jueves, febrero 15, 2018

JAULAS










Circula por las sentinas de internet, me dicen, un vídeo que muestra un cadáver descuartizado y descompuesto hallado en la escollera de Cádiz. Me consta el genuino horror sentido por algunas personas que lo han visto sin tener noticia previa de lo que contenía. Pero casi más horror causa pensar en la persona que ha efectuado y difundido la grabación, no sé si por sacar partido a esa espuria ocasión de notoriedad que las "redes" brindan a cualquiera que tenga algo que exhibir, aunque sea literalmente una carroña.


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Alguna consecuencia no precisamente tranquilizadora ha de tener la creciente certeza de que el ciudadano común es estafado sin la menor consideración por todo el que puede, ya sea la compañía que le suministra electricidad, la que le provee de servicios telefónicos o el banco al que confía sus ahorros. Sensación, como mínimo, de desafección ciudadana, en la medida en que el estado es parte necesaria en todos estos abusos, si no el primer perpetrador de los mismos desde su propio sistema de recaudación de impuestos.  


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Me dejo extasiar, mientras desayuno en la terraza de una cafetería, por el canto de unos pájaros que me llega de no sé dónde. Hasta que constato que no pueden ser otros que los que los vecinos del bloque de pisos inmediato tienen enjaulados en sus balcones. Y entonces el éxtasis vira hacia algo así como el remordimiento.


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Un adolescente atolondrado, que correteaba por un pasillo sin mirar por dónde, me ha asestado un tremendo cabezazo en el pómulo. Literalmente, he sentido crujir mi mandíbula y ni siquiera he tenido fuerzas para dirigir al involuntario agresor más que una tibia reprimenda, desde la certeza de que su efecto no durará sino unos minutos, los que tardaría el ser humano en ciernes que me ha mirado con gesto entre asustado y contrito en dejarse dominar de nuevo por el potro en el que lo convierten los ímpetus y la irreflexión de su edad. ¿Fui yo alguna vez ese potro de proporciones humanas? Seguro. Incluso cuando, de adolescente, se tienen pulsiones distintas a corretear y empujar por los pasillos, lo que se hace no deja de estar gobernado por esa irreflexión característica. También las lecturas, puestos en la tesitura de que a uno le hubiera dado por ser, como fue mi caso, un adolescente lector.


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Si atiende uno a lo que dicen quienes se ocupan de esas cosas, todas las muertes son evitables: tanto las que se deben a un accidente como las que responden a una enfermedad causada por un mal hábito o a una infección que hubiera podido prevenirse o un desgaste que quizá podría haberse aminorado. La muerte estadística es siempre fácil de esquivar; lo que no lo es tanto es la muerte concreta, particular, irrevocable, que le está asignada a cada uno. Y que, una vez que llega, no atiende a consideraciones profilácticas ni a cálculos de probabilidades. (15/2/17)

martes, febrero 13, 2018

AL PESO


Los virajes del clima son como los del ánimo: ayer, temperaturas de verano; hoy, brusco descenso térmico y amago de temporal. Los confiados que han salido a a la calle en mangas de camisa tiemblan de frío, como suele ocurrirles a quienes ponen su confianza en las promesas halagüeñas de una breve coyuntura favorable. Yo también me he puesto hoy un jersey más fino, pero no he olvidado el chaquetón de cuero, por si las moscas. 


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Un antiguo editor mio que ya ha cerrado el quiosco me llama para ofrecerme los restos de edición del libro que me publicó hace diez años. Se vendieron doscientos ejemplares de una tirada de quinientos; lo que, en la modesta esfera en la que se mueve uno, casi hubiera podido considerarse un éxito: recuperar los gastos de impresión. Pero algo hay que hacer con los ejemplares sobrantes. Le digo que no tengo espacio para almacenarlos, lo que es estrictamente cierto. Llamo a un amigo librero de viejo y le pregunto si quiere hacerse cargo de ellos. Me dice que sí y con esa noticia casi considero que le he conseguido a este fruto descarriado de mi grafomanía un retiro digno. Ya lo hubieran querido para sí otros libros míos. 


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La empleada de correos es antigua alumna mía y sabe de qué pie cojeo. Al pesar el sobre que he ido a franquear, me da un precio que es casi el doble del que me suelen costar otros envíos. Me dice que el peso sobrepasa por unos gramos el admitido en la tarifa ordinaria. "Es que es un libro muy pesado", bromeo. "¿Es tuyo?". Asiento. "Deberías haberle puesto menos páginas". Lo que es un excelente juicio literario... dictado al peso, como los que emiten muchos reputados críticos. (13/3/16)
  

domingo, febrero 11, 2018

ZAS

No me cabe la menor duda de que soy una persona tímida; a pesar de que llevo treinta años dando clases, no hay día en que no me asalte en algún momento el miedo escénico. También lo noto en mi trato diario con la gente, en la incomodidad ante el mero intercambio de comentarios insustanciales en nombre de un elemental principio de sociabilidad. Soy más bien insociable, y lo soy precisamente por la dificultad para el trato cotidiano que supone la timidez. Y sin embargo, y pese a que, a todas luces, no tengo aptitudes oratorias, no me cuesta nada hablar en público, e incluso tengo a gala hacerlo sin llevar el discurso escrito. Me ocurre, por ejemplo, en las presentaciones de mis libros -ayer tuve una-. Y lo más curioso es que ese aparente desparpajo también supone un cúmulo de tensión y un palpable desgaste, que se manifiestan retrospectivamente: después me siento excitado, como cargado de adrenalina, y me cuesta conciliar el sueño. No es una sensación del todo desagradable, pero sí un exceso emocional contra el que bien merece la pena precaverse y cuya notoria gratuidad, me digo, podría guardar alguna relación con la propia irrelevancia de lo que lo provoca: la pulsión literaria, la constante sospecha de su futilidad o el temor fundado a que obedezca, si no a una impostura -que también-, sí a un sentido de la realidad más bien descacharrado.

