sábado, enero 18, 2020

OBRA VENDIDA


Me las prometía muy felices, como suele ocurrirme siempre que se anuncia una variación en la rutina. Me habían convocado a una reunión profesional a treinta kilómetros de donde habitualmente trabajo, lo que significaba levantarse un poco más tarde -nadie se plantea empezar estas cosas a primerísima hora de la mañana-, ver quizá a gente a la que no veía desde hace meses o años, librarme de mis clases y disfrutar de todos los placeres de una mañana fuera, incluyendo el paseo en coche dejándome guiar por la voz cansina del robot femenino que lee las indicaciones en Google Maps. Y así fue, al menos en la primera parte de la jornada: jugar a estar perdido por el laberinto de carreteras que unen las pedanías jerezanas en torno a la mole señorial de la vieja Cartuja, por ejemplo, para luego entrar, como quien lo hace en el argumento de una película canalla, en las barriadas del sur de la ciudad... Siempre me da por teatralizar un poco estas variantes de lo cotidiano. Pero lo cierto es que lo que me aguardaba era un salón desabrido, sin calefacción, en el que no tardé en sentir la aprensión de que estaba enfermando, y la compañía de apenas docena y media de personas que, como yo, no parecían sentirse nada feclices ante la perspectiva de la mañana que tenían por delante. Para colmo, sonó el teléfono y añadió al día una complicación burocrática sobrevenida, que hubo que resolver sobre la marcha. Y así, un poco a trompicones, fue transcurriendo la jornada. Cuando terminó, a eso de la una y media -estas cosas también terminan siempre antes de que llegue la hora del cierre de las oficinas y colegios-, me sentí muy feliz de volver al coche y oir al menos la voz sintética, pero siempre amigable, de la chica de Google Maps, que esa vez, no puedo imaginarme por qué, optó por llevarme de vuelta a casa por un camino distinto al que habíamos tomado en la ida, aunque también sugerente, por lo desconocido. Llegué a casa con un ánimo pésimo. "¿No decías que te lo ibas a pasar muy bien?", me pregunta M.A. Pero se ve que lo mío es no salirme nunca de la rutina, que nunca decepciona y de la que están del todo excluidos, por lo que tienen de dañino, los vaivenes emocionales.

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Me han comprado tres acuarelas. Las primeras que vendo desde que me decidí a hacer más o menos público este pasatiempo. Y es una sensación extraña, que tiene poco que ver con la de publicar un escrito, por ejemplo. Una obra literaria nunca deja de ser de uno, incluso cuando está impresa: lo que los otros compran no es más que una transcripción ocasional de un original que siempre es tuyo, incluso materialmente, porque qué escritor que se precie no conserva una especie de copia maestra de la obra reproducida. Pero cuando se vende un cuadro, ¿qué es lo que realmente se vende y qué clase de transferencia de propiedad se ha efectuado? No deja de ser curioso que el resultado de una gesticulación intransferible, el registro físico de una especie de danza de la vista y las manos, pueda ser transferido a otro. Por supuesto, uno debería sentirse muy contento de que otros hayan querido dar valor a lo que, sin esa apreciación ajena, no sería otra cosa que un trozo de papel garabateado. Pero se trata de un reconocimiento ligado, digamos, a un acto de desposesión, no sé si me explico. No les he preguntado a mis amigos pintores qué sienten al respecto. El que más trato, JAM, me ha dicho alguna vez que a todo el que le compra un cuadro le asegura que, si alguna vez se aburre de él, le garantiza la recompra; lo que es un modo, supongo, de convencerse de que sigue ejerciendo de alguna manera su tutela sobre un objeto que ya no está bajo su jurisdicción. Que yo sepa, nunca se ha visto en la obligación de cumplir esa ruinosa promesa. Yo no me he atrevido a tanto. Veo partir mis acuarelas con la idea de que, si intentara hacerlas otra vez, nunca me saldrían iguales; y, por tanto, de que ya son irrecuperables para mí. Y qué alegría, por otra parte, que al menos un eco de la emoción que me llevó a pintarlas reverbere ahora ante otros. O eso me digo, para consolarme, mientras miro el puñado de euros que he pedido por ellas -una nadería: no me he atrevido a pedir más- y pienso que tardare menos en gastarlos que en sentirme resarcido. (17/1/19) 

jueves, enero 16, 2020

DESAIRES


Mientras espero el autobús a primera hora de la mañana, la bandada de estorninos responsable de la algarabía que nos envuelve y que procede de los árboles cercanos levanta el vuelo y traza en el cielo recién encendido y todavía pintado en colores indecisos la extraordinaria danza de volúmenes -algo así como las evoluciones de una enorme pompa de jabón manejada por un sutil malabarista de cosas intangibles- en que consiste su vuelo gregario. A esa bandada siguen otras, como llamadas todas por un toque de alerta que quizá no es otra cosa que la rápida extensión de la claridad. Las veo alejarse hasta perderse tras la línea quebrada de la primera hilera de tejados. Hasta ese momento yo era un hombre más o menos adormilado y no demasiado contento con su suerte. Pero esa explosión de vitalidad, ese despliegue de una especie de instinto natural para la armonía y la belleza, ese abandono de la individualidad de cada pájaro en aras de una coreografía que quizá ninguno acaba de intuir en toda su extensión, me han arreglado el día.

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También, por qué no anotarlo, la visión de esa misma luz, ya un poco más subida de intensidad, dorando el costado curvo del puente viejo sobre la bahía en el momento justo en que el autobús lo enfila y empieza a elevarse sobre el mar color cobalto y liso como una plancha de metal. Debe de ser que el día no sabe qué hacer con estas horas de claridad recién ganadas -los días más cortos del año ya han quedado atrás- y se dedica a llenarlos de estos prodigios. Yo llevaba un libro en el regazo, pero me ha parecido que fijar la vista en él y dejar de mirar lo que ocurría a mi alrededor casi equivalía a un desaire.

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Motivos sobrados para echarse a la calle y sumarse a las decenas de protestas que se han convocado aquí y allá. Prefiere uno, sin embargo, atenerse al decoro democrático, que obliga a respetar ciertas formas. Por desgracia, no dudo de que llegará el momento en el que ese marco no bastará para contener el descontento ante lo que se avecina. (15/1/19)

viernes, enero 10, 2020

EL DECORO



9/1/19

Ser el encargado de una biblioteca de más de quince mil libros no significa que uno haya podido siquiera hojearlos todos. Nunca había abierto, por ejemplo, estos dos tomos de Juego de tronos que tengo colocados en la sección de "Literatura juvenil". Y esta mañana, aprovechando que un corte de luz hacía imposible trabajar en mi ordenador, lo he hecho. Un chico se ha dado cuenta: "Yo los he leído todos. De la serie de televisión, en cambio, sólo he visto cinco temporadas, hasta que me aburrí". Yo no sé qué pensar. La prosa de este George R. R. Martin no parece muy amena. Los periodos son largos, las descripciones extravagantes, el estilo en general un tanto acartonado. Por adelantar algo, me voy al final del primer tomo, donde hay unas descripciones de las principales "casas" o familias que intervienen en esta interminable sucesión de disputas sucesorias. De algunas ni siquiera me había percatado que jugaran algún papel en lo que llevo visto. Tolkien hacía estas cosas mucho mejor: le bastó dibujar el mapa de un continente de juguete para que el lector se hiciera a la idea de que lo que contaba afectaba a vastas civilizaciones cuyas raíces se hundían en el fondo de los tiempos. Martin se acerca más al método de Graves en Yo, Claudio: sin el árbol genealógico de sus personajes delante, se perdería.

