martes, julio 22, 2014

IN SUCH A NIGHT


De vuelta a casa, después de una cena con amigos. Una de esas madrugadas tersas, fragantes, en las que no se mueve una hoja. Casi nadie en la calle: sólo la desesperada clientela terminal de un par de terrazas en las que ya han apagado la música y apilado las sillas desocupadas. Caminamos con determinación, casi contra nuestro impulso de sentarnos en cualquiera de los bancos vacíos y pasar la noche a la intemperie, disfrutando de esa especie de secreto esplendor al que el resto de la humanidad ha vuelto tranquilamente la espalda. Casi nos sentimos culpables por ir rompiendo el silencio de la noche con nuestros pasos; y, cuando uno de los dos se decide a hablar, teme que sus palabras alcancen la resonancia de esas conversaciones destempladas de borrachos -no es nuestro caso, o no del todo- que a veces se infiltran en el duermevela cuando es uno quien madruga mientras otros disfrutan. Pero prefiere uno la discreción: si acaso, amortiguar el paso, para que no se nos oiga. Que nadie sepa de esta secreta felicidad, de esta inesperada armonía entre el ánimo y los sentidos. De decir algo, que sea como las arrebatadas palabras de los amantes Jessica y Lorenzo en El mercader de Venecia: "In such a night..." (en una noche como esta...). Etc. 

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Victory through Air Power; o los dibujos animados de Disney al servicio de la propaganda bélica. Claro que estábamos en el año 43 y todos los esfuerzos eran pocos para sostener la moral, tanto de los combatientes como de la población civil que soportaba el esfuerzo de guerra. Aún así, choca ver los blandos personajes de Disney, o el alegre colorido que sus estudios habían logrado insuflar en películas como Blancanieves, utilizados para explicar la necesidad de desarrollar aviones de largo alcance capaces de bombardear las ciudades industriales de Alemania o Japón. La escena en la que este último país es representado como un pulpo al que el águila norteamericana ataca repetidamente hasta que éste retira sus tentáculos de Asia resulta siniestramente premonitoria: en efecto, incluso dos años antes de que se utilizara la bomba atómica, parecía claro que el mando aliado no veía factible derrotar progresivamente al Japón mediante un avance sostenido por las islas del Pacífico y el sudeste de Asia. Recién terminada la guerra, el propio Disney debió de darse cuenta de que ciertos alardes propagandísticos más o menos justificados en tiempos de guerra no serían del agrado del público en época de paz, y retiró la película de los circuitos comerciales. La veo ahora en una magnífica versión restaurada, accesible en Internet. Los sobrios documentales de Ford, Capra o Wyler resultan casi blandos y sentimentales al lado de la fría deshumanización de estos personajes de cuento empeñados en representar uno incluso más negro y siniestro que el de Blancanieves.

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A los cincuenta, o has llegado a donde querías o constatas que ya se te ha acabado el impulso más o menos insensato que te mantenía en la pugna desde los comienzos de la edad adulta. Y quizá esto último sea lo mejor: frente a la carga de ser alguien, de mantenerse a la altura de los propios logros, la inesperada ligereza de verte de pronto sin bagaje que defender, o sin asideros para poner en marcha nuevos planes. Y así da gusto.

lunes, julio 21, 2014

VIENTO SUR

Viento sur. Mi favorito, sin duda. Sin llegar al frío, su frescor hace soportable incluso la flama de un mediodía de verano. Tampoco levanta grandes polvaredas. Y recibido de cara, en plena frente, se tiene la sensación de que te refresca el pensamiento y te orea las ideas. A primera mañana, por muy inclemente que haya sido la noche, basta su soplo para disipar las brumas del sueño y proporcionarte una especie de sobreconciencia que, unida a la nitidez que las cosas ganan bajo una atmósfera renovada a fondo, te hace ver más claro y más lejos. Y si te entregas a él, digamos, de cuerpo entero -dejando, por ejemplo, que te arrulle mientras descabezas una siestecita en la playa-, el efecto es de caer en una especie de túnel de sueño en el que te orean las brumas de otra dimensión. 

Su único defecto: es caprichoso y tornadizo, y fácilmente cede su lugar al empuje molesto del levante o al soplo gélido del poniente vespertino. Pero se entiende que quiera prodigarse poco: bajo su perezoso influjo sostenido, la vida nos parecería demasiado fácil, y demasiado grande la tentación a renunciar a los empeños que nos mantienen tensos y ocupados la mayor parte del tiempo. Y ya sabemos que eso no puede ser.

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Veo Memphis Belle, el documental de guerra de William Wyler sobre la tripulación de una fortaleza volante perteneciente a una de las escuadrillas que bombardeaban el continente desde Inglaterra. Es una película sobria y objetiva, Y aunque incluye alguna mentirijilla -por ejemplo, la afirmación de que los alemanes disponían de radar-, no evita el engorroso detalle de mostrar que, al final del día, no siempre vuelven todos los aviones, y que los que sí lo hacen suelen traer tripulantes heridos o muertos. Pero la estructura dramática es perfecta, y la fotografía y los movimientos de cámara conjugan la necesaria glorificación -tampoco excesiva- de la maquinaria bélica con la atención a los seres humanos concretos que la hacen funcionar, y que no sólo -como ya se ha dicho- caen heridos o mueren, sino que también se muestran asustados o nerviosos en vísperas de la misión, y comprensiblemente huraños cuando, al final de la misma, vuelven la cara para no ceder a la cámara sus gestos de cansancio o dolor. Se comprende que el intento de realizar una película de ficción con esos mismos ingredientes -la dirigida por Michael Caton-Jones en 1990- resultara un fracaso. Quizá porque esa película ya estaba hecha: la agridulce Almas en la hoguera (Twelve O'Clock High) de Henry King, estrenada en 1949, cuando el recuerdo de la guerra estaba vivo pero ya había perspectiva suficiente para mostrar lo que el documental de Wyler sólo dejaba entrever: el desánimo, las disensiones e incluso la bajísima moral de aquellos hombres que arriesgaban la vida diariamente por motivos que no siempre entendían.

En estas cosas pasa uno el verano.

