viernes, octubre 24, 2014

DÍAS DE HOSPITAL


Es difícil escribir sobre hospitales: se empieza queriendo ser Thomas Mann y se acaba en un tremendismo que no casaría mal con ciertos elementos de la ciencia ficción distópica -algo a caballo, en fin, entre Cela y Huxley, con algún toque de cómic siniestro-.

***

En los hospitales no es que se respire irrealidad: es que termina uno preguntándose si la realidad no será eso; y todo lo demás -el aire libre, la gente que va a trabajar, las calles bulliciosas- una minuciosa fantasía irrealizable.

***

En los hospitales a todos nos hablan de tú.

***

En los hospitales uno termina acatando la autoridad de todo el que lleva una bata con membrete; incluso la de las limpiadoras.  

***

La luz de los hospitales siempre es la de un país con restricciones eléctricas permanentes.

***

Lo leído en un hospital permanece siempre en la memoria como parte de los recuerdos de la estancia de uno allí. Y rara vez vuelve uno sobre esos libros, como si se les hubiera pegado algo. 

***

Acompañar a un enfermo es hacer una especie curso intensivo sobre el dolor, que nunca cualifica del todo para pasar un hipotético examen sobre la materia, pero proporciona un amplio conocimiento de la casuística pertinente.

***

Incluso en una democracia laica, no estaría de más que en los hospitales se habilitara un lugar para rezar... oraciones laicas, por ejemplo.

***

El enfermo reciente siempre se siente víctima de una broma pesada; el crónico, de una fatalidad; el agotado, de su biografía.

***

Cuando los médicos te preguntan por las enfermedades de tus parientes, es como si encendieran una vela en el altar del determinismo.

miércoles, octubre 15, 2014

LLUVIA

La idea inquietante de que el poder político pudiera estar, no ya, como suele pensarse, en manos de simples arribistas sin escrúpulos, sino de enfermos o locos. Desde luego, eso explicaría el carácter deshilvanado y caótico de los acontecimientos que dependen, en último término, de decisiones políticas. Aunque, bien mirado, es la propia realidad, en general, la que suele comportarse al margen de toda lógica. La política, si acaso, no hace más que añadir un cierto énfasis dramático a ese desorden primordial. Y lo hace más aterrador, si cabe.

***

Más que un fenómeno meteorológico, la lluvia es un lugar... portátil y ambulante, como una feria o un circo en los que la principal atracción fuera la melancolía.

***

Ni siquiera los niños lo son del todo en un día de lluvia. La lluvia siempre presupone haber envejecido lo suficiente como para que toda esa región ensombrecida quepa en el recuerdo.

martes, octubre 14, 2014

LA TORMENTA


Por la mañana todavía pudimos pasear por la playa y hasta bañarnos. Pero por la tarde se abatió sobre nosotros una espectacular tormenta eléctrica, seguida de un aguacero que dejó una cumplida alfombra de agua en nuestro dormitorio antes de que atinásemos a cerrar el balcón que llevaba abierto sin interrupción cuatro meses y comprobásemos que, en el intervalo, las baldas de la persiana se habían descuadrado y no había manera de hacerla bajar del todo... El invierno siempre trae consigo una implícita amenaza de catástrofe doméstica, así como un presagio de enfermedad de las vías respiratorias. Por la noche, la garganta inflamada. Por obra, sí, de las cervezas frías ingeridas al mediodía, pero ya es casualidad que éstas me hagan daño justo en este día en el que parece consumarse oficialmente la llegada del mal tiempo. Para la que uno, como para la infelicidad, nunca se encuentra del todo preparado.

***

Cuando corriges las pruebas de un libro, siempre hay un momento en el que éste se te descompone literalmente ante tus ojos: uno no ve más allá de las enmiendas y tachaduras, y parece ya demasiado tarde para evitar el desaguisado. Es una impresión errónea, claro. No hay error que no sea subsanable en esta fase, y posiblemente muchos de los que te quitan el sueño pasarían absolutamente desapercibidos para la mayoría de los lectores si el libro se imprimiera tal cual sale en las primeras galeradas. El origen de la inseguridad es otro: posiblemente, esa voz que, desde un poco más allá o más acá de tu capacidad de entusiasmo, te recuerda que acaso sería mejor o más sensato fundar tus ilusiones en... otra cosa menos volátil.

