viernes, diciembre 19, 2014

LA RESEÑA DEL VIERNES: 'TRANSPARENTE', de ROSARIO TRONCOSO

En LA RONDA DEL LIBRO, el blog de crítica literaria asociado a nuestra Columna de humo, se reseña esta semana Transparente, el último poemario de Rosario Troncoso. La reseña corre a cargo de nuestra colaboradora Mª Antonia Collado Luengo.

jueves, diciembre 18, 2014

LAZARILLO

Al antiamericanismo militante parece no llamarle la atención el hecho de que casi toda la información de la que disponemos sobre los aspectos más siniestros de la política norteamericana procede... de los propios mecanismos institucionales norteamericanos y las normas de transparencia por las que se rigen; o del vigor de su prensa; o del dinamismo de la sociedad norteamericana, que suele ser la primera en denunciar las actuaciones más nefastas de sus gobernantes. Cosas todas ellas de las que andamos bastante escasos en las muy engreídas democracias europeas, y especialmente en una que yo me sé.


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Quizá para compensar el hecho de que se me ha acabado el presupuesto semanal y salgo a la calle sólo con unas pocas monedas en el bolsillo, cedo al impulso de ponerme una corbata. Y me siento como el hidalgo del Lazarillo.


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Para rematar un almuerzo indigesto, veo durante la siesta un lamentable documental sobre la posibilidad de mantener relaciones sexuales en el espacio... Entre humanos, se entiende, y no con alienígenas. Tiene sus ventajas: el efecto de la ausencia de gravedad sobre la presión sanguínea asegura erecciones poco menos que permanentes; las mujeres no necesitan sujetador (¿?); y las posibilidades de acrobacia amorosa son poco menos que ilimitadas. Entre los inconvenientes figura la necesidad de que, en el momento decisivo, al menos uno de los dos partícipes ha de permanecer atado a una superficie fija... En Estados Unidos ha habido ya matrimonios que se han postulado como conejillos de Indias para probar estas eventualidades; aunque se sospecha que los rusos ya se les han adelantado... Y así. Aunque quizá lo que habría que preguntarse es si, en esas condiciones tan acuosas, lo mejor no sería probar a reproducirse como los calamares. Y todos contentos. 

miércoles, diciembre 17, 2014

LIGERO DE EQUIPAJE

Da la impresión de que, a partir de ahora, los escándalos de corrupción que vayan saliendo a la luz serán cada vez de más bajo nivel: confirmarán la idea exculpatoria de que las corruptelas no son sólo cosa de políticos desaprensivos, sino que obedecen a una mentalidad generalizada, y que todo el mundo es corrupto, cada cual en lo suyo: el poderoso que roba millones y el empleadillo que hace una llamada particular desde el teléfono del trabajo; el ministro que tolera que a su sombra se enriquezcan los amiguetes y el catedrático que, en un desliz más o menos consentido, tira de tarjeta institucional para pagarse una comilona particular... Es una generalización peligrosa, por lo que tiene de desmoralizadora. Aunque parece claro que obedece a una verdad constatada. Y ya se sabe: en ese presunto mal de muchos encuentran algunos la excusa perfecta. 


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Hace años un arquitecto me advirtió del peligro que podía suponer acumular libros en un piso pequeño: la estructura de un bloque de viviendas, me decía, no tiene por qué estar preparada para resistir ese peso. Desde entonces miro el techo todos los días, por si las grietas. Y ahora lo del pobre R. de C., muerto mientras intentaba salvar su biblioteca de un incendio. Los libros como trampa, y no sólo en sentido metafórico. Quizá se han convertido en una carga demasiado onerosa para las vidas que se pretende que llevemos hoy. Hace años, recuerdo, estalló una polémica porque el gobierno quiso promover viviendas de treinta y cinco metros cuadrados, como las que se remedan en los expositores de Ikea. En un piso así, escribí en un artículo, no era posible disfrutar, por ejemplo, de ese lujo al alcance de todos que es una pequeña biblioteca. Ahora me siento más inclinado a suscribir lo que decía Antonio Machado: mejor "desnudo, ligero de equipaje"; o Quevedo: "con pocos pero doctos libros juntos". Etc.


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Empezar por librarse de los que uno ha escrito: esa rémora.

Imagen: "Emigrantes" de Manuel Martín Morgado.

lunes, diciembre 15, 2014

BLOOM

No entiendo la irritación que han causado en algunos colegas los juicios del crítico Harold Bloom sobre la presunta insuficiencia de la literatura contemporánea. Y no es que me gusten los dictámenes demasiado rotundos y de alcance universal, pero le tengo aprecio a Bloom como teórico del Romanticismo: sus libros sobre este asunto -The Visionary Company, The Ringers in the Tower- son insuperables; como es poco discutible, por personal y a un mismo tiempo conmovedora, su idea de que el impulso romántico ha seguido animando a quienes él considera los mejores poetas en inglés del siglo XX: W. B. Yeats y Wallace Stevens, entre otros (por contraposición a Eliot y al vanguardismo en general). De su constatación de la continuidad esencial -siempre en el ámbito anglosajón- entre el ciclo romántico y la gran poesía imaginativa de los siglos XVI y XVII -Spenser, Shakespeare, Milton- proviene su idea de la existencia de un canon: y lo cierto es que, en la práctica, la historia de la poesía inglesa no se entendería sin considerar la pugna de algunos de sus poetas más ambiciosos por merecer estar a la altura de esos gigantes. 

