miércoles, mayo 27, 2015

SHE WALKS IN BEAUTY

Una franja de bruma en el horizonte crea el efecto óptico de que los barcos allí situados -un velero, un par de barcas de pesca- están suspendidos en el aire. Es una imagen hipnótica, de la que no podemos apartar la vista, hasta el punto de que esta flagrante contradicción de nuestro sentido de la realidad empieza a resultar molesta. Mejor mirar para otro lado, a nuestro confortable  mundo de objetos bien asentados en el suelo por la fuerza de la gravedad, no vaya a ser que...


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She walks in beauty, like the night..., empieza a recitar el campesino Marco a la mujer a la que ha brindado su ayuda después de que el coche de ésta haya quedado inutilizado por un accidente. Es el comienzo de la difícil historia de amor que surgirá entre este campesino, que pronto destacará por su valentía en los primeros combates de la inminente guerra civil española, y Norma, una dubitativa espía al servicio de los fascistas. Todo esto ocurre en Bloqueo (Blockade), una película de William Dieterle que se estrenó en 1938, cuando el resultado del conflicto era todavía incierto. Una de las primeras víctimas célebres de la guerra había sido el poeta Federico García Lorca, y quizá lo propio hubiera sido que el guionista de la película hubiera puesto en labios del campesino unos versos de este autor, o quizá mejor de algún otro poeta lo suficientemente conocido como para que sus versos hubieran llegado a la hipotética escuela de pueblo donde ese campesino culto y sensible habría aprendido las primeras letras.

Pero no: los versos en cuestión son de Byron, y basta este detalle para afianzarnos en nuestra impresión de que aquella España popular vista desde Hollywood tenía bien poco que ver con la España real. Hoy vemos esta película con simpatía y una cierta condescendencia. Y se nos ocurre que la cita de Byron quizá no fuera del todo inapropiada: aquella lejana guerra era, para el espectador anglosajón, tan exótica como aquella otra en Grecia en la que el autor de Don Juan perdió la vida... por un gesto.


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Cuando me hablan de novela histórica saco la pistola.

martes, mayo 26, 2015

CUANDO FALLAN

Cuando escribo de generalidades -y acabo de tachar todo un párrafo sobre un asunto de actualidad que me parecía interesante y que luego he optado por desechar- la prosa parece que se ahueca. Cuesta volver a darle la consistencia de lo naturalmente pensado y expresado luego mediante un uso relajado de los órganos de la dicción, que son también los de la escritura. Se asoma uno entonces a la ventana, se llena la vista de las formas y colores que ocupan la calle y el oído del zumbido más o menos amortiguado de la realidad al otro lado del cristal. El pensamiento tiende a lo general, y por eso se resiste a veces a expresar sus categorías en términos asimilables al pájaro que canta en la rama de un árbol próximo o al paseante que recorre la acera. Verlos u oírlos supone a veces todo un esfuerzo, no ya de los sentidos, sino de la imaginación, que es la gran enemiga de las generalidades. Sólo mediante su ejercicio podemos aspirar a tocar un poco de realidad. Y no, ay, mediante el uso de abstracciones, que son las primeras que acuden a llenar los renglones cuando fallan la vista y el oído.

lunes, mayo 25, 2015

EN LUGAR DE

Más allá de las cabezas de los concurrentes, dominándolo todo, el circo de montañas. Ocurre cada vez que celebramos algo en este entorno. La opción natural es hacerlo al aire libre, si el tiempo lo permite. Y al aire libre trasladamos esa modesta ilusión de civilidad ociosa en que consiste toda fiesta: bebida abundante, mesas bien abastecidas, semblantes razonablemente embellecidos por la cosmética y el afán de agradar. También el campo circundante se engalana de flores y vibra en esa especie de nota sostenida en que se manifiesta el silencio entretejido de trinos y zumbidos de insectos. La primavera, sin duda, tiene su parte en todo esto, aunque el pretexto sea familiar o religioso. Una niña vestida de blanco, momentánea reina del instante, anda un tanto confundida entre la multitud de adultos congregados por su causa. La música es también de adultos: viejos éxitos de hace treinta años. Y las conversaciones: en poco más de dos horas he hablado de genealogía, de fabricación artesanal de cerveza, de premios literarios, de equipos de sonido anteriores al triunfo de las tecnologías digitales, de fomento de la lectura para niños, de vestidos que favorecen a sus portadoras, de cocina, de la conveniencia de combinar o no ciertas bebidas, del tiempo que hace. He saludado también a un candidato a alcalde -eran vísperas de elecciones-. Sensación de que todo esto se hace en nombre de algo o por propiciar algo, y que las impávidas montañas, el cielo jaspeado de briznas de nubes o lo silenciosos rebaños que pacen a lo lejos tienen también algo que decir. 

Cierro los ojos y me pongo en el lugar de un pájaro curioso que ha surgido de entre unos arbustos cercanos y tomado altura para ver mejor.

