sábado, agosto 15, 2020

ACEPTACIÓN


14/8/19

De todos los actos de aceptación que ha de efectuar uno a lo largo de su vida, sin duda el más complicado es el de la propia muerte... Qué animoso está hoy Benítez Ariza, dirán algunos. Pero no se trata de traer a este cuaderno pensamientos sombríos: simplemente, en las últimas dos semanas he tenido noticia de la muerte de al menos tres personas con las que sentía algún grado de cercanía. No eran amigos íntimos, y a una de ellas, la más joven, ni siquiera la conocía personalmente, aunque sí tenía noticia de su trayectoria literaria. Curiosamente, seguramente ésta es la que más clara conciencia tenía de que iba a morir pronto, porque su enfermedad es de las que no engañan. De los otros no sabría decir: uno de ellos, muy mayor, sufría los efectos físicos del Parkinson, que casi no le permitían moverse; pero hasta el último día luchó por conservar su memoria y hacer gala de sus facultades intelectuales, y para ello se valió principalmente del denostado Facebook, que le permitió opinar sobre esto y aquello e interactuar con sus conocidos con una fluidez que seguramente le estaba ya vedada en la comunicación oral normal. Me conmovió ese alarde final de juventud mental, que venía a ser un modo valiente de plantar cara a la decrepitud. Cuando todavía salía a la calle, hace años, se lo encontraba uno y era frecuente que te dijera, creo que en tono de humorada: "Bueno, seguramente es la última vez que nos vemos". Bajo esa especie de autoadmonición preventiva, sobrevivió durante años a su palpable deterioro físico. En cuanto al tercero, ya ayer anoté algo aquí sobre las circunstancias de mi trato con él. Cuando lo vi en Barcelona el pasado febrero, no me pareció advertir en él ningún síntoma de salud precaria: más bien, como escribí ayer, me impresionó su porte, su buena presencia, su elegancia. Luego he leído algún otro testimonio de quienes lo trataron últimamente y en alguno de ellos se señala que el mal que se lo llevó por delante había dado ya la cara... En fin. ¿Acepta uno el carácter irrevocable de esos avisos, resuelve u ordena como puede sus asuntos y se sienta a esperar? ¿O es mejor que la muerte venga, como decía la copla, "tan escondida / que no (se le) sienta venir" 

Lo que es inevitable, en cualquier caso, es que estas noticias de muertes de personas cercanas predispongan el ánimo a algo así como a ensayar una despedida. Mira uno cuanto lo rodea e imagina que, de pronto, quizá mañana mismo, todo eso sigue ahí pero uno no está ya para constatarlo. Borges, no sin ironía, anotó algo al respecto al final de "El Aleph", cuando la voz narradora señala que el mundo sigue girando y cambiando imperceptiblemente después de la muerte de Beatriz Viterbo, su amada, sin que ella esté ya ahí para apercibirse de esos cambios... De lo que, de algún modo, puede deducirse que ninguna muerte afecta significativamente el orden universal, y que lo único que se pierde, que no es mucho, es la conciencia con la que uno participa de ese orden. ¿Y no hay quien busca, en vida, la aniquilación de la conciencia, en pos de una felicidad superior? Sí, quien no se consuela es porque no quiere. 

martes, agosto 11, 2020

CON EL TIEMPO

10/8/2019

Me sorprende la noticia de la muerte, por un paro cardíaco mientras dormía, del poeta y diarista canario José Carlos Cataño. Cosas de la vida: entré en contacto con él hace un par de años y lo conocí en persona hace apenas unos meses, en la presentación de un libro mío en Barcelona, a la que tuvo la amabilidad de asistir. Antes, habíamos intercambiado libros y entrecruzado mensajes, a la vez que iba uno familiarizándose, por la lectura de sus diarios y por lo que dejaba ver de sus rutinas en las fotos que ponía en Facebook, con su fascinante personalidad y su singular modo de vida, que uno adivinaba a mitad de camino entre una cierta bohemia cosmopolita -por lo viajada, y también por la condición exótica que le prestaba su meditada conversión al judaísmo- y su condición de escritor en ejercicio que mantenía una curiosa equidistancia entre el rechazo a los formalismos y juegos de poder que operan en el medio literario y una prudente manera de gestionar su conocimiento práctico de ese medio. Vivía en Barcelona, una ciudad que también se ha incorporado a mi vida en los últimos años, y que de alguna manera he ido conociendo a la vez que me adentraba en los diarios de este barcelonés renuente, dado a los paseos contemplativos y a la frecuentación de mercadillos como Els Encants, que también descubrió en él una soterrada vocación de buhonero de libros que allí encontraba y luego revendía. Era alto, tenía buen porte y vestía bien; lo que, unido a su voz, poderosa, y a la mezcla de acentos con la que modulaba el sustrato canario de su modo de hablar, lo convertía en persona que no pasa fácilmente desapercibida. Practicaba también una amabilidad un tanto condescendiente, que podía parecer desdeñosa, pero en la que terminaba uno advirtiendo un soterrado pero no malintencionado sentido del humor. En sus diarios aflora a veces una especie de sentimiento de inteligencia ofendida, que lo mismo se aplica a la política -española o catalana, tanto da-, que a su ambivalente relación con su región de origen, las Canarias, o con el medio literario en general. Pero esa especie de hosquedad privada, reservada a la intimidad de un diario, no parecía que aflorara en su trato directo. Tenerlo como interlocutor suponía por ello, de algún modo, sentirse objeto de una distinción. Tenía uno la esperanza de que estos tratos iban a convertirse, con el tiempo, en amistad. Pero ya se sabe que fiar cualquier cosa al tiempo que uno o sus interlocutores puedan tener por delante es incurrir en un injustificado optimismo.


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Durante el verano, el mercadillo matinal de los domingos de ha trasladado a la tarde-noche del viernes, lo que añade a la zona de terrazas circundante un matiz de zoco que no disuena del todo de la ligereza general de ánimo. Compra uno un libro -me he echado hoy al cesto, por un euro, un ejemplar de los Salmos de Ernesto Cardenal- sin pensárselo demasiado, con la misma irreflexión un tanto deportiva con la que se gastaría el doble o quizá el triple en una bebida. No sé si esto beneficia o no a la mercancía. Me encuentro a B., que lleva dos bolsas de plástico llenas de libros que ha comprado por nada. Muchos, dice, los ha leído ya; otros no va a leerlos nunca. Pero parece que lo que le ilusiona es simplemente que cambien de manos, que sean hoy suyos y mañana, por cualquier giro del destino, vuelvan a la calle, si es que alguien no les acorta la ruta y los manda directamente al vertedero.

Toda la noche, mientras peregrino de bar en bar, me acompañan los airados Salmos de Cardenal. Saldrán mejorados, pienso, de la experiencia, porque no hay nada que siente mejor a un veredicto sumarísimo contra los males que aquejan a la condición humana que el roce con las manifestaciones más benévolas de esa condición. Cuando los lea, no podré evitar acordarme de que llegaron a mis manos en esta atmósfera festiva. Y eso que salimos ganando todos.

lunes, agosto 03, 2020

NIMIEDADES

 
2/8/19

Vuelvo a ver Rocco y sus hermanos (1960) de Luchino Viconti, que TVE emitió anteayer; y, como siempre, quedo a medias impresionado y a medias sobrepasado por su desmesura. Sin embargo, se me imponen dos evidencias, que también son recurrentes en mí: primero, que lo que cuentan ésta y otras películas sobre el mismo asunto -la llegada a las grandes ciudades industriales, a finales de la década de los 50 y a lo largo de la siguiente, de los desahuciados del mundo rural-, es una historia que me atañe, por ser la de las familias de mis padres; y que, por tanto, ese "neorrealismo" programático del cine de entonces tiene para mí un valor estrictamente documental; y segundo: que, puestos a comparar, esa misma historia, o una muy similar, había sido ya mejor contada en la española Surcos de José Antonio Nieves Conde, estrenada casi una década antes. 

