sábado, noviembre 16, 2019

LENCERÍA



15/11/2018


Las verdaderas preocupaciones no se dejan escribir, o resultan vanas o triviales tan pronto las ve uno escritas. ¿Anotaré aquí que MA me acaba de llamar para decirme que su avión, que debía de haber aterrizado en Barcelona, lo ha hecho en Reus, debido a que una tormenta impide la maniobra en el aeropuerto de destino? ¿Y que me ha dicho que sigue dentro del avión, aguardando a que la compañía decida completar la ruta en autobús o despegar de nuevo e intentar el aterrizaje en el aeropuerto previsto inicialmente? Si yo estuviera allí y lo pusieran a votación, tengo clarísimo que elegiría el autobús, aunque ello supusiera añadir a mi jornada un imprevisto trayecto adicional de más de 100 kilómetros. En fin, el caso es que quedo aquí, a la espera de una siguiente llamada tranquilizadora. Y lo veo anotado y no sé qué pensar. Tal vez la escritura no sea sino esto: una reconsideración de las inquietudes cotidianas para que, una vez objetivadas en la palabra escrita, parezcan... otra cosa.


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Goteo de ventas de mis libros. Tan lento y escaso que casi podría decirse que cada venta crea una especie de vínculo personal entre el comprador y yo, porque no sería difícil averiguar el lugar donde se ha producido y la circunstancia y filiación de aquel: bastaría con preguntar al librero. Y me pregunto si esta sensación es recíproca: si, cuando alguien da en leer a un escritor de mis características, aun a sabiendas de que ello difícilmente le va a brindar la posibilidad de intercambiar impresiones con otros lectores que hayan tenido la misma ocurrencia, siente que de algún modo se ha creado entre él o ella y yo un vínculo especial. Pienso, por ejemplo, en cierto par de libros míos de cuya venta he tenido noticia. ¿Han ido a parar a manos de lectores receptivos? ¿Serán leídos con el desapego con el que se hace uso de cualquier otro artículo destinado al entretenimiento personal o, por el contrario, con un cierto interés añadido? ¿Y luego? Pero posiblemente ese "luego" es lo que encierra la incógnita que realmente me preocupa.


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Tarde de compras. En la tienda de ropa de caballeros, el vendedor era locuaz: me ha ponderado el hecho, por ejemplo, de que la prenda que me estoy probando haya sido manufacturada en España, y que no por ello es más cara que las que traen de China o Bangla Desh; lo que quizá quiera decir, y creo que él no se percata de ello, que es posible que los salarios y condiciones de trabajo en España sean ya tan deplorables que permitan competir con esos países. Pero a lo que se refiere más bien es al hecho de que conoce bien el origen de todas y cada una de las prendas que vende y que posiblemente éstas llegan a su tienda a través de una cadena de transmisión cuyo último eslabón, posiblemente, sea un comercial a la antigua usanza, con su maletín y su muestrario. 

También la dependienta de la tienda de ropa de señoras -de lencería, en fin- en la que hemos entrado a continuación es celosa de sus proveedores y habla de "la casa" tal o cual con un absoluto respeto. Es una mujer tímida y yo diría que asustadiza: tanto, que mantiene la puerta de su comercio cerrada con pestillo por dentro y hay que llamar para que te dejen entrar. Y tiene la locuacidad un tanto incontrolable de los tímidos: como quiera que la conversación que mantenía con MA ha quedado interrumpida en el momento en el que ésta se ha encerrado en un probador, parece que he quedado yo al cargo de continuarla. Por cortesía, le he preguntado si trabaja también la ropa interior de hombre: ha meneado tristemente la cabeza y diría que se ha sonrojado. Luego le he elogiado el local. "Ahora está muy agobiado de espacio", me dice, "porque la ropa de invierno -y, al decir esto, señala una pared ocupada enteramente por un muestrario de batas de mujer- abulta mucho. Los bañadores son otra cosa". A la vista de las feas batas de pirineo, me muestro de acuerdo con esa opinión. Le pondero también la elegancia y finura de las cajitas en las que guarda el género y le digo que me gusta mucho fijarme en todo lo referente al cartonaje y que rara vez me deshago de una caja bonita sin buscarle otro uso. Pero me temo que quizá haya hecho una confidencia inapropiada: tal vez, una confesión de fetichismo, que me apresuro a aclarar: "Es que pinto acuarelas, sabe, y me gusta tener cajitas de muchos tamaños para guardarlas sin que se estropeen". No sé si eso la tranquiliza. Por fortuna, MA ya sale del probador. "¿Qué hablabas con la dependienta?", me dice. "Nada, cosas mías". 

martes, noviembre 12, 2019

EN UNA LIBRERÍA DE VIEJO


11/11/2018

En Córdoba, por azares que sería largo explicar. El caso es que me veo en la calle a eso de las diez y, para aprovechar la mañana, me he hecho una lista de librerías de viejo que visitar. Sin demasiadas ilusiones, claro, porque ya sabe uno que, con el menguado capital que está dispuesto a gastar, ya no hay gangas que salten al cesto y los libreros del ramo están más que resabiados al respecto. De todos modos, mi propósito no es otro que dotarme de un pretexto para callejear hasta la hora del aperitivo, así que anoto la primera dirección que me ha proporcionado mi búsqueda en Google; y a ella me dirijo, deteniéndome cada dos pasos para tomar fotos del todavía relativamente despejado casco antiguo de la ciudad; por ejemplo, de la habitualmente muy animada plaza del Potro, que encuentro desierta. Se ve que los turistas no son dados a madrugar; o, si lo hacen, se les va la mejor parte de la mañana en dar cuenta de los copiosos desayunos que les endilgan en los hoteles. Uno, que también ha desayunado en el hotel, ha andado más espabilado. Demasiado, quizá, porque, cuando llego a la primera librería de mi lista, en la Corredera, la encuentro cerrada: luego sabré que no era por la hora, sino porque he confundido el objeto de mi búsqueda con otra librería en la que estuve hace años -en ella compré la Poesía completa de Mario López y viví una pintoresca anécdota de la que en su día dejé constancia en este cuaderno-.y que hace al menos un lustro que echó el cierre definitivo, al rendirse el dueño a la evidencia de que era mucho más rentable alquilar el local a un bar que mantener abierto su negocio. 

Con el consiguiente ánimo melancólico me dirijo a la segunda de mi lista, que está en la ribera. Es una librería con algunas pretensiones y precios consecuentemente un poco más altos de lo habitual en el ramo del lance, lo que se traduce en que no encuentro en ella nada lo suficientemente tentador como para animarme a gastar más de lo previsto, que es muy poco. Así que vuelvo sobre mis pasos y regreso a la Corredera, bajo la sospecha de que antes no miré dónde debía. Y así es: la librería que buscaba está... dentro del mercado de abastos que abre sus puertas a dicha plaza; en concreto, en la nave donde también venden el pescado. Pero uno no es aprensivo con esas cosas, y mucho menos en lo que respecta a los olores de un mercado. La librería ocupa uno de los nichos laterales en los que habitualmente se ubican los puestos de alimentos frescos. Hay algunos vestigios de orden y trazas de que por allí recaen a veces libros de cierto valor, y no sólo la quincalla que salta a la vista. Y, bajo esa sospecha, empiezo a curiosear aquí y allá. El librero no estaba al principio: se deja ver cuando yo ya llevaba allí al menos diez minutos y le había hecho la auditoría al género visible. Todo muy decepcionante, al principio. Pero reparo en un par de pilas de libros en el suelo, justo a la entrada. Saltan a la vista algunos conocidos títulos de poesía en colecciones baratas y populares. Pero me agacho y repaso la pila entera y encuentro un ejemplar en buen estado de Flor nueva de romances viejos de Menéndez Pidal, que no tengo, y otro de la poesía de Pavese en traducción de José Agustín Goytisolo, que fue la que yo leí de prestado la primera vez que me asomé a la obra del gran poeta italiano. A estas alturas el librero me ha echado ya el ojo. Le pregunto si tiene más cosas de poesía y me conduce a un estante casi inaccesible del fondo donde guarda lo que reconociblemente son los restos de la colección particular de un lector de poesía inglesa, llegados allí Dios sabe por qué razón, si no es la más normal de todas, que es la muerte de su dueño. Aparto varios volúmenes y, después de preguntar precios, me quedo con una reimpresión de Lupercal de Ted Hughes y la asombrosa traducción que Roy Campbell, el poeta católico inglés que vivió en España y admiraba a Franco, hizo de la poesía de San Juan de la Cruz.

