jueves, febrero 21, 2019

REDUCCIÓN DE HORARIO


Un compañero que lleva muy al día estas cosas me recuerda que el curso que viene gozaré ya de reducción de horario, un pequeño beneficio laboral que afecta a los mayores de cincuenta y cinco. No sé por qué, el recordatorio, que lo es de un hecho del que estoy perfectamente al tanto y que percibo como una mejora en mi calidad de vida, me llena de melancolía. Me he pasado todo el día pensando en ello, en mi escasa conciencia de hallarme, no ya al principio de un recorrido, como todavía me parece a veces, sino en sus últimos tramos. Dándole vueltas a lo mismo, le digo a M.A. que, cuando me llegue el momento de la jubilación, me jubilaré también de la escritura, que hoy por hoy es mi ocupación más onerosa, y dedicaré el tiempo a leer lo que me venga en gana, a pasear, a pintar acuarelas. Ella mueve la cabeza. "¿Cómo vas a dejar de escribir si ése es precisamente tu modo de vivir y no sabes hacerlo de otro modo?". "Bueno", le digo, "quiero decir que escribiré solamente mi diario y algún que otro poema y dejaré todo lo demás". Más o menos, en fin, lo que hago ahora.


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Impresión de M. -jubilado, por cierto-. He quedado con él para tomar un café y para que me dé las entradas para un concierto que organiza cierta entidad que él preside y de la que intenta hacerme socio. "A los socios las entradas les salen a mitad de precio", alega. No es mal argumento. El caso es que, por gestiones relacionadas con su dedicación voluntaria a esa institución, es la segunda vez que quedamos. Llevo la cuenta con gusto: M. es un conversador ameno, que sabe infundir a sus historias un punto de saber mundano que les aporta fondo y relevancia. Ha sido muchas cosas: empleado de banca y empresario, así como candidato al congreso por cierto prometedor partido reformista que no llegó a tener mucho recorrido. Es también bon vivant y conoce, a lo que parece, hasta el último bar o venta donde se pueda degustar un buen plato a un precio justo. Tiene también sensibilidad literaria y entusiasmo por promoverla, lo que explica el tiempo que dedica a tareas que desbordarían a más de un técnico de cultura. Pero su conversación se dirige preferentemente a otros asuntos, que denotan su conocimiento del mundo y de las cautelas que hay que tomar para desenvolverse en él. En esas cuestiones, por supuesto, a su lado me siento un pardillo. Cuando nos despedimos, se dirige al despacho de un abogado con el que debe tratar, me dice, algunas delicadas cuestiones relacionadas con una herencia complicada... Dentro de unos años, me digo, cuando esté jubilado y disponga de todo el tiempo del mundo, me gustaría gastarlo con esa deportiva ecuanimidad, como quien administra un bien del que anda razonablemente sobrado, como esos señorones de la Barcelona de principios de siglo de los que tanto le gustaba hablar a Pla, a quien ahora ando leyendo.


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Primavera anticipada. Como salgo poco en los días entre semana, cuando lo hago me sorprendo de que las terrazas estén llenas. Entonces me digo que el invierno es más largo sólo para los melancólicos. (20/2/2018)

lunes, febrero 18, 2019

TAN DELICADO


Mediodía. En el metro va sentado a nuestro lado un hombre de unos cuarenta años, alto, bien vestido y con ese gesto de suficiencia que caracteriza a los ejecutivos y a ciertos cargos medios de la administración: recuerda vagamente a cierto tipo humano que abundaba mucho en la Sevilla de los años previos a la Expo y que se caracterizaba por guardar en un bolsillo el carné del partido gobernante y en el otro la agenda de negocios. Incluso su vestuario, en la gama alta de grises, recuerda esa época. Pero no es ese aire familiar lo que nos ha llevado a fijarnos en él. En la solapa de la pulcra chaqueta oscura lleva prendidos lo menos media docena de chapas, lazos e insignias, todos alusivos a las vicisitudes del reciente proceso independentista y a su hoy por hoy enrevesado desenlace, con su triste secuela de políticos encarcelados o huidos de la justicia. Pero es imposible asociar la imagen de este hombre con la melancolía de quienes, en otras latitudes, exigen al poder despótico de turno la libertad o el regreso de sus allegados. Exhibe su cacharrería, más bien, con esa especie de punto desafiante con que lo hacen quienes lucen las chapas de un club de fútbol. También, quizá, con la unción con que los viejos requetés llevaban sus "detentes" y escapularios, y que los convirtió en presa fácil para las caricaturas de Baroja o "Ramón" —en El Rastro hay una página memorable dedicada a la descripción de un uniforme carlista—. Pero tampoco es la tentación de la caricatura lo que nos hace observarlo tan atentamente, sino más bien la mera posibilidad, inquietante, de tener que tratar con un personaje como éste en alguna dependencia de la administración: el inevitable choque de miradas entre quien exhibe tan ostentosamente su posición ante un grave conflicto político y quien entra en su despacho con el pecho desprovisto de todos esos, digamos, detentes y salvoconductos que certifican que uno milita en el lado acertado de la Historia. 

Llevamos cuatro días en Barcelona y muy pocas cosas nos habían recordado hasta ahora que esta espléndida ciudad, abierta y acogedora, ha sido en los últimos meses el escenario de un enconado conflicto político que en algún momento incluso hizo temer una deriva violenta. Nada de eso se aprecia en el trato diario de la gente —en general, amabilísima—, en la naturalidad con la que el castellano y el catalán se mezclan en las conversaciones o en el buen trato dispensado al forastero incluso en sitios y situaciones en los que en cualquier otro lugar lo habrían medido en función de su disposición a hacer gasto. Habíamos visto, eso sí, algunos lazos amarillos —símbolo elegido para reivindicar la vuelta de quienes algunos tienen por exiliados y la justicia española considera simplemente prófugos—, casi siempre en las solapas de personas mayores, y un razonable despliegue de banderas en el que cabía apreciar los estimulantes indicios de pluralismo antes comentados. El encuentro con este señor en el metro ha venido a recordarnos que el conflicto puede tener en algún momento un preocupante cariz de confrontación cara a cara entre discrepantes, alguno de los cuales, quizá el más poderoso, se presenta cargado de indiscutibles argumentos ante los que no cabe otra cosa que asentir... Pero ya estamos llegando a nuestra estación y ahora nuestras preocupaciones se reducen a procurarnos un almuerzo rápido antes de emprender el camino al aeropuerto, ya de vuelta.



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Esa mañana, la última, la habíamos pasado en el Museu Picasso. La impresión pobrísima que nos había causado el MACBA ha quedado sobradamente compensada. Tiene este museo, repartido entre tres mansiones adosadas y muy distintas entre sí, aunque todas igualmente partícipes del sueño de bienestar de una alta burguesía confiada y optimista, un indudable carácter de registro íntimo de toda una vida. Emociona el recorrido por la pintura infantil y juvenil del malagueño, no tanto por evidenciar su precocidad, como por poner de manifiesto que, incluso cuando el aprendiz tiene madera de genio, el aprendizaje sigue sus pasos y consiste ante todo en una educación de la mirada y la sensibilidad, con la que pueden identificarse incluso quienes, en su propio proceso formativo, no han ido más allá de esos primeros pasos elementales. Qué hermosas esas vistas de las azoteas de Barcelona o esos apuntes de los veraneos del pintor niño, atento a la pincelada oscura —un chafarrinón que representa un árbol, por ejemplo— que acerca el primer plano al espectador y crea en la pequeñísima superficie —por esta época Picasso se atenía al muy económico recurso de pintar sobre un trozo de lienzo pegado sobre una tablilla— la ilusión de profundidad y atmósfera. 


Luego vendrá todo lo demás: los periodos azul y rosa, la fase cubista —más apegada a los aprendizajes de la pintura tradicional que lo que podría parecer a primera vista—, la libérrima y quizá un tanto estandarizada etapa madura... Pero una cosa está clara: lo que aquí se muestra no es, como ocurría en la exposición de Brossa que vimos ayer, el resultado de un gesto o una pose, sino un sostenido impulso a interrogarse sobre una realidad de la que el pintor es sólo un elemento, algo así como una lente o espejo en el que la propia realidad se interroga a sí misma. Sale uno de ese museo confortado, reconciliado con los empeños del arte en general y con la necesidad de profundizar en su comprensión y hacer más vitalmente verdadero su disfrute. Y bien está que esta última lección nos sirva también de despedida de una ciudad como Barcelona, tan inmediata, tan asequible, tan a la medida del hombre. Aunque pienso también en la fragilidad de esos rasgos, en lo fácil que resultaría desnaturalizarlos o borrarlos. (Martes 13/2/18)

viernes, febrero 15, 2019

LO BLANCO





Lunes, lluvia y casi todos los museos cerrados. Menos el de Arte Contemporáneo (MACBA), a cuyas puertas, al filo de las 11, que es la hora de apertura, se ha concentrado una multitud en la que se mezclan desocupados, aplicados turistas japoneses y gangosos adolescentes norteamericanos de ambos sexos que parecen muy acalorados —muchos van, pese al frío, en manga corta—, quizá porque andan sobreexcitados por el roce mutuo y el exceso de hormonas. Y aquí estamos todos: se ve que no tenemos otro sitio al que ir en un día como éste. 