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Todos los años por estas fechas, al regreso de alguna de las salidas vacacionales, me encuentro con el mismo panorama: el ordenador se ha averiado. Parece que lo hace aposta, como los gatos que, para castigar la ausencia de sus dueños, durante los días en los que están solos hacen sus necesidades fuera del arenero. Cada año el diagnóstico es distinto: o se ha ido lo que llaman "la fuente de alimentación" o, simplemente, las entrañas del aparato se han entumecido por falta de uso y acumulación de polvo y necesitan una puesta a punto. Ni que decir tiene que la broma implica desmontar el aparataje y llevar la pesada "torre" a un taller de reparación, donde la broma nunca sale por menos de 70 euros, molestias aparte. No sabe uno qué hacer para romper esta nociva recurrencia, que se ha incorporado ya por derecho propio a mi repertorio de temores vacacionales, como el temor a que te roben en el piso o la aprehensión de pillar una gastroenteritis aguda fuera de casa: ahora, además de esas manías, padezco la de tener la certeza de que, a la vuelta, cuando dispongo de unas preciosas semanas para adelantar algo en mi trabajo, perderé al menos una de ellas resolviendo estos problemas. Y así. La vida está entretejida de nimiedades fastidiosas, y aún hay que estar agradecidos de que no sean de otra clase. Etcétera.

 
 

viernes, julio 31, 2020

RISAS

30/7/2019

La comicidad natural del amigo PS. No es de los que tienen un repertorio de chistes y gracias que va encajando según la situación: más bien, lo que realmente divierte al verlo y oírlo es su admirable capacidad de invención e improvisación, que a su vez es reflejo de una inteligencia rápida y desbordante que no tiene inconveniente en prodigarse, que no se guarda nada para sí, a diferencia de lo que haría quien dedicara la suya a otras cosas de más alta cotización en el mercado de los productos del intelecto: pensemos en un músico, un novelista, un poeta, celosamente anotando sus ocurrencias en una libreta más o menos secreta, con vistas a reelaborarlas convenientemente y convertirlas en obras acabadas y, por tanto, listas para ser puestas a disposición de un público. 

PS es también pintor; y, por lo que he visto de su obra, es minucioso y delicado. No así su humor, que es fino sin ser rebuscado, que se inspira directamente en el entorno y la ocasión particulares, y que por ello resulta irreproducible (y por eso no traigo aquí ninguno de sus chistes) en cualquier otro contexto. Anoche fue, como siempre, el centro de la reunión; y no porque impusiera de ningún modo su protagonismo o no dejara meter baza a otros: por el contrario, escucha atentamente a cualquiera que diga algo y sabe esperar a que la conversación cree las ocasiones convenientes para sus chistes, sus gesticulaciones, sus parodias. A su lado, cualquier obstinado cuentachistes no es más que un pelmazo. Y qué bien duerme uno después de unas buenas risas no manchadas de burla o de sarcasmo hacia nada ni nadie, nacidas simplemente del hecho de que hay personas que saben ver la comicidad natural de la existencia y transmitirlo a otros.

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La pregunta habitual del desconfiado: ¿De qué te ríes?, rara vez admite respuestas convincentes o tranquilizadora. Y nos hace sentir siempre culpables, aunque no sepamos de qué.

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No he olvidado las razones de mis dos últimas -y ya lejanas- ocasiones de llanto: una, por una gran alegría; otra, por una gran tristeza. En cambio, he olvidado ya la razón concreta, más allá de la ocasión, de  mis risas de ayer, quizá porque el motivo era lo de menos; y porque la alegría, cuando se desborda, es porque ya estaba dentro y no depende exactamente de causas externas.

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Siempre hay secretas razones egoístas en esa risa o llanto que creemos que ha provocado en nosotros la risa o llanto ajenos. Que, contra lo que suele decirse, nunca son contagiosos.

miércoles, julio 29, 2020

SUEÑOS


28/7/19

En un desvelo entre sueño y sueño se me ocurre lo que entonces me parece una muy buena idea para un poema: el asunto (el título) y el arranque. No necesito más y tengo la certeza de que, si me hubiera levantado entonces y sentado a escribirlo, el poema habría salido del tirón, como suele ocurrir cuando el impulso es tan claro. Pero calculo que deben de faltar todavía horas para el amanecer y que es más sensato darse la vuelta en el lecho y seguir durmiendo. Mañana, me digo, la idea seguirá ahí. Y, efectivamente, al día siguiente tengo una impresión clara de que en algún lugar de mi cerebro se ha archivado ese título y ese arranque de poema, pero no consigo recuperarlos. Y ahí se van a quedar, me temo, dejando la misma clase de hueco que cuando uno busca, por ejemplo, el nombre de un actor o actriz cuyo rostro le parece estar viendo, y cuyas películas recuerda, y del que ha olvidado solamente... el nombre, olvido que percibe como si en el tejido inextricable que forman todos los datos que uno guarda en su cabeza se hubiera soltado, como en un jersey viejo, un punto y dejado un agujero.

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Cuando alguien te muestra su coche y te dice que le costó en su día 30 millones de las antiguas pesetas, y que ahora le dan por él el triple de esa cantidad..., uno no sabe qué decir, aunque mi primer impulso es elogiar el bello y carísimo objeto en cuestión y felicitar a su propietario... por tener algo tan valioso que dejar a sus hijos, que es un modo de integrar la anomalía de ese tremendo despilfarro, impensable en el medio social en el que me muevo, en el mismo orden de cosas al que pertenece el hecho natural de morirse y dejarle a los hijos el ajuar doméstico de uno.

domingo, julio 26, 2020

UNA TRISTE NOTICIA

25/7/19

Ojea uno las redes sociales con remordimiento. "Es como cuando, hace años, leías cuantos periódicos caían en tus manos, dos como mínimo,
 el local y alguno nacional", me digo, a modo de atenuante y para perdonarme el tiempo perdido. Pero lo que sucede es más bien lo contrario: ahora leo los periódicos como quien echa un vistazo a Instagram: repasando rápidamente los titulares y sólo muy de vez en cuando parándome a leer una pieza completa. Lo hago normalmente con los artículos de opinión, que son mi género periodístico preferido, y que cultivé con gusto durante diez años en un periódico local, hasta que me echaron... Pero el resto... A veces me sorprendo citando un titular en una conversación: "¿Te has enterado de que ha habido un terremoto de 2.1 grados en Arcos de la Frontera?", le comento a M., aficionado a estas cuestiones. "¿Sí? ¿Ha habido daños?", me pregunta. Y entonces me veo obligado a reconocer que no he pasado del titular y que, por tanto, ignoro los pormenores.