Entiendo que lo que Bloom exige a la literatura actual, y no encuentra, es esa ambición totalizadora y visionaria. Evidentemente, yerra el tiro cuando lo dirige a ámbitos ajenos a su campo de estudio. También es cierto que alguna vez ha podido reprochársele alguna maniobra cínica en sus fluctuantes opiniones sobre determinados autores: Edgar Allan Poe, por ejemplo. Pero su posición es clara. Y expresa, sobre todo, una insatisfacción que yo, como lector, también siento a veces.


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Dedico buena parte de la mañana a partir aceitunas; y en la conversación telefónica que mantengo luego con J.A.M., en la que discutimos algunos aspectos del trabajo pictórico-literario que nos traemos entre manos, la parte más enjundiosa es la que se refiere al aliño del mencionado fruto. Y está bien que así sea, porque, de alguna manera, en nuestra confluencia de intereses lo artístico es siempre un aspecto derivado de esas otras querencias dictadas por el entorno y la estación; que son, al fin y al cabo, las que determinan todo lo demás.


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Había tres sillas y se ocuparon: lleno total. Habrá quien llene estadios, sí; pero sabe que el fracaso asoma sus orejas por esos pequeños claros que nunca faltan en el graderío. 


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La sobrecogedora noticia de la muerte de nuestro amigo Rafael de Cózar: la ironía de que la asfixia lo venciera en el intento de salvar su biblioteca de las llamas originadas en una estufa. Entiende uno ese impulso, incluso en lo que pudiera tener de irreflexivo. Los libros -quien frecuenta los mercadillos callejeros lo sabe- valen materialmente tanto como la basura. Pero para quien los atesora y los trata son, a menudo, la posesión más preciada; y no a la manera del avaro que guarda oro o monedas en un escondrijo; sino en el sentido de quien aloja en su casa a un ser querido a quien prodiga toda clase de cuidados; incluso los que suponen, ay, el olvido fatal de uno mismo. 

jueves, diciembre 11, 2014

DEL FRÍO (UN DECÁLOGO)


No es difícil saber de dónde sopla el viento: basta con mirar hacia dónde se inclinan las cabezas de los intelectuales.

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Llama poderosamente la atención que algo tan preciado como el sol de invierno sea gratis.

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De los gatos se aprende que el frío engendra la ternura.

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Sentados a la mesa camilla con un papel delante, el cuello envuelto en una bufanda y la moquilla en la nariz, todos somos un poco Pío Baroja.

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Y Josep Pla ante una chimenea que humea, en una casa que nunca acaba de caldearse, mientras escribimos el artículo del día y pensamos en el precio de la calefacción.

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Sólo se siente verdaderamente rico quien haya usado un billete de banco para encender el fuego.

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En las dependencias oficiales, el frío tiene siempre modales de conserje con pasado en la División Azul.

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Hace siempre más frío en el recuerdo de los inviernos pasados.

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Hubo un tiempo en la vida en el que, sentado en un banco a la intemperie, uno encontraba siempre un lugar donde calentar las manos dentro del abrigo de la persona amada.

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En los días de verdadero frío, la sopa es siempre sopa de hospicio.

martes, diciembre 09, 2014

EL CASTAÑO

Inevitablemente, venir aquí a hablar de nuestros libros viene a ser un modo de rendir cuentas. Es lo que hace M.A. ante el escogido auditorio que ha acudido a escucharla. Aunque su libro está escrito sobre la falsilla de una cultura lejana, su referencia inmediata es este lugar, y algunas de las experiencias a las que alude son bien conocidas de todos: la repentina muerte de de ese hombre joven que ya empezaba a ser amigo nuestro, por ejemplo; o las veladas bajo cierto castaño cuyo propietario -y no es exactamente una coincidencia- está sentado entre el público, y a quien yo también dediqué unas líneas -más jocosas, menos trascendidas- en La novela de K.  Bromeo con él sobre este hecho, a la salida: son ya dos los libros en los que se le alude; a él, que, en su faceta de entendido en flamenco, ha tratado a otros escritores que se acercaron a ese mundo: entre ellos, nuestro Fernando Quiñones. Al pie del castaño aludido en el libro de M.A. nos contó este amigo nuestro la anécdota de cuando nuestro paisano, aterido de frío en medio de una larga velada flamenca que se había alargado hasta altas horas de la madrugada, pidió algo para abrigarse y le acercaron una manta de caballo, con la que no dudó en envolverse. "Apesta horrorosamente -dijo- pero qué a gusto se está". Y lo que no sabe este amigo es que esa anécdota, oída en sus labios y referida a otro viejo y querido amigo ya ausente, de alguna manera cierra un amplio círculo.