Hojeo también el segundo tomo, por si me aclara algo de lo que pasa después de la impactante escena con la que culmina la primera temporada de la serie. Pero me canso pronto y por un momento envidio la bendita perseverancia del chico que me interpeló antes y que se los ha leído todos. Creo que con su edad yo tenía esa capacidad también. Ahora hay quien me gasta bromas por haberme leído de cabo a rabo el Ulises de Joyce, por ejemplo. Pero la verdad es que ese modesto logro mío no tiene ni comparación con el de este joven lector, o con la hazaña que supone haber podido con los cuatro tomos -¿son cuatro?- de la saga Crepúsculo o los muchos que componen el ciclo de Harry Potter. No se me entienda mal: no critico ni a sus autores ni, sobre todo, a sus lectores, a quienes deseo otros muchos felices descubrimientos en el inabarcable repertorio de lecturas posibles. A mí ya me va faltando tiempo incluso para las lecturas urgentes del día a día.

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Las ideas de los políticos extremistas -y sobre todo, los del extremo casposo del espectro- con frecuencia hacen reír; pero eso no aminora ni conjura el peligro que suponen, ni la preocupante sospecha de que lo que defienden coincide con las aspiraciones de una capa de la población a quienes maldita la gracia que les hacen los chistes de los otros y con frecuencia piensan que, cuando una persona mejor informada o educada se ríe, se ríe de ellos.

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Me ha dado por decir que, cuando me jubile de mis obligaciones laborales, lo haré también de ciertos hábitos de decoro burgués a los que ahora me atengo por pura comodidad; que me dejaré el pelo largo, nunca me recortaré la barba y me retiraré a vivir a un pueblo de la sierra, donde mi rutina consistirá en pintar, leer y escribir poemas, cuando no esté en la barra de la taberna más cercana departiendo con mis vecinos campesinos o negociando la compra de un choto o de una maceta de espárragos. Y que no mantendré correspondencia con nadie que tenga que ver con las cosas que hacía en mi vida anterior, y mucho menos con representantes del mundo literario. De ellos se encargará un agente a quien tendré contratado exclusivamente para esos menesteres, y con quien despacharé solamente una vez al año y a ser posible por vídeoconferencia en el locutorio público de internet del pueblo en cuestión... Es sólo una fantasía. Pero la vida me ha enseñado que las fantasías son lo más parecido a un plan de vida a lo que uno puede echar mano para no perderse demasiado en el terreno de la indeterminación por el que estamos condenados a discurrir. 

jueves, enero 09, 2020

TOALLAS CALIENTES


8/1/2019

Como mi peluquería habitual estaba cerrada "por descanso" y mi pelambre no podía esperar más, he entrado en otra cercana. Es un cuchitril: apenas hay sitio en ella para la única butaca y la pila de lavar el pelo, amén de un banco de dos plazas junto a la puerta, para los que esperan. En el momento de llegar yo salía un anciano, que, para moverse entre tanto obstáculo, se dejaba guiar por las cariñosas indicaciones materno-filiales de la peluquera. Luego me enteré de que era un habitual y de que iba allí a afeitarse. Mientras me echo un lado para dejar pasar al viejo, pregunto si pueden atenderme: antes había probado suerte en otra peluquería que me había salido al paso y me dijeron que era imprescindible pedir cita. La peluquera hace como que consulta una agenda y finalmente me dice que sí, no sin antes preguntarme el nombre y anotarlo. Me da la impresión de que lo hace por echarle un poco de teatro a la cosa, pero que en realidad no tiene todavía demasiada clientela. Es menuda y gordita, graciosa, con algo de personaje femenino de tebeo japonés. Le pregunto si hace mucho que abrió el negocio: un año y medio, me dice, antes de preguntarme cómo de corto quiero el pelo. Le doy mis explicaciones y pone manos a la obra. Tiene un pulso excelente y maneja las tijeras con precisión; lo que, cuando llega a la barba, adquiere ribetes de alarde. Le dije que no la quería más corta, sino simplemente libre de los pelos indomables que sobresalen de ella y la afean. Para mi sorpresa, reclina el asiento hasta tenerme casi en posición horizontal y, como en las películas del oeste, me aplica a la cara una toalla templada y, a continuación, me recorta el borde inferior de la barba a filo de navaja. Le digo que en otras barberías no se toman tantas molestias: se limitan a pasar el peine por la barba y a recortar con la máquina lo que sobresale. "Hay gente que viene aquí sólo a que los afeite a navaja, Como el hombre mayor que salía cuando llegó usted", me comenta, transmitiendo un orgullo que me parece muy legítimo. Luego me lava la cabeza y me deja el pelo lo bastante dócil como para que se pueda peinar, lo que hace en dos pases mágicos, como un prestidigitador. "Ya está", remata. Cuando le pago, me da una tarjetita en la que ha anotado la fecha de hoy, como hacen los dentistas con las citas venideras, y me encarece a no perderla y a mostrársela la próxima vez, no sé muy bien a qué efectos: tal vez hace descuento a los reincidentes; o tal vez quiere que uno sienta vergüenza de no cortarse el pelo con la frecuencia que debiera. Me despido de ella muy satisfecho y me hago el propósito de volver. Y lo que ella no sabe es que la tarde, antes de este trámite, parecía abocada a la ansiedad y el malhumor por obra de alguna de esas insignificancias que ocupan en el ánimo más sitio del que les corresponde. La peluquera no sólo me ha arreglado el pelo y la barba, sino también el día. 


