lunes, agosto 31, 2015

SOLOMILLO AL ROQUEFORT

Último viernes de agosto. En principio, la calle engaña, y es difícil evitar la sensación de que, con el cierre por vacaciones de muchos negocios, la resaca de las ferias y el regreso a casa de los turistas, la segunda quincena de este mes tiene algo de prolongación artificial de días mejores. En este estado de ánimo, ocupamos una mesa en una terraza cuyos dueños parecen estar haciendo un esfuerzo suplementario por atraer al público. Han instalado unas parrillas y obsequian a todos los clientes con una ración suplementaria de carne asada. No estoy seguro de que sea una buena idea, porque su efecto más visible es que la mayor parte de la clientela, a la espera del bocado de cortesía, no pide nada, pese a que la modesta carta de la casa no carece de atractivos: los muergos, por ejemplo, son exquisitos. Pero tardan en servir, hay niños correteando entre las mesas y la clientela parece estar tan a sus anchas en el lugar que los no habituales nos sentimos como intrusos que hemos venido a interrumpir una celebración privada. Así que optamos por trasladarnos a otra terraza en el extremo opuesto de la plaza. El camarero nos recita la carta y sortea con amable ironía mi interrogatorio sobre la composición de las salsas, destinado a descartar que éstas lleven queso, en un ejercicio de coquetería culinaria que ya apenas me recato de disimular... Pero no, nada lo lleva, salvo -obviamente- el solomillo al roquefort. Soy consciente de que, en el ambiente un tanto más crudo de la otra terraza, me he mostrado más parco en palabras y hechos. Aquí no: el ambiente más relajado -y quizá un tanto más burgués, ay- me ha dado seguridad y me ha puesto de mejor ánimo. En fin. Damos buena cuenta de unas albóndigas al vino tino, de una carne "al toro", de unos pimientos rellenos de bacalao... A precios populares, eso sí, porque, en contra de lo que sucede en otros lugares, aquí no cobran el suplemento correspondiente a la gratificación de los prejuicios socio-culturales de cada cual, incluido el de preferir un local con una clientela silenciosa y con buenos modales. El caso es que la cena nos ha puesto de buen humor y, para celebrarlo, vamos a tomar unas margaritas en una terraza del paseo marítimo... No, no es que estemos tirando la casa por la ventana. Es sólo que se acaban las vacaciones.

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El anónimo redactor del consultorio sentimental de cierto periódico se aviene a recibir en su apartamento a una de sus corresponsales. Ella parece cohibida y agradece al principio que el columnista deje la puerta abierta, por lo que puedan decir... Pero no: la mujer ha ido allí a sincerarse y no quiere que nadie pueda entreoír la conversación desde la escalera, así que es ella quien, finalmente, cierra la puerta. Su marido, dice, padece desde hace años una lesión que le impide consumar el acto sexual, y ella lo quiere y no desea serle infiel, pero... es tan joven aún... Inevitablemente, termina solicitando un beso fraternal de su comprensivo interlocutor. Etcétera. En la posterior despedida en el taxi, el todavía aturdido periodista rehúsa un último beso a su inesperada conquista. Ésta no se contiene: "Querías escuchar una historia triste y luego un poco de acción, ¿no? Yo también, y eso es lo que hemos tenido", le grita antes de dar el consabido portazo. "Una tía de éstas por poco se carga la puerta el otro día", comenta el desengañado taxista. Todo esto ocurre en Corazones solitarios (Lonelyhearts), una desangelada película "independiente" producida por Dore Schary en 1958. ¿Quién dice que la libertad de referirse abiertamente a ciertos entresijos del comportamiento humano tardaría aún casi una década en llegar al cine americano? Eso sí, la entrada fue discreta: la película tiene una innegable factura de producción de serie B y el tono impostado del teatro social que triunfaba entonces en la escena neoyorquina. Como si dijéramos: una historia sórdida para el público que gusta las películas de gánsteres o para el que sigue el teatro avanzado. Y, ya puestos, para el que rebusca -y eso estaba por llegar- en las sentinas de la televisión o de Internet.

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Había tanto que limpiar. Y este chaparrón de verano ha durado tan poco...

lunes, agosto 24, 2015

CONCIERTO DE VERANO

Concierto de verano. Mientras los músicos afinan sus instrumentos, una mujer joven alecciona a dos niñas que ocupan otras tantas sillas en el improvisado patio de butacas: "No os mováis de aquí. Estamos ahí al lado y ya vendremos de vez en cuando a daros una vueltecita". Sin más, deja allí sentadas a las niñas, que no tendrán más de siete años, y se pierde tras los árboles que ocultan el costado opuesto de la plaza. Las niñas, naturalmente, alborotan y no parecen entender que el medio centenar de adultos circunspectos que las rodean no hagan lo mismo. ¿Acaso no estamos en un concierto? ¿Acaso en los conciertos no se salta y se grita y se jalea a los músicos? Evidentemente, no se trata de esa clase de concierto, pero las niñas no lo saben. Unas ancianas las reprenden con amabilidad, en vano. Y así transcurre la primera media hora, al cabo de la cual aparece la misma mujer de antes. Ahora tengo ocasión de fijarme en ella. Debe de tener poco más de treinta años y es guapa, aunque tiene la expresión cansada de quien se levanta temprano a trabajar, o quizá sólo el gesto compuesto de esas mujeres guapas y tímidas que saben que una cierta reserva les favorece. Alecciona de nuevo a las niñas y, para calmarlas, se sienta junto a ellas. Pero no han pasado ni cinco minutos cuando aparece otra mujer de su misma edad, quizá madre también de alguna de las dos niñas. A diferencia de la otra, es fea y desinhibida, esto último quizá por el efecto de las cervezas que seguramente ha bebido ya. "Oye" -dice a voz en grito, para hacerse oír por encima de la música-, "esos amigos tuyos quieren que vuelvas". La otra aún se resiste: "Es que las niñas..". Éstas protestan, contrariadas por las posibilidad de tener que seguir allí sentadas otra aburrida media hora más. Finalmente, las dos mujeres optan por llevárselas. Entre la cortina de árboles distinguimos su paradero: un banco de la plaza en el que las esperan dos hombres, cada uno de ellos con la correspondiente cerveza de litro en la mano. No parecen muy felices, desde luego. Y no sabemos qué es lo que les ha estropeado el plan: si la presencia de las niñas o el aparente desinterés de la más guapa de las dos mujeres o el hecho de que la amiga que ésta prometió traer no esté ni mucho menos a la altura de lo esperado. 

