jueves, abril 27, 2017

MALESTAR

Me causa un indecible malestar la visión de una gaviota arrancando las vísceras de una paloma muerta. Está ocurriendo ahí, a pocos metros de la balaustrada del paseo marítimo, en una de estas extrañas tardes de luz sin sombras que crea la dispersión del resplandor solar en un resto de bruma. Está ocurriendo del lado de acá de una especie de contrafuerte que el oleaje y los vendavales de los últimos días ha tallado en el frente arenoso, por lo que es posible que quienes toman el sol un poco más allá, en la cota algo más baja que se extiende en suave declive desde el otro lado del farallón hasta la orilla, no puedan ver la escena. Me alegro por ellas: dos mujeres de alrededor de treinta años, que han tenido la fantasía de... (De un diario demorado; entrada programada para el 27 de abril de 2018) 

domingo, abril 23, 2017

DÍA DEL LIBRO

Día del Libro. Treinta y tantos escritores en una plaza, a pleno sol. Entre todos hacemos bulto: a falta de espontáneos que vengan a aplaudirnos y comprar nuestros libros, cada uno de los treinta tiene como público a los otros veintinueve. Ninguno, por supuesto, condescenderá a comprar los libros de otro, La vida, mientras tanto, bulle alrededor: hay gente que pasea y pasa de largo, sin acercarse a esa extraña concentración de postulantes; hay niños que juegan al fondo. Sería un milagro que... (De un diario demorado; la entrada completa podrá leerse a partir del 23 de abril de 2018)

jueves, abril 20, 2017

CASA DE COMIDAS

Al menos una vez por semana nos gusta almorzar en cierto restaurante de menús del día en el que comen los trabajadores del polígono industrial cercano: es barato y la comida es buena, y además ese día nos ahorramos cocinar y fregar platos. No hay florituras ni ceremonias: al entrar, te dan una fotocopia con el menú y hay que anotar la comanda en un papelito adjunto. La comida llega a la mesa a los pocos minutos, y en cuanto la camarera, que también cocina, ve que estamos finiquitando el primer plato, planta en la mesa el segundo, no exactamente con brusquedad, pero sí con la presteza deportiva de un ama de casa que no quiere que la comida se alargue indefinidamente y está deseando acabar con el zafarrancho para echarse a descansar. Así es la rutina, semana tras semana, y ya incluso puede decirse que la camarera nos ha hecho la ficha: ya sabe que nunca vamos más de una vez por semana, que no me gusta el queso -si sospecho que ese ingrediente aparece en el plato, lo pregunto-, que nos lo comemos todo -las raciones son generosas y hay muchos comensales que dejan la mitad de un plato para disfrutar del otro- y que desde luego no somos trabajadores de las fábricas y talleres circundantes. 

Hoy nos hemos sentado frente al mostrador, con vistas a la puerta del salón en el que se come exclusivamente a la carta... (Adelanto de la entrada correspondiente al día de hoy, y que podrá leerse en una segunda serie de este "Diario demorado", que empezará a publicarse a partir del 1 de enero de 2018.) 

martes, abril 18, 2017

CALAIS



C. ha vuelto a cruzar el Canal. Lo hizo ayer, de madrugada, en lo que imagino un deprimente recorrido por ese desagüe de Europa en el que se ha convertido Calais. Me llama la atención que esas tristes realidades del mundo contemporáneo me atañan ahora tan de cerca, más allá de esa curiosidad un tanto deportiva con la que hasta ahora afrontaba la lectura del periódico. No es que la casa se haya hecho más grande: la impresión es, más bien, que las paredes han volado y ya no hay casa propiamente dicha, sino una intemperie por la que vagamos a ciegas, fiados del simulacro de proximidad que presta de vez en cuando un mensaje de whatsapp o una llamada telefónica. No es que antes anduviéramos menos perdidos: ese desamparo buscado ha sido siempre privilegio de la juventud. Pero esa huida se reducía a la llamada de un empleo en otra provincia, o a una escapada de fin de semana a Madrid. Que, paradójicamente, suponían una sensación de lejanía aún mayor, porque el cosmopolitismo de hoy no quiere decir otra cosa que el mundo se nos ha vuelto más pequeño, sí, aunque no por ello más abarcable.

***

Los postes del chiringuito enmarcan un trozo de mar encapotado. "Si llueve, me imagino que no hay donde guarecerse", le digo a la camarera, después de haber encargado un copioso almuerzo para dos. "No os preocupéis", responde. "Si llueve, os venís a comer con nosotros en la cocina".

***

En el sexo no puede haber sino engaño: nunca terminamos de reconocernos en ese fugaz intervalo en que el instinto es quien gobierna nuestra percepción de la realidad. Y es ese extraño quien recibe los abrazos de la persona que en ese momento nos acompaña. (18/4/2016)

viernes, abril 14, 2017

JOYCEANA (GALERÍA)

Vista de Dún Laoghaire (la Kingstown de tiempos de Joyce) desde la torre Martello de Sandycove,
punto de partida del Ulises.
Vista de Dún Laoghaire.

La torre Martello (hoy, James Joyce Tower) de Sandycove.
El lago inferior ("Lower Lake") de Glendalough.