***

La gata y el perro de C. han alcanzado ya la fase en la que consiguen estar prácticamente uno al lado del otro y, sin embargo, fingen ignorarse mutuamente. Lo que, bien mirado, hace presagiar que su convivencia será tan duradera, al menos, como todas esas espléndidas relaciones humanas que se basan en la perfecta indiferencia recíproca.

viernes, octubre 10, 2014

CICLOS

El sol ha sido siempre el mismo, como también lo han sido los verdes de la vegetación, los pardos de la tierra y el amarillo sucio del río. Sin embargo, no los ve uno hoy igual que ayer. Mis recuerdos de, pongamos, treinta o treinta y cinco años atrás tienen color de película quemada. Tanto, que estoy convencido de que no se trata de ninguna engañosa asociación de ideas, sugerida por la tonalidad de las fotografías de entonces, sino de una cualidad real de las cosas. Y eso es quizá lo que más me ha emocionado de La isla mínima, el sobresaliente thriller de Alberto Rodríguez: que las imágenes tienen la tonalidad exacta de mis recuerdos de ese tiempo. Esos coches, esas paredes desconchadas, esos muebles de pobre, esas panas parduzcas, esas caras con aspecto de oler a loción de afeitar barata... Un cierto desaseo, que se extiende también al aspecto moral. Y una impresión general de desamparo, como si esa decoloración a la que aludíamos antes obedeciera a un exceso de exposición a una luz quizá demasiado inclemente. Años finales de mi adolescencia sin perspectivas. He intentado escribir sobre ello -ahí está mi novela Vida nueva, la más desolada de las tres que componen mi trilogía-; he encontrado atisbos de esa misma pesquisa en las novelas de otros -la que acabo de leer de Pedro Sevilla, Los relojes nublados, por ejemplo-; y me alegro también de que empiece a ser objeto de la atención de los cineastas del día. Parece que han pasado ya los tiempos en que el único acercamiento posible a esos años difíciles era la proclama exaltada o los planteamientos maniqueos. Lo bueno y lo malo andan inextricablemente mezclados cuando el vivir transcurre por esos derroteros ambiguos, indecisos, revirados. Y hemos aprendido a aceptarlo, quizá porque el ciclo, por motivos que no viene al caso mencionar, vuelve a iniciarse.

martes, octubre 07, 2014

CÓMPUTOS

Recibo las primeras pruebas de mi inminente libro sobre Poe. Dudas de última hora. ¿He escrito un libro académico o un ensayo literario? No lo sé. Si acaso, un trabajo académico en el que me he implicado personalmente tanto como en otros libros  míos de carácter más íntimo o biográfico; y en el que me extiendo, por tanto, sobre cuestiones personales y literarias que también me atañen, y mucho: la naturaleza de la creación poética, por ejemplo; la relación de un escritor con sus modelos y maestros; o la cuestión de en qué consisten el éxito y el fracaso cuando lo que importa no es sólo el beneficio material o la repercusión mundana, sino otros empeños cuya índole resulta indescifrable incluso para la persona que los asume. Trescientas y pico documentadas páginas ¿sobre qué? Sobre todo y nada. Y una extraña satisfacción, que conlleva también una todavía no del todo bien asumida sensación de vacío, al ver el trabajo terminado.

***

Igual que para el cálculo del producto interior bruto computan las rentas devengadas por el tráfico de drogas y la prostitución, deberían contarse también los réditos atribuibles al esfuerzo desinteresado y gratuito. ¿Cuánto aportan a la riqueza general del país los libros escritos a cambio de nada, las horas dedicadas a la lectura provechosa, los miles de pequeños intercambios inmateriales con los que mutuamente nos enriquecemos quienes disfrutamos con estas cosas? Puede que muy poco, en comparación con, pongo por caso, las rentas generadas por el tráfico de hachís o los favores de pago en las cunetas. Pero seguro que todo ese tiempo vale algo, como lo vale el que pasamos contemplando las musarañas en una terraza a cambio del precio de la consumición... Sí, quizá esa medida valdría: tasar todo ese tiempo según el coste medio del minuto en una cafetería sin muchas pretensiones y con vistas a un paseo distraído.

lunes, octubre 06, 2014

RISTRAS

Mientras leo en un banco público, a la sombra de un olivo sin podar que casi invade con su fronda el espacio disponible, un gallo surgido de la parcela de detrás se encarama al árbol y cloquea en un inconfundible tono de indignación, como molesto por la presencia del extraño sentado a sus pies. Luego salta del árbol, rodea el banco y se pierde entre los hierbajos de otra parcela, para reaparecer orgullosamente, después de haber dado toda la vuelta, en la acera opuesta. Sin duda se ha escapado de su gallinero. Temo que lo atropelle un coche, o que tenga un mal encuentro con alguno de los gatos cimarrones que abundan por los alrededores. Pero no. Prosigue su marcha majestuosa, con movimientos de juguete mecánico, hasta que lo pierdo de vista definitivamente. Se ve que venía a pegar la hebra, como hacen a veces los viejos que se me acercan en la plaza. Y que le debo de haber parecido un estirado.