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Hay algo religioso en la costumbre de bañarse en el mar, y eso explica que nuestras madres nos hicieran seguir al pie de la letra el viejo precepto médico de que estos baños habían de tomarse siete días seguidos para tener algún efecto. La cifra, naturalmente, era simbólica, y elevaba la costumbre a rito que se oficia según unas normas. Está también, por supuesto, la arraigada creencia de que toda ablución ritual es un acto de purificación. ¿De qué se limpia uno al sumergirse en el mar? O quizá la pregunta habría de ser formulada a la inversa: ¿de qué no queda uno limpio cuando se olvida hasta de su peso en una de esas inmersiones que nos trasladan a la infancia, e incluso a un tiempo anterior?

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Ocho poemas ya, cuando lo normal es la sequía. Le debe uno algo más que un baño de agradecimiento ritual a los benevolentes dioses del verano.

martes, agosto 18, 2015

HÍGADOS


Olor a matorrales secos, a adelfas, a tierra removida, a pan. Los olores de agosto. Y este cambio en los matices de la luz, como un presentimiento de días por venir, más breves y oscuros. Acaso esta sobrevenida elasticidad del ánimo sea también consecuencia de la mutabilidad meteorológica. Si el año tiene una cumbre, es ésta. Una cima que es también el punto de máximo reposo de un cuerpo que toca fondo.

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La cocina de J.: todo al alcance de la mano y siempre bajo control. Lo sorprendemos en el momento en que termina de aviar las brochetas de pez espada y  langostinos, especialidad de la casa. No se inmuta ni se apresura. Mientras tomamos la primera caña, cubre la fuente con una lámina de plástico transparente y la guarda en la nevera. Será el primer aperitivo que nos ofrezca, al que seguirá una ensaladilla en su punto básico de sencillez, unos hígados a la plancha, un revuelto de morcilla. De fondo, música de hace cuarenta años. "Es la misma que suelo escuchar en el coche", le digo, buscando su complicidad. El aludido le quita importancia: son canciones preseleccionadas por una conocida página web. Pero convienen a esta sensación de realidad reducida a dimensiones controlables: como la propia cocina, en la que cada plato tiene la sencilla contundencia sin secretos de un blues.

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El contraste entre los modales de esta anciana inglesa que nos pide disculpas por haber tirado unas fotos a su acompañante por encima de nuestras cabezas -estábamos sentados en una apretada terraza y no había otro posible punto desde el que enfocar- y la despreocupación de esas parejas de treintañeros que apuran lentamente su postre mientras su camada -cinco o seis monstruos- corre desaforadamente entre las mesas, con gran peligro de todo lo que éstas sostienen. Estoy a punto de dar las quejas al encargado, pero... Al fin y al cabo, uno no sabría reconocer los impulsos de sincero aprecio hacia el prójimo que experimenta con frecuencia si no fuera por estos momentáneos episodios que le disparan la más acerba de las misantropías.

lunes, agosto 10, 2015

BIDIMENSIONALES

Calimas de agosto, o lo contrario de los días soleados de invierno: calor espeso bajo una especie de difuso nublado, sin que el sol propiamente dicho pese. Tampoco hay sombras, por lo que la posición de los cuerpos en el espacio adolece de cierta bidimensionalidad: figuras recortadas que se mantienen precariamente en pie gracias a una peana. A un paso de la inmaterialidad, que sería tener sólo una dimensión: durar. Pero no caerá esa breva.

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Dones inesperados del ocio: cuatro poemas desde mediados de julio, lo que viene a suponer una media de más de uno por semana, cuando lo habitual es que me salgan, en mis épocas inspiradas, uno o dos al mes, como mucho. Los repaso incrédulo. No digo que sean definitivos, pero se presentan ya con esa pretensión de inevitabilidad que distingue al poema que ya no puede ser otra cosa de la mera tirada de versos forzados. ¿Por qué ahora, por qué en estos días en los que la mente parece adormecida para otras muchas cosas quizá más estimulantes y necesarias? Nescio sed fieri sentio et excrucior, que decía el de Verona.

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Quizá el gran acierto literario del Génesis, desde el punto de vista del moderno lector de novelas, fuera hacer indisociables las ideas de paraíso e intimidad de dos. El infierno empezó con la irrupción de un tercero.

lunes, agosto 03, 2015

UNA EXCURSIÓN DE CINE






¿Quién dice que los libros llevan al sedentarismo y la inacción? El de Francisco Reyero sobre Sinatra y España me ha llevado este fin de semana a un paraje que, pese a lo cercano, no conocía: el pantano de El Chorro y alrededores, en las sierras de Málaga. En esa zona, y concretamente en el Desfiladero de los Gaitanes, se rodaron algunas escenas de El coronel Von Ryan, una olvidada película de acción que dirigió Mark Robson y en la que Sinatra interpretó el papel principal. 

