viernes, abril 17, 2015

jueves, abril 16, 2015

EXEQUIAS

Tal vez si uno se conociera mejor sabría con más exactitud que ven en él y en lo suyo los demás. No siempre es el espejo lo que falla: ni siquiera del mejor se puede esperar que aporte nitidez a una imagen borrosa.

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Exequias (literarias, se entiende) por un escritor cercano fallecido recientemente. No sabe uno muy bien qué pensar: emoción (genuina) y reivindicaciones grupales andan de la mano. Uno de los oficiantes declara sin rubor que el difunto, amigo suyo desde la adolescencia, presidió el jurado que le concedió cierto premio literario... Lo que podría entenderse, supongo, como un acto de esclarecimiento o un gesto de sinceridad. No sé. Quizá a estos efectos lo mejor sería no mezclar sentimientos y literatura. Llórese ahora al difunto y déjese que el tiempo fije su biografía y sus logros. Pero no siempre es posible hacer esas distinciones, claro.

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Literariamente hablando, andamos sobrados de muertos que celebrar. Como en el caso de Cervantes, parece que la única manera que tenemos de reconocer la deuda contraída con nuestros escritores consiste en organizarles un buen entierro. Casi avergüenza repetir lo que parece un tópico: la literatura es algo vivo; y lo que importa de un autor no es organizarle puntualmente las exequias, aunque sea cada cien años, sino recordar su obra y percibirla como algo que todavía nos concierne. Valga también por el pobre Giner de los Ríos, de cuya muerte andamos celebrando el centenario y de quien  no nos cansamos de proclamarnos herederos y seguidores. Alguien tendría que atreverse a preguntar en voz alta si de verdad creemos que la moderna escuela española, zarandeada por los políticos y siempre castigada por la precariedad de medios y la masificación, se parece en algo al modelo desahogado y elitista -dicho sea esto sin ánimo de vituperio- que inspiró la Institución Libre de Enseñanza. Es un poner. 

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Brumas de abril. La primavera anda por dentro, como quien dice.

miércoles, abril 15, 2015

TRAYECTORIAS

Los dos ilustres difuntos de los que la prensa se ha ocupado en las últimas horas tenían una cosa en común: llevaban mal la fama, o eran muy sensibles al diferencial existente entre los posibles merecimientos que creían poder aducir para merecerla y lo que el público veía en ellos. Uno, Günther Grass, incluso conoció un amago de linchamiento público cuando se conoció que había servido en las filas de las SS en las últimas semanas de la guerra; lo que no fue óbice para que los mismos medios que contribuyeron a propagar la noticia infamante -que no lo era tanto, si aceptamos las explicaciones bastante razonables que el autor dio al respecto- siguieran recurriendo a él en su papel de fustigador de conciencias. El otro, Eduardo Galeano, hubiera querido ser más admirado por su literatura creativa que por su papel de publicista político, pero eso no ha impedido que los medios unánimemente lo recuerden hoy como autor de un lejano tratado sobre la miseria en Hispanoamérica. Las necrológicas no han hecho más que repetir estas distorsiones. Los biempensantes están de enhorabuena. Y queda en el aire la duda de si todo esto tiene algo que ver con la posible existencia de algún sentimiento generalizado de aprecio hacia la literatura. Tengo más bien la impresión contraria: cada vez que los azares de la vida obligan a los medios a ocuparse de un escritor reconocido, lo hacen en detrimento del sentido y significado de la tarea de escribir, que tiene poco que ver con todo ese ruido.


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Se dice que el niño que hoy lee un tebeo mañana leerá un libro; y, por lo mismo, el lector precoz de literatura ligera acabará adquiriendo el temple necesario para afrontar otras lecturas de más calado. Pero más bien sucede lo contrario: la mayoría de las trayectorias lectoras que conozco son francamente horizontales, cuando no descendentes. Lo mismo pasa, por supuesto, con muchas trayectorias autorales. Lo que obedece más, entiendo, a un reflejo psíquico -la tendencia natural al mínimo esfuerzo, por ejemplo- que a alguna ley intrínseca a la propia literatura.


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La hipótesis intranquilizadora de que a las palmeras no las desmelenase el viento, sino alguna clase de voluntad propia... 

martes, abril 14, 2015

EN LA LUNA

Me he hecho el propósito de correr al menos tres tardes por semana. Me noto algo oxidado y quiero recuperar un poco el tono... Propósitos de viejo, claro. Nunca he sido un gran deportista, pero tampoco le he tenido miedo nunca a una gran caminata o a una excursión que implique la subida de unas cuantas cuestas, por ejemplo. Y ahora me noto en baja forma: la factura, quizá, de muchos años de trabajo sedentario, y muy especialmente de las grandes maratones literarias que me he impuesto en los últimos seis o siete: la trilogía, primero, la traducción del periplo americano de Kipling, el último empujón a mi estudio sobre Poe... No es que me queje: he disfrutado con todos esos trabajos, y sólo retrospectivamente me duele un poco, quizá, la idea de que hayan podido suponer otras tantas renuncias. 

