martes, julio 17, 2018

TEORÍA DE EL PALMAR


Vuelve uno siempre a El Palmar con las expectativas de quien sabe que el lugar no es, no puede ser el mismo que le fascinó hace treinta años. Y, sin embargo, esa predisposición pesimista casi nunca se confirma del todo. Cierto, el lugar no es exactamente igual que cuando el núcleo de población apenas contaba con un puñado de casas dispersas y la hostelería se limitaba a dos ventorros, que hasta que no empezaba la temporada de playas no solían tener en el menú más que el plato del día, frecuentemente un filete de pez espada con patatas fritas o cualquier otra cosa así de simple. El puente sobre el río Salado, que hace de límite entre este paraje, perteneciente al término de Vejer, y el caserío de Conil, que empieza allí mismo, era apenas una plataforma cuyo ancho sólo permitía el paso de un vehículo cada vez. Además, cuando el río venía crecido, con frecuencia la plataforma se veía superada por las aguas. 

Cuando la sustituyeron por un puente propiamente dicho, con cabida para dos carriles, uno empezó a temer lo peor: que el turismo estaba a punto de tomar al asalto aquella última playa virgen. Puede decirse que la predicción se ha cumplido en gran medida, pero no ha alcanzado a anular del todo los atractivos del lugar. Hoy, en vez de una decena de casas rústicas, hay centenares de construcciones, y además de los dos viejos ventorros que se alzaban en el lugar a mediados de los ochenta, y en los que a veces te susurraban al oído, como si fuese un secreto de estado, que a ellos iba a comer de vez en cuando el vicepresidente del gobierno de entonces, hay decenas de restaurantes, pizzerías, chiringuitos y demás. Aparcar se ha puesto imposible, a no ser que uno abone unos euros a los dos o tres avispados que han convertido sus parcelas en aparcamientos. Y aún así, decía, todo tiene un inconfundible aire de provisionalidad: no ha surgido -todavía- ningún gran hotel, ninguna torre de apartamentos. Todo parece la improvisación más o menos inspirada de un puñado de hippies que, hartos de pasar miserias, decidieron sacar algún partido de la demanda de lugares de este tipo que empezaba a manifestar la siempre deseosa clase media. 

La playa, por supuesto, no ha cambiado: deslumbrante siempre, fiera y mal encarada en ocasiones -cuando sopla el levante, por ejemplo-, melancólica en según qué días. La gente, pese a la masificación, parece entender por instinto que no se halla en una simple pasarela de vanidades caras, como ocurre en otros enclaves turísticos de moda -la cercana Zahara, por ejemplo-, sino en un lugar donde todavía cabe ensayar bienintencionadas informalidades basadas en las predisposiciones del ocio y la benignidad del clima, que suelen ser siempre proclives a la tolerancia mutua y a un cierto espíritu de calculada transgresión, indumentaria o de otra índole. 

Por supuesto, todo ello son fantasías: a la vuelta del fin de semana, del puente festivo o del mes de vacaciones, a la mayoría de estos inofensivos bohemios de chiringuito les (nos) espera el aula o la oficina, cuando no el taller o el andamio. Tampoco he pretendido dar a entender que el encanto que todavía conserva el lugar no esté expuesto a serias amenazas. El caso es que todavía no ha perdido su carácter; a lo que quizá no sea del todo ajeno el hecho de que muchos de quienes no hemos dejado de venir en treinta años traigamos con nosotros ciertas ensoñaciones que quizá, como ocurre con las manchas oculares que el tiempo va acumulando en la retina, no nos dejan ver del todo la realidad. (16/7/2017)

sábado, julio 14, 2018

¿UN SUEÑO ERÓTICO?


Conversación sobre sexo. Esta amiga me dice que, llegado el caso, pagaría por tenerlo con un profesional. Yo le comento mi sospecha -por fortuna, no puesta a prueba- de que el deseo insatisfecho sólo puede llegar a ser acuciante hasta cierto punto, más allá del cual la curva desciende y el ansia se atenúa e incluso desaparece. No es que me parezca apetecible ese posible estado indiferente del reprimido conforme o el asexuado; pero quizá sea, después de todo, una respuesta lógica del cuerpo y la mente a ciertos estados de carencia. Digo yo.  

***

La aporía moral que parece exponer Sydney (Hard Eight, Sydney, 1996, de Paul Thomas Anderson) reside en la paradoja de que la búsqueda de redención personal -eso en lo que andamos empeñados de un modo u otro todos los adultos, a partir sobre todo de la edad en la que puedes dar por seguro que has apurado al menos la mitad de los años que teóricamente podrías vivir- frecuentemente conduce a la comisión de nuevos errores, de nuevos crímenes. Hacia la mitad de la película nos enteramos de que el amable protagonista, convertido en ángel de la guarda de un joven sin rumbo, tiene efectivamente un gran pecado que purgar, a la vez que constatamos que su voluntarioso empeño lo está conduciendo a un nuevo callejón sin salida. En estos casos el cine -cierto tipo de cine, en fin- admite siempre una solución expeditiva, y a eso se acoge Anderson. Pero el desenlace en realidad no resuelve nada: todos los personajes quedan a merced de sus propias debilidades e inconsistencias, unos -el protegido de Sydney o la muchacha de mala vida con la que se empareja para multiplicar por dos las preocupaciones de su ángel de la guarda- porque parecen abocados a la inadaptación e indefensión perpetuas; y otros, como el propio Sydney o el chantajista de poca monta que finalmente descubre su secreto, porque incluso el logro de haber aprendido a sobrevivir en la moderna jungla capitalista -en este caso, eficazmente representada por el mundo de los casinos y las apuestas en Las Vegas y Reno- no necesariamente conlleva ese otro logro ulterior que supondría hallar al mismo tiempo cierta paz interior, cierta sensación de conciencia tranquila y de respeto de uno mismo. 

Anderson se sitúa en cierto modo en el mismo punto que Scorsese en Taxi Driver: en la posición de espectador privilegiado de un arriesgado empeño de redención personal. Pero el desenlace -el no-desenlace, más bien- de la película del primero parece más ajustado a la naturaleza de ese debate moral que el aparatoso final de la película del segundo. En ese sentido, si no mejor, sí cabe afirmar que la película de Paul Thomas Anderson es más pertinente.


***

La ola de calor finalmente no me quita el sueño, pero lo hace muy superficial y lo puebla de fantasías muy cercanas a los pensamientos desbocados del insomne. En uno de esos sueños casi al filo de la vigilia, siento palpablemente -y luego compruebo que ha sido una mera fantasía- que vuelvo a tener un tapón en el oído como el que motivó mi visita al médico hace apenas unas semanas; y que, después de ciertos borboteos y agitaciones de la zona en cuestión, el propio oído expele la materia que lo bloqueaba, lo que se resuelve en una sensación muy placentera... ¿Un sueño erótico? (14/7/2017)

