miércoles, abril 23, 2014

EN EL DÍA DEL LIBRO


Puede que esté mal decirlo precisamente hoy, en el Día del Libro, pero la verdad es que nunca he sentido el impulso de hacer proselitismo a favor de la lectura. Creo, eso sí, en la necesidad de que los libros estén al alcance de quienes los reclaman; pero no en la de convencer a quienes no leen de las bondades de hacerlo. ¿Para qué? El gusto de la lectura no se transmite con argumentos, sino más bien por ósmosis... En mi caso, creo que mi afición a leer se debe a un deseo más o menos inconsciente de participar en la felicidad que adivinaba en otras personas que leían sin hacer de ello ostentación alguna. Una felicidad que era también una deseable forma de autosuficiencia, porque leer es una manera de hacer confortable la soledad. Y quizá por eso el número de lectores necesariamente ha de disminuir en un mundo cada vez más gregario y en el que la soledad voluntaria y aceptada resulta incluso sospechosa.


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Lo mejor de nuestra literatura -quiero decir, el medio centenar de clásicos que bastan para que una persona pueda alegar cierta familiaridad con el núcleo más fértil y permanente de la misma- puede encontrarse en cualquier mercadillo callejero por unos céntimos; es decir: su valor material es el de la chatarra o los desechos, y a veces ni eso. En esos mismos mercadillos encuentra uno los best-sellers de ayer a precios irrisorios: libros que hace apenas cuatro o cinco años se vendían por veinte euros o más ahora cuestan uno... Para mí, que no tengo ninguna urgencia por leer ningún libro de actualidad en el momento en el que se publica, esta disponibilidad es un regalo, y además me permite hacerme con ciertos libros en el momento en el que ya han circulado lo suficiente para que me lleguen bien recomendados.  Siempre me ha llamado la atención esa sobreabundancia. Tan inútil, por otra parte, ya que esta disponibilidad no parece que sirva para poner esos libros al alcance de todo el mundo; sino, por el contrario, afianza en quienes pasean su mirada indiferente por los baratillos la idea de que cuanto allí se encuentra es puro desperdicio, una mera excrecencia de la que quienes la padecen se libran como pueden.


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El único privilegio que debo a mi dedicación semipública a la literatura: que un número notable de libros afluya a mi casa sin que yo los haya pedido ni buscado; y que, en esa afluencia, haya a veces alguno que parecía destinado expresamente a mis manos, y que por eso mismo me buscaba incluso con mayor determinación que la que yo mismo hubiera mostrado si, previamente advertido, hubiera querido adelantarme a ese encuentro ineludible.    


(Imagen: Lectora, témpera de Manuel Morgado

martes, abril 22, 2014

GARCÍA MÁRQUEZ Y LAS GLORIAS DE ESTE MUNDO

Si a la persona de Gabriel García Márquez la ha matado la muerte -digámoslo así-, al escritor que fue lo están matando las exequias con las que los poderes de este mundo andan celebrándose a sí mismos con la excusa de honrar al muerto. Siempre ha sido así y no hay de qué extrañarse. Pero me cuesta creer que, después de, digamos, esta sobreexposición mediática, quede en el mundo un solo lector en condiciones de acercarse desprejuiciadamente a la obra del difunto. Tampoco parece posible que quienes nos iniciamos en la lectura cuando esa obra era ya un lugar común casi ineludible de nuestra actualidad literaria podamos ahora pronunciarnos serenamente sobre su valía; es decir, sobre lo que esa obra ha dejado en nosotros. Hace años, recuerdo, el escritor colombiano vino a Cádiz a recoger el modesto tributo de gloria que la capital de provincia estaba dispuesta a otorgar a una gloria mundial. El sarao lo organizó la Diputación, que fue quien repartió las invitaciones. Ni que decir tiene que uno no se contaba entre los bendecidos, lo que ni me importó ni me dejó de importar, y así se lo hice saber al responsable de esa institución cuando, semanas después, en un encuentro casual, me pidió disculpas por no haberme invitado, alegando problemas de espacio... No pude evitar que mi respuesta pareciera displicente, pero era absolutamente sincera: para mí el escritor colombiano estaba ya muy lejos de ser la figura que me cautivó, a mis diecisiete años, con el ciclo de novelas que culminaba en Cien años de soledad. Había leído con agrado libros suyos más recientes, pero Crónica de una muerte anunciada me pareció un juguete, y El amor en los tiempos del cólera una novela simplemente agradable, cuyo mayor mérito estribaba quizá en la capacidad de su autor para transmitir al lector, en una especie de guiño sostenido, su irónico desentendimiento de lo que se traía entre manos. 

Nadie podía reprochárselo, claro. Su mundo literario estaba ya creado, y su manera inicial de acotarlo, en el magistral ciclo de cuentos y novelas cortas que precedió a Cien años de soledad, es lo bastante elocuente sobre la intensidad con la que el universo imaginario de Macondo se le fue paulatinamente revelando. Quizá en otro tiempo literario, un escritor dominado por una obsesión semejante hubiera preferido administrarla de otro modo, antes que fundir doscientos posibles argumentos en una sola novela que agotaba en sí misma la posibilidad de escribir otras. De ahí que, después de Cien años de soledad, Gabriel García Márquez deviniera un autor sin tema, condenado a administrar una fama que, como las floraciones desmedidas del trópico en sus novelas, crecía ya de manera imparable y lo alejaba de ese privilegiado momento en que prestigiosas editoriales le rechazaban los libros y el escritor se aferraba a esa inquebrantable fe que, en tales circunstancias, los escritores desarrollamos hacia nuestras criaturas. 