Aun así, debo decir que también hay noticias para mí relevantes que me llegan a través de las redes sociales. Hoy he sabido, porque se han hecho eco de ello varios contactos míos de Facebook, de la muerte, a sus 39 años, de la poeta Carmen Jodra. Se dio a conocer a los 19 con Las moras agraces, un libro en el que demostraba un gran conocimiento de los clásicos y una desusada pericia a la hora de utilizar la métrica tradicional, a lo que unía un palpable desparpajo y frescura a la hora de plantear los asuntos de sus poemas e incluso de asumir su bisoñez ante algunos que normalmente sólo pueden abordarse desde una cierta madurez. Fue el éxito literario del momento. pero, a diferencia de otros escritores que dan la campanada con un primer libro, no se apresuró a recoger los frutos del éxito temprano, ni publicó libros sin ton ni son -de hecho, sólo publicó uno más-, ni tampoco se afanó en acaparar las escasas y pobres prebendas que depara este oficio. Quienes la conocieron han destacado sus dones personales, entre los que, al parecer, se contaba un discreto pero efectivo sentido del humor. Yo no la traté y, por tanto, nada puedo aducir al respecto. Pero sí me ha dado por pensar, ante la noticia de su temprana muerte, que en su día me pareció detectar en su precoz poesía esa melancolía de quienes viven -quizá sean cosas del oficio- su vida con cierta conciencia de antelación: una especie, digamos, de síndrome de Keats -y no quisiera que nadie viera ironía en estas palabras-. Quizá de otros poetas podría haberse dicho lo mismo si el destino hubiera querido que una temprana muerte prestara resonancia a lo que dejaron dicho en sus poemas juveniles.

En fin, no quiero dar más vueltas a esta ocurrencia. Vida y poesía mantienen a veces una curiosa relación, una especie de tira y afloja por el que una y otra juegan a contradecirse, a negarse, a ponerse en evidencia o, como es el caso, a concordar de pronto en sorprendentes bucles. En el caso de los poetas que de algún modo buscaron su autodestrucción, eso puede entenderse. Pero cuando, como es el caso, es una grave enfermedad quien se ha llevado por delante a una persona joven, maldita la gracia que uno le encuentra a esa fatal concordancia entre lo intuido en los versos y lo que la vida ha querido hacer con quien los escribió.

viernes, julio 24, 2020

EL CASO DEL CUADRO ROBADO


23/7/2019

Animosa A.: se rompió el fémur hace unas semanas y ya se ha recuperado lo suficiente para atreverse a salir, apoyada en unas muletas. Es una mujer extraordinaria, que a los setenta y muchos años conserva todavía la belleza de la que dan testimonio las numerosas fotografías suyas que, no sin coquetería, exhibe en su casa y en las que muestra un cierto parecido con Ingrid Bergman. También sus hermanas son bellísimas: las he conocido en estos días, en los que A. no ha dejado de recibir visitas. Otra, en sus circunstancias, se las hubiera arreglado con los turnos de ayuda que, más o menos a regañadientes, hubieran organizado sus hijos e hijas. A. no los tiene, y por eso cuenta con la asistencia, no de un hijo o dos, sino de decenas de personas que la quieren y con quienes ella misma ha sido generosa en otras ocasiones. Él único que se queja, en broma, es su marido, a quien la coyuntura quizá haya restado algo de su libertad de movimientos. Pero más bien sucede lo contrario: el hecho de tener que hacer de anfitrión de tantos visitantes le proporciona las mejores excusas para acudir con algunos de ellos -especialmente, con la parte masculina, que se cansa pronto de la conversación en torno al lecho de la impedida- a la barra del bar de la plaza, que, junto con su huerta y los ratos que dedica a bichear por internet y profundizar en sus indagaciones flamencas, es una de sus distracciones preferidas. Desde allí ejerce su cargo oficioso de presidente-alcalde de la república de San Antón, que le fue conferido por los vecinos hace años, en una divertida simulación de declaración de independencia del barrio, antes de que otras declaraciones de independencia se convirtieran en asunto de controversia nacional. Ahora todos celebramos la rápida recuperación de la presidenta. Y así vamos escribiendo nuestra modesta historia.

***

La nueva inquilina de la casa de al lado es partidaria de tener puertas y ventanas siempre abiertas, y por ellas veo que es aficionada a la pintura y que decora su casa con grandes cuadros, quizá pintados por ella, y que a mí me recuerdan, por su formato, a uno que le robaron a C. en las puertas mismas de nuestra casa, hace años. Ella lo había pintado en un concurso de pintura rápida en un pueblo cercano; y, para evitar que el olor a óleo fresco invadiera la casa, lo dejó a la puerta, para que se secara. A la mañana siguiente ya no estaba allí, y desde entonces me pregunto si alguno de los habitantes de las casas colidantes aprovechó la ocasión para meterlo en la suya. Quizá pensara incluso que se trataba de un objeto abandonado, como muchos que los vecinos dejan junto a los contenedores de basura de la calle, de dónde a veces he tomado yo una tabla procedente de un fondo de cajón o un listón de madera arrancado a una silla. El caso es que, confrontado con la posibilidad de que el cuadro robado algún día aparezca, me pregunto qué haré en ese momento. Imagino la ocasión: un motivo cualquiera hace que un vecino me franquee la puerta de su casa. Y entonces veo el cuadro allí, presidiendo su salón.  Es posible incluso que ignore su procedencia: a lo mejor fue un inquilino anterior quien lo puso allí... Entonces yo le explicaré el caso y le rogaré que me deje llevarme el cuadro... ¿Aceptará por las buenas? ¿Me tomará por loco? En fin, con estas fantasías distraigo los ratos muertos, mientras veo de reojo, al otro lado del patio, la esquina de uno de los cuadros con los que mi vecina adorna la habitación frontera a ésta en la que redacto estas líneas, que ella seguramente me oye teclear.                                                                                     

miércoles, julio 22, 2020

NOSTALGIE DE LA BOUE


21/7/2019

Detesto esta sensación de embotamiento, que parece ser el precio que hay que pagar por los ratos de ocio en compañía. Llevo así dos días seguidos. E impremeditadamente. Anteayer, por ejemplo, habíamos salido al mediodía con la sola idea de tomar el aperitivo -un par de cañas, a lo sumo- y volver a casa a almorzar. Pero coincidimos en la barra con unos conocidos a quienes, como es costumbre aquí, invitamos a compartir nuestra ronda, a lo que ellos correspondieron con nuevas invitaciones que progresivamente fueron incorporando algunas raciones de comida. Pasamos de la cerveza a los vinos, y de éstos a los licores. En fin. Cuando desperté de la siesta tardía, a tumba abierta, ya era casi de noche. 

Ayer la ocasión no conllevó la pérdida del día. Nos habíamos citado para cenar con unos amigos. Pero la terraza estaba concurrida y la comida se alargó más de lo previsto; y no es que estuviera mal: fue una velada muy agradable. Pero, cuando regresamos a casa, me ocurrió lo habitual en estos casos: no puedo acostarme de inmediato y me mantuve desvelado ante el televisor hasta casi las tres de la mañana, lo que hizo que hoy, al desvelarme en torno a las nueve, que es más o menos mi hora límite para permanecer en la cama, acusara de inmediato el déficit de sueño y el cansancio de dos días de excesos. Y así. 

Sé que mañana me sentiré mejor y que la semana transcurrirá por sus cauces habituales: rutinas domésticas, un poco de lectura y/o escritura y/o pintura, un paseo por la tarde para descansar la vista y estirar las piernas. Puede que entonces sienta el remordimiento contrario, la nostalgie de la boue, que decía el poeta. Y así se nos ha ido ya, como quien dice, la mitad del verano.

lunes, julio 20, 2020

UN DÍA EN SOLEDAD


19/7/19

Es curioso que el ocio en soledad se traduzca, en mi caso, en una especie de hiperactividad: leo, pinto, escribo, pongo una película, ordeno los libros, miro el teléfono móvil. La verdadera inacción, en mi caso, requiere compañía. Mirar y escuchar a otro, en vez de buscarse a uno mismo en una multitud de espejos. Y qué descanso.