viernes, julio 13, 2018

QUIMBAMBAS


Le he llevado a este conocido un cargamento de libros, los que han cabido en el carrito de la compra que me ha servido para transportarlos -y no era hoy el día más adecuado, por el calor- del aparcamiento a la cafetería en la que nos habíamos citado a primera hora de la mañana, lo que ha añadido a este día de verano la ligera variación que supone haber madrugado expresamente para responder al compromiso. Se trataba de dar una salida digna a una parte de los libros que recibo y que no puedo acomodar en el ya colmado espacio de almacenaje del que dispongo. Ahora estarán a disposición de los socios de cierta benemérita asociación cultural, en la que mi interlocutor tiene un papel destacado. Después del desayuno, hemos llevado los libros a su coche, aparcado en un garaje cercano. Luego he pensado: "¿Me daría este hombre un recibo por el valor aproximado de la donación? No me vendría mal para desgravar el porcentaje correspondiente en la declaración de la renta". Pero son cosas que te susurra al oído ese duende maléfico que los dibujos animados suelen representar como un demonio situado junto a la oreja izquierda del personaje en duda; el otro duende, el de alas de ángel, me ha dicho que mejor lo dejo estar. Ya es suficiente felicidad haber despejado el cuarto de trabajo de algunas de las incómodas pilas de libros que casi me impedían moverme. Se da el caso de que hace unos meses hice una donación similar a otra asociación, ésta de signo libertario. La de hoy, por cierto, se declara estrictamente apolítica, lo que supongo que en la práctica la sitúa a una distancia considerable de la otra en el espectro ideológico. Así que ya tengo parte del sobrante de mi biblioteca repartido entre instituciones de signo político más bien opuesto. ¿Seré de los equidistantes, de los neutros? Nada más lejos de mi intención, pero quién sabe con qué ojos lo miran a uno quienes se fijan -y son cada vez más, me temo- en estas cosas.

***

Algo sobre mi interlocutor. Es jubilado, pero durante años combinó un buen puesto en una institución financiera con la administración de un pequeño negocio. Según voy deduciendo de sus palabras, le gusta la fotografía y la pintura -lo primero dice, por no haber tenido aptitudes para lo segundo-, es algo bibliófilo, melómano también y buen lector. Habla de sus posesiones -libros, cuadros, discos- sin ostentación. También el coche al que hemos llevado los libros es modesto y no muy nuevo -aunque quién sabe si tendrá otro-, y las cosas de las que le gusta hablar -de viajes y de gastronomía, por ejemplo- definen a un hombre de costumbres sencillas: no le gusta la cocina moderna, me dice, a la vez que elogia alguna tasca popular de Madrid cuya especialidad son las patatas fritas y las salsas para mojar. También le gusta el cordero: el de Aranda de Duero, por ejemplo; lo que abre el capítulo de los viajes: rutas por Castilla y León, alguna estancia en Barcelona... Ninguna mención, en fin, a esos fastidiosos viajes a las Quimbambas que tanto parecen fascinar a la moderna clase media. Por todo ello, el personaje me va gustando cada vez más y casi me convence cuando me espeta -yo ya lo veía venir- que debería hacerme miembro de su asociación. Me falta poco para decirle que sí; y, si ahora me alegro de no haberlo hecho, es porque conozco mi inveterada incapacidad para colaborar en cualquier empeño asociativo. "Ya veo, lo tuyo es escribir", me dice, comprensivo ante mis deshilvanadas excusas. Y ahí queda la cosa.

***

Ha habido tiempo aún para un rato de playa. Que está en su esplendor, en uno de esos raros días en los que no hay vientos que molesten ni oleajes intimidatorios ni la marea obliga a los bañistas a apelotonarse en una estrecha franja. Le digo a M.A. que, si fuéramos turistas, de ésos que no se conforman con menos de un viaje intercontinental, nos sentiríamos felices de estar en un día como hoy en un lugar así, siempre y cuando lo hubiéramos encontrado al otro lado del mundo, y no en casa. Ella me da la razón; tal vez pensando, como yo, que quien no se conforma es porque no quiere; y que, como se suele decir, el dinero del pobre va dos veces a la plaza. No sé si me explico. (12/7/2017)

jueves, julio 12, 2018

LECCIONES

Vengo de comprar papel para cumplir la encomienda de mi maestro en esto del acuarelismo extemporáneo, que me ha impuesto la obligación de pintar al menos una cada dos días. ¿Me servirán de algo las indicaciones que me ha hecho en la semana en la que he pintado en su estudio? Supongo que sí, porque, a diferencia de otros maestros, que "tocan" y corrigen el cuadro del aprendiz y le hacen creer que el resultado se debe a sus propios progresos, y no a las intervenciones decisivas del profesor, J.A.M. jamás pone el pincel en la pintura de su alumno: se limita a observarla con atención, se diría que incluso con curiosidad, como si se preguntara por qué extraña ceguera el susodicho no ha advertido lo que falta o lo que sobra, y luego sugiere oscurecer una zona, aclarar -cuando eso es posible en la acuarela-, añadir un toque de luz o sombra. Pero la indicación se hace siempre sobre el modelo -normalmente, una composición de objetos dispuestos al pie de una ventana, que es la que determina las luces y las sombras- y no sobre el papel, de manera que es responsabilidad del aprendiz decidir dónde aplica el toque en cuestión. A veces te equivocas, claro, y lo aplicas justo donde no correspondía. El maestro vuelve a estudiar el resultado con cierta perplejidad muy bien disimulada, pero no por ello menos palpable. "¿No ves que estos tallos -refiriéndose a unos jazmines que ha puesto en un vaso con agua, a la manera de las composiciones de Ramón Gaya- aquí se ven más claros -señalando la parte que cae dentro del vaso-, y no más oscuros?". "Ya. Lo entendí justo al revés", musita uno, cayendo ahora en la cuenta de que el error se debe simplemente a que uno se deja guiar más por lo que cree sentido común, por engañoso que sea, que por lo que verdaderamente se ve en el modelo cuando se mira con los ojos bien abiertos y sin atender a ideas preconcebidas de representación. Acaso pintar consista sólo en eso: en aprender a ver. Si estas sesiones me sirven para mejorar en ese aspecto, poco importará que al final pinte efectivamente más o menos cuadros. (11/7/2017)

lunes, julio 09, 2018

BREVAS

Brevas recién cogidas y comidas casi al pie del árbol en el que han crecido. La conversación en torno a tan exquisita merienda se alarga casi hasta el anochecer. Luego, cena en casa de los propios hortelanos, que nos han frito unos huevos de sus gallinas y unos delicados pimientos recolectados esa misma tarde. La velada se ha prolongado hasta pasada la madrugada. A la vuelta, comentamos que tenemos que devolver la invitación. Pero qué ofrecerles a quienes comen de lo suyo y saben que no hay en el mundo alimento comprado que sepa mejor.


***

Satisfago una vieja deuda de lectura: Una vida de Italo Svevo. No sé. Tal vez sea la traducción, descuidada y plagada de erratas, lo que me ha impedido el goce pleno de este presunto clásico de la literatura del siglo XX. La trama me es familiar: la historia de uno de esos jóvenes "incapacitados para la vida" que pueblan las literaturas europeas de aquellos años: nuestro barojiano Andrés Hurtado, el protagonista de El árbol de la ciencia, o el de La voluntad de Azorín serían otros ejemplos característicos del mismo tipo humano, e incluso más logrados, porque las dos novelas españolas citadas están escritas desde una convicción que parece faltar en todo momento a la dubitativa novela del italiano. Aunque esa indecisión pueda considerarse, con la visión de conjunto que tenemos hoy de la obra de su autor, el rasgo más característico de su mundo moral e incluso de su modo de narrar.

