sábado, septiembre 21, 2019

COMO TANTOS



20/9/18

A lo largo de la última semana y en distintos intercambios verbales -una conversación telefónica, un cruce de correos- estos dos amigos me han recordado, con la mejor voluntad, mi condición de escritor invisible. Ingenuamente he replicado que mis libros están ahí, que tengo pocos pero fieles lectores, que salen puntualmente reseñas -cierto, no demasiadas, ni tampoco en lo sitios punteros que se suelen tomar como referencia para estas cosas- de todo lo que publico... Pero sé que en el fondo tienen razón: me voy sin haber llegado -sin exagerar: quiero decir que, a mis cincuenta y cinco años, me parece normal e incluso justo que se hable más de los chicos que empiezan y que hacen todo lo posible por destacar y llamar la atención, que de quienes ya barruntamos la jubilación-. 

Ocurre, de todos modos, que las consideraciones, digamos, sociales y humanas del asunto no se corresponden en absoluto con las certezas puramente intelectuales: desde ese punto de vista, no solamente no me considero en fase terminal, sino que tengo más bien la sensación de que nunca me había sentido tan dueño de mis recursos y tan capaz de emplearlos del mejor modo posible... Pero sí, tienen razón mis amigos: me he perdido en la niebla. Como tantos.


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A punto del colapso debido al calor y a no haber dormido casi nada la noche anterior, me basta un simple té verde a media mañana para venirme arriba... Nada, en fin, qué sumar a la ingenua tradición de narcóticos más o menos estimulantes que fundaron Coleridge y De Quincey y llega hasta Kurt Cobain. Una simple taza de té y sus efectos sobre el corazón encogido como un pájaro asustado. Eso es todo. 

jueves, septiembre 19, 2019

MÁS BICHOS


Casualmente, oigo hablar de cucarachas a una compañera de trabajo. ¿Habrá una plaga? Se trata, en su caso, de un piso de alquiler en una planta baja y los bichos, dice ella, entran de la calle. "Menos mal que mi perro se las come", añade. Lo que, no sé por qué, más que una atenuante, me parece más bien un agravante de la situación.


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La inmensa tristeza que desprenden la mayoría de los personajes que interpretó el ya malogrado Philip Seymour Hoffman. Volví ayer a ver la no demasiado lejana El misterio de God's Pocket (God's Pocket, 2014), que consta como una de las últimas películas en las que intervino. Se abre con una rápida sucesión de breves cuadros, algunos de muy pocos planos, que rápidamente delinean el tipo de realidad del que va a ocuparse la película: vidas descacharradas en un contexto social francamente desabrido e irredimible. No sabemos aún si estamos en el terreno de la comedia esperpéntica o del drama: los trapicheos de los personajes, su consideración del robo, la extorsión y el puro parasitismo como medios de vida, en alternancia con oficios más o menos propios de la clase obrera, recuerda al ambiente de Los Soprano; pero su oscuro fondo determinista remite, más bien, al que Clint Eastwood retrató magistralmente en Mystic River (2003), también ambientada, como la que comentamos, en un barrio degradado y desatendido en el que el recurso al delito y la violencia es la respuesta habitual de la población a su postración endémica. 

Aseguraría uno que su director, John Slattery, que sólo cuenta en su haber con esta película, tuvo muy en cuenta ambas referencias a la hora de urdirla. Pero el tono de tragedia se impone rápidamente: la bravuconería sin luces del hijo de la pareja protagonista desencadena una serie de acontecimientos que, sin perder del todo sus trazas esperpénticas, dibujan enseguida un panorama humano y social desolador, una especie de decantación última del capitalismo en el que las conciencias embrutecidas ya son del todo incapaces de reaccionar o dar siquiera un paso en positivo para mejorar su situación, más allá de emborracharse en el bar del barrio, desconfiar de los extraños y emprenderla a puñetazos y patadas por cualquier cosa. Y no deja de ser irónico que el filtro por el que esta realidad alcanza a constituirse en relato sea, según plantea el argumento, un alcoholizado cronista que escribe untuosas columnas rebosantes de melancolía en el periódico local. En un momento dado -siento estropear la posible sorpresa-, el columnista se ve obligado a confrontar a sus embrutecidos paisanos y constatar que éstos no aprecian en absoluto que su degradación, sus "caras sucias", sean puestas en evidencia, aunque la intención del escritor sea, al cabo, concluir melancólicamente que también de esas realidades se desprende "una cierta dignidad". Y como se sienten ofendidos, reaccionan consecuentemente, es decir, con extrema violencia.

La pregunta ante estos alegatos de estilizado pesimismo es: ¿hemos alcanzado ya, como individuos y como sociedad, ese estado de degradación sin redención posible? Escruta uno el rostro del malogrado actor, cuyo talante entre depresivo y autodestructivo fue la causa de su precipitada muerte pocos meses antes del estreno de la película, y casi tiene la respuesta. (18/9/2018) 

miércoles, septiembre 18, 2019

LUSTROS DESPUÉS


Vuelta a las clases, que son mi rutina y mi modo de ganarme el pan. Y con una curiosa novedad este año: se me aplica lo que en la jerga administrativa llaman "reducción de horario para mayores de cincuenta y cinco años"; es decir: entro en una especie de fase terminal de mi carrera laboral, abocada ya a la jubilación, si Dios quiere... Tiene uno la sensación de que sigue siendo, si no el mismo, si alguien muy parecido al veinteañero voluntarioso que, hace treinta y un años, cruzó las puertas de un instituto y se presentó en el despacho del director para anunciar que lo habían llamado a sustituir a una profesora de baja. No sé cómo me atreví a dar ese paso, cuando lo cierto es que todavía hoy, muchos lustros después, sigue inquietándome la inminencia de comparecer de nuevo ante un aula llena de adolescentes a los que no conozco y con quienes deberé aprender a entenderme a lo largo de todo un año. Otros con mis inclinaciones literarias, me digo, ni siquiera se plantearon esa opción: tuvieron quizá más valor que yo y se arriesgaron a las veleidades del éxito o a los frutos contados que ofrecen las colaboraciones periodísticas, las traducciones, etcétera. No sé. A mí no me ha ido mal en mi tentativa de combinar lo uno y lo otro: los libros van saliendo adelante con más o menos trabajo, aunque quizá les falte el respaldo que les podría otorgar un autor que dedicara todo su tiempo a su promoción, a codearse con otros escritores, etcétera. Siempre me digo que Antonio Machado, Mallarmé, Gerardo Diego y Torrente Ballester fueron también profesores de instituto, sin que eso parezca haber ido en detrimento de su dedicación a la literatura... El caso es que todas esas disyuntivas empiezan a parecerme ya agua pasada. ¿Seguiré siendo escritor cuando me jubile de lo otro? ¿O, por el contrario, pensaré que lo razonable es considerarse doblemente jubilado y aprovechar los años que me queden para dedicarme a la pura actividad contemplativa, que es lo que quizá me pida el cuerpo? Pienso también en mi reavivada afición a la pintura: ¿seré ésa mi afición de jubilado? En fin. Me da la impresión de que la vejez, por lo que barrunta, puede llegar a ser tan desconcertante como la adolescencia. ¿Qué edad del hombre no lo es? Ni siquiera la madurez, que debía haber traído consigo serenidad y seguridad, han deparado lo que se esperaba de ella: más bien, una larga lista de constataciones más o menos desoladoras, entre las cuales no es la menos irrelevante la certeza de que envejecer, al fin y al cabo, significa simplemente haber ido soslayando la muerte que a otros menos afortunados ha alcanzado antes. Debe uno dar las gracias por haber llegado hasta aquí. Y, supongo, por cada día nuevo que se sume a la cuenta.

