miércoles, julio 01, 2015

PANDORA

Revuelo de golondrinas sobre un solar vacío. No sé si se aplican a dar cuenta de una nube invisible de insectos o, simplemente, obedecen a un impulso dictado por la estación. En todo caso, me sacan de mi ensimismamiento. Iba uno también con la cabeza a pájaros, pero de otra clase.

***

Primeras horas de vacaciones. Reparo una cerradura que se bloqueaba, me desprendo de algunos enseres viejos, hago gestiones atrasadas... Cuestiones de intendencia, antes de encarar lo fundamental, que es la vivencia del tiempo sin obligaciones, o con otras obligaciones libremente elegidas -las que ocupan los otros meses del año también fueron en su día libremente elegidas, pero quién se acuerda-.

***

¿Quién dice que Pandora y el holandés errante (Pandora and the Flying Dutchman, 1951) es una mala película? Se le tiene cierta antipatía porque abrió la época de los rodajes internacionales baratos en la España de Franco, con toda esa parafernalia añadida de vida nocturna frenética para ricos y tácito silencio de los implicados sobre la realidad española del momento. Pero el pobre Albert Lewin, un artesano con ínfulas poéticas, no podía prever lo que vendría después. Bregó con los amoríos de Ava Gardner y el torero Mario Cabré, bregó con la presencia incómoda de Sinatra, en la primera fase de su tortuosa relación con la diva -leo todo eso en un reciente libro de Francisco Reyero sobre Sinatra en España-. Pero hizo una película hipnótica y arrebatada, bajo la advocación expresa del fatalismo del persa Omar Khayyam y de la no menos fatalista visión del mundo del inglés A. E. Housman. Hay escenas visualmente inolvidables, como la carrera del bólido -una versión de uno de los primeros Blue Birds de Malcolm Campbell- por la playa de Tossa de Mar, o el fantasmal despliegue de velas, sin intervención humana, en el yate del atormentado personaje interpretado por James Mason. Etcétera.

***

¿Y un verano sin lecturas? Lo aconseja la vista cansada, desde luego. Y no, no va a ser posible. Pero sería una novedad.

lunes, junio 29, 2015

LAGO


Hay que reconocer que, para ser artificial, está bastante logrado. Ya desde la salida de la estación de metro que lleva su nombre -"Lago"-, se percibe en el aire esa nota húmeda que delata la proximidad de una concentración de agua, y que sin embargo no se deja ver hasta que rodeamos un altozano arbolado y desembocamos en el declive en el que se extienden las casetas y mesas del restaurante y las cafeterías instaladas en el extremo suroeste de la laguna, con vistas a un perfil de Madrid que abarca desde las cúpulas de pizarra de los cuarteles de Conde-Duque, a nuestra izquierda, al empaque entre oriental y ferroviario de las cubiertas de la Almudena, en el otro extremo. 

Nos han traído aquí los primeros embates que lo que los noticiarios han anunciado como una "ola de calor", que nos ha disuadido de desplazarnos hasta el centro de la ciudad. Y hemos acertado: el enclave es fresco y está razonablemente animado. Tomamos un par de cervezas y picamos algo, y entre una cosa y otra se nos echa encima el anochecer, que desde aquí también tiene algo de artificial, como si el panorama iluminado que tenemos delante no fuera una ciudad real, sino una panoplia de cristal pintado. 

Cuando nos retiramos por donde hemos venido, nos sorprende el cambio en la afluencia humana en torno a la estación de metro: unas horas antes la llenaba una inesperada multitud en atavío playero, procedente de las piscinas y diversiones acuáticas de la Casa de Campo; ahora, al filo de las once, el desaliño ha cedido su lugar a las elegancias chillonas de la noche del sábado, en un interminable desfile de adolescentes más o menos maqueados y portadores, todos ellos, de bolsas de plástico en las que se hace sentir el peso y volumen de las botellas llenas. Acuden, me informan, a los alrededores de una macrodiscoteca cercana. En un banco de la estación, una adolescente vestida con un vertiginoso minivestido negro se ha parado a retocarse el rímel, y para ello usa como espejo el cristal de la pantalla de su teléfono móvil. Y allí la dejamos cuando llega nuestro tren.

***

Aquí las cotorras de importación disputan su predominio a las urracas. Pero, como sucede en otros órdenes en este honrado barrio de Batán, la convivencia es pacífica y la variedad se traduce sólo en una nota añadida de color. Y nosotros, que también somos extraños aquí, lo agradecemos. 

