jueves, enero 29, 2015

HUESOS

Pobres huesos de Cervantes. La proximidad del cuarto centenario de su muerte, que se cumplirá dentro de apenas un año, ha espoleado las ganas de desenterrarlos, y para ello no parece haber escrúpulo en turbar de paso el descanso de todos los sepultados en la cripta del viejo convento de las Trinitarias, en el Madrid de los Austrias. Hemos visto ya el resultado de algunas de esas exhumaciones: unos pocos huesos terrosos, descompuestos, con un cierto aire incongruente a despojo de carnicería. No entiende uno esa avidez carroñera. Si de antiguo se sabe que los restos del escritor están efectivamente enterrados en ese lugar, debería bastar esa certeza para satisfacer al curioso, o al simple lector agradecido que quiera permitirse el gesto entre piadoso y sentimental de visitar los lugares relacionados con la vida material de ese hombre sin suerte que se llamó Miguel de Cervantes. Lo otro, el deseo de ver e incluso de tocar esos huesos, parece responder más bien a otros instintos. Esa pornografía funeraria nada tiene que ver con la investigación histórica, ni con el afán de conocimiento de los eruditos, ni con el respeto a nuestro escritor más verdadero y universal. Responde, más bien, a esa especie de fetichismo que asalta al inculto acomplejado cuando debe enfrentarse a un objeto de cultura. Y que todo un país parezca fascinado por esa búsqueda dice mucho de lo que somos, de cómo somos.

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No, no estamos acostumbrados a estos fríos: la propia benignidad habitual de nuestro clima nos impide hacernos a ellos, por más que no haya año en el que falten semanas tan gélidas como las que estamos padeciendo. Las pasa uno como puede, dejando para ocasión mejor la necesaria adquisición de lo que por unos días echamos en falta: un gorro de astracán con orejeras, por ejemplo, y uno de esos abrigos canadienses de piel vuelta, con el pelo por dentro... Mientras, nos vamos apañando con nuestros abriguillos de prêt-a-porter y las bufandas de compromiso que nos regalan los Reyes Magos. Con los catarrazos y las bronquitis hacemos cuenta aparte: de algo hay que morirse. Y así hasta la primavera.

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Igual que a los políticos emergentes, en los Estados Unidos y otros países de tradición protestante, invariablemente les buscan, y casi siempre les hallan, un escándalo de faldas, a los de aquí se les busca siempre alguna indiscreción económica. Nuestra ligereza al respecto no tiene cura: por algo somos un país pobre, donde lo verdaderamente voluptuoso sería revolcarse en la riqueza. Lo otro, lo de la carne, ya se sabe lo que es: una diversión casera, que no cuesta nada.

miércoles, enero 28, 2015

INTIMIDAD

Lo que uno pone aquí, en este diario -lo he dicho ya muchas veces, pero no está de más recordármelo de vez en cuando-, es sólo intimidad, es decir, ese difuso amasijo de subjetividades sobre las que nadie puede reclamar una titularidad exclusiva porque, en buena ley, nos pertenecen a todos. Para ventilar lo otro, lo que podemos llamar la mera privacidad, se ha inventado eso que abusivamente llaman "redes sociales". Y quizá el gran descubrimiento que éstas han aportado a nuestro conjunto de certezas morales es que esas privacidades tan obscenamente exhibidas tampoco encerraban nada que mereciera la pena ocultar.


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Quizá el mayor reproche que pueda hacérsele a nuestro sistema educativo es el que supone el sol de invierno, por poner en evidencia que a veces hace menos frío a la intemperie que dentro de algunas dependencias escolares donde la lección que se imparte con mayor intensidad es la de que lo público es siempre paupérrimo.


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El primero que pensó que la escritura presupone siempre un interlocutor no estaba pensando tanto en la literatura como en la oratoria. Pero al parecer muy pocos advierten la diferencia.

lunes, enero 26, 2015

NEORREALISMO

Un buen argumento para cualquier imitador local del neorrealismo italiano, al estilo del Nieves Conde de Surcos o del Forqué de Un millón en la basura: el que atañe a este conocido mío que ha tenido que rifar entre el vecindario su reloj de pulsera para pagarse el billete a Holanda, donde le han ofrecido un empleo. No creo que el ganador le haya reclamado el premio.

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Nieve en el Torreón y el Reloj, dos picos de la sierra de Cádiz. Desde la carretera veo sus dos modestas caperuzas blancas, casi gemelas. Y pienso en la Bola del Mundo, en el Guadarrama, contemplado desde la ventana de un autobús en aquel noviembre, que ya me parece tan lejano, en el que empezaba in situ mi novela Ronda de Madrid, e hice una pausa en mis días de callejeo para ir a visitar (en realidad, a entrevistar, porque iba a proporcionarme algunas jugosas historias para mi novela) a una amiga mía que vive en la periferia de la capital. También aquel día soleado y gélido de finales de otoño me hizo acordarme de los fríos secos de la sierra gaditana. Luego vi nevar en el propio Madrid: una cenefa de nieve se acumuló en el repecho de la ventana de mi piso en Aluche; y esa misma noche, cuando volvía de presentar mi novela anterior, Vida nueva, en cierta librería madrileña, volvieron a caerme unos copos mientras atravesaba el Parque del Oeste en dirección a la estación de Príncipe Pío. Nieve sobre las formas egipcias del templo de Debod: una más de las muchas imágenes aparentemente incongruentes que forman el trasfondo, digamos, poético de aquel viaje literario. Ni que decir tiene que la novela que empecé a escribir en esos días fue un fracaso, como lo fueron las anteriores, como lo serán acaso todos los libros que me sea dado escribir. Pero también en esos días creo que alcancé a comprender la verdadera función de la obsesión literaria en mi economía vital: la escritura como un sutil subrayado de la vida corriente, un modo de intensificar o poner de manifiesto sus elusivas líneas de fuerza, sin las cuales el conjunto tiende a sumirse en la confusión y el caos. 

No sé por qué pienso ahora en esas cosas.