Llevados de esa referencia nos echamos a la carretera. Sobre el papel la ruta es un tanto enrevesada y no se sabe muy bien a dónde acudir entre los muchos reclamos turísticos y paisajisticos que ofrece la zona. Pero quiso nuestra suerte que, casi por azar, nuestra primera parada en la zona fuera al pie de las ruinas del poblado e iglesia mozárabes de Bobastro, en donde los amables chicos que atienden la caseta de información, bajo un sol de fuego y el canto ensordecedor de las chicharras, entendieron a la perfección nuestro designio y nos aconsejaron un recorrido razonable, antes de rematar el día con un baño a la orilla del pantano. 

Antes, subimos a ver los restos del poblado, que fue la plaza fuerte del caudillo rebelde muladí Ibn Hafsun, que desde allí desafió la autoridad del califa de Córdoba durante casi treinta años. Simpatiza uno de inmediato con el renegado: también a uno a veces le gustaría emboscarse en un monte y desafiar desde allí a los poderes de este mundo. El enclave, desde luego, lo favorece. El monte es una especie de queso de gruyer, cada uno de cuyos agujeros invita a atrincherarse. No queda mucho más: unos silos excavados en la roca, los restos de una cantera en cuyo suelo todavía pueden verse sillares a medio tallar, y algunos humildes tramos de muralla que casi se confunden con los muretes que construyen los pastores. Y la iglesia, claro, que es la construcción más espectacular del conjunto, y de la que se conserva el trazado de las tres naves, la cripta y un frontal con arcos de herradura, todo ello tallado directamente en la roca, a la manera de las iglesias de Lalibela, en Etiopía. 

Satisfecho nuestro afán de ensoñación histórica, retrocedemos hasta la aldea de El Chorro, desde la que contemplamos las espectaculares pasarelas y el precario sendero tallado en la pared de roca a más de cien metros de altura que sirvieron de escenario a El coronel Von Ryan. El calor del mediodía no invita a más. Tomamos un refresco en la terraza de una venta a la salida de la aldea y volvemos de nuevo sobre nuestros pasos hacia el pantano propiamente dicho, en el que pronto damos con una zona de acampada con acceso a las orillas del embalse. Almuerzo, baño y siesta seguida de un segundo baño largo que nos deja en excelente predisposición para volver de nuevo a la carretera e incluso hacer una paradita en Grazalema para merendar, antes de volver a casa.

Lo dicho: todo lo debe uno a los libros.

miércoles, julio 29, 2015

DECÁLOGO CASUAL

Del verano, las primeras horas de la mañana y la noche. El resto adolece siempre de esa imperfección por exceso -a veces, por defecto- que nos lleva a descreer de cualquier utopía.

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De una película mala lo que más llama siempre la atención es el gasto.

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Esa manera casi estratégica que los gatos tienen de repartirse, por ejemplo, una escalera.

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En las expresiones "ser de derechas" o "ser de izquierdas", lo abusivo es el uso del verbo "ser". Inventarse algún giro equivalente con "estar" sería más apropiado.

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Ser adicto a una piel.

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Nunca luce tanto una biblioteca como cuando no falta ningún libro porque a alguien le haya dado por leerlo.

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Nada menos privado que la intimidad, que es lo que todo el mundo sabe que haces cuando nadie te ve. 

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El sinsentido empieza en el momento mismo en que cualquier acción es más tediosa que la inacción, siendo la inacción misma la suma expresión del aburrimiento.

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En la barra del bar la política también emborracha.

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Esos enemigos a los que terminas queriendo por su fidelidad.

lunes, julio 27, 2015

HUMOR

Lujos del tiempo libre: convertir lo accesorio en principal y hacer de los actos cotidianos una pequeña odisea. Comprar pan, por ejemplo. Me habían hablado de las excelencias del que trae cierto panadero ambulante que pasa por la plaza a primera hora de la mañana. Y como, en fin, incluso en vacaciones conserva uno las malas costumbres de quien no se aviene muy bien con el sueño, me he despertado a tiempo de acudir en persona a comprobarlo. Pero éramos tres en la plaza y el panadero sólo traía avío para uno. Por deferencia, me dejan que me quede con las preciadas piezas, que servirán para el desayuno. Así que empieza uno el día dejando sin pan a los demás; y dando pábulo a la mala conciencia, ay, que es también un sentimiento que tiene mucho que ver con el exceso de ocio.

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Hay libros malos que lo serían menos si, en el proceso de edición, alguien hubiese advertido al autor de todo aquello susceptible de mejora. Cuando los lees, no culpas tanto de sus defectos al escritor como a la ausencia de un buen corrector de pruebas y de un editor literario competente. Naturalmente, hay autores que no los necesitan. Pero también hay quienes, una vez desbrozado el camino, son literalmente incapaces de volver sobre las páginas en bruto para pulirlas un poco. Ocurre sobre todo en las traducciones y en los libros de encargo, en los que el editor tiene una clara responsabilidad compartida con el autor. Que no siempre asume, por otra parte. Quizá porque tampoco nadie se la exige.