Así que pongo el pie en la calle, un tanto avergonzado de mi desacostumbrado atuendo deportivo; echo a andar a buen ritmo, como he leído que deben hacer los aspirantes a corredores en sus primeras salidas; me arranco a correr en algunos tramos. Los efectos son los mismos que cuando me dio por nadar, hace años: la primera jornada me deja maltrecho, pero desentumecido y como con el cuerpo abierto y expectante a nuevas perspectivas de desahogo físico. No quiero hacerme muchas ilusiones al respecto. Ya veremos. 

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Le describo a una compañera el fósil que encontré el viernes. Cuando le digo que los pastores del lugar no han identificado el trozo de maxilar como perteneciente a ninguna especie que ellos conozcan, me ha mirado con aprensión. Lo que no me decepciona del todo. Lo importante no es tanto lo que sea, como la sombra de irrealidad que ese resto de otras edades arroja sobre nuestro entorno inmediato, al presentárnoslo bajo una luz irreconocible. Y hasta da un poco de vértigo.

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El modo como Fritz Lang muestra a los espectadores el cohete en el que viajarán los protagonistas de Una mujer en la luna (Frau im Mond, 1929): largos y lentos planos en los que la cámara recorre minuciosamente las líneas de la nave, demorándose en el trayecto para causar impresión de grandiosidad. Anuncian los efectos visuales que puso de moda George Lukas desde las primeras entregas de La guerra de las galaxias, sólo que, en el caso de Lang, no había ordenadores por medio. De todos modos, la película causa cierta impresión de frialdad tecnológica, como si el director hubiera querido insertar en un contexto más inmediato -al fin y al cabo, la historia está ambientada en la época contemporánea- la visión de un mundo dominado por la técnica que presentó en Metrópolis. En algún lugar de la tierra -parece querer decirnos-, gentes tan siniestras como las que protagonizan esta ficción planean hacer de las máquinas un instrumento de dominación. Y tenía razón, como los hechos demostraron muy pocos años después. Ya sé que es una mera casualidad, pero uno de los detalles más inquietantes de la película es que el flequillo del siniestro Walter Turner, el presunto americano que se ha apoderado de los hasta entonces despreciados conocimientos astronáuticos del tronado profesor Mannfeldt, sea idéntico al que luego luciría Adolf Hitler; al que parecen prefigurar, por cierto, todos los locos megalómanos de los que se ocupó el cine alemán en los lustros precedentes al ascenso del dictador.

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Viendo películas mudas, uno no es tanto espectador como testigo situado en otra dimensión desde la que se puede comentar en voz alta lo que ocurre sin interferir en ello.  

lunes, abril 13, 2015

IRREALIDADES


Florecidos el tojo y el majoleto o espino albar. A los lados de la carretera se alternan los arbustos enguirnaldados de amarillo o blanco. Parecen ramos sostenidos por una multitud que espera a un emperador victorioso o al campeón de una vuelta ciclista, tanto da. Digo esto último porque también, al reclamo de las horas adicionales de luz y el buen tiempo, los ciclistas han salido a la carretera. Adelantamos a dos o tres que pedalean trabajosamente cuesta arriba. Los perdemos de vista. Pero el aplauso, el clamor unánime de las guirnaldas de flores, es para ellos.

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Las tardes largas son más acogedoras, quién lo niega. Hace apenas unas semanas, llegábamos a la sierra ya anochecido y no cabía hacer otra cosa que encender el fuego y procurar caldear rápidamente la casa antes de irnos a dormir. Ahora tenemos varias horas de luz por delante, y hasta da tiempo de echar una mano al amigo J. en los cuidados de la huerta. Me encomiendan sembrar en macetas unos dudosos plantones de tomateras, y así lo hago; y luego hago mi parte de trabajo comunal, consistente en mantener limpios unos arriates públicos situados junto a la casa de nuestro amigo. Arrancamos malas hierbas y sembramos geranios. Y al remover la tierra, desentierro lo que parece a todas luces un trozo de mandíbula fosilizada con tres molares. Muestro el hallazgo a la concurrencia y provoco no poco revuelo. Descartados que los dientes sean humanos -finalmente, concluimos que deben de ser de alguna especie de cánido-, aún así bromeamos con la ocurrencia de haber descubierto los restos de un remoto antecesor de los actuales habitantes del barrio. El eslabón perdido, como quien dice. Llevamos los vestigios del presunto "hombre de San Antón" al bar, donde la velada se alarga, entre bromas y veras, hasta la medianoche, sin que se haya hecho sentir el recurrente cansancio de los viernes. Y bien está que así sea.

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Quizá por ello, en una especie de regresión a nuestro pasado de cazadores-recolectores, la cena del día siguiente consiste mayormente en hierbas y tubérculos silvestres: borrajas, ajos porros, tagarninas. La dieta de primavera del homo Sancti Antonii cuando la caza escaseaba. También en aquellos tiempos remotos, imagina uno, el hombre distinguía entre periodos de abundancia y épocas de escasez. Y también entonces, como hoy, posiblemente capeaba estas últimas a fuerza de humor. 