A estas alturas, el librero ya me ha preguntado si escribo también poesía y comprobado en su móvil, con cierta consternación, que no tiene nada mío. Él también hizo sus pinitos y publicó en su día una plaquette, me dice. Le pregunto por algunos poetas cordobeses que conozco de oídas o que traté fugazmente hace unos diez años, con motivo de unas jornadas de traducción poética que organizó la editorial Hiperión en colaboración con algunas instituciones cordobesas: unas credenciales, desde luego, con las que no impresiono a nadie, y más teniendo en cuenta que en Córdoba se celebraban ya y se siguen celebrando unos conocidos congresos anuales de poetas a los que jamás me han invitado... "A mí nunca se me ha dado demasiado bien eso de la vida literaria y hacer relaciones públicas", me dice mi anfitrión. Yo le hubiera dicho que a mí tampoco, si no fuera porque eso me llevaría a entrar en engorrosas precisiones. Y me despido con mi exiguo pero para mí muy valioso botín, que hojearé a continuación ante una cerveza en la propia Corredera.   

jueves, noviembre 07, 2019

BABEL


6/11/18


Me cuenta X., periodista de profesión y, como tantos del gremio, en posición laboral precaria, que ha renunciado a asistir a un cursillo de puesta al día organizado por una asociación del ramo porque, en el momento de efectuar la matrícula, le pidieron que se descargara cierta aplicación para i-Phone con la que se suponía que se iba a trabajar a lo largo del mencionado curso; es decir, daban por sentado que todos los matriculados, incluidos los muchos que posiblemente no cobran un sueldo decente desde hace años, disponían del carísimo dispositivo en cuestión. Curioso modo de contribuir a la actualización profesional de quienes han perdido su empleo durante la última crisis. Y, también, un significativo gesto delator, que deja en evidencia el prejuicio que lleva a pensar que la tecnología más avanzada y los juguetes asociados a ella son la panacea para todos los males, por encima incluso de otros recursos que con frecuencia se echan de menos en el periodismo actual, tales como saber escribir o poseer una cultura amplia y versátil. 

Lo que decimos del periodismo se puede aplicar a otras profesiones: la mía de profesor, sin ir más lejos. Si es que todo esto no tiene, en el fondo, una explicación más simple: que los modernos fetiches de consumo son también indicadores de posición social y se da por sentado que, si alguien aspira a presentarse como miembro en ejercicio de una profesión que cualifica para identificarse como perteneciente a cierta clase media, lo menos que se puede esperar de esa persona es que muestre las credenciales adecuadas. Un trasto que cuesta 1.200 euros, por ejemplo.


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Y el caso es que en todas partes cuecen las mismas habas. Hace un par de días, en medio de una conversación en la que varias personas lamentaban las deficiencias de la seguridad social, oí a alguien afirmar que la solución era sencilla y estaba al alcance de todo el mundo: pagarse un seguro privado; que, según decía, no suponía un gasto mensual mayor que lo que cuestan unas cañas... Seguramente quien lo afirmaba no deseaba mal a nadie ni tenía peores sentimientos que cualquiera; pero estaba claro que no se había parado a pensar, supongo, en la cantidad de prejuicios sociales que se transparentaban en su modo de razonar: la idea de que "cualquiera" puede permitirse según qué lujos; la idea concomitante de que quien no esté dispuesto a hacer ese gasto no tiene tampoco derecho a esperar mejores prestaciones del servicio público de salud que todos los trabajadores pagamos con nuestras contribuciones; y la preocupante equiparación entre servicios esenciales, de los que todo el mundo debería disponer, y meros caprichos. 

Está claro que la crisis no nos ha enseñado nada. Si acaso, los tontos lo son más que antes; sobre todo, cuando se trata de esa clase de tontería que depende del dinero.


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Añado otro factor de preocupación, de índole distinta. En los párrafos precedentes he empleado palabras como "descargarse" o "aplicación" en un sentido muy distinto al suyo originario. Un lector de hace cuarenta años no habría sabido decir a qué me refería, o me habría malentendido por completo. Hay quien se preocupa por escribir para la posteridad; a mí me inquieta que un hipotético lector que pudiera leer mis textos desde el pasado pensara que me había vuelto idiota, o que usaba una jerigonza incomprensible, o que ni siquiera se me entiende cuando empleo palabras de uso normal. Como en Babel.  

domingo, noviembre 03, 2019

ELEVACIÓN


2/11/18

De compras en el pueblo de al lado, aprovechando que hacemos puente pero que hoy es día laborable y los comercios están abiertos. Creo que ya he dejado anotado otras veces cuánto me agrada el espíritu comercial, bien entendido, de los naturales de esta población: se desviven por agradar y ponen en la venta de sus productos una convicción que resulta contagiosa. Hoy lo hemos comprobado en una humilde tienda de caramelos. M. A. los quería sin azúcar, para su madre, y la encargada del establecimiento la ha puesto en la tesitura de elegir entre la enorme variedad que ocupaba dos filas del expositor, mientras ponderaba la composición y el sabor de algunos de ellos, evidentemente los que más le gustaban. Mientras, a mí se me antojan para el aperitivo unas almendras fritas acabadas de hacer y que se exhibían en una bandeja bajo la tapa de cristal del mostrador. La vendedora me ha puesto la cantidad que le he pedido -cien gramos- en una elegante bolsita de papel; pero, justo en el momento de ponérmela en la mano, se ve que ha pensado que quizá la levísima capa de aceite que las hace brillar pudiera traspasar el envoltorio y manchar alguna otra cosa que lleváramos en el bolso de mano en el que nos disponíamos a guardarlo. Así que, con mucho reparo, nos lo ha quitado de las manos para ponerlo en una bolsita de plástico, lo que parece causarle alguna aprensión, porque quizá está convencida de que el papel es más apropiado que el plástico para ciertas cosas delicadas. Y uno agradece estas levísimas pero significativas atenciones, porque lo normal es que no pase un día sin que, en algún momento, tropiece uno con la desconsideración extrema, cuando no con actitudes abiertamente agresivas. El monto de la compra ha sido insignificante, pero la vendedora ha puesto en su labor un esmero que frecuentemente echa uno en falta incluso en aquellos a quienes les va mucho más en satisfacer o no al cliente. Y el mundo seguramente es un poco mejor porque haya personas que hacen su trabajo de este modo.