El puerto pesquero de Howth, en el extremo norte de la Bahía de Dublín. 


domingo, abril 09, 2017

OCURI



Visita en grupo a las ruinas de la ciudad romana de Ocuri, en plena sierra. La imagino como un pequeño pueblo serrano de entonces: donde la guía dice "foro" entiendo "plaza", donde "templos" pongo la imagen familiar de alguna de las ermitas que rodean la cercana Benaocaz. Lo único que no tiene equivalente moderno es, quizá, su condición de recinto cercado, de lo que dan fe los restos de una recia muralla ciclópea. Y no deja de conmovernos la historia de Juan Vegazo, el campesino que compró la finca con la esperanza de hallar en ella una nueva Pompeya, y se construyó a espaldas del foro, junto a un acebuche centenario que todavía sobrevive, una casa levantada con sillares procedentes de la ciudad circundante. Imagina uno la incomprensión de los vecinos, la condescendencia con la que se referirían a la chifladura de ese hombre obsesionado con las piedras antiguas. Todavía hoy, la mayor amenaza que pesa sobre el enclave es esa incomprensión, que lo ha hecho objeto de todo tipo de expolios y actos de vandalismo. Nos lo cuenta la guía, una joven y entusiasta arqueóloga que no puede evitar, al dirigirse a la concurrencia adulta, el tono de reconvención cariñosa que debe de emplear para hablar a los  grupos escolares que visitan el yacimiento. Como para darle la razón, un adulto se ha apoyado imprudentemente en una baranda de madera y ha derribado uno de los troncos que la componían, como hubiera hecho un adolescente patoso. (9/4/2016)

domingo, abril 02, 2017

A. A.


En un banco del mirador, leyendo y de vez en cuando levantando la vista para ver, en la carretera serpenteante al fondo del valle, la larga hilera de coches que suben a disfrutar del día soleado. La Feria del Queso en el pueblo vecino hace de reclamo. Pero la multitud que ha llenado de pronto la plaza, a mis espaldas, no responde a ese estímulo festivo. Vienen, les oigo decir, de una misa de difuntos. Y como tengo la imprudencia de contravenir el verso de John Donne y preguntar por quién habían sonado las campanas en esta ocasión, me sorprende saber que el difunto era A. A., maestro en la escuela de adultos del pueblo y presencia habitual en los corrillos festivos que han hecho de esta plaza su lugar de reunión. Orondo, sonriente, socarrón y buen vividor, su perfil bajo su inseparable sombrero de ala ancha era inconfundible. Hace apenas un año anunció tranquilamente, en uno de estos jolgorios improvisados, que iba a ingresar en el hospital para empezar su lucha contra un cáncer que le habían diagnosticado. A partir de ese momento, todo se volvió noticias vagas. Preguntaba uno: "¿Qué se sabe de A. A.?" y alguien decía invariablemente que estaba mejor, y dábamos por bueno el diagnóstico, sin considerar que en estos casos suele ser el aludido quien trata de confortar a los demás difundiendo pronósticos optimistas que nadie cree, pero que todo el mundo da por buenos. Alcanzamos a verlo a principios de otoño: ahora extremadamente delgado, pero todavía sonriente y optimista.
"¿Cómo estás?". "Mejor". 

El desenlace, me dicen, tuvo lugar hace unos días. Me he sumado al grupo de hombres congregado en la esquina del mostrador, mientras las mujeres hacen lo propio en la última mesa libre de la terraza. Como he sido el único de los presentes que no ha estado en el funeral, hago alguna pregunta al respecto. Pero los concurrentes prefieren hablar de otras cosas: del día espléndido, de la Feria del Queso, de las carreras a campo traviesa que tendrán lugar al día siguiente y cruzarán el pueblo a media mañana. A. A. era de los que tampoco se aburrían nunca. Por idear, hasta convocó una vez al vecindario a degustar una cerveza casera que él mismo había elaborado. Era más joven que yo. (2/4/2016)

jueves, marzo 23, 2017

EL JARDÍN DE LOS TRISTES


Anoche, antes de cenar a la hora temprana que aquí se acostumbra, dimos un paseo por el núcleo antiguo de la ciudad: los alrededores de la Igreja Matriz, con su campanario exento que algunas guías dicen que es una modificación del alminar de la antigua mezquita, el melancólico jardín-mirador que llaman "dos Amuados" -"de los tristes", como el famoso paseo de Granada- y los restos -apenas un arco historiado que da paso a un callejón sin luz- del Convento da Graça. De noche, como de día, estas calles sin comercios están completamente desiertas y se deambula por ellas con la sensación de que se está cometiendo, si no una profanación, si una intrusión desconsiderada. En una taberna que nos parece, en comparación con otras, muy animada, por contener a un par de parroquianos que mantienen una sosegada conversación con la patrona, nos sentamos a tomar el aperitivo. En la televisión, imágenes de un sangriento atentado terrorista que ha tenido lugar en Bruselas. La tertulia del mostrador versa sobre ello: consideraciones entre conmiserativas y distanciadas, como las de quien casi puede dar por seguro que en esta apacible población de la que el resto de Europa sólo se acuerda en verano no podría ocurrir nunca una cosa así.