El joven en cuestión se gana la vida desganadamente en una anodina firma bancaria que tiene cierto parentesco con las corporaciones fantasmales de Kafka o la oficina del Chiado lisboeta en la que trabajaba el heterónimo pessoano Bernardo Soares, el protagonista de El libro del desasosiego. En ese entorno gris, su única distracción parece ser entregarse a fantasías más o menos megalómanas, tales como llegar a ser un escritor o filósofo importante, y poner a prueba su imbatible timidez en las veladas más o menos literarias que celebra la hija del banquero para quien trabaja. El azar, la ocasión y un cierto grado de premeditación fantasiosa le ofrecen la ocasión de seducir a la muchacha. Pero ese presunto logro no hace sino acentuar sus dudas en torno a su propio carácter, la verdadera naturaleza del deseo así consumado y la autenticidad de sus propios sentimientos y los de la amada. Mientras duran estas dudas, que ocupan media novela, el entorno de la muchacha parece conjurarse contra él y las circunstancias fuerzan un final que las desviadas reflexiones y fantasías del protagonista se revelan del todo incapaces de prever. 

Los ingredientes son, como se ve, los comunes a todos los libros citados: indecisión, desgana existencial, sexualidad malentendida o reprimida en nombre de una moral que ya no es religiosa, pero sigue apoyándose en dicotomías que relegan lo sexual a una posición secundaria o vergonzante, pesimismo existencial y una concepción de lo social que, siendo crítica, no parece contar con ninguna herramienta de análisis para desenmascarar los aspectos alienantes que determinan el comportamiento de los personajes. 

Más allá de las reservas que acabo de mencionar, siento simpatía por este tipo de novelas: su acertada y quizá un tanto ingenua manera de diagnosticar la desazón juvenil posiblemente ha sintonizado con las preocupaciones de generaciones enteras de lectores que descubrían esos libros a una edad similar a la que tienen sus protagonistas -El árbol de la ciencia, recuérdese, fue lectura obligatoria en nuestro bachillerato durante décadas- y, en ese aspecto, les han revelado a muchos una dimensión de la literatura que las meras lecturas de evasión jamás les hubieran hecho sospechar. En otros tiempos, recuérdese, a la edad en la que hoy se lee la saga Crepúsculo o Harry Potter, los jóvenes leían a Hermann Hesse, con quien Svevo comparte no pocos rasgos. Sin despreciar a nadie, creo sinceramente que salían ganando. (7/7/2017)

sábado, julio 07, 2018

CAMPANA DE CRISTAL


Se ve que el nublado ha creado confusión. A la hora de la siesta el coro de pájaros suena como al amanecer, e incluso ha cantado el gallo. También yo, bajo el influjo de esa banda sonora desubicada, he tenido un sueño más profundo que otras veces y he despertado bajo la impresión de hallarme al principio de un nuevo día. Y son las cinco y media de la tarde.


***

Por la mañana he estado pintando una acuarela en el estudio de J.A.M. Es un privilegio, y no tanto porque mi amigo pintor ejerza de profesor -anda ocupado en lo suyo, un cuadro de gran formato que piensa presentar a un concurso- como porque participa uno, casi sin proponérselo, de ese curioso estado entre la extrema concentración intelectual y la presteza física en el que se resuelve el acto de pintar. Como ciertas modalidades de ejercicio físico -nadar, por ejemplo-, la pintura exige que la mente se ponga enteramente a disposición del resto del cuerpo, y en ese sentido contribuye poderosamente a mantener a raya cualquier pensamiento o idea parasitarios que pudieran interferir. Pero, como ocurre también en la escritura, por ejemplo, la mano sólo puede actuar al dictado de una reflexión previa, y más en la acuarela, donde la posibilidad de corregir o rectificar es mínima: el pintor debe saber en todo momento qué está haciendo, dónde se ubican los claros y blancos que aportarán volumen y luz al conjunto y cómo se gradúan las tonalidades, sabiendo que siempre hay que proceder de lo claro a lo oscuro, de lo ligero a lo denso. Naturalmente, me equivoco una y otra vez y esos errores no hacen sino acrecentar mi conciencia de que me queda mucho aún por afinar en ese proceso de delimitar con precisión, mientras pinto, los respectivos papeles de la mente y la mano. No hay más. 

De vez en cuando, M. se acerca a considerar críticamente lo que llevo hecho. "Añade unas sombras aquí", dice. "Oscurece esto", "Añade aquí unos reflejos". No son tanto instrucciones como intervenciones rápidas de su propia conciencia alerta para suplir despistes ocasionales de la mía, menos entrenada. Me gusta esa posibilidad de interacción entre voluntades, que no creo que se pueda dar de este modo en ningún otro arte: quizá cuando se toca un instrumento musical. Pero, en el caso del ejecutante de una partitura ajena, el resultado deberá ajustarse siempre al patrón idealmente fijado en la partitura, mientras que en la pintura puede haber modelos, pero lo que se aspira a plasmar es siempre la imagen mental que ese modelo suscita en el pintor. 

Sea como sea, estas sesiones empiezan a determinar el tono del verano. Nunca cometeré el error de tomarme la pintura con el empeño profesional con el que afronto la escritura. No quiero perder nunca lo que tiene de mera diversión. En lo otro, ay, a veces me olvido de por qué razones me aficioné a ello.

***

Me han hecho ya la limpieza de oídos de todos los veranos. Mis primeros baños de mar invariablemente determinan que en un oído o los dos me entre agua y se me forme un tapón de cera, que me mantiene durante varios días bajo la impresión de tener la cabeza metida en una escafandra o un cubo. He llegado a pensar que ese estado de aislamiento transitorio viene dictado por la propia circunstancia vacacional. Llega este momento del año y, para cortar de repente todo contacto con la molesta realidad, meto la cabeza bajo una campana de cristal. Ya vendrán otros a sacarme de ella. (6/7/17)

miércoles, julio 04, 2018

UN GESTO


En el estudio de J.A.M., pintando una de mis modestas acuarelas. Tardo apenas una hora, que es el tiempo que mi anfitrión emplea en montar el lienzo para un futuro cuadro de gran formato. Lo que, en cierto modo, califica mi pretensión: lo mío es sólo un gesto, en contraposición a lo suyo, que es un empeño.


***

Ya casi da pereza escribir sobre esto. Pero llama la atención el hecho de que, con todo lo que se ha dicho y escrito a propósito de la polémica desatada por el artículo de J.M. sobre Gloria Fuertes, nadie se haya fijado en uno de los aspectos más preocupantes de éste y otros casos: el creciente ensañamiento de ciertos sectores de la opinión pública con quienes expresan pareceres contrarios a los suyos. Ha ocurrido siempre, porque el respeto a la opinión ajena, por desgracia, no es un don que se haya prodigado nunca demasiado en nuestro país. Pero el fenómeno ha alcanzado en los últimos meses una virulencia que empieza a resultar preocupante. Pienso en otros casos, además del citado: en el linchamiento sin paliativos que la periodista Rosa Montero ha sufrido por haber escrito un artículo en el que se planteaba que quizá los partidarios de la medicina homeopática no son necesariamente unos irresponsables o unos memos, y que es posible que tengan sus buenos motivos para secundar esa práctica; o en las reacciones que suscitan determinadas noticias relacionadas con el mundo de las corridas de toros, y especialmente las que informan de la muerte de un torero, que invariablemente son acogidas con expresiones de júbilo por parte de los detractores de la fiesta... 

