viernes, abril 20, 2018

CASA DE COMIDAS


Al menos una vez por semana nos gusta almorzar en cierto restaurante de menús del día en el que comen los trabajadores del polígono industrial cercano: es barato y la comida es buena, y además ese día nos ahorramos cocinar y fregar platos. No hay florituras ni ceremonias: al entrar, te dan una fotocopia con el menú y hay que anotar la comanda en un papelito adjunto. La comida llega a la mesa a los pocos minutos, y en cuanto la camarera, que también cocina, ve que estamos finiquitando el primer plato, planta en la mesa el segundo, no exactamente con brusquedad, pero sí con la presteza deportiva de un ama de casa que no quiere que la comida se alargue indefinidamente y está deseando acabar con el zafarrancho para echarse a descansar. Así es la rutina, semana tras semana, y ya incluso puede decirse que la camarera nos ha hecho la ficha: ya sabe que nunca vamos más de una vez por semana, que no me gusta el queso -si sospecho que ese ingrediente aparece en el plato, lo pregunto-, que nos lo comemos todo -las raciones son generosas y hay muchos comensales que dejan la mitad de un plato para disfrutar del otro- y que desde luego no somos trabajadores de las fábricas y talleres circundantes. 

Hoy nos hemos sentado frente al mostrador, con vistas a la puerta del salón en el que se come exclusivamente a la carta y por todo lo alto: mariscos y pescados de la zona, más allá de la humilde merluza en rodajas y las acedías fritas que a veces incluye el menú del día. En una mesa que debe ocupar el ángulo ciego que se encuentra a la izquierda de la entrada al salón, según la vemos nosotros, han devorado ya dos bandejas de cigalas -vemos pasar, de vuelta a la cocina, las fuentes llenas de cáscaras- y han pedido otras dos, a las que siguen, apenas unos minutos más tarde, dos fuentes de carabineros y luego otras tantas de espectaculares almejas. En la parte, digamos, menesterosa del local nadie, salvo nosotros, parece reparar en ese despliegue. Todo el mundo come más o menos en silencio -el comedimiento general es otra de las características de la concurrencia- y abundan quienes acompañan el menú con agua mineral en botella de plástico: quieren evitar la somnolencia añadida que les produciría beber vino o cerveza. No así en el salón de al lado: una muchacha desenvuelta, un poco entrada en carnes -lo que más bien la favorece, teniendo en cuenta que luce con garbo unos ajustadísimos vaqueros- ha salido del salón y ha pedido a la camarera que atiende el mostrador, y a la que trata con familiaridad, que mande para adentro otra botella de vino... 

Quisiera uno hacer una metáfora de todo esto. Pero no. "Una cosa está clara", me dice M. A. con maldad característica, "el precio de esa mariscada no va a salir del bolsillo de quienes se la están comiendo". Es posible: tal vez celebran un nuevo contrato y llevan allí al cliente, para contentarlo. O tal vez -se me ocurre este pensamiento sombrío- celebran lo que van a ahorrarse en gastos de personal gracias a un nuevo ajuste de plantillas o un nuevo recorte de los sueldos. Pero no hay que ponerse trágicos. Quizá el hecho de que estén allí, enchaquetados, a la hora en la que otros que ganan mucho menos están ya echados en el sofá y disfrutando de la siesta, y de que estén entre compañeros de trabajo y no entre amigos o familiares, basta para calificar la situación como lo que es: una obligación más, asociada al trabajo. A ellos les ha tocado la parte en la que se comen crustáceos caros, mientras que a otros les toca el menú del día. Bien está, me digo, mientras éste no falte. Pero quizá es que yo también he comido demasiado y ya me están afectando los vapores de la digestión, que será larga. (20/4/17) 

jueves, abril 19, 2018

LEVANTE


Aquí también vendría bien el verbo que Pla usaba para describir los efectos de la tramontana: desfibrarse. Desde un punto de vista estrictamente climático, el levante del Estrecho es muy distinto a esos vientos mediterráneos: suele ser cálido y casi siempre indisociable de una clara sensación de mar picada; aunque el mar, como sucede cuando el viento alcanza las comarcas de sierra interior, quede lejos y resulte invisible. Pero los efectos sobre el ánimo sí parecen ajustarse a lo que quería dar a entender el gran escritor catalán: sensación de nervios destemplados, de distonía en piernas y brazos, de somnolencia que fácilmente se confunde con una especie de generalizada desgana vital. Sacudido por el viento, lo sólido adquiere la versatilidad de lo líquido e incluso de lo gaseoso. Árboles, ropa tendida, toldos, peinados, se agitan como llamas, o mejor como celentéreos anclados a un arrecife y movidos por la corriente. Tendencia a no oponer resistencia, a dejarse llevar, si no fuera porque, paradójicamente, en medio del torbellino se afianza la certeza de que nos han salido raíces de los pies y son éstas las que impiden que, como quisiera la voluntad en suspenso, salgamos volando. (19/4/17)

domingo, abril 15, 2018

SADOMASOQUISMO

Como las tiendas llevan dos días cerradas, la gente aprovecha la tregua del Sábado de Gloria para acudir a los supermercados. Multitudes ansiosas, aparcamientos saturados, ese nerviosismo generalizado que caracteriza a la gente en estas ocasiones en que la concurrencia masiva es percibida como una contrariedad. Yo también ando embotado y, al recular en un aparcamiento, golpeo el coche de un impaciente que, a pesar de haber percibido mi maniobra, no ha querido esperar. Asumo, de todos modos, mi culpa, aunque me basta poner pie a tierra para comprender que mi víctima no se va a conformar con mis disculpas y mi disponibilidad para cumplimentar rápidamente el parte de daños. Me hace saber, indignado, que le he estropeado las vacaciones y que el incidente seguramente le supondrá no disponer de coche en varios días, mientras se efectúa la reparación —que, a todo esto, apenas excede de una pequeña abolladura—. Asiento a todo, reiterando mis disculpas. Mientras, mi interlocutor ya ha desplegado el parte de daños y lo cumplimenta con eficacia. "No creas que hago esto todos los días; es que me dedico a estas cosas". No sé si lo dice para disipar la duda de que quizá estoy siendo víctima de alguna clase de truco. Pero no está uno para asumir teorías conspirativas, así que asiento a todo y firmo el papel que me ponen por delante. 

Lo curioso es cómo esta clase de contrariedades tienen la virtud de dejarte de malhumor el resto del día. Ya sé que una tarde de malhumor no es lo mismo que unas vacaciones estropeadas; pero, ya que, en mi papel de culpable dócil, no he tenido ocasión de airear la parte que me corresponde de este pequeño drama, vengo aquí a dejar constancia de mi fastidio, de mi enfado conmigo mismo, de mi torpeza. Y es como si me descargara de un peso.


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Veo, en condiciones deplorables —la versión que he encontrado es un archivo de Youtube de muy poca calidad— la versión cinematográfica que un para mí hasta hoy desconocido Joseph Strick hizo del Ulises de Joyce en 1967. Y, para mi sorpresa, hallo que no está nada mal: el blanco y negro, que ya en estos años empezaba a ser una rareza, cuando no un signo de precariedad de medios, le sienta bastante bien a la atmósfera de esta sencilla historia de gentes vulgares que se cruzan por las calles de Dublín y acusan sus anodinas experiencias en los dos registros de los que le es dado valerse a la conciencia humana: la percepción nítida de las realidades objetivas, por un lado, y su interiorización mental, generalmente mediante una modalidad de discurso que se rige por reglas distintas de las de la mera comunicación denotativa. 

Strick mezcla con naturalidad las escenas que efectivamente están viviendo los protagonistas con las que imaginan y con el torrente verbal que acompaña esas fantasías; y logra el milagro de hacer accesibles incluso las partes más oscuras de la novela joyceana: por ejemplo, el capítulo en el que Bloom y Dedalus se encuentran finalmente en un burdel y se ven envueltos en una intrincada mezcla de situaciones reales e imaginadas, la mayoría de ellas dictadas por la exaltada fantasía del primero y su aguda conciencia de extrañamiento —acaba de ser insultado en una taberna por un nacionalista exaltado que le ha echado en cara su condición de judío— y de insatisfacción sexual —su mujer lo engaña con otros y hace meses que se niega a tener relaciones con él—, así como por cierta tendencia a incurrir en fantasías sadomasoquistas. 

La película se las arregla para poner en imágenes lo que Joyce desarrolla, a mi entender con cierta ineficacia, en forma de texto teatral, mediante diálogos y acotaciones escénicas. Especialmente memorable es la escena final, el famoso monólogo o ensoñación de Molly, la esposa adúltera de Bloom. 