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Marea de algas, o la sensación de nadar en una fuente de ensalada aguada.

jueves, julio 17, 2014

PÁJAROS

Andan revueltas las golondrinas a esta desacostumbrada hora en la que el calor debía mantenerlas recluidas bajo los aleros de las casas. Yo mismo escribo al amparo del pico de sombra que alcanza a cubrir un extremo de una de las mesas de la terraza. A mi llegada, las vi posadas en un cable telefónico, mudas y expectantes, como los pájaros de la película de Hitchcock. Casi parecía que era a mí a quien acechaban. Pero no. Durante los primeros quince minutos (el tiempo que tardo en arrancar mi lento ordenador portátil y poner en marcha mi aún más lenta maquinaria mental) permanecen quietas y calladas; está claro que mi presencia no las perturba. Pero de pronto, como obedeciendo a una señal para mí imperceptible, se lanzan al cielo de la plaza y lo recorren en un sinfín de vuelos cruzados, picados, contrapicados y hasta arriesgados loopings de piloto acrobático, a la vez que emiten esa especie de carcajada entre interrogativa y sarcástica en la que consiste su canto de una sola nota. No me quedo para ver el final: me ha podido el calor, y además ya he terminado la tarea que me traía aquí, que no era otra que aprovechar el wifi del restaurante cerrado para dejar mi anotación diaria en este cuaderno.

La medianoche me sorprende en el mismo lugar, esta vez en compañía. Prolongamos la sobremesa de la cena. De pronto, un viento súbito desbarata el servilletero y echa a volar una decena de desgarbados pájaros de papel, al mismo tiempo que tumba un vaso vacío y se lleva consigo el sombrerete de paja que yo había dejado encima de la mesa. Me acuerdo entonces de las golondrinas y entiendo ahora el motivo de su agitación: barruntaban este viento, acusaban el mismo nerviosismo que las gaviotas de la costa cuando se acerca el temporal, e imagino que por el mismo motivo: porque prevén la dificultad añadida que esa circunstancia supone para su empeño principal y casi exclusivo, que no es otro que alimentarse y alimentar a la prole. De ahí ese frenesí, esos vuelos cruzados, esa cacería indiscriminada de cuanta criatura invertebrada flotase entonces en la ingravidez de la hora más cálida del día.


Un naturalista seguramente se reirá de estas anotaciones mías. Asumo el riesgo. No intenta uno redescubrir ni constatar lo que seguramente ellos ya han descubierto y constatado sobradamente hace años. Intenta uno, más bien, establecer una especie de ilación subjetiva entre los fenómenos que le es dado observar, para descubrir, no la ley natural a la que obedecen, sino el sistema de analogías por el que esos fenómenos encuentran su eco en la mente del observador. Es decir: no intenta uno otra cosa que leer en un libro abierto cuyo idioma no domina del todo, pero en el que advierte una lógica que no le es del todo extraña. Trata uno, sobre todo, de entender y entenderse. Y para eso se proyecta fuera.

miércoles, julio 16, 2014

LA HUERTA

La flor del granado: una especie de falda de cabaretera, roja y con mucho vuelo, como sacada del atrezzo de una corista… Con el tiempo, no obstante, lo que era airosa ligereza se va volviendo prieta gravedad, como a una mujer a la que se le van compactando las carnes, y el fruto emerge a expensas de esa especie de nada perfumada que es el corazón de la flor. En un mismo árbol pueden verse todas las fases del proceso: desde la flor plena al fruto ya formado en trance de madurar. Nos lo muestra el orgulloso propietario de la huerta. Hay también perales, melocotoneros, higueras, naranjos, limoneros, membrillos. Hay árboles que han tenido que ser apuntalados antes de que la cargazón de fruto les quiebre las ramas. Casi duele esta explosión de fertilidad, que uno quisiera… más lenta, gradual, controlable. Pero no: todo estará en su sazón –al pensarlo, miramos con aprensión las cargadas tomateras– desde mediados o finales de agosto hasta principios de octubre. En apenas mes y medio la huerta dará su generoso legado, que es también el resultado de muchas tardes de labor e incontables desvelos: no sólo los aludidos puntales para sostener las ramas cargadas; también los plantíos modelados como parterres de jardín, las veredas limpias para el tránsito, los alcorques perfectamente trazados, el complejo mecanismo que hace posible que el agua, procedente de una fuente al otro lado de la carretera –la finca quedó dividida por ésta años antes de que naciera el actual propietario, que es ahora un hombre jubilado–, circule libre y generosamente allá donde se la requiera. 

Le digo a M.A., en broma, que ya tenemos plan para nuestro retiro. Y me contesta que no tendríamos tiempo de aprender lo necesario; o que, en todo caso, no nos quedarían fuerzas para aplicar lo aprendido. Pero el ejemplo lo desmiente. Hace apenas seis años, nos cuenta el propietario, esto era un zarzal. Hubo que meter máquinas para desbrozarlo. Lo demás ha sido cuestión de tiempo y paciencia. Ha habido años malos: el anterior, por ejemplo, en el que un “viento malo” agostó el fruto en ciernes. Pero no hay dolor en la constatación, tan sólo se señala un hecho, que ni siquiera nos coge de nuevas: también nosotros conocemos los años malos, el fruto malogrado, el recurso a poner de nuevo manos a la obra sin escatimar esfuerzos. Cada cual cultiva lo suyo. Y quizá la única recompensa sean estas tardes agradecidas en las que hay un momento de respiro para sentarse a la sombra y contemplar la promesa del fruto. No hace falta más.

martes, julio 15, 2014

JARDINES DE PIEDRA

Nos muestra L. su jardín de piedras; que no obedece a ningún principio zen, sino que es simplemente la azarosa reunión de las que ha ido encontrando en sus paseos por el monte y le han llamado la atención. Las hay de muy diversas formas. Una, un poco más grande que un pisapapeles, recuerda a una paloma. Otras dos, del tamaño aproximado de una lámpara de mesa, hacen pensar en un primer esbozo en basto de la Venus de Milo y en una de esas atormentadas figuras de esclavos desnudos que Miguel Ángel dejó sin terminar. Hay dos que deben de pesar doscientos kilos cada una, y que, para ser llevadas a su emplazamiento, a ambos lados de los escalones que dan acceso a la vereda que ciñe la huerta, han requerido el esfuerzo conjunto de tres hombres… 

Las fotografiamos, pensando en que estos ejemplos de escultura espontánea pueden ser del interés de C., que anda iniciándose en el difícil arte de la escultura. Pero estas piedras sugieren mucho más. Por ejemplo, que el arte en general  –y no sólo la escultura– es más cuestión de visión y elección que de acción: no es tanto lo que uno haga –escriba, pinte, modele– como la capacidad de reconocer las creaciones que ya nos llegan hechas, terminadas, absolutas y redondas, por mero azar, ya sea –como trato de propiciar en este cuaderno– una mera anécdota cotidiana que sólo espera que alguien la transcriba, o una imagen o una forma. El ready made, el object trouvé de los dadaístas obedece a una profunda comprensión de este hecho, al que ya se anticipaba Miguel Ángel al intuir que la escultura estaba dentro de la piedra sin desbastar, y a él sólo le correspondía quitar lo que sobraba… 

Eso intentamos todos: despojar a la vida de sus excrecencias, de su penosa materia redundante; y dejarla en su desnuda esencia, en su intensidad. Hay quien muere sin haberlo logrado. 

lunes, julio 14, 2014

MODOS

Primer día de verdadera inactividad, después de semanas vividas no exactamente en tiempo presente, sino en el de la inminencia…; digamos, en una especie de futuro desiderativo, que es un modo verbal del que carece el idioma, pero que el ánimo encuentra muy útil para explicarse.


