martes, febrero 25, 2020

LABORABLES


25/2/2019


Tarde de domingo, que para nosotros es ya laborable, por lo mismo que la del viernes es ya plenamente festiva. Empezamos a planteárnoslo así cuando descubrimos que era la mejor manera de conjurar esa especie de opresión en el pecho que se instala en el ánimo de uno apenas se sobrepasa la sobremesa del domingo. Nunca he sabido explicarme a qué se debe ese malestar: atribuirlo sólo a que el fin de semana termina y hay que volver al trabajo resultaría excesivo. Además, también sucede en vacaciones, lo que ya resulta el colmo de lo inexplicable. 

El caso es que me he sentado ya ante el ordenador y paso revista a las cosas en las que podría ocuparme en las próximas cuatro o cinco horas... Dije antes "tarde laborable" y quizá debería haber dicho que, salvo urgencias sobrevenidas -por ejemplo, cuando hay exámenes que corregir-, el trabajo que hago en casa por las tardes se refiere exclusivamente a la literatura y a sus áreas aledañas. Y en ese campo, salvo cuando uno anda empeñado en un proceso de largo aliento, hay siempre opciones diversas, lo que a veces redunda en una improductiva sensación de dispersión, que es necesario atajar poniendo manos a la obra a lo primero que se presente ante uno con la suficiente pertinencia. Hoy, por ejemplo, se me ofrecen todas estas posibilidades: escribir en este cuaderno -ya lo estoy haciendo-, revisar unos apuntes portugueses para su posible envío a la revista Clarín -y me estoy planteando si atreverme a ilustrarlos yo mismo, aprovechando que el director de la revista me animó a hacerlo después de ver en FB unos bosquejos míos-, continuar la lectura exploratoria -quiero decir, calibrando y anotando posibles dificultades- del arduo poema narrativo que me han encargado traducir, revisar mis libretas por si hay en ellas algo aprovechable -ideas para poemas o aforismos-, quizá escribir algo sobre Stanley Donen, que murió ayer... Demasiadas cosas, me digo, para una sola tarde. Asoma ya la oreja el fantasma de la dispersión, que me llevará a lo más sencillo: a tumbarme en el sofá con la fotocopia del mencionado poema en la mano y dejarme llevar por la lectura. No sé. Casi estoy deseando ya empezar la traducción propiamente dicha, que me tendrá varios meses sujeto a una única tarea. Pero, por lo mismo, ¿no debería esmerarme en sacar el mejor partido posible de estas tardes en las que todavía puedo elegir? 


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En las mañanas frías de invierno hay quien fuma como si pretendiera absorber, a chupadas, la mota de calor que brilla en la punta del cigarrillo. O, si no ha amanecido aún, para avivar un poco la brasa y así iluminarse un poco en la oscuridad.


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Cuando no parece que haya objetos metálicos a su alcance, las urracas se divierten persiguiendo los destellos del sol en el asfalto y graznan de alegría cuando uno resulta ser, por ejemplo, la anilla de apertura de una lata de refresco... Quiero decir que, como siempre van de dos en dos, la primera grazna de alegría y la otra de pura envidia por no haber sido ella quien encontrara ese tesoro. Y qué humana la diferente modulación de ambos graznidos. 

sábado, febrero 22, 2020

BENITO ARIZA


21/2/2019

Preguntó ese chico por "Benito Ariza" y entendí que era a mí a quien buscaba. Lo mandaban del periódico a hacerme la foto por el acto literario al que había venido a participar. Sí, dije, dando por bueno tener el mimo nombre de pila que Pérez Galdós, por ejemplo, a quien me permití sacar a colación cuando me preguntaron por mis narradores preferidos y no se me vino a la cabeza -y fue una lamentable laguna, qué duda cabe- ningún otro nombre más reciente; y eso que -me dije luego, podía haber nombrado los títulos de las novelas que me gustan de ... Pero qué se puede esperar de alguien que se llama Benito Ariza. "Póngase usted ahí", me dijo el muchacho, a quien calculé que no debían de haber pasado muchos años desde que terminó el módulo de formación profesional en el que le han enseñado el oficio. "No sonría". Era una indicación extraña: lo normal es que te pidan que sonrías, aun a riesgo de que te salga una mueca antes que una sonrisa. Este chico me pidió justo lo contrario. Y la verdad es que, al verme al día siguiente en el periódico con cara de muy pocos amigos, me dije: "Sí, tenía razón: éste sí soy yo".


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Me han preguntado más de una vez que por qué no he publicado ninguna otra novela desde 2011, cuando apareció la última, y he respondido con diversos subterfugios y alguna que otra media verdad. Es cierto, por ejemplo, que tengo un par de borradores guardados, que podría dar por ultimados tras unos meses de trabajo, si me lo propusiera. Pero lo que no cuento es que, si no he persistido tras cinco novelas, es porque estoy convencido de que, después del cierre de la editorial que me publicó las tres últimas, me será muy complicado encontrar un editor que respalde, no ya la edición de esta o aquella novela en particular, sino de un proyecto narrativo coherente que se extienda a lo largo de unos cuantos libros y los años que haga falta para ultimarlos. No me importa decirlo: no he encontrado a ese editor y desespero de hacerlo. Así que, si en alguna otra ocasión alguien me oye andarme por las ramas a la hora de justificar mi sequía narrativa, le autorizo a que me recuerde lo que dejo aquí escrito: "Menos bolos, Benito Ariza: si no publicas novelas es porque no tienes quien te las publique". Y santas pascuas.


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De la cama doble de la habitación del hotel sólo he deshecho una de las mitades. De la otra sacaré una foto, por si alguna vez, a las puertas del cielo de los virtuosos, me reclaman pruebas de lo que en el fondo no ha sido sino pura aceptación de los hechos. 

miércoles, febrero 19, 2020

TINTE NEUTRO



18/2/19

Toma uno el tren una mañana ociosa y, al bajarse en la primera parada, a diez minutos de donde vive, tiene la impresión de estar en otro mundo. Quiero decir que pueden contarse con los dedos de una mano las ocasiones en las que me ha dado por pasear por las calles de este municipio vecino, pese a que lo que conozco de él -su larga calle principal, flanqueada de casas blancas de cierto empaque y adornada con algún que otro aditamento de lo que fue modernidad hace medio siglo (una populosa cafetería, la fachada de un viejo cine), su imponente ayuntamiento neoclásico- siempre me ha parecido que justificaba una visita más detenida. Ayer fue el momento. Teníamos pendiente la celebración, con unos días de retraso, de mi cumpleaños; y habíamos visto en televisión un reportaje sobre una antigua venta del lugar que es toda una leyenda en el mundo del flamenco y que, por lo que se decía en ese programa, conserva una estimable cocina tradicional. 

Heme aquí, pues, haciendo turismo a diez minutos de mi casa. Me pareció un buen presagio que, nada más bajarme del tren, en la alameda que se extendía ante mí se ubicara un modesto mercadillo en el que también había libros, aunque ninguno que mereciera la pena echarse al coleto; y que, en la calle comercial que enfilamos a continuación, hubiera una tienda de artículos de dibujo y pintura -me quedaría corto si la llamara "papelería"- en la que pregunté por un color de acuarela que no tengo y que allí casualmente tampoco tenían, pero que sirvió de pretexto para que el encargado me ilustrara sobre las marcas que incluyen dicho color -el "tinte neutro"- en su catálogo y las utilidades del mismo, mientras una atareada concurrencia de adolescentes, en la trastienda, se aplicaban a pintar bajo la batuta del hombre que ahora me atendía y cuyo comercio me he prometido frecuentar... En esta clase de menesteres distraemos el trayecto hasta la calle principal, en una de cuyas terrazas nos sentamos, no sin antes asomarnos a la otra vertiente del pueblo, al otro lado de la calle, tras la que asoma aquí y allá algún que otro atisbo de las marismas circundantes. Hablamos de ese paseo mientras bebemos nuestra cerveza y hacemos tiempo hasta la hora en la que tenemos mesa reservada en la venta en cuestión. A la que llegamos, por supuesto, puntualmente, y donde nos tratan con cordialidad exquisita y nos sirven un estupendo almuerzo.