Hoy, por la mañana, hemos vuelto a recorrer estas calles, después de haber hecho la correspondiente visita al Castelo y al modesto museo que alberga y entrado en una galería de arte en la que un artista moderno expone una serie de atormentadas fotografías de cuerpos desnudos. Nos apetecía andar, así que, antes del almuerzo, hemos paseado hasta un parque periurbano al que se accede por una glorieta presidida por un grandilocuente monumento a un ministro que, por las fechas que acotan su vida, debió serlo de los gobiernos del dictador Salazar, y a quien la ciudad atribuye numerosas iniciativas modernizadoras. Lo flamante de los edificios públicos que nos rodean, sin embargo, testimonian más bien que son resultado de la inversión europea, después de que el país se desembarazara de la dictadura y se uniera al Mercado Común. En este aspecto, la trayectoria portuguesa no es muy distinta de la española: la primera modernización, llevada a cabo bajo la égida de un régimen autoritario, reveló ser sólo un imperfecto bosquejo de la que habría de venir, de la mano de la Europa comunitaria; que, a su vez, marcaría la pauta de un modo de administración dado al despilfarro y excesivamente dependiente de los subsidios externos. Cuando el modelo se reveló insostenible, vino la crisis. Loulé no parece haberla sufrido en la misma medida que la cercana Silves, por ejemplo, con sus naves abandonadas y sus edificios en ruinas. Pero muestra también señales de un mismo apagamiento, entre resignado y familiar, que a los españoles nos parece muy cercano. 

Al atardecer, y todavía movidos por el mismo ánimo andarín, hemos subido a la ermita de Nossa Senhora da Piedade, desde la que se ve una hermosa vista de la ciudad. Nos hemos cruzado con cuatro mocetones que, en el tiempo que nosotros empleamos en hacer la subida, suben y bajan hasta tres veces, a paso atlético, en lo que parece el cumplimiento de un voto. En la última bajada, curiosamente, sólo vienen tres, lo que nos hace preguntarnos por el destino del que falta. "Lo habrán tirado por el barranco", apunta M. A. con impiedad característica. Yo prefiero pensar que vive en la casa de los cuidadores de la ermita; y que, después de acompañar a sus amigos en el ejercicio vespertino, se ha quedado en casa. (23/3/16)

miércoles, marzo 22, 2017

FARO










No recordaba que Faro fuera, ni de lejos, la ciudad enormemente pulcra y silenciosa que es hoy. Cuando la visitamos por primera vez, a principios de los 90, representaba un paso más allá de la decadencia que prestaba su peculiar encanto a Lisboa. Reviví esa impresión, recuerdo, cuando visité por primera vez Larache, en Marruecos: el mismo tono apastelado de las paredes descoloridas, los mismos desconchados, la misma mezcla abigarrada de actividad frenética y resignada dejadez. Han cambiado las cosas desde entonces. Faro es hoy una ciudad ordenada y pulquérrima. Las construcciones que bordean la fachada marítima han sido renovadas o restauradas. Y la Vila-Adentro -el recinto de la ciudad vieja-, libre de tráfico rodado, es una isla de silencio casi absoluto en una ciudad que, pese a su ajetreo, funciona también habitualmente como en sordina. El único detalle de suciedad es el que aportan los numerosos graffiti, que son una plaga en todas las ciudades portuguesas, como lo son en España. 

Hemos entrado por la muy concurrida carretera del aeropuerto, que nos ha conducido, más por casualidad que por cualquier previsión nuestra, al paseo marítimo y a la céntrica Praça Alexandre Herculano, donde milagrosamente encontramos una plaza de aparcamiento en zona azul. Por instinto, nuestros pasos nos encaminan a la fachada marítima. Y apenas nos hace falta consultar el mapa que nos dan en la oficina de turismo que nos ha salido al paso: estamos a las puertas de Vila-Adentro -el casco antiguo- y llegamos a la Sé diez minutos antes de la hora oficial de apertura, que es las 10 de la mañana. Damos una vuelta a la manzana, para hacer tiempo. De nuevo, es el silencio lo que llama la atención, extrañamente acorde, en la mañana despejada. con la luz tersa en el aire limpio tras las abundantes lluvias de ayer. Lamenta uno ahora su condición de visitante de paso: lo apropiado sería carecer de toda urgencia, de toda avidez por verlo todo, y venir aquí simplemente a perder el tiempo, a dejar pasar la mañana en un banco de este Largo da Sé, por ejemplo, con un periódico o un libro bajo el brazo, y algo de eso hay en este breve paseo que damos solamente para hacer tiempo mientras abren la catedral. En un embarcadero vemos la salida de uno de los barquitos que llevan a Ilha Deserta. Tomo nota, por si alguna vez me decido a llevar la vida de un náufrago. A la entrada de la catedral, el encargado de la venta de entradas discute con unas turistas francesas: al parecer, la fotocopia informativa que les han dado está anticuada y el precio de la entrada se anuncia cincuenta céntimos más barato del que efectivamente cobran ahora. Para evitar que se repita el incidente, es el propio empleado quien nos advierte de la discrepancia; el resto de la información, nos dice, es correcta. Nosotros, de todos modos, apenas utilizamos la somera guía de visita: lo que nos lleva a entrar en estos sitios es la simple posibilidad de recorrerlos, sin prestar demasiada atención a los presuntos tesoros artísticos -casullas, cálices, figuras de culto y demás- que dicen contener, y que son enormemente parecidos en todos estos sitios. Lo verdaderamente interesante es la vista desde la torre, la fresca sencillez del espacio arquitectónico, la relativa soledad. No todo el mundo se conforma con tan poco: los franceses que nos precedían han dejado en el cuaderno de visitas una airada protesta ante el hecho de que las cartelas explicativas estén en portugués e inglés y no en francés.