Hay quien, a raíz de su muerte, ha recordado la vida de millonario que el autor llevó en sus últimos años, sus casas en media docena de ciudades, su trato con los grandes de este mundo. Pero, al igual que un autor sin éxito no es del todo responsable de las sevicias aparejadas al fracaso, y no se le puede reprochar, pongo por caso, que escriba gacetillas sin interés en un periódico local o contienda por ganar un premio en unos juegos florales, a otro de éxito no le se puede echar en cara que haga las cosas que ese éxito conlleva. Nadie controla del todo su vida, ni a nadie puede reprochársele que, cuando le llegan los reconocimientos y los cheques, no se despoje de sus vestiduras y eche a andar desnudo por el mundo, como un nuevo San Francisco de Asís... A García Márquez le ha tocado ahora ocupar un puesto en el panteón de hombres ilustres del desmedido siglo al que sobrevivió. No sé si ése es el mejor destino posible para un autor cuyas mejores obras todavía pueden leerse.

lunes, abril 21, 2014

PINTURA

El Guadarrama pintado por Aureliano de Beruete. Es el cuadro que me esfuerzo por retener en mi visita a la exposición dedicada a la Generación del 14 en la Biblioteca Nacional. En realidad, este hábito de aprovechar los viajes a Madrid para ver exposiciones responde más al afán de callejeo que a cualquier otra cosa. Pasea uno por estas salas y se pregunta si, de verdad, lo que será capaz de recordar al final del recorrido valdrá lo que el tiempo invertido en detenerse ante cada cuadro o vitrina, leer los rótulos, asentir ante esa especie de autoridad convencional que emana de lo que otros previamente han juzgado lo suficientemente valioso como para merecer el honor de ser expuesto. Sí, se limita uno a dejarse llevar. Al fin y al cabo, la gente que se concentra en una mañana de primavera en un lugar como éste refuerza en uno, aunque sea con algún que otro reparo, la ilusión de una humanidad civilizada y culta, que no vocifera ni se empuja, y que ni siquiera ensucia demasiado los servicios, que suelen estar impolutos en estos lugares.... Pero no basta con recrearse en esta fantasía gregaria; hay que llevarse algo a cambio. Y por eso me esfuerzo en retener, al menos, una imagen valiosa de cada una de estas exposiciones: la ya mencionada vista del Guadarrama, un "nocturno en Haarlem" de Regoyos, capturado en el cercano Museo Thyssen -y aquí el afán de apropiación es incluso mayor, porque la entrada es de pago-, cierta composición picassiana en amarillento y envejecido papel recortado, expuesta dentro de una urna como si se tratara de la última travesura de un niño que murió hace años... En la calle, un sol de verano anticipado. Desde la excelente cervecería de la esquina de la calle Cervantes oteo las oleadas de la multitud que pasa. También ellos, como yo, se limitan a dilapidar la mañana en esta calle de exposiciones y museos. Y no sabe uno qué se hace notar con mayor intensidad: si la insuficiencia del arte o la insuficiencia, acaso más notoria, de la vida.


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Para ver la obra de este otro pintor no hace falta guardar cola. El cuadro se extiende a lo largo de kilómetros, al norte de la carretera de Extremadura: sobre un fondo de lejanías borrosas, a media altura entre el horizonte de nieblas bajas y un dosel de nubes, las cumbres nevadas de la sierra de Gredos. 


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Regoyos ante un desnudo de Manet: esa carne pintada, dice, tiene más de viande que de chair. De carne apetitosa, de la que se come, más que de esa otra que es simple materia mortal. Lo leo en una de las cartas del pintor, expuesta en una vitrina: también, como el recortable picassiano, un papel tísico, quebradizo, como a punto de volatilizarse. Y da que pensar que ese comentario lujurioso haya sobrevivido a la persona que lo hizo y al estremecimiento de imaginado gozo que lo motivó.

jueves, abril 10, 2014

REGRESIONES

En el autobús. Posiblemente estudiantes de filología inglesa: en la misma conversación mezclan una discusión en torno al contenido de Un mundo feliz, la novela de Huxley, y una embelesada contemplación de alguna tontería que una de ellas tiene grabada en el móvil. Y la verdad es que, en sus voces, tan absurdo e inconsecuente suena lo uno como lo otro. 