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Ciertas religiones, me explica este amigo hostelero que está haciendo un curso de enología, no rechazan el alcohol por consideraciones morales o por la elevación a dogma de una consideración más o menos higienista, sino porque en su día percibieron el consumo de vino y de otras bebidas espirituosas como indisolublemente unido a la creencia en dioses paganos. Tiene sentido, desde luego, pero quizá dice mucho también del funcionamiento de las religiones como marca identitaria: primero, se anatemiza lo que hacen otros, aunque no tenga nada que ver con el contenido doctrinal de la religión; y luego se formula la consiguiente prohibición para los fieles, que así se dotan de un rasgo más por el que diferenciarse de quienes no lo son. Ocurre en todas las religiones, desde luego; y, de algún modo, contradice lo que me parece lo más valioso del propio hecho religioso en general, que se trata de un modo personal de afrontar lo trascendente, para el que debería contar poco lo meramente accidental, lo accesorio. Claro que a lo mejor yo estoy hablando de otra cosa y no exactamente de lo que se entiende por religión.


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Para sentir un poco menos vacío el espacio que se abre sobre nosotros, poblamos la realidad de símbolos y entendemos que ciertos productos de la sensibilidad humana han llegado a ser tan ricos y complejos que van más allá del conjunto de individualidades que los han creado y constituyen por sí mismos un ámbito que les es propio y al que no parece inapropiado aplicar el adjetivo "espiritual". Y es curioso que esta religión "ad hoc" de quienes no tenemos otra tienda también a poblarse de ritos. Leer, por ejemplo, equivale a constatar entre espíritus afines eso que en otros ámbitos se llama la comunión de los santos. 


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Cielo despejado por encima de nuestras cabezas; pero, por debajo de la altura en que estamos -900 metros, creo, es la cota en la que se sitúa el mirador al que estoy asomado-, todo está cubierto por un mar de nubes. Habrá días en que éstas cubran también este lugar y una misma neblina nos envuelva a todos; pero lo que es absolutamente imposible es que se inviertan los papeles y que haya sol abajo y niebla arriba. Y es que la elevación no siempre te salva, pero al menos abre una posibilidad. 

viernes, noviembre 01, 2019

LA MUERTE - UN DECÁLOGO



30/10/19

Tal vez el hecho de que el pensamiento de la muerte se instale en uno a partir de cierta edad obedezca a una implacable ley biológica, por la que la mente se recuerda a sí misma las cláusulas más onerosas del contrato que une la propia corporeidad al delicado sistema de equilibrios del que está hecha la vida en general. Es la carta que te mandan semanas antes del vencimiento de una deuda. Y hay quien la espera con serenidad, porque ha ahorrado para ello, y quien en vano busca el modo de eludirla, aún a sabiendas de que los agentes ejecutores del embargo no dudarán, llegado el caso, en ejercer su función.


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La muerte no es tanto la pérdida de un futuro como la liquidación de un pasado. Si se muere a cada instante, lo verdaderamente paradójico es que la muerte definitiva sea el momento en el que dejamos de arrojar nuestro tiempo por el despeñadero, de donde nunca más podremos recuperarlo. Morimos cuando dejamos de morir.


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Morir es nuestro último acto social.


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Hasta el momento de morir, todos andamos un tanto... desdibujados. Sólo en la muerte terminamos de perfilarnos.


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Si la muerte individual es el tributo que debemos pagar para la supervivencia de la especie, ello explica que la conciencia de que uno se ha de morir se traduzca siempre en un sentimiento de rencor.


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En toda muerte individual siempre se pierde más de lo que la especie requiere para mantener su equilibrio. No hay muerte que no suponga un desperdicio.


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No hay vida póstuma, sino meramente un descuadre: hay quien no alcanza en vida la proyección que cabría esperar de sus actos y ésta llega luego en virtud de una especie de efecto retardado, como ocurre con la luz que nos llega de esas estrellas que se extinguieron hace millones de años.


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A la posteridad aspiramos siempre a engañarla un poco.   


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Se muere uno de risa o de placer, se muere uno de ganas... Todo exceso de vida es percibido como una muerte. 


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Después de muertos a todos se nos entiende un poco mejor.

martes, octubre 29, 2019

PICOS Y CAÍDAS


28/10/18


Desusado entusiasmo por mi parte ante una obra de teatro contemporánea, y más cuando se trata, en principio, de un espectáculo de naturaleza más o menos reivindicativa sobre la importancia y necesidad del propio teatro. Pero resulta que tanto el texto como la puesta en escena son excelentes y los personajes, a pesar de su naturaleza simbólica, tienen entidad y son creíbles. Es lo que convierte Crimen & Telón en mucho más que una simple ceremonia de autoafirmación. Pero lo sorprendente del caso no es sólo el resultado en su conjunto, sino la asombrosa fluidez y pertinencia con las que fluye un texto escrito en su mayor parte... en verso, como las obras de Lope o Zorrilla o el teatro poético de Valle-Inclán; y que este verso no cumpla una mera función de adorno, sino que sirva admirablemente a los propósitos de la obra, aporte información relevante y, además, resulte musical y divertido. El autor de la hazaña es el poeta Álvaro Tato, del que ya tenía noticia, pero al que ahora me propongo seguir con toda atención. No creo que sea frecuente en estos tiempos que un poeta se revele como tal a través de su aportación a un espectáculo teatral. Pero la propia obra deja claro en cuánta estima tienen sus responsables -el grupo Ron Lalá, del que forma parte el propio Álvaro Tato- por el teatro clásico en general y, muy especialmente, por el de nuestros Siglos de Oro. En otros el tributo debido a la tradición suena a salvas de ordenanza. Tato y su grupo predican con el ejemplo. Y me hicieron -cosa rara en mí cuando voy al teatro- inmensamente feliz.


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Picos y caídas, como en la vida misma. Mientras compartía con mis conocidos en una red social mi entusiasmo por la obra de teatro de ayer, me entero en ese mismo foro de la muerte del crítico y novelista R.S., con quien había tenido trato epistolar a lo largo del último año y medio a raíz de la publicación de una reseña mía de su libro En tierras de ficción, que recopilaba una parte considerable de su labor como crítico de novela. Dentro de ese cauce de comunicación, quise enviarle un ejemplar de la edición conjunta de mi Trilogía; no porque esperase que lo reseñara, ya que sabía que llevaba un tiempo apartado de esas labores, sino simplemente para que lo tuviera. Me acusó recibo muy amablemente, como supongo que era su costumbre. De esto hace... dos meses. Y no he podido evitar una extraña sensación al pensar en mi tocho de seiscientas páginas quizá todavía por leer, o al menos sin guardar, en la mesa del difunto o en esas pilas cada vez más crecidas que quienes recibimos libros acostumbramos a tener aquí y allá, a la espera de un momento para guardarlos o deshacernos de ellos. ¿Quién se hará cargo ahora de esa biblioteca que supongo inmensa, en consonancia con la amplitud de las lecturas del difunto? Pero ésa es otra cuestión, quizá ahora irrelevante.