Terminamos la visita a Faro con un breve paseo por la zona comercial, en el que constatamos que Simões, el "último alfarrabista" -librero de viejo- de Faro, efectivamente ha cerrado sus puertas, como anunciaba una noticia del diario O Público que habíamos encontrado en internet. (22/3/16)

martes, marzo 21, 2017

LOULÉ







Desde la ventana del cuarto de hotel, una placita someramente arbolada con unas cuantas jacarandas todavía sin florecer. Una lluvia silenciosa y monótona rebota en los bancos y en los techos de los coches. Ni un alma a la vista, a pesar de que son apenas las doce del mediodía. Acabamos de llegar. El trayecto, sin novedad, salvo el engorro que ha supuesto detenerse, nada más pasar la frontera, en el dispositivo que han instalado para que los coches extranjeros paguen peaje en las autopistas locales. El dispensador automático no admitía nuestra tarjeta de débito. Y aunque disponemos de ViaT -un aparatito que permite el pago automático de los peajes de las autopistas españolas-, en la gasolinera donde paramos a preguntar no nos aseguran que ese sistema sea válido aquí. Así que llegamos a Loulé -que es, como quien dice, una ciudad vecina, a apenas 50 kilómetros de la frontera- con la sensación de haber contravenido alguna importante ley internacional. Por suerte, la amable acogida en el hotel deshace pronto nuestro mal humor de viajeros contrariados. El resto lo hace el impresionante silencio de la ciudad en pleno mediodía: hasta los pocos coches que pasan lo hacen como en sordina, que es también el tono medio en el que operan los televisores inevitablemente encendidos en todos los bares. Nos hemos puesto a resguardo de la lluvia bajo la sombrilla de uno situado junto al mercado central. Luego, mojándonos, hemos corrido hasta guarecernos bajo los toldos de los comercios de la Rua 5 de Outubro, que nos permiten caminar a pie enjuto hasta un segundo bar, del que finalmente corremos hasta el restaurante situado a la puerta misma del hotel, donde nos sirven unas exquisitas sardinas en escabeche, unas riquísimas ervilhas -guisantes- y un no menos confortador atún guisado, que rematamos con sendos postres caseros, elegidos a dedo de una bandeja que nos muestra el camarero: el mío, una empalagosa crema de leche condensada, resulta tener el apropiado nombre de baba de camelo.


Así, rezumando babas dulzonas, duermo la siesta. Ya sin lluvia, y sabiéndonos incapaces de afrontar una cena tan abundante como el almuerzo, salimos a comprar un poco de fruta y, en una ferretería honda y sucia como la cueva de un ladrón de cuento, un cuchillo para mondarla. Alcanzamos lo que nos parece el límite del pueblo propiamente dicho, que no es muy grande, pero al que las dos grandes avenidas que le sirven de ejes, flanqueadas de edificios altos, dan empaque de ciudad moderna, orgullosa de serlo y dotada de todo lo que una ciudad necesita: teatro -sin función estos días-, biblioteca, fundaciones culturales, ateneo y... zapaterías: incontables, más de las que en buena ley se puede esperar que subsistan en una población de este tamaño. La única explicación es que la previsible avalancha de turistas que se congrega en las playas circundantes en verano encuentre irresistible la oferta y tenga el capricho de abastecerse aquí de calzado para todo el año... Tampoco anda el pueblo mal surtido de bares y restaurantes: sólo que, con la lluvia, las calles están desiertas y los locales vacíos. 

Con nuestra fruta y el consiguiente cuchillo de mondar, volvemos al hotel; donde leemos un poco -yo me he traído, para entrar en ambiente, una reciente edición de los escritos del Barón de Teive, el más pesimista y sombrío de los heterónimos pessoanos- y vemos la tele en portugués. En uno de los canales, una cubana adjunta a la embajada habla de las excelencias del régimen de su país, en un portugués sin entonación ni timbre que no es otra cosa que puro castellano apenas adornado de algunas terminaciones y construcciones lusas. Finalmente, caemos rendidos. (21/3/2016)

viernes, marzo 17, 2017

M.


Me anuncian la muerte de M. Y mi primera reacción, más allá del desconcierto, es un sentimiento de mala conciencia: lo llamé alguna que otra vez al principio de su enfermedad, pero no pude vencer esa muralla de reserva que algunas personas ponen a su propio sufrimiento; tras algún protocolario intercambio de parabienes, un engorroso silencio podía fin a esas breves conversaciones. Lejos quedaban las que habíamos mantenido sobre la época en que nos conocimos, cuando yo empezaba en la enseñanza y, a través de una compañera más veterana, supe de otro chico de mi edad que buscaba compañero de piso: M. era  nuestro casero. Su amistad con mi compañera y el hecho de que, pese a la diferencia de edad -que entonces parecía más acusada, cuando en realidad apenas nos llevábamos diez años-, éramos colegas en la profesión no eran óbice para que, tanto a mí como a mi compañero de piso, su figura nos resultara un tanto intimidatoria. A pesar de ello, mi compañero conseguía arrancarle largas prórrogas en el alquiler, que le permitían emplear la parte de la renta que yo puntualmente le entregaba como anticipo con el que aliviar su permanente bancarrota. 