Y la verdad es que el museo no resulta muy acogedor. En un documental de la BBC que vi hace poco se analizaba la historia del gusto artístico en función del predominio de ciertos colores: el azul, el dorado, el blanco. Y respecto a este último, que es el de este edificio, se advertía del ejercicio de mistificación que supuso su entronización como color predominante en tantas creaciones artísticas contemporáneas, desde ciertas pinturas del impresionista Whistler hechas con ánimo de épater le bourgois hasta las paredes asépticas de la mayoría de los museos de arte moderno. Mi impresión del MACBA corrobora plenamente las apreciaciones a las que llegaba el autor de ese reportaje: el blanco es un color perverso y crea en quienes se someten a su influencia un curioso efecto de anonadamiento y saturación. La intención es, quizá, que todo lo que contrasta con su desasosegante monotonía cobre una especie de valor añadido. En medio de una habitación blanca, una pantalla en la que se proyecta un imperturbable fondo azul —la película Blue de Derek Jarman, consistente en cincuenta minutos en los que no se ve otra cosa que la mencionada proyección monocromática— resulta, por contraste, una grata variación: se sienta uno tranquilamente ante la pantalla azul, que evoca el tipo peculiar de ceguera que el sida causó al autor, y se entrega uno dócilmente al recitado salmódico de impresiones dictadas a vuelapluma que el cineasta ha puesto en las voces de algunos artistas amigos. Y uno diría incluso que el experimento no está mal: que emociona esa especie de lúcida reflexión en voz alta al borde de la muerte. Pero es una pena, nos decimos, que cueste tanto alcanzar el grado de concentración requerido en medio del trasiego de visitantes. Aguantamos quince minutos. Y luego, después de echar una ojeada indiferente a los magros fondos de la colección permanente —algo de Tapies, de Calder, de Lucio Fontana—, subimos a ver la exposición de Joan Brossa, que se anuncia como el plato fuerte de la temporada.


Y tiene su gracia, qué duda cabe. Brossa fue, en sus momentos más trabajados —su poesía cívica y social, por ejemplo—, un poeta de sesgo clásico e incluso rígidamente neoclásico: su "Oda al president Companys" podría haber sido escrita doscientos años antes por el abate Quintana, pongo por caso. Posiblemente se dio cuenta de que esa poesía, muy apropiada para los rifirrafes de corto vuelo del presente, no tenía muchas posibilidades de ser apreciada por la posteridad..., es decir, por esa clase de posteridad que la crítica y los historiadores de la literatura han venido conformando desde que triunfaron las vanguardias: más apta para celebrar la novedad chocante que el trabajo empeñado en añadir una discreta modulación personal a una tradición reconocible. De ahí —y de un peculiar sentido de la broma, desde luego—, su poesía más ligera, poco más que ocurrencias en las que juega una parte importante la disposición tipográfica de los textos. Un paso más y estamos ante lo que suele llamarse "poesía visual", que normalmente no es otra cosa que la aplicación del principio dadaísta del object trouvé a una imagen aislada de su contexto y destacada sobre una hoja en blanco —de nuevo, esa función mistificadora de la blancura— como si fuera una valiosa viñeta cargada de significados. El truco da para mucho, y de hecho la exposición es una cumplida muestra de la capacidad de Brossa para idear centenares de imágenes sugerentes por el procedimiento de pegar un recorte de periódico o incluso un objeto más o menos plano —una cuchilla de afeitar, por ejemplo— sobre una hoja de papel. Estamos en el terreno de lo que los entendidos llaman "arte conceptual" y hay que reconocer que algunas de estas ocurrencias dan que pensar: por ejemplo, la de poner la palabra "novela" al frente de un cartapacio que contiene fotocopias de documentos tales como la partida de nacimiento, la cartilla militar, el libro de familia, etcétera... El esqueleto, diríamos, de una novela entendida como biografía. Menos enjundia tienen otras ocurrencias. Pero el conjunto, qué duda cabe, termina infundiendo en el espectador un cierto espíritu de divertida complicidad con el artista en trance de broma.  


Para volver a la realidad, nos tomamos un vermú de grifo —en realidad, una dudosa mistela— y unas bravas en un bar de El Raval. Fuera sigue lloviznando. Esta tarde mi hija se ha empeñado en regalarme una sesión de cine a ciegas: me llevará a ver —yo no lo sabré hasta hallarme a las puertas mismas de la sala— Sin perdón, dentro de un ciclo que un meritorio cine dedicado a reposiciones dedica a los wésterns de Clint Eastwood. En el camino hacia ese cine hemos dejado atrás la historiada mole —ahora lo llaman "recinte modernista"— del antiguo hospital de Sant Pau, del que parte la avenida Gaudí, que planta al viandante a los pies de la Sagrada Familia. Pero ese paseo lo voy a dejar para después de la película. (Lunes, 12/2/18)

miércoles, febrero 13, 2019

QUE LA CIUDAD LES PERTENEZCA UN DÍA



No he venido a ver monumentos, me digo. Por eso me parece bien el plan que me proponen: subir al monte Carmel, que forma parte del parque de Guinardó, y contemplar desde la cima, desde lo que llaman "els bunkers", las vistas de la ciudad. De nuevo la mañana se presenta soleada, como corresponde a un domingo ideal de invierno. El parque está lleno de parejas, grupos de jóvenes y matrimonios con niños —y perros, muchos perros— que dedican la mañana a pasear bajo este sol benévolo. No quiere uno ser pedante, pero no puedo evitar comentarle a C., que va a mi lado conteniendo con dificultad los ímpetus de sus perros, que me he acordado de "Barcelona ja no es bona o mi paseo solitario en primavera", el poema que escribió Gil de Biedma a propósito de una mañana como ésta en otro monte de la ciudad, el de Montjuic. Claro que, la verdad sea dicha, el efecto de rememoración histórico-sentimental que se operaba en ese poema actúa aquí en sentido inverso: ya no se trata del escenario de "las nostalgias de una burguesía", invadido por las jóvenes parejas de "chavas venidos del Sur", a quienes el poeta entrega simbólicamente la ciudad, sino justo lo contrario: un antiguo espacio de miseria y marginación —el que suponía la existencia, en torno a estos búnkeres de la guerra civil, de un poblado de chabolas— ha dado paso a un moderno espacio de ocio urbano, aséptico y quizá un tanto desmemoriado: el recuerdo literario pertinente sería, no el poema redentorista y nostálgico de Gil de Biedma, sino las novelas de Juan Marsé y sus personajes criados en este entorno, del que creo tener también una nítida imagen cinematográfica: por aquí debía situarse la madriguera del personaje que interpreta Patxi Andión en Libertad provisional (1976) de Roberto Bodegas, con guión original del propio Marsé. En algún plano de esta película se muestra la ciudad vista desde una barriada de míseras casas encaramadas en un monte adyacente: casas, tal vez, como las que se alinean en la callejuela pomposamente llamada Carrer de Mülhberg, supongo que en recuerdo de la conocida batalla ganada por Carlos V, y que arranca de la propia cima, junto a los búnkeres, para descender sinuosamente hacia el barrio de El Carmel.

Muy pocos de quienes suben hasta aquí intentarán la bajada por esa vertiente: hoy como ayer, la ciudad vuelve la espalda a sus barrios menos favorecidos. Presto oído a las conversaciones de los grupos que vamos rebasando y me sorprende constatar que muchos de estos domingueros en chándal son maestros o profesores de instituto: detecto la terminología característica del gremio. Hay también estudiantes, como mi propia hija. Y muchos hispanoamericanos. Ni que decir tiene que la lengua mayoritaria es el castellano, aunque lo normal es que en un mismo grupo unos hablen en castellano y otros en catalán y todos parezcan entenderse a las mil maravillas: es lo que ocurre en un corro de viejos que, como hacen todos los viejos del mundo en los días despejados, ocupan un banco orientado hacia el sol en uno de los miradores que jalonan el ascenso. El tema de conversación es la guerra civil: uno de ellos está haciendo el relato de cuando los búnkeres fueron construidos para defender la ciudad de los ataques de la aviación franquista. Una cartela, por cierto, asegura que, para detectar la llegada de los aviones enemigos, los ingenieros barceloneses idearon un sistema rudimentario de radar, anterior al que desarrollaron los norteamericanos durante la Segunda Guerra Mundial: localizaban los aviones mediante la emisión de unos sonidos y la captación del eco que producían al chocar con cuerpos intrusos.