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Con la llegada del sonido -se lamenta Vintila Horia en un artículo de los años sesenta-, el cine se transformó en una especie de teatro mecánico. Lo dice, curiosamente, en una semblanza de Gabriel Miró, un escritor que hizo lo mejor de su obra, añade el articulista,  en los tiempos del cine mudo. Y, efectivamente, hay en la prosa del autor de Años y leguas algo de esa minuciosa indagación el el tejido de lo visible que advertimos en los mejores realizadores del periodo mudo... Nada más que por esta observación, me digo, daré algún crédito al olvidado escritor rumano, a quien ya nadie cita si no es para endilgarle el adjetivo de "fascista", que al parecer se ganó por haber encontrado acomodo en la España de Franco, después de haber obtenido algún premio Goncourt en Francia y llevar a sus espaldas parte de la tortuosa historia de la Europa del siglo XX.

viernes, mayo 22, 2015

NOVEDADES

El libro de la ya desaparecida Escelicer que he estado leyendo estos días me ha hecho pensar en la céntrica librería gaditana en la que esa editorial tuvo su sede. Fue larga su agonía, y parte de ella consistió en el progresivo afloramiento, en su escaparate, de cuanto guardaba en la trastienda: su fondo editorial, sobre todo, y muy especialmente, su afamada colección de textos teatrales; pero también toda clase de artículos de papelería y objetos de escritorio, desde paquetes de tarjetas de regalo con sus correspondientes sobres -una partida de los mismos me sirvió para iniciar mi correspondencia literaria, cuando todavía se estilaban esas cosas-, hasta historiados cuadernos de contabilidad o arcaicas estilográficas que algunos avispados ya entonces consideraban piezas de coleccionista. Solía pararme periódicamente en ese escaparate a mirar las novedades -por llamarlas de alguna manera-. Y no debía de ser yo el único, porque el lugar se convirtió también en el paradero habitual de un hombre avejentado y de buenos modales que, con la excusa de sondear los gustos literarios o de otro tipo de los curiosos que allí se detenían, entablaba conversación con ellos y terminaba contándoles que era marino de paso en la ciudad y que se alojaba en determinada pensión, a la que invariablemente invitaba a sus interlocutores... Acabó espantando a los últimos clientes potenciales de la ya decadente librería, y no descarto que su intervención pueda contarse entre los factores que precipitaron su cierre, ya mediados los ochenta. Luego pusieron allí una tienda de modas. Etcétera.

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En una crítica de Easy Virtue, una película muda de Hitchcock de 1928, leo que ésta no es relevante para el espectador de hoy porque el asunto del que trata -el descrédito social de una mujer injustamente condenada por adulterio- no supone ningún problema en estos tiempos nuestros. Bueno. Aparte del optimismo un tanto infundado que percibe uno siempre en esta clase de afirmaciones, se plantea la cuestión de que, por esa regla de tres, la mayor parte de los argumentos de Shakespeare tampoco nos conciernen, porque tratan de asuntos tales como la imposibilidad de vivir con la persona amada sin la aprobación paterna o la legitimidad sucesoria de los monarcas; cuestiones que, como se sabe, parecen ya más que resueltas por las modernas legislaciones y la práctica social derivada de ellas... 

Es siempre difícil, en cualquier caso, defender la validez de un arte que, como el cine mudo, se desarrolló bajo determinadas condiciones técnicas y desapareció cuando éstas cedieron su lugar a otras nuevas que, además, contaron con el inmediato favor de un público siempre ávido de novedades. Da que pensar que el espléndido arte que desarrollaron Griffith, Murnau, Eisenstein y otros desapareciera en menos de un lustro. Lo mismo podría decirse de otras muchas cuyo ciclo parece estar definitivamente cerrado, pero cuyos logros siguen vivos: la ópera, el teatro en verso, la literatura escrita en modalidades arcaicas del idioma, etcétera. Lo único que puede acercarnos a ellas es la curiosidad; que es también lo único que podemos oponer a la incomprensión presente. Pero sin esperanzas de convencer a muchos, claro.

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La política: el arte por el que unos pocos intentan convencer a los demás de que deben dejarse gobernar por los primeros y permitirles a éstos los privilegios aparejados al cargo. Y es una pretensión tan absurda que uno termina preguntándose si lo mejor no es oírles como quien oye llover, como a los locos. 

lunes, mayo 18, 2015

HECATOMBES

Es como sentarse en medio de la calle en una ciudad donde a uno no le faltan conocidos: tarde o temprano, éstos van apareciendo y se paran a cruzar contigo unas palabras. Lo de menos es el motivo que te ha llevado a estar sentado aquí, en medio de este flujo de gente. Hay delante de ti una mesa llena de libros con tu nombre impreso en la portada, y hay un evidente interés por tu parte en que algunos de esos libros cambien de manos y supongan un pequeño beneficio, ya que no para uno, sí para el amable librero que se ha molestado en reunirlos. Al fin y al cabo, se trata de la feria del ramo. Pero no todos los que se detienen a hablar contigo reparan en esa eventualidad. Hay quien pregunta, mirándolos de soslayo: "¿Todos los has escrito tú?". Y se siente uno un tanto avergonzado por transmitir la impresión de una vida tristísima, sin otro aliciente que pergeñar páginas y páginas. Algunos, como  para cerciorarse de la inutilidad de la tarea, te preguntan por tu verdadera profesión, y cuando uno les dice que sí, que tiene un trabajo serio que le ocupa las mañanas y que escribe sólo en sus horas libres, parecen aliviados: por lo menos, esta manía -se dicen- no le va a llevar a la miseria, como a otros... Aún así, la impresión de tristeza persiste. ¿Acaso este hombre no sale, no va al cine por las tardes, no queda con sus amigos, no ve la televisión? Casi me conmueve que se preocupen tanto por mí. Y, por supuesto, no les reprocho que, después del rato de charla, no caigan en comprar un libro. Hacen bien: sería como darle monedas al borracho del barrio, en la seguridad de que no servirán para otra cosa que para prolongar el vicio que tanto mal le hace. 