Fue una época pintoresca y caótica y las anécdotas que deparó han alimentado casi todos los cuentos que he escrito sobre personajes en ese estado y condición. En ese sentido, fue también fructífera. No duró mucho: apenas un curso. De ella quedó el hábito de saludar a M. cada vez que lo veía, en el cine, el teatro o algún que otro concierto. Y así hasta que, hace siete años, ocupé plaza en el mismo centro en el que él tenía la suya. Se alegró del encuentro y se convirtió en uno de mis confidentes en el nuevo destino. Me sorprendió su ecuanimidad a la hora de afrontar las desavenencias laborales y su sensibilidad hacia los problemas de los alumnos; también su fe religiosa, para mí absolutamente inesperada; y menos, por supuesto, el cariño y la devoción con la que hablaba de sus hijas, al parecer brillantes estudiantes. También me hacían gracia sus pequeñas manías: para refrescar la garganta entre clase y clase, guardaba una garrafa de agua de cinco litros con la que rellenaba una pequeña frasca de cristal que tenía el tamaño justo para encajar en la taquilla personal donde guardaba sus libros; y como sudaba mucho en el trayecto de su casa al instituto, que normalmente hacía a pie, había desarrollado la estrategia de dejar que llevar una camiseta interior que empapase el sudor y quitársela en cuanto llegaba al centro.

Tuvo mala suerte: nada más jubilarse, le tocó bregar con la enfermedad que se lo llevó en apenas dos años. Descanse en paz. (17/3/2016)


Imagen: Ceesepe: acrílico sobre papel.

domingo, marzo 12, 2017

NARCISOS




Por bromear con el dueño del restaurante, que es amigo, M. finge haber confundido el peso de la pata de cordero con el precio. "¿Cómo? ¿650 euros?". Eran gramos, evidentemente. Pero, para seguirle la corriente al bromista, el otro aclara: "Sí, es que es del cordero del que sacaron el vellocino de oro". Lo que anoto aquí para que conste que, incluso en estos impíos tiempos y en estos lugares tan alejados del ponto, se guarda memoria de las hazañas y desventuras de la valerosa tripulación del Argo.

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Presenté All That Jazz en el cineclub que mantienen estos animosos amigos de Ubrique. Y les confesé, entre otras cosas, el malestar que esta morbosa fantasía en torno a la muerte causó al adolescente que yo era cuando la vi en el año de su estreno en España, en otoño de 1980. "Eso es que te impresionó la cantidad de chicas guapas que salen en la película", me dice un bromista. No exactamente, aunque quizá sí pesara sobre el adolescente por estrenar que yo era aún la evidencia de que esas chicas eran más bien inalcanzables. Pero lo que verdaderamente me afectó -y no lo dije, para no parecer más pedante de lo que requiere un ritual cinéfilo- fue la sensación que el protagonista transmite de descontrol sobre la propia vida, en lo que hay que buscar quizá el motivo de su obsesión por la muerte, a la que imagina como una bella mujer envuelta en velos blancos. Esa sensación no le es desconocida a un adolescente; y lo chocante posiblemente era encontrarla expresada en una obra artística de madurez, como lo es esta película de Bob Fosse. Por aquel entonces, la manifestación más elocuente de mis angustias existenciales era el vómito: primero una especie de temblor en el pecho, que rápidamente activaba las náuseas. All That Jazz, literalmente, me hizo vomitar muchas veces. Pasó. Pero todavía me represento esas imágenes -la coreografía final, en la que el protagonista escenifica su despedida de la vida durante una operación a corazón abierto- cada vez que entro en un hospital, por ejemplo. Cosas del cine.

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Me han invitado a la feria del libro de Caracas y he dicho que no. No por nada: una mezcla de aprensión y pereza, que se ha traducido en una pregunta sin respuesta posible: ¿Qué se me ha perdido a mí en Caracas? Si me la hiciera todas las mañanas, antes de acudir aquí o allá, no saldría de casa.


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M.A. en Londres. Me manda fotos de narcisos crecidos entre las lápidas de un cementerio en Tooting, justo detrás de su hotel. Viajar tan lejos para encontrarse con esa imagen que siempre le ha emocionado cuando le ha salido al paso, por ejemplo, en algún pueblecillo de la sierra gaditana. Parménides tenía razón: el movimiento no existe. Va uno tan lejos y apenas consigue ir un paso más allá de sus fantasías particulares. (16/3/2016)

miércoles, marzo 01, 2017

HARINA DE SAN PEDRO


El anunciado temporal de nieve quedó en nada: unos copos aguados que no llegaron a cuajar siquiera sobre los tejados, aunque hubo quien aseguró, más tarde, que en tales o cuales parajes de la montaña era posible hundirse en nieve hasta media pierna. Lo decían con una jarra de cerveza en la mano en medio de la plaza abarrotada de visitantes decepcionados. Era el día de la región: acababa de sonar el himno y los más animosos hacían cola para la colación gratuita que ofrecía el ayuntamiento. También nosotros, después del patriótico plato de callos con garbanzos, buscamos acomodo en algún bar, sin éxito: todos llenos. Así que, finalmente, acabamos juntando nuestras provisiones con las de los amigos que nos acompañaban y almorzamos en casa de éstos; donde degustamos, a modo de homenaje cinéfilo, un excelente merlot californiano de las bodegas de Francis Ford Coppola, traído expresamente de Las Vegas. Un poco de cosmopolitismo, en fin, contra la exaltación localista aparejada a la fecha.

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El mal tiempo ha deshecho la conexión a internet y no hay modo de adelantar trabajo durante el puente festivo. Con dificultad armo mi artículo de cine -un recuerdo de la malograda Miroslava Sternova, conocida por su participación en Ensayo de un crimen de Buñuel-; y luego, para resarcirnos del frustrado intento del mediodía, salimos a tomar una cena ligera: un poco de jamón y un revuelto de chantarelas. Sentados junto a la chimenea del restaurante, pienso en esas manchas de nieve que hay quien dice haber visto en torno al Dornajo: también desde aquí hemos escudriñado con ansiedad los picos lejanos, sin ver ni una mota blanca. Ha nevado sólo en nuestra imaginación. Y es suficiente.

