sábado, marzo 28, 2020

VÍSPERAS DE UN VIAJE

27/03/2019

Los viajes primero se viven desde la ansiedad de los preparativos, luego en sus innumerables molestias, sobrellevadas con más o menos paciencia. Y sólo con el tiempo llegan a cuajar en el recuerdo idealizado que normalmente acabamos guardando de ellos, una vez hemos olvidado todas esas incertidumbres e inconveniencias.

***

Viajas sólo cuando necesitas que tu entorno habitual se revista a tus ojos del prestigio de lo que se añora. 

***

Viajas para desgastar la corteza cálida de la costumbre y que el frío de lo desconocido te estremezca un poco, sólo un poco, lo suficiente para que vuelvas a encontrar confortable ese calor puesto a prueba.

***

Buscar en lo cotidiano lo que de pronto te parece inadvertido y exótico, así como en lo ajeno lo que en el fondo te resulta familiar.


***

Viajar bajo la autosugestión de que el lugar desconocido a donde vas podría llegar a ser tu casa y ofrecerte, aunque sólo sea durante unos días, la ilusión de rutina, de caminos que se repiten, de referentes seguros, que te ofrece la casa que has dejado atrás.  


***

Cuando leo no viajo con la imaginación a países lejanos, como aseguran algunos. Cuando leo siempre regreso.


***

En según qué viajes, y no necesariamente marítimos, el equipaje no es tanto lastre como salvavidas.


***

Cuando me expreso en una lengua distinta a la mía nativa el actor que hay dentro de mí me guiña un ojo.


***

Viajar cuesta dinero, vagabundear es gratis, exiliarte exige una merma en el capital total -humano y material- del que se desplaza.


***

Volver de un viaje cargado de cosas adquiridas en otros lugares equivale siempre a confesar un fracaso: el que supone reconocer que, más allá de esa quincalla, uno desconfía de haber adquirido en el viaje lo que verdaderamente había ido a buscar.

miércoles, marzo 25, 2020

UN CUMPLEAÑOS



(24/3/2019)

Casi una semana sin acudir a este cuaderno. Pero cuando hay tanto que hacer que no se encuentra un hueco para venir aquí a escribir, no hay que pensar que es la vida la que se impone y no deja tiempo para la escritura, sino más bien todo lo contrario: que hay modos de ocupar el tiempo que no dejan lugar ni para la vida ni para la literatura.

***

Por ser el Día Mundial de la Poesía nos han invitado, a mí y a otros tres colegas, a leer la nuestra en unos conocidos grandes almacenes. No es que se hayan acordado ellos de nosotros, sino que han preguntado a la editorial y ésta les ha dado los nombres que había más a mano; quiero decir, los que no teníamos ese día otro compromiso, lo que indica lo poco que debemos de cotizar en ese mercado, porque ese día no falta en ninguna parte una librería, una concejalía del ramo o un colegio que no organice el consabido acto celebratorio. Y allí que nos vimos los cuatro, en la sección de librería del centro comercial correspondiente, en un hueco que habían hecho en la zona de paso por la que el área de ocio se comunica con las salas de cine. Habían puesto allí un tresillo y una mesita, seguramente traídos de la sección de mobiliario, ante los cuales habían extendido una alfombra blanca de pelo muy mullida, como de piel de oso polar, y una docena de sillas de plástico y metal, como de cocina, para el posible público. Ni que decir tiene que, a la hora para la que el acto estaba previsto, allí no había nadie, a despecho de que, según nos dijo el amable empleado que nos atendió, habían estado "anunciándolo por la megafonía" todo el día. Miento: estaban mis padres, que, como viven cerca y no tenían otra cosa que hacer, no quisieron perderse la ocasión. Y al rato llegó la chica norteamericana que tenemos en el instituto como auxiliar de conversación, y a la que tuve la desconsideración de invitar al acto esa misma mañana, supongo que poniéndola en el compromiso... Había llevado a una amiga, así que, entre ellas dos, mis padres, M.A. y la hija de una de las poetas convocadas sumaban seis personas. "Podemos empezar", le dijimos al empleado, que parecía apurado. "En otras peores nos hemos visto".

Ni que decir tiene que resultó una lectura de lo más desangelada. La gente que pasaba por allí, camino del cine, se nos quedaba mirando. Y hubo un par de señoras que, al ver sillas vacías, se animaron a sentarse e incluso creo que al final compraron un libro de la mesa puesta al efecto, lo que salvó nuestra dignidad. Al final del acto, como nadie sugería invitarnos siquiera a un refresco, por el esfuerzo, fuimos nosotros quienes decidimos refugiarnos en la cafetería del propio centro comercial y echar un rato de charla. Fuera, no lo he dicho todavía, arreciaba un fortísimo temporal de levante, lo que hacía desaconsejable salir a buscar un lugar alternativo donde echar el rato. Hablamos de los divino y lo humano y al final nos fuimos con la sensación de que, después de todo, había merecido la pena salir de casa en una tarde como aquella y venir a pasarla a un centro comercial.

*** 

Este amigo ha cumplido sesenta años. Y su mujer nos ha convocado en un bar para darle la correspondiente fiesta sorpresa. Ni que decir tiene que acudo a ella con el ánimo por los suelos. No es poca cosa cumplir sesenta años y nuestro amigo es el primero de nuestros coetáneos -siempre lo hemos considerado como tal, a pesar de que tiene algunos años más que nosotros; pero lo que cuenta aquí son las experiencias compartidas, la pertenencia a un mismo núcleo generacional, la participación en empresas comunes- que cumple esa respetable edad que ya no induce a engaño y con la que no cabe jugar a la ficción de estar en la zona central de la existencia. Sesenta años es ya ser viejos, por mucho que nos digamos que ninguno de los que vamos a ir cumpliendo esa edad de aquí a, pongamos, un lustro nos vemos a nosotros mismos como ancianos ni sentimos que nuestras vidas de personas en la cumbre de su actividad física e intelectual haya de cambiar en consonancia. Pero... 

jueves, marzo 19, 2020

EL VICIO



(18/03/2019)

En Grazalema. Pasamos por delante de una talabartería y por instinto los ojos se me van, a pesar de la semipenumbra en la que está sumido el local, hacia una estantería llena de libros, al fondo. Me asomo a echar un vistazo. Son ejemplares muy baqueteados de ediciones populares de novelas de cierto prestigio, todas en inglés, que denotan que quien las reunió tenía buen gusto como lector o al menos estaba bien informado. Las miro a mi sabor, porque en el local no hay nadie. Al rato, entra un muchacho y me mira con el gesto de decepción de quien comprueba al instante que el presunto cliente no está prestando la menor atención a las carteras o los bolsos, sino a ese irredimible estante con libros desahuciados. Le pregunto si están en venta. Me dice que no, que puedo llevarme los que quiera y, si acaso, dejar un donativo para no sé qué oenegé: tal fue la voluntad, me explica, de la señora inglesa que dejó allí aquellos libros. "Tenía muy buen gusto", le digo, dándome cuenta al instante de que el tiempo verbal que estoy utilizando tiene resonancias ominosas. El dependiente no parece reparar en ello. "Sí", me responde. "Eso me han dicho otras personas que han pasado por aquí y han visto los libros". Me repite que yo también puedo coger los que quiera y que no hace falta que dé nada a cambio. Mecánicamente, casi sin pensar, tomo de la estantería 21 stories de Graham Greene, Slaughterhouse 5 de Kurt Vonnegut, Go Tell It in the Mountain de James Baldwin y The Book of Evidence de John Banville. Me hago el propósito de dejar un euro por cada uno -el estado de los libros, por lo demás, es lamentable-, pero lo más pequeño que tengo en la cartera es un billete de 5 euros. "¿Le parece bien?", le digo al dependiente, que me dirige un gesto de asentimiento a la vez que toma el billete de la mesa. Mis acompañantes, que han venido a este animado pueblo de la sierra gaditana a gozar de la mañana espléndida y a tomar un refresco en alguna de las innúmeras terrazas, no entienden muy bien qué ha sucedido. "¿Ya tienes tu dosis?", me dice M.A., que sí sabe de lo que va esto. Yo ya estoy casi arrepentido de haber cedido de ese modo al vicio, y delante de amigos que nunca habrían adivinado lo que tiene de adicción. Pero sí: parece que vuelo. 


domingo, marzo 15, 2020

POR DEFECTO


(14/03/2019)

Todas las mañanas me despido mentalmente de las cosas que, si nada se tuerce, volveré a ver al día siguiente. Y hago bien: nunca son del todo las mismas que las del día anterior; como tampoco las que ocuparán su sitio cuando yo no venga a saludarlas serán las mismas a las que yo había tratado.