Aunque, piensa uno, quizá un buen oteador habría resultado tan eficaz como el extraño aparato de factura futurista que se muestra  en la foto. Yo mismo lo compruebo, fijando la vista en unas cumbres nevadas que se divisan hacia el noreste: una simpática catalana a quien he preguntado me dice que son las cumbres del Montseny. Me quedo con esa evocadora referencia y renuncio a fotografiarla: la mísera cámara de mi teléfono móvil no les haría justicia a esas lejanías. Más confiado, fotografío las vistas del centro de Barcelona, con la mole de la Sagrada Familia y la protuberancia fálica que supone la Torre Agbar como hitos más reconocibles. Esta misma tarde o mañana intentaré pasear por esa zona. Hoy me conformo con esta un tanto embriagadora sensación de dominio visual, que debía de ser la que  experimentarían los artilleros que servían en el emplazamiento, o la que se adivina en los ojos del protagonista de Libertad provisional cuando contempla la ciudad a sus pies. "Que la ciudad les pertenezca un día", decía Gil de Biedma en su poema, refiriéndose a las jóvenes parejas de andaluces y murcianos con las que se cruzó en su paseo. Miro a C. y al muchacho que la acompaña, larguirucho y cándido, y pienso que quizá los jóvenes de ahora no están ya por aceptar sin más las onerosas herencias que pretenden dejarles sus mayores. Sus razones tendrán. (Domingo 11/2/18)

lunes, febrero 11, 2019

UNA MAÑANA GÉLIDA



Mañana soleada y gélida. Como es carnaval, en el obrador-cafetería donde desayunamos han tenido la humorada de hacer un dulce en forma de máscara. Cuando lo veo en la mesa, no puedo evitar pensar que es lo más parecido a una tarta de cumpleaños que he tenido en muchos años. Hoy cumplo cincuenta y cinco y empezar el día con un buen desayuno en compañía de mi mujer y mi hija no me parece la peor manera posible de celebrarlo. Hay también otras delicias en la mesa: una coca de verduras y salmón, unos cruasanes recién hechos, una aromática taza de té. Tiende uno a verlo todo a través del filtro de sus lecturas; y si las calles circundantes del Guinardó me han traído a la memoria el mundo de Juan Marsé, el banquete para empezar el día me hace pensar en el epicureísmo de Pla y de otros renombrados bon-vivants del país. Dedicaremos la mañana a pasear por el centro de Barcelona, que es tanto como decir que vamos a someternos a ese curioso ejercicio, no siempre remunerador, de confrontar lo anticipado por las lecturas con los datos fehacientes que proporciona la realidad. Pero hay algo en el ambiente que me hace pensar que el balance no será insatisfactorio: quizá el día soleado, quizá la euforia de saberse en tierra y con centro de operaciones y sin necesidad de preocuparse de horarios y aviones en unos días.

La comparación es inevitable: uno ama Madrid, pero también lo ha sufrido en sus propias carnes y en las de personas muy cercanas; con Barcelona, en cambio, no tiene uno ninguna deuda pendiente. Y lo primero que decido anotar en su haber es la sensación inicial de que, descontados barrios periféricos y suburbios, se trata de una ciudad muy abarcable y con límites bastante precisos, en comparación con la muy dispersa Madrid. Si se planta uno en mitad de Via Laietana, por ejemplo, a un extremo de la limpia recta se ve lo que parece la loma de una lejana montaña y al otro se adivina el mar. No son escasas las perspectivas desde las que la ciudad parece contenida entre horizontes tan precisos; lo que crea la engañosa ilusión, desmentida luego por las distancias, de que toda ella parece amoldarse a un enclave perfectamente delimitado, más allá del cual no habría ciudad propiamente dicha. 

Hay que decirlo ya: es una ciudad hermosa. Los desastres urbanísticos que le ha infligido, como a todas, la modernidad no han podido anular la personalidad de los estilos arquitectónicos correspondientes a las épocas que más han contribuido a definir su fisonomía: la baja Edad Media, que ha dejado su impronta en el Barrio Gótico y en otras zonas de la ciudad vieja, y el Modernismo en sus distintas variantes, desde el medievalismo arrebatado y un tanto fantasioso del antiguo hospital de Sant Pau, en la cabecera de la Avinguda de Gaudí, hasta el protorracionalismo burgués, todavía lleno de resabios historicistas, que predomina en los edificios de las grandes avenidas. No sabe uno dónde mirar, en qué balconada fijarse, qué gárgolas, frisos o relieves de fantasía le impresionan más en medio del aire de comedida elegancia burguesa que define el conjunto. Tampoco ha dejado uno de advertir la profusión de banderas independentistas —"esteladas", en sus dos versiones: la que tiene la estrella en un triángulo azul y la que la inscribe en uno amarillo—. Son el fruto adventicio de una conflictividad política que resulta claramente impostada si se la compara con la atmósfera de afabilidad general que predomina en las calles y la convivencia en ellas de gentes de las más diversas culturas y nacionalidades y, sobre todo, de distintos idiomas, siendo muy notable la naturalidad con la que se alternan el catalán y el castellano en todo tipo de contextos y la facilidad con la que se pasa del uno al otro en el transcurso de una misma conversación. Por otra parte, también en esa especie de guerra de banderas que se desarrolla en los balcones hay matices: si bien no hay apenas banderas españolas —aunque alguna he visto—, lo que sí hay es muchas senyeras sin estrella alguna, lo que quizá pudiera interpretarse como la manera discreta con la que muchos barceloneses no independentistas muestran su aprecio por el actual régimen de autonomía sujeta al marco constitucional. En esto, como en tantas otras cosas, los matices importan.


Hemos terminado el paseo en el puerto, sentados en la terraza de uno de los modernos centros comerciales que han invadido el espacio portuario. Se está muy bien allí, bebiendo cerveza no demasiado fría —aquí la sirven apenas fresca, un poco al estilo inglés— bajo un precario sol que no termina de disipar los efectos insidiosos del aire gélido, que obliga a llevar el cuello levantado y las cremalleras bien cerradas. Luego vendrá el almuerzo en un atestado restaurante asiático y la retirada al hotel. En el camino, en un remate de libros de segunda mano a beneficio de una oenegé, me echo al cesto un ejemplar de Un senyor de Barcelona de Josep Pla. Me servirá de lectura en la hora de la siesta. (Sábado 10 de febrero, 2018)

domingo, febrero 10, 2019

UNA LLEGADA

Llegar por primera vez a una ciudad al filo de la madrugada, hay que reconocerlo, predispone un poco contra ella: ni el viajero está en su mejor momento ni la ciudad suele enseñar a esas horas su cara más amable. Y algo de eso sentí cuando, nada más llegar al Prat, nos enteramos de que la escalera mecánica por la que se sale de la terminal a la estación de metro estaba cerrada por obras. Para rodear el obstáculo hubo que salir de la terminal y avanzar al amparo de la marquesina exterior hasta encontrar otro acceso. Pero nadie, entre el centenar largo de pasajeros que acabábamos de bajarnos del avión de Sevilla, daba con esa entrada, y una misma impresión de desorientación nos envolvió a todos, mientras unos seguían avanzando hacia la salida prometida y otros volvían sobre sus pasos como intentando encontrar el punto en el que habían perdido el norte. Tampoco había a quien preguntar. Hasta que nos decidimos a abordar a una limpiadora y ésta no sólo nos dijo que en alguna parte había un ascensor que nos conduciría a la mencionada salida, sino que tuvo la gentileza de acompañarnos hasta él. No sé si los demás pasajeros, de quienes nos habíamos separado momentáneamente, tuvieron esa suerte. 

Sí, no fueron unos inicios muy prometedores, como tampoco lo fue la larga hora de viaje en metro que todavía nos quedaba por delante, hasta bajarnos en la estación de Guinardó. Pero el barrio, sorprendentemente, resultó acogedor incluso a esas horas intempestivas. Dejamos las maletas en el hotel y nos apresuramos a buscar un sitio abierto donde todavía pudiéramos cenar. No es que falten bares por la zona, pero a esa hora estaban todos cerrando ya; y así fuimos, de bar en bar, casi como quien mendiga un bocado, hasta que, en un figón en la esquina de Ronda del Guinardó con Carrer de Sant Quintí, una amabilísima camarera —el segundo ángel de la guarda que salía hoy en nuestro auxilio— convenció al cocinero, que ya estaba terminando su jornada, para que no apagara la plancha y se aviniera a prepararnos unas hamburguesas. Que, además, y para sorpresa nuestra, no resultaron ser la porquería que esperábamos, y sí unos nobilísimos especímenes de cocina rápida para muertos de hambre a una hora inhóspita.