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"No sabía yo que supieras tanto de esto", me dice M., después de haberme oído perorar sobre cine durante una hora. Y luego compone con los hombros el inconfundible gesto de quien deja en el aire la inevitable pregunta: "¿Y?".

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Experiencia laboral de R. en un matadero de pollos, a sus diecisiete años: "Llegaban colgados del cuello, en una cadena transportadora, hasta una máquina que hace ¡zas, zas! Y luego a mí me tocaba pelarlos".

viernes, febrero 09, 2018

A BENEFICIO DE INVENTARIO

Me llega desde varias fuentes la idea, bastante extendida, de que la muerte no es tanto la extinción de todo lo que nos constituye como la mera pérdida de su principio unificador, que es la individualidad. De ahí la insistencia de algunas filosofías y doctrinas religiosas en sugerir una especie de entrenamiento que nos haga capaces de anticipar conscientemente esa pérdida y vivir por adelantado la experiencia de la anulación del yo, de una comunión con la realidad no basada en el principio de postularse como espejo unívoco de la misma. 

Anoto la posibilidad a beneficio de inventario. Pero ¿realmente cabe pensar en alguna clase de relación con la realidad que no pase por el filtro del yo, omnipresente e inevitable? Pero piensa uno en el sueño, en la experiencia del olvido de uno mismo, en los raros momentos en que la conciencia de ser quienes somos no perturba innecesariamente otras percepciones. En la educación de la mirada implícita en la contemplación diaria del mar, por ejemplo, hasta dejar de verlo como la mera impresión óptica que nuestra retina conduce hasta la región del cerebro que la interpreta y le da sentido. ¿Será la búsqueda de ese principio de despersonalización la razón principal por la que uno escribe? Yo no lo diría. Pero... (8/2/17)

miércoles, febrero 07, 2018

DEL MAR


Escribir un diario que no contuviera otra cosa que una impresión diaria del mar: asunto inagotable, desde luego. Otra cosa es que la perspectiva de enfrentarse a un diario así desanimara a muchos posibles lectores. Pero ¿acaso no dicen los expertos en el ramo que los únicos diarios que merecen llamarse así son los que se conciben desde el propósito de que nadie los lea?


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El de esta mañana: de un azul añil claro, luminoso, un poco falso, como de fotografía lograda con filtros y sobreexposiciones muy calculadas. La línea de horizonte un tanto diluida en el azul del cielo, aunque no tanto que no se distinguieran las tonalidades de uno y otro. En esa zona intermedia, como superpuesto, el perfil opaco de un barco extrañamente sobredimensionado, como si el responsable del cuadro se hubiera equivocado al encajarlo, o como si el barco tuviera un cierto carácter fantasmal y la desproporción fuera el modo de hacer sentir su pertenencia a un orden anómalo. Naturalmente, se trata de un efecto meramente óptico, supongo que resultado del contraste entre el perfil opaco y oscuro de la embarcación y el fondo luminiscente. Piensa uno que el barco del Holandés Errante o la goleta sin tripulación que trajo a Drácula a la ciudad costera de Whitby debieron de ofrecer, en la distancia, un efecto parecido. Eso sí: el que yo contemplo no tiene velamen; lo que contribuye a agravar su aspecto de cosa muerta, a merced de las corrientes. Curiosamente, aparto la vista de la ventana unos instantes, distraído por alguien que me habla, y cuando vuelvo a mirar el barco o pontón o lo que sea ya no está. (7/2/2017)   

domingo, febrero 04, 2018

UN PESO

Algo aturdido, me he escapado de la fiesta con el pretexto de asearme un poco y descansar. Aún me zumban los oídos de la música estruendosa. ¿Qué tiene que celebrar un descreído como tú en unas fiestas patronales?, me pregunta el interlocutor imaginario que siempre me vigila por encima del hombro en estas ocasiones. No una simple fecha del santoral, desde luego, sino algo quizá de alcance más amplio, e incluso yo diría que de un sentido religioso más profundo, si es que a un incrédulo se le permite apelar a esas honduras, que son también las del misterio y la poesía. Se trata, le digo, me digo, de una invocación festiva al genius loci, o a lo que el poeta Valente llamaba "el dios del lugar". El muñeco de madera que pasean al ritmo de rumbas y pasodobles, y al que incluso hacen bailar al son de las canciones de moda, resulta a todas luces una representación de un gozo de vivir que el invierno apenas reprime, y que se manifiesta en las floraciones adelantadas que anuncian la primavera: la del almendro, por ejemplo. 