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"Tienes menos vergüenza que el gato de una fonda", oigo a un padre regañar cariñosamente a su hijo. Lo que es también un modo de instruirlo en el humor.

miércoles, julio 22, 2015

TOMATES

Pregunto a L., tan aficionado a los animales -tiene gatos, palomas, gallos y gallinas de distintas variedades, etcétera-, por qué no tiene perros. Y me contesta que los ha tenido, pero que ya no recoge a ninguno más "porque un perro vive doce o catorce años, y yo ya no creo que vaya a durar tanto, y a ver qué va a ser del animal cuando yo falte". Hay que decir que L. es fuerte como un roble y goza de una salud excelente. Lo que no implica que se llame a engaño respecto a lo limitado de la vida humana, por mucha añagaza salutífera con la que queramos hacernos la ilusión de poder alargarla. Pero no había fatalismo en sus palabras, sino, más bien, una especie de infinita consideración... hacia los perros.


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Tomates rosados de Tavizna. Grandes -en dos kilos caben tres-, reventones, perfumados. Cortados en rodajas y aliñados con aceite, vinagre, sal y albahaca, no hay aperitivo mejor. Nos dice el frutero que un catalán le ha comprado once kilos. También uno quisiera hacer provisión, como las hormigas. Pero no. Mejor comer el fruto del día. Lo que, desde Horacio, ya se sabe que se aplica no sólo a las hortalizas -no a los tomates, desde luego, que no los tenían-, sino a casi todo.


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El ocio: esa ilusión de vacío que inmediatamente llena uno de rutinas. Escribo un poco por las mañanas, tomo el aperitivo, almuerzo, duermo la siesta, pinto una acuarela, leo, a la fresca salgo a pasear, de madrugada veo una película... Y otras cosas que no digo, claro. Ya sé que son unas vacaciones muy poco envidiables, e incluso un poco pobretonas. Hay quien, para llenar el tiempo libre, se va a las Quimbambas, o se machaca a fuerza de noches sin dormir. Supongo que lo mío es un problema de falta de imaginación; o de exceso, tal vez, porque, después de todo, si algo descubro en estas rutinas del ocio, es que también los pequeños mundos por explorar que se abren en ellas son, como las Quimbambas mismas, inabarcables.

lunes, julio 20, 2015

BICHOS

Un alacrán en el sofá. Comprensible pánico. Pero estos huéspedes nuestros, que se disponían a convertir el sofá en cama, no pierden la calma: sacan la funda a la calle y dejan caer el animalejo sobre la acera, donde lo rematan de un pisotón. No se lo reprocho: yo también soy tremendamente aprensivo con según qué bichos. Con excepciones, claro: la mañana anterior, sin ir más lejos, descubrí una enorme araña patilarga sobre uno de los altavoces del equipo de música. La empujé con suavidad hasta obligarla a deslizarse pared abajo y luego, por el suelo, hasta la puerta y la acera, donde inmediatamente buscó refugio bajo el coche. Y allí la dejé, sana y salva, en esa extraña realidad suya multiplicada por los prismas de sus ocho ojos.

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El lucero de la tarde: donde no había más que la acuidad del cielo azul y el trazo plateado del cuarto menguante, surge de pronto la cabeza de alfiler de la primera estrella. Los viejos del banco contiguo lo celebran con entusiasmo y comentan el sutil cambio de posición del astro respecto al día anterior. Así debió de nacer la astronomía; o, mejor, su alocada hermana, la astrología: de la mirada contemplativa de los viejos que, al registrar las sutiles variaciones en la configuración del firmamento, están constatando algo que les concierne mucho más, y que es tan imparable como la variabilidad misma de los fenómenos astronómicos.

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Cualidades y riesgos del Martini dry: uno abre el apetito, dos quitan las ganas de comer, tres suponen el ingreso en un estado de irrealidad en el que comer no es ni siquiera necesario.  

miércoles, julio 15, 2015

INTIMIDAD

Cena con amigos al pie de un nogal patriarcal, que bien hubiera podido servir para celebrar bajo su fronda un consejo de ancianos o un tribunal de reparto de aguas. Chistes, productos de la tierra y el mar, manzanilla fría. También, ay, su poco de política. Y la presencia invisible de un pájaro que me mancha al menos tres veces con pequeñas deposiciones blancas, como para recordarme que la felicidad también es eso.

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Política: el ámbito donde lo blanco también puede ser negro, o blanco y negro al mismo tiempo, y también lo contrario. Tiene uno sus simpatías, claro, y también un cierto sentido del determinismo social: sería absurdo, en fin, que quien viene de donde yo vengo y se gana la vida como yo me la gano tuviera según qué inclinaciones. Pero no olvido nunca que las meras simpatías no aseguran que aquello hacia lo que te inclinan sea lo acertado o verdadero. Leo a analistas de uno y otro signo y a menudo pienso que unos y otros tienen razón, y también que no la tiene ninguno, porque ya sabe uno lo suficiente del arte expositivo como para no perder de vista el hecho de que, básicamente, una argumentación creíble no es más que una lograda construcción retórica, y que el crédito a veces hay que ganárselo con méritos ajenos a la literatura: el mantenimiento, fuera de toda sospecha, de una cierta probidad intelectual, por ejemplo, o de una actitud vital merecedora del respeto ajeno y garante de una cierta valía personal y ciudadana. 

Nada de esto, por supuesto, tiene demasiada importancia, más allá del rato que lleva hojear el periódico de la mañana, porque la política de la cotidianidad se decide en ámbitos distintos al de la mera opinión. Y lo más preocupante de todo esto es el hecho de que algunos encuentren en la política una vía de escape a una agresividad que quizá tenga otros orígenes, y que frecuentemente encuentra satisfacción en la humillación o el sometimiento de otras voluntades más libres.