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Peor fue lo otro, la llegada al aeropuerto de salida. Nos guiaba el navegador del teléfono móvil y lo estaba haciendo bien. Nuestro destino era el aparcamiento para estancias largas, que teníamos contratado. Pero un momento de duda justo donde se bifurcaban los carriles nos hizo tomar el que conduce a la puerta misma de la terminal, donde los taxis dejan a los pasajeros, y no el que debía llevarnos al aparcamiento. Impertérrita, la voz del robot femenino que guiaba nuestros pasos nos sacó del aeropuerto y, en busca de un punto donde pudiéramos girar y volver sobre nuestros pasos, nos llevó por una carretera comarcal hasta un pueblo vecino, en el que nos metió en un laberinto de calles estrechas que, finalmente, nos dejaron al filo de un escalón infranqueable al borde de un descampado y sin posibilidad de dar marcha atrás... 

Esto no puede estar pasando, me digo, mientras me enfrento a la posibilidad de que vayamos a perder el avión por un simple despiste. Finalmente, llego a la temeraria conclusión de que el escalón que tengo ante mí no es tan alto como parece y quizá mi coche pueda sortearlo. Y como no hay otra salida, no lo pienso más: los bajos del coche rozan con los bordes irregulares del escalón y se oye un bonito estruendo de metales chafados. No me detengo a mirar. Con dificultad, atravesamos el descampado lleno de socavones hasta llegar al arranque de una calle pavimentada, por la que salimos a la carretera que ha de devolvernos al aeropuerto. 

Al bajar del coche veo el daño causado: una hermosa abolladura al filo de los bajos, en uno de los costados. Y la sensación, que tardará mucho en desvanecerse, de que nos hemos visto envueltos a nuestro pesar en una extrañísima pesadilla. (Viernes 9 de febrero, 2018)

sábado, febrero 09, 2019

PREPARATIVOS


Preparativos para un viaje de cuatro noches a Barcelona. Me hace ilusión, pero se me hace un mundo. La verdad es que viajar es una de las cosas más engorrosas que conozco: ese amontonarse en los aeropuertos para subirse en un avión en el que ir apretujado entre extraños y entre rutinas ominosas, que constantemente te recuerdan lo antinatural que es todo esto, lo contrario a los ritmos y querencias normales en un ser humano. Mi consuelo es que este viaje, como casi todos los que hago, se resolverá en quehaceres sedentarios, que depararán durante unos días, no la sensación de estar en un lugar extraño, sino la de hacer vida cotidiana en un sitio del que hará uno lo posible por apropiarse. Y hay una novedad: no he programado nada, no he mirado la cartelera ni la programación de exposiciones (aunque no descarto que lo haga a última hora, puede que en cuanto cierre este apunte): C. se encarga de todo y parece que asume con gusto la responsabilidad, no sencilla, de mantener a su padre ocupado durante cuatro largos días.... Será más descansado, sin duda.

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No se puede decir que esto de los viajes no se haya popularizado : hace apenas unos años, incluso los pobres como nosotros asumíamos un afectado aire de gravedad burguesa cuando entrábamos en un aeropuerto y nos sometíamos a las formalidades oportunas, que eran mucho menos severas que las de ahora. Ir mal vestido era impensable: la policía no miraba con buenos ojos a los viajeros desastrados. Incluso ser demasiado joven te hacía sospechoso, no de portar una bomba o un alijo de drogas, que es lo que la policía parece buscar afanosamente con los controles actuales, sino de quebrar una especie de convención. De esos tiempos recuerdo que, si era uno el más joven y más informalmente vestido de una cola en la que hubiera una decena de señorones con pinta de ejecutivos, que eran casi los únicos que viajaban entonces, la policía invariablemente te echaba a un lado y te cacheaba delante de todos. Ahora lo tienen más difícil: todos somos más o menos parte de la misma carne de cañón, y acaso lo que rompe la armonía general es ir demasiado arreglado en medio de la grey hirsuta que va en chándal y se echa a dormir tranquilamente en las salas de espera, como lo harían unos vagabundos bajo un puente. Quizá sea mejor así. Pero, de nuevo, esta sobreañadida funcionalidad de todo el proceso no hace otra cosa que volverlo más mecánico, más pesado, más parecido a las rutinas necesarias para arrear ganado que a los lujos de los viajes de antes.


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Elegir el libro que ha de acompañarte durante un viaje es casi tan delicado como elegir a la persona que irá contigo. Y lo curioso es que, en el caso del libro, el que te acompañe será siempre objeto de una infidelidad, real o imaginaria, porque no hay viaje en el que no acumule uno al menos media docena de libros salidos al paso y vinculados ya para siempre en tu recuerdo al lugar visitado y a las expectativas puestas en él. 


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A pesar del frío, hoy ha sido la primera tarde en la que hemos oído cantar los pájaros que anticipan la primavera. (8/2/18, jueves)

miércoles, febrero 06, 2019

HERMANO RAFAEL

Me manda Andrés Trapiello una foto de un sobre encontrado en el Rastro y dirigido a un tal Rafael Benítez Ariza. No lleva dirección y ostenta el sello de la sección de protocolo de un ministerio, por lo que cabe pensar que lo que contiene o contuvo es una invitación. ¿A qué? El remitente no me aclara si abrió el sobre y vio lo que había dentro. Quiero pensar que la existencia de este desconocido que llevó mis apellidos quizá no fuera muy distinta de la mía: que quizá fue funcionario y se adornó de alguna querencia artística, y que por eso, y porque la vida todo lo convierte en compromiso y rutina, recibía cartas de la sección de protocolo de Dios sabe qué entidad. Una cosa es segura: fuera quien fuera, debe de llevar muchos años muerto, como corresponde al propietario de un papel hallado en el Rastro. Por lo demás, no cabe llevar estas reflexiones mucho más allá. Google identifica a unos cuantos Benítez Ariza repartidos por todo el orbe y con destinos muy disímiles: desde preso político a ingeniero, pasando por el modesto profesor y oscuro escritor que escribe estas líneas. De todos ellos, qué duda cabe, este aparecido en el Rastro es el más misterioso, quizá por expresar mejor que los algoritmos de Google ese azar de tener un nombre que, a la postre, no sirve para otra cosa que para nombrar una inexistencia. En eso, nebuloso hermano Rafael, eres el Benítez Ariza que más lejos ha llegado.


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La calle donde aparco está en obras. Va por tramos, por lo que uno anda estos días con la mosca detrás de la oreja ante la posibilidad de encontrar mañana un nuevo trozo de calle acotado por vallas y la consiguiente obligación de buscar aparcamiento unos metros más allá, y así hasta ser expulsado para siempre de esa modesta felicidad momentánea que depara el mero hecho de encontrar todas las mañanas un hueco junto a la acera donde dejar el coche. Hoy, cuando salía a tomar café, he visto a unos guardias inspeccionando el trozo de acera donde aparqué esta mañana. Me he quedado mirándolos desde la esquina, como se quedaría uno mirando a un merodeador sospechoso al que hubiera sorprendido asomado a la ventanilla de su coche, al acecho de algún objeto olvidado que robar. Los guardias me han visto y han cuchicheado algo entre ellos. La verdad es que, en vez de quedarme mirándolos como un pasmarote, debería haberme acercado a ellos y preguntado por la fecha en que habrá que desalojar la acera en cuestión. Pero la timidez, paradójicamente, me ha vuelto descarado. Me he quedado mirándolos y luego he desandado mis pasos hasta refugiarme en la cafetería, donde hay testigos que, si es necesario, sabrán dar fe de mi condición de hombre inofensivo y de irreprochables costumbres. (5/2/17)


martes, febrero 05, 2019

UN PAR DE DETALLES

Como estoy solo en casa, se me trastocan los horarios y por primera vez en mi vida permanezco levantado ante el televisor para ver en su totalidad la ceremonia de entrega de los premios Goya. Ya se sabe lo que estos actos tienen de pequeño teatro de vanidades: la actriz Marisa Paredes, a la que daban este año un premio por la totalidad de su carrera. aprovechó para soltar su pulla sobre lo que más le dolía, que era el hecho de no haber sido premiada antes por ninguna de sus interpretaciones. Es lo habitual y no deja de causar cierto embarazo en el público ajeno a los entresijos de ese mundo . 

