jueves, marzo 21, 2019

LA UTOPÍA

(20/3/18)

Después de tantos días de brumas y lluvias, mañana soleada. Ocurre con el ánimo lo que con los interiores: aún tardarán unos días en orearse, en desprenderse de la aprensión de frío y humedad. Para apresurar el proceso -en lo concerniente a la casa, quiero decir- he dejado abiertas todas las ventanas. Con el ánimo no sé exactamente cómo hacerlo.


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Leo que en el recién caído bastión kurdo de Afrín ha muerto una miliciana británica que luchaba en los batallones femeninos del YPJ. ¿Alguien atraído por la idea, quizá injustificada -o no, quién sabe- de que en ese exiguo territorio sin estado se estaba construyendo una especie de utopía autogestionaria? Que ya ha pasado, gracias a los tanques turcos, del terreno de las realidades mensurables y evaluables al limbo de lo que pudo ser y no fue. Ay.


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"Disfruta de tu viaje", le digo a M.A., a quien le ha salido un apetitoso "bolo" literario en Sevilla. Como los de antes de la crisis: remunerado y con todos los gastos pagados. Hubo un tiempo en el que a los escritores se les trataba siempre así. Ahora uno se ve obligado a hacer siempre la obligada pregunta, cuando lo invitan a algo: "¿Pagan?". Y lo curioso es que los así interpelados con frecuencia se hacen los ofendidos, como si no esperasen que el alma cándida de un artista pudiera preocuparse por bajezas tales como que le remuneren por su trabajo y por su tiempo. 

martes, marzo 19, 2019

BÁRBAROS


(18/3/18)


Ayer comentaba la admiración que el politólogo y exdiplomático británico Carne Ross sentía por el embrión de estado autogestionario que los kurdos del YPG (Unidades de Protección Popular) han establecido en el norte de Siria y que Ross conoció in situ en 2015; y hoy leo en la prensa que el ejército turco y sus milicias aliadas han vencido la resistencia de la ciudad de Afrin, último bastión que le quedaba al mencionado grupo kurdo. Me faltan datos para saber si la admiración de Ross por esta experiencia de gestión social de inspiración anarquista -al parecer, basada en las ideas del pensador ácrata neoyorquino Murray Bookchin, reinterpretadas por el líder kurdo Abdullah Öcalan, que actualmente cumple cadena perpetua en una cárcel turca- tiene fundamento y efectivamente su embrión de estado, que llegó a alcanzar la extensión de Bélgica, era, como él decía, una isla de democracia y estabilidad en medio del caos sirio. Si fuera así, no cabe más remedio que concluir melancólicamente que ese nuevo intento de fundar la utopía en medio del vacío dejado por un estado en quiebra ha vuelto a fracasar, como ocurrió con la Comuna francesa de 1870 y la experiencia autogestionaria barcelonesa de 1936-37. Yo había grabado el documental de Ross para verlo y comentarlo con M.A. Ahora intuyo que volver a ver las animadas calles de Afrin en sus mejores momentos y a las valientes milicianas del YPJ, la sección femenina del YPG, sonriéndoles a la cámara va a resultar una experiencia dolorosa. Mientras tanto, los jubilados españoles se lanzan a la calle para protestar por sus pensiones de miseria. Y piensa uno en el final del lúcido poema de Cavafis sobre los bárbaros: "Al fin y al cabo, eran una solución".

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Miro a mi alrededor: libros -calculo que unos tres mil-, ordenadores y otros artilugios más o menos autogratificantes, en una casa más o menos "bien abastada", como la que asignaba Fernando Quiñones a alguna de las desvaídas figuras poemáticas que poblaban Las crónicas de Rosemont, su último y melanacólico libro... ¿Bastarán todas estas cosas para resguardarnos de lo que ruge fuera, del vendaval de fanatismo, bajos instintos azuzados por oportunistas y pura ignorancia en el que se traduce ahora nuestra vida política y social? No sé. Da la impresión de que lo primero que hará ese turbión, una vez cobre la fuerza que necesita, será arrumbar con los últimos refugios de la individualidad sitiada. Quiero decir que vendrán a pedir cuentas. Y que no les gustará lo que tengamos que oponer a sus poderosas razones. 

lunes, marzo 18, 2019

ANARQUISTA ACCIDENTAL

(17/3/18)

Veo el documental Accidental Anarchist (2017), sobre la trayectoria personal e ideológica del diplomático Carne Ross en su búsqueda de respuestas a su creciente escepticismo respecto a la democracia occidental y su incapacidad para responder a los retos del presente, tanto los que afectan a las sociedades que se gobiernan por ese sistema como a los de alcance global. Y me llama la atención que, después de un largo recorrido, con paradas en el experimento anarquista catalán durante la guerra civil española, según lo describió Orwell en Homage to Catalonia, las ideas de Chomsky y del profesor neoyorquino Murray Bookchin, autor de The Ecology of Freedom, lo lleva al al embrión de estado autogestionario que los kurdos del YPG están construyendo en el norte de Siria, en lucha con el ISIS y las fuerzas gubernamentales del dictador Assad. 

El recorrido puede parecer extravagante, pero Ross, especialmente conmocionado por la experiencia kurda y sus patentes aunque frágiles logros -no parece muy probable que las potencias regionales permitan el afianzamiento de ese embrión de democracia participativa-, logra transmitir su emoción y el impulso humanista que parece impulsar su búsqueda. Y y me quedo pensando si el estado de ánimo que pretende transmitir no es el mismo que yo intentaba reflejar en este cuaderno hace unos días, cuando anotaba que la vida política se nos aparece como una lejana pantomima que poco o nada influye sobre las vidas de los gobernados, que en realidad dependen exclusivamente de sus propios recursos para sobrevivir en una sociedad donde sólo mandan los poderes económicos. Mi reflexión la dictaba mi inveterado individualismo, de raíces liberales; pero no es descabellado pensar que ese individualismo pueda encontrar su mejor expresión en los hoy por hoy todavía utópicos modelos de sociedades autogestionadas. En todo caso, me he prometido repasar el recorrido de Ross y sacar mis propias conclusiones. Al menos, promete muy buenas lecturas. Y quizá, quién sabe, contribuya algo a disipar mi desafección presente, que ya empieza a preocuparme.