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Nos dicen que anda disgustado este fotógrafo conocido nuestro porque, cuando procedía, como suele hacer en estas ocasiones, a hacer fotos del gentío congregado en la plaza en torno a las fiestas prenavideñas del puente festivo, una mujer allí presente le ha recriminado su acción y le ha dicho que se ande con ojo, porque ella es un alto cargo electo del partido tal y no se deja fotografiar así como así... El hombre ni siquiera la había reconocido, y puede que muy pocos lo hubieran hecho de no ser por el incidente. Se da la circunstancia de que ese partido político emergente basa su discurso en la denuncia de los privilegios de los que disfruta la vieja clase política en general, entre los cuales no sé si figura el de ser objeto de una consideración especial cuando se está en medio de un gentío. Quizá sí, por lo mismo que cualquier ciudadano particular tiene derecho a exigir que se respete su intimidad si la cree amenazada. Pero hacerlo en función del cargo, y recurriendo a un intimidatorio Usted no sabe con quién está hablando parece, como poco, un tanto incoherente... Y me acuerdo, quizá un poco a contrapelo, de esa escena de Viva Zapata en la que el protagonista, que ya ha alcanzado el poder, ordena a un esbirro que tome el nombre de un campesino que ha osado alzarle la voz; que es justo lo que le hicieron a él mismo cuando osó alzar la voz ante el potentado de turno, antes de que ésa y otras injusticias lo llevaran a echarse al monte.  



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Y es curioso que, en medio de un puente festivo en el que la literatura ha servido, como otras veces, de pretexto para el encuentro amistoso, no hayamos desperdiciado ocasión -como es de rigor, también- de denostarla, o de quejarnos amargamente -y con fundamento- de su sinsentido.

miércoles, diciembre 03, 2014

LA MISS

Me ha hecho gracia constatar que hay quien se ha acordado de mi libro La sonrisa del diablo, de 1998, a raíz de la publicación, con el mismo título, de la primera entrega de una serie de novelas de misterio a cargo de una tal Annelle Wendeberg. No me quejo de la coincidencia y ni siquiera creo que sea malintencionada. Pero me trae a la memoria un curioso periodo de mi trayectoria literaria. En esos años -los que median entre La sonrisa...Lluvia ácida, en 2004- padecí el disculpable espejismo de la vanidad autoral. Los hechos lo alentaban: La sonrisa del diablo, así como El hombre del velador y el mencionado Lluvia ácida, obtuvieron varias reseñas elogiosas e incluso alguna que otra gacetilla en el suplemento Babelia, que es algo así como el Olimpo de la gloria literaria hispana; y, puede que por lo mismo, en ese intervalo solicitaron mi presencia en varias mesas redondas en torno a la actualidad del relato breve, e igualmente me incluyeron en varias antologías del género.... Reconozco que me llevé un gran chasco cuando constaté que, pese a tan prometedores antecedentes, la publicación de mi cuarta colección de relatos, Sexteto de Madrid, no fue cosa fácil. Cuando el libro finalmente apareció, pasó sin pena ni gloria... Y ahí hubiera quedado mi carrera de narrador breve, si mis culpas no me hubieran llevado a pergeñar, no hace mucho, un quinto libro de relatos, aún inédito... Algo aprendí, no obstante: la nula valía, a efectos editoriales, de cualquier logro que no pueda traducirse en beneficios contantes y sonantes; y el hecho, no menos incontestable, de que, más allá de cierta edad, lo normal es que la trayectoria de uno siga un camino descendente, por modestas que sean las cimas en las que se haya iniciado esa caída. Y por eso me llama la atención, cuando uno anda ya curado de espanto, que alguien venga ahora a hacer la vindicación de uno, aunque sea a efectos de reclamar mi primacía en el uso de un trillado título que luego otros utilizaron.

Pero más bien quiero hablar aquí de otras perplejidades asociadas al recuerdo de ese libro. En el que incluí un cuento titulado "La miss", basado en la memorable imagen de una camarera de bar de copas que, poco tiempo después de dejar su huella en la memoria sentimental del atribulado protagonista del relato en cuestión, ganó un concurso de belleza, lo que el narrador parece interpretar como una nueva vuelta de tuerca en esa tendencia que tiene el deseo a convertir en irreal aquello en lo que fija su atención. La historia tenía un fundamento real, y así supieron verlo los anónimos redactores de la jocosa sección de cartas al director que entonces se publicaba en la revista Renacimiento: una de esas apócrifas cartas apareció firmada por la miss en cuestión, que decía acordarse del encuentro del que hablaba mi relato... Pero como la vida tiene una perversa tendencia a adoptar patrones de melodrama barato, quiso el azar que esa chica, años después, sufriera un cruento accidente de coche que la apartó para siempre del primer plano de la actualidad mediática, que es tanto como decir de la fantasía que convierte a ciertas celebridades en inalcanzables objetos del deseo colectivo.

Quién se para uno a discutir ahora la importancia de que le hayan sisado un título. La vida da giros mucho más imprevisibles. Y uno de los paradójicos efectos de la literatura es atraer la atención sobre ellos.

lunes, diciembre 01, 2014

IMITATIO

Imitatio. Resumen de un día del fin de semana, en el estilo de los diarios de Josep Pla.