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Mi propósito de correr por las tardes ha quedado, de momento, en un simple paseo a buen ritmo, después de la quincena que ha tardado en sanar la rodilla resentida tras los primeros intentos. Miro melancólicamente a los fornidos chicos y chicas que me adelantan a plena carrera: si yo hubiera hecho lo propio a su edad, me digo, otro gallo me cantaría. Pesan sobre mí especialmente los cuatro o cinco últimos años de vida sedentaria, dedicados a menesteres literarios y académicos. Son esos libros onerosos -la trilogía, el estudio sobre Poe- los que pesan ahora como un lastre sobre mi renacido deseo de ponerme en forma. Aun así, no me he rendido del todo. Aprieto el paso hasta notar esa especie de ebriedad del esfuerzo sostenido. Es una sensación incluso un tanto adictiva: a los pocos días, empieza uno a percibirla como insustituible. Y he encontrado el lugar idóneo para hacerlo: una extensa pradera cruzada de perdices y conejos, y en cuyo centro se alzan las ruinas de un antiguo cortijo entre cuyos muros me siento a descansar, lejos de la mirada irónica de los atletas que recorren el camino paralelo, mucho más frecuentado. 

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No sé por qué, la ingesta de caracoles me hace pensar siempre en Homero y en sus hecatombes de bueyes.

jueves, mayo 14, 2015

LABERINTOS


Trámites de fin de curso, declaración de la renta, inminentes matrículas. A la habitual astenia primaveral se suma esta especie de resaca burocrática. Y ambas cosas van en el mismo sentido: acentúan la sensación de que, en esa especie de laberinto perfecto que es el círculo que se completa o el ciclo que vuelve a su comienzo, anda uno cada vez más perdido.

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Esta cesta de papeles rotos no es tanto un desperdicio de materia prima como de aspiraciones vitales. Y no basta vaciarla para quedar limpio del todo.

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Empieza a preocuparme que, en mi reticente dedicación a la crítica literaria, las lecturas obligatorias empiecen a gustarme incluso más que las que elijo libremente. Quizá porque las primeras las abordo siempre desde una especie de actitud ecuánime de aceptación de la realidad, mientras que las otras obedecen a un cálculo quizá demasiado optimista de lo que puedo esperar de ellas. 

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Aspirar el perfume de una mujer con la que te cruzas por la calle es compartir con ella un inesperado momento de intimidad. Y sin que a ninguna de las dos partes le suponga el menor coste.

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Por lo mismo, hay momentos en la vida que se parecen a cuando se cruzan contigo por la calle dos mujeres que van en direcciones opuestas y uno no sabe a cuál de ellas corresponde el perfume que te ha trasladado por una fracción de segundo a una innominada fantasía sin rostro.

lunes, mayo 11, 2015

YA SÉ

Oigo la crónica radiofónica de lo que acontece en las ferias del libro que andan celebrándose por toda Andalucía. En una de ellas, dice el cronista, se ha presentado una novela que cuenta los amores del cocinero del Alcázar de Sevilla con la hija de Boabdil. En otra, dicen, se habla de otros amores difíciles y contrariados, esta vez entre un maquis y la hija del comandante del puesto de la Benemérita, creo. Etcétera. Por lo mismo, no nos sorprendería que alguien diera a la imprenta una novela sobre los amores del Capitán Trueno con Isabel la Católica, pongo por caso, o las de un ordenanza de Durruti con una prima de Franco que, a su vez, es cuñada de un ministro de Azaña implicado en asuntos de estraperlo y tiene una hermana viuda que se deshace en deliquios nostálgicos hacia la noble y exótica ciudad de Melilla, en la que sirvió su marido, capitán del heroico cuerpo de regulares... Sea. Tampoco quisiera uno que todos los novelistas aspiraran a ser un Robbe-Grillet, pongo por caso. Pero...

No sigo por aquí, que ya sé lo que van a decirme.

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Este amigo escritor ya anduvo en política hace años y salió escaldado. Y ahora, al calor de la ilusión que despierta en algunos la presencia de nuevos partidos en liza, ha vuelto a dejarse convencer. Ya sabemos cuál será el resultado: decepción sobre decepción, y acaso una mayor propensión a la misantropía, transmutada en esa melancolía que ha destilado siempre toda su literatura. No sé si lo hace para eso: para cargarse de razón. Pero no: para eso basta sentarse al margen y observar.

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Los enemigos del alma, según Bergamín: el deporte, el turismo y la pornografía. No salgo mal parado: de estas tres cosas, soy inmune a dos y media.

EL ANSIA


Los libros nuevos son a los de viejo lo que unos zapatos nuevos a unos usados: a la hora de andar por casa o pasear por donde no van a reparar en el lustre de tu calzado, mejor los segundos. Por eso, para reponerme de dos tardes en la feria del ramo y de la consiguiente resaca misántropa causada por mi inhibición ante la proximidad de autoridades y colegas, en la mañana del domingo me voy a dar una vuelta, a pesar del viento y el calor, por el mercadillo de libros de P.R. Falta la mitad de los puestos, y los pocos que se han atrevido a instalarse luchan denodadamente contra las rachas de levante y las consiguientes andanadas de frutos viscosos -una especie de ova blancuzca- que caen de los morales que flanquean la plaza. 