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Me preguntan por la posible reanudación de este diario. Y me callo que lo mantengo vivo, aunque no público; y menos, que me duele la evidencia de que esta tramo secreto de su andadura no ha de redundar, a lo que parece, en ninguna novedad apreciable. Más bien lo contrario: ahora que no vengo aquí a contarla, mi vida parece haber sufrido una espectacular poda de novedades superfluas. Trabajo en el instituto por las mañanas y en mi libro de cine por las tardes. Casi no hay más.

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El "alicante", explica J.L. en respuesta a una pregunta de M.A. en relación con la creencia local en esta criatura fantástica, es un víboro (sic) que, cuando se hace viejo y "se queda sin hembra", se cubre de pelo, anda erguido y asusta a los niños. "¿Y tú has visto alguno?", le preguntamos, no del todo seguros de que la respuesta vaya a ser negativa, pues ya conocemos las dotes imaginativas de nuestro interlocutor: "Sí, hombre" -responde con sorna-, "que si yo lo hubiera sentido, me iba a quedar a mirarlo...". Poco antes, este mismo amigo pastor había definido la escasa nieve caída como "harina de San Pedro". A poco que se le deje, el imaginativo se pone a hacer metáforas. (29/2/16)

martes, febrero 21, 2017

DESPUÉS

Acabo de verlos sobre el escenario. Y ahora, en la terraza del bar en la que toman un bocado antes de hacerse a la carretera después de la actuación, parecen como empequeñecidos. El hombretón de una pieza que tan expresivamente coqueteaba con la actriz principal es ahora un hombre más bien bajo que sonríe desvaídamente a sus contertulios; el descarado cómico travestido es ahora un muchacho tímido con gafas que tiene ganas de irse a dormir. Y la protagonista, una mujer de belleza racial y formas poderosas, que se había mostrado todo el tiempo segura del magnetismo que ejercía sobre el público encandilado -y no sólo el masculino-, es ahora una muchachilla menuda en la que con dificultad se hubiera fijado uno de no haber reconocido en ella a la actriz que habíamos admirado apenas unos minutos antes. Debió de ser efecto de las luces, de los trajes, del maquillaje, del propio juego de trampantojo entre la desnudez apenas entrevista -en un momento del espectáculo la chica se desviste discretamente ante un espejo, en un rincón del escenario- y su potente corporeidad vestida, lucida sin recato como sólo saben hacerlo quienes disfrutan siendo el centro de todas las miradas. Ahora, ya digo, son menos que nada: rostros anónimos en una multitud anónima. Como nosotros.


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Después del deseo colmado la pregunta es siempre. ¿hubiera merecido la pena aplazar su cumplimiento un poco más? (21/2/16)

miércoles, febrero 15, 2017

ARGUMENTOS

Planes inmediatos: viaje de M.A. a Londres, proyectada escapada a Loulé. El sábado, en una cena con amigos, no pude evitar pegar el oído a lo que se hablaba en el otro extremo de la mesa, donde se sentaba la facción, digamos, cosmopolita del grupo: larguísimos viajes al otro extremo del mundo. Sigue uno pensando que la medida natural de un viaje es la distancia que se puede recorrer entre el desayuno y la hora del almuerzo: cuatro o cinco horas en coche, o su equivalente en avión, incluido el trayecto hasta el aeropuerto y el intervalo de espera hasta el embarque; o un viaje en tren de esa misma duración. Londres y los pueblos del Algarve cumplen ese requisito; también el norte de Marruecos; y Madrid: he ahí los vértices de mi geografía sentimental. Y aún me queda mucho que ahondar en ella.

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Mi territorio literario, sin embargo, es mucho más pequeño. Lo delimitan los poemas que sirven de núcleo a Cuaderno de Zahara y Diario de Benaocaz, a los que cabría sumar algunos de otros libros. Me sugería R. el otro día la conveniencia de compilar esos poemas; a los que habría que añadir, me decía, algunos nuevos, que reforzaran la unidad del conjunto y supusieran una definitiva "apropiación" -ésa fue la palabra que usó- del territorio. No sé si quiero hacer ese gesto. Acaso en la esfera literaria suceda, de una manera sutil, lo que en la geográfica y política: quienes llegan primero a un lugar plantan su bandera y los demás no pueden hacer otra cosa que disputarles la adquisición con las mismas técnicas que utilizan los estados en liza: haciendo valer presuntos derechos anteriores, o proclamando otros nuevos, y lanzando feroces ofensivas de conquista. No sé si el esfuerzo merece la pena.