Y así ha pasado lo mejor del día, hasta que la tarde nos ha empujado a tomar la última copa ya cerca de casa, bajo una luz declinante que infundía en el ánimo cierta melancolía ante la constatación de que pasarán semanas o puede que meses antes de que el azar lo sorprenda a uno de nuevo en esta predisposición a reinventarse el entorno, a apreciar matices distintos en lo cercano, a redescubrirse. 

domingo, febrero 16, 2020

¿SON USTEDES MÉDICOS?



15/2/2019

Se nos ha descontrolado la conversación durante el desayuno: este compañero mencionó sus aprensiones respecto a la Dormidina, de la que se declara semiadicto, y yo acabo mencionando la afición que le he ido tomando a lo largo del último catarro al jarabe de codeína. Y de ahí, sin que sepamos cómo, la conversación ha pasado al vampirismo y a la posibilidad de que la seguridad social lo considerara una enfermedad... ¿Qué tratamiento daría el sistema público de salud a los vampiros? ¿Les proporcionaría sangre procedente de las transfusiones? Somos cinco en la conversación y parece que estamos en una competición para ver quién dice el disparate más gordo. Y no nos hemos dado cuenta de que en la mesa contigua desayuna una silenciosa pareja de ancianos que deben de haberse enterado de todo. Cuando se levantan para irse, la mujer, que debe de rondar los setenta años, nos pregunta si somos médicos. Uno de mis compañeros titubea: "Sí, bueno...". Pero ella no parece advertir la vacilación: "No, ya me lo había parecido, por la conversación. Pues verán, sólo quería decirles que mi padre -y señala al otro anciano, del que ahora percibimos que debe de ser mucho más viejo que nuestra interlocutora- se operó del corazón hace treinta años y desde entonces está como ustedes lo ven: como un roble". Y, efectivamente, el anciano que ahora nos sonríe y que declara tener noventa y cinco años luce un inmejorable aspecto. "Sólo quería que ustedes lo supieran". Y se van, dejándonos sumidos en cierta divertida confusión. "Se correrá la voz entre el resto de la clientela", dice uno de mis compañeros, el mismo que respondió afirmativamente a la pregunta sobre nuestra profesión. "Mañana, cuando nos vean entrar, dirán: "Ahí están los médicos"."

sábado, febrero 15, 2020

CONFIDENCIAL

14/2/2019

Debe de ser la hora del desayuno en alguna escuela de azafatas de congresos o algo similar. La cafetería está casi copada por grupos de muchachas característicamente vestidas y maquilladas como suele exigírseles a las del ramo. Lo que les presta una especie de aplomo añadido: viéndolas aquí sentadas, en la terraza, delante de sus cafés y mordisqueando delicadamente las tostadas como si la mantequilla fundida no les fuera a manchar el carmín impecable de los labios, da la impresión de que disfrutan su papel, o que al menos se sienten cómodas bajo su armadura. También yo me siento a gusto en esta atmósfera de feminidad resolutiva y eficiente; y, por qué no decirlo, bajo el aura de su juventud y belleza. Intuyo que la vida las tratará con dureza; que ellas mismas, que ahora parecen tan bien avenidas, serán dentro de poco, si es que no lo son ya, competidoras entre sí para disputarse las migajas de empleo que les ofrecerán los buitres que las acechan fuera. Tal vez recuerden entonces que, en mañanas como ésta, bajo un grato sol de invierno, se sintieron motivadas, ilusionadas, seguras de sí mismas, sin advertir siquiera que, emboscado tras su bufanda y sus barbas descuidadas, un cincuentón melancólico las miraba y formulaba para ellas, como si rezara a un dios inexistente, el deseo de que la vida les sonriera.



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Comienzo a leer... No puedo decirlo, porque es una obra que me dispongo a traducir y media con quienes han recurrido a mis servicios un compromiso de confidencialidad. Pero no puedo dejar de anotar que se trata de una muy extensa obra en verso y que me tendrá ocupado en los próximos dos años. Tal vez me sirva para limpiarme de otras preocupaciones adventicias y para disipar mi actual sensación de dispersión. Y, además, es una obra que me gusta mucho.  

miércoles, febrero 12, 2020

UNA MAÑANA CUALQUIERA


El leve portazo de M.A. al salir ha terminado de despertarme. Es domingo y son sólo las ocho de la mañana. Ella tiene obligaciones familiares y yo tengo por delante una larga jornada llena de ocupaciones que, según como uno se las quiera tomar, pueden ser consideradas trabajo o diversión. La primera la despacho sin levantarme: leo las treinta páginas que me quedan de Una cierta edad, los dietarios de Marcos Ordóñez que me han encargado reseñar y sobre los que escribiré esta misma tarde. Tengo hoy un despertar espeso, resultado quizá de la copiosa cena de anoche; pero la lectura me despeja e incluso me depara esa curiosa sensación, que no pertenece al ámbito de la apreciación puramente literaria, de despertar en mí algún eco cordial: por ejemplo, al evocar el autor sus recuerdos del periodista y caricaturista Manuel del Arco (1909-1971,según Wikipedia), que el diarista cita entre sus referentes periodísticos y también como alguien ligado a su memoria sentimental. Lo que me recuerda cómo llegó a mis manos su libro 101 interviús por las buenas, que incluye también otras tantas caricaturas de los entrevistados: lo encontré en el más infecto remate de libros en el que me he metido de codos alguna vez. en el contorno de la plaza de abastos de Cádiz: ocupaba el local de un antiguo bar que llevaba lustros cerrado y que nadie se había molestado en limpiar antes de volver a abrir para albergar unas someras tarimas sobre las que el vendedor en cuestión volcó unos miles de libros previamente desechados por otros vendedores del ramo. Entre allí tres o cuatro veces, bajo la convicción de que entre tanto libro descabalado y semideshecho por la humedad e incluso roído de ratas no podía dejar de haber alguno valioso. Y allí estaba el de Del Arco, en bastante buen estado -salvo por la sobrecubierta, algo rasgada- y pleno de vidas singulares, de famas hoy olvidadas -quién se acuerda, por ejemplo, de Matilde "La Galleguita"- y de otras no tanto -Álvaro de Laiglesia, el modisto Pierre Cardin, el cineasta José Luis Sáenz de Heredia, etcétera-. Las entrevistas, como muy bien explica Ordóñez en su semblanza del libro recordado, eran rápidas y exigían de los entrevistados respuestas breves y certeras, de no más de dos líneas. Luego, explica Ordóñez, el periodista daba sus notas a leer al entrevistado y, si éste estaba de acuerdo, la entrevista la firmaban los dos. No me ha quedado claro si la caricatura también se hacía en el momento y el modelo había de dar también su visto bueno. Y así es como este periodista asentó una fama que intuyó no lo convertiría en un hombre rico, y quizá más bien lo abocara a ese malvivir a fondo perdido que era el estado natural de los del gremio.