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Es una suerte que esta casa hasta ahora haya permanecido inmune a las cucarachas, que, por lo que compruebo todos los días, infestan las calles adyacentes. Pero a lo largo de la última semana han entrado dos, creemos que por el balcón, empujadas quizá por las calores. Una la descubrí yo, la otra la gata. En ambos casos dimos buena cuenta de ellas. Y ahora nos miramos los dos con un gesto de complicidad, como diciéndonos: "Bichos a nosotros...". (17/9/18)

    

lunes, septiembre 16, 2019

PERCUSIONES

15/9/18

Oigo el percutir de la lluvia sobre el canalón y el plástico que cubre la pila de leña. Hay una pauta rítmica, si no del todo regular, si al menos ajustada a variaciones que no se alejan demasiado del esquema rítmico ideal que la mente del oyente trata de distinguir en la masa sonora, como hacemos ante ciertas interpretaciones de jazz especialmente intrincadas. Incluso hay veces en que los distintos tipos de sonido parecen repartirse los papeles, como hacen los instrumentos de una orquesta; y, así, los golpes en el canalón marcan el ritmo, mientras que los rápidos stacatti que se suceden sobre el plástico se asemejan a las variaciones que intentaría un solista a partir del ritmo básico... ¿Y qué hago yo, mientras tanto? Ya el exceso de atención que presto a la lluvia delata que el ánimo se resiste a dejarse llevar por otros derroteros. Quiero decir que escuchar la lluvia me sirve... para no dejarme arrastrar hacia la inmensa melancolía de la que el mero sonido de la lluvia parece ser la causa inmediata, sí, pero quizá no la razón profunda.


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Anda la clase política muy revuelta con el asunto de los fraudes que se están descubriendo en las trayectorias académicas de algunos de sus miembros, y que ya han forzado a algunos a dimitir, al constatarse que algunos de los títulos con los que adornaban sus currículos los habían obtenido por vía de favor. Hasta el propio presidente del gobierno podría, dicen, haber conseguido su doctorado mediante una tesis de la que primero se dijo que no existía, y luego que había sido plagiada... Otra cosa es que dicha tesis, que finalmente se ha hecho pública y parece que ha salido airosa del escrutinio del que ha sido objeto en busca de indicios de plagio, sea más bien mediocre, como seguramente lo son casi todas las que se hacen con el mero objeto de cubrir un trámite académico. 

El caso es que todos estos escándalos, a los que la opinión pública asiste con indisimulada complacencia, no hacen otra cosa que arrojar descrédito e irrisión sobre el mundo universitario en general y, en particular, sobre quienes se han esforzado en completar su formación con un doctorado o un máster. Es una curiosa virtud de la clase política española: todo lo que toca lo convierte en basura. Y pienso con cierta melancolía -esta vez, sí, con motivos fundados, y no solamente por escuchar llover- en la ilusión y el entusiasmo que puse, hace apenas cuatro años, en acabar y presentar mi propia tesis doctoral, que no obedecía a ninguna necesidad de completar mi currículum por exigencias laborales ni a otra ambición similar, sino simplemente al deseo de escribir un ensayo riguroso sobre un escritor, el norteamericano Edgar Allan Poe, que me había fascinado desde la adolescencia, y hacerlo sometiéndome voluntariamente a las normas de rigor y fundamentación que exige un trabajo académico reglado. Quienes se encargaron de juzgarla no sólo reconocieron esta exigencia de pulcritud, sino que también apreciaron ese prurito, digamos, literario del trabajo. La suerte quiso que una editorial universitaria la publicara, con algunas mínimas variaciones, pocos meses después... Y uno pensaba que los años de trabajo y lecturas que había detrás, los arduos meses de redacción y los nervios a la hora de pasar del trámite de su defensa ante un tribunal académico habían merecido la pena, pese a que, obviamente, de todo este esfuerzo no se había derivado la menor ganancia material ni ningún otro beneficio tangible. Eso sí, la reinmersión en el mundo romántico tuvo su influjo en mi propia poesía y me deparó, con el tiempo, el libro de poemas del que, a día de hoy, me siento más satisfecho, el recién publicado Arabesco, que sólo unos pocos lectores han sabido relacionar con la monografía sobre Poe que lo había precedido...

¿Cómo explicar esta clase de satisfacciones a quienes sólo se han asomado al mundo académico para urdir con falsedades un currículum hinchado del que servirse para impresionar a sus votantes o justificar la asunción de responsabilidades para las que quizá no están en absoluto preparados? ¿Cómo explicarlas a quienes, ante la evidencia, piensan que cualquier bagaje académico no es sino una acumulación de imposturas? De aquí a mañana a la sociedad española empezará a parecerle menos injusto que un doctor en esto o en aquello no encuentre trabajo y termine sirviendo copas en un bar. Y quizá de eso es de lo que se trata.


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Cuando deja de llover, las gotas que durante unos minutos siguen escurriéndose del canalón con como esos aplausos sin convicción con los que algunos espectadores entusiastas piden un bis cuando ya el artista ha recogido los bártulos y abandonado el escenario. 

jueves, septiembre 12, 2019

CASSAVETES




11/9/18

La compañera joven nos muestra con ufanía la cacharrería electrónica que lleva consigo y pondera la utilidad y eficacia de sus artilugios. Miro a mis otras compañeras, todas ellas más o menos de mi edad y, como yo, muy poco dispuestas ya a aprender trucos nuevos, como los gatos viejos. Y recuerdo la misma escena hace ¿diez años tan sólo?, cuando era yo quien, a mis cuarenta y tantos, acababa de llegar y pretendía sacudir con mis ideas la mentalidad asentada de mis compañeros al filo de la jubilación. ¿Ocupo yo ahora la posición que éstos ocupaban entonces? ¿Doy esa impresión de desinterés y rutina? Creo que no, no todavía al menos. Pero tendré que vigilarme.


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Leo una biografía que acaba de publicarse de la pensadora y reformista social española Concepción Arenal. Los españoles, desde luego, tenemos razones para el pesimismo. La lúcida obra de esta singular mujer cayó en saco roto: las razonables reformas que proponía han llegado, si acaso, de la mano de los tiempos y de la necesidad de homologarnos en algunas cuestiones a otros países europeos, pero nunca porque una voz esclarecedora alcanzara a hacerse oír en un entorno de sordos contumaces. Para colmo, ni siquiera ha pasado a formar parte del venerable panteón progresista al que pertenecen, por ejemplo, Giner de los Ríos y otros pensadores contemporáneos: su estricto apoliticismo, sus hondas convicciones cristianas (no exentas de sonoras discrepancias con la Iglesia oficial y algunos de sus dogmas) y su personalidad austera y puritana, ajena a toda veleidad de las que a la larga aseguran un buen pasar ante la posteridad, le han vetado ese lugar prominente, sin asegurarle otro similar en el lado contrario, donde, por otra parte, más bien la detestaban. Le habría ido mucho mejor, qué duda cabe, alineándose con unos o con otros. Pero eso le habría impedido ser quien fue: un anticipo nativo de esas otra mujeres lúcidas que, como Hannah Arendt, han sabido interpelar a sus contemporáneos desde su propia experiencia de la compasión ante los horrores circundantes. Además, por los textos que se citan de ella, no parece mala escritora, todo lo contrario, a pesar de que su biógrafa, en fin, en ese y otros aspectos le perdona un poco la vida...