Me despierto a las nueve y media -temprano, quizá, para un día de fiesta, pero casi tres horas más tarde que en día laborable, lo que anoto en mi haber de horas de sueño recuperadas. Desayuno, somero cuerpo de casa, sensualidades matinales. Paso la mañana leyendo junto a la chimenea. Al mediodía, vamos a buscar a J.A.M. para el aperitivo. Está contento porque los pequeños bodegones con frutos del tiempo que ha pintado últimamente se están vendiendo bien. En la barra del restaurante, cierto nerviosismo: los dueños van a abrir negocio en el pueblo vecino y queda mucho por hacer. Le va faltando a uno ya la capacidad de ilusión y entusiasmo de estos amigos jóvenes. No así a M.A., a quien le brillan los ojos ante la perspectiva. Almuerzo. Quedamos en salir a buscar espárragos después de la siesta. No queremos adentrarnos demasiado en el monte, porque queda apenas una hora de luz. Siete espárragos por mi parte, tres o cuatro veces más en manos de mi amigo. Junto con alguna tagarnina arrancada de la huerta, darán para un memorable revuelto. Antes, me repongo del esfuerzo en una especie de segunda siesta de media tarde y voy luego al restaurante a dejar algunos libros, que lucirán bien en la vitrina de souvenirs, entre las carteras y los frascos de miel. Luego la cena. J.A.M., M.A. y yo. Contra todo pronóstico, hablamos de política. Desánimo general. Las dos grandes preocupaciones de la clase gobernante: el ascenso del populismo y la amenaza de secesión catalana. Digo que a los ciudadanos de a pie no nos debe preocupar ni una cosa ni otra: ni tenemos nada que perder con una posible victoria electoral de los primeros ni nos va gran cosa en la eventualidad de lo segundo: si acaso, una mejora inmediata de la economía, resultado del previsible traslado de capitales y empresas desde el territorio escindido al resto del estado. Cosas que se dicen y que luego ni siquiera quien las ha dicho encuentra pertinentes. Efectos del vino tinto, quizá. Mala conciencia, en general, respecto a estos excesos de fin de semana. Temores a una posible noche turbada por la indigestión, que felizmente resultan infundados. Sueños densos.

jueves, noviembre 27, 2014

EN PRUEBAS

Si algo ha aprendido uno de la informática, que todo el mundo usa más o menos temerariamente, es a respetar la labor de los antiguos maestros impresores y la de sus sucesores, los que tratan de conferir dignidad a los textos mediante el uso de la moderna tecnología. Un procesador de textos corriente se limita a poner la palabras una tras otra, y no tiene en cuenta que, para que la página ofrezca a la vista una trama uniforme sobre la que pasear, éstas han de ser cortadas -pero no de cualquier manera-, comprimidas o alargadas -pero sin que se note-, obligadas a disponerse sin que queden entre ellas molestas alineaciones que se traduzcan en "calles" que cuartean el texto, y forzadas a cuadrar en el espacio disponible para que ninguna quede "viuda" o "huérfana" -es decir, que no quede a principio de página nueva una palabra o fragmento de línea que cierre un párrafo anterior, o a final de página el comienzo de un párrafo que se continúa en la siguiente... Todo eso exige una extenuante labor de retoques, que puede resultar a llegar obsesiva si, por el motivo que sea, el texto en cuestión es complicado de manipular y cada retoque necesariamente redunda en nuevos problemas que resolver. A veces pasa. Y entonces es cuando uno se da cuenta de la condición precaria del texto, su carácter movedizo, su proclividad a convertirse en una masa informe que apenas mantiene su firmeza a fuerza de parches y remiendos. El milagro es que éste, finalmente, aparezca ante los ojos del lector en toda su prodigiosa trabazón, sin que esa pugna previa se note. (Estoy corrigiendo pruebas otra vez: cruzo los dedos.)  

miércoles, noviembre 26, 2014

SUPPOSED TO

Lo bueno de escribir poesía -y parece que la racha dura- es que es casi como no escribir; y no porque no implique el gasto de muchas horas, sino porque tiene poco que ver con esa especie de exhaustivo remar en banco de galeote al que se parece tanto, por ejemplo, la escritura de una novela. Dios me libre de escribir otra (aunque ideas no me faltan, todo hay que decirlo).

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Llama la atención la práctica desaparición de la política como tema de conversación, al menos entre la gente con la que me relaciono; aunque más bien da la impresión de que se trata de un fenómeno más general; y que contrasta con la casi exclusividad de la que ese asunto goza en los medios de comunicación. Es una indicación más de la enorme distancia existente entre lo que la clase política y periodística piensa que le interesa a la gente y lo que de verdad interesa. Una prueba más: ayer, cuando practicaba con mis alumnos mayores esa clase de oraciones pasivas impersonales que en inglés se utiliza para transmitir opiniones (del tipo: John is supposed to have a lot of money), les propuse inventar algo a partir de este pie: 'Podemos' is supposed to....; y a casi ninguno se le ocurrió nada. Por algo será.

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No, cuentos tampoco; no ahora (y no sólo porque tenga guardado un libro inédito de cuentos con el que no sé qué hacer). Escribir cuentos implica también quedarse sin resuello, aunque sólo sea en una sentada. Y, puestos a hacer esfuerzos agotadores, casi preferiría uno que, por sostenido, creara hábito.

