sábado, enero 21, 2017

COSTUMBRISMO




Asomado a la ventana, con la vista puesta en el horizonte y una cierta voluntad de hacer abstracción del entorno urbano que me rodea, me asalta la plena convicción de que la imagen que tengo delante -la playa, unos escollos, el cielo jaspeado de jirones de nubes- es la misma que pudo haber contemplado alguien que se hubiese situado en este lugar antes de que existiera, no ya el edificio en el que estoy, sino la propia ciudad o incluso los rudimentos mismos de sociabilidad de los que ésta ha surgido: un merodeador solitario que se hubiese parado a otear el mar desde la cima de un promontorio y que acaso hubiese tenido también la premonición de unas gentes extrañas levantando sus casas y afanándose en sus rutinas en ese mismo sitio muchos siglos después, alterando para siempre su fisonomía, pero manteniendo intacta la posibilidad de fascinación ante lo inmenso, en la que sólo cuenta la mirada y el horizonte que la circunscribe.

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A esta hora de la mañana el hospital parece una feria. Los bares que flanquean la carretera de acceso están atestados, como lo está el aparcamiento de pago que han habilitado en un descampado adyacente a la zona hospitalaria propiamente dicha. En los accesos, vendedores ambulantes y puestos de fruta. Sensación, de pronto, de estar en un país abigarrado y remoto, que no es otro que el ignoto corazón de nuestro insalvable costumbrismo. Hacer literatura de esto casi sería un abuso. (21/1/2016)

martes, enero 17, 2017

BRIXTON

Nos cuenta C. que estuvo en el homenaje que el barrio de Brixton dedicó al recién fallecido David Bowie. Discursos emotivos, velas encendidas, interpretación de sus canciones a cargo de una banda "tributo". Extraña parafernalia cuasirreligiosa para una figura que encarnaba como ninguna otra -en eso aventajó a todos sus rivales- la idea de la modernidad como una especie de transformismo ejercitado sobre el vacío y, por tanto, difícilmente vendible como otra cosa que no fuera espectáculo, antes que ejemplo o guía. En eso, al menos, fue más sincero que otros "ídolos" de la cultura popular. De ahí, también, que el comentario que con más frecuencia se ha oído estos días a raíz de su muerte -al menos, en privado, cuando no había que reafirmar la filiación de uno a esa sedicente modernidad periclitada- ha sido el mismo en el que coincidimos C. y yo en nuestra breve conversación telefónica. "Oye -me pregunta-, ¿y a ti te gustaba Bowie de verdad? Lo digo porque en casa había algún disco suyo, y no recuerdo que lo escucharas". "Bueno, a mí me interesaba más el personaje que su música. Sus canciones, la verdad, no me parecen gran cosa". 


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He decidido cancelar mis cuentas en las distintas "redes sociales" en las que participo, empezando por Facebook. Es curioso que la decisión me haya costado tanto y me suma en una especie de inseguridad similar a la que sentía, de adolescente, cuando me planteaba sustraerme a alguna directriz de grupo y temía ser objeto de recriminaciones y burlas. Pero empiezo a ver con claridad que las presuntas ventajas de estar en permanente comunicación con todo el mundo no compensan las molestias derivadas de ello, ni aminoran en absoluto la sensación de que el coste de dedicar a tanta injerencia ajena unos minutos al día es el sacrificio del mínimo recogimiento que es condición indispensable para cualquier empeño personal que valga la pena. Se impone una pausa y ver qué aflora. 



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"Se te ve disperso", me dice M.A. Yo, en cambio, tengo la sensación contraria: la de estar demasiado reconcentrado en algo que, sin embargo, no acabo de saber qué es. (17/1/16)

sábado, enero 14, 2017

CASA DIEGO

Me está gustando este Wimbledon Green, el mayor coleccionista de cómics del mundo, la "novela gráfica" -¿no sería mejor decir "tebeo"?- del dibujante Seth que me regalaron por Reyes, y que utiliza la falsilla de la bibliofilia para tejer una amalgama de vidas desenfocadas y empeños sostenidos contra toda lógica. 

Hoy he leído el capitulillo en el que el protagonista desgrana sus recuerdos y menciona la tienda de tebeos y chucherías en la que se abastecía de ese paliativo de la soledad que son las lecturas infantiles. Donde habla de "la tienda de Pete" leo yo "casa Diego" o "casa Maruja": bajo los dos nombres se conocía el humilde establecimiento en el que compraba mis tebeos, mis sobres de soldaditos y otros humildes juguetes y pasatiempos, que iban desde las planillas de naipes de la casa de Heraclio Fournier -para desprenderlos había que cortar a lo largo de una línea perforada, como los cupones-, hasta las pistolas de muelle que disparaban un tapón de corcho. Esto último me reconciliaba un poco con la especie: implicaba juego con otros niños, aunque sobre una base de ficción compartida y reparto negociado de papeles, y no sobre el principio de ruda competición implícito en los deportes. Pienso ahora que aquella tiendecilla en la que no había un solo libro -como no los hubo en mi casa hasta que fueron llegando los primeros que yo pedí- fue mi primera librería, en tanto que todo lo que allí compraba abocaba a hábitos de soledad imaginativa similares a la lectura propiamente dicha. Debe uno mucho a ese establecimiento. Tal vez por ello frecuento ahora los mercadillos y las librerías de viejo: en busca de esa misma emoción del hallazgo, que no se satisface nunca en la abundancia algo obscena de los grandes almacenes. 

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Va llegando el frío en dosis homeopáticas: el que se siente a primera mañana en el breve trayecto a pie desde la plaza de aparcamiento al trabajo. Luego, ya en faena, se olvida  uno de él, como los campesinos se olvidan de la rasca en cuanto doblan el lomo. Al mediodía, sol radiante y temperaturas por encima de los veinte grados. Y no, no termina de cuajar esa sensación de travesía en lo oscuro que representan los días más crudos del invierno. No sabría decir si los echo de menos: es como esa fantasía de que, con cada año que pasa, deseamos menos volver a la indefinición e incertidumbres de los años precedentes. Nadie había pedido esta eterna primavera. Y, sin embargo... (14/1/2016)

martes, enero 10, 2017

POR EL BUEN CAMINO



En el mercadillo. Hojeando un ejemplar de la primera traducción española de Doctor Jivago, la que se hizo sobre el texto italiano que publicó Feltrinelli en 1957, cuando la novela estaba todavía proscrita en Rusia, me llama la atención la pulcritud y corrección métrica con que están vertidos los poemas que ocupan el capítulo final. Busco el nombre del traductor: Fernando Gutiérrez, de quien, tras hacer la correspondiente búsqueda informática, averiguo que fue un prolífico y premiado poeta, amén de traductor y gestor editorial, y que en su tiempo se apreciaba mucho su conocimiento de los entresijos de la censura -él mismo ejerció como censor- y, por consiguiente, su habilidad para sortearla. Entre sus méritos está haber fundado una apreciable revista poética, Entregas de poesía, en 1945, haber servido de guía y mentor a un principiante Juan Goytisolo y haber firmado -al parecer, para facilitar su aprobación por la censura- una antología de poesía en lengua catalana. Cuántas trayectorias literarias de esos años nos llegan hoy mezcladas con esas servidumbres del vivir de entonces, quizá no más onerosas ni vergonzosas que las que afectan al escritor de hoy. También uno va dejando un sinuoso rastro periodístico y editorial que quizá provocará, en el curioso de mañana, la misma reflexión melancólica. Es la lección moral que se desprende de los libros viejos. Por eso los frecuento: son para mí tan instructivos como la calavera para un cartujo.  