Aún así, no dejo de hacer mi ronda. En el primer puesto, cinco tomos encuadernados del suplemento literario de ABC, correspondientes a los años noventa. Me planteo comprármelos, pero me disuade la evidencia de que no tengo ya sitio donde ponerlos: esta manía mía empieza a parecerse al síndrome de Diógenes, y no sería raro que su desenlace fuera una denuncia de los vecinos por miedo al peso acumulado, o una plaga de lepismas... También me puede cierto reparo: la evidencia de que, quien se tomó tantos desvelos en conservar y encuadernar suplementos correspondientes a toda una década, difícilmente se habrá deshecho de ellos en un impulso impremeditado; más probable es que haya muerto y que hayan sido sus hijos quienes han malbaratado tan onerosa carga. Me lo recuerda M.A., que también tiene uno de sus días misántropos: todo lo que venden aquí son cosas de muertos. Me lo confirma otro libro que me he parado a ojear en un puesto colindante: un ejemplar de Espía del mundo, una compilación de artículos de Giovanni Papini publicada por la gaditana editorial Escelicer (Libros Cerón) en 1957. El libro, aunque amarillecido, está en buen estado, y su única tara es que su propietario se dedicó a marcar con lápiz en el índice sus artículos preferidos y a subrayar algunas de las expresiones más peraltadas del excéntrico italiano: por ejemplo, su afirmación, en un artículo de asunto astronómico, de que somos "briznas enfriadas separadas del sol". Se ve que al lector le entusiasmaban esta clase de formulaciones y que derivó no poco placer de la lectura de este libro olvidado... Otro muerto, sí. 

Después de haber soltado el libro en su caja, para no dar a entender la más mínima ansiedad por su posesión, pregunto el precio de todos los que componen el lote. Un euro cada uno, me dice el tendero. Le doy la moneda y me llevo el libro, lo que automáticamente me delata como posible comprador ante la decena larga de tenderos que me aguardan a continuación. Pero ya he aplacado el ansia y puedo volver a casa tranquilo, no sin antes parar en algún bar a comprar un túper de caracoles, para el aperitivo.  

jueves, mayo 07, 2015

EL SOLITARIO (UN DECÁLOGO)

Entre el trato que mata y la soledad que corroe, la zozobra de la vida social.

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Cuando la dedicación a la literatura revierte en una cierta cantidad de compromisos sociales percibidos como más o menos inexcusables, es que la propia literatura ha generado su antídoto, o que el escritor ha encontrado la excusa perfecta para dejar de escribir.

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Frente a las amistades invasivas, las que se retraen a un vasto territorio por explorar.

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Nadie sale indemne de una conversación forzada en la antesala de un acto social.

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No hay libro cuya presentación en sociedad valga lo que su disfrute en soledad (si es que el libro vale algo, claro).

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A los amigos jacarandosos les agradezco siempre su contribución a la estima que siento por la soledad.

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Nada acompaña tanto como el simple deseo de compañía.

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Cuando tengo ganas de compañía, acaricio a mi gato. 

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Tus mejores amigos son los que compartieron contigo buenos momentos en el pasado y podrían compartir otros tantos en el futuro, mientras respetan tu soledad presente. 

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Amo a quien entra a veces en esta soledad y deja en ella un rastro de perfume.

martes, mayo 05, 2015

PÁJAROS

Algarabía de pájaros bajo el balcón. M.A., que a veces se levanta un poco más tarde que yo, se queja. Y le recuerdo el contundente improperio que Gil de Biedma les dedicó en un poema aparentemente escrito en una mañana de resaca. Poetas. Para que luego digan.


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La sala vacía. He venido a traer la exposición pictórico-literaria que hemos urdido mi amigo J.A.M. y yo. Los demás -los libreros, los autores que presentan libros, el público- no vendrán hasta dentro de unos días. Impresión de andar trasteando entre bambalinas. Le van apeteciendo a uno más estas labores de carpintería o intendencia que las propiamente literarias. Mejor tramoyista que figurante. Y venir luego, no a recoger aplausos, sino a retirar los muebles.


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No hay libro mío que haya requerido menos de diez años.Otra cosa es que esa década no haya sido de dedicación exclusiva a un solo proyecto. Tampoco para criar a un hijo, pongo por caso, se desentiende uno de los otros.  

lunes, mayo 04, 2015

ATORMENTADO

Carretera cortada. El "dispositivo de tráfico" que la Guardia Civil había organizado para encauzar la afluencia de motocislistas al campeonato mundial de lo suyo implicaba el corte de la carretera general y el desvío de la circulación a otras vías secundarias. Y como el acceso a la autopista en dirección a Cádiz estaba en el tramo cortado, dimos por supuesto que habrían habilitado otro en la ruta alternativa que nos obligaban a seguir. Pero estaba tan mal señalizado, y era tan dudosa la indicación, que, entre lanzarme a tumba abierta a un carril del que ni si quiera sabía si era de sentido contrario, y seguir carretera adelante, hice esto último. Con el resultado de que me vi en la autopista en dirección a Sevilla, y no pude cambiar de sentido, después de pagar el correspondiente peaje, hasta Lebrija, lo que supuso un retraso de una hora en nuestro viaje de regreso de la sierra. Bueno. Fue sólo uno de los muchos incidentes del día, que también incluyó un agravamiento de mi lesión de rodilla, alguna que otra discusión familiar, una avería de la conexión a Internet y el agotamiento de la bombona de gas mientras me duchaba. Nada irreparable, desde luego, como tampoco tuvo mayores consecuencias que la policía municipal de U. nos abordara mientras teníamos el coche subido a la acera para proceder a cargar en él los cuadros de la exposición que traemos a Cádiz... Ahora me río. Pero, desde luego, hay días en los que uno parece hallarse bajo los efectos de un mal de ojo, por lo menos. Cosas de esta primavera, que no sólo baraja a su capricho todo su repertorio meteorológico, sino que también juega con las energías primordiales, los flujos del azar y los victimismos fáciles del humor contrariado. Vaya.