Lo dicho: poesía. Y que siga. 

martes, noviembre 25, 2014

PORTLAND ROAD

Veo un hermoso y descorazonador documental de la BBC perteneciente a una serie sobre la historia de las calles de Londres: éste trata en concreto de Portland Road, en el muy literario barrio de Notting Hill. El documental explica cómo la calle surgió durante el boom inmobiliario que conoció la ciudad a mediados de siglo diecinueve; y cómo, al no venderse las casas por lo que los promotores esperaban obtener, la calle de vio pronto invadida por alquilados y realquilados de escaso poder económico que convirtieron lo que en principio estaba destinado a convertirse en un barrio de clase media en una de las zonas más miserables y degradadas de Londres. Ya entrado el siglo veinte, las primeras promociones de viviendas sociales alentadas por las autoridades municipales lograron la descongestión del tramo sur de la calle, el más cercano al centro, y animaron a muchas familias de clase media a mudarse a la zona, mientras que las más pobres volvían a hacinarse en los bloques de reciente construcción que se alzaban al otro extremo. La división en dos zonas no ha hecho más que acentuarse, y hoy la calle Portland exhibe la curiosa distinción de contar con un sector que es una de las zonas residenciales más caras de Londres y otro que es una de sus áreas más deprimidas y peligrosas. Naturalmente, los vecinos de una y otra zona jamás se mezclan. Y se da el caso de que los vándalos que engendra la zona pobre tampoco cruzan nunca la línea invisible que los separa de la rica, y ejecutan sus gamberradas contra sus propias fachadas y viviendas, por esa curiosa querencia que la incultura y la pobreza tienen a multiplicar sus males en perjuicio propio. Sucede en nuestras ciudades, como evidencia el lastimoso estado de barrios enteros; y no es de extrañar que también suceda en pleno centro de Londres.

De todos los determinismos a los que vivimos sujetos, sin duda el social es el más triste. En vano llega uno pensar que, aupado en la educación y el trabajo, puede llegar a salir del círculo más o menos estrecho al que lo condena su nacimiento. Más de una vez he experimentado esa sensación: la de que, cuando el azar te coloca en ambientes que no son los tuyos, siempre hay detalles en uno que delatan al impostor. Lo siente uno incluso en determinados ambientes literarios en los que teóricamente sólo cuenta la cultura que se tiene, y no la calle o el barrio donde uno se ha criado. No hay escapatoria. Y este melancólico documental ha venido a recordármelo.  

lunes, noviembre 24, 2014

PROFESIONALES

Nuestra alegría -la de M.A. sobre todo, que fue una de las promotoras y redactoras de ese periódico- al saber que El Independiente ha recibido el Premio Andalucía de Periodismo por su brillante suplemento dominical. La pregunta es: si era tan bueno -y de eso no nos cabe la menor duda-, ¿por qué duró tan poco? Y eso me lleva a pensar, ay, en tantas, tantísimas cosas que se agostan cuando crecen en un medio estéril. En tantas personas -del mundo de la docencia, de la cultura, del propio periodismo- que nos comentaban que el periódico exigía demasiado de sus lectores; lo que quiere decir que era un periódico que exigía ser leído, y no simplemente comprado y paseado en nombre de un viejo hábito del que resulta tan difícil sustraerse como de cualquier otro vicio. Hubo muchos gestos de admiración que se trocaron demasiado pronto en el gesto de desconfianza que provoca la sospecha de hallarse ante un espejo quizá demasiado revelador. Y la respuesta fue fácil: bastó cruzarse de brazos -un cruce de brazos estremecedor, teniendo en cuenta que venía de una ciudad que estadísticamente demandaba ese periódico- y dejar que la criatura muriera. 


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Este cuaderno: siempre abierto, siempre disponible, incluso cuando las ocasiones de acudir a él se espacian. Pero no es que vida y escritura sean, como dicen algunos biempensantes del vitalismo per se, inversamente proporcionales. Hay vida que te aleja del cuaderno, sí, pero lo que deja a cambio no vale lo que el cuaderno por sí mismo elige para sí y cree digno de preservar. Ni tampoco es que escribir te quite de vivir. Vives escribiendo. Lo otro es pasar los días.



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En las presentaciones de Panorama y perfil: leo mejor -quizá porque me entiendo mejor, y me siento más desembarazado para explicar lo que se suele explicar en estos casos- ante desconocidos que entre amigos; o ante públicos en los que los primeros son más abundantes que los segundos, y no al revés. Quiero pensar que porque esa circunstancia se asemeja más a las condiciones ideales en las que sucede toda escritura: un diálogo en el que la presencia del interlocutor queda aplazada a un momento de recepción en el que el escritor ya no está delante; o, si lo está, se atiene a una especie de distanciamiento pactado, como ocurre en las lecturas públicas ante desconocidos. Pero tampoco puedo descartar que el motivo no sea otro que una inoportuna reaparición de... la timidez; y la sospecha de incomprensión por quienes, al fin y al cabo, te tratan en otros contextos e interpretan tu condición de escritor como una curiosa y quizá disculpable anomalía.