***

Pasamos la tarde ayudando a este amigo a enristrar pimientos. Baroja empleaba el verbo "enjaretar" para referirse a la habilidad de engarzar palabras en un escrito. Y algo de eso hay en esta manera nuestra, improvisada y sin método, de atar ñoras por el rabo.

miércoles, octubre 01, 2014

ROMÁNTICO

Fue una disentería lo que llevó a Coleridge a tomar la dosis de opio que le deparó, en sueños, el poema "Kubla Khan", y con él su obsesión de por vida con la naturaleza de la creación poética y la Imaginación, esa potencia cuasi-divina por la que "la mente finita repite el eterno acto de creación del Yo-Soy infinito". Pequeñas causas -un penoso desarreglo digestivo, en este caso- producen a veces grandes efectos. Lo que, bien mirado, no es tan extraño: nunca vuela la mente tan alto como cuando se espanta de estar sujeta a ciertas penalidades del cuerpo.

***

Puede que todo el Romanticismo, en fin, no fuera más que el fruto de un empacho. 

***

Pensar, por ejemplo, que, cuando nos admiramos o espantamos de las extravagancias en las que incurre cualquier cantante de rock, estamos siguiendo la estela del culto a Byron; o que nuestras melancolías de adolescente -que son también las del adulto inmaduro- son las del joven Werther; o que nuestra fascinación por el talento precozmente malogrado es la que sintió Shelley ante la muerte de Keats... Somos románticos incluso a nuestro pesar. Y lo somos, sobre todo, cuando incurrimos en llamativas protestas de ser todo lo contrario.

martes, septiembre 30, 2014

EMPATÍAS


Retrospectivamente, poco o nada podríamos reprochar a algún hipotético español clarividente que, a finales de 1933 o principios de 1934, hubiera solicitado a la Sociedad de Naciones, pongo por caso, la suspensión de su ciudadanía y la exención, por tanto, de cualquier responsabilidad material o moral en lo que iba a venir después. Muchos se ganaron dolorosamente ese derecho a toro pasado, cuando ya no había modo de eludir las dudas sobre sí, al menos por omisión, no eran ellos también culpables de lo sucedido. Está por regular este derecho a apearse de un tren que avanza a toda máquina hacia una colisión segura. Yo, al menos, lo reclamo.


***

Era tan celoso de su tiempo, y hacía tantos aspavientos al respecto, que todo el mundo empezó a sospechar que no hizo jamás nada con él que mereciera la pena.


***

La empatía entre escritores es de dos clases: la de quien admira sinceramente la obra de otro, por expresar ésta con acierto preocupaciones o aspiraciones que el primero siente también como propias; y la de quien, simplemente, al margen de lo escrito por el otro, siente simplemente que las desventuras de éste hacen un poco más tolerables las suyas.  

lunes, septiembre 29, 2014

BODEGONES




Me paro ante la escuálida sección de poesía de este supermercado de libros. Por supuesto, no tienen ninguno mío, pero no me consuela que tampoco tengan nada de otros poetas de mi quinta más conocidos y con publicaciones más recientes. Me aburro pronto, en fin, ante esta decena escasa de estantes de los que casi uno entero está dedicado a Benedetti. También me aburre el resto: todo previsible, flamante, insultantemente dispuesto como si quien dirige el cotarro tuviera unas ideas muy precisas, y más bien poco halagüeñas, sobre los gustos de la clientela... Le digo a M.A. que decididamente lo mío son las librerías de viejo: esos libros que, al tocarlos, dejan un poco de roña en las manos y una especie de grata expectativa en el ánimo.


***

Gran afluencia de pintores y fotógrafos en el concurso de "bodegón al aire libre" y fotografía que hemos organizado en el barrio. También algunos curiosos, como yo. Amenaza lluvia y un viento racheado e ingrato sacude de vez en cuando los caballetes o trastoca las agrupaciones de objetos que los pintores han dispuesto como modelos del natural. A ratos, impresión de casa saqueada: sobre una de las mesas de la terraza del restaurante que hace de centro neurálgico de la jornada, una maleta abierta, llena de trapos que hacen pensar en el equipaje de un loco. En un rincón de la galería cubierta en la que algunos han decidido guarecerse de las inclemencias del tiempo, veo en una mesa un oso de peluche junto a un coche de juguete y un viejo aparato de radio checo de los años cincuenta. Otros se han traído el perchero, los peroles, la calabaza del cocido... Sin embargo, el resultado de este perturbador trastoque de las leyes de la lógica y la intimidad es una atmósfera bienhumorada. Voy y vengo entre la cacharrería y los pintores, haciendo fotos. Cuando se acerca la hora de emitir el fallo, ayudo a envolver los regalos para los niños participantes, que también los hay. A M.A. le han pedido que lea la lista de premiados. Todo esto fue el sábado. Levemente, me acuerdo de que en otras partes del país hay gente que se desgañita por razones para mí incomprensibles. Y me acuerdo entonces de un detalle esencial: todo esto lo hemos hecho al margen de los políticos.