Un conocido, por cierto, me ha dicho que hace unos cuantos domingos encontró un libro mío en este mercadillo, y que piadosamente lo compró... Vamos por el buen camino. (10/1/2016)

sábado, enero 07, 2017

COMIDA PARA LLEVAR


Mientras esperamos nuestro pedido de comida para llevar, tomamos unas cañas. El bar está abarrotado: se ve que en vísperas de festivo nadie tiene ganas de cocinar. A mi espalda, mesas en las que se abarrotan hasta ocho o diez personas, en animados grupos que trasiegan cerveza y devoran con muy buen apetito los sandwiches historiados y los grasientos "combos" de la casa. En la barra, algún solitario que se ve que no tiene mejor sitio donde cenar, y también algunos que sólo beben. Junto a la puerta, casi al relente, un matrimonio de mediana edad con una hija adolescente: los adultos callan y miran al vacío, mientras la niña, que luce una llamativa melena lacia color rubio platino, no quita los ojos del teléfono móvil. Al rato, musita algo a su padre y éste dispone el traslado del grupo al extremo más alejado de la puerta: la chica, que debajo de la cazadora corta luce un exiguo top de gasa negra que apenas le llega al ombligo, se ha quejado del frío. "Normal", musita M.A. con cierta maldad. A nuestro lado, mientras tanto, se ha instalado una muchacha alta y guapa y un tanto baqueteada: me recuerda a esas profesoras interinas al filo de los cuarenta que ya han recorrido media España de destino en destino y presumen de haberlo visto todo; sólo que ésta, en cuanto abre la boca, desmiente cualquier posibilidad de haberse dedicado alguna vez a menesteres académicos. Al desgarro del deje local añade una ronquera muy trabajada, que sin embargo redunda en el atractivo del conjunto. De una mesa inmediata le preguntan por su novio y ella dice que ha estado con él esa misma tarde. Todos lo celebran. "¿Cuánto tiempo te dejan con él?", le preguntan. "Hora y media", dice ella, con una sonrisa sabia. Sus interlocutores vuelven a mostrar entusiasmo. "Más que de sobra", añade uno que luce una argolla grande en la oreja y que también parece hablar con conocimiento de causa. Entiendo que la chica está hablando de las visitas vis-a-vis que le permiten hacer a su novio preso. Habla de ello como quien menciona que ha ido a pasar unos días con un novio que trabaja en otra población; pero también hay en su cálida voz rota una nota de añoranza. Miro a M.A. También ella está conmovida. Mientras tanto, ya han salido las pizzas, en sus cajas vistosas. Y casi se me ha hecho corto el tiempo de la espera. (7/1/2016)

jueves, enero 05, 2017

DENTRO DE LA CAMPANA


El regreso de la sierra ha agravado la congestión de oído que vengo padeciendo desde hace semanas. Estoy medio sordo; o mejor dicho: mi capacidad de audición ha perdido relieve, y basta un pequeño ruido de fondo -la radio encendida, por ejemplo- para emborronar cualquier otro sonido, incluidos los más cercanos. Así que heme aquí recluido en lo que podríamos denominar la expresión máxima de mi manera normal de estar en el mundo: el ensimismamiento. Ahora la madriguera va conmigo, como los caracoles llevan consigo su concha; o, mejor, como la portan los cangrejos ermitaños, que ni siquiera hacen la suya propia, sino que la toman prestada.

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Tal vez por ello, los acontecimientos externos me llegan como envueltos en una doble nube de extrañeza. Me escriben, por ejemplo, para invitarme a formar parte de una antología de poetas locales. Nunca he entendido la utilidad de este tipo de libros, o qué aporta a un mejor entendimiento del panorama poético agrupar a los poetas por provincia o región: "veinte poetas asturianos", "dieciocho poetas leoneses", "ochocientos poetas andaluces"... Esta última cifra no es exagerada: cuanto más restringido el ámbito sobre el que se hace la selección, más laxo el criterio de admisión, y por tanto más numerosos los admitidos. De nada sirve argumentar, contra esa inflación poética, que el número de poetas verdaderos que admite una sociedad sana es, como máximo, uno o dos por generación. Pero no hay lugar para la discusión; te invitan y uno sólo tiene dos alternativas: o aceptas la invitación o la declinas más o menos amablemente. Hay razones poderosas que me inclinan a esto último: en la lista de poetas seleccionados, veo que faltan algunos de los pocos con los que verdaderamente siento alguna afinidad. Pero también pienso que no es de buena educación responder a una invitación preguntando los motivos por los que otros no han sido invitados: tal vez el anfitrión no los conoce, o no hay sitio para tantos... Pero, en tal caso, ¿puede erigirse en antólogo quien desconoce por lo menos la mitad del panorama, o quien no afina lo bastante para que su muestra, si no exhaustiva, sí parezca por lo menos representativa de algo, aunque sea de un simple criterio personal que pueda enunciarse en pocas palabras? Todas estas preguntas resuenan dentro de la campana en la que tengo metida la cabeza. Tal vez cuando la saque de ella vea las cosas de otra manera.

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Crónica política de Wenceslao Fernández Flórez al saber el resultado de las elecciones del 14 de abril de 1931: se congratula de que el pueblo haya tomado la iniciativa, a falta de verdaderos líderes, y pide a los cargos electos que dejen de vociferar a la contra, que es lo que habían hecho hasta entonces, y sean capaces de plantear propuestas en bien del país. Le leo a M.A. el artículo, cambiando los términos "republicanos" y "monárquicos" por "izquierdas" y derechas". "¿Quién ha escrito eso?", me pregunta, tomando lo escrito hace ochenta y cinco años por una crónica de actualidad. Cuando le aclaro la autoría, mueve la cabeza. Seguimos igual que entonces. (5/1/2016)

martes, enero 03, 2017

NOCHEVIEJA


Algunas anotaciones sobre el paso de un año a otro. Esta vez, en el restaurante de unos amigos, Casi todos los congregados, menos nosotros y otras dos parejas, son familiares de los dueños. A casi todos los conocemos desde hace tiempo, así que no hay sensación de intrusión. Es nuestra primera nochevieja solos desde el nacimiento de C. Ahora ella está en Londres y hemos querido paliar la evidencia de su falta con esta nochevieja entre amigos. 