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En la ciudad el silencio es un zumbido; en el campo, un clamor.


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Rumores de taberna: el sonido de la soledad en compañía. Entiendo que algunos prefieran esta circunstancia incluso para aquellas tareas que parecen exigir la soledad absoluta: por ejemplo, escribir. Como hago ahora: el televisor encendido, conversaciones de fondo, ajetreo de vasos que van y vienen... Lo que escribo me llega como de un receso del yo capaz de actuar al margen de estas circunstancias, mientras que el resto no pierde puntada... Y quizá ése sea el meollo de la cuestión: encontrar a ese otro yo capaz de defender los privilegios de la soledad incluso en la más ruidosa compañía.

jueves, julio 10, 2014

COREOGRAFÍAS

De dónde saco el tiempo, me preguntan, para escribir libros, para mantener este cuaderno, para terminar una tesis doctoral -que, al fin y al cabo, no es más que un libro-. Pero no hay secreto: se trata simplemente de una suma de pequeños empecinamientos, de una cierta inevitable ansiedad ante las cosas a medio hacer, y puede que también de un no reconocido temor a la parálisis que sobreviene cuando todo está hecho. No hay más. Salvo la evidencia, quizá, de ese abismo que se abre bajo el cuerpo del nadador de fondo cuando éste deja de mover los brazos.

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Juventud: divertida, intensa, desde dentro; a menudo sórdida desde fuera; o al revés, según. 

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Mi cura veraniega de desinformación: no leer periódicos., no oír boletines informativos, no ver telediarios; al menos, durante dos meses; al cabo de los cuales lo más asombroso es comprobar que las historias siguen siendo las mismas, que todo sigue igual. Lo que -me dice una amiga- al fin y al cabo es un alivio.

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Casi temo que la escena inicial del musical Gold Diggers of 1935 de Busby Berkeley, el número conocido por "A Lullaby of Broadway", pase a formar parte de mis peores pesadillas: el inmenso cuerpo de baile avanza implacablemente en pos de la protagonista, hasta hacerla saltar por un balcón y estrellarse en el asfalto; lo que explica que la escena esté narrada por el rostro de esa misma actriz convertido en una estrella del firmamento. Casi un anticipo del famoso número final de All That Jazz: la detallada representación musical de una muerte clínica. Tiene la muerte sus coreografías; uno no hace otra cosa a lo largo de su vida que aprender los pasos. 

miércoles, julio 09, 2014

EL LÍMITE

Me dice este conocido, a propósito del pintor cuya exposición hemos venido a ver, que un artista alcanza la plenitud creativa entre los cincuenta y cinco y los sesenta años. Tomo nota: aún hay margen; y conviene no olvidarlo, teniendo en cuenta los muchos momentos de desánimo que vendrán antes de que sobrepasemos ese límite y sólo toque resignarse.

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Buñuel: La muerte en este jardín (1956), o cómo convertir lo que en principio parecía casi una película de Sergio Leone, con batallas campales entre federales y aventureros gringos, en una encerrona surrealista. Los protagonistas, finalmente perdidos en una selva que atrapa a las mujeres por los cabellos y depara a los huidos el inesperado hallazgo de un avión estrellado provisto como para una fiesta de disfraces, acaban entregados, como en L'âge d'or, a sus pulsiones más primarias; entre ellas, el deseo más o menos consciente de que vayan desapareciendo del panorama los representantes del orden burgués o la religión, e incluso la hembra indómita que ha sido capaz de embaucarlos a todos, y sólo sobrevivan el héroe sin escrúpulos y una bella muchacha... muda. Buñuel debió de pasárselo en grande filmando este calculado disparate. Tan parecido, por otra parte, a las películas más convencionales del género, que seguramente más de un espectador salió del cine sin notar la diferencia.   

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El viento sur despuebla la playa. Claro que también la desnudez abriga. Que se lo digan, si no, a las parejas emboscadas entre las dunas.

martes, julio 08, 2014

WHY WE FIGHT

El operario retira la caperuza de la chimenea exterior de la caldera del agua y mete la mano en el tubo. Era lo que temíamos: saca primero varios manojos de paja, y luego el característico amasijo circular, también de paja, en cuyo centro reposa media docena de huevos moteados, del tamaño de la yema de un dedo. Ése era el motivo por el que la combustión se venía abajo al cabo de unos minutos, dejando sin agua caliente al incauto que en ese momento hacía uso de la ducha. Inmediatamente nos sentimos culpables: poder ducharse con más o menos comodidad es algo absolutamente irrelevante, en comparación con el pequeño milagro de la vida que acabamos de destruir. Como adivinando nuestros remordimientos, el fontanero nos tranquiliza: "Lo milagroso es que todo esto no haya salido ya ardiendo. Han tenido suerte". Resignados, depositamos el nido en un plato hondo, que colocamos sobre la pila de leña, al pie mismo de la chimenea, por si la madre de la media docena de huevecillos aparece por allí. Sabemos que es un gesto inútil. Y nos pasamos la tarde preguntándonos si algunos de los trinos que se alzan en las inmediaciones del patio no será un sentido lamento o un indignado reproche.

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Veo con admiración ese logrado milagro de la propaganda que se tituló Why We Fight, la serie de siete documentales que Frank Capra dirigió para el Departamento de Guerra estadounidense para justificar la intervención de su país en la Segunda Guerra Mundial. En su planteamiento dramático no difieren mucho de otras obras de Capra: apelan a la unidad de los ciudadanos comunes contra las oscuras tramas de poder que buscan someterlos y dominarlos. En ese sentido, son simplistas; nada dicen de la parte de culpa que las potenciales víctimas tienen por haber secundado esos poderes oscuros cuando se les creía inofensivos o dirigiendo su capacidad ofensiva a terceros. Pero el mensaje es nítido y casi indiscutible: nunca el mundo había estado amenazado por un proyecto de dominación universal tan poderoso y bien urdido (aunque ya sabemos que esa urdimbre estaba hecha de alianzas coyunturales entre potencias con intereses no del todo bien avenidos); y nunca el llamamiento a la guerra en defensa de unos mínimos valores compartidos estuvo tan justificado. Aun hoy estos documentales siguen enardeciendo y emocionando. Que es más de lo que se puede decir de las mil causas que reclaman nuestra adhesión en estos desencantados tiempos.