***

Atraída por el bullicio, la gata de L. se pasa gran parte de la mañana en el balcón. Y sólo en una ocasión, como para demostrarse a sí misma que no se achica ante la presencia de tantos extraños, baja a la calle, corre hasta un árbol próximo, se encarama a una rama alta, salta a una tapia colindante y de ésta de nuevo al balcón. Y sí: el mundo sigue en su sitio, con sus árboles y tapias, y con la posibilidad de asirse a los senderos trillados por la costumbre incluso cuando, en sus inmediaciones, se impone lo desconocido.

Para no ser menos, yo también he dejado mi puesto de observación -la puerta del restaurante, donde sostengo una copa de coñac- y me he ido a estirar las piernas. 

jueves, septiembre 25, 2014

NOSOTROS LOS SOLITARIOS (Decálogo)


Entre la soledad libremente asumida y la que responde a una forma soterrada de la soberbia, la que se impone como necesidad.


***

No estar nunca allí donde tu presencia cuenta solamente como adhesión. Ni siquiera allí donde esa adhesión responde a una convicción previa de la que no has dado cuenta a nadie.


***

Frente a lo gregario espeso, la soledad transparente.


***

La multitud aplaude, el solitario asiente en silencio. Y siempre preferiremos, cuando lo merezcamos, ese asentimiento silencioso al aplauso circunstancial.


***

Ese paso de baile de pura felicidad que el solitario esboza cuando nadie lo ve.


***

O esa otra soledad que es fermento de lo único valioso de ti que puedes ofrecer a los otros.


***

Compartir la soledad como la desnudez.


***

Mantener en la soledad las convenciones del pudor. Ser impúdico sólo en compañía.


***

En la conciencia del solitario, hay compañías que hacen el estrago de una multitud con los pies embarrados que invade una habitación limpia.


***

También la soledad es un clamor.

miércoles, septiembre 24, 2014

MILAGRO

En un cuerpo tatuado, la piel ya es vestido.


***

De todas las profesiones posibles, la política es la única que incapacita para la vida práctica. ¿Qué se puede ser después de haber sido político durante, pongamos, treinta años? Nada concreto. Lo que no quiere decir que esa nada no vaya a estar espléndidamente remunerada.


***

Entre chaparrón y chaparrón, espléndidas calmas. En una de ellas un pescador de playa se adentra unos metros en el arrecife someramente cubierto por las aguas, y la impresión es la de alguien que camina sobre el mar. Y hay milagro, sí, pero no es exactamente ése.



lunes, septiembre 22, 2014

EXCESOS RETÓRICOS

Nos alcanza la tormenta cuando todavía estamos a mitad de camino entre la orilla y el lugar donde hemos dejado el coche. Mientras paseábamos la vimos venir: una especie de cilindro retorcido, como la sombra de un tornado, de vez en cuando encendido desde dentro por el resplandor de un relámpago. Y había algo falso en toda esa puesta en escena, como si también la naturaleza, a veces, incurriera en excesos retóricos. Dado el reducido número de paseantes que venía a dispersar, y lo precario del equipamiento -en algunos casos, casi literalmente nada: una braguita de biquini sobre un cuerpo desnudo- con el que íbamos a presentar resistencia, bien se le podría haber dicho: Vale, vale, no hace falta desgañitarse, ya nos vamos.

***

En el cine, para ver El hombre más buscado (The Most Wanted Man), adaptación de una novela reciente de John LeCarré y última película que protagonizó el malogrado Phillip Seymour Hoffman. Resulta reconfortante dejar atrás las multitudes de adolescentes que hacen cola y compran palomitas para ver Hércules u otras películas de ese estilo, y entrar en una sala que lentamente se va llenando de un público exclusivamente adulto, e incluso demasiado adulto, quizá, porque de inmediato nos vemos rodeados por personas cuya media de edad no baja de los setenta años. Lo que  resulta muy apropiado para el asunto de la película, que no es otro que la disolución de las antiguas lealtades en un mundo dominado por las histerias colectivas -en este caso, la provocada por el terrorismo islamista- y la utilización interesada que las autoridades hacen de esos miedos. La época y el escenario -el Hamburgo actual, sobre el que todavía pesa el recuerdo de haber sido la ciudad desde la que Mohamed Atta preparó los atentados del 11-S- parecen justificar la pertinencia del tema. pero lo curioso es que la cuestión -cómo los menos escrupulosos traicionan y sobrepasan a quienes todavía se rigen por los códigos morales de otro tiempo- ha venido obsesionando a LeCarré desde los comienzos mismos de su carrera, hace más de cincuenta años, cuando las preocupaciones del mundo eran otras. De lo que se deduce que quizá esa perdida edad de oro en la que incluso la lucha contra el enemigo se regía por ciertas reglas posiblemente no ha existido más que en los sueños y aspiraciones de unas pocas mentes desengañadas, como la del propio LeCarré. Lo demás, el momento y el escenario, es lo de menos.