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(Suicidas) El caso Costafreda, sobre el que leo algunas notas en una apretada biografía de Valente: entre las razones que le llevaron al suicidio, la insidiosa e insistente postergación de la que fue objeto; lo que no es tanto una acusación contra el inclemente medio literario como un testimonio, entiendo, de que hay quienes juzgan mal sus fuerzas a la hora de adentrarse en esa selva. "Quizá el suicidio es la decencia última", dijo Jaime Gil de Biedma a propósito del suicidio de su amigo. Pero no se sabe si estaba refiriéndose al suicida propiamente dicho o al amargo reproche que reciben de él quienes lo sobreviven.


Lo que me lleva a otro suicida también mencionado en el libro: el cubano Calvert Casey. Apenas dos semanas antes de su muerte escribió una carta a Valente en la que había explícitas alusiones a proyectos a medio y largo plazo en los que ambos estaban implicados. Lo que tampoco debe extrañarnos: a  veces la proyección social es más larga y voluntariosa que la pobre voluntad vital, y propone cosas ante las que la otra guarda el silencio de quien sabe más.



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Burt Lancaster en Los profesionales, el desgarrado western de Richard Brooks:  "Quizá sólo haya una revolución: la de los buenos contra los malos. La cuestión es: ¿Quiénes son los malos?". Lo que me recuerda muchas reflexiones al mismo efecto que se hacen en España en los últimos tiempos.

lunes, noviembre 17, 2014

UNA VELADA

El amigo C. Conserva su buena voz de otros tiempos, cuando, en compañía de otro viejo conocido nuestro de entonces, amenizaba las fiestas universitarias con un repertorio hecho de canciones de Silvio Rodríguez, Pablo Milanés, Hilario Camacho, etc. Yo no era mucho de esa cuerda -a uno le tiró siempre más lo anglosajón-, pero me sumaba con agrado a los arrebatos de emoción colectiva en los que solían derivar esas fiestas de la nostalgia anticipada, como si jugáramos todos la baza de que aquellos momentos no valían por lo que eran, sino por lo que nos iba a parecer que fueron al recordarlos veinte o treinta años después. Aquello sucedía, quizá, porque esa música era ya entonces a un mismo tiempo actual y anticuada, y creo que nos aferrábamos a ella por ese mismo impulso por el que los niños crecidos se aferran a sus juguetes preferidos justo cuando intuyen que en cuestión de meses una fuerza que no controlan les quitará incluso las ganas de jugar con ellos.

Pienso en todo esto mientras oigo contar al amigo C. que, hace unas semanas, el dúo volvió a unirse para interpretar de nuevo su repertorio. Le decimos que sería bonito que un día actuaran aquí, en este pueblo de la sierra donde parece que el destino ha querido juntar a una selecta muestra de toda aquella caterva indecisa entre la modernidad de los ochenta y los aires heredados de la generación precedente. Y es entonces cuando su compañera pregunta al encargado del restaurante si tiene a mano una guitarra. No, no la tiene aquí, dice, pero no hay problema en ir a buscarla. Y, efectivamente, al cabo de unos minutos la guitarra está allí, coincidiendo su llegada con la de otro amigo que también canta y que, naturalmente, se suma a lo que parece que va a ser una improvisada velada musical. Y así va surgiendo, entre risas y lagunas de memoria, un amplio repertorio que no sólo abarca las viejas canciones del repertorio protestatario de entonces, sino también, inesperadamente, otras que quizá en su día no hubiéramos suscrito tan abiertamente como hoy, por parecernos más insustanciales o ligeras, o menos "comprometidas", como se decía en la jerga del momento. Pero el recuerdo hace tabla rasa de esas distinciones, y ahora lo mismo nos emociona -incluso a mí, que siempre fui reacio a este tipo de música- "Playa Girón" que, pongo por caso, "Señora azul", aquella pegadiza balada de Cánovas, Rodrigo, Adolfo y Guzmán... 

Mientras, la barra se va llenando con el público de la tarde. Algunos se muestran un poco cohibidos al ver su espacio ocupado por el inesperado recital: Pero no hay alternativa: poco a poco, se diluyen las barreras entre conocidos y desconocidos, y se da incluso el caso de que uno de éstos aprovechó un instante de descanso para preguntar, señalando la guitarra: "¿Puedo tentarla?". Y tras algún forcejeo para hacerse con el tono, cantó tres canciones seguidas y luego... se despidió sin más, como avergonzado de haber tenido esa espontánea expansión entre extraños.

No sé cómo acabó la velada. Vencidos por el cansancio acumulado los días anteriores, nos retiramos. Nadie había previsto esta fiesta y nadie sabría explicar a qué se debió. Había durado... nueve horas, cuando en realidad nosotros sólo habíamos ido allí a almorzar. Cosas que pasan.

viernes, noviembre 14, 2014

PANORAMA Y PERFIL

Pongo aquí la portada y las invitaciones a las dos primeras presentaciones de mi nuevo libro de poemas, Panorama y perfil. Pinchando en la portada se puede acceder a su ficha editorial, que incluye un poema del libro.