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Me comunica esta amiga la muerte de su perro, a quien tuvimos ocasión de conocer bien durante el largo periodo en el que la similitud de edad de nuestras hijas y una cierta confluencia inesperada de voluntades y afectos hicieron que nuestras respectivas familias intimaran y los siete -las dos parejas, cada una con una hija, más el perro- resultáramos casi inseparables, en un intervalo que duró varios años e incluyó unas cuantas vacaciones de verano en la sierra. El perrillo -un schnauzer pequeño, de andares asimétricos y mucho carácter- nos pastoreaba a discreción durante nuestros paseos, con algo de geniecillo tutelar y de nota excéntrica en aquel grupo levemente tocado ya de las melancolías de la edad, las contradicciones de la clase media y las perplejidades de la paternidad. Ha sido el primero en irse. Y será acaso como cuando, en su compañía, nos adelantábamos a cruzar el Bocaleones y el se quedaba al otro lado del arroyo, temblando de miedo y ansiedad, hasta que, en un arranque de gallardía, se decidía a meterse de cuerpo entero en el curso de agua.

miércoles, enero 21, 2015

CONEJOS BLANCOS


Fotos de la nieve cercana: de anteayer, pero podrían ser de hace cien años. Incluso los colores parecen emular esa bendita simplificación del mundo aparejada a la limitación técnica que suponía la fotografía en blanco y negro. Blanco sobre grises, o sobre verdes que apenas se distinguen del gris del cielo, con ese silencio de fondo que es el verdadero legado de la nieve, y que posiblemente no sea otra cosa que el contraste acusado entre la algarabía inicial de la lluvia que precede siempre estas nevadas del sur y el silencio resultante de la ingravidez de los copos.  Y ese carácter efímero de lo que se sabe de antemano que sólo va a durar unas horas, a lo sumo unos días, y que, por eso mismo, parece venir de más allá del tiempo para sobrevivirnos. 

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El maletero lleno de conejos blancos: al abrirlo, se desparraman por el terreno circundante, a despecho de que el lunático que conducía el vehículo empuñe ahora una escopeta y dispare salvajemente sobre ellos, sin alcanzarlos... Nada se dice del origen de esos conejos, o de la razón por la que eran transportados de esa manera anómala; como tampoco se dice nada de por qué en otro coche también usado en esa misma huida alocada había, en el asiento trasero, un expositor de camisas floreadas; o por qué el más joven de los fugitivos, ahora circunstancialmente metido a jardinero, alcanza a vislumbrar a la dueña de la casa completamente desnuda tras un enorme ventanal que la muestra de cuerpo entero, sin que luego sobrevenga el esperable lance erótico... Son algunos de los detalles, digamos, surrealistas que salvan Un botín de 500.000 dólares (Thunderbolt and Lightfoot, 1974), la rutinaria película que Clint Eastwood aceptó protagonizar y producir para un Michael Cimino ya en camino hacia el éxito de El cazador y la catástrofe financiera y artística que supuso Las puertas del cielo. Cosas del cine, que ahora se me vienen a la cabeza muy rápidamente, mientras repaso estos destellos de la película con la que anoche eché el cierre a las preocupaciones del día.

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En Argentina matan al fiscal que trataba de inculpar a la presidenta e intentan hacer pasar el asesinato por un suicidio. Primores del populismo peronista, que aquí todavía tiene (y parece que van a más) sus admiradores.

martes, enero 20, 2015

PRÓDIGOS

Si se cumplen las predicciones de Cáritas, pronto alcanzaremos ese límite simbólico de la desigualdad en el que el uno por ciento de la población posee la misma cantidad de riqueza que el noventa y nueve por ciento restante; es decir, lo que en tiempos más felices y confiados leíamos, con no poca complacencia por nuestra parte, de países como Guatemala o Zaire. Las proporciones pueden variar, y también es muy posible que un pobre en España no sea exactamente lo mismo que un pobre en Guatemala; pero nada más relativo que la definición de pobreza: en algunos lugares ya no es pobre quien posee una docena de cabras; en otros, se es muy pobre, y con conciencia de serlo, teniendo coche, televisor y smartphone en el bolsillo, aunque quizá no un plato de comida caliente en casa; y hasta puede que el exiguo dominio sobre el entorno social que proporcionan estos adminículos -es decir, la capacidad que proporcionan de conocer, siquiera sea de lejos, todo aquello de lo que otros disfrutan y uno no- acentúe aún más si cabe la conciencia de desigualdad

¿En qué terminará todo esto? No sabría decirlo, pero puede que baste echar un vistazo a lo que ocurre del Atlas para abajo, o en el Oriente Medio, para saber que, cuando poblaciones enteras llegan a la pavorosa conclusión de que ya no tienen mucho más que perder, de ellas puede esperarse cualquier cosa menos cordura. La experiencia de aproximadamente tres cuartos de siglo de cierto consenso social en Europa en torno a esa entelequia llamada "estado de bienestar" debería servir para orientar un poco a las clases gobernantes sobre qué requisitos debe cumplir una sociedad en la que el odio de clases y la violencia cotidiana no sean la norma. Pero aquí quienes parecen haber perdido el norte son los poderosos y los ricos (y no los asalariados que han vivido, como se nos ha dicho hasta la saciedad, "por encima de sus posibilidades"). Los demás sólo vamos a la zaga.



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Se escriben poemas para purgarse de esa especie de pecado de prodigalidad que es haber escrito otras cosas (véase lo precedente, por ejemplo).



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Escribir para nadie. Ningún otro público paga mejor.

lunes, enero 19, 2015

CONJETURAL

Por un momento, pareció que aquello iba a acabar como Los viajes de Sullivan, la certera apología del cine de evasión que dirigió Preston Sturges hace tres cuartos de siglo: "A la gente le encanta la sangre, le encanta la acción, no toda esta deprimente mierda filosófica y palabrera", le dice el hombre-pájaro -un no del todo improbable superhéroe al estilo de los muchos que han saltado de los tebeos al cine en los últimos treinta años- al actor que le dio vida, y que ahora anda empeñado en llevar al teatro una pretenciosa adaptación de un cuento existencial de Carver... Pero no. Lo que este hombre se trae entre manos es otra cosa: la posibilidad de reinventarse, por ejemplo; la de reivindicarse a sí mismo frente a su ya irrecuperable ex-mujer y su ya prematuramente desengañada hija; la de sobreponerse a la evidencia de que su momento de gloria pasó... 