La inmersión en la película viene a aliviarme un poco de la desazón que me ha dejado el incidente de la mañana... Lo dejo anotado, para un futuro ensayo sobre las propiedades terapéuticas del arte.

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Para mis memorias de Dublín: el comienzo de la película, filmado en la torre Martello de Sandycove, en la que tuve mi rato de ensoñación literaria in situ hace apenas un par de semanas; algunos lugares muy reconocibles de la ciudad, como la pasarela peatonal sobre el Liffey conocida como Ha'Penny Bridge, o la perspectiva del río con su sucesión de puentes y el edificio de la Aduana al fondo; o los acantilados de Howth, que el mal tiempo me desaconsejó pisar, pero que la película, siguiendo al pie de la letra la novela, muestra retrospectivamente como escenario del primer encuentro sexual entre Bloom y su futura mujer, con algún vislumbre del faro y el puertecillo pesquero en la lejanía: o la playa de Sandymount, escenario del paseo inicial de Dedalus y de la escena de desahogo sexual de Bloom ante una chica que le muestra las piernas y algo más... (15/4/2017)

miércoles, abril 11, 2018

GORRIONES


De nuevo, la fiesta como azar: de un rato en la terraza del bar de la plaza surge la ocasión y la compañía. Luego cada cual aporta al fondo común su previsión de almuerzo: las tagarninas recién cogidas, el guiso de sangre en tomate, unas chacinas, un puerro cocido y preparado en ensalada. Alimentos sencillos, sin pretensiones. Todo sabe exquisito en la cocina acogedora. También la conversación gira en torno a una tácita voluntad de armonía. La siesta, luego, es larga y abrumadora: ha digerido uno en ella, no sólo el exceso de comida y bebida, sino también una especie de sobreabundancia de calor cordial. Ahora la tarde, lo que queda de ella, es desabrida: la conciencia casi tan embotada como la voluntad.


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Los gorriones, dice el periódico, se están extinguiendo. Como para desmentirlo, o quizá para poner una nota dramática en mi sentimiento de contrariedad, un gorrión se descuelga de un canalón y acude a picotear unas migas. ¿O es, acaso, un verderón? Pero no quiero que mi ignorancia añada o reste a mi sentimiento de alarma. Pregunto a un convecino. "¿Gorriones? Aquí no se ha notado que falten. Y, de todos modos, ¿quién se ha parado a contarlos?". 

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Constatar que un poeta que no te gustaba empieza a gustarte... Y leerlo con la atención añadida de quien ensaya una disculpa. (11/4/17)

martes, abril 10, 2018

LA NOVELA DEL VIAJE




 En la primera tarde vacacional, pinto dos acuarelas a partir de las fotos que he traído de Dublín. Tengo desde hace años la superstición, o quizá el prejuicio, de que las fotos por sí mismas -me refiero al tipo de fotos triviales y casi siempre torpes que suele hacer un turista- dicen poco del momento en que fueron tomadas, y que, en cambio, el dibujo o la pintura exigen una atención añadida que, independientemente del resultado que se obtenga, redunda siempre en un cierto grado de interiorización de la escena pintada o dibujada. 

Esta vez, por supuesto, el ritual tiene truco: las acuarelas en cuestión han sido pintadas a partir de fotos; pero éstas son lo bastante recientes como para no haber borrado del todo la impresión directa del lugar, que es lo que cuenta. En todo caso, he disfrutado haciendo estas ingenuas acuarelas, que me confirman lo que siempre he dicho de los viajes: básicamente, suponen una incomodidad; pero lo realmente valioso de ellos es la huella que dejan en el recuerdo, o más bien el acicate que suponen para la imaginación que los reconstruye retrospectivamente. Leo las notas que he ido dejando en este diario sobre este último: todo se atiene estrictamente a los hechos, pero empieza a asomar entre ellos, o sobre ellos, lo que podríamos llamar la novela del viaje. Para empezar, y por no ser indiscreto, he disfrazado un tanto los nombres propios de las personas implicadas. Es decir, he empezado a convertirlos en personajes. También el yo que habla en estas notas lo es, en alguna medida. Pero ya se sabe que el yo siempre lo es. (10/4/2017)

lunes, abril 09, 2018

ALGO EN MÍ

Leo A Shropshire Lad ("Un muchacho de Shropshire") de A. E. Housman en el ejemplar que compré en el mercadillo dominical de Dún Laoghaire. Quién hubiera dicho que esta colección de poemillas aparentemente muy simples, ajustados a las formas de la balada tradicional, iba a salirme al paso precisamente en este escenario y en una etapa de mi vida en la que mi estado de ánimo parece en sintonía con lo que ellos expresan: un sentimiento de infinita piedad por la juventud malbaratada, por el desperdicio que supone acabar con la propia vida en nombre de un amor contrariado, una momentánea pérdida del sentido de la realidad o una bala extraviada en una guerra absurda; cuando no -y es la posibilidad más temible-, por un exceso de autoconciencia, que hace que la vida presente suponga una insoportable carga, que no existía en una añorada fase prenatal, anterior a la existencia misma, ni existirá después de la muerte. 

El libro ahonda especialmente en esta última especie de la desesperación autoinducida; y es curioso que ese nihilismo absoluto fuera del agrado, al parecer, de los miles de lectores que tuvo en un intervalo que abarca la sangrienta guerra de los Boers y las dos guerras mundiales. La explicación, quizá, radica en lo ya dicho: que, por encima de ese nihilismo predomina un sentimiento de piedad madura, diríamos que bien informada, hacia todo ese desperdicio de ilusiones y vidas. 

Muchos lectores encontraron quizá esperanzadora la posibilidad misma de esa mirada ecuánime, que implicaría un principio de aceptación de tanta desgracia. Lo que está claro es que sobre la popularidad del libro no pesó en ningún momento el principal argumento crítico al que parecen ceñirse sus comentaristas de hoy: el presunto carácter homoerótico de la poesía de Housman, que se da por sentado desde que su hermano Laurence, en función de albacea literario, hizo público el contenido de una carta del poeta en la que al parecer -la carta no se conserva, y hay incluso quien duda de su existencia- éste se mostraba bastante explícito al respecto. Sea como sea, no es necesario en absoluto conocer las inclinaciones amorosas de Housman para compartir la peculiar mezcla de desesperanza y contención que trasluce su libro más conocido. A mí me había salido al paso otras veces y no me había interpelado con la fuerza que lo hace hoy. Algo en mí me predispone ahora a entenderlo mejor. (9/4/2017)

viernes, abril 06, 2018

LA EDAD DE LA RAZÓN

Se acerca un chico tímido a mi mesa de bibliotecario y me pregunta si tenemos La edad de la razón de Thomas Paine. Hago la comprobación correspondiente y le respondo, un tanto avergonzado, que no, y ni siquiera me tranquiliza comprobar que la traducción al castellano de este ensayo está descatalogada desde hace lustros. Compruebo también si, por casualidad, no habrá alguna edición disponible en formato electrónico: la hay, en efecto, y de domino público, en los fondos de Proyecto Gutenberg, pero sólo en inglés. Como el chico sigue en la biblioteca -se ha sentado a hojear una especie de prontuario de ideas de Montaigne que yo mismo traje no hace mucho-, me acerco a él y le comento mis indagaciones. Se encoge de hombros cuando le digo que el libro está disponible en inglés: no domina ese idioma. Le pregunto por qué quiere leerlo. Hace un gesto vago, como quien intenta librarse con una evasiva de una pregunta impertinente. 

Dedico el resto de mi hora de guardia en la biblioteca escolar a leer el preámbulo del ensayo en cuestión: el filósofo norteamericano se declara creyente en Dios a secas, al modo deísta de los ilustrados, y proclama también su "esperanza de felicidad más allá de esta vida" ("hope por happiness beyond this life"); pero, acto seguido, afirma no asumir el credo de ninguna iglesia o religión revelada. Consciente o inconscientemente, el humanismo europeo del último cuarto de milenio se basa en esta orgullosa reafirmación de la racionalidad humana. Ya sabemos que los resultados no han sido lo que los padres de esta era de la razón auguraban. Pero no parece que de la vuelta al oscurantismo y la sinrazón que ahora algunos preconizan quepa esperar ningún avance, y sí una clara liquidación de lo poco positivo que se haya podido cosechar en esos dos siglos y medio. Que este chico, llevado quizá de la misma curiosidad que lleva a otros adolescentes a leer libros de autoayuda, haya recalado en este clásico del pensamiento ilustrado me causa una rara satisfacción. La biblioteca me ha deparado su anécdota del día. (6/4/2017)

martes, abril 03, 2018

MÁSCARAS


La incorporación a la rutina habitual, después del intervalo de excepción que supone siempre un viaje. "No sabía que fueras tan hablador", me espeta una de mis acompañantes a Dublín, ante la evidencia de que en estos días podría decirse que he acaparado a mis sucesivos interlocutores y logrado que me cuenten poco menos que sus vidas. Pero se trata de una ficción: ni ellos, en el trance de confiarse a un extraño a quien posiblemente no volverán a ver jamás, son quienes son, ni yo, parapetado tras la máscara que supone expresarse en otro idioma y entre desconocidos, soy el hombre comedido y más bien inexpresivo que suelo ser en mi entorno habitual.