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Yo también he dedicado la tarde anterior a mis arduas pesquisas universitarias. Hojeo una sesuda compilación de artículos. El libro está anotado y subrayado, e incluso tiene algunas hojas con el pico plegado a modo de marcapáginas. A mi alrededor, en la biblioteca, unas decenas de estudiantes, casi todos ellos enfrascados en las pantallas de sus portátiles. Me animo a pedir uno en el mostrador; pero el encargado me dice que tengo el carné caducado, y que no me lo puede actualizar si no le presento tales o cuales documentos acreditativos de mi sobrevenida condición de estudiante... A mis años. Por un instante, revivo mis primeras mañanas en este mismo recinto -aunque no en la misma ubicación: entonces se encontraba en otro viejo edificio situado a unas cuantas manzanas de aquí-, mis inseguridades de entonces, la inercia con la que mantenía mi aplicación a los estudios, y la llamada constante a la dispersión, cuando no a cierta inocente disipación de estudiante pobre. Lo era, y mucho, entonces. Tenía que elegir entre gastarme mi presupuesto del día en el billete de autobús o en tomarme una cerveza con el retén permanente de desocupados atrincherados en el bar. Unos días hacía una cosa y otros días otra. Tampoco había muchas más opciones. Las clases perdidas eran fácilmente subsanables: bastaba con leerse la página del manual que seguía el profesor. Aún así, me sentía un privilegiado: las exigencias eran mínimas, mi fantasía grande, y tenía una magnífica biblioteca a mi disposición; y ese estado de cosas iba a durar cinco años; que ahora, salvando mis neuras y mis ya aludidas inseguridades de entonces, considero los mejores de mi vida.

Pero el contrariado hombre de perilla blanca que abandona la sala porque no le han querido prestar un ordenador tampoco se queja. Treinta años después, casi me siento como entonces. Más o menos.

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Dejar rastro, sí. Pero no de baba.

miércoles, abril 09, 2014

VERDADES SIMPLES

Anticipo del verano. Cuerpos casi completamente desnudos en la playa, desnudeces parciales en todas partes. El placer casi irrestricto de mirar desde esta especie de serenidad colmada, que es también gratitud a la vida y a las personas que quieres.

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Vuelvo a ser escritor en revistas. Recibo el primer número de la sevillana Estación poesía y espero otras dos más en las que van otros tantos poemas míos. Nunca me he prodigado mucho en revistas; entre otras cosas porque, en la bienhadada racha editorial que precedió a las actuales penurias, casi no me daba tiempo de dar anticipos de mis libros antes de que éstos se publicaran. Y ahora que casi no hay editor que se atreva con algo mío, vuelvo a mis orígenes: a aquella bendita dispersión en la que me fue dado iniciarme como escritor, en revistas como Fin de Siglo, Contemporáneos y tantas otras que se publicaron en los mismos años en los que nos golpeaban todavía los coletazos de la otra crisis económica y España era un baldío en el que la gente moría por ingerir aceites adulterados, por ejemplo. Eran un lujo de pobres, como ahora. Quizá no supo uno administrar muy bien toda esa ilusión que generaban; y que me alegra constatar que no ha desaparecido del todo.

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Oigo ahora cantar a ese pájaro "que apenas es flor de pluma / o ramillete con alas" en las reflexiones de Segismundo. Después de asistir a una representación escolar de La vida es sueño, constato que mi apreciación de Calderón es quizá incluso mayor de lo que, a estas alturas de mi vida, suponía. Algo en mí todavía se eleva sobre mi bien cultivado escepticismo y me lleva a estimar -que no a creer- esas complicadas verdades simples en que creía el dramaturgo.

lunes, abril 07, 2014

AMARILLO Y BLANCO

Alterna el amarillo (el de la flor del tojo, el jaramago, la retama) con el blanco (del almendro, el espino albar, la manzanilla, el gamón). Alguna mota roja o morada. Y una luz azul. Se diría un paisaje de poema de J.R.J.


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Pero hay también lugares donde los colores se amortiguan o pierden su significación para sumirse en una tonalidad general que predispone a otra manera de ver las cosas; acaso porque el campo a plena luz, en primavera, deja de ser esa unidad de tonos y matices graduales en que consiste en otoño o invierno, o incluso en lo más crudo y aplastante del verano, y se fragmenta, se atomiza, en una explosión de rabiosas individualidades; y por eso se agradece que haya lugares capaces de sustraerse a ese afán general. Las umbrías, por ejemplo, como la que constituye la sombra de una encina grande circundada de altos matorrales de tojo o lentisco. Allí la luz es también azul, pero de otra manera: azul de fondo, de cueva marina, de madriguera. Un pájaro eleva su nota sobre el rumor de la fronda. Y parece que algo va a pasar o a manifestarse, como en esos cuentos en los que las hadas y los espíritus del lugar se dejan ver sólo en estos lugares recónditos. Pero nosotros, que vamos a lo nuestro, pasamos de largo. Hay una vereda abrupta que promete otras bellezas. Pero es tarde y no queremos que se nos haga de noche en medio del campo, así que, entrevista la ruta, la dejamos para otra ocasión.


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Combinan bien el espárrago y la tagarnina. El refinado amargor del brote solitario y la suculencia casi sensual de la hierba que se arrastra por tierra.

jueves, abril 03, 2014

ELEMENTOS


La agenda literaria de uno: como la de un autor de best-sellers, casi; sólo que, en vez de compromisos millonarios y multitudinarios, lo que me ocupa es una infinidad de pequeños actos amistosos, locales, cercanos, a propuesta de colegas y conocidos para quienes la veteranía -que no el renombre- de uno supone un cierto apoyo o un modesto adorno. Me honran con ello, por supuesto Alimentan la fantasía de que, más allá de ese reconocimiento social que me otorgan, alguno de ellos y de los asistentes que acuden al reclamo también me leen. Y esa posibilidad, aunque remota, tampoco es para desdeñarla.