***

Como uno es perezoso para conducir, el hecho de haber hecho varias veces este viaje en coche en los últimos meses se me antoja una hazaña. Son apenas seis horas, más los correspondientes descansos, que son los que añaden la nota novelera. En una de esas paradas, la embocadura del área de servicio resulta ser también el carril de entrada a la central nuclear de Almaraz, que deja ver su arquitectura de futurismo de tebeo -un poco al estilo de los de Tintín- al fondo de un declive. Irónicamente, bajo la marquesina de la gasolinera un animoso hortelano ha instalado un vistoso puesto de frutas y verduras, no sabe uno si criadas allí mismo, al pie de los reactores nucleares. 

lunes, junio 22, 2015

PLAYA

Tras la playa, y después de haberse refrescado uno convenientemente en la ducha, la resaca:  esas horas durante las que la piel exuda el sol acumulado y el cuerpo tiende a la lasitud agradecida. Las pasa uno como puede, igual que las otras resacas, aunque sin la mala conciencia característica de esos días de arrepentimiento y purgación. Y si el resultado es, al final del día y después de una nueva ducha, esa rubicundez característica de los ociosos tras una jornada al sol, mejor que mejor. Siente uno, si acaso, un vago remordimiento por no haber llamado en todo el día a su agente de bolsa... Pero así es la vida de los ricos en estos paraísos donde el sol y el mar son gratis.

***

Debe de ser la calle más concurrida de la ciudad: por la orilla, en el tramo de arena endurecida inmediato al ribete donde mueren las olas, paseantes a miles. Con la particularidad de que, aquí, la convención indumentaria es muy ancha, y lo mismo vale pasearse con camisa, sombrero y gafas de sol que apenas cubierto -o cubierta- por un somero taparrabos o un tanga. Si yo fuera político en campaña, éste es el sitio al que vendría a dejarme ver. Lo que no sé es qué ropa me pondría.

***

Si cierro los ojos, mis sensaciones se reducen a la caricia del viento sur y al rumor del mar en los oídos. No pido más.

***

La patrulla de la policía de playa, en su cochecillo casi de juguete, persiguiendo infructuosamente desde la orilla a un infractor que cabalga alegremente las olas con unos arreos de kitesurf...

***

Después de venteado, en el periódico sólo quedan las noticias más onerosas y graves. Lo mejor es tirarlo.

jueves, junio 18, 2015

RATAS

Entre semana mi vida social, si es que así puede llamarse, se reduce a las salidas que hago en días alternos para correr. No es que hable con mucha gente en esas ocasiones: en los últimos dos meses, la única persona con la que he cruzado palabra ha sido un viejo compañero de natación que alterna las sesiones de piscina con estas caminatas. Si cuando me lo encuentro voy al paso, me paro a intercambiar con él alguna impresión sobre el tiempo; si voy corriendo, me limito a saludarlo con la mano. Esta parquedad de contactos sociales no significa que no me haya familiarizado ya con la concurrencia. Todas las tardes coincidimos aquí más o menos los mismos: una anciana muy encorvada que anda siempre a paso muy rápido, como si huyera de un enemigo que ya debe de tener muy cerca; varias parejas de mediana edad, y otras tantas jóvenes; algunos que parecen tomarse muy en serio esto del ejercicio y salen a correr magníficamente equipados; y otros, como yo, más bien zarrapastrosos, que se ponen la primera camiseta vieja que encuentran. A veces sorprende la presencia de un extraño o un excéntrico: la semana pasada, por ejemplo, me crucé con un tipo vestido con un impecable traje negro, indiferente al sol que encendía la tierra amarilla de la pista y nos hacía sudar a todos la gota gorda... Hay también una tribu de ciclistas y un nutrido número de paseantes de perros, uno de los cuales ayer se asombraba de que su diminuto chucho doméstico, seguramente muy apacible, pugnara por soltarse de la correa y echar a correr detrás de una enorme rata que acababa de cruzar la carretera. En general, parecen todos personas pacíficas, o al menos el entorno en el que coincidimos no da ocasión para que manifiesten la agresividad que caracteriza a buena parte del prójimo en otras circunstancias. Incluso los ciclistas son aquí más comedidos que cuando se los cruza uno en su circuito urbano. Son, ya digo, mi sustitutivo de todas esas otras actividades que cada vez voy espaciando más. Muy pronto empezaré yo también a corretear las ratas. Al tiempo.

lunes, junio 15, 2015

A GRANEL

Ha debido de entrar por la chimenea y luego no supo salir. A juzgar por las deposiciones que hemos encontrado por toda la casa, debió de revolotear de un lado a otro hasta caer agotado. Y ahí lo hemos encontrado, junto a la puerta del balcón: todavía blando y se diría que no del todo frío, como si hubiera muerto ahora mismo. Me avergüenza saber tan poco de pájaros, pero ni siquiera estoy seguro de si se trata de un gorrión. Lo envuelvo en un trozo de papel y lo deposito en el contenedor. A la mañana siguiente limpiamos la casa, que ahora ha adquirido para nosotros un cierto carácter de trampa laberíntica. También la gata parece inquieta: esa posible presa le ha ganado la partida por la mano.