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Por primera, o quizá por segunda, vez en mi vida me atrevo a terciar en una polémica periodística; o más bien a iniciarla, llevado por la indignación que me han causado los artículos de un tal K.A. en el suplemento Babelia, en los que se extiende sobre la presunta inanidad de ciertos clásicos (Moby Dick, por ejemplo, de Melville o Ulises de Joyce) y desaconseja fervientemente el esfuerzo que supondría leerlos. Si ya el de Melville me irritó, el de Joyce puede decirse que colmó el vaso: siento una declarada fascinación por el Ulises y, sobre todo, por su modo peculiar de transmutar la vida cotidiana en esa modalidad de experiencia enriquecida que supone el viaje iniciático... En fin, no voy a repetir aquí los argumentos con los que he armado un artículo de réplica que he enviado al suplemento y... oh,sorpresa, ha sido publicado. Ahora anda mi réplica por ahí, también suscitando adhesiones y rechazos... Y el mundo sigue girando.

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Desde que las tormentas primaverales, por mor de la moderna economía mediática, tienen nombre propio, parece que arrecian con más saña. Y es que lo malo de tener nombre es que ello acarrea de inmediato la necesidad de hacerlo valer. 

jueves, marzo 14, 2019

A PROPÓSITO




(13/3/2018)

"A propósito -me dice este conocido con quien he quedado para tomar un café y darle un ejemplar de un libro mío que le he pedido que me presente-, ¿en qué año te di aquel premio literario que te animó a hacerte escritor?". 

Tiene buena memoria este hombre. Yo tenía entonces diecinueve años y había pergeñado una docena de cuentos de folio y medio o dos folios, la mayoría desahogos sentimentales en primera persona, disimulados con alardes de prosa fantasiosa tomados directamente de Cortázar. Hacía sólo unos meses que salía con M.A. y es posible que fuera ésta quien me animara a presentarme a aquel certamen local de cuentos. Lo que no podíamos imaginar es que la persona encargada de hacer entrega del galardón -un segundo premio, creo recordar, sin dotación económica- fuera precisamente este hombre, que entonces era profesor suyo en el instituto nocturno. 

La ceremonia tuvo lugar un sábado por la mañana y al lunes siguiente, en clase, el profesor no perdió la ocasión de mostrarse irónico y un tanto displicente con su alumna, entonces una muchacha muy tímida: "No sabía que tuviera usted un novio escritor. Yo no sé si echarme una novia escritora... o corista". "Mejor corista", le replicó ella, supongo que muy colorada. Todavía no sé si se limitaba a seguir la broma o, previendo lo que había de venir, lo decía en serio.

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"Parece que las cosas te están saliendo bien últimamente. ¿No estás contento?". Me lo dice porque dos o tres gestiones de resultado incierto que había emprendido en los últimos tiempos han dado resultado positivo; lo que se traduce en una desusada excitación, en impaciencia, en ansiedad..., es decir, en un conjunto de sensaciones que se parece mucho... a la infelicidad. Debe de ser cosa de temperamento, pero lo tengo claro: mi estado ideal es la ataraxia, y todo lo que no sea eso me desconcentra y me aturde y me hace sentir mal. Lo que no significa que no agradezca las cosas buenas que me pasan; pero su traducción en satisfacción y alegría es siempre... retrospectiva. 

martes, marzo 12, 2019

EL TERCERO EN LIZA



(11/3/18)

Hablar sobre FQ en sede universitaria y en el veinte aniversario de su muerte, que parece que fue ayer... Tarea ardua para quien lo ha tratado y visto siempre su literatura como una proyección de su persona, de sus intereses, de su manera de ver el mundo, de la desusada mezcla que en él había de hombre de la calle y refinado intelectual. Ya lo dijo el tercer ponente -yo fui el primero, en una jornada de tarde que empezó a las cuatro y media-: "Ustedes -lo decía por mí y por José Ramón Ripoll, que fue el segundo- han conocido al hombre, yo no. Por eso me voy a atrever a apoyarme en lo que ustedes han dicho para ir un poco más allá. Siempre se critica a los primeros antólogos y estudiosos de la literatura de una época por lo que no han dicho, pero siempre hay que tomarlos como punto de partida y en ese sentido son muy valiosos: los otros no hacen más que apostillar o añadir. Eso voy a hacer yo. Me voy a permitir hablar de las razones por las que, a mi entender, FQ no tiene el reconocimiento que ustedes creen que merece".

Nos pusimos en guardia. Entre el público, además, había algún pariente del escritor, que se revolvió incómodamente en su asiento al oír la primera de esas razones, que era la imagen que el autor proyectaba de sí mismo. Dolía oír decir a un extraño, citando las memorias de un coetáneo del homenajeado, que éste podía ser obsequioso con los poderosos, irresponsable en la administración de sus recursos, dejado de su persona y demasiado pródigo en chascarrillos y bufonadas. Todo eso es, por supuesto, discutible, como lo es el testimonio del coetáneo utilizado como fuente. Pero lo realmente curioso fueron las razones estrictamente literarias de la presunta postergación que todavía hoy afecta al escritor y a su legado. Una de ellas, por ejemplo, era haber quedado dos veces finalista del premio Planeta, lo que, en opinión del ponente, atrajo sobre el autor el desdén universal del mundo literario... No sé. En aquella época, era moneda corriente pensar que la novela ganadora de ese premio solía ser casi siempre oportunista y coyuntural, apta para que la editorial convocante pudiera hacer de ella una tirada millonaria; y que el finalista era siempre un autor de más fuste y mayor calidad literaria que el propio premiado. Y esa opinión benefició ampliamente a FQ; que, además, un tanto cínicamente admitía que era mejor negocio quedar finalista que ganador, porque el finalista podía repetir y el ganador no... 

Que haber rozado el éxito de ese modo pueda ser considerado hoy como un motivo para no tomarse en serio al autor en cuestión da mucho que pensar. Acaso no sea sino una manera rebuscada de señalar que lo que no se perdona es el éxito sin más y que la consiguiente venganza consiste en silenciar al autor y no darle el puesto que merece en el panorama literario de su tiempo.