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Juego de tronos, primera temporada...  "A buenas horas, mangas verdes", dirán quienes saben mi declarada aversión a los seriales televisivos. Pero estábamos de vacaciones y nuestro proveedor de televisión por cable ofrecía este lejano tramo de la serie como promoción, es decir, gratis, así que... Y sí, bueno, no ha estado mal. Es sólo el comienzo de una historia que, por lo que sé, se ha prolongado a lo largo de ocho temporadas, o quizá alguna más. Y en ésta queda planteada una situación lo bastante enrevesada como para que haga falta todo ese desarrollo posterior hasta que se aclare. Contémoslo en pocas palabras. La corona de los Siete Reinos ha recaído en un rey imberbe sobre el que pesa, además, la imputación -que sólo saben algunos- de ser fruto de unos amores adúlteros e incestuosos de la reina. Se da la circunstancia, además, de que en cuestión de días el nuevo rey demuestra tener la catadura de un Calígula. Pero no lo va a tener fácil: su trono va a serle disputado, que sepamos, por los dos hermanos del rey muerto, que serían los primeros en la línea de sucesión si quedara demostrada la ilegitimidad del actual; también, por la hija del antecesor del rey muerto, que fue un tirano psicópata y que por ello fue justamente depuesto, pero dejó dos hijos vivos, un chico y una chica, de los cuales al final de la temporada sólo sobrevive la chica, que se ha ganado el corazón de un caudillo bárbaro y, además, parece ser la depositaria de ciertos poderes mágicos... Hay también un señor feudal local, hijo del asesinado primer ministro -o "La Mano"- del rey muerto, que ha proclamado la independencia de su feudo. Y hay también una orden caballeresca que se mantiene al margen de estas disputas cortesanas y cuya función es defender el Muro que separa los Siete Reinos de unas inhóspitas regiones habitadas por indecibles abominaciones; en esa orden militan en la actualidad un hijo bastardo del primer ministro asesinado y otro bastardo de humilde origen sobre el que se ha insinuado la posibilidad de que sea hijo carnal -y, por tanto, otro posible heredero legítimo- del rey muerto... Con esos mimbres, hay relato para largo. A mí, de momento, me ha divertido asistir al planteamiento; que es, digámoslo ya, un hábil refrito de elementos muy reconocibles procedentes de viejos clásicos de la literatura y del cine: desde la película La caída del imperio romano de Anthony Mann, a la que esta historia debe la tensión dramática resultante de la curiosa situación de un reino que se deshace en luchas internas a la vez que intenta mantener a raya a un innominado enemigo exterior, a las novelas de Walter Scott (Quentin Durward, sobre todo, ambientada en las guerras civiles de la Francia del siglo XV), pasando por viejas series de televisión como La flecha negra, adaptación de la novela de Stevenson que hizo las delicias de los niños de mi generación. También aquí, como en ese serial, lo que subyace es la rivalidad entre dos familias: los rudos pero honorables y abnegados Stark y los riquísimos y ambiciosos Lannister, que son quienes ahora controlan el reino. En fin. No es malo que todo ese material se recicle y cobre nueva vida; sobre todo, si eso se hace, como es el caso, con habilidad e inteligencia. Otra cosa es que uno se explique la renovada vigencia de estos seriales interminables o adivine a qué disimulada necesidad del público moderno responden. Yo no sabría decirlo. 

martes, enero 07, 2020

EL BUEN LECTOR

6/1/19

Este domingo, coincidente con el día de Reyes, no hay mercadillo. Se ve que también quienes tienen el empeño de pasarse la mañana en la plaza, ante un tenderete de objetos de muy improbable venta, anteponen el compromiso familiar a su humilde negocio. Lo que me hace sentir un poco de mala conciencia: yo, en cambio, a pesar de que algo me barruntaba, he venido hasta aquí buscando no sé qué: tal vez esa mínima felicidad del hallazgo, reforzada en estos días por la satisfacción de que las cosas verdaderamente valiosas para uno no son las que provocan largas colas en los comercios, sino las que alguien tira a la basura o cede al baratillero y, sin embargo, vienen a llenar un hueco realmente existente -aunque quizá uno no lo supiera- en una especie de lista ideal de deseos que no sé sabe qué desorden de las prioridades te ha hecho concebir.

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Satisfacción al leer, en los diarios de JLGM de hace apenas dos años, opiniones y pronósticos sobre la actualidad política del momento que en su día, cuando fueron formuladas, todo el mundo consideró simples tentativas de llevar la contraria al resto o de llamar la atención, pero que ahora se revelan de una pasmosa exactitud, no sé si porque esa faceta de la realidad -la política- se ha vuelto tan veleidosa e impredecible que cualquier pronóstico, por arriesgado que sea, tiene posibilidades de verse confirmado por los hechos más tarde o más temprano; o -lo que considero más probable- porque este amigo diarista ha sabido contar las cosas que suceden hoy como si estuvieran sucediendo en, pongo por caso, 1931 y los hechos se le presentaran de la manera más o menos conclusiva con el que suelen concurrir en los libros de Historia, y no amontonados y confusos, como sucede en la crónica de actualidad. Y quiero suponer que esa -pasmosa- habilidad suya es consecuencia de poner entre la realidad y la conciencia la misma distancia que uno pone entre el mundo reflejado en una novela y la mente de quien la lee. Hábitos de buen lector, en suma, sólo que aplicados al texto más confuso de todos, que es la actualidad.

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La salida con amigos de anteayer se saldó con veinticuatro horas de dispepsia y resaca, rematadas por un tremendo dolor de cabeza en el momento de irme a dormir. Y ni siquiera bebí demasiado. En estas ocasiones lo que más lo emborracha a uno es la propia incontinencia verbal y su consecuencia más reconocible, que es el deseo imposible de retractarse de todo lo dicho; o, al menos, de todo lo que lo deja a uno, a partir de ese día, con el flanco un poco más expuesto. 

  

viernes, enero 03, 2020

EXORCISMOS



2/1/2019

El primer Año Nuevo que pasamos en este piso hizo un tiempo espantoso. El temporal azotó las ventanas, que ya habían demostrado no estar todo lo bien selladas que su función requería -posteriormente fueron revisadas y reparadas por la empresa constructora- y el viento en remolinos hizo que entrara agua por las aberturas de ventilación de la pared de ladrillo que cerraba el local en desuso, todavía por acondicionar, que ocupaba la planta baja; lo que tuvo como consecuencia que se formara un enorme charco justo en la zona bajo la que se encuentra nuestro garaje y trastero en los sótanos del edificio... Me pasé la mañana de Año Nuevo achicando agua para atajar las goteras y cerrando las aberturas de la pared con trozos de ladrillo sacados de entre los escombros que todavía llenaban el local. 

Me acuerdo de todo esto, como de una pesadilla, todas las mañanas de Año Nuevo, y más en estas últimas en las que siempre ha lucido el sol como en un día de primavera... Se habla mucho de los traumas infantiles, seguramente con razón, pero últimamente doy muchas vueltas a ciertas deprimentes experiencias de la vida adulta que parecen destinadas a ir con uno mientras viva. Lo mejor para estas cosas, dicen, es ir declarándolas. Por eso las traigo aquí, por si este cuaderno basta para exorcizarlas. 

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En el supermercado, en la víspera, se habían acabado las bebidas. Yo alcancé a llevarme la última botella de Anna de Codorniú que quedaba en los estantes. De lo otro, de todo lo referente a alcoholes recios y baratos, no quedaba nada. Algunos carros a rebosar, empujados por chicos que apenas rebasaban la adolescencia, daban cuenta de cuál iba a ser el destino de toda esa marea de alta graduación. Al día siguiente, en la sobremesa familiar, oigo historias de comas etílicos sucedidas en otros años y de los que los miembros más jóvenes de la familia han sido testigos. No me cabe la menor duda de que este año habrá habido otras muchas. Desde nuestra ya afianzada voluntad de retiro, de todo eso sólo nos llega una especie de eco, de resonancia lejana, como ese zumbido que en algunos museos de ciencias suena en algunas dependencias y las cartelas explicativas re dicen que es el rumor de fondo del Big Bang. Salpicado, eso sí, de zambombazos más cercarnos, alrededor de los cuales parecen oírse una especie de siniestro griterío infantil, seguido de carreras, como si en noches como ésta se abrieran las puertas de la sección infantil del limbo para dejar salir provisionalmente a niños que, si no están ardiendo en lo más hondo de los infiernos, es porque les han sido conmutadas sus penas por razón de su edad.