***

En estas reuniones nuestras alrededor de una buena comida, hemos pasado del vino tinto más o menos escogido al vino fino a granel. Tiene todas las garantías: viene directamente de una bodega jerezana o de un despacho de vinos sanluqueños, según, y en ambos casos da buen resultado: se ajusta bien a nuestros sencillos manjares y no deja resaca. Eso sí: viendo la garrafa de plástico de cinco litros o la frasca sin etiqueta de donde lo servimos, da la impresión de que nuestra mesa se ha hecho más menesterosa, y quizá el hecho tenga algo que ver con los hábitos algo más morigerados que hemos ido adquiriendo en estos tiempos. Pero no: lo que nos está sucediendo, más bien, es que se nos ha caído una cáscara, o quizá simplemente un disfraz, y han aflorado en nosotros los hábitos de la generación de nuestros padres, que no entendían de añadas ni cosechas, sino que, para disfrutar del calor de un poco de vino por las tardes, nos mandaban con una botella vacía a la taberna de la esquina a comprar un litro de chiclana, blanco o dulce, o mezclado -estos últimos, por deferencia hacia los niños, a los que se les daba una copita en pago del mandado-.


***

Aquí el cambio político lo han celebrado con una paella. Y el precio de la independencia ha sido no comer arroz. 

viernes, junio 12, 2015

PÁJAROS

De todas las formas del ruido, es quizá la única que no interfiere con el pensamiento. Es también una invitación a ahondar más en el campo de la propia mirada, como si alcanzar a distinguir la fuente del canto supusiera alguna clase de perfeccionamiento de capacidades perceptivas normalmente adormecidas. Y es, además, el sonido del entorno inmediato cuando quiere presentarse como realidad trascendida. Canta un pájaro y aguza uno el oído como para entender en ese canto una especie de afirmación de la propia perdurabilidad.

***

Hay bellezas de barrio que parecen máscaras, como hay juventudes impostadas que sugieren directamente el tacto de un pergamino ajado. Se evidencia en todo ello una penosa inadecuación, diríamos, entre el fin y los medios. Y también una especie de moraleja política: la constatación del fracaso que suponen ciertas formas de escolarización obligatoria.

***

A la vuelta del verano este diario cumplirá diez años. Buen momento para ponerle punto final. Como experimento sobre el modo de transcribir la propia intimidad, quizá ha durado ya lo suficiente. Más me preocupa esta inclinación mía de ahora a concluir cosas, a ordenar y compilar. Demasiado... testamentaria, diría, sin querer parecer agorero. Pongamos mejor que tengo otros proyectos, quizá no tan indulgentes con la noble inclinación a mirarse el ombligo. Aunque quién sabe. 

miércoles, junio 10, 2015

MATINAL

Desde que un reciente cambio en mi horario laboral me obliga a aparcar en estas calles apartadas, me cruzo con esta mujer casi todos los días, siempre a la misma hora y casi en el mismo punto de la calle. No debe de tener menos de sesenta años, aunque aparenta más. Y se deja literalmente el resuello en empujar una especie de cochecillo en el que reposa un muchacho impedido y de gesto ausente, al que supongo han prescrito la conveniencia de ese paseo matinal. Calculo que el muchacho debe de ser el nieto de quien lo cuida, y se me ocurre que este arreglo familiar -nietos que, ante la ausencia o desatención de sus padres, son criados por sus abuelos- no es del todo infrecuente en estos barrios. Cuando me los cruzo, suelo ir absorto en mis asuntos, en una especie de adelanto mental del día que me espera. No hay angustia ni ansiedad en ese repaso, pero sí, a veces, cierta impaciencia, como si me pareciera que la mejor manera de resolver la jornada fuera cerrar los ojos y despertar milagrosamente al final de la misma. A veces yo mismo me espanto de la tremenda inconsecuencia de ese deseo casi sin formular: de cumplirse, los días de uno se convertirían en una mera fantasmagoría de horas pasadas en perfecta vacuidad. Dura poco, por suerte: siempre hay algo que me hace recobrar el apego, digamos, a mi realidad inmediata. Y se me ocurre ahora que, en estas últimas semanas, ese supremo instante de recuperar la noción de sentido coincide con el momento en el que me cruzo con esta vieja que empuja por la acera la silla de su nieto inválido. Algún día debería agradecérselo.


***

La belleza de las cincuentonas...


***

Consuelos del hastío: leer por no claudicar.

lunes, junio 08, 2015

INGRÁVIDOS

La sombra nos pega a la tierra; quiero decir que, sin sombra, somos un poco ingrávidos, y eso es lo que sentimos en tardes como ésta, en las que una fina bruma difumina la luz y ésta nos envuelve con idéntica intensidad desde todas direcciones. Hay que decir que también nos falta un poco el aire, porque el viento predominante, más que empujarlo hacia nosotros, parece arrebatarnos parte del que necesitamos para respirar. Y treinta grados a la sombra. Decididamente, el verano que se avecina va a ser duro. Y qué poco dura mi estación preferida, que es el entretiempo. 

***

A algunos libros ya de por sí oscuros el traductor, que tampoco parece haberlos entendido, les añade un poco de oscuridad supletoria. Y basta con que detectemos algún descuido evidente por su parte para que éste redunde, de inmediato, en beneficio del menoscabado autor.

***

A muchos poetas a los que hemos leído en traducción les concedemos un voto de confianza que a lo mejor no merecen.

