jueves, octubre 12, 2017

PARA UNA GALERÍA DE ACTRICES: JOSITA HERNÁN



A un actor, a una actriz, tiene uno la impresión de empezar a conocerlos bien cuando los ha visto en varios papeles sucesivos y adquiere esa familiaridad con sus gestos, con el timbre de su voz y su presencia que depara el trato. De Josita Hernán (1914-1999), por ejemplo, tenía yo la referencia, e incluso la certeza de haberla visto en alguna que otra película, pero no he podido decir que la conociera hasta haberla visto en un breve espacio de tiempo en tres de sus mejores películas: La chica del gato (1943), Mi enemigo y yo (1944) y Ángela es así (1945, las tres dirigidas por el muy interesante y hoy olvidado director Ramón Quadreny. 

No era una mujer especialmente bella, aunque tampoco fea; sí graciosa y expresiva, que era algo de lo que parecía especialmente necesitado el cine español de su tiempo, quizá porque la coyuntura nacional-católica prefería ese tipo femenino antes que el de las vampiresas, o quizá simplemente porque el asendereado público de la época demandaba simpatía y escapismo antes que intensidades de otro tipo. Quadreny exploró su lado más indefenso en la conmovedora La chica del gato, ambientada en el Madrid popular y un tanto desagarrado de Arniches; y luego entendió que esa especie de prístina inocencia que traslucía su rostro podía ser una buena máscara para la picardía y el enredo en comedias de salón que formalmente evocaban la atmósfera de las películas americanas de Sturges o McCarey, pero que al español de entonces no podían dejar de recordarle los ambientes en los que se movía la dudosa alta burguesía de entonces, en la que no faltaban los especuladores y los estraperlistas: es el ambiente en el que se desenvuelve la más atrevida de sus comedias, Ángela es así, en la que, tras una trama aparentemente sentimentaloide, en la que una chica sencilla pone una nota de alegría en el corazón encallecido de su tío segundo, entregado a la mala vida y a los amores venales, se transparenta una historia mucho más cínica: la de una muchacha sin recursos que se propone -y lo consigue- enamorar a un viejo rico. 

Tenía ojos protuberantes y expresivos, cara redonda de muñeca y una sonrisa franca en la que se adivinaba siempre un quiebro de timidez o de tristeza. En su ficha biográfica se menciona siempre que fue una mujer con inquietudes: dirigió teatro y escribió poesía, por ejemplo. Lo curioso es que su legado dramático -su gestualidad, su impostada voz entre quebrada y chillona- lo asumieron actrices como Gracita Morales -de quien se puede decir que la imitaba abiertamente- o, de una manera mucho más tosca, Lina Morgan , que incluso protagonizó con éxito en 1970 un remake de un lejanísimo éxito de su antecesora, La tonta del bote (1939).

Me ha gustado familiarizarme con esta especie de Jean Arthur a la española: todo un hito en este sorprendente redescubrimiento del cine español que está propiciando -aunque me temo que con muy escaso impacto- el benemérito programa de televisión Historia de nuestro cine, al que uno debe tantos buenos ratos en los últimos meses.  

martes, septiembre 26, 2017

PARA UNA GALERÍA DE ACTRICES: SOLEDAD MIRANDA


Soledad Miranda en El conde Drácula (1970) de Jesús Franco: no era mala actriz, e incluso podría pensarse que la cualidad "vampírica" que Franco, Portabella -que la dirigió en Cuadecuc Vampir- y otros descubrieron y potenciaron en ella no era tanto un azar de la fotogenia como un estudiado logro dramático. Lo mismo podría decirse de su condición de malsana musa erótica -explotada al máximo en Las vampiras (1971), ya en el límite de lo pornográfico-, aunque cabe especular que esos triunfos de la pura gestualidad acompañada de pocas palabras tenían sus raíces en la ascendencia gitana de la actriz y su cercanía al mundo flamenco y a su repertorio dramático, en el que ocupan lugar no secundario las poses estáticas de pasión o dolor y la expresividad de los desplantes. No otra cosa hace la actriz en brazos del ya experimentado Christopher Lee: poner los ojos en blanco, como arrebatada por un paroxismo musical, y dejarse llevar a esa otra realidad en la que perecen sumirse los flamencos cuando llegan a los límites de sus posibilidades expresivas. Murió en un accidente de tráfico en las inmediaciones de Lisboa, cuando acababa de rodar Las vampiras y, al parecer, estaba a punto de firmar un jugoso contrato con el polémico productor alemán de cine sensacionalista Arthur Brauner. Eran años en los que no asombraba demasiado que una joven estrella ascendente acabara de ese modo, y más cuando se movía en un mundo en el que no estaba muy claro dónde terminaba la pose contracultural y empezaba la mera pérdida de referentes. Hoy todas esas historias dan mucha lástima; y más cuando, como es el caso, de la víctima propiciatoria de turno han quedado imágenes tan sugerentes como las que componen las películas mencionadas. Sin pretenderlo, Soledad Miranda puso rostro de Dolorosa a esas figuraciones de la Europa desnortada. Las películas ínfimas que hizo, parece mentira, dan mucho que pensar. 