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Lo que me lleva a pensar en una entrevista radiofónica que oí el otro día a un ex miembro del grupo Los Pasos, que confesaba que se había deshecho de su colección de seis mil discos en vinilo... O en mi amigo J.M., que vendió su biblioteca hace unos años, como hizo varias veces con sus sucesivas bibliotecas, y empujado por diversos desastres personales, el poeta F.O., o como tengo entendido que planea hacer o ha hecho ya el editor y escritor A.L. Soltar lastre antes que otros vengan y malbaraten o destruyan ese tesoro que sólo lo es para quien lo ha reunido. Miro mi propia biblioteca, que no para de crecer, pese a los expurgos periódicos a los que la someto. Mi hija C. asegura que nunca se deshará de ella. Pero no creo que el modo de vida actual, cada vez más en precario y más nómada, le permita cargar con ese inmenso fardo.  

sábado, octubre 26, 2019

DESUBICADO


25/10/18


Días largos, apretados, compartimentados. Salgo de casa a las 7 de la mañana y vuelvo al filo de las 9 de la noche: catorce horas de actividad, en las que da tiempo, no tanto a hacer muchas cosas distintas, como para ser muchas personas diferentes, en alguna de las cuales casi no me reconozco. ¿Soy yo, en efecto, quien, como remate de la jornada, ha aceptado tomar un café con un compañero a quien hacía años que apenas trataba y que me hace hoy el relato de una vida, no diré que deshecha, pero sí un tanto revuelta por circunstancias perfectamente normales pero de las que él ha perdido el control? La mía, tan apegada a rutinas laboriosamente construidas, parece, por comparación, un dechado de perfecciones... No lo es, desde luego, como tampoco es del todo inconmovible la impresión que quizá doy de permanecer ajeno a las vívidas preocupaciones de mi amigo: la salud, que él tiene un tanto delicada, los hijos, que nunca dejan de causar cavilaciones, la soledad, que a todos nos amenaza... Nos despedimos con un abrazo. Tal vez nos veamos de nuevo en cuestión de unos meses, cuando él celebre su jubilación.


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Leyendo a Kawabata: Diario de un muchacho, en un volumen que contiene otras novelas cortas y cuentos. Me planteo frecuentar más la literatura japonesa, de la que un absurdo prejuicio me tiene apartado: quizá, mi desconfianza de que las traducciones sean mínimamente fiables; y no ya porque puedan estar mal hechas -me consta que en los últimos tiempos sucede más bien lo contrario-, sino porque no acabo de creer que los recursos discursivos de las lenguas indoeuropeas, que son los que conforman nuestra manera de pensar, puedan contraponerse sin más a los de una lengua que funciona de un modo radicalmente distinto. Leo, por ejemplo, alguno de esos intrincados párrafos en los que Kawabata mezcla sutilísimas apreciaciones psicológicas con elementos de atmósfera. ¿Realmente la interrelación entre unas y otros sucede del modo que sugiere la sintaxis del traductor? ¿No se caracteriza el japonés más bien por primar la yuxtaposición, el libre trasvase de connotaciones entre elementos cercanos, antes que la rígida lógica de la subordinación? Hablo por hablar, naturalmente. Pero el caso es que la impresión que tengo al leer estas historias es la de que algo, quizá lo fundamental, se me escapa. Insistiré, de todos modos: no soy de los que se rinden fácilmente.


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En la consulta del médico, acompañando a... , a quien han efectuado un test de memoria. Le preguntan en qué día está y a mí mismo me sorprende constatar que yo tampoco lo sé en primera instancia y que debo hacer un pequeño cálculo para deducirlo a partir de la última referencia segura que logro recordar. No es algo nuevo en mí: me ha pasado siempre, al igual que mi incapacidad para saber espontáneamente, sin razonarlo, dónde está mi derecha y dónde mi izquierda. Es decir, que vivo literalmente en la más absoluta desubicación. Lo que quizá explica muchas cosas. 

miércoles, octubre 23, 2019

EL SUEÑO DE UNA NOCHE DE VERANO

22/10/18

En los últimos meses me he aficionado al té verde, después de años de absoluta renuncia a cualquier bebida que contuviera alcaloides excitantes... Sí, ya sé que el té verde es prácticamente inocuo a esos respectos. Pero, aun así, si tomo más de uno al día noto luego los efectos a la hora de intentar conciliar el sueño. No es que me desvele del todo, como lo haría un café, pero sí basta para hacer que me duerma bajo la impresión de que el corazón me late quizá un poco más deprisa de lo que debiera y que ese efecto puramente físico acaba induciéndome en el ánimo la sensación afín de haberme ido a la cama en un estado de inquietud propicio al descanso superficial y a la proliferación de ensoñaciones demasiado vívidas y en el límite justo que separa lo puramente soñado de las figuraciones desbocadas en las que se ocupa la mente cuando no logra conciliar el sueño. Me pasó ayer y creo que la mente se distrajo en revisitar las imágenes de la obra de teatro que había visto esa misma tarde: muy apropiadamente, una versión libérrima y un tanto deslavazada de El sueño de una noche de verano


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Es cierto, sin embargo, lo que dejó dicho Borges de manera memorable en más de un lugar: incluso representado en las condiciones más paupérrimas y por los peores actores imaginables -no era el caso, desde luego-, Shakespeare acaba imponiéndose a todas las limitaciones y acaba brillando como corresponde a la medida de su genio. Así ocurrió ayer: la adaptación intentaba ser desenfadada y adaptada a los tiempos y terminó siendo obscena y más bien complaciente con los últimos dictados de la corrección política imperante; pero, al fondo, latía la sugerencia de que, incluso para las existencias más adocenadas, existen ocasiones propicias al arrebato imaginativo, al abandono de las constricciones que nos encierran en quienes somos, al atisbo de que toda vida incluye la posibilidad de ser distinta de lo que es. Quedó uno en deuda una vez más con las magias erradas del mago Oberón y con el espíritu malicioso de Titania. Sé que hay noches de verano en las que andan muy cerca.


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Y dejo anotado aquí mi propia malevolencia al reconocer entre el público a cierto columnista que hace diaria profesión de su beatería y su conservadurismo extremo. Puedo imaginar cuánto le habrán hecho sufrir las idas y venidas de actores desnudos, los diálogos cargados de obscenidades y el sesgo de la obra a favor de las minorías sexuales... A la hora de los aplausos lo miro de reojo: mientras el público ovaciona a los actores lo veo ocupado en doblar y desdoblar la chaqueta que tiene en el regazo. Con otros he podido luego criticar los evidentes defectos de lo que acabamos de ver, incluido su forzada inclusión de mensajes extemporáneos. Con él sé que no podría; lo que, en cierto modo, me entristece, porque no hay nada más lamentable que la conversión del propio modo de pensar en una máscara que paraliza, que impide relativizar, que fuerza la mueca condenatoria. Y lo más triste de todo es que sé que, a su modo, no le falta razón: él venía a ver un clásico de la literatura universal desde la convicción de que esa clase de obras resultan a la postre inocuas. No ha sido así y me imagino su inconsolable decepción.    

martes, octubre 22, 2019

EN EL CASINO


21/10/18

Qué machadiano este casino de pueblo al que me han traído mis cuitas, quiero decir, mi autoimpuesta obligación de ir de acá para allá para presentar mis libros. Los amigos que me presentan son socios de la institución y uno de ellos anda empeñado en dar a sus venerables instalaciones un poco de lustre cultural. 