Y ésta ha sido la alegría cordial que me ha deparado mi lectura mañanera. Luego me he ocupado de ordenar la casa, me he duchado y he salido a dar una vuelta por el mercadillo de El Porvenir, donde no he encontrado cosa que mereciera la pena, salvo un buen lote de películas antiguas en DVD sin estrenar -tenían todavía el envoltorio de celofán- a razón de tres discos por dos euros y a dos películas por disco -se trataba de una de esas colecciones de "clásicos" que regalaban con los periódicos hace dos o tres lustros-. Con mi botín de películas, he vuelto a casa y he esperado a que M.A. volviera del hospital, donde ha estado acompañando a su madre. Y así ha transcurrido esta plácida mañana; que además -no lo he mencionado-  ha sido la del día de mi cincuenta y seis cumpleaños. (11/2/19)

sábado, febrero 08, 2020

ADICCIONES

7/2/2019

El prospecto dice claramente que el tratamiento no debe prolongarse más de tres días. Pero me hace tanto bien dormir sin la molestia de la tos que le he cogido afición a la cucharada de jarabe de codeína antes de acostarme, a la que también atribuyo un grato efecto adormecedor.  ¿Estaré desarrollando una adicción? Miro el inocente frasco y su viscoso contenido con sabor a caramelo de fresa y me digo que no será para tanto. Y me siento más culpable por la autoindulgencia que por el vicio en sí.


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El amigo P. ha escrito un libro elocuente y brillante, de los que no se pueden leer sin experimentar esa especie de sacudida del ánimo y la inteligencia que provocan las ideas certeras expresadas con pasión. Pero una cosa es el teatro mental en el que tienen lugar estos fastos del intelecto y otra la viva voz, la obligación de glosar el contenido de lo ya brillantemente expresado ante un público al que, además, no se quiere ni decepcionar ni aburrir. Es lo que ocurrió el otro día en la presentación pública del libro: P. se refirió, en términos coloquiales, de andar por casa -el lenguaje que emplea en sus libros es también diáfano, pero no condescendiente-, a su preocupación por la situación espiritual del hombre contemporáneo en un entorno de trampantojos urdidos por máquinas pensantes; e inmediatamente salta, entre el público, quien le espeta que eso no es así, que hay jóvenes que... etcétera. Y la verdad es que no hay modo de rebatir ese argumento particularizado, al que se suman otros, hasta que la presentación se convierte en un debate un tanto acalorado y en el que se diluye la posibilidad de que P. logre definir las líneas de pensamiento que sustentan su magnífico libro. Lo paso mal oyéndolo, y como he arrastrado conmigo a varios conocidos a quienes he recomendado encarecidamente el libro, y estoy viendo que se están formando una opinión equivocada, termino preguntándome si acaso estos actos promocionales no terminarán siendo en algunos casos contraproducentes; si merece realmente la pena avenirse a contar de viva voz y de modo más o menos improvisado lo que uno ha dedicado meses o años en intentar expresar por escrito del modo más ajustado posible. Pero el mercado literario tiene estas servidumbres; y qué autor, sabiendo que una  pequeña gira promocional puede contribuir en alguna medida a engordar las siempre magras cifras de ventas, renuncia sin más a ese innecesario complemento a su labor. Etcétera.


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Nunca paso más frío que cuando me empeño en aprovechar ese sol matinal que apenas calienta, pero que aporta sin embargo al ánimo la certeza de que las estaciones no se definen tanto por la meteorología como por la luz; y que, por ello, la primavera no empieza a finales de marzo, como dicta el calendario, sino dos meses antes, cuando las tardes empiezan a alargarse y florecen los almendros y las retamas.  

miércoles, febrero 05, 2020

COMO LAS POLILLAS


4/2/19


"Dos tapitas en cazuela, con su pan": en ello cifraba nuestro amigo FQ -cuántas veces lo habré traído a este cuaderno- su dieta ideal de hombre que pasaba la mayor parte del tiempo solo y casi nunca se cocinaba en casa. Su sitio preferido era el Alhambra, un bar situado en uno de los vértices del cuadrado de calles que rodeaba la plaza de abastos, y que se caracterizaba por la excelencia de sus guisos, desde el atún encebollado a los callos con garbanzos, pasando por la carne guisá o las albóndigas, que siempre servían en pequeñas cazuelas de barro de cierta hondura, y que por lo mismo contenían más cantidad de  lo que aparentaban. Tenía razón F.: con dos de aquellas cazoletas podía darse uno por almorzado, y quizá dejarse tentar y pedir una tercera habría sido incurrir en excesos que, a la edad que tenía el escritor cuando nos hacía esas confidencias, había que evitar. Ahora tengo yo esa edad y, cuando como solo, lo que sucede más veces de las que uno quisiera, me atengo a su ejemplo. Hoy ha sido una tapa de garbanzos con acelgas -exquisita- y otra de huevos rotos con jamón, rematadas por un café. He almorzado al aire libre, en una terraza del paseo marítimo. Y mientras esperaba el condumio he hecho algún apunte en mi libreta de dibujo. A la soledad le gusta adornarse con cosas así. Tengo la vaga noción, por cierto, de que FQ también dibujaba. ¿En qué distraería las muchas horas que pasaba solo? A la luz de su no escasa obra, de sus múltiples proyectos y de su hiperactividad innata, es descartable que se limitara a mirar la pared o a dejarse distraer por el soniquete cansino del televisor -¿lo había en el Alhambra? Y qué curiosa esta otra vida de los difuntos: cuando menos se lo espera uno, vienen a hacerte compañía.


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Cuántos amigos haciendo el ridículo o quedando expuestos a la malsana curiosidad ajena en las llamadas "redes sociales". No siempre por su culpa, desde luego, aunque en estas cuestiones nadie es del todo inocente. A X., por ejemplo, le han hecho en Facebook la crónica de su ruptura matrimonial, sin que falte detalle, lo que imagino que, a pesar del desparpajo y la precisión con los que él mismo suele diseccionar en sus poemas sus sentimientos y las hipocresías ajenas, le debe de haber dolido profundamente. Y., en cambio, se ha permitido bromear en Twitter con cierto suceso que ha conmocionado recientemente a la opinión pública, y lo ha hecho con tan poco gusto y tan escaso sentido de la oportunidad que no es de extrañar -aunque sí de lamentar- que haya quienes han pedido poco menos que su cabeza y estén haciendo ahora una especie de examen inquisitorial de su currículo como escritor -que no es deleznable- para terminar de echar por tierra lo que pueda quedar de su prestigio y, a ser posible, ampliar la operación de descrédito a todos aquellos que alguna vez han tenido algún trato público, ya sea  literario o institucional, con el apestado... Podría añadir otros ejemplos. Lo más razonable, quizá, sería alejarse para siempre de estas ocasiones de sobreexposición. Pero fuera, ya se sabe, está la soledad, cuyos benditos frutos no todo el mundo sabe apreciar. (Yo también debería aplicarme el cuento.)


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Como las polillas: la luz que las atrae es también el fuego en el que se abrasan. 

domingo, febrero 02, 2020

DE VITA BEATA

1/2/19

Parece que en esta calle resguardada está floreciendo el negocio de las cafeterías, hasta ahora poco menos que ausente en este pueblo tan castigado por las sucesivas crisis económicas y por una especie de inveterado rechazo a ciertas formas de entretenimiento asociadas al decoro burgués. Poco a poco, pegadas unas a las otras, como si temieran que un mal viento fuera a llevárselas a todas si no hicieran piña, han ido abriendo sus puertas hasta cinco o seis, y quedan en la calle algunos locales sin ocupar que seguramente acabarán siguiendo el mismo camino. Y éste es el escenario en el que este eremita involuntario, que apenas sale de casa por falta de alicientes, ha quedado en los últimos días, por separado, con un par de amigos con los que tenía que tratar demorados asuntos relacionados con intereses y aficiones que compartimos. La calle, ya digo, está a resguardo de los vientos malsanos y las insidiosas humedades que castigan otras zonas del pueblo, por lo que ni siquiera resulta descabellado sentarse en las terrazas sin otra protección que las marquesinas semiabiertas que impiden la plena exposición a la intemperie. Y pienso, cuando de vez en cuando cedo a estas inesperadas interrupciones de mi rutina, en que quizá debería dedicar más tiempo a este tipo de vida contemplativa. Pasarme las tardes en una de estas terrazas, viendo pasar a la gente y sólo de rato en rato, para disimular, fijar la vista en las páginas de un libro o en mi libreta de bocetos. No escribir, no aceptar encargos, no entrar en tratos con otros escritores, no pagar cuentas. Y vivir como un noble arruinado... etcétera. 