Uno busca también dentro de sí esas floraciones tempranas. Ha sido un duro invierno. Ha traído, no ya el simple retraimiento de todos los años, sino verdaderos abismos de oscuridad y dolor (cómo explicarlo aquí). Y ha acudido uno al llamamiento de la fiesta -en realidad, un simple pretexto para el reencuentro con amigos- con ese dolor por delante, que es también una mercancía valiosa, pero no de la clase de las que uno quiere guardarse para sí a toda costa, sino de ésas que sólo tienen sentido si se pueden ofrecer en trueque (espiritual, se entiende) a cambio de algo. Hemos bebido el vino de los amigos y comido los alimentos conviviales, los que cada uno aporta en nombre de un olvidado sentido de la ofrenda, y que incluyen incluso algún exceso bárbaro: un holocausto de pájaros desplumados, por ejemplo, sobre un ensangrentado hule de cocina. Luego ha venido la música, el baile e incluso el juego de la fantasía que mira y desea. Pienso en A., con sus veinticinco años y a quien conocí cuando apenas frisaba los dieciocho: a pesar del tiempo transcurrido, me ha reconocido entre la multitud y se ha acercado a darme un beso y a hacerse una foto conmigo. Los amigos, pasados de rosca, me han jaleado grotescamente ante el hecho incontrovertible de que una muchacha tan bonita se haya dirigido a mí y me haya dedicado un gesto amable. "¿No te haces una foto conmigo, guapa?", le dice un patoso. Pero la chica se ha difuminado ya en la multitud de la que había emergido y a la que también yo regreso: no en pos de ella, me digo, sino quizá sólo para sustraerme también del coro de compadres y buscar en la soledad entre muchos un hueco donde disfrutar de los goces melancólicos de la ocasión. 

Sobre el escenario, mientras tanto, un hombre prodigioso, que salta como un demonio del tablado al mostrador y del mostrador a otros puntos encumbrados en medio de la marea humana que lo jalea y lo aplaude, canta versiones castizas y desgarradas de canciones que todo el mundo conoce. Un amigo nuestro ha tenido la humorada de acercarse a la barra portando una rama de limonero de la que pende un limón: el día antes, al servirle un combinado, el camarero le había dicho que no disponían del mencionado aderezo para aromatizar la bebida. El demonio saltarín, al verlo, le ha hecho a su portador un gesto, para que le lance el fruto. El limón, prendido a su rama, ha volado sobre las cabezas del público y ha sido atrapado al vuelo por su destinatario. La multitud ha arrancado a cantar. "El limón del limonero / entero / me gusta más...". La orquesta ha seguido a la multitud, y el cantante, sorprendido, no ha tenido más remedio que ponerse al frente del coro. La gente agradece estos modestos milagros de la improvisación y del azar impremeditado, que son los que dan vida al concierto y constituyen, me digo, una especie de versión en basto de las recónditas armonías de las que cada uno extrae su propia felicidad en estas ocasiones.

Anoto todas estas cosas apresuradamente mientras aguardo que mis acompañantes me reclamen y haya de volver a la fiesta. Ahora pienso que venirlas a dejar aquí ha sido también un modo de soltar un peso. (3/2/2017)

viernes, febrero 02, 2018

UNA REUNIÓN

Me he acordado mucho estos días de esas tardes de invierno en las que F. irrumpía como un vendaval en nuestro piso de entonces, en una finca antigua en las inmediaciones de la plaza de abastos, no muy lejos de donde él vivía: igual venía a invitarnos a una de sus cenas surrealistas, en las que lo mismo servía unas incomibles albóndigas en lata que un aromático café traído del Yemen, que a consultar algo en nuestra biblioteca -la suya estaba en su piso de Madrid-, o a leernos un cuento inédito. No podíamos imaginar entonces lo que los años venideros habrían de traer: su enfermedad, los reticentes homenajes oficiales que se le tributaron cuando empezó a cundir la especie de que se nos iba, su muerte y la creación improvisada de la fundación que lleva su nombre. 

De todo esto van a cumplirse pronto veinte años. También de aquella fundación, de cuyo consejo asesor acepté ser miembro, y que empezó con cierto ímpetu y luego languideció, como suele pasar con estas cosas. Y anteayer, cuando hacía lo menos tres lustros que no nos reuníamos, volvimos a hacerlo a la luz mortecina de una sala de juntas, en una tarde desabrida en la que lo más prudente hubiera sido quedarse en casa. Y ahí estaba M., viejo y querido amigo, con quien hablo de los achaques de la edad, que es de lo que solemos hablar cuando nos vemos; y A., hiperactiva y ladinamente asertiva, como corresponde a una profesora que lleva años bregando con la grey literaria y sabe de qué pie cojeamos todos. La otra parte, la institucional, llega tarde: nos tienen esperando casi media hora en un pasillo apto para agarrar en él una buena neumonía. Falta todavía T., de quien se espera que haya podido hacer un hueco para esta reunión entre sus obligaciones burocráticas y su condición de miembro del jurado del concurso carnavalesco de este año... 

Desganadamente y tras mucha demora, la reunión empieza a rodar: su objeto es revitalizar la fundación. ¿Con qué fin? Nominalmente, por supuesto, se trata de vindicar y difundir la obra de F.; lo que en la práctica se traduce en ese tipo de encomiendas que le permiten a una concejalía presentar una abultada memoria de actividades a final de año: "talleres" de esto y lo otro, visitas a los colegios, etcétera. Pregunto si hay intención de reeditar alguno de los libros del autor: una nueva antología poética, por ejemplo: o si hay medios y ganas para celebrar una muestra de cine en su honor, como la que él mismo puso en marcha y todavía dura. Se habla un buen rato de estas cuestiones, pero no se acuerda nada. Al cabo, la responsable institucional llama al orden y nos pide "concretar", volviendo a las actividades de animación cultural de las que se había hablado al principio. En ese momento me levanto, ofrezco cortésmente mi ayuda para aquellas cuestiones en las que pueda ser útil, y me voy. Eso es todo. 