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Y este chotis cinéfilo que se me ha metido en la cabeza: "La chica del 17 / se ha vuelto loca por Cassavetes,,,".

martes, septiembre 10, 2019

OTRO ANIVERSARIO


9/9/2018


Diez años de crisis, nos recuerda hoy la prensa, conmemorando el aniversario de la sonada quiebra con la que dio comienzo la lamentable situación económica que venimos padeciendo desde entonces. En su día, cuando los síntomas eran ya indudables y empezaba a preverse lo que estaba por venir, redacté un artículo sobre el asunto -uno de los efectos que tuvo para mí la tal crisis, por cierto, fue la pérdida, un poco después, de mi colaboración retribuida en la prensa local-, en el que un tanto a la ligera, pero creo que con cierta razón, decía que las crisis empezaban cuando a todo el mundo le daba por decir que estábamos en crisis, y eventualmente terminaban cuando sucedía lo contrario... En este caso, entiendo que eso no ha ocurrido todavía. Lo que sí se ha producido, y algunos lo confunden con síntomas de recuperación, es que la gente se va cansando de los comportamientos asociados a la escasez de recursos: el que se llevó años sin comprar una escoba, ahora hace tímidos intentos de reponer algunas de las cosas que ha echado en falta a lo largo de estos últimos diez años. A eso lo llaman los economistas "recuperación del consumo interno". Etcétera. Lo que está claro que no va a revertir son los recortes sociales que los poderes fácticos han forzado al estado a efectuar. Desaparecida, con la caída del Muro de Berlín, la amenaza que suponía que las clases obreras de Occidente pusieran sus esperanzas en el advenimiento de una sociedad comunista, el llamado "estado de bienestar" ha dejado de ser necesario como paliativo de las desigualdades, que no han hecho otra cosa que aumentar desde entonces. ¿Volveremos alguna vez a la desahogada confianza en el futuro que la gente manifestaba a comienzos de la década de los 70, por ejemplo? No parece probable y esa evidencia induce al pesimismo. El futuro parece ahora más negro de lo que nos parecía, pongo por caso, en aquel bendito 2008, cuando los periódicos comentaban que un ignoto banco comercial americano llamado Lehman Brothers estaba al borde de la quiebra.


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Cerveza vespertina con amigos en una plaza de Ubrique en la que, a pesar de los años que llevo frecuentando esa benemérita población, no había estado nunca... Constatación que me llena de felicidad, como ocurre cada vez que descubro que, en medio de la rutina más acendrada, había un detalle o dos en los que no había reparado antes y que aportan a lo ya conocido un inesperado y refrescante aire de novedad.


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Al día siguiente, jornada completa de trabajo manual, enmarcando acuarelas. Quién me iba a decir a mí que, a mis cincuenta y cinco años, iba a aprender a usar con razonable soltura las herramientas del carpintero. Miro el resultado y no me parece malo. Y pienso, como me sucede siempre en estos casos, en la clarísima afinidad que existe entre la satisfacción que depara el trabajo manual que produce objetos concretos y la actividad intelectual que conduce, por ejemplo, a la escritura de un poema.

jueves, septiembre 05, 2019

SEPTIEMBRE


4/9/18

Definitivamente la playa en septiembre, y sobre todo a última hora de la tarde, es para las parejas. Se han ido los turistas, esa plaga contemporánea, y el espacio que media ahora entre sombrilla y sombrilla ha crecido exponencialmente, de modo que a todos se nos ve como empequeñecidos por la distancia y un tanto borrosos, como diluidos en la calima. A nuestra izquierda y nuestra derecha, sendas parejas se magrean ferozmente y simulan, o tal vez efectúan, diversos acoplamientos: con la distancia, no se aprecia si han desplazado, ellas, el mínimo cordón en que consisten sus tangas, o si ellos han hecho lo propio con los elásticos de sus bañadores. Más bien parece todo una coreografía, ajustada a una música que es posible que esté sonando -nosotros ahora no la oímos, pero nos pareció oírla cuando pasamos cerca de una de las dos parejas al volver de nuestro paseo por la orilla- en sus teléfonos móviles. Y uno, que ha sido cocinero antes que fraile, sabe ya que aquí lo de menos es la consumación, y que los cuerpos acumulan deseo como las baterías electricidad, a la espera de una descarga que, si demorada, será incluso más placentera. Lo de ahora es sólo calentamiento. Mi mujer y yo nos miramos. Y si... 


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Primera jornada de trabajo después de las vacaciones. El dilema es ahora si besar o no a las compañeras, según el grado de confianza, si acercarse o no a estrechar la mano de tal o cual compañero. Aquí entra en juego la timidez o la soltura de cada cual, y también lo que haya quedado, después del intervalo vacacional, del prurito de marcar distancias que cada cual haya querido establecer con el prójimo cotidiano. Pero, en general, diría uno que la alegría de volver a vernos es sincera; como lo es el asombro de que gran parte de la vida de uno transcurra en compañía de extraños con quienes, amabilidades aparte, casi nunca nos permitimos traspasar ciertos límites de intimidad. Y he ahí el misterio: ese desconocimiento mutuo entre personas que pasan juntos entre ellos más tiempo que el que dedican a algunas de sus personas queridas. 

martes, septiembre 03, 2019

EL BUEN LECTOR



2/9/2018


No hay que confundir al buen lector -discúlpeseme lo afectado de la denominación- con el simple curioso de novedades editoriales o quien simplemente tiene la pretensión de estar al día al respecto; mucho menos, con quien encuentra en la lectura un modo de ocupar la mente tan efectivo como juguetear con el teléfono móvil o resolver sudokus. Tampoco, por supuesto, con quien acude a los libros con un mero afán de acumulación erudita. En el buen lector se aúnan, quiero creer, alguno de esos factores adventicios con la certeza de que todos los libros que es capaz de apreciar aciertan a decir algo que él mismo quisiera haber llegado a formularse de algún modo; y que, por tanto, leer es algo así como prestar el cauce del propio pensamiento al discurso de otros, que circula por la mente del lector como un chorro de agua limpia y a la presión adecuada lo haría por un conducto hasta entonces quizá embotado o un tanto reseco por falta de caudal adecuado. Una lectura acertada produce siempre ese efecto tonificante. Pero hay también en el lector, más allá de esta satisfacción por impregnación, una especie de conciencia alerta que le advierte, no sólo del caudal de pensamiento, información, narración, emoción, etcétera que le proporciona la lectura, sino de sus valores estrictamente formales, que percibe y aprecia. Un buen lector percibe siempre si un texto está o no bien escrito, aunque sea una simple nota informativa, y también si, más allá de la mera corrección, el estilo transmite algo añadido a lo que denotan las palabras. Y de todo esto, por supuesto, se deriva un placer, que a veces exige un previo esfuerzo de aclimatación a la temperatura estética y expresiva del texto, pero que, en cualquier caso, resulta siempre remunerador. Una buena lectura no puede ser percibida como un mero pasatiempo o un esfuerzo fútil, aunque quizá no del todo insatisfactorio. Siempre es algo más. O menos, porque puede que haya quien entienda la situación descrita como un estadio inferior a la mera capacidad de beneficiarse de algún modo del contenido de un escrito. Allá cada cual con sus exigencias. Pero valga lo antedicho, quizá, para explicarme a mí mismo por qué a veces me siento tan incómodo entre personas que se dirigen a mí en calidad de lectores de esto a aquello y que se sorprenden, bien de que yo no haya leído lo que ellos, bien de que no muestre la menor disposición a hacerlo. ¿Qué demonios lee usted entonces?, parecen quedarse con ganas de preguntar. Si lo hicieran, no sabría tampoco qué decirles. Esto y aquello, también. Pero, en todo caso, un "esto y aquello" que no vale como visado de entrada en una comunidad establecida en la que todos comparten su aprecio por cosas parecidas. Leer, lo debería haber dicho antes, aísla, porque es muy difícil, por no decir imposible, que dos personas hayan seguido la misma trayectoria lectora cuando ésta se basa en una serie de impredecibles ecos, afinidades y concordancias que te llevan de un libro a otro con absoluta independencia de que esos libros sean los que la mayoría lee en un momento dado. Una trayectoria lectora personal es siempre casual y azarosa y rara vez se sabe a dónde te va a llevar. Por eso hay que desconfiar también de quien asegura haber leído "todo" lo concerniente a esto o aquello, porque eso seguramente implica que no ha atendido a ninguna de las llamadas al desvío del camino prefijado. Etcétera. 