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También los solitarios, le digo a esta amiga entusiasta del asociacionismo bienintencionado, aportamos algo a la sociedad. Claro que no sé decirle exactamente qué. Tal vez un espejo en el que los gregarios, al mirarse, se encuentran tremendamente favorecidos. Y necesarios.


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"¿Sabe alguno quién fue James Joyce?", pregunto a mis alumnos. Un líder de la independencia irlandesa, me dice uno. Un terrorista, me dice otro. Un escritor, añade dubitativamente un tercero. Y pienso que, en el fondo, los tres tienen razón, por más que el pobre exiliado detestara el entorno violento en el que se fraguó la independencia de su patria, a la que aportó el sólido argumento identitario que supone poseer una literatura reconocida y prestigiada, a la vez que un atractivo y muy moderno halo de iconoclastia, que los críticos literarios suelen explicar con metáforas procedentes del mundo de la violencia política: la "voladura" del lenguaje, por ejemplo, y otras zarandajas. De nada sirve argumentar que, en el fondo, Joyce era un escritor tremendamente conservador, fiel creyente en el poder de la retórica bien trabajada y en la idea flaubertiana de la novela como espejo de la realidad. (3/4/2017)

sábado, marzo 31, 2018

THE SNOTGREEN SEA



La cena de la noche anterior ha tenido aires de ceremonia de despedida, cada cual ante su ración de pollo guisado y verduras cocidas y, en medio de la mesa, como novedoso añadido a la habitual mezcolanza de vasos, tazas, cosas del desayuno, envases de pan de molde y bollería, servilletas, etcétera, en que consiste la mesa en la que hacemos todas nuestras comidas, una salsera de gravy (salsa de carne). Con el paso de los días nos hemos ido habituando a ese desorden, tan característico de la casa como la presencia de la perrita y el gato o los cambios de humor de la dueña, que adivinamos relacionados con sus dolores de espalda, así como con cierta ansiedad por encontrar el momento de mantener largas conversaciones telefónicas o por ordenador con la hija que saca a colación cada vez que puede... Con cierta maldad, A. dijo el otro día que la hija no existe, que es una invención de la fantasía de esta mujer solitaria y un tanto abrumada de manías. En cualquier caso las alusiones a sus compromisos familiares son más bien confusas: un día, nuestra anfitriona anuncia una inminente conversación telefónica con su hija y, acto seguido, se sienta a ver tranquilamente la televisión sin que se advierta que hable con nadie; otro, nos anuncia muy alterada que la hija ha tenido un accidente de tráfico, al parecer sin consecuencias, y luego la oímos charlar largamente en la cocina con una misteriosa visitante que ha venido a dejarle un perro enorme; otro, se muestra enfadada porque hemos llegado tarde a cenar -es la hora de siempre, las seis y media, pero ese día al parecer se nos esperaba a las seis- y ella había quedado con una hermana suya: en la mesa, el arroz que acompaña el pollo al curry se ha quedado apelmazado; otro día, finalmente, el visitante es un americano joven que habla algo de español y es también dueño de un perro que esa tarde se queda en casa... Como resultado de esos compromisos, no siempre se sienta a cenar con nosotros. Hoy sí, quizá en atención a que es nuestro último día. La conversación gira en torno a los huéspedes que nos han precedido; casi todos encantadores, afirma, aunque ella parece recordar mejor a los impresentables: desde un jovencito lanzado que miraba de un modo peculiar a su hija -siempre presente en cualquier tema de conversación-, hasta el punto de que ella hubo de mencionarle el hacha del cobertizo del jardín como instrumento de castración, a otro a quien dejó una noche en la calle por presentarse borracho. Menciona también a "un negro con cara de gorila" -aunque ha añadido alguna expresión de disculpa por el evidente tono racista del comentario- que protagonizó un incidente similar y acabó en manos de la policía... La conclusión es que su posición de viuda que vive sola y recibe huéspedes le ha proporcionado, junto con sus estancias en diversos países del mundo mientras vivía su marido, un amplio conocimiento de la condición humana en todas sus facetas. Respecto a la generación más joven no se hace ilusiones: de gente que se pasa el día con la mirada fija en la pantalla de un teléfono móvil, sin atender a los gestos de sus semejantes, no se puede esperar nada bueno... Este pronóstico pesimista parece dictar también su obsesión con la seguridad de su hogar: las ventanas abatibles están siempre cerradas con llave y sólo se abren para ventilación en breves intervalos. Manías de mujer sola, quizá, aunque ya hemos comprobado que la obsesión con los robos es compartida por gente más joven.

A la mañana siguiente, mientras esperamos el autobús que ha de llevarnos al aeropuerto, me asomo de nuevo al paseo marítimo de Dún Laoghaire y me despido mentalmente de este mar verdoso –the snotgreen sea, el "mar verde moco" del que hablaba el cargante Mulligan en su pretensión de obsequiar un “epíteto homérico” a los "bardos irlandeses"–. En el vuelo de vuelta, unas americanas de ascendencia irlandesa que ya iban borrachas cuando se subieron al avión son reprendidas por el sobrecargo, que incluso les confisca algunas de las botellas que han comprado en el duty free. "Primero nos venden el alcohol y ahora se quejan de que nos lo bebamos", grazna una de ellas. Van a Málaga a pasar el fin de semana y ya han empezado la juerga. Joyce no hubiera dejado de sacar partido a la situación, muy posiblemente en clave misógina: Circe, recuérdese, es la hechicera que convierte en cerdos a los hombres, como hacen las prostitutas de Dublín con Dedalus y Bloom en un célebre pasaje de la novela. Una de las borrachas de nuestro vuelo ha dirigido algunos piropos subidos de tono a un tímido y guapo adolescente que regresa de su viaje de estudios. Ha tenido uno la tentación de intervenir, de brindar al chico una mano paterna para sacarle del atolladero. Bloom y Dedalus vuelven a encontrarse. La pena es que a mí, a mis años, me corresponde ya el papel menos favorecedor.
 (31/3/17)   

viernes, marzo 30, 2018

AUSPICIOS



A primera hora de la mañana, de camino a la parada del autobús, se dirige a nosotros una anciana que pasea a un perrillo y con la que ya habíamos intercambiado saludos en los días anteriores. Se ve que estaba deseando pegar la hebra. Le decimos que vamos a pasar la mañana en el centro y haremos una visita a Christ Church. “Ojalá tengan suerte y estén tocando el órgano cuando entren allí”. Lo que consideramos poco menos que una bendición por su parte, que queda reforzada por el presagio que leemos en el hecho de que nos crucemos a continuación con lo que aquí llaman una corneja o cuervo gris (grey crow) llevando en el pico una ramita que imaginamos es para construir su nido. 

El auspicio de que el organista de Christ Church nos recibiera con una toccata e fuga en toda regla finalmente no se cumplió, y más bien resultó un tanto anodina la visita a ese modesto ejemplo de gótico insular en el que han tenido la humorada de exhibir, en el correspondiente museo parroquial, a un gato y a una rata disecados, que habían quedado atrapados en los tubos del órgano hace quinientos años... ¿Hemos venido hasta aquí para ver esta escena deprimente? La vida, como se constata siempre que uno emerge de las tinieblas de las criptas eclesiales, está fuera; en el caótico tráfico de Dublín, o en esa humorada de tranvía que aquí llaman, en gaélico, Lusa –pronúnciese  "Louise"–, o en los pisos bajos con ventanas sin cortinas en pleno centro de la ciudad, a la vista de las multitudes que se encauzan hacia los puentes peatonales sobre el Liffey. Para contemplar esa corriente humana, tiene uno la tentación meterse en algún pub y sentarse junto al ventanal a beber una Guinnes a temperatura ambiente, de esas que confortan como si fueran un tazón de caldo. Pero se nos ha echado encima la hora del almuerzo y los bares del centro están ahora ocupados por transeúntes hambrientos, la mayoría turistas, porque la gente del lugar se conforma, como nosotros, con comerse su sándwich –el nuestro de hoy es bastante escueto: unos trozos de huevo duro entre rebanadas de pan de molde– en alguna plaza.