De vez en cuando el cine lo planta a uno, sin defensa posible, frente a la fuerza de unas pocas verdades universales. Nada más universal que la insatisfacción, que la madurez como momento de irreversible desengaño, que la sensación de que toda una vida, con sus logros y éxitos incluidos, no sirve para compensar la desoladora crudeza de estos momentos de desesperada lucidez. De todo esto trata Birdman o la inesperada virtud de la ignorancia, la nueva película de Alejandro G. Iñárritu. Y a uno le parece que la sensibilidad universal, ese extraño ente colectivo que diariamente alimentamos con noticias mal digeridas, opiniones sin decantar y prejuicios potencialmente letales, no debe de andar todavía del todo desquiciada cuando parece dispuesta a otorgar a esta desesperanzada -y, a un mismo tiempo, extrañamente divertida- película las mieles del éxito. Qué raro. Y qué bien. 

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Tampoco va mal el proyecto que nos traemos entre manos el pintor José Antonio Martel y yo: una especie de diario pictórico-lírico a cuatro manos, al que él aporta las pinturas y yo los textos, en igualdad de condiciones: el pintor trabaja sobre una serie de textos dados y el escritor escribe sobre otros tantos cuadros, partiendo del tácito acuerdo de que los dos vamos a incidir sobre experiencias compartidas en varios años de trato y amistad. Llevamos varios meses en ello y, tras algún momento de duda, la cosa parece que progresa. Dentro de no más de dos meses presentaremos los resultados, posiblemente también en terreno amigo y entre amigos. Y no sé si iremos más allá porque, en estos tiempos de estrecheces, no se atreve uno siquiera a conjeturar la posibilidad de que alguien quiera editar estos treinta poemas en prosa con sus correspondientes imágenes, o estos treinta cuadros sobrescritos, como reza el subtítulo que provisionalmente hemos asignado al proyecto... Pero ahí están, y nos hemos divertido mientras tanto.

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"Es posible que nieve esta noche, e incluso que esté ya nevando en la montaña", me dice este amigo. Pero uno ya sabe que aquí la nieve es más conjetural que otra cosa, y que donde no deja nunca de nevar, invierno tras invierno, es en la imaginación.

jueves, enero 15, 2015

ECONOMÍAS

Me interroga cautelosamente esta conocida por mis gastos y casi me parece oír dentro de su cabeza unos ruidillos como de caja registradora... No, no le salen las cuentas. Y sonríe, como diciéndose: o miente como un bellaco o vive claramente muy por encima de sus posibilidades. Y  yo me acuerdo de las muy citadas palabras del dickensiano Micawber: Annual income twenty pounds, annual expenditure nineteen pounds nineteen and six, result happiness. Annual income twenty pounds, annual expenditure twenty pounds nought and six, result misery. Que no traduzco, porque para qué. 


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Me veo muy solicitado últimamente, sí, pero no más estimado en aquello por lo que realmente me gustaría que me estimaran. Lo que, en el fondo, resulta incluso halagador.



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Ya hablaremos dentro de diez años, cuando los documentalistas de la BBC hayan tenido tiempo para hacer la crónica de estos días de hoy. Nos llevaremos las manos a la cabeza entonces, como me las llevé yo hace unos días cuando oí, en el espléndido documental en tres partes Iran and the West, de 2009, que muy posiblemente Chirac y su partido influyeron sobre los islamistas de Hezbolá, que mantenían secuestrados a varios ciudadanos franceses en el Líbano, para que no los liberasen antes de las elecciones presidenciales de 1995, en las que se daba por seguro que Mitterrand, muy tocado en su prestigio por estos secuestros, perdería a favor del candidato conservador... Si la BBC ha dicho eso sin que el gobierno francés haya presentado una queja formal, es que cuando el río suena... Por eso digo: habrá que esperar lo menos diez años para saber la verdad de muchas cosas que nos asombran hoy.

martes, enero 13, 2015

MUTANTES

Acosado por mutantes que han sobrevivido al holocausto nuclear, el médico militar Robert Neville (Charlton Heston) cita un fragmento de The Waste Land de Eliot, el referente al "callejón de ratas / donde los muertos han perdido sus huesos". Ocurre en El último hombre vivo (The Omega Man), una desangelada película de ciencia ficción apocalíptica de 1971, cuando todavía estaban vigentes los terrores de la Guerra Fría... Días después, en El diario de Noa (sí, últimamente no ando muy fino en la elección de las películas que veo), me sorprende que el rudo chico obrero que se enamora de la rica que veranea en el pueblo se entretenga leyéndole a su padre poemas de Walt Whitman. La costumbre -explica el padre a a la chica- data de cuando, para curar la tartamudez de su hijo, lo obligaba a leer ese mismo libro en voz alta. La poesía mezclada con la vida; como posiblemente lo estaba, más que en el alma de los personajes, en el ánimo de los esforzados guionistas cuya vocación literaria, ay, los había llevado a ese pozo de talentos que en algún momento fue Hollywood. Como a otros, en fin, nos ha llevado a otros callejones sin salida. 

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Llegará el momento en el que uno cifrará como un logro haber sobrevivido al invierno. Lo noto en cómo, cada año que pasa, me siento más vulnerable al frío y veo con mayor claridad que un país que no ha hecho de la calefacción un bien común sigue siendo un país inhabitable. 