*

La pregunta ante ése que me mira desde el espejo es: ¿de qué me suena su cara?


*

Constatar que otros, efectivamente, han llegado más lejos que uno en casi todo aquello a lo que uno ha dedicado lo mejor de sus esfuerzos es también un modo de triunfar, es decir, de marcar las distancias. Y qué grata la soledad... del rezagado.


*

Lo que menos envidio de otros es que tengan incondicionales.


*

Cambia el pájaro, no el canto. Pero uno diría que al primero le toca algo de la eternidad de lo segundo.


*

Algo ha cambiado definitivamente en la percepción que uno tiene se sus cosas cuando empieza a  verlas como amontonadas en una manta, en el Rastro.


*

Ahora soy religioso... por defecto, como las configuraciones de ciertos artilugios electrónicos cuando uno se cansa de manipularlos y prefiere que vuelvan a tener las prestaciones simples con las que venían de fábrica.

sábado, marzo 14, 2020

SOCIALISMO


13/03/2019

Quienes la conocieron se mostraron muy parcos en elogiarla por su belleza o por cualquier otro valor de los que entonces, como hoy, se cotizaban alto en sociedad. Enfermiza, quizá tocada por algún tipo de neurastenia, parecía destinada a una vida de flor de invernadero. Sin embargo, un buen día se desembarazó de ese destino, huyó a Italia con su amante y allí escribió lo mejor de su poesía, que, por supuesto, en su tiempo no fue en absoluto apreciada. Ahora el destino ha querido que me haya comprometido a pasar al menos un año y medio de mi vida en su compañía y casi sin posibilidad de dedicarme a otra cosa que no sea mantener con ella arduos coloquios sobre el sentido de su poema más intrincado y ambicioso, que es también el mejor de los suyos y uno de los más sorprendentes de su tiempo. Y creo que merecerá la pena.


*

Esta camarera nos confiesa, al ver a M.A, trastear con sus gafas de cerca, que lo mejor que ha hecho en su vida ha sido operarse para quitarse la miopía. Le parece un milagro, dice, abrir los ojos todas las mañanas y ver las cosas sin esa especie de telaraña añadida que supone haber perdido agudeza visual. Y debe de tener razón, seguramente. Le digo a M.A. que quizá yo debería invertir también algo en esa clase de cirugía. "Pero no serías tú", me dice. "Te he conocido siempre con gafas, sería raro verte de otra manera". Pero a mí lo que me ha convencido no es la posibilidad de cambiar de aspecto, sino el hecho de que, entre todas las maneras posibles de describir su impresión, la camarera haya elegido precisamente la palabra "milagro". A mí, con gafas y todo, me parece también un milagro el simple hecho de que amanezca cada día y que cada día traiga su pequeña colección de prodigios. Ayer, por ejemplo, la súbita irrupción, por encima de nuestras cabezas, cuando volvíamos de hacer ejercicio, de una bandada de lo que nos parecieron patos salvajes, quizá ya en camino hacia su veraneo nórdico. Añadieron, como suele ocurrir cada vez que la naturaleza irrumpe inopinadamente en nuestro espacio cotidiano, una nota de irrealidad, como si de pronto la ciudad hubiera desaparecido y sólo existieran los elementos que seguramente son significativos para la bandada: la línea de costa, la sutil percepción de los polos magnéticos y geográficos del planeta, los imperativos vitales que desencadena la primavera. A veces esos milagros ocurren incluso con los ojos cerrados: ahora mismo, por ejemplo, cuando dejo de teclear y bajo los párpados para oír el trino de los pájaros en los árboles del paseo que tengo frente al balcón. Y todo eso, ay, a pesar de estas gafas, más hechas a la visión de corto alcance y al contraste entre el blanco del papel y la tinta que a las grandes distancias.


*

Los vinos de 2 euros del Mercadona, la ropa de confección "nacional" que vende PG, mi más reciente proveedor, los menús de 8 euros de Casa Manolito... ¿Quién dice que el socialismo, en el mejor sentido de la palabra, es una quimera inalcanzable?   

martes, marzo 10, 2020

AGUA Y PLOMO

9/3/2019

Murió la poeta -alguien ha recordado que cuando ella empezaba a escribir todavía se estilaba la palabra "poetisa"- PP, uno de los nombres gaditanos que nutrió la llamada Generación del 50 o del medio siglo, y a uno se le ha pasado por la cabeza, como una película, esa extraña e incluso a veces contradictoria colección de imágenes en las que nuestra memoria condensa lo que recordamos de una persona: la generosidad con la que nos dispensaba su tiempo, por ejemplo, cuando aceptaba participar en alguna de aquellas "tertulias" que, un poco a tontas y locas, organizaban mis amigos más lanzados, que imaginaban que eso era a lo que consagraban su tiempo quienes sentían la inclinación a escribir (a uno, por el contrario, la timidez lo llevaba por otro camino, quizá menos lucido, pero más productivo: el del trabajo en soledad); su indestructible vocación literaria, mantenida a despecho de que su vida familiar, su condición de ama de casa y madre y su voluntaria reclusión en su ciudad natal le vedaban la práctica de ese tipo de sociabilidad que tanto facilita, primero, la difusión de la propia obra, y luego el reconocimiento y los posibles beneficios a él asociados; o su indignación, no siempre bien dirigida, cuando tenía la impresión de que, incluso en la ciudad en la que vivía y en la que era conocida, a veces se le negaba el lugar que merecía. 

La recuerda uno así, en toda esa mezcla de facetas, sobre las que se impone el hecho incontrovertible de que escribió buenos poemas -ahí están su brillante primer libro, Mara, o la atinada antología que le hizo su paisano José Ramón Ripoll- y de que efectivamente hubiera merecido ser más conocida y mejor apreciada. Algo me dice que ese reconocimiento será póstumo e interesado: su biografía y su obra son de las susceptibles de atraer, como la miel a las moscas, la atención de quienes sin duda sabrán engordar a su costa su propio currículum académico y/o literario. Algún indicio de ello ha habido desde el mismo momento en que se hizo pública su muerte. Eso, desde luego, no podrá dañarla, aunque hay ya algún precedente de otros poetas de su generación cuyo legado ha sido malbaratado o utilizado para fines espurios. PP, que publicó poco y que quizá no haya dejado demasiada obra inédita en la que escarbar, no dará mucho juego en ese aspecto. Quedarán sus libros -los ya mencionados, o el tomo de su poesía completa, que publicó en su día la Diputación- y los recuerdos de ella que atesoramos quienes la conocimos tal como era, con sus defectos y virtudes, sus innegables logros y sus quizá disculpables carencias. Descanse en paz.


