Una de las desazones de ayer estuvo causada por la extraña pérdida de unos libros que yo había dejado en la biblioteca escolar donde trabajo. Consulto la base de datos una y otra vez, para cerciorarme del número y condición de los ejemplares que echo de menos, inspecciono el estante correspondiente, pregunto por ahí y hasta levanto una efímera polvareda al propagar mi casi certeza de que pueda tratarse de un robo. Inexplicable, por cierto, ya que los libros estaban a disposición de cualquiera que quisiera llevárselos en préstamo. Al final, aparecen, traspapelados. Alguien los había colocado en otro estante. Y entonces caigo en la cuenta de un curioso comportamiento con el que me familiaricé en la otra biblioteca escolar de la que fui responsable unos años: hay quien, cuando le gusta un libro, o simplemente lo necesita, y no quiere que nadie le prive de él, lo cambia de sitio. Una simple traslación, que, de ser descubierta, ni siquiera podría penalizarse, basta para que el libro resulte inencontrable. Quienes están acostumbrados a tratar con libros lo saben. El autor de la broma no tiene más que ir a buscarlo a su escondrijo; que, como el de la famosa carta del cuento de Poe, es un escondrijo a la vista de todos.Y lo curioso es que, mientras comento la incidencia, alguien me dice que suele hacer eso con los libros que le gustan de una librería: los cambia de sitio, para que nadie se los lleve.
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Retocar una novela ya escrita, aunque sea un simple borrador, es jugar a modelar vidas. Tacha uno unas frases, o añade otras, y esa vida -eso espera uno- parece fluir mejor... Lástima no poder hacerlo con la propia.
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El hombre de cuya muerte súbita hablaba ayer tenía cuarenta y siete años. Justo (toco madera) los que yo cumplo hoy.




