lunes, septiembre 18, 2017

COMIENZO DE CURSO


Comienzo de curso. Pese a que ya soy viejo en el oficio, me sigue resultando inevitable cierta sensación de miedo escénico, que en cuestión de horas se convierte en esa especie de soterrada euforia de quien comprueba que algo que inicialmente le causaba algún que otro resquemor se desarrolla sin problemas. Es una curva emocional con la que estoy familiarizado y que nunca me ha resultado paralizante o me ha disuadido de plantearme retos, pero que sí causa desazón por el mero hecho de que se repita una y otra vez en circunstancias parecidas. Luego viene, ya digo, la alegría, la sensación de control, la satisfacción de poseer algo así como los rudimentos de un oficio que al fin y al cabo no se me da mal, y que me evita, entre otras cosas, la necesidad de convertir lo que considero mi otra profesión, la literatura, en un instrumento de supervivencia, con todo lo que eso conlleva. Y es curioso que pocas veces haya traído aquí, a este cuaderno, los pormenores de esta dedicación a la que consagro la mayor parte de mi tiempo; quizá por haber dado por sentado que la relación que rige entre mis dos oficios no es de continuidad o linealidad, sino de complementariedad, en una especie de asumida esquizofrenia por la que el profesor y el escritor mutuamente se excluyen, y el uno no comparece nunca donde oficia el otro, o viceversa. Naturalmente, esto no es siempre así; hay espacios -mi función de bibliotecario escolar, por ejemplo, de un lado, o las ocasiones en las que se me ha requerido, como escritor, para actuaciones que tenían más que ver con la pedagogía pública que con la privacidad que requiere el ejercicio de la creación literaria-  en las que ambas vocaciones parecen convivir en armonía. Me bastan para comprobar que la forzada separación que mantengo entre ambas obedece más a un principio de economía vital que a una clara incompatibilidad. Profesores de instituto, al fin y al cabo, fueron Mallarmé, Antonio Machado o Gerardo Diego, así que no debe ser del todo imposible desempeñar ambos oficios simultáneamente. Digo yo. 

sábado, septiembre 16, 2017

ARROYO Y SOL EN GLENDALOUGH



Encuentro en En busca de la isla esmeralda, el "diccionario sentimental de la cultura irlandesa" que acaba de publicar Antonio Rivero Taravillo, una entrada dedicada al monasterio de Glendalough y su impresionante entorno natural, al que varios poetas, irlandeses y de otras nacionalidades, han dedicado sus versos. Traduzco aquí, con algunas libertades, uno de los dos poemas sobre ese asunto que escribió Yeats, que parece ajustarse como anillo al dedo a algunas de las fotografías que tomé de ese paraje en un reciente viaje a Irlanda, del que también surgieron algunos poemas que verán la luz pronto.


ARROYO Y SOL EN GLENDALOUGH

Arroyo y sol rasante
atravesaban la espesura móvil,
rebosante de júbilo mi corazón también;
hasta que un mal recuerdo 
se llevó mi atención por otros derroteros.

¿Y quién soy yo, con este corazón
impuro de remordimientos,
para atreverme a suponer que puedo
conducirme mejor o con más juicio
que cualquier otro hombre?

¿De qué sol, de qué arroyo en movimiento,
de qué párpado vino a traspasarme
ese fulgor? ¿Por qué mi vida
se parece a la de ellos, 
que de sí mismos nacen y renacen?

***

STREAM AND SUN AT GLENDALOUGH

Through intricate motions ran
Stream and gliding sun
And all my heart seemed gay:
Some stupid thing that I had done
Made my attention stray.

Repentance keeps my heart impure;
But what am I that dare
Fancy that I can
Better conduct myself or have more
Sense than a common man?

What motion of the sun or stream
Or eyelid shot the gleam
That pierced my body through?
What made me live like these that seem
Self-born, born anew?

                                                          William Butler Yeats

martes, septiembre 05, 2017

DESUBICADO

La sensación de desubicación postvacacional ha tomado este año un cariz nuevo. Hasta ahora había sido siempre de carácter más bien auditivo: el canto de los pájaros a primera hora de la mañana, por ejemplo, me trasladaba mentalmente, en sueños, al entorno vacacional, y la ilusión no se disipaba hasta que me despertaba del todo.  Pero hoy he experimentado una modalidad diferente de ese no saber dónde se está: mientras dormitaba en el sofá con el ruido de fondo de un documental de YouTube sobre arqueología egipcia, la media luz en la habitación en penumbra y, sobre todo, una especie de conciencia errónea del espacio circundante me hacían pensar que todavía estaba en la sierra: la cocina a la que debía encaminar mis pasos en caso de que quisiera beber agua, por ejemplo, me parecía que estaba a mi espalda, como en la casa de allí, y no en la habitación contigua a mi izquierda. Y era placentera esa impresión de estar en dos sitios a la vez; o, más bien, al borde de una especie de disyuntiva, por la que dos series de impresiones resultaban igualmente válidas y convivían armoniosamente en la mente de quien las acogía. Sé que sólo durará unos días, y luego esa vertiente puramente imaginativa de la experiencia sentida quedará borrada bajo el peso de la implacable realidad. Sea. Pero conviene tomar nota, para no olvidar la mera posibilidad de compaginar ambas.

***

Acabada también la lectura (relectura pausada, más bien) de Axel's Castle de Edmund Wilson: una magnífica fotografía de cómo un lector atento y perspicaz veía el panorama literario occidental en torno a 1930, cuando las glorias recién asentadas eran Yeats, Valéry, Proust, Joyce... Hay que decir que el crítico norteamericano no se equivoca nunca, por más que el hecho de que dedique un capítulo de su libro a la figura, hoy meramente anecdótica, de Gertrude Stein pueda inducir a preocupación... Pero no: la despacha como mera curiosidad, o como alguien que apuntaba alto pero no llegó en absoluto a los logros que cabe atribuir a sus ilustres coetáneos. Y no es que Wilson muestre una admiración bobalicona hacia todos ellos: de todos percibe el límite, el punto más allá del cual el empeño de cada uno de ellos no llega a ninguna parte; lo que no le impide, por supuesto, apreciar en su justa medida lo que sí lograron. En ese sentido, me atrevería a decir que es mejor crítico -a pie de obra, diríamos- que el propio Eliot, siempre brillante, sí, pero poco dispuesto a descender a pormenores que la opinión cambiante podría dejar en entredicho en cuestión de años. También, en cierto modo, se anticipa a la parte más interesante de la obra crítica de Harold Bloom, que es su apreciación del lugar central del Romanticismo en la tradición occidental: Wilson también apunta a la afinidad esencial entre los románticos y los "Simbolistas" -denominación genérica que en él alcanza a lo que hoy entendemos como "vanguardias"-, a la vez que aprecia, como Eliot, la sobrevenida vigencia que estaban alcanzando en su tiempo los postulados de la poesía de los "metafísicos" ingleses de los siglos XVI y XVII: complicación intelectual, rebuscamiento de las metáforas, intento de forzar a toda costa los límites de la expresión para dar cuenta de sensaciones y estados de ánimo radicalmente nuevos. Pero, a diferencia de Eliot, no diagnostica una "disociación de la sensibilidad" que hubiera condenado a las literaturas occidentales a una especie de vaivén entre dos actitudes irreconciliables, sino que parece entrever la posibilidad de una conciliación entre ellas: en Joyce, por ejemplo, cree apreciar una deseable fusión entre los logros del Naturalismo y su compromiso con la realidad y los procedimientos intelectualizados del Simbolismo. Wilson, en definitiva, era un optimista; y no, como Eliot o Bloom, alguien con la vista obsesivamente fijada en algún punto del pasado del que habría que venir la necesaria restauración de la grandeza e importancia que la literatura tuvo en otras épocas. En ese aspecto, es también un "simbolista"; es decir, un vanguardista; animoso, deportivo, entregado al gozo de la apreciación como otros se entregaban al gozo de ver volar los aeroplanos.   