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El género diarístico -se queja la profesora Anna Caballé en un libro reciente- se ha resentido por la apropiación que los literatos han hecho del mismo en los últimos años. Quiere decir que los diarios que se publican hoy carecen de ese carácter prístino que tenían, pongo por caso, los de Ana Frank. Sea. Pero incluso la desventurada muchacha de Amsterdam presuponía un interlocutor cada vez que acudía a su cuaderno íntimo, y de esa presuposición -a la que no es ajena, por ejemplo, el hecho de que yo haya elegido Internet con el mismo objeto- se alimenta todo proyecto diarístico que se precie, definido ya como género literario con convenciones propias, y cuyas condiciones de verdad son las mismas que se le exigen a otros géneros cuya legitimidad moral, pongamos, implica que, además de su mérito formal, transmitan algún tipo de verdad humana relevante para el autor y sus lectores: también lo hace la poesía, por ejemplo, o las pocas novelas que se han ganado la condición de obras insustituibles para la conciencia de la humanidad. 

Lleva uno diez años acudiendo a esta pantalla con esa convicción, y de la misma se ha valido para pensar que tenía algún fundamento la decisión de armar algunos libros -tres, hasta ahora- con los textos previamente escritos en este elusivo formato. Eran obras literarias, sí, además de diarios íntimos urdidos bajo un compromiso -que es también una presuposición literaria- de sinceridad. No podrían haber sido escritos de otro modo.

lunes, julio 13, 2015

REVOLUCIÓN


También aquí habrá sus conflictos, como podrían atestiguar quizá los policías de servicio en el módulo de seguridad o los responsables del puesto de primeros auxilios. Pero hay algo en la multitud congregada en una playa en una mañana de domingo que hace pensar en la realidad de las utopías: relajados, desnudos y felices, casi como habría querido Fourier si, en vez de soñar con el orden cerrado de los falansterios, hubiera tenido delante la visión de una playa atlántica y la premonición de esa excrecencia de la prosperidad -sí, incluso en estos tiempos- que llamamos vacaciones.

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Aunque también aquí hay quien desentona: por ejemplo, el tipo con modales de capataz de obra que, a la hora en que los aparcamientos de la playa empiezan a colmarse, atraviesa su Mercedes de banderillero en un hueco en el que perfectamente hubieran cabido dos coches en batería.

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Hay transparencias del aire -la que aporta el bendito viento sur, por ejemplo- que redundan casi siempre en turbiedades del agua de la orilla; y viceversa: turbiedades del aire -la atmósfera caliginosa de una mañana de levante- que tienen como efecto un mar perfectamente cristalino. Etcétera.

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Las revoluciones deberían empezar siempre ante el espejo.

miércoles, julio 08, 2015

LOS ALIMENTOS TERRESTRES

Para alcanzar el tejado, el antenista ha tenido que encaramarse al de una casa más baja situada cuatro portales más allá y recorrer la línea de tejados contiguos hasta situarse en el nuestro. Lo voy siguiendo desde la acera y tengo la impresión de que, si pasara por aquí una patrulla de policía, nos confundiría con una pareja de ladrones: el que trepa a la casa ajena y el que le espera con el saco al pie del balcón. En efecto, al rato empieza a arrojarme cosas: "Te echo la alargadera", me dice. Y cae primero el carrete de la misma, a modo de contrapeso, sostenido en el tramo de cable que progresivamente el operario va largando desde el tejado. "Ahí va el ordenador", me dice, y deja caer, al cabo de una cuerda, un maletín muy baqueteado, en el que guarda el pequeño portátil del que se vale para comprobar la intensidad de la señal que llega al tejado. Previamente ha mantenido una curiosa conversación con el compañero que controla el repetidor, a unos kilómetros de distancia. "Estamos reorientando la antena del repetidor", me explica. Y yo me imagino el lento y preciso movimiento circular de una parabólica oteando el universo, hasta captar el rayo cósmico que ha de reenviar a mi casa, y en el que a partir de ahora llegará a la misma, como si lo necesitáramos, el fárrago del mundo exterior.

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De noche, a la plaza habitualmente fresca llegan bocanadas de un viento como de boca de horno. Está cerrado el bar pero, como las mesas de la terraza están puestas, sacamos una botella de vino para echar el rato. Somos dos, pero mi acompañante ha traído tres vasos. "¿Y eso?", le pregunto. "Es por si viene alguien". Y efectivamente, cuando ya casi hemos acabado la botella vemos abrirse la puerta de la casa frontera, cuyas ventanas y persianas estaban cerradas a cal y canto, y aparecen los vecinos, que creíamos ausentes. "Lo teníamos todo cerrado por el calor", nos dicen. Servimos lo que queda de vino y el recién llegado, antes de sentarse, pone a enfriar otra botella, mientras su mujer se retira cautelosamente para reaparecer al rato con una fuente de brócoli aliñado con aceite de ajos fritos... Los transeúntes miran con extrañeza al grupo congregado en la terraza del local cerrado, como si se preguntaran de dónde habrá salido las bebidas y alimentos que ocupan la mesa. Pero ya sabemos que les nourritures terrestres nacen de la confluencia entre las potencias del suelo y la influencia de los astros, y uno no tiene más que sentarse y alzar los brazos en señal no tanto de súplica como de adoración.