Al día siguiente por la tarde hacemos el proyectado paseo a la torre Martello de Sandycove, punto de partida del itinerario de Dedalus en el Ulises. Hay gente bañándose en una pequeña rada: al parecer, lo hacen todo el año, con frío o con calor. También los cormoranes son de costumbres fijas: siempre de dos en dos, uno vigila desde una roca mientras el otro se zambulle a pescar en las aguas. En un muro han copiado con grandes letras una melodiosa frase que adivinamos una cita joyceana: "The first faint noise of gently moving water broke the silence, low and faint and whispering". Una rápida búsqueda en Google nos confirma que pertenece al Retrato del artista adolescente.

"Si quiere preguntar algo, ya sabe dónde me tiene; aunque no parece que necesite preguntar nada", me dice con cierta retranca el recepcionista de la tarde, a quien no deben pasarles inadvertidas las muestras de entusiasmo de los ingenuos devotos del resabiado Joyce. La restauración del monumento y el pequeño museo, leo en un cartel, fueron financiados por el cineasta John Huston, que debe a Joyce la inspiración de la más hermosa de sus películas, The Dead, basada en el portentoso relato que cierra Dublineses. Unos minutos antes, durante una parada para tomar un café, una de mis compañeras me había pe¬dido que le leyera el final de ese cuento. Busco el texto en el móvil e inicio la lectura de los dos últimos párrafos. "No, no, más arriba". Al final, la lectura se extiende a un par de páginas y no deja de causarme cierto embarazo que la clientela del café asista a lo que parece un pretencioso acto de pedantería por parte de un extranjero. Pero veo las lágrimas correr por el rostro de mi compañera y yo también me emociono y adivino que ese texto significa para ella mucho más que un simple recuerdo literario. A mitad de la lectura me detengo. “¿Quieres que siga?”. "Sí, por favor". Llego al final, donde se habla de la nieve "falling faintly through the universe and faintly falling, like the descent of their last end, upon the living and the dead".

A mí también me emociona recorrer, ya en la torre, el escenario concreto de uno de los textos fundacionales de la literatura del siglo XX. Del Ulises suele recordarse la enrevesada dificultad de algunos capítulos, pero no el minucioso y evocador realismo de los trozos más sustanciales y perdurables. Por estas mismas escaleras en espiral, me digo, mientras cedo el paso a un turista francés, bajó el gordo Buck Mulligan con el albornoz desceñido y en las manos el cuenco de espuma del que se sirvió para hacer la parodia blasfema de la consagración eucarística con la que se inicia la novela. Curiosa paradoja: la broma impía es una de las gotas que colman el vaso del malestar de un compañero de alojamiento que se declaraba ateo. La literatura de Joyce abunda en estas ambigüedades y eso es precisamente lo que la hace tan rica; y no, como creen algunos, la tendencia del autor a sembrar sus textos de dificultades “para mantener distraídos a los críticos durante generaciones”. Más caso habría que hacer de otra presunta boutade del autor: su afirmación de que, si Dublín fuera alguna vez destruida por alguna catás¬trofe, podría ser reconstruida con toda exactitud gracias a su libro. Ese prurito de exactitud topográfica, naturalmente, significa poco en términos de apreciación literaria; a no ser que lo entendamos como creemos que lo entendió Joyce: como el designio de infundir en el lector la convicción de que la mera materia verbal de la que está hecha la novela funda, por sí misma, un espacio habitable. Tal es la sensación que depara visitar los espacios tan cuidadosamente evocados por el autor: refrendan esa cualidad habitable de la novela, sitúan al lector en unas coordenadas espacio-temporales en las que, literalmente, ya había estado antes, en virtud de la precisión con que el autor describe, no ya los meros lugares, sino la cualidad exacta de las sensaciones que sus personajes tienen al interactuar con esos lugares. Visitar la torre Martello después de haber leído Ulises no es sólo incurrir en mero turismo literario –lo que, por otra parte, no tiene nada de malo–: es, de algún modo, dar el paso inconcebible de penetrar físicamente en un espacio que debe su presencia en la conciencia del lector al impacto verbal de un preciso mecanismo literario. No sé si me explico.

Para colmo de felicidad, esa noche en MacLoughlin's hay actuación de música tradicional irlandesa. Los músicos llegan mientras tomamos la primera cerveza y, en el intervalo, trasiegan tres o cuatro, antes de poner manos a la obra. Oímos unos cuantos temas instrumentales, que invitan a bailar, y una conmovedora balada. Con esa música en los oídos tomamos el autobús de vuelta. (30/3/17)

jueves, marzo 29, 2018

BRAY





También la mañana de hoy amenaza lluvia. El tren de cercanías nos ha llevado a Bray, cuya remozada estación está decorada con unos mosaicos coloristas y un tanto naïfs que muestran distintos momentos de la historia irlandesa. En el que representa la época actual, un perrillo corre por el andén de la estación llevando en la boca un periódico en el que se lee Peace at last! A los pies del mosaico, y como para desmentir su bienintencionado mensaje, se sienta un hombretón ra-pado que viste un chaleco sin mangas cuajado de remaches e insignias. Sólo le falta la moto para parecer un Ángel del Infierno. Pero cuando una de mis compañeras le indica que quisiera hacer una foto del mosaico, le falta tiempo para hacer el amago de apartarse. Mi acompañante fuerza un poco más su suerte: le dice que no es necesario que se quite, siempre que no le importe salir en la foto. El hombre parece encantado de posar para la forastera, y si acaso frunce un poco más el ceño, como para acentuar la imagen hosca con la que imagina que ha captado su atención. 

La visita a Bray es rápida: un breve paseo hasta la iglesia, inesperadamente concurrida en la misa de diez, pese a ser día labora¬ble; una ojeada al pujante comercio local, incluida una librería bastante bien surtida, y un café con bollos en una pastelería italiana. Esa tarde repetiremos el trayecto de ayer: a Malahide, en un ramal de la misma línea ferroviaria. También Sarah repite, algo preocupada porque la larga excursión termine con retraso y le complique sus planes de esa noche, en la que tiene una especie de fiesta para despedir a un compañero que cambia de trabajo. “Mañana no estaré muy habladora”, me guiña, anticipando la resaca. Me alegra que ponga esta nota frívola sobre su impalpable melancolía. En su conversación, he observado, hay menciones recurrentes: la infancia idealizada, su homosexualidad, el hermano suicida. Al paso del tren por Dublín, y ya en la problemática orilla norte, me señala una manzana de apartamentos de aspecto derrengado. "Mi casa", me dice. Paga 250 euros por el alquiler compartido. Vive al día, no hace planes para el futuro. Ahora el melancólico soy yo, que pienso en mi hija y en su misma apuesta por esquivar las obligaciones que conlleva la aspiración a la vida burguesa, convertida en una meta inalcanzable en estos tiempos de crisis.

Por contraste, nos enteramos de que la poderosa familia Talbot, dueños del castillo de Malahide hasta que la coyuntura inflacionaria de los años 70 los obligó a venderlo, vivió en la finca durante ochocientos años ininterrumpidos. Lo dice una imponente monitora, hermosa y poderosa como el personaje de Maureen O’Hara en El hombre tranquilo; y también, como ella, pelirroja. Me gusta su inglés de vocales abiertas y rotundas, tan asequible para el duro oído de los españoles. Habla, además, con esa claridad impostada que caracteriza a las personas acostumbradas a un público proclive a distraerse. Sabe que el interés decae cuando el relato no incluye detalles melodramáticos. No faltan en la historia irlandesa: por ejemplo, el detalle de que la capilla del castillo, propiedad de una destacada familia de la aristocracia católica, fue clandestina durante muchos años. No falta la mención al inevitable fantasma del lugar. Pero aquí los fantasmas no se recluyen en las sombras: están presentes en las plazas públicas, en los rótulos de las calles, en las páginas de los libros. 


Ha sido un día largo y esa noche ni siquiera tenemos fuerzas para la habitual cerveza en MacLoughlin's. Esta vez el gato ha elegido acurrucarse en mi cama. Con infinito cuidado lo aparto de allí y me tiendo a leer unos poemas de Yeats, antes de caer dormido. (29/3/17)

miércoles, marzo 28, 2018

HOPEFULLY!