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Se me ocurre que, en la dispersión de estas notas, no acaba de articularse ninguna historia; y que, por tanto, nacen privadas de la razón misma de ser de cualquier esfuerzo literario continuado, que no es otra que dar fe de un progreso. Por definición, van quedando fuera casi todos los aspirantes a personajes. Y no por falta de historias. Podría haber dado mucho juego, por ejemplo, un posible reencuentro con M., de quien no sabía nada desde hace veinticinco años, y que hace unas semanas me hizo llegar unas líneas para invitarme a una cena de amigos de entonces. "Si hubiera existido entonces este invento" -el correo electrónico-, "no habríamos perdido el contacto", me dice. Sonaba a excusa no pedida; sin contar con el hecho de que el uso del correo electrónico empezó a generalizarse hace lo menos veinte años: a mediados de los 90 ya lo usaba yo, desde una rudimentaria conexión telefónica exasperantemente lenta, para enviar mis artículos al periódico. Pero no he querido entrar en polémicas con esta vieja amiga surgida de entre la niebla. Tampoco asistí a esa cena. Y así me privo, en fin, de una posible línea argumental. Sabe Dios cuántas otras habré desperdiciado por gestos parecidos. (15/2/16)

martes, febrero 07, 2017

ENCÍAS


M.A. ya ha comprado los billetes para Londres. Es casi la primera vez que viaja sola, descartando algún que otro desplazamiento por motivos laborales. No parece asustarle. La sensación es, más bien, que esta familia opera ahora sobre un radio de acción más amplio, y que esa amplitud se traduce en libertad y extrañeza. Le preocupa, especialmente, el desplazamiento desde el lejano aeropuerto de Stansted al barrio del sur de Londres en el que quiere buscar hotel, lo más cerca posible del apartamento de C. Ya imagina su rutina durante esos días: las mañanas con C., paseo vespertino por Londres y luego al hotel, no más tarde de la hora en que allí cierran los comercios. Londres, ya lo sabemos, cambia a partir de ese momento, y aún más cuando, a eso de las once, cierran los pubs y el metro se llena de empleados cargados de cerveza, algunos cómicamente desceñidos en sus pulcros trajes de oficinistas, ahora con los cuellos desabrochados y las corbatas flojas. Es también la hora en que la ciudad resulta más cercana. En la periferia, lo sabemos por experiencia, las horas de cierre se relajan un tanto y es posible encontrar algún pub donde sirvan bebida y comida al filo de la medianoche.

A esa hora yo ya estaré viendo la televisión.


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Leyendo las galeradas de una nueva biografía de Cervantes que está a punto de publicarse y que me han encargado reseñar, no puedo dejar de emocionarme, como me ocurre siempre, cuando llego a la oportuna cita del célebre autorretrato que el autor de las Novelas ejemplares puso en el prólogo a las mismas, y en el que habla con humor de su vejez y decadencia física, con melancólico orgullo de los libros publicados, y con disculpable vanagloria de sus heridas de guerra, único patrimonio de un hombre al que parecía escurrírsele entre los dedos cualquier otra gloria lograda en su azarosa vida. Hay que valer mucho, sin embargo, para poder ganarse el derecho a firmar un autorretrato así. Cualquier otro, en comparación -incluso el celebérrimo de Antonio Machado- resulta, por qué no decirlo, un tanto afectado. 


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Farmacia cerrada por las fiestas patronales. Imposible comprar hilo dental y un colutorio. "En caso de urgencia", me dice un paisano, "siempre se puede llamar al timbre de la farmacéutica". Pero no estoy muy seguro de que mi dolor de encías sea una urgencia, así que opto por soportarlo estoicamente todo el fin de semana. Menos mal que la cerveza alivia y los bares no están cerrados. (7/2/16)

viernes, enero 27, 2017

ESPACIO



El solar del antiguo cementerio visto desde las ventanas de la fachada este del instituto: donde se alzaban las hileras de nichos crece ahora un tupido herbazal, que las últimas lluvias han reverdecido. De las antiguas trazas del cementerio se conserva sólo el pavimento de sus calles y los monolitos que señalan algunas intersecciones o lugares prominentes del recorrido. También, restos de lápidas, que ahora no sabríamos decir si todavía cumplen la función de señalar dónde yace un cuerpo o simplemente ocupan el lugar que les ha asignado el azar en el proceso de desmantelamiento general del camposanto. El mar, al fondo, suma su amplitud a la del solar vacío, excepcional en medio de la apretada ciudad. Y en el vuelo sin obstáculos de la vista hasta el horizonte, se hace sentir el recuerdo de otros cementerios ahora igualados a éste en el abandono y en el matiz clemente que les presta la luz: pienso en el de Larache, por ejemplo, donde, entre los muertos de la antigua guarnición española, yace Jean Génet. 

Se me van los ojos hacia ese ilimitado espacio de silencio y luz, y casi dejo de percibir el runrún atareado de mi alumnos. "Qué paisaje tan alegre, ¿verdad?", me dice una chica sentada en primera fila y que ha debido captar mi ensimismamiento. Sonrío para agradecerle lo que entiendo como una mano tendida para regresar al contexto inmediato. Pero pienso que, en el fondo, su comentario no supone una ironía: hay una cierta alegría serena en ese espacio que ha albergado a los muertos y por el que ahora respira la ciudad. Y sólo cuando lo llenen de construcciones, el recuerdo que quede del lugar -como el del antiguo Cementerio de los Ingleses, del que sólo queda una desolada plaza entre viviendas ínfimas- se hará lóbrego y triste. (27/1/2016)