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Impresión general de realidad trastocada. Normalmente, cuando esto ocurre, es que las cosas han virado a una tonalidad de pesadilla. Pero también ocurre lo contrario: también, a veces, la felicidad opera en una irrealidad en la que no se sabe cómo se ha entrado, pero de la que, en cualquier caso, es muy fácil despertar.

Imagen: pintura de José Antonio Martel sobrescrita por José Manuel Benítez Ariza, perteneciente a la serie Cuaderno de campo, que actualmente se expone en el restaurante Angélica, de Ubrique. 

Transcripción del texto: De aquel milagro blanco vienen ahora estas manzanas rojas, diminutas, como dones del campo al capricho de un niño que las junta en la mano. Florecieron también en un romance, y al borde del camino a Meséglises, en la novela de Marcel Proust. Ahora el espino pone su nota de color en la indecisa primavera. Llevo en la boca la áspera dulzura de sus frutos. 

jueves, abril 09, 2015

MADRID

Después de ver el Pasolini de Abel Ferrara en el Renoir de Martín de los Heros, nos sentamos a tomar unas cañas en una cervecería de esa misma calle. A C. le divierte pasearnos por los escenarios de sus rutinas madrileñas, sin saber acaso que ya rondábamos esos mismos lugares cuando teníamos su edad y, en vez del Renoir o el Golem, el cine que se alzaba en esa calle era el mítico Alphaville. También nosotros buscábamos, como ella, los bares baratos, y nos gustaba confraternizar con los camareros, los pianistas tronados y los poetas pedigüeños que te dejaban una fotocopia manoseada en la mesa y luego volvían por la propina... Madrid siempre me pone melancólico. Hemos hecho parada aquí por dos noches, de camino hacia Cuenca, y hacemos lo que se supone que un provinciano viene a hacer en Madrid. Ver alguna exposición, por ejemplo: la que el Reina Sofía ha dedicado a las colecciones Im Obersteg y Rudolf Staechelin, con piezas de Soutine, Redon, Pissarro, Picasso, Modigliani, Gauguin, etc. A pesar del renombre de los pintores reunidos, la muestra tiene un cierto carácter de ajuar doméstico: son cuadros que podrían vestir una casa, y por ese motivo quizá no nos hacen sentir esa especie de peso abrumador que emana de las piezas que ya han perdido toda relación con su razón de uso y sólo sobreviven como objetos de culto en los museos. A pesar de eso, la mañana artística nos agota. Y como todavía nos queda mucho viaje por delante, decidimos retirarnos pronto. Esa tarde, mientras M.A. se recupera de su recurrente catarro primaveral, C. me lleva a tomar un café en las terrazas que bordean el lago de la Casa de Campo. Nunca antes había estado allí: mis callejeos madrileños, como nis obsesiones, giran siempre en torno a los mismos hitos. Por eso me refresca la vista el bello panorama que puede disfrutarse desde ese punto estratégicamente situado frente al perfil urbano que deparan los rascacielos de Plaza de España, el Palacio Real y la Almudena, con atisbos, a un lado y otro, de los chapiteles y tejados de pizarra de los antiguos cuarteles del Conde-Duque o la cúpula de San Francisco el Grande. Permanecemos allí hasta el anochecer, bajo una luz que, en sus últimos resplandores antes de ocultarse a nuestras espaldas, se ha teñido de un anacrónico dorado otoñal, como para fijarse en la memoria bajo la tonalidad favorita de la melancolía. Y es que el paisaje, como sus espectadores, también parece que ha venido aquí a posar para la posteridad. 

miércoles, abril 08, 2015

ABSTRACTO


A más de uno le extrañará leer aquí algo parecido a una apreciación de lo que suele llamarse "pintura abstracta". No van por ahí los gustos de este diarista, pero tampoco quiere uno sentar plaza de absoluto reaccionario en cuestiones de arte. Entiendo la vanguardia como un paso más (y no necesariamente tan importante o decisivo como algunos creen) en el largo camino trazado por la tradición. Y, en esa sinuosa ruta, no deja de llamar la atención que, en la España cerrada y conservadora de lo años cincuenta del pasado siglo, surgiera un grupo de pintores devotamente entregados al cultivo de la abstracción. Fue, como el Postismo en literatura o ciertos experimentos cinematográficos, una de las flores de vanguardia que discretamente crecieron en aquel ambiente enrarecido y contaron con un inesperado apoyo oficial por parte de unas autoridades que quizá encontraron en ellas ocasión de exhibir una oportuna fachada de modernidad. La vinculación de algunos de esos pintores con la ciudad de Cuenca favoreció que la escuela tuviera allí su centro y un hermoso museo, ubicado en las conocidas Casas Colgadas, en un entorno y ante un paisaje que no podían sino ofrecer el mejor de los marcos posibles para una colección de pintura cuyo objeto no parecía ser otro que sondear la capacidad de asombro e introspección del espectador predispuesto.