***

Dejar de escribir -quiero decir, dejar todo lo que acompaña subsidiariamente a la escritura- para escribir mejor; es decir, para escribir sólo lo que importa, que es siempre menos de lo necesario para hacerse oír. Y renunciar, sobre todo, a esa parte de la escritura que es mera gesticulación.

viernes, junio 05, 2015

MELANCOLÍAS


El consuelo del pesimista es permitirse un margen de error.

***

No hay logro que no nos acerque a la impostura suprema, que es la pretensión de haber alcanzado todos los logros.

***

Ante cierta "Biblioteca de Libros Premiados" hace apenas unos lustros: si le cambiáramos el nombre por el de "Biblioteca de Autores Olvidados", nadie se daría cuenta.

***

Cuando ha cumplido uno los suficientes años como para pensar que ya no va a doblar esa edad, la pretensión de doblar la intensidad de las experiencias que le quedan por vivir tampoco es solución.

***

Mirar demasiado descaradamente un escote es una descortesía, pero no mirarlo también.

***

A partir de cierto momento en la trayectoria intelectual de cada cual, con los libros leídos y las películas vistas hay que decir como en ciertos juegos de cartas: "Me planto". Lo que no significa que uno no intente adivinar qué cartas llevan otros.

***

"Nunca es tarde para empezar", dijo el moribundo. Y la verdad es que nunca se halló tan al comienzo de algo radicalmente nuevo..

***

Melancolías de bibliotecario: los libros que nadie ha abierto nunca son los que más viejos parecen.

***

Melancolías de amante: hay cosas que, después del orgasmo, no se ven de la misma manera.

***

En el infierno de los escritores todos están obligados a escribir una y otra vez su primer libro.

miércoles, junio 03, 2015

DÉJÁ VU

Sensación de déjà vu mientras veo esta olvidada película de César Ardavín, Cerca de las estrellas, fechada en 1962. Se debe, me imagino, a la inmediata relación que establezco entre este cuadro de costumbres sobre cómo transcurre el domingo de una familia obrera en la Barcelona de entonces y las fotos de familia en las que veo a mis padres recién casados -y también, casi siempre, endomingados, como corresponde a las ocasiones de posar para esas fotos- ese mismo año. Uno vendría al mundo unos meses después, y pasaría parte de su infancia en unas habitaciones de azotea como las que sirven de escenario a esta película. Impresión de pobreza limpia, de dignidad mantenida en la precariedad. Para infundir un poco de dramatismo al cuadro, los guionistas atribuyen a uno de los personajes un improbable trauma de guerra, que cabe situar en los incidentes que tuvieron lugar en torno a la entonces posesión española de Sidi Ifni en 1957-58. Pero lo cierto es que, más allá de este algo forzado conflicto existencial, y de alguna que otra borrachera destemplada, en la película no logra imponerse el tono de drama social que imperaba en su reconocible modelo, Rocco y sus hermanos, la película de Visconti estrenada apenas dos años antes. Predomina, más bien, esa especie de impostada placidez que acabo imponiéndose en buena parte de la clase obrera española en años de crecimiento económico, empleo abundante y prudente optimismo. Pero, más allá de cualquier interpretación política o social, lo que sorprende de la película es la justeza de sus observaciones sobre la vida cotidiana de sus personajes. Y llama muy especialmente la atención la fragilidad de los femeninos, desde la frustrada esposa joven que espera su primer hijo y sufre las desatenciones del marido, a las muchachas que tantean el difícil terreno del consentimiento a los requerimientos de sus novios, a sabiendas de que hacerlo puede costarles el desprecio de éstos y el consiguiente abandono en situación desairada... En un baile entre adolescentes, uno de los chicos participantes se enfada con otro porque está rozándose demasiado con su hermana. "A estas cosas no se trae a las hermanas",  le espeta el aludido. Recuerdo perfectamente ese ambiente moral, tan opresivo o más que el político, y su consiguiente traducción en un lenguaje de desconfianza y advertencia permanentes, vigente sobre todo entre las mujeres y determinante, en muchos casos, de los resabios de resentimiento y amargura que se apreciaban en el discurso de algunas. Triste panorama, que el país tardaría todavía algunos lustros en superar, aunque nunca del todo. 


martes, junio 02, 2015

LAS MANGAS DEL FRAC

Acacias florecidas. Imagina uno el disgusto de los barrenderos al encontrar las aceras diariamente alfombradas de flores amarillas. Pero qué exacto contrapunto de la luminosidad que filtran sus copas. Y qué privilegio entrar en la ciudad por una de esas desmedradas avenidas periféricas flanqueadas de árboles escuálidos y sentirse momentáneamente transportado a un espacio de revelación. Apaga uno la radio del coche, en consideración a no sé qué expectativa de silencio, como en el corazón de un bosque. Y nunca falta un imbécil que toque el claxon, para deshacer el hechizo.


***

Bajo el sol inclemente de la primera hora de la tarde la pordiosera da de comer a los pájaros. Deshace un mendrugo de pan sobre el césped y luego se sienta en un banco, a mirar a los comensales. Viste uno de esos conjuntos imposibles determinados por los azares de los mostradores de caridad; y es, con diferencia, la nota más disonante en el cuadro que componen los macizos de flores, los bancos y el enlosado geométrico de la plaza. Pero es también, a su manera, el ángel tutelar de esta somera isla de verdor y pájaros en medio del tráfico. Y qué oportuno este semáforo, puesto aquí como para obligarnos a detenernos y mirar.