***

El mar nunca aburre.

miércoles, septiembre 17, 2014

DESBOCADOS

También el gesto de salir a la calle, en este primer día de lluvias otoñales, sin paraguas ni impermeable tiene algo de resistencia inútil, o de vano intento de negarse a ver la realidad. La vida está llena de estos gestos absurdos. Hoy sólo me ha costado una camiseta mojada, como ésas que llevan las chicas lozanas pegadas a los pechos en los concursos que organizan en las discotecas. Podría haber sido peor: un catarro, quizá. Es lo que tienen estos derroches meramente gestuales: dejan siempre en el ánimo una insinuación de fiebre.

***

Cuándo inventarán una grabadora de pensamientos desbocados, que deje constancia de que ni siquiera en los insomnios somos tan brillantes como creemos.

***

Por afortunados que sean, los tres primeros versos de un poema no aseguran nada; los tres últimos, tampoco. 

martes, septiembre 16, 2014

REGALOS


A Benjamin no habrían dejado de interesarle algunos de los comentarios que se han oído en las últimas horas a propósito de la importancia de El Corte Inglés en la reciente historia de España; como tampoco le hubiera resultado indiferente la canonización casi instantánea -es decir, sin dejar pasar los prudentes decenios, e incluso siglos, de espera que la Iglesia asigna a estos procesos- a la que están siendo sometidos ciertos prohombres de empresa recientemente fallecidos (entre ellos, el hasta hoy presidente de esos grandes almacenes). Lo que hubiera llamado la atención del filósofo alemán es esta nueva demostración palpable de la sacralización del dinero, cuya contrapartida no es, no puede ser otra, que la cosificación del hombre sometido al influjo de ese culto nefasto. Y no andan descaminados quienes piensan que los templos de esta extraña religión son los centros comerciales, a los que, incluso en tiempos de penumbra, acudimos, si no a satisfacer nuestras necesidades, sí a embriagarnos de la mera presencia sobrecogedora de todos esos bienes que podríamos poseer, y que acaso portan, por su mera capacidad de infundirnos ese deseo de posesión imposible, la promesa de una felicidad también inefable. A Benjamin le fascinaba esa facilidad con la que la cultura material surgida de la revolución industrial había sido capaz de trastocar la escala de los valores espirituales. Advirtió de ello. Y aquí estamos nosotros, haciendo bobamente el elogio fúnebre de los capitanes de industria a los que les ha llegado la hora inevitable, y de quienes lo único que podemos aprender es que, a pesar de todo lo que fueron y tuvieron, a la fosa no han podido llevarse nada.

***

Extrañas cortesías: le ofrezco a una chica recién llegada a la "zona azul" -es decir, al tramo de acera en el que aparcar cuesta dinero- el tique que adquirí unas horas antes, y al que, en el momento de marcharme, resta todavía un cierto tiempo de validez. Me hago así la ilusión de que este ridículo artículo en el que he malgastado unas monedas adquiere un imprevisto valor de cambio: me permite hacer un regalo. Y con esa parca satisfacción me vuelvo a casa.

lunes, septiembre 15, 2014

FUEGOS

Empiezan a tomar forma algunos proyectos; lo que significa también que el tiempo, que en estas semanas previas de inactividad y falta de expectativas confirmadas parecía haberse expandido hasta la hipertrofia, vuelve a contraerse... No se sabe qué es peor: si el apremio o la parálisis. Y así va uno bandeándose.

***

Fuegos artificiales al fondo del valle, en el pueblo vecino. Anuncian el final de la feria. A esta distancia apenas se oyen los estallidos: si acaso, un petardeo amortiguado, que enseguida asociamos con el anómalo chisporroteo que ilumina un cabo de la oscuridad circundante, allá en lo hondo. No me interesan demasiado las ferias, en general. Y por eso, quizá, resulta aún más extraña esta melancolía: lejos, muy lejos, estallan los cohetes de la alegría ajena; y uno, sin querer estar allí, siente de alguna manera como carencia este ver las cosas desde tan lejos, amortecidas, leves como una chispa que, tras su breve vuelo, termina en inasible pavesa.

***

También las sociedades, como los individuos, optan a veces por el suicidio, y por los mismos motivos inexplicables o absurdos. Y hay poco que hacer. Blindar la propia privacidad, quizá, para evitar el contagio.

jueves, septiembre 11, 2014

DETALLES


Cada vez que oigo, como mérito de una novela nueva, que da gran protagonismo al Facebook, al whatsapp y a otros cachivaches modernos, saco la pistola... Y no porque me parezca mal que la realidad se manifieste de ese modo en las novelas que se escriben hoy, sino porque ese hecho -la observación directa de la realidad, y el uso selectivo de ésta para fortalecer las pretensiones de verosimilitud de la novela- no debía merecer el menor comentario; a no ser que tanto el autor como quienes lo jalean estén menos interesados en las novelas propiamente dichas que... en las novelerías.