*

"Vaya semanita", me dice este amigo. "Primero lo de T y ahora lo de PP". "Bueno", le digo, "no es lo mismo: PP se ha muerto y a T simplemente la nueva administración lo ha botado del cargo que tenía bajo la otra. No se puede comparar. Y además -digo, para no parecer demasiado indiferente a la suerte del susodicho, a quien tengo sincero aprecio-, seguro que encuentra algo pronto". No lo digo con segundas: la misma persona que me interpela publicó hace unos años una especie de biografía novelada del otro en la que lo describía poco menos que como un personaje de la eterna picaresca española. Si algo se deducía de ese libro es que su protagonista es un hombre de recursos. Yo ahora sinceramente espero que le sirvan para sortear con dignidad los años que le quedan hasta la jubilación. Y que, en el intervalo, escriba todo lo que quizá ha dejado de escribir mientras ha desempeñado tareas de gestión que tienen que ver con la literatura lo que el agua con el plomo: nada. 

domingo, marzo 08, 2020

NOVEDADES


7/3/2019

Anda el mundillo cultural algo agitado por algunas novedades. La primera, que cierta revista literaria de ámbito andaluz y distribución gratuita que editaba cierto imperio mediático va a dejar de publicarse. En sus orígenes, recuerdo, en la década de los 90, esa revista se benefició de los restos de la efervescencia cultural que había tenido lugar durante los lustros precedentes y adoptó los modales de las revistas literarias que la habían precedido. Con frecuencia, la nómina de sus colaboradores coincidía con la que quienes habíamos publicado previamente en Fin de Siglo, Contemporáneos, La Mirada -el suplemento literario de El Correo de Andalucía, que dirigía José Luna Borge- o Citas -el de Diario de Jerez, que hacían José Mateos y Juan Bonilla-. Y, como era una publicación sostenida por un poderoso imperio editorial, pagaban las colaboraciones, lo que era una grata novedad. Dependía entonces esa revista de una fundación impulsada por el grupo de marras y que parecía defender una política cultural dictada por esas mismas miras abiertas hacia la literatura más joven y hacia la reivindicación de lo mucho valioso que se había hecho en las décadas previas y merecía ser defendido. Luego esas miras se estrecharon notablemente, la empresa matriz cortó el chorro de dinero del que se alimentaba la mencionaba fundación y la revista adelgazó un tanto, aunque siguió publicándose, ya con otro director y con un planteamiento que tenía poco que ver con el de sus orígenes. Sus números, ahora de carácter monográfico y con colaboradores siempre lo bastante conocidos como para aportar prestigio a la publicación que los acogía han seguido apareciendo puntualmente desde entonces en sus puntos de distribución, a la puerta de las librerías andaluzas, donde es frecuente verlos languidecer sin que mucha gente se moleste en cogerlos... Y así hasta hoy, cuando se ha difundido la noticia de que la empresa que la sufragaba va a dejar de publicarla, lo que ha suscitado algunos lamentos -entre ellos, lógicamente, los de quienes solían ser invitados a colaborar en ella- e incluso alguna campaña de recogida de adhesiones que, cuando escribo esta nota, todavía está por ver si tendrá algún resultado. 

No sabe uno cómo actuar en estos casos. En la medida de lo posible, trato de no olvidar nunca la diferencia entre literatura y política literaria. La primera se ejerce en soledad, al margen de maniobras de grupo; lo otro no me interesa. La consecuencia práctica de este modo de actuar -que no sé si es el correcto, pero es el que me sale- es que no suelo beneficiarme de lo que procura beneficios a otros ni me siento perjudicado cuando esas fuentes dejan de manar. Genéricamente, lamenta uno cualquier reducción en los instrumentos y cauces que facilitan la difusión de la cultura. Pero hay también dentro de uno una vocecilla impertinente que no deja de recordarme que todo eso es accesorio y que, en gran medida, la gesticulación que se hace en la defensa de estas cosas o en lamentar su desaparición es impostada y responde a intereses muy particulares. Calla uno, por tanto. ¿Qué podría decir? Lamentó uno en su día que se perdieran Fin de Siglo o Contemporáneos, aunque sin derramar lágrimas por ello: cumplieron admirablemente su función y serán por ello siempre recordadas. Fue un honor colaborar en ellas. De esta otra apenas puedo decir otro tanto, pero no les quito la razón a quienes hoy se rasgan las vestiduras por su desaparición. Cada cual llora por lo suyo; por más que ese "suyo" parece más exclusivo, y excluyente, en unos casos que en otros. 


En cuanto a la otra novedad... Pero de eso escribiré algo, si acaso, mañana. 

jueves, marzo 05, 2020

JULIETA


5/3/2019

Viaje de regreso. Nos maltratan en el aeropuerto, como es habitual. En el control de seguridad me obligan a abrir la maleta y a dejar allí un frasco con gel de baño que, al aparecer, excedía por muy poco el volumen máximo de líquido que se permite llevar, Siempre me he preguntado qué hacen con estas cosas. ¿Las tiran, sin más? ¿Se quedan los propios empleados con lo que les parece más apetecible: una colonia, un perfume, un buen producto dermatológico de esos que cuestan un ojo de la cara en la farmacia? O quizá lo donan todo a una oenegé, quién sabe. El caso es que, tras el expolio, ya va uno de mal humor, que se acrecienta cuando llegas al panel informativo y ves que, del centenar de vuelos que se anuncian, el único que no tiene asignada la zona de embarque es el nuestro, el de Jerez. No es la primera vez que nos ocurre, aquí y en Barajas, lo que hace pensar que quizá Aena tiene en poco a ese vuelo de provincias y lo relega siempre al último hueco que quede disponible. Los pasajeros, airados, y viendo que falta ya menos de media hora para embarcar, se dirigen airados a la chica que atiende el mostrador de información. "Tengan paciencia", dice ella. Y el caso es que, apenas veinte minutos antes de la hora en que debía empezar el embarque, aparece en el panel la indicación de que hay que dirigirse a la puerta tal... Y allá que vamos todos -también muchos ancianos, y una pareja con mellizos de quince meses, y un hombre que arrastra una pierna- por el larguísimo pasillo, arrastrando nuestras maletas... Hasta que llegamos a la puerta indicada, ante la que permanecemos... cuarenta minutos, durante los cuales nos han recordado la posibilidad de que, por falta de espacio, nuestros equipajes de mano nos sean retirados al acceder al avión y arrojados sin más a la bodega... Pero todavía no han terminado nuestras penalidades. A los cuarenta minutos de espera, decía, se corre la voz de que han cambiado la puerta de embarque y hay que trasladarse a otra que está... en el extremo opuesto de ese ala del aeropuerto. Nueva carrera, nueva espera de aproximadamente media hora... y por fin accedemos al avión.

Me ha tocado asiento al lado del padre de los mellizos. Lleva a uno de ellos, el varón, sobre las rodillas. La hermana va con la madre, al otro lado del pasillo. Cuando me percato de la separación, les digo que, si desean ir juntos, no tengo inconveniente en cambiar mi asiento por el de la madre -que es, por cierto, una mujer bellísima, con ese tipo de belleza que aporta a las facciones un punto de severidad e incluso de autoridad, que ella no se recata en hacer valer ante su marido-. Es él, precisamente, quien con más entusiasmo acoge mi propuesta, que a ella no le ha causado ni frípo ni calor, tal vez porque ya se había acomodado en el asiento que le correspondía y no le apetecía levantar el campo. Los hechos le darían poco después la razón: al verlos juntos, cada uno con un bebé en el regazo, la azafata les ha dicho que no pueden ir así porque cada fila de asientos dispone de un máximo de cuatro máscaras de oxígeno, y ellos ahora, sumados al pasajero que ocupa el asiento de ventanilla, son cinco. Así que nos volvemos a cambiar.