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No confundir laicismo con nihilismo. Y me agrada mucho comprobar que C., que en tantas cosas discrepa de nosotros, entiende y se aplica este elemental principio, cuya esencia es retener la capacidad de asombro que predispone a una aceptación, no necesariamente dentro de las pautas de una religión establecida, de lo sagrado.  

lunes, julio 06, 2015

EL CORO

A juzgar por el silencio circundante, deducimos que quienes podrían romperlo duermen todavía el sueño de los trasnochadores. Son, sin saberlo, herederos de la predilección romántica por la noche y sus misterios. Pero no lo hay mayor que esta paz y esta transparencia, en la que incluso los rigores del calor se ven aliviados por una brisa que todavía no ha tenido tiempo de convertirse en rebufo de boca de horno. No, no envidia uno a los adolescentes dormilones ni -tampoco literariamente- a los insomnes de espíritu atormentado. Si alguna vez me tildaron de noctámbulo, ya no presumo de ello. Lo mío, decididamente, son estas mañanas junto al balcón, los pies desnudos, la mente despejada: todo lo que empieza a torcerse, ay, con la siesta.

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Por eso mismo, no envidio a estos animosos amigos que, con unos cuantos lustros de edad más que yo, todavía muestran un envidiable aguante para los excesos conviviales. Mi único motivo para desear estar a su altura sería, en fin, poder cultivar con más asiduidad su compañía. Por lo demás, me cuentan su última hazaña y casi me agota la mera consideración mental de la misma. Consistió en una excursión gastronómico-festiva a una ciudad cercana afamada tanto por sus bodegas como por los productos de su puerto pesquero. Salieron al amanecer y desayunaron en ruta. Luego visitaron una bodega y probaron los caldos recomendados, acompañados de los correspondientes aperitivos. Con eso, yo ya me hubiera retirado. Pero no: siguió un espléndido almuerzo, y luego un paseo por los muelles, en los que se negoció la compra de algún lote de marisco fresco que esa misma noche, ya en casa, sería cocinado a la parrilla y degustado al aire libre... No, yo ya no tengo estómago más que para una sola comida copiosa al día, y soy de los no cambian una buena siesta por el privilegio de una sobremesa larga. El cuerpo no da para más. Y, sin embargo...

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No hay escapismo en este diario. Pero quien quiera encontrar en él alguna alusión a las cuestiones políticas del día, que vaya mejor a una hemeroteca, porque la clase de compromiso con la realidad que aquí se practica es de otra índole. Sin embargo, animo a que se establezcan los correspondientes paralelismos. Asombra a veces la enorme coincidencia existente entre los altibajos de la intimidad y los que afectan a la vida pública. Como la hay -ya que está de tanta actualidad lo griego- entre los monólogos de un actor de tragedia y los cantos del coro.

miércoles, julio 01, 2015

PANDORA

Revuelo de golondrinas sobre un solar vacío. No sé si se aplican a dar cuenta de una nube invisible de insectos o, simplemente, obedecen a un impulso dictado por la estación. En todo caso, me sacan de mi ensimismamiento. Iba uno también con la cabeza a pájaros, pero de otra clase.

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Primeras horas de vacaciones. Reparo una cerradura que se bloqueaba, me desprendo de algunos enseres viejos, hago gestiones atrasadas... Cuestiones de intendencia, antes de encarar lo fundamental, que es la vivencia del tiempo sin obligaciones, o con otras obligaciones libremente elegidas -las que ocupan los otros meses del año también fueron en su día libremente elegidas, pero quién se acuerda-.

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¿Quién dice que Pandora y el holandés errante (Pandora and the Flying Dutchman, 1951) es una mala película? Se le tiene cierta antipatía porque abrió la época de los rodajes internacionales baratos en la España de Franco, con toda esa parafernalia añadida de vida nocturna frenética para ricos y tácito silencio de los implicados sobre la realidad española del momento. Pero el pobre Albert Lewin, un artesano con ínfulas poéticas, no podía prever lo que vendría después. Bregó con los amoríos de Ava Gardner y el torero Mario Cabré, bregó con la presencia incómoda de Sinatra, en la primera fase de su tortuosa relación con la diva -leo todo eso en un reciente libro de Francisco Reyero sobre Sinatra en España-. Pero hizo una película hipnótica y arrebatada, bajo la advocación expresa del fatalismo del persa Omar Khayyam y de la no menos fatalista visión del mundo del inglés A. E. Housman. Hay escenas visualmente inolvidables, como la carrera del bólido -una versión de uno de los primeros Blue Birds de Malcolm Campbell- por la playa de Tossa de Mar, o el fantasmal despliegue de velas, sin intervención humana, en el yate del atormentado personaje interpretado por James Mason. Etcétera.

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¿Y un verano sin lecturas? Lo aconseja la vista cansada, desde luego. Y no, no va a ser posible. Pero sería una novedad.

lunes, junio 29, 2015

LAGO


Hay que reconocer que, para ser artificial, está bastante logrado. Ya desde la salida de la estación de metro que lleva su nombre -"Lago"-, se percibe en el aire esa nota húmeda que delata la proximidad de una concentración de agua, y que sin embargo no se deja ver hasta que rodeamos un altozano arbolado y desembocamos en el declive en el que se extienden las casetas y mesas del restaurante y las cafeterías instaladas en el extremo suroeste de la laguna, con vistas a un perfil de Madrid que abarca desde las cúpulas de pizarra de los cuarteles de Conde-Duque, a nuestra izquierda, al empaque entre oriental y ferroviario de las cubiertas de la Almudena, en el otro extremo. 