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Claro que en las largas sobremesas estivales, y ante un televisor con acceso a Youtube, hay lugar para todo. También para Teaserama (1955), una de esas incalificables e ingenuas películas ínfimas hechas para lucimiento de las pinups Betty Page, Tempest Storm y otras. Si la pregunta de Capra era "¿Por qué luchamos?", la respuesta parece obvia, a la vista de estas opulentas bellezas de posguerra. 

lunes, julio 07, 2014

DESBANDÁ






Sombras en desbandada, o desbandá, que es la forma coloquial que el pintor Antonio Rodríguez Agüera ha decidido utilizar en el título de su última exposición, que se inauguró el pasado viernes en su Ubrique natal. "Si se hubiera quedado en Madrid", me dice uno de los asistentes, "habría triunfado". Y aduce como testimonio los cuarenta y tantos cuadros "que se vendieron antes de la inauguración" en cierta exposición que el pintor celebró en la capital a mediados de los años noventa, cuando empezaban a desinflarse tantos prestigios artísticos efímeros surgidos en la década anterior. Los veinticuatro cuadros que componen ésta de hoy muestran otros tantos perfiles de figuras o grupos de figuras que parecen correr hacia alguna parte o huir de algo, todas ellas recortadas contra un fondo ocre en el que se distinguen algunas manchas de tono más oscuro que le prestan relieve. 

Sabemos que Agüera empezó a entrever esas figuras fantasmales en los detalles de su obra figurativa, en esas zonas del lienzo donde el mero entrecruzamiento de líneas o pinceladas insinúa criaturas ("bichos", las llama él, sin saber que Ramón Gaya denominaba también así a ciertas figuras surgidas de la imaginación de Picasso) que nada tienen que ver con el asunto nominal del cuadro, y que parecen más bien entes nacidos accidentalmente de los azares del proceso pictórico. Esos "bichos", esas formas abstractas en las que la mente del observador puede abismarse hasta perder toda conexión con la realidad a la que el cuadro parece remitirse en primera instancia, existen en todo cuadro que se precie, y son parte esencial del placer de mirarlo: ese proceso en el que la mente va más allá de las formas reconocibles para llegar a intuir el mero gesto de la mano y la mirada al que obedece cada una de las pinceladas que compone el cuadro. Que éste sea figurativo o no se nos antoja, desde esos niveles, un accidente: la materia que lo compone es siempre abstracta, como lo es cualquier gesto humano si prescindimos momentáneamente de su conexión con la persona que lo hace y el contexto en el que tiene lugar. La pintura es quizá el arte que más propicia esta voluntaria renuncia al sentido. En la música el problema ni siquiera se plantea: es toda abstracta; mientras que en la literatura sucede lo contrario: es casi imposible considerar la palabra sin su relación inextricable con su significado.

Ahora los "bichos" de Antonio Agüera se le han emancipado y convertido en sombras o siluetas más o menos humanas que corren desesperadamente hacia alguna parte. Las hay que, por su relativa pequeñez, recuerdan a niños que corren en pos de una pelota o un globo, aunque nunca en actitud de juego, sino como si ese objeto que se les escapa fuera su último asidero a un mundo en proceso de disolución; las hay también que parecen abrazarse o fundirse con otras, o que se apelotonan hasta caer aplastadas por los que vienen detrás. 

"Son las cosas que cuentan de la guerra", me dice el pintor. Pero sé que, en su modestia, está intentando acogerse a uno de esos discursos convencionales con los que los artistas del día justifican y venden lo suyo. Esto es otra cosa, como sabremos en cuanto constatamos que la persona que va a presentar la exposición es... un hombre ciego. Él mismo bromea sobre ello: "Ya sé que les parecerá raro que un ciego presente una exposición de pintura". Pero el ciego es amigo del pintor desde la infancia, y su discurso no es otra cosa que una apretada enumeración de personas que ambos conocieron, la mayor parte de las cuales uno adivina ya muertas. Ésa y no otra es la "desbandada" aludida en el título: seres que, en su huida, se precipitan hacia la fosa común que el pintor ha representado en el lienzo colocado a la puerta del recinto, y en la que las calaveras no son tanto piezas óseas como máscaras compungidas, más asombradas que aterrorizadas por el desenlace de su alocada carrera.

"Ese cuadro de ahí lo ha comprado...". Y me susurran al oído el nombre de una celebridad cuyo nombre me comprometo a no repetir. No creo que al pintor le conmuevan poco o mucho estos triunfos mundanos. También se cuenta que, hace años, "fió" tres cuadros a unos desconocidos americanos que en ese momento no disponían de fondos para pagarlos, y que, sin ningún documento por medio, se los llevaron a California, desde donde remitieron al confiado pintor el correspondiente cheque. 

Todas estas cosas, y otras más pintorescas, se cuentan de Antonio Rodríguez Agüera, el pintor que, a sus setenta y cuatro años, parece el más joven y atrevido e innovador de todos los que componen la meritoria escuela pictórica ubriqueña. También uno de los más productivos: sale a casi exposición por año. En este cuaderno hemos dado cuenta ya de alguna. Y ya estamos esperando la del año que viene.