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En estos días nos hacemos cargo del gato del vecino, que pasa las fiestas fuera, con su familia. Y ahora los dos, el suyo y la nuestra, ocupan mi mesa, sobre la que da el sol, y se resisten a echarse a un lado para que yo pueda asomarme a la pantalla. Sin embargo, encuentra uno un indecible placer en estar rodeado de gatos. Tal vez porque transmiten algo así como una placidez de la que podemos hacernos una idea, pero que nos está vedado sentir como cosa nuestra. 

miércoles, enero 01, 2020

LASTRES

31/12/18

Último día del año. Como el año nuevo no lo podré pasar con mis padres, voy a verlos en la víspera. Andan haciendo limpieza, no sé si por motivos rituales, para acabar del año con todo en su sitio y con lo superfluo eliminado, o simplemente porque se aburren y les ha dado por ahí. Me dicen que hay muchos cajones y compartimentos ocupados por cosas mías, libros y papeles viejos sobre todo. Por pasar el rato, accedo a examinarlos. Efectivamente, ahí están mis viejos libros de la EGB y el BUP, más decenas de carpetas de apuntes -muy bien ordenados, eso sí- de esos años y de la carrera. También, viejas pinturas mías de entonces, que encuentro horribles, y trastos tales como un viejo microscopio escolar, una caja de compases averiados -a todos les faltan tornillos o piezas-, un tubo de buceo, una bolsa con pequeños accesorios eléctricos de los que yo usaba para hacer manualidades -un motor a pilas, unas bombillas, etcétera-, otra de canicas, un despertador despanzurrado... 

Les digo que lo pueden tirar todo, con algunas excepciones. Por ejemplo, el Curso de lengua española de Fernando Lázaro Carreter y Vicente Tusón que tuve como libro de texto en COU, y que está tan bien escrito y razonado que me da pena deshacerme de él: "No existe, no ha existido nunca, igualdad en la posesión del idioma. Es un derecho que las sociedades habrán de conquistar con la extensión de la enseñanza y de la cultura. Hoy, 'hablar bien' y 'escribir bien' son cosas que se sienten como privilegios de las clases superiores; las menos favorecidas, que les disputan otros (...), suelen cederles éste sin reivindicarlo también...". Habiéndome criado con estos maestros, ¿cómo voy luego a transigir con las modernas manipulaciones a las que toda clase de biempensantes de uno y otro signo quieren someter al idioma? 

Por lo mismo, extiendo la absolución a una horrible edición ilustrada, tamaño folio, de Hojas de hierba de Whitman en traducción de Borges. Debió de quedar relegada, en mis mudanzas, por razón de su tamaño, pero no es un libro que uno pueda arrojar sin más al contenedor de los papeles. Lo guardo, junto con un diccionario de latín en buen estado, para la biblioteca del instituto. 

Salvo también de la quema dos pequeños óleos míos, enmarcados, que pinté y feché en 1982, a mis diecinueve años. Los hice para aprovechar los marcos de unas láminas japonesas que figuraban en el primer ajuar de mis padres y que éstos debieron considerar pasadas de moda en torno a ese año. Hoy son de nuevo esos marcos los que me hacen indultar, de momento, las pinturas que contienen, a la espera de que me decida a sustituirlas por un par de acuarelas hechas a medida para aprovecharlos.

Y, por último, añado al lote dos álbumes de sellos, testimonio de mi hoy por fortuna superada tendencia al coleccionismo inane. Pero los sellos son bonitos y me da pena tirarlos. Y quién sabe si tendrán algún valor.

¿Qué traes ahí?, me pregunta M.A, al verme llegar a casa cargado con una abultada bolsa. La primera impresión que he debido de dar es que vengo de comprar regalos navideños. Pero es más bien lo contrario: vengo a restar espacio, con estas cosas viejas, a la mera posibilidad de que otras nuevas vengan a sustituirlas. Soy un hombre cargado de lastres. Mis padres deben de estar felices porque han vaciado tres puertas de la boisserie barata, de madera contrachapada, que preside su salón desde 1968. Yo voy a tener que hacerles hueco a las cosas que he salvado de la quema. 

martes, diciembre 31, 2019

EXQUISITOS

Comenta nuestro anfitrión, mientras lo ayudamos a partir los espárragos, que le gusta escuchar la radio por las noches y que eso habitualmente lo ayuda a conciliar el sueño. Lo que me resulta. no sé por qué, una costumbre... antigua, de la época en la que los coetáneos de mi padre tenían en mucho llevar encima una radio a transistores y seguir en ella los partidos de fútbol del domingo, por ejemplo. Pero nuestro anfitrión es un hombre antiguo, que no sólo no usa apenas el ordenador, sino que ni siquiera ve la televisión. Lo que crea extrañas paradojas: por ejemplo, el hecho de que su hábito de tener la radio puesta todo el día lo haya acostumbrado a la música de moda, en la que está razonablemente al día, mientras que a mí es difícil que me suene un músico o banda que haya triunfado después de... 1978, pongo por caso. "Definitivamente eres un hombre antiguo con gustos modernos", le digo, "mientras que yo soy un hombre moderno con gustos antiguos". Y a él no le parece mal mi frase lapidaria, dictada quizá por el número de copas que llevamos bebidas, y que no sabemos muy bien qué significa, si es que significa algo.

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La mañana no tenía nada de especial: me había levantado tarde, encendí la chimenea avivando las brasas del día anterior -tengo esa manía-, me senté a leer ante el fuego... Luego sonó el teléfono y otras urgencias vinieron a trastocar el desarrollo de una mañana que se anunciaba lenta y plácida. Pero agradecí el hecho de que dichas urgencias, que se podrían haber concretado la tarde anterior, hubieran llegado de este modo más o menos inesperado, permitiendo que el día comenzara bajo esa promesa, finalmente desmentida, de placidez. Del día hubo al menos una hora que salvar. Otros no te deparan ni siquiera eso.

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Y lo más curioso de todo era que, en ese rato de lectura en la mejor de las predisposiciones posibles, el libro que estoy leyendo y que no me gusta casi me estaba empezando a gustar. 

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Es curioso cómo algunos se afanan en ser... demasiado exquisitos, sin advertir quizá que el prurito de exquisitez asociado al silencio, al desasimiento de las cosas mundanas, a la aparente posesión de una trabajada vida interior... se desvanece en cuanto uno deja ver cuánto satisface su vanidad que lo reconozcan precisamente por esas cosas. (30/12/2018)

lunes, diciembre 30, 2019

CUANDO TOCA

29/12/18

Se agradece que haga frío cuando toca, como se agradece que haga calor cuando corresponde. Hoy he salido de casa a cuerpo, como he venido haciendo en los últimos días de este anómalo diciembre primaveral. Pero se ha nublado de pronto y me he tenido que volver a buscar un abrigo. Y su peso ha sido como una caricia, el abrazo cordial de las cosas que se ajustan a su tiempo y te devuelven la confianza en el carácter cíclico de la vida, que es la única forma de eternidad que conocemos.