viernes, agosto 30, 2019

PLENITUD


29/8/18

En este restaurante sirven el arroz en una teja... Y siempre habíamos dado por buena esta exótica presentwación, hasta hoy mismo, cuando hemos venido con unos amigos "versados en las cosas del campo", como reza el poema de Frost, y que, al ver el plato, han comentado jocosamente que sus gallinas también suelen comer las sobras del almuerzo -muchas veces, arroz- en un trozo de canalón muy similar en forma y tamaño a la teja que nos han puesto sobre la mesa...  Y no sabría decir qué me ha alimentado más, si el arroz propiamente dicho o las risas -nada malintencionadas, por supuesto- que nos hemos permitido a costa de su inusual soporte. Y caigo en la cuenta de que algo parecido me ha ocurrido alguna vez con algún dignísimo poema: después de haber oído o leído su parodia, no ha vuelto a parecerme el mismo. 


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Empieza la tarde mal: embotamiento, calor, indigestión, desánimo. A lo que sigue, después de un instante de descompresión, la siguiente secuencia de acontecimientos, que la enmiendan: un rato de sensualidad compartida, una ligera pero reparadora merienda, la lectura reposada de un buen relato, un paseo vespertino... El ocio, en fin, en toda su plenitud. Que es, por otra parte, poco menos que una disciplina: un modo placentero de vivir en armonía con las necesidades del cuerpo y atento a llenar las del espíritu. Etcétera.


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Poca o ninguna atención a los periódicos o a las llamadas "redes sociales": en unos, la cansina gesticulación pública de los de siempre; en las otras, lo mismo, sólo que a escala más reducida y generalmente entre conocidos. Paso sobre unos y otras como de puntillas, en unos someros minutos que me reafirman en la necesidad de ajustarme a mi programa vital de estos días: soledad de dos, ocio provechoso, silencio pautado de esos ruidos elementales -un trino, un balido, un soplo de aire- que no hacen otra cosa que realzarlo.


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En el olor a tierra mojada después del primer chaparrón de finales de agosto el verano ensaya su despedida, que es también su momento de plenitud. 

martes, agosto 27, 2019

HIPÉRBOLES



En la final de un concurso de cante flamenco al que acudimos por sugerencia de L., que es reputado flamencólogo y miembro del jurado. Hace una noche deliciosa, que sería una lástima desperdiciar de otro modo que pasándola al fresco en buena compañía. Y parece que todo el pueblo lo ha entendido así: las terrazas están atestadas, casi más que la propia plaza en la que se celebra el certamen. Que, no obstante, es seguido con respetuosa atención por un público que parece entendido; mucho más, en cualquier caso, que nosotros. Los participantes, como es natural, interpretan un repertorio que les permita lucir sus dotes vocales y por eso eligen piezas y "palos" complicados. Sólo el cantaor invitado, a quien han encomendado el fin de fiesta, puede permitirse alternar las piezas de lucimiento con cantes festivos (o "festeros") que nos alegren un poco la noche. 

Es un muchacho de Cádiz -no pongo aquí el nombre porque no quiero que, cuando este apunte esté publicado en internet, pueda aparecer en alguna búsqueda y ser tomado por lo que no es: una reseña seria de la actuación- y se da la circunstancia de que fue alumno mío a principios de los 90, en un instituto del barrio de la Viña. Ya entonces hacía sus pinitos y demostraba una vocación poco menos que inamovible; lo que no le impedía tomarse en serio sus estudios de bachillerato, que creo recordar que terminó. Anoche, oyéndole bromear con sus palmeros y llamarlos dream team, me permití pensar que su inglés -ignoro qué nivel habrá alcanzado desde que yo le di clases- puede que conserve alguna reminiscencia del que aprendió conmigo. ¿Lo habrá utilizado en los conciertos que da aquí y allá? ¿Me reconocería si me acercara a saludarlo? La timidez me impide hacerlo. Pero he disfrutado enormemente con su actuación, en la que ha alternado sabiamente los cantes difíciles con los otros, pero a la que ha querido dar ante todo un aire refrescante y bienhumorado, el que rebosan los "cantes de Cai" que él ha aprendido de sus maestros -Chano Lobato, el Niño del Mentidero- y que interpreta con una frescura y un humor altamente contagiosos. 

Su porte no ha cambiado demasiado desde cuando yo lo traté: sigue siendo flaco y un tanto desgarbado; si acaso, ahora suaviza los rasgos prominentes de su cara con una barbita fina, antigua, como las que gastaban Douglas Fairbanks y Errol Flynn. Le sienta bien el traje negro, de cantaor, que luce. "Hace calor -bromea-, pero no me quito la chaqueta así me maten. Tampoco lo hice el día de mi boda y por la noche mi mujer tuvo que despegármela como los papeles de las magdalenas...". Se le dan bien esas exageraciones cómicas y ocurrentes, características del humor popular gaditano, y que el reproduce con el acento que hace al caso: sus eses son fricativas, como la sh inglesa, yo diría que exageradas a posta, como para redondear el personaje que quiere interpretar en escena; aunque no cabe dudar de su naturalidad y más bien podría atribuírsele lo que don Vicente Lázaro Carreter conceptuaba la marca distintiva del buen hablar: adaptarse con naturalidad al registro que exige cada ocasión. También sus movimientos y gestos responden al mismo patrón de expresividad: canta con todo el cuerpo, por así decirlo, y al final de cada cante parece como si un resorte lo llevara a saltar de la silla y rematar la actuación con unos pasos de baile, casi siempre acompañados de un gracioso desplante. En las bulerías, que es el palo que mejor se presta a estas exhibiciones, renuncia incluso a sentarse o a ocupar una de sus manos con un micrófono: el público, que es más bien ruidoso, se ve obligado a imponerse un respetuoso silencio para poder seguirlo.

Ha sido una actuación memorable, a la que hemos asistido después de una pantagruélica cena en una terraza cercana, en la que no nos advirtieron que cada uno de los tres platos que habíamos pedido eran el triple de grandes de lo habitual, como si también en lo gastronómico se rigieran aquí por un peculiar sentido del humor dado a sorprender al extraño con inesperadas hipérboles... Se ve que hoy el día venía inclinado a la profusión y al exceso. Tampoco nos han venido mal. (26/8/18)

viernes, agosto 23, 2019

SAGA/FUGA

Termino de leer La saga/fuga de J.B. de Gonzalo Torrente Ballester. Casi 700 páginas de apretada prosa... sin puntos y aparte, que dejan al lector entre agotado y confuso, cuando no sinceramente escéptico respecto a la efectividad de éste y otros alardes, al parecer destinados -en eso coincide la práctica totalidad de la crítica- a poner en solfa las presuntas innovaciones de las que hacían gala las novelas de éxito de entonces, y muy particularmente las del llamado "boom" de la novelística hispanoamericana.