Nada de esto me impacienta. ¿Quién puede enfadarse por el parloteo y las ocasionales quejas de un niño de quince meses? Somos, además, testigos de un pequeño milagro. El bebé varón ya andaba; pero su hermana todavía era incapaz de hacerlo sin ayuda. Sin embargo, cuando la sueltan en el pasillo del avión, para que se distraiga, logra avanzar una docena de pasos sin agarrarse, y se da cuenta de ello, y vuelve a repetir, entre risas, lo que a ella misma le parece un prodigio. Y así resulta que esta niña, que atiende al nombre de Julieta, ha aprendido a andar en el pasillo de un avión. 

miércoles, marzo 04, 2020

URBANIDAD


3/3/2019


La espléndida mañana de domingo nos ha llevado hasta las escalinatas de Montjuic, que hoy rebosan de visitantes que toman el sol o posan para los inevitables selfies y fotos de móvil con las fuentes en cascada al fondo o de espaldas a las magníficas vistas de Barcelona que se ven desde estas alturas. A mitad de la ascensión, por cierto, nos hemos encontrado con los amigos de Cádiz con quienes coincidimos en el vuelo. Han estado en el Caixafórum y nos recomiendan vivamente que visitemos lo que allí exponen: entre otras cosas, una exposición de Max Beckman, de quien nuestro interlocutor se confiesa admirador, hasta tal punto que nos dice que alguna vez ha intentado copiar alguno de sus cuadros. Pero C., que es nuestra guía y quien ha preparado el programa de actos, tiene otros planes: quiere que entremos en el Museo Nacional de Arte de Cataluña y que, antes de agotarnos ante la visión de todo lo bueno que allí guardan, veamos la exposición temporal, dedicada al pintor del siglo XV Bartolomé de Cárdenas, alias el Bermejo, de quien me veo obligado a confesar que nunca había oído hablar; lo que debería avergonzarme, porque es un pintor espléndido, muy superior a sus coetáneos, con muchos de los cuales se ve obligado a colaborar, en obediencia de las estrictas normas gremiales que regían su oficio y que no eran precisamente favorables a quienes, como él, llevaban una vida itinerante, de encargo en encargo. 

La exposición es muy didáctica y hace que los asistentes puedan reparar en el virtuosismo del pintor, que no sólo dominaba como nadie la nueva técnica de pintura al óleo procedente de Flandes, sino que se aplicaba con devoción, en los fondos de sus cuadros, a paisajes, escenas de género y detalles de la naturaleza que por sí mismas son ya pequeñas obras maestras. Vemos la exposición con detenimiento, como celosos de no perdernos ni un detalle, lo que hace que, cuando salimos de ella, no tengamos ya ganas, como preveía C., de visitar el resto del museo: apenas dedicamos unos minutos al ala dedicada a la pintura románica, que es impresionante. Y luego salimos a seguir disfrutando la mañana, o ya el mediodía, que, por contraste con el ambiente entenebrecido del museo, parece si acaso más espléndido. 

Volvemos al centro de la ciudad y nos tomamos unas cañas en la un tanto decaída Plaça de Castella, que C. nos dice que a otras horas del día suele estar muy animada. No es el caso. Tampoco la desangelada terraza en la que nos hemos sentado resulta especialmente acogedora, por lo expuesta a los vientos cruzados que atraviesan la plaza. También a los mendigos: uno de ellos, que sabe que no tenemos escapatoria, nos aborda y, con voz impostada, empieza a soltarnos de memoria un discurso en el que dice estar recogiendo fondos para no sé qué fundación que ayuda a los desamparados... La mentira es palpable y me pone todavía de peor humor del que ya estaba, por lo que lo interrumpo, diciéndole que no solemos dar dinero para esas cosas en la calle y que lo siento y que tal y cual... El pedigüeño se marcha con gesto ofendido, pero ahora quienes están de muy mal humor son M.A. y C., a quienes les ha parecido muy grosero el trato que he dispensado al mendigo, y molestado que yo empleara un plural que las incluía. "Yo estaba dispuesta a darle la calderilla que llevo en el bolsillo", me dice C. "¿Quién eres tú para hablar por mí?". ¿Qué puedo decir? Balbuceo que sólo pretendía defender nuestro rato de intimidad y no estar a la merced de los pícaros de la calle. Pero no arreglo nada. Y mucho me temo que, aunque luego aparentamos disfrutar mucho el almuerzo, que hacemos en un restaurante al que también nos ha querido llevar C., el malestar no ha terminado de diluirse.

Por ello, tal vez, después de almuerzo, digo que prefiero no regresar al hotel y que quiero aprovechar lo que queda de tarde para recorrer el Paseo de Gracia y ver los afamados especímenes de arquitectura modernista que la flanquean, entre ellos la muy conocida y visitada Casa Milá... Y en ello, y en volver al hotel dando un larguísimo rodeo que me lleva a la Sagrada Familia y luego a subir la Avenida Gaudí, empleo el tiempo que queda hasta la cena, que hacemos en un bar de barrio de la plaza Maragall, donde A., la pareja de C., que no sabe nada del incidente con el mendigo, cuenta que otro pedigüeño, al ver su atuendo inconfundiblemente punkie, lo llamó y le cantó, en señal de hermandad, no sé qué letra de esa cofradía, lo que hizo que A. lo invitara a una birra... C. Y M.A. me miran, sin decir nada, pero desde luego pensando que, sin pretenderlo, A. me acaba de dar una lección de urbanidad callejera. Tomo nota. 

martes, marzo 03, 2020

CAU FERRAT


2/3/2019


Hacíamos este viaje, en cierto modo, para huir de los carnavales y, miren por dónde, hemos acabado en los de Sitges, que no son menos zarrapastrosos ni insufribles que los de cualquier otro lugar del mundo. Nada más llegar al centro del pueblo, un pasacalles nos corta el paso. Íbamos con una marea humana que tampoco parecía dispuesta a detenerse, por lo que algunos se saltan limpiamente la barrera que formaban quienes querían ver el pasacalles. Fastidiado, uno de ellos se niega a ceder el paso a otro que pretendía cruzar la calle, lo que resulta en que éste lo embista sin más y el otro, humillado, lo insulte y le diga a gritos que le va a partir la cabeza... Por suerte, unos vigilantes de Protección Civil que andaban cerca han intervenido para abrir un pasillo y permitir que unos crucen la calle sin molestar demasiado a los otros. En estas circunstancias alcanzamos el Paseo Marítimo y nos hallamos ante la vista más famosa de Sitges, la que muestra la línea litoral cerrada al fondo por un promontorio dominado por el perfil de una iglesia: es la imagen que utilizan, por ejemplo, para el cartel del famoso festival de cine fantástico que celebran allí todos los años; con el añadido, eso sí, de la silueta de un gigantesco King Kong cerniéndose sobre el perfil de la mencionada iglesia.

Subimos hasta allí y visitamos los museos contiguos de Cau Ferrat y el palacio Miracel, que fueron respectivamente la casa del pintor Santiago Rusiñol y la sede de la colección de arte que el millonario Charles Deering encargó al entendido Miquel Utrillo. Entre los dos albergan unos excelentes fondos, que disfrutamos en exclusividad, porque se ve que quienes han venido a Sitges a disfrutar de los carnavales no están dispuestos a perder parte de la mañana visitando museos. Hay mucha pintura de Rusiñol, por supuesto, y de su amigo Ramón Casas -cuya pintura me interesa mucho más que la de Rusiñol, a quien admiro más como autor de ese espléndido dietario que tituló La isla de la calma-; hay también cacharrería variada, desde objetos de forja a cerámicas, pasando por biombos chinos, azulejos satíricos y pequeñas piezas arqueológicas. El conjunto es muy distraído y agradable y es un elocuente testimonio del entusiasmo que despertó aquel entonces desconocido villorrio de pescadores en todos aquellos estetas que, en la estela de los franceses de la escuela de Barbizon, buscaban un lugar donde pintar al aire libre y construir una especie de utópica hermandad de artistas bohemios. El pueblo, al que ese gesto de artistas puso en el mapa, les quedó eternamente agradecidos, hasta el punto de que podría decirse que el celo con el que cuidan estos museos es una muestra de ese agradecimiento.