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La muerte de P. Pasó la tarde en su bar de siempre con su sempiterna copa de tinto delante. Nunca supimos cuántas bebía: por las apariencias, una sola, o quizá ninguna, porque el contenido de la que tenía siempre en su mesa nunca variaba. Pero también era posible que se la hiciera llenar muy discretamente y que la tarde entera en la terraza del bar, hiciera frío o calor, se saldara con una ingesta de vino preocupante... No sé, nunca se le notaba. Tampoco esa vez: subió a casa a la hora de acostarse, se echó a dormir... y no despertó más. No sé cuántos años tenía: setenta y tantos, calculo. Ha sido la suya una buena muerte, que ha sabido burlar la enfermedad, la decrepitud y el dolor. Se ha despedido de la vida como solía: con pocas palabras y con la cortesía justa, que también podía ser ninguna cuando la ocasión le permitía evitar un saludo o un adiós. El otro día su viuda nos refería los pormenores. Y uno no se atreve a decir, porque resultaría quizá poco piadoso, que esa es la clase de muerte que desearía, al filo mismo de la edad de la que poco bueno cabe ya esperar y sin sufrir en vano ni molestar a nadie. Como para firmarla ya.


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Esta noche, espárragos silvestres, que es tanto como volver a nuestra condición esencial de nómadas recolectores. Ojo avizor y un buen cuchillo de sílex en la mano. Qué otra cosa necesitas. 

sábado, diciembre 28, 2019

NUNCA PRESUMAS


27/12/2018

Hay razones para sospechar que la novela que gusta hoy a casi todo el mundo no gustará dentro de unos meses, o a lo sumo de unos años, a casi nadie; o mejor dicho: cuando haya pasado ese tiempo, no habrá nadie en disposición de constatar si esa novela sigue gustando o no, porque nadie la leerá entonces, ni habrá quien, en el caso de tropezar accidentalmente con ella, vea motivo alguno para ensalzarla o recomendarla y contribuir con ello a ponerla de nuevo en circulación. Y ello ocurre porque la razón principal por la que ciertas novelas triunfan no es su perfección literaria o su capacidad de reflejar un momento social o un estado de ánimo colectivo, sino su modo de amplificar o quizá sólo enunciar un cierto discurso en el que toda una promoción de lectores se siente reconocida y que, por tanto, resulta muy halagador encontrar en letras de molde. Esa identificación es, por definición, pasajera: en cuanto pasan unos meses los lectores sienten que ese discurso en el que se reconocían está tan pasado de moda como un determinado corte de pelo o una de esas frases pegadizas que todo el mundo repite hasta que, de pronto, todos parecen darse cuenta de que hacerlo resulta una imperdonable vulgaridad. Se me ocurren varias novelas, desde los ochenta hasta hoy, con las que ha ocurrido eso. Lo que no significa que no pueda haber otras que aspiren a la perdurabilidad y que pretendan lograrla, no mediante la asunción de esa especie de tono medio de discurso mental que el escritor comparte con sus coetáneos, sino mediante una indagación más profunda en otros niveles de la mentalidad de su tiempo que no suelen aflorar en los intercambios verbales cotidianos y que quizá atañan, no a una promoción concreta de lectores, sino a varias, o puede que incluso a los lectores capaces de sentirse concernidos por todo un ciclo de la cultura en la que viven inmersos, y no sólo por sus manifestaciones más recientes, Etcétera. 

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Nunca presumas de tus idiosincrasias particulares -por ejemplo, mi fobia al queso o mi incapacidad para recordar las facciones de la gente a la que no he tratado lo suficiente- delante de un psicólogo: las convertirá de inmediato en síntomas de tal o cual síndrome, como los que los del ramo endosan alegremente a los chicos en edad escolar y quedan para siempre guardados en sus expedientes... Felices quienes nos hemos criado en épocas más ignorantes al respecto. Para nosotros, todas esas complejidades del alma -que no lo son, por mucho que el Gran Hermano se empeñe en conocerlas y consignarlas en sus archivos- se quedan simplemente en manías. 

lunes, diciembre 23, 2019

TRILOGÍAS


22/12/18

Paso el primer día de vacaciones haciendo limpieza. Rompo papeles, guardo cosas, despejo las pilas de libro que se amontonaban en mi mesa. Algunos, los ya leídos o al menos "hojeados en profundidad", como decía cierto concejal gaditano, van al estante que les corresponde; otros -unos pocos- se quedan en la mesa, porque doy por sentado que encontraré relativamente pronto el momento de leerlos. Y algunos, ay, los guardo en la caja que más pronto que tarde emprenderá la ruta de alguna biblioteca que admita donaciones o alguna librería de viejo. Y lo cierto es que ni siquiera esta última medida, de enunciado tan taxativo, me parece suficiente, a la vista de la imponente coraza de papel que envuelve mis paredes. Ha hecho varios expurgos en los últimos años y calculo que al menos doscientos libros han emprendido ese camino. Pero tendrán que ser más, si no quiero terminar sepultado en papel; y si cedo por fin a la triste evidencia de que sólo un pequeñísimo porcentaje de los que guardo tienen todavía algo que decirme en los años por venir. El resto... a esa extraña inmortalidad que alcanzan los libros cuando entran en ese limbo en el que no son de nadie y en él permanecen hasta que una mano amiga los redime. 

Ojalá la encuentren también estos pobres libros que hoy he descartado.


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Entre tanto, sigo con la "novela del año", esforzándome porque me guste... Pero me lo está poniendo difícil. En lo leído esta mañana, por ejemplo, en esa hora temprana, tan propicia para leer, en la que el hábito de madrugar me echa de la cama y no me atrevo a hacer nada que pueda despertar a quienes siguen dormidos, me horroriza comprobar que el autor no parece temer a dos de los tópicos que más detesto en cualquier libro y que tengo por norma evitar en los míos, a saber: 1) envolver en aparente ironía o incluso abierto sarcasmo lo que no es sino una clara exhibición de tontería vanidosa: por ejemplo, cuando a uno lo invitan a un sarao de muchas campanillas y, para disimular la satisfacción que ello le produce, lo cuenta como si hubiera ido allí para desenmascarar la farsa en la que participan otros -él no- y dejar así constancia de que esas cosas no van con él; y 2) -esto se aplica a los escritores que no siempre se han ganado la vida como tales, y que en otras etapas de sus vidas han sido profesores, por ejemplo- utilizar la literatura como medio para ajustar cuentas con situaciones vitales en las que otros se ganan la vida muy dignamente, sin que nadie tenga la culpa de que el escritor de marras no desempeñara su oficio con la dedicación que hubiera sido de esperar y haya esperado la ocasión de emanciparse de él para convertirlo en objeto de escarnio. 

Se entiende que estos defectos sólo son imputables a los escritores que, como es el caso, no disimulan la naturaleza autobiográfica de lo que escriben. Y ése quizá es el principal defecto de esta "novela": que no lo es, pero se acoge a las salvaguardas de la ficción para legitimar un dietario o una simple recolección de recuerdos y reflexiones en los que el autor no ha podido evitar saltarse todas las cautelas que rigen para la literatura autobiográfica propiamente dicha. 