Visité por primera vez este Museo de Arte Abstracto de Cuenca hace unos veinticinco años. Y no parece que la colección ni su planteamiento hayan cambiado lo más mínimo en todo este tiempo. Si acaso, quien ha cambiado es uno. En aquella primera visita, el pintor que me pareció que ofrecía una obra más acogedora fue Fernando Zóbel. Su pintura brumosa, vagamente reminiscente de cielos nublados y paisajes embozados tras la niebla, remitía a la de uno de mis pintores favoritos de siempre, el inglés Turner. De aquella visita, recuerdo, me traje una lamina para decorar lo que fue mi primer estudio de escritor, un somero despacho con una mesa desmontable y una librería de segunda mano que instalé en mi primer piso alquilado. El cuadro que reproducía esa lámina, que ya no tengo en la pared, sigue en el museo: Atocha, una especie de nube de vapores en la que destaca un punto de luz blanca que recuerda el faro de un viejo tren de vapor. Por aquella época yo acababa de publicar Expreso y otros poemas y, como suele ocurrir a quien toca determinada cuerda estética, procuraba rodearme de obras y objetos que me evocaran el mundo al que remitían mis propias tentativas. 

Hoy día la pintura de Zóbel no me causa ninguna emoción: si acaso, me parece agradable y decorativa. Tiene uno ahora el espíritu predispuesto a otros productos de la imaginación visionaria, y por eso me parece que las imágenes que realmente mandan en el aséptico espacio del Museo de Arte Abstracto de Cuenca son las criaturas que pintaba Antonio Saura: el espeluznante bicho -me permito emplear el término que Ramón Gaya aplicaba a ciertas criaturas picassianas- que tuvo la humorada de presentar como un retrato de Brigitte Bardot, o el que dedicó nada menos que a su cuñada, la actriz Geraldine Chaplin... No es que me gusten, pero me dan miedo, y eso ya es algo. Como también lo es que, en mi actual tesitura de lector de poesía visionaria, y muy especialmente de los románticos ingleses, me hayan llamado la atención las pinturas de Gustavo Torner: La escala de Jacob, por ejemplo, con su sugerencia de una luz cegadora en lo más alto; o los cuadros que compuso con "acero inoxidable y chatarra", y que, si se contrastan con las fotografías de paisajes conquenses que el autor realizó en la década de los cincuenta, revelan su condición de composiciones "figurativas", sólo que dependientes de una realidad exterior en la que los contornos de lo reconocible tienden a perderse. Hay un evidente misticismo en esta pintura: el mismo que cabe apreciar, por ejemplo, en las vidrieras abstractas que el autor se atrevió a confeccionar para la catedral gótica de su ciudad, y que hoy día aportan a ésta unos singulares efectos de luz. Sé que a los escépticos no les convencerán estas apreciaciones, y ni yo mismo sé si creérmelas del todo. Pero sí tengo que confesar cierta inclinación a dar por buenas estas tentativas, conducentes a la constatación de ese mismo milagro de la luz a cuya captación dedicaron sus esfuerzos los grandes pintores clásicos. 

Con ese ánimo conciliador salgo del museo. Ya lo he dicho: el tiempo no pasa por las cosas, ni por los lugares; es uno quien cambia. Y es agradable constatarlo, siquiera sea porque tampoco tiene uno especial interés en reafirmarse en lo que sintió o pensó hace veinticinco años. Más o menos.  

martes, abril 07, 2015

CUENCA






De Cuenca a Baeza, cuatro horas de carretera: las mismas que de Baeza a Cádiz. Ninguna etapa de este viaje debía abarcar una distancia superior a la que pudiéramos cubrir en el hueco de una mañana. Dormir cada pocas noches en un lugar distinto, bajo la idea de que el recorrido hubiera podido alargarse indefinidamente, como en esas películas en las que el protagonista es siempre un vagabundo a quien espera una aventura en cada parada. La escenificación, quizá, de una huida, que es también la respuesta a un hartazgo: las rutinas domésticas, las obligaciones laborales, el cansancio de uno mismo... No descarto que algún día esta fantasía se haga realidad. De momento, el ensayo ha sido satisfactorio.

Cuenca, decía. De nuevo, la llegada por una fría avenida y la parada de rigor para orientarnos y encontrar nuestro alojamiento en el caso antiguo. Dificultad para aparcar, debido a las procesiones. El almuerzo tentativo, como corresponde a la inseguridad del turista. Y luego tres largos días por delante y mucho por ver. El inevitable Museo de Arte Abstracto, en el que nada parece haberse movido en los veintitantos años que han pasado desde que lo visité por primera vez. La ocasión de asistir a una espléndida interpretación de La Pasión según San Mateo, de Bach, para la que no teníamos entrada, pero para la que el destino nos tenía reservadas dos localidades en palco-platea. La sorpresa de ver una catedral gótica con vidrieras diseñadas por un pintor contemporáneo con sensibilidad para entender la sugerencias espirituales de la luz. El pulcro museo diocesano, con sus dos Grecos y su colección de pinturas de Martín Gómez el Viejo y Juan de Borgoña. El laberinto de callejas en cuesta, con sus súbitas revueltas y sus asomadas al cañón del Huécar y al impresionante paisaje circundante. Y la extraña procesión de las Turbas, en la madrugada del Viernes Santo, hoy día quizá convertida en una más de tantas ocasiones multitudinarias para emborracharse en la calle, pero en la que todavía impresiona la escenificación de lo que parece una especie de algarada popular en la que la gente aporrea tambores y hace sonar trompetas destempladas para simbolizar no sabemos si los prodigios naturales que la tradición dice que se desataron con la muerte de Cristo o la impiedad de las propias turbas que aplaudieron esa ejecución injusta... 

