sábado, mayo 25, 2019

QUE CANTAN



Le basta a uno poco para sentirse sobreexpuesto. Y el ajetreo de las últimas semanas -presentaciones de libros, sociabilidades forzadas, un cierto esfuerzo por agradar- me ha dejado exhausto. Tomo alguna que otra medida profiláctica: por ejemplo, retirarme un tanto de las llamadas "redes sociales". Ha bastado, en efecto, que desinstale del teléfono la aplicación de Facebook para que mis visitas a esa agotadora feria de vanidades se reduzcan a lo mínimo; lo que ha supuesto, curiosamente, que lo que sigo publicando ahí -lo que escribo, por ejemplo, en este cuaderno y aparece en esa otra página por automatismo- tenga menos lectores y, por lo que parece, mucha menor visibilidad; lo que deja bien a las claras el insobornable principio por le que se rige ese mentidero: sólo se fijarán en ti en la medida en que tú te fijes en otros, sólo te jalearán aquellos a los que tú previamente jalees. Bueno. Veníamos de la soledad absoluta y seguimos en ella, nada hemos perdido por el camino. Si acaso, el tiempo. Pero en eso somos como los ríos, que consisten en un mero y continuo desaguar.


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Pájaros que cantan hasta... vaciarse.


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Ha muerto Philip Roth, unos años después de anunciar que dejaba de escribir porque tenía la certeza de que nada que escribiera en el futuro estaría a la altura de sus anteriores logros. Pero acaso no se deje de escribir por esas razones, al fin y al cabo un tanto pretenciosas -y no lo digo por el pobre Roth, a quien respeto y admiro-, porque parten de la base de que lo que ya hemos escrito es poco menos que insuperable. Más bien se deja de escribir, pienso, porque en algún momento se impone la evidencia de que no somos capaces de poner en palabras algo que particularmente nos atañe, y de que todo lo que habíamos escrito hasta entonces era solo un modo de calentar motores para decir eso que, después de todo, hemos constatado que no somos capaces de decir. Y que mejor cerramos el quiosco.


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Insistir presupone siempre un fracaso. Insistir y lograr aquello en lo que se insiste, una humillación autoinfligida por desistimiento ajeno. (24/5/2018)

viernes, mayo 24, 2019

AULLIDO



23/5/2018

En contra de mi costumbre, en las últimas semanas he salido casi todas las tardes, lo que en esta época del año supone casi una ocasión diaria de asombro y deslumbramiento. Estar en la calle, por ejemplo, a la hora vespertina en que rompen a cantar los pájaros. O comprobar en la propia piel el rápido progreso de la estación desde las tardes frescas de abril a éstas esplendorosas de mayo. Ya casi no necesito darme pretextos, aunque no me faltan: ayer fui a la costurera a recoger un pantalón, mañana haré lo propio con una chaqueta que he llevado a la lavandería... Compras, recados domésticos. También, ay, algún que otro acto literario. Se ha pasado el mes y no ha tenido uno tiempo casi de escribir otra cosa que no sean los encargos perentorios del suplemento o de los periódicos digitales en los que colaboro. Me piden, por cierto, una reseña "por amor al arte" para un conocido periódico impreso. Y digo que no: hace uno muchas cosas por amor al arte, pero sólo por libre elección y cuando entiende uno que aporta valor a una empresa no comercial que merece la pena apoyar. Lo que, desde luego, no tiene nada que ver con hacer una reseña para ABC.


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No tengo enemigos, pero sí mucho que poner en sus manos, si los tuviera.


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Mientras el deseo se transforme en melancolía y ésta se traduzca en nostalgia, todo va bien: es señal de que se ha vivido. Lo malo sería lo contrario: que una nostalgia indefinida de lo que nunca se ha tenido se convirtiera en pura tristeza sentida como deseo de lo que no se puede lograr y sólo aspira a desahogarse en un largo, prolongado aullido. 

martes, mayo 21, 2019

EUFORIAS

20/5/2018

Mañana de sábado en el centro. Venimos a celebrar que C. ha bajado de Barcelona y la tendremos con nosotros todo el fin de semana. Paseo, aperitivo, almuerzo, copas... Jornada de turista dispendioso; aunque no tanto, en fin, como la de los centenares de verdaderos turistas, no acierto a enterarme de qué nacionalidad, que han llegado a la ciudad en los dos enormes trasatlánticos varados en el muelle y parecen ser la causa de que las inmediaciones del puerto se hayan convertido en una animada feria.

En efecto, ya en la entrada de una de las bocacalles que desembocan en la plaza de la catedral nos vemos obligados a sortear a la multitud que rodea un animoso cuadro flamenco improvisado en el hueco entre dos terrazas. La cantaora da las gracias por los aplausos, que parecen abrumadores: se ve que a ese público le entusiasma cualquier alarde de jipíos desgarrados y de tunantería más o menos graciosa. No será la única muestra con la que el pobreterío local está dispuesto a obsequiarles. A pocos metros, en efecto, de esta actuación que ya termina otra parece a punto de comenzar. Una muchacha de unos veinte  años vestida de "piconera" -un traje dieciochesco de trazas más o menos goyescas- ha colocado un altavoz en un claro de la plaza, del que ahora brotan, incongruentemente, los primeros compases de los Carmina Burana de Carl Orff. A ese son tan poco flamenco ha comenzado la chica a esbozar unos pasos de baile, acompañándose de unas castañuelas. Siguen luego unas piezas de Granados y Falla, que apenas suponen un cambio en el repertorio coreográfico de la chica, que se limita a girar sobre sí misma, a imprimir un poco de vuelo a su falda para mostrar las piernas, a agitar los brazos y a hacer sonar las castañuelas. De vez en cuando, también, se sube a una tabla de madera que ha colocado en el suelo para que el taconeo se oiga mejor. Acabada la primera tanda, se despoja allí mismo del traje de piconera -impensado striptease, que muchos de los presentes se apresuran a recoger en sus cámaras- y sobre la escueta malla que lleva debajo se coloca una bata de cola, con la que interpreta nuevas piezas... El espectáculo, con cambios de vestuario incluidos, dura una media hora, que es el tiempo que a nosotros nos lleva trasegar un par de cervezas. Luego, al final, en mallas y medias negras -y no acertamos a adivinar por qué para este menester no se ha enfundado alguno de los trajes que componen su atrezzo-, la chica pasa el plato, en el que la gente va dejando caer unas monedas, no demasiadas... Y a otra cosa. El caso es que, en lo que ha durado la actuación, la multitud ha ido adelgazando, tal vez porque se va acercando la hora del toque de queda por el que han de volver a la sopa boba que les dan de comer en sus respectivos trasatlánticos. Con ellos se van también los cantantes callejeros, los pedigüeños, la nube de vendedores de sombreros de paja y abanicos. También nosotros abandonamos la plaza, un tanto mohínos, como si involuntariamente hubiéramos sido parte de un espectáculo que no estoy muy seguro que reporte honra alguna a la ciudad ni beneficios tangibles a casi ninguno de sus habitantes, más allá de ese puñado de monedas con el que algunos se han ido a casa. 

Me pregunto qué pensarán los "cruceristas" -así llaman en la jerga turística a los viajeros causantes de todo este revuelo- cuando, en la intimidad de sus casas, repasen las fotografías que han tomado hoy; si pensarán que de verdad han presenciado manifestaciones artísticas genuinas de una cultura ajena; o, por el contrario, si extraerán alguna clase de conclusión melancólica sobre el hecho casi incontrovertible de que su presencia ha sido imán para unas cuantas decenas de pedigüeños en un remoto país pobre al que quizá no vuelvan nunca y en el que apenas han dejado beneficio, aunque sí hayan contribuido a afianzar una imparable tendencia global a convertir los espacios de convivencia ciudadana en mero escaparate, feria de vanidades, exhibición de muestras degradadas de los modos de vida locales, etcétera. 