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Un hombre sólo en una terraza despierta desconfianza. Y, si pide de comer, la impresión de que quizá está usurpando el lugar que correspondería a una mesa llena de comensales. La soledad, mal negocio.

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Y si a la soledad se le une la condición del desocupado, mucho peor. De un desocupado se sospecha siempre que, en la economía general del universo, aquello que ha dejado de hacer de algún modo repercute en la parte de actividad que toca a los ocupados. Y si, encima -como fue ayer el caso, cuando fui a visitar a un amigo que labraba su huerta-, vienes a proponer que compartan contigo un rato de tu ocio, les parece qe lo que deberías hacer es ofrecerte a tomar la azada y ponerte a trabajar con ellos, hombro con hombro. Y no es el caso. 

sábado, julio 18, 2020

BREVIARIO DEL TIEMPO LIBRE


17/7/2020

La jornada laboral está sujeta a horarios; el tiempo libre, a límites.

Sólo durante mi tiempo libre hago esfuerzos que ningún salario podría compensar.

Llamar "tiempo libre" al que dedicamos a la vida social tiene menos de eufemismo que de autoengaño.

Sé de algunos para quienes mi ocio sería el equivalente a una condena a trabajos forzados. 

El verdadero objetivo de la persona sobrepasada por sus obligaciones no debería ser tener tiempo libre, sino liberarse del tiempo.

Me las prometía muy felices con tanto tiempo libre por delante; pero me acordé de pronto de que tenía que comer, dormir, respirar...

Sólo tendré tiempo libre de verdad cuando me libere, aunque sea por un rato, de la obligación de ser yo.

Cuando no tengo nada que hacer, la propia nada es un campo lleno de posibilidades, es decir, de incitaciones a la acción. Nunca se está tan ocupado como entonces.

Las artes nacen del ocio, que seguramente nació con la enfermedad o la invalidez: la poesía, la pintura, la música, la inventó el primer tullido o enfermo que dejó de salir a cazar y se quedó en la cueva. De ahí que siempre se haya mirado con desconfianza a quienes se dedican a esas cosas.

Sólo el aburrimiento es libre.




jueves, julio 16, 2020

UNA NOVELA

15/7/2019

En comisaría, para renovar el carné de identidad, no porque el que tengo haya caducado, sino porque, de tanto llevarlo en la cartera, que normalmente guardo en el bolsillo trasero del pantalón, el plástico del que está hecho, que debe de ser de poca calidad, se ha cuarteado y resquebrajado, y ya ha habido ocasiones en las que me han puesto reparos cuando he tenido que mostrar el deteriorado documento. También el policía que me lo ha pedido a la puerta de la comisaría ha debido reparar en ello. Me ha ordenado, de paso, que le abra el bolso que llevo colgado al hombro, en el que guardo el libro que estoy leyendo, mi libreta de dibujo y un juego de rotuladores. De alguna manera, no parece satisfacerle el resultado de su inspección; o eso es lo que creo cuando me espeta, cambiando ligeramente el tono de voz con el que se había dirigido a mí hasta ahora: "¿Puedo hacerle una pregunta?". Asiento con la cabeza, un tanto mosqueado. "¿Me dice qué está leyendo?". Entiendo que se refiere al libro que llevo en el bolso y le digo que es una novela detectivesca ambientada en Cádiz. "¿Sale un inspector de policía?", insiste, para mi desconcierto. "Sí, uno que se llama...". Pero no me deja terminar. Lo que quiere saber, me aclara, es si el libro es uno que ha escrito un inspector de policía y que un compañero suyo ha leído. Son una especie de memorias, en las que dan detalles del mundillo. "No", le digo, "esto es una novela, todo es inventado". Se lo he dicho de ese modo porque me ha parecido que mi interlocutor quizá no habría entendido la palabra "ficción". Es un buen chico, de todos modos. Demasiado joven, quizá, para portar un arma y fingir ante la gente una autoridad que sólo tiene por atribución legal, pero no porque emane de su persona. 

A todo esto, la media docena de inmigrantes que aguarda en la inmediata sala de espera ha seguido en silencio toda la conversación y me miran como si se preguntaran quién es ese extraño al que un policía interroga sobre libros. "¿Me dice el título?", concluye el bisoño agente. "Sí: La novela de Flor Parodi. Es de un escritor gaditano, José Rasero". "Se la recomendaré a mi compañero", concluye. "Seguro que le gusta más que el otro libro".

Tal como lo he contado.  

lunes, julio 13, 2020

LO INTEMPORAL



12/7/2019

¿Hay que tomarse en serio los denuestos contra el honor -contra el peso de lo que entonces se entendía por "honor"- que contienen tantas obras de Lope? Los hubo en La dama boba, sonaron con gravísimas resonancias en El castigo sin venganza. Y ayer los volvimos a oír, de labios de la protagonista, en El perro del hortelano; que trata, recuérdese, de una "dama muy principal" -así se describe ella a sí misma- que se enamora de su secretario, Teodoro, quien, a la vez que se deja querer, está en amores con una criada. Diana, la dama en cuestión, se impone a sí misma el deber de no ceder a sus sentimientos, porque ella misma encuentra degradante haber hecho objeto de los mismos a un inferior; pero, al mismo tiempo, no se resigna a dejar que éste se case con la criada. De ahí el título. referente a ese perro proverbial que "ni come ni deja comer". Pero lo curioso del caso es que, apenas un malicioso criado urde una treta para hacer pasar al secretario por el hijo, desaparecido y ahora hallado, de un conde tronado, la dama en cuestión, a quien el enamorado pone al tanto del engaño, lo da por bueno y se vale de él para hacer público su enamoramiento y presentarlo como acorde con su presuntamente alto concepto del honor; que aquí no es, como hubiera proclamado el alcalde Pedro Crespo en versos de Calderón de la Barca, "patrimonio del alma", sino una mera fachada que puede ocultar una realidad personal contraria a las exigencias de tan oneroso código.

¿Era Lope un cínico? ¿Un subversivo para su época? Más bien, como ya vimos que transparentaban las melancolías de El castigo sin venganza, un hombre temperamental que no puede dejar fuera de su escritura sus propios conflictos personales, a despecho de que éstos puedan contradecir el mensaje nominal que el teatro de la época estaba destinado a transmitir. Y lo que vemos en El perro del hortelano es una sincera, aunque un tanto desatinada, reivindicación de los sentimientos y aspiraciones del hombre de letras -aquí, el "secretario" Teodoro, a quien en un momento dado vemos rivalizar con su culta señora en la tarea de componer sendos sonetos cruzados en los que cada uno de ellos declara al otro oblicuamente su amor- a quien no adornan títulos de nobleza, pero que de algún modo abriga la convicción de que poseer educación y dotes artísticas supone también ser miembro de otra aristocracia, la del talento, digna de codearse con la de sangre. Y el resultado es que el espectador de hoy ve -¿lo vería mucha gente también en los tiempos de Lope?-, en lo que aparentemente no es más que una simple y divertida comedia de enredo, una especie de reivindicación del desclasado, del hombre -y la mujer, porque también Diana, la protagonista, parece obedecer a ese mismo impulso de íntima rebeldía- que se salta las barreras sociales y además, en este caso, triunfa, a despecho de las leyes divinas y humanas.