Debió de tenerlo en su día. El ajado salón, de cuyo techo pende alguna que otra lasca de pintura vieja a punto de desprenderse, está flanqueado de cuadros de pintores que en su día expusieron en estas instalaciones; entre ellos, uno de mi amigo Antonio Rodríguez Agüera. En un espacio aparte, la "sala noble", que hoy lo es un poco menos porque han arrumbado aquí los muebles que sobraban en el salón donde va a atener lugar el acto, cuelgan cuadros del mallorquín Miguel Castro Llerena, que pasó aquí gran parte de su vida y consagró una porción de su obra al esplendoroso paisaje local, como ocurrió -se me ocurre que es un caso análogo- a Pedro Matheu con Ubrique, sólo que este último todavía no goza de un espacio propio consagrado a su pintura en el pueblo en el que fundó escuela.

Está la tarde lluviosa y el público ha ido llegando muy poco a poco; pero, transcurrido el preceptivo cuarto de hora de cortesía, ya hay suficientes asistentes -una veintena, quizá, incluyendo a los cónyuges de los tres ponentes- como para dar comienzo al acto. Que transcurre con fluidez, porque hay confianza y complicidad entre los intervinientes y porque el público pronto se suma al coloquio. Hemos saltado del siglo XIX o de comienzos del XX -no he preguntado por la exacta datación de la institución que nos acoge- a las décadas de los 70 y 80 del pasado siglo, todavía sentimentalmente muy cercanas de la mayoría de los aquí congregados, cuya media de edad ronda o excede la cincuentena. Hablamos de esto y lo otro bajo una luz amarillenta un tanto opresiva y que contrasta, cuando salimos, con la potente luz blanca que ilumina el bar con salida a la calle por el que hemos entrado a este salón, y que se encuentra muy animado. En el mejor de los casos, pienso, a mis cosas les pasará lo que a las viejas pinturas que he mencionado: serán parte de un panorama ajado, antiguo, que quizá unos pocos espíritus cuidadosos no querrán renunciar a custodiar, aunque tampoco logren revivirlo... Pero no hay lugar para la melancolía: un rasgo de estos amigos que me acogen es que son felices por vivir aquí, y entiendo por qué: el pueblo es hermoso, la sociabilidad es suave y llevadera, aunque no lo haya sido tanto en tiempos recientes, y la literatura, para quienes se interesan por ella, es un adorno de la vida y no un objeto de rebatiña y competencia. Al menos, entre la gente de mi edad. Otra cosa son los jóvenes: también ha venido a verme un poeta en ciernes, simpático y respetuoso, que espera recibir en los próximos días los ejemplares de cortesía de su primer libro publicado. Qué duda cabe de que pone en él unas ilusiones de las que ya uno anda curado. Pero quién podría reprochárselo. A cada edad lo suyo. Ya habrá tiempo de colgar el cuadro de los logros de cada cual en la pared de algún honroso pudridero... Y a otra cosa. 

sábado, octubre 19, 2019

TORMENTAS



18/10/2018

Cuando la crisis empezó a atisbarse, escribí alguna vez en la columna periodística (pagada) que entonces tenía, y que perdí precisamente por la crisis, que quizá no nos viniera del todo mal aprender a prescindir de algunas cosas superfluas y a vivir de otro modo. Han pasado diez años y, a pesar de que el ejercicio de austeridad forzada no siempre ha sido grato ni fácil de sobrellevar, e incluso de explicar, sigo pensando lo que entonces; y, por lo mismo que estoy agradecido a mi suerte por no haber estado entre quienes lo han pasado realmente mal, agradezco también no haber quedado recluido en el sector de los que ni se han enterado. Todavía se producen en mi entorno inmediato situaciones en las que chocan esas dos realidades, sin que al menos una de las dos partes parezca darse cuenta. Yo ya no me lo tomo a mal, e incluso, cuando hay por medio mera afectación de tontería, me río. 


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No hay tormenta que no sea efectista, por lo mismo que, en las estaciones intermedias, nadie advierte que ciertas mañanas especialmente benévolas y que apenas dan que hablar son la verdadera excepción. 

jueves, octubre 17, 2019

ALGO HABRÁN HECHO MAL


16/10/18

Primeros días -y ha pasado ya la mitad de octubre- propiamente otoñales; quiero decir que las temperaturas se han suavizado un poco y ya se agradece a ciertas horas tener a mano un jersey fino o una chaqueta; lo que predispone, también, a esa ecuanimidad que aflora en cuanto la sensibilidad de uno no permanece ocupada por la necesidad de defenderse de una climatología agresiva. Se entiende que los mejores logros del hombre se hayan dado siempre en los climas suaves: en qué otra parte iba a tener uno asiento para que el simple trayecto a pie de la parada al trabajo -entre diez y quince minutos, según las prisas- sea percibido como una fuente inagotable de revelaciones: desde los matices cambiantes del cielo a la belleza de las muchachas, sin dejar de lado la nota melancólica que aporta un viejo que camina a duras penas apoyado en un andador o un mendigo que monta su tingladillo -unos cartones, una caja para recoger las monedas- de dar lástima. Pronto el invierno extenderá su oscuridad también a esta primera hora de la mañana y nos convertirá a todos en poco menos que embozados que apuran el paso para llegar a donde tengamos que ir. Pero ahora las mañanas son clementes, reposadas, calmosas y uno sabe que los comercios levantan sus barajas y las cafeterías difunden su aroma a pan tostado y manteca fundida menos por obligación que por ser parte de esta coreografía del trabajo gustoso. Yo también acudo al mío de un ánimo excelente. Todavía respiro bien: otra cosa será cuando llegue el primer constipado. Pero no voy a pensar en eso ahora.


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Resurgen, dicen los politólogos, los extremismos de derechas, que es tanto como decir que los nostálgicos de los fascismos no se molestan en maquillar su discurso. Algo han debido hacer mal los otros, los liberales y socialdemócratas de la vieja escuela, para que sus más conspicuos enemigos, que no habían levantado cabeza en los países desarrollados en los últimos sesenta o setenta años, se hayan envalentonado hasta ese punto. La crisis es uno de los síntomas más palpables, desde luego. Pero también, me temo, la desaparición del pensamiento crítico, del periodismo serio, de la cultura, sustituidos por el cinismo complaciente, la desinformación generalizada, la banalidad. Nos hemos convertido en una sociedad de idiotas. Y votamos -mientras nos dejen- en consecuencia.


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Siempre me digo que la próxima presentación -de un libro mío, quiero decir- será la última, que no voy a concurrir más en esta especie de frenética lucha por recabar la atención ajena aunque sólo sea por una hora y ante unas pocas decenas de personas, casi todas amigas. Pero luego me digo que... y que si no... y que uno lo hace por... Y caigo de nuevo en lo de siempre, como si no supiera ya que el valor de lo que uno escribe, si es que lo tiene, no es algo que se vaya a dilucidar en las pocas semanas que dura esa ingenua tentativa de hacerse notar. Ni en más tiempo, me temo. 