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Por lo mismo, no sé qué decir cuando, en el almuerzo navideño con los compañeros de trabajo, alguien me pregunta: "¿Para cuándo la novela de tu experiencia como profesor?". Y lo que respondo es: "¡Ojo! De una pregunta como esa, formulada en una comida familiar, surgió mi Trilogía de la Transición". Pero sé a ciencia cierta que no se trata de lo mismo. A ningún escritor le cuesta escribir sobre su infancia, adolescencia y primera juventud, porque sabe que, por muy íntimas y privadas que sean las experiencias que está traspasando al papel, en realidad esas etapas de la vida se recuerdan como parte de una especie de fondo común de experiencias un tanto impersonales y que en realidad pertenecen a todo el mundo. Lo mismo ocurre, quizá, con ciertas facetas de la vida adulta: las vicisitudes sentimentales, el temor a la vejez y a la muerte, etcétera. Pero ¿a qué fondo impersonal pertenece el desempeño concreto y particular de uno en el medio laboral que le ha tocado en suerte? ¿Cómo hacer, por ejemplo, la "novela de un profesor de instituto" sin que el empeño no parezca un simple ajuste de cuentas a toro pasado con aquello de lo que el escritor ha comido durante años? Y el caso es que esa novela -que, en mi caso, tendría tres actos, o quizá las tres partes de una nueva trilogía- la tengo ya en la cabeza, porque para que haya novela tiene que haber... una cierta conciencia de que los acontecimientos que se dispone uno a contar desembocan en una crisis. Y yo tengo muy claro en qué consistieron las crisis en las que culminaron al menos los dos primeros episodios de esa trilogía que no voy a escribir jamás. No así en el tercero, que es en el que estoy inmerso ahora. Y cuyo desenlace es... el previsible.

viernes, diciembre 20, 2019

A LO MEJOR DEBERÍA


19/12/18

Empiezo a leer la que la mayoría de los medios especializados consideran la "novela del año". Llevo treinta páginas. Y aunque quien me la prestó me había asegurado que bastaba la primera para quedar enganchado, no me voy a dar por vencido tan pronto por el hecho de que estas treinta  me hayan dejado más bien frío. La experiencia me dice que algunos libros necesitan más tiempo, y que en muchas ocasiones es la parte central o incluso el final lo que arroja sobre el resto una luz decisiva, que realza el conjunto y redime la posible aridez del comienzo. Aún así... no sé, tengo mis dudas de que esa redención se vaya a producir en este caso. En una novela cabe casi todo, pero muy pocas novelas se sustentan en la mera acumulación de desahogos, sin que haya un trabajo previo de definición de personajes, de concreción de ambiente, de previsión de un desarrollo argumental bien articulado. Y de todo eso, me da la impresión, carece esta novela entrecortada, espasmódica, pobretona. O lo mismo no. Paciencia: nunca abandono un libro una vez empezado. Aunque a lo mejor debería plantearme hacerlo alguna vez.


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En el aeropuerto. Hemos llegado con el tiempo justo, lo que me ha hecho incurrir en algunas de las conductas que más detesto: he dejado el coche en el espacio reservado para el transporte público, en la misma puerta de la terminal, mientras espero que mi pasajera llegue a la puerta de embarque y me llame para decirme que va a poder subirse al avión. Lo mismo han hecho muchos otros conductores: al menos quince o veinte coches ocupan la parada del autobús y algunos menos la de taxis: esto último se debe a que los taxistas son más expeditivos e increpan sin complejos a los desconsiderados que les ocupan su espacio, mientras que los conductores de autobús se han acostumbrado ya a esperar en segunda o tercera fila cuando la parada está invadida, lo que debe de suceder siempre, a juzgar por lo que estoy viendo hoy. El caos es absoluto: cuando uno de los coches invasores quiere salir de la maraña en la que él mismo se ha metido, debe hacer sonar el claxon para que los otros se vayan apartando, hasta alcanzar un trozo de calzada más o menos expedito... Y lo que más llama la atención es que a nadie se le haya ocurrido tomar medidas para evitar este... no sé cómo llamarlo: este alarde de mala organización, de mala educación, de anteponer los propios intereses a cualquier otra consideración. Y me siento muy avergonzado de haber sido parte de ello. 

martes, diciembre 17, 2019

SALUDOS


16/12/18

Buenos días, primera bocanada de aire frío en el rostro. Gracias por recordarme la intemperie. 

Y a ti también, olor del jazminero que perfuma la calle desde su patio oculto, como abriendo las puertas a otra realidad. 

Y a ti, muchacha que paseas un perro cabizbajo que parece contar sus pasos mientras corre a tu lado: también yo busco a veces pautas de pensamiento a ras de suelo.

Buenos días, amables, madrugadoras empleadas 

Hola, funcionarias de mediana edad que esperáis todas las mañanas el mismo autobús que yo y aprovecháis este rato para criticar al jefe de servicio o hacer cuentas sobre cuánto os falta para la jubilación.

Hola, perro de ciego que, acurrucado en el pasillo del autobús, junto al primer asiento, que es el que ocupa siempre tu amo, soportas con paciencia, sin mover un músculo, los roces de los que pasan e incluso algún que otro pisotón.

Hola, anciana que no alcanzas a ver las cifras impresas en el tique y siempre pides a alguien que te diga si te llega el saldo para el trayecto de vuelta.

Hola, primeros arreboles de la mañana en el horizonte, mientras el autobús cruza el puente sobre la bahía.

Hola, gaviotas y cormoranes.

Hola, ciudad virada a gris en la que lentamente empiezan a despertar los colores -primero, el rojo de las señales de peligro-.

Hola, gente que fuma en las escalinatas del hospital, después de la noche velando al enfermo.

Hola, vagabundo que sacas tus cartones de dormir del portal en el que has pasado la noche.

Hola, olores a café y a mantequilla derretida en el pan caliente.

Hola, escaparates todavía apagados.

Hola, muchacha que me regalas, al pasar, una bocanada del olor del gel de baño con el que te has duchado.

Hola, carro sangriento del que cuelgan las piezas de vacuno que un hombre con delantal de hule empuja hacia la puerta del mercado.

Hola, maniquí desnudo.

Hola, gato que has pasado la noche bajo un coche en el solar frente a la entrada del antiguo cementerio.

Hola, bocanada de aire con olor a mar al torcer la esquina, cerca ya de mi destino.

Hola, temblor febril de los fluorescentes en el vestíbulo del centro de trabajo, donde un hombre con barba de tres días da las últimas caladas a su cigarrillo.

Buenos días a todos. Me conforta saber que estáis todos ahí, donde os corresponde, y que de este modo reafirmáis vuestra persistencia, a pesar de que raro es el día que no trae indicios irrefutables de lo contrario.