Hemos asistido a este despliegue ideológico y emocional de la mano de la Compañía Nacional de Teatro de México, que ha vestido a sus personajes con trajes de los años 30 y colocado al fondo del escenario un piano que desgrana sentidos boleros, acompañando en ocasiones las voces de los propios protagonistas. Ha sido nuestra última noche en Almagro. Tres obras de Lope y, a modo de interludio, un recordatorio de la materia picaresca. Al día siguiente, mientras recorremos en sentido inverso la solitaria carretera que cruza Sierra Morena entre Ciudad Real y Montoro, y nos detenemos en alguno de los contados ventorros que jalonan esa ruta, de algún modo sentimos que esa otra corriente que circula por nuestra sentimentalidad y que viene de ese esplendoroso fracaso que fueron los Siglos de Oro no resulta en absoluto anacrónica. Lope, como Shakespeare, hablaba en nombre de una humanidad intemporal, que no era sino trasunto de su propia pobre humanidad, llena de dudas y zozobras. En medio de las diáfanas extensiones del valle de Alcudia y las umbrías de Sierra Madrona, la vertiente manchega de Sierra Morena, todo eso nos parece de una absoluta obviedad. Si hubiéramos vuelto por la concurrida y rápida autovía, al ritmo de la acelerada modernidad, quizá no lo habríamos visto tan claro.

sábado, julio 11, 2020

PERTINENCIA


11/7/19

Los colombianos que regentan el bar podrían ser padre e hijo. El local está decorado con carteles enmarcados que en su día anunciaron diversos eventos culturales, casi todos relacionados con el teatro, como es de rigor, aunque también hay algunos dedicados a actos literarios, casi todos ellos protagonizados por poetas hispanoamericanos. En uno de ellos, curiosamente, uno de los personajes que aparecen fotografiados se parece mucho al mayor de los dos camareros. Pero el hombre, a diferencia de otros dicharacheros compañeros suyos con los que hemos tratado estos días, es tan comedido y parece tan empeñado en limitar su trato a lo concerniente al servicio, que no me atrevo a preguntarle. Lo curioso es que estamos aquí por pura casualidad: en realidad, veníamos a la pizzería vecina, pero la hemos encontrado cerrada. Nuestra intención era almorzar algo sencillo y reservarnos para la cena.

Así que, bajo la égida del camarero que quizá sea también poeta, damos cuenta del menú del día, que se ajusta a nuestras expectativas, y repasamos la mañana, que hemos dedicado, como la de ayer a explorar los alrededores. Aunque con menos éxito: buscábamos ciertos baños de aguas sulfurosas, de los que nos había hablado la guía del yacimiento de Calatrava la Vieja. Y damos sin gran dificultad con el hito de referencia, que es el hermoso santuario de la Virgen de las Nieves, mandado construir por el célebre marino don Álvaro de Bazán, quien, al parecer, se encomendó a tal advocación antes de la batalla de Lepanto y, en un momento apurado de la misma, cuando iba a ser alcanzado por dos balas de cañón turcas, invocó a dicha Virgen -de cuyo nombre no se acordaba, pues la llamó "la de al lado de Almagro"- y las dos balas cayeron sin fuerza a sus pies. Eso dice la placa que adorna el busto del marino que recibe a los visitantes a la puerta del recinto. Pero, cuando preguntamos por los baños, que deben de estar en las inmediaciones, la encargada nos dice que, si queremos, nos da la llave, pero que nos recomienda que no vayamos, porque hace dos años que andan secos y durante ese tiempo han estado desatendidos, por lo que ahora presentan un estado lamentable.

En cualquier caso -nos consolamos- la excursión ha merecido la pena. Y ha dado también ocasión para que confrontemos la página heroica que acabo de resumir con la representación teatral que nos ocupó la noche anterior, un monólogo en el que el propio Lázaro de Tormes daba cuenta de las vicisitudes de su asendereada vida. Guarda uno un muy exacto recuerdo de esta lectura escolar, a la que no he vuelto desde mis tiempos universitarios. Pero resulta curioso confrontar la impresión que causa el lamentable relato que este desgraciado hace de su vida, y en el que quedan perfectamente retratadas las lacras y contradicciones de la sociedad de su tiempo, con el sentimiento de desafección ciudadana que ha causado la devastadora crisis económica que hemos padecido en los últimos años, y que se manifiesta en algunas “morcillas” anacrónicas que el actor monologante, que también se queja de las inclemencias del presente, introduce en su texto.

El entorno, desde luego, favorece ese rápido trasvase de sensaciones entre la novela del siglo XVI y la realidad de hoy. Paseamos al día siguiente bajo los soportales de la Plaza Mayor de Almagro y nos parece que cualquiera de las columnas que los sustentan podría haber servido para el engaño con el que Lázaro se libra del ciego que tan mala vida le había dado, y al que, recuérdese, animó a saltar con todas sus fuerzas contra un pilón de piedra, so pretexto de que había de salvar un torrente por su punto más estrecho.

Yo mismo, de vuelta a casa bajo la sombra de esos soportales, que algo alivian el peso de la temperatura de treinta y nueve grados que se ha alcanzado hoy, hago la pantomima de remedar dicho salto y estrellarme, como el desmedrado ciego, contra una de las columnas de mármol. Esta noche, para cerrar esta semana de inmersión en nuestros Siglos de Oro -que lo fueron también, como casi todos los que nuestra Historia, de miseria y mal gobierno-, volveremos a Lope: El perro del hortelano, que es una obra de cuya adaptación al cine a cargo de Pilar Miró guardo también un preciso recuerdo. Pero algo me dice que, en consonancia con mi ánimo de estos días, la representación de hoy aportará a ese recuerdo una renovada pertinencia.

RUINAS


10/7/2019

Impremeditadamente, el programa de representaciones que hemos cerrado es casi un ciclo monográfico dedicado a Lope de Vega. A la noche siguiente, El castigo sin venganza. Son curiosas las similitudes entre esta tragedia y la comedia de ayer. Ambas tratan de las prevenciones de un padre para intentar ajustar a sus deseos el futuro de sus hijos. Pero la tragedia introduce un matiz nuevo, quizá implícito en la otra, pero no enunciado en ella con la misma claridad: sobre el padre en cuestión, el duque de Ferrara, pesa un claro sentimiento de culpa por su vida disipada, de la que pretende redimirse mediante el matrimonio con la joven y pizpireta Casandra; lo que supone un inesperado motivo de preocupación para Federico, el hijo bastardo del duque, que quedará desposeído de sus derechos sucesorios si su madrastra da al duque un hijo legítimo. Naturalmente, hay alternativas. Si Federico se casa con Aurora, una rica heredera huérfana que el duque ha criado como si fuera su propia hija, dispondrá de los estados de ésta y no tendrá nada que envidiar a un eventual heredero legítimo de su padre. Pero, como ocurría en La dama boba, los acontecimientos desmienten esas previsiones. Federico conoce a su futura madrastra cuando ésta se bañaba en un río y estaba a punto de ser arrastrada por la corriente. Naturalmente, se enamora de ella. Y cuando el tiempo viene a confirmar que el viejo duque ha vuelto a sus costumbres disolutas y descuida a su joven esposa, lo que tiene que suceder sucede...


