Hemos capturado a un pirata y no sabemos qué hacer con él. En esto, como en otras cosas, somos víctimas de un error de perspectiva: el creer que, por vivir en un mundo que se ha concedido a sí mismo demasiadas bulas de modernidad y progreso, el resto del planeta avanza en esa misma dirección; y que, si no ha llegado a las confortables metas que creemos haber alcanzado, es sólo porque les han faltado tiempo y medios: con unas ayuditas aquí, un empujón allá, e incluso alguna que otra salvadora intervención militar por nuestra parte, pronto todos esos lugares del mundo en los que suceden cosas que creíamos propias de las novelas de aventuras se convertirán en emporios de progreso.
Lamentablemente, no es así. Unos vivimos en el siglo veintiuno, otros en el dieciséis. También en tiempos del Imperio Romano coexistían sobre la tierra el civilizado ciudadano de la Urbe, acostumbrado a pasear por su imponente ciudad, y el bárbaro que desconocía la existencia de Homero y Virgilio o las implicaciones del derecho romano. En la práctica, claro está, las diferencias no eran tantas: enfrentados en campo abierto, tanto valía la lanza del romano como la azagaya del bárbaro. Pero, salvando esos encuentros, que solían tener lugar en lejanas fronteras, el ciudadano común rara vez experimentaba el vértigo de ver su modo de vida y sus creencias enfrentados a los de alguien radicalmente ajeno a ellas.No es nuestro caso. Aquí estamos, intentando resolver con leyes y modales del siglo veintiuno un caso que nos retrotrae al diecisiete. Naturalmente, no podemos hacer con el pirata capturado lo que se hubiera hecho entonces: colgarlo de una entena. Sobre todo, porque eso dejaría muy malparadas las creencias en las que sustentamos nuestro modo de vida. Y aunque a veces leamos en la prensa que todavía hay quien reivindica el espíritu de Fuenteovejuna, y hay imbéciles que tratan de ajustar sus vidas y las de los suyos al sangriento código de honor calderoniano, no parece que esté en el ánimo general un regreso a los usos y costumbres de entonces. No es imposible: en algunos países geográficamente muy cercanos al nuestro han pasado en pocos lustros de preconizar sistemas políticos “avanzados” –eso decían– a defender la guerra santa contra los infieles…Todavía no estamos en esa tesitura. Por eso no sabemos qué hacer con el pirata. Es una situación ridícula, a la que posiblemente han contribuido no poco el espíritu timorato de un gobierno y la incompetencia de un juez. Si tuviéramos un Guantánamo –es decir, un limbo legal– podríamos mandarlo allí. Si fuéramos chinos lo ejecutaríamos en un estadio. Pero, como no estamos en ninguna de esas circunstancias, nos limitamos a pasearlo de una dependencia judicial a otra, a la espera del probable desenlace, que será su vuelta a casa. No es para aplaudir. Pero…Publicado el pasado martes en Diario de Cádiz