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Más sobre lo de ayer: qué francesa resulta esa grandeur en el dolor, materializada en un formidable funeral presidido por veinticinco jefes de estado... Ese mismo día morían otras decenas de personas por atentados similares -o quizá incluso más virulentos, si es que se pueden establecer gradaciones en el horror- en lugares como Nigeria o Líbano. Y a nadie se le ha ocurrido plantear la comparación: por qué esos otros muertos no han merecido los mismos honores; como no los merecieron, creo recordar, los ciento y pico que perdieron la vida en los atentados de Atocha, en Madrid, el 11 de marzo de 2004.

domingo, enero 11, 2015

UNA REFLEXIÓN

Se entiende que, después de que una capital europea haya sufrido el asesinato de diecisiete ciudadanos por parte de terroristas, el ánimo colectivo no esté para disquisiciones de mucho calado, y que lo que toca ahora es encauzar la emoción. Pero, aún así, me extraña que no haya habido todavía voces autorizadas que hayan intentado ir más allá del simple relato oficial de los hechos, es decir, de la mera secuencia que va de los asesinatos propiamente dichos a la muerte de los terroristas a manos de la policía. No pone uno en duda la pertinencia de la actuación policial; quiero decir: no me creo autorizado a ejercer ahora mi derecho a la sospecha y a la crítica, porque la gravedad de los hechos parecía reclamar que la respuesta fuera así de expeditiva, pero... 

Siempre hay un "pero", y ni siquiera las emociones más desbordadas deben impedirnos formularlo. Que los terroristas, finalmente, no hayan podido ser llevados a juicio priva a toda Europa de la ocasión de oír de primera mano el relato de la conversión de unos desventurados en unos despiadados asesinos; y de cómo unos chicos que, por lo que sabemos de ellos, hasta hace unos meses no se diferenciaban mucho de cualesquiera otros chicos de barrio, experimentan el proceso de reconversión mental que les lleva a abjurar de la cultura y los modos de vida en los que se han criado para profesarles, a partir de ese momento, un odio mortal. 

Que los terribles crímenes que ese odio les ha llevado a cometer hayan sido bendecidos por organizaciones terroristas más o menos lejanas no permite, entiendo, la fácil extrapolación que supone concluir que esos crímenes son simplemente obra de un agresor exterior. No: los asesinos eran, o habían sido hasta hace muy poco y a todos los efectos, ciudadanos franceses (como los hay españoles, británicos, italianos, etc., que parecen afectados por el mismo virus). Y lo que procede, entiendo, es, además de deplorar los crímenes y declarar la indignación que nos producen, reflexionar sobre las causas de esos grados de exclusión y odio. Detrás de todo esto hay, sin duda, un descomunal fracaso social y educativo, que los gobiernos europeos deberían proponerse afrontar; y no, como parece, limitarse a considerarlo inevitable, cuando no a fomentarlo desde políticas sociales, económicas y educativas francamente insensatas. 

En Francia, como en casi todos los países de la Europa rica, hay grupos enteros de población en los que parece que la educación obligatoria -y, con ella, la necesaria impregnación en ciertos indispensables valores cívicos- no ha tenido el menor efecto, y para los que el sistema productivo no parece encontrar acomodo; y que, por tanto, no parece que vayan a actuar en el futuro como ciudadanos integrados y pacíficos cuyo único anhelo es llevar una vida decente. La violencia social ha tenido siempre ese origen y no otro. La novedad reside, ahora, en que una parte de esa población -en principio, la de religión musulmana, aunque no hay que descartar que a la pugna de extremismos por venir se sumen otros grupos- cuenta con una bendición externa para sus actos de violencia antisocial, que amplifica el efecto de esos actos y convierte a sus autores en mártires de una causa. 

Pero el caldo de cultivo, no hay que olvidarlo, no está en el Yemen o en la devastada Siria, sino en nuestras barriadas. Y ése es quizá el relato que los gobiernos europeos, a lo que parece, no están dispuestos a escuchar. 

viernes, enero 09, 2015

LA RESEÑA DEL VIERNES: 'CINCUENTA POEMAS' de JOSÉ LUIS PIQUERO

LA RONDA DEL LIBRO, el suplemento de crítica literaria de esta COLUMNA DE HUMO, publica este viernes la reseña que nuestra colaboradora María Antonia Collado Luengo hace de Cincuenta poemas de José Luis Piquero.

"La poesía de Piquero es una especie de cónclave de condenados que, en la condena, han alcanzado la clarividencia y golpean con ella inmisericordemente al lector, a la vez que le insinúan -y ése es quizá el efecto más perturbador de estos poemas- que  todas esas voces quizá son, en el fondo, una sola, y que la conciencia de atroz desengaño que expresan se corresponde con la experiencia de un hombre común que no se diferencia de los otros más que en el uso certero que hace de los recursos de la poesía."

jueves, enero 08, 2015

LA LIBRETA CHINA

Un propósito de año nuevo: voy a dedicar la libreta que M.M. me trajo de China a anotar las películas que veo: en principio, título, director y fecha de visionado, aunque no descarto añadir algún otro dato que me parezca relevante: por ejemplo, ayer anoté la repetida mención que se hace en Cold Mountain del libro Travels Through North & South Carolina, Georgia, East & West Florida, the Cherokee Country, the Extensive Territories of the Muscogulges, or Creek Confederacy, and the Country of the Chactaws, más conocido como Bartram's Travels, por ser obra del botánico y naturalista William Bartram (1739-1823). No es el único libro que se cita en la película: las atribuladas protagonistas se distraen también leyendo Cumbres borrascosas, en lo que me parece un guiño a la escena de Lo que el viento se llevó en la que un grupo de damas sureñas está leyendo en voz alta el comienzo de Oliver Twist cuando irrumpe en la casa una patrulla yanqui para inquirir por el paradero de los maridos de éstas, que en ese momento están haciendo una razzia contra los negros desharrapados que acampan en los alrededores; en lo que es, quizá, la escena más controvertida de la película, por incluir una transparente justificación de las actividades de lo que pronto sería el Ku-Klux-Klan... 