Ninguna de estas tres polémicas me concierne de un modo especial: no se refieren a aspectos centrales de mis gustos o mi modo de pensar, o lo hacen desde una perspectiva que no se corresponde con mi modo de considerar los hechos. No entro, por ello, en el fondo de las mismas. Lo que sí me preocupa, y mucho, es que haya un empeño tan claro por parte de muchos en silenciar o cohibir a quienes plantean opiniones distintas a las suyas. ¿A qué se debe este fenómeno? Que no es nuevo, por otra parte, en nuestra historia reciente: también fue notable el grado de ensañamiento con el adversario que alcanzaron ciertas polémicas culturales en los meses previos a la caída de Felipe González y el cambio de ciclo político que tuvo lugar entonces. Se preveía entonces un nuevo reparto de prebendas y había quienes no querían perder la ocasión de hacer valer sus méritos para conseguir una. Ahora la situación es similar; sólo que agudizado por un fenómeno que no se dio entonces: una clara quiebra de la cohesión social y, por tanto, de ciertos consensos culturales que en otros tiempos nadie cuestionaba. En los años 80, por ejemplo, no era raro que en una misma revista literaria se reivindicara la poesía de los falangistas Agustín de Foxá o Rafael Sánchez Mazas y, a la vez, publicaran en ella poetas de signo estético y actitud vital diametralmente opuestos, como Claudio Rodríguez o Carlos Edmundo de Ory, pongo por caso. Ese sano eclecticismo empieza a ser cosa del pasado. Se está creando el estado de opinión concomitante a un cambio político y social que se considera, si no inminente, sí cercano; y que, si bien no roza todavía la posibilidad de controlar los poderes centrales del estado, ya lo hace en infinidad de ámbitos menores de decisión, desde los ayuntamientos a las universidades. En todos esos ámbitos existe la posibilidad de hacerse un nombre mediante el procedimiento de alzar la voz para denunciar o desautorizar al discrepante; y todas esas voces impostadas encuentran fácil eco en las mal llamadas "redes sociales", en las que cada vez se practica menos lo que hasta ahora habíamos entendido por sociabilidad. 

No son, desde luego, las condiciones ideales para el debate desprejuiciado o el intercambio amistoso de ideas; y sí las que históricamente suelen anteceder los periodos en los que se restringe la libertad de expresión. No digo yo que todos los que se han sumado a estas polémicas para condenar sin más al opinante de turno participen de esos motivos; quizá sólo creían apoyar de buena fe la causa correcta. Pero el hecho mismo de que ciertas opiniones se consideren "correctas" sin más, por coincidir con las corrientes de opinión en boga, resulta ya muy preocupante. En esa coyuntura estamos. (3/7/2017)

Imagen: Tertulia (1929) de Ángeles Santos. Óleo sobre lienzo. Museo Nacional Reina Sofía.

martes, julio 03, 2018

CONVERSACIÓN

Por hablar de algo mientras se prepara la cena, pregunto a mi anfitrión si ha oído una detonación que sonó en la calle a media tarde. Me dice que seguramente fue un disparo de una escopeta de aire comprimido y que el autor debió de ser cierto vecino que se complace en enseñar a su nieto este tipo de habilidades. Ese mismo vecino -me cuenta mi interlocutor, mientras me sirve una copa de vino- fue, al parecer, quien remató hace tres años a la venada herida que, huyendo de sus perseguidores, buscó refugio en las calles del pueblo -en su día ya di cuenta de ese extraño incidente en este cuaderno-. "Nunca he entendido ese tipo de caza", me dice L., ya sentado y paladeando su copa. "En los años del hambre todo el mundo cazaba, pero era por necesidad. Yo mismo ponía perchas para pájaros y lazos para conejos. También me gustaba mucho la caza con hurón" -que él pronuncia aspirando la hache-. "Un animal muy especial el hurón: cuando encuentra algo que no es de su agrado, hace ascos e incluso vomita. Tiene también su genio: los hay cariñosos y sobones como gatos domésticos, y los hay que, al menor gesto que no sea de su agrado, muerden a sus manipuladores. Y no es cosa de broma un mordisco de un hurón". 

La conversación sigue por estos derroteros durante horas, sin decaer; lo que no quiere decir que L. sea prolijo o insistente: más bien, se deja llevar. Si yo le hago alguna observación que implique un cambio de rumbo, acepta con agrado la variación. Así, la mención de los hurones ha llevado a hablar de otros animales curiosos de la fauna local, entre ellos los zorros, lo que me ha dado pie a mencionar la presencia de estos animales en la urbanización en la que me he alojado en mi reciente viaje a Irlanda. A L. no le ha molestado en absoluto este inesperado quiebro. Por el contrario, se ha mostrado de inmediato interesado. De ese modo, la conversación ha ido pasando de un asunto a otro, sin agotar ninguno y sin empujar a ninguno de los interlocutores a parapetarse en su repertorio particular y esforzarse todo el tiempo por imponerlo a los otros. Así, tras la conversación inicial sobre la caza y el inciso irlandés, la llegada de la cena ha impuesto un giro hacia la cocina popular y M.A. ha sacado a colación cierto programa de televisión en el que se explican recetas conservadas en los pueblos, casi todas ellas basadas en los ingredientes más baratos y comunes; lo que ha abierto un nuevo abanico de asuntos que tratar, desde la moderna cultura del despilfarro al rendimiento de una huerta doméstica.

Ni L. ni su mujer, A., tienen estudios, pero sí curiosidad, experiencia de la vida y un aplastante sentido común, amén de otros dones como el buen gusto innato, la sensibilidad hacia las cosas bellas y delicadas y el saber escuchar. Por eso hablar con ellos es siempre un placer. Lo que no es un don frecuente, como pude comprobar apenas veinticuatro horas más tarde y en compañía muy distinta. Son también buenos amigos y nos une una larga y trabajada confianza mutua. Pero hubo quien abrió la conversación contando un aburrido incidente laboral; y, como casi todos somos del mismo gremio, fue difícil salir de esa deriva. Y se me ocurrió que tal vez lo que caracteriza al buen conversador es lo mismo que al verdadero artista: la capacidad de olvidarse de sí mismo para tener los ojos bien abiertos y ver, más allá de las propias narices, la infinita variedad y riqueza del mundo. (2/7/2017)

domingo, julio 01, 2018

SUERTE


He vuelto a ver en el café a la muchacha de la playa. Haber sido partícipe de su baño del otro día -un acto estrictamente privado realizado a la vista de todos, como las anotaciones de este cuaderno- no ha hecho sino acentuar el evidente desequilibrio en que consiste la relación entre una persona cuya belleza nos llama la atención -algo que. por otra parte, sucede todos los días- y otra en la que esa persona posiblemente ni siquiera había reparado. Desnudarse ante una multitud anónima es un acto tan íntimo como hacerlo en la soledad de un cuarto de baño; sólo que de esa soledad a la vista de todos participaba la otra tarde un espectador para quien la visión fortuita de la bañista desnuda remitía a un contexto cotidiano -la cafetería de nuestros desayunos de media mañana- donde ese acto es sencillamente inconcebible, o sólo puede concebirse como una indulgencia no confesable de la imaginación. En el animado grupo en el que la chica toma café, constato los evidentes esfuerzos de los miembros masculinos del mismo por resultar simpáticos a su bella acompañante. Me considero más afortunado que ellos: yo no deseaba nada, ni arriesgaba nada, y sin embargo una modesta fantasía casi sin formular me ha sido gratificada: quiero decir, me ha deparado una imagen cuya exacta ubicación en mis impresiones inmediatas ha dado algún vuelo a mi imaginación, en lo que ésta tiene de teatro donde interactúan los deseos. Otros no tendrán tanta suerte. (30/6/17)

viernes, junio 29, 2018

GRANDEZAS

Copié mi comentario del otro día a propósito de la poeta G. F. en una red social e inevitablemente ha tenido alguna mala respuesta. Es curioso: yo intentaba aportar matices, antes de entrar en el juego absurdo del enaltecimiento gratuito o la descalificación sin más. Lo que está en cuestión es esto: ¿Qué es un/a gran poeta? ¿Qué información aporta esta calificación cuando se otorga de manera más o menos unánime a algún escritor? Y no menos importante: ¿otorgar o negar esta calificación a alguien -a un escritor difunto, por ejemplo, al conmemorarse su aniversario o similar- supone hacer un juicio de valor sobre quienes lo leen, que de este modo reciben una especie de beneplácito general o, por el contrario, una descalificación de su particular apuesta estética? 