Nos han traído aquí los primeros embates que lo que los noticiarios han anunciado como una "ola de calor", que nos ha disuadido de desplazarnos hasta el centro de la ciudad. Y hemos acertado: el enclave es fresco y está razonablemente animado. Tomamos un par de cervezas y picamos algo, y entre una cosa y otra se nos echa encima el anochecer, que desde aquí también tiene algo de artificial, como si el panorama iluminado que tenemos delante no fuera una ciudad real, sino una panoplia de cristal pintado. 

Cuando nos retiramos por donde hemos venido, nos sorprende el cambio en la afluencia humana en torno a la estación de metro: unas horas antes la llenaba una inesperada multitud en atavío playero, procedente de las piscinas y diversiones acuáticas de la Casa de Campo; ahora, al filo de las once, el desaliño ha cedido su lugar a las elegancias chillonas de la noche del sábado, en un interminable desfile de adolescentes más o menos maqueados y portadores, todos ellos, de bolsas de plástico en las que se hace sentir el peso y volumen de las botellas llenas. Acuden, me informan, a los alrededores de una macrodiscoteca cercana. En un banco de la estación, una adolescente vestida con un vertiginoso minivestido negro se ha parado a retocarse el rímel, y para ello usa como espejo el cristal de la pantalla de su teléfono móvil. Y allí la dejamos cuando llega nuestro tren.

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Aquí las cotorras de importación disputan su predominio a las urracas. Pero, como sucede en otros órdenes en este honrado barrio de Batán, la convivencia es pacífica y la variedad se traduce sólo en una nota añadida de color. Y nosotros, que también somos extraños aquí, lo agradecemos. 

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Como uno es perezoso para conducir, el hecho de haber hecho varias veces este viaje en coche en los últimos meses se me antoja una hazaña. Son apenas seis horas, más los correspondientes descansos, que son los que añaden la nota novelera. En una de esas paradas, la embocadura del área de servicio resulta ser también el carril de entrada a la central nuclear de Almaraz, que deja ver su arquitectura de futurismo de tebeo -un poco al estilo de los de Tintín- al fondo de un declive. Irónicamente, bajo la marquesina de la gasolinera un animoso hortelano ha instalado un vistoso puesto de frutas y verduras, no sabe uno si criadas allí mismo, al pie de los reactores nucleares. 

lunes, junio 22, 2015

PLAYA

Tras la playa, y después de haberse refrescado uno convenientemente en la ducha, la resaca:  esas horas durante las que la piel exuda el sol acumulado y el cuerpo tiende a la lasitud agradecida. Las pasa uno como puede, igual que las otras resacas, aunque sin la mala conciencia característica de esos días de arrepentimiento y purgación. Y si el resultado es, al final del día y después de una nueva ducha, esa rubicundez característica de los ociosos tras una jornada al sol, mejor que mejor. Siente uno, si acaso, un vago remordimiento por no haber llamado en todo el día a su agente de bolsa... Pero así es la vida de los ricos en estos paraísos donde el sol y el mar son gratis.

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Debe de ser la calle más concurrida de la ciudad: por la orilla, en el tramo de arena endurecida inmediato al ribete donde mueren las olas, paseantes a miles. Con la particularidad de que, aquí, la convención indumentaria es muy ancha, y lo mismo vale pasearse con camisa, sombrero y gafas de sol que apenas cubierto -o cubierta- por un somero taparrabos o un tanga. Si yo fuera político en campaña, éste es el sitio al que vendría a dejarme ver. Lo que no sé es qué ropa me pondría.

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Si cierro los ojos, mis sensaciones se reducen a la caricia del viento sur y al rumor del mar en los oídos. No pido más.

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La patrulla de la policía de playa, en su cochecillo casi de juguete, persiguiendo infructuosamente desde la orilla a un infractor que cabalga alegremente las olas con unos arreos de kitesurf...

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Después de venteado, en el periódico sólo quedan las noticias más onerosas y graves. Lo mejor es tirarlo.

jueves, junio 18, 2015

RATAS

Entre semana mi vida social, si es que así puede llamarse, se reduce a las salidas que hago en días alternos para correr. No es que hable con mucha gente en esas ocasiones: en los últimos dos meses, la única persona con la que he cruzado palabra ha sido un viejo compañero de natación que alterna las sesiones de piscina con estas caminatas. Si cuando me lo encuentro voy al paso, me paro a intercambiar con él alguna impresión sobre el tiempo; si voy corriendo, me limito a saludarlo con la mano. Esta parquedad de contactos sociales no significa que no me haya familiarizado ya con la concurrencia. Todas las tardes coincidimos aquí más o menos los mismos: una anciana muy encorvada que anda siempre a paso muy rápido, como si huyera de un enemigo que ya debe de tener muy cerca; varias parejas de mediana edad, y otras tantas jóvenes; algunos que parecen tomarse muy en serio esto del ejercicio y salen a correr magníficamente equipados; y otros, como yo, más bien zarrapastrosos, que se ponen la primera camiseta vieja que encuentran. A veces sorprende la presencia de un extraño o un excéntrico: la semana pasada, por ejemplo, me crucé con un tipo vestido con un impecable traje negro, indiferente al sol que encendía la tierra amarilla de la pista y nos hacía sudar a todos la gota gorda... Hay también una tribu de ciclistas y un nutrido número de paseantes de perros, uno de los cuales ayer se asombraba de que su diminuto chucho doméstico, seguramente muy apacible, pugnara por soltarse de la correa y echar a correr detrás de una enorme rata que acababa de cruzar la carretera. En general, parecen todos personas pacíficas, o al menos el entorno en el que coincidimos no da ocasión para que manifiesten la agresividad que caracteriza a buena parte del prójimo en otras circunstancias. Incluso los ciclistas son aquí más comedidos que cuando se los cruza uno en su circuito urbano. Son, ya digo, mi sustitutivo de todas esas otras actividades que cada vez voy espaciando más. Muy pronto empezaré yo también a corretear las ratas. Al tiempo.