Con esos mimbres -una alusión, un motivo histórico, un pretexto para hablar de alguna cuestión política o social aún vigente, algún que otro recuerdo personal- hacía yo mis crónicas de cine cuando no existía Internet y no había, por tanto, la posibilidad de acudir a Google para solventar las lagunas de la memoria. La práctica totalidad de los textos que componen mis dos libros de cine -La vida imaginaria y Me enamoré de Kim Novak- se escribieron de ese modo: a fuerza de exprimir mi (mala) memoria y consultar mis listados de películas vistas. Ironías del destino: cuando la informática puso a mi alcance una casi inabarcable fuente de datos, empezaron a disminuir también mis ocasiones de escribir sobre cine. Ahora retomo la costumbre de anotar las películas que veo. Será un modo de conjurar otro indicio preocupante: el hecho de que, una vez vistas, muchas de ellas las olvido por completo, hasta el punto de que ni siquiera estoy seguro de si las he visto o no. Por lo menos ahora tendré un aide-mémoire irrebatible. Y daré un buen empleo, creo, a esa bella libreta venida de tan lejos. Sea.

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La acompañamos a la estación, donde se ha citado con los que serán sus compañeros de viaje. La niebla se mete en la garganta y vela la voz, lo que es de agradecer, dadas las circunstancias. La mochila pesa tanto que apenas puedo con ella. El perro salta y menea la cola, excitado ante la perspectiva de un cambio de aires. En casa, creo, se aburría, y sus intentos de intimar con el otro miembro animal de la familia, la muy insociable K., acababan siempre en un extraño pandemónium de maullidos y bufidos de la gata, por un lado, y gritos humanos por otro, a los que él añadía los únicos ladridos que le he oído desde que lo conozco: su modo de reafirmarse; en lo que tampoco va descaminado: de eso se trata, de hacer valer el derecho a una voz propia, aunque sea algún que otro ladrido extemporáneo... Se van y no los veremos durante meses. Es ley de vida, y una ley que uno acata con gusto, pero...

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El levante, dicen, se llevará estas nieblas. Pero ya se sabe la extraña relación que existe entre el viento de levante y los temperamentos nerviosos. No sé. Quizá este invierno anómalo me esté templando el ánimo. Ya veremos.

lunes, enero 05, 2015

PROGRAMA DOBLE

No me parecen del todo deleznables las dos películas de Joseph W. Sarno con las que he venido a tropezarme estos días en mis exploraciones sin rumbo. Sarno -lo digo ya- fue un prolífico cultivador de eso que llaman sexploitation, es decir, de un tipo de películas en cuyas tramas abundan los encuentros sexuales y las ocasiones en las que sus personajes se exhiben desnudos, aunque dentro de unos límites: los que marcan las legislaciones vigentes para que una película no vea restringida su distribución a los circuitos de la pornografía. Una parte de la producción cinematográfica europea desde, pongamos, mediados de los sesenta a finales de los ochenta transcurrió por estos derroteros, y por ello no es extraño que Sarno, en esos años, alternara sus producciones en Estados Unidos con otras realizadas en países europeos más permisivos, como Suecia o Dinamarca.

De producción sueca son las dos películas suyas que he visto en los últimos días: Inga (1968) y Girl Meets Girl (1974). Las dos tienen en común una intriga que recuerda vagamente la de Las amistades peligrosas, la clásica novela libertina de Choderlos de Laclos. Ambas, en efecto, muestran las maquinaciones y el eventual desenmascaramiento de una  intrigante sexual. En ambas el guión avanza sobre pasos seguros, las interpretaciones tienen calidad dramática y la realización (fotografía, montaje, música, etc.) es cuidada y minuciosa. Más interesante es la primera, Inga, en la que la maquiavélica protagonista pretende explotar los encantos sexuales de una sobrina adolescente para obtener dinero con el que mantener a su improductivo novio, escritor en ciernes. El resultado es que, al final, la sobrina se enamora del escritor. En la segunda, es también una sobrina -parece que este parentesco da mucho de sí en las películas de Sarno- la que trastoca la apacible vida de libertinaje más o menos tolerado que se practica en la residencia de estudiantes que dirige su tía, hasta que sus maquinaciones son descubiertas. Una y otra película parecen abogar, pues, por una libertad sexual de buen tono, dentro de las convenciones burguesas y siempre con la exigencia mutua, entre quienes la practican, de respeto a unas reglas: el ideal, en fin, de la revolución sexual que estaba teniendo lugar en los ambientes liberales de los Estados Unidos y en buena parte de Europa desde mediados de los sesenta. Más que abundar en alardes donjuanescos y otras fantasías machistas, al estilo de las películas del mismo tenor que se hicieron entonces en Italia y más tardíamente en España, éstas de Sarno parecen simpatizar más con el personaje de la mujer liberada entre hombres más o menos pasivos o incluso abiertamente superados por los acontecimientos.

Como otras películas de esos años, éstas producen hoy en el espectador cierta melancolía. Los europeos y norteamericanos en general no parece que exhibamos hoy, en mayor medida que entonces, esos lineaments of gratified desire que el protorromántico William Blake quería, hace ya más de doscientos años, para su humanidad redimida por la Imaginación. Simplemente, las convenciones han cambiado, y se han hecho aparentemente más flexibles, sólo para favorecer el modus vivendi correspondiente a una población reducida a la condición de mano de obra eternamente eventual y que ha interiorizado esa precariedad hasta hacerla norma de vida. En ese sentido, estas películas hoy nos parecen... antiguas, por lo que tienen de expectativa de algo que el tiempo ha convertido en habitual, a la vez que ha desactivado sus efectos. De ahí, ya digo, esta melancolía con la que las vemos hoy. 


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Después de Inga, en el improvisado programa doble con el que me distraigo mientras el resto de la familia anda de compras, veo Torpedo (Run Silent, Run Deep, 1958), una espléndida película de submarinos. Asombra el partido que su director, Robert Wise, sabe sacar al espacio claustrofóbico en el que transcurre la acción. Es un mundo de hombres solos, en el que las únicas presencias femeninas son la chica que se exhibe ligera de ropa en un póster pegado en la pared y la voz sensual de "Tokyo Rose", la locutora que trata de minar la moral de la tripulación desde la radio enemiga. El comandante, interpretado por un ya muy envejecido Clark Gable, regresa con su nave al mismo avispero en el que había perdido otra unos meses antes, Y lo hace para morir allí y ser arrojado al mar, después de proporcionarles a sus hombres una apurada victoria contra un convoy enemigo; es decir: después de haber logrado -aquí también- esa especie de gratificación sensual de la que hablaba Blake, y cuyo precio no puede ser otro que la muerte... 