sábado, febrero 01, 2020

MÚSICOS


31/1/2019

Músicos. Tienen el local de ensayo en un callejón entre dos naves industriales, en un polígono. El dueño ha tenido la fantasía de enjalbegar las paredes y poner macetas y enrejados que dan al conjunto una cierta apariencia de calle de pueblo blanco. "El callejón de los artistas", lo llaman sus usuarios, porque alberga un par de locales de ensayo, algún que otro estudio de pintura o similar y una pequeña carpintería. En medio del callejón, un pequeño habitáculo con puerta al exterior alberga un retrete con lavabo. El local de estos músicos amigos está al fondo, en una especie de primera planta alzada sobre un semisótano. Se accede al local por unas escaleras y luego hay que sortear una habitación llena de trastos que da paso a una especie de sala de estar amueblada con sofás viejos, tras la cual se encuentra el local de ensayo propiamente dicho. Antes de entrar en él, los músicos se han sentado en la antesala y han encendido unos cigarrillos. Toso un poco, porque todavía arrastro las secuelas del catarro, pero disimulo. Me presentan a todo el que llega. Ya están advertidos de mi extraña pretensión, que era asistir a uno de sus ensayos y hacer bosquejos de los músicos en plena faena. Ya han visto los que hice el pasado verano tras una actuación suya en un bar y al parecer les gustaron. No las tengo todas conmigo: aunque me defiendo, no soy tan hábil en el dibujo como para salir airoso de una sesión de apuntes del natural ante extraños. Pero los años me han hecho atrevido, o quizá desvergonzado, y la naturalidad con la que los músicos parecen dar por buena mi presencia contribuye a que se desvanezca pronto cualquier reparo que pudiera causarme la situación.

Así que, después de esos primeros cigarrillos de rigor e incluso de alguna cerveza -yo no: mi garganta no está para cosas frías-, ponemos manos a la obra. Mientras los músicos se pelean con unos altavoces que al principio no quieren funcionar, yo voy buscando dónde ubicarme. Durante la primera parte del ensayo, me he sentado en una silla plegable justo en la puerta de la habitación, desde donde apenas logro encontrar ángulos adecuados para encuadrar mis dibujos. Así que empiezo bosquejando al guitarrista que tengo más cerca y que, dándome la espalda, en gran medida me bloquea la visión de los demás; y luego, poco a poco, voy asomando la nariz y logro tomar algún apunte de la solista y del otro guitarrista. 

Así transcurre la primera hora, tras la cual los músicos vuelven al tresillo y se toman otro descanso, con sus correspondientes cigarrillos y cervezas. Yo ya me siento como en casa y parece que hago buenas migas con la cantante, que me dice que también quiere componer canciones, pero que tiene algunas dificultades con las letras... Y volvemos a la faena. Pero ahora he conseguido plantar un taburete en medio del cuarto de ensayo, como si fuera un músico más, y eso me permite tener una visión de casi trescientos sesenta grados del grupo en su conjunto: no tengo más que girar la cabeza para fijarme en uno u otro. Y ahora he dibujado al batería y muy especialmente al saxofonista, cuyo gesto ensimismado mientras toca ofrece muchas posibilidades. Y así pasa la tarde. A eso de las nueve, un nuevo cigarrillo, un rato de conversación -me entero así de algunos pormenores de las vidas de estos músicos- y vuelta a casa. 

Ha sido una tarde estupenda, de ésas que no sabe uno a qué departamento de su vida asignar, y que posiblemente no tenga encaje en ninguno, pero que precisamente por eso arroja un poco de luz benéfica sobre el resto de tareas que uno desempeña al cabo del día. Volveré, les he prometido. 

martes, enero 28, 2020

MILAGROS

27/1/2019

Sigue el catarro. Me pongo la mano abierta sobre el pecho y el calor de la palma me alivia los bronquios. Y mientras permanezco en esa forzada postura, como si posara para una nueva versión del famoso cuadro del Greco, en la televisión anuncian un milagroso jarabe contra la tos que incluye una animación en la que puede verse el efecto del medicamento en el árbol de los bronquios, por cuyas ramificaciones vemos extenderse, despacio, un refrescante fluido verde que evoca la circulación del aire fresco por unos conductos ya limpios de flema e inflamaciones. Y pienso entonces, cuando apenas logro infundir con mi mano un poco de calor en mi propio pecho inflamado, en lo bien que estaría ponerse en el lugar del muñeco radiografiado del anuncio, con sus pulmones de figuración limpios y frescos, sin pagar el peaje de la convalecencia y de las servidumbres corporales a ella aparejadas. Milagros de la publicidad: si no fuera porque la noche es fría y una preocupante bruma empaña desde fuera los cristales y sería letal salir a la calle y respirarla, poco le faltaría a uno para saltar de la butaca y lanzarse a buscar una farmacia de guardia en la que le vendieran el dichoso jarabe y su promesa de alivio inmediato: con la sola ilusión bastaría, pienso, para curarse.

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"¿Te apetece traducir -en verso, por supuesto- un viejo poema narrativo de más de trescientas páginas del que nadie se acuerda?". Y  yo digo que sí, porque eso significa que, en al menos dos años, que es el plazo que me dan, me sentiré justificado sin necesidad de añadir ni una coma a mi obra propia, que es la que verdaderamente cuesta: nada más difícil, en fin, que traducir los propios pensamientos a la lengua común. Mejor los de otro.

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La verdad es que casi no sé escribir sin que medie un encargo. Y como éstos no abundan, cuando no tengo ninguno soy yo quien me los asigno. Y debo esmerarme mucho para satisfacer a mi cliente más exigente.  

martes, enero 21, 2020

AYER, HOY Y MAÑANA


21/1/2019

Me ha alcanzado el invierno, como a otros les alcanzan el destino o los años... Quiero decir que estoy acatarrado y temeroso de que la cosa derive a una de esas gripes catastróficas de las que se hacen eco las toses de las multitudes afligidas con las que uno se cruza diariamente en los autobuses y en las barras de los bares. Pero, me digo, hace ya diez años que no caigo enfermo, y atribuyo esa inmunidad a que hace justo ese tiempo tomé una decisión que me cambió la vida: dejé un entorno laboral y personal más bien sofocante, en el que casi me parecía un alivio caer diez días en cama con cuarenta de fiebre al menos una o dos veces al año y entré en otro en el que la rutina es grata y no me provoca otra ansiedad que la normal preocupación por hacer bien el trabajo. La experiencia me ha enseñado que la relación causa-efecto entre el estrés y la bajada de defensas es algo más que un bienintencionado lugar común. Aún así, en aquellos años de gripes y faringitis devastadoras desarrollé un temperamento aprensivo del que aún no me he desprendido del todo, y por eso estos amagos de catarro me llenan de ansiedad. Cruzo los dedos.