***

De pronto al director de la orquesta empiezan a abrírsele las costuras de las mangas del frac y el público rompe a reír. Es su primer concierto y no termina de explicarse qué está saliendo mal, hasta que uno de  los músicos, apiadado, se levanta y le susurra al oído lo que ocurre. El hombre se detiene, cariacontecido. Se despoja de la prenda descosida, que su mujer le había traído del ropavejero, y se sienta junto a la tarima, con la cara entre las manos. Hasta que el director que le ha dado la alternativa tiene la ocurrencia de quitarse también él el frac y quedarse en mangas de camisa. Hacen lo propio, uno a uno, los mismos espectadores que, uno a uno, se habían echado previamente a reír. Y el concierto se reanuda triunfalmente. El milagro ocurre en Seis destinos (Tales of Manhattan), de Julien Duvivier: una de esas películas que dejan en el espectador la sensación de haber asistido a algo más que un simple espectáculo, y que se graban en la conciencia con la intensidad de la experiencia propia.

lunes, junio 01, 2015

MUCHO QUE CELEBRAR

Mucho que celebrar en estos días: cumpleaños de amigos, primeras comuniones, fiestas de graduación. También, ay, un velatorio. Todo forma parte del mismo ciclo. Y es curioso que, de las personas implicadas en estas veleidades mundanas, a quien le he visto la expresión más serena y ecuánime es al muerto.

***

Virulenta discusión de borrachos, ella y él, en plena madrugada. Nos despiertan. "¿Te has fijado?", me dice M.A.- "Pese a todo lo que se han dicho, no se han insultado ni amenazado ni una sola vez. Y el motivo de la pelea es una estupidez. Sólo dos enamorados harían tanto ruido por tan poca cosa".

miércoles, mayo 27, 2015

SHE WALKS IN BEAUTY

Una franja de bruma en el horizonte crea el efecto óptico de que los barcos allí situados -un velero, un par de barcas de pesca- están suspendidos en el aire. Es una imagen hipnótica, de la que no podemos apartar la vista, hasta el punto de que esta flagrante contradicción de nuestro sentido de la realidad empieza a resultar molesta. Mejor mirar para otro lado, a nuestro confortable  mundo de objetos bien asentados en el suelo por la fuerza de la gravedad, no vaya a ser que...


***

She walks in beauty, like the night..., empieza a recitar el campesino Marco a la mujer a la que ha brindado su ayuda después de que el coche de ésta haya quedado inutilizado por un accidente. Es el comienzo de la difícil historia de amor que surgirá entre este campesino, que pronto destacará por su valentía en los primeros combates de la inminente guerra civil española, y Norma, una dubitativa espía al servicio de los fascistas. Todo esto ocurre en Bloqueo (Blockade), una película de William Dieterle que se estrenó en 1938, cuando el resultado del conflicto era todavía incierto. Una de las primeras víctimas célebres de la guerra había sido el poeta Federico García Lorca, y quizá lo propio hubiera sido que el guionista de la película hubiera puesto en labios del campesino unos versos de este autor, o quizá mejor de algún otro poeta lo suficientemente conocido como para que sus versos hubieran llegado a la hipotética escuela de pueblo donde ese campesino culto y sensible habría aprendido las primeras letras.

Pero no: los versos en cuestión son de Byron, y basta este detalle para afianzarnos en nuestra impresión de que aquella España popular vista desde Hollywood tenía bien poco que ver con la España real. Hoy vemos esta película con simpatía y una cierta condescendencia. Y se nos ocurre que la cita de Byron quizá no fuera del todo inapropiada: aquella lejana guerra era, para el espectador anglosajón, tan exótica como aquella otra en Grecia en la que el autor de Don Juan perdió la vida... por un gesto.


***

Cuando me hablan de novela histórica saco la pistola.

martes, mayo 26, 2015

CUANDO FALLAN

Cuando escribo de generalidades -y acabo de tachar todo un párrafo sobre un asunto de actualidad que me parecía interesante y que luego he optado por desechar- la prosa parece que se ahueca. Cuesta volver a darle la consistencia de lo naturalmente pensado y expresado luego mediante un uso relajado de los órganos de la dicción, que son también los de la escritura. Se asoma uno entonces a la ventana, se llena la vista de las formas y colores que ocupan la calle y el oído del zumbido más o menos amortiguado de la realidad al otro lado del cristal. El pensamiento tiende a lo general, y por eso se resiste a veces a expresar sus categorías en términos asimilables al pájaro que canta en la rama de un árbol próximo o al paseante que recorre la acera. Verlos u oírlos supone a veces todo un esfuerzo, no ya de los sentidos, sino de la imaginación, que es la gran enemiga de las generalidades. Sólo mediante su ejercicio podemos aspirar a tocar un poco de realidad. Y no, ay, mediante el uso de abstracciones, que son las primeras que acuden a llenar los renglones cuando fallan la vista y el oído.