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Euforia alcohólica; o cómo el que va por delante en copas y se las promete mucho más felices que nadie infructuosamente mira atrás y hace señas a los rezagados, no vayan a perder un tren que ya ha salido y que se aleja, se aleja...   

viernes, mayo 17, 2019

FANTASMAS

16/5/2018

El hecho incontrovertible de que a las siete de la mañana, e incluso antes, ya hay plena luz, y que por  tanto la sufrida humanidad de uno se ahorra el esfuerzo de afrontar, al inicio de cada jornada, un penoso preámbulo de oscuridad, no sólo me pone de buen humor, sino que me traslada a los amaneceres irlandeses de hace un mes, mejor sintonizados que los nuestros con la luz del día por razón del huso horario. Allí me despertaba a eso de las seis y media y ya había amanecido, a despecho de que el día que se anunciaba fuera más o menos brumoso, como corresponde también a esas latitudes. Pero incluso la luz de un día brumoso es mejor que la simple ausencia de ella cuando es noche cerrada y ya ha sonado el despertador. Eran largos esos días irlandeses, en los que mis obligaciones me tenían en danza desde esa hora temprana hasta el anochecer e incluso más, porque a la jornada de trabajo había que añadir la hora de desconexión en el pub de turno, ante una pinta de Guinness y el instructivo espectáculo de los parroquianos sorbiendo las suyas en actitud de contenida expansión, como quien no quiere ponerse en evidencia ante extraños. Algo me dice que aquí me falta precisamente eso, un modo de terminar el día que no sea solamente rendirse de sueño ante el televisor. Pero pienso en la docena de locales en los que podría satisfacer esa fantasía y se me quitan las ganas: sucios, dominados por la resonancia metálica del televisor contra las paredes alicatadas y ocupados quizá por esa recalcitrante clientela de entresemana que considera el bar suyo y a quien la presencia de un extraño resultaría sin duda una molestia... Al menos los amaneceres son de todo el mundo y no hay que rendir cuentas a nadie de por qué se lanza uno a la calle como si el día que tiene por delante no fuera una ardua jornada laboral, sino un don del cielo.


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A esta compañera le hace gracia el carácter autobiográfico de mi Trilogía, que está releyendo ahora. La primera vez que lo hizo, me dice, no me conocía aún y se le escaparon muchos detalles. Ahora no está dispuesta a que se le vaya ninguno. "¿Quién es J.? ¿Quién es la muchacha de los hoyuelos? ¿Dónde estaba el Manila?" -lo dice por un bar que menciono en Vida nueva-, "¿Es verdad que...?". Algunas cosas se las aclaro, en otras le doy largas, o le explico que tal o cual personaje, como tales o cuales lugares, son en realidad mezclas de varios, criaturas mixtas cuya verdad procede, no de corresponderse con exactitud con tales o cuales personas reales, sino de su buena avenencia con lo que realmente se recuerda de determinadas épocas o lugares, que suele ser una amalgama caprichosa, y donde los rasgos individuales frecuentemente se barajan para producir esa especie de ectoplasmas plausibles de los que se compone la memoria.

También el protagonista -o sea, yo- tiene esa condición mixta. Y el primer engañado soy yo, que ya no me recuerdo sino bajo la figura de este Juanma fantasmal que ha acabado usurpando mi propio pasado.


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Ay de esos escritores jubilados que confunden la gloria de haber llegado con los réditos de disponer ahora de todo el tiempo que antes les hacía falta para disputar el magro botín que ambicionaban. Se dejan ver literalmente en todas partes. Y en todas partes les guardan lo único que han ganado: la palmadita. 

martes, mayo 14, 2019

UNA PRESENTACIÓN


13/5/2018

Hemos llegado temprano y hay tiempo para que el dueño de la librería nos enseñe el local, que tiene una trastienda honda y amplia y una especie de cripta abovedada que se ha habilitado como sala de presentaciones. El dueño ha tenido la fantasía de amueblarla con sillas heterogéneas, posiblemente tomadas de la basura, lo que le da al espacio un no del todo ingrato aire de almoneda, aunque también de improvisado asilo de indigentes. "Fue usado como refugio durante la guerra", nos dice; para, a continuación, disculparse por el frío y la humedad. "Con las últimas lluvias ha habido filtraciones. Por eso tengo puesto el deshumidificador", explica, señalando con el dedo un aparato que zumba a un lado de la mesa donde hemos de sentarnos. "Lo desconectaré durante el acto, para que no moleste". Y el caso es que, no sé por qué, y a pesar de los malísimos presagios con los que afrontaba esta presentación -la quinta, creo, de la novela que acabo de publicar-, me he animado, quizá porque he intuido que un espacio así forzosamente ha de tener su clientela, o porque siento que el dueño, con su aspecto de viejo bohemio curado de espanto, no me va a juzgar peor o mejor en función de que acuda más o menos público al acto para el que lo he comprometido. 

Y sí, efectivamente empieza a llegar público: algunos son conocidos míos -los tres o cuatro que no han abrumado mi correo en los últimos días con mensajes de disculpa-, pero otros, la mayoría, son fieles de la librería, casi todos más o menos de la edad del dueño. Por eso, cuando la presentación, que consiste en un diálogo con un escritor amigo, deriva a un debate sobre el relato que distintas generaciones -la de mi presentador y la mía, sobre todo- han hecho sobre la Transición, que es la época que sirve de telón de fondo a mi novela, tengo la sensación de que esa parte del público nos está juzgando con severidad, como si pensara: "Qué sabrán estos pardillos. Nosotros sí que sabemos lo que fue todo eso, porque no sólo hemos conocido la Transición y lo que vino después, sino también lo que vino antes, que fue la dura posguerra". En efecto, cuando se abre el turno de preguntas, uno de los espectadores nos espeta justo eso: que nació en plena guerra y que le parece que la literatura actual no acierta a dar una imagen sólida del país. "En los tiempos del Quijote o del Guzmán de Alfarache España tenía una imagen definida, sobre la que se podía escribir. En los últimos años no hemos hecho otra cosa que destrozar esa imagen, hasta tal punto que ya como país no hay quien nos conozca...". Siguen largas consideraciones en torno a ese punto, por lo que llega un momento en el que otros espectadores, aburridos quizá por la larga disertación, creen oportuno entrar al quite. Tercia entonces mi presentador, el escritor A.T.: "¿Y si nos vamos arriba? Porque la verdad es que aquí me estoy quedando helado".

Tras la firma de rigor de unos cuantos ejemplares, tomamos una copa en un bar cercano con nombre muy literario: "La dama boba". C.M.C. me comenta que anda escribiendo una novela sobre cierta banda terrorista de extrema izquierda a la que también yo me refiero de manera un tanto oblicua en una parte de mi libro. Quedamos en seguir en contacto para intercambiar impresiones sobre este asunto, que nos apasiona a ambos, quizá porque los dos nos criamos en barrios y ambientes de los que ese grupúsculo quiso nutrirse en sus años de actividad más virulenta. M., por otra parte, me pregunta cómo he conseguido permiso de mi antigua editorial, en la que ella también ha publicado, para reeditar mis novelas en otra casa: también ella quiere recuperar los derechos sobre su libro. Me resulta curioso este rápido y eficacísimo intercambio de información profesional en lo que parece un rato de charla distendida después del trabajo. Y acuso un cierto sentimiento de impostura, como si no fuera éste -no lo es- el papel que me corresponde, y sí el de un pardillo que ha venido a la capital en pos de esa misma fantasía de reconocimiento literario que trajo en su día a estas mismas calles al pobre Miguel de Cervantes o a toda esa caterva de desnortados que nutrió la bohemia de hace cien años. Mi presentador, que es perro viejo, asiste con una sonrisa benévola a estos desenvolvimientos míos en el papel de escritor rodado. Luego se excusa: tiene una cena, me dice. Al rato C. y M. hacen lo propio, lo que me deja en compañía de mis anfitriones habituales en estas escapadas madrileñas: mi cuñado J.M. y J., un primo suyo con el que tengo bastante amistad y al que con frecuencia recurro para que me saque de dudas o me refresque la memoria cuando escribo sobre Madrid. 