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Creo que la primera vez que usé un ordenador para redactar un documento fue en 1987 o 1988. Redactábamos la memoria de uno de esos "grupos de trabajo" con los que los profesores novatos allegan méritos para sus traslados y otras mejoras laborales, y a un compañero animoso se le ocurrió que, para esa tarea. bien podíamos valernos de algunos de los juguetes con los que se distraían los alumnos en la recién inaugurada aula de informática: unos ordenadores rudimentarios, que no tenían eso que ahora llamamos "disco duro" y sí una doble disquetera en la que había que ir insertando tales o cuales discos para que el cacharro funcionara. La pereza hizo luego todo lo demás: a pesar de que uno se defendía pasablemente bien con las máquinas de escribir electrónicas, enseguida se impuso la evidencia de que escribir en una pantalla sin temor a cometer errores indelebles era más cómodo y práctico. Me habitué pronto, y antes incluso de comprarme  mi primer ordenador me acostumbré a escribir en el que había en un despacho que se quedaba desocupado por las tardes y del que había conseguido una llave. Mi primera novela, La raya de tiza, se escribió en esas condiciones. En muchas de las tardes que pasé en ese despacho -en el que desarrollé, por cierto, una fase aguda de mi alergia crónica a los ácaros del polvo-, mi rutina empezaba con la escritura de mi artículo para la prensa, que despachaba en menos de una hora, y luego continuaba con el trabajo en la novela, cuando no me apartaba de él la puesta en limpio de algún poema que me rondaba la mente o que traía esbozado en un trozo de papel. La mayoría de mis rutinas de escritor nacieron entonces, de ese modo, y me acuerdo de ellas cada vez que, como hoy, me siento delante de una pantalla con el designio mixto de quien, a un mismo tiempo, se dispone a pasar su tiempo libre del mejor modo que sabe y, a la vez, tiene la sensación de que está atado a una especie de banco de galeote... Me pregunto qué sería de mi escritura si alguien decretara, como yo mismo he sugerido a veces que se debería hacer, la desaparición de todos los ordenadores. Hubo un tiempo también, ya digo, en el que me desenvolvía razonablemente bien con una máquina de escribir. Pero eso es ya demasiado para un tecnófobo en ciernes. ¿Me bastaría un bolígrafo y un papel? Eso le dije a cierta alcaldesa el día en el que, en uno de esos encuentros entre artistas y políticos en los que los primeros sueñan con obtener de los segundos toda clase de ayudas e incluso alguna que otra sinecura, me preguntó si yo no le iba a pedir nada. "Con un boli y un papel me basta", le dije. Ahora, delante de todos estos aparatos cuya naturaleza en realidad sigue siendo un misterio para mí, pero que me son imprescindibles para escribir, me doy cuenta de que tal vez estaba pecando de pretencioso.


*  

Cada vez veo más claro que, cuando me jubile de lo otro -para lo que no falta tanto-, me jubilaré también de escribir, con la sola excepción quizá de algún que otro poema muy de vez en cuando. ¿Qué haré entonces? Leer, quizá el doble o el triple de lo que lo hago ahora, y pintar acuarelas, lo que me proporcionará ese amago de actividad que al parecer tantos beneficios aporta a la salud física y mental de los jubilados. Pero no más reseñas, no más empeños editoriales, no más... entradas en este diario. O quizá eso sí, porque tampoco es cuestión de renunciar al único rato de reflexión digno de ese nombre que llevo a cabo cada día. 

sábado, enero 18, 2020

OBRA VENDIDA


Me las prometía muy felices, como suele ocurrirme siempre que se anuncia una variación en la rutina. Me habían convocado a una reunión profesional a treinta kilómetros de donde habitualmente trabajo, lo que significaba levantarse un poco más tarde -nadie se plantea empezar estas cosas a primerísima hora de la mañana-, ver quizá a gente a la que no veía desde hace meses o años, librarme de mis clases y disfrutar de todos los placeres de una mañana fuera, incluyendo el paseo en coche dejándome guiar por la voz cansina del robot femenino que lee las indicaciones en Google Maps. Y así fue, al menos en la primera parte de la jornada: jugar a estar perdido por el laberinto de carreteras que unen las pedanías jerezanas en torno a la mole señorial de la vieja Cartuja, por ejemplo, para luego entrar, como quien lo hace en el argumento de una película canalla, en las barriadas del sur de la ciudad... Siempre me da por teatralizar un poco estas variantes de lo cotidiano. Pero lo cierto es que lo que me aguardaba era un salón desabrido, sin calefacción, en el que no tardé en sentir la aprensión de que estaba enfermando, y la compañía de apenas docena y media de personas que, como yo, no parecían sentirse nada feclices ante la perspectiva de la mañana que tenían por delante. Para colmo, sonó el teléfono y añadió al día una complicación burocrática sobrevenida, que hubo que resolver sobre la marcha. Y así, un poco a trompicones, fue transcurriendo la jornada. Cuando terminó, a eso de la una y media -estas cosas también terminan siempre antes de que llegue la hora del cierre de las oficinas y colegios-, me sentí muy feliz de volver al coche y oir al menos la voz sintética, pero siempre amigable, de la chica de Google Maps, que esa vez, no puedo imaginarme por qué, optó por llevarme de vuelta a casa por un camino distinto al que habíamos tomado en la ida, aunque también sugerente, por lo desconocido. Llegué a casa con un ánimo pésimo. "¿No decías que te lo ibas a pasar muy bien?", me pregunta M.A. Pero se ve que lo mío es no salirme nunca de la rutina, que nunca decepciona y de la que están del todo excluidos, por lo que tienen de dañino, los vaivenes emocionales.

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Me han comprado tres acuarelas. Las primeras que vendo desde que me decidí a hacer más o menos público este pasatiempo. Y es una sensación extraña, que tiene poco que ver con la de publicar un escrito, por ejemplo. Una obra literaria nunca deja de ser de uno, incluso cuando está impresa: lo que los otros compran no es más que una transcripción ocasional de un original que siempre es tuyo, incluso materialmente, porque qué escritor que se precie no conserva una especie de copia maestra de la obra reproducida. Pero cuando se vende un cuadro, ¿qué es lo que realmente se vende y qué clase de transferencia de propiedad se ha efectuado? No deja de ser curioso que el resultado de una gesticulación intransferible, el registro físico de una especie de danza de la vista y las manos, pueda ser transferido a otro. Por supuesto, uno debería sentirse muy contento de que otros hayan querido dar valor a lo que, sin esa apreciación ajena, no sería otra cosa que un trozo de papel garabateado. Pero se trata de un reconocimiento ligado, digamos, a un acto de desposesión, no sé si me explico. No les he preguntado a mis amigos pintores qué sienten al respecto. El que más trato, JAM, me ha dicho alguna vez que a todo el que le compra un cuadro le asegura que, si alguna vez se aburre de él, le garantiza la recompra; lo que es un modo, supongo, de convencerse de que sigue ejerciendo de alguna manera su tutela sobre un objeto que ya no está bajo su jurisdicción. Que yo sepa, nunca se ha visto en la obligación de cumplir esa ruinosa promesa. Yo no me he atrevido a tanto. Veo partir mis acuarelas con la idea de que, si intentara hacerlas otra vez, nunca me saldrían iguales; y, por tanto, de que ya son irrecuperables para mí. Y qué alegría, por otra parte, que al menos un eco de la emoción que me llevó a pintarlas reverbere ahora ante otros. O eso me digo, para consolarme, mientras miro el puñado de euros que he pedido por ellas -una nadería: no me he atrevido a pedir más- y pienso que tardare menos en gastarlos que en sentirme resarcido. (17/1/19) 

jueves, enero 16, 2020

DESAIRES


Mientras espero el autobús a primera hora de la mañana, la bandada de estorninos responsable de la algarabía que nos envuelve y que procede de los árboles cercanos levanta el vuelo y traza en el cielo recién encendido y todavía pintado en colores indecisos la extraordinaria danza de volúmenes -algo así como las evoluciones de una enorme pompa de jabón manejada por un sutil malabarista de cosas intangibles- en que consiste su vuelo gregario. A esa bandada siguen otras, como llamadas todas por un toque de alerta que quizá no es otra cosa que la rápida extensión de la claridad. Las veo alejarse hasta perderse tras la línea quebrada de la primera hilera de tejados. Hasta ese momento yo era un hombre más o menos adormilado y no demasiado contento con su suerte. Pero esa explosión de vitalidad, ese despliegue de una especie de instinto natural para la armonía y la belleza, ese abandono de la individualidad de cada pájaro en aras de una coreografía que quizá ninguno acaba de intuir en toda su extensión, me han arreglado el día.