Nos quedamos con la duda, mientras abandonamos la ciudad discretamente a primera hora de la mañana del viernes, entre suciedades urbanas y adolescentes borrachos, y afrontamos el control masivo de alcoholemia que, muy oportunamente, la Guardia Civil ha instalado a la salida de la ciudad.

lunes, abril 06, 2015

BAEZA



Sobre los olivares
qué bien navega,
buscando su reflejo, 
la luna llena.

Es como un mar
el lomo plateado
del olivar.

Y en un escollo
Baeza alza sus mástiles
de piedra al fondo.

Cómo se ondulan
los campos de Baeza
bajo la luna.

La monotonía de la carretera me va dictando estas coplillas más o menos machadianas. Hemos salido de Baeza a media mañana. A nuestra espalda, al igual que cuando llegamos, nada: una desolada estribación urbana en torno a una explanada trapezoidal presidida por el hotel en el que hemos pasado la noche. Nadie diría que la hermosa ciudad está a menos de diez minutos a pie. Pero así es: nada más superada la pendiente, los acogedores soportales del Paseo de la Constitución, con su decimonónico quiosco de música y sus terrazas atestadas, desmienten esa primera impresión descaminada. No, no nos había engañado la publicidad del hotel. La ciudad está ahí, al alcance de la mano, y en cuanto ponemos el pie en ella nos asalta una especie de versión benévola e impaciente del síndrome de Stendhal: verlo todo, y pronto. 

Pero ha aprendido uno ya a desoír esos impulsos, que sólo conducen a la saturación y la indiferencia. Lo primero, almorzar. No va a ser fácil. La ciudad entera se ha echado a la calle. No hay ni una mesa libre en ninguna de las terrazas que tan prometedoras nos parecieron a primera vista. Y hemos de dar hasta dos vueltas a la plaza antes de acomodarnos en una cafetería estratégicamente situada, ante la que vemos desfilar la multitud endomingada: los hombres de chaqueta, las señoras con sus alhajas bien visibles, las muchachas con vestidos estremecedoramente cortos y tacones de vértigo, como dicta la moda... De no ser por este detalle, pienso, la escena podría corresponder perfectamente a 1950 ó 1960. Y no me parece mal, porque acaso el desaliño moderno, como otras presuntas desinhibiciones, responda a ese individualismo mal entendido que, por evitar concurrir con otras individualidades en el cumplimiento de un rito colectivo, degenera fácilmente en la mera impersonalidad del hombre-masa. Me alegro de haber traído una chaqueta y de habérmela puesto al salir del hotel. Aún así, no puedo evitar sentirme un intruso: ha venido uno a ver las piedras, que son, dicen, patrimonio de todos; pero para ello ha tenido uno que colarse de rondón en una fiesta ajena.

Por suerte la noche es más benévola. Paseando por la ciudad nos cruzamos con varios desfiles procesionales. No tiende aquí la gente, como en Sevilla o Cádiz, a compactarse en las aceras. Hay espacio para pasar y holgados huecos en los que pararse a ver cómodamente el desfile. Acuden a la mente todos los tópicos: la bondad del clima, la fragancia de las flores y del incienso, la belleza de las mujeres... No es uno ajeno a esta sensualidad, aunque descrea del relato religioso que le da fundamento. Pero tampoco hay religión que, en sus formas más civiles y atenuadas -quiero decir, las que no dan pábulo a los dislates de los fanáticos-, no obedezca a los dictados de una espiritualidad puramente humana, en la que encuentra su fundamento lo mejor que el hombre puede dar de sí, y muy especialmente el arte y la cultura. En ese entendimiento, un ateo puede considerar cosa suya una catedral, y no solamente por los méritos arquitectónicos que ésta pueda reunir, sino por el impulso al que obedece.

A la hora de cenar las terrazas siguen ocupadas. Encontramos una mesita libre en otra cafetería apartada, ya cerca del hotel y a medio camino entre la acogedora ciudad en fiesta y la desolada periferia. En el limbo, como quien dice, que quizá es el lugar que corresponde a quienes hacemos rancho aparte en según qué cuestiones.

domingo, abril 05, 2015

CUADERNO DE CAMPO

En estos dos vídeos, producidos por Pintores de Ubrique a partir de fotografías de Rafael Domínguez, puede hacerse un recorrido completo por Cuaderno de campo, el diario pictórico-literario a cuatro manos que hemos confeccionado el pintor José Antonio Martel Guerrero y yo, y que puede visitarse todavía en el Restaurante Angélica de Ubrique.  