lunes, octubre 14, 2019

CALDERETA



13/10/18


Feria de ganado. Como no hay otra cosa que hacer, nos damos una vuelta. En los corralillos y jaulas dispuestas al efecto hay vacas, burros, cabras, ovejas, gallinas, pavos, faisanes, pichones... Lo mejor de cada casa, por así decirlo. Y hasta parece que no les disgusta del todo ser expuestos de ese modo, quizá porque ya conocen a los humanos y hacen el correspondiente descuento a la hora de calibrar la posible amenaza que supone una multitud ruidosa. Algunos incluso se dejan acariciar, o asoman el hocico con curiosidad cuando alguien se detiene junto a las bardas, como si esperaran del curioso la dádiva de un poco de pasto fresco. Pero no estamos en el campo y no hay donde arrancar la posible golosina. Algunos mirones, eso sí, no se conforman con lo que ven y se sacan del bolsillo un extraño objeto no comestible a través de cual parecen mirar a las bestias como si les fuera dado, a través de ese filtro interpuesto entre el ojo y el objeto de observación, llevarse de ellas algo para lo que no basta el poder de absorción de la simple mirada. Hecha la foto, se alejan hacia el siguiente corral, donde repiten el mismo pase de manos... Ellos, los animales, parecen haberlo visto ya todo. Alguno ostentosamente vuelve la grupa y se echa a dormir en el extremo del corral más alejado del pasillo abierto a los visitantes. Otros -los gallos, por ejemplo- sostienen la mirada a los curiosos, como retándolos. Y llama la atención que toda esta fauna humilde -es un decir: algunos ejemplares son impresionantes- no  parezca, en general, tan contrita y humillada como la que se ve en un zoo, pongo por caso; que cualquiera de estos carneros o machos cabríos, por no mencionar los orgullosos gallos o los cínicos jumentos, sobrelleve el cautiverio y la pública exposición mucho mejor que los leones y tigres en situación equivalente. Con una sola salvedad: en el zoológico, nadie piensa en comerse a las pobres bestias, mientras que aquí, en la caseta que alberga el restaurante de la feria, ofrecen ostentosamente una degustación de caldereta de cordero. Lo que, dadas las circunstancias, no deja de ser una flagrante indelicadeza. 

sábado, octubre 12, 2019

LA BESTIA



11/10/18

La respiración de una enorme bestia dormida, pero igualmente amenazante: así el soplo que llega del mar en estos días de amenaza de tormenta, después de las calores impropias de las últimas semanas. Dejo todavía la persiana a medio echar por las noches. Y duermo como lo hace la gata acurrucada a mis pies: en la certeza de que una criatura de especie distinta a la mía y con reacciones que sólo a medias podría yo prever no se decide a sacudirse mi compañía y, en la confianza entre desiguales así generada, de algún modo me brinda su protección... Aunque, ahora que lo pienso, quizá la gata no estaría del todo de acuerdo con la comparación.


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Leyendo La linterna mágica, una vieja novela de Aquilino Duque que he comprado por un euro o dos en un mercadillo. Asombra el tono: una especie de despreocupada crónica frívola de ciertas vidas cosmopolitas en la Europa de 1968, pero sobre la que pesa un diagnóstico de la situación -el trasfondo de la Guerra Fría, las veleidades comunistoides de buena parte de la intelectualidad europea, la evidente falta de referentes morales- que no deja de resultar muy amargo y que denota una extraordinaria lucidez, que a otros costaría decenios alcanzar. La solapa informa que se trata de una especie de homenaje o elegía al cubano Calvert Casey, partidario inicial de la revolución y luego víctima propiciatoria de la misma. Excelente novela, por lo que de ella llevo leído. Y muy llamativo el hecho de que su primera edición se cotice tan poco en el mercado de segunda mano, donde quizá, como en el de libro nuevo, priman otros valores.


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Felicito a una buena amiga por el inicio de su colaboración como columnista de opinión en el periódico local. De momento, le han dicho, no se cobra. Pero me dice ella que pusieron mucho énfasis en el "de momento", lo que no deja de ser esperanzador. Yo colaboré con ese mismo periódico, cobrando, hasta 2011, cuando se hizo sentir la crisis y la empresa decidió reducir gastos. No faltaron entonces candidatos dispuestos a cubrir gratis los huecos que dejábamos los columnistas desplazados, lo que quizá redundó en que las empresas de medios de comunicación en general vieran confirmada su impresión de que esta clase de trabajo no vale nada, porque siempre se encuentra quien está dispuesto a hacerlo sin cobrar. Será complicado volver a la situación anterior. Mientras tanto, le deseo suerte a mi amiga: es joven y es posible que, en los años venideros, le quepa disfrutar de algún periodo de vacas gordas. Eso sí: espero que no sea a costa de convertir lo que escribe... en lo que hacen otros que yo me sé y que, mal que bien, supieron capear la crisis con mejor tino. 

miércoles, octubre 09, 2019

MAÑANA DE LUNES


Otra mañana de día laborable en la sierra, esta vez porque es fiesta local en donde trabajamos y eso ha sumado un día al fin de semana. Nos levantamos temprano, de todos modos: nos están pintando la fachada y el pintor llega a las ocho. Aprovechamos las horas ganadas al sueño para adelantar eso que los antiguos llamaban "trabajo gustoso": yo escribo la reseña de los diarios de Byron, que terminé de leer ayer, M.A. edita su CaoCultura. A las once bajamos a Ubrique a recoger el cuadro con el que C. participó en el certamen regional de pintura y que ha estado expuesto a lo largo de todo el mes pasado. Luego, ya de vuelta, M.A. sigue con lo suyo mientras yo salgo a dar una vuelta y paso revista a la mañana de lunes en el pueblo. Aquí las vidas son transparentes. M., que bajó a trabajar esta mañana, a pesar de que esta tarde tiene unas complicadas pruebas médicas y está bajo el efecto de un potente purgante, ha vuelto a casa -he visto su coche aparcado en su puerta- por motivos que son fáciles de adivinar; M. y J. han podado la parra que sombrea su mirador y llevan al contenedor de basura los detritos resultantes; otro M. lleva ya bebida su segunda cerveza sin alcohol en una terraza soleada y me invita a acompañarlo, lo que declino con una cortés excusa; P. trabaja en las obras de restauración del viejo lavadero, al que me permite acceder, mientras me explica que todavía quedan "viejas" (sic) que en su día lavaban la ropa en esa pila de piedra e incluso la usaban para refrescarse en verano... Más allá de estas presencias, y de alguna otra que no da lugar a reseña por tratarse de gente que no conozco -un viejo que enjalbega el marco de su puerta, una mujer atractiva de lejos, pero visiblemente envejecida cuando se la mira de cerca, que toma el sol con la falda remangada en una terraza, etcétera-, no veo a nadie más. Vuelvo a casa y me echo en el sofá a empezar la lectura de una vieja novela de A.D. que he comprado en un remate. Podría ocuparme en algo más productivo, desde luego. Pero me parece que sería una profanación, una especie de incumplimiento del mandato bíblico que ordena santificar las fiestas, que es tanto como no arrojarlas sin más al turbión del tiempo enajenado. Y ya está. (8/10/18)

martes, octubre 08, 2019

LA TRAMA


A pesar de la fecha, hace todavía demasiado calor para salir a andar al campo. Lo intentamos esta mañana y no pasamos de la fuente que marca el fin de las manzanas de corralizas y chamizos que delimitan el pueblo por su parte alta. Hay allí una fuente, que en las actuales condiciones meteorológicas no lleva agua -la llevará, y en abundancia, en cuanto llueva la suficiente-, y junto a la fuente una higuera bravía, y a la sombra de la higuera una mesa rústica de merendero... Allí nos quedamos. Por decir algo, comentamos que podríamos haber traído un libro para leer a la sombra, o la caja de acuarelas para pintar las vistas, o incluso unos bocadillos y una botella de vino. Pero en realidad no necesitamos nada de eso: nos basta el silencio, la sensación de frescor surgido de las entrañas mismas de la tierra que parecen conservar los nacimientos de agua incluso cuando están secos, el olor de la higuera... Cuando nos venimos a dar cuenta han pasado cuarenta y cinco minutos. Hemos estado callados todo ese tiempo, con el pensamiento puesto... no sabríamos decir en qué. En el intervalo han pasado unos cazadores con las escopetas descargadas al hombro y unos excursionistas ruidosos y un tanto invasivos, que no han dudado en ocupar la parte de la mesa de merendero que habíamos dejado libre a nuestra espalda. Pero no se puede decir que nos molestara esa breve intrusión, porque parecía dominarnos la impresión de que nada que pudiera ocurrir podría alterar significativamente la esencial inmutabilidad de todo aquello en cuyo centro habíamos acertado a instalarnos. Esa era la sensación predominante: ocupábamos una especie de punto cenital, en torno al cual el universo circundante había acertado a ordenarse. Y apartarnos de allí, como hicimos apenas despertamos de lo que parecía una ensoñación, implicaba necesariamente descender, o quizá sumergirse.