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Definitivamente, me gusta el cine de Cukor. Mujeres (1939) es una delicia; por más que decir esto hoy de una película en la que una mujer recupera a su marido infiel a fuerza de perdonarle sus públicos deslices e ignorar lo que estos tienen de también pública humillación pueda parecer bastante incorrecto... Pero no creo que Cukor estuviera haciendo ningún análisis sesudo de cómo son o deberían ser las relaciones entre sexos, ni defendiendo en serio la sumisión de la mujer -de hecho, en esta película en la que no aparece ningún hombre, ellas disfrutan sin trabas de esa envidiable desenvoltura y libertad de movimientos de la que, si hemos de creer al cine y a la literatura de la época, gozaban las mujeres norteamericanas de la alta burguesía en los muy permisivos y liberales años treinta del pasado siglo-. Lo que parece estar haciendo Cukor en esta película es mirar por el ojo de la cerradura ese mundo exclusivamente de mujeres en el que los hombres no tienen parte alguna. Y lo que ve le resulta tan enigmático como fascinante. Lo sigue siendo hoy, tres cuartos de siglo después.

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Según desde dónde se mire, los vientos de estos días lo mismo parecen venir del este que del oeste, cuando no del sur. Tampoco sabe uno si hace frío o calor. Pero lo raro sería lo contrario: que uno supiera decir de dónde le llegan los vientos que lo zarandean, o supiera medir el efecto que le producen. Este tiempo revuelto es, como quien dice, mi elemento natural.    

martes, abril 01, 2014

EL PERRO


Nos hemos visto antes, ¿recuerdas? Me saliste al paso una mañana de principios de invierno. Como hoy: cabizbajo, humilde, meneando el rabo y atento a la menor señal mía para acercarte a mí y dejarte acariciar el lomo, como si intuyeras mi simpatía instintiva hacia los criaturas castigadas a destiempo, recelosas, sólo huidizamente agradecidas. Esa mañana hiciste que te siguiera por los senderos más recónditos, en medio de una niebla espesa que borraba los contornos de las cosas y hacía irreconocible lo cotidiano. De vez en cuando, sin detenerte, volvías la cabeza para cerciorarte de mi presencia a apenas unos pasos de ti. Quise fantasear entonces con que me conducirías hasta un tesoro escondido, con que tus pasos me llevarían hasta alguna clase de revelación. La niebla de fuera, ya se sabe, nubla a veces también el entendimiento, o al menos embota el sentido de la realidad, si es que la realidad no es también otra visión borrosa, producto de una niebla que, por familiar, damos ya por descontada. Pero no: te limitaste a hacerme subir y bajar el camino de la ermita, a llevarme por las veredas más recónditas del Barrio Nazarí, a descubrirme uno o dos rincones que no me eran del todo reconocidos, pero que nunca había visto del modo en que los vi ese día.

Hoy parece que te has acercado a mí con las mismas intenciones. También has acudido a mi llamada y te has dejado acariciar la cabeza. Y luego te has adelantado unos pasos y has mirado hacia atrás, como invitándome de nuevo a seguirte. Pero se nos ha echado la noche encima y he tenido miedo.  

lunes, marzo 31, 2014

VECINOS

Durante todo el fin de semana las ventanas han permanecido cerradas a cal y canto. Sin embargo, el hecho de que el único coche aparcado en la calle desierta estuviera junto a la puerta de esta casa que se alquila los fines de semana nos hizo pensar, a nuestra llegada, que había gente en ella. De inmediato, los ruidos que nos llegaron del otro lado de la pared nos confirmaron esa primera impresión: voces en la cocina, pasos en la escalera, ajetreo de gente impaciente por hacer suyo un espacio extraño. Luego, lo que temíamos: el televisor a todo volumen, primero, y luego una sucesión de pitidos, zumbidos, explosiones, acompañados de las exclamaciones de entusiasmo o contrariedad con las que suele acompañarse el desarrollo de un juego electrónico de habilidad o acción. Fastidiados por ese estruendo, decidimos salir a dar un paseo. Nada había cambiado en la casa vecina: las persianas seguían echadas y la chimenea apagada. 

Al cabo de media hora, vuelvo yo solo: hemos quedado para cenar en casa de unos amigos y he venido a buscar una botella de vino. Como es temprano aún y ahora no se oye a nadie en la casa de al lado, decido hacer un poco de tiempo y me siento con un libro frente a la chimenea. Caigo en la cuenta de que hacía semanas que no disponía de un momento así de tranquilidad. La casa está caldeada, el libro -una bonita edición del último inédito rescatado de los archivos juanrramonianos- me atrapa de inmediato. Retengo esta frase: "Creo que hay dos cosas corrosivas: la sensualidad y la impaciencia". Asiento. Y justo en ese momento me llega el primer sonido inconfundible: un gemido ahogado, y luego otros, hasta que acaba tomando forma la secuencia sonora característica de un explosivo orgasmo femenino, seguido de una larga pausa muda y luego de unos pasos amortiguados, como de alguien que camina descalzo y va de acá para allá recogiendo -imagino- prendas dispersas... Dejo el libro sobre la mesa y tomo la botella que había venido a buscar. Y con ella en el bolsillo del abrigo, como un borracho, y también algo desorientado, salgo de nuevo al exterior. Ha anochecido, pero en las ventanas cerradas a cal y canto de la casa vecina no se distingue ni un reborde iluminado. Ahora sólo se oyen mis pasos en la calle vacía.