Ha sido una cena hasta cierto punto circunspecta y morigerada. No ha habido embriagueces evidentes, ni vociferaciones a cuenta de discrepancias políticas o desavenencias familiares. Y no creo que sea por la presencia de tres parejas extrañas en medio de lo que parece una familia excelentemente avenida: más bien, se nota en todos ellos una cierta reserva, como si el parentesco no fuera razón suficiente para prescindir de ese fondo callado y discreto que suele tener la gente de estos pueblos. No quiero decir que no haya risas y bromas: no faltan en todo el tiempo. Pero nadie tiene una salida de tono; ni siquiera se oyen chistes verdes, porque, aunque hubo quien contó algunos chascarrillos, éstos fueron de un delicioso humor blanco. Ni en la casa de unos marqueses hubiéramos gozado de tan excelentes modales. Y cuando, después de las uvas -yo, por cierto, me atraganté en la séptima y ya no pude seguir-, llegó la hora de cantar a corro, con ayuda de un karaoke, la mayor parte de los hombres salió discretamente a fumar a la intemperie, en medio de la niebla, como personajes de una película de espías, dejando a las mujeres a sus anchas, en esa especie de alegría despendolada e inocente a la que suelen entregarse cuando no hay hombres por medio. Miento: algunos nos habíamos quedado allí, en segundo plano, pegados al mostrador, como escondidos. Y fue una delicia verlas cantar, y cómo las niñas imitaban las mañas de las madres, y los niños, todavía indecisos respecto a su ubicación en ese mundo bipolar, dudaban entre sumarse al jolgorio o emular el circunspecto silencio de los hombres.

Pasada la una, llamamos a C.; el cambio de año la había pillado en el metro, de camino al piso de unos amigos, después de haber salido del trabajo a las once y haber pasado por su casa para arreglarse. Imaginarla en esas lejanías nos ha dejado un poco melancólicos, y eso explica quizá que la mezcla de distintos tipos de cava, resultado de apurar las botellas de diferentes marcas que se abrieron para brindar tras las campanadas, se traduzca, al día siguiente, en una larga resaca melancólica, que no se disipa casi hasta el anochecer, cuando decidimos rematar el día viendo otra vez Doctor Zhivago, de la que se acaban de cumplir cincuenta años. Y así hemos empezado el año. (3/1/2016)

lunes, enero 02, 2017

(DE UN DIARIO INÉDITO)

(Sábado 2/1/2016)

Apenas hace un mes que me despedí de este cuaderno y ya estoy otra vez aquí. Lo echaba de menos y, sobre todo, acusaba la falta del intervalo de introspección que suponían los escasos minutos que cada tres o cuatro días le dedicaba. 

Le he dado muchas vueltas a cómo continuarlo, porque una cosa sí tenía clara: la pausa debía servir para redefinir las reglas.Hasta ahora este cuaderno se concebía a sí mismo como diario abierto, lo que en la práctica se traducía en cierta inmediatez: se traían a él, diariamente al principio y más espaciadamente luego, todas aquellas vivencias y reflexiones que me parecían apropiadas a un cierto nivel de intimidad, dejando fuera, más por discreción que por pudor o recato, otras cuestiones que consideraba pertenecientes al ámbito de la mera privacidad. Naturalmente, los límites entre intimidad y privacidad son dudosos y posiblemente venían en gran medida determinados por ese compromiso de inmediatez: el que el lector leyera hoy lo sucedido apenas ayer imponía algunas prevenciones a quien escribía. 

Hoy este diario quiere seguir siendo abierto, pero quiere variar la cláusula de inmediatez: lo aquí escrito no se hará visible hasta pasado un plazo, que de momento he querido fijar en un año: es decir, estas mismas palabras, escritas en el 2 de enero de 2016, no serán visibles hasta el 2 de enero de 2017. Este diario será, a partir de hoy, un diario demorado. Lo que no deja de causarme cierta desazón. ¿Seguiré siendo el mismo en esa fecha? ¿Estaré vivo? ¿Seré capaz de afrontar entonces con naturalidad, y sin avergonzarme o extrañarme, lo escrito confidencialmente un año antes? ¿Y qué gano con ello? 

No lo sé todavía. Se trata, como ha ocurrido siempre con este diario, de un experimento. Ya se verá. Espero, quizá, que los límites entre intimidad y privacidad se redefinan, seguramente con ventaja de lo primero sobre lo segundo. Quisiera que el poso de vida vivida que uno viene a dejar aquí fuera un poco menos contemplativo y más factual, porque, en la medida en que este cuaderno es también un registro o un libro de cuentas, lo ideal sería que recogiera información exacta y fidedigna, y no sólo impresiones o estados de ánimo. ¿Nombres también, atribuciones exactas a terceros de palabras o hechos? El tiempo lo dirá. No quisiera uno ser indiscreto a cuenta de la demora, pero tampoco quisiera pasar por desentendido. En todo caso, siempre cabe la posibilidad de apretar una tecla y borrarlo todo. La vida opera del mismo modo, en bien de su renovación, y no pasa nada. O eso queremos creer.

miércoles, diciembre 02, 2015

ANIVERSARIO Y DESPEDIDA


Diez años son muchos o pocos, según: en todo caso, demasiados si se aplican a un "experimento", que debe ser por definición tentativo y breve. Diez años cumple hoy este Columna de humo, que nació como un experimento literario -un intento de explorar las posibilidades de expresión de la intimidad en un formato abierto y público; es decir, de escribir un diario íntimo, que no privado, a la vista de todos- y que, quizá por ello, debe tener fecha de cierre, porque un experimento ha de tener siempre muy bien acotadas las condiciones de espacio y tiempo en las que ha de plantearse. Diez años, me parece, son más que suficientes, y por eso hoy doy por finiquitado este "diario abierto". 

Es una ocasión melancólica, claro, porque se ha afianzado en mí la costumbre de acudir con regularidad a este cuaderno y casi no hay ya experiencia que no se me represente, en el momento de vivirla, en los términos en que vendré a verterla en estas cuartillas virtuales. No sé si eso ha sido una buena o mala costumbre: sólo el tiempo dirá si su abandono supone alguna pérdida. Lo que sí puedo decir es que, al menos literariamente hablando, el esfuerzo me ha valido la pena. Y no sólo por el balance de obra publicada a partir de lo aquí escrito -los volúmenes diarísticos Señales de humo, Pintura rápida y La novela de K., a los que hay que añadir decenas de artículos, semblanzas y reseñas que nacieron en este cuaderno y luego fueron reelaborados para su publicación en periódicos y revistas, más otros libros (de aforismos, de semblanzas cinematográficas, etcétera) que tengo en proyecto-, sino, sobre todo, porque el hecho mismo de haberme sometido a la disciplina de escribir un diario durante diez años ha condicionado claramente mi manera de enfrentarme a la escritura y me ha hecho concebir la extraña fantasía de que toda mi obra -poemas, novelas, cuentos- no son sino ampliaciones o fragmentos emancipados de este flujo de palabras. 

Ha sucedido también que el momento reservado para acudir a este cuaderno y verter en él mis impresiones más recientes se ha convertido, a falta de otro hábito reflexivo mejor, en el único espacio de mi rutina en el que practico lo que los sabios e iniciados llaman "meditación" o "vida interior": es decir, he perdido la costumbre de volver el pensamiento sobre mis asuntos si no es escribiendo, y haciéndolo aquí, en este cuaderno, a la vista de todos y celando de esa mirada ajena -más imaginaria que otra cosa, porque tampoco han sido tantos los que hayan venido aquí a escrutar mis cosas- tan sólo la privacidad más anecdótica, en aras de una expresión sincera de mi intimidad. Es decir: he venido aquí a mirarme, como ante un espejo; pero un espejo ante el que uno quiere aparecer limpio y digno, y no en pose exhibicionista u obscena. Ya sé que todo esto es contradictorio y difícil de explicar, cuanto más de justificar. Pero no otro ha sido el papel que este cuaderno ha desempeñado en mi vida y en mi economía mental a lo largo de los últimos diez años.