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Salgo a escrito por sentada. La reseña del libro de J.C.B., la revisión del librito de aforismos que ando preparando, el artículo de cine de la semana, la entrada "larga" de este diario que suelo escribir los domingos... Casi me parece sentir en mis espaldas el látigo del cómitre. Chas, chas. Pero es inútil, porque la galera debe de estar embarrancada y todas estas paletadas no son otra cosa que palos al aire.

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Conversaciones de barra. Nos cuenta L. que los pollos de la última puesta le han nacido atormentados, es decir, afectados por la última tormenta de primavera. A duras penas han roto el cascarón y algunos ni siquiera han podido desprenderse del hilillo -L. lo llama "cordón umbilical"- por el que se alimentaban. A estos últimos él mismo les ha cortado el cordón y curado la herida con un antiséptico. Aún así, no tiene claro que sobrevivan. No sabía uno que, incluso dentro del cascarón, los pollos estuvieran expuestos a las malignas influencias del exterior. Ahora la palabra "atormentado" tiene un nuevo sentido para mí. Y no, no la volveré a emplear a la ligera. 

jueves, abril 30, 2015

DRONE

De pronto, a unos metros de la ventana en la que todas las mañanas me paro a ver el mar antes de empezar la jornada, un extraño artefacto volador. Parece una mesa puesta del revés a la que hubieran colocado hélices en los extremos de las cuatro patas. Su irrupción en el panorama se debe con toda seguridad a los trabajos de regeneración de la playa que se están llevando a cabo en las últimas semanas. Han extendido sobre ella un tinglado de tubos que deben de estar conectados, supongo, a las dragas que se ven operar mar adentro: las dragas extraen la arena del fondo del mar y los tubos la reparten por la playa. Y el dichoso aparato volador -el drone, digámoslo ya, a falta de palabra castellana para designar el invento- debe cumplir, imaginamos, alguna clase de función supervisora. No es la primera vez que nuestra desnaturalizada playa urbana necesita estos trabajos, por lo que la novedad reside exclusivamente en el uso de este aparatejo, que seguramente responde más a la novelería de quienes han contratado la obra, o al afán de ofertar servicios caros de quienes la ejecutan, que a una verdadera necesidad técnica. Pero ahí la tenemos, frente a la ventana, distrayéndonos de la contemplación del semblante del mar, que es lo que normalmente nos trae a este lugar a esta hora concreta del día. Hay quien bromea: ¿la habrá mandado el gobierno, para espiarnos? Pero me acuerdo de la inquietante escena de la película 1984 -no recuerdo si está en el libro- en la que un helicóptero surge de pronto ante la ventana de dos amantes clandestinos, sorprendiéndolos in acto. Muevo la cabeza como para disipar un mal pensamiento y me uno al coro de bromistas. El aparato, torpemente, como si efectivamente fuera el zángano del que ha tomado su nombre inglés, se posa en la cubierta de uno de los barcos areneros; que -éste sí- se ha situado en posición perpendicular a la costa y nos apunta con su severo morro de viejo mercante que ha conocido tiempos mejores.

miércoles, abril 29, 2015

TEMPORALES

Remitió el temporal de poniente que ha venido azotando la provincia en los últimos días, y permitió que se celebrara con lucimiento la ceremonia de inauguración de la estatua que le han hecho al poeta Carlos Edmundo de Ory en su ciudad natal, que es la nuestra. Extraña mezcla la que se produce en estas ocasiones en que las fuerzas vivas de la ciudad -políticos, periodistas, representantes de organismos oficiales- se confunden con ese difuso arco de individualidades no siempre bien avenidas que constituye lo que podríamos llamar -y nos equivocamos, sin duda- su clase artística. Extraña también la lógica de la que se hace uso para justificar lo que, de cualquier modo, parece inevitable: que el antiguo rebelde y bohemio reciba el merecido homenaje de los herederos del establishment contra el que alzó su voz. ¿Cómo hubiera reaccionado el poeta, en vida, ante la noticia de que le iban a alzar una estatua? No se sabe, porque el poder negador de la rebeldía rara vez supera el afán contemporizador del ego satisfecho, y el poeta en cuestión, que nunca cejó en lo primero, tampoco fue del todo indiferente o desagradecido al reconocimiento y al prestigio que ya se le otorgaba en los últimos años de su vida. ¿Basta con bajar su efigie del pedestal, como ha querido el escultor, y echarlo a andar en dirección al mar? Bueno, es un gesto. Y nadie diga: "De este agua no beberé", porque a presuntos rebeldes acaso más vociferantes y pagados de sí mismos que el siempre escéptico y discreto poeta gaditano los hemos visto no hace mucho acudir dócilmente a recoger un premio de manos de un monarca coronado... Acaso las cosas no puedan ser de otra manera: toca al poder constituido homenajear a aquellos a quienes el tiempo ha querido otorgar la condición de representantes de una época y una sensibilidad. Es también un modo de restarles la virulencia que pueda quedarles: una vez, diríamos, dotados de estatua y del correspondiente rótulo de calle o plaza, se diría que forman parte del mismo sistema que, por méritos mucho más discutibles, homenajea a los grandes financieros y a los generales. De nada de esto, claro está, tiene la culpa el pobre Carlos, ni tampoco sus amigos y valedores, entre quienes me cuento. Es la lógica de los acontecimientos. Y de esta absurda manera que tiene la memoria de confundirlo todo, incluso lo más genuinamente inconfundible.