Empecemos por esto último. Leer no consiste en adherirse sin más a un canon, ya sea el que proporciona la escuela o el que improvisan semana a semana con sus apresuradas opiniones los críticos de los periódicos. Leer es un acto introspectivo e intransferible, que implica la adhesión privada al valor que aporta a un determinado individuo la lectura de un texto particular. Puede ser un clásico indiscutible, pero también puede ser, pongo por caso, un poeta indiscutiblemente "menor", al que el lector encuentra amable, conmovedor, certero en la expresión de determinados matices sentimentales y vivenciales que suelen escapar a los clásicos consagrados, etcétera. A mí, por ejemplo, me gusta leer a toda una caterva de poetas modernistas "menores" que escribieron al margen de la modernidad y las vanguardias, y cuya obsolescencia estética es palmaria, pero que a mí me parece que aportan un sano ejemplo de conocimiento del oficio, de indiferencia a la novedad y de asunción del ejercicio de la poesía como un modo de vivir. Además, me divierten y conmueven, lo que no es en absoluto baladí... ¿Pretenderé por ello que los manuales de literatura les dediquen un capítulo a cada uno, y que sus libros se reediten con la frecuencia con que se reedita a Rubén Darío o a Antonio Machado? Más bien lo contrario: agradece uno que esa devoción suya particular a un autor extracanónico no sea del todo del dominio público, que se base en el azar de encontrar sus libros en un remate o librería de viejo, y que no todos la compartan. El fondo de lecturas de muchos grandes escritores está hecho de estas elecciones discutibles; lo que no quiere decir, por supuesto, que desdeñen a los clásicos de primer orden y las enseñanzas que se derivan de su lectura. Por tanto, si alguien viene a decirme, por ejemplo, que leer a Fernando Fortún es perder el tiempo, y se permite descalificarlo diciendo que fue un modernista trasnochado, etcétera, no me daré por ofendido ni pensaré que esa descalificación me afecta como lector. Y si alguien, por el contrario, en un arranque de entusiasmo dictado por un aniversario, me dice que F. F. es tan grande poeta como Antonio Machado, y que su postergación es una injusticia debida a tales o cuales circunstancias extraliterarias, tampoco me consideraré vindicado por ello. Yo sé bien qué valores encuentro en F. F. y no me hace falta que nadie venga a aplaudirme o a descalificarme por mi gusto particular. 

Porque una cosa está clara. F. F. no es un "gran poeta", por mucho que lo proclame algún entusiasta ocasional o llegue una coyuntura en la que su figura y posición merezcan ser reivindicadas. Grandes, grandísimos poetas hay pocos: quizá, en el mejor de los casos, uno o dos por generación, flanqueados a veces por una docena de poetas de altura con quienes dialogan y comparten los rasgos que definen una época. Suelen alzarse sobre la tradición para aportar un rasgo diferencial e inconfundible, que se incorpora a la misma y define nuevos parámetros desde los que apreciarla. Comparten rasgos generales con sus coetáneos, pero suele suceder que, conforme pasan los años y se afina el juicio sobre ellos, lo que termina definiéndolos no es lo que comparten con otros escritores de su tiempo, sino lo que los diferencia de ellos. Podrían ponerse muchos ejemplos: J. R. J. y Antonio Machado en su época, Luis Cernuda en contraste con sus compañeros de generación, etcétera.

Conviene, por ello, tener claro qué se dice cuando se proclama sin más, al socaire de un entusiasmo coyuntural, la grandeza de tal o cual poeta. Si lo que se pretende es ganarle lectores, un error de juicio por elevación puede tener más bien el efecto contrario. Si uno ama a un (a una) poeta sobre quien no recae esa calificación, el mejor modo de hacer su defensa es atenerse a lo que nos conmueve de su pequeñez, su gracia, su encanto, antes que atribuirle grandezas que no le pertenecen. Ya sé que es difícil hallar ese tino, y mucho más andarse con tantos miramientos en un mundo donde nadie se toma más de unos segundos en formular las propias opiniones o considerar las ajenas, no digamos ya a entrar en matices. El resultado es lo que conocemos, ruido y confusión, en beneficio de la mala hierba que mejor prospera en este medio: la pura ignorancia. (26/6/17)

miércoles, junio 27, 2018

VUELO BAJO

Foto: JULIO GONZÁLEZ (Diario de Cádiz)
Amanece de nuevo con olor a quemado y un horizonte de ceniza. Siguen ardiendo los pinos de Moguer y Mazagón. No es lo mismo saber de una catástrofe así por la televisión que despertarse bajo una evidencia palpable de que los campos arden no demasiado lejos de donde uno hace su vida cotidiana. Y lo curioso es que esta cercanía, más que disipar la vaga sensación de irrealidad que envuelve la mayoría de las historias que te llegan como meros relatos noticiosos, la aumenta. Ha terminado uno por no dar crédito a sus propias percepciones; que son, por así decirlo, como la neblina que se interpone entre el ensimismamiento y los inapelables aconteceres que suceden más allá de esa burbuja.

***

No hago otra cosa que dar vueltas a qué hacer respecto a cierto compromiso familiar al que no me apetece asistir. Interrogado al respecto, respondo que lo que verdaderamente me molesta es que me hayan puesto en ese brete. A lo que mi interlocutora -este dilema es ahora mi tema favorito de conversación- responde que esa posición es absurda: más que lamentarse de que los demás hagan cosas en las que no deseas participar, lo sensato sería sencillamente emitir una negativa y eventualmente argumentarla. Es decir: aprender a decir no. Ha llegado uno a la cincuentena -ya largamente rebasada- sin haber adquirido esta habilidad elemental. Lo que es un recordatorio de que el tiempo que queda no conviene desperdiciarlo por no saber precaverse de las usurpaciones desconsideradas que siempre intentarán los otros.

***

Bernie (2011) del quizá sobrevalorado Richard Linklater: película resultona sobre un asesino confeso que, además, resulta ser una simpatiquísima persona a la que ningún jurado condenaría, por lo que el fiscal del caso cree necesario solicitar que se le juzgue en un pueblo donde no lo conozcan. Es una historia, al parecer, basada en un caso real; lo que no quita que la película, técnicamente muy competente, esté contada desde una especie de mirada cínica que apela a la complicidad de ciertos públicos y deja al margen cualquier muestra de simpatía mínima por los personajes implicados. No sé si lo he dicho ya: detesto ese tipo de cine cuya premisa esencial es que el público crea verse reflejado en la inteligencia cínica del director, o viceversa. Cine de vuelo bajo siempre: necesario quizá, como en toda reunión es necesaria la presencia de un impertinente del que precavernos. (26/6/17)

martes, junio 26, 2018

CHAMUSQUINA

Foto: JULIO GONZÁLEZ (Diario de Cádiz)
Olor a chamusquina procedente de un incendio que devasta los pinares de Moguer y Mazagón y el contorno de Doñana. También el cielo se ha teñido de esa inconfundible tonalidad amostazada, que al principio parece resultado de las calimas de la estación, pero pronto revela su verdadera cualidad de indicio de una catástrofe. Pienso en las frecuentes alusiones a estos pinares en la obra de J.R.J. Ahora esa cualidad inconsútil ha adquirido un nuevo matiz: el fondo de los paseos del poeta y su asnillo es, literalmente, una pavesa. No arde sólo un paraje: toda una educación sentimental es pasto de las llamas.