Aquí queda, abierto a todos, porque ése fue su designio desde el principio. Ojalá siga teniendo lectores, o al menos visitantes azarosos, de ésos que recalan en estas páginas por la indiscreción de Google u otras herramientas de búsqueda y luego se sienten picados por la curiosidad y leen aquí y allá y llegan a sentirse cómodos con el interlocutor que les ha tocado en suerte. No descarto que vuelva a retomar este diario dentro de algún tiempo, aquí, en este mismo espacio. Ya se verá. Agradezco la paciencia y simpatía de quienes se han dignado dedicar unos minutos de su tiempo a leer estas páginas. Saberme acompañado me ha servido, sin duda, como acicate para una expresión mejor de lo que me quería decir a mí mismo. 

Y aquí lo dejo, no sin sentir un poco de vértigo...

Ilustración: retrato de José Manuel Benítez Ariza, por José Antonio Martel. Óleo sobre lienzo.

lunes, noviembre 30, 2015

CASTAÑOS




Hacia el valle del Genal, para ver los castaños amarillecidos. A las diez de la mañana el coche -vamos cuatro amigos- está ya enfilando la carretera de Cortes, en dirección al extremo sur del valle. Paradas obligadas: el mirador de Algatocín, el merendero junto al río en las cercanías de Jubrique y el propio Jubrique, desde donde recorremos a pie buena parte del camino someramente asfaltado que se dirige a Faraján. Antes, el prodigio del valle a la luz de una mañana soleada. A esa hora -quiero decir, antes del mediodía-, el sol cae raso sobre el techo del bosque y hace el efecto de uniformar la masa de encinas, quejigos y alcornoques en una sola mancha verdigrís, de la que sobresalen, singularizándose, los castaños amarillos, encendidos como fanales en medio de una tiniebla espesa de la que brotan, aquí y allá -discutimos si se deben a la quema de rastrojos o a las chimeneas de las casas de labor ocultas bajo la masa arbórea-, lentas columnas de humo que se diluyen en la casi imperceptible neblina. 

Pero la visión panorámica que depara el trayecto en coche es sólo un anticipo de la impresión más duradera y cercana que causan estas arboledas mixtas cuando nos adentramos en ellas. A los árboles ya mencionados hay que sumar olivos, algún que otro nogal y distintas variedades de pinos, amén de los también amarillecidos chopos que se cimbrean junto a los cauces de las torrenteras secas y algunos macizos de naranjos agrupados en torno a alguna casucha casi invisible. A la impresión visual se une ahora la sonora. El aire arranca modulaciones distintas según entre qué árboles se mueva: acuáticas, como de lluvia espesa, cuando agita los castaños; de fronda sacudida por el paso de una criatura viva cuando menea los chopos; también, de vez en cuando, la nota vagamente metálica, como de lámina de estaño rozada contra una superficie rugosa, de una hoja al tocar la grava. Al borde del camino, los endocarpios espinosos conservan todavía deliciosas castañas en su punto justo de madurez para que la piel se despegue de la pulpa. Recogemos también alguna nuez caída de los nogales pegados al camino, y con unas y otras vamos entreteniendo el paseo. 

A la vuelta, el efecto de las sombras alargadas por la luz de primera hora de la tarde crea sorprendentes efectos de alineaciones en las irregularidades de la masa arbórea, que acentúan aún más si cabe el contraste entre los verdes apagados del encinar y las copas amarillas de los castaños. Que, con la última luz, quedan reducidos a un mero espolvoreo de purpurina dorada sobre la masa ya uniformemente oscura del resto. La brevedad del día parece acelerar el proceso: tras la sobremesa en el merendero, queda apenas una hora de luz, la que nos permite apreciar las últimas variaciones de textura y color del valle que vamos dejando atrás. Quizá no sea otra la lección del otoño: su énfasis en la intensidad de lo breve. M.A. lo remacha al día siguiente, mientras asistimos a la perfección de otro amanecer: es como si fuera el último. Bueno, sea. Pero tampoco nos pongamos dramáticos. 

lunes, noviembre 23, 2015

EL MOSTO DEL AÑO









La pulcritud de las instalaciones desmiente un tanto el sentido del rito: hemos venido a probar el primer mosto del año, que lo mismo no es el primero y que ni siquiera es de aquí, de esta finca que ya no conserva sus viñas, y cuya gañanía remozada se ha convertido en un coqueto restaurante de fin de semana. Pero, en todo caso, la ocasión satisface nuestra necesidad de señalar de alguna manera que el otoño -season of mists and mellow fruitfulness, que decía el poeta John Keats- está en su punto álgido. Brumas (mists) no ha habido demasiadas en lo que llevamos de otoño, aunque no creo que la fecundidad (fruitfulness) de la estación se haya resentido por ello: hubo lluvias tempranas casi al final del verano, que han provocado en el campo una especie de primavera extemporánea. 

Todo anda un poco trastocado, quizá. Y por eso el día empezó amenazando lluvia y el guarda de las ruinas que fuimos a visitar antes del almuerzo se las echó de hombre de campo al asegurarnos que debíamos coger los paraguas antes de adentrarnos en el laberinto de piedras. Estas ruinas fenicias cercanas al poblado de Doña Blanca siempre me han fascinado: la impresión de inconmensurable lejanía que producen -el enclave, posible primer emplazamiento del Gades fenicio, fue fundado hace dos mil ochocientos años-, se mezcla con la evidencia de que, en su concreción, la ciudad no debió de ser muy distinta de cualquier pueblo marinero de los que existieron hasta anteayer, con sus pequeñas casas encaladas, su embarcadero y sus instalaciones para la salazón del pescado. Incluso los hornos de pan que se han desenterrado en muchos de estos habitáculos me recuerdan a los que todavía tienen las casas de la sierra. Lo único extemporáneo, quizá, es la sensación de amenaza con la que los habitantes del lugar debieron de convivir a lo largo de prácticamente toda su cronología: se conservan vestigios de hasta tres trazados de muralla, algunas reforzadas con fortines y torres de vigilancia. Piensa uno en los outposts de Conrad: pequeños y precarios enclaves amenazados por merodeadores de todo tipo. Aun así, el poblado permaneció habitado seiscientos años.