Pero la verdad es que la imaginación de Torrente, pese a la incorporación a su novela de algún que otro portento telúrico, tiene poco que ver con la de García Márquez, por ejemplo, y ello pese a los muchos paralelismos y coincidencias que sus lectores de entonces quisieron encontrar entre La saga/fuga... y Cien años de soledad. El modelo, en caso de haberlo, es más fácil situarlo en ciertas manifestaciones de la novela inglesa reciente: por ejemplo, Orlando de Virginia Woolf, por el recurso argumental a una especie de bienhumorada puesta al día de la teoría de la metempsicosis, que es lo que explica que los sucesivos personajes que responden a las iniciales J.B., desde el presunto narrador más identificable, José Bastida, hasta toda una serie de personajes que se remontan a las guerras napoleónicas -como un tal almirante Ballantyine, por ejemplo, de origen irlandés, que lucha a favor del bando hispano-francés- tengan biografías paralelas y estén sometidos a ciertas recurrentes determinaciones del destino. Pesa algo también sobre la novela la convicción joyceana de que los mitos son meras proyecciones arquetípicas de las realidades humanas más elementales, como pone de manifiesto que los sucesivos JB, siempre un tanto rebeldes y anticonvencionales, se vean siempre implicados en una especie de enfrentamiento ritual con un representante recurrente de la reacción, encarnado en un sacerdote cuyo nombre invariablemente empieza por A (Acisclo, Amerio, etcétera), y que en el trasfondo de esa lucha comparezca siempre una mujer que para los primeros es objeto de deseo y para los otros anatema... Algún lector de estas notas se estará preguntando si todo esto no es demasiado simple; y mi primer impulso sería responder que sí, que Torrente se dota de tan poderosas alas imaginativas para, a la postre, acabar enfangado en los predios más frecuentados por la novela española de siempre: el "tema de España", el enfrentamiento entre progreso y tradición y entre libertad y represión, etcétera. Pero limitarse a formular esa acusación sería olvidar que la novela está admirablemente construida y, en buena parte de su larga andadura, es capaz de crear en el lector la necesaria suspensión de la incredulidad y de interesarlo en el enrevesado destino de su personaje múltiple -los sucesivos JB- y sus necesarios coadyuvantes, para acabar simpatizando con quien, a la postre, se revela como el principal y puede que único verdadero protagonista, el desmedrado José Bastida, represaliado político tras la guerra civil, deforme y feo, y también pobre de solemnidad, que dedica sus ocios a la vana erudición -de él proceden los datos "históricos" que vamos conociendo de los sucdesivos JB- y a la escritura, tanto de poesía -para la que emplea un lenguaje propio, de su invención- como, sospechamos, de la propia novela que estamos leyendo. 

Una interpretación plausible de la misma es la que considera que todo lo que cuentan estas 700 páginas no es sino lo que comparece en la imaginación de Bastida mientras espera consumar un deseado y aplazado encuentro sexual con la mujer que, en su caso, representa el objeto de deseo al que sucumben sucesivamente todos los JB. Es sabido que el lector encuentra satisfacción en el logro de poder reducir a estructuras comprensibles lo que el autor le presenta en toda la endiablada complejidad de la que ha sido capaz. La lectura de La saga/fuga... sugiere más de una gratificación de este tipo, y, en ese sentido, remunera con generosidad el esfuerzo del lector, que lo mismo queda atrapado por determinadas derivas melodramáticas del argumento que por la apelación del autor a su complicidad a la hora de no tomarse demasiado en serio nada de lo que se está contando. Pero también es cierto, en fin, que el lector puede acabar cansado de estas confianzas y se pregunte por qué un novelista tan competente no termina de entregarse a su historia sin más, sin interponer tantos falsos biombos y espejos entre su imaginación y la plasmación de lo imaginado. Sin renunciar a la parodia y a la ironía, por ejemplo, Joyce sí logró convencer a sus sucesivas generaciones de lectores que el monumental esfuerzo que suponía Ulises era algo más que una burla; y, en cambio, fracasó en transmitir lo propio a propósito de Finnegans Wake. Torrente se queda a medio camino -no en dificultad, desde luego: su novela tiene una andadura mucho más tradicional que las dos de Joyce-; lo que pone al lector en la tesitura de preguntarse hacia qué vertiente desea decantar su juicio: hacia la aceptación de un complejo argumento con implicaciones sociales e históricas que invitan a la reflexión, o a la asunción de una monumental broma. Yo ahora mismo me declaro incapaz de inclinarme hacia una u otra opción. (22/8/18)

jueves, agosto 22, 2019

BASURA


Ayer, mientras tiraba mi basura, un señor se acerca al contenedor y deja en el suelo un enorme cuadro enmarcado y acristalado. Es una lámina mediocre: una foto de una ola rompiendo en la orilla; pero se ve que quien la tomó se sintió en su día muy orgulloso de ella y la hizo enmarcar: el cuadro todavía luce, en su reverso, el sello de la marquetería en la que se hizo el trabajo; que no debió de ser barato, a juzgar por las dimensiones y la calidad de los materiales empleados. 

Disimuladamente, espero que el hombre se aleje y me apropio del cuadro, del que aprovecharé el marco y el cristal para alguna acuarela, aunque hasta ahora nunca había pintado ninguna de ese tamaño: quizá un panorama apaisado. ¿Y qué haré luego con el armatoste resultante? Seguramente traerlo algún día al contenedor, como el hombre que tomó la foto en recuerdo de algún momento de felicidad y al cabo de los años no ha podido soportar ni un día más el aburrimiento que su contemplación le causaba.


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Soy un hombre desconcertado que aparenta equilibrio y sensatez; o un sensato que se asoma con cierta indisimulada fascinación al límite donde empieza el desconcierto.


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El cuento de Blancanieves puso una gota de veneno en todas las manzanas rojas que desde entonces nos han ofrecido. (21/8/18)

miércoles, agosto 21, 2019

JATO EL LOCO

En un sueño, estoy recorriendo una especie de mercadillo de libros de segunda mano y otros objetos de ocasión. Está ubicado, como la Feria del Libro de Cádiz, en las casamatas de uno de los baluartes que defienden el contorno marítimo de la ciudad. Me acompañan varios conocidos, entre ellos el editor con quien más libros he publicado. Comenta éste, como hombre conocedor del género, las manías de compradores y vendedores. Yo, mientras tanto, he ido acopiando libros, a los que cuidadosamente quito el polvo con una bayeta: entre ellos, un destartalado ejemplar de una novela de Patricia Highsmith. Al llegar ante un puesto que exhibe figuras de soldaditos -ignoro de qué material, aunque a mí me parecen de plástico- y material impreso -recortes de prensa, folletos, algún que otro libro, etcétera- relacionado con la cultura japonesa, nos vemos obligados a detenernos. El espacio para pasar es reducido y lo bloquean unos curiosos que nos han precedido todo el tiempo y a quienes mi editor ubica enseguida en la categoría de compradores maniáticos a la que nos veníamos refiriendo. Cuando se marchan, nos acercamos a curiosear la mercancía. Y me llama la atención un recorte de periódico, en español, en el que se habla de un libro japonés publicado en México, al parecer una traducción de una versión infantil nipona de nuestro Quijote, que aquí se llama Jato el Loco y es un campesino rico a quien le ha dado la ventolera de hacerse samurái errante, como los que protagonizan Yojimbo y otras películas de Kurosawa. 

