novelas absolutamente geniales, fascinantes, bien construidas,  "de las que te atrapan desde la primera página". Y de las que, todo hay que decirlo, no puede uno sustraerse a la hora de decidir qué libros regalar por estas fiestas. Su acompañante corrobora de vez en cuando: "Desde luego, es un novelón". Lo que no dicen, y quizá ni siquiera sospechan, pese a llevar años pregonando el género, es que nadie se acordará de ninguno de estos títulos dentro de unos meses; ni siquiera sus editores, que harán guillotinar el remanente de la edición en cuanto empiecen a llegarle las primeras devoluciones. 

No sé por qué me deprimen estos programas. Quizá, sospechará más de un lector de estas notas, porque no hablan de mis libros. Pero no es eso: cuando lo han hecho -alguna vez- también me ha parecido que hablaban de algo que tenía muy poco que ver con la literatura, y sí, en el mejor de los casos, con la exhibición de monstruos de feria -qué otra cosa es un señor que se pasa meses emborronando cuartillas para ocupar por unas semanas un puesto en las atestadas mesas de novedades de las librerías-; y, en el peor, con la simple publicidad de artículos perecederos, cuya condición desmiente crudamente las ilusiones y expectativas que uno, ay, abriga respecto al género. 

Y quizá a esto se reduzca todo: a una mera cuestión de expectativas desmentidas.
  

miércoles, diciembre 28, 2011

DE CABECERA

El breve paseo matinal disipa las melancolías con las que me despierto, fruto de la noche mal dormida, del malestar general causado por la medio gripe que arrastro y de otros difusos pero tangibles desacuerdos entre uno y la realidad. Voy a mi librería de referencia, a recoger algunos encargos. Y mantengo con el librero una breve pero sustanciosa conversación sobre la naturaleza elusiva del tiempo en estos días sin obligaciones. No tengo conciencia de haber sido yo quien ha llevado la charla por esos derroteros, pero el caso es que en el autobús venía pensando ya en el carácter elástico que tenían los días en mi adolescencia, por ejemplo, cuando me daba tiempo de estudiar, salir, escuchar música, leer, puntear la guitarra, pintar e incluso escribir, sin que estas acciones se atropellaran unas a otras ni se tradujeran en una sensación de premura o agobios. Pienso en C., en sus días cortísimos, y llego a la conclusión de que la diferencia está en que el actual régimen de vida de los adolescentes les priva, en sus días libres, de las dos partes más productivas de la jornada, a saber: la mañana, que suelen pasar durmiendo; y las horas previas al sueño, que ellos apuran en diversión. No es que uno no trasnochara, cuando había ocasión para ello, ni que estuviera siempre predispuesto a hacer algo que no significara pura y simplemente perder el tiempo. Era más bien lo contrario: la diversión -en el abrumador sentido de compromiso social que tiene hoy- no venía impuesta como una obligación más, y eso dejaba tiempo para muchas cosas.


Juro que no fui yo quien sacó el tema. Pero uno de los alicientes de venir a esta librería es éste: el librero, frecuentemente, me lee el pensamiento.

martes, diciembre 27, 2011

MONEY IS A KIND OF POETRY

Definitivamente, no me gusta Wallace Stevens, al que leo en la estela de Pound, los imaginistas y, en general, la  revisión que ando haciendo últimamente de los poetas de vanguardia británicos y norteamericanos. La poesía de Stevens me resulta antipática y pretenciosa. No tiene, ni de lejos, la elocuencia y el poder de convicción de la de Pound -a pesar de todo lo que la de éste tiene de acumulación caprichosa, de cacharrería-; y carece, por supuesto, de la delicadeza y precisión de la de su amigo y coetáneo William Carlos Williams. Sus mejores poemas están, quizá, en Harmonium, su primer libro; descontando de él los ripiosos ejercicios rimados -que este poeta continuará cultivando hasta el final de sus días- y pasando por alto, incluso en los poemas más prometedores -la suite titulada Sunday Morning, por ejemplo-, el inconveniente de que siempre anuncian más de lo que ofrecen. 


Más interés tienen sus aforismos o Adagia; pero incluso éstos se resienten de cierto... despeluchamiento, como juguetes muy manoseados. Por ejemplo, éste: Money is a kind of poetry, que Andrés Sánchez Robayna traduce como: "El dinero es una forma de poesía", pero que también podría interpretarse como "El dinero es una especie de poesía"; lo que nos lleva a una cierta ambigüedad: ¿es o no es poesía? Y todo para decirnos que el dinero, como la poesía, presupone un estado de cultura en el que el simbolismo, la transferencia de significados y la abstracción son de dominio público. No sé.


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Menos mal que me he propuesto, en las mañanas de más o menos forzosa soledad de las que van a componerse estas vacaciones -con M.A. trabajando y C. absorta en su laberinto adolescente-, hacer algo más que leer o escribir. Voy a cocinar, y ahora mismo me dispongo a hacer la lista de la compra para la semana. Hoy toca arroz con setas. Y como no espero gran cosa de las insípidas setas envasadas que encontraré en el supermercado del barrio, ni tengo posibilidad de ampliar mi radio de búsqueda, se me ha ocurrido añadirles, para realzarles el sabor, algunas setas shiitake que he encontrado en el cajón de ingredientes orientales de M.A. Con lo que, miren por donde, me va a quedar un arroz composite, como esos poemas de Pound aderezados con ideogramas chinos.... También esto de la cocina es cuestión de trucos, como la literatura. 


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Mañana, o pasado quizá, unas lentejas con foie. Cuyo antecedente literario sería, no sé... ¿los poemas de Claudio Rodríguez?