Pero hubo un par de detalles que me llamaron la atención en otro sentido. Primero, la mención en el recuento de fallecidos en el año -uno de los momentos reglamentariamente emotivos de la ceremonia- del escritor y divulgador Javier Coma, al que debemos algo todos los que hemos escrito libros de cine en este país, y más cuando lo hacíamos sin tener la cobertura de internet para solucionar lapsos de memoria o carencias de datos. Me gustó el detalle, aunque también he constatado, al comentar el hecho, que el personaje suscitaba sus recelos en algunos, quizá por la amplitud de asuntos sobre los que escribió -no sólo cine, jazz y cómic también- y la imposibilidad de contentar con sus opiniones, a veces apresuradas, a todo el mundo. Sea: al enterarme de la noticia de su muerte, no estaba yo en disposición de hacer un juicio ponderado de los logros y carencias del personaje. Y lo que sí hice fue hojear el libro suyo que tenía más a mano y que todavía me gusta: La Brigada Hollywood, un repaso del compromiso de algunos cineastas norteamericanos con la causa republicana en la guerra civil española.

Y el otro detalle que me llamó la atención fue la mención, no exactamente elogiosa, que un portavoz de la Academia hizo del programa de televisión Historia del cine español, que a mí tantas alegrías me ha dado y al que entiendo que muchos aficionados al cine deben agradecer la ocasión de ver algunas películas que muy pocas veces o ninguna se han puesto en televisión y entre las que hay verdaderas joyas. El portavoz vino a decir que sí, que bueno, que bien estaba, pero que habría que emitir más cine europeo y recuperar los viejos ciclos de clásicos de siempre... Como si lo uno quitara lo otro. No hace mucho, un amigo bien informado tampoco se mostró muy comprensivo con mi entusiasmo por ese programa, del que dijo que estaba enriqueciendo a cierto productor y distribuidor que desde hace unos años ha tenido la vista de hacerse con los derechos de todas esas películas olvidadas y ahora cobra lo suyo por permitir que se emitan en televisión... En eso no puedo entrar: me faltan datos. Otras veces, la emisión de ciertas películas de los años 40 y 50 que respondían a la ideología imperante en ese momento ha suscitado airados comentarios periodísticos, que no han reconocido que esas películas podían ser interesantes también por otros motivos. 

Pero la verdadera razón de fondo de esa animadversión sospecho que es otra: la evidencia de que el programa es, ante todo, un doloroso recordatorio de la inmensa cantidad de talentos que alguna vez tuvieron su ocasión de hacer una película o dos y no obtuvieron otro reconocimiento -del público, por supuesto, pero también de la crítica y de la industria- que el silencio y el olvido; y el hecho, creo que incontrovertible, de que el relato esquemático y maniqueo que suele hacerse de la historia del cine español es muy inexacto; que las tres o cuatro glorias nacionales que salen favorecidas en ese retrato no son quizá las únicas de las que vale la pena hablar. Y es posible que el reproche implícito en esa evidencia moleste todavía a algunas figuras del establishment cinematográfico patrio. Digo yo. (4/2/18)

lunes, febrero 04, 2019

REALIDADES


Leo en el fascinante diario de los Goncourt el juicio que el crítico Sainte-Beuve hace de Alfred de Vigny, "el muerto del día", en una de las cenas que los diaristas y un nutrido grupo de escritores celebraban periódicamente en el restaurante Magny: "No comprendía nada de la realidad, que no existía para él". Aporta ejemplos, que presentan a Vigny como un ingenuo y un despistado, lo que resultaba a veces muy contraproducente en los vericuetos de la vida literaria parisina. Pero lo que me impresiona del juicio no es tanto sus derivaciones anecdóticas como su posible aplicación a ciertos temperamentos en general y a mis propios ensimismamientos en particular. 

Escribir, en realidad, no es sino la complicada manera que algunos tenemos de aproximarnos a una realidad que siempre se presenta como elusiva y ambigua, cuando no directamente inasible. Pienso en el paseo matinal que acabo de dar, en las impresiones recibidas a lo largo de ese paseo... Ya sé que mi pasión por el Ulises no es compartida por muchos, pero se fundamenta en el hecho incontrovertible de que su autor, James, Joyce fue uno de los pocos que se planteó seriamente desarrollar un método para trasladar a la página escrita la naturaleza elusiva, múltiple, ambigua y contradictoria de las realidades más simples. El paseo de Stephen Dedalus por la playa de Sandycove es, en ese aspecto, una de las cimas de la literatura universal. Y quizá, por ello mismo, inimitable, como tampoco se puede imitar sin incurrir en el pastiche la Ilíada de Homero o la Divina Comedia de Dante.

Pero quizá merecería la pena intentarlo. ¿Dónde poner, en el relato de ese paseo mío de hace apenas una hora, la mezcla de impresiones suscitada por la breve irrupción en un balcón de una mujer que fumaba un cigarrillo? ¿O las asociadas a la contrariedad de constatar el cierre de la sucursal de cierta empresa de mensajería que nos resultaba muy conveniente por su cercanía a nuestra casa? ¿O el embarazo de salir del supermercado con un enorme paquete de rollos de papel higiénico que, por su tamaño, no he podido disimular en una bolsa? Y todo esto ocurre mientras el bullebulle de las preocupaciones de fondo de uno -cuitas laborales, proyectos literarios, tratos pendientes, preocupaciones familiares, etcétera- sigue ahí, como un telón de fondo al que a veces se superponen las impresiones sobrevenidas, cuando no impide que éstas se abran paso hasta la conciencia. 

Pero hoy era uno de esos días en los que la mirada hacia las cosas externas no parecía estar ofuscada por ese bullebulle permanente; y el resultado es esta impresión, quizá demasiado optimista, de que vuelve uno de la calle con la mirada refrescada por la impronta de la realidad. Y es algo que no ocurre todos los días. (3/2/18)

sábado, febrero 02, 2019

SUBLUNAR

También hoy le he dedicado mi saludo y enviado mi oración: qué bien pensada estaba aquella concepción del mundo que consideraba "sublunar" todo lo que ocurría en esta esfera, y que lo verdaderamente importante, lo que reduce todo lo nuestro a mezquinas pequeñeces, empezaba más allá... Pero no es eso lo que venía a contar, sino que, una vez en faena, en una de las muchas vueltas que doy de acá para allá, paso ante un ventanal y noto que la ya crecida luz del día todavía no la ha borrado del todo: que sigue ahí, ya casi transparente y como agrandada por esa sobrevenida condición gaseosa, un globo ígneo a punto de estallar. Tienen quizá demasiado prestigio las puestas de sol: cuánto más hermosa esta discreta, casi imperceptible disolución de la luna en la luz rabiosa de la mañana.


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Que nos hablen de "estado de bienestar" a quienes, pasada la cincuentena, asumimos ahora el cuidado de nuestros mayores, con todo lo que ello supone: renuncia absoluta a la vida personal, gastos sobrevenidos, falta de tiempo y solapamiento de estas nuevas obligaciones con las que ya suponía la atención a los hijos todavía no emancipados... Entran ganas, literalmente, de echarse al monte y atrincherarse tras una peña para recibir a trabucazos a cualquiera que venga a hablarnos de la obligación de pagar impuestos y de todo aquello que se supone que el estado nos ofrece a cambio. Jamás mi desafección ciudadana ha sido mayor. Me consta, además, que no soy el único que se siente así por esas mismas razones. Pero lo curioso es que, mientras la prensa y los políticos no hablan más que del sainete catalán, nadie parece ocuparse en dar respuesta a los verdaderos problemas de los ciudadanos: yo votaría al primero que pusiera esta cuestión al frente de su programa electoral.


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De vez en cuando alguien viene a ofrecerte las migajas de un banquete en el que otros previamente se han saciado. Y todavía uno duda sobre si sentirse agradecido y aceptar o quedarse en casa a saborear, ya no las migas, sino ese regusto áspero que deja en la boca el mero paladeo del orgullo. (1/12/18)

viernes, febrero 01, 2019

LA DIOSA BLANCA

Una luna dorada y reluciente como una moneda de dos euros. Piensa uno que por fuerza ha de ser de buen agüero empezar el día bajo una influencia astronómica tan patente. La disfruto sólo por unos instantes: lo que tardo en recorrer el tramo entre el punto donde aparco el coche, en el paseo marítimo, y el lugar donde trabajo. Durante muchas horas ése será mi único intervalo de exposición a los elementos, mi único momento de, por así decirlo, comunión con la naturaleza. Luego vienen casi siete horas de vida en condiciones de planta de invernadero: pasillos con altos zócalos de azulejos, luz de fluorescentes, aire acondicionado. De vez en cuando, una rápida ojeada a la ventana, en la que va afianzándose poco a poco la luz del día. Pienso en mi amigo J.L., el pastor, que a estas horas estará sacando sus cabras del corral y llevándolas al monte. Sería ridículo hacer aquí una declaración de envidia por ese durísimo modo de vida: este fin de semana, sin ir más lejos, el cortante viento helado que rasaba sobre el pueblo hacía poco menos que imposible para los no habituados permanecer siquiera un rato a la intemperie. Pero no puedo negar que lo que sí me asalta a veces es una irrestañable nostalgia de horizontes abiertos y aire libre. Y a veces tengo la impresión de que, cuando hago esa confidencia a la luna, me dirige una sonrisa en la que se mezcla la simpatía y una cierta conmiseración.