Fuera sigue atronando el carnaval. Tomamos una cerveza en una terraza atestada de turistas de pésimos modales y luego buscamos un lugar un poco más recogido -cosa imposible- para almorzar. El camarero, que es de Córdoba, reconoce nuestro acento andaluz y nos saluda con la efusividad un tanto impostada de quien dice alegrarse de encontrar a un paisano. Eso no evita que el somero almuerzo nos cueste un ojo de la cara. Pero así son las cosas y hay que decir que no doy el día por mal empleado. En algún rincón de mi memoria visual, las nalgas de uno de los delicados desnudos de mujer que pintaba Casas parecen sonreírme. Es lo que me llevo de Cau Ferrat. 

lunes, marzo 02, 2020

DE LA VIDA Y LA MUERTE






2/3/2019


Por la mañana me llevan, a petición propia, a Els Encants, que es el Rastro de aquí, aunque concentrado en una especie de nave con cubierta futurista y no extendido por las calles de un barrio -para eso, me dicen unos amigos barceloneses, mejor el mercadillo de San Antonio, los domingos-. Pero lo que hay aquí me impresiona. Hay muchos tenderetes más o menos convencionales, de esto o de aquello; pero lo verdaderamente llamativo son los que se extienden sobre telas, a ras de suelo, en los que lo mismo se encuentran montañas de libros descabalados, como recién sacados de un vertedero, que piezas de artesanía, cuadros y marcos -muchos, de todos los tamaños y estilos, que me hacen lamentar que en este viaje no me sea posible comprar algunos y llevármelos a casa, para mis acuarelas-, espejos, baúles, ropa también como sacada de un contenedor, etcétera. El abigarramiento y la variedad son tan grandes que resulta muy difícil fijar la vista y escudriñar como es debido cualquiera de esas cornucopias. Aún así, en un desborde de libros localizo una antología de bolsillo de Maragall con prólogo de Pau Riba. De un gesto pregunto el precio al encargado del puesto, que está en el otro extremo. También de un gesto, me indica que le dé un euro. No me hace falta llevárselo: sin decirme nada, otro parroquiano lo toma de mi mano y alarga el brazo hasta alcanzar al destinatario de la moneda. 

Esa mañana me había dado cuenta de que me había dejado en casa el peine, lo que me preocupaba porque esa misma tarde tenía la presentación de mi libro y no me iba a ser posible poner un poco de orden en mis ingobernables greñas. "No te preocupes", me dice C. "En Els Encants venden de todo". No se refería, naturalmente, a que buscara un peine -al fin y al cabo, un artículo de aseo personal- en las montañas de detritos en las que quizá pudiera haber alguno, sino a que, en los pasillos laterales, hay también toda clase de pequeños comercios. Pero en ninguno, ay, había un peine; lo que hace que, a fuer de insistente, me ponga un tanto pesado. Finalmente, después de probar en una docena de comercios, ya fuera de Els Encants, damos con una franquicia de productos de aseo y belleza en el que me compro un magnífico peine "antiestático" -y, por tanto, apropiado también para la barba- por dos euros... "¿Ya estás contento?", me espetan casi al unísono mis poco piadosas acompañantes. Para compensarlas un poco, me dejo convencer para almorzar en cierto restaurante de pretensiones asíáticas -lo que es mucho decir, teniendo en cuenta la extensión del continente- que es muy del gusto de C. Ha sido una buena elección: la comida es ligera y digerible, lo que me permitirá llegar a la presentación de esta tarde en las mejores condiciones posibles.

Antes -lo olvidaba- habíamos paseado por el Parque de la Ciutadella, que es muy agradable y que tiene una terraza estratégicamente situada frente a la fuente monumental, lo que me permite dibujarla en mi libreta de apuntes, así como el quiosco de música. Y es durante estos menesteres cuando siento vibrar el teléfono en el bolsillo y recibo un mensaje de whatsapp en el que me comunican, sin entrar en detalles, la muerte de MJRdeA, una compañera que se jubiló hace apenas seis o siete años -y que, por tanto, no llegaba todavía a los setenta años de edad. Me entristece la noticia. 

MJ era un personaje singular: de un aplastante sentido común y muy seca de modales, como quien percibe la inutilidad de perder el tiempo con cortesías que quizá sus destinatarios no merecen; pero, al mismo tiempo, dotada de una insobornabla voluntad de ayudar al prójimo -que ejercía a varios niveles: desde la gente cercana a ella a los beneficiarios de las muchas organizaciones caritativas con las que colaboraba- y de un no menos insobornable sentido de la justicia. No iba a las comidas navideñas con los compañeros de trabajo, me dijo, porque entre sus compañeros había quienes se oponía a que se invitara a ellas a conserjes y limpiadoras. Con eso quedaba todo dicho. He de decir que yo debí de caerle bien desde el primer momento, hasta tal punto que casi me adoptó, facilitándome enormemente mi adaptación al nuevo destino y procurando que yo encontrara en él mi sitio. La última vez que me la encontré, cuando llevaba ya algunos años jubilada, me preguntó qué tal me iba... Le dije que bien, pero que quizá me aburría, por lo rutinario del trabajo, siempre igual a sí mismo año tras año. Me recomendó que me apuntara siempre a las tareas más difíciles, que pidiera tener a los alumnos más conflictivos, etcétera, porque lo que se conseguía en esos casos resultaba siempre muy gratificante... Debo decir que le he hecho caso sólo a medias. 

Y así, con la melancolía por la triste noticia, aún tuve tiempo de echar una breve siesta y prepararme para la presentación de Arabesco en la librería D. Es una librería muy cuidada, con fondos excelentemente escogidos y un acogedor espacio para presentaciones. Su encargado es un hombre pequeño y delgado, vestido con un impecable traje de paño verde que le da un cierto aspecto de hacendado inglés de hace cien años. Lleva, me dice, cinco años con esta librería. Y se ve que en ese tiempo se ha hecho, si no una clientela, sí una parroquia, como quien dice: a la presentación acuden, además de los amigos y conocidos a los que yo mismo he convocado, unas cuantas mujeres muy mayores, que se ve que son habituales de la casa y que quizá encuentran distraído pasar la tarde en esos actos de entrada libre. Una de ellas, me cuenta M.A., no paró de dar cabezadas durante toda la presentación; otra, que estaba sentada en primera fila y asentía elocuentemente a cuanto yo decía, casi se muere del susto cuando yo, animado por sus vehementes gestos de sintonía, me atreví a interpelarla directamente a propósito del asunto de uno de los poemas que leí, a saber: uno en el que mencionaba la recolecta de espárragos silvestres. La anciana asentía de tal modo que creí que, como me había ocurrido con otros espectadores de su edad en otras presentaciones, ella sabía a qué me estaba refiriendo y tenía experiencia propia al respecto... Pero no. Y casi me dio la sensación de que quizá se había sentido ofendida porque un extraño hubiera presupuesto que ella, habitante de un barrio acomodado de Barcelona, estaba familiarizada con aquella humilde labor de subsistencia.

Fue la anécdota de la lectura. Luego, en el turno de preguntas, el colega JCC aludió a la Cábala y yo, para estar en consonancia, hablé del Big Bang... Pero todo esto transcurría en un ambiente de distendida ironía y bajo la impresión de que el público no se había aburrido y que los poemas habían gustado. Eso sí; apenas se vendieron libros, porque algunos de los asistentes, los más entusiastas, ya lo tenían; y las señoras, por supuesto, no compraron, porque, si tuvieran que comprar un libro en todas las presentaciones, la distracción les resultaría ruinosa. 

sábado, febrero 29, 2020

LO DIVINO Y LO HUMANO


28/2/2019

En Barcelona. Hemos llegado al hotel un poco antes de las siete, después de un trayecto de casi dos horas en metro desde el aeropuerto. A las seis terminaba oficialmente la huelga parcial de los transportes públicos que ha tenido lugar estos días, no sé si por motivos estrictamente laborales o como protesta por el juicio a los políticos catalanes responsables de la fallida declaración de independencia de octubre de 2017. En todo caso, se ve que los retrasos han hecho que el público se haya acumulado en las estaciones y los trenes vengan atestados, por lo que resulta muy incómodo arrastrar además nuestras maletas. Aún así, encontramos espacio para comentar las incidencias del viaje, que hemos hecho en compañía de una pareja amiga con la que casualmente hemos coincidido en el aeropuerto. Él es también escritor y se muestra muy interesado cuando le digo que una de las cosas que me dispongo a hacer en Barcelona es presentar un libro, el último mío de poemas. De inmediato, me dice que irá. Pero luego se acuerda de que tienen entradas para el teatro y que seguramente no les dará tiempo a todo. Y como ve que tengo una bolsa de mano con libros, me pregunta si llevo el que voy a presentar. Le digo que sí y se lo presto. Lo ha leído durante el vuelo y luego me lo ha elogiado mucho y me ha dicho que se lo va a comprar y que incluso va a proponer su reseña en cierta revista literaria... Uno sabe ya -lo digo sin la menor acritud, desde luego- que estas efusiones no suelen conducir a nada. Pero me alegro de que el vuelo haya procurado un lector más a mi libro, aunque sea de prestado. 