viernes, abril 03, 2015

LA RESEÑA DEL VIERNES. 'LOS SIGNOS DEL DERRUMBE' de ANTONIO RODRÍGUEZ JIMÉNEZ

Esta semana LA RONDA DEL LIBRO comparte con CaoCultura mi reseña del poemario Los signos del derrumbe, de Antonio Rodríguez Jiménez (Albacete, 1978).

viernes, marzo 27, 2015

LA RESEÑA DEL VIERNES: 'FELIPE BENÍTEZ REYES: LA LITERATURA COMO CALEIDOSCOPIO"

Este viernes La Ronda del Libro comparte con el periódico digital CaoCultura la reseña que nuestro colaborador Ángel Mendoza ha hecho de Felipe Benítez Reyes. La literatura como caleidoscopio, compilación de estudios sobre el autor roteño a cargo del profesor José Jurado Morales.

jueves, marzo 26, 2015

CUADERNO DE CAMPO: UNA MUESTRA

Pongo aquí una muestra de algunas de las imágenes y textos que componen Cuaderno de campo: 30 cuadros de José Antonio Martel sobrescritos por José Manuel Benítez Ariza, que se expone hasta finales de abril en el restaurante Angélica, en Ubrique (Cádiz). 

Para más infomación, puede leerse este reportaje de Pedro Bohórquez en CaoCultura y esta entrevista con los autores en Diario de Cádiz, así como los contenidos que ofrece  la página Pintores de Ubrique


¿A qué inframundo me conduces, perro? ¿Por qué me esperas todas las mañanas, me guías en mis paseos entre los corrales de las afueras, vuelves la cabeza para ver si te sigo? ¿Por qué tu querencia hacia los arrabales de casas derruidas, de veredas invadidas de zarzas, de muros florecidos? ¿Por qué a esa distancia siempre, la cabeza gacha, la mirada huidiza? ¿Por qué desapareces y me dejas más perdido aún?


A diferencia del poeta inglés, no elogiaré la piedra caliza, ni su secreta connivencia con el agua, ni su memoria inerte de faunas extinguidas. Respeto su aspereza y temo a veces su declarada voluntad de deshacerse en lascas como puntas de flecha. También sé que a veces del costado de una montaña se desprende una laja que es media montaña, y de la herida abierta rezuman mil hilillos de agua. Llevo a mi boca un sorbo y empiezo yo también a disolverme.



Cielo cruzado de golondrinas. Como obedeciendo a una señal, se han lanzado a deshora al hueco abierto de la plaza. Barruntan, quizá, un viento malo, y por eso persiguen cada átomo de esa otra previa explosión de vida invisible que, en la calima de la tarde, flota en el cielo ingrávido. Y en ese frenesí sin alegría, la nota repetida de su canto inarmónico: granos de arena gruesa rozados contra un plato de porcelana blanca.




Se cierra el fruto en la apretura de lo que se repliega en sí mismo para madurar, y se adivina una secreta promesa de prodigalidad en esa avaricia. Mi impaciencia es la contrapartida exacta de esa calculada reserva. En su abundancia se le quiebran las ramas al limonero y muere el fruto al pie del árbol. Estallará la huerta a finales de agosto. Y sólo el membrillero, en aras de otro cumplimiento más lejano, se retrae y mira.



Tampoco exageremos: he puesto tiempo en ellos, pero no todo el tiempo; y vida, pero no toda la vida. También un poco de verdad que no se corresponde exactamente con los hechos. Con la verdad, la vida, el tiempo que les falta escribiré otro libro. Ya sé cómo termina.

miércoles, marzo 25, 2015

DIAGNÓSTICOS

Oyendo ayer en la radio las opiniones de los expertos sobre el accidente aéreo que ha tenido lugar en los Alpes franceses y afectado a un avión que volaba entre Barcelona y Dusseldorf, se nos escapa un comentario admirativo. Tanto el piloto consultado como la responsable del apoyo psicológico a las víctimas hacen un diagnóstico claro y preciso de la situación y se expresan con la seguridad de quienes saben qué hay que hacer en cada momento. Estremece un poco oír el protocolo al que debe atenerse un piloto en el momento en el que surge una emergencia, o saber que existe un protocolo igualmente preciso para hacer frente a lo que los psicólogos llaman "la gestión del dolor". Pero, de todos modos, infunde una cierta confianza saber que hay gente más o menos anónima cuyo trabajo consiste en prever esas eventualidades y hacerles frente. Sigue el inevitable corolario: quienes hacen funcionar este país son los profesionales que, desde sus puestos subalternos, se enfrentan diariamente a los problemas reales. En algún lugar he dejado escrito algo parecido a esto: en cierto modo, es una suerte que a los inútiles les den siempre la patada hacia arriba y prosperen justo en el medio más favorable para ellos, que es la política; eso deja la gestión de los problemas cotidianos en manos de quienes realmente saben lo que hay que hacer.