lunes, agosto 28, 2017

JAZMINES


JAZMINES

En la noche cerrada el olor del jazmín
abre un claro en la fronda en la que se entremezclan
los perfiles confusos de los árboles
y una vaga aprensión de animales que acechan
o rozan con sus alas los frutos escondidos.

Tiene la noche oscuridad de pozo,
negrura de pizarra, opacidad primaria de cristales ahumados.

Y hay algo que interroga y no encuentra respuesta,
un tanteo en lo oscuro más allá de las voces,
en el espacio abierto que media entre la propia
respiración y los lejanos
ladridos de los perros.

Aquí una zarza, aquí una zanja o un brocal,
aquí el frescor de un cauce y el estremecimiento de pisar
suelo mojado.

Aquí la confusión, la duda, el miedo.

Y este olor a jazmines
como si una vereda flanqueada de muros encalados 
se abriese ante nosotros.

lunes, agosto 14, 2017

SOBRE UNA CESTA DE HIGOS



A Juan Chacón

Hay mucho que decir ante una cesta de higos
y ante el detalle de poner encima,
como quien los protege de una indebida sobreexposición
–a la calima o a la bulliciosa 
glotonería de las moscas–, 
unas hojas que guardan el perfume del árbol
y conservan el gesto de agonía de sus múltiples manos
al cabo de sus ramas retorcidas.

(La higuera y sus achaques de gigantón envejecido.)

En esas manos he creído ver
la actitud de quien abre las suyas para dar.

(¿Qué voz pone un gigante cuando reparte golosinas?) 

Tomad, éste es el fruto
que viene de la tierra y se destila
en los largos, recónditos conductos de la savia
hasta ocupar su sitio, como una estrella fija, 
en la copa extendida bajo el cielo de agosto;

tomad, este es el don de la amistad,
el que congrega a muchos bajo un toldo
pespunteado de destellos
e infunde en los reunidos un ánimo de fiesta;

Compartid este fruto con los pájaros,
con la tierra que absorbe la pulpa descompuesta,
con los resplandecientes 
insectos que componen su dimensión sonora.

Que vuestra vida se acompase al ciclo
de lo que se desborda hasta agotarse.

(Aquí el gigante tose, como para ordenar sus pensamientos.)

Que la muerte, esa sombra, sólo sea
la pérdida parcial de lo que pesa y cae.

martes, agosto 08, 2017

UN LAPSUS DE LANDA

Tenía curiosidad por ver cómo vendían en el programa que TVE dedica a la historia del cine español la emisión de una película tan poco defendible hoy como No desearás al vecino del quinto. Supuso, recuérdese, la irrupción en el cine tardofranquista del peculiar fenómeno que se conoció como landismo, en atención a la extrema popularidad que alcanzó el actor Alfredo Landa como protagonista de un género de comedia de trazo grueso que explotaba la presunta comicidad de situaciones en las que un español sexualmente reprimido intentaba sacudirse la caspa y hacer lo posible por acostarse con mujeres que parecían responder a comportamientos sexuales más abiertos, normalmente por pertenecer a los sectores más permisivos de la nueva burguesía o encarnar el mito erótico del momento, la turista extranjera, sexualmente emancipada y supuestamente deseosa de tener relaciones sexuales con el inefable macho ibérico...   En ese sentido, la película en cuestión tiene un interés sociológico indudable, por incluir todos los tópicos aparejados a ese tipo de situaciones. Tampoco funciona mal, hay que decirlo, como comedia: en ningún momento deja de aportar diversión al tipo de público al que estaba destinada. Otra cosa sería intentar justificarla en función de otros presuntos méritos, y por ello no deja de llamar la atención que, en la presentación de la mencionada emisión televisiva, se incluyera un fragmento de una entrevista con el propio Alfredo Landa en la que éste, años después, comentaba que aquella película de 1970 había sido la primera en la que el cine español mostraba a un personaje abiertamente homosexual, o al que el público toma como tal hasta que se descubre que se trata de una añagaza por la que el personaje en cuestión, que se gana la vida como modista en una ciudad de provincias, intenta pasar ante los susceptibles maridos de sus clientas como alguien sexualmente inofensivo para éstas. 