miércoles, junio 18, 2014

RULFO

Juan Rulfo entrevistado en A fondo. Al principio piensa uno que, si de algo no puede precisamente alardear el autor de libros tan sombríos como El llano en llamas o Pedro Páramo, es de sentido del humor; o, al menos, de esa especie de empatía general que se le presupone a todo personaje que haya alcanzado una cierta notoriedad pública. No otra cosa es lo que la cámara parece querer atisbar en el rostro impasible del mejicano, sin lograrlo; al menos, en la primera mitad de la larga y tensa hora que dura la entrevista. El escritor aguanta bien el tipo. Cuando se le pregunta por su familia, se remonta con toda tranquilidad al siglo dieciocho... Hasta que el entrevistador, visiblemente impaciente, lo emplaza a hablar de ancestros más cercanos. Hay un momento en que el entrevistado parece impacientarse con lo que parece un interrogatorio policial: "¿Y usted cómo es que sabe todo eso?", le espeta al normalmente impecable e impasible Joaquín Soler Serrano. Éste ni siquiera aprovecha la ocasión para referirse a sus documentalistas: es posible, sospecha el espectador, que ni siquiera los tenga, y que todo el alarde de curiosidad y cultura que representa el programa se base en los conocimientos, o en la voluntad de conocimiento, de un solo hombre. Y es entonces cuando advertimos en el rostro inexpresivo del entrevistado un atisbo de malévola sonrisa: sin casi mover una pestaña, ha puesto al entrevistador contra las cuerdas. Y ahora sí que parece relajarse. "¿En qué consistía su trabajo en el departamento de inmigración?", le pregunta Soler Serrano. "Perseguía extranjeros", dice el escritor, "pero nunca capturé ninguno". Para añadir, a continuación, que uno de sus cometidos en los años de la Segunda Guerra Mundial era supervisar a los marinos alemanes confinados por el gobierno mejicano en la ciudad de Guadalajara. "¿Qué hicieron con los barcos?", pregunta Soler. "Se hundieron todos. Los requisaron; pero, como eran muy modernos, los fogoneros mexicanos no los sabían manejar, y les estallaron las calderas. Luego dijeron que fue obra de submarinos alemanes. Pero lo cierto es que se hundieron a apenas trescientos metros de la costa...". Aquí Rulfo no puede reprimir una sonrisa franca. Y es entonces cuando uno empieza a tener la certeza de que, desde el inicio mismo de la entrevista, el escritor no ha hecho otra cosa que fabular. Él mismo lo declara: la misión de la literatura no es reflejar la realidad, sino dar cuenta de un mundo imaginado por el escritor. "¿Le gusta la televisión, maestro?", le espeta Soler, para terminar. "Sí, mucho". Y ahí queda eso, que no sabemos si es una soterrada confesión de que, a pesar de todo, este hombre tímido y triste ha sabido divertirse lo suyo durante el engorroso trance por el que acaba de pasar.

lunes, junio 16, 2014

SOLTURA

Me estoy aficionando a las entrevistas literarias, y no sólo literarias, que Joaquín Soler Serrano hacía a figuras como Borges o Salvador Espriu -son las dos que he visto últimamente- en su programa A fondo hace más de treinta años. Qué lujo. "La literatura española tenía en sus orígenes una soltura que luego fue perdiendo", afirma el escritor argentino, que no consiente que el entrevistador lo llame "maestro". "Llámeme sólo Borges", le dice. "Sí, Borges, es decir, maestro", insiste el entrevistador, con esos modales un poco rígidos -aunque siempre eficaces- de la cortesía que todavía se estilaba entonces en determinadas situaciones públicas. "No, no, Borges, que da la casualidad que es mi nombre". Lo dice desde ese aparente desamparo del hombre ciego que, en una conversación, no logra atisbar los gestos de su interlocutor, y por eso se adelanta a veces a llenar los silencios algo enfáticos de éste, luego tan imitados por otros periodistas televisivos. En contrapartida, y llevado por una impaciencia que suele ser característica de los hombres de dicción segura cuando hablan con una persona que tartamudea, como era el caso de Borges, Soler Serrano no puede evitar adelantarse a los vocablos que el entrevistado pugna por articular en sus no demasiado dramáticos, pero sí evidentes, bloqueos verbales. También Espriu, por cierto, padecía esa incomodidad, que se apresura a enunciar de esta manera: "Desde mi infancia padezco una dislalia que me impide a veces decir palabras tan sencillas como Barcelona o Espriu", en lo que constituye otro penoso reconocimiento de que el nombre propio resulta a veces una pesada carga... Me recreo en estas voces importantes; y no porque lo que dicen no lo haya oído yo antes muchas veces (cosas como "la democracia es sólo un abuso de la estadística" o "Lorca es un poeta menor", que Borges dócilmente repite ante las incitaciones de su interlocutor), sino porque, en el temblor característico con el que las dicen, advierte uno la dolorosa conquista previa de una verdad particular, acaso inservible para otros, pero siempre indicadora del empeño que ese logro exige. 

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En cuanto a eso de la "soltura" perdida de la literatura española: qué pocos escritores españoles la poseen, si entendemos por soltura esa naturalidad con la que el discurso se adapta a la verdad última a la que apunta quien lo emite. Garcilaso, Fray Luis de León, Cervantes, Galdós, Antonio Machado... Paremos de contar. El resto: retóricos, barrocos; es decir, víctimas de una hinchazón de lenguaje que responde, ante todo, a esa hipertrofia que las ideas abstractas alcanzan cuando pierden la conexión con lo real. En ese sentido, qué poco realista es la tan tan cacareadamente realista literatura española. A lo más es... mimética, como lo son los espejos... del Callejón del Gato.

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Taquicardias nocturnas. Parece que el corazón pesa más en un cuerpo tumbado.

viernes, junio 13, 2014

EQUUS

Tenía el vago recuerdo de que Equus fue una obra de teatro que causó cierto revuelo en España en los tiempos de la Transición porque fue una de las primeras ocasiones, si no la primera, en que una actriz aparecía desnuda en escena. Creía recordar que el desnudo era de cuerpo entero, y que la actriz era Victoria Vera... Pero no, la memoria me engaña: hago mis comprobaciones y resulta que se trataba de María José Goyanes, y que sólo enseñaba los pechos. 

Con estos datos (confusos) de mi memoria sentimental a las espaldas, me asomo por primera vez a la versión cinematográfica que Sidney Lumet hizo de la obra teatral de Peter Shaffer en 1977. Anda uno últimamente un tanto saturado de lecturas románticas, pero el caso es que lo que me sorprende de esta película más bien pasada de rosca es la seriedad con la que considera el viejo asunto romántico de la Imaginación, el atributo divino por el que somos capaces de trascender la visión mediada que habitualmente tenemos de la realidad y alcanzar a percibirla como apocalipsis o revelación, antes de replegarnos de nuevo, normalmente abrumados y confundidos, a nuestras capacidades normales de percepción, que sólo alcanzan ahora -y no es poco- para transcribir el recuerdo de esa experiencia apocalíptica en términos poéticos... Uf, ya sé que es demasiado incluso para un cuaderno como éste, en el que no hay restricciones para los vuelos del pensamiento en soledad, pero... El joven protagonista de esta historia, traumatizado por una educación religiosa y por el desapego de sus padres, acaba elaborando una especie de mitología personal por la que ve en los caballos -trabaja en una cuadra los fines de semana- la manifestación corpórea de una entidad sobrenatural a la que denomina Equus, una especie de trasunto de la figura de Cristo, por encarnar la capacidad mesiánica de redimir los pecados del hombre. Todo esto lo sabemos por las revelaciones que el joven, internado en una clínica psiquiátrica después de haber cegado con una hoz a varios caballos de la cuadra, va haciendo al médico que lo trata, un abrumado intelectual que en vano ha perseguido, en sus lecturas, en su aventuras amorosas y en sus viajes al Mediterráneo, la clase de comunión imaginativa que el destino ha deparado a su joven paciente. 