Me llevan, primero, a un tabernón castizo, hoy muy degradado, en el que tomamos una cena que deja mucho que desear, pero en la que apenas reparamos, porque tenemos mucho que contarnos y la conversación casi no deja ocasión para hacer la reseña de los pobres manjares que nos sirven, más allá de la consternada constatación de que la ración de paté de cabracho es muy escasa o de que el lacón ha sido recalentado con microondas. Para resarcirnos, me llevan luego a un local muy elegante, donde lo mismo se pueden tomar copas que cenar, y donde mis dos acompañantes marean un poco al simpatiquísmo camarero hispanoamericano a propósito de la elección del güisqui. Con fina ironía, el chico termina preguntándoles si está bueno el que finalmente han elegido. "No, es para probarlo alguna vez. Yo nunca lo he tomado". Finalmente, recalamos en un antro de la calle M. F. y G. -otro escritor-, atendido por una guapísima gitana que, al enterarse de que uno de mis acompañantes trabaja en la compañía de la luz, le expone que a ella llevan meses sin cobrarle el suministro y que no sabe cómo resolverlo; lo que acabo interpretando como que dispone de un enganche ilegal y lo que realmente quiere saber es qué consecuencias puede acarrearle en caso de que la compañía lo descubra. La detallada exposición del problema, de todos modos, nos permite disfrutar de la grata compañía de la chica durante todos los intervalos que le permite el ajetreo del bar, que no es mucho a esta hora. Nos cuenta que lleva veintisiete años en el negocio -lo que me lleva a calcularle la edad en torno a los cuarenta o cuarenta y cinco- y que apenas hace gasto de luz en su casa porque sólo va allí a dormir y que todo lo demás, incluyendo su aseo personal, lo hace en un pequeño apartamento anexo al bar donde nos encontramos -lo que hace que se me encienda una lucecita fantasiosa, que descarto inmediatamente-; que en esa casa en la que dice que apenas pasa tiempo murió no hace mucho su abuela y que en ella ya no vive un hermano enfermo que está ahora internado en una institución... Pero no nos está haciendo el relato de sus aflicciones, porque todo esto lo cuenta sin apearse ni un segundo de su luminosa sonrisa y mientras nos reprende en broma por llenarle el mostrador de pieles de cacahuete, que limpia de un trapazo, o burlarse de nuestro aire de impostada circunspección.

Vuelta a casa, finalmente. Nos lleva J., que tiene la ocurrencia de bajarle la capota al coche -un descapotable, el primero al que me he subido en mi vida- para que sintamos en nuestros acalorados semblantes el toque gélido del aire nocturno. En homenaje, quizá, al ejercicio de regresión que han supuesto mis novelas, J. hacer sonar en la radio del coche "Money for Nothing", una vieja canción de Dire Straits. Miro a mi alrededor, haciendo votos para que en las inmediaciones de la avenida por la que discurrimos no haya vecinos cuyo sueño sea perturbado por el paso de tres juerguistas en un descapotable con la música puesta a toda pastilla... Aún hay tiempo para que, con el coche parado -y ya la música apagada- a la puerta de la casa en la que nos quedamos los otros dos, J. nos cuente que un amigo suyo ha publicado un libro en torno al "caso Vallecas", la espeluznante historia de posesiones diabólicas que desconcertó hace unos lustros a la policía madrileña y dio lugar a la película Verónica, que ha tenido algunos reconocimientos en la última edición de los premios Goya. Con esa desasosegante impresión y la preocupante perspectiva de poder conciliar el sueño después de una noche tan movida, nos vamos a dormir. 

viernes, mayo 10, 2019

NIEBLA O LLUVIA


9/5/2018

No sé si esto de hoy es niebla o lluvia en suspensión, pero en todo caso es lo suficientemente desagradable -lo noto en mi garganta, muy resentida- como para desmentir la falsa creencia de que la felicidad equivale a la sensación de estar dentro de una nube.

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Me escribe este conocido al que llevo tratando más de treinta años, y al que estimo como persona y como poeta, que le han encargado la reseña de un libro mío, pero que está muy dolido por el trato que un reciente libro suyo está recibiendo de otros críticos y que no sabe qué responder a la propuesta. Me da la impresión de que lo que me quiere decir es que, por no haber recibido él el trato que cree merecer, no se siente con ganas de tratar algo mejor el libro de un tercero. O lo que es peor: puesto que saca a colación alguna reseña mía reciente en la que yo he sido benévolo con otros libros, quizá lo que me está reprochando veladamente es no haber salido en defensa del suyo. Siento de veras ver a una persona a la que respeto y aprecio en ese estado en el que tan claramente se transparentan sus debilidades, que más o menos vienen a ser las de todos los que nos dedicamos a esto, por más que algunos las disimulen mejor que otros. Y, por supuesto, le digo que no tiene que preocuparse de mi reseña y que lamento la mala fortuna de su libro. Y a otra cosa.


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Doy siempre por buenas las excusas que ponen mis conocidos cuando me dicen que no pueden asistir a la presentación de un libro mío. Y lo hago porque el panorama de humanidad doliente que trazan esas excusas me resulta conmovedor: quien no tiene padres ancianos que cuidar, tiene ya nietos de los que ocuparse, si no ambas cosas; quien no está abrumado de trabajo tiene su tiempo comprometido en visitas al médico, al fisioterapeuta, al dentista. Etcétera. Quienes finalmente vienen tienen siempre algo de supervivientes (lo digo sin ironía). Y es mejor no indagar más. 

miércoles, mayo 08, 2019

SÓLO LA HIERBA

7/5/2018

Tiende uno a tomarse a la ligera estos chaparrones de primavera que te pillan siempre desprevenido y que a menudo causan más daño que los temporales de invierno, a los que suele llegarse debidamente pertrechado. El de hoy ha estado a punto de arruinarme la chaqueta de entretiempo y el libro que llevaba en el bolsillo y que pretendía leer en una terraza al aire libre mientras desayunaba. Pero asume uno con deportividad estos trastornos de la primavera, a despecho de algún posible resfriado en castigo por la inadvertencia. Imprudencias peores habrá cometido uno, y siempre por el mismo motivo: por una estimación infundada de lo que podríamos llamar el potencial de una ilusión.

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Firma de ejemplares en la Feria del Libro. Durante la primera de las dos horas previstas, preocupante inactividad y acumulación de pensamientos derrotistas. Pasa gente, sí, y algunos incluso se te quedan mirando, confundiéndote tal vez con un dependiente poco dispuesto que ha optado por permanecer sentado junto a una mesa con libros en vez de atender a los clientes. La librera, de vez en cuando, me sonríe y me dedica una palabra de aliento: tampoco a ella parecen irle especialmente bien las cosas, o al menos yo no la he visto hacer caja en todo el tiempo que llevo aquí. Pero es que las cosas requieren su tiempo. Después de algo así como una hora de inactividad, de pronto, inesperadamente, llega una súbita avalancha de... cómo llamarlos: amigos y conocidos, compañeros de trabajo, algún lector anónimo, algún curioso especialmente receptivo. Y comienzan las firmas -no tantas, en fin: una tanda de ocho casi sin solución de continuidad-; para, pasada la racha, volver de nuevo a la inactividad, ya no tan ominosa como antes, sino más bien bajo la confortable certeza de que uno ha cubierto las expectativas y se puede ir contento a casa.