Hay alguna verdad sociológica, desde luego, en la caracterización que el actor hace de cierto tipo de homosexual de entonces. Pero se equivocaba Landa al atribuir a su película de 1970 la primacía en el tratamiento de ese tipo de personajes: ya en Alta costura, estrenada en 1954 y dirigida por Luis Marquina a partir de una novela de Darío Fernández-Flórez, también el propietario de una afamada casa de modas madrileña era representado como un homosexual entrado en años que había prosperado en su negocio y en cuyo entorno no faltaba -detalle en el que no se atrevía a entrar la timorata película de 1970- el inevitable pupilo que, según requerían los tópicos del momento, se aprovecha de la "debilidad" de su adinerado mentor y vive a su costa. También Camilo José Cela, por cierto, incluía una pareja de ese tipo en el muestrario humano que habitaba La colmena, publicada en Buenos Aires en 1951 y en España cuatro años después.

¿Que conclusión sacar de esta quizá involuntaria omisión por parte de un actor que, años después de haber encarnado al zafio personaje que le dio fama y dinero, tuvo luego ocasión de hacer otro tipo de papeles e incluso de ser vindicado como talento hasta entonces desaprovechado? Nadie le pidió entonces, supongo, que se justificara por sus papeles anteriores, pero quizá la coyuntura exigía que todo el que había tenido antes alguna relevancia pública demostrara haber contribuido de alguna manera a la feliz llegada de las recién estrenadas libertades. Era, quizá, un modo de precaverse contra los temidos vaivenes de la opinión. Tales precauciones, entonces, demostraron ser innecesarias. ¿Seguirían siéndolo hoy? Tengo mis razones para temer que quizá no. 

lunes, julio 31, 2017

UNA DE LAS NUESTROS

Termino mi lectura veraniega de Mansfield Park de Jane Austen: una lección magistral de cómo construir un argumento, desarrollar personajes y poner en pie un mundo autosuficiente, que es el milagro que uno espera del arte de la ficción literaria. Y un prodigio de ambigüedad y understatement, desde la espinosa cuestión de cuál es la fuente de la riqueza y estatus de la familia protagonista -sir Thomas, el dueño y señor de Mansfield Park, tiene propiedades en Antigua, en el Caribe, a las que tiene que acudir para resolver unas innominadas "dificultades", que posiblemente sean, si atendemos a la cronología de la época, un levantamiento de la mano de obra esclava- hasta la exquisita pudibundez, no exenta de picardía, con la que se alude a las "indiscreciones" cometidas por cierta pareja adúltera o al hecho de que los protagonistas, felizmente casados al final, alcanzan ese punto del matrimonio en el que cierto "acontecimiento" les exige "un aumento de los ingresos" y el traslado inmediato a la casa paterna -lo que debe de querer decir que la protagonista se ha quedado embarazada, quizá mediante el ejercicio, esta vez dentro de las convenciones, del mismo tipo de acciones que en otra parte del libro se denominan "indiscreciones"... 

En realidad, el libro no habla de otra cosa, aunque sea de un modo velado; y cabría compararlo, en ese sentido, con la mucho más explícita, e incluso indecente, Las amistades peligrosas de Choderlos de Laclos; de hecho, hay un gran parecido entre la pareja que forman, en la novela francesa, la maquinadora marquesa de Merteuil y el seductor Valmont y la que componen, en la de Austen, los frívolos, mundanos y alambicados hermanos Mary y Henry Crawford: también este último, como el Valmont de la novela francesa, parece haber tramado con su hermana la seducción progresiva de todas las jovencitas de Mansfield Park, y en especial de Fanny Price, la sobrina pobre de la familia y el eje en torno al cual pivota toda la acción, en la medida en que es la única que desarrolla una verdadera conciencia moral de los hechos que suceden a su alrededor.


Como Valmont, Henry Crawford se enamora finalmente de su presunta víctima; con la diferencia de que ésta no sucumbe a la maquinación, pese a las abrumadoras pruebas que empieza a tener de las aparentemente irreprochables intenciones de su galán. Es posible que, si la autora le hubiera concedido más tiempo, la aparente conversión moral del frívolo Henry Crawford habría finalmente convencido incluso a la precavida Fanny. Pero los acontecimientos se precipitan y finalmente cada uno revela su verdadero carácter; lo que tiene como consecuencia, curiosamente, una especie de rehumanización de la gélida atmósfera protocolaria y formalista en la que se desenvuelve la vida de Mansfield Park. 

Algún crítico ha comparado lo allí sucedido con la revuelta de esclavos que seguramente sir Thomas se ha visto en la obligación de sofocar en sus fincas caribeñas: mientras estaba ausente, también en su familia ha habido una especie de rebelión general; y el parecer de la autora respecto a esta última no deja lugar a dudas: autoridad y paternalismo han de ir de la mano si se pretende que el orden natural se conserve... 

¿Es eso lo que quiere decir esta intrincada novela? No del todo. Hay en ella también una defensa clara de la individualidad, de la atención debida al propio juicio moral; y, también, una evidente capacidad de comprensión, por parte de la autora, de las circunstancias de cada cual, tanto materiales -y se entiende por ello la admiración que suscitaba en Carlos Marx- como morales. Y es curioso que este inmenso logro -nada menos que atisbar, desde los albores mismos de la novela moderna, la amplia gama de posibilidades que había de alcanzar el género- correspondiera a una mujer que, por serlo, tuvo dificultades para que se reconociera incluso su derecho a ejercer como escritora profesional, y que vivió toda su vida en los márgenes del mundo social que con tanto acierto retrató, y en el que cabe atisbar muchos de los dilemas -respecto a la educación, a los límites de la libertad individual, a la importancia del factor económico en todos los órdenes de la existencia, etcétera- que todavía preocupan a nuestras modernas sociedades. En términos conradianos: Austen era "una de las nuestros". (27/7/17)

martes, julio 18, 2017

OTRA LECTURA DE VERANO

Otra vieja deuda de lectura: Mansfield Park de Jane Austen, que acabo de empezar. Ya la primera página casi asegura al lector uno de los más infalibles acicates para mantenerlo enganchado a una lectura de más de quinientas: el acierto tonal. ¿Es la ironía la que dicta frases como éstas: "Hace unos treinta años, la señorita Maria Ward de Huntingdon, con sólo siete mil libras, tuvo la suerte de cautivar a sir Thomas Bertram de Mansfield Park (...) y elevarse con ello al rango de esposa de baronet (...). [S]u propio tío el abogado reconoció que le faltaban tres mil libras al menos para tener justo derecho a él"? Podría hablarse incluso de cinismo: "[L]o cierto es que no hay tantos hombres acaudalados en el mundo como mujeres bonitas dignas de ellos". Ya sabe uno que, sea la historia la que sea, el mero placer de oír a la narradora va a merecer la pena: el espectáculo de la inteligencia aplicada al desentrañamiento de una situación mundana que quizá, al cabo, no nos interese tanto, pero que va a deparar la ocasión de motivar un modo inteligente de relatar. Me las promete muy felices en las aproximadamente dos semanas que calculo me va a durar la diversión.