domingo, marzo 30, 2014

LA ENTREVISTA

Aquí puede leerse la entrevista que me han hecho en el último número de RVDV. 

viernes, marzo 28, 2014

LA RESEÑA DEL VIERNES: 'CERRAR LOS OJOS PARA NO VERTE' y 'LA VÍSPERA', de RODRIGO OLAY

Este viernes LA RONDA DEL LIBRO publica una reseña de Cerrar los ojos para no verte, el brillante estreno poético del asturiano Rodrigo Olay, y del cuaderno La víspera, del mismo autor, sobre quien escribe nuestro ya habitual colaborador José Luna Borge.

jueves, marzo 27, 2014

ESCRITO EN EL MÓVIL

En una calle sin perspectivas despejadas, el cielo es el paisaje.

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Incluso entre muros de cemento hay un campo instantáneo cuando cantan los pájaros.

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El descampado se redime en esas flores amarillas que nacen de los hierbajos.

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En el rastro de un avión a chorro se advierte siempre la duda del pintor que ha elegido un lienzo demasiado grande y ahora no sabe cómo llenarlo.

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Quien inventó el horizonte dibujaba como un niño.


lunes, marzo 24, 2014

EL DON

Chet Baker: esa manera suya de cantar como quien hace una dolorosa confidencia, para luego llenar el silencio resultante con unas desgarradas notas de trompeta. Y su penosa metamorfosis: de mocetón bien parecido a prematuro anciano por efecto de las drogas y de la misteriosa paliza en la que perdió los dientes. O lo que es peor aún: de la mirada relativamente despejada y uno diría que casi inocente de aquel mocetón a esos ojos hundidos, animados apenas por una llama de malicia y cinismo. Asistimos a esa transformación en Let's Get Lost, el duro documental que le hicieron apenas unos meses antes de que se arrojara por la ventana de un hotel de Amsterdam, a los cincuenta y nueve años. Llama la atención lo que dicen de él las personas que lo trataron: sus mujeres, sus hijos, su madre, algún amigo. Todos se muestran decepcionados, todos acaban describiéndolo como un manipulador... Y lo era, quizá, como sólo saben serlo quienes poseen un gran don y comprenden pronto que éste lo mismo sirve para embelesar a un público que para convencer a un contrariado amigo para que te preste un dinero que no le piensas devolver y que te vas a gastar inmediatamente en drogas. Quizá lo segundo valga por lo primero, y lo que importe sea eso: las novecientas canciones que grabó, o las actuaciones en las que, sobreponiéndose a su atormentada realidad humana, alcanzaba a tocar algo que los demás sólo podemos rozar vicariamente: una especie de belleza que sólo logra expresarse mediante la melancolía, pero que es anterior y superior a la melancolía misma, y que atañe a verdades que exigen, para revelarse, una renuncia previa a la individualidad, un quemarse en aras de algo que, ya alcanzado, no es nada y lo es todo, y deja deslumbrados para siempre -y ciegos, por tanto- a quienes llegan a entreverlo.

jueves, marzo 20, 2014

UN POCO DE GEOPOLÍTICA


Movimientos de tropas rusas hacia el oeste. Es curiosa la persistencia de los viejos fantasmas europeos. Y casi me da miedo que me llamen la atención estas cuestiones, no sólo por el interés inmediato que puedan tener, sino por reavivar en cierto modo mi vieja fascinación infantil por los mapas, las banderas de los países del mundo, la Historia reducida a batallas y cambios de fronteras. Dicho esto, se me ocurren dos o tres barbaridades más, que ni siquiera sé si estará bien escribirlas en este cuaderno -y menos mal que lo lee muy poca gente-. Por ejemplo, que intentar imponer la lógica de los estados nacionales sobre unas poblaciones que a lo largo de los siglos no han hecho otra cosa que mezclarse o imbricarse es un disparate, y que quizá los viejos imperios plurinacionales -el austrohúngaro, el otomano o, por nombrar el más reciente, el soviético- tenían más razón de ser que estos incómodos y estrechos estados de hoy. Hubo un tiempo, por cierto, en que la presencia rusa en Centroeuropa, mucho más allá incluso de los territorios hoy en disputa, supuso para las poblaciones europeas el inesperado beneficio de que sus viejas y egoístas oligarquías asumieran el imperativo de construir sociedades en las que las desigualdades inherentes al capitalismo resultasen atenuadas o incluso neutralizadas, para que las víctimas potenciales de esas desigualdades no cediesen a los cantos de sirena del comunismo. Con lo que se dio la paradoja de que los verdaderos y únicos beneficiarios de la existencia de un conjunto de estados nominalmente "comunistas" al otro lado del Telón de Acero fueron.... las poblaciones de los estados no comunistas. Hoy el expansionismo ruso no tiene esa carga ideológica, y no es más que lo que es: la coartada nacionalista que un régimen oligárquico y corrupto -aunque no sé si más que sus oponentes occidentales- se da a sí mismo para justificarse y perpetuarse. Los rusos ya tienen un guardián de las esencias: esa especie de Mussolini rubio que tienen como presidente. En Occidente, mientras tanto, medimos la gravedad de la situación por las oscilaciones de los mercados bursátiles. Y así nos va.