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Me han dado a probar uno de esos vinos de los que una sola botella cuesta lo que un honrado trabajador gana en un mes o dos. Me llega, ya se sabe, por la vía del estraperlo amistoso, que es lo que siempre ha permitido en este país que los pobres tengamos a veces gestos de rico, y obtengamos por vía de favor y por la puerta trasera de la bodega lo que al rico cuesta sus buenos dineros. Sea. El vino, para qué negarlo, es de una sutileza extraordinaria. Pertenece al palo de los olorosos, que es una variedad que uno ha frecuentado. Pero nada que ver con los que se compran en el supermercado, ni siquiera los más caros. Para empezar, su sabor es tan matizado y delicado que impone al paladar su propio ritmo de absorción: nadie se echaría la copa al coleto de un solo golpe, porque lo suyo es dejar que cada sorbo obre su efecto durante el tiempo que sea necesario. He tomado una sola y no he querido repetir. Pero siento también que he perdido algo con la experiencia: acaso un poco de mi capacidad de disfrute de otros vinos más humildes, como uno pierde la capacidad para el roce inocente tras la primera caricia que no lo es, para luego llorar la pérdida toda su vida.

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Cuentas saldadas: el cero es siempre un principio; y también, en cuanto que expresión de la nada, la mejor figura posible de la invisibilidad, que es a lo que aspira quien termina de pagar sus deudas.

lunes, abril 27, 2015

MILAGROS

Quizá la revelación no sea otra cosa que una modalidad de la sorpresa, y de ahí que vaya frecuentemente asociada a la desorientación. Lo pienso durante los minutos, que se me hacen eternos, que tardo en reencontrar la senda, después de haberme desviado de ella por lo que me parecía un atajo seguro. He salido a correr, como suelo hacer en tardes alternas desde hace un par de semanas. El desvío me ha llevado, primero, a lo que era el corazón de esta finca que ahora es de propiedad pública, pero que antes fue una explotación ganadera. De la casa de los granjeros sólo queda el contorno, unos muretes de mampostería que delinean lo que antes fueron habitaciones y dependencias. Los rodeo rápidamente y me doy cuenta de que, más allá, no hay ya camino: el que he seguido terminaba en la casa. Al otro lado de unos setos se extiende un prado cubierto ahora de flores moradas. Lo atravieso siguiendo lo que me parece la línea de pasos que han dejado previamente otros paseantes. A un lado y otro salta algún que otro conejo o echa a volar una pareja de perdices. Tengo la sensación de que el suelo es blando y de que, de un momento a otro, me voy a ver en medio de un barrizal. De hecho, el prado de flores moradas se desdibuja por sus contornos en lo que parece una pradera de juncos que ocupa una depresión del terreno, seguramente correspondiente a una zona inundable. Pero prefiero no retroceder y, al cabo, alcanzo el extremo del llano, delimitado por una especie de cortafuegos. Siguiéndolo, pienso, encontraré la vereda principal, de la que me había desviado. Pero, conforme me adentro en lo que me parece terreno familiar, voy lamentando la pérdida de la sensación de extrañeza que me ha dominado en los últimos minutos. Vuelvo a lo conocido; es decir, a la ceguera.

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Hemos preguntado a nuestro amigo pastor por ciertas hierbas que las gallinas picotean con especial predilección. Y nos dice que son acerones, una especie de acedera local. Nos invita a probarlas, lo que hacemos con cierta aprensión al principio: las hojas tiernas tienen un sabor alimonado parecido al de las vinagretas, esa flor amarilla que crece en los baldíos y que, de niños, solíamos arrancar para llevarnos a la boca y extraerles el jugo de sus tallos. Esa noche añadimos un manojo al revuelto de tagarninas. Y hemos sobrevivido sin ni siquiera un amago de indigestión. Leo luego que en Gaucín, un pueblo cercano, mezclan los tallos blandos de esta planta con los del hinojo para hacer una especie de sofrito que luego añaden a los potajes. Tácticas para distraer el hambre, quizá; pero que nos llevan, en cualquier caso, a un mundo anterior al de las verduras envasadas del supermercado. Un mundo en el que un hombre aviaba su almuerzo con un poco de queso de sus cabras y una ensalada de lo que daba el campo. Y ya era mucho. 