La referencia soñada es tan precisa que, cuando me levanto, lo primero que hago es comprobar si es verdadera. No lo es, claro, aunque en la búsqueda aparecen un sinfín de personas que usan ese apelativo u otros muy parecidos en las redes sociales, aunque estoy seguro de que nunca había oído hablar de ellos. En fin: el caso es que, aunque en sueños, he tenido esa rareza bibliográfica en las manos y ahora me parece que, si no existe, debería existir. Caigo también en la cuenta de que anoche, para distraer la falta de sueño, me distraje viendo una de las muchas películas japonesas que se han hecho sobre Gamera, una especie de tortuga radioactiva gigante que ha asumido el papel de defender el Japón de los ataques de otros monstruos: en ésta en concreto, de uno que se llama Legión, por su capacidad de convertirse en un enjambre de crudelísimos insectos que amenazan con destruir el mundo... La referencia ("Mi nombre es Legión") es bíblica y alude al enjambre de diablos que atormenta a un endemoniado a quien cura el mismísimo Jesucristo; pero la denominación bien podría haber servido para alguno de los enemigos a los que se enfrenta el Ingenioso Hidalgo... Aquí lo dejo. La escena soñada ha sido tan vívida que bien puedo anotarla como una experiencia real. (20/8/18)

lunes, agosto 19, 2019

LA MUJER DEL MINISTRO


18/8/2018

Me cuenta un amigo que, después de recibir un aviso de correos de que le había llegado un libro mío, al día siguiente, cuando va a recogerlo, le anuncian que el paquete se ha perdido y que no saben darle razón de su paradero. Como el envío era ordinario, y no certificado, no hay posibilidad de reclamar, a pesar de que hay constancia documental de que el paquete ha estado en manos de correos y es esa institución la responsable de su extravío. La impunidad es absoluta, por lo que parece. ¿Qué impediría a un trabajador de ese imprescindible servicio público apropiarse de cualquier envío que le pareciera valioso? Naturalmente, no pongo en duda la honradez de los funcionarios del ramo, pero está claro que el descontrol, la inseguridad y la impunidad en caso de error abren la puerta al desafuero. Y el caso es que del libro que le enviaba a este amigo n me quedan ya más ejemplares, con lo que el error, o lo que sea, es, en este caso, irreparable.


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En el mercadillo. Un juego de seis copas labradas, absolutamente flamantes, por cuatro euros. ¿Robadas? No lo creo. Más bien parece un resto de un ajuar doméstico sin estrenar, procedente del desmantelamiento de una casa -he vivido algún caso similar recientemente-, o quizá de la liquidación de un comercio. Por hacer conversación, le pregunto a la chica que atiende el puesto cómo puede uno llevarse las seis copas sin que se rompan. Pero la chica es apañada: tiene a su disposición una pila de folletos publicitarios, de ésos que dejan en las porterías y nadie recoge, y los usa para envolver cuidadosamente las copas, una a una. Antes de que pueda pensármelo, ha puesto ya manos a la obra. Y heme aquí con las seis copas, ya en casa: al fin y al cabo, no tenía ningún juego completo y se me había dado el caso de tener alguna vez media docena de invitados y de tener que servirles el vino a algunos de ellos en copas desparejadas. De modo que iba yo al mercadillo en busca de algún libro y el resultado ha sido esta inesperada mejora de mi ajuar doméstico.


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Antes de dormir, nos distraemos viendo La mujer del ministro (1981), una de esas películas sensacionalistas que hicieron la fama del cineasta Eloy de la Iglesia, allá en los años 80. La película es disparatada, especialmente en su estrambótico desenlace, pero tiene algunas virtudes que merece la pena considerar: primero, su acertado diagnóstico de la situación política contemporánea, en unos años en los que el gobierno formalmente democrático aún no controlaba, o no quería controlar, lo que ya entonces empezaban a llamarse las "cloacas del estado", el conglomerado de servicios secretos y cuerpos parapoliciales que hacía el trabajo sucio en la lucha contra el terrorismo y, en determinados casos, era sospechoso de haberse infiltrado en las organizaciones que decía combatir y manejarlas según conviniera a la situación: segundo, en su vaticinio casi literal del intento de golpe de estado militar que tendría lugar al año siguiente -aunque las especulaciones al respecto eran ya la comidilla en muchos cenáculos y en no pocos medios de comunicación-; y, tercero, en su valentía al plantear un argumento que tan a las claras aludía a la situación política contemporánea, incluidos algunos personajes perfectamente reconocibles, como el ministro del interior o el propio presidente del gobierno. Hoy sería inimaginable una película que aludiera tan a las claras a los políticos del día implicados en casos de corrupción, por ejemplo. Con lo que, miren por dónde, esta paupérrima película de hace casi cuarenta años, que explotaba incluso la baza de ofrecer abundantes escenas eróticas y la presencia de la entonces famosa starlette del ramo Amparo Muñoz, supone todavía un ejemplo del que podrían aprender algo los muy timoratos cineastas de hoy. 

viernes, agosto 16, 2019

INDIGENTE




15/8/18

Placeres de verano: anteanoche, El puente (Die Brücke, 1959), la brutal película antibélica de Bernhardt Wicki; anoche, la deliciosa Campanadas a medianoche (Chimes at Midnight, 1965) de Orson Welles. Y no es que uno atesore una espectacular filmoteca de obras maestras para distraer las largas sobremesas nocturnas de esta época del año; sino que, en la voluntaria precariedad tecnológica en la que vivo, he descubierto que un cable que dejó olvidado en casa un técnico que vino a revisar la instalación de internet sirve para conectar un ordenador portátil a un televisor de segunda mano que hemos heredado y llevado a la casa de la sierra, lo que nos ha permitido ver en formato aceptable estas dos maravillas que algún alma caritativa y no demasiado respetuosa de los derechos de autor ha "subido" a YouTube, donde nadie se ha molestado en poner impedimentos a su libre difusión. ¿Quizá porque, como suele ocurrir con los poemas que la gente copia y difunde sin permiso aquí y allá, nadie considera en serio que estas obras maestras tengan un valor traducible en ingresos económicos? El caso es que un porcentaje abrumador de las creaciones artísticas a las que dedico mi ocio -libros hallados en mercadillos, música encontrada en repositorios de internet, películas- me llegan como... sobrantes que nadie se ocupa en tasar, en una sociedad en la que sólo lo reciente tiene valor. Lo otro es, literalmente, desecho: lo antiguo, lo ya visto, lo que no merece la pena ver porque va a ser difícil encontrar a alguien con quien comentarlo... Lo que lo convierte a uno, en cuanto que consumidor de estas cosas, en uno de esos indigentes de las grandes ciudades que encuentran todo lo que necesitan en la basura.


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En casa de J.D., otro amigo pintor a quien tengo como vecino. He venido a ver sus acuarelas: perfectas, como lo es su pintura de gran formato. Y hemos hablado mucho de materiales y de dónde conseguirlos. Es casi uno de los mayores placeres aparejados a la afición a pintar; constatar la variedad de papeles disponibles, las cualidades de cada uno de ellos, la utilidad de cada tipo de pincel y las propiedades aparejadas al tipo de cerda del que están hechos, la jerarquía de las marcas de pinturas, desde las que satisfacen las necesidades del aprendiz hasta las que son demandadas por los más exquisitos... Tomo notas, como un escolar aplicado... ¿Merecerá la pena dedicar tiempo y esfuerzo, a mis años, a un oficio del que, a lo sumo, sólo alcanzaré a tener un dominio mediano? Pienso, más bien, que se trata de una complicada maniobra de distracción, o de huida, no quiero decir de qué. 

martes, agosto 13, 2019

DESNATURALIZAR

12/8/18

Distraigo los ratos muertos en hacer pequeños esbozos al acuarela en un cuadernito en octavo que me traje de Irlanda. No me ocupan, cada uno de ellos, más de unos minutos y entiendo que no tienen demasiado valor siquiera como ejercicio. Demasiada facilidad, tal vez, realzada por el tamaño exiguo. Es el equivalente, en pintura, a escribir haikus, o aforismos o microrrelatos: los puede haber magníficos, por supuesto, pero pocos quedan por encima de la sospecha de que son meras ocurrencias que se benefician del realce que les proporciona un formato universalmente aceptado y reconocible.