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Quizá la única idea aprovechable de todo El cuarteto de Alejandría, el mamotreto de Durrell, fuera esa: que, al amparo de la complicada política previa a la liquidación de los imperios europeos, hubo espacios privilegiados en los que se dio el milagro de la coexistencia de diferentes culturas, idiomas y religiones, junto con la siempre fascinante posibilidad de que, en los intersticios de esa babel, hubiera quienes lograran escapar a las determinaciones a las que cada una de esas culturas, religiones y nacionalidades sometía a sus respectivas poblaciones. No otro es el atractivo de Cavafis, por ejemplo. Un poeta, por cierto, que ya ha pasado de moda, no se sabe por qué.


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Y hablando de realidades más inmediatas: la posibilidad (horrenda) de una Cataluña que siga los pasos de Croacia; la más horrenda aún de una Castilla -entendiendo por Castilla lo que quede del viejo estado español- más ensimismada aún, más bárbara y pobre. Lo dice un castellano del sur.

martes, marzo 18, 2014

OÍR

"¿Los oyes?", me dice M.A. Pero anda uno metido en su nube de ruido: la radio encendida, el bullebulle dentro de la cabeza, la subsanable pero frecuente ceguera -o sordera- ante el entorno. "No", le digo, a la vez que aguzo el oído y algo de la trama sonora que sirve de fondo a estos ruidos inmediatos empieza a hacerse audible. "Apaga la radio", insiste. Pero el silencio inesperado opera como la propia desnudez, que es más grata cuanto más inconsciente es uno de ella. Por eso no oigo apenas, sólo intuyo; hasta que, en un gesto reflejo, vuelvo a encender la radio, que habla de las naderías de siempre, las trapacerías que los políticos hacen al amparo del consentimiento implícito de la ciudadanía, las guerras lejanas o cercanas... Vuelvo a apagarla. Y ahora sí, ahora sobre el silencio de fondo -limpio y nítido, como corresponde a un paisaje despejado en un día de primavera anticipada- se destaca la trama clara del canto múltiple de los pájaros. Me parece mentira haber permanecido sordo a él hasta este mismo instante. Y estaba ahí: confiado, insistente, gratuito. La ciencia -la "verdadera hija del Tiempo" que decía Poe- nos ha enseñado que esos cantos obedecen a motivos precisos, tales como la delimitación del territorio, la comunicación de la presencia de depredadores o la simple proclama, para quien le interese, de que su emisor ha sobrevivido a los peligros de la noche... También, cómo no, al afán de atraer a la posible pareja. Pero todo eso, toda esa inercia causal de los actos, no explica la belleza del resultado, ni  la evidencia de que sus inconscientes artífices parezcan disfrutar -es decir, cumplir su razón de ser en el mundo- por el mero hecho de tejer esa música unánime. Me siento avergonzado por no haberla percibido antes. Hubo días felices en que ese canto me acompañaba desde el amanecer.

lunes, marzo 17, 2014

VUELO BAJO

Funambulistas. Han colocado una cinta ancha entre dos palmeras, a un metro aproximadamente del suelo. Son dos chicas y un chico. Por turnos, van subiendo a la cinta y se esfuerzan por mantener el equilibrio sobre ella y avanzar, a veces de la mano de uno de sus compañeros. Parece fácil, pero yo no lo intentaría. Y posiblemente ellos mismos, que están en esa edad en la que, abandonados definitivamente ya los juegos de niños, las nuevas diversiones apenas duran lo que tarda en agotarse su aura de novedad, serán de mi misma opinión en muy poco tiempo. Ahora, en cambio, transmiten una serenidad admirable. Nada más serio que un juego. Y ya puestos a jugar a algo, ¿por qué no a andar como quien vuela, en un mundo en el que, a falta de asideros precisos para mantenernos erguidos, quien se cansa de andar... repta?

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Hay una diferencia entre Todos los hombres del rey, la película que ha hecho Sean Penn sobre la venerable obra de Robert Penn Warren, y la primera adaptación cinematográfica de la misma, la que dirigió Robert Rossen en 1949, y que en España se llamó El político. Las dos son excelentes, pero... diría uno que la antigua era, en efecto, una despiadada disección del instinto que lleva a prescindir de todos los ideales cuando de lo que se trata es de conservar el poder; mientras que la nueva es, simplemente, una sátira del populismo. Y no, no es exactamente lo mismo una cosa que la otra.