Pero como para desmentir esa opinión tan optimista, esa misma noche oigo en televisión a otros dos técnicos que me causan justo la impresión contraria. Preguntada sobre si es cierto que las exigencias de seguridad en los vuelos low-cost es menor que en las compañías normales, la decana del Colegio de Ingenieros Aeronáuticos simplemente elude la cuestión. Y su compañero de mesa, representante del Colegio Oficial de Pilotos, suscita una alarmante polémica al dejar caer que quizá los de su gremio no tienen suficiente entrenamiento para saber cómo resolver una incidencia en los controles informáticos y recuperar el control manual del aparato... Lo que invierte la cuestión: quizá la indecisión, la improvisación, el mirar para otro lado, el sembrar dudas o el barrer para casa no sea sólo cosa de los políticos, que al fin y al cabo no son más que un reflejo de lo que somos.

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La primavera se ha vuelto invierno. Le pasa lo que a las personas acostumbradas a la precariedad y la tristeza: aplazan la merecida atenuación de sus males que suele sobrevenir con el mero paso del tiempo, no vaya a ser que...

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Se conforma uno con tan poca cosa que a veces se siente exultante simplemente por haber encontrado sitio para aparcar. 

martes, marzo 24, 2015

EVASIONES

Lo que llaman "evasión" no es evasión, sino regreso: busca uno en los ámbitos de la Imaginación la condición de realidad de la que la realidad carece.

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 En el mar, el verdadero proceso es siempre lo que no se ve.

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Hablar de política, como hablar de dinero o sexo, presupone siempre una cierta mala educación. Y disimularlo con alardes de cinismo no hace sino empeorar las cosas.

lunes, marzo 23, 2015

KASHGAR

Primer día de primavera más bien plomizo, pero a la altura de las expectativas. Lo propio de la primavera es el desconcierto: ante la vida, para quienes se inician en ella o para quienes gozan del divino don animal de ajustar sus ritmos vitales a los ciclos planetarios; o simplemente ante ese sucedáneo de la vida que es su representación mental, donde acaso las diferencias entre lo que es y lo que se espera que sea son todavía más marcadas.


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La actitud de K. ante el perro de C.: se acabó la fase de tanteos, y ahora lo que toca es la guerra sin cuartel, los bufidos y zarpazos en cuanto el otro animal, en actitud meramente propiciatoria, le acerca el hocico... Y lo curioso del caso es que este resultado no parece responder al mero instinto, sino a una larga y ya zanjada meditación. 


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Recién llegado de Kashgar, en el Asia Central. He recorrido el desierto en un autobús donde viajaban iugures y turcomanos y conducía un chino. He paseado por el laberinto de casas bajas y visitado el mercado de caballos. Y ahora, despierto, lo que me extraña es estar donde estoy.

viernes, marzo 20, 2015

LA RESEÑA DEL VIERNES: 'PARA VOS NACÍ', de Espido Freire

A uno también le ha rozado el centenario de Teresa de Jesús. Esta semana en LA RONDA DEL LIBRO copio mi reseña en El Cultural de Para vos nací, el libro que le ha dedicado Espido Freire.

jueves, marzo 19, 2015

PERVERSIONES

La verdad es que, viendo esos tristes trozos de huesos que dicen que pudieron haber pertenecido a Cervantes, no acaba uno de ver la utilidad del tiempo y el esfuerzo que se ha dedicado a desenterrarlos. Las pruebas documentales que ya existían bastaban para certificar la más que probable eventualidad de que los restos del escritor estuvieran enterrados en ese convento; y si esa evidencia no bastó para que se estableciera en torno a esa posible tumba el tráfico de respeto y admiración que en otros países originan las tumbas de sus autores más representativos, tampoco es probable que estos huesos carcomidos vayan a suponer ahora un estímulo para esa deseable afluencia; deseable, decimos, porque indicaría que el país de alguna manera reconoce la deuda sentimental e intelectual contraída con su escritor más grande y universal. Aunque para eso no hacía falta ningún lugar de peregrinaje: bastaban las librerías y bibliotecas, en cualquiera de las cuales -espero, aunque lo mismo me equivoco- se puede encontrar un ejemplar de El Quijote. Acudir a ese venero como quien se acerca a una fuente de agua fresca: no todos los pueblos del mundo gozan de semejante don, y pocos, desde luego, lo agradecen tan poco como el nuestro. Ahora quizá la necrofilia lleve a unas cuantas decenas de turistas desganados a ese algo desabrido monumento del barroco madrileño. ¿Añadirá esto algún lector al Quijote? No lo creo.

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"¿Te has fijado en que es muy posible que esto que hacemos no lo haga nadie, o al menos ninguna de las personas con las que podríamos echar un rato de conversación hablando de gustos comunes?". Y no, no estamos hablando de ninguna recóndita perversidad sexual, sino simplemente de las películas que vemos, y que están al alcance de todo el mundo en ese pozo sin fondo que llamamos Internet. 

