lunes, julio 27, 2015

HUMOR

Lujos del tiempo libre: convertir lo accesorio en principal y hacer de los actos cotidianos una pequeña odisea. Comprar pan, por ejemplo. Me habían hablado de las excelencias del que trae cierto panadero ambulante que pasa por la plaza a primera hora de la mañana. Y como, en fin, incluso en vacaciones conserva uno las malas costumbres de quien no se aviene muy bien con el sueño, me he despertado a tiempo de acudir en persona a comprobarlo. Pero éramos tres en la plaza y el panadero sólo traía avío para uno. Por deferencia, me dejan que me quede con las preciadas piezas, que servirán para el desayuno. Así que empieza uno el día dejando sin pan a los demás; y dando pábulo a la mala conciencia, ay, que es también un sentimiento que tiene mucho que ver con el exceso de ocio.

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Hay libros malos que lo serían menos si, en el proceso de edición, alguien hubiese advertido al autor de todo aquello susceptible de mejora. Cuando los lees, no culpas tanto de sus defectos al escritor como a la ausencia de un buen corrector de pruebas y de un editor literario competente. Naturalmente, hay autores que no los necesitan. Pero también hay quienes, una vez desbrozado el camino, son literalmente incapaces de volver sobre las páginas en bruto para pulirlas un poco. Ocurre sobre todo en las traducciones y en los libros de encargo, en los que el editor tiene una clara responsabilidad compartida con el autor. Que no siempre asume, por otra parte. Quizá porque tampoco nadie se la exige.

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"Tienes menos vergüenza que el gato de una fonda", oigo a un padre regañar cariñosamente a su hijo. Lo que es también un modo de instruirlo en el humor.

miércoles, julio 22, 2015

TOMATES

Pregunto a L., tan aficionado a los animales -tiene gatos, palomas, gallos y gallinas de distintas variedades, etcétera-, por qué no tiene perros. Y me contesta que los ha tenido, pero que ya no recoge a ninguno más "porque un perro vive doce o catorce años, y yo ya no creo que vaya a durar tanto, y a ver qué va a ser del animal cuando yo falte". Hay que decir que L. es fuerte como un roble y goza de una salud excelente. Lo que no implica que se llame a engaño respecto a lo limitado de la vida humana, por mucha añagaza salutífera con la que queramos hacernos la ilusión de poder alargarla. Pero no había fatalismo en sus palabras, sino, más bien, una especie de infinita consideración... hacia los perros.


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Tomates rosados de Tavizna. Grandes -en dos kilos caben tres-, reventones, perfumados. Cortados en rodajas y aliñados con aceite, vinagre, sal y albahaca, no hay aperitivo mejor. Nos dice el frutero que un catalán le ha comprado once kilos. También uno quisiera hacer provisión, como las hormigas. Pero no. Mejor comer el fruto del día. Lo que, desde Horacio, ya se sabe que se aplica no sólo a las hortalizas -no a los tomates, desde luego, que no los tenían-, sino a casi todo.


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El ocio: esa ilusión de vacío que inmediatamente llena uno de rutinas. Escribo un poco por las mañanas, tomo el aperitivo, almuerzo, duermo la siesta, pinto una acuarela, leo, a la fresca salgo a pasear, de madrugada veo una película... Y otras cosas que no digo, claro. Ya sé que son unas vacaciones muy poco envidiables, e incluso un poco pobretonas. Hay quien, para llenar el tiempo libre, se va a las Quimbambas, o se machaca a fuerza de noches sin dormir. Supongo que lo mío es un problema de falta de imaginación; o de exceso, tal vez, porque, después de todo, si algo descubro en estas rutinas del ocio, es que también los pequeños mundos por explorar que se abren en ellas son, como las Quimbambas mismas, inabarcables.

lunes, julio 20, 2015

BICHOS

Un alacrán en el sofá. Comprensible pánico. Pero estos huéspedes nuestros, que se disponían a convertir el sofá en cama, no pierden la calma: sacan la funda a la calle y dejan caer el animalejo sobre la acera, donde lo rematan de un pisotón. No se lo reprocho: yo también soy tremendamente aprensivo con según qué bichos. Con excepciones, claro: la mañana anterior, sin ir más lejos, descubrí una enorme araña patilarga sobre uno de los altavoces del equipo de música. La empujé con suavidad hasta obligarla a deslizarse pared abajo y luego, por el suelo, hasta la puerta y la acera, donde inmediatamente buscó refugio bajo el coche. Y allí la dejé, sana y salva, en esa extraña realidad suya multiplicada por los prismas de sus ocho ojos.

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El lucero de la tarde: donde no había más que la acuidad del cielo azul y el trazo plateado del cuarto menguante, surge de pronto la cabeza de alfiler de la primera estrella. Los viejos del banco contiguo lo celebran con entusiasmo y comentan el sutil cambio de posición del astro respecto al día anterior. Así debió de nacer la astronomía; o, mejor, su alocada hermana, la astrología: de la mirada contemplativa de los viejos que, al registrar las sutiles variaciones en la configuración del firmamento, están constatando algo que les concierne mucho más, y que es tan imparable como la variabilidad misma de los fenómenos astronómicos.