La llovizna intermitente me ha hecho refugiarme, primero, en los semisótanos de la National Library, que acogen una sugerente exposición sobre el poeta W. B. Yeats, y luego en la cercana National Gallery, donde veo la colección de pintura europea y compro algunos libros. Finalmente, después de aprovechar unos claros para sentarme a ver pasar a la gente en el paseo que bordea la orilla del Liffey, me hago un hueco en The Palace, el histórico pub con resonancias literarias que abre sus puertas a Fleet Street. Ante la consabida media pinta de Guinnes –no son más de las cinco–, anoto impresiones. Mi agrado, por ejemplo, al encontrar en la National Gallery el cuadro Stella in a Flowered Hat de Kees van Dongen, un fauvista al que me he aficionado desde que vi algunos cuadros suyos en una muestra reciente en Madrid; o la sorpresa de ver, en la exposición sobre Yeats, el ejemplar que el poeta tenía de Walden de Henry David Thoreau, cuya lectura le inspiró su más famoso poema, "The Lake-Isle of Innisfree". Pero lo que realmente quiero anotar es mi impresión de Sarah, mi interlocutora esa mañana en el largo trayecto en tren hasta la península de Howth, donde la niebla y la amenaza de lluvia no nos permitirían llevar a cabo el pro¬yectado paseo por los acantilados. Hay también una referencia joyceana de por medio: en el célebre monólogo que cierra el Ulises, Molly, la mujer de Leopold Bloom, recuerda que fue en ese lugar donde su futuro marido la poseyó por vez primera. Sarah aprecia el detalle, que ignoraba: también el Ulises, como el gaélico, forma parte aquí de ese acervo de cosas que se aprenden en la escuela, pero que luego tienen difícil encaje en la vida diaria. 
Sarah tiene veinticinco años, ha trabajado en Nueva Zelanda –donde vivía un hermano suyo, que se suicidó– y en una cafetería de Dublín y vive en un modesto apartamento que comparte con su novia –lo dice sin ningún énfasis militante, lo que entiendo como una muestra de confianza, que aprecio– y un amigo a quien conoce desde el parvulario. A pesar de que su familia es católica, se educó en una escuela protestante: sus padres, católicos liberales, querían ahorrarle la carga del adoctrinamiento que caracteriza la educación en la confesión dominante. La iglesia, me dice, ha perdido últimamente gran parte de su influencia en la población, y muy especialmente entre los jóvenes, en parte debido a la oleada de escándalos sexuales relacionados con sacerdotes, aunque también, matiza, porque los jóvenes viven su espiritualidad de otra manera, más tolerante y ecléctica. Esto último lo remata con un Hopefully!, un voluntarioso adverbio que lo mismo puede traducirse por "ojalá", que como "quizá" o "con suerte". Ante la convicción que emana de sus limpios ojos grises, cuesta contradecirla. Aun así, me aventuro a decir que los hechos parecen desmentir esa bienaventurada visión de un futuro exento de tensiones confesionales. Sensatamente, me replica que los pasos atrás son siempre una parte inevitable del progreso. Lo dejamos ahí.


A la vuelta de mi paseo dublinés he quedado con mis compañeras para cenar en McLoughlin's: cerveza y fish-and-chips. En la pantalla de un enorme televisor, las imágenes silenciosas de un partido de fútbol que se está jugando en ese momento en el estadio de Dublín. En el viaje de vuelta he compartido trayecto con la multitud que se dirigía a ese partido y felizmente se apeó, dejando el vagón vacío, en la estación de Lansdowne. Una marea humana vestida de verde. (28/3/2017)

martes, marzo 27, 2018

REVOLUCIONES

Annie, diecinueve años, pelirroja y con pecas. "Nadie diría que mi madre es española; y lo curioso es que mis otros tres hermanos son morenos como ella. Yo soy la única que ha salido así". Dejó sus estudios de Filosofía a mitad del primer año y ahora trabaja en lo mismo que Max, mientras espera el comienzo del próximo curso, en el que hará Economía ("Business"). "Al fin y al cabo –dice, ensayando un cinismo que quizá no cuadra del todo con su cara de adolescente asustada–, las dos carreras se ocupan de lo mismo: de cómo manipular a la gente". No sé qué responder. Es su primer día de monitora y mira con aprensión al grupo de estudiantes, no mucho más jóvenes que ella, al que le han encomendado pastorear por las calles de Dublín. Ha pensado en llevarlos a Temple Bar, el barrio más antiguo de la ciudad, presuntamente construido sobre las trazas del primitivo asentamiento vikingo. "Hay muchas tiendas y seguro que les encanta comprar recuerdos para sus familias. Eso sí, ojo con los bolsos y carteras. Hay muchos ladrones por esa zona". No es la primera advertencia que me hacen sobre los peligros de Dublín, por más que, ante la extrema amabilidad de la gente que vamos encontrando –con la notable excepción de los conductores de autobuses–, es difícil creer que existan esos barrios peligrosos en los que, según nos han dicho, es mejor no adentrarse y que al parecer se concentran en la orilla norte del Liffey, que es precisamente la zona por la que transcurre la primera parte de nuestro paseo, desde la estación de Connolly hasta las inmediaciones de la Aduana, escenario de importantes hechos de armas en el levantamiento de Pascua de 1916. 

Me cuenta todo esto como ensayando la explicación que habrá de dar al bullicioso grupo que ocupa casi la mitad del vagón en el que viajamos. Le llamo la atención sobre las resonancias joyceanas que tienen para mí los nombres de casi todos los hitos del camino, desde la estación de partida, Sandycove, inmediata a la torre Martello, hasta la playa de Sandymount, cuyas crujientes arenas inspiraron a Dedalus la sarta de asociaciones sensoriales que ocupa el capítulo tercero del Ulises. "¿Le gusta la literatura?", me pregunta. Y pasa a referirme sus lecturas para la materia correspondiente en el último semestre de su arrumbada carrera: El rey Lear y El mercader de Venecia de Shakespeare –"No están mal", sentencia–, la poesía del hoy gloria nacional y premio Nobel Seamus Heaney, que le entusiasma, y también alguna obra teatral de O'Casey, que sospecho que no le ha producido ni frío ni calor. Aprovecho para preguntarle si habla gaélico. Todos a quienes he hecho esa pregunta me han respondido lo mismo. "Lo he estudiado en la escuela desde los cuatro años y no sé decir ni mi nombre". En cualquier caso, encuentra justificado el esfuerzo: "Sería una pena que se perdiera", me dice. Y asiento, en parte porque creo que no deja de tener razón, pero también porque no me parece oportuno esbozar ahora mi melancólico parecer de que también las lenguas, como las personas, merecen que se les permita morir en paz, sin obligarlas a experimentar una larga y penosa agonía en nombre de consideraciones ajenas a ellas. 

Mi interlocutora aprovecha la pausa para sacar su almuerzo: un bocadillo y un plátano. Estamos ya en Connolly y parte del grupo se ha lanzado a un mostrador de bebidas calientes del que emana un estimulante olor a café. Pese a mi insistencia, Annie se niega a aceptar que la invite: sería unprofessional, me dice. Frente a nosotros, la bulliciosa Talbot Street extiende sus limpias líneas de fuga, que conducen al inverosímil monolito de acero de doscientos metros de altura que señala la intersección con O'Connell y conmemora a las víctimas del levantamiento de Pascua. La memoria colectiva de Dublín abunda en estos recuerdos dolorosos. Interrogo con la mirada a mi acompañante. Pero, pese a sus anteriores muestras de pretendido cinismo, no me parece que se pueda esperar de ella lo que oí decir a otro dublinés al respecto: si los irlandeses hubieran esperado unos años más para hacer su revolución, los ingleses habrían tenido tiempo de construir el proyectado metro –previsto, al parecer, para 1922– del que todavía hoy carece Dublín. (27/3/2017)