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Son, después de Qué bello es vivir, las primeras películas que veo en este 2015. Y, aunque las dos son muy viejas, me dejan el ánimo aligerado y expectante, como si a mí también me esperara en alguna parte un desenlace gratificante o una victoria... Será un buen año, sin duda.

sábado, enero 03, 2015

WILD

La fiesta salvaje (The Wild Party, 1975), la película de James Ivory, me lleva al poema del mismo nombre en el que está basada, publicado en 1928 e inmediatamente prohibido en buena parte de los Estados Unidos. De su autor, un tal Joseph Mancure March, apenas se volvió a hablar hasta que el poema fuera reivindicado por la beat generation (Burroughs especialmente) y conociera nuevas reediciones, entre ellas la que ilustró el afamado dibujante Art Spiegelman en 1994. El texto, que escandalizó en su día por sus descripciones sexuales explícitas, su empleo ocasional de palabras malsonantes y su enumeración de toda clase de prácticas y hábitos contrarios a la moralidad vigente -desde la homosexualidad al consumo de drogas y de alcohol ilegal-, se lee todavía hoy con agrado, aunque el lector que tenga un mínimo bagaje no terminará de reconocerle la condición de lost classic con la que se le quiso adornar en su relanzamiento: de hecho, el poema tiene más relación con las baladas de la cultura popular norteamericana -desde la de Jesse James a la de Bonnie & Clyde- que con cualquier logro de la poesía contemporánea; y sus tiradas rimadas resultan a veces francamente ripiosas, Pero expresa bien el gesto, también típicamente norteamericano, de desafiar las convenciones mediante un ocasional exabrupto que pone momentáneamente en su sitio a los biempensantes e hipócritas. Bueno. Tampoco la película es gran cosa, aunque quizá pueda contarse entre las pocas de James Ivory que no naufragan en esa suntuosa cursilería a la que tan aficionado es ese director.


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Y hablando de wild parties: mi ya diagnosticada bronquitis me mantiene en casa mientras una decena de amigos se divierten filmando el guión que ha elaborado C. a partir de mi relato "Carne o pescado", perteneciente a mi Sexteto de Madrid y otros cuentos. De vez en cuando me envían alguna foto del rodaje. Sí, parece que se lo están pasando bien. Pero quizá no sea del todo inapropiado que el autor del texto literario se quede en casa y no interfiera con la creación fílmica; aunque, por lo que sé, ésta sigue casi al pie de la letra el desarrollo de mi relato, y sólo ha cambiado, por necesidades logísticas, la localización. Sea. Esperaremos a ver el resultado.


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La flema, diagnostica este simpático médico que me atiende en el consultorio del barrio, no era finalmente del alma, como yo me temía a tenor de mi sombrío estado de ánimo en los últimos días, sino de los bronquios. Y tiene solución fácil: antibiótico, corticoide, codeína para poder dormir sin tos. Ojalá todo fuera tan sencillo. 

viernes, enero 02, 2015

TOS

El pánico del perro ante los petardazos con los que los gamberros del barrio celebran el año nuevo... Mala señal que mi primera salida a la calle en el 2015, a pocos minutos de las uvas y los brindis y los intercambios de parabienes, tenga como resultado esta manifestación de pánico incontrolable ante lo que parece una atmósfera de hostilidad general, zafia y ciega. Las alegrías masivas, o el modo como viven las masas ciertas ocasiones que entienden gozosas, siempre sobrecogen un poco. Y no sólo al perro. También yo tengo el ánimo encogido. O será cosa de la tos, que también influye.

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Hay quienes han celebrado la nochevieja quemando a un hombre en plena calle. Ha ocurrido en Madrid. La policía, que encontró el cadáver todavía ardiendo y hubo de apagar las llamas, aún no ha logrado identificarlo. Aun así, el balance oficial de estas celebraciones de año nuevo dice que apenas se han producido "incidentes de importancia". Como siempre, se trata de una impresión cuantitativa: quiere decir que, con tantos millones de personas en la calle, la muerte de una apenas tiene incidencia estadística. Lo que resalta aún más, si cabe, la insignificancia del muerto, su condición de simple anomalía en la atmósfera general de gozo impostado.

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Y la inevitable noticia, que nunca falta en estas fechas, de muertes masivas por aplastamiento. Esta vez ha sido en Shanghai, lo que no deja de resultar tranquilizador, porque queda tan lejos... De nuevo, la sensación de que lo que menos importa de esas muertes es la individualidad de cada una de las víctimas. Piensa uno en la cantidad de gestos y acciones absolutamente individuales e intransferibles con los que cada una de esas personas intentó predisponerse para la celebración inminente. El último aderezo ante el espejo, el adiós precipitado, la ansiedad por llegar a tiempo al punto de cita. Cuanto precede a la muerte resulta, retrospectivamente considerado, de una aterradora futilidad. Y más aterradora resulta la idea de que cualquiera de nosotros, en circunstancias como ésas, nos dejaríamos antes llevar por los instintos ciegos de la masa que por lo que consideramos nuestra propia capacidad de juicio. Quizá lo que llamamos individualidad, aquello a lo que fiamos lo que creemos lo mejor de nosotros, no sea más que un espejismo, una falsa proyección de nuestro ego que sólo tiene cierta efectividad en circunstancias muy especiales y restringidas. En lo que realmente importa, en los grandes actos masivos de reafirmación de grupo o de especie, lo que cuenta es lo otro. Puede que en ello esté nuestra fuerza, como sucede con las hormigas. Porque lo otro, la individualidad sobrecogida y atribulada, no transmite otra cosa que una innegable impresión de fragilidad.