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Cualidades y riesgos del Martini dry: uno abre el apetito, dos quitan las ganas de comer, tres suponen el ingreso en un estado de irrealidad en el que comer no es ni siquiera necesario.  

miércoles, julio 15, 2015

INTIMIDAD

Cena con amigos al pie de un nogal patriarcal, que bien hubiera podido servir para celebrar bajo su fronda un consejo de ancianos o un tribunal de reparto de aguas. Chistes, productos de la tierra y el mar, manzanilla fría. También, ay, su poco de política. Y la presencia invisible de un pájaro que me mancha al menos tres veces con pequeñas deposiciones blancas, como para recordarme que la felicidad también es eso.

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Política: el ámbito donde lo blanco también puede ser negro, o blanco y negro al mismo tiempo, y también lo contrario. Tiene uno sus simpatías, claro, y también un cierto sentido del determinismo social: sería absurdo, en fin, que quien viene de donde yo vengo y se gana la vida como yo me la gano tuviera según qué inclinaciones. Pero no olvido nunca que las meras simpatías no aseguran que aquello hacia lo que te inclinan sea lo acertado o verdadero. Leo a analistas de uno y otro signo y a menudo pienso que unos y otros tienen razón, y también que no la tiene ninguno, porque ya sabe uno lo suficiente del arte expositivo como para no perder de vista el hecho de que, básicamente, una argumentación creíble no es más que una lograda construcción retórica, y que el crédito a veces hay que ganárselo con méritos ajenos a la literatura: el mantenimiento, fuera de toda sospecha, de una cierta probidad intelectual, por ejemplo, o de una actitud vital merecedora del respeto ajeno y garante de una cierta valía personal y ciudadana. 

Nada de esto, por supuesto, tiene demasiada importancia, más allá del rato que lleva hojear el periódico de la mañana, porque la política de la cotidianidad se decide en ámbitos distintos al de la mera opinión. Y lo más preocupante de todo esto es el hecho de que algunos encuentren en la política una vía de escape a una agresividad que quizá tenga otros orígenes, y que frecuentemente encuentra satisfacción en la humillación o el sometimiento de otras voluntades más libres.

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El género diarístico -se queja la profesora Anna Caballé en un libro reciente- se ha resentido por la apropiación que los literatos han hecho del mismo en los últimos años. Quiere decir que los diarios que se publican hoy carecen de ese carácter prístino que tenían, pongo por caso, los de Ana Frank. Sea. Pero incluso la desventurada muchacha de Amsterdam presuponía un interlocutor cada vez que acudía a su cuaderno íntimo, y de esa presuposición -a la que no es ajena, por ejemplo, el hecho de que yo haya elegido Internet con el mismo objeto- se alimenta todo proyecto diarístico que se precie, definido ya como género literario con convenciones propias, y cuyas condiciones de verdad son las mismas que se le exigen a otros géneros cuya legitimidad moral, pongamos, implica que, además de su mérito formal, transmitan algún tipo de verdad humana relevante para el autor y sus lectores: también lo hace la poesía, por ejemplo, o las pocas novelas que se han ganado la condición de obras insustituibles para la conciencia de la humanidad. 

Lleva uno diez años acudiendo a esta pantalla con esa convicción, y de la misma se ha valido para pensar que tenía algún fundamento la decisión de armar algunos libros -tres, hasta ahora- con los textos previamente escritos en este elusivo formato. Eran obras literarias, sí, además de diarios íntimos urdidos bajo un compromiso -que es también una presuposición literaria- de sinceridad. No podrían haber sido escritos de otro modo.

lunes, julio 13, 2015

REVOLUCIÓN


También aquí habrá sus conflictos, como podrían atestiguar quizá los policías de servicio en el módulo de seguridad o los responsables del puesto de primeros auxilios. Pero hay algo en la multitud congregada en una playa en una mañana de domingo que hace pensar en la realidad de las utopías: relajados, desnudos y felices, casi como habría querido Fourier si, en vez de soñar con el orden cerrado de los falansterios, hubiera tenido delante la visión de una playa atlántica y la premonición de esa excrecencia de la prosperidad -sí, incluso en estos tiempos- que llamamos vacaciones.

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Aunque también aquí hay quien desentona: por ejemplo, el tipo con modales de capataz de obra que, a la hora en que los aparcamientos de la playa empiezan a colmarse, atraviesa su Mercedes de banderillero en un hueco en el que perfectamente hubieran cabido dos coches en batería.

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Hay transparencias del aire -la que aporta el bendito viento sur, por ejemplo- que redundan casi siempre en turbiedades del agua de la orilla; y viceversa: turbiedades del aire -la atmósfera caliginosa de una mañana de levante- que tienen como efecto un mar perfectamente cristalino. Etcétera.