***

También para incendiar un poco el cotarro: "Francamente, me resulta imposible suscribir que Gloria Fuertes fuese una grandísima poeta a la que debemos tomar muy en serio", afirma Javier Marías en su columna semanal en El País. No suele uno prestarse a suscribir las opiniones de este escritor, quizá más por una cuestión de forma que de fondo. Pero esta vez el mensaje es tan nítido como indiscutible. Y no porque no aprecie uno hasta cierto punto la obra y la figura de la autora cuyo centenario se ha celebrado este año hasta el empacho, sino porque esa celebración excluye el matiz de que un poeta -una poeta, en este caso- por quien se puede sentir simpatía y a quien incluso se puede conceptuar como necesario/a en una coyuntura de la que sólo se recuerdan hoy las actitudes y gestos francamente indigeribles de muchos otros, no tiene por qué cargar con el peso de una clase de estimación que no le corresponde. Grandes, grandísimos poetas fueron otros. A ella le correspondió el don de una cierta gracia impertinente, alada, corrosiva en comparación con las solemnidades que se estilaban en su tiempo. Aportó un toque de ironía naïf a un panorama de gestos serios y decires impostados. Hay que reconocérselo. Pero no confundamos las escalas de medir.

***

La celebración familiar -¿un bautizo, una comunión?- que se celebraba en un local aledaño ha terminado a tortas. Dos de los celebrantes han salido del local con intención de liarse a puñetazos. Detrás han salido otros, para impedirlo, aunque en estos casos nunca se sabe. Veinte minutos después la fiesta se ha disuelto y lo que queda en el ambiente es como la resonancia apagada de una explosión que nos ha dejado a todos con los tímpanos embotados. Lo cierto es que el calor también ahoga. ¿Será eso lo que ha encendido los ánimos? O quizá haya sido el toque agresivo de la gomina en las crestas ya de de por sí demasiado engalladas, en combinación con ese humor susceptible al que predispone el apresto de las camisas nuevas. (25/6/17)

jueves, junio 21, 2018

LA BAÑISTA


Cuando abandono la playa, ya con el sol declinante, la veo bajar por las escalerillas. Lleva un liviano vestidillo blanco, muy corto, bajo el que se transparentan las alas desplegadas, como de gaviota, de un eslip negro. La conozco de algo más que de vista -solemos coincidir en la terraza cercana donde habitualmente tomo el desayuno de media mañana-, por lo que con la mirada sigo sus pasos con cierta curiosidad, aunque no es muy difícil prever lo que va a hacer. Cruza la franja de arena, se detiene a unos metros de la orilla, se desenfunda el breve vestido, que deja caer al suelo, y se acerca a al orilla, donde la frialdad del agua la detiene e incluso la fuerza a un amago de retroceso, en el que gira hacia mí por un instante su torso desnudo, antes de continuar avanzando hasta zambullirse. 

La forzosa proximidad de nuestras mesas en la terraza de marras me ha proporcionado algunos datos sobre su vida. En la animada tertulia que mantiene con sus compañeras de café se habla siempre de asuntos generales, pero esa misma tendencia a la generalización favorece que unas y otras, llegado el caso, ilustren sus opiniones con el relato particularizado de alguna experiencia propia, De esas confidencias cazadas al vuelo he llegado a formarme una idea aproximada de la vida de la chica en cuestión; que, por ser la más joven de las tres que desayunan juntas, parece también la más desinhibida a la hora de contar sus cosas. Conoce bien a los hombres, que en general le parecen un tanto pueriles, como forzosamente han de parecerlo a quien tiene ocasión de comprobar, día tras día, el efecto que su mera presencia ejerce sobre ellos, incapaces seguramente de relacionarse con una mujer joven, atractiva e independiente en otros términos que no incluyan de algún modo los rituales del cortejo, abierta o soterradamente. Lo que no quiere decir que los rehúya: todo lo contrario, por más que el resultado de ese trato dictado por una cierta desconfianza mutua sea frecuentemente la decepción, e incluso alguna que otra indeseada consecuencia: en uno de sus relatos, la chica demostró estar muy al tanto del todavía tortuoso trámite de poner fin a un embarazo no deseado. 

Anoto estas intimidades ajenas con desazón: En el caso improbable de que la chica leyese estas notas, ¿se reconocería? Apelo, en cualquier caso, a la pretensión que estos apuntes tienen de consignar lo genérico en lo particular. En el caso de esta chica, no puedo dejar de ver en ella una proyección del viejo arquetipo de la belleza vulnerada, vulnerable. Soy consciente de la nota de falsedad aparejada al tópico; y también de la inevitable relación del mismo con ciertos atavismos masculinos, en este caso referidos al observador. Sea. La tarde de playa, en cualquier caso, ha querido ofrecerme una imagen de esta chica que seguramente tardaré en olvidar. Bien merece la pena atesorarla. Cuando volvamos a coincidir en la cafetería, no sabrá que tengo de ella ese nuevo dato, más imborrable que cualquiera de esas arriesgadas confidencias suyas lanzadas al tuntún. No podía dejar de anotarlo. (20/6/17) 

lunes, junio 18, 2018

LA DIVA


La diva -no es irónico: se trata de una verdadera cantante de ópera- no ha tenido un buen día hoy. La han convencido para que cante un par de piezas al cierre de un acto literario. Y ya desde el principio ha habido algún malentendido. "¿Sois primas?", he preguntado a la anfitriona, que tiene el mismo apellido. No hay ningún parentesco, me asegura. Pero he caído luego en la cuenta, pensando en la cara de póquer que la cantante ha puesto al oír mi bienintencionada pregunta, que hacerla era  tanto como dar a entender que ella no estaba allí por méritos propios, sino precisamente en virtud de ese presunto parentesco. Luego, mientras el acto se iba desarrollando, hemos notado alguna tensión entre bambalinas. Al parecer, la anfitriona ha perdido el pendrive que contenía el acompañamiento orquestal de las dos piezas que iba a cantar. El caso es que, llegado el momento, la cantante anuncia que, a pesar de todas las inconveniencias -la falta de acompañamiento musical, la imposibilidad de haber calentado la voz, etcétera- va a hacer lo que pueda. Expectación, no exenta de cierto azoramiento: ¿no estaremos poniendo -nos preguntamos todos- a esta chica en un compromiso indebido? Pero enseguida el milagro de la música nos hace olvidar nuestras prevenciones: las notas de "Visi d'arte", la famosa y muy difícil aria de Tosca, y de "O mio bambino caro" de Gianni Schicchi llenan el local. Al final de la segunda y última pieza, rompemos a aplaudir... Pero, ay, al parecer lo hemos hecho antes de tiempo. Entre rendidos aplausos, la cantante se dirige a la puerta... y se va. No ha habido modo de alcanzarla, siquiera para darle las gracias. La anfitriona la ha llamado y le ha enviado mensajes; inútilmente: no contesta. Y aunque el acto en general ha salido bien y hay motivos para no estar descontentos, queda en el aire un cierto malestar, que flota sobre la sobremesa y nos acompaña durante las copas y la cena. (17/6/2017)