lunes, marzo 26, 2018

LAS PALABRAS DE MAX


“Dicen que la crisis ha terminado, pero la verdad es que la gente joven no lo nota”, afirma Max, de veinticinco años, que alterna sus estudios de psicología –esta semana anda ocupado con sus últimos essays o trabajos fin de carrera– con su empleo de guía para grupos de estudiantes extranjeros que vienen a Irlanda a aprender inglés. El espléndido día de sol con el que ha querido sorprendernos la imprevisible primavera irlandesa nos ha traído a Glendalough, un hermoso paraje a apenas una hora en coche de Dublín. Hemos comido el parco almuerzo que nos ha preparado Jennie y ahora descansamos sobre la hierba. A Max le fascina, entre otras cosas, la "psicomagia" del chileno Alejandro Jodorowsky, de quien recomienda vivamente La danza de la realidad –ahora no sé si el libro o la película–. Parece feliz de haber encontrado interlocutores leídos y se expresa con la ufanía de quien tiene recientes sus descubrimientos y no ha tenido tiempo de reconsiderar sus entusiasmos iniciales. Por sintonizar con él, le hablo de Carlos Castaneda, del chamanismo, de la poesía de William Blake… Parece mentira ocuparse de estas cosas intangibles mientras el espectáculo palpable de la primavera se despliega de un modo tan intenso ante nosotros, poniendo en juego toda su gama de contrastes: el dramatismo algo impostado de los cementerios adornados con venerables cruces célticas cubiertas de musgo, por ejemplo, y el bullicio de los centenares de adolescentes de todas las naciones que corretean a nuestro alrededor. Pero hay también un cierto regusto sensual en el hecho de añadir a esta eclosión de sensaciones ese "placer del pensamiento abstracto" al que irónicamente se refería el poeta Gil de Biedma en su "Himno a la juventud". De hecho, se me ocurre ahora, al hacer estas anotaciones, que, de alguna manera, la situación a la que me acabo de incorporar –mis dos bellas acompañantes tumbadas en la hierba, dando conversación a un chico guapo– debe mucho a esta at¬mósfera de sensualidad a flor de piel. Antes de despedirse, Max nos promete reservar una tarde de su ajetreada semana de fin de semestre para tomarse una cerveza con nosotros en el Kingston, su pub preferido en Dún Laoghaire, cuyo nombre evoca sin rencor –lo he observado en otros topónimos claramente reminiscentes de la dominación inglesa y que a nadie parecen molestar– el que la localidad tuvo antes de la independencia y aparece en el Ulises: Kingstown.

Como para confirmar que la realidad cuenta, efectivamente, con esa dimensión añadida, en un puesto de libros del mercadillo dominical de Dún Laoghaire me salen al paso al menos una decena que me tientan. Renuncio a llevármelos todos, por miedo a cargar demasiado la maleta y por esa especie de principio básico del ojeador de libros por el que se da por seguro que todo libro que se deja escapar -por ejemplo, una excelente y voluminosa antología del soneto en lengua inglesa, a la que renuncio por su envergadura- no es sino un libro que queda emplazado para alguna ocasión futura, en otro mercadillo o librería de viejo. Aun así, me echo al coleto un ejemplar de Selected Cautionary Verses de Hilaire Belloc -pienso en cómo se relamerían ante el hallazgo mis amigos chestertonianos-, más uno de los tomitos misceláneos de la serie Modern Poets de Penguin -hay varios: yo sólo me llevo uno de muestra- y una edición de A Shropshire Lad de A. E. Housman, de cuyos versos sobre las flores del cerezo me acordaba ayer. 

"¿Cómo ha ido el día?", nos pregunta nuestra patrona por pura fórmula y sin que se adivine en ella la menor gana de entretener a extraños. Menciona de paso sus dolores de espalda, que deben de ser los responsables de su mal humor. Por hablar durante la cena de algo que la distraiga, aprovecho la presencia de su perrita para comentarle que mi hija tiene también un perro; y que, a diferencia de la apacible Molly, es muy nervioso e impaciente y tira constantemente de la correa cuando se le saca a pasear. Parece que he tocado la tecla apropiada: a nuestra anfitriona se le olvidan sus dolores y nos ofrece una detallada demostración práctica de cómo educar a un perro para que aprenda a andar al paso de su amo. Los aspavientos con los que acompaña su demostración hace que la comida que tiene pinchada en el tenedor salga disparada y aterrice en algún punto del suelo del comedor. A ella no parece importarle: su interés se centra ahora en hacerme ver lo inútil de dirigirse a un perro en actitud de ruego; por el contrario, hay que impostar un tono de mando que el perro pueda reconocer como tal. Para demostrárnoslo, de su garganta sale un grito ronco y hondo, que nos hace dar un respingo. Le prometo transmitir fielmente a mi hija sus indicaciones. 

Tomamos la cerveza de fin de jornada en McLoughlin's, una acogedora taberna en George Street donde suena de fondo, a un nivel auditivo muy aceptable, una variada banda sonora de canciones de los 70. Mis compañeras comentan la jornada, poniendo el énfasis en los encantos (intelectuales, se entiende) de Max. Yo paladeo despacio mi Guinnes de grifo, como quien incorpora a su tejido vital una interesante doctrina sin la cual no se explica cómo había podido vivir hasta entonces. De pronto, la voz de mando con la que Jenny interpela a sus perros me ordena despertar. Ya estoy en casa, delante de esta libreta. (26/3/2017)

domingo, marzo 25, 2018

LOS CEREZOS

A mis pies la bahía de Dublín: el avión en descenso la ha rodeado trazando una curva tangente a los dos accidentes geográficos más conspicuos del mapa del lugar: la península de Howth y el puerto de Dún Laoghaire (Dunleary), que es precisamente la localidad aledaña en la que vamos a alojarnos. Llevo en el bolso de mano un mapa impreso del lugar, en el que he señalado mi dirección, a tres o cuatro paradas de autobús del centro del pueblo y a media hora a pie de la mencionada torre.

Hemos tenido alguna demora en el aeropuerto. Algunas de las maletas presentan signos evidentes de haber sido arrojadas desde una gran altura o sufrido tremendos golpes: una de ellas trae el asa rota; otra, lo sabremos luego, ha sufrido daños en su mecanismo de cierre, lo que obligará a su dueña a romper el pestillo para acceder a sus pertenencias. Esas pequeñas contrariedades retrasan considerablemente nuestra llegada, lo que parece ser la causa, intuimos, de la aparente hosquedad inicial con la que nos recibe nuestra anfitriona. La impresión desfavorable se disipa pronto: a la vez que nos enseña nuestras habitaciones, Jennie –llamémosla así– va presentándonos a algunas de las silenciosas presencias que rondan su casa: la perrita Molly, por ejemplo, de la que pronto sabremos que es muy anciana ya (catorce años), pero a la que la edad no ha hecho huraña o insociable: me basta pronunciar su nombre para que acuda a recibir mi saludo. Luego veremos que no es el único espíritu tutelar de la casa: sobre la cama en la que va a dormir una de mis compañeras yace un enorme gato, que no se inmuta en absoluto ante la llegada de la nueva ocupante. Como se me presupone alguna experiencia en el trato con felinos, se me encomienda la misión de trasladarlo. Tomo al animal sosteniéndolo en peso por las axilas, con las dos manos. No parece dispuesto a ofrecer resistencia, pero ha alargado la zarpa como sin querer y me ha rozado apenas el labio inferior... La herida empieza a sangrar de inmediato. Corro al cuarto de baño a enjuagarme, mientras el animal huye escaleras abajo. No damos cuenta a nuestra anfitriona del incidente hasta la hora de la cena. De pequeña, nos dice, a ella también la arañó un gato y hubieron de llevarla a toda prisa al hospital, donde a duras penas la salvaron de una septicemia. También nos ha informado de que la zarpa que me ha herido posiblemente ha sido usada en más de una batalla sangrienta con los enemigos naturales de los gatos domésticos de la zona: los zorros, que no se caracterizan precisamente por su higiene... Pero a esas alturas, y viendo que ni siquiera se me ha hinchado el labio, la posibilidad de una infección ha dejado de preocuparme.

El incidente, de todos modos, nos ha servido para calibrar el humor un tanto cínico y tremendista de nuestra interlocutora. Ha vivido en Arabia –que le resulta, entiendo que justificadamente, un país detestable–, California y Florida –que son para ella poco menos que la imagen del paraíso perdido, pese a que no quiso que sus hijos se criaran allí– y Londres. Es viuda y adivinamos que complementa su pensión con toda una variedad de ocupaciones, entre las que se cuenta alojar huéspedes ocasionales. Fue muy bella en su juventud y el eco de esa belleza es claramente perceptible cuando la cara se le ilumina al contar un recuerdo grato; también, cuando se dirige a sus animales. Al principio pensamos que el desorden que reina en la casa es consecuencia de la condición privilegiada de la que éstos gozan: sus posibles juguetes andan esparcidos por todas partes. Pero pronto comprendemos que la dueña juega un papel decisivo en ese estado de cosas: durante la cena, ha tomado un vaso del aparador, dentro del cual había lo que a todas luces parece… un huevo. Al verlo, y tras un leve gesto de contrariedad, lo arroja a sus espaldas, por encima del hombro. Aliviados, comprobamos que el huevo rebota: es de plástico o de goma, quizá un juguete de los animales. Pero esa manera de disponer de los objetos incongruentes explica, por ejemplo, que hayamos encontrado una patata en el sofá y que en otros sitios haya¬mos topado con otras cosas de las que mejor no hago mención.