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Las revoluciones deberían empezar siempre ante el espejo.

miércoles, julio 08, 2015

LOS ALIMENTOS TERRESTRES

Para alcanzar el tejado, el antenista ha tenido que encaramarse al de una casa más baja situada cuatro portales más allá y recorrer la línea de tejados contiguos hasta situarse en el nuestro. Lo voy siguiendo desde la acera y tengo la impresión de que, si pasara por aquí una patrulla de policía, nos confundiría con una pareja de ladrones: el que trepa a la casa ajena y el que le espera con el saco al pie del balcón. En efecto, al rato empieza a arrojarme cosas: "Te echo la alargadera", me dice. Y cae primero el carrete de la misma, a modo de contrapeso, sostenido en el tramo de cable que progresivamente el operario va largando desde el tejado. "Ahí va el ordenador", me dice, y deja caer, al cabo de una cuerda, un maletín muy baqueteado, en el que guarda el pequeño portátil del que se vale para comprobar la intensidad de la señal que llega al tejado. Previamente ha mantenido una curiosa conversación con el compañero que controla el repetidor, a unos kilómetros de distancia. "Estamos reorientando la antena del repetidor", me explica. Y yo me imagino el lento y preciso movimiento circular de una parabólica oteando el universo, hasta captar el rayo cósmico que ha de reenviar a mi casa, y en el que a partir de ahora llegará a la misma, como si lo necesitáramos, el fárrago del mundo exterior.

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De noche, a la plaza habitualmente fresca llegan bocanadas de un viento como de boca de horno. Está cerrado el bar pero, como las mesas de la terraza están puestas, sacamos una botella de vino para echar el rato. Somos dos, pero mi acompañante ha traído tres vasos. "¿Y eso?", le pregunto. "Es por si viene alguien". Y efectivamente, cuando ya casi hemos acabado la botella vemos abrirse la puerta de la casa frontera, cuyas ventanas y persianas estaban cerradas a cal y canto, y aparecen los vecinos, que creíamos ausentes. "Lo teníamos todo cerrado por el calor", nos dicen. Servimos lo que queda de vino y el recién llegado, antes de sentarse, pone a enfriar otra botella, mientras su mujer se retira cautelosamente para reaparecer al rato con una fuente de brócoli aliñado con aceite de ajos fritos... Los transeúntes miran con extrañeza al grupo congregado en la terraza del local cerrado, como si se preguntaran de dónde habrá salido las bebidas y alimentos que ocupan la mesa. Pero ya sabemos que les nourritures terrestres nacen de la confluencia entre las potencias del suelo y la influencia de los astros, y uno no tiene más que sentarse y alzar los brazos en señal no tanto de súplica como de adoración.

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No confundir laicismo con nihilismo. Y me agrada mucho comprobar que C., que en tantas cosas discrepa de nosotros, entiende y se aplica este elemental principio, cuya esencia es retener la capacidad de asombro que predispone a una aceptación, no necesariamente dentro de las pautas de una religión establecida, de lo sagrado.  

lunes, julio 06, 2015

EL CORO

A juzgar por el silencio circundante, deducimos que quienes podrían romperlo duermen todavía el sueño de los trasnochadores. Son, sin saberlo, herederos de la predilección romántica por la noche y sus misterios. Pero no lo hay mayor que esta paz y esta transparencia, en la que incluso los rigores del calor se ven aliviados por una brisa que todavía no ha tenido tiempo de convertirse en rebufo de boca de horno. No, no envidia uno a los adolescentes dormilones ni -tampoco literariamente- a los insomnes de espíritu atormentado. Si alguna vez me tildaron de noctámbulo, ya no presumo de ello. Lo mío, decididamente, son estas mañanas junto al balcón, los pies desnudos, la mente despejada: todo lo que empieza a torcerse, ay, con la siesta.

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Por eso mismo, no envidio a estos animosos amigos que, con unos cuantos lustros de edad más que yo, todavía muestran un envidiable aguante para los excesos conviviales. Mi único motivo para desear estar a su altura sería, en fin, poder cultivar con más asiduidad su compañía. Por lo demás, me cuentan su última hazaña y casi me agota la mera consideración mental de la misma. Consistió en una excursión gastronómico-festiva a una ciudad cercana afamada tanto por sus bodegas como por los productos de su puerto pesquero. Salieron al amanecer y desayunaron en ruta. Luego visitaron una bodega y probaron los caldos recomendados, acompañados de los correspondientes aperitivos. Con eso, yo ya me hubiera retirado. Pero no: siguió un espléndido almuerzo, y luego un paseo por los muelles, en los que se negoció la compra de algún lote de marisco fresco que esa misma noche, ya en casa, sería cocinado a la parrilla y degustado al aire libre... No, yo ya no tengo estómago más que para una sola comida copiosa al día, y soy de los no cambian una buena siesta por el privilegio de una sobremesa larga. El cuerpo no da para más. Y, sin embargo...