lunes, mayo 25, 2015

EN LUGAR DE

Más allá de las cabezas de los concurrentes, dominándolo todo, el circo de montañas. Ocurre cada vez que celebramos algo en este entorno. La opción natural es hacerlo al aire libre, si el tiempo lo permite. Y al aire libre trasladamos esa modesta ilusión de civilidad ociosa en que consiste toda fiesta: bebida abundante, mesas bien abastecidas, semblantes razonablemente embellecidos por la cosmética y el afán de agradar. También el campo circundante se engalana de flores y vibra en esa especie de nota sostenida en que se manifiesta el silencio entretejido de trinos y zumbidos de insectos. La primavera, sin duda, tiene su parte en todo esto, aunque el pretexto sea familiar o religioso. Una niña vestida de blanco, momentánea reina del instante, anda un tanto confundida entre la multitud de adultos congregados por su causa. La música es también de adultos: viejos éxitos de hace treinta años. Y las conversaciones: en poco más de dos horas he hablado de genealogía, de fabricación artesanal de cerveza, de premios literarios, de equipos de sonido anteriores al triunfo de las tecnologías digitales, de fomento de la lectura para niños, de vestidos que favorecen a sus portadoras, de cocina, de la conveniencia de combinar o no ciertas bebidas, del tiempo que hace. He saludado también a un candidato a alcalde -eran vísperas de elecciones-. Sensación de que todo esto se hace en nombre de algo o por propiciar algo, y que las impávidas montañas, el cielo jaspeado de briznas de nubes o lo silenciosos rebaños que pacen a lo lejos tienen también algo que decir. 

Cierro los ojos y me pongo en el lugar de un pájaro curioso que ha surgido de entre unos arbustos cercanos y tomado altura para ver mejor.

***

Con la llegada del sonido -se lamenta Vintila Horia en un artículo de los años sesenta-, el cine se transformó en una especie de teatro mecánico. Lo dice, curiosamente, en una semblanza de Gabriel Miró, un escritor que hizo lo mejor de su obra, añade el articulista,  en los tiempos del cine mudo. Y, efectivamente, hay en la prosa del autor de Años y leguas algo de esa minuciosa indagación el el tejido de lo visible que advertimos en los mejores realizadores del periodo mudo... Nada más que por esta observación, me digo, daré algún crédito al olvidado escritor rumano, a quien ya nadie cita si no es para endilgarle el adjetivo de "fascista", que al parecer se ganó por haber encontrado acomodo en la España de Franco, después de haber obtenido algún premio Goncourt en Francia y llevar a sus espaldas parte de la tortuosa historia de la Europa del siglo XX.

viernes, mayo 22, 2015

NOVEDADES

El libro de la ya desaparecida Escelicer que he estado leyendo estos días me ha hecho pensar en la céntrica librería gaditana en la que esa editorial tuvo su sede. Fue larga su agonía, y parte de ella consistió en el progresivo afloramiento, en su escaparate, de cuanto guardaba en la trastienda: su fondo editorial, sobre todo, y muy especialmente, su afamada colección de textos teatrales; pero también toda clase de artículos de papelería y objetos de escritorio, desde paquetes de tarjetas de regalo con sus correspondientes sobres -una partida de los mismos me sirvió para iniciar mi correspondencia literaria, cuando todavía se estilaban esas cosas-, hasta historiados cuadernos de contabilidad o arcaicas estilográficas que algunos avispados ya entonces consideraban piezas de coleccionista. Solía pararme periódicamente en ese escaparate a mirar las novedades -por llamarlas de alguna manera-. Y no debía de ser yo el único, porque el lugar se convirtió también en el paradero habitual de un hombre avejentado y de buenos modales que, con la excusa de sondear los gustos literarios o de otro tipo de los curiosos que allí se detenían, entablaba conversación con ellos y terminaba contándoles que era marino de paso en la ciudad y que se alojaba en determinada pensión, a la que invariablemente invitaba a sus interlocutores... Acabó espantando a los últimos clientes potenciales de la ya decadente librería, y no descarto que su intervención pueda contarse entre los factores que precipitaron su cierre, ya mediados los ochenta. Luego pusieron allí una tienda de modas. Etcétera.

***

En una crítica de Easy Virtue, una película muda de Hitchcock de 1928, leo que ésta no es relevante para el espectador de hoy porque el asunto del que trata -el descrédito social de una mujer injustamente condenada por adulterio- no supone ningún problema en estos tiempos nuestros. Bueno. Aparte del optimismo un tanto infundado que percibe uno siempre en esta clase de afirmaciones, se plantea la cuestión de que, por esa regla de tres, la mayor parte de los argumentos de Shakespeare tampoco nos conciernen, porque tratan de asuntos tales como la imposibilidad de vivir con la persona amada sin la aprobación paterna o la legitimidad sucesoria de los monarcas; cuestiones que, como se sabe, parecen ya más que resueltas por las modernas legislaciones y la práctica social derivada de ellas... 