viernes, julio 14, 2017

SYDNEY (UNA PELÍCULA DE HACE VEINTE AÑOS)


La aporía moral que parece exponer Sydney (Hard Eight, Sydney, 1996, de Paul Thomas Anderson) reside en la paradoja de que la búsqueda de redención personal -eso en lo que andamos empeñados de un modo u otro todos los adultos, a partir sobre todo de la edad en la que puedes dar por seguro que has apurado al menos la mitad de los años que teóricamente podrías vivir- frecuentemente conduce a la comisión de nuevos errores, de nuevos crímenes. Hacia la mitad de la película nos enteramos de que el amable protagonista, convertido en ángel de la guarda de un joven sin rumbo, tiene efectivamente un gran pecado que purgar, a la vez que constatamos que su voluntarioso empeño lo está conduciendo a un nuevo callejón sin salida. En estos casos el cine -cierto tipo de cine, en fin- admite siempre una solución expeditiva, y a eso se acoge Anderson. Pero el desenlace en realidad no resuelve nada: todos los personajes quedan a merced de sus propias debilidades e inconsistencias, unos -el protegido de Sydney o la muchacha de mala vida con la que se empareja para multiplicar por dos las preocupaciones de su ángel de la guarda- porque parecen abocados a la inadaptación e indefensión perpetuas; y otros, como el propio Sydney o el chantajista de poca monta que finalmente descubre su secreto, porque incluso el logro de haber aprendido a sobrevivir en la moderna jungla capitalista -en este caso, eficazmente representada por el mundo de los casinos y las apuestas en Las Vegas y Reno- no necesariamente conlleva ese otro logro ulterior que supondría hallar al mismo tiempo cierta paz interior, cierta sensación de conciencia tranquila y de respeto de uno mismo. 

Anderson se sitúa en cierto modo en el mismo punto que Scorsese en Taxi Driver: en la posición de espectador privilegiado de un arriesgado empeño de redención personal. Pero el desenlace -el no-desenlace, más bien- de la película del primero parece más ajustado a la naturaleza de ese debate moral que el aparatoso final de la película del segundo. En ese sentido, si no mejor, sí cabe afirmar que la película de Paul Thomas Anderson es más pertinente.

viernes, julio 07, 2017

UNA LECTURA


Satisfago una vieja deuda de lectura: Una vida de Italo Svevo. No sé. Tal vez sea la traducción, descuidada y plagada de erratas, lo que me ha impedido el goce pleno de este presunto clásico de la literatura del siglo XX. La trama me es familiar: la historia de uno de esos jóvenes "incapacitados para la vida" que pueblan las literaturas europeas de aquellos años: nuestro barojiano Andrés Hurtado, el protagonista de El árbol de la ciencia, o el de La voluntad de Azorín serían otros ejemplos característicos del mismo tipo humano, e incluso más logrados, porque las dos novelas españolas citadas están escritas desde una convicción que parece faltar en todo momento a la dubitativa novela del italiano. Aunque esa indecisión pueda considerarse, con la visión de conjunto que tenemos hoy de la obra de su autor, el rasgo más característico de su mundo moral e incluso de su modo de narrar.

El joven en cuestión se gana la vida desganadamente en una anodina firma bancaria que tiene cierto parentesco con las corporaciones fantasmales de Kafka o la oficina del Chiado lisboeta en la que trabajaba el heterónimo pessoano Bernardo Soares, el protagonista de El libro del desasosiego. En ese entorno gris, su única distracción parece ser entregarse a fantasías más o menos megalómanas, tales como llegar a ser un escritor o filósofo importante, y poner a prueba su imbatible timidez en las veladas más o menos literarias que celebra la hija del banquero para quien trabaja. El azar, la ocasión y un cierto grado de premeditación fantasiosa le ofrecen la ocasión de seducir a la muchacha. Pero ese presunto logro no hace sino acentuar sus dudas en torno a su propio carácter, la verdadera naturaleza del deseo así consumado y la autenticidad de sus propios sentimientos y los de la amada. Mientras duran estas dudas, que ocupan media novela, el entorno de la muchacha parece conjurarse contra él y las circunstancias fuerzan un final que las desviadas reflexiones y fantasías del protagonista se revelan del todo incapaces de prever. 

Los ingredientes son, como se ve, los comunes a todos los libros citados: indecisión, desgana existencial, sexualidad malentendida o reprimida en nombre de una moral que ya no es religiosa, pero sigue apoyándose en dicotomías que relegan lo sexual a una posición secundaria o vergonzante, pesimismo existencial y una concepción de lo social que, siendo crítica, no parece contar con ninguna herramienta de análisis para desenmascarar los aspectos alienantes que determinan el comportamiento de los personajes. 