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Como nadie se comía los "ojos de dragón", me he echado unos cuantos al bolsillo y los he traído a casa, para que los pruebe M.A. "Están ricos", dice; pero, al rato, tras completar el postre con una apetitosa mandarina, añade: "Pero una naranja está mejor". 

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Hace unos días declarábamos nuestra extrañeza porque no hubieran florecido aún las retamas y hoy hemos visto las primeras matas punteadas de blanco al filo de la carretera. Todo ocurre a su tiempo. Y uno permanentemente agobiado porque esto no llega, aquello se retrasa, lo de más allá parece que no no va a ocurrir nunca... (31/1/18)

miércoles, enero 30, 2019

EXOTISMOS

Ha aparecido en la mesa de la sala común una cesta de frutas exóticas, entre las cuales hay una que me dicen que se llama "ojo de dragón". Es muy sabrosa; pero, como veo que el aspecto -algo así como una cereza envuelta en piel de patata- suscita algún recelo, explico a quien me quiera escuchar que en las selvas de Borneo los nativos utilizan el jugo de esta fruta para untar las puntas de las flechas envenenadas con las que cazan los monos, cuya carne aprecian mucho... Y hay quien, teniendo ya el fruto en la mano y a punto de llevárselo a la boca, lo vuelve a dejar en el plato. Ha sido uno de mis mayores triunfos, creo, en el campo de la ficción. Y con un toque conradiano que no dudo que la crítica sabrá apreciar.

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En general la gripe es favorecedora: quienes acaban de superarla regresan al trabajo con las facciones suavizadas de quienes han disfrutado por algún tiempo de una vuelta a la infancia, a los cuidados maternales y a la caprichosa falta de apetito usada como arma de presión emocional. Todos adelgazan y a todos se les agranda la mirada, lo que les presta una inusitada expresión de renovado asombro ante la realidad, que no es otra cosa que el milagro de estar sanos y fuertes a pesar del frío y de las miasmas que flotan en la atmósfera.


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A la vanidad -me refiero a la propia, por supuesto- le duelen más las rozaduras superficiales que los puntazos bien dados. De estos últimos sabe cómo defenderse: como un cazador que, sabiendo cómo dar cuenta de un elefante furioso, no sabe quitarse de encima una mosca. (29/1/18)

domingo, enero 27, 2019

UN RECITAL


Tarde lluviosa, desabrida, de las que desaconsejan por completo cualquier veleidad de echarse a las calles. Pero aquí estoy, de camino a un bar en el que se supone que me esperan para que anime la velada con un recital de mi obra poética. Me costó mucho aceptar la invitación, sabiendo lo que me esperaba. Pero luego pesaron sobre mí consideraciones de otro tipo. El organizador, me dije, es amigo y me ofrece su local con la mejor voluntad; y ya me ha invitado varias veces y siempre he encontrado alguna excusa para evadirme, así que esta vez... Y aquí estoy. El día antes, el propio organizador me había dicho que él no iba a estar presente: "No, yo sólo organizo, a la mayoría de los actos no me es posible asistir. Ya sabes que trabajo fuera...". No hay problema, le dije. Daba por sentado que quien quedara al cargo me reconocería en cuanto me viera entrar; que estaría allí la clientela habitual, quizá ya acostumbrada a esos "actos de los jueves" que al parecer dan renombre al local. Y que bastaría que me anunciara y todo iría sobre ruedas. 

Pero nada ocurrió como yo pensaba. A mi entrada en el bar -de un bar se trata-, la muchacha que atendía la barra me miró como se mira a un extraño al que no se espera en absoluto. Mantenía una animada conversación con dos parroquianos que tenían todo el aspecto de llevar ya al menos una hora apoyados en la barra y dando palique a la camarera, como quizá hacían todas las tardes. Desde luego, hablaban con mucho desparpajo. La conversación, por lo que pude entender, era subida de tono, y no estoy muy seguro de que fuera del agrado de la muchacha, que quizá la soportaba sólo porque a intervalos sus interlocutores le pedían que les llenase el vaso y ésa iba a ser seguramente toda la recaudación que le tocaba hacer esa tarde. Quizá por ello yo esperaba que mi mera entrada en el bar iba a suponer un cambio de escenario: la chica saldría de detrás del mostrador a saludarme, me diría cómo iba a transcurrir el acto, me preguntaría si me apetecía tomar algo mientras esperábamos la llegada de más público -yo ya venía acompañado de dos personas-, etcétera. Pero la muchacha se limitó a quedárseme mirando con gesto interrogante y fui yo quien me sentí obligado a explicar, entre titubeos, que venía a... "Ah, sí", me dijo. "Habrá que esperar un rato, por si viene más gente". 

Dicho y hecho, nos sentamos en una de las mesas -todas estaban libres- y esperamos a que la chica nos trajera las bebidas. Cuando salió de detrás del mostrador, vi que calzaba unas baqueteadas zapatillas de paño, de andar por casa. "Es un trabajo duro", me dije. "Pasa muchas horas en pie". De todos modos, allí nadie se andaba con muchas formalidades: a los pocos minutos de estar allí, en efecto, otra mujer en zapatillas y pantalón de pijama salió de la cocina con un envase de papel de aluminio en el que parecía llevarse a casa lo que iba a ser su cena. En esas observaciones estábamos cuando llegó un conocido: ya éramos cuatro los asistentes al recital; por lo que en vano esperé de mi anfitriona alguna indicación. Habría bastado que dejara de prestar oído a la selecta clientela -en ese momento, me pareció oír, hablaban de los atractivos del llamado "beso negro"- y anunciara el comienzo de la lectura. Pero ni ella dijo nada ni yo tampoco. Así que acabamos nuestra consumición y, como habíamos esperado ya el tiempo de cortesía que se suele conceder en estos casos, decidimos irnos a cenar a otro sitio. Naturalmente, pagué yo la cena: era lo menos que podía hacer por aquellos amigos que habían ido a escucharme. Y en eso quedó mi anunciado recital.

Un par de días después, la persona que me había invitado me mandó un mensaje en el que lamentaba el fiasco y me comentaba que aquello no era lo habitual, que aquellos actos de los jueves tenían público asegurado y eran siempre un éxito. De lo que deduje que lo que me estaba dando a entender era que, si nadie había ido a escucharme, la culpa era exclusivamente mía. "¿Qué le contesto?", le pregunté a M.A. "Mejor no le digas nada". Ni siquiera sé para qué he venido aquí a anotarlo: seguro que, cuando vuelva a darse el caso, tropiezo otra vez con la misma piedra. Y así va uno haciendo su gloriosa carrera literaria. (26/1/18)

jueves, enero 24, 2019

NO CORRAS


Estos días soleados de finales de enero tienen algo de claro presagio de la primavera. Y nos ponemos impacientes: hoy, desde el coche, M.A. me ha dicho que ya empezaba a echar de menos la floración de las retamas. "Es pronto", le digo, por decir algo, aunque lo cierto es que yo también establezco alguna clase de conexión entre la aparición de estas humildes florecillas blancas y las del almendro, de las que ya hemos visto alguna muestra en las huertas de Benaocaz, precisamente en los mismos días en que las montañas circundantes se han coronado de nieve. Los pétalos menudos, volátiles, de la retama, que a veces se acumulan al pie de las matas como la nieve en las cunetas, vienen a ser, por tanto, una especie de sustituto local del blanco elemento. "Sí, es pronto todavía", repito, como para aplazar la inquietud. Lo que es tanto como decir: "No corras, tiempo, que a donde hemos de llegar no van a dejar de esperarnos". (23/1/2018)

miércoles, enero 23, 2019

RESACAS


En las resacas del cuerpo desea uno haberse cortado la mano con la que se sirvió las diez últimas copas; en las del alma, en cambio, que suelen ir muy unidas a las anteriores, lo que uno quisiera haberse cortado a tiempo es la lengua con la que dijo todo aquello que hoy sospecha que no debería haber dicho, aunque nadie haya venido a reprochárselo.