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También esa primilla ha optado hoy por el vuelo bajo. Pasa ante mi ventana, casi por el mismo sitio en el que hace unas horas ensayaban los funambulistas. Y es que tiene uno la sensación de que este cielo grande y despejado de anteprimavera atemoriza un poco.  

viernes, marzo 14, 2014

LA RESEÑA DEL VIERNES: LECTURAS DE CINE (2)

¿Sabían que la película más taquillera del cine español es No desearás al vecino del quinto? Esta segunda entrega de la serie "Lecturas de cine" recoge reseñas de tres libros de referencia que a mí me han proporcionado datos curiosos y ayudado a refrescar películas vistas o a confrontar mi opinión con las de otros. Siguen siendo útiles. En LA RONDA DEL LIBRO, nuestro blog de crítica literaria.

jueves, marzo 13, 2014

PESADILLAS

Después de ver la confusa adaptación que Brian de Palma hizo de La Dalia Negra de James Ellroy, busco un poco de esclarecimiento en un documental sobre el caso que en su día emitió Canal Historia. Y el detalle que más me llama la atención es la posibilidad de que el asesino se inspirara, a la hora de efectuar las horrendas mutilaciones y manipulaciones a las que sometió el cadáver de su víctima -una desventurada chica que buscaba fortuna en Los Angeles-, en las ideaciones "surrealistas" de Man Ray; en concreto, en la fotografía que tituló "El Minotauro", inspirada en un cuadro de Picasso, y en la que el torso y brazos de una mujer desnuda recuerdan vagamente, por su disposición, la cabeza de un toro... 

No quiero seguir por este camino. No es demasiado difícil emparentar el arte del siglo veinte con las patologías criminales, y resulta un tanto inquietante que los primeros en efectuar este análisis fueran los nazis y sus teorías sobre el "arte degenerado". Pero... Lo dejo ahí, con un nudo en el estómago y un cierto disgusto de mí mismo por haber dedicado tiempo y energías a estas indagaciones morbosas. He leído demasiado a Poe en los últimos tiempos.

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Puestos a recordar algunas películas perturbadoras vistas últimamente -y tampoco demasiado buenas-: El chico que conquistó Hollywood, por ejemplo, la biografía de Robert Evans, el productor que alcanzó el éxito con películas como Love Story, La semilla del diablo o Chinatown,  y luego cayó en una de esas espirales autodestructivas que parecen copiadas del argumento de Ha nacido una estrella, y que le dejan a uno siempre la duda de si esas historias son del todo reales o circulan por ahí para que los demás mortales, los que no hemos conocido nunca el éxito fulgurante o la fortuna desbordada, pensemos que en el fondo hemos tenido suerte...; o esta otra, más inquietante aún: Gainsbourg, vida de un héroe, una imaginativa manera de contar la vida del feo Serge Gainsbourg, cantante y compositor francés famoso por haber compuesto la primera y quizá única canción pornográfica -para los niveles de entonces- que conoció un éxito similar al de Emmanuelle y otros productos del género: la afamada Je t'aime moi non plus, con su fondo de gemidos -dicen que de Brigitte Bardot- y su explícita letra ("tu vas et tu viens entre mes reins..."). Lo interesante es que no sólo fue autor de esta nadería, sino también de unas cuantas memorables gamberradas que lo convierten en una especie de "punk" avant la lettre, y entre las que figuran su Nazi rock o su Reggae marseillaise, una broma sobre el himno francés que muchos compatriotas del autor encontraron intolerable. Puesto a elegir, entre la peculiar especie de inadaptados que producen los excesos del sueño americano y los surgidos de esa especie de cansancio de vivir que caracteriza a la gran cultura europea en su conjunto, me quedo con los segundos. Pero tampoco. 

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Se ve que últimamente me van las pesadillas. Lo es, y en muy alto grado, El beso mortal (Kiss Me Deadly), la magnífica película de Robert Aldrich, ambientada también en un Los Angeles fantasmal que -lo sé ahora, después de haberme documentado sobre la sórdida historia de la Dalia Negra- apenas desmerece del real, y en el que cabe incluso una moderna prefiguración del mito de Pandora y su caja de los horrores, representado esta vez por un cofre que oculta lo que parece ser -aunque no se aclara- una muestra de un letal mineral radiactivo. 

Mitos: esa manera "postmoderna" -leo- de poner un poco de orden en la realidad.

miércoles, marzo 12, 2014

OBRA TERMINADA


"A cierta edad... comienza uno a tener la sensación de que está terminando con lo que ha constituido casi todo cuanto le interesa y le justificaba su estar en este mundo...". Me impresionan estas palabras que José María Álvarez antepone a su último libro de poemas; que contradicen, en todo caso, el sano vitalismo que desprende el poeta en otro libro que he leído últimamente: el que recoge sus conversaciones parisinas con Alfredo Rodríguez. Quizá haya una melancolía, digamos, filosófica -por atañer a las convicciones íntimas de uno-, que no está reñida con el goce del vivir. No sé. En cualquier caso, no he podido evitar aplicarme el cuento. Tengo unos años menos que el poeta en cuestión, pero los suficientes como para sentir que empieza uno ya a cerrar ciclos, a dar cosas por concluidas, a prometerse treguas y descansos no sé si merecidos, pero en todo caso anhelados. Los hijos crecen, los libros escritos alcanzan una cifra respetable, la carrera mundana que a uno le tocaba recorrer empieza a mostrar sus límites. Y si uno, gracias a Dios, conserva la curiosidad y no se ve del todo falto de ideas y proyectos, lo cierto es que ya no siente hacia los mismos la adhesión incondicional de quien no ha experimentado su dosis de decepciones. En fin. Pero no, no firmaré nunca una declaración de obra terminada. Entre otras cosas, porque lo verdaderamente importante de esa obra, aquello a lo que uno aspiraba a llegar... sigue ahí, inalcanzable.