Planea sobre todos estos hechos un opresivo sentido de la fatalidad. El castigo -que no venganza- al que se refiere el título es el que ha de recibir la pareja adúltera de manos del ofendido. Pero, en realidad, en el complicado universo moral de esta tragedia, entretejido de remordimientos, amores contrariados y deseos irrealizables, todo el mundo recibe su castigo, y lo que se impone al público es la sensación de que todos y cada uno de los personajes ha sabido labrarse su propio infierno en la tierra, del que no sabe escapar. Es la misma pesadilla moral que en Rey Lear o Ricardo II de Shakespeare, con las que esta obra admite parangón. Sólo que sobre la de Lope, más que el concepto pagano de destino, lo que planea es la cristiana idea de la responsabilidad individual, de la culpa.

Lope escribió esta tragedia en su vejez, cuando él mismo, como el duque de Ferrara, andaba abrumado por sus propias culpas y agobiado por las consecuencias prácticas de éstas. Mira uno a su alrededor, al público burgués que se ha congregado en este teatro de Almagro para disfrutar del espectáculo bajo un envidiable cielo de noche de verano, y se pregunta qué conclusión sacará de la ominosa sucesión de acontecimientos que se suceden ante sus ojos. Pero parece claro que, aunque la mayoría de los aquí congregados tenga la certeza de que sus pequeñas o grandes faltas no merecen los tremendos castigos que reciben los protagonistas de la obra, quién más y quién menos termina entendiendo que es posible que la madurez o las vísperas de la vejez no impliquen necesariamente ánimo sosegado y comprensión del propio destino, sino quizá todo lo contrario; y que el estado de confusión en el que cae el duque, arrastrando consigo a todos los demás, es connatural al hombre.

A los pocos minutos del fin del espectáculo, y como sucedió ayer, los actores aparecen en ropa de calle en las terrazas de la plaza y se sientan a cenar a pocos metros de nosotros. No se explica uno dónde han dejado las tremendas preocupaciones que atormentaban a los personajes a los que daban vida hace apenas unos instantes. Quizá nos las han traspasado, y ello explica la ligereza, la sana alegría de grupo de amigos jóvenes que ahora aparentan. Nosotros, por el contrario, aunque también nos sentimos muy felices en la apacible noche veraniega, acusamos ya los efectos de la hora y tenemos ganas de dormir, que es también olvidar.

*

Para ocupar la mañana siguiente, hacemos una excursión a Calatrava la Vieja, un yacimiento arqueológico que no se encuentra en las cercanías del pueblo homónimo, sino en el término municipal de Carrión de Calatrava, a veinticinco minutos de Almagro. La temperatura es de treinta y cinco grados. Pero no tenemos nada mejor que hacer y lo que hemos leído del citado yacimiento es muy prometedor. Y así llegamos a la ermita de Nuestra Señora de la Encarnación de los Mártires de Calatrava, que es la referencia para llegar a las ruinas, y unos viejos que beben en un quiosco nos indican el camino y nos dicen que a la puerta del yacimiento hay una chica que vende las entradas y hace de guía.

Nos lleva hasta allí un camino de grava construido sobre lo que fue el cauce del río Guadiana, ahora canalizado, y nos recibe una amabilísima muchacha que nos advierte que la visita guiada dura alrededor de una hora y transcurrirá casi todo el tiempo a pleno sol. Le decimos que, ya que estamos allí, hágase lo que haya de hacerse. Y emprendemos el recorrido, primero circundando el perímetro amurallado de lo que fue fortaleza y ciudad -la más poblada e importante entre Toledo y Córdoba, en la España musulmana-, de la que apenas se ha excavado y puesto en valor una parte, pese a la importancia del yacimiento y la espectacularidad de su posición, que podría hacer de él un atractivo destino turístico... Nos suena esa música, que es la del secular abandono del patrimonio histórico-artístico español y el lamento por los beneficios que podrían derivarse de su puesta en valor, etcétera. Pero no hemos venido aquí a deprimirnos, y menos bajo este sol de fuego. La hábil guía nos hace ver con los ojos de la imaginación las imponentes torres de base pentagonal, la torre albarrana, el complejo sistema hidráulico que elevaba el agua del Guadiana a los fosos que rodeaban la fortaleza y a los depósitos de la ciudad. Entramos también en la iglesia que los monjes-caballeros de Calatrava levantaron en medio del recinto, sobre la que previamente habían construido los templarios, antes de que los arrastrara el viento de la Historia. Ahora, nos dice la guía, el imponente complejo apenas si recibe unos pocos miles de visitantes al año y su uso principal es servir de decorado para reportajes de boda de parejas que bajan incluso desde Madrid para retratarse allí. Mejor eso que nada, me digo. Antes de la crisis, había intención de habilitar como museo los espacios recuperados, pero esos proyectos quedaron en nada.

En cualquier caso, piensa uno que es natural que las ruinas despierten pensamientos melancólicos. Con el peso del sol en nuestras cabezas y un vago pero palpable sentimiento de exaltación, causado por la experiencia de inmersión en un torbellino de palpables evidencias históricas, abandonamos el lugar. Pocos minutos después, cuando todavía estamos a la mitad del polvoriento carril de grava, nos adelanta el todoterreno de la guía, que ya ha terminado su jornada y regresa a casa.

viernes, julio 10, 2020

LO QUE HOY


9/7/2019

Vistos en ropa de calle y cruzando la plaza, los actores que hace un rato habíamos visto representar La dama boba en un escenario al aire libre parecen otros: unos más altos de lo que parecían sobre el escenario, otros no tanto. La que hacía de protagonista, en particular, a la que su papel empequeñecía hasta hacer de ella poco menos que una niña, es -lo vemos ahora con asombro- una mujer casi tan alta como el chico que lleva a su lado, que en la obra, en los múltiples papeles que en ella interpretaba -de gañán, de fregona, etcétera- parecía mucho más alto y fornido. No se explica uno muy bien este trampantojo, salvo por el efecto ilusionista, no ya de la simple posición encumbrada sobre las tablas, sino del propio papel y de su interpretación, que es lo que hace que el público termine viendo en esta desenvuelta muchacha que ahora se dirige a las terrazas de la concurrida plaza lo que no es: una niña desvalida y un tanto desasistida de recursos intelectuales -hoy su grado de retraso estaría cuantificado y figuraría en su expediente escolar-, que en cierto modo espabila -y el brill
ante texto de Lope recoge a la perfección todos los matices del proceso- al verse requerida de amores y constatar en ella su propia respuesta emocional a la nueva circunstancia. No es que se haga "sabia" o, como su hermana, "bachillera", sino que simplemente amplía su espectro de emociones e  instintivamente aprende a hacer uso de esos nuevos conocimientos.