¿Qué hubiera dicho F. de todo esto? No lo sé. Tenía la rara habilidad de mantenerse dignamente a distancia de todo lo institucional, pero a la vez sabía cómo acertar a la hora de tocar la tecla adecuada para conseguir algo que le interesara. ¿Habría transigido con esta fundación, con tantos años de inactividad, con el uso en vano de su nombre? No es uno nadie para hablar en nombre de nadie, y menos de un difunto. Su caso, de todos modos, da que pensar. ¿Qué puede hacerse con la memoria de un escritor notable cuando muere y se sabe a ciencia cierta que tiene por delante un largo purgatorio de indiferencia y olvido? La respuesta parece obvia: una prudente y generosa política de puesta en valor de todo lo suyo, mientras se aguarda el implacable pero seguramente justo veredicto del tiempo. Otra cuestión es cómo hacerlo. (1/2/2017)

lunes, enero 29, 2018

DOLOR


El dolor de este amigo ante la muerte de su padre. Me hace el relato desde detrás del mostrador de su negocio, al que he acudido urgido por la sospecha de que el temido desenlace debía de haberse producido ya. Uno no sabe nunca qué decir en estos casos. También lleva uno dentro sus propias penas, de las que no ha querido dar cuenta a todo el mundo: ni siquiera a este cuaderno, hasta hoy. Mientras asisto al dolor de R., pienso en el mío: y no por egoísmo o por un reflejo de anteponer los sentimientos propios a los ajenos, sino por una consideración de que el dolor humano es uno y siempre el mismo para todos: el de la pérdida, el de la impotencia ante el destino, el de asumir lentamente la evidencia de que sólo el tiempo acaba, si no aliviándolo del todo, sí suavizándolo hasta hacerle perder sus aristas más desgarradoras.(29/1/17)

sábado, enero 27, 2018

PAPIROS


Me parece mentira que una película de 2003 -es decir, de ayer, según llevamos la cuenta acelerada quienes ya pasamos del medio siglo- me parezca tan indiscutiblemente un clásico; pero esa es justo la sensación que tengo al ver por segunda vez Master and Commander: The Far Side of the World de Peter Weir. Produce esta película en el espectador la misma impresión de verdad y de gozo de dejarse llevar por una historia bien contada que causaban El hidalgo de los mares (Captain Horatio Hornblower, 1951) o El mundo en sus manos (The World in his Hands, 1952), ambas del insuperable Raoul Walsh. Y resulta evidente que, en plena edad de las animaciones por ordenador, esta película de aventuras marinas ambientada en las guerras napoleónicas se funda en otra clase de ilusionismo visual: el consistente en hacer que las situaciones se representen físicamente ante la cámara -es decir, que haya algún elemento de realidad en los barcos, las armas, los uniformes, las explosiones, las localizaciones en remotas islas del Pacífico- y la cámara se limite a dejar constancia de que, de alguna manera, han sucedido. Es lo que el cine debe a su fundamento técnico tradicional, que no es otro que la fotografía, es decir, la posibilidad de registrar mecánicamente lo que le sería dado ver a un testigo situado en el lugar adecuado. 

Añádase a esta cualidad visual una trama bien urdida -y con final abierto, como es característico de las películas de Weir-, una magnífica construcción de personajes -el capitán del barco, obsesionado con el cumplimiento del deber pero también consciente de las altas responsabilidades de su oficio; el médico de a bordo, imbuido de curiosidad científica y atento observador del microcosmos humanos que lo rodea- y un excelente y muy bien documentado diseño de producción. 


Anoche, después de verla, me dormí pensando en las inmensidades del océano y en ese bendito tiempo en el que hombres valientes y curiosos experimentaban el gozo de descubrir una nueva especie animal en las islas Galápagos o de haber sobrevivido a un abordaje y a un combate cuerpo a cuerpo en la cubierta de un barco. He querido que esa felicidad me ilumine todavía la tarde de este viernes.



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Porque la verdad es que cada vez llego más cansado al fin de semana. Lo atribuyo a que voy perdiendo mi hasta ahora inveterada capacidad de madrugar: ya no me despierto automáticamente un minuto antes de que suene el despertador. Más bien llevo como una condena el hecho de tener que levantarme unas dos horas antes que el sol. Pero es absurdo quejarse. Mejor dedicar la tarde del viernes a vegetar delante del televisor -hoy he visto un fascinante documental de la BBC sobre el rescate de los papiros carbonizados encontrados en una villa de Herculano- y a leer. También, para reponer fuerzas, he merendado chocolate con picatostes, como los curas de antes. (27/1/17)

viernes, enero 26, 2018

LA NUBE

Vivir al cabo de la calle: hemos almorzado en un bar de polígono -unas estupendas patatas aliñadas, un filete empanado, unas natillas de sobre- y, después de una somera siesta, he dejado a M.A. en una reunión de trabajo y me he venido a echar la tarde, mientras la espero, ante uno de los ordenadores del instituto ahora vacío. Me encuentro con una compañera nueva, que hace la sustitución de una baja: "Me he venido aquí por el aire acondicionado; se está mejor que en mi piso", me dice. Yo me excuso vagamente por hallarme también en esta posición desairada de vagabundo que no tiene donde pasar la tarde. Fuera el temporal arrecia. Y es verdad que el aire acondicionado es muy de agradecer cuando, tras el ventanal que nos separa del paseo marítimo, se desatan los elementos. 