Y en ese ánimo bienhumorado estoy, a pesar del cansancio del viaje en metro y de lo intempestivo de la hora -no puede decirse que hayamos almorzado-, cuando un cartel escrito en un folio en la baraja echada de un local comercial me hace sonreír: "Cerrado por tema de obras". No se podía decir peor, ni más castizo. Luego, cuando C. me comente, en un bar de barrio la avenida de Maragall, las ideas sobre pintura que anda madurando estos días, y su convicción de que el arte tiene alguna relación con lo divino -yo le aconsejo que utilice las palabras "trascendente" o "sagrado", menos comprometedoras-, me acuerdo del brutal y rebuscado vulgarismo al que me he referido antes e inevitablemente me siento resbalar como por una especie de tobogán en espiral: de lo divino a... lo puramente humano, si es que ambas cosas pueden distinguirse netamente. 

jueves, febrero 27, 2020

UN HOMBRE CON UNA HISTORIA



26/2/2019

A este empleado de correos se le oye en toda la oficina, lo que quizá va en detrimento de la confidencialidad que para sí quisiera el remitente del envío que está gestionando. No lo hace con mala intención: es un hombre amable y servicial, y quizá lo que le pierde es la puesta en escena: le gusta poner en valor las complejidades del servicio, hacer notar que ha previsto todas las dificultades, mostrar que, en lo que de él depende, no va a haber información que el cliente no reciba ni riesgo del que no haya sido advertido. El cliente quiere enviar una caja a Ecuador. No sé si será natural de ese país: de su acento sólo puede colegirse que no es andaluz, porque pronuncia suavemente las eses finales y no acusa ese desgarro en el habla que muchos creen obligatorio impostar cuando saben que hay desconocidos oyéndolos. Habla, más bien, con exquisita discreción, como para compensar el tono campanudo del que hace gala su interlocutor. Que le ha preguntado qué hay en la caja, a lo que el hombre ha respondido que ropa y juguetes. "¿Cómo cuánta ropa?", insiste el otro. "Diez, doce ropas", dice el cliente, poniendo una nota anómala en su castellano hasta ahora perfectamente neutro. "¿Y cuánto cree que valen?", insiste el empleado. "No sé... 300 dólares". "Pongo entonces 180 euros. ¿Y qué juguetes?". Aquí el hombre parece azorado. "Dos juguetes nada más". "¿Muñecas?" "No, no. Un coche radiodirigido y otros coches... de jugar nada más" -y al decir esto último hace el gesto de empujarlos él mismo sobre una superficie, dando a entender que se trata de coches sin automatismos que los muevan. Aquí el empleado se queda pensativo. "¿Cuánto pongo esta vez?", pregunta. "40 euros". "¿Y lleva baterías el coche teledirigido?". El hombre duda. "Lleva un par de pilas corrientes, de las que se compran en el Mercadona". "Sí, eso también lo llamamos baterías. ¿Van puestas o las lleva aparte?". El hombre no se acuerda y el empleado le sugiere que abra el paquete y lo compruebe. "Es que, si van sueltas y las detecta el escáner del aeropuerto, es muy posible que echen para atrás la caja, por motivos de seguridad". Efectivamente, las pilas, con su envoltorio del supermercado, iban aparte. El empleado sugiere que es mejor que envíe el coche sin pìlas, para evitar complicaciones, a lo que el hombre asiente con gesto de resignación, como previendo la desilusión del receptor del juguete cuando compruebe que no funciona y que hay que cumplir primero el engorroso trámite, quizá demasiado oneroso para él, de ir a comprar unas pilas. El empleado parece comprender esa desazón y se extiende en explicaciones: "Nosotros no somos tan exigentes, pero los del aeropuerto de Barajas...". Y aquí el cliente hace una observación sorprendente: "No, si yo a quienes temo es a los del aeropuerto de allí...". No especifica nada más, pero el empleado ha entendido perfectamente por dónde van los tiros. "Nosotros le damos un código con el que puede hacer el seguimiento de su envío... hasta que llegue a Ecuador. Ya allí, no nos hacemos responsables. No por nada: es que ni siquiera hay retorno de información." A saber qué oscuras realidades asocia el remitente de esas ropas y juguetes al extraño tecnicismo que acaban de endilgarle. Pero parece sentirse aliviado de que el interrogatorio haya llegado a su fin. Paga la tarifa, recoge su tique y se va. Y ninguno de los que hemos esperado más de veinte minutos a que terminara el engorroso trámite nos hemos atrevido a protestar por la demora o hacer demostraciones de alivio por que haya terminado. Seguramente todos pensamos que ahí va alguien que tiene a sus espaldas una buena historia que contar, y que lo que involuntariamente nos ha dejado entrever de ella no es más que un capítulo. 

martes, febrero 25, 2020

LABORABLES


25/2/2019


Tarde de domingo, que para nosotros es ya laborable, por lo mismo que la del viernes es ya plenamente festiva. Empezamos a planteárnoslo así cuando descubrimos que era la mejor manera de conjurar esa especie de opresión en el pecho que se instala en el ánimo de uno apenas se sobrepasa la sobremesa del domingo. Nunca he sabido explicarme a qué se debe ese malestar: atribuirlo sólo a que el fin de semana termina y hay que volver al trabajo resultaría excesivo. Además, también sucede en vacaciones, lo que ya resulta el colmo de lo inexplicable. 

El caso es que me he sentado ya ante el ordenador y paso revista a las cosas en las que podría ocuparme en las próximas cuatro o cinco horas... Dije antes "tarde laborable" y quizá debería haber dicho que, salvo urgencias sobrevenidas -por ejemplo, cuando hay exámenes que corregir-, el trabajo que hago en casa por las tardes se refiere exclusivamente a la literatura y a sus áreas aledañas. Y en ese campo, salvo cuando uno anda empeñado en un proceso de largo aliento, hay siempre opciones diversas, lo que a veces redunda en una improductiva sensación de dispersión, que es necesario atajar poniendo manos a la obra a lo primero que se presente ante uno con la suficiente pertinencia. Hoy, por ejemplo, se me ofrecen todas estas posibilidades: escribir en este cuaderno -ya lo estoy haciendo-, revisar unos apuntes portugueses para su posible envío a la revista Clarín -y me estoy planteando si atreverme a ilustrarlos yo mismo, aprovechando que el director de la revista me animó a hacerlo después de ver en FB unos bosquejos míos-, continuar la lectura exploratoria -quiero decir, calibrando y anotando posibles dificultades- del arduo poema narrativo que me han encargado traducir, revisar mis libretas por si hay en ellas algo aprovechable -ideas para poemas o aforismos-, quizá escribir algo sobre Stanley Donen, que murió ayer... Demasiadas cosas, me digo, para una sola tarde. Asoma ya la oreja el fantasma de la dispersión, que me llevará a lo más sencillo: a tumbarme en el sofá con la fotocopia del mencionado poema en la mano y dejarme llevar por la lectura. No sé. Casi estoy deseando ya empezar la traducción propiamente dicha, que me tendrá varios meses sujeto a una única tarea. Pero, por lo mismo, ¿no debería esmerarme en sacar el mejor partido posible de estas tardes en las que todavía puedo elegir? 


*

En las mañanas frías de invierno hay quien fuma como si pretendiera absorber, a chupadas, la mota de calor que brilla en la punta del cigarrillo. O, si no ha amanecido aún, para avivar un poco la brasa y así iluminarse un poco en la oscuridad.