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Hay algo perverso en que un gato, como es el caso de nuestra K., prefiera el pescado frito al crudo: una de esas insidiosas interferencias que la actividad humana introduce en la naturaleza para... desnaturalizarla, como ya nos ocurre a nosotros cuando constatamos (y no es mi caso) que un desnudo suele gustar más si viene envuelto en lencería.

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Sólo a estas alturas del verano he empezado a dormir a pierna suelta hasta las diez y media o las once de la mañana; es decir, que he tardado casi un mes y medio en vencer el hábito de levantarme temprano. Y me quedan apenas quince días para gozar de esa desintoxicación tan trabajosamente alcanzada. Luego volverá lo otro: quiero decir, ese otro modo de conducirme impuesto por las circunstancias y que, a pesar de ocupar cinco sextas partes de mi vida, sigo percibiendo, a estas alturas, como algo que violenta mis instintos y mis querencias naturales. 

Anoto aquí la idea, para incluirla quizá en mi discurso de jubilación, que ya no queda tan lejos. 

domingo, agosto 11, 2019

PIEZAS EXENTAS




10/8/18

Un tanto a regañadientes, veo la reemisión del programa de televisión en el que intervine el otro día. Lo paso mal, porque una de las cosas que más me desagradan en esta vida es verme y oírme en una grabación. A todos nos extraña nuestra voz cuando la oímos grabada, porque estamos acostumbrados a su resonancia desde dentro, por así decirlo, y, despojada de ese efecto favorecedor, suena siempre un poco hueca, sin relieve, como la de un adolescente que todavía no ha terminado de dar carácter a la suya. 

Ocurre, además, que mis interlocutores apenas me dejan meter baza, con lo que mis intervenciones no terminan de ser parte del diálogo, sino algo así como piezas exentas, que voy encajando en el coloquio cuando consigo que la presentadora me de voz, cosa que sólo ocurre en cuatro ocasiones,; en la primera, diserto sobre la rareza de que un paseo junto al mar se llame "alameda"; en la segunda, menciono las conexiones literarias del lugar; en la tercera, y como apostilla a un comentario anterior sobre el carácter eminentemente burgués de esa zona de la ciudad, hablo de la época, en mi adolescencia, en que los jardines estaban desatendidos y mal iluminados y eran refugio de amantes de la furtividad y algún que otro maleante; en la cuarta, en fin, menciono una pieza musical del pianista Chano Domínguez en sus orígenes como teclista de una banda de rock... No consigo encajar, en cambio, un comentario sobre el marqués de Comillas, cuyo impresionante monumento al comienzo del paseo nadie ha puesto en cuestión, a pesar de que la prensa ha aireado últimamente su pasado de negrero... Elegantemente, la presentadora imprime un quiebro a la conversación para evitar esa deriva peligrosa... 

"Tú siempre haciendo amigos", me espeta M.A., que me acompaña en este duro trance de asistir a mi penoso papel como contertulio televisivo.

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Por curiosidad, veo lo que sigue a nuestra intervención en el programa de marras. Un diseñador local presenta algunos de sus trajes, y para ello viene acompañado de un grupo de bellísimas modelos, las que ayer anoté que me parecían bailarinas y que nos acompañaron en nuestra espera entre bambalinas. El diseñador en cuestión se parece físicamente a Woody Allen, y uno no puede evitar pensar en la felicidad que habría sentido el atribulado personaje que este cineasta suele representar al sentirse acompañado por ese elenco de bellezas. La presentadora, en cambio, se muestra un tanto displicente. "Niña", le espeta a una, "la elegancia no está reñida con la sonrisa". A otra, que luce un vestido generosamente escotado, le dice que por poco deja ver lo que no debería verse... Y así. Y se me ocurre que ésa es la verdadera naturaleza del medio: tratar como carne de cañón a todo lo que a él se asoma, desde la certeza de que es materia de interés efímero y lo que se haga con ella no importa a nadie ni dejará huella en nadie. Lo mismo podría decirse, ay, de nuestras intervenciones en el espacio anterior.

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Me he pasado media hora buscando un bañador... que yo mismo tiré a la basura, por gastado y descolorido, hace varias semanas. He removido cajones y armarios, naturalmente en vano. Finalmente, cuando me doy por vencido, caigo en la cuenta de lo ocurrido. Y pienso que no es la primera vez que me ocurre y que el desconcierto que me invade cuando constato una de estas presuntas pérdidas inexplicables sólo se iguala a la vergüenza que me embarga cuando comprendo que he sido yo quien hizo desaparecer el objeto en cuestión en una ocasión anterior. Extráigase de esto las conclusiones que se consideren pertinentes. 

sábado, agosto 10, 2019

SOÑAR



9/8/18

El duermevela matinal me trae un verso de Machado ligeramente retocado: "Quien sueña sólo espera hablar a Dios un día" (el original dice: "Quien habla..."). No se me ocurre por qué ese ha sido mi primer pensamiento de la mañana. Quizá porque, en mi aprensión de no dormir lo suficiente, soñar se ha convertido para mí en una vía mística casi de imposible acceso. Hablar con Dios estaría bien, qué duda cabe. Pero soñar estaría incluso mejor.


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Que nadie vea en mí nunca lo que vi en este hombre que, con el coche parado a mitad del paso de peatones, que en ese momento estaba en rojo para él, justo cuando yo me disponía a cruzar arranca, a la vez que suelta un exabrupto dirigido contra el propio semáforo, en cuya parentela se cisca... Es un hombre gordo, feo, con aspecto ofuscado y trazas de que sus reacciones pueden ser incluso más violentas que lo que ha manifestado ya. Y el caso es que, cuando llego a la siguiente calle, ésta sin paso de peatones, el mismo hombre, que ha dado la vuelta a la manzana, ha dejado el coche allí, en medio de la calzada, con la puerta abierta y la radio encendida, y se ha bajado y entrado en una mutua de seguros. Los conductores a los que ha cortado el paso están indignados y tocan el claxon. Yo me he quedado a ver, porque tengo curiosidad por ver qué me depara el breve intervalo de mi vida en el que me ha sido dado cruzarme con semejante energúmeno. Que, al cabo de unos minutos, sale de la oficina, se dirige al coche que corta el tráfico y, sin dedicar a quienes esperan más que un gesto de furioso desdén, arranca y se pierde a toda velocidad tras la siguiente esquina. 