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Le leo a M.A. lo que escribe I. P. en su repertorio anglófilo a propósito del gentleman. "¿Crees que yo lo soy?", le pregunto. "No tienes dinero suficiente", me contesta. "¿Y no es posible ser gentleman y pobre al mismo tiempo?". "Sólo si  tus padres fueron ricos antes".

miércoles, marzo 18, 2015

RUIDOS

Quizá el principal error de percepción del que adolecen los políticos en campaña electoral sea éste: cada uno de ellos cree que su mensaje se diferencia nítidamente del de los otros, y por eso repiten una y otra vez sus eslóganes y argumentos, con la esperanza de que éstos calen en el electorado indeciso. Pero lo que consiguen es que el electorado sólo perciba la identidad esencial entre todos esos mensajes, y el hecho de que todos ellos no son sino porciones de una misma masa de ruido indistinto, más molesto e irritante que otra cosa. Hoy por hoy, y pese a la evidencia de que nuevas fuerzas políticas han irrumpido en el panorama, nuestra percepción del ruido sigue siendo la misma, y ninguna de las voces actuantes, ni siquiera las nuevas, han logrado distinguirse nítidamente del ruido de fondo en el que se confunden todas. Y uno se siente tentado a actuar en consecuencia.

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Inesperado programa doble de cine: La calle sin alegría (1925) de Pabst, y Rien que les heures (1926) del vanguardista Alberto Cavalcanti. Y la evidencia de que la primera sigue vigente y es de una modernidad indiscutible -su relato de una crisis bursátil urdida por los ricos para despojar de sus ahorros a la clase media es de una absoluta actualidad (véanse los documentales a los que aludíamos no hace mucho-, mientras que la otra es hoy día un cachivache averiado, que sólo puede interesar a los historiadores del cine. Lo que dice mucho de la caducidad de lo moderno y de la perdurabilidad de todo aquello que contiene un átomo de verdad, digan lo que digan quienes consideran que esto del arte es algo que concierne exclusivamente al afán de innovación y a las cuestiones formales.

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En una pausa de silencio en el desayuno, los ruidillos de K. haciendo sus cosas. Sensación de vida e intereses nítidamente diferenciados de los nuestros; y, por tanto, de reconfortante otredad, con lo que eso tiene de sugerencia de que también lo nuestro podría obedecer a otras motivaciones y estímulos y establecer, quizá, otra clase de conexión con las razones profundas que rigen el todo.

martes, marzo 17, 2015

PITOS Y PALMAS

Un extraño pudor me ha disuadido hasta ahora de anotar aquí que en las últimas semanas no veo otra cosa que películas mudas. No sabría decir cómo comenzó la racha: quizá revisando El hundimiento de la casa Usher, de Jean Epstein, de cara a la semana en torno a Poe que quiere organizar un librero amigo con motivo de la publicación de mi libro sobre este autor; o quizá -coincidencias de la vida- a raíz del encargo que recibí hace poco de presentar Alexander Nevsky de Eisenstein, que no es muda, pero que remite inevitablemente a la gran época muda de su director. O quizá era simplemente que tenía el ánimo predispuesto, y que estas calladas sesiones de sobremesa después de la cena me resultan más gratas ahora que apenas las turba la resonancia peculiar de las voces en el televisor y somos nosotros quienes rompemos el silencio para comentar en voz alta tal o cual detalle. En estas semanas hemos visto, entre otras, La caja de Pandora y Tres páginas de un diario de G. W. Pabst, Una novia en cada puerto de Howard Wawks, El enemigo de las rubias de Hitchcock, etc. Y tengo ya en cartera -y casi no veo el momento de verlas- otras como El jardín de la alegría, también de Hitchcock, o Bajo la máscara del placer de Pabst, por sólo mencionar dos de una larga lista que quizá me tenga ocupado hasta el verano. No sé qué otras razones añadir a las ya apuntadas: sólo que esto va por rachas; y que, igual que hace años me dio por dedicar todo un verano al cine americano de los setenta -y de eso sí que dejé puntual constancia en este cuaderno-, o en otras épocas he pasado semanas o meses siguiendo el rastro de actrices como Constance Bennett -de la que nadie se acuerda hoy- o la graciosa Jean Arthur, parece que lo que últimamente me interesa del cine es ese aspecto entre ritual y fantasmal que hoy no podemos dejar de asociar a la época muda. Bueno. Lo dejo aquí anotado -ahora sí-, por si el dato tiene alguna relevancia para una futura reconsideración de la historia de mis manías. Vale.

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En el periódico local me asignaron ayer la mitad buena del díptico de contraportada que titulan "Pitos y palmas": para mí las palmas, por la publicación de mi último libro, mientras que los pitos le han tocado nada menos que a Nicolás Maduro, el acorralado dirigente venezolano que acaba de asumir plenos poderes para defenderse de las protestas de su pueblo. Y me da por pensar si los espías que éste indudablemente tendrá en todos los rincones del mundo hispánico no habrán detectado mi involuntaria participación en la inocua reprimenda periodística que ha recibido su jefe en una zona del mundo donde todavía rige -eso queremos creer, al menos- la libertad de expresión... Y digo "todavía" porque lo verdaderamente aterrador es que el mencionado líder tenga, a lo que parece, acérrimos partidarios en España.

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Viendo la gozosa locura de los pájaros en estos días que preludian la primavera, no tenemos más remedio que pensar que en alguna parte se está celebrando una fiesta a la que no hemos sido invitados, o de la que sólo nos llegan los ecos amortiguados de la música, o cuyo sentido sólo entendemos a medias.