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En lo que parecen las vísperas -cruzo los dedos- de la publicación de dos libros nuevos, anoto aquí algunos de los proyectos todavía pendientes: el libro de relatos sobre la desnudez, el ensayo sobre literatura autobiográfica y la novela que se quedó descolgada de las dos primeras, con las que debería haber formado mi primera trilogía, la que yo para mis adentros llamaba "de la educación sentimental"... ¿Durará la racha lo suficiente para esos otros tres libros salgan adelante? Y, en el caso de que así sea, ¿qué será de mí, una vez tenga todos mis débitos editoriales saldados? O casi, porque alguna cosa más tengo en curso, que ni siquiera sé si deseo terminar. Alguna vez me he dicho que, cuando me jubile del trabajo que me da de comer, haré lo mismo con la literatura. Me convertiré en simple lector, que es el nivel más alto y noble al que uno puede aspirar en el ramo. Y me desharé del lastre que llevo conmigo. 

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¿Por qué será que me resulta más grato acudir a este cuaderno después de haber reanudado su publicación en diferido? Quizá porque los diarios quieren ser recatados y escritos en las más estricta intimidad, pero necesitan presuponer un público que espía por encima del hombro del diarista, y al que de alguna manera hay que conjurar. (22/1/18)

lunes, enero 21, 2019

EN LA CIMA DEL MUNDO


Top of the world, ma! ("¡En la cima del mundo, madre!"), gritaba James Cagney al final de Al rojo vivo (White Heat, 1949), antes que los disparos de la policía lo hicieran volar por los aires con el tanque de gas al que se había encaramado para parapetarse. También ayer nosotros estábamos en la cima del mundo: por debajo de nuestra cota había cuajado una espesa niebla, que se extendía en un radio de hora y media en coche a la redonda. Pero aquí, a ochocientos metros sobre el nivel del mar, gozábamos de una envidiable mañana de sol, muy adecuada para el propósito que nos reunía, que era celebrar las fiestas del barrio. Ocupábamos, literalmente, una isla soleada en medio de un mar de brumas. Por eso no me extrañó que entre los allí congregados hubiera un nutrido grupo de personas que no se conocían entre sí, o sólo vagamente, o quizá en contextos que nada tenían que ver con éste, y cuyo único nexo de unión era ser amigos míos de distintas épocas y lugares: era como si la niebla los hubiera empujado a este único lugar despejado en muchos kilómetros a la redonda. Y yo me complacía en presentarlos, en recordarles tal o cual circunstancia que quizá tuvieran en común, en trenzar las conversaciones para que la frágil trama que habíamos urdido sin pretenderlo no se deshiciera de golpe, como la volátil cima a la que se había encaramado Cagney en la mencionada película. Sí, yo también estaba, de pura felicidad, en la cima del mundo. Y de momento no silbaban balas alrededor.


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A M.A. la ha mordido un burro. Asomaba su paciente cabezota (el burro, no M.A.) entre los hierros del corralillo en el que lo habían dejado en exhibición, como testimonio de que la fiesta que nos congregaba, la de San Antón, es la del patrono de las bestias, que en ese día son bendecidas por la autoridad eclesiástica de turno. El año pasado no hubo duda a este respecto: el bienhumorado cura que había entonces no tuvo inconveniente en acercarse al barrio y cumplir con lo que se esperaba de él. El de este año no lo ha tenido tan claro: quizá sospechaba que la ocasión tenía más bien poco de religiosa, y por eso ha alegado que estaba ocupado con otros asuntos y no se podría acercar. Pero los animales estaban allí, tranquilos y mirando con cierta displicencia a los humanos que se acercaban a celebrar, entre previsibles chanzas y familiaridades quizá no del todo apropiadas, el palpable vínculo que nos une con nuestros hermanos irracionales y, a través de ellos, con la naturaleza en general y con ese hondo pálpito suyo del que cada una de sus manifestaciones es sólo una imprecisa traducción. Por todo eso estaba allí ese burro que no dudaba en acercar la cabezota a todos y cada uno de sus admiradores. Esperaba, quizá, que alguno de ellos viniera a traerle una dádiva, como la naranja que JRJ le dio a Platero en cierto memorable capitulo de su libro. Quizá confundió la manga del jersey verde de M.A. con un manojo de hierba fresca. Y ahí clavó los dientes, dejando en el blanco brazo de la imprudente un enorme moratón que tardará mucho en irse. (20/1/2018)

sábado, enero 19, 2019

PABLO GARCÍA BAENA


Murió Pablo García Baena hace apenas tres días y ya ayer hubo quien aprovechó una desmedrada columna periodística para incluirlo en una posible nómina de poetas machistas, y todo porque hace unos años el fallecido se permitió criticar ese elusivo agrupamiento en el que algunos engloban lo que llaman "poesía escrita por mujeres". El caso es que la imputación de la que ha sido objeto estaba hecha, como saltaba a la vista en una simple lectura del artículo en cuestión, por alguien que ni conoce su poesía ni parece estar al tanto del panorama literario actual; que habla de oídas e informada -se trata de una mujer- por algún simple. Se ve que, para estos tristes cometidos incriminatorios, basta la doctrina desde la que se formula la acusación. Tristísima perspectiva la que se anuncia si este tipo de actitudes, como parece, se van extendiendo cada vez más y acaban siendo la norma en un mundo sin libertad de pensamiento ni respeto por las opiniones ajenas.


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Va uno, mientras tanto, encajando la pérdida. En el caso de Pablo García Baena, no se trataba de un simple nombre conocido y admirado. Hubo, primero, la feliz coincidencia de que su rehabilitación literaria y la de sus compañeros del grupo Cántico ocurriera en los años en los que uno cimentaba sus primeras admiraciones literarias fruto de la libre elección, y no de lo aprendido en la escuela o en los manuales. Los artífices de esa recuperación fueron, como es sabido, los poetas "novísimos", y muy destacadamente Guillermo Carnero y Luis Antonio de Villena; pero los receptores mejor predispuestos a acoger a los poetas recién vindicados fuimos quienes en esos años empezábamos, como digo, a forjar nuestro gusto personal. Luego vino el trato: en Jerez, primero, en torno a las revistas Fin de Siglo y Contemporáneos, en las que los más jóvenes tuvimos la suerte de compartir páginas e incluso podría decirse que proyecto estético con aquellos ilustres mayores. No es cuestión de mezclar cuestiones de apreciación estética con generalidades de sociología de periódico; pero estaba claro que, entre la desinhibida poesía urbana, individualista y libertaria que se empezaba a hacer entonces y la que, fuera de toda norma o moda, hicieron los poetas de Cántico -una revista cordobesa que se publicó, en dos épocas, entre y 1947 y 1957- en un tiempo decididamente hostil a su designio, había una cierta afinidad y, desde luego, un claro fundamento para la simpatía y la comprensión mutuas. Lo que se tradujo en que nunca fue difícil para los artífices de Fin de Siglo -Francisco Bejarano y Felipe Benítez Reyes- conseguir colaboraciones de Pablo o que éste incluso publicara bajo ese sello su primer libro de prosa. 

Por aquellos años, recuerdo, empezó a ponerse de moda que un creciente grupo de poetas jóvenes nos felicitáramos las navidades o fines de año con un poemilla, una especie de villancico, normalmente de carácter laico o paródico o simplemente nostálgico y juguetón: el precedente más inmediato era, como no podía ser menos, la serie de villancicos que Pablo escribió durante años para felicitar a su amigo Vicente Núñez -otro poeta felizmente vindicado por entonces- y que publicó Hiperión en un volumen no venal que se tituló Gozos para la navidad de Vicente Núñez. No recuerdo cómo ese preciado librito, que Hiperión envió como regalo de protocolo a una selecta nómina de escritores entre los que evidentemente no me encontraba, llegó a mis manos. Seguramente algún amigo de más fuste literario que yo lo recibió por partida doble, del autor y de la propia editorial, y tuvo la feliz ocurrencia de regalarme el ejemplar redundante. 