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No hay escapismo en este diario. Pero quien quiera encontrar en él alguna alusión a las cuestiones políticas del día, que vaya mejor a una hemeroteca, porque la clase de compromiso con la realidad que aquí se practica es de otra índole. Sin embargo, animo a que se establezcan los correspondientes paralelismos. Asombra a veces la enorme coincidencia existente entre los altibajos de la intimidad y los que afectan a la vida pública. Como la hay -ya que está de tanta actualidad lo griego- entre los monólogos de un actor de tragedia y los cantos del coro.

miércoles, julio 01, 2015

PANDORA

Revuelo de golondrinas sobre un solar vacío. No sé si se aplican a dar cuenta de una nube invisible de insectos o, simplemente, obedecen a un impulso dictado por la estación. En todo caso, me sacan de mi ensimismamiento. Iba uno también con la cabeza a pájaros, pero de otra clase.

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Primeras horas de vacaciones. Reparo una cerradura que se bloqueaba, me desprendo de algunos enseres viejos, hago gestiones atrasadas... Cuestiones de intendencia, antes de encarar lo fundamental, que es la vivencia del tiempo sin obligaciones, o con otras obligaciones libremente elegidas -las que ocupan los otros meses del año también fueron en su día libremente elegidas, pero quién se acuerda-.

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¿Quién dice que Pandora y el holandés errante (Pandora and the Flying Dutchman, 1951) es una mala película? Se le tiene cierta antipatía porque abrió la época de los rodajes internacionales baratos en la España de Franco, con toda esa parafernalia añadida de vida nocturna frenética para ricos y tácito silencio de los implicados sobre la realidad española del momento. Pero el pobre Albert Lewin, un artesano con ínfulas poéticas, no podía prever lo que vendría después. Bregó con los amoríos de Ava Gardner y el torero Mario Cabré, bregó con la presencia incómoda de Sinatra, en la primera fase de su tortuosa relación con la diva -leo todo eso en un reciente libro de Francisco Reyero sobre Sinatra en España-. Pero hizo una película hipnótica y arrebatada, bajo la advocación expresa del fatalismo del persa Omar Khayyam y de la no menos fatalista visión del mundo del inglés A. E. Housman. Hay escenas visualmente inolvidables, como la carrera del bólido -una versión de uno de los primeros Blue Birds de Malcolm Campbell- por la playa de Tossa de Mar, o el fantasmal despliegue de velas, sin intervención humana, en el yate del atormentado personaje interpretado por James Mason. Etcétera.

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¿Y un verano sin lecturas? Lo aconseja la vista cansada, desde luego. Y no, no va a ser posible. Pero sería una novedad.

lunes, junio 29, 2015

LAGO


Hay que reconocer que, para ser artificial, está bastante logrado. Ya desde la salida de la estación de metro que lleva su nombre -"Lago"-, se percibe en el aire esa nota húmeda que delata la proximidad de una concentración de agua, y que sin embargo no se deja ver hasta que rodeamos un altozano arbolado y desembocamos en el declive en el que se extienden las casetas y mesas del restaurante y las cafeterías instaladas en el extremo suroeste de la laguna, con vistas a un perfil de Madrid que abarca desde las cúpulas de pizarra de los cuarteles de Conde-Duque, a nuestra izquierda, al empaque entre oriental y ferroviario de las cubiertas de la Almudena, en el otro extremo. 

Nos han traído aquí los primeros embates que lo que los noticiarios han anunciado como una "ola de calor", que nos ha disuadido de desplazarnos hasta el centro de la ciudad. Y hemos acertado: el enclave es fresco y está razonablemente animado. Tomamos un par de cervezas y picamos algo, y entre una cosa y otra se nos echa encima el anochecer, que desde aquí también tiene algo de artificial, como si el panorama iluminado que tenemos delante no fuera una ciudad real, sino una panoplia de cristal pintado. 

Cuando nos retiramos por donde hemos venido, nos sorprende el cambio en la afluencia humana en torno a la estación de metro: unas horas antes la llenaba una inesperada multitud en atavío playero, procedente de las piscinas y diversiones acuáticas de la Casa de Campo; ahora, al filo de las once, el desaliño ha cedido su lugar a las elegancias chillonas de la noche del sábado, en un interminable desfile de adolescentes más o menos maqueados y portadores, todos ellos, de bolsas de plástico en las que se hace sentir el peso y volumen de las botellas llenas. Acuden, me informan, a los alrededores de una macrodiscoteca cercana. En un banco de la estación, una adolescente vestida con un vertiginoso minivestido negro se ha parado a retocarse el rímel, y para ello usa como espejo el cristal de la pantalla de su teléfono móvil. Y allí la dejamos cuando llega nuestro tren.

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Aquí las cotorras de importación disputan su predominio a las urracas. Pero, como sucede en otros órdenes en este honrado barrio de Batán, la convivencia es pacífica y la variedad se traduce sólo en una nota añadida de color. Y nosotros, que también somos extraños aquí, lo agradecemos. 