Es siempre difícil, en cualquier caso, defender la validez de un arte que, como el cine mudo, se desarrolló bajo determinadas condiciones técnicas y desapareció cuando éstas cedieron su lugar a otras nuevas que, además, contaron con el inmediato favor de un público siempre ávido de novedades. Da que pensar que el espléndido arte que desarrollaron Griffith, Murnau, Eisenstein y otros desapareciera en menos de un lustro. Lo mismo podría decirse de otras muchas cuyo ciclo parece estar definitivamente cerrado, pero cuyos logros siguen vivos: la ópera, el teatro en verso, la literatura escrita en modalidades arcaicas del idioma, etcétera. Lo único que puede acercarnos a ellas es la curiosidad; que es también lo único que podemos oponer a la incomprensión presente. Pero sin esperanzas de convencer a muchos, claro.

***

La política: el arte por el que unos pocos intentan convencer a los demás de que deben dejarse gobernar por los primeros y permitirles a éstos los privilegios aparejados al cargo. Y es una pretensión tan absurda que uno termina preguntándose si lo mejor no es oírles como quien oye llover, como a los locos. 

lunes, mayo 18, 2015

HECATOMBES

Es como sentarse en medio de la calle en una ciudad donde a uno no le faltan conocidos: tarde o temprano, éstos van apareciendo y se paran a cruzar contigo unas palabras. Lo de menos es el motivo que te ha llevado a estar sentado aquí, en medio de este flujo de gente. Hay delante de ti una mesa llena de libros con tu nombre impreso en la portada, y hay un evidente interés por tu parte en que algunos de esos libros cambien de manos y supongan un pequeño beneficio, ya que no para uno, sí para el amable librero que se ha molestado en reunirlos. Al fin y al cabo, se trata de la feria del ramo. Pero no todos los que se detienen a hablar contigo reparan en esa eventualidad. Hay quien pregunta, mirándolos de soslayo: "¿Todos los has escrito tú?". Y se siente uno un tanto avergonzado por transmitir la impresión de una vida tristísima, sin otro aliciente que pergeñar páginas y páginas. Algunos, como  para cerciorarse de la inutilidad de la tarea, te preguntan por tu verdadera profesión, y cuando uno les dice que sí, que tiene un trabajo serio que le ocupa las mañanas y que escribe sólo en sus horas libres, parecen aliviados: por lo menos, esta manía -se dicen- no le va a llevar a la miseria, como a otros... Aún así, la impresión de tristeza persiste. ¿Acaso este hombre no sale, no va al cine por las tardes, no queda con sus amigos, no ve la televisión? Casi me conmueve que se preocupen tanto por mí. Y, por supuesto, no les reprocho que, después del rato de charla, no caigan en comprar un libro. Hacen bien: sería como darle monedas al borracho del barrio, en la seguridad de que no servirán para otra cosa que para prolongar el vicio que tanto mal le hace. 

***

Mi propósito de correr por las tardes ha quedado, de momento, en un simple paseo a buen ritmo, después de la quincena que ha tardado en sanar la rodilla resentida tras los primeros intentos. Miro melancólicamente a los fornidos chicos y chicas que me adelantan a plena carrera: si yo hubiera hecho lo propio a su edad, me digo, otro gallo me cantaría. Pesan sobre mí especialmente los cuatro o cinco últimos años de vida sedentaria, dedicados a menesteres literarios y académicos. Son esos libros onerosos -la trilogía, el estudio sobre Poe- los que pesan ahora como un lastre sobre mi renacido deseo de ponerme en forma. Aun así, no me he rendido del todo. Aprieto el paso hasta notar esa especie de ebriedad del esfuerzo sostenido. Es una sensación incluso un tanto adictiva: a los pocos días, empieza uno a percibirla como insustituible. Y he encontrado el lugar idóneo para hacerlo: una extensa pradera cruzada de perdices y conejos, y en cuyo centro se alzan las ruinas de un antiguo cortijo entre cuyos muros me siento a descansar, lejos de la mirada irónica de los atletas que recorren el camino paralelo, mucho más frecuentado. 

***

No sé por qué, la ingesta de caracoles me hace pensar siempre en Homero y en sus hecatombes de bueyes.

jueves, mayo 14, 2015

LABERINTOS


Trámites de fin de curso, declaración de la renta, inminentes matrículas. A la habitual astenia primaveral se suma esta especie de resaca burocrática. Y ambas cosas van en el mismo sentido: acentúan la sensación de que, en esa especie de laberinto perfecto que es el círculo que se completa o el ciclo que vuelve a su comienzo, anda uno cada vez más perdido.

***

Esta cesta de papeles rotos no es tanto un desperdicio de materia prima como de aspiraciones vitales. Y no basta vaciarla para quedar limpio del todo.

***

Empieza a preocuparme que, en mi reticente dedicación a la crítica literaria, las lecturas obligatorias empiecen a gustarme incluso más que las que elijo libremente. Quizá porque las primeras las abordo siempre desde una especie de actitud ecuánime de aceptación de la realidad, mientras que las otras obedecen a un cálculo quizá demasiado optimista de lo que puedo esperar de ellas. 