Hasta aquí, la visita. Luego la viña: jarras de mosto, sopas de ajo y el potente cocido que aquí llamamos "berza", aunque frecuentemente no incluya la verdura que le da nombre. Ahora el nublado es intermitente y el perfil metálico de las lomas peladas aparece bañado en una luz cambiante, que vira del plomo al oro en cuestión de segundos, según las nubes rápidas van ocultando o descubriendo el sol. Miro a mis compañeros de mesa. A algunos los vengo tratando desde hace decenios, y quiero pensar que esa relación determinada por la convivencia laboral no ha impedido la posibilidad de un verdadero afecto. Lo sabemos casi todo unos de los otros: malhumores, aspiraciones, mudanzas, el crecimiento de los hijos. Sin embargo, una curiosa modalidad de la cortesía nos lleva a mantener la ficción de que nuestro trato se limita a una serie de ocasiones formales muy bien acotadas, a menudo divertidas -mejor así- y siempre un tanto protocolarias. Y a mí no me parece mal, porque quizá este logro de una cortesía sin altibajos, mantenida durante lustros, valga más que las veleidades de la novelería, las afinidades coyunturales o los entusiasmos pasajeros. La media de edad es alta: los más jóvenes hemos cumplido ya el medio siglo; y, por ello mismo, algunos de los presentes cuentan ya los meses que les faltan para jubilarse. Verdaderamente, es éste un banquete otoñal. Hace un cuarto de siglo, los pensamientos que me inspiraban esta clase de ocasiones eran otros. Entonces era uno un veinteañero impertinente al que divertían bastante las pretensiones de protagonismo histórico que asumían todos aquellos hombres patilludos y aquellas mujeres desenvueltas que habían visto morir a un dictador y establecerse una democracia en la que ellos mismos copaban ya los puestos subalternos, de representante sindical a concejal, pasando por toda la pedrea de sinecuras de poca monta que se repartían desde el poder. Hoy, curiosamente, lo que falta en esta reunión son veinteañeros, e incluso treintañeros. Campan por otros predios, viajan más, eluden los formalismos. Así deben de ser las cosas. Lo que no se aprecia ahora es un contraste generacional tan acusado como el de entonces. No sé si esto es bueno o malo. El caso es que el mosto entra bien, la comida es buena y la compañía inmejorable. Y la melancolía, si acaso, un adorno. Qué mas puede uno pedir.


Fotografías: Ana Romero

lunes, noviembre 16, 2015

EL FUTURO

Viernes noche. Previsión de cena tardía y sobremesa alargada, como corresponde al inicio del fin de semana. Mientras M.A. ultima la cena voy poniendo la mesa, busco música agradable en Internet y organizo un poco el modesto caos de objetos familiares -libros, dibujos, mandos a distancia, teléfonos, posavasos, bolígrafos, cojines, mantas de viaje- que testimonia la voluntad dispersa que ha gobernado las horas de ocio precedentes. Por fortuna, no hemos mirado las redes sociales ni los titulares de los periódicos, así que somos totalmente ajenos a lo que en ese mismo momento está sucediendo en otro lugar del mundo en el que otros como nosotros también se disponían a pasar la tarde-noche del viernes en los consabidos templos del ocio de una ciudad a punto de convertirse en objetivo de una matanza. Nosotros a lo nuestro: la cena, despaciosa y ritual, un poco sobreinterpretada quizá, como corresponde a personas maduras que saben que también la intimidad tiene algo de teatro de afectos. En los altavoces, crooners sobre todo: Sinatra, Mario Biondi, Michael Buble. No, no me he esforzado mucho: viejas canciones que nos sabemos de memoria, y que por eso apenas si interfieren en la conversación. ¿De qué hablábamos? De esto, de lo otro, de la gente, de nosotros. Es el momento de poner en valor esa especie de modesto heroísmo en que consiste la rutina, los logros cotidianos, los pequeños fracasos asumidos sin demasiada acritud... No, no he escrito demasiado acerca de estas cenas nuestras, pero creo no equivocarme al decir que las semanas giran en torno a ellas, o que uno hace esto y lo otro y lo de más allá sólo por tener la ocasión de traerlo a la mesa y soltarlo aquí, como diciendo: la semana ha sido dura, pero aquí estamos de nuevo y podemos contarlo. Y esto dura hasta las doce y media, más o menos, cuando, mientras recojo los platos, M.A. mira la pantalla de su teléfono móvil y dice: "Ha pasado algo. En París. Decenas de muertos." Encendemos el televisor y sintonizamos el canal de noticias. La matanza, efectivamente, había comenzado casi en el momento justo en el que servíamos la mesa. Sensaciones sucesivas de pena, de horror, de indignación, de preocupación por la hija viajera. También, conciencia de la futilidad de todos estos pequeños actos cotidianos sobre los que la Historia con mayúsculas -es decir, esa especie de continuo empeño en embestirse al que se entrega el ser humano cuando aparca su individualidad y se entrega a la embriaguez de las abstracciones sobrehumanas- pasa como una apisonadora. Permanecemos casi dos horas ante el televisor, y también pendientes de las noticias que los periódicos desgranan en sus ediciones digitales. También percibimos, ay, ese absurdo modo que los medios tienen de llenar de palabrería e imágenes repetidas hasta la saciedad lo que no es otra cosa que un largo intervalo de incertidumbre y falta de explicaciones o respuestas. Los seguimos, intuimos, porque también para cada uno de nosotros es difícil interiorizar el alcance de unos hechos cuyo enunciado no ocuparía ni diez segundos: "Unos desalmados asesinan en París, sin motivo alguno pero con estudiada premeditación, a un centenar largo de personas". Con esa áspera verdad nos vamos a la cama. 

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Nos habían hablado mucho de esta panadería, e incluso nos habían llevado hasta su misma puerta, que siempre habíamos hallado cerrada, porque estos panaderos son de los que a primera hora de la mañana echan el cierre y se van a dormir. Es un local modesto: una habitación no más grande que la sala de estar de un piso, alicatada hasta el techo con azulejos blancos ya un poco amarillecidos por el tiempo. Una chica en ropa de calle -una aprendiza, quizá- raspa el fondo de una enorme artesa, mientras la encargada, enfundada en una impecable bata blanca, sale a la puerta a atendernos. No, no queda pan en los tamaños y formatos que suele llevarse la gente, pero, si queremos, podemos llevarnos una telera de dos kilos o incluso la mitad de una de cuatro. Quedan también algunas "molletas" de desayuno: pedimos cuatro y nos regalan otras tantas, quizá porque ya no esperan venderlas. Así que salimos del establecimiento con lo que resulta una cantidad abrumadora de pan para el consumo de dos personas. No importa, nos decimos: lo congelamos y vamos sacando lo que precisemos a lo largo de la semana. De todos modos, acudo a casa de un amigo, con intención de ofrecerle un poco; pero él ya tiene también para el avío. Hemos apartado también unas molletas para nuestro vecino. Aún así, nos inquieta el sobrante: esa abrumadora responsabilidad que, quisiéramos suponer, debe de pesar sobre todo aquel que posee más de lo que en buena ley le corresponde. 