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Como uno es perezoso para conducir, el hecho de haber hecho varias veces este viaje en coche en los últimos meses se me antoja una hazaña. Son apenas seis horas, más los correspondientes descansos, que son los que añaden la nota novelera. En una de esas paradas, la embocadura del área de servicio resulta ser también el carril de entrada a la central nuclear de Almaraz, que deja ver su arquitectura de futurismo de tebeo -un poco al estilo de los de Tintín- al fondo de un declive. Irónicamente, bajo la marquesina de la gasolinera un animoso hortelano ha instalado un vistoso puesto de frutas y verduras, no sabe uno si criadas allí mismo, al pie de los reactores nucleares. 

lunes, junio 22, 2015

PLAYA

Tras la playa, y después de haberse refrescado uno convenientemente en la ducha, la resaca:  esas horas durante las que la piel exuda el sol acumulado y el cuerpo tiende a la lasitud agradecida. Las pasa uno como puede, igual que las otras resacas, aunque sin la mala conciencia característica de esos días de arrepentimiento y purgación. Y si el resultado es, al final del día y después de una nueva ducha, esa rubicundez característica de los ociosos tras una jornada al sol, mejor que mejor. Siente uno, si acaso, un vago remordimiento por no haber llamado en todo el día a su agente de bolsa... Pero así es la vida de los ricos en estos paraísos donde el sol y el mar son gratis.

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Debe de ser la calle más concurrida de la ciudad: por la orilla, en el tramo de arena endurecida inmediato al ribete donde mueren las olas, paseantes a miles. Con la particularidad de que, aquí, la convención indumentaria es muy ancha, y lo mismo vale pasearse con camisa, sombrero y gafas de sol que apenas cubierto -o cubierta- por un somero taparrabos o un tanga. Si yo fuera político en campaña, éste es el sitio al que vendría a dejarme ver. Lo que no sé es qué ropa me pondría.

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Si cierro los ojos, mis sensaciones se reducen a la caricia del viento sur y al rumor del mar en los oídos. No pido más.

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La patrulla de la policía de playa, en su cochecillo casi de juguete, persiguiendo infructuosamente desde la orilla a un infractor que cabalga alegremente las olas con unos arreos de kitesurf...

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Después de venteado, en el periódico sólo quedan las noticias más onerosas y graves. Lo mejor es tirarlo.

jueves, junio 18, 2015

RATAS

Entre semana mi vida social, si es que así puede llamarse, se reduce a las salidas que hago en días alternos para correr. No es que hable con mucha gente en esas ocasiones: en los últimos dos meses, la única persona con la que he cruzado palabra ha sido un viejo compañero de natación que alterna las sesiones de piscina con estas caminatas. Si cuando me lo encuentro voy al paso, me paro a intercambiar con él alguna impresión sobre el tiempo; si voy corriendo, me limito a saludarlo con la mano. Esta parquedad de contactos sociales no significa que no me haya familiarizado ya con la concurrencia. Todas las tardes coincidimos aquí más o menos los mismos: una anciana muy encorvada que anda siempre a paso muy rápido, como si huyera de un enemigo que ya debe de tener muy cerca; varias parejas de mediana edad, y otras tantas jóvenes; algunos que parecen tomarse muy en serio esto del ejercicio y salen a correr magníficamente equipados; y otros, como yo, más bien zarrapastrosos, que se ponen la primera camiseta vieja que encuentran. A veces sorprende la presencia de un extraño o un excéntrico: la semana pasada, por ejemplo, me crucé con un tipo vestido con un impecable traje negro, indiferente al sol que encendía la tierra amarilla de la pista y nos hacía sudar a todos la gota gorda... Hay también una tribu de ciclistas y un nutrido número de paseantes de perros, uno de los cuales ayer se asombraba de que su diminuto chucho doméstico, seguramente muy apacible, pugnara por soltarse de la correa y echar a correr detrás de una enorme rata que acababa de cruzar la carretera. En general, parecen todos personas pacíficas, o al menos el entorno en el que coincidimos no da ocasión para que manifiesten la agresividad que caracteriza a buena parte del prójimo en otras circunstancias. Incluso los ciclistas son aquí más comedidos que cuando se los cruza uno en su circuito urbano. Son, ya digo, mi sustitutivo de todas esas otras actividades que cada vez voy espaciando más. Muy pronto empezaré yo también a corretear las ratas. Al tiempo.

lunes, junio 15, 2015

A GRANEL

Ha debido de entrar por la chimenea y luego no supo salir. A juzgar por las deposiciones que hemos encontrado por toda la casa, debió de revolotear de un lado a otro hasta caer agotado. Y ahí lo hemos encontrado, junto a la puerta del balcón: todavía blando y se diría que no del todo frío, como si hubiera muerto ahora mismo. Me avergüenza saber tan poco de pájaros, pero ni siquiera estoy seguro de si se trata de un gorrión. Lo envuelvo en un trozo de papel y lo deposito en el contenedor. A la mañana siguiente limpiamos la casa, que ahora ha adquirido para nosotros un cierto carácter de trampa laberíntica. También la gata parece inquieta: esa posible presa le ha ganado la partida por la mano.