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También, por qué no anotarlo, la visión de esa misma luz, ya un poco más subida de intensidad, dorando el costado curvo del puente viejo sobre la bahía en el momento justo en que el autobús lo enfila y empieza a elevarse sobre el mar color cobalto y liso como una plancha de metal. Debe de ser que el día no sabe qué hacer con estas horas de claridad recién ganadas -los días más cortos del año ya han quedado atrás- y se dedica a llenarlos de estos prodigios. Yo llevaba un libro en el regazo, pero me ha parecido que fijar la vista en él y dejar de mirar lo que ocurría a mi alrededor casi equivalía a un desaire.

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Motivos sobrados para echarse a la calle y sumarse a las decenas de protestas que se han convocado aquí y allá. Prefiere uno, sin embargo, atenerse al decoro democrático, que obliga a respetar ciertas formas. Por desgracia, no dudo de que llegará el momento en el que ese marco no bastará para contener el descontento ante lo que se avecina. (15/1/19)

viernes, enero 10, 2020

EL DECORO



9/1/19

Ser el encargado de una biblioteca de más de quince mil libros no significa que uno haya podido siquiera hojearlos todos. Nunca había abierto, por ejemplo, estos dos tomos de Juego de tronos que tengo colocados en la sección de "Literatura juvenil". Y esta mañana, aprovechando que un corte de luz hacía imposible trabajar en mi ordenador, lo he hecho. Un chico se ha dado cuenta: "Yo los he leído todos. De la serie de televisión, en cambio, sólo he visto cinco temporadas, hasta que me aburrí". Yo no sé qué pensar. La prosa de este George R. R. Martin no parece muy amena. Los periodos son largos, las descripciones extravagantes, el estilo en general un tanto acartonado. Por adelantar algo, me voy al final del primer tomo, donde hay unas descripciones de las principales "casas" o familias que intervienen en esta interminable sucesión de disputas sucesorias. De algunas ni siquiera me había percatado que jugaran algún papel en lo que llevo visto. Tolkien hacía estas cosas mucho mejor: le bastó dibujar el mapa de un continente de juguete para que el lector se hiciera a la idea de que lo que contaba afectaba a vastas civilizaciones cuyas raíces se hundían en el fondo de los tiempos. Martin se acerca más al método de Graves en Yo, Claudio: sin el árbol genealógico de sus personajes delante, se perdería.

Hojeo también el segundo tomo, por si me aclara algo de lo que pasa después de la impactante escena con la que culmina la primera temporada de la serie. Pero me canso pronto y por un momento envidio la bendita perseverancia del chico que me interpeló antes y que se los ha leído todos. Creo que con su edad yo tenía esa capacidad también. Ahora hay quien me gasta bromas por haberme leído de cabo a rabo el Ulises de Joyce, por ejemplo. Pero la verdad es que ese modesto logro mío no tiene ni comparación con el de este joven lector, o con la hazaña que supone haber podido con los cuatro tomos -¿son cuatro?- de la saga Crepúsculo o los muchos que componen el ciclo de Harry Potter. No se me entienda mal: no critico ni a sus autores ni, sobre todo, a sus lectores, a quienes deseo otros muchos felices descubrimientos en el inabarcable repertorio de lecturas posibles. A mí ya me va faltando tiempo incluso para las lecturas urgentes del día a día.

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Las ideas de los políticos extremistas -y sobre todo, los del extremo casposo del espectro- con frecuencia hacen reír; pero eso no aminora ni conjura el peligro que suponen, ni la preocupante sospecha de que lo que defienden coincide con las aspiraciones de una capa de la población a quienes maldita la gracia que les hacen los chistes de los otros y con frecuencia piensan que, cuando una persona mejor informada o educada se ríe, se ríe de ellos.

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Me ha dado por decir que, cuando me jubile de mis obligaciones laborales, lo haré también de ciertos hábitos de decoro burgués a los que ahora me atengo por pura comodidad; que me dejaré el pelo largo, nunca me recortaré la barba y me retiraré a vivir a un pueblo de la sierra, donde mi rutina consistirá en pintar, leer y escribir poemas, cuando no esté en la barra de la taberna más cercana departiendo con mis vecinos campesinos o negociando la compra de un choto o de una maceta de espárragos. Y que no mantendré correspondencia con nadie que tenga que ver con las cosas que hacía en mi vida anterior, y mucho menos con representantes del mundo literario. De ellos se encargará un agente a quien tendré contratado exclusivamente para esos menesteres, y con quien despacharé solamente una vez al año y a ser posible por vídeoconferencia en el locutorio público de internet del pueblo en cuestión... Es sólo una fantasía. Pero la vida me ha enseñado que las fantasías son lo más parecido a un plan de vida a lo que uno puede echar mano para no perderse demasiado en el terreno de la indeterminación por el que estamos condenados a discurrir. 

jueves, enero 09, 2020

TOALLAS CALIENTES


8/1/2019

Como mi peluquería habitual estaba cerrada "por descanso" y mi pelambre no podía esperar más, he entrado en otra cercana. Es un cuchitril: apenas hay sitio en ella para la única butaca y la pila de lavar el pelo, amén de un banco de dos plazas junto a la puerta, para los que esperan. En el momento de llegar yo salía un anciano, que, para moverse entre tanto obstáculo, se dejaba guiar por las cariñosas indicaciones materno-filiales de la peluquera. Luego me enteré de que era un habitual y de que iba allí a afeitarse. Mientras me echo un lado para dejar pasar al viejo, pregunto si pueden atenderme: antes había probado suerte en otra peluquería que me había salido al paso y me dijeron que era imprescindible pedir cita. La peluquera hace como que consulta una agenda y finalmente me dice que sí, no sin antes preguntarme el nombre y anotarlo. Me da la impresión de que lo hace por echarle un poco de teatro a la cosa, pero que en realidad no tiene todavía demasiada clientela. Es menuda y gordita, graciosa, con algo de personaje femenino de tebeo japonés. Le pregunto si hace mucho que abrió el negocio: un año y medio, me dice, antes de preguntarme cómo de corto quiero el pelo. Le doy mis explicaciones y pone manos a la obra. Tiene un pulso excelente y maneja las tijeras con precisión; lo que, cuando llega a la barba, adquiere ribetes de alarde. Le dije que no la quería más corta, sino simplemente libre de los pelos indomables que sobresalen de ella y la afean. Para mi sorpresa, reclina el asiento hasta tenerme casi en posición horizontal y, como en las películas del oeste, me aplica a la cara una toalla templada y, a continuación, me recorta el borde inferior de la barba a filo de navaja. Le digo que en otras barberías no se toman tantas molestias: se limitan a pasar el peine por la barba y a recortar con la máquina lo que sobresale. "Hay gente que viene aquí sólo a que los afeite a navaja, Como el hombre mayor que salía cuando llegó usted", me comenta, transmitiendo un orgullo que me parece muy legítimo. Luego me lava la cabeza y me deja el pelo lo bastante dócil como para que se pueda peinar, lo que hace en dos pases mágicos, como un prestidigitador. "Ya está", remata. Cuando le pago, me da una tarjetita en la que ha anotado la fecha de hoy, como hacen los dentistas con las citas venideras, y me encarece a no perderla y a mostrársela la próxima vez, no sé muy bien a qué efectos: tal vez hace descuento a los reincidentes; o tal vez quiere que uno sienta vergüenza de no cortarse el pelo con la frecuencia que debiera. Me despido de ella muy satisfecho y me hago el propósito de volver. Y lo que ella no sabe es que la tarde, antes de este trámite, parecía abocada a la ansiedad y el malhumor por obra de alguna de esas insignificancias que ocupan en el ánimo más sitio del que les corresponde. La peluquera no sólo me ha arreglado el pelo y la barba, sino también el día. 