viernes, junio 15, 2018

UN BUEN MOMENTO

Continúa la sensación de vaivén emocional: después del bajón de ayer, a mitad de la mañana alcanzo lo que percibo como un momento de absoluta plenitud física y mental. Las circunstancias que concurren no son en absoluto especiales: una hora libre, un rato de lectura en una terraza después del desayuno, a perfecto resguardo de la calima que castiga el otro lado de la calle y bajo el efecto del más benevolente de los vientos, el sur, que despeja la mente e infunde al cuerpo la sensación de no estar expuesto a ninguna contingencia que se traduzca en frío o calor, molestias o fatiga. ¿Dependerá la felicidad de cosas tan simples? No lo creo, pero sí está claro que esta confluencia de circunstancias ayuda a que aflore una especie de predisposición natural a la aceptación, a la justa consideración de la insignificancia de las contrariedades que habitualmente nos abruman, a la claridad de la mente en correspondencia con el bienestar físico. La consecuencia inmediata es una intensificación de la percepción: no hablo, naturalmente, de ningún tipo de experiencia visionaria, sino de la mera constatación de que ninguna sensación intrusa se interpone entre los sentidos y lo que se supone que éstos deben percibir. La propia lectura, en este estado, resulta doblemente grata: no es sólo una distracción más o menos mecánica, trufada de pequeñas recompensas parciales hasta cierto punto desconectadas entre sí, tal como las percibe una atención dividida entre el objeto al que se aplica y la que reclaman para sí el ánimo y circunstancias del receptor, sino la asunción de un discurso ajeno que se reputa interesante -y que, por suerte, lo es- y que encuentra en la mente del lector una perfecta cámara de resonancia... No me extiendo más. Quizá dedicamos demasiados esfuerzos a la disección del dolor, por ejemplo, y muy pocos a las sensaciones opuestas. Dejo aquí este apunte, por si alguna vez me sirve para situar en su justo lugar las otras.

***

No he vuelto a ver al perro inválido del otro día, ni a la pareja que se esmeraba por ayudarlo a recuperar la movilidad. ¿Se habrán cansado? ¿Habrán llegado a la conclusión de que el pobre animal es insalvable? No quiero pensarlo. (14/6/17)

jueves, junio 14, 2018

SOLANESCO

M.A. ha partido de Madrid con hora y media de retraso, en un tren averiado que se detuvo al poco de salir de la estación, lo que obligó a repartir el pasaje entre otros trenes. Durante el trayecto se escacharró el aire acondicionado y la tripulación hubo de pedir un médico por megafonía para atender a un viajero que quizá no había aguantado tantas emociones. Eso sí: pasada Sevilla, donde se apeaba la mayor parte del pasaje, la compañía tuvo a bien repartir bocadillos entre quienes quedaban. Habría resultado incluso divertido, si no fuera por la sensación de naufragio colectivo que la reiteración de esta clase de incidentes en los servicios públicos y en otras esferas del acontecer ciudadano no hace sino afianzar. La realidad cotidiana se parece cada vez más a los panoramas de vida degradada a la que nos tienen acostumbrados las distopías del cine y la literatura: es el mundo averiado de Blade Runner, por ejemplo. A quienes nos criamos en los espejismos pequeño burgueses de la España tardofranquista, con sus ilusiones de bienestar de clase media para muchos, aunque fuera pagado a plazos, nos costará acostumbrarnos a esa nueva realidad. A otros quizá no: pienso en C., con quien M.A. acaba de pasar unos días en Madrid. Vive en Lavapiés, en un piso minúsculo, en compañía de una chica y un chico norteamericanos y dos perros de tamaño más que mediano. Algunas partes de la finca están apuntaladas y en otras el suelo está tan hundido que es necesario transitar sobre tablas. Leer las placas de los buzones es muy distraído: hay nombres y apellidos de todos los continentes. C. parece estar a gusto en esa mescolanza, aunque a veces se indigna o pasa miedo cuando algún desconocido se dirige a ella por la calle en términos no precisamente gratos o tranquilizadores para una muchacha que pasea sola. Tampoco lo pasa bien cuando, en vísperas de determinadas fiestas, los niños y no tan niños del barrio se divierten haciendo estallar petardos que causan un indescriptible pánico a los perros. 

Todo lo que antecede, lo sé, suena a exageración, o a apunte de tintes solanescos -por el pintor y escritor José Gutiérrez Solana, que pintó y describió la miseria y degradación urbanas de la España de hace cien años-. C. diría que no es para tanto: que la gente vive así, e incluso que esa forma de vida genera un desapego hacia las convenciones y aspiraciones burguesas que quizá sea incluso higiénico y liberador; mejor, incluso, que la achuchada vida de sus padres, atados a decenas de obligaciones y compromisos, además de a una cierta irrenunciable idea del decoro. Bueno. Las perspectivas cambian según la edad. De lo que no estoy muy seguro es de que vaya a variar el marco: es muy posible que ésta llegue a ser la única forma de vida a la que pueda aspirar la mayor parte de la población en las próximas décadas. Me gustaría equivocarme. (13/6/17) 

lunes, junio 11, 2018

AVISPAS


He confundido el tique de aparcamiento: el que llevaba en la cartera no es válido y ahora no puedo efectuar el pago que ha de franquearme la salida. En la caseta de vigilancia no hay nadie y tampoco responde nadie a la infinidad de llamadas que hago por los interfonos de las distintas máquinas que se ocupan del funcionamiento del negocio. El aparcamiento en cuestión es una parcela anexa a las instalaciones portuarias y el entorno es, a estas horas últimas de la tarde, la imagen misma de la desolación: una explanada desierta rodeada de vallas de malla metálica y ceñida por un horizonte de grúas y perfiles de naves de almacenamiento. Reconozco que estoy experimentando una sensación parecida al pánico: acaloramiento, aceleración del pulso, impulso a adoptar alguna solución expeditiva, como salir del aparcamiento por las bravas, llevándome por delante la valla que me veda el paso... 

Antes de hacer eso, me dirijo al coche y miro en el salpicadero y debajo de los asientos. Encuentro otro tique, que resulta ser el válido. Todo se ha debido a una confusión. Pero me queda la duda de cómo podría haber resuelto el problema si, efectivamente, hubiera perdido el tique en cuestión. Salgo del aparcamiento-trampa con el firme propósito de no volver a ponerme en semejante situación de desamparo. Pero cómo evitarlo.