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Y un haiku, ya que estamos:

Sólo la hierba
esperaba esta súbita
lluvia de mayo.

lunes, mayo 06, 2019

SIN BLANCA

(5/5/18)

Parecerá una estupidez, pero... he sentido el impulso de dar las gracias a un árbol florecido -una jacaranda- por su olor, que de pronto, en medio de la mañana abrumada, me ha transportado a otro orden posible, a otra realidad más bella y armoniosa.


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Traduzco el último párrafo de Down and Out in Paris and London de Orwell, con la intención de convertirlo en cláusula contractual a cuyo estricto cumplimiento me comprometo: "Con todo, anoto una o dos cosas que la pobreza me ha inculcado. Jamás volveré a pensar que todos los vagabundos son canallas borrachos, ni esperaré que un mendigo tenga que mostrarse agradecido cuando le doy unos céntimos, ni me sorprenderé de que un hombre sin empleo carezca de entusiasmos, ni haré aportaciones al Ejército de Salvación, ni llevaré mi ropa a la casa de empeños, ni volveré la cara a los repartidores de publicidad, ni me daré un banquete en un restaurante elegante. Por algo se empieza". 


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Y hablando de mendigos, me cuenta M.A. que anoche, al volver de atender a sus padres, se topó con un hombre tirado en mitad de la calle. "¿Le pasa a usted algo?", le preguntó. El hombre contestó que necesitaba un caramelo, lo que M.A. interpretó que su desvanecimiento se debía a una bajada de azúcar. Inmediatamente llamó a los servicios de atención urgente, en donde le dijeron que conocían ya al hombre y que estaban hartos de atenderlo y que no le pasaba nada... Indignada, llamó a la policía nacional, donde la remitieron a los servicios de urgencia con los que acababa de hablar. Finalmente, consiguió que la policía municipal se personara... a los cuarenta minutos. Mientras, y con ayuda de un transeúnte, consiguieron que el hombre bebiera un vaso de agua con azúcar que le proporcionaron en un bar, y eso pareció reanimarlo un poco.

El caso es que, al día siguiente, soy yo quien veo a un hombre tendido ante una parada de autobús, justo en el espacio en el que han de detenerse los vehículos. Hay gente congregada a su alrededor y algunos hacen las correspondientes llamadas para pedir ayuda. Como veo que no le va a faltar auxilio, sigo mi camino. Y el caso es que, a la vuelta de mi recado, me lo encuentro tumbado en un banco público, en la postura de quien no ha buscado acomodarse para descansar con comodidad, sino que simplemente se ha desplomado... Miro a mi alrededor. La gente congregada en la plaza no parece sorprendida: al parecer, este hombre es especialista en representar a la perfección este tipo de actitudes. Al final los servicios de urgencia, que tan pobre opinión merecieron a M.A. el día anterior, van a tener razón. Pero qué duda cabe de que ella hizo lo correcto, lo que cualquier persona bien nacida debe hacer en un caso como ése. Y yo, por mi parte, me atengo a la cláusula de Orwell: no pensar que ese hombre, a pesar de la farsa que cree necesario representar para atraer la atención de los viandantes, es un canalla borracho. Sus motivos tendrá, su terrible historia, su proceso de aprendizaje para la durísima vida en la calle. 


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A., a quien no le ofende el tópico de que, por ser gitano, ha de ser supersticioso, me dice que no se jubila, pese a que tiene ya edad para ello, por no tentar a la bicha. Y yo casi lo suscribo: a la vista de lo sucedido a algunos jubilados que conozco, y a la actividad frenética que otros desarrollan por tal de no dar ocasión a que su propio organismo piense que ha llegado el momento de parar, casi pienso que lo más sensato que uno puede hacer en esta vida es prolongar las rutinas de madurez todo lo que se pueda. Y ya se verá.  

jueves, mayo 02, 2019

SAMARKANDA



(1/5/2018)


Con motivo del 1 de mayo entrevistan a un sindicalista en la radio. "Muchos empresarios me dicen confidencialmente que no se sienten representados por las organizaciones patronales y que éstas están formadas más bien por logreros que se lucran de negocios relacionados con la contratación pública o la especulación, más piratas que empresarios, y no por emprendedores que intentan vender legítimamente un producto en el mercado libre. Estos últimos —añade— preferirían un marco laboral en el que se cometieran menos abusos, que suelen beneficiar más a los otros y traducirse en competencia desleal...". 

Bueno. No deja de resultar esperanzador que al menos una parte de quienes cortan el bacalao parezca decantarse hacia una mayor justicia en las relaciones laborales. Hace unos días le comentaba yo a mi anfitriona irlandesa el hecho generalizado de que en España muchos trabajadores se vean obligados a echar horas extras que simplemente no se les reconocen ni se les pagan, lo que es impensable en la mayoría de los países europeos, donde incluso a un friegaplatos -lo sé de buena tinta- se le anota en una pizarra el tiempo de más que se le requiere en el negocio -en un fin de semana, por ejemplo- y luego se le paga religiosamente. Desespera ya uno de sentir alguna vez que vive en una sociedad, no ya "justa", sino simplemente ajustada a derecho, donde el engaño y la tropelía no sean la norma. Y no parece que haya motivos para el optimismo al respecto.

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Huevo frito: lo más parecido, en gastronomía, a lo que supone en poesía el logro de un buen haiku -o una buena copla, que para el caso es lo mismo-.

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Hay regiones enteras de la tierra que no tengo el menor interés en conocer. Y un viaje que sí me encantaría hacer, pero que no creo que me atreva a emprender nunca: la Ruta de la Seda en su paso por Asia Central, con parada en Samarkanda. Entre lo uno y lo otro, mi geografía efectiva: los lugares a los que me siento obligado a volver cada poco tiempo, por temor a que dejen de ser lo que son; o por temor a que sea yo quien haya dejado de ser quien era y ya no pueda reconocerme ni siquiera en esos escenarios familiares. 
  

martes, abril 30, 2019

EXCURSIONISTAS


(29/4/18)

En medio del sueño mañanero intuimos el sonido de varios coches maniobrando en la calle, y luego esa especie de vibración suspendida que queda cuando los motores se apagan, seguida de los correspondientes chasquidos y golpes secos de puertas que se abren y se cierran. Pero lo que termina de despertarnos son las voces y risas de quienes se han bajado de los coches y, por razones que todavía se nos escapan, no se han marchado calle abajo y se han concentrado casi al pie de nuestra ventana, donde se les oye trastear. "Excursionistas", pienso, no sin algún remordimiento por seguir acostado mientras otros aprovechan las primeras horas del día -he mirado el reloj: son apenas las ocho- para disfrutar de la naturaleza. Pero continúan las risas y las voces, entreveradas de pausas que parecen responder a otros tantos movimientos que obligan a cambiar la modulación de la voz e incluso a callar en medio de una frase o una palabra, como para tomar aire. 