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De la limpieza de malas hierbas ha salido un brote de alcornoque. Me lo ha dado el amigo al que fui a ofrecer pan y he corrido a sembrarlo en una maceta.  Su destino natural, lo sé, es crecer hasta desarrollar una copa bajo la que pueda refugiarse un rebaño. Eso no será en mi pequeño patio, desde luego. Pero con los niños ya se sabe: lo mejor es criarlos en salud, sin pensar demasiado en el futuro, que ya llegará.

lunes, noviembre 09, 2015

EL SALTO


No importa mucho que hayamos coincidido con un grupo de unos treinta excursionistas: el prado es lo bastante grande para que quepamos todos sin estorbarnos, y ni siquiera escuece demasiado el hecho de que hayamos subido hasta aquí en busca precisamente de paz y silencio. Sólo las vacas -cuatro, todas distintas: una completamente negra, como un toro bravo; otra, a parches rojos sobre fondo blanco, como la protagonista del anuncio de cierto chocolate con leche; otra cobriza, otra blanquinegra- parecen acusar la molestia y bordean con gesto de desaprobación la multitud, en busca de un rincón tranquilo. Y lo curioso es que todo esto -la multitud diseminada en pequeños grupos, las vacas, las formaciones rocosas que emergen del pastizal, las encinas- parece como empequeñecido por un sol al mismo tiempo benevolente y cegador, que invita a dejarse acariciar por él y a entornar los ojos para protegerlos de la claridad excesiva. Hasta los mismo verdes, bajo esta luz, resultan cegadores, o más bien irreales, como si el paisaje entero se inscribiese en un orden de existencia distinto al habitual: de cosa soñada, o entrevista tras un filtro que polariza los colores y desrealiza los objetos que los sustentan. A nuestras espaldas, la bajada al Salto, que es el término natural de este paseo. Pero esta vez nos la ahorramos: no hemos venido a contemplar abismos, sino -no lo sabíamos, claro- a recrearnos en la intensidad de lo inmediato. Ha cesado también el bullebulle interior, la habitual desarmonía de voces contradictorias. Ha durado sólo unos minutos. Luego hemos tenido que regresar.

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Me he olvidado en la sierra la carpeta con el trabajo que he tenido que terminar en casa durante el fin de semana. También, los libros que ando leyendo. Me agobia indeciblemente el descuido, que implica que el esfuerzo que he hecho para poner el trabajo al día ha sido inútil. Pero también me digo que el olvido puede obedecer a un inconsciente deseo de soltar lastre. En todo caso, me inspira cierto respeto este otro yo descuidado y negligente que de vez en cuando asoma. Debería fiarme más de él; y, en todo caso, encomendarle la dirección de mis asuntos con más frecuencia.

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El sabor del boletus aereus: más intenso y áspero que el popular boletus edulis. La ración precede una deliciosa pierna de choto. Esencias de la tierra, que invitan no tanto a la glotonería como al recogimiento. Y todo lo demás es gula.

jueves, noviembre 05, 2015

PUNK BRITANNIA

Con las lluvias últimas, la algaida a la que vamos a estirar las piernas se ha cubierto de florecillas blancas: narcisos silvestres, me dice una página de Internet, aunque no estoy seguro de que la identificación sea correcta por mi parte. Tienen un olor dulzón, como ajazminado, pero con un punto de limón. Y lo curioso es que ese olor, de tan tenue, sólo se percibe cuando se camina en dirección contraria a la brisa y ésta la empuja a las pituitarias un tanto atrofiadas en estos días de temperaturas variables y humedades traicioneras. Pero aquí, en medio del milagro, hasta me parece que respiro mejor.

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En medio de una mañana pródiga en errores y meteduras de pata, recibo un mensaje de M.A. advirtiéndome de una errata en la entrada de ayer de este cuaderno. Una más, me digo, en un día pródigo en ellas. Claro que las peores son las de orden existencial: también tienen arreglo, pero siempre a costa de enmiendas y tachaduras demasiado visibles.

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Y mis documentales de sobremesa: esta vez, la serie Punk Britannia, que emitió hace un par de años la BBC. Qué familiar me resulta la descripción que hace del estado de ánimo que podía respirarse en la juventud de una barriada obrera hace treinta o treinta y cinco años. La cronología es imprecisa, porque lo que ocurrió en Londres entre 1976 y 1978 no tuvo traslación exacta a nuestros climas hasta lo menos un lustro o dos más tarde. No es mucho, teniendo en cuenta que la distancia que nos separa de la Europa más avanzada en lo referente a otras cuestiones nunca ha sido menor de veinte años. Pero sí: la sensación de vacío -en lo musical, pero también respecto a ese otro espejismo general de libertad y expansión de horizontes que se produjo a lo largo de la década anterior- es reconocible incluso para quien fue un adolescente español de provincias que exploraba el dial de su radiocassette traído de Ceuta en busca de una autenticidad musical, y una cierta actitud vital, que sólo se cultivaba en las bandas que ensayaban en los garajes o en los locales prestados de los colegios, y que tardaría aún años en eclosionar. 

miércoles, noviembre 04, 2015

POLVORONES DE TÁNGER


Llama la atención que, una vez pasado el temporal, la calma que se respira por encima del nivel del mar, diríamos, no termina de trasladarse al mar propiamente dicho. Ha amanecido una espléndida mañana de otoño, apenas empañada por un nublado claro que ni siquiera amenaza lluvia. Sopla una brisa ligera, juguetona, que parece empeñada en insuflar un cierto humorismo bienintencionado a esa hora del día en que la gente parece embozada en sus pensamientos y se dirige a toda prisa a sus obligaciones. Pero el mar, sin embargo, sigue en lo suyo, como emperrado en una furia que no termina de soltar. Lo milagroso es que se contenga, y que las deflagraciones incontenibles que se suceden a pocos metros de la línea de costa se amansen como por ensalmo al morir en la playa. Otra cosa son las escolleras: contra ellas aplica el mar toda su furia, y ello sucede a apenas unos centenares de metros de este otro tramo de orilla remansada desde el que lo miro. No sé. Tiene uno la impresión de que aquí se dirime algo que de algún modo nos concierne, pero para lo que no es necesario ni nuestro asentimiento ni nuestro concurso: sólo nuestra aceptación.


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Polvorones de Tánger: los ha traído un compañero, para que los degustemos entre clase y clase. Tienen un ligero toque a almendra amarga, que me trae a la memoria los olores acendrados de los puestos del mercado callejero en la medina, y también la alegría vespertina en el barrio de casas bajas que linda con los acantilados a los que se asoma el café El Hafa. Los muerdo y me hacen el efecto de la magdalena de Proust: me parece estar allí en un no lejano febrero, en la tarde despejada de un día que empezó lluvioso. Como hoy.


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Primer catarro, primer anuncio de esa sensación de fragilidad al borde de la destemplanza que no me abandonará hasta la vuelta del buen tiempo, en el lejano mayo.

martes, noviembre 03, 2015

MAYORÍA SILENCIOSA

Viento racheado y cielo plomizo: así amanece el día de Todos los Santos, que es también el de los muertos; o, si se quiere, una de esas extrañas maneras oblicuas que los vivos tenemos de celebrar el hecho de estar de este lado de la sutil línea que nos separa de la mayoría silenciosa. Anoche, unos chiquillos disfrazados aprovechaban la ocasión para recolectar caramelos, mientras algunos adultos, sentenciosos y campanudos, se quejaban de la creciente popularidad entre nosotros de esta costumbre extranjera. Pero a mí no me parece que esa tradición foránea esté demasiado alejada de las nuestras: por ejemplo, de la costumbre gaditana de adornar los mercados y representar en los puestos escenas satíricas cuyos personajes son cuerpos de animales muertos engalanados para la ocasión; o la de comer frutos secos como celebración del otoño, pero también como manera de evocar simbólicamente el tacto y consistencia de los huesos; o la de representar ese carnaval de aparecidos y aprensiones sobre el Más Allá que es el Tenorio... Que estos niños se disfracen ahora de vampiros o muertos vivientes no me parece que desentone demasiado. Otra cosa es que se hayan parado antes a pensar que lo que se celebra es, precisamente, nuestra condición mortal, y la alianza inextricable entre ésta y el milagro irrepetible de la vida. Pero ya tendrán tiempo.