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Redacto estas notas antes de abordar otras faenas ligeras que me aguardan en mi cuenta de correo. La metáfora de "la nube", tan del gusto de los informáticos, no parece del todo inadecuada a la ubicación etérea de estos trabajos del ocio, entre ellos este cuaderno. Donde quiera que esté uno, basta con que haya acceso a internet para que esa especie de fardo intangible se haga presente. No, no llevo mi pensamiento a cuestas. Flota en el vacío, como la bandada de estorninos de la que hablaba el otro día. Y basta con abrir los brazos para que vengan a posarse, como en un árbol. (26/1/2007)

miércoles, enero 24, 2018

SÓLO SÉ

Otra versión (hastiada) del socrático "Sólo sé que no sé nada": Sólo sé que casi todo lo que sé me sobra. 


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Y esta extraña pareja con la que coincido en el café de los desayunos. Esquinado él -literalmente: se ha atrincherado, de cara al resto de la concurrencia, en el extremo del mostrador que linda con la pared del fondo-, respondona y gesticulante ella. Al primero le queda grande la ropa -la cazadora de cuero marrón, los tejanos raídos- y le presta un curioso aire de gallo de pelea el flequillo crespo, teñido de un rubio casi amarillo. Ella viste minifalda vaquera sobre leotardos negros -tiene las piernas bonitas- y calza unas potentes botas Dr. Martens, que casan bien con su predisposición general un tanto agresiva. Que están peleados con el mundo es evidente; como lo es, también, que no se recatan mucho de vocear los motivos de esa actitud defensiva. Desde donde estoy, no obstante, no alcanzo a oír lo que dicen: sólo constato que a él las palabras le salen masculladas, como escupidas, mientras que ella acompaña las suyas con una especie de mirada entre retadora y desdeñosa. Me da por pensar que él es un yonqui viejo, socialmente más o menos rehabilitado, aunque no curado del todo, y que ella es la novia que lo ha acompañado en su infierno particular. Ahora parece que lo que tengan que decirse se lo dirán siempre de esa manera: como escupiéndose las palabras y de cara a un público al que a un mismo tiempo temen y desprecian. Me pregunto si en privado mantendrán la pose. Algo me dice que no: que todavía queda en ellos una cierta predisposición a la ternura mutua. El pensamiento me conforta.


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"Por tu modo de mirar por la ventana, se nota que quisieras más estar ahí que aquí". Sí, pero nada me permite asegurar que, de estar ahí fuera, dueño de mi tiempo y de mis pasos, mi "allá fuera" de entonces no sería otro, acaso más inalcanzable. (24/1/17)

lunes, enero 22, 2018

SIN GUANTES




Finalmente, alcanzamos a ver la nieve: quedaba alguna en los tejados de las casas y en la cara norte del Cao, y también, en forma de espumarajos, en las umbrías y cunetas. Hay niños que, como nosotros, han venido a hacerle una visita in extremis, antes de que el sol la funda. Los padres los animan a tocarla, incluso a jugar con ella, lo que los niños hacen con escasa convicción, como si dudaran de que esas manchas espumosas, cuya blancura prístina ofrece un raro contraste con los colores sucios, mezclados, de los herbazales, correspondieran verdaderamente con lo que han venido a ver: la nieve falsa de las postales y de las películas navideñas. 

Yo también me he agachado a tocarla: me ha devuelto el escalofrío de la primera vez que me encontré con ella, de niño, en Sierra Nevada. También, entonces, un cierto sentimiento de decepción: aquello no eran más que ralladuras de hielo, como las que se depositan al fondo del congelador. Y fue, quizá, esa falta de respeto la que me llevó entonces a amasarla con las manos desprotegidas, hasta que éstas empezaron a entumecerse y a doler. Impotente, rompí a llorar, hasta que el maestro al cargo de la excursión acudió y me prestó sus guantes. Me hizo pagar el favor: al regreso, contó lo sucedido delante de toda la clase, ante la que quedé en ridículo.

Para demostrarme a mí mismo que aquello no hizo mella en mí, hoy vuelvo a hundir los dedos en la nieve. Sin guantes.

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Como hay confianza, estos amigos han ventilado una discrepancia matrimonial delante de nosotros y el resultado es que se les ha ido demudando el gesto hasta adquirir esa especie de dureza inexpresiva de quien, más que escuchar al otro, atiende solo a sus sentimientos contrariados. Prudentemente nos hemos retirado, vagamente contritos, como si hubiéramos tenido algo que ver con el motivo de la pelea. Y con un vago resquemor, al menos por mi parte: sabe uno también, por experiencia, que los agravios que una persona atribuye a quien más quiere son de naturaleza universal y fácilmente transferibles. Y quién sabe si no nos habremos traído de esa casa, sin saberlo, la semilla de alguna inminente desavenencia.