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Definitivamente, tendré que ir al médico a que me recete algo para estas brumas que tengo en el pecho. 

miércoles, diciembre 31, 2014

PROPÓSITOS DE AÑO NUEVO

Parece obligado, en estas fechas, hacer alguna clase de resumen o balance. Otros años lo he hecho: éste no. Si acaso, anotaría que el carácter bipolar de la realidad ha vuelto a confirmarse. Y que quizá el exacto punto medio emocional entre las alegrías -que las ha habido, y grandes- y las penas -que también ha habido, ay- sea la perplejidad. Desde este contradictorio estado de ánimo despido el 2014. Vaya con Dios.

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Quien no agradece los días soleados de invierno, es que no tiene corazón. O que no se resfría nunca.

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Tirar todo lo viejo por la ventana, como hacen en algunos países. Hacer limpieza a fondo; empezando por dentro de uno: darse la vuelta como a un calcetín y sacudir fuerte. A lo mejor así el año que empieza es de verdad distinto.

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Atenerse a un desengaño es  también un propósito de enmienda.

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Cuanto más pobre soy, más me doy cuenta de lo mucho que me sobra.

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Voy aprendiendo de este perro: creía que nunca iba a saber orinar como Dios manda, es decir, levantando la pata. Incluso me preocupaba la idea de tener que enseñarlo yo... Hasta que he visto que, de buenas a primeras, ha empezado a hacerlo por sí solo. Lo que demuestra que enseñar no es, las más de las ocasiones, otra cosa que esperar.

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Cuando toses, siempre es un extraño quien tose dentro de ti.

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Feliz como dicen que son felices los tontos cuando les dan un lápiz. En mi caso añadiría: y un trozo de papel.

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También de la vanidad literaria se cura uno. Escribiendo menos. O escribiendo mucho más, hasta perder de vista la diferencia entre el mero vivir y esa otra vida inventada que es la literatura: Y llegar a entender, así, que no se escribe con la pretensión de colmar alguna ambición, sino porque es algo tan natural como respirar.

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Decir no; decirlo muchas veces; decirlo, sobre todo, cuando temes las consecuencias de esa negativa. Decirlo, muy especialmente, cuando ese "no" significa "sí" a una exigencia mayor.

Etc. Feliz año a todos.

Ilustración de Carmen Benítez Robles.

miércoles, diciembre 24, 2014

ROCCO Y SUS HERMANOS

Creo que es la tercera vez en mi vida que veo Rocco y sus hermanos, de Visconti. Ya no con la reverencia de la primera (en un cine-club, a mis veintipocos), ni con el cansancio acumulado de la segunda (en el programa de Garci, que en esa ocasión sumó a las casi tres horas de metraje al menos una más de anuncios). Así que puedo decir que ésta es la primera vez que me enfrento a esta película monumental con la cabeza despejada y un cierto bagaje con el que confrontarla. Bueno. No quiero decir que los años lo capaciten a uno para apreciar mejor las obras de arte. Para eso, posiblemente el entusiasmo juvenil resulte insustituible. Pero algunas cosas sí se ven más claras con el tiempo. 

Por ejemplo, que en esta película pretendidamente realista el director se las ve y se las desea para aprehender la realidad. Quizá lo logre un poco al principio, en el impagable tramo que aúna la llegada de la familia Parondi a Milán, el choque de la madre con su futura consuegra y el recurso pícaro a alquilar un piso que no se piensa pagar, con idea de que el ayuntamiento les conceda una vivienda social después del correspondiente desahucio... Todo esto -y quizá la escena de la primera nevada, con la consiguiente alegría del clan porque ese día se les contratará para quitar nieve de las calles- sí responde al pie de la letra a la cartilla neorrealista. Y bien está. 

En el resto, Visconti pretende aplicar a su asendereada familia de inmigrantes meridionales los patrones del melodrama desaforado, operístico. Hay de todo: enfrentamiento cainita entre dos hermanos, asesinato de la mujer que involuntariamente se ha interpuesto entre ambos, intervención fugaz de un agente corruptor, etc. La historia avanza a saltos, no sin cierta grandeza elocuente. Pero uno empieza a impacientarse, y la curiosidad elemental que sentíamos al principio hacia el trasfondo humano y social de la película empieza a sentirse defraudada. ¿De verdad -piensa uno- todo se reduce a la disyuntiva entre ganar dinero fácil -mediante el boxeo, en este caso- o aplicarse para ser un probo obrero especializado en la Alfa Romeo, como hace el hermano modélico por quien parecen inclinarse al final las simpatías del director? ¿Es creíble la bondad dostoievskana de Rocco? Etcétera.

Cierto que la influencia de la película ha sido enorme. Y que su influjo, como señala el crítico Roger Ebert, se extiende a toda la saga de El Padrino y a Malas calles de Scorsese, entre otros. Pero se siente uno tentado a decir que la historia que en ella se cuenta está mejor contada, por ejemplo, en Surcos, del español Nieves Conde, que hoy ya nadie ve ni pone como modelo de nada. Tampoco creo yo que Visconti sea hoy autor de cabecera de nadie. Pero su prestigio se mantiene incólume. Aunque sea por inercia, como tantas cosas. 

martes, diciembre 23, 2014

PASEANTE

Ahora que me veo en el trance, empiezo a entender el punto de vista del paseante de perros. Mejor sacarlo siempre a horas intempestivas; antes del amanecer, o en la de la siesta, o al filo de la madrugada. El privilegio de pasearte la manzana sin cruzarte casi con nadie: tan sólo con otros paseantes de perros, a los que, más que reconocer, parece que olfateas, porque se le van pegando a uno las mañas del perro y empiezas a tener una perspectiva del mundo muy a ras de tierra, hecha más de texturas y olores y presencias inquietantes que de panoramas visuales. Y esta sensación de que, desde tus recién adquiridas dotes de rastreador, el mundo se te hace más enigmático e interesante, a la vez que inexplicable. ¿A dónde se dirigen esos otros apresurados paseantes sin perro? ¿Qué sucede tras esa única ventana encendida en un edificio de tres plantas? Si fuera uno gato, todas estas eventualidades merecerían, además de un  instante de curiosidad pasajera, un veredicto último de desdén. El perro, por el contrario, hace alarde de una indiferencia ecuánime: no juzga, no condena, sólo constata... y a otra cosa. Más o menos, lo que hago yo en este cuaderno.