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Inesperada cena de lujo: atún marinado, croquetas de chipirones, atún en tataki... Íbamos buscando un tentempíé y he aquí que la ocasión nos permite degustar estas delicias fuera de carta. Que agradecemos, sobre todo, porque aquí nunca venimos exactamente a comer, sino a propiciar un rato de intimidad en torno al ritual de la cena. Otras veces lo hacemos en casa. Pero aquí, entre amigos que a veces se acercan a la mesa y nos preguntan cómo va todo, esa buscada intimidad parece incluso mejor defendida, a salvo de la intrusión de ese otro enemigo implacable: la costumbre.


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Sostengo la pesada puerta de la cancela para dejar pasar a una mujer embarazada que empuja un carro de la compra. Quizá hubiera debido también ofrecerme a llevarle el carro hasta el ascensor. Pero hay algo en su tímida manera de dar las gracias -y no sé si el acento extranjero habrá contribuido algo a ello- que me hace comprender que esta mujer ha aprendido a desconfiar de las amabilidades excesivas de los extraños, y que interpretaría un nuevo paso en ese sentido como una intromisión no bienvenida. Sea. Y es curioso que este frustrado intento de amabilidad por mi parte me duela tanto ahora como si hubiera cometido una involuntaria descortesía.


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Más de diez días sin anotar nada en este cuaderno. Se me va la vida en... colaboraciones.

miércoles, octubre 21, 2015

Y UN DEDAL

De regreso, parada en Loulé. Nunca habíamos estado allí y ni siquiera teníamos constancia de que tal sitio existiera, a pesar de que no es la primera vez que hacemos este camino y seguramente los carteles que anuncian esa ciudad nos habrán salido al paso en otras ocasiones. Cosas del Internet: unas habilidosas fotos en las que no se ve más que un modesto caserío acurrucado a los pies de un castillo... y aquí estamos. Pintoresquismo fácil, sí, pero quién va a negar que ésta es la clase de señuelos por los que se deja atraer un turista. Y lo que no esperábamos era encontrarnos, después de dar muchas vueltas y no hallar aparcamiento, en el corazón de una ciudad grande, populosa, llena de comercios, de reclamos culturales y de vida. Todo lo contrario, ay, de la melancólica Silves, con sus comercios abandonados, sus fábricas saqueadas, sus calles desiertas y su enorme cine de los años cincuenta cascado y roto como un viejo decorado. 

Entramos en el pulcro mercado, nos asomamos a los callejones adyacentes, miramos los nutridos escaparates y saboreamos un programa de conciertos con los que nos podríamos haber deleitado, de haber sabido que a tan corta distancia de nuestro destino había este otro sitio tan distraído y prometedor. Ahora sólo nos queda tiempo para tomar un café negro y unos pastéis de Belém, que son para nosotros la esencia misma del desayuno de media mañana en una ciudad portuguesa. El día antes habíamos hecho lo propio en Monchique, un animado pueblo de sierra cuajado de excursionistas. No da para mucho un puente de tres días. Tras el almuerzo en Tavira, antes de abandonar definitivamente Portugal, el camarero insiste en servirme la copa de Oporto de cortesía, a pesar de mis protestas de que tengo que conducir y no quiero beber alcohol. "Le pongo media copa entonces", me dice, socarrón. Y pienso que ese dedalito de vino generoso, que apenas ha servido para dejarme el sabor en los labios, es un símbolo apropiado de este breve viaje. No ha dado para más, pero nos ha abierto el apetito.  

martes, octubre 20, 2015

LA CHAIR EST TRISTE

Ya en nuestro primer paseo por Silves, reparo en un par de comercios que parecen ropavejerías o modestas tiendas de antigüedades, y que me llaman la atención por mostrar en el escaparate, entre otras muchas cosas, algunas pilas de libros. En el rótulo lucen la poética inscripción "Castillo de Sueños", que es el nombre de la asociación benéfica local que los regenta. No me hago muchas ilusiones sobre la clase de libros que puedo encontrar en ellos: por lo que atisbo, decenas de malas novelas de quiosco en inglés y otros idiomas, de las que, por su abundancia, se han convertido en una especie de elemento decorativo de muchos establecimientos turísticos, en los que tal vez se acumulan por el descuido más o menos intencionado de los viajeros que las van olvidando o abandonando aquí y allá. Deben de ser muy populares en sus países de origen. En Gibraltar, recuerdo, hay una enorme librería de viejo en la que prácticamente no se encuentra otra cosa. E igualmente he ido tropezando con ellas en decenas de casas o apartamentos de alquiler para turistas, aquí y allá. Pero uno es inasequible al desaliento, y nunca descarta la posibilidad de que, entre tanto libro absurdo o ilegible, haya por casualidad uno valioso. Así que me hago el propósito de examinar a fondo la provisión que se acumula en estas beneméritas traperías, tan melancólicas acaso como la propia población en la que han surgido.

Es lo primero que hago el lunes por la mañana: una de ellas, la que parece más grande y mejor dotada, sigue cerrada; pero la otra está abierta, así que cruzo el umbral, esquivo cuidadosamente las inestables tarimas llenas de vasos desparejados y los percheros cargados de prendas lustrosas y alcanzo el rincón donde se amontonan los libros. Es más amplio -y, por tanto, más prometedor- de lo que parecía desde fuera, y enseguida me trae a la memoria otros lugares similares donde he encontrado algunos de los libros de mi propiedad que más aprecio.

Pero la ilusión dura poco. Decenas, centenares, de noveluchas, casi todas en inglés, aunque también las hay en alemán y francés; también muchas novelas juveniles -de las que mandan leer en los colegios, supongo, y luego son rápidamente desechadas por sus propietarios- en portugués; y, curiosamente, ni un sólo libro en español: se ve que los turistas españoles no viajan con libros, o no son tan olvidadizos de los suyos, cuando los llevan, como sus equivalentes de otros países. Pero hay matices, como en todo. Entre los libros ingleses, como ya he dicho, no encuentro ni uno que pudiera no desentonar en una biblioteca mínimamente rigurosa; la única excepción, quizá, es un ensayo del periodista Jeremy Paxman, a quien conozco por los admirables documentales que hace para la BBC, pero a quien no estoy muy seguro de que me apetezca leer. En francés, en cambio, entre decenas de malas novelas, encuentro... nada menos que los siete tomos de À la recherche du temps perdu, más un tomito de tragedias de Eurípides, alguna novelilla de Patrick Modiano y alguna otra de Le Clézio... No sé si de esto podría colegirse que el francés medio es más culto o más leído que el inglés o el alemán; pero, en cualquier caso, la verdad es que el retrato que de ellos ha quedado en esta especie de depósito aluvial es bastante favorecedor. 