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En estas reuniones nuestras alrededor de una buena comida, hemos pasado del vino tinto más o menos escogido al vino fino a granel. Tiene todas las garantías: viene directamente de una bodega jerezana o de un despacho de vinos sanluqueños, según, y en ambos casos da buen resultado: se ajusta bien a nuestros sencillos manjares y no deja resaca. Eso sí: viendo la garrafa de plástico de cinco litros o la frasca sin etiqueta de donde lo servimos, da la impresión de que nuestra mesa se ha hecho más menesterosa, y quizá el hecho tenga algo que ver con los hábitos algo más morigerados que hemos ido adquiriendo en estos tiempos. Pero no: lo que nos está sucediendo, más bien, es que se nos ha caído una cáscara, o quizá simplemente un disfraz, y han aflorado en nosotros los hábitos de la generación de nuestros padres, que no entendían de añadas ni cosechas, sino que, para disfrutar del calor de un poco de vino por las tardes, nos mandaban con una botella vacía a la taberna de la esquina a comprar un litro de chiclana, blanco o dulce, o mezclado -estos últimos, por deferencia hacia los niños, a los que se les daba una copita en pago del mandado-.


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Aquí el cambio político lo han celebrado con una paella. Y el precio de la independencia ha sido no comer arroz. 

viernes, junio 12, 2015

PÁJAROS

De todas las formas del ruido, es quizá la única que no interfiere con el pensamiento. Es también una invitación a ahondar más en el campo de la propia mirada, como si alcanzar a distinguir la fuente del canto supusiera alguna clase de perfeccionamiento de capacidades perceptivas normalmente adormecidas. Y es, además, el sonido del entorno inmediato cuando quiere presentarse como realidad trascendida. Canta un pájaro y aguza uno el oído como para entender en ese canto una especie de afirmación de la propia perdurabilidad.

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Hay bellezas de barrio que parecen máscaras, como hay juventudes impostadas que sugieren directamente el tacto de un pergamino ajado. Se evidencia en todo ello una penosa inadecuación, diríamos, entre el fin y los medios. Y también una especie de moraleja política: la constatación del fracaso que suponen ciertas formas de escolarización obligatoria.

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A la vuelta del verano este diario cumplirá diez años. Buen momento para ponerle punto final. Como experimento sobre el modo de transcribir la propia intimidad, quizá ha durado ya lo suficiente. Más me preocupa esta inclinación mía de ahora a concluir cosas, a ordenar y compilar. Demasiado... testamentaria, diría, sin querer parecer agorero. Pongamos mejor que tengo otros proyectos, quizá no tan indulgentes con la noble inclinación a mirarse el ombligo. Aunque quién sabe. 

miércoles, junio 10, 2015

MATINAL

Desde que un reciente cambio en mi horario laboral me obliga a aparcar en estas calles apartadas, me cruzo con esta mujer casi todos los días, siempre a la misma hora y casi en el mismo punto de la calle. No debe de tener menos de sesenta años, aunque aparenta más. Y se deja literalmente el resuello en empujar una especie de cochecillo en el que reposa un muchacho impedido y de gesto ausente, al que supongo han prescrito la conveniencia de ese paseo matinal. Calculo que el muchacho debe de ser el nieto de quien lo cuida, y se me ocurre que este arreglo familiar -nietos que, ante la ausencia o desatención de sus padres, son criados por sus abuelos- no es del todo infrecuente en estos barrios. Cuando me los cruzo, suelo ir absorto en mis asuntos, en una especie de adelanto mental del día que me espera. No hay angustia ni ansiedad en ese repaso, pero sí, a veces, cierta impaciencia, como si me pareciera que la mejor manera de resolver la jornada fuera cerrar los ojos y despertar milagrosamente al final de la misma. A veces yo mismo me espanto de la tremenda inconsecuencia de ese deseo casi sin formular: de cumplirse, los días de uno se convertirían en una mera fantasmagoría de horas pasadas en perfecta vacuidad. Dura poco, por suerte: siempre hay algo que me hace recobrar el apego, digamos, a mi realidad inmediata. Y se me ocurre ahora que, en estas últimas semanas, ese supremo instante de recuperar la noción de sentido coincide con el momento en el que me cruzo con esta vieja que empuja por la acera la silla de su nieto inválido. Algún día debería agradecérselo.


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La belleza de las cincuentonas...


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Consuelos del hastío: leer por no claudicar.

lunes, junio 08, 2015

INGRÁVIDOS

La sombra nos pega a la tierra; quiero decir que, sin sombra, somos un poco ingrávidos, y eso es lo que sentimos en tardes como ésta, en las que una fina bruma difumina la luz y ésta nos envuelve con idéntica intensidad desde todas direcciones. Hay que decir que también nos falta un poco el aire, porque el viento predominante, más que empujarlo hacia nosotros, parece arrebatarnos parte del que necesitamos para respirar. Y treinta grados a la sombra. Decididamente, el verano que se avecina va a ser duro. Y qué poco dura mi estación preferida, que es el entretiempo. 