Un jurado presidido por José Manuel Caballero Bonald e integrado por Felipe Benítez Reyes, Luis García Montero, Manuel Alcántara y Antonio Garrido Moraga premió este libro “lleno de apreciaciones sorprendentes”, que "habla de asuntos cotidianos pero buscando el lado insólito y prodigioso que tiene la realidad cuando se la mira con detenimiento”.





jueves, noviembre 13, 2014

MADRES JÓVENES

En torno a la hora de entrada en los colegios, madres jóvenes; aunque calificarlas de este modo es casi una redundancia: si tienen hijos en edad escolar, tienen que serlo, al menos en comparación con uno. En estas mañanas confusas, en las que trato de cuadrar el día antes incluso de que comience la jornada laboral propiamente dicha, resulta casi un consuelo verlas airear sus melenas a mechas, encender el primer cigarrillo, respirar la bocanada de perfume barato que desprenden al pasar encaramadas sobre sus zapatos de tacón, las piernas tensas bajo las telas ajustadas de sus leggins... Vienen a confirmar en uno una especie de sentimiento primario de adhesión a la especie, en días en los que el humor parece querer llevarte por otros derroteros. Anoto la impresión por lo que pueda valer en esos balances precarios que me salvan el día.

miércoles, noviembre 12, 2014

HOMBRE

Argumentar el pesimismo para... vestirlo.


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El western es al cine lo que ciertas formas sintéticas de representación -las procedentes del expresionismo y el surrealismo, sobre todo- son a la pintura: simplifican e intensifican lo que, de otro modo, exigiría largos desarrollos pictóricos o narrativos. En un western bueno la vida se reduce siempre a un gesto, el paisaje parece pintado por un niño (unas casas, un sol, una raya que figura el horizonte) y la dialéctica de las pistolas adelanta siempre el desenlace. Pero el trasfondo, esa especie de abrumadora complejidad que exhiben los conflictos humanos cuando se les somete a escrutinio, permanece siempre. Sirva de ejemplo éste que vi ayer: Hombre, de Martin Ritt, con Paul Newman y la bellísima, por cálida y acogedora, Diane Cilento. 


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La imposibilidad de comprender ciertas metamorfosis propias. Las que suponen la enfermedad o la vejez, por ejemplo, que pueden ser tan aparatosas como las que experimentan los personajes del famoso libro de Ovidio.

martes, noviembre 11, 2014

REDENCIÓN

Después de todos estos días anómalos, vuelta a las rutinas: entre ellas, este diario, que tenía uno bastante descuidado. Con esta prevención: no recapitular esos días pasados. Una cosa es la impresión inmediata, otra el relato pormenorizado de lo ya felizmente dejado atrás. No confundir nunca el diario con la biografía: en el diario, como en la vida, no se tiene nunca a la vista el desenlace. Y se escribe siempre en presente.

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Por primera vez en mi vida saco a pasear un perro. El de C., que acompaña a su dueña en sus desplazamientos, pero que inevitablemente no puede seguirla a todos y cada uno de sus compromisos. Lo veo desparramado sobre la cama de su dueña, cabizbajo, con los ojos gachos y una expresión de infinito desamparo. Casi tiende uno a pensar que se trata de una representación. Pero no: en cuanto me oye tocar el picaporte de la puerta de entrada -me dirigía a tratar un asunto doméstico con el vecino- se me pega a los talones. Entiendo la insinuación, así que, tras pensármelo dos veces, le engancho la correa al collar y me dejo arrastrar a la calle. Es una sensación novedosa. Normalmente a esta hora, justo después de anochecer, lo que hago es apagar el ordenador y derrumbarme en el sofá. Pero me resulta grata esta sensación de dejarme llevar por este manojo de nervios pleno de energía e instintos simples, que lo mismo mete la cabeza bajo un arbusto en pos de no sé qué rastro, que se lanza a olisquear a un congénere. Me sucede lo que siempre que introduzco el más leve cambio en mis rutinas: transportado a una realidad en la que lo familiar ha sido ligeramente trastocado, y el resultado es una grata sensación de novedad. Casi no me reconozco en este llevar de la correa a un perro por mi barrio, como no me reconocería, creo, si me viera llevando de las riendas a un elefante, pongo por caso, en una hipotética vida que me hubiera tocado vivir en la India de Kipling... Novelerías de uno. A las que el perro, desde su instintiva comprensión de las debilidades humanas, parece mostrarse agradecido.

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No hay educación si el resultado no es redención. (Y discúlpese la rima.)

lunes, noviembre 10, 2014

FLORES EN LA BASURA

En el mercadillo de libros, ante la amenaza de lluvia: "Habrá que recogerlo todo y salir pitando", dice uno de los vendedores. "Pues yo no  pienso correr", dice otro. "Si se mojan, los tiro. Como no me han costado nada, me da igual". Y entiende uno la verdadera condición de los libros desahuciados -miro con tristeza los títulos, algunos de ellos muy queridos para mí, y todos especímenes abundantes en estos puestos: La casa de Lúculo o el arte de comer, de Camba; Historias extraordinarias de Edgar Allan Poe; Marianela de Galdós-: flores en la basura, sí, pero basura al fin y al cabo.


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Me llama la atención la proliferación de ventanas abiertas en los bloques de viviendas que rodean el hospital; como si quienes viven en ellas no tuvieran el menor reparo en exponer sus interioridades ante quienes, al fin y al cabo, también han renunciado ya a toda pretensión de intimidad e incluso de individualidad y no son más que materia paciente, sometida a la jurisdicción de los encargados de aliviar sus padecimientos. Y quién se cela de mostrarse desnudo ante quien exhibe la más extrema de las desnudeces, la dependencia absoluta de otros.