Pero aún hubo más. Otra de las razones alegadas fue la "dispersión" que, en opinión del ponente, aquejaba a los intereses y logros del autor. Que, además de escribir poesía, relatos y novelas, con frecuencia optaba a premios de pacotilla, presentaba programas de televisión, escribía libretos de ópera y organizaba festivales de cine. "Al final, se le conocía más como gestor cultural que como escritor", Eso, obviamente, no es cierto. Pero resultaba, como lo alegado respecto a su condición de sempiterno aspirante al premio Planeta, muy triste de oír, porque de nuevo ponía el foco, quizá sin pretenderlo el ponente, en la pequeñez del medio literario hispánico, en el que los escritores de un solo palo, limitados y persistentes, suelen correr mejor suerte que quienes tienen intereses amplios y variados y no se recatan de ventearlos. Me sentí tocado en la línea de flotación. ¿Qué decirle a este hombre? ¿Tendría razón? Quizá yo mismo, que escribo de tantas cosas que me interesan, pertenezco a ese grupo irredimible de los dispersos... Al final el ponente se descolgó con unas palabras sumarias de reconocimiento. El autor, a su parecer, está todavía esperando al antólogo que ponga en valor lo mejor de su obra. Como quiera que yo mismo he publicado una antología de FQ -que el ponente luego me dijo conocer, pero que no había podido consultar porque "no la había encontrado"-, pensé que lo mejor era callarme. ¿Quién le mandará a uno meterse en estos berenjenales, con lo bien que se está en casita? Pero eso es lo que me digo siempre y nunca aprendo. 

jueves, marzo 07, 2019

LO QUE ME APETECE


(6/3/18)

Pesa más sobre uno lo ya escrito que la expectativa de lo todavía por escribir: señal de que me voy haciendo viejo. Gestionar, reordenar, salvar de la quema se me antoja más urgente que pergeñar nuevos libros. Y el caso es que éstos se escriben solos: ahora mismo, después de ordenar lo que tengo escrito sobre cine español, de cara a planificar la nueva temporada de mi columna cinematográfica en CaoCultura, veo que tengo material para un libro nuevo, complementario del que publiqué hace poco más de un año sobre cine norteamericano: sólo necesita un hervor; es decir, que me siente durante unas pocas semanas a coser las junturas y a completar lo que falta. Lo mismo ocurre con otras carpetas a las que a veces me asomo como quien se inclina sobre el brocal de un pozo sin fondo... ¿Qué será, por ejemplo, de mi vieja idea de escribir una especie de "crónica sentimental" de la actual crisis económica, que los políticos dan ya por acabada, pero que los ciudadanos seguimos sufriendo y que posiblemente ha cambiado para siempre nuestras vidas? Lo haría a partir de los artículos de más o menos actualidad que publiqué en la prensa entre 2007 y 2011, aproximadamente. Quizá debería hacer como JRJ: ir metiendo todos esos papeles en cartapacios, o dejar esbozados los esquemas a los que habrían de ajustarse para llegar a ser libros, y dejar que los eruditos del futuro los terminen. Pero qué presunción: ¿quiénes iban a interesarse por la grafomanía de un oscuro profesor que no supo hacer otra cosa con sus tardes que ocuparlas en escribir sobre casi todo -que es también sobre casi nada, como muy bien sabía Camba-? 

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En realidad, lo que más me apetece ahora, en esta etapa de mi vida, es pintar acuarelas. Pero me ocurre al respecto lo que al varón prudente que siente que se está enamorando de nuevo: mejor déjalo pasar.

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El viejo marxista que hay en mí, y que ya hace años que no ejerce de tal, se rebela un tanto contra la idea de llamar "huelga" a cualquier jornada de protesta que se organice por motivos varios y con alcance limitado a unas horas de paro y una manifestación festiva. Da igual que los motivos sean justificadísimos. Una huelga es una acción de los trabajadores contra el capital y se plantea siempre somo una prueba de fuerza que ganará quién más resista. En mi ya larga vida laboral sólo he conocido una así. Tuvo lugar a finales de los años 80 y concluyó, después de muchos días de paro y de no poca incertidumbre, en éxito por parte de los huelguistas: se consiguió la equiparación de los profesores con otros funcionarios de parecida capacitación profesional y académica. Desde entonces ha habido paros de un día o unas horas por tales o cuales motivos. Pero ninguno de ellos merece llamarse huelga. Y quienes mejor lo saben son los patrones, que sólo tienen que esperar a que pase la protesta para que las cosas sigan como hasta ahora. 

miércoles, marzo 06, 2019

LOS IMPACIENTES


(5/3/18)


El temporal continúa deparando novedades, a cuál más llamativa. Hoy hemos despertado con la noticia de que los vientos y el oleaje han desenterrado los restos del acueducto romano que permanecían ocultos bajo las arenas del istmo que une la ciudad con el continente. Inmediatamente, una horda de expoliadores ha acudido a saquear los vestigios y la policía ha tenido que establecer un cordón de vigilancia, que lógicamente no podrá ser eterno. Cabe pensar que lo que dormía noblemente bajo las arenas terminará siendo objeto de innobles tráfagos en los circuitos de venta ilegal de tesoros arqueológicos. Todo ello, si el irascible dios de las tormentas, que nunca renunció a su filiación romana, no envía antes un tornado para rescatarlos y guardarlos a buen recaudo en la misma ubicación inviolada donde duermen los restos de la Atlántida.

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Rompe el oleaje con furia a escasos metros de donde transcurre mi rutina laboral. De vez en cuando, algún estudiante vuelve los ojos al espectáculo que tiene lugar al cabo de la calle. Las ventanas, eso sí, permanecen bien cerradas: de lo contrario, casi no podríamos hacernos oír. De vez en cuando, una cuña de viento logra introducirse en las juntas de las hojas corredizas y un agudo silbido hace pensar en el aullido de un loco. El destino natural de todo esto, pienso, es ser arrasado. No hoy ni mañana, quizá, pero sí al cabo de un periodo de tiempo que no será nada en comparación con los ciclos de la naturaleza y los astros, que son los que de verdad deciden.

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¿Por qué será que los impacientes acabamos encontrando siempre la horma de nuestro zapato, que son los indolentes. los despreocupados, los procrastinadores? Llamo a un teléfono que no responde para mostrar mi preocupación por un retraso que pondrá en peligro la buena marcha de un proyecto común. La otra parte afectada ni responde. Y lo peor no sería tanto que el proyecto que nos une se fuera al garete, sino la idea, más intranquilizadora aún, de que, de un modo u otro, saldrá adelante, sí, pero renqueando, con apresuramientos de última hora, con errores que habrían podido evitarse. Y que, al parecer, sólo me preocupan a mí. 

martes, marzo 05, 2019

NO ES LITERATURA


Después de las tormentas de los últimos días, mañana soleada de domingo. En el paseo, un par de paradas para hablar con conocidos: con uno, de su difícil trabajo como gestor por cuenta propia de toda una constelación de proyectos culturales, que le obligan a tratar con políticos y funcionarios de todo pelaje y comprobar que los que se sitúan en lo que ellos mismos llaman "nueva política" son tan desconsiderados e informales como los de antes, si no más; y con la otra, de las andanzas de nuestras respectivas hijas veinteañeras por esos mundos de Dios... "Bueno", nos decimos, ya de vuelta a casa. "Por lo menos hemos tomado el aire y visto a gente con las que uno tiene alguna afinidad". Lo que es tanto como reconocer que, en nuestro tráfago diario, estamos siempre tan ocupados que casi no dedicamos ni un minuto a hablar desinteresadamente con otras personas. "Deberíamos dedicar las tardes a pasear y a quedar a tomar café con los amigos", le digo a M.A. Ella asiente, sabiendo que mis palabras no son insinceras, pero sí de difícil realización, una vez empieza el vértigo de los días laborables.