Vimos la obra en una plaza al principio sentados en un bordillo, y luego ocupando unas sillas que quedaron libres. El público eran los vecinos del barrio. Y llamaba la atención el comedimiento con el que siguieron la representación, que duró hora y media. Ni siquiera los niños alborotaban y prácticamente nadie se saltó la recomendación de mantener los móviles en silencio y no hacer fotos. ¿Será verdad, después de todo, esa vieja petición de principio que viene a formular que, si a la gente se le acostumbra a estas cosas, aprende a apreciarlas? Eso parecía. Aunque no dejaba uno de pensar en el ambiente que habría rodeado a esta obra en el momento de su representación, en esos teatros de corte en los que convivían villanos y aristócratas, gente que sabría apreciar las perlas de ingenio de los momentos más poéticos del texto y gente a la que sólo divertirían las chuscadas que intercambiaban gañanes y fregonas. En fin, más o menos lo que hoy.

jueves, julio 09, 2020

CÁDIZ-ALMAGRO


8/7/2019

Cádiz-Almagro. Google Maps sugiere que la ruta más corta es la que implica desviarse de la autovía radial a la altura de Montoro (Córdoba) y cruzar Sierra Morena por la Nacional 420. El trayecto, asegura la mencionada aplicación, es cuarenta minutos más corto que si se sigue la autovía y se cruza por Despeñaperros. No sé. Lo que sí es cierto es que, a diferencia de la radial, saturada de tráfico, en la carretera nacional puede uno contar con los dedos de una mano los vehículos que se cruza entre Montoro y Puertollano, lo que es muy de agradecer en estos días de desplazamientos masivos a comienzos de julio. También el paisaje es agradecido. No tiene la espectacularidad de Despeñaperros, pero, por lo mismo, el paso, casi sin solución de continuidad, de los olivares andaluces al paisaje mesetario resulta incluso más sorprendente por producirse de forma gradual, que es tanto como si advirtiéramos en su diseño una elegante renuncia a los efectismos, una gradación de efectos que va más allá de los azares geológicos. Recuerda uno lo aprendido en la escuela respecto a la altitud de las dos submesetas, por ejemplo: va uno leyendo, en las indicaciones, la cota de cada uno de los puertos por los que pasa y, hechos los descuentos correspondientes, halla que la suma sale: ahí está, ante la vista, tan extenso como la interminable recta de carretera que se extiende ante nosotros una vez pasada Sierra Morena, el casi infinito valle de Alcudia, con sus 900 metros de altura sobre el nivel del mar, flanqueado de pinares y encinares de repoblación que matizan, con sus verdes saturados, el color pardo-rojizo de la tierra. Mira uno el reloj. Antes de las dos de la tarde debemos estar en Ciudad Real, donde recogeremos a C. en la estación del Ave. Echa uno de menos la posibilidad de detenerse media hora a hacer fotos o dibujar. Pero tampoco hay donde hacerlo: lo escasamente concurrido de la ruta explica quizá que, entre Montoro y Puertollano no haya apenas gasolineras, ni áreas de servicio, ni miradores que inviten a la parada. Parece que el paisaje más bien insta a los sobrevenidos curiosos a pasar de largo, sin entrar en engorrosas intimidades. Luego, a la vuelta, ya sin prisas y con otra perspectiva -las gasolineras existentes salen al paso en ese sentido de la marcha-, descubrimos que por esos parajes se encuentra Fuencaliente, que se anuncia como un socorrido destino de turismo rural. Pero ahora sólo advertimos la extrema soledad de estos parajes, su sugerencia de un país no saturado aún ni por el urbanismo ni por las multitudes ansiosas que van de un lado a otro.

Pero la impresión dura poco. Pasado Puertollano -una engorrosa travesía, pues la carretera no circunvala el pueblo- y enfilando la autovía que llega hasta Ciudad Real, uno casi se olvida de que acaba de atravesar uno de los parajes más recónditos de España. Lo primero que hago, al poner los pies en la moderna -y feísima- estación del Ave es comprar una botella de agua. Traigo la boca seca. Y ahora pienso en la enorme contrariedad que hubiera supuesto que el coche se hubiera averiado a mitad de camino, en medio de la nada.

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Los torreznos de este restaurante de Almagro: se pueden cometer pecados peores, pero ninguno tan... premeditado como la laboriosa cocción que uno adivina para conseguir que un trozo de tocino se convierta en una elaborada exquisitez. Que contradice, además, todos los principios prácticos en los que suele fundamentarse la cocina popular, que es básicamente el arte de vestir el hambre. Un hambriento se hubiera limitado a comerse e mencionado taco de grasa, en vez de someterlo a experimentación hasta lograr convertirlo en una especie de híbrido entre la confitería y el asado. Claro que también cabe la posibilidad de que el experimentador fuera... un desganado.

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No es un tópico: aquí, en la Meseta, el cielo está más alto -lo que no deja de ser una contradicción-. Y el hecho de que esté siempre salpicado de nubes rápidas parece una invitación a que el espectador, alargando el brazo como para rozarlas, quiera comprobar esa verdad esencial: a novecientos metros de altitud media sobre el nivel del mar, el cielo no sólo no está más cerca, sino que tiende a... retraerse.

miércoles, julio 08, 2020

VÍSPERAS


7/7/2019

El viaje que emprendo mañana me libra, entre otras cosas, de varios compromisos literarios. Casi me da reparo escribirlo (voy contra mi interés al confesarlo): cada vez siento más desinterés hacia la vertiente social, incluso diría que gremial, de la literatura, sus rituales, su pobre pero machacona mercadotecnia. Escribir es básicamente proyectar el pensamiento, y el ejercicio del pensamiento no requiere de ninguna de esas cosas... Añadamos, en fin, que uno tiende a ser insociable en casi todo, y no sólo en lo que atañe a la literatura. Quizá eso aclare las cosas.


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Maleta hecha: la ilusión -la posibilidad- de una vida portátil.


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Y un nuevo elemento que ha venido a sumarse a mis equipajes: los avíos de dibujo. Que empezaron siendo una libreta y un rotulador y ya incluyen un juego de pinceles con depósito de agua, una caja de lápices acuarelables y una decena de accesorios más. Mis conocidos se han habituado ya a verme sacar toda esa impedimenta mientras, por ejemplo, nos tomamos un gin-tonic. Y ni siquiera se alarman demasiado cuando comprueban que ellos forman parte de la escena dibujada. Todo ello a cuenta de una cierta hiperactividad que nunca me han diagnosticado -en mi infancia, a los niños inquietos se les daba un azote y santas pascuas-, pero que bien podría ser la explicación de este afán de tener permanentemente las manos ocupadas. Por otra parte, tienen un encanto intrínseco los actos que uno sabe absolutamente improductivos y no destinados a producirte ninguna ganancia tangible o de orden práctico, más allá de la distracción. En literatura, pienso, me debería de haber quedado en ese estadio. Me habría ahorrado muchas decepciones.

lunes, julio 06, 2020

PROTOCOLO


5/7/2019

En la biblioteca municipal de PR. Hace años, recuerdo, una de las cosas que me gustaba de esta biblioteca, modesta pero digna, era su sección de revistas, en las que había algunas de referencia, desde Revista de Occidente a Clarín, además de Quimera, Ínsula, El Paseante y muchas otras. Hubo una época en que llevaba a mi hija por las tardes a no recuerdo qué actividad extraescolar que tenía lugar en unas dependencias colindantes. Yo la esperaba en la biblioteca, hojeando las revistas o curioseando en la sección de poesía, en la que encontré una de las primeras ediciones, si no la primera, del Ciclo de Bronwyn de José Eduardo Cirlot, cuyos extraños pero resonantes versos se me han quedado como emblema de esas tardes que hoy me parecen tan sumidas en un pasado insondable como el tiempo mítico del que habla el largo poema secuenciado de Cirlot. No he vuelto apenas por allí desde entonces. Y esta mañana lo hice porque tenía curiosidad por hojear el último número de Ínsula, que es un monográfico dedicado al haiku contemporáneo en español, y en el que va uno mío. Y para mi sorpresa -relativa, todo hay que decirlo, porque algo me barruntaba-, por la sección de revistas parecía haber pasado un tornado que hubiera dejado las bandejas medio vacías: sólo había algunas revistas populares de quiosco, las mismas que uno encuentra en la consulta del dentista, y suplementos semanales de periódicos. Por supuesto, ninguna de las revistas que mencioné antes, u otras de la misma categoría. Pregunto a la encargada, que me dirige esa mirada un tanto oblicua con la que los funcionarios baqueteados miran a los importunos. "¿Ínsula? Yo no me encargo de eso. Pero ayer mi compañera estuvo colocando las revistas a las que estamos suscritos y no me suena que hubiera ninguna que se llamara así". Y con esa respuesta, que es tanto como decir con el rabo entre las piernas, me vuelvo a casa.