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En el infierno todo serán vecinos con la radio encendida a todo volumen. 

viernes, agosto 09, 2019

MONSTRUOS




8/8/18

En los estudios de televisión desde los que se va a emitir el coloquio al que me refería ayer. Trasiego entre bambalinas; mientras esperamos a que nos llamen, después de que la maquilladora nos haya empolvado someramente la cara para quitarnos los brillos de la piel, un empleado -¿quizá debería decir "ayudante de producción"?- descarga en la misma sala un sinfín de abultadas fundas de ropa, que va amontonando en los asientos libres, arrinconándonos a nosotros en los tres que nos corresponde ocupar. Al mismo tiempo, va reuniéndose a la puerta un nutrido grupo de muchachas, todas jovencísimas, pastoreadas por una mujer algo mayor. Todas, incluidas la maestra o jefa, son muy guapas, aunque lo que más llama la atención de las chicas es la extrema delgadez -o quizá debería decir "esbeltez"- de todas ellas. Deben de ser modelos, si no bailarinas. Y el misterio queda resuelto cuando, al terminar nuestro coloquio, vemos que son ellas las que nos siguen, y que se han vestido con el contenido de las fundas que vimos descargar antes: trajes gaditanos de época. Ignoro -porque no pudimos quedarnos a mirar- si iban a representar algún cuadro histórico, bailar o, simplemente, lucir los modelos. En cualquier caso, la coincidencia aporta alguna luz sobre nuestra propia presencia allí: para la televisión, la realidad es una especie de carnaval o de eterno desfile de disfraces, cuando no de monstruos. Su objetivo es sacar ese desfile de su escenario natural, que es la calle, donde tiende a pasar desapercibido, y mostrarlo en todo su esplendor, que es el de su rareza o extravagancia o monstruosidad. También nosotros éramos eso, monstruos: mis compañeros, por ser arquitectos -aunque ya la presentadora del programa les advirtió, ante las cámaras, que no emplearan tecnicismos o lenguaje que la gente no entendiera: monstruos, pero no tanto-; y yo, por haber sido presentado un tanto melifluamente como poeta... "¿Has traído algún verso sobre la Alameda?", me espeta la presentadora, nada más saludarme. Naturalmente, no he caído en ello. "¿De qué vas a hablar, entonces?", me dice, entiendo que con justificada preocupación, porque, si se trata de hablar al público de los atractivos de una determinada zona de la ciudad, ¿qué otra cosa puede hacer el poeta de turno, sino declamar una oda al efecto, pongo por caso? Le digo que hablaré de mis impresiones personales sobre el sitio en cuestión. "Ah, claro, esas impresiones que te inspiran. Porque seguro que la Alameda te ha inspirado algo". Me salgo por la tangente: hablo de otros poetas, y muy especialmente de los que tienen busto o estatua en el mencionado paseo. Y ya el peso de la conversación pasa, como era de esperar, a los arquitectos; que, eso sí, de vez en cuando me dejan meter alguna cuña, aunque no venga mucho a cuento. 

jueves, agosto 08, 2019

RECUERDOS




7/8/2018

Me invitan a participar en un coloquio televisivo en compañía de un arquitecto, dentro de una serie de programas sobre distintas maneras de ver algunos puntos significativos de la ciudad. A nosotros nos toca hablar de la Alameda. Me consta que a mi acompañante, que es autor de una guía arquitectónica de la ciudad, le sobran datos, y no sólo de carácter técnico o histórico, sino también vivenciales: en su discurso, durante la reunión previa que hemos tenido, afloran los apellidos de las familias ilustres que han vivido en ese frente privilegiado de la ciudad, a las que conoce y entre las que también podría incluirse quizá la suya. En virtud de esos tratos, confiesa, disfrutó de un estudio en una de esas fincas. "A un precio casi regalado. Cuarenta mil pesetas de la época". Estoy a punto de preguntarle a qué época se refiere, porque, si se retrocede lo bastante, cuarenta mil del ala es algo más que un precio simbólico. 

Pero no quiero ser impertinente, y mucho menos con este viejo conocido de quien me consta que es persona leída y que ha disfrutado implicándose ocasionalmente en tareas relacionadas con la literatura, tales como el diseño de revistas y libros. En lo qué sí pienso es en mi propia visión del espacio urbano sobre el que vamos a perorar mañana en directo ante las cámaras. Empecé a frecuentarlo en mi adolescencia, cuando la Alameda estaba en un estado de notable abandono y, como otras plazas de la ciudad, por la noche era más bien un lugar peligroso. Mis amigos y yo acudíamos a él por lo mismo que lo hacían otros adolescentes: llevados por la atracción hacia la furtividad. Allí nadie nos molestaba... en teoría, porque lo cierto es que alguna que otra vez tuvimos que salir huyendo de otros más curtidos que nosotros y que se empeñaban en buscar pelea o incluso nos asaltaban a punta de navaja. Aun así, volvíamos, en busca de un banco sucio donde beber cerveza directamente del gollete de una botella de litro. La situación no era muy distinta cuando lo que me llevaba a ese paseo, en el que había zonas en los que no lucía ni una farola, era la necesidad de un poco de privacidad en compañía de una chica. 

¿Gozaba ya mi interlocutor en esa época de su estupendo estudio con vistas al mar, a apenas unos metros del rincón oscuro en el que yo besaba a mi novia? Es posible. Luego las cosas cambiaron. Uno empezó a trabajar y sustituyó las cervezas de litro por las copas servidas en algún pub de moda. En aquel mismo frente abrieron uno, La Colonial, que aún existe, y que resultó toda una novedad porque quien lo diseñó -casualmente, mi interlocutor de hoy- incorporó a su decoración unas espectaculares estanterías de madera procedentes de una vieja tienda de ultramarinos. Fue uno de los más notables locales "de diseño" que se abrieron en aquella época en la ciudad. Otro, que respondía a un concepto diametralmente distinto, fue el Cómic, que abría sus puertas no lejos de allí, en una callejuela que comunicaba la cercana Plaza de España con el Paseo de San Carlos. Este bar era más bien claustrofóbico, quizá una antigua cochera mucho más honda que ancha, a cuyo fondo se alzaba un pequeño escenario en el que actuaban bandas de rock de entonces: fue allí, recuerdo, donde vi actuar al rockero Silvio a principios de los noventa, cuando tanto al pub como a él le quedaban ya pocos años de vida. El local, de hecho, desapareció: su acceso a la calle se cerró y ahora el espacio que ocupaba es un lienzo de muro en el que no queda el más mínimo vestigio de que allí hubiera habido alguna vez un bar abierto a la calle. También por esos años, recuerdo, el paseo fue remozado, la iluminación mejoró y las actividades más o menos furtivas y /o clandestinas que allí se efectuaban cayeron en el olvido.

Y así siguen las cosas hasta hoy: con el añadido, quizá, de algunos bustos de poetas (Vallejo, Martí, Ory), que ahora hacen compañía al de Rubén Darío, que fue el primero que encontró allí su ubicación. El azar ha querido también que en esa zona se encuentren algunos espacios que han tenido alguna significación en la trayectoria literaria de uno: desde la primera sede de la Fundación Ory, donde uno ha presentado algunos de sus libros y acompañado a otros escritores que venían a hacer lo propio, hasta la Feria del Libro, que se viene celebrando desde hace años en el Baluarte de la Candelaria, en el extremo norte del paseo. También, por añadir un detalle más, la Escuela de Hostelería, donde, en tiempos más boyantes, las autoridades solían agasajar a los escritores invitados a diversos eventos literarios de la ciudad, y donde uno ha tenido ocasión de acompañar a Pablo García Baena o a Rafael Azcona, entre otros.

Tales son los recuerdos que configuran  mi visión de esta zona de la ciudad. En ella he sido desde un adolescente desnortado hasta un noctámbulo más o menos impenitente o un escritor en ejercicio. Ahora me toca ser memorialista, que es lo que corresponde a mis años. ¿Acertaré a decir algo de esto en el coloquio de mañana? Mucho me temo que mi interlocutor, mucho más locuaz que yo, no me dejará. Eso saldremos ganando todos.