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Puede uno aprender cualquier cosa en Internet: desde la composición de un explosivo casero -válgame Dios: hice esa búsqueda para documentar una de las novelas de mi Trilogía y todavía estoy temiendo que alguien la haya detectado y venga a pedirme cuentas- hasta cómo planchar una camisa, que es lo que consulté ayer, con óptimos resultados: un amable señor había subido a la red un vídeo en el que hacía una demostración práctica de cómo hacer esa tarea. Se empieza por los puños, explicó. Luego se sigue con las mangas y el cuello; y finalmente se abrocha el botón superior y se planchan la delantera y la espalda. Me he aplicado a ello y creo que no lo he hecho mal. Y ni siquiera estoy seguro de que este conocimiento vaya a quedar circunscrito al terreno de las necesidades prácticas: seguro que acaban iluminando de realidad alguna futura página por escribir. Porque ya se sabe que, para un escritor, todo acaba siendo literatura: nihil humanum a me alienum. Etcétera.


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Cada vez lo tengo más claro: cuando me llegue la hora de jubilarme, lo haré también de la literatura. Dedicaré mis días a pasear, a leer desinteresadamente, sin atender encargos ni compromisos, a ver películas, a trastear. No digo que de vez en cuando no escriba un poema, o que vaya a abandonar este cuaderno. Pero ya decía JRJ que la poesía no es literatura. Y, añado yo, este cuaderno tampoco. (4/3/2018)

sábado, marzo 02, 2019

A TERRIBLE BEAUTY

Desusado temporal de viento y lluvia. Resulta complicado recorrer los escasos metros que separan el trabajo de la cafetería en la pausa de media mañana, que es cuando más aprieta el vendaval. Rumores alarmistas: en tal o cual población vecina, dicen, han cortado las clases y desalojado los colegios. Nerviosismo generalizado. Hay quien, ante el oleaje crecido. menciona la palabra "tsunami"... Y piensa uno en la imposibilidad de percibir los hechos en su inmediatez, tal y como llegan, y no precedidos de esa bruma mental que forman los temores infundados, el subconsciente colectivo poblado de imágenes tomadas de los telediarios y el cine de catástrofes, la suficiencia de los acostumbrados a tener una opinión y un diagnóstico para todo. Bastaría con abrir los ojos y mirar. Lo he intentado, aunque no puedo decir que no pesara sobre mí el ánimo catastrofista circundante. Pero sí: había en esa furia de los elementos una insólita belleza, más limpia y pura que aquella que creyó percibir el poeta Yeats ante el desolado panorama civil de la Irlanda de su tiempo, para el que acuñó esta frase terminante y quizá un tanto campanuda: "A terrible beauty is born".


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Posible desenlace de la actual crisis política: el desprestigio de la clase gobernante en general podría llegar a ser tan irreversible, sus disputas internas tan intrincadas e irresolubles, y su inoperancia para resolver los problemas de los ciudadanos tan evidente, que éstos podrían llegar a percibirla como una mera representación destinada a llenar los telediarios y sin otra incidencia sobre la vida práctica que el mero ruido derivado de su interminable gesticulación, mientras la sociedad civil se las arregla para salir adelante sin contar en absoluto con los protagonistas de ese vacuo guirigay... Es decir: la política como un mero espectáculo sin mayores consecuencias, al que la concurrencia dedica de vez en cuando una mirada aburrida... y luego sigue con lo suyo, que no es otra cosa que la durísima tarea de salir adelante. Les ocurriría a los políticos lo que a ciertas castas sacerdotales en el momento en el que su feligresía deja de respetarlas y temerlas: pueden sobrevivir quizá como meros figurantes, pero condenados a la irrelevancia absoluta. 


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¿Y qué decir del efecto descorporeizador de la faringitis? La garganta se ha vuelto refractaria al tránsito de las cosas diversas que pasan por ella, siempre en sentido descendente. Desde las altas esferas se tiene la impresión que el resto del cuerpo queda más lejano, desabastecido y quizá un tanto revuelto, pero que lo mejor es dejarlo estar, para no irritar a los celosos guardianes que han levantado una barrera de fuego a la altura de la faringe. (1/3/18)

viernes, marzo 01, 2019

EL OJO DE CRISTAL

Antonio Santillán (Madrid, 1909-Barcelona, 1966) dirigió apenas once películas. La coproducción hispano-mexicana El ojo de cristal (1956) fue la cuarta. Ninguna de ellas aparece en esos resúmenes de urgencia con los que suele despacharse la historia del cine español. Sin embargo, bastaría la que acabo de nombrar para que su director ocupase un puesto destacado en ese relato. La emitió hace un par de días el programa de televisión Historia de nuestro cine. Y todavía nos dura el asombro. ¿Cómo es posible -comentábamos- que no la hubiésemos visto antes, que la televisión pública o los canales temáticos correspondientes no la programen con regularidad, que la crítica no la cite y reivindique con el entusiasmo que merece? No es el único caso, por desgracia: si algo está demostrando el citado programa, es que la historia del cine español está todavía por escribir y habrá de hacer justicia necesariamente a varias decenas de nombres que, en su mayor parte, se jugaron su suerte en una o dos películas y luego cayeron en el más absoluto olvido. Santillán, decíamos, hizo algunas más, lo que no significa que su trabajo haya conseguido el reconocimiento que merece. O quizá es sólo ignorancia por nuestra parte. 