***

Más sobre el Libro de los pasajes de Benjamin: la insistencia en que las reformas urbanísticas que Haussman llevó a cabo en París durante el Segundo Imperio tenían como objetivo principal favorecer las maniobras del ejército -y, especialmente, de la artillería- para reprimir las revueltas populares; y que el efecto colateral más evidente de las mismas no fue otro que el enriquecimiento ilegítimo de todos los propietarios que consiguieron obtener indemnizaciones desmesuradas por la expropiación de sus casas o locales, lo que dio lugar incluso a una próspera industria del fraude, destinada a hacer creer al fisco -a veces, utilizando incluso figurantes- que esos locales albergaban prósperos negocios de cuya pérdida había que resarcir al dueño. Nada ha cambiado desde entonces: la lectura de estas triquiñuelas del capitalismo de ayer no hace otra cosa que arrojar luz sobre las no mucho más sofisticadas trampas y amenazas sobre las que se edifica el de hoy. Y es curioso que, el mismo día en el que leo estas páginas, los periódicos incluyan dos noticias que podrían haber dado lugar a sendos apuntes de Benjamin. La primera hace referencia al hecho escandaloso de que el número de multimillonarios se ha doblado en España durante los últimos cinco años, es decir, en los años peores de la crisis económica que ha depauperado a la mayor parte de la población. Y la segunda, ya en el terreno de las fantasmagorías constructivas que tanto apasionaban al filósofo: la que da cuenta de la paralización de las obras del llamado "segundo puente" sobre la bahía de Cádiz; cuya necesidad, no hay que olvidarlo, se justificó en su día con el argumento de que el otro puente existente, como demuestra la experiencia de estos últimos años, puede ser fácilmente bloqueado por los manifestantes cada vez que surge un conflicto laboral en las empresas ubicadas en las cercanías; y en el que ya se han dilapidado muchos más millones de los que se habían presupuestado. Lo mismo de ayer: el miedo a las barricadas y la excusa para el enriquecimiento de unos pocos.


***

Otro detalle indicativo del cariño que los gobernantes sienten hacia sus pueblos: el proyecto, también del Segundo Imperio, de rodear París de fortines con capacidad de bombardear los barrios obreros en caso de revuelta. Y es curioso que tomase esa iniciativa un gobierno surgido precisamente de las revueltas. También eso hay que tenerlo en cuenta.

miércoles, septiembre 10, 2014

PAÑUELOS

¿Diré que todavía uso pañuelos de tela, en vez de los de papel? Hay quien tilda de antihigiénica esta costumbre, pero a mí lo que de verdad me repugna es la actual proliferación de inmundos amasijos de papel esponjoso. Los encuentra uno en todas partes, incluso en los parajes más apartados; cuando lo que caracteriza a una persona decente, entiendo, es lavar sus suciedades en casa, discretamente, y no ir dejándolas por ahí... En fin. El caso es que incluso los pañuelos de tela hay que reponerlos de vez en cuando, lo que, dada su situación de franco retroceso, no es fácil. Han desaparecido, por ejemplo, de los grandes almacenes, y sólo los encuentra uno en esas recónditas tiendas de barrio donde se compran la ropa los viejos. Hoy he visto en el escaparate de una de ellas una pila de cajas de media docena de pañuelos, fabricados, según reza la etiqueta, por una empresa catalana que dice trabajar el género desde 1947. Los pañuelos parecen también de 1947: tienen el olor y el apresto de la ropa blanca de antes, y son más bien feos, ornados por unas sencillas bandas bordadas de hilo de colores muy claros, algo enfermizos, como elegidos para gente cuyos estornudos no presagian nada bueno. 

Aún así, entro a comprarlos. He pasado muchas veces ante esta tienda y siempre me ha llamado la atención la baratura de la ropa que vende: tejanos de desconocidas marcas nacionales, bastos y tiesos, rectos como la pata de un elefante; camisas como para vestir al elenco de una película sobre la posguerra... Sí, todo aquí parece de 1947. Pero el encargado, un hombre mayor, despliega unos exquisitos modales y procede a la venta con toda la ceremonia de un dependiente de casa de alta costura, pongo por caso. Me he prometido volver. Quién sabe si esos pantalones, si alguna de esas camisas... Serían un modo de entrenarse en dos cosas que, a la vista de los hechos, parecen inevitables: envejecer, vivir cada vez con más modestia. Todo eso, por el reducido precio de una caja de pañuelos.