Jennie tiene una hija que, según hemos podido ver en las fotos que hay colgadas por toda la casa, se le parece mucho, y que ha hecho una muy buena boda con un hombre bastante mayor que ella, a quien conoció en un concurso de belleza en el que ella hacía de azafata o algo por el estilo y éste actuaba como acompañante o chaperon de otra concursante. Al principio, la chica no sabía si el interés que había despertado en su galanteador era puramente profesional, o si acaso trataba de captarla para algún propósito no del todo respetable. Nuestra anfitriona nos refiere estas cosas con lo que parece un legítimo orgullo ante el satisfactorio resultado, aunque también con un énfasis que parece revelar no pocas ansiedades y preocupaciones previas. Hay también un hijo, del que sólo llegamos a saber que trabaja para una multinacional informática y que sus comienzos en la empresa no fueron precisamente gratos: la primera tarea que le encomendaron fue poner en la calle a decenas de operarios de los que la empresa quería desprenderse. No sé si el hecho tuvo lugar cuando Irlanda era todavía “el tigre celta”, cuya vigorosa economía asombraba a sus vecinos, o después de que la crisis financiera de 2008 fuera la primera señal de que el fantasma de la penuria y el desempleo, como se vio luego, se cernía sobre Europa.


Después de cenar vamos a tomar una cerveza a The Graduate, un animado pub cercano. En el camino de vuelta, de los jardines de las casas que flanquean la calle surge un intenso olor a narcisos y a flores de cerezo. Me acuerdo del poema de A. E. Housman que empieza: "Loveliest of trees, the cherry now / Is hung with bloom along the bow..." ("Ahora el cerezo, el más hermoso de los árboles / tiene sus ramas enteras cargadas de flores"). (25/3/2017) 

sábado, marzo 24, 2018

DUBLÍN


Mi equipaje preparado para el viaje a Dublín; C. a Barcelona, a no sé qué concierto y a una prometedora velada con amigos -cueros, chatarra, crestas teñidas de amarillo, pinchos e imperdibles por todas partes-  en un bar donde este fin de semana ponen, me dice, la discografía completa de los Smiths; y M. A. a Córdoba, acompañando a sus alumnos norteamericanos. Unidos por llamadas, por las mensajerías electrónicas de hoy, por ese hilillo invisible que nos ata sentimentalmente. Un amor que abarca centenares, miles de kilómetros. 

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La torre Martello en Sandycove –hoy llamada James Joyce Tower, en homenaje al escritor que situó en ella el principio de su espléndida y todavía incomprendida novela– se encuentra muy cerca de mi alojamiento en las inmediaciones de Dublín. Me las prometo muy felices: tal vez un paseo por la línea de costa, rememorando el de Stephen Dedalus al principio del Ulises. Aunque espero que no movido por un desaire: Dedalus, recuérdese, abandonó la torre, que compartía con otros dos jóvenes, después de que uno de ellos, el impertinente Buck Mulligan, lo hubiera ofendido al mencionar la negativa de su interlocutor a arrodillarse y rezar ante el lecho de moribunda de su madre, que se lo había pedido expresamente. La novela entera, sus setecientas páginas, se sustenta en esa sensación de extrañamiento. Como puede leerse en las páginas de cualquier manual, Joyce tuvo la ocurrencia de diseñar un argumento inspirado en el de la Odisea, por lo que esos primeros capítulos equivalen a la parte del poema homérico en la que Telémaco, ofendido también por los pretendientes de su madre, que han invadido su casa, sale en busca del padre ausente. Irónicamente, Dedalus lo encuentra en la figura de Leopold Bloom, un judío de hábitos poco ejemplares, con quien visita tabernas y burdeles. Estos juegos de espejos han fascinado a los críticos durante casi un siglo, pero lo cierto es que poco o nada importan para el goce de este penúltimo gran logro de la novela realista europea. La novedad, en cualquier caso, es la intuición joyceana de que la heroicidad del hombre moderno, si es que la posee, no consiste en otra cosa que en sobrellevar el peso de una abrumadora autoconciencia y pasearla por los desolados decorados de nuestra cotidianidad, igual que Ulises paseaba su asendereada condición de mortal sometido a los caprichos de los dioses por un Mediterráneo fantasmal, poblado de monstruos.


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Ha cabido todo en una pequeña maleta de cabina. Mudas para siete días. Contando con los servicios de una lavandería cada cuatro o cinco días, podría uno recorrer el mundo entero con tan exiguo equipaje. (24/3/2017)

lunes, marzo 19, 2018

UN BOHEMIO

En el mercadillo, como (casi) todos los domingos que no voy a la sierra. Compro por dos euros Taurocracia, un librito de chistes gráficos publicado en 1973 por el dibujante Serafín. En sus últimos años, recuerdo, puso a la venta, o quizá subastó, sus famosas "marquesas", delirantes criaturas de su invención con las que caricaturizaba determinados arquetipos femeninos de la aristocracia y la alta burguesía. El negocio no debió de salirle muy bien: años después, esos mismos dibujos aparecieron, a precios irrisorios, en el Rastro madrileño. En la nota de contraportada del libro que he comprado, seguramente redactada por Álvaro de la Iglesia, director de la colección, se dice que Serafín es "peripatético. Ha viajado algo, no mucho -París, Italia...- (...). Su vida es eso: pintar, viajar, dibujar, beber tintorro, celebrar exposiciones que la crítica toma a chufla...". La descripción se ajusta bastante a los hechos. Fue uno de los últimos representantes de la vieja bohemia, con todo lo que ésta tenía de impostado y trágico. No parece del todo inapropiado que sus libros acaben en los mercadillos y que haya que comprarlos como quien hace una obra de misericordia. Pero el caso es que sus dibujos son muy buenos, a mitad de camino entre lo surrealista, tal como lo practicaban los colaboradores de La Codorniz, y lo puramente esperpéntico. En el que abre el segundo capítulo de este libro, dos manolas tocadas con peineta y mantilla, pero con las faldas levantadas como para refrescarse, mostrando unas piernas espléndidas, contemplan desde un palco el paseíllo de una corrida de toros, y al ver a los dos alguacilillos a caballo que abren el desfile, ataviados con ropajes del siglo XVI, dicen: "Es el momento que más me gusta de la corrida; cuando salen Felipe II y su hermano". 

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Me encuentro a A., que acaba de ser llamado como testigo a un juicio por una demanda de paternidad referente a un hermano suyo recientemente fallecido. Al parecer, la parte demandante lo convenció con engaños para que se hiciera las pruebas de ADN necesarias para corroborar su alegato: por teléfono, le hicieron creer que se trataba de una citación judicial y que, si no acudía, sería multado. Ha intentado explicarlo al tribunal, pero no lo han dejado. Previamente habían hecho salir de la sala a sus otros dos hermanos vivos, ancianos como él, por no haber entendido a la primera la pregunta que les dirigieron, lo que, al parecer, al tribunal le pareció un signo evidente de senilidad. Por supuesto, a nadie le pareció conveniente repetir la pregunta o expresarse en términos que los interrogados pudieran entender. A. se encoge de hombros y se ríe: al fin y al cabo, a él no le va nada en ello, ni se siente especialmente concernido por los presuntos deslices del difunto. Pero intuyo que, en el fondo, se siente más bien humillado y, en cierto modo, desprotegido. Entiendo muy bien por qué.