Siento curiosidad por saber qué está sucediendo, así que me asomo discretamente tras la cortina y me sorprende la visión de varios hombres y mujeres jóvenes semidesnudos en el espacio entre dos coches aparcados, en el que se acumulan varias mochilas y un montón informe de prendas de vestir. Unos lucen el torso, otros muestran sin recato su anatomía de cintura para abajo, mientras luchan por embutirse en lo que parecen unos estrechísimos pantalones de neopreno. Entiendo que lo que les hace reír es el espectáculo de su propia desnudez más o menos furtiva en un espacio público. Unos metros más allá, otros dos grupos hacen lo propio junto a sus coches. En total el contingente lo componen unas quince personas, repartidos a partes iguales entre hombres y mujeres y la media de edad debe de andar en torno a los veinticinco años. Y no hay ninguno feo o mal proporcionado: todos lucen una excelente forma física. De lo que sí se quejan algunos es del frío, que acusan en las nalgas sonrosadas o en los torsos desnudos. Poco a poco, los más habilidosos terminan de componerse: sobre el pantalón ajustado han dejado caer los faldones de una especie de camisa del mismo material, que se cierra en la entrepierna, como para asegurar la absoluta estanqueidad del conjunto. Y luego, sobre el traje impermeable, se ponen una camiseta fina de color fosforescente, cuya finalidad debe de ser facilitar en lo posible la visibilidad del portador. 

Pero no todos logran vestirse con la velocidad de los primeros: la mayoría tienen dificultades para embutirse en las prendas ajustadas, o ignoran los trucos necesarios para lograr deslizar sus miembros en ellas sin que se queden atascados antes de completar el proceso, por lo que se ven obligados a sacarse las prendas una y otra vez, lo que da un toque de comicidad al despliegue exhibicionista e infunde en algunos y algunas una especie de resignado impudor, que les hace cesar en sus esfuerzos y esperar, casi siempre desnudos de cintura para abajo, a que alguien más avezado termine de vestirse y les ayude a hacer lo propio. 

Lo curioso es que, horas más tarde, cuando M.A. y yo nos dirigimos al bar de la plaza para tomar el aperitivo, volvemos a coincidir con el mismo grupo, que ahora efectúa el proceso contrario: despojarse de las vestimentas de neopreno para ponerse ropa más cómoda. Ahora lo hacen a plena luz del día y sin asomo de preocupación de que puedan verlos los escasos viandantes. Se ve que el deporte, como ya ocurría en la antigua Grecia, da carta blanca para traspasar impunemente las limitaciones que normalmente afectan a la exhibición corporal. De hecho, somos nosotros quienes nos sentimos un tanto cohibidos, y pasamos deprisa, con la vista al frente, para que no nos tomen por mirones... En el bar, nos explican que el objeto de todo ese despliegue es el descenso del accidentado curso de cierto arroyo que discurre por las inmediaciones del pueblo. Al parecer, es un deporte que se está poniendo de moda, y que incluye entre sus convenciones la operación de calzarse y descalzarse el equipo en las circunstancias descritas... Un parroquiano bromista, que ha oído mi relato, me ha preguntado por qué no he tomado fotos. Y ahora pienso que las anotaciones que anteceden equivalen, a su manera, a ese testimonio gráfico que mi discreción me ha impedido tomar. 

sábado, abril 27, 2019

HE SOÑADO CONTIGO


(26/4/2018)

"He soñado contigo", me dice un compañero. "Abrí las páginas de un libro en el que había una foto tuya; y, de pronto, la foto cobró vida y salió del libro y empezó a decir cosas que ahora no recuerdo, pero que eran muy propias de ti...". Lo que me parece muy raro: este hombre, que creo que hasta la fecha no había leído nunca nada mío, tiene ya de mí esa impresión vaga que la mayoría de los lectores guardan de la voz y el discurso de los autores que sí han leído. Eso lleva adelantado. 


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Días de ajetreo después de la relativa desconexión que ha supuesto el viaje a Dublín. No-vida literaria: empezar un martes con una grabación en la radio y terminarlo de madrugada, volviendo de presentar mi novela en Sevilla y atravesando una espectacular tormenta eléctrica sobre la autopista, después de haber sudado la gota gorda en una inesperada tarde de primavera sevillana. Igual, o casi, al día siguiente. Y, como siempre, la irrebatible sensación de futilidad que me asalta en estas temporadas de vanos ajetreos. Me hago los correspondientes propósitos de enmienda, no sin ser consciente de que en las sentinas del ordenador, que son casi las del alma, van tomando forma lo que serán los rudimentos de nuevos libros que me ocasionarán iguales ajetreos... Y así vamos.





lunes, abril 22, 2019

EL SABOR




19/4/18


Hay algo en la National Gallery of Ireland que me recuerda al museo provincial de mi ciudad natal. La composición, en realidad, es la misma, descontada la práctica ausencia en este último de pintura medieval. Lo demás coincide casi punto por punto: algunas muestras menores, pero no obstante valiosas, de pintura renacentista y barroca, algún que otro cuadro menor de algún gran nombre de la pintura europea; y, sobre todo, mucha pintura local decimonónica y de principios del siglo XX, más o menos en sintonía, en el caso irlandés, con los graves acontecimientos históricos del periodo que culminó con la emancipación del dominio inglés. Se pasea con agrado por estas lujosas salas palaciegas y hasta se permite uno, entre otras indiscreciones -por ejemplo, intentar comerme una chocolatina y atraerme con ello una discreta llamada de atención de uno de los vigilantes-, fotografiarse a sí mismo frente a uno de los grandes espejos con recargados marcos dorados. 

No sabe uno si su memoria retendrá la grata impresión que le están produciendo estos cuadros de  Jack Yeats, el hermano del poeta, Charles Vincent Lamb o Paul Henry, entre otros: lo más seguro es que la memoria, más allá de archivar el dato de que uno ha estado ya aquí un par de veces y en ambas se ha sentido casi como en casa, olvide más o menos pronto esta pintura entre costumbrista y comprometida, siempre al socaire de las novedades que llegaban de París o incluso de Londres, y conserve sólo la idea de que en este venerable edificio de Dublín hay unas cuantas muestras de pintura verdadera, atenta al temblor y fugacidad de lo real. Con eso quizá basta.


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Cuando me canso de ver cuadros, doblo la esquina y me sumerjo en la explosión de alegría que supone una mañana soleada en un parque dublinés. Hace apenas unas horas la llovizna y la humedad me hacían temblar. Ahora, como la multitud que me rodea en St. Stephen's Green, me he quitado el abrigo y remangado el suéter, y poco me falta para hacer lo que los más audaces: tumbarme a la hierba con el torso desnudo o semidesnudo, como veo hacer a una rozagante muchacha de aspecto y maneras más o menos yanquis que se ha quitado la camisa y quedado en sujetador, cuyas dos copas blancas, radiantes, son como otros dos soles que iluminan la mañana. 

Pero no es ésta la única sorpresa que me guardaba este parque: un poco más allá, a la sombra de un árbol, una chica llora desconsoladamente en los hombros de un chico, que la mantiene abrazada. Caigo en la cuenta de que es el segundo llanto de una desconocida que presencio en este viaje. Y esa constatación pone una nota melancólica en mi salida del parque por la vertiente que conduce casi en línea recta a la estación de Pearse, de vuelta a casa.