El caso es que la película en cuestión nos dejó asombrados. Ya el guión, basado en un relato de William Irish (seudónimo de Cornell Woolrich) adaptado por el versátil Ignacio F. Iquino, resulta sorprendente: la película se abre con un asesinato y sigue al autor hasta el momento en el que, temiendo ser traicionado por su novia y cómplice, mata también a ésta, después de asegurarse una coartada más o menos perfecta. Pero luego la acción se centra en presentarnos al policía encargado de resolver el caso: un hombre apocado y no muy brillante, cuya incapacidad ya ha merecido la reprobación de sus jefes. Casualmente, una pista relevante cae en manos de un grupo de niños entre quienes se encuentra el hijo del policía en cuestión... Se dirá que son muchas casualidades. Pero lo que la historia quiere mostrar no es, evidentemente, la resolución del crimen -el público ya sabe quién es el criminal-, sino el proceso por el que un niño que intuye las limitaciones de su padre hace lo posible por ponerse en su lugar y convencerse a sí mismo de que su padre es el gran policía que el hijo quisiera ver en él. La historia transcurre en una Barcelona espléndidamente fotografiada en sus periferias desoladas y en sus callejuelas, así como en un centro urbano muy distinto al espacio invadido por turistas que es ahora, y en el que los niños pueden jugar tranquilamente al fútbol ante la fachada de la Catedral, por ejemplo. 

La película alterna con naturalidad los registros costumbristas y documentales con las secuencias de tensión y el tiempo sin tiempo de los niños ocupados en sus juegos y fantasías. Y el final, no por previsible menos emocionante, sitúa al espectador, no ante la satisfacción de un enigma resuelto o un crimen castigado, sino ante el espacio incógnito que se abre ante la vida de un niño cuando hace un último esfuerzo por no caer en el realismo desengañado de sus mayores. En ese aspecto, recuerda el trágico sesgo que tienen los juegos de fantasía entre niños en la novela Si te dicen que caí de Juan Marsé. Curiosamente, la película parece empeñada en mostrar una cierta filiación literaria: el protagonista lee el semanario Destino -un número del mismo será pieza clave en la investigación- y un camarero nombra a uno de los colaboradores más conocidos entonces de esa revista: el crítico y columnista Sebastiá Gasch.

Anoto lo que precede a beneficio de inventario y para no olvidarlo en cuestión de días, como suele sucederme con casi todas las películas que veo. Ésta, desde luego, no lo merece. (28/2/18)

miércoles, febrero 27, 2019

VIEJA AMIGA



Me voy convirtiendo en testigo; quiero decir, en alguien que estuvo en el lugar de los hechos. Hace unas semanas me llamaban para entrevistarme para un documental sobre Fernando Quiñones y hoy recibo un mensaje de un biógrafo de Pablo García Baena pidiéndome información sobre una visita del poeta cordobés a Cádiz en febrero de 2008, con motivo de una conferencia en la que yo lo presenté. Pienso con melancolía en otros escritores ya idos de los que podría dar testimonio a sus posibles biógrafos. Es uno de los dudosos privilegios de la mediana edad: servir ya de repositorio de recuerdos que podrían serle útiles a alguien, en el caso de que alguien se interese por ellos. Pienso en otros de quienes guarda uno cartas, fotografías, dedicatorias, etcétera, de las que nadie jamás me ha pedido cuentas. 

Ayer mismo, al reordenar por enésima vez mi desbordada biblioteca, tropecé con la docena mal contada de libros que guardo de L.J.M., todos ellos dedicados de puño y letra por el autor y alguno de ellos reseñado por mí con respeto y entusiasmo cuando yo me iniciaba en estos quehaceres y L. era ya un veterano a quien yo envidiaba su copiosa bibliografía en una decena de editoriales, casi todas ellas efímeras. Guardo también de él un nutrido puñado de cartas, todas ellas de más de dos folios por las dos caras, en las que el autor, ya amigo, se explayaba sobre los asuntos más diversos, desde su aversión al jazz a sus peleas con el inglés, que nunca llegó a dominar, pese a que viajó a Estados Unidos e hizo allí algunos útiles contactos académicos y literarios... ¿Sirve de algo guardar todo eso? ¿Qué será de todos esos papeles cuando yo falte? La voz cínica desde dentro de uno que responde siempre a esta clase de preguntas me dice que, cuando llegue el momento, nada de esos habrá de preocuparme. Pero pienso en la desazón de quien examine esos papeles y, al no encontrarles razón de ser, proceda a tirarlos al bidón de basura más cercano. Etcétera.

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Me acompañan al salir de casa -¿cuántas veces lo habré contado ya?- esos pájaros que, por esta época del año, cantan antes del amanecer. Ponen una nota de pertinencia en la calle oscura y desierta: si ellos están ahí, parecen decirte, ¿por qué no ibas a estar tú, aunque no fuera más que porque ese concierto disperso necesita al menos un espectador que acuse recibo de su apremiante mensaje? Acompañado por los pájaros llego a la parada del autobús. Y pienso que todo tiene sentido.

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Faringitis, vieja amiga. Me hace un poco más humano esta sensación de fragilidad en lo que parece la coyuntura más delicada del cuerpo, el lugar donde el mero roce de la saliva que trago y el aire que respiro resulta doloroso. Garganta abajo no soy nada: un saco de tripas; garganta arriba, tampoco: un poco de viento en el que se agitan imágenes pasadas y presentes y aprensiones confusas respecto al futuro. Sólo aquí, en este punto equidistante entre la conciencia y la fisiología, me reconozco. (26/2/18) 

lunes, febrero 25, 2019

CIEN AÑOS


Dan para mucho estos fines de semana en soledad, mientras MA. cumple su turno de cuidados familiares. Me he levantado tarde, he ordenado la casa, he ido a recoger el correo y luego he aprovechado lo que quedaba de mañana para pintar una acuarela. El almuerzo, la siesta, el rato ante el ordenador, quizá luego un rato de lectura y finalmente la película con la que cierro la jornada... De vez en cuando, un pitido del teléfono móvil crea ilusión de compañía; pero son sólo formalidades de la vida literaria: un acuse de recibo, un agradecimiento, una dirección que te envían para un futuro intercambio de libros... Entre esos mensajes, uno de un alumno que me manda los enlaces de algunos vídeos en inglés que ha visto en YouTube y que le parece que podrían interesarme para mis clases. A cambio, me pide que le recomiende cosas que puedan interesarle: documentales, artículos, películas. Todavía no he decidido qué contestarle. Pero lo que verdaderamente temo es el tono que pueda salirme: por nada del mundo quisiera que resultara condescendiente o paternalista; sobre todo, porque el chico en cuestión, inteligente y dotado de una vivísima curiosidad por toda clase de asuntos, no lo merece. Pero tampoco soy de los que saben hacer alardes de camaradería entre iguales con quienes podrían ser sus hijos o incluso sus nietos. Intentaré lo más difícil: la naturalidad. Y le mandaré, sí, los enlaces a alguna de las sesudas series documentales de la BBC con las que distraigo la sobremesa.