lunes, junio 15, 2015

A GRANEL

Ha debido de entrar por la chimenea y luego no supo salir. A juzgar por las deposiciones que hemos encontrado por toda la casa, debió de revolotear de un lado a otro hasta caer agotado. Y ahí lo hemos encontrado, junto a la puerta del balcón: todavía blando y se diría que no del todo frío, como si hubiera muerto ahora mismo. Me avergüenza saber tan poco de pájaros, pero ni siquiera estoy seguro de si se trata de un gorrión. Lo envuelvo en un trozo de papel y lo deposito en el contenedor. A la mañana siguiente limpiamos la casa, que ahora ha adquirido para nosotros un cierto carácter de trampa laberíntica. También la gata parece inquieta: esa posible presa le ha ganado la partida por la mano.


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En estas reuniones nuestras alrededor de una buena comida, hemos pasado del vino tinto más o menos escogido al vino fino a granel. Tiene todas las garantías: viene directamente de una bodega jerezana o de un despacho de vinos sanluqueños, según, y en ambos casos da buen resultado: se ajusta bien a nuestros sencillos manjares y no deja resaca. Eso sí: viendo la garrafa de plástico de cinco litros o la frasca sin etiqueta de donde lo servimos, da la impresión de que nuestra mesa se ha hecho más menesterosa, y quizá el hecho tenga algo que ver con los hábitos algo más morigerados que hemos ido adquiriendo en estos tiempos. Pero no: lo que nos está sucediendo, más bien, es que se nos ha caído una cáscara, o quizá simplemente un disfraz, y han aflorado en nosotros los hábitos de la generación de nuestros padres, que no entendían de añadas ni cosechas, sino que, para disfrutar del calor de un poco de vino por las tardes, nos mandaban con una botella vacía a la taberna de la esquina a comprar un litro de chiclana, blanco o dulce, o mezclado -estos últimos, por deferencia hacia los niños, a los que se les daba una copita en pago del mandado-.


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Aquí el cambio político lo han celebrado con una paella. Y el precio de la independencia ha sido no comer arroz. 

viernes, junio 12, 2015

PÁJAROS

De todas las formas del ruido, es quizá la única que no interfiere con el pensamiento. Es también una invitación a ahondar más en el campo de la propia mirada, como si alcanzar a distinguir la fuente del canto supusiera alguna clase de perfeccionamiento de capacidades perceptivas normalmente adormecidas. Y es, además, el sonido del entorno inmediato cuando quiere presentarse como realidad trascendida. Canta un pájaro y aguza uno el oído como para entender en ese canto una especie de afirmación de la propia perdurabilidad.

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Hay bellezas de barrio que parecen máscaras, como hay juventudes impostadas que sugieren directamente el tacto de un pergamino ajado. Se evidencia en todo ello una penosa inadecuación, diríamos, entre el fin y los medios. Y también una especie de moraleja política: la constatación del fracaso que suponen ciertas formas de escolarización obligatoria.

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A la vuelta del verano este diario cumplirá diez años. Buen momento para ponerle punto final. Como experimento sobre el modo de transcribir la propia intimidad, quizá ha durado ya lo suficiente. Más me preocupa esta inclinación mía de ahora a concluir cosas, a ordenar y compilar. Demasiado... testamentaria, diría, sin querer parecer agorero. Pongamos mejor que tengo otros proyectos, quizá no tan indulgentes con la noble inclinación a mirarse el ombligo. Aunque quién sabe. 

miércoles, junio 10, 2015

MATINAL

Desde que un reciente cambio en mi horario laboral me obliga a aparcar en estas calles apartadas, me cruzo con esta mujer casi todos los días, siempre a la misma hora y casi en el mismo punto de la calle. No debe de tener menos de sesenta años, aunque aparenta más. Y se deja literalmente el resuello en empujar una especie de cochecillo en el que reposa un muchacho impedido y de gesto ausente, al que supongo han prescrito la conveniencia de ese paseo matinal. Calculo que el muchacho debe de ser el nieto de quien lo cuida, y se me ocurre que este arreglo familiar -nietos que, ante la ausencia o desatención de sus padres, son criados por sus abuelos- no es del todo infrecuente en estos barrios. Cuando me los cruzo, suelo ir absorto en mis asuntos, en una especie de adelanto mental del día que me espera. No hay angustia ni ansiedad en ese repaso, pero sí, a veces, cierta impaciencia, como si me pareciera que la mejor manera de resolver la jornada fuera cerrar los ojos y despertar milagrosamente al final de la misma. A veces yo mismo me espanto de la tremenda inconsecuencia de ese deseo casi sin formular: de cumplirse, los días de uno se convertirían en una mera fantasmagoría de horas pasadas en perfecta vacuidad. Dura poco, por suerte: siempre hay algo que me hace recobrar el apego, digamos, a mi realidad inmediata. Y se me ocurre ahora que, en estas últimas semanas, ese supremo instante de recuperar la noción de sentido coincide con el momento en el que me cruzo con esta vieja que empuja por la acera la silla de su nieto inválido. Algún día debería agradecérselo.


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La belleza de las cincuentonas...


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Consuelos del hastío: leer por no claudicar.