No era, por supuesto, lo primero que yo leía del autor. Además de Lectivo, el libro de prosa que le había editado Fin de Siglo, entre mis libros más apreciados estaba la Poesía completa que le había publicado Visor en edición de Luis Antonio de Villena y que yo leía y releía con fervor, desde los deslumbrantes poemas recientes que abrían el volumen -entre los que destacaba el tríptico Tres voces del verano, escrito con una desenvoltura que el autor había tomado del propio Villena, aunque entiendo que mejorándola y trascendiéndola-, hasta los espléndidos poemas meditativos de Antes que el tiempo acabe, el libro de 1978 que había supuesto su regreso a la poesía después de años de silencio. Vinieron luego otros libros: Fieles guirnaldas fugitivas, por ejemplo, publicado en 1990, aunque anticipado en las páginas de Fin de Siglo algunos años antes -¿reseñé yo ese libro? Creo que sí, aunque no recuerdo dónde ni encuentro copia de la reseña en cuestión-, y Los campos Elíseos, de 2006, a cuya presentación en la Feria del Libro de Cádiz pude asistir y del que tengo ejemplar firmado con la letra temblorosa del poeta ya octogenario que todavía viajaba solo y disfrutaba, como tuve ocasión de comprobar, de los placeres de la buena mesa y la agradable compañía. Dos años después se repetirían circunstancias parecidas cuando el poeta volvió a Cádiz para departir sobre los ángeles turiferarios de Zurbarán que guarda el museo provincial y yo tuve el placer de presentarlo. Hubo otros encuentros. También algunas cartas y no pocas llamadas telefónicas, entre ellas las que yo le hacía para pedirle colaboración para el periódico La Ronda del Libro, que yo coordinaba por encargo de la Feria del Libro de Cádiz, y en el que Pablo publicó, entre otras cosas, una magnífica semblanza de Fernando Quiñones en un número que se le dedicó al escritor gaditano tras su muerte en 1998. Hubo también algunas navidades en las que Pablo prefirió sustituir la habitual tarjeta de felicitación por una cariñosa llamada telefónica. 

No lo traté en sus últimos años. Siempre he sentido pudor para inmiscuirme en la intimidad de un hombre retirado y que ya ha renunciado a la vida social. Sí tuve noticias de su apacible vejez. Y en una ocasión en que quise pasar por su calle cordobesa, Obispo Fitero, me crucé con él, que iba del brazo de un acompañante, y no me atreví a abordarlo. Es mi último recuerdo suyo. Hemos perdido algo más que un gran maestro: era todo un referente -aunque nunca hubiera presumido de serlo- de vida y carácter. Lo echaré de menos. (18/1/2018)

martes, enero 15, 2019

VIDA LITERARIA

¿Qué hacíamos allí los tres -dos escritores y un editor- en una desabrida tarde de enero en la que uno de los presentes había estado atendiendo sus obligaciones laborales hasta hacía poco, otro decía haberse perdido un concierto y el tercero, yo, sentía remordimientos por no estar enfrascado en la lectura del voluminoso libro que había de reseñar esa misma semana? Nos habían citado en aquella librería para participar en una "mesa redonda" sobre la edición en Cádiz y, más concretamente, sobre los proyectos que teníamos para el año entrante. Los escritores veníamos invitados por el editor, a quien a su vez había convocado la librería en cuestión... Y lo curioso es que, nada más entrar -yo fui el primero en llegar-, ya noté en la cara del encargado que allí no se nos esperaba. En vano le expliqué que se nos había citado allí, e incluso saqué el teléfono móvil para mostrarle el correspondiente mensaje. "Ah, sí, debe de ser cosa de mi sobrino". El aludido salió en ese momento de la trastienda e inmediatamente se hizo cargo de la situación. "El acto se ha suspendido. Así se lo hicimos saber al moderador. ¿No os ha avisado?". No, a nosotros no nos había avisado nadie y ahora nos pesaba de un modo especial, y con una leve nota de escarnio, el haber sacrificado el mencionado concierto, la tarde de lectura y el merecido descanso para acudir a lo que seguramente no iba a añadir nada a nuestras pobres vidas de gente que pone alguna ilusión en este desmedrado negocio. Todavía antes de despedirnos decidimos entrar a tomar algo en la cafetería de un un hotel cercano. Y allí estuvimos sentados como media hora, en un destartalado vestíbulo, sin que nadie saliera a atendernos. Estaba claro que no era nuestra tarde. Finalmente, conseguimos merendar en una populosa cafetería a la que suelen acudir los parientes que atienden a los ingresados en un hospital cercano. Hablamos de esto y de aquello, un poco por llenar la tarde. Y en eso quedó todo. 


***

Me llama este amigo a quien le han encargado, como a mí, escribir un texto para el catálogo de una exposición que se quiere hacer en homenaje al escritor gaditano FQ, de cuya muerte se cumple este año el vigésimo aniversario. "Es que quiero citarte, pero no tengo a mano tu prólogo a su antología poética en Vandalia. ¿Decías allí algo sobre la influencia de Pound? ¿Y quién crees que es ese Luis al que cita en el poema que abre Las crónicas del 40? ¿Cernuda?".

Este amigo mío, poeta él mismo, sabe mucho de pensamiento poético y es sin duda la persona más indicada para escribir sobre esas cuestiones. Pero no deja de hacerme gracia esta especie de elevación del trato erudito -todo lo relacionado con cruzar datos librescos y referenciarlos como es debido- a las benditas alturas de la charla entre compadres, sin duda mucho más grata. Debo confesar que yo también lo hice una vez, y en una ocasión mucho más comprometida. Tenía una cita de Eliot que me venía muy bien para argumentar cierto punto de un trabajo académico que andaba ultimando entonces, pero no la tenía debidamente referenciada. Por suerte, conocía a quien tenía nada menos que la edición original del libro en cuestión, publicado en los años 30 del pasado siglo. Podría haber ido a su casa a cotejar la cita. Pero, por razones de rapidez y comodidad, preferí llamarlo por teléfono, y por teléfono hicimos el laborioso cotejo, párrafo a párrafo, hasta dar con la cita... Luego mi amigo y yo hicimos votos para quedar un día y tomar unas copas. (14/1/18)

lunes, enero 14, 2019

CARNABY


"Daría cualquier cosa por volver a vivir una noche de aquellas", me dice M.A. durante la pausada cena del viernes y bajo la influencia de la música añeja que estamos escuchando. Acababa de sonar "Just the two of us" de Grover Washington Junior y yo había dicho que el álbum al que pertenecía esa canción -Winelight, de 1980- era uno de los que componían la banda sonora habitual en el Carnaby, un bar donde parábamos entonces. Sonaban otras cosas, desde luego, pero ese LP, junto con Return to Forever de Chick Corea y Magic Touch de Stanley Jordan, eran recurrentes y solían marcar la hora en la que en el bar sólo quedábamos los incombustibles, los de siempre, los que no veíamos necesidad alguna de ir a otra parte porque allí estábamos muy bien. Éramos estudiantes y teníamos poco dinero, pero el que había se compartía generosamente y, cerveza a cerveza, éramos capaces de hacerlo durar hasta altas horas de la madrugada. El grupo era siempre el mismo: un servidor y un número variable de muchachas, todas bellísimas, por lo que uno vivía más o menos en un estado permanente de ensoñación poligámica... Había quien me envidiaba por ello: aquel escritor mayor, por ejemplo, que ya me conocía por mis primeros pinitos literarios, y que se acercaba a nuestra mesa y hacía lo posible por convertirse en el centro de la reunión. "Y pensar que me espera una cama de matrimonio grande y sola...", decía, como invitando a compartirla. No colaba. Había también un venerable anciano, siempre vestido con un impecable guardapolvo blanco, que vendía cacahuetes y al que nunca dejábamos de comprarle su mercancía. Y un tipo malencarado que siempre estaba solo en la barra y de quien sabíamos que trabajaba de repartidor, con una furgoneta: lo llamábamos "Rufino", porque nos recordaba al personaje que se describía en la canción de ese nombre de Luz Casal: "Rufino / te invita a comer langostinos. / Me gusta verlo bailar / con su aire de pingüino...". Lo mismo nos reíamos de nuestras propias ocurrencias que nos enfrascábamos de pronto en sesudas discusiones sobre esto y aquello, en las que casi siempre yo sostenía una opinión y el resto de la concurrencia la contraria. Y así se nos iban las horas. También di en llevar allí a los primeros escritores de mi edad que traté y de quienes me hice amigo. Dos de ellos -jerezanos, por más señas- se fueron una vez sin pagar y después de haber tomado muchas copas -aquella noche nos dio por la ginebra sola con un cubito de hielo-, cuyo importe me fue reclamado por el encargado del bar, un marroquí de muy malas pulgas, pero en el fondo inofensivo, que se conformó con que le pagara mi propia consumición y aceptó mi explicación de que a los otros no los conocía de nada. 

Aquel bar lo cerraron y el local que ocupaba, en una esquina por la que paso con frecuencia, permanece ahora ominosamente tapiado. Otros han corrido peor suerte: de los locales que ocupaban La Chimenea y el Cómic, otros dos bares que frecuentábamos entonces, no queda la menor huella: el espacio que ocupaban ha sido incorporado sin más al edificio al que pertenecían, sin que haya quedado de ellos ni el hueco de la puerta que daba a la calle, como en esas pesadillas en las que de pronto un paisaje familiar se vuelve irreconocible y es imposible hallar en él la menor referencia a la que agarrarse para recuperar la sensación de que uno sabe dónde está. Creo que eso es justamente lo que ha pasado: nos quedamos dormidos entonces, tras el momento álgido de alguna de aquellas veladas, y todavía no hemos despertado. (13/1/18)