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A la explosión del tojo y el majoleto ha sucedido la del pipirigallo. Ya han florecido las primeras varas, que anticipan sólo lo que será, en cuestión de días, un estallido general, que adornará fugazmente los muros y las cunetas. Anoto quizá con más prolijidad de la necesaria estos pequeños milagros, que parecen sólo el preludio de otro mayor cuya verdadera naturaleza no alcanzo a vislumbrar, pero de cuya inminencia no dudo.

martes, abril 21, 2015

PRIMAVERA REVUELTA

Primavera revuelta, como debe ser, y no esa simple transición sin matices que habíamos tenido en años donde incluso el clima se había vuelto dual y simple. ¿Quién niega que el macrocosmos no sea sino una proyección del microcosmos? Mar de un verde sucio, como agitado por mal disimuladas conmociones interiores, viento variable, temperaturas indecisas. También uno anda como desfibrado, con el ánimo laxo y la voluntad en suspenso. Si estuviera uno al mando de una plaza fuerte o un puesto fronterizo, los rendiría sin más al primer enemigo que se presentara, y todavía le daría las gracias. Transformación que es disolución, como en el centro hueco de un torbellino. Viene uno aquí a vaciarse, como la nube baja que descarga al topar con un macizo montañoso. Luego, esta ligereza que es, al cabo, nada.

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La floración del majoleto: una explosión detenida. Recorre uno el sendero y va dejando atrás como nubes de humo blanco en el momento de alcanzar su máxima expansión antes de disolverse en una acuidad que ya se anuncia en el tenue perfume dulzón que emana de ellas, y que invita a la ensoñación despierta, como una droga inocua que no trastocara tanto los sentidos como la entereza moral. Por algo los naturales del lugar creen en las propiedades narcóticas de sus hojas. A uno le basta olerlas para experimentar esa leve diferencia de intensidad que separa la vigilia plena del sueño consciente.

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La evidencia de que existe el mal absoluto contradice cualquier teoría tranquilizadora que pretenda atribuir tales o cuales distorsiones del comportamiento humano a circunstancias objetivas sobre las que cabe incidir. Eso no invalida el pensamiento constructivo, pero sí lo circunscribe. Queda la duda de qué hacer ante el mal irreductible. Oponerse a él con todas nuestras fuerzas, pero sin dejar que la violencia que implica ese esfuerzo nos asimile fatalmente a lo que intentamos combatir. Etcétera.

lunes, abril 20, 2015

IMPOSTURAS

Se va preparando uno para la invisibilidad. Hay que predisponerse a ella como quien se pertrecha para un largo viaje. Zanjar antes algunos asuntos pendientes, porque no se trata de una fuga, sino de un simple echarse a un lado para no proyectar la sombra propia donde debería brillar sin impedimentos la luz. O volverse transparente, que es lo mismo.

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En realidad, que uno se sienta más o menos obligado a asistir, en calidad de escritor, a las presentaciones de libros de otros escritores, y que espere que éstos hagan lo propio en el caso inverso, no deja de ser un error de planteamiento bastante considerable. Lo lógico sería que a los actos literarios asistiesen sólo lectores movidos por la curiosidad, y no escritores obedientes a un reflejo de solidaridad gremial. Ya sé que no es fácil hacer estos deslindes en una ciudad pequeña, por ejemplo. Pero precisamente es en esos ámbitos donde las cosas deberían estar más claras, y donde todo el mundo debería dar por sentado que, si un escritor no compromete sus tardes en hacer vida literaria local, es porque está donde debe estar: en su casa, escribiendo.

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Quizá el problema sea ése: disponer sólo de las tardes; es decir, no ser verdaderamente un escritor profesional, y haber confundido la afición con un deber ineludible. Pertenece uno a una división de escritores sobre la que pesa siempre la sospecha de impostura. Y un impostor, ya se sabe, antes o después se delata.

viernes, abril 17, 2015

jueves, abril 16, 2015

EXEQUIAS

Tal vez si uno se conociera mejor sabría con más exactitud que ven en él y en lo suyo los demás. No siempre es el espejo lo que falla: ni siquiera del mejor se puede esperar que aporte nitidez a una imagen borrosa.

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Exequias (literarias, se entiende) por un escritor cercano fallecido recientemente. No sabe uno muy bien qué pensar: emoción (genuina) y reivindicaciones grupales andan de la mano. Uno de los oficiantes declara sin rubor que el difunto, amigo suyo desde la adolescencia, presidió el jurado que le concedió cierto premio literario... Lo que podría entenderse, supongo, como un acto de esclarecimiento o un gesto de sinceridad. No sé. Quizá a estos efectos lo mejor sería no mezclar sentimientos y literatura. Llórese ahora al difunto y déjese que el tiempo fije su biografía y sus logros. Pero no siempre es posible hacer esas distinciones, claro.

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Literariamente hablando, andamos sobrados de muertos que celebrar. Como en el caso de Cervantes, parece que la única manera que tenemos de reconocer la deuda contraída con nuestros escritores consiste en organizarles un buen entierro. Casi avergüenza repetir lo que parece un tópico: la literatura es algo vivo; y lo que importa de un autor no es organizarle puntualmente las exequias, aunque sea cada cien años, sino recordar su obra y percibirla como algo que todavía nos concierne. Valga también por el pobre Giner de los Ríos, de cuya muerte andamos celebrando el centenario y de quien  no nos cansamos de proclamarnos herederos y seguidores. Alguien tendría que atreverse a preguntar en voz alta si de verdad creemos que la moderna escuela española, zarandeada por los políticos y siempre castigada por la precariedad de medios y la masificación, se parece en algo al modelo desahogado y elitista -dicho sea esto sin ánimo de vituperio- que inspiró la Institución Libre de Enseñanza. Es un poner. 