¿Os veo mañana? 

jueves, diciembre 12, 2019

UNA GOTA MÁS



12/12/2018

He buscado esta soledad -quiero decir, que he venido hasta esta cafetería a desayunar a sabiendas de que no me encontraría en ella con ningún conocido-, pero por fortuna no estoy solo del todo. En la mesa de al lado, que quedó vacía hace un rato y que el camarero no ha venido todavía a limpiar, un gorrión picotea los restos de una tostada. En cada bocado arranca lo que parece una apetitosa brizna de miga con mantequilla, que arrebata y alza en vuelo y traga en el aire, revoloteando y mirando acá y allá, por si algún depredador oculto estuviera al acecho. Me alegra comprobar que yo no entro en esa categoría amenazadora. Cuando me levanto para intentar acercarme lo más posible y hacerle una foto, ni se inmuta. Tampoco teme al camarero, con el que se ve que ya tiene confianza: cuando éste retira el plato con el resto de tostada, sigue picoteando tranquilamente las migas que han quedado en la mesa. Es la imagen misma de la abundancia y la felicidad. Yo había venido aquí a leer, pero, con eso de levantar la mirada cada pocos segundos para ver lo que hace mi compañero, podría decirse que yo también, más que leer, picoteo del libro que me he traído.


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En el autobús, una chica se queja de que su grupo de compañeras la ha pasado por alto en cierto reparto de apuntes. Dice algo así como: "Han pasado de mi culo", remedando el modo de hablar que los doblajes fáciles atribuyen a los maleantes en las películas americanas. Los apuntes en cuestión, por lo que colijo, son de literatura de los Siglos de Oro. Bueno, me digo, también Quevedo recurría con frecuencia a la jerga malsonante, como lo hace ahora esta futura graduada en Filología. Eso sí: lo ponía en verso.


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En lo que llevo de semana han estado a punto de atropellarme tres veces, tantas como he cruzado cierto paso de cebra que ningún conductor respeta y que me resulta imprescindible para llegar a mi parada de autobús. En todas esas ocasiones he pensado que me he jugado la vida por hacer valer un derecho; pero también que quizá valdría más ser un poco más prudente, porque cuando un coche me aplaste, de poco me va a servir saber que era yo quien tenía la preferencia. Si acaso, acuso la gratuidad de toda esta violencia cotidiana, que recibimos casi sin reparar en ella. Y me avergüenza un tanto el hecho de que el exabrupto que me acude a los labios en todas y cada una de estas ocasiones es una gota más en una copa que no se colma. 

miércoles, diciembre 11, 2019

QUIZÁ LA FIEBRE


10/12/18

Continúa el tiempo primaveral en este anómalo diciembre. Resfriado y todo, me he sentado a desayunar a la intemperie. Menos confiados que yo, los compañeros con los que suelo coincidir en este rato de descanso han optado por el interior del local, donde el televisor atruena y la atmósfera cargada de olores a mantequilla fundida y café resulta, comparada con el aire fresco de la terraza, un tanto irrespirable. Pero no me aburro. Me basta con mirar la rompiente, a unos cincuenta metros de la orilla: debe de haber rocas o un banco de arena y eso es lo que hace que las olas rompan como a cámara lenta o como si una mano invisible pasara sobre su lomo una plegadera que las forzara a doblarse precisamente de ese modo... También la calle ahora parece acallada, como ocurre con las multitudes cuando se derraman por una playa y las distancias absorben y atenúan su fragor. Pienso que tengo mucha suerte de poder disfrutar de este momento; y pienso también que esta ligera sensación de exaltación es síntoma quizá de que la fiebre no se me ha ido del todo.


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El solitario no sabe nunca si mantiene su soledad porque los demás la respetan o simplemente porque la rehúyen. 

martes, diciembre 10, 2019

THANK HEAVEN...


9/12/18

El cine de Bertolucci -hemos vuelto a ver La luna- ha envejecido mal; Jünger -de quien leo estos días Tempestades de acero- ha envejecido mal; y hasta yo mismo -acabo de mirarme en el espejo para constatar en mi rostro demacrado los efectos de un inoportuno resfriado- parezco contagiarme de esa crisis de perdurabilidad que tan devastadores efectos está haciendo en algunos de mis clásicos. 


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Thank Heaven! The crisis / The danger is past / And the lingering illnes / Is over at last... cantaba Poe en For Annie. Hay pequeñas contrariedades cuyo final bien merece unos versos sonoros como éstos. Como la que, entre comprensibles lloros, nos anunció C. al principio del puente festivo: la habían despedido. Y lo grave no era tanto la noticia en sí -no era un trabajo del que se pudiera esperar otra cosa- como la sensación, por nuestra parte, de que, cuando una persona querida o simplemente cercana nos anuncia, siquiera sea por el tono de su voz, que nos va a contar alguna contrariedad, el ánimo se predispone de inmediato a lo peor. No sé de dónde nos viene ese pesimismo; ni por qué la vida, que tantas cosas dignas de celebración trae cada día, queda reducida, por virtud de ese ánimo achicado, al recuerdo de las pocas pero señaladas crisis que verdaderamente nos han afectado, y cuyo efecto combinado parece resucitar apenas se vislumbra una nueva, por leve que sea. Luego, dos días más tarde, nos llamaba C. para anunciarnos que había encontrado ya otro empleo y nuestra alegría fue grande... Pero estas cosas son como la sucesión de las estaciones: ni las calores del verano nos compensan de los fríos de ayer ni los que tengan que venir bastarán para aliviar otras calores mal soportadas. Queda en el cuerpo y en el ánimo la sensación de... vapuleo. Y un vago deseo de intentar.. no sé... Alguna clase de terapia, quizá, cuyo principio bien podría ser el intento que anotar aquí los... ¿me atreveré a llamarlos síntomas? 


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Tres cosas que detesto: las conversaciones sobre comilonas en restaurantes, los coches llamados SUV -grandes, ostentosos, agresivos, feos-, la radio del conductor a todo volumen en el autobús de línea. Sin ellas, la vida sería ciertamente, si no más hermosa, más... discreta.   

sábado, diciembre 07, 2019

UNIFORMIDAD


6/12/2018

"¡Una semana menos!", exclama alegremente este compañero al terminar la jornada del viernes; y del todo ajeno, entiendo, a las ominosas implicaciones de sus palabras, pronunciadas con esa alegre inconsciencia que nos permite vivir.


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Cuanto más inhabitable se hace el espacio público, más imperiosa se hace la necesidad de fortalecer los muros que defienden el entorno propio. "Sí", me dice MA. "Pero a veces eso no basta".


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¿Quién, salvo los asténicos y los alérgicos -entre quienes me cuento, ay- no es partidario de la primavera? Sin embargo, también cansa esta especie de primavera eterna en la que estamos anclados, en virtud, dicen, del cambio climático. Salgo a la calle a cuerpo en pleno diciembre, cantan los pájaros e incluso ponen su nota de color en la maleza algunas flores silvestres. También el clima, como las culturas y los hábitos de consumo, tiende a la uniformidad. Y por las mismas causas que todo lo demás. 

martes, diciembre 03, 2019

EN EL BAZAR


La tienda permanece en penumbra, en parte porque la iluminación es insuficiente, en parte porque fuera luce un sol cegador y por contraste cualquier interior parece sombrío. La atiende un marroquí, a quien he mostrado con gesto de desvalimiento el mando a distancia de mi garaje, que ha dejado de funcionar, seguramente porque se le ha agotado la pila. Le digo también que no sé de qué clase de pila se trata, porque nunca antes me había visto en la necesidad de cambiarla, ni cómo se abre la carcasa... 