Éste es, digamos, el planteamiento de la historia. Queda por discutir si nos satisface su desenlace: previsiblemente, el desencantado psiquiatra hace hablar a su paciente hasta que éste le confiesa la atracción que siente hacia una chica que también trabaja en las cuadras, y el desastroso resultado del único intento que hacen de acostarse juntos. El trastorno del joven queda explicado en términos de psicoanálisis clínico. Pero lo que queda sin explicar, entendemos, es la secreta envidia que le tiene el médico, e incluso nuestra fascinación ante una clase de intensidad que, a pesar de rozar la locura, también nosotros secretamente anhelamos. Es decir: esta pretenciosa y más bien modesta película intelectualoide de los setenta traza nada menos que el recorrido completo de la tentativa imaginativa que llevaron a cabo los grandes poetas del Romanticismo: desde la revelación al traumático ajuste de cuentas con la realidad. Hubo un tiempo en que el cine intentaba estas cosas. Que las consiguiera o no, queda al arbitrio del espectador. Pero la verdad es que yo he disfrutado con el intento.

miércoles, junio 11, 2014

LLUVIA

Me doy cuenta de que llueve por el olor: olor a lluvia de verano, a agua caída sobre suelos recalentados. Se me va la imaginación a esos chaparrones repentinos de agosto que asientan el polvo en las veredas y en las calles de los pueblos. Y tardo unos instantes en percatarme de que esa lluvia retrospectiva es real y es la que golpea el antepecho de mi ventana.


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Sigue la rebelión de los objetos. A la radio se le ha averiado el mando que regula el volumen; con lo que ahora suena siempre estentóreamente, sin que sea posible reducir la intensidad del sonido. Naturalmente, resulta insoportable, y más aún a la hora a la que solemos escucharla, que es la del desayuno. No estoy muy seguro de que hayamos salido perdiendo; al menos, ya no se cuela en nuestra intimidad de primera mañana el ruido molesto de eso que llaman actualidad. Hay más verdad, seguramente, en el sonido del viento o en el concierto disperso y maravillosamente acordado que entonan los pájaros; y más capacidad de respuesta, por nuestra parte, si atendemos a nuestros pensamientos en vez de dejarnos abrumar por el soniquete de esas voces impostadas. Pero una cosa son las convicciones y otra los hábitos, y lo cierto es que estamos acostumbrados a este ruido que muchas veces oímos casi sin prestarle atención, sólo para añadir un poco de textura al eco de los pasos descalzos que corren para entrar o salir de la ducha, o al ruido hiriente del café que hierve en la cafetera o de la leche que espumea en el cazo. Y es que hay silencios que son, quizá, demasiado elocuentes y que es mejor acallar.


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Quisiera uno dejar en estos cuadernos un testimonio del tiempo que le ha tocado vivir. Que a ellos pudiera acudirse por los mismos motivos que acuden los historiadores a, por ejemplo, los diarios de Pepys: para saber cómo fue la Peste que asoló Londres entre 1663 y 1667, o cómo vivió la población el Gran Incendio (aunque a mí, la verdad, me interesan más los pasajes cifrados en los que cuenta cómo le metía mano a las criadas...). Pero no. En el trabajo, con los amigos, incluso en ese patio de vecinos que llaman "redes sociales", gesticulo y pontifico como el que más, soy parte de esa masa que se relame con la posibilidad de que los acontecimientos externos aporten un poco de emoción también externa a nuestras vidas más o menos ensimismadas. Bueno, también yo me dejo llevar. Pero me resulta difícil, por no decir imposible, interiorizar esas emociones. Y no digo que las que saco aquí a relucir sean mejores. Es más: me da la impresión de que, a la luz de lo que parece que será la sensibilidad pública dominante en los tiempos venideros, posiblemente este discurso mío resultará insolidario, egoísta, incluso reaccionario. Llegará un momento, en fin, en que lo mejor será callar. O resignarte a que no te escuche nadie. Claro que en eso ya estamos.


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Eran tan hermosos que se les perdonaba incluso esa fealdad moral que acabó siendo su único rasgo distintivo.

lunes, junio 09, 2014

MY GENERATION

En la celebración del décimo aniversario del restaurante de nuestros amigos A. y S. Aires de fiesta familiar, lo que no excluye una cierta formalidad de acontecimiento social importante en este microcosmos que tiene algo, para los aquí congregados, de segunda ciudadanía libremente elegida. A veces hemos bromeado incluso con la idea de que, de la esquina hacia acá, la parte del pueblo que se agrupa en torno a esta bendita plaza con mirador abierto a las inmensidades de la sierra es un cantón aparte, independiente no sólo del resto de la población, sino del resto del mundo en general. 

Aquí, efectivamente, rigen otros tiempos, otros ritmos, y hay incluso cierto margen para que las formas elementales de la sociabilidad adquieran aire de juego. A eso hemos venido todos esta noche: a jugar; y la delicada degustación de excelencias gastronómicas con que nos obsequia A. no es sino una forma superior de juego. Nada es lo que parece, lo que parecía una aceituna estalla en la boca y no es más que una esfera inmaterial de sabor, el plato básico de cuchara se presenta ahora con aires de elaborada creación de repostería... Pero tampoco hay engaño, porque el paladar es sabio y tiene una memoria sentimental que reconoce los sabores y agradece que éstos se correspondan con la taxonomía elemental que distingue el pescado de la carne, lo vegetal de lo animal, lo salado de lo dulce. La sabiduría gastronómica de A. sorprende sin desconcertar ni abrumar, y ni siquiera la mezcla de seis vinos con que nos hace degustar las seis creaciones del menú ha resultado (hablo por mí) tan peligrosa como parecía...  O quizá sea que, tras ciertas embriagueces del alma, las del cuerpo apenas se hacen notar. 