*

Cuando no parece que haya objetos metálicos a su alcance, las urracas se divierten persiguiendo los destellos del sol en el asfalto y graznan de alegría cuando uno resulta ser, por ejemplo, la anilla de apertura de una lata de refresco... Quiero decir que, como siempre van de dos en dos, la primera grazna de alegría y la otra de pura envidia por no haber sido ella quien encontrara ese tesoro. Y qué humana la diferente modulación de ambos graznidos. 

sábado, febrero 22, 2020

BENITO ARIZA


21/2/2019

Preguntó ese chico por "Benito Ariza" y entendí que era a mí a quien buscaba. Lo mandaban del periódico a hacerme la foto por el acto literario al que había venido a participar. Sí, dije, dando por bueno tener el mimo nombre de pila que Pérez Galdós, por ejemplo, a quien me permití sacar a colación cuando me preguntaron por mis narradores preferidos y no se me vino a la cabeza -y fue una lamentable laguna, qué duda cabe- ningún otro nombre más reciente; y eso que -me dije luego, podía haber nombrado los títulos de las novelas que me gustan de ... Pero qué se puede esperar de alguien que se llama Benito Ariza. "Póngase usted ahí", me dijo el muchacho, a quien calculé que no debían de haber pasado muchos años desde que terminó el módulo de formación profesional en el que le han enseñado el oficio. "No sonría". Era una indicación extraña: lo normal es que te pidan que sonrías, aun a riesgo de que te salga una mueca antes que una sonrisa. Este chico me pidió justo lo contrario. Y la verdad es que, al verme al día siguiente en el periódico con cara de muy pocos amigos, me dije: "Sí, tenía razón: éste sí soy yo".


*

Me han preguntado más de una vez que por qué no he publicado ninguna otra novela desde 2011, cuando apareció la última, y he respondido con diversos subterfugios y alguna que otra media verdad. Es cierto, por ejemplo, que tengo un par de borradores guardados, que podría dar por ultimados tras unos meses de trabajo, si me lo propusiera. Pero lo que no cuento es que, si no he persistido tras cinco novelas, es porque estoy convencido de que, después del cierre de la editorial que me publicó las tres últimas, me será muy complicado encontrar un editor que respalde, no ya la edición de esta o aquella novela en particular, sino de un proyecto narrativo coherente que se extienda a lo largo de unos cuantos libros y los años que haga falta para ultimarlos. No me importa decirlo: no he encontrado a ese editor y desespero de hacerlo. Así que, si en alguna otra ocasión alguien me oye andarme por las ramas a la hora de justificar mi sequía narrativa, le autorizo a que me recuerde lo que dejo aquí escrito: "Menos bolos, Benito Ariza: si no publicas novelas es porque no tienes quien te las publique". Y santas pascuas.


*

De la cama doble de la habitación del hotel sólo he deshecho una de las mitades. De la otra sacaré una foto, por si alguna vez, a las puertas del cielo de los virtuosos, me reclaman pruebas de lo que en el fondo no ha sido sino pura aceptación de los hechos. 

miércoles, febrero 19, 2020

TINTE NEUTRO



18/2/19

Toma uno el tren una mañana ociosa y, al bajarse en la primera parada, a diez minutos de donde vive, tiene la impresión de estar en otro mundo. Quiero decir que pueden contarse con los dedos de una mano las ocasiones en las que me ha dado por pasear por las calles de este municipio vecino, pese a que lo que conozco de él -su larga calle principal, flanqueada de casas blancas de cierto empaque y adornada con algún que otro aditamento de lo que fue modernidad hace medio siglo (una populosa cafetería, la fachada de un viejo cine), su imponente ayuntamiento neoclásico- siempre me ha parecido que justificaba una visita más detenida. Ayer fue el momento. Teníamos pendiente la celebración, con unos días de retraso, de mi cumpleaños; y habíamos visto en televisión un reportaje sobre una antigua venta del lugar que es toda una leyenda en el mundo del flamenco y que, por lo que se decía en ese programa, conserva una estimable cocina tradicional. 

Heme aquí, pues, haciendo turismo a diez minutos de mi casa. Me pareció un buen presagio que, nada más bajarme del tren, en la alameda que se extendía ante mí se ubicara un modesto mercadillo en el que también había libros, aunque ninguno que mereciera la pena echarse al coleto; y que, en la calle comercial que enfilamos a continuación, hubiera una tienda de artículos de dibujo y pintura -me quedaría corto si la llamara "papelería"- en la que pregunté por un color de acuarela que no tengo y que allí casualmente tampoco tenían, pero que sirvió de pretexto para que el encargado me ilustrara sobre las marcas que incluyen dicho color -el "tinte neutro"- en su catálogo y las utilidades del mismo, mientras una atareada concurrencia de adolescentes, en la trastienda, se aplicaban a pintar bajo la batuta del hombre que ahora me atendía y cuyo comercio me he prometido frecuentar... En esta clase de menesteres distraemos el trayecto hasta la calle principal, en una de cuyas terrazas nos sentamos, no sin antes asomarnos a la otra vertiente del pueblo, al otro lado de la calle, tras la que asoma aquí y allá algún que otro atisbo de las marismas circundantes. Hablamos de ese paseo mientras bebemos nuestra cerveza y hacemos tiempo hasta la hora en la que tenemos mesa reservada en la venta en cuestión. A la que llegamos, por supuesto, puntualmente, y donde nos tratan con cordialidad exquisita y nos sirven un estupendo almuerzo.

Y así ha pasado lo mejor del día, hasta que la tarde nos ha empujado a tomar la última copa ya cerca de casa, bajo una luz declinante que infundía en el ánimo cierta melancolía ante la constatación de que pasarán semanas o puede que meses antes de que el azar lo sorprenda a uno de nuevo en esta predisposición a reinventarse el entorno, a apreciar matices distintos en lo cercano, a redescubrirse. 

domingo, febrero 16, 2020

¿SON USTEDES MÉDICOS?



15/2/2019

Se nos ha descontrolado la conversación durante el desayuno: este compañero mencionó sus aprensiones respecto a la Dormidina, de la que se declara semiadicto, y yo acabo mencionando la afición que le he ido tomando a lo largo del último catarro al jarabe de codeína. Y de ahí, sin que sepamos cómo, la conversación ha pasado al vampirismo y a la posibilidad de que la seguridad social lo considerara una enfermedad... ¿Qué tratamiento daría el sistema público de salud a los vampiros? ¿Les proporcionaría sangre procedente de las transfusiones? Somos cinco en la conversación y parece que estamos en una competición para ver quién dice el disparate más gordo. Y no nos hemos dado cuenta de que en la mesa contigua desayuna una silenciosa pareja de ancianos que deben de haberse enterado de todo. Cuando se levantan para irse, la mujer, que debe de rondar los setenta años, nos pregunta si somos médicos. Uno de mis compañeros titubea: "Sí, bueno...". Pero ella no parece advertir la vacilación: "No, ya me lo había parecido, por la conversación. Pues verán, sólo quería decirles que mi padre -y señala al otro anciano, del que ahora percibimos que debe de ser mucho más viejo que nuestra interlocutora- se operó del corazón hace treinta años y desde entonces está como ustedes lo ven: como un roble". Y, efectivamente, el anciano que ahora nos sonríe y que declara tener noventa y cinco años luce un inmejorable aspecto. "Sólo quería que ustedes lo supieran". Y se van, dejándonos sumidos en cierta divertida confusión. "Se correrá la voz entre el resto de la clientela", dice uno de mis compañeros, el mismo que respondió afirmativamente a la pregunta sobre nuestra profesión. "Mañana, cuando nos vean entrar, dirán: "Ahí están los médicos"."

sábado, febrero 15, 2020

CONFIDENCIAL

14/2/2019

Debe de ser la hora del desayuno en alguna escuela de azafatas de congresos o algo similar. La cafetería está casi copada por grupos de muchachas característicamente vestidas y maquilladas como suele exigírseles a las del ramo. Lo que les presta una especie de aplomo añadido: viéndolas aquí sentadas, en la terraza, delante de sus cafés y mordisqueando delicadamente las tostadas como si la mantequilla fundida no les fuera a manchar el carmín impecable de los labios, da la impresión de que disfrutan su papel, o que al menos se sienten cómodas bajo su armadura. También yo me siento a gusto en esta atmósfera de feminidad resolutiva y eficiente; y, por qué no decirlo, bajo el aura de su juventud y belleza. Intuyo que la vida las tratará con dureza; que ellas mismas, que ahora parecen tan bien avenidas, serán dentro de poco, si es que no lo son ya, competidoras entre sí para disputarse las migajas de empleo que les ofrecerán los buitres que las acechan fuera. Tal vez recuerden entonces que, en mañanas como ésta, bajo un grato sol de invierno, se sintieron motivadas, ilusionadas, seguras de sí mismas, sin advertir siquiera que, emboscado tras su bufanda y sus barbas descuidadas, un cincuentón melancólico las miraba y formulaba para ellas, como si rezara a un dios inexistente, el deseo de que la vida les sonriera.