Más allá de las reservas que he ido mencionando, quiero decir que siento simpatía por este tipo de novelas: su acertada y quizá un tanto ingenua manera de diagnosticar la desazón juvenil posiblemente ha sintonizado con las preocupaciones de generaciones enteras de lectores que descubrían esos libros a una edad similar a la que tienen sus protagonistas -El árbol de la ciencia, recuérdese, fue lectura obligatoria en nuestro bachillerato durante décadas- y, en ese aspecto, les han revelado a muchos una dimensión de la literatura que las meras lecturas de evasión jamás les hubieran hecho sospechar. En otros tiempos, recuérdese, a la edad en la que hoy se lee la saga Milennium o Harry Potter los jóvenes leían a Hermann Hesse, con quien Svevo comparte no pocos rasgos. Sin despreciar a nadie, creo sinceramente que salían ganando. 

lunes, julio 03, 2017

SOBRE LA TOLERANCIA

Ya casi da pereza escribir sobre esto. Pero llama la atención el hecho de que, con todo lo que se ha dicho y escrito a propósito de la polémica desatada por el artículo de J.M. sobre Gloria Fuertes, nadie se haya fijado en uno de los aspectos más preocupantes de éste y otros casos: el creciente ensañamiento de ciertos sectores de la opinión pública con quienes expresan pareceres contrarios a los suyos. Ha ocurrido siempre, porque el respeto a la opinión ajena, por desgracia, no es un don que se haya prodigado nunca demasiado en nuestro país. Pero el fenómeno ha alcanzado en los últimos meses una virulencia que empieza a resultar preocupante. Pienso en otros casos, además del citado: en el linchamiento sin paliativos que la periodista Rosa Montero ha sufrido por haber escrito un artículo en el que se planteaba que quizá los partidarios de la medicina homeopática no son necesariamente unos irresponsables o unos memos, y que es posible que tengan sus buenos motivos para secundar esa práctica; o en las reacciones que suscitan determinadas noticias relacionadas con el mundo de las corridas de toros, y especialmente las que informan de la muerte de un torero, que invariablemente son acogidas con expresiones de júbilo por parte de los detractores de la fiesta... 

Ninguna de estas tres polémicas me concierne de un modo especial: no se refieren a aspectos centrales de mis gustos o mi modo de pensar, o lo hacen desde una perspectiva que no se corresponde con mi modo de considerar los hechos. No entro, por ello, en el fondo de las mismas. Lo que sí me preocupa, y mucho, es que haya un empeño tan claro por parte de muchos en silenciar o cohibir a quienes plantean opiniones distintas a las suyas. ¿A qué se debe este fenómeno? Que no es nuevo, por otra parte, en nuestra historia reciente: también fue notable el grado de ensañamiento con el adversario que alcanzaron ciertas polémicas culturales en los meses previos a la caída de Felipe González y el cambio de ciclo político que tuvo lugar entonces. Se preveía entonces un nuevo reparto de prebendas y había quienes no querían perder la ocasión de hacer valer sus méritos para conseguir una. Ahora la situación es similar; sólo que agudizado por un fenómeno que no se dio entonces: una clara quiebra de la cohesión social y, por tanto, de ciertos consensos culturales que en otros tiempos nadie cuestionaba. En los años 80, por ejemplo, no era raro que en una misma revista literaria se reivindicara la poesía de los falangistas Agustín de Foxá o Rafael Sánchez Mazas y, a la vez, publicaran en ella poetas de signo estético y actitud vital diametralmente opuestos, como Claudio Rodríguez o Carlos Edmundo de Ory, pongo por caso. Ese sano eclecticismo empieza a ser cosa del pasado. Se está creando el estado de opinión concomitante a un cambio político y social que se considera, si no inminente, sí cercano; y que, si bien no roza todavía la posibilidad de controlar los poderes centrales del estado, ya lo hace en infinidad de ámbitos menores de decisión, desde los ayuntamientos a las universidades. En todos esos ámbitos existe la posibilidad de hacerse un nombre mediante el procedimiento de alzar la voz para denunciar o desautorizar al discrepante; y todas esas voces impostadas encuentran fácil eco en las mal llamadas "redes sociales", en las que cada vez se practica menos lo que hasta ahora habíamos entendido por sociabilidad. 

No son, desde luego, las condiciones ideales para el debate desprejuiciado o el intercambio amistoso de ideas; y sí las que históricamente suelen anteceder los periodos en los que se restringe la libertad de expresión. No digo yo que todos los que se han sumado a estas polémicas para condenar sin más al opinante de turno participen de esos motivos; quizá sólo creían apoyar de buena fe la causa correcta. Pero el hecho mismo de que ciertas opiniones se consideren "correctas" sin más, por coincidir con las corrientes de opinión en boga, resulta ya muy preocupante. En esa coyuntura estamos.

Imagen: Tertulia (1929) de Ángeles Santos. Óleo sobre lienzo. Museo Nacional Reina Sofía.

domingo, junio 25, 2017

ESCALAS

"Francamente, me resulta imposible suscribir que Gloria Fuertes fuese una grandísima poeta a la que debemos tomar muy en serio", afirma Javier Marías en su columna semanal en El País. No suele uno prestarse a suscribir las opiniones de este escritor, quizá más por una cuestión de forma que de fondo. Pero esta vez el mensaje es tan nítido como indiscutible. Y no porque no aprecie uno hasta cierto punto la obra y la figura de la autora cuyo centenario se ha celebrado este año hasta el empacho, sino porque esa celebración, impostada y fuera de toda medida, excluye el matiz de que un poeta -o una poeta, en este caso- por quien se puede sentir simpatía, y a quien incluso se puede conceptuar como necesario/a en una coyuntura de la que sólo se recuerdan hoy las actitudes y gestos francamente indigeribles de muchos otros, no tiene por qué cargar con el peso de una clase de estimación que no le corresponde. Grandes, grandísimos poetas fueron otros. A ella le correspondió el don de una cierta gracia impertinente, alada, corrosiva para las solemnidades que se estilaban en su tiempo. Aportó un toque de ironía naïf a un panorama de gestos serios y decires impostados. Hay que reconocérselo. Pero no confundamos las escalas de medir.