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Si la felicidad es algo así como un tejido, su revés, como les ocurre a ciertas tramas, está lleno de nudos y costuras y ofrece al tacto una textura basta y sin pulir. Y a veces pasar la mano por la parte mullida implica necesariamente apercibirse de todas las asperezas que quedan al otro lado. (7/10/18)

viernes, octubre 04, 2019

IMPROVISACIONES


Anómalo receso en la sierra a mitad de semana. A media mañana de hoy tenía que dar una lectura literaria en un instituto del pueblo de al lado, por lo que me pareció una buena idea venirme el día antes y amanecer aquí. Quedan algunos turistas residuales y todavía no parece haber empezado la temporada baja para la hostelería: mis amigos del restaurante de la plaza me dicen que al día siguiente reciben a un grupo de cuarenta excursionistas, lo que no es mala cifra para un miércoles de principios de octubre. Buena época también para los pintores de brocha gorda: veo a varios en plena faena, apurando los últimos días de buen tiempo para remozar las fachadas -la mía entre ellas-. Y llama la atención que este panorama de apacible laboriosidad no esté exento de conflictos: las cabras de un pastor descuidado han subido a la plaza y han destrozado muchas plantas de las macetas y arriates que los vecinos cuidan con esmero... Pero eso es también parte de la atmósfera idílica, el detalle de la serpiente escondida en la hierba, como nos advierte Virgilio en su conocida oda... Y lo inexplicable es que, en ese ambiente y con el añadido, además, de una gratísima bajada de temperaturas, que se hace sentir especialmente a partir de la puesta de sol, paso una noche más bien inquieta, no de insomnio absoluto, pero sí de sueño ligero y sobresaltado. Menos mal que el té del desayuno parece bastar para entonarme... Ya animado, e incluso un tanto sobreexcitado, me dirijo a mi lectura, que no se da mal, y que más bien parece transcurrir en el punto álgido de una inexplicable curva emocional ascendente. Necesitaré luego horas para que la subida de adrenalina deje de obrar su efecto en mí. Ay, mi sistema nervioso. Claro que hay quien se excita más viendo un partido de fútbol, por ejemplo.


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El misterio del cuadro robado está a punto de resolverse. Al parecer, quien lo sustrajo ha reculado al ver la repercusión del hecho y ha explicado que lo vio tirado en el suelo y creyó que estaba abandonado, etcétera. Parece ser que lo va a devolver y que el asunto se tratará con absoluta discreción por parte de todos los que están al tanto de lo sucedido. Pero no puedo dejar de anotar aquí la anécdota, sin nombres, para no olvidarla y porque en el fondo todavía espero una solución así para el cuadro que le robaron a C. en la puerta de nuestra casa hace unos años.


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Ha aprendido uno a improvisar, es decir, a soltar discursos que no ha necesitado preparar en los momentos previos porque lleva preparándolos toda su vida. (3/10/18) 

miércoles, octubre 02, 2019

ATAR CABOS


Cómo creo conocer el tipo humano que Byron retrata en estas líneas estremecedoras de su diario: "Aunque era un muchacho muy alegre, a veces se dejaba llevar por raptos extrañamente melancólicos. Recuerdo que una vez, yendo a casa de su tío, creo (...), me dijo que la noche anterior 'había cogido una pistola, sin saber si estaba cargada y sin comprobarlo siquiera, y se la había descerrajado en la cabeza, dejando que el azar determinara si de veras lo estaba'". Casualmente, la noche antes de leer este pasaje veo por enésima vez El cazador (The Deer Hunter), la no muy apreciada película de Michael Cimino que a mí, sin embargo, me fascina, y que es otro estudio sobre la pulsión autodestructiva y su imbricación en la violencia extrema que rige el mundo en el que vivimos: a esos efectos, el violentísimo arranque del siglo XIX y la andadura de la última mitad del XX no difieren demasiado; tampoco su efecto sobre los individuos.


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Un bandido informático me manda un mensaje en inglés en el que, primero, me hace saber, supongo que para demostrarme que tiene acceso a mis datos, que conoce la contraseña de una vieja cuenta que ya no uso y de la que me di de baja hace meses -a saber de dónde la habrá sacado-, y luego me dice que me ha grabado con mi propia webcam -que no tengo: trabajo en un viejo ordenador de sobremesa que no tiene esos trebejos- cometiendo actos asquerosos (filthy es el adjetivo que usa) ante la pantalla, mientras veo vídeos pornográficos, y que enviará la grabación a mis contactos si no le pago ocho mil dólares... No tengo motivos para preocuparme, pero la verdad es que la sola idea de que alguien se proponga extorsionarme de ese modo me resulta altamente desagradable. Llamo a la policía y, aunque me animan a poner la denuncia correspondiente, la conclusión que saco del tenor de la conversación es que no se toman demasiado en serio estas cosas. Así que, de momento, lo dejo pasar, no sin la incómoda sensación de que, desde algún lugar de Nigeria, pongo por caso, alguien ha encontrado algunos datos míos y ha urdido una burda agresión a mi tranquilidad y a mis intereses. Bueno, ya sé que la humanidad funciona así. Y que quizá, en el fondo, la culpa de estar expuestos a esta sofisticada manera de hacer la puñeta sea nuestra, por poner tanto de lo que nos importa en un medio tan volátil.


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Y ya para acabar el día: la puerta del garaje no funciona, lo que nos causa alguna incomodidad sobrevenida, y a la gata le ha dado por vomitar por todas partes... Extraño final de domingo. Me voy a la cama un tanto agitado y, para mi sorpresa, logro conciliar el sueño, aunque con pesadillas: una de ellas, la que recuerdo, transcurre en una isla tropical, a donde he ido a trabajar en una especie de plantación en la selva y he de alojarme en una casa con habitaciones enormes... No sé qué relación puede tener todo esto con la jornada precedente. Y caigo ahora en la cuenta de otro hecho del día que no he consignado aquí: una visita a un familiar a un hospital del que me sorprende precisamente eso: que la habitación sea grande y no compartida. Extrañas maneras que la imaginación tiene de atar los cabos del relato de un día. (1/10/2018)       

sábado, septiembre 28, 2019

DEBILIDADES


27/09/18


Me enseña una amiga su nómina de 6000 euros. No se trata de nada raro: es simplemente el monto al que asciende el sueldo de un funcionario medio cuando se multiplica por el coeficiente estipulado por trabajar en un destino extranjero. Uf, piensa uno: cobrar un sueldo así durante, pongamos, un quinquenio equivaldría a acumular una pequeña fortuna. ¿Por qué no probar? Pero el caso es que para todo hay que servir. Vive uno demasiado apegado a sus rutinas y los instintos sedentarios están ya tan asentados que no podrían ser contrariados sin ejercer sobre ellos -sobre uno mismo, en suma- una notable violencia. Lo que, en definitiva, no es más que una confesión de mi absoluta falta de audacia. ¿No me habrá cerrado otras puertas? ¿No habría servido mejor mis propios fines y los de quienes me rodean de haber sido simplemente un poco más decidido? Pero ya es tarde para preguntárselo. Quizá también esto que hago -cumplir mis obligaciones laborales, no desatender del todo a mi familia, buscar tiempo para escribir- tenga también algún mérito. Digo yo.