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Oigo en la radio un espeluznante reportaje sobre el trato que reciben de las autoridades españolas los niños marroquíes que intentan entrar ilegalmente en nuestro país. Y no me extraña nada: si el que recibimos los propios españoles es a menudo desconsiderado y degradante -véase el apunte anterior-, cómo será el que se les da a quienes llegan en situación de indefensión absoluta... Lo que anoto a cuenta de un sentimiento que no es del todo nuevo en mí, pero que en los últimos tiempos se va afirmando con más intensidad que nunca: la sospecha de que estamos en uno de esos periodos de nuestra historia en que la sociedad española, y muy especialmente quienes la gobiernan, parecen haber perdido el miedo a mostrar su inveterada querencia al abuso, a la arbitrariedad, a la inhumanidad. Quizá sea un efecto colateral de estos tiempos de crisis. O tal vez, simplemente, un rasgo permanente de nuestro carácter, que en tiempos benignos tiende a difuminarse. (19/3/17)

miércoles, marzo 14, 2018

UN PESO


Parece que el acomodo definitivo de los restos de edición a los que me refería el otro día no va a ser fácil. Pensaba yo que, después de que les allanase yo el camino y consiguiese que un amigo librero se hiciese cargo del remanente en cuestión, el editor lo llamaría y se pondrían de acuerdo. Pero no hay ya lugar para la sociabilidad literaria en esta historia de liquidación por derribo: en un escueto mensaje por whatsapp, mi antiguo editor me da la dirección a la que el destinatario del fondo ha de enviar al transportista que lo recoja. Añade escuetamente, en una de esas burbujas en las que se van repartiendo esta clase de mensajes: "5 bultos". Eso es todo. Parece como si me los hubieran echado a las espaldas, en castigo por alguna inextricable culpa. Veremos en qué queda la gestión.


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Llueve y hace frío, pero es ya lluvia de primavera y los fríos sobrevenidos no parecen asustar a nadie. Coinciden con los primeros síntomas de mi ya inveterada astenia primaveral. Pereza, somnolencia, lentitud de reflejos. No me apetece otra cosa que sestear y distraerme con pasatiempos de poca monta; aunque, curiosamente, en la hora de gimnasia con la que me castigo en días alternos me siento más resistente y ágil, como si hubiera concentrado el remanente de mis energías en esos ejercicios mecánicos, que no permiten pensar en otra cosa y, a la vez que tonifican el cuerpo, ponen la mente en suspenso. No desea uno otra cosa: el lento retorcerse sobre sí mismo de un brote que se afianza en su crecimiento, fortalecido por los aires de la estación. (14/3/2017)

domingo, marzo 11, 2018

HALAGADO

Semana intensa la que dejo atrás, anticipo sólo de las que vendrán. Y es curioso que la primera víctima de estas rachas de ajetreo sea siempre este diario. El año pasado, recuerdo, sufrió un parón precisamente por estas fechas. El curso escolar llega a su punto álgido, surgen también algunos compromisos literarios que van pautando las semanas, y las pocas tardes que quedan libres apenas bastan para cumplimentar la reseña del mes, la columna de cine de la semana, la página que leerá uno en tal o cual presentación, etcétera: esa no-vida tan frecuentemente asociada a la vida literaria propiamente dicha, que no es otra cosa que horas de trabajo ante un ordenador. 

Aún así, me las arreglo para acudir a este cuaderno en la tarde de un sábado. La semana ha girado en torno a la presentación de mi libro de cine el jueves pasado. ¿Cómo fue?, me preguntan los editores, incluyendo una referencia expresa al número de asistentes. "Cincuenta o sesenta", les digo. "La sala llena". Es verdad, pero es muy posible que haya sobrestimado el aforo del local, que quizá cuente con algunas plazas menos. La novedad, de todos modos, es que entre el público había algunas caras desconocidas; lo que quizá tenga algo que ver con el hecho de que este libro apela a saberes compartidos, y no a ese intransferible fondo de subjetividad al que suele remitirse la literatura puramente expresiva. Quiero decir que está claro que un ensayo de asunto de interés general tendrá siempre más aceptación que un libro de poemas, por ejemplo. Claro que eso depende también de quién sea el ensayista y quién el poeta. El caso es que la librera al cargo de la mesa de ventas parece satisfecha al final del acto. Y uno, que no va a recibir por las ventas de este libro más beneficios que por los de libros anteriores -es decir, nada-, se da por contento también. De lo que se trata es de que la rueda siga girando. Aunque quizá sea el momento en el que uno debería dar un paso atrás y comprobar hasta qué punto el impulso es autosuficiente o depende del modesto empuje que uno sea capaz de insuflarle.

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Constato que buena parte de mi producción literaria está en plataformas de descargas gratuitas (e ilegales, imagino); lo que supongo que debería importar más a mis editores que a mí mismo. En todo caso, no sé si sentirme halagado: que alguien se haya molestado en escanear y colgar los pedeefes de todos mis libros viene a certificar, al menos, que hay en el mundo quien confía en que alguien querrá leerlos. Debería estarle agradecido por ello.


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Esta amiga se cree obligada a llamarme cada vez que lee en los diarios alguna noticia relacionada con lo que podríamos llamar el aspecto sociológico de la literatura. "¿Te has enterado de que han confirmado a X. en su cargo? Hasta ayer mismo iba por todas partes diciendo que se había quedado en el paro. En ese intervalo, sus valedores han montado un simulacro de concurso público de méritos o algo similar. Que, naturalmente, ha ganado él". Le digo que no sabía nada de eso, pero que, en todo caso, no me extraña: X. no ha tenido jamás nada que se parezca a un empleo, y sí una sucesión de encomiendas que le han permitido no sólo ganarse la vida, sino incluso adquirir cierto renombre literario, por esa capacidad de atracción que el poder periodístico o administrativo ejerce sobre quienes creen necesario acudir a su reclamo como las moscas a un trozo de basura. Nunca se lo he reprochado, e incluso me ha parecido divertido... Aquí mi amiga me interrumpe: "¿Y qué me dices de esa imagen que pretende dar de inveterado rebelde? Para ser un rebelde, le va bastante bien en sus relaciones con el poder". Le digo que no me explico cómo ella, viviendo en un pueblo de la sierra y absolutamente al margen de esas intrigas, se sofoca por esas cosas. "Aquí también llegan los periódicos", me responde. "Ya veo que no te gusta que te hablen mal de tus amigos". Y cuelga, me parece que un tanto ofendida. (11/3/2017)  

martes, marzo 06, 2018

CARNÍVOROS

No, el diario íntimo no es un subgénero narrativo, como creen algunos. Le falta la perspectiva de que los hechos que en él se consignan lleguen alguna vez a articularse como relato, como narración. Pesa sobre ellos la indeterminación misma de la vida: ¿sabemos si la pequeña anécdota de hoy, el cruce con un extraño, unas palabras dichas u oídas al azar, tendrán alguna continuidad en otros hechos por venir, llegarán a ser elementos de una historia? Cabe la posibilidad, desde luego, de que esa trama se haga visible retrospectivamente: por ejemplo, en el momento en el que el autor de un diario lo revisa para darlo a la imprenta. Pero eso es otra cosa: eso es la creación de una novela a partir de la materia prima que proporcionan los diarios. Una novela con características propias, por supuesto, y que plantea problemas específicos: por ejemplo, el tratamiento que hemos de dar, desde una perspectiva de ficción, a los personajes reales que han venido compareciendo en nuestro diario en una fase del mismo en el que el diarista daba por buena la verdad prima facie de sus actos, sin plantearse someterlos a la manipulación mínima a la que obliga la articulación de un relato.

Tengo la impresión de que este "diario abierto" está a punto de depararme una novela de ese tipo. Lo que no sé es si sabré resolver adecuadamente los tremendos problemas de perspectiva que esa novela en ciernes me plantea. No hay prisa. Uno de los motivos por los que me he planteado ese reto es que su posible resultado no será inmediato. Necesito ahora plazos largos. Para qué, no lo sé.

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Leo en un periódico que, si los gatos fueran más grandes de lo que son, no dudarían en devorar a sus dueños. Lo que, bien mirado, no deja de ser una tontería: si fuéramos del tamaño de un ratón, evidentemente un gato no vería en nosotros otra cosa que una presa fácil. Queda además la cuestión de por qué los gatos, a diferencia de otros animales no mucho más grandes, no tienen el instinto de agruparse en manadas para cazar presas mayores que ellos. Cabe pensar que se ajustan a una calculada ley del mínimo esfuerzo; y que, en ese esquema de supervivencia cómoda, han encontrado en nosotros sus mejores aliados. ¿Para qué querrían comernos, si tienen en nosotros a unos servidores absolutamente devotos? Quede ese trabajoso empeño para los perros, que sí pueden llegar a ser muy peligrosos en estado salvaje, o para las hienas. Ellos son demasiado orgullosos para caer tan bajo.

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Absurda conversación de sobremesa. "¿Cómo es que comes tanto y no engordas?". "Es que mi actividad cerebral lo quema todo". "¿Insinúas que los demás engordamos porque somos más tontos?" "Quién sabe. A lo mejor es al revés: es más tonto el que se estruja más el cerebro para llegar a las mismas conclusiones que todos". (6/3/18)