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La  máscara de la muerte roja de Roger Corman: la mejor, quizá, de todas sus adaptaciones y refundiciones de los cuentos de Poe. En ésta, por encima de todos los parches y añadidos, destaca la coherencia del conjunto: una especie de aterradora danza infernal, colorista y barroca hasta el delirio, de la que no cabe esperar otro desenlace que la muerte. La veo entre adolescentes. Y me asombra que éstos, en vez de reírse abiertamente de todas estas truculencias algo anticuadas, permanezcan callados, como a la expectativa de algo que quizá imaginan incluso mucho más terrible que lo que la película se atreve a mostrar. Y ésa es la esencia del mundo de Poe: la sospecha de que es sólo un primer atisbo de algo que nos sobrepasa. 

lunes, noviembre 03, 2014

ZAMBULLIDA







Mirar el mar, incluso a distancia y desde detrás de un ventanal infranquable, como si tu siguiente acto fuera a ser una zambullida... 


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Hay épocas en las que a uno no le toca hacer otra cosa que erigirse en testigo impotente de dos pesadillas simultáneas, o quizá dos naufragios: uno circunscrito al entorno privado, otro de alcance general.


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Olvido muchos de los libros que leo, pero nunca los que me han acompañado en días como éstos. A todos, buenos o malos, se les pega este cansancio, esta luz cansina, este desapego general hacia todas las cosas (salvo, quizá, ciertas inesperadas apelaciones sensuales, que se reciben como una dádiva). No salen necesariamente mal parados de ello; aunque tampoco estoy muy seguro de que sepan apreciar, ellos o sus autores, esta extraña cualidad añadida, esta inesperada mezcla con circunstancias que les son del todo ajenas y de las que ya, en la memoria de al menos un atribulado lector, forman parte inextricable.   

lunes, octubre 27, 2014

CONTRASTE

La enfermera S.: la única que se ha presentado con su nombre en los días que llevamos aquí. Fiado a su simpatía, acudo a su mostrador para que me cuente algunos pormenores que no tengo del todo claros. Tiene una sonrisa ingenua, bonita, algo quebradiza, como si fuera el resultado de un precario triunfo del optimismo de la voluntad sobre el realismo de la razón. La oigo hablar y pienso que, después de todo, no estamos en malas manos. No sé por qué, al dirigirme a ella me sale una cortesía antigua. La llamo "señorita". Y me da la impresión de que a ella le hace gracia.

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El esperpento político nacional, en su versión televisiva: mi rutina discontinua de estos días anómalos me impide sentarme a ver tranquilamente un buen documental en la sobremesa o una película después de cenar, que es a lo que se reduce mi uso del monitor de televisión, así que, en los breves intervalos en los que consumo una comida apresurada ante el aparato, me conformo con esa apariencia de relevancia que ingenuamente asocio todavía a los programas informativos o de opinión; lo que, en la práctica, redunda en que casi siempre, para evitar anuncios o series infumables, recale en una emisora que se caracteriza por emitir todo el día programas de debate político y, digamos, crítica social. Llama la atención la crudeza con la que son presentadas las tristes lacras de nuestra vida pública: a los corruptos y a los conniventes con éstos -que vienen a suponer un porcentaje bastante considerable de nuestra clase política- se les tacha sin más de ladrones; las complicadas tramas en las que éstos se organizan son denunciadas como auténticas conspiraciones criminales de altos vuelos; y nuestro sistema político en general queda caracterizado como un desvergonzado tinglado que apenas cumple los requisitos mínimos de una democracia representativa. Y lo curioso es que esta especie de tribunal popular permanente ejerce sobre muchos espectadores -y también sobre mí, para qué negarlo- una especie de efecto hipnótico. Tal vez, porque no estamos acostumbrados todavía a que se digan ciertas cosas tan a las claras; o tal vez porque el diagnóstico general casa bien con nuestro bien fundado pesimismo. Sin embargo... No es que tenga uno nada que oponer a este descarnado ejercicio de libertad de expresión, pero dudo mucho de su efectividad. Porque, si de verdad este mensaje apocalíptico calara en la ciudadanía, hace ya meses que nos hubiésemos lanzado a las calles a jugarnos el todo por el todo con tal de poner fin a las situaciones denunciadas. Pero no: más bien nos conformamos con el sucedáneo que supone asistir a esta cínica exhibición de vergüenzas, que recuerda, por el tono, a las que tienen lugar en los programas de cotilleos. Tal vez el problema sea que el medio televisivo contagia su banalidad a todo lo que toca; y si, en otros tiempos, un periódico o un libro fueron capaces de iniciar revoluciones, hoy basta poner una cámara ante los presuntos incitadores a la rebelión ciudadana para que éstos acaben pareciendo tan inocuos como las locutoras de un programa "del corazón".

Cómo echo de menos mis películas.

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Proyectos más o menos aparcados o ralentizados: la corrección de pruebas de mi libro sobre Poe, la colección de poemas en prosa y acuarelas que ando trabajando con el pintor J.A.M., las inminentes presentaciones de un libro de poemas que está ya en imprenta... El extraño contraste entre estos afanes y los inapelables dictados de la realidad.