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No está mal esta cerveza rubia que acaba de lanzar Guinnes y que recomiendan en este pub de Dalkey. Para cerciorarnos, no obstante, tomamos dos pintas. Con menos no termina uno de cogerle el sabor. 

viernes, abril 19, 2019

ZORROS


18/4/18

De vuelta de The Graduate, el pub del barrio, al enfilar una calle mal iluminada me topo de frente con una pareja de zorros. Son los primeros que veo cara a cara -nunca mejor dicho: uno se ha parado en medio de la calle y se ha quedado mirándome-, pero vienen precedidos de todo un anecdotario, cuya fuente principal es mi patrona, convencida de que esos merodeadores no sólo frecuentan sin el menor reparo su jardín trasero -y guarda de ello un par de elocuentes testimonios gráficos: una foto que muestra a uno de ellos enroscado sobre el césped, como un gato, y un vídeo en el que se ve a otro recorriendo plácidamente el remate del muro divisorio-, sino que es muy posible que hayan establecido una de sus madrigueras bajo uno de los espesos arbustos más o menos torneados por mano humana que decoran la parcela. A ella le horrorizan. A la pregunta de si es posible ganarse la confianza de estos merodeadores -ofreciéndoles comida, por ejemplo-, me dice que sí, y que algunos residentes de la zona lo intentan, bajo la premisa de que esos zorros acostumbrados a obtener su alimento de mano humana no saquearán las basuras ni atacarán a los animales domésticos. Pero la cuestión verdaderamente crucial, añade, es que esos zorros que acuden a comer casi de la mano del hombre es muy posible que esa misma noche hayan matado al gato o al perro del vecino de al lado; y a mi patrona la sola idea de entrar en tratos con asesinos le horroriza. Su perro, decía, los mantenía a raya. Pero el perro -del que he visto una foto en la cocina- murió y por eso ahora los zorros campan a su antojo por el jardín que ella ya apenas frecuenta, hasta el punto de buscar toda clase de excusas para ni siquiera pasar la podadera de césped con la frecuencia que sería deseable: el domingo pasado, sin ir más lejos, me dijo que esa misma mañana se ocuparía de ello, pero luego le pregunté y me dijo que esa noche había lloviznado ("drizzled") y que la hierba estaba demasiado mojada como para permitir el paso de la máquina. Pero, por esa misma regla de tres, todos los jardines circundantes deberían estar tan descuidados como el suyo, lo que no es en absoluto el caso. La verdadera razón, sospecho, es que teme dar con la susodicha madriguera que cree que los zorros han establecido en algún punto de su propiedad.

Le he contado lo que me sucedió el año pasado en una casa cercana: que un gato que solía pelear con los zorros me arañó el labio, y que la dueña de la casa no dudó en pronosticar que aquella herida causada por las uñas de un animal que quizá previamente hubiera arañado a una alimaña portadora de innumerables infecciones bien podía causarme una fulminante septicemia. No fue el caso, afortunadamente. Pero sospecho que mi historia, lejos de contribuir a restar importancia a la amenaza que suponen los zorros, ha aumentado considerablemente las aprensiones que mi anfitriona siente al respecto.

Me quedo, de todas maneras, con la imagen de la criatura que, plantada en medio de la calzada húmeda, se me ha quedado mirando con las orejas aguzadas y esa especie de callado gesto de indignada perplejidad que los animales suelen dirigir a los humanos cuando irrumpen inopinadamente en un mundo que se rige por reglas propias y en el que la malsana curiosidad de un espectador ajeno nunca es bienvenida.

jueves, abril 18, 2019

DALKEY


(18/4/18)

Tarde soleada y lluviosa al mismo tiempo, hasta el punto de que, sentados en la terraza de un pub, sentimos el cosquilleo de la llovizna y, al levantar la mirada hacia el cielo casi totalmente despejado, nos parece mentira que esas gotas provengan de las escasas nubecillas deshilachadas que alcanzamos a ver. Estamos en Dalkey. "Allí viven muchos famosos", me había dicho mi patrona cuando le comenté que me disponía a pasar la tarde en ese pueblo vecino, "y todo es consiguientemente muy caro". Pero el precio de la media pinta -todavía es temprano para beber como es debido- es el mismo que en todas partes, y el camarero no tiene esa especie de altivez impostada que caracteriza a los de su gremio cuando se acostumbran a servir a clientes distinguidos. No sé si los que han ido llegando a la terraza un poco después de nosotros pertenecerán a esa categoría. Han pedido unas gambas rebozadas, que tienen un aspecto muy apetitosos. A nosotros, que solamente hemos comido el exiguo lunch que nos había preparado nuestra patrona, la aromática fritura nos parece un manjar de dioses. Pero es hora de volver y algo me dice que pasarán muchos meses, quizá años, antes de que yo vuelva a esta hermosa localidad y tenga la ocasión de resarcirme. Un tanto vengativamente, he fotografiado la fachada de ladrillo rojo de un austero edificio fechado que alguna vez albergó una biblioteca y que ostenta todavía en la fachada el rótulo que lo atestigua -"Public Library"- y la fecha de su inauguración, 1901. Ahora sus estrechas ventanas están siendo sustituidas por los escaparates rotulados de una moderna cadena de supermercados. Pero no descarto que la biblioteca que ocupó ese destacado edificio en la calle principal del pueblo simplemente haya sido trasladada a otra parte, y que la nota elegíaca por mi parte esté de más. 

miércoles, abril 17, 2019

MOLLY MALONE

(16/4/18)

Cielo despejado al amanecer, que nos anima a hacer a pie el trayecto de algo más de media hora entre nuestro alojamiento y el centro de Dún Laoghaire. Coincidimos en el camino con grupos de madres jóvenes que acaban de dejar a sus hijos en el colegio y se contagian unas a otras, entre risas, la momentánea sensación de disponer de algo de tiempo para sí mismas. Las miramos disimuladamente, por no parecer indiscretos, y también a nosotros nos parece compartir por un instante algo de su alegría, que nos durará lo que dura aquí el buen tiempo: apenas unas horas, antes de que uno de esos temporales a los que últimamente los meteorólogos de Europa han dado en poner nombre, como hacen los americanos con los huracanes, empiece a golpear la zona. 

En el intervalo ha dado tiempo de pasear hasta el Museo James Joyce en la Torre Martello de Sandycove y contarle a Maggie Fitzgerald, una de las amabilísimas voluntarias que lo atiende, la reciente polémica joyceana en la que me he permitido terciar para defender la valía del Ulysses, puesta últimamente en cuestión por algún presunto posmoderno partidario de la novela ligera y de la ley del mínimo esfuerzo por parte del lector... Lo he hecho después de que ella, muy en su papel, me sometiera a una especie de examen básico sobre la pequeña trama que justifica que el museo se ubique precisamente en ese lugar y cómo esta torre defensiva construida en los tiempos de las guerras napoleónicas pasó a formar parte del universo joyceano... Ha sido un curioso duelo dialéctico, al cabo del cual mi interlocutora me ha invitado a firmar en el libro de visitas del museo. Allí he dejado mi humilde autógrafo, entre otros cientos, satisfecho de que al menos un gesto mío tenga cabida en esta especie de monumento de desagravio que unos cuantos animosos dublineses han querido consagrar a la memoria del escritor más controvertido que ha dado esta tierra.

Por la tarde, en medio de la riada humana que desciende por O'Connell en dirección a las animadas calles comerciales al otro lado del Liffey, el mortecino río que parte en dos la capital, un muchacho vehemente me comenta que él también se exiliaría si, por ejemplo, en el referéndum que va a celebrarse dentro de pocas semanas los votantes rechazan la propuesta de permitir el aborto, lo que supondría la segunda victoria -la primera fue la aprobación, también en referéndum, del matrimonio homosexual- del progresismo laico sobre el viejo conservadurismo católico que algunos consideran inseparable de la identidad irlandesa. No sé qué pensar. Mi interlocutor parece convencido de que la juventud de su país está logrando imponer sus deseos de cambio al resto de la población y que en eso Irlanda ha tomado la delantera al resto de Europa, cada vez más desengañada de sus sueños colectivos y más proclive a prestar oído a quienes se empeñan en resucitar los peores fantasmas del continente: los nacionalismos, la cerrazón chovinista, las tentaciones totalitarias. Irlanda, añade, ha sido el primer país europeo en superar plenamente la crisis económica que todavía castiga a la mayor parte de sus vecinos. Yo no sabría decir si todo este optimismo de la voluntad está justificado. Pero sí que resulta, como la alegría de las madres de esta mañana, muy contagioso. Tanto, que casi no me doy cuenta de que la temperatura ha caído varios grados y un viento gélido aconseja levantarse el cuello del abrigo, apretar el paso y volver a casa.