***

Más pequeñas contrariedades. A M. le ha picado una avispa y, como es alérgico, ha habido que llevarlo a urgencias para que le pongan una inyección de urbasón. Me he ofrecido a acompañarlo, con lo que la contingencia ha puesto en mi mañana de desocupado una nota de imprevista responsabilidad. En el consultorio nos precedían unos cuantos niños pequeños, todos ellos acompañados, y aquejados de diversas variedades de catarro primaveral. Pienso que no sería raro que me contagiaran algún virus. Pero ninguno de ellos permanece en la sala de espera lo suficiente como para dar tiempo a los gérmenes a viajar de una mucosa a otra: el médico los despacha con fría eficiencia, como quien firma expedientes; de hecho, lo que hace es firmar volantes y recetas, que los atribulados padres se encargan de llevar a toda prisa a la farmacia más cercana. A otros los envía directamente, provistos del correspondiente volante, a la consulta contigua, donde oficia el ATS que hace las curas o pone las inyecciones. De esa dependencia precisamente acaba de salir una mujer adulta, pálida y descompuesta, apoyada en el brazo de una anciana que no parece que pueda sostener a su acompañante en caso de que ésta se desmaye. Al parecer, el dolor del pinchazo le ha causado mareo. La han llevado a una sala adjunta, para que se siente y se recupere. Le pregunto a M. si le dan miedo las inyecciones. Y me dice que en otro tiempo, cuando las necesitaba, se las ponía su mujer, pero que últimamente se las pone él mismo y que así duelen menos. Lo que, después de todo, no deja de tener su lógica. (11/6/17)





miércoles, junio 06, 2018

UN PERRO

Al principio me da la impresión de que están haciendo algo nefando al pobre animal. La escena sucede en el parquecillo que se extiende frente a mi ventana. Un hombre joven trata de envolver a un perro, que parece no poder moverse, en una manta. A su lado, sentada en el césped junto a un cochecito de niño que han usado usado para llevar hasta allí al animal impedido, una chica lo mira en silencio.

Poco a poco, el cuadro va adquiriendo un sentido distinto al que quisieron darle mis temores. Por razones que ignoro, el animal no se sostiene sobre sus patas y el hombre le ha pasado una manta bajo el tronco con la intención de sostenerlo poco menos que en volandas y ponerlo en situación de apoyar sus extremidades en el suelo. No quiero imaginar el origen del daño: un accidente, quizá, o malos tratos —y quiero suponer, en ese caso, que las personas que se esfuerzan por hacerle recuperar sus fuerzas lo han rescatado de un entorno cruel—. El caso es que el animal intuye que le están haciendo bien y mueve alegremente el rabo, y más cuando se le acerca otro perro, que lo ronda cariñosamente y se muestra extrañado de que su congénere no se le una en sus carreras. Cobra entonces un nuevo sentido la presencia del cochecito de bebé: el dueño del segundo perro ha traído lo que, desde mi ventana, parece un juego de esas tiras de sujeción que usan los electricistas para atar los manojos de cables. Con su ayuda, los dos hombres se afanan en convertir el coche, con la ayuda de la manta de antes, en una especie de arnés con ruedas, en el que el perro inválido pueda sostenerse a una altura desde la que sus patas toquen el suelo. Pero el empeño no parece tener éxito: el animal está demasiado débil y prefiere dejarse arrastrar, antes que hacer ningún esfuerzo efectivo por impulsarse con sus extremidades. De vez en cuando, no obstante, atina a dar un paso, lo que provoca el regocijo general de los allí congregados, que lo alientan con palabras cariñosas y le dan palmaditas en el lomo. 

Quiero pensar que todo este designio obedece a las instrucciones de un veterinario y que el animal no resultará dañado por un trato imprudente. La escena se prolonga durante una hora. Luego, en un instante en el que dejo de prestarle atención, sus protagonistas desaparecen. Hago votos porque se dejen ver por aquí algún otro día y el perro dé ya entonces muestras de recuperación. (5/6/2017)

martes, junio 05, 2018

EXCEDENTES

Como todo el mundo está en la feria, en el paseo marítimo los bares tienen la baraja echada. Habíamos salido con la vaga esperanza de que hubiera alguna excepción y pudiéramos sentarnos en alguna terraza a tomar el fresco. Ha habido suerte: hay un bar abierto, e incluso concurrido. Se ve, pensamos, que la docena escasa de personas que no han querido ir a la feria han venido a refugiarse aquí. Casi todas las mesas de la terraza están ocupadas. Pero hay algo más: de dentro del local, al que no llegamos a asomarnos, sale música y por el ventanal que da a la terraza vemos bailar en la semipenumbra a unas cuantas parejas de mediana edad. La camarera nos explica que se trata de un grupo de amigos que, en viernes alternos, se reúnen para merendar y pasar luego el resto de la velada bailando. "Puede sumarse quien quiera", nos dice la chica. Nosotros nos conformamos con saber que seguramente ha sido la certeza de contar con esa clientela asidua lo que ha hecho que el dueño del bar haya optado por abrir en un día como hoy. La alegría programada de esos viejos —o quizá no tanto: puede que la mayoría de ellos tenga más o menos nuestra edad— ha generado, por así decirlo, un excedente, una especie de sobrante, del que hemos podido beneficiarnos. Quién pide más.

***

—¿Qué hacéis?
Nada, ver una película. 
—¿Qué película?
—Una argentina de los años 40, La dama duende.  
—¿?
—Sí, el guión lo hace María Teresa León. Es que J.M. está leyendo su biografía y le ha llamado la atención ese dato. Por eso ha buscado la película.
—¿Vosotros no hacéis nunca nada que no tenga un trasfondo cultural?
—Sí, también. Pero eso no lo contamos.

***

Para no desmentirnos, durante la cena hemos escuchado algunas canciones de Mariem Hassan, la saharahui de voz cálida que ponía cadencias de blues a las venerables melopeas de su pueblo. Di con ella por casualidad, siguiendo las sugerencias de una lista aleatoria de canciones en una web de música. Desde entonces es una de mis cantantes favoritas. Hoy he sabido también en su día la noticia, que publicó El País, me pasó desapercibida que un cáncer la mató en 2015, a los cincuenta y siete años de edad. Eligió morir con los suyos en Tinduf, en el exilio argelino. Anoto estos datos no sé muy bien por qué. La difusa mitología en la que se insertan las modernas estrellas de la canción abunda en finales dramáticos y prematuros. No es el caso. Su muerte contabiliza, más bien, en las estadísticas de afecciones que hacen estragos en la mediana edad. Nos dejó su música, que no es poco: el repertorio disponible en la web donde suelo escucharla no ha hecho otra cosa que aumentar desde el día en el que leí por primera vez su nombre. Ahora caigo en la cuenta de que entonces vivía aún.

viernes, junio 01, 2018

BARBAS

Una mañana apacible, una terraza frente al mar, una hora libre y un libro que leer —en desagravio, ay, por el que dejé ayer deshaciéndose a la intemperie en medio de un polígono industrial... La combinación no puede ser más favorable. Pero la mesa que he elegido está cubierta por una desagradable película salitrosa, de la playa sube a la terraza un soplo de boca de horno y bajo el toldo suena una insoslayable música machacona. El resultado es que salgo huyendo apenas termino mi desayuno. Y con la desalentadora impresión de que ciertos espejismos de la felicidad sólo lo son vistos a conveniente distancia y rara vez resisten la prueba de la realidad.

***

Mi ya crecida barba merece una mención, la primera, en este cuaderno. Me ha deparado una curiosa sensación de pudor retrospectivo: ahora me resultaría incómodo volver a dejar al descubierto ciertas cicatrices faciales que tengo desde la infancia y que ahora, por primera vez desde el accidente que me las causó cuando tenía diez años, resultan invisibles. Alguien me ha dicho que esta profusión de pelo mayoritariamente blanco me hace más joven. No sé. Quizá quiere decir que contrarresta en cierta medida, y por la vía del desaliño, mi ya asentado aspecto de hombre formal: una condición que, ahora que lo pienso, siempre me ha parecido un tanto prematura. (1/6/17)