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Al final, la disensión turófoba se ha extendido a otros convocados a la dichosa cena. Nos informan de otras ausencias, y me siento como ese personaje de Chaplin que, por haber enarbolado un trapo rojo que se encontró en la calle, se convirtió en el inesperado líder de una revuelta. (23/1/2017) 

viernes, enero 19, 2018

TUROFOBIA

Fotos de Benaocaz nevado. Me las enseña J. de D., que ayer tarde no dudó en echarse a la carretera -hora y media de ida, otro tanto de vuelta- para ser testigo directo del acontecimiento. Estuve a punto de decirle que me iba con él. Pero tenía que redactar la reseña que me andaban pidiendo del suplemento... No podré ir hasta mañana y supongo que para entonces las nieves se habrán fundido. Me tendré que conformar con les neiges d'antan de la literatura; que, como todo el mundo sabe, no se funden nunca, pero tampoco deparan esa especie de gozo infantil que nos invade a los meridionales cuando presenciamos el infrecuente milagro de una nevada. 


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El discurso inaugural de Donald Trump: basura patriotera y eslóganes populistas, como en la campaña que lo ha llevado a la presidencia. Hoy mismo publica J.M.R. en CaoCultura un artículo sobre la relación entre esa victoria electoral y el deleznable estado de opinión que se respira en las llamadas "redes sociales". Lo que me recuerda que hace un año ya que me di de baja en Facebook. Y la verdad es que tengo la sensación de que, desde entonces, mi vida transcurre por cauces más acordes a mis aspiraciones de ecuanimidad y discreción. Ni siquiera es cuestión, como dicen algunos, de elegir bien a tus interlocutores en esos medios: incluso las personas más ponderadas y formadas suelen perder el norte en cuanto se ponen en la tesitura de situarse ante un coro inmediato de aplausos a sus comentarios. Eso ha llevado a algunos a retransmitir en directo acontecimientos de carácter íntimo que quizá habría sido mejor vivir con el debido recogimiento; por no mencionar la proclividad de tantos a suscribir y difundir en estos medios cualquier noticia sensacionalista, o hacer el gasto de proclamarse justicieros y reivindicativos respecto a esto o aquello sin arriesgar otra cosa que el propio sentido del ridículo. 

Hay una relación directa entre esa modalidad malsana de debate público y el estado de opinión que ha llevado a la democracia más antigua y asentada del planeta a darse como presidente un energúmeno sin bagaje político ni intelectual. Cierto es que ese resultado es también producto del desprestigio de la clase política tradicional. Pero no hay que olvidar la fábula de Esopo: las ranas pedían rey y Zeus les mandó un tronco inerte; y cuando comprobaron que ese rey inane no les servía para nada, volvieron a importunar al dios y éste les mandó una serpiente que las devoró a todas.


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Mi fobia al queso -mi "turofobia": tiene nombre de enfermedad- cada vez me dificulta más la vida social. Parece mentira, pero lo cierto es que he tenido que renunciar a una comida con amigos porque uno de los platos era una fondue y, aunque puedo soportar el olor de un trozo de queso puesto en un plato, otra cosa es sentarme como un pasmarote ante un menú cuyo plato más aparatoso, y previsiblemente el más celebrado por la concurrencia, consiste en un bol lleno de humeante queso fundido en el que todo el mundo hace sopas... Esta vez M.A. se me ha adelantado; a ella, que sí es muy partidaria de los quesos en general cuando se dejan saborear acompañados de un buen vino, tampoco le seducía la idea de comer sopas de queso. Ha sido ella la que ha anunciado nuestra no asistencia. Intuyo que los anfitriones andan disgustados y que incluso puede que el grupo en general critique lo que a todas luces no es sino la exhibición de una manía. Pero...  A estas alturas y por ser amable, soy capaz de casi cualquier cosa; pero el olfato y el paladar no se dejan engañar. Y de cara al autoconocimiento, que no es un fin desdeñable a partir de cierta edad, conviene prestar atención a aquellas manías que no podemos combatir; que son, por así decirlo, los únicos rasgos verdaderamente indelebles de nuestro carácter. (20/1/2017)

miércoles, enero 17, 2018

EN EL LIMBO


Estos días en que el frío equivale a transparencia cristalina, como hay otros en que el calor se traduce en cierta turbiedad polvorienta, como de zoco muy paseado por camellos.


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La distribuidora de mi último libro comunica a la editorial la fecha de una presentación del mismo de la que ni yo mismo tenía noticia, y que evidentemente es producto de un error o de un malentendido. Ante mi cada vez más notorio desinterés por estas cuestiones, el fantasma de algún otro yo más entusiasta debe de haber forzado un acto de autopromoción... en el limbo de las vanidades deseosas del aplauso de las moscas. 

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Las mejores horas del día, físicamente hablando: las que median entre el final de la digestión de la última comida y el momento en el que se vuelve a tener ganas de comer. Ese breve intervalo en el que uno ha pagado sus deudas con la fisiología y parece hecho de una materia autosuficiente y apenas una pizca más densa que los propios pensamientos que la ocupan.  (17/1/17) 

lunes, enero 15, 2018

BENDITOS

Aun a pleno sol, nadie se quita las prendas de abrigo. Es lo que los boletines meteorológicos han venido llamando en estos días, no sin notoria impostación, "frío polar"; al que aquí, con motivo de la fiesta del patrón del barrio -que se celebra a iniciativa de los vecinos y sin la menor implicación del elemento oficial-, han hecho frente con una velada al aire libre, más o menos aliviada por un inefectivo sol de invierno y fortalecida por los poderosos condumios preparados al efecto: una enorme olla de callos con garbanzos y otra no menor de asaduras estofadas, a las que el mesón del barrio ha añadido un jamón más bien blanquecino, pero cortado con mucha ceremonia por un profesional con los debidos galones.