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El hombre que corta el césped pinta un cuadro que sólo puede apreciarse como es debido desde las alturas.

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Desde 1789, no hay príncipe ni princesa que no viva a la sombra de una guillotina. Y a todos se les pone un poco la cara que han de llevar dentro del cesto.  

lunes, diciembre 22, 2014

LAS ESPAÑOLAS

Igual que hay quien, para aliviarse la conciencia, de cuando en cuando da una moneda a un pobre, yo a esos efectos compro en los baratillos, y siempre por unos céntimos, un libro de Terenci Moix o de Francisco Umbral. No sé muy bien qué clase de bálsamo moral obtengo a cambio: el oportuno recordatorio, quizá, de que las glorias literarias, como las otras, son siempre pasajeras; o de que la ingratitud de los lectores es inconmensurable; o de que haber sido leído por muchos no significa necesariamente haberse ganado la fidelidad siquiera de un puñado. 

No sé. En el caso de Moix voy haciendo acopio de sus libros de viajes, las misceláneas sentimentales, las novelas policíacas de juventud, los cuentos y alguna que otra stravaganza, como esa novela indescriptible que tituló Mundo macho. Con Umbral es más difícil deslindar el polvo de la paja: ambas cosas se presentan inextricablemente entreveradas, y hay que tener una cierta vocación de buscador de perlas en el fango para encontrar las que realmente hay, y muy valiosas, en la prosa de este prolífico escritor. 

Pongo como ejemplo el último libro suyo que ha llegado a mis manos; o quizá sería mejor decir que he rescatado casi literalmente de la boca del contenedor de basura, como parte de un despiadado descarte de biblioteca motivado por una mudanza: me refiero a Las españolas, uno de esos libros de sociología impostada que Planeta encargaba a escritores famosos para nutrir su muy reaccionaria colección Espejo de España, en una época en la que el público respondía bien a esos reclamos. Las españolas es un catálogo de los tipos de mujer que eran visibles en España en los años inmediatamente anteriores a la muerte de Franco, y respira ese aire de desconcierto ante la figura de la mujer en trance de emancipación que es la nota distintiva, también, de las canciones sentimentales de la época, las que cantaban Camilo Sesto o Lorenzo Santamaría, por ejemplo. Hay muchas alusiones, por tanto, a la mujer con estudios, a la progre, a la feminista, a la que viaja y alterna... Y otras muchas dedicadas a la presunta hembra hispana tradicional, rolliza y frígida, absorta en insondables quehaceres domésticos y en una igualmente insondable voluntad de dominio. 

Naturalmente, no es posible leer estas páginas sin indignarse un poco. Lo que Umbral dice de las mujeres asesinadas por sus maridos sería hoy motivo de denuncia en un juzgado. Pero hay también, en este batiburrillo oportunista, muchas páginas lúcidas, que parecen delinear la herencia sentimental de alguien que debe mucho de su educación en ese campo al influjo de esas hembras tan despiadadamente catalogadas. La que dedica a las madres solteras, por ejemplo, tiene su miga, por motivos que el curioso puede espigar en la poco complaciente biografía del autor que perpetró la profesora Anna Caballé hace unos años. No digo más. 

Hojea uno estas páginas con una mezcla de agrado y sobrecogimiento: ¿sonará así, dentro de algunos años, todo lo que hoy nos parece fresco y ocurrente? ¿Tenemos los escritores de hoy las entendederas así de obstruidas por la sensibilidad del momento? Aunque quizá quepa invertir la pregunta: ¿habrá en nuestras páginas, como en las de Umbral, algo que merezca salvarse de la quema? Yo, de momento, hago acopio de sus libros, esperando merecer algún día -lo mío es todavía más azaroso y precario- la misma piedad.

viernes, diciembre 19, 2014

LA RESEÑA DEL VIERNES: 'TRANSPARENTE', de ROSARIO TRONCOSO

En LA RONDA DEL LIBRO, el blog de crítica literaria asociado a nuestra Columna de humo, se reseña esta semana Transparente, el último poemario de Rosario Troncoso. La reseña corre a cargo de nuestra colaboradora Mª Antonia Collado Luengo.

jueves, diciembre 18, 2014

LAZARILLO

Al antiamericanismo militante parece no llamarle la atención el hecho de que casi toda la información de la que disponemos sobre los aspectos más siniestros de la política norteamericana procede... de los propios mecanismos institucionales norteamericanos y las normas de transparencia por las que se rigen; o del vigor de su prensa; o del dinamismo de la sociedad norteamericana, que suele ser la primera en denunciar las actuaciones más nefastas de sus gobernantes. Cosas todas ellas de las que andamos bastante escasos en las muy engreídas democracias europeas, y especialmente en una que yo me sé.


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Quizá para compensar el hecho de que se me ha acabado el presupuesto semanal y salgo a la calle sólo con unas pocas monedas en el bolsillo, cedo al impulso de ponerme una corbata. Y me siento como el hidalgo del Lazarillo.


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Para rematar un almuerzo indigesto, veo durante la siesta un lamentable documental sobre la posibilidad de mantener relaciones sexuales en el espacio... Entre humanos, se entiende, y no con alienígenas. Tiene sus ventajas: el efecto de la ausencia de gravedad sobre la presión sanguínea asegura erecciones poco menos que permanentes; las mujeres no necesitan sujetador (¿?); y las posibilidades de acrobacia amorosa son poco menos que ilimitadas. Entre los inconvenientes figura la necesidad de que, en el momento decisivo, al menos uno de los dos partícipes ha de permanecer atado a una superficie fija... En Estados Unidos ha habido ya matrimonios que se han postulado como conejillos de Indias para probar estas eventualidades; aunque se sospecha que los rusos ya se les han adelantado... Y así. Aunque quizá lo que habría que preguntarse es si, en esas condiciones tan acuosas, lo mejor no sería probar a reproducirse como los calamares. Y todos contentos.