El hombre parece somnoliento. Son las doce y es posible que la inactividad, la semipenumbra e incluso la falta de un tentempié de media mañana hayan obrado su efecto sobre él. Pero me escucha atentamente y de inmediato se pone en acción. De un cajoncillo saca una caja de destornilladores y entre ellos elige el adecuado para aflojar los dos tornillos microscópicos que cierran el aparato. Opera con meticulosidad y precisión, como un relojero: viéndolo trabajar en la penumbra, rodeado de los mil cachivaches que llenan las estanterías que tiene a sus espaldas, tiene uno la impresión de hallarse en un bazar de Estambul o Marrakesh y de que lo que ha llevado a componer no es un mísero mando a distancia, sino la mismísima lámpara de Aladino, en cuyo interior el genio ha debido de quedarse dormido. 

Una vez abierta la caja, la pila sigue sin dejarse ver: hay que levantar con la uña la placa que contiene el circuito integrado y.... voilà, aparece una especie de cepo que sujeta dos pilas de botón que, de nuevo, hay que empujar con la uña -la del dependiente es negra y poderosa, como una lasca de granito- para que caigan sobre la mesa. "Yo nunca me habría atrevido a tocar ahí", le digo, para congraciarme con el hombre por hacerlo trabajar tanto para efectuar una venta que seguramente será insignificante. Pero el ya ha encajado las pilas nuevas y la placa de los circuitos y cerrado la caja, que procede de nuevo a atornillar con su destornillador de relojero. "Dos euros", me dice. Le dejo en la mesa una moneda por ese importe, grande y brillante como un dinar de los que circulaban por Bagdad en los tiempos de Las mil y una noches, y profiero todas las expresiones de agradecimiento que se me ocurren, mientras recupero la calle soleada y dejo allí, sumido en su melancólica tiniebla rodeada de colgaduras y reflejos de envoltorios de plástico, a este hombre que seguramente en otra vida anterior fue nigromante o alquimista y a quien todavía quizá faltan dos o tres horas para almorzar.


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Tras una semana azarosa, en la que ha dormido, primero, en un albergue con seis camas por habitación y luego, tras un lamentable accidente, en el hospital, J. ha encontrado alojamiento a través de una web de anuncios: un hombre de unos cincuenta años -veinte más que J.- se ve obligado a tomar un inquilino para llegar a fin de mes. Acaba de sufrir un infarto y le han dado la jubilación anticipada, con cuya cuantía no alcanza para cubrir gastos. Y así se unen dos desventuras: la del joven instalado en esa especie de precariedad permanente que ahora es la norma y la del hombre maduro que, descabalgado de su posición por una inesperada contrariedad, renuncia a su intimidad y a sus caprichos de hombre solo -de los que todavía conserva, al parecer un enorme televisor de plasma- para vivir como un estudiante. Y quién sabe si uno y otro no estarán agradecidos al azar que los ha llevado a cruzarse.


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La proliferación de setas -supongo que no comestibles, dado que nadie las coge- en el suelo del pinar, tras las lluvias, ha puesto una nota de magia en su monotonía sombría y, por qué no decirlo, un poco opresiva. Y ya sólo falta, para redondear el milagro, que vengan gnomos a habitarlas. (2/12/2018) 

domingo, diciembre 01, 2019

QUE VAN A DAR A LA MAR



Esta pariente avezada en hospitales me dice que el indicio más claro de que el paciente en cuestión va a morir es que la sonda de la orina deja de llenarse. Es decir: desde el momento en que uno deja de ser permeable al ciclo general de la materia, por el que sólo somos un estado transitorio más de ciertos sólidos y líquidos que al final, como decía el poeta, van a dar a la mar, etcétera .

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Componer tu autorretrato -en palabras, se entiende- como si cada trazo, en vez de fijar una línea, fuese el gesto de borrar una parte de tu contorno. El resultado: la invisibilidad.


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Al vino le sienta bien la palabrería en torno al vino, como a la vanidad le sientan como un guante los discursos que niegan la vanidad.


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Días en los que, viendo cómo se agita la superficie del mar, le quedan a uno pocas ganas de saber qué hay debajo (a no ser, claro, que uno sea Poe o Lovecraft). (20/11/18)


miércoles, noviembre 27, 2019

UNA CONFESIÓN


Empiezo a transcribir el diario de 2017. Melancolía: ese año empezaba bajo el peso de un acontecimiento luctuoso al que, cierto, apenas hago referencia durante su andadura, pero que sin duda tiene su peso en el tono general de lo escrito en los meses siguientes. Era, además, el primer tramo de mi diario on line que escribía bajo el compromiso de programar sus entradas para que no se pudieran leer hasta transcurrido un año de su escritura, lo que ha supuesto también un cierto olvido de los pudores que pesaban sobre él cuando lo publicaba sin filtro ni demora. No es que haya contado nada que no contara antes, pero sí me da la impresión de que el tono es más fiel al estado de ánimo que dictaba aquellos apuntes y que quizá ha desaparecido de ellos el disfraz literario mío del que me siento menos orgulloso, mi yo social o sociable, tan propenso a esbozar ante los extraños, como solemos hacer los tímidos, una sonrisa propiciatoria. Ahora esa sonrisa, ese desparpajo un tanto impostado, están atenuados o puede que eliminados del todo, y en eso creo que gana, no sólo la justeza en la expresión de la intimidad que debe de ser la meta de todo diario, sino también mi propio asentimiento a ese personaje mío cuyo modo de actuar no siempre me gusta. Ahora soy, si acaso, más antipático; que ya es decir.

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Y mientras dedico la tarde a copiar esas entradas y a revisarlas -ay, cuántas erratas-, me asalta la ocurrencia de que mi destino literario mejor sería poder distraer 500 euros al año o así de mis escuetos ingresos y hacer imprimir estos cuadernos en una edición pulcra y sencilla, en tiradas no mayores de cincuenta ejemplares, y regalarlos a los amigos. Y no querría otra cosa de la literatura y del mercado de vanidades que la envuelve como un papel pegajoso del que, a la postre, hay que desprenderla si se la quiere paladear sin molestas interferencias.

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Permítaseme que use este cuaderno como confesionario: he recomendado a unos amigos un restaurante en el que nunca he estado y al que seguramente no iré en tanto la cuenta de un restaurante de lujo sea un gasto que no me pueda permitir. Pero estos amigos no querían oír una confesión de mi frugalidad de hoy, sino un consejo mundano, y yo les he dado el mejor que he sabido encontrar. Me consta que el local es bonito -una vez unos amigos me hicieron asomar a su vestíbulo, ubicado en un antiguo aljibe andalusí-, y es más que posible que quien ha tenido la sensibilidad de restaurar con tan buen gusto ese espacio no haya descuidado tampoco el menú que se ofrece en su casa. Que lo disfruten, pues. Y que me lo cuenten luego. (26/11/2018)