Tampoco ha faltado el cura, a quien no debe de haber disgustado el aire de heterodoxia que se respira en la fiesta. Ha sido párroco en varios lugares de Hispanoamérica, siempre entre gente menesterosa, y sabe que un cura no está para estorbar ni para enredar a la feligresía con sutilezas teológicas. Estamos aquí, le oí decir en una misa de difuntos, para aliviar el mucho dolor que hay a nuestro alrededor, no para someternos cada día a una especie de auto de fe respecto a nuestras creencias o nuestro grado de cumplimiento de la doctrina. Y si algunos de sus feligreses le han pedido que se acerque al barrio y bendiga a las bestias -el santo festejado no es otro que San Antón, patrón de los animales-, él no tiene inconveniente en hacerlo con toda la naturalidad y desparpajo que permite la ocasión. "¿Dónde he dejado la bufanda?", dice, refiriéndose a la estola. Con ella sobre los hombros lee el texto del Génesis que cuenta la creación de los animales, y luego la bendición propiamente dicha, tras la cual toma el hisopo y procede a asperger a las bestias presentes: una ternera, una cabra recién parida con sus correspondientes chotos prendidos de la ubre, una amplia muestra aviar, unos conejos arrecidos y una decena de perros. No falta alguna broma irreverente: "Ya puestos, nos podría haber bendecido a nosotros también -dice una bestia parlante-. Al fin y al cabo, todos somos animales". 

Salvo por un detalle, quizá: la abrumadora conciencia que sólo el hombre tiene del paso del tiempo. Me lo recuerda una antigua compañera de facultad, con quien he recordado otros lejanos jolgorios de cuando estudiantes, hace treinta años. "¿Te acuerdas de J, que siempre tocaba la misma canción a la guitarra, que todos coreábamos: Take me home, country roads, to the place I belong....? Sí que hemos cambiado desde entonces". Lo dice sin coquetería, creo, por más que su comentario me fuerza a replicarle que ella sigue igual, lo que no es del todo incierto: a sus veintipocos años era una muchacha delgada y angulosa, un tanto seca, y el tiempo, que ha marchitado otras lozanías mucho más patentes, la ha conservado a ella más o menos como era entonces. Como adivinando por dónde van los tiros, me espeta: "Tú también sigues igual".

Y así va pasando la tarde, hasta que el sol declina y la plaza queda a merced del aire gélido. La ternera ha sido la primera en emitir un largo, estremecido mugido de queja. Tiene frío. Quiere que la lleven a casa. (15/1/17)

viernes, enero 12, 2018

ILUSIONISMO

Acaso todo el debate en torno a la informática y a las posibilidades de la tecnología se reduzca a una única cuestión: si somos partidarios o no del ilusionismo. Quien esto escribe, desde luego, se considera a sí mismo un áspero realista, que encuentra más placer en una descripción pormenorizada de algo que se pueda ver y tocar -y, por tanto, que de alguna manera refleje también la sensibilidad y la visión del mundo de quien sostiene esa mirada- que en la fantasía desbocada; lo que no quiere decir que haya desechado del todo la posibilidad de que el solo acto de percibir la realidad con los sentidos despiertos termine deparando la visión de aspectos de la misma que suelen escapar a la mirada adormecida por la rutina, la desgana, la falta de agudeza sensitiva o la mera cerrazón. 

Por eso me fascinó, esta mañana, la simpleza de cierto dispositivo -prácticamente, una manualidad infantil- cuyo funcionamiento me describió un alumno. Yo les había emplazado a explicar en inglés cómo hacer algo, en respuesta a la pregunta How to...? ("¿Cómo..."): se trataba de que demostraran ser capaces de dar una serie precisa de instrucciones que otras personas pudieran seguir: una receta de cocina, las reglas de un juego, cómo construir algo, tocar un instrumento musical, etcétera. Y este chico -un muchacho alemán, que parece sobrellevar con notable entereza la circunstancia de llevar varios meses lejos de su familia y adaptarse al idioma y costumbres de un país extranjero- me sorprendió con la explicación de cómo construir un visor de hologramas adaptado al teléfono móvil. Y sin utilizar dispositivos electrónicos ni nada similar: bastaba con construir una especie de recipiente cuadrado con cuatro caras trapezoidales recortadas en plástico transparente -por ejemplo, de la caja de un CD- y colocarlo sobre la pantalla del móvil cuando en ésta se muestran ciertas imágenes caleidoscópicas que se encuentran en internet. Al proyectarse las distintas facetas sobre las cuatro caras del vaso cristalino, deparan la ilusión de que una figura tridimensional flota en el centro del mismo: un planeta que gira, un pez que se retuerce sinuosamente, una medusa que flota en las aguas... Bajamos las persianas para asistir al modesto milagro, que causa en todos -incluido el único adulto- una rara emoción. No sé qué conclusión sacar de todo esto. Quizá que nunca hubiera pensado que de un aparato tan molesto como suelen ser los teléfonos móviles pudiera surgir la sugestión poética de la magia. Y aquí lo dejo. (12/1/17)

jueves, enero 11, 2018

LO QUE DEBE QUEDAR


Tarde gastada en una vana reclamación comercial, que me hace llamar a tres empresas y hablar con algún que otro robot de acento neutro, que me aconseja esperar o me ordena marcar tal o cual número en función de la gestión deseada. Impresión, al cabo, de que la cuantía de lo reclamado no vale lo que el tiempo perdido, que mejor podría haber empleado en disfrutar de la tarde azul y oro -tan juanramoniana, en fin- o en leer alguno de los libros que tengo sobre el escritorio. Al final, doy con una voz amable que me aclara la situación: quiero decir, que me alivia de esa especie de prurito de dignidad herida que nos mueve a veces a buscar reparaciones de pequeños agravios de la vida diaria que, si se dejan estar, tampoco suponen nada. Quizá buscaba uno solamente oír esa voz.