*

Comienzo a leer... No puedo decirlo, porque es una obra que me dispongo a traducir y media con quienes han recurrido a mis servicios un compromiso de confidencialidad. Pero no puedo dejar de anotar que se trata de una muy extensa obra en verso y que me tendrá ocupado en los próximos dos años. Tal vez me sirva para limpiarme de otras preocupaciones adventicias y para disipar mi actual sensación de dispersión. Y, además, es una obra que me gusta mucho.  

miércoles, febrero 12, 2020

UNA MAÑANA CUALQUIERA


El leve portazo de M.A. al salir ha terminado de despertarme. Es domingo y son sólo las ocho de la mañana. Ella tiene obligaciones familiares y yo tengo por delante una larga jornada llena de ocupaciones que, según como uno se las quiera tomar, pueden ser consideradas trabajo o diversión. La primera la despacho sin levantarme: leo las treinta páginas que me quedan de Una cierta edad, los dietarios de Marcos Ordóñez que me han encargado reseñar y sobre los que escribiré esta misma tarde. Tengo hoy un despertar espeso, resultado quizá de la copiosa cena de anoche; pero la lectura me despeja e incluso me depara esa curiosa sensación, que no pertenece al ámbito de la apreciación puramente literaria, de despertar en mí algún eco cordial: por ejemplo, al evocar el autor sus recuerdos del periodista y caricaturista Manuel del Arco (1909-1971,según Wikipedia), que el diarista cita entre sus referentes periodísticos y también como alguien ligado a su memoria sentimental. Lo que me recuerda cómo llegó a mis manos su libro 101 interviús por las buenas, que incluye también otras tantas caricaturas de los entrevistados: lo encontré en el más infecto remate de libros en el que me he metido de codos alguna vez. en el contorno de la plaza de abastos de Cádiz: ocupaba el local de un antiguo bar que llevaba lustros cerrado y que nadie se había molestado en limpiar antes de volver a abrir para albergar unas someras tarimas sobre las que el vendedor en cuestión volcó unos miles de libros previamente desechados por otros vendedores del ramo. Entre allí tres o cuatro veces, bajo la convicción de que entre tanto libro descabalado y semideshecho por la humedad e incluso roído de ratas no podía dejar de haber alguno valioso. Y allí estaba el de Del Arco, en bastante buen estado -salvo por la sobrecubierta, algo rasgada- y pleno de vidas singulares, de famas hoy olvidadas -quién se acuerda, por ejemplo, de Matilde "La Galleguita"- y de otras no tanto -Álvaro de Laiglesia, el modisto Pierre Cardin, el cineasta José Luis Sáenz de Heredia, etcétera-. Las entrevistas, como muy bien explica Ordóñez en su semblanza del libro recordado, eran rápidas y exigían de los entrevistados respuestas breves y certeras, de no más de dos líneas. Luego, explica Ordóñez, el periodista daba sus notas a leer al entrevistado y, si éste estaba de acuerdo, la entrevista la firmaban los dos. No me ha quedado claro si la caricatura también se hacía en el momento y el modelo había de dar también su visto bueno. Y así es como este periodista asentó una fama que intuyó no lo convertiría en un hombre rico, y quizá más bien lo abocara a ese malvivir a fondo perdido que era el estado natural de los del gremio.

Y ésta ha sido la alegría cordial que me ha deparado mi lectura mañanera. Luego me he ocupado de ordenar la casa, me he duchado y he salido a dar una vuelta por el mercadillo de El Porvenir, donde no he encontrado cosa que mereciera la pena, salvo un buen lote de películas antiguas en DVD sin estrenar -tenían todavía el envoltorio de celofán- a razón de tres discos por dos euros y a dos películas por disco -se trataba de una de esas colecciones de "clásicos" que regalaban con los periódicos hace dos o tres lustros-. Con mi botín de películas, he vuelto a casa y he esperado a que M.A. volviera del hospital, donde ha estado acompañando a su madre. Y así ha transcurrido esta plácida mañana; que además -no lo he mencionado-  ha sido la del día de mi cincuenta y seis cumpleaños. (11/2/19)

sábado, febrero 08, 2020

ADICCIONES

7/2/2019

El prospecto dice claramente que el tratamiento no debe prolongarse más de tres días. Pero me hace tanto bien dormir sin la molestia de la tos que le he cogido afición a la cucharada de jarabe de codeína antes de acostarme, a la que también atribuyo un grato efecto adormecedor.  ¿Estaré desarrollando una adicción? Miro el inocente frasco y su viscoso contenido con sabor a caramelo de fresa y me digo que no será para tanto. Y me siento más culpable por la autoindulgencia que por el vicio en sí.


*

El amigo P. ha escrito un libro elocuente y brillante, de los que no se pueden leer sin experimentar esa especie de sacudida del ánimo y la inteligencia que provocan las ideas certeras expresadas con pasión. Pero una cosa es el teatro mental en el que tienen lugar estos fastos del intelecto y otra la viva voz, la obligación de glosar el contenido de lo ya brillantemente expresado ante un público al que, además, no se quiere ni decepcionar ni aburrir. Es lo que ocurrió el otro día en la presentación pública del libro: P. se refirió, en términos coloquiales, de andar por casa -el lenguaje que emplea en sus libros es también diáfano, pero no condescendiente-, a su preocupación por la situación espiritual del hombre contemporáneo en un entorno de trampantojos urdidos por máquinas pensantes; e inmediatamente salta, entre el público, quien le espeta que eso no es así, que hay jóvenes que... etcétera. Y la verdad es que no hay modo de rebatir ese argumento particularizado, al que se suman otros, hasta que la presentación se convierte en un debate un tanto acalorado y en el que se diluye la posibilidad de que P. logre definir las líneas de pensamiento que sustentan su magnífico libro. Lo paso mal oyéndolo, y como he arrastrado conmigo a varios conocidos a quienes he recomendado encarecidamente el libro, y estoy viendo que se están formando una opinión equivocada, termino preguntándome si acaso estos actos promocionales no terminarán siendo en algunos casos contraproducentes; si merece realmente la pena avenirse a contar de viva voz y de modo más o menos improvisado lo que uno ha dedicado meses o años en intentar expresar por escrito del modo más ajustado posible. Pero el mercado literario tiene estas servidumbres; y qué autor, sabiendo que una  pequeña gira promocional puede contribuir en alguna medida a engordar las siempre magras cifras de ventas, renuncia sin más a ese innecesario complemento a su labor. Etcétera.


*

Nunca paso más frío que cuando me empeño en aprovechar ese sol matinal que apenas calienta, pero que aporta sin embargo al ánimo la certeza de que las estaciones no se definen tanto por la meteorología como por la luz; y que, por ello, la primavera no empieza a finales de marzo, como dicta el calendario, sino dos meses antes, cuando las tardes empiezan a alargarse y florecen los almendros y las retamas.