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Juego de tronos, primera temporada...  "A buenas horas, mangas verdes", dirán quienes saben mi declarada aversión a los seriales televisivos. Pero estábamos de vacaciones y nuestro proveedor de televisión por cable ofrecía este lejano tramo de la serie como promoción, es decir, gratis, así que... Y sí, bueno, no ha estado mal. Es sólo el comienzo de una historia que, por lo que sé, se ha prolongado a lo largo de ocho temporadas, o quizá alguna más. Y en ésta queda planteada una situación lo bastante enrevesada como para que haga falta todo ese desarrollo posterior hasta que se aclare. Contémoslo en pocas palabras. La corona de los Siete Reinos ha recaído en un rey imberbe sobre el que pesa, además, la imputación -que sólo saben algunos- de ser fruto de unos amores adúlteros e incestuosos de la reina. Se da la circunstancia, además, de que en cuestión de días el nuevo rey demuestra tener la catadura de un Calígula. Pero no lo va a tener fácil: su trono va a serle disputado, que sepamos, por los dos hermanos del rey muerto, que serían los primeros en la línea de sucesión si quedara demostrada la ilegitimidad del actual; también, por la hija del antecesor del rey muerto, que fue un tirano psicópata y que por ello fue justamente depuesto, pero dejó dos hijos vivos, un chico y una chica, de los cuales al final de la temporada sólo sobrevive la chica, que se ha ganado el corazón de un caudillo bárbaro y, además, parece ser la depositaria de ciertos poderes mágicos... Hay también un señor feudal local, hijo del asesinado primer ministro -o "La Mano"- del rey muerto, que ha proclamado la independencia de su feudo. Y hay también una orden caballeresca que se mantiene al margen de estas disputas cortesanas y cuya función es defender el Muro que separa los Siete Reinos de unas inhóspitas regiones habitadas por indecibles abominaciones; en esa orden militan en la actualidad un hijo bastardo del primer ministro asesinado y otro bastardo de humilde origen sobre el que se ha insinuado la posibilidad de que sea hijo carnal -y, por tanto, otro posible heredero legítimo- del rey muerto... Con esos mimbres, hay relato para largo. A mí, de momento, me ha divertido asistir al planteamiento; que es, digámoslo ya, un hábil refrito de elementos muy reconocibles procedentes de viejos clásicos de la literatura y del cine: desde la película La caída del imperio romano de Anthony Mann, a la que esta historia debe la tensión dramática resultante de la curiosa situación de un reino que se deshace en luchas internas a la vez que intenta mantener a raya a un innominado enemigo exterior, a las novelas de Walter Scott (Quentin Durward, sobre todo, ambientada en las guerras civiles de la Francia del siglo XV), pasando por viejas series de televisión como La flecha negra, adaptación de la novela de Stevenson que hizo las delicias de los niños de mi generación. También aquí, como en ese serial, lo que subyace es la rivalidad entre dos familias: los rudos pero honorables y abnegados Stark y los riquísimos y ambiciosos Lannister, que son quienes ahora controlan el reino. En fin. No es malo que todo ese material se recicle y cobre nueva vida; sobre todo, si eso se hace, como es el caso, con habilidad e inteligencia. Otra cosa es que uno se explique la renovada vigencia de estos seriales interminables o adivine a qué disimulada necesidad del público moderno responden. Yo no sabría decirlo. 

martes, enero 07, 2020

EL BUEN LECTOR

6/1/19

Este domingo, coincidente con el día de Reyes, no hay mercadillo. Se ve que también quienes tienen el empeño de pasarse la mañana en la plaza, ante un tenderete de objetos de muy improbable venta, anteponen el compromiso familiar a su humilde negocio. Lo que me hace sentir un poco de mala conciencia: yo, en cambio, a pesar de que algo me barruntaba, he venido hasta aquí buscando no sé qué: tal vez esa mínima felicidad del hallazgo, reforzada en estos días por la satisfacción de que las cosas verdaderamente valiosas para uno no son las que provocan largas colas en los comercios, sino las que alguien tira a la basura o cede al baratillero y, sin embargo, vienen a llenar un hueco realmente existente -aunque quizá uno no lo supiera- en una especie de lista ideal de deseos que no sé sabe qué desorden de las prioridades te ha hecho concebir.

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Satisfacción al leer, en los diarios de JLGM de hace apenas dos años, opiniones y pronósticos sobre la actualidad política del momento que en su día, cuando fueron formuladas, todo el mundo consideró simples tentativas de llevar la contraria al resto o de llamar la atención, pero que ahora se revelan de una pasmosa exactitud, no sé si porque esa faceta de la realidad -la política- se ha vuelto tan veleidosa e impredecible que cualquier pronóstico, por arriesgado que sea, tiene posibilidades de verse confirmado por los hechos más tarde o más temprano; o -lo que considero más probable- porque este amigo diarista ha sabido contar las cosas que suceden hoy como si estuvieran sucediendo en, pongo por caso, 1931 y los hechos se le presentaran de la manera más o menos conclusiva con el que suelen concurrir en los libros de Historia, y no amontonados y confusos, como sucede en la crónica de actualidad. Y quiero suponer que esa -pasmosa- habilidad suya es consecuencia de poner entre la realidad y la conciencia la misma distancia que uno pone entre el mundo reflejado en una novela y la mente de quien la lee. Hábitos de buen lector, en suma, sólo que aplicados al texto más confuso de todos, que es la actualidad.

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La salida con amigos de anteayer se saldó con veinticuatro horas de dispepsia y resaca, rematadas por un tremendo dolor de cabeza en el momento de irme a dormir. Y ni siquiera bebí demasiado. En estas ocasiones lo que más lo emborracha a uno es la propia incontinencia verbal y su consecuencia más reconocible, que es el deseo imposible de retractarse de todo lo dicho; o, al menos, de todo lo que lo deja a uno, a partir de ese día, con el flanco un poco más expuesto. 

  

viernes, enero 03, 2020

EXORCISMOS



2/1/2019

El primer Año Nuevo que pasamos en este piso hizo un tiempo espantoso. El temporal azotó las ventanas, que ya habían demostrado no estar todo lo bien selladas que su función requería -posteriormente fueron revisadas y reparadas por la empresa constructora- y el viento en remolinos hizo que entrara agua por las aberturas de ventilación de la pared de ladrillo que cerraba el local en desuso, todavía por acondicionar, que ocupaba la planta baja; lo que tuvo como consecuencia que se formara un enorme charco justo en la zona bajo la que se encuentra nuestro garaje y trastero en los sótanos del edificio... Me pasé la mañana de Año Nuevo achicando agua para atajar las goteras y cerrando las aberturas de la pared con trozos de ladrillo sacados de entre los escombros que todavía llenaban el local. 

Me acuerdo de todo esto, como de una pesadilla, todas las mañanas de Año Nuevo, y más en estas últimas en las que siempre ha lucido el sol como en un día de primavera... Se habla mucho de los traumas infantiles, seguramente con razón, pero últimamente doy muchas vueltas a ciertas deprimentes experiencias de la vida adulta que parecen destinadas a ir con uno mientras viva. Lo mejor para estas cosas, dicen, es ir declarándolas. Por eso las traigo aquí, por si este cuaderno basta para exorcizarlas. 