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La mañana también fue pródiga en minucias entre perturbadoras y pintorescas. Anoto sólo una. A S., que dejó su abrigo colgado en el perchero del café donde habitualmente hacemos el desayuno de media mañana, se lo han cambiado por otro: quiero decir, que se han llevado el suyo y le han dejado uno bastante parecido, salvo por el pequeño detalle de que el primero tenía una cartera en el bolsillo -y S. no ha querido aclararnos cuánto dinero había en ella- y el otro en el mismo sitio guardaba... una estampita del Sagrado Corazón. 


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A la salida, esta compañera tímida y normalmente poco habladora me hace reparar en lo verdaderamente importante: las brumas con que empezó la jornada se han despejado y el sol de invierno ha revestido las cosas de una nitidez diamantina, luminosa y gélida. Es lo que debe quedar de este día. 

miércoles, enero 10, 2018

ESTORNINOS


Bandadas de estorninos sobre la ciudad a primera hora del día. Las veo desde el punto más alto del puente nuevo: manchas bulbosas, difusas, dotadas de una especie de dinamismo vertiginoso que las hace cambiar de forma constantemente y reorganizarse sin perder nunca la apariencia compacta, la sugestión de que todos sus componentes pugnan por estirar o romper una bolsa elástica cuyo tejido nunca cede. Y enormes: algunas de ellas cubren el equivalente a varias manzanas de edificios. Deben de contener millones de individuos, todos y cada uno de ellos misteriosamente conectados a la voluntad que rige el conjunto. Y tienen algo de amenazador, no tanto por las dimensiones de la nube, como por la evidencia de esa voluntad única, todopoderosa, similar a la que gobierna una plaga de langostas o un ejército de hormigas. Y de fantasmal, también: vuelan a tal altura que desde el suelo apenas son discernibles. 

Es posible que ésa sea su táctica de supervivencia: confundirse durante el día con la incandescencia de las brumas altas, hasta que la noche les permita acogerse a la espesura de los árboles de las plazas y dejar en ellas, como testimonio de su presencia, una indeleble capa de excrementos. Algún alcalde hubo que proyectó instalar mecanismos para espantarlos, lo que causó la indignada protesta, en forma de carta al periódico local, de algún notorio ecologista, también contrario a la tauromaquia y a la venta de abrigos de pieles; cuestiones mundanas que a los todopoderosos estorninos, confiados a la fuerza de su número y de la insobornable voluntad que los gobierna, les traen absolutamente al pairo. (10/1/2017)

martes, enero 09, 2018

ESA PLAZA

"Mucha poesía, pero sin renunciar al pincho de tortilla", me dice este conocido que me ha sorprendido en pleno desayuno con una antología de Pessoa en la mano y en la otra el tenedor con el que he empezado a atacar el citado condumio. Pero qué duda cabe de que, para leer al energético Álvaro de Campos, hay que venir por lo menos bien alimentado.

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La soledad: esa plaza bien soleada a la que otros se asoman y la creen vacía, cuando lo cierto es que es la propia plaza la que se llena a sí misma.

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La única soledad verdaderamente intolerable es la de quien busca una ocasión de hablar consigo mismo y encuentra que su interlocutor está siempre ocupado.

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La muerte: la intuición de un mundo que sucede sin nosotros y que por tanto, en rigor, también ha dejado de existir como objeto de tu pensamiento o tus sentidos. De un mundo que muere cuando tú mueres. 

lunes, enero 08, 2018

ERRORES DE CÁLCULO

Me alegra que esta simpática conocida haya ganado un importante certamen literario: para ella es un paso más en lo que concibe como una verdadera escalada que la ha llevado desde las posiciones más humildes -la poesía publicada en editoriales huidizas, la literatura infantil y juvenil más o menos por encargo, el activismo en la red, el periodismo a rebufo- a lo que seguramente considera un escalón bien alto, pero no el último. Treinta años de carrera que abocan a esto. Y merecidamente, porque lo hace bien y, además, es una trabajadora incansable. Ahora le toca navegar en otras aguas en las que quizá esas virtudes no le sirvan de mucho. Pienso en Ángel Vázquez, ganador del Planeta; o en Vicente Soto o Vidal Cadelláns, ganadores del Nadal: esos logros no les libraron de la pérdida de fe en sí mismos, de la conciencia de fracaso, de la condena a la literatura subalterna y sin reconocimiento. Algo me dice que ella sabrá esquivar esas trampas del ego insatisfecho y de la ingratitud del medio. Que así sea. 

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Esa edad en la que una persona se inquieta doblemente por los bandazos que dan los hijos en los comienzos de la vida adulta y por el acabamiento progresivo de sus padres. Ser puntal de dos generaciones. Y sentir que, en el fondo, ese contradictorio privilegio se basa en un error de cálculo respecto a la presunta posición de ventaja del sujeto en cuestión en ambos casos. (8/1/2017)