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Casas de viejos. De viejos, todo hay que decirlo, a quienes uno tiene un inmenso cariño. Llevo meses emplazándoles a que se dejen ayudar en las tareas domésticas, con las que ya no pueden. Implacable negativa. Ellos, dicen, se bastan por sí mismos. Y para probarlo, me enumeran las tareas domésticas que han efectuado en los últimos días. "Hoy no. Hoy estamos cansados", concluyen, en un tono en el que advierto cierta picardía, la del escolar que se excusa por no tener los deberes al día. No insisto en la cuestión. Me basta con prestar oídos y ellos mismos, al extenderse sin límites sobre esto y aquello, me hacen un relato bastante preciso de su situación. A su alrededor, me dicen, sus coetáneos van cayendo en la enfermedad, el desvalimiento, la muerte. Ellos todavía ven muy lejos esas eventualidades, aunque saben hacer sus cuentas y saben que las leyes de la probabilidad tienen su fundamento. Yo también lo sé, aunque tengo también pruebas de alguna que otra dolorosísima excepción en lo referente a las edades en las que cabe esperar según qué cosas. 


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Cuestiones de protocolo: en un radio de, pongamos, mil metros a la redonda, me permito llevar pantalón corto en verano. Más allá, pantalones largos. No me pregunten por qué.

sábado, julio 04, 2020

SUEÑOS. UN DECÁLOGO


3/7/2019

"La vigilia es al sueño lo que X a Y... ". Respecto a una y otro suelen decirse muchas cosas como ésta. Y todas tienen una cosa en común: son reversibles; quiero decir, lo que se predica del sueño en contraposición a la vigilia podría formularse al revés y seguiría siendo plausible.

Lo único que realmente distingue a la vigilia de los sueños es que lo que sucede en éstos no tiene testigos. Quizá los sueños sean eso: la puesta en escena, ante la conciencia, de la posibilidad de una vida hecha de actos impunes.

La tan mentada relación entre los sueños y la digestión es la misma que existe entre la vigilia y la digestión. Con una salvedad: lo que se come o bebe en los sueños no pesa ni se indigesta en la vigilia. O quizá sí, pero del mismo modo que nos indigesta, a veces, el relato de un banquete leído en un libro.

No hay pornógrafo que haya igualado jamás el realismo de los sueños eróticos.

No es igual no poder dormirse que desvelarse antes de tiempo. A igual número de horas dormidas, las de quien padece lo primero parecen ganadas por agotamiento o rendición, mientras quien tiende a lo segundo suele apreciar lo que esas horas añadidas tienen de don.

Una luz encendida en la alta noche: piensa uno en el insomne, en el atareado, en el enfermo, nunca en quien respira más a sus anchas, quizá ante un libro, mientras todos duermen.

Para algunos, el pleno día trae siempre consigo un exceso de realidad, que la noche atenúa hasta hacerlo soportable.

Sólo quien no se ha parado nunca a mirar el pálpito de vida que se percibe en una persona que duerme podría dar algún crédito a la socorrida equiparación entre el sueño y la muerte. Por el contrario, en muchas de las cosas que hacemos durante la vigilia sí se aprecia, y resulta muy inquietante, el automatismo que caracteriza a los procesos de la muerte.

Hay quien te despierta porque quería entrar en tu sueño y ha llamado con demasiada fuerza.

Desde que el Más Allá empezó a poblarse de directores de cine muertos, a los que de algún modo había que mantener ocupados, los sueños de los vivos han ganado en espectacularidad. Yo mismo he soñado que algunos sueños míos han sido dirigidos por John Ford.

viernes, julio 03, 2020

LA HIGUERA


2/7/2019


Salimos a pasear y nos dan las once de la noche hablando en la plaza con los vecinos, que salen a la fresca a regar las macetas y arriates con los que adornan por propia iniciativa el espacio común. No todo, desde luego, es tan idílico como parece. Hay quejas, por ejemplo, sobre los destrozos que los vándalos de turno causan en ese patrimonio común. El otro día, cuentan, hubo quien, para llevarse unos tiestos de barro, que no cuestan nada, no tuvo el menor reparo en volcar la tierra y las plantas -éstas sí verdaderamente valiosas- que los ocupaban. Ha habido también problemas -y parece cómico, pero no lo es- a propósito de un burro al que su propietario deja suelto en la parcela comunal que ocupa el talud del mirador al que se abre a plaza y que los vecinos tratan de adecentar. El mencionado animal se come las plantas sembradas a tal efecto y su propietario arguye, no siempre de buenas maneras, que el burro estaba allí antes que esas plantas de ornamento y que tiene derecho a pastar allí... En estos conflictos salen también a relucir viejas rivalidades: se da la circunstancia de que en el barrio son mayoría las personas procedentes del pueblo vecino y el dueño del burro y sus familiares piensan que su uso del espacio colectivo es un acto más de usurpación causado por una especie de horda invasora... 

Es fácil ver en estos conflictos absurdos -e insisto, nada risibles, porque desembocan a veces en feroces discusiones que podrían faćilmente derivar a amenazas e incluso a agresiones- un trasunto de todos aquellos que, sin parecerlo tanto, ocupan buena parte de nuestro tiempo y nos mantienen permanentemente en un estado de irritación general. Por eso es instructivo observar los que tienen lugar en este microcosmos: la misma mezcla de injustificadas cerrazones, enquistadas fobias e irrazonable altivez que causa, a otro nivel, los grandes conflictos sociales y políticos que marcan el tono de los tiempos.

Pero no ha venido uno aquí a extraer moralejas, sino a disfrutar del fresco y de la buena compañía del vecindario. Y a oír otras historias que, más allá de los conflictos, tienen su encanto. Por ejemplo, el de un brote de higuera bravía que ya parece haberse consolidado, pero cuya historia tiene trazas heroicas. Creció entre malas hierbas en el rincón de la huerta donde nuestro amigo M. acumula rastrojos y cargas de estiércol. Cuando tocó hacer limpieza, M. arrancó la mata sin ninguna consideración y la arrojó a un rastrojal, donde volvió a arraigar. Conmovido, el propio M. la rescató de allí y le encontró acomodo en la fila de arbustos y árboles ornamentales con la que los vecinos andaban adecentando la mencionada parcela comunal. Allí casi acaba con ella el burro suelto del que hablábamos antes, y todavía no había terminado de recuperarse de esa agresión cuando un rebaño de cabras que, por descuido de su dueño, había invadido el jardín en ciernes volvió a ponerla al borde de la extenuación, sin hojas y casi sin tronco, porque las cabras tienen por costumbre comerse también la corteza de los árboles jóvenes. A pesar de todo eso, ha sobrevivido y ahora luce hojas nuevas. Le he comentado a M. el arranque de un cuento del peruano Julio Ramón Ribeyro en el que menciona a la "higuerilla" silvestre que crece al pie de los acantilados costeros y en la que la voz del narrador quiere ver un trasunto del tenaz espíritu de supervivencia que caracteriza a los protagonistas. No sé si será la misma planta que aquí llamamos "higuera bravía"; pero, en cualquier caso, su historia de tenacidad es comparable.

Y así va pasando la velada,