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Brumas de abril. La primavera anda por dentro, como quien dice.

miércoles, abril 15, 2015

TRAYECTORIAS

Los dos ilustres difuntos de los que la prensa se ha ocupado en las últimas horas tenían una cosa en común: llevaban mal la fama, o eran muy sensibles al diferencial existente entre los posibles merecimientos que creían poder aducir para merecerla y lo que el público veía en ellos. Uno, Günther Grass, incluso conoció un amago de linchamiento público cuando se conoció que había servido en las filas de las SS en las últimas semanas de la guerra; lo que no fue óbice para que los mismos medios que contribuyeron a propagar la noticia infamante -que no lo era tanto, si aceptamos las explicaciones bastante razonables que el autor dio al respecto- siguieran recurriendo a él en su papel de fustigador de conciencias. El otro, Eduardo Galeano, hubiera querido ser más admirado por su literatura creativa que por su papel de publicista político, pero eso no ha impedido que los medios unánimemente lo recuerden hoy como autor de un lejano tratado sobre la miseria en Hispanoamérica. Las necrológicas no han hecho más que repetir estas distorsiones. Los biempensantes están de enhorabuena. Y queda en el aire la duda de si todo esto tiene algo que ver con la posible existencia de algún sentimiento generalizado de aprecio hacia la literatura. Tengo más bien la impresión contraria: cada vez que los azares de la vida obligan a los medios a ocuparse de un escritor reconocido, lo hacen en detrimento del sentido y significado de la tarea de escribir, que tiene poco que ver con todo ese ruido.


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Se dice que el niño que hoy lee un tebeo mañana leerá un libro; y, por lo mismo, el lector precoz de literatura ligera acabará adquiriendo el temple necesario para afrontar otras lecturas de más calado. Pero más bien sucede lo contrario: la mayoría de las trayectorias lectoras que conozco son francamente horizontales, cuando no descendentes. Lo mismo pasa, por supuesto, con muchas trayectorias autorales. Lo que obedece más, entiendo, a un reflejo psíquico -la tendencia natural al mínimo esfuerzo, por ejemplo- que a alguna ley intrínseca a la propia literatura.


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La hipótesis intranquilizadora de que a las palmeras no las desmelenase el viento, sino alguna clase de voluntad propia... 

martes, abril 14, 2015

EN LA LUNA

Me he hecho el propósito de correr al menos tres tardes por semana. Me noto algo oxidado y quiero recuperar un poco el tono... Propósitos de viejo, claro. Nunca he sido un gran deportista, pero tampoco le he tenido miedo nunca a una gran caminata o a una excursión que implique la subida de unas cuantas cuestas, por ejemplo. Y ahora me noto en baja forma: la factura, quizá, de muchos años de trabajo sedentario, y muy especialmente de las grandes maratones literarias que me he impuesto en los últimos seis o siete: la trilogía, primero, la traducción del periplo americano de Kipling, el último empujón a mi estudio sobre Poe... No es que me queje: he disfrutado con todos esos trabajos, y sólo retrospectivamente me duele un poco, quizá, la idea de que hayan podido suponer otras tantas renuncias. 

Así que pongo el pie en la calle, un tanto avergonzado de mi desacostumbrado atuendo deportivo; echo a andar a buen ritmo, como he leído que deben hacer los aspirantes a corredores en sus primeras salidas; me arranco a correr en algunos tramos. Los efectos son los mismos que cuando me dio por nadar, hace años: la primera jornada me deja maltrecho, pero desentumecido y como con el cuerpo abierto y expectante a nuevas perspectivas de desahogo físico. No quiero hacerme muchas ilusiones al respecto. Ya veremos. 

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Le describo a una compañera el fósil que encontré el viernes. Cuando le digo que los pastores del lugar no han identificado el trozo de maxilar como perteneciente a ninguna especie que ellos conozcan, me ha mirado con aprensión. Lo que no me decepciona del todo. Lo importante no es tanto lo que sea, como la sombra de irrealidad que ese resto de otras edades arroja sobre nuestro entorno inmediato, al presentárnoslo bajo una luz irreconocible. Y hasta da un poco de vértigo.

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El modo como Fritz Lang muestra a los espectadores el cohete en el que viajarán los protagonistas de Una mujer en la luna (Frau im Mond, 1929): largos y lentos planos en los que la cámara recorre minuciosamente las líneas de la nave, demorándose en el trayecto para causar impresión de grandiosidad. Anuncian los efectos visuales que puso de moda George Lukas desde las primeras entregas de La guerra de las galaxias, sólo que, en el caso de Lang, no había ordenadores por medio. De todos modos, la película causa cierta impresión de frialdad tecnológica, como si el director hubiera querido insertar en un contexto más inmediato -al fin y al cabo, la historia está ambientada en la época contemporánea- la visión de un mundo dominado por la técnica que presentó en Metrópolis. En algún lugar de la tierra -parece querer decirnos-, gentes tan siniestras como las que protagonizan esta ficción planean hacer de las máquinas un instrumento de dominación. Y tenía razón, como los hechos demostraron muy pocos años después. Ya sé que es una mera casualidad, pero uno de los detalles más inquietantes de la película es que el flequillo del siniestro Walter Turner, el presunto americano que se ha apoderado de los hasta entonces despreciados conocimientos astronáuticos del tronado profesor Mannfeldt, sea idéntico al que luego luciría Adolf Hitler; al que parecen prefigurar, por cierto, todos los locos megalómanos de los que se ocupó el cine alemán en los lustros precedentes al ascenso del dictador.

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Viendo películas mudas, uno no es tanto espectador como testigo situado en otra dimensión desde la que se puede comentar en voz alta lo que ocurre sin interferir en ello.