lunes, septiembre 08, 2014

PINTURA Y ESCRITURA RÁPIDAS









Viendo pintar al veterano Antonio Rodríguez Agüera, en su voluntariosa participación anual en el certamen de pintura rápida de su pueblo, donde su depurada pintura gestual, liberada ya de todo alarde de virtuosismo, rara vez consigue captar la atención de los jurados, pienso siempre en lo paradójico y ambiguo que resulta el propio concepto de "pintura rápida", y en la dificultad de definirlo o ajustarlo a unas reglas. Pregunto al pintor dónde puedo encontrarlo a lo largo de la jornada y me dice que allí mismo, a la puerta de su estudio. Aunque es un concurso de pintura al aire libre, él no necesita situarse delante de su modelo: pinta de su cabeza, aún a sabiendas de que juega en una liga distinta, y aun contraria, a la que incluye a todos los demás participantes, que son los que pueden aspirar a llevarse algún premio. Pero su gesto, como el de todos los que van a contracorriente, tiene la virtud de poner en cuestión incluso lo que parece sólidamente anclado en las convenciones. Porque, si de lo que se trata es de responder al entorno y presentar el cuadro resultante de ese diálogo entre el pintor y la realidad inmediata, posiblemente no sean menos arbitrarios que los monogramas de Agüera los cuadros que, pintados entre las nueve de la mañana y las cinco de la tarde, tienen las luces y sombras que pueden observarse, pongo por caso, a partir de las siete o las ocho, que es quizá la hora más efectista, porque es cuando el sol poniente proyecta las sombras más largas y contrastadas; pero que, por cuestiones de mera lógica organizativa -el concurso ha de comenzar a primera hora de la mañana y concluirse a media tarde-, queda excluida de la jornada. Tampoco parecen ser una respuesta al entorno inmediato los cuadros que obedecen a algún tipo de fórmula, desde el empleo de una óptica distorsionada más o menos decorativa y amable, hasta el recurso a una estética naïf igualmente resultona y al alcance ya de todos los públicos... Tales son los trucos de los que se valen preferentemente quienes, por venir de fuera y desconocer el entorno y sus rincones privilegiados, traen ya el cuadro pensado y se limitan a incluir en él algún elemento reconocible del entorno. Los pintores locales, en cambio, que lo conocen bien, emplean otro tipo de recursos: exploran el terreno con antelación, localizan su tema y calculan minuciosamente los problemas que planteará su ejecución en el breve tiempo asignado. Pero puede ocurrir que, en el breve intervalo transcurrido entre ese estudio previo y la ejecución del cuadro, algo cambie en el entorno: que la pared cuyos desconchados iban a facilitar al ejecutante el logro de la ilusión de relieve, por ejemplo, haya sido encalada la tarde anterior y ya no luzca esos desconchados... 


Se dirá que nada de esto afecta a lo que verdaderamente está en juego, que es la demostración de las habilidades resolutivas de los participantes. Pero... Pienso en qué ocurriría si a alguien se le ocurriese convocar alguna vez -Dios no lo quiera- un certamen de escritura rápida. Y no porque esa categoría artística no pueda darse: la existencia de este mismo cuaderno y de otros parecidos es prueba de lo contrario; sino porque sería imposible acotar lo permitido y lo no permisible en ese concurso. Imaginemos que soltamos a medio centenar de escritores en el centro de una ciudad, con el encargo de que, al cabo de unas horas, entreguen unas cuartillas que supongan algún tipo de reacción hacia ese entorno, tal como ellos lo han vivido en esas horas. Podría hacerse; de hecho, decenas, centenares de diaristas, de articulistas de lo cotidiano y de meros adictos a anotar sus ocurrencias lo hacen, lo hacemos, habitualmente. Pero, bajo las estrictas condiciones de un certamen, ¿quién podría impedir que algunos trajesen la cuartilla ya pensada, e incluso escrita, o que otros no hicieran sino repetir lo ya pensado y escrito muchas otras veces, incluyendo algún detalle circunstancial referente al día o el lugar en que transcurre el certamen?

Afortunadamente no existe -que yo sepa- esta clase de concursos -espero no darle ideas a nadie-, y sí éste de pintura rápida en el que, año tras año, contrasto mis incertidumbres de escritor con las estrategias de todos estos animosos pintores, algunos ya amigos míos, de cuya manera de salvar el eterno desajuste entre la realidad y las aspiraciones del artista a recrearla o expresarla siempre aprendo algo.  

FOTOGRAFÍAS. 1 y 2: los pintores José Luis Mancilla y Antonio Agüera en acción, durante el certamen de Pintura Rápida de Ubrique; 3 y 4: visiones generales del mercadillo "Arte para todos".

viernes, septiembre 05, 2014

EL ETERNO RETORNO

Hablar del tiempo... Parece que hay acuerdo general en que este verano no ha sido lo que tenía que ser. Yo creo , de todos modos, que ha sido incluso un poco mejor de lo que se podía esperar. Ya he mencionado en este cuaderno esas benditas tardes de viento sur, con el aire de cara, en la playa. Mi idea de bienestar físico ha quedado definitivamente asociada a ese viento y a esas tardes. Otra cosa es el bienestar moral, y supongo que a eso es a lo que se refieren la mayoría de las quejas que se oyen respecto al clima. ¿Se quejaría uno de una lluvia, pongo por caso, que aliviara el mero malestar inconcreto de ver pasar el tiempo? Pues eso.