***

Aspirar el perfume de una mujer con la que te cruzas por la calle es compartir con ella un inesperado momento de intimidad. Y sin que a ninguna de las dos partes le suponga el menor coste.

***

Por lo mismo, hay momentos en la vida que se parecen a cuando se cruzan contigo por la calle dos mujeres que van en direcciones opuestas y uno no sabe a cuál de ellas corresponde el perfume que te ha trasladado por una fracción de segundo a una innominada fantasía sin rostro.

lunes, mayo 11, 2015

YA SÉ

Oigo la crónica radiofónica de lo que acontece en las ferias del libro que andan celebrándose por toda Andalucía. En una de ellas, dice el cronista, se ha presentado una novela que cuenta los amores del cocinero del Alcázar de Sevilla con la hija de Boabdil. En otra, dicen, se habla de otros amores difíciles y contrariados, esta vez entre un maquis y la hija del comandante del puesto de la Benemérita, creo. Etcétera. Por lo mismo, no nos sorprendería que alguien diera a la imprenta una novela sobre los amores del Capitán Trueno con Isabel la Católica, pongo por caso, o las de un ordenanza de Durruti con una prima de Franco que, a su vez, es cuñada de un ministro de Azaña implicado en asuntos de estraperlo y tiene una hermana viuda que se deshace en deliquios nostálgicos hacia la noble y exótica ciudad de Melilla, en la que sirvió su marido, capitán del heroico cuerpo de regulares... Sea. Tampoco quisiera uno que todos los novelistas aspiraran a ser un Robbe-Grillet, pongo por caso. Pero...

No sigo por aquí, que ya sé lo que van a decirme.

***

Este amigo escritor ya anduvo en política hace años y salió escaldado. Y ahora, al calor de la ilusión que despierta en algunos la presencia de nuevos partidos en liza, ha vuelto a dejarse convencer. Ya sabemos cuál será el resultado: decepción sobre decepción, y acaso una mayor propensión a la misantropía, transmutada en esa melancolía que ha destilado siempre toda su literatura. No sé si lo hace para eso: para cargarse de razón. Pero no: para eso basta sentarse al margen y observar.

***

Los enemigos del alma, según Bergamín: el deporte, el turismo y la pornografía. No salgo mal parado: de estas tres cosas, soy inmune a dos y media.

EL ANSIA


Los libros nuevos son a los de viejo lo que unos zapatos nuevos a unos usados: a la hora de andar por casa o pasear por donde no van a reparar en el lustre de tu calzado, mejor los segundos. Por eso, para reponerme de dos tardes en la feria del ramo y de la consiguiente resaca misántropa causada por mi inhibición ante la proximidad de autoridades y colegas, en la mañana del domingo me voy a dar una vuelta, a pesar del viento y el calor, por el mercadillo de libros de P.R. Falta la mitad de los puestos, y los pocos que se han atrevido a instalarse luchan denodadamente contra las rachas de levante y las consiguientes andanadas de frutos viscosos -una especie de ova blancuzca- que caen de los morales que flanquean la plaza. 

Aún así, no dejo de hacer mi ronda. En el primer puesto, cinco tomos encuadernados del suplemento literario de ABC, correspondientes a los años noventa. Me planteo comprármelos, pero me disuade la evidencia de que no tengo ya sitio donde ponerlos: esta manía mía empieza a parecerse al síndrome de Diógenes, y no sería raro que su desenlace fuera una denuncia de los vecinos por miedo al peso acumulado, o una plaga de lepismas... También me puede cierto reparo: la evidencia de que, quien se tomó tantos desvelos en conservar y encuadernar suplementos correspondientes a toda una década, difícilmente se habrá deshecho de ellos en un impulso impremeditado; más probable es que haya muerto y que hayan sido sus hijos quienes han malbaratado tan onerosa carga. Me lo recuerda M.A., que también tiene uno de sus días misántropos: todo lo que venden aquí son cosas de muertos. Me lo confirma otro libro que me he parado a ojear en un puesto colindante: un ejemplar de Espía del mundo, una compilación de artículos de Giovanni Papini publicada por la gaditana editorial Escelicer (Libros Cerón) en 1957. El libro, aunque amarillecido, está en buen estado, y su única tara es que su propietario se dedicó a marcar con lápiz en el índice sus artículos preferidos y a subrayar algunas de las expresiones más peraltadas del excéntrico italiano: por ejemplo, su afirmación, en un artículo de asunto astronómico, de que somos "briznas enfriadas separadas del sol". Se ve que al lector le entusiasmaban esta clase de formulaciones y que derivó no poco placer de la lectura de este libro olvidado... Otro muerto, sí. 

Después de haber soltado el libro en su caja, para no dar a entender la más mínima ansiedad por su posesión, pregunto el precio de todos los que componen el lote. Un euro cada uno, me dice el tendero. Le doy la moneda y me llevo el libro, lo que automáticamente me delata como posible comprador ante la decena larga de tenderos que me aguardan a continuación. Pero ya he aplacado el ansia y puedo volver a casa tranquilo, no sin antes parar en algún bar a comprar un túper de caracoles, para el aperitivo.