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La gata sale a recibir a MA. a la puerta, como haría un perro. Sólo le falta menear el rabo. Ella también la ha echado de menos, qué duda cabe. Y ahora caigo en la cuenta de que la gata y yo nos hemos ignorado mutuamente a lo largo de lo que va de día, a pesar de que lo habitual es que ella busque mi compañía y yo lo agradezca. Pero se ve que este juego de acompañamientos mutuos es triangular: si falta uno de los tres elementos implicados, los otros dos quedan también desconectados, hasta que gira una llave en la puerta y los engranajes del afecto, tan complicados, se recomponen.

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Leo en Facebook la desconsolada queja del novelista X. por la falta de público en una de sus últimas presentaciones. Pero lo curioso es que centra sus reproches en los colegas y conocidos que no acudieron, cuando lo lógico sería que, en un acto de estas características, uno casi descontara la presencia de los conocidos y se fijara exclusivamente en cuántos posibles lectores anónimos ha sido capaz de convocar. Los otros, los que acuden por compromiso, amistad o parentesco, casi no deberían contar. Pero ya se sabe que vendemos un artículo que nadie demanda, y que para mantener la ficción de que merece la pena perseverar en el intentos nosotros mismos nos creemos las cándidas mascaradas que organizamos para poner en pie la ficción de que el género interesa y atrae a multitudes.

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Ya me estoy arrepintiendo de todo lo que dejé escrito ayer en esta cuaderno a propósito de ciertas cuestiones de actualidad. Lo mejor para opinar sería dejar pasar... cien años. Entonces a lo mejor acierta uno. (24/2/18)

sábado, febrero 23, 2019

ESPÍRITU TRIBUNICIO

Llevaba cincuenta años publicando sus viñetas y chistes en diversos medios, y no es que yo lo haya seguido todos esos años, pero sí es muy posible que al menos durante los últimos treinta y siete o treinta y ocho: desde que empecé a leer con regularidad la prensa nacional y no sólo el periódico local que se compraba en mi casa, al filo de mis dieciocho años. Comprendo que eso mismo les pasaba a las decenas de personas que esta misma mañana, cuando me he asomado al mentidero de las redes sociales, se dolían de la muerte del dibujante en cuestión, Antonio Fraguas, "Forges". ¿Son sinceras, sentidas, todas esas declaraciones de dolor? Desde su aplastante sentido común, M.A. me dice que el sentimiento de pérdida es otra cosa: el que se experimenta ante la muerte de un cónyuge, del padre o la madre o de un amigo íntimo. El dolor socializado y esas condolencias masivas en los foros públicos, en cambio, tienen algo de rito impostado. Aunque quizá no del todo, en este caso: ha muerto alguien cuya manera de ganarse la vida era expresar, mediante un lenguaje gráfico aparentemente muy simple, las perplejidades diarias del ciudadano común ante los grandes sinsentidos con los que todos los días nos obsequia la actualidad. Arrancaba una sonrisa; y muchas veces esa sonrisa, esbozada desde la soledad y el anonimato de quien hojea el periódico en una cafetería antes de entrar en el trabajo, era el único gesto conciliatorio que podías apuntarte en tu haber en los preliminares de una jornada desabrida. Treinta y siete o treinta y ocho años compartiendo con el dibujante ese precario gesto de autoafirmación al inicio de la jornada... ¿cómo agradecerlo? La vejez es esto: la lenta pero sostenida pérdida de referentes, en un mundo que cada vez es menos de uno y más de otros que tienen referentes distintos, que ya no son los tuyos y que quizá te resultan incomprensibles o insuficientes. Vamos muriendo un poco todos los días.

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Mientras quienes viven a pocas manzanas del trabajo se congratulan de que el ayuntamiento les esté construyendo un "carril bici" para hacer sus desplazamientos diarios, quienes venimos de la periferia y solemos hacerlo en coche propio vamos acumulando estrés ante la incertidumbre diaria que nos causa la progresiva eliminación de centenares de plazas de aparcamiento conforme la obra avanza. Un compañero biempensante, al oírme, se queja de que nadie haya previsto coordinar a las distintas administraciones para emprender la imprescindible mejora del transporte público que requiere la actual estructura urbana de la comarca, formada por varios municipios entre los que se desplaza una numerosa población que vive en uno y trabaja en otro y hace sus compras o se divierte en un tercero... Pero no hay que llamarse a engaño: el que el ayuntamiento no haya tenido en cuenta los intereses de los trabajadores que vienen de otros municipios se debe a una razón de peso: ninguno de ellos tiene voto en la ciudad donde se gana la vida; y, por tanto, no cuenta, no contamos. 

Se siente uno habitante, en cierto modo, de una megalópolis fantasma, que no existe en los mapas, y en la que viven y trabajan miles de personas que, más allá de decidir quién gobierna el pequeño núcleo donde tienen su casa, no tienen la menor capacidad de influir en los destinos del ente mayor, que es el que realmente define el tono de sus vidas. Y a esto lo llaman democracia. 


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Se ve que me he levantado con espíritu tribunicio. Un rapero malhablado ha sido condenado a tres años de prisión. La verdad es que con una multa habría ido bien despachado, pero se ve que el código penal vigente no entiende de sutilezas, y que al letrado de turno no se le ha ocurrido solicitar el peritaje de algún experto en tendencias que le explique que el rap ha nacido en los barrios peores y se alimenta de resentimiento social y de un cierto deseo de resarcimiento que a veces se expresa en términos de suma violencia. Cierto que apelar, como ha hecho este rapero, a los viejos grupos terroristas que nos llenaban de espanto e indignación hace apenas unos lustros da muestras de una tremenda insensibilidad y de no poca ignorancia. Pero también los políticos y los banqueros y los dirigentes empresariales dicen a veces cosas que dan mucho miedo y nadie se lo reprocha. Al final, todo queda en un asunto de clases. Y la percepción de que en España la libertad de expresión está amenazada, pese a no ser del todo rigurosa -o quizá sí-, sigue aumentando, a beneficio de catastrofistas y de los sempiternos defensores de la causa victimista de turno. Lo que, como cortina de humo para evitar la visualización de otros problemas quizá de mayor calado, funciona a las mil maravillas. (22/2/18)