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Se ve que la cosa va hoy de poner en evidencia mi poquedad. Mientras me peleo en una dependencia de mi centro de trabajo con un ordenador defectuoso, entra mi jefe acompañado de la máxima autoridad del ramo, que ha venido a visitarnos. Protocolariamente extiende la mano y estrecha la mía. Es una mujer de mediana edad, aunque más joven que yo -eso no es difícil, a estas alturas-, de muy buen ver y vestida con esa elegancia un tanto artificial que distingue a la grey política del resto de los mortales: algo así como ropa de la gama alta de Cortefiel. Me alegro de que no haya intentado ser amable o iniciar una conversación: le habría soltado, sin querer, alguna inconveniencia, como me ocurre siempre en estos casos. Le habría dicho, quizá, que en ese momento necesitaba un ordenador portátil que funcionara y que en todo mi centro de trabajo, que depende de ella, no había ni uno en condiciones de uso o con las prestaciones requeridas. Y se lo habría dicho sin mala voluntad, sólo por congeniar. Como cuando cierta importante autoridad provincial tuvo la deferencia de pararme por la calle para explicarme por qué no me había invitado a tomar el té con un premio nobel de paso y yo le dije, sin acritud, que aquel personaje no me interesaba ni mucho ni poco... ¿Me queda tiempo para dejar entre mis contemporáneos la impresión de que no soy ni la mitad de displicente o antipático de lo que me hace parecer mi torpeza? No sé, no sé.


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Me está sentando mal la lectura de los Diarios de Byron: él sí que podía permitirse anotar sin recato sus debilidades. Yo quizá no.

jueves, septiembre 26, 2019

MALA CONCIENCIA



25/9/18

Siete de la mañana. De noche todavía, el olor de los jazmines de la esquina es la primera impresión que recibo al salir de casa y enfilar la calle oscura camino de la parada del autobús. He necesitado años de preparación para llegar a apreciar en lo que vale un don tan simple. Pienso en todas las mañanas en las que he doblado esta misma esquina como si me llevaran los demonios. El jazminero posiblemente estuvo siempre ahí, pero la persona que pasaba a su lado era insensible a su presencia, y no porque entonces tuviera menos capacidad olfativa o fuera más reacio a acusar el efecto de una impresión agradable, sino quizá porque la ceguera que entonces me dominaba era de alcance general y me impedía percibir incluso cosas más tangibles que el perfume de un puñado de jazmines diluido en el aire. Pero quizá era una simple cuestión de obcecación: ¿Tanto me costaba dedicarles un segundo, formular al pasar un pensamiento agradecido? Pero sí: se necesita a veces toda una vida para reparar en lo que siempre estuvo ahí. Y todavía tengo que estar contento: hay quien se muere, supongo, sin llegar a percibirlo.


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El autobús lleva las luces apagadas y, por tanto, resulta imposible intentar aprovechar el trayecto para leer algunas páginas del libro que llevo en la bolsa. Quizá esta penumbra convenga a quienes prefieren mejor descabezar un último sueñecito antes de llegar al trabajo. Si fuera sí, uno estaría incluso agradecido a la compañía de autobuses, si no fuera por el hecho, para mí inexplicable, de que, como complemento de esta atmósfera mortecina, el conductor lleve puesta la radio a todo volumen, que ya a estas horas emite esa clase de música con la que atormentarán nuestras almas en el infierno.


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¿Por qué esta mala conciencia cuando, a la hora del café de media mañana, declino sumarme a las mesas en las que otros discuten de asuntos de trabajo y me siento a solas a leer un libro?  

martes, septiembre 24, 2019

CASO RESUELTO


23/9/18


Un alacrán junto a nuestra puerta. En cuanto se ha sentido en peligro, ha levantado el aguijón, para luego iniciar, desmintiendo un tanto ese alarde de arrogancia, un trotecillo no del todo digno calle abajo. "¿No lo habéis matado?", pregunto a quienes me traen la noticia. Pero les ha dado pena y yo en cierto modo me alegro, seguro de que un pisotón de más o de menos no va a alterar significativamente el riesgo de que un animalejo tan peligroso entre en nuestra casa, y en cambio si nos haría cargar, aunque sólo fuera por unos instantes, con el peso de una muerte gratuita; por más que, según ha salido a relucir en la conversación posterior, todos hacemos nuestras particulares excepciones al designio más o menos budista de no atentar contra ningún ser viviente: las cucarachas, por ejemplo.   


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A este jovencísimo y ya destacado pintor le han dado un disgusto: al final de la jornada dedicada al concurso local de pintura al aire libre, se ha dado cuenta de que le han robado el cuadro en exhibición que, como es habitual en estos casos, había traído por si a algún curioso se le antojaba comprarlo. El incidente pone una sombra en la impresión general de que la jornada había transcurrido en un ambiente de sana camaradería y absoluta confianza, hasta el punto de que prácticamente todos los vecinos de la plaza habían mantenido sus puertas abiertas de par en par y no era raro que los participantes entraran a las casas a pedir cualquier cosa que necesitaran, desde un poco de agua a una cuerda para remendar un caballete. M., el joven pintor, está desolado: el cuadro robado bien podría haberle proporcionado 300 ó 400 euros, que es el valor medio de un cuadro con firmes aspiraciones de ganar un premio. Y lo más grave del caso es que todas las sospechas apuntan a que el ladrón ha podido ser... alguno de los otros pintores participantes, a quienes no hubiera resultado nada complicado ocultar el cuadro en su impedimenta antes de esconderlo en el maletero del coche. 

El incidente despierta en mí un recuerdo penoso: el de cuando C., que también había participado en un certamen de pintura rápida en un pueblo cercano, puso su cuadro a secar en la calle, junto a nuestra puerta, segura de que a nadie se le iba a ocurrir llevárselo. Estaba equivocada: a la mañana siguiente el cuadro ya no estaba allí; aunque yo tengo la sospecha de que no debe de andar lejos: seguramente en casa de algún vecino que, confiado, más tarde o más temprano me franqueará la puerta de su casa... Y caso resuelto.


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Sólo los artistas muy locales pueden aspirar, a fuerza de profundizar en lo suyo, a rozar lo universal; los otros, los mundanos y cosmopolitas, se limitan, en el mejor de los casos, a divisarlo a vista de pájaro. 


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Da mucha pena el juicio equivocado que la mayoría de los hombres se forman de ciertas mujeres efusivas y desenvueltas con las que han tenido ocasión de tratar en un ambiente relajado; aunque también consuela un poco el hecho de que, en la mayoría de los casos, ese error de cálculo quede un poco más acá de los límites que aconseja la buena educación, o al menos el sentido del ridículo.