No sin tomar nota, en cualquier caso, del viejo que, ante una multitud de turistas, no ha dudado en acariciar el generoso y lustroso escote del famoso busto de Molly Malone en Suffolk Street: la única parte de la estatua, por cierto, que no tiene el color verdoso del bronce expuesto a los elementos, y a la que decenas de miles de anónimas caricias han proporcionado un envidiable lustre. 

martes, abril 16, 2019

NAOISE & SAOIRSE



(15/4/18) 

La belleza y musicalidad de estos nombres gaélicos: Naoise -pronúnciese "nisha"- y Saoirse -"sirsha"-. Sus portadoras son, pese a la rima casi consonante que une sus dos nombres, totalmente distintas: la una rotunda y resolutiva, la otra casi evanescente, detrás de una sonrisa luminosa. Las dos, sin embargo, unidas por una extraña sintonía, que les dicta el impulso de cantar juntas lo que a mí me parecen conmovedoras baladas irlandesas o inevitables canciones pop. Lo hacen, entre risas, ante su público cautivo: los cuarenta estudiantes -calculo- que andan pastoreando entre las venerables ruinas de Glendalough, el viejo complejo monástico que alberga las ruinas del convento que albergó a San Kevin. Las sorprendo en plena faena: los estudiantes, cansados y ateridos, se guarecen de la llovizna bajo la marquesina de un puesto de bebidas, pero ellas se las arreglan para que las sigan a lo largo de la hora de marcha que supone asomarse a los dos bellísimos lagos que dan nombre al paraje —Glendalough significa exactamente "valle de los dos lagos"—. Consigo abordarlas. Bromeo sobre sus demostradas dotes histriónicas. "Sí, hacemos cualquier cosa por tal de atraer la atención. Bueno, casi...". Y se ríen de la picardía con esa risa sana de las muchachas que nunca han roto un plato, o eso parece, pero que tampoco es que se sientan por ello unas beatas. "¿Nuestros nombres? Aquí son muy corrientes, aunque ya sabemos que resultan exóticos a la mayoría de los extranjeros". Oyen mis esfuerzos por repetirlos. Los aprueban: "Bueno, más o menos". Y luego Saoirse se despide de mí para siempre, como quien dice. "Sólo me dedico a esto los fines de semana". Con la otra, Naoise, coincidiré forzosamente a lo largo de la semana, puesto que yo también he venido a pastorear a adolescentes por los predios de la verde Irlanda. Pero me pregunto si, sin su necesario complemento, exhalará la misma luz. El caso es que ahora, mientras el grupo se disuelve bajo la llovizna en las inmediaciones de la estación de cercanías de Dún Laoghaire, el cielo ha parecido oscurecerse un tanto.

Yo quería visitar el mercadillo callejero que se celebra los domingos en People's Park. Pero el tiempo inclemente ha dispersado a los comerciantes un poco antes de lo habitual y lo único que alcanzo a ver, entre los tenderetes semidesmontados, es un mísero expositor de libros en el que no hay más que basura. Para resarcirme, alargo el paseo hasta la tienda de saldos que la Sociedad Bíblica de Irlanda tiene al otro extremo de la calle principal y compro un ejemplar de Down and Out in Paris and London de George Orwell. Un libro muy en consonancia, pienso, con mi actual posición más o menos impostada de escritor itinerante. Con ese peso en el bolsillo y el alma considerablemente aligerada regreso a casa. 

lunes, abril 15, 2019

RUBIA


(14/4/18)

La muchacha que va sentada a mi lado durante el vuelo Sevilla-Dublín se revuelve en su asiento y de pronto me llega el olor inconfundible de las toallitas húmedas con las que suele limpiárseles el culito a los bebés. Pero no hay ningún bebé a la vista, y lo que está haciendo la chica es enjugar el llanto abundante y silencioso que la embarga. Por discreción, hago como que no la he visto, no sin sentirme culpable por no ser capaz de decirle una palabra de consuelo. ¿Le darán miedo los aviones? ¿Llora porque acaba de separarse de una persona querida? ¿Teme acaso lo que le espera en Dublín? Para ser escritor, me digo, no sólo no tienes imaginación, sino que también te faltan los recursos necesarios para hacerte cargo de las historias que te salen al paso. Qué le voy a hacer: me enfrasco en mi lectura y así paso las dos horas y media que dura el vuelo. La pena de la muchacha, de todos modos, no le impide cuidarse como es debido: poco después de dejar de llorar ha sacado de su macuto un enorme bocadillo, que devora con más que aceptable apetito. Luego parece enfrascarse en sus pensamientos. Y el avión ha comenzado ya su descenso cuando la chica me pregunta si sé a qué hora exacta habremos llegado a nuestro destino. "A las 4, hora local", le digo, antes de proceder a atrasar mi reloj. No sé por qué, esa respuesta le ha hecho aflorar una sonrisa.


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Escribo en un ordenador de desecho que me he traído del trabajo y que nadie usaba. Con mucho trabajo —el sistema operativo es antediluviano— he conseguido que capte la señal de wi-fi de la casa en la que me alojo. Veo el teclado dispuesto en la derrengada mesa de trabajo de la que dispongo en mi habitación y que ya ocupan mis papeles, mis objetos de uso personal, la libreta de bolsillo que siempre llevo encima. Me conforta esta modesta representación de un posible home away from home: es cuanto necesito para crear el espacio de intimidad que me proporciona la escritura, como cuando, hace ocho años, pasé cinco semanas en Madrid para documentar y poner en marcha la tercera de las historias que componen mi Trilogía, y me pareció entonces que eso era hacer "vida de escritor... Vive uno de estas fantasías, mientras lo que verdaderamente te ocupa es un trabajo sedentario y las ataduras de la vida burguesa. Pero quizá ese modalidad de autoengaño sea también literatura.


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Estas urbanizaciones al sur de Dublín, extendidas como una enorme telaraña entre los núcleos de población constituidos apenas por una iglesia, unos pocos comercios dispuestos en una sola calle céntrica y algunos pubs... Es fácil perderse en estas largas avenidas flanqueadas de casas repetidas y grandes espacios ajardinados, que lo mismo rodean un colegio privado de señoritas que un club de rugby. Entiende uno que los bares sean tan acogedores: son como islas —algunos literalmente, como The Graduate, situado en el centro de una encrucijada de caminos en medio de ninguna parte— en medio de un espacio tan monótono y sin alicientes como un mar en permanente calma chicha. Quién lo diría: en Irlanda, cuya historia civil no es precisamente una balsa de aceite. También la lluvia, rala y desganada, acentúa esa sensación de vida ordenada y gris en la que parecen remansarse viejos y ya agotados apasionamientos de pueblo vehemente. Ya sé que no todo es así. Pero quizá esta debiera ser la aspiración de cualquier país que previamente se ha desangrado en decenas de guerras y ya no aspira a otra cosa que a tomarse unas cervezas en paz.

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He pedido una pinta de cerveza rubia (blonde), fiándome de la etiqueta que he leído en uno de los grifos que se alinean en el mostrador. Pero resulta que lo que aquí llaman "cerveza rubia" no es sino una variedad rojiza de Guinnes, apenas un poco más clara que la cerveza negra tradicional. Y me digo que para eso viene uno al extranjero e intenta hacerse entender en una lengua extraña: para aprender de los errores y disfrutar de lo que éstos te deparan, que casi siempre es mejor que lo que uno buscaba. 

domingo, abril 14, 2019

SUPERFLUO


(13/4/16)

De nuevo con la maleta preparada. ¿Se convertirán estos viajes escolares a Irlanda en una más de mis inamovibles costumbres? Me quedan apenas cinco años por delante de vida laboral y no estaría mal que, a la mitad aproximadamente de cada uno de ellos, me dejara llevar a estos confortables suburbios de Dublín donde suelen ubicarse las academias de inglés para extranjeros y repitiese, año tras año, la misma rutina: dedicar una tarde a visitar los museos dublineses, otra a pasear hasta la Torre Martello que acoge hoy el museo dedicado a James Joyce, otra a frecuentar pubs... Cuando me jubile podré decir: "Sí, una de las cosas que echo de menos de cuando trabajaba eran esos viajecitos a Dublín". Y exhalar un largo suspiro.