Tanto, que casi no quiero contribuir a desdibujarlo. No es que pueda suscribir el aserto de Mallarmé:  j'ai lu tous les livres, pero casi. O quizá es sólo que a los que encuentro aquí les falta el don de la sorpresa, que es lo que uno espera de estos lugares. Y así, hecho el escrutinio y dados los buenos días al encargado -y sin saber si hubiera sido apropiado dejar unas monedas, quizá, a modo de donativo-, salgo de allí con destino a las charcuterías que rodean el mercado. Lo que me recuerda la otra mitad del verso mallarmeano: La chair est triste, hélas!

lunes, octubre 19, 2015

SILVES







Ni siquiera en Portugal la lluvia favorece siempre, y por eso nuestra llegada a Silves -transcribo aquí mis notas de un breve viaje durante el pasado puente del Pilar-, en medio de una mañana lluviosa, resulta más bien decepcionante. La carretera general rodea el pueblo y facilita la entrada por una rotonda que desemboca directamente en una manzana de modestos bloques de viviendas, desde la que tratamos de reorientarnos. Cuando, al día siguiente, comprendemos lo pequeño que es el pueblo y la imposibilidad de perderse en su breve trama, nos asombra ese desconcierto nuestro inicial. Pero uno se asusta siempre de lo que no conoce, y de ahí lo interminable de los escasos minutos -no fueron más- que empleamos en identificar la plaza en la que hemos venido a desembocar -el Largo da República- y localizar la calle en la que se ubica nuestro hostal. Ahora la lluvia ha arreciado, como para complicar las cosas. Con la diferencia horaria, además, resulta que la mañana se nos alarga más de lo que esperábamos. La habitación, nos dicen, no estará lista hasta la una del mediodía, y apenas son las once y media, hora local. Así que optamos por ir a dar un paseo, lo que a todas luces, dada la climatología, resulta aconsejable. 

Tampoco hay casi nadie en la calle: los posibles visitantes, nos ha dicho nuestra patrona, han anulado sus reservas a última hora. Así que nos refugiamos en el primer bar abierto que nos sale al paso, un salão de chá regentado por una inglesa a la que le hacen mucha gracia nuestros primeros intentos de comunicarnos en portugués; en el que, a falta de otro recurso, dedicamos un rato a planear el resto del día. En contra de mi costumbre, esta vez no he venido pertrechado de planos y guías, y sólo contamos con las recomendaciones de las webs para turistas que consultamos en los teléfonos móviles. Que nos llevan, después de otro desaconsejable paseo bajo la lluvia, a los soportales del mercado, donde su ubica una concurrida churrascaria o asador muy concurrido en el que sirven pollo asado y pescados a la brasa. Y ahí el ánimo parece reponerse. A pesar del ajetreo, nos atienden pronto y amablemente. El vinillo peleón de la casa no está mal, y los asados -pollo primero, y luego unos exquisitos chicharros- están en su punto. Agradecemos también el detalle de que el postre -una bandejita con un surtido de frutas y confituras- y la copa de licor sean obsequio de la casa. Hacía doce años que no veníamos a Portugal y en ese tiempo los agoreros de siempre nos habían asegurado que el país ya no era el mismo, que ni se comía como antes ni la gente era tan amable como solía. Pero nos ha bastado esta primera impresión para desmentir esos negros presagios. Los únicos que hemos cambiado, quizá, somos nosotros.

Por la tarde escampa y podemos recorrer el pueblo. A la luz de un día nublado Silves, con toda su sobriedad y -por qué no decirlo- su pobreza, adquiere una rara dignidad. Ha pasado la hora de visita de los monumentos, pero la Sé está abierta y podemos asomarnos a su acogedora penumbra, en la que rezan una decena de beatas. Es una catedral modesta, como tantas de Portugal: o, mejor sería decir, una catedral que disimula la posible magnificencia de sus muros de piedra bajo inmemoriales capas de enjalbegado: ese doble contrasentido, en fin, del gótico encalado y dispuesto en proporciones tendentes a la horizontalidad. También el castillo árabe, visto de cerca, es sencillo y recatado, como lo es el puente -a ponte- romano, también enjalbegado, sobre el último tramo, ya penetrado de mar, del río Arade. Por esa ponte cruzamos a la melancólica barriada de hotelitos y chalés dispersos que ha crecido en la orilla opuesta, con las fachadas orientadas a lo que es la vista más pintoresca del pueblo: la postal del blanco caserío dominado por los perfiles de la catedral y el castillo. No es mal botín para un primer día.

miércoles, octubre 07, 2015

LONDRES O TÁNGER

Se va haciendo sentir el otoño, no tanto por las temperaturas, que siguen siendo altas, como por la luz, que ya ofrece decididamente las tonalidades propias de la estación. Mañanas apenas veladas por brumas que no acaban de ser nublados, pero que anticipan los cielos encapotados de los días oscuros por venir; tardes bañadas en toda la gama que va del amarillo al morado, antes de disolverse en una penumbra plomiza. Sintoniza uno bien con este tiempo: la cabeza se mantiene despejada y el fresco -relativo- mantiene el cuerpo en buena disposición para cualquier esfuerzo, e incluso para ese tipo especial de inactividad consistente en no hacerse notar cuando es la mente la que trabaja. Días buenos para hacer proyectos, porque hay predisposición a sentirse en condiciones de cumplirlos. Por estas fechas, recuerdo, hace cinco años me pedí un mes de licencia laboral y me fui a Madrid a empezar una novela, la tercera de mi trilogía autobiográfica. Si hoy me sintiera igual de optimista, no sé a dónde me marcharía para empezar algo nuevo. A Londres, quizá, o a Tánger, que son dos lugares que parecen sintonizar bien con esas expectativas de estímulo que atribuye uno a ciertas referencias de su geografía sentimental. Otro año será.

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Mi última columna de cine ha hecho que más de uno me mire con cara de haberme pillado en un renuncio. "¿Así que estas son las películas que ves? Te creíamos un cinéfilo de gustos refinados...". Pero sí, he visto mucho cine ínfimo. Tiene algo que ver con los hábitos noctámbulos -que son elección- y con el insomnio -que es condena-. Hubo incluso una época en mi vida en que elegí trabajar en turno de tarde-noche, y cuando volvía a casa, al filo de la medianoche, lo que tenía por delante era todo ese cine que las televisiones de entonces emitían de madrugada porque era absolutamente desaconsejado hacerlo en horas de máxima audiencia, y que lo mismo incluía españoladas de Mariano Ozores que películas de culto de la factoría de Warhol, sin olvidar los curiosos híbridos que filmaba Jesús Franco. Las vi todas. En general, me divirtieron. Y no me arrepiento, la verdad.

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Me voy haciendo mayor. Ya sólo soporto leer unas setenta páginas diarias. A este paso, no me acabo la literatura universal.