jueves, febrero 21, 2019

REDUCCIÓN DE HORARIO


Un compañero que lleva muy al día estas cosas me recuerda que el curso que viene gozaré ya de reducción de horario, un pequeño beneficio laboral que afecta a los mayores de cincuenta y cinco. No sé por qué, el recordatorio, que lo es de un hecho del que estoy perfectamente al tanto y que percibo como una mejora en mi calidad de vida, me llena de melancolía. Me he pasado todo el día pensando en ello, en mi escasa conciencia de hallarme, no ya al principio de un recorrido, como todavía me parece a veces, sino en sus últimos tramos. Dándole vueltas a lo mismo, le digo a M.A. que, cuando me llegue el momento de la jubilación, me jubilaré también de la escritura, que hoy por hoy es mi ocupación más onerosa, y dedicaré el tiempo a leer lo que me venga en gana, a pasear, a pintar acuarelas. Ella mueve la cabeza. "¿Cómo vas a dejar de escribir si ése es precisamente tu modo de vivir y no sabes hacerlo de otro modo?". "Bueno", le digo, "quiero decir que escribiré solamente mi diario y algún que otro poema y dejaré todo lo demás". Más o menos, en fin, lo que hago ahora.


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Impresión de M. -jubilado, por cierto-. He quedado con él para tomar un café y para que me dé las entradas para un concierto que organiza cierta entidad que él preside y de la que intenta hacerme socio. "A los socios las entradas les salen a mitad de precio", alega. No es mal argumento. El caso es que, por gestiones relacionadas con su dedicación voluntaria a esa institución, es la segunda vez que quedamos. Llevo la cuenta con gusto: M. es un conversador ameno, que sabe infundir a sus historias un punto de saber mundano que les aporta fondo y relevancia. Ha sido muchas cosas: empleado de banca y empresario, así como candidato al congreso por cierto prometedor partido reformista que no llegó a tener mucho recorrido. Es también bon vivant y conoce, a lo que parece, hasta el último bar o venta donde se pueda degustar un buen plato a un precio justo. Tiene también sensibilidad literaria y entusiasmo por promoverla, lo que explica el tiempo que dedica a tareas que desbordarían a más de un técnico de cultura. Pero su conversación se dirige preferentemente a otros asuntos, que denotan su conocimiento del mundo y de las cautelas que hay que tomar para desenvolverse en él. En esas cuestiones, por supuesto, a su lado me siento un pardillo. Cuando nos despedimos, se dirige al despacho de un abogado con el que debe tratar, me dice, algunas delicadas cuestiones relacionadas con una herencia complicada... Dentro de unos años, me digo, cuando esté jubilado y disponga de todo el tiempo del mundo, me gustaría gastarlo con esa deportiva ecuanimidad, como quien administra un bien del que anda razonablemente sobrado, como esos señorones de la Barcelona de principios de siglo de los que tanto le gustaba hablar a Pla, a quien ahora ando leyendo.


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Primavera anticipada. Como salgo poco en los días entre semana, cuando lo hago me sorprendo de que las terrazas estén llenas. Entonces me digo que el invierno es más largo sólo para los melancólicos. (20/2/2018)

lunes, febrero 18, 2019

TAN DELICADO


Mediodía. En el metro va sentado a nuestro lado un hombre de unos cuarenta años, alto, bien vestido y con ese gesto de suficiencia que caracteriza a los ejecutivos y a ciertos cargos medios de la administración: recuerda vagamente a cierto tipo humano que abundaba mucho en la Sevilla de los años previos a la Expo y que se caracterizaba por guardar en un bolsillo el carné del partido gobernante y en el otro la agenda de negocios. Incluso su vestuario, en la gama alta de grises, recuerda esa época. Pero no es ese aire familiar lo que nos ha llevado a fijarnos en él. En la solapa de la pulcra chaqueta oscura lleva prendidos lo menos media docena de chapas, lazos e insignias, todos alusivos a las vicisitudes del reciente proceso independentista y a su hoy por hoy enrevesado desenlace, con su triste secuela de políticos encarcelados o huidos de la justicia. Pero es imposible asociar la imagen de este hombre con la melancolía de quienes, en otras latitudes, exigen al poder despótico de turno la libertad o el regreso de sus allegados. Exhibe su cacharrería, más bien, con esa especie de punto desafiante con que lo hacen quienes lucen las chapas de un club de fútbol. También, quizá, con la unción con que los viejos requetés llevaban sus "detentes" y escapularios, y que los convirtió en presa fácil para las caricaturas de Baroja o "Ramón" —en El Rastro hay una página memorable dedicada a la descripción de un uniforme carlista—. Pero tampoco es la tentación de la caricatura lo que nos hace observarlo tan atentamente, sino más bien la mera posibilidad, inquietante, de tener que tratar con un personaje como éste en alguna dependencia de la administración: el inevitable choque de miradas entre quien exhibe tan ostentosamente su posición ante un grave conflicto político y quien entra en su despacho con el pecho desprovisto de todos esos, digamos, detentes y salvoconductos que certifican que uno milita en el lado acertado de la Historia. 

Llevamos cuatro días en Barcelona y muy pocas cosas nos habían recordado hasta ahora que esta espléndida ciudad, abierta y acogedora, ha sido en los últimos meses el escenario de un enconado conflicto político que en algún momento incluso hizo temer una deriva violenta. Nada de eso se aprecia en el trato diario de la gente —en general, amabilísima—, en la naturalidad con la que el castellano y el catalán se mezclan en las conversaciones o en el buen trato dispensado al forastero incluso en sitios y situaciones en los que en cualquier otro lugar lo habrían medido en función de su disposición a hacer gasto. Habíamos visto, eso sí, algunos lazos amarillos —símbolo elegido para reivindicar la vuelta de quienes algunos tienen por exiliados y la justicia española considera simplemente prófugos—, casi siempre en las solapas de personas mayores, y un razonable despliegue de banderas en el que cabía apreciar los estimulantes indicios de pluralismo antes comentados. El encuentro con este señor en el metro ha venido a recordarnos que el conflicto puede tener en algún momento un preocupante cariz de confrontación cara a cara entre discrepantes, alguno de los cuales, quizá el más poderoso, se presenta cargado de indiscutibles argumentos ante los que no cabe otra cosa que asentir... Pero ya estamos llegando a nuestra estación y ahora nuestras preocupaciones se reducen a procurarnos un almuerzo rápido antes de emprender el camino al aeropuerto, ya de vuelta.