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En el supermercado, en la víspera, se habían acabado las bebidas. Yo alcancé a llevarme la última botella de Anna de Codorniú que quedaba en los estantes. De lo otro, de todo lo referente a alcoholes recios y baratos, no quedaba nada. Algunos carros a rebosar, empujados por chicos que apenas rebasaban la adolescencia, daban cuenta de cuál iba a ser el destino de toda esa marea de alta graduación. Al día siguiente, en la sobremesa familiar, oigo historias de comas etílicos sucedidas en otros años y de los que los miembros más jóvenes de la familia han sido testigos. No me cabe la menor duda de que este año habrá habido otras muchas. Desde nuestra ya afianzada voluntad de retiro, de todo eso sólo nos llega una especie de eco, de resonancia lejana, como ese zumbido que en algunos museos de ciencias suena en algunas dependencias y las cartelas explicativas re dicen que es el rumor de fondo del Big Bang. Salpicado, eso sí, de zambombazos más cercarnos, alrededor de los cuales parecen oírse una especie de siniestro griterío infantil, seguido de carreras, como si en noches como ésta se abrieran las puertas de la sección infantil del limbo para dejar salir provisionalmente a niños que, si no están ardiendo en lo más hondo de los infiernos, es porque les han sido conmutadas sus penas por razón de su edad.

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En estos días nos hacemos cargo del gato del vecino, que pasa las fiestas fuera, con su familia. Y ahora los dos, el suyo y la nuestra, ocupan mi mesa, sobre la que da el sol, y se resisten a echarse a un lado para que yo pueda asomarme a la pantalla. Sin embargo, encuentra uno un indecible placer en estar rodeado de gatos. Tal vez porque transmiten algo así como una placidez de la que podemos hacernos una idea, pero que nos está vedado sentir como cosa nuestra. 

miércoles, enero 01, 2020

LASTRES

31/12/18

Último día del año. Como el año nuevo no lo podré pasar con mis padres, voy a verlos en la víspera. Andan haciendo limpieza, no sé si por motivos rituales, para acabar del año con todo en su sitio y con lo superfluo eliminado, o simplemente porque se aburren y les ha dado por ahí. Me dicen que hay muchos cajones y compartimentos ocupados por cosas mías, libros y papeles viejos sobre todo. Por pasar el rato, accedo a examinarlos. Efectivamente, ahí están mis viejos libros de la EGB y el BUP, más decenas de carpetas de apuntes -muy bien ordenados, eso sí- de esos años y de la carrera. También, viejas pinturas mías de entonces, que encuentro horribles, y trastos tales como un viejo microscopio escolar, una caja de compases averiados -a todos les faltan tornillos o piezas-, un tubo de buceo, una bolsa con pequeños accesorios eléctricos de los que yo usaba para hacer manualidades -un motor a pilas, unas bombillas, etcétera-, otra de canicas, un despertador despanzurrado... 

Les digo que lo pueden tirar todo, con algunas excepciones. Por ejemplo, el Curso de lengua española de Fernando Lázaro Carreter y Vicente Tusón que tuve como libro de texto en COU, y que está tan bien escrito y razonado que me da pena deshacerme de él: "No existe, no ha existido nunca, igualdad en la posesión del idioma. Es un derecho que las sociedades habrán de conquistar con la extensión de la enseñanza y de la cultura. Hoy, 'hablar bien' y 'escribir bien' son cosas que se sienten como privilegios de las clases superiores; las menos favorecidas, que les disputan otros (...), suelen cederles éste sin reivindicarlo también...". Habiéndome criado con estos maestros, ¿cómo voy luego a transigir con las modernas manipulaciones a las que toda clase de biempensantes de uno y otro signo quieren someter al idioma? 

Por lo mismo, extiendo la absolución a una horrible edición ilustrada, tamaño folio, de Hojas de hierba de Whitman en traducción de Borges. Debió de quedar relegada, en mis mudanzas, por razón de su tamaño, pero no es un libro que uno pueda arrojar sin más al contenedor de los papeles. Lo guardo, junto con un diccionario de latín en buen estado, para la biblioteca del instituto. 

Salvo también de la quema dos pequeños óleos míos, enmarcados, que pinté y feché en 1982, a mis diecinueve años. Los hice para aprovechar los marcos de unas láminas japonesas que figuraban en el primer ajuar de mis padres y que éstos debieron considerar pasadas de moda en torno a ese año. Hoy son de nuevo esos marcos los que me hacen indultar, de momento, las pinturas que contienen, a la espera de que me decida a sustituirlas por un par de acuarelas hechas a medida para aprovecharlos.

Y, por último, añado al lote dos álbumes de sellos, testimonio de mi hoy por fortuna superada tendencia al coleccionismo inane. Pero los sellos son bonitos y me da pena tirarlos. Y quién sabe si tendrán algún valor.

¿Qué traes ahí?, me pregunta M.A, al verme llegar a casa cargado con una abultada bolsa. La primera impresión que he debido de dar es que vengo de comprar regalos navideños. Pero es más bien lo contrario: vengo a restar espacio, con estas cosas viejas, a la mera posibilidad de que otras nuevas vengan a sustituirlas. Soy un hombre cargado de lastres. Mis padres deben de estar felices porque han vaciado tres puertas de la boisserie barata, de madera contrachapada, que preside su salón desde 1968. Yo voy a tener que hacerles hueco a las cosas que he salvado de la quema. 

martes, diciembre 31, 2019

EXQUISITOS

Comenta nuestro anfitrión, mientras lo ayudamos a partir los espárragos, que le gusta escuchar la radio por las noches y que eso habitualmente lo ayuda a conciliar el sueño. Lo que me resulta. no sé por qué, una costumbre... antigua, de la época en la que los coetáneos de mi padre tenían en mucho llevar encima una radio a transistores y seguir en ella los partidos de fútbol del domingo, por ejemplo. Pero nuestro anfitrión es un hombre antiguo, que no sólo no usa apenas el ordenador, sino que ni siquiera ve la televisión. Lo que crea extrañas paradojas: por ejemplo, el hecho de que su hábito de tener la radio puesta todo el día lo haya acostumbrado a la música de moda, en la que está razonablemente al día, mientras que a mí es difícil que me suene un músico o banda que haya triunfado después de... 1978, pongo por caso. "Definitivamente eres un hombre antiguo con gustos modernos", le digo, "mientras que yo soy un hombre moderno con gustos antiguos". Y a él no le parece mal mi frase lapidaria, dictada quizá por el número de copas que llevamos bebidas, y que no sabemos muy bien qué significa, si es que significa algo.

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La mañana no tenía nada de especial: me había levantado tarde, encendí la chimenea avivando las brasas del día anterior -tengo esa manía-, me senté a leer ante el fuego... Luego sonó el teléfono y otras urgencias vinieron a trastocar el desarrollo de una mañana que se anunciaba lenta y plácida. Pero agradecí el hecho de que dichas urgencias, que se podrían haber concretado la tarde anterior, hubieran llegado de este modo más o menos inesperado, permitiendo que el día comenzara bajo esa promesa, finalmente desmentida, de placidez. Del día hubo al menos una hora que salvar. Otros no te deparan ni siquiera eso.

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Y lo más curioso de todo era que, en ese rato de lectura en la mejor de las predisposiciones posibles, el libro que estoy leyendo y que no me gusta casi me estaba empezando a gustar. 

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Es curioso cómo algunos se afanan en ser... demasiado exquisitos, sin advertir quizá que el prurito de exquisitez asociado al silencio, al desasimiento de las cosas mundanas, a la aparente posesión de una trabajada vida interior... se desvanece en cuanto uno deja ver cuánto satisface su vanidad que lo reconozcan precisamente por esas cosas. (30/12/2018)