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A algunos libros ya de por sí oscuros el traductor, que tampoco parece haberlos entendido, les añade un poco de oscuridad supletoria. Y basta con que detectemos algún descuido evidente por su parte para que éste redunde, de inmediato, en beneficio del menoscabado autor.

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A muchos poetas a los que hemos leído en traducción les concedemos un voto de confianza que a lo mejor no merecen.

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Dejar de escribir -quiero decir, dejar todo lo que acompaña subsidiariamente a la escritura- para escribir mejor; es decir, para escribir sólo lo que importa, que es siempre menos de lo necesario para hacerse oír. Y renunciar, sobre todo, a esa parte de la escritura que es mera gesticulación.

viernes, junio 05, 2015

MELANCOLÍAS


El consuelo del pesimista es permitirse un margen de error.

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No hay logro que no nos acerque a la impostura suprema, que es la pretensión de haber alcanzado todos los logros.

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Ante cierta "Biblioteca de Libros Premiados" hace apenas unos lustros: si le cambiáramos el nombre por el de "Biblioteca de Autores Olvidados", nadie se daría cuenta.

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Cuando ha cumplido uno los suficientes años como para pensar que ya no va a doblar esa edad, la pretensión de doblar la intensidad de las experiencias que le quedan por vivir tampoco es solución.

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Mirar demasiado descaradamente un escote es una descortesía, pero no mirarlo también.

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A partir de cierto momento en la trayectoria intelectual de cada cual, con los libros leídos y las películas vistas hay que decir como en ciertos juegos de cartas: "Me planto". Lo que no significa que uno no intente adivinar qué cartas llevan otros.

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"Nunca es tarde para empezar", dijo el moribundo. Y la verdad es que nunca se halló tan al comienzo de algo radicalmente nuevo..

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Melancolías de bibliotecario: los libros que nadie ha abierto nunca son los que más viejos parecen.

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Melancolías de amante: hay cosas que, después del orgasmo, no se ven de la misma manera.

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En el infierno de los escritores todos están obligados a escribir una y otra vez su primer libro.

miércoles, junio 03, 2015

DÉJÁ VU

Sensación de déjà vu mientras veo esta olvidada película de César Ardavín, Cerca de las estrellas, fechada en 1962. Se debe, me imagino, a la inmediata relación que establezco entre este cuadro de costumbres sobre cómo transcurre el domingo de una familia obrera en la Barcelona de entonces y las fotos de familia en las que veo a mis padres recién casados -y también, casi siempre, endomingados, como corresponde a las ocasiones de posar para esas fotos- ese mismo año. Uno vendría al mundo unos meses después, y pasaría parte de su infancia en unas habitaciones de azotea como las que sirven de escenario a esta película. Impresión de pobreza limpia, de dignidad mantenida en la precariedad. Para infundir un poco de dramatismo al cuadro, los guionistas atribuyen a uno de los personajes un improbable trauma de guerra, que cabe situar en los incidentes que tuvieron lugar en torno a la entonces posesión española de Sidi Ifni en 1957-58. Pero lo cierto es que, más allá de este algo forzado conflicto existencial, y de alguna que otra borrachera destemplada, en la película no logra imponerse el tono de drama social que imperaba en su reconocible modelo, Rocco y sus hermanos, la película de Visconti estrenada apenas dos años antes. Predomina, más bien, esa especie de impostada placidez que acabo imponiéndose en buena parte de la clase obrera española en años de crecimiento económico, empleo abundante y prudente optimismo. Pero, más allá de cualquier interpretación política o social, lo que sorprende de la película es la justeza de sus observaciones sobre la vida cotidiana de sus personajes. Y llama muy especialmente la atención la fragilidad de los femeninos, desde la frustrada esposa joven que espera su primer hijo y sufre las desatenciones del marido, a las muchachas que tantean el difícil terreno del consentimiento a los requerimientos de sus novios, a sabiendas de que hacerlo puede costarles el desprecio de éstos y el consiguiente abandono en situación desairada... En un baile entre adolescentes, uno de los chicos participantes se enfada con otro porque está rozándose demasiado con su hermana. "A estas cosas no se trae a las hermanas",  le espeta el aludido. Recuerdo perfectamente ese ambiente moral, tan opresivo o más que el político, y su consiguiente traducción en un lenguaje de desconfianza y advertencia permanentes, vigente sobre todo entre las mujeres y determinante, en muchos casos, de los resabios de resentimiento y amargura que se apreciaban en el discurso de algunas. Triste panorama, que el país tardaría todavía algunos lustros en superar, aunque nunca del todo. 


martes, junio 02, 2015

LAS MANGAS DEL FRAC

Acacias florecidas. Imagina uno el disgusto de los barrenderos al encontrar las aceras diariamente alfombradas de flores amarillas. Pero qué exacto contrapunto de la luminosidad que filtran sus copas. Y qué privilegio entrar en la ciudad por una de esas desmedradas avenidas periféricas flanqueadas de árboles escuálidos y sentirse momentáneamente transportado a un espacio de revelación. Apaga uno la radio del coche, en consideración a no sé qué expectativa de silencio, como en el corazón de un bosque. Y nunca falta un imbécil que toque el claxon, para deshacer el hechizo.