***

Paso la mañana fichando libros y leo por la tarde las anotaciones de Walter Benjamin sobre el tedio y su relación con las tareas repetitivas y mecánicas asociadas al trabajo industrial. De ese tedio del instante a otro más general: el que genera la idea nietzscheana del "eterno retorno de lo mismo". O la que descubro en un sorprendente texto del revolucionario Blanqui que hasta ahora desconocía, y que encuentro ampliamente citado por Benjamin: L'éternité par les astres. Cada uno de nuestros instantes, viene a decir Blanqui, pervive eternamente en el espacio y en el tiempo, por lo que nuestra transcurrir es un multiplicarse, también en el terreno de la posibilidad: en la eternidad hay algún sosias nuestro que en su día tomó las decisiones que nosotros desdeñamos, y que vive por  nosotros -mejor dicho: siendo nosotros- la vida que hemos dejado de vivir por haber tomado en su momento una decisión y no otra... Sí, el aburrimiento lleva a volar alto. Menos mal que mañana empieza lo que adivino que será un intenso fin de semana con amigos...

***

Para los gatos la caricia no es una dádiva, sino una exigencia; vienen a reclamarlas cuando lo creen conveniente; y amagan con un zarpazo en cuanto piensan que ya han tenido bastante.

miércoles, septiembre 03, 2014

VODEVIL

Está la estafeta de correos escondida en el sótano de unos grandes almacenes, al final de un largo pasillo lleno de artículos saldados por los que aparentemente nadie se ha interesado desde el día en el que abrieron el establecimiento. También la estafeta tiene algo de cosa olvidada. Vengo a ella cuando no quiero guardar las largas colas que normalmente se forman en otras oficinas de correos. El empleado parece agradecer siempre la visita. Y tiene uno la impresión de que los paquetes que se envían desde aquí viajan... no sé, con más desahogo, como los hijos de una familia en la que no se grita y en las que nadie atosiga a nadie.


***

Creo que era de Vicente Molina Foix la crítica de Showgirls que leí en la revista Fotogramas hace años, y que me sorprendió porque, más que poner por los suelos la película de Paul Verhoeven, como era de esperar, el crítico hacía una bienhumorada ponderación de lo que pretendía, que no era otra cosa que utilizar un argumento clásico de melodrama -en concreto, el que arquetípicamente desarrolla Eva al desnudo- para poner en pie un desenfadado vodevil en el que lo que importa es la exhibición de hermosos cuerpos femeninos -y también masculinos, en fin-, pero en el que el público agradece que haya un hilo argumental más o menos efectivo para hilar las imágenes. El resultado no es otra cosa que una película... divertida, que alterna la flagrante irrealidad de la pornografía soft -no hay que olvidar que el argumento trata de la rivalidad entre dos coristas que bailan desnudas- con la suave y más bien reconfortante moralina de las historias de artistas desengañados. Tomársela en serio sería un error. Pero también lo sería dárselas de profundo o de entendido para no reconocer lo que la película tiene de eficacísimo vehículo de evasión. O, como dice el siempre certero crítico Roger Ebert: It's trash, yes, but not boring. Lo que a veces es muy de agradecer.


***

Leyendo el Libro de los pasajes de Benjamin, no me parece que haya que lamentar que la monumental obra proyectada se quedara simplemente en una ingente compilación de apuntes y citas. Le ha cogido uno cierto gusto a la lectura fragmentaria; y, en ese sentido, la de este tocho de más de mil páginas está siendo algo así como un paseo por un enorme bazar -algo, al fin y al cabo, muy del gusto de Benjamin-, cuajado de observaciones brillantes, certeros aforismos y perlas rescatadas de inencontrables monografías de hace cien o ciento cincuenta años. A veces intuye uno cómo hubiera hilado Benjamin todos esos materiales: de su simple yuxtaposición nace un argumento; pero también percibe uno cuánto se hubiera perdido si ese argumento -una especie de exposición de la significación política y moral, cuando no simbólica, de la cultura material del siglo XIX, tal como ésta se manifestó en las modas, el urbanismo, la decoración, etc- hubiera llegado a ser desarrollado de una manera convencional. Ojalá Benjamin hubiera tenido tiempo y ganas, antes que buscar la muerte en un callejón de Port Bou. Le pudo una especie de lúcida desgana. Pero acertó antes a dejarnos en esbozo lo que sin duda hubiera sido, y quizá es, su mejor obra.