jueves, enero 26, 2017

RELATOS



En el aeropuerto, esperando a C. Presentimiento de que quien va a aparecer de un momento a otro tras la barandilla de la sala de espera no va a ser exactamente la persona que vimos partir hace unos meses. Físicamente, desde luego, ha cambiado: más delgada, incluso se diría que más alta; y teñida de rubio, con el pelo a mordiscos, reminiscente del peinado que la propia M.A. gastaba a mediados de los ochenta, cuando todos -hasta yo mismo, ay, con mis patillas y mi pelo a cepillo- éramos un poco punkies. Un tanto endurecida, parece; aunque, curiosamente, el rostro se le ha aniñado, quizá porque ha empezado a perder la hosquedad propia de la adolescencia. En el coche, devora un bocadillo de queso y en casa hace lo propio con una gruesa tortilla de patatas. El excelente apetito nos reconforta. Trae también ganas de hablar, y todo aquello que queríamos preguntarle, e incluso las advertencias que queríamos hacerle y las obligaciones que creíamos necesario recordarle, salen a relucir en su discurso sin que haga falta repasarle la agenda. Mañana, anuncia, se levantará temprano para solventar el trámite de la documentación caducada. Hay amigos que ver y visitas familiares inexcusables. Hay, también, un deseado momento de soledad entre sus cosas, en su habitación, que instantáneamente regresa -una maleta en el suelo, un radiador en medio, ropa amontonada sobre la cama- al desorden que le es propio. Pienso en mis propias escapadas juveniles, mucho más tardías y modestas, y en la necesidad de acumular experiencia para construir el relato de la propia personalidad. Nada parece anunciar que vaya a molestarse en escribirlo: incluso se refiere con ironía a las memorias que anda redactando su compañero de viaje, que se ha quedado en Londres. Pero está claro que esta casa es inconcebible sin la presencia actuante de un registro escrito de cuanto hacemos. Y al día siguiente me sorprende constatar que ha encontrado la libreta en la que anoto las películas que veo y está procediendo a localizarlas en su ordenador. Curiosamente, entre toda la ganga anotada, se ha fijado en las más significativas; entre ellas, Ma nuit chez Maud, cuya presencia en su propia selección atribuyo a su sexto sentido para desenmascarar las debilidades de su padre. (26/1/2016)


Imagen: Isabel, Umberto y Marco, 2008, de Dis Berlín.

martes, enero 24, 2017

MILAGROS


Almendros en flor. Alguna vez hemos podido constatar la extraña armonía resultante de la coincidencia de estas flores blancas con la blancura del campo nevado. Este año no. Hemos salido a cuerpo, sin ropa de abrigo. E incluso nos hemos parado a descansar a la sombra de un fresno, cuando lo normal en estas fechas hubiera sido buscar el sol. Aun así, y a despecho de quienes, seguramente con razón, diagnostican toda clase de desarreglos derivados de la anomalía climática, hemos disfrutado de la benignidad de la mañana. Que no cabe comparar con la de una primavera anticipada: la luz es de invierno, como es invernal cierta nota amenazadora en el vientecillo fresco. Siente uno dentro también esa desconcertante mezcla, esa especie de insinuación de un temor antiguo en lo que a todas luces es una desacostumbrada sensación de bienestar.

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Cuenta J., nuestro amigo pastor, cómo procedió a capar un cabrito de su rebaño para impedir que se apareara con las cabras de un rebaño vecino, a las que prefería a las de casa. Lo tumbó panza arriba y le sajó sus partes de una cuchillada, para dejarlo marchar sin otra cura que el anudado de la vena sangrante. Me consta que este J. no es un hombre cruel: al contrario, nos sorprenden sus rasgos de sensibilidad y su vida en plena armonía con la naturaleza. Por eso mismo, suele negarse a hacer de matarife de los animales que cría, por más que le insistan los potenciales compradores de los mismos... Para cambiar de asunto le preguntamos por sus pavos reales, que pudimos admirar en una visita a sus dominios hace unos años. "Los he largado", dice. La collera había empezado a multiplicarse de un modo desmesurado, así que optó por regalar los pavos. "No me queda ni uno", remata. Y entendemos que la regla de oro por la que se rige ese mundo privado es la que se deriva de la necesidad de evitar su desbordamiento. "Lo mismo dan doscientas que cien", había dicho antes, en respuesta a una pregunta sobre las dimensiones de su rebaño de cabras.

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Mañana llega C. de Londres. (24/1/2016)

sábado, enero 21, 2017

COSTUMBRISMO




Asomado a la ventana, con la vista puesta en el horizonte y una cierta voluntad de hacer abstracción del entorno urbano que me rodea, me asalta la plena convicción de que la imagen que tengo delante -la playa, unos escollos, el cielo jaspeado de jirones de nubes- es la misma que pudo haber contemplado alguien que se hubiese situado en este lugar antes de que existiera, no ya el edificio en el que estoy, sino la propia ciudad o incluso los rudimentos mismos de sociabilidad de los que ésta ha surgido: un merodeador solitario que se hubiese parado a otear el mar desde la cima de un promontorio y que acaso hubiese tenido también la premonición de unas gentes extrañas levantando sus casas y afanándose en sus rutinas en ese mismo sitio muchos siglos después, alterando para siempre su fisonomía, pero manteniendo intacta la posibilidad de fascinación ante lo inmenso, en la que sólo cuenta la mirada y el horizonte que la circunscribe.

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A esta hora de la mañana el hospital parece una feria. Los bares que flanquean la carretera de acceso están atestados, como lo está el aparcamiento de pago que han habilitado en un descampado adyacente a la zona hospitalaria propiamente dicha. En los accesos, vendedores ambulantes y puestos de fruta. Sensación, de pronto, de estar en un país abigarrado y remoto, que no es otro que el ignoto corazón de nuestro insalvable costumbrismo. Hacer literatura de esto casi sería un abuso. (21/1/2016)