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Bajo el sol inclemente de la primera hora de la tarde la pordiosera da de comer a los pájaros. Deshace un mendrugo de pan sobre el césped y luego se sienta en un banco, a mirar a los comensales. Viste uno de esos conjuntos imposibles determinados por los azares de los mostradores de caridad; y es, con diferencia, la nota más disonante en el cuadro que componen los macizos de flores, los bancos y el enlosado geométrico de la plaza. Pero es también, a su manera, el ángel tutelar de esta somera isla de verdor y pájaros en medio del tráfico. Y qué oportuno este semáforo, puesto aquí como para obligarnos a detenernos y mirar.


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De pronto al director de la orquesta empiezan a abrírsele las costuras de las mangas del frac y el público rompe a reír. Es su primer concierto y no termina de explicarse qué está saliendo mal, hasta que uno de  los músicos, apiadado, se levanta y le susurra al oído lo que ocurre. El hombre se detiene, cariacontecido. Se despoja de la prenda descosida, que su mujer le había traído del ropavejero, y se sienta junto a la tarima, con la cara entre las manos. Hasta que el director que le ha dado la alternativa tiene la ocurrencia de quitarse también él el frac y quedarse en mangas de camisa. Hacen lo propio, uno a uno, los mismos espectadores que, uno a uno, se habían echado previamente a reír. Y el concierto se reanuda triunfalmente. El milagro ocurre en Seis destinos (Tales of Manhattan), de Julien Duvivier: una de esas películas que dejan en el espectador la sensación de haber asistido a algo más que un simple espectáculo, y que se graban en la conciencia con la intensidad de la experiencia propia.

lunes, junio 01, 2015

MUCHO QUE CELEBRAR

Mucho que celebrar en estos días: cumpleaños de amigos, primeras comuniones, fiestas de graduación. También, ay, un velatorio. Todo forma parte del mismo ciclo. Y es curioso que, de las personas implicadas en estas veleidades mundanas, a quien le he visto la expresión más serena y ecuánime es al muerto.

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Virulenta discusión de borrachos, ella y él, en plena madrugada. Nos despiertan. "¿Te has fijado?", me dice M.A.- "Pese a todo lo que se han dicho, no se han insultado ni amenazado ni una sola vez. Y el motivo de la pelea es una estupidez. Sólo dos enamorados harían tanto ruido por tan poca cosa".

miércoles, mayo 27, 2015

SHE WALKS IN BEAUTY

Una franja de bruma en el horizonte crea el efecto óptico de que los barcos allí situados -un velero, un par de barcas de pesca- están suspendidos en el aire. Es una imagen hipnótica, de la que no podemos apartar la vista, hasta el punto de que esta flagrante contradicción de nuestro sentido de la realidad empieza a resultar molesta. Mejor mirar para otro lado, a nuestro confortable  mundo de objetos bien asentados en el suelo por la fuerza de la gravedad, no vaya a ser que...


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She walks in beauty, like the night..., empieza a recitar el campesino Marco a la mujer a la que ha brindado su ayuda después de que el coche de ésta haya quedado inutilizado por un accidente. Es el comienzo de la difícil historia de amor que surgirá entre este campesino, que pronto destacará por su valentía en los primeros combates de la inminente guerra civil española, y Norma, una dubitativa espía al servicio de los fascistas. Todo esto ocurre en Bloqueo (Blockade), una película de William Dieterle que se estrenó en 1938, cuando el resultado del conflicto era todavía incierto. Una de las primeras víctimas célebres de la guerra había sido el poeta Federico García Lorca, y quizá lo propio hubiera sido que el guionista de la película hubiera puesto en labios del campesino unos versos de este autor, o quizá mejor de algún otro poeta lo suficientemente conocido como para que sus versos hubieran llegado a la hipotética escuela de pueblo donde ese campesino culto y sensible habría aprendido las primeras letras.

Pero no: los versos en cuestión son de Byron, y basta este detalle para afianzarnos en nuestra impresión de que aquella España popular vista desde Hollywood tenía bien poco que ver con la España real. Hoy vemos esta película con simpatía y una cierta condescendencia. Y se nos ocurre que la cita de Byron quizá no fuera del todo inapropiada: aquella lejana guerra era, para el espectador anglosajón, tan exótica como aquella otra en Grecia en la que el autor de Don Juan perdió la vida... por un gesto.


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Cuando me hablan de novela histórica saco la pistola.