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He llegado a este día, de todos modos, en medio de una de esas vorágines de obligaciones y compromisos que impiden hacer nada a derechas y tienen como consecuencia que, a poco que se pare uno a examinar lo resuelto esos días, no encuentra más que negligencias y errores, fruto de la precipitación y de la falta de asiento. Llevo más de tres meses insistiéndoles a mis alumnos para que tramiten la documentación necesaria o comprueben que la llevan en regla. Y resulta que llevo mi carné de identidad roto -se me ha hecho pedazos en la cartera- y una tarjeta sanitaria que no se corresponde con el seguro que tengo actualmente. Sé que son errores sin importancia, pero me cuesta perdonármelos. Ayer, mientras presentaba mi novela, me permití presumir un poco de la minuciosidad con la que había documentado todos los detalles y construido la trama. Quisiera aplicar el mismo principio a mi ajetreada cotidianidad. Pero cierto grado de perfección, que no es difícil de alcanzar en una página de novela, no siempre es posible cuando se trata de plantear el simple discurrir diario.

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En una maleta siempre cabe un poco más de lo necesario. Pero es precisamente lo superfluo lo que define la clase de persona que es el viajero.


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En los viajes, mejor llevar siempre libros ya leídos: no sólo por rodearse de algún referente familiar dentro de la acumulación de novedades, sino porque lo ya leído en circunstancias normales suena de otro modo —y casi siempre mejor, si ha sido bien elegido— cuando uno le presta oídos en un lugar que le añade otras resonancias.

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En los viajes, dejar el ego en casa, como un traje viejo en el que quizá nadie repara en el entorno habitual, pero que seguramente daría una pobre imagen de uno al tratar con extraños. 

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Todo viajero es sospechoso de algo, como muy bien sabe la policía. Pero, curiosamente, siempre se viaja para purgar alguna culpa y el destino final es la inocencia, es decir, ser otro. 

viernes, abril 12, 2019

PALOMAS Y GORRIONES

(12/4/2018)

Llueve sin parar y soplan vientos huracanados. Esta tarde presento mi Trilogía... y ya veo que, con este tiempo, no va a ir nadie. Acepta uno con resignación estos imponderables. Y, sobre todo, la ironía de los hechos: mientras este empeño mío empieza con tan mal pie, el libro de poemas que ha visto la luz casi al mismo tiempo va haciendo su andadura. Hoy mismo me llaman del programa literario de RNE para que grabe unos poemas. Lo que confirma que a los libros les pasa lo que a los hijos: no por preocuparse mucho de ellos e intentar procurarles lo mejor las cosas les van necesariamente todo lo bien que uno quisiera. El que tiene que salir adelante, sale adelante, independientemente de lo que uno se haya esforzado por allanarle el camino. Aunque más sensato sería decir que tanto los que empiezan su andadura con buen pie como los que no tienen el mismo destino: un breve recorrido accidentado por los malos caminos por los que transcurre la vida literaria... y luego nada: la oscuridad, la indiferencia, el olvido.


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Para colmo, me dice este amigo librero —y no es el primero a quien se lo oigo— que, en lo suyo, no es solamente que la crisis no haya amainado, a despecho de lo que dicen los políticos; más bien ocurre lo contrario: según él, se están vendiendo ahora incluso menos libros que los que se vendían en lo más agudo de la reciente recesión. Lo que indica, tal vez, que la gente ha interiorizado la necesidad de no gastar un céntimo en lo que podría considerarse superfluo; o que, empujado por la crisis, el libro ha sido desplazado por otras formas de entretenimiento, igual que la lectura de periódicos ha sido sustituida por el mero ojeo de titulares en internet. 


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Sobre la hierba mojada alguien ha dejado unas briznas de pan y, entre chaparrón y chaparrón, una bandada de gorriones y alguna que otra paloma han bajado a picotearlas. De pronto, la lluvia arrecia y los gorriones echan a volar. Y sólo un palomo gordo y como escarmentado de toda inclemencia mantiene el tipo y devora los restos del convite, antes que el agua termine de disolverlo. 

lunes, abril 08, 2019

INGA

(7/4/2018) 

En la radio, a la hora del desayuno, un músico explica las razones de su entusiasmo por Schubert y aporta un dato que yo, en mi ignorancia, desconocía: que el famoso "Ave María" de este compositor fue concebido dentro de un ciclo de canciones profanas sobre una heroína de Walter Scott que, en un momento dado, pone sus sentimientos de enamorada en forma de oración. Fue posteriormente cuando, ante el éxito —póstumo, como todos los que conoció la obra de Schubertd— de la pieza, a alguien se le ocurrió ponerle una letra irreprochablemente religiosa, que pudiera ser cantada en las iglesias. 

Después de estas explicaciones, los compases de la canción llenan el aire de la mañana, y se me ocurre que no hay mejor manera de empezar el día... Hasta que, insidiosamente, empieza a oírse un griterío ronco y repetitivo, que al principio me parece una interferencia en la emisión radiofónica, pero que resulta ser la voz de alguien que pregona su mercancía o sus servicios desde un megáfono instalado en un coche, en la calle. Llega un momento en el que la voz se hace plenamente inteligible y es la melodía de Schubert la que resulta apenas reconocible como un vago rumor de fondo. Tengo la tentación se subir el volumen, y lo hago, sin lograr otra cosa que acentuar la sensación de inarmonía entre ambos sonidos. Y termina la canción y se aleja el coche escandaloso y lo que queda es la sensación de vivir bajo una especie de asedio permanente, al que en vano intentamos oponer un poco de música o, a falta de ella, su mejor equivalente, que es el silencio.


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Me dice este conocido que, como este año presento libro nuevo -como, por otra parte, llevo haciendo casi sin interrupción desde hace treinta años-, le gustaría entrevistarme para el boletín de su librería. Acepto, por supuesto. Y me propone que, como él no va a tener tiempo de leerse mis libros ni de preparar preguntas interesantes, que sea yo mismo quien escriba las preguntas y las respuestas... Pienso en la estupenda entrevista que acaba de hacerme el periodista JAL, sin otro soporte que la información sobre mi modesta persona que ha encontrado en internet. Y le digo que no, que lo siento, que yo tampoco me he releído con mentalidad de entrevistador y no sabría qué preguntarme. 


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Cincuenta aniversario del estreno de Inga (1968), la película con la que conocí la singular obra de Joe Sarno, primero director de películas eróticas con una certera carga psicológica y sociológica y luego —y eso fue lo que lo recluyó definitivamente en los circuitos marginales— estilizado pornógrafo. Cincuenta años después, esta obra maestra, infinitamente más recatada que Eyes Wide Shut, Lío en Río, Mulholland Drive y otros títulos que pueden verse sin problemas en cualquier canal de televisión, sigue inapelablemente recluida en los circuitos marginales. Y es una pena, porque esta intriga sexual, situada en ambientes liberales ma non troppo y no demasiado complaciente con los valores de la recién llegada desinhibición en las costumbres, no es sólo una excelente película, sino también un hito en lo que podríamos denominar la cultura pop, a la que dirige una curiosa mirada entre fascinada y analítica. Una pena que no sea todo lo conocida que merece.