lunes, junio 12, 2017

UNA ESCENA CALLEJERA


Al principio me parece que están haciendo algo nefando al pobre animal. La escena está ocurriendo en la parcela ajardinada que tengo frente a mi ventana: un hombre joven trata de envolver a un perro, que parece no poder moverse, en una manta; a su lado, sentada en el césped junto a un cochecito de niño que parece haber sido usado para llevar hasta allí al animal impedido, una chica lo mira en silencio. Poco a poco, por fortuna, el cuadro va adquiriendo un sentido distinto al que quisieron darle mis temores. El animal, por razones que ignoro, no se sostiene sobre sus patas, y el hombre le ha pasado una manta bajo el tronco con la intención de sostenerlo poco menos que en volandas y ponerlo en situación de apoyar sus extremidades en el suelo y ejercitarlas. No quiero imaginar el origen del daño: fracturas debidas a un accidente, quizá, o a malos tratos -y quiero suponer, en ese caso, que las personas que se esfuerzan por hacerle recuperar sus fuerzas lo han rescatado de un entorno cruel-. El caso es que el animal intuye que le están haciendo bien y mueve alegremente el rabo, y más cuando se acerca otra pareja con perro y el recién llegado lo ronda cariñosamente y se muestra extrañado de que su congénere no se le una en sus carreras. Cobra entonces un nuevo sentido la presencia del cochecito de bebé: el otro hombre ha traído lo que, desde mi ventana, parece un juego de alambres o de esas tiras de sujeción que usan los electricistas para atar los manojos de cables. Con su ayuda, los dos hombres se afanan en convertir el coche, con la ayuda de la manta de antes, en una especie de arnés con ruedas, en el que el perro inválido pueda sostenerse a una altura desde la que sus patas toquen el suelo. Pero el empeño no parece tener éxito: el animal está demasiado débil y prefiere dejarse arrastrar, antes de hacer ningún esfuerzo efectivo por impulsarse con sus extremidades. De vez en cuando, no obstante, atina a dar un paso, lo que provoca el regocijo general de los allí congregados, que lo alientan con palabras cariñosas y le dan palmaditas en el lomo. Quiero pensar que todo este designio obedece a las instrucciones de un veterinario y que el animal no resultará dañado por un trato imprudente. La escena se prolonga durante una hora. Luego, en un instante en el que dejo de prestarle atención, sus protagonistas desaparecen. Hago votos porque se dejen ver por aquí algún otro día y entonces el perro dé ya muestras de recuperación. (5/6/2017)

jueves, junio 01, 2017

ON GROWING A BEARD

Creo que mi ya crecida barba merece una mención, la primera, en este cuaderno. Me ha deparado una curiosa sensación de pudor retrospectivo: me parece que me resultaría incómodo volver a dejar al descubierto ciertas cicatrices faciales que tengo desde la infancia y que ahora, por primera vez desde que sufrí el accidente que me las causó, a los diez años, resultan invisibles. Alguien me ha dicho que esta profusión de pelo predominantemente blanco me hace más joven. No sé. Quizá quiere decir que contrarresta en cierta medida, y por la vía del desaliño, mi ya asentado aspecto de hombre formal: una condición que, ahora que lo pienso, siempre me ha parecido un tanto prematura.

martes, mayo 23, 2017

... Y TENDRÁ TUS OJOS



(Para una galería de actrices.) Leo el poema de Antonio Jiménez Millán sobre la actriz Constance Dowling, incluido en su último libro, Clandestinidad (2011), y reproducido también en su reciente antología Ciudades (Rencimiento, 2016). El poema consiste en una sobria pero muy efectiva versificación de los datos que pueden encontrarse en cualquier nota bibliográfica de la actriz: que fue amante de Elia Kazan, que tuvo una discreta carrera como actriz secundaria antes de marchar a Italia, donde alcanzó notoriedad como protagonista de varios filmes y conoció a Cesare Pavese, quien se enamoró de ella, y que volvió luego a los Estados Unidos, donde protagonizó una mediocre película de ciencia ficción, Gog, el monstruo de cinco manos (Gog, 1954) y se casó con el productor dela misma, Ivan Tors, tras lo cual "se retiró del cine, tuvo hijos, / seguramente la olvidaron todos"; por más que ella, quizá, pudiera no haber olvidado que inspiró el verso y título más famoso de Pavese, "vendrá la muerte y tendrá tus ojos", inspirado por el sentimiento de decepción amorosa que fue parte crucial en la depresión que llevó al poeta italiano al suicidio. 

Acabo de ver precisamente Gog. En ella interpreta a una atractiva ayudante de laboratorio de la que se enamora el científico protagonista. Va vestida siempre con un poco atractivo uniforme de una pieza, similar a un mono de trabajo, aunque lo bastante bien cortado como para dejar ver un cuerpo poderoso, plenamente ajustado al ideal de matrona atlética al que aspiraban las mujeres americanas de la era Eisenhower. Al final de la película, el científico en cuestión la visita en el hospital del que se repone del ajetreado trance final, en el que ambos combaten con un robot controlado desde una nave hostil de origen indeterminado: "El doctor dice que no es nada serio -la consuela-, sólo un ligero exceso de radiación". Luego añade -cito de memoria- que eso les permitirá verse mejor en la oscuridad... No es la única cita de este jaez, en un argumento que explota más quizá de lo habitual el hecho de que en remoto laboratorio aislado donde tienen lugar los hechos los hombres y mujeres allí encerrados no tenían otra distracción. De hecho, uno de los científicos allí destinados encuentra satisfacción voyeurística en asistir a los ejercicios acrobáticos de una pareja joven que sirve de conejillos de Indias en una cámara antigravitatoria. 