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Para gustarnos a nosotros mismos nos esforzamos en gustar a otros. Lo que dice mucho del  lugar que concedemos, en nuestra visión del mundo, a la otredad: esa especie de resonancia interna por la que el conjunto de las voces ajenas habla con una sola voz, que es la nuestra.

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My generation: toda la vida siguiendo las directrices de gente apenas diez años mayor que uno, pero que llegaron antes; y que ahora se retiran para ceder el puesto a quienes tienen... diez años menos que nosotros y han sabido esperar. 

Trasládese esto a política y entiéndase el poco crédito que concede uno a eso que llaman relevo generacional.

lunes, junio 02, 2014

EN LA ORILLA

En esta ciudad la playa hace las veces de esos grandes bulevares a los que la gente acude fundamentalmente a ver a los demás y a dejarse ver. Bueno, no es que nosotros viniéramos con esa intención; más bien, abordábamos nuestro primer día de playa con las expectativas contrarias: aquí se viene -pensábamos- a lo que se va al campo en los sitios donde lo hay: a tomar el aire, a ensuciarse los pies, a perderse. Pero no. Nada más llegar, nos aborda una pareja amiga que conocemos de nuestros fines de semana en la sierra. Es raro verlos en esta otra dimensión. Hablamos de pintura, que es el ramo del que entiende nuestro amigo. Nos anuncia algunos eventos venideros y nos cuenta que recientemente ha obtenido -él también pinta- una mención honorífica en cierto certamen... Resulta llamativo hablar de estas cosas a pleno sol y mientras a la espalda de mi interlocutor, cuya mirada no puedo escrutar porque se oculta bajo una gafas negras, tres chicas semidesnudas se tuestan sobre la arena; y me siento un tanto incómodo por permanecer parado precisamente allí, a pocos metros de ellas, como si mi propósito hubiera sido disfrutar un tanto abusivamente de la hermosa vista y no atender a mi amigo. 

Nos despedimos y cada cual sigue su camino. Saludo a otro conocido, que va caminando a buen paso por la orilla, y en el breve intervalo en el que mantengo vuelta la cabeza entra en mi campo visual una mujer que pasa corriendo y que también nos saluda. M. A. lee mi gesto de desorientación. "Es tu compañera C.", me dice. Pero yo le aseguro, un tanto temerariamente, que las piernas de atleta de la muchacha que acaba de cruzársenos no se corresponden con la idea que tengo -que no es que sea negativa- de las piernas de C... Seguimos el paseo y ahora es el poeta R. quien nos aborda y comunica que acaba de recibir cierta curiosa distinción honorífico-festiva que concede una conocida marca de manzanilla de Sanlúcar de Barrameda... Piensa uno que el sol está empezando a afectarnos. Hablamos de esto y lo de más allá, pero las palabras quedan un poco perdidas en la inmensidad de la línea de playa, frente al mar terso como una lámina de metal y bajo los celajes que dibujan las pocas nubes algodonosas que se han juntado en el horizonte. Dejo vagar la vista y apenas la detengo una fracción de segundo en algún que otro detalle del panorama. Aquí, una mujer se baña completamente vestida: el aparatoso vestido blanco se le ciñe a la piel y deja ver los contornos de las otras prendas que lleva debajo. Más allá, una madre arrastra por la orilla, sobre una tabla flotadora, a dos niños desnudos, que en el momento en el que los capto componen exactamente la misma figura de cierto famoso cuadro de Sorolla sobre este asunto... 

De pronto, M.A. emite un gemido: entre las briznas de algas arremolinadas en la orilla acaba de pisar una que contenía los restos de una concha de erizo. Las púas se le han clavado en el talón. Con una pequeña pinza de depilación le quito las espinas; que son, pienso, como las de las rosas sobre las que moralizan los poetas cuando hablan de ese elemento de dolor que se agazapa, dicen, en todas las cosas bellas. Pero aquí todo se rige por una lógica más prosaica, y el incidente, si acaso, nos ha servido para que nos decidiéramos a remojarnos los pies.  

jueves, mayo 29, 2014

DIETAS

"He vivido en una época en la que a menudo se juzgaba a un hombre en virtud de un cuestionario", leo en las primeras páginas de las Memorias de Iliá Ehrenburg. Y me acuerdo de los siniestros cuestionarios autoacusatorios que rellenaban algunos personajes de Vida y destino, la magna novela que Vasili Grossman, amigo y coetáneo de Ehrenburg, escribió sobre el estalinismo. Coincidió mi lectura de esa novela con una época en la que en mi medio laboral me asaeteaban con encuestas que recordaban algo a esas autoinculpaciones estalinistas. Fue por entonces cuando decidí no contestar ninguno de esos cuestionarios, o hacerlo siempre de manera lacónica e impersonal; y, a ser posible, devolviendo la pregunta, como dicen que hacen los gallegos, a quien me la hacía... Ahora me he relajado un tanto y ya no sigo a rajatabla esos principios, pero no por ello me he vuelto más elocuente en esos programados actos de contrición. A la autocrítica, que deriva siempre hacia la autoinculpación, prefiero el simple examen de conciencia, íntimo y secreto, que redunda siempre en autoconocimiento y lucidez. Pero vaya usted a decirle eso al comisario político de turno.

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La calidad de lo que comemos se parece mucho a la del alimento espiritual que habitualmente recibimos: pura basura en ambos casos. Me dice mi médico que ciertas picazones e indigestiones que relaciono con el consumo de pescado se deben a los conservantes que éste suele llevar. Aplíquese la misma regla de tres a ciertas desazones del alma. Y prescríbase la correspondiente dieta.

miércoles, mayo 28, 2014

FÁBULAS

Esopo lo vio claro: cuando las ranas que pedían rey comprobaron la inanidad de la socialdemocracia o el liberalismo tradicionales, clamaron a Zeus y éste les mandó, para que lo dejaran en paz, un dragón populista (de derechas o de izquierdas: en eso hay discrepancias). Sólo que, en la fábula, ese hecho ocurrió una sola vez y  no tuvo repetición posible: el dragón se comió a todas las ranas; mientras que en Europa la historia se repite más o menos cada medio siglo, y siempre hay alguna rana que sobrevive para lamentar su mala cabeza.

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Para que, en tardes como ésta, el silencio no se perciba como otra forma de la nada, cantan los pájaros.