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Miro las cuartillas de cierto trabajo académico al que estoy dando fin. Los primeros pasos del mismo los di... hace treinta años. Ahora no me deparará ninguna ventaja académica o profesional, más allá de la satisfacción de haberlo concluido. Y me acuerdo del viejo Smiley, el espía de John LeCarré, dedicando los últimos años de su vida a la confección de una monografía sobre el poeta Opitz, mientras a su alrededor se teje una espesa trama que, en el momento en que se escribió la novela, parecía de pura política ficción, pues hablaba del aparentemente inviable independentismo de las naciones bálticas, que entonces eran parte de la URSS... Quién sabe. Nadie percibe que a su alrededor se está gestando un torbellino, y que éste, con toda su fuerza impredecible, nos acabará arrastrando.

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No falla: todos los años nos adelantamos a la primavera. Hoy ya la cafetería estaba vacía, porque todo el mundo había salido a desayunar a la terraza donde, a pesar de la buena voluntad de todo, seguía arreciando un viento gélido. Pero había, no sé... como un cambio de matiz en la luz. Y eso bastaba.

martes, marzo 11, 2014

NECROLÓGICAS


Creo que ésta es la primera vez que escribo en este cuaderno la palabra "Facebook" o hago mención expresa de esa volandera burbuja que, no sin notable cursilería, llamamos "redes sociales". Las utiliza todo el mundo, por lo que no creo que el hecho de que en ellas se relacione uno con otros escritores, y que entre ellos figuren no sólo aquellos a los que trato habitualmente, sino también otros con los que quizá nunca me hubiera relacionado de no mediar este artificio comunicativo, sea digno de reseña o constituya una anomalía sociológica. Tampoco hay que excusarse por estar ahí, como también parece un poco fuera de lugar vanagloriarse de lo contrario. Supongo que unos están porque les divierte, otros porque supone un paliativo de la falta de eco o respuesta social que normalmente tiene la labor del escritor, y otros porque añaden, al personaje esquivo que normalmente representan en cuanto que escritores, esta otra máscara más accesible y campechana. En mi caso, puede que tengan alguna parte las dos primeras razones mencionadas, aunque la excusa que me doy a mí mismo para entrar en estos foros -y añado Twitter, Google+, etc.- con más frecuencia de la que debiera es que los uso exclusivamente como plataformas de difusión del proyecto literario que supone este "diario abierto"; y porque, una vez en ellos, sigo de cerca el trabajo o el pensamiento de otras personas, escritores o no, con las que me es grato mantenerme en contacto.

En fin. Haga cada cual lo que le apetezca y no se permita nadie juzgar a los demás con una severidad que quizá no se aplica a sí mismo. Qué duda cabe de que, en cuanto que escritores, nuestra presencia en estos foros supone ventilar en público ciertos tics gremiales que antes no trascendían más allá de los lugares habituales de encuentro de las gentes de la profesión o, a lo sumo, las páginas culturales de los periódicos. Y que esta curiosa mixtura de reflejos gremiales y mundanidad sin pretensiones dé lugar a algún que otro malentendido. Pienso, por ejemplo, en lo mucho que se ha escrito en estas redes sobre la muerte reciente de algunos poetas; y más cuando, a raíz del tercero de estos fallecimientos y su consiguiente ola de comentarios de sabor más o menos necrológico, ha tenido lugar el inevitable reflujo de comentarios cínicos o mordaces respecto a la necesidad de esas efusiones fúnebres, su sinceridad y el posible oportunismo de quienes las suscriben. Bueno. Tienen razón quienes nos han prevenido contra el exceso, como la tienen también quienes argumentan que quizá esos poetas hayan recibido más adhesiones y declaraciones de admiración una vez muertos que cuando vivían y eran accesibles. 

Por supuesto, no todo el que escribe unas líneas en recuerdo de un colega muerto pertenece por derecho propio al restringido círculo de quienes pueden y deben dolerse por la pérdida de un ser querido. Pero no hay que olvidar el factor añadido de cercanía que supone la escritura o incluso la mera presencia física de libros de esos escritores en la casa de uno; libros que quizá ahora hayamos vuelto a abrir como si nos asombrara que quien se esforzó por escribirlos y publicarlos, y también por reclamar la atención del público hacia ellos, ya no esté ahí para respaldarlos. No creo que estas cortesías póstumas tengan que ser objeto de la maledicencia o cotilleos de un patio de vecindad. Ningún doliente llega al extremo de afearle al extraño que viene a ofrecer sus condolencias su presunta indiferencia en vida hacia el fallecido, y no veo que lo que no hacen los dolientes hayan de hacerlo los simples curiosos. 

Quien esto escribe aceptó en su día redactar para un periódico una cuartilla en recuerdo de un escritor al que había tratado durante décadas, y muy especialmente en los meses anteriores a su muerte; sobre otro de los escritores fallecidos no dijo nada, porque en ese caso no existían esos factores de cercanía; y sobre el tercero se permitió constatar un azar de lectura. No sé si eso me convierte en sospechoso de oportunismo o sentimentalismo. Tiene uno la impresión de que nadie sale del todo impune al exponerse en según qué lugares. Pero...