La actriz, qué duda cabe, no tenía la culpa de que su nombre hubiera alcanzado notoriedad en relación al suicidio de Pavese. Pero la vida se complace en estos improbables cruces, y por eso casi resulta imposible ver la película citada sin acordarse de que su título, Gog, es también el de un libro de otro importante autor italiano, aunque de talante muy distinto al atormentado Pavese: el ultracatólico Giovanni Papini, que aplicó este nombre, tomado de un personaje bíblico, a cierto millonario misántropo de su invención que emplea su tiempo y su fortuna en recorrer el mundo para constatar el absurdo de la modernidad y la mediocridad de sus impulsores. Constance Dowling parecía condenada a figurar, de un modo u otro, en las notas a pie de página de la historia de un arte que no era el suyo, la literatura.

jueves, mayo 18, 2017

¿AUTOAYUDA?

Evitar que la curva emocional del día se parezca a una montaña rusa. Y hacerlo, por supuesto, en detrimento, no de los momentos de perfecta felicidad, sino de aquellos en los que dominan las sensaciones de desaliento, pánico o estrés. Algo me dice que ese logro tiene que ir necesariamente aparejado a un cierto grado de desconexión, de ecuánime distanciamiento: conocerse a uno mismo lo suficientemente bien como para saber hasta qué punto ciertas contrariedades que parecen causar una gran conmoción en las capas más superficiales de la propia sensibilidad en realidad no calan lo suficiente, y por tanto no merecen la atención y preocupaciones y demanda de tiempo que normalmente suscitan. Cultivar, digamos, una especie de porosidad selectiva, por la que solamente nos dejemos impregnar de determinadas cosas externas y no de otras. Parece un programa asequible, aunque quizá sólo a tan largo plazo que, una vez logrado, casi no queda tiempo y vida para disfrutarlo... Pero quizá este último pensamiento no sea sino una última añagaza del pesimismo para disuadirnos de intentarlo.

miércoles, mayo 10, 2017

UNA NECROLÓGICA

Me entero hoy de la muerte de M. Un 23 de abril, Día del Libro, lo que no deja de tener su ironía, si se considera que el difunto se ganaba la vida en un establecimiento del ramo; en concreto, en nuestra librería de cabecera, en la plaza Mina de Cádiz. No sobrevivió al azaroso proceso que supone superar el trasplante de un órgano vital; aunque, por las noticias que tenemos, luchó hasta el final, o al menos mantuvo el tipo y transmitió cierta esperanza a los más cercanos: "Me canso mucho", decía, "pero según los médicos es lo normal". Deja mujer y dos hijas estudiantes, una de ellas todavía en el instituto. Su jefe y compañero de trabajo en todos estos años me comenta que se le echa mucho de menos en la librería, cuyo buen orden en gran medida dependía de él: tales debían de ser los misteriosos asuntos que lo mantenían ocupado en la mesa del fondo, mientras J., el dueño, atendía a la clientela desde una especie de puesto de avanzada situado junto a la puerta. Ayer, me dice J., se leyeron unas palabras en su recuerdo en la Feria del Libro. Es curioso: es éste el primer año en el que me había eximido a mí mismo de acudir a esa especie de obligado compromiso para todos los que tenemos que ver con el mundo del libro, y el pretexto que me daba para esta especie de indulgencia era que esta librería amiga, debido precisamente a las dificultades aparejadas a la ausencia por enfermedad de M., no iba a estar presente, y con ello quedaba en suspenso mi ya inveterada costumbre de firmar mis libros en su caseta, como vengo haciendo desde hace años. Él nunca estaba: quedaba al frente de la librería, mientras J. atendía esta otra trinchera de su exigente negocio. Quién le iba a decir a M., siempre tan discreto y modesto, que iba a alcanzar este inesperado protagonismo. Descanse en paz. 

(Aunque no he querido romper la secuencia cronológica del "diario demorado" que retomé a principios de año e irá apareciendo en este blog a partir del 1 de enero de 2018, me ha parecido oportuno adelantar este apunte de hoy, por razones obvias. Va por ti, Manuel.)

domingo, mayo 07, 2017

CON LAS GANAS


(Para una galería de actrices). Lucía Bosé en Ceremonia sangrienta (1973) de Jorge Grau. Actriz con algo de mascarón de proa: hierática, contenida en unas facciones que antes parecen talladas en piedra o madera que resultado del modo en el que el tiempo y la gesticulación de las pasiones van modelando el rostro. Aquí, sin embargo, aporta justo la fisonomía que requería el papel: el rostro vampírico de la infame condesa Báthory, reinterpretada, para el cine español de la época que presagiaba el destape, según los cánones del nuevo desenfado que habían aportado al género las producciones de la Hammer. Se suponía -así lo declaró el propio Grau- que la clave de los crímenes de esta asesina impenitente de doncellas había de ser el miedo de la mujer madura (e insatisfecha) a perder su juventud y su atractivo sexual. Y lo curioso es que la caracterización de Lucía Bosé para el papel aporta el punto justo de carnalidad al filo de una cierta decrepitud: turgencias del color de la cera, a las que la sangre derramada de las víctimas aporta una inesperada nota de color que resulta incluso alegre... Todo muy morboso, como se ve. Y llama la atención que esa cualidad mórbida de la carnalidad humana, aquí presentada como un rasgo antinatural, sea precisamente lo que un pintor tan naturalista como Lucian Freud -acabo de ver el espléndido documental de la BBC Lucian Freud. A Painted Life- viera en la piel humana: una materia descolorida, baqueteada y casi en trance de descomposición. Puede que el pintor tuviera razón -de hecho, hemos terminado aceptando esos desnudos suyos como representaciones fiables de un cierto canon de belleza contemporáneo-, y que la víctima de un evidente espejismo respecto a la representación corporal fuera el cineasta, para quien la juventud, el don que la condesa asesina envidiaba en las mozas aldeanas, tiene siempre una cierta prestancia de fotografía en papel couché: el canon representativo de la pornografía se su tiempo, al que la película, a pesar de su forzada pudibundez, secretamente aspira. Ninguno de los dos modelos, al cabo, ha resultado transgresor: hoy los desoladores cuadros de Freud se cotizan en millones; y la pornografía de papel satinado ha pasado a los anuncios de televisión. Son otros tiempos.