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La intimidad es lo que consigues salvar de esa rebatiña en que consiste la vida en sociedad; aunque a veces no sepas si el esfuerzo ha valido la pena.



martes, mayo 27, 2014

EL FRUTO

La explosión de pipirigallos que nos alegró la vista hace apenas un par de semanas ha remitido. Quedan acá y allá unas pocas matas dispersas, menos altas y con menos flores que las de entonces. Y nos preguntamos qué ha sido de toda esa vitalidad. En algunos lugares -muros, bordillos, balcones- da la impresión de que han sido extirpados por la mano del hombre; pero eso no explica que la floración haya remitido también en los descampados y en las cunetas hirsutas, rebosantes de vegetación, donde no es imaginable siquiera esa clase de poda selectiva. En algunos lugares, no obstante, las matas permanecen, y lo que se aprecia es la sustitución de la flor llamativa por el mucho más humilde fruto, que es una vaina pequeña y apretada, como de guisantes inmaduros. Creo que ya dejé anotado que hay sitios donde esta planta se cultiva precisamente por el fruto, que se utiliza como pienso para el ganado. Viendo y palpando su delicada suculencia, me da por pensar que, en tiempos aun más desabridos que éstos, más de un hambriento habrá probado a cocer estos guisantes silvestres y llenar con ellos el estómago, como otros comían ajos porros -que también han florecido ya, por cierto- o algarrobas. El caso es que íbamos con la intención de cortar un nuevo ramo, para sustituir el que puso su nota de color y aroma en nuestra casa durante la semana precedente: pero, ante lo que nos parece un súbito retraimiento necesario de esa profusión de hace unos días, renunciamos a nuestro propósito. Su función era otra, y andan en ello.

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En este pueblo de recias y sanas costumbres saben cómo pagar las cosas. Por ser jurado del concurso de pintura al aire libre, por ejemplo, me han dado un queso -yo no lo como, lástima, pero ya habrá quien sepa dar buena cuenta de él-, una exquisita morcilla de hígado, un delicado salchichón. Y vuelvo a casa más contento que unas pascuas.

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Si los pueblos, dicen algunos, se retratan en las elecciones, no quiero pensar en la cara que se le habrá quedado a Europa después de estas últimas. La de un anciano esclerotizado, que sólo se anima un poco pensando en el daño que le puede infligir al vecino, o en la posibilidad de tener una última ilusión de calor como consecuencia de prender fuego a su propio sótano.

[Imagen: Bodegón con frutas y queso de Juan Sánchez Cotán]

lunes, mayo 26, 2014

OPERACIÓN 'PLATERO'

En la cárcel. Platero y yo leído con acento rumano, dominicano o andaluz en sus distintas variantes. Celebramos el Día del Libro con los internos que frecuentan los talleres de lectura que imparte la Asociación de Personas Lectoras de Cádiz, que es la entidad que me ha invitado a estar presente en el acto y a leer en él mis cosas. No es poco honor compartir público y espacio nada menos que con J.R.J. Y es un extraño privilegio que, para ello, a uno lo hayan dejado entrar donde otros muchos no sueñan con otra cosa que salir. 

La lectura tiene lugar en una sala luminosa y limpia. La verdad es que todo aquí lo es, incluyendo los espacios ajardinados, los patios sin un desecho a la vista y los interminables pasillos, que recordarían los de un aeropuerto, por ejemplo, si no fuera porque cada cierta distancia hay puertas que se abren y que, en cuanto las atraviesas, se vuelven a cerrar. He que decir que en ellos no existe la posibilidad de cruzarse con gente que vaya en dirección contraria. Quien desea entrar ha de esperar primero a quienes salen, y es por eso por lo que a veces se producen pequeñas aglomeraciones en el vestíbulo: por ejemplo, a la hora en que pretendíamos acceder al recinto los de la lectura (nosotros), el pastor del culto evangelista y algunos otros bienintencionados emisarios del mundo exterior, salían los internos que disfrutaban de un permiso de fin de semana, a muchos de los cuales los esperaban sus novias; lo que nos convirtió en testigos involuntarios (y, en mi caso, emocionado) de los abrazos con que sellaban los reencuentros; y eso a pesar de que, según me dice una de mis acompañantes, los amores entre internos e internas son también cosa frecuente dentro del recinto, y tienen un preciso ritual que incluye el enamoramiento a primera vista, el cortejo -a menudo epistolar- y luego la bendición de la autoridad penitenciaria, que es quien autoriza los subsiguientes encuentros... 

En eso, y en otros detalles, rigen las previsiones de un humanitarismo frío y científico, que es el que dicta también que es bueno que los internos lean y se distraigan. Para eso estamos aquí: "Leer me sirve para no estar todo el día dándoles vueltas a las cosas", me dice una venerable señora que ha leído a Cortázar; como otros -aquí se lleva uno grandes sorpresas- aseguran haber leído a Dostoievski "porque es un autor de un país vecino", me dice un atento chico rumano, en alusión a la adscripción de su país, teóricamente latino, al ámbito cultural eslavo. Ese mismo chico, por cierto, me pregunta si conozco a autores de su país, y en ese instante no logro recordar a ninguno, más allá del fascista Vintila Horia -que él no conoce- y del filósofo Cioran. Luego me acuerdo de una novela de Ana Blandiana que tengo en casa, pero que todavía no he leído... 

Pero no parece que mi ignorancia se me tenga en cuenta. Todos escuchan atentamente mi lectura, y agradecen luego que deje de leer y les pida que opinen o pregunten, lo que algunos aprovechan para formular las cuestiones de rigor: en qué me inspiro para escribir, a qué escritores leo, etc.; para culminar con el ofrecimiento de uno de ellos a recitar de memoria un poema suyo. "Cortito, ¿eh?", le dice una de mis acompañantes, que conoce el percal. Y el hombre -que posiblemente no sea mucho mayor que yo, pero está arrugado y desdentado como si tuviera doscientos años- procede a recitar un truculento romance de amantes que no esperan al enamorado que cumple condena. 

Nos hacemos una foto, para terminar. En otra sala más pequeña he visto las que ese mismo grupo cambiante -unos se van, otros llegan- se han hecho con otros colegas: con Felipe Benítez Reyes e Inmaculada Moreno, por ejemplo. Sé que también han estado aquí, aunque no he visto sus fotos, Antonio Serrano Cueto y Rosario Troncoso. Nunca he hablado con ellos de esto. Supongo que, como yo, agradecerían que, al cabo de unas dos horas, todas las puertas que se habían cerrado a nuestras espaldas volvieran a abrirse. Pensaba yo que todo esto me serviría para un cuento, y hasta tenía pensado el título: "Operación Platero". Pero no. Lo visto y oído aquí exige otro tratamiento, otra manera de interiorizarlo. De digerirlo, quizá.