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Esa mañana, la última, la habíamos pasado en el Museu Picasso. La impresión pobrísima que nos había causado el MACBA ha quedado sobradamente compensada. Tiene este museo, repartido entre tres mansiones adosadas y muy distintas entre sí, aunque todas igualmente partícipes del sueño de bienestar de una alta burguesía confiada y optimista, un indudable carácter de registro íntimo de toda una vida. Emociona el recorrido por la pintura infantil y juvenil del malagueño, no tanto por evidenciar su precocidad, como por poner de manifiesto que, incluso cuando el aprendiz tiene madera de genio, el aprendizaje sigue sus pasos y consiste ante todo en una educación de la mirada y la sensibilidad, con la que pueden identificarse incluso quienes, en su propio proceso formativo, no han ido más allá de esos primeros pasos elementales. Qué hermosas esas vistas de las azoteas de Barcelona o esos apuntes de los veraneos del pintor niño, atento a la pincelada oscura —un chafarrinón que representa un árbol, por ejemplo— que acerca el primer plano al espectador y crea en la pequeñísima superficie —por esta época Picasso se atenía al muy económico recurso de pintar sobre un trozo de lienzo pegado sobre una tablilla— la ilusión de profundidad y atmósfera. 


Luego vendrá todo lo demás: los periodos azul y rosa, la fase cubista —más apegada a los aprendizajes de la pintura tradicional que lo que podría parecer a primera vista—, la libérrima y quizá un tanto estandarizada etapa madura... Pero una cosa está clara: lo que aquí se muestra no es, como ocurría en la exposición de Brossa que vimos ayer, el resultado de un gesto o una pose, sino un sostenido impulso a interrogarse sobre una realidad de la que el pintor es sólo un elemento, algo así como una lente o espejo en el que la propia realidad se interroga a sí misma. Sale uno de ese museo confortado, reconciliado con los empeños del arte en general y con la necesidad de profundizar en su comprensión y hacer más vitalmente verdadero su disfrute. Y bien está que esta última lección nos sirva también de despedida de una ciudad como Barcelona, tan inmediata, tan asequible, tan a la medida del hombre. Aunque pienso también en la fragilidad de esos rasgos, en lo fácil que resultaría desnaturalizarlos o borrarlos. (Martes 13/2/18)

viernes, febrero 15, 2019

LO BLANCO





Lunes, lluvia y casi todos los museos cerrados. Menos el de Arte Contemporáneo (MACBA), a cuyas puertas, al filo de las 11, que es la hora de apertura, se ha concentrado una multitud en la que se mezclan desocupados, aplicados turistas japoneses y gangosos adolescentes norteamericanos de ambos sexos que parecen muy acalorados —muchos van, pese al frío, en manga corta—, quizá porque andan sobreexcitados por el roce mutuo y el exceso de hormonas. Y aquí estamos todos: se ve que no tenemos otro sitio al que ir en un día como éste. 

Y la verdad es que el museo no resulta muy acogedor. En un documental de la BBC que vi hace poco se analizaba la historia del gusto artístico en función del predominio de ciertos colores: el azul, el dorado, el blanco. Y respecto a este último, que es el de este edificio, se advertía del ejercicio de mistificación que supuso su entronización como color predominante en tantas creaciones artísticas contemporáneas, desde ciertas pinturas del impresionista Whistler hechas con ánimo de épater le bourgois hasta las paredes asépticas de la mayoría de los museos de arte moderno. Mi impresión del MACBA corrobora plenamente las apreciaciones a las que llegaba el autor de ese reportaje: el blanco es un color perverso y crea en quienes se someten a su influencia un curioso efecto de anonadamiento y saturación. La intención es, quizá, que todo lo que contrasta con su desasosegante monotonía cobre una especie de valor añadido. En medio de una habitación blanca, una pantalla en la que se proyecta un imperturbable fondo azul —la película Blue de Derek Jarman, consistente en cincuenta minutos en los que no se ve otra cosa que la mencionada proyección monocromática— resulta, por contraste, una grata variación: se sienta uno tranquilamente ante la pantalla azul, que evoca el tipo peculiar de ceguera que el sida causó al autor, y se entrega uno dócilmente al recitado salmódico de impresiones dictadas a vuelapluma que el cineasta ha puesto en las voces de algunos artistas amigos. Y uno diría incluso que el experimento no está mal: que emociona esa especie de lúcida reflexión en voz alta al borde de la muerte. Pero es una pena, nos decimos, que cueste tanto alcanzar el grado de concentración requerido en medio del trasiego de visitantes. Aguantamos quince minutos. Y luego, después de echar una ojeada indiferente a los magros fondos de la colección permanente —algo de Tapies, de Calder, de Lucio Fontana—, subimos a ver la exposición de Joan Brossa, que se anuncia como el plato fuerte de la temporada.


Y tiene su gracia, qué duda cabe. Brossa fue, en sus momentos más trabajados —su poesía cívica y social, por ejemplo—, un poeta de sesgo clásico e incluso rígidamente neoclásico: su "Oda al president Companys" podría haber sido escrita doscientos años antes por el abate Quintana, pongo por caso. Posiblemente se dio cuenta de que esa poesía, muy apropiada para los rifirrafes de corto vuelo del presente, no tenía muchas posibilidades de ser apreciada por la posteridad..., es decir, por esa clase de posteridad que la crítica y los historiadores de la literatura han venido conformando desde que triunfaron las vanguardias: más apta para celebrar la novedad chocante que el trabajo empeñado en añadir una discreta modulación personal a una tradición reconocible. De ahí —y de un peculiar sentido de la broma, desde luego—, su poesía más ligera, poco más que ocurrencias en las que juega una parte importante la disposición tipográfica de los textos. Un paso más y estamos ante lo que suele llamarse "poesía visual", que normalmente no es otra cosa que la aplicación del principio dadaísta del object trouvé a una imagen aislada de su contexto y destacada sobre una hoja en blanco —de nuevo, esa función mistificadora de la blancura— como si fuera una valiosa viñeta cargada de significados. El truco da para mucho, y de hecho la exposición es una cumplida muestra de la capacidad de Brossa para idear centenares de imágenes sugerentes por el procedimiento de pegar un recorte de periódico o incluso un objeto más o menos plano —una cuchilla de afeitar, por ejemplo— sobre una hoja de papel. Estamos en el terreno de lo que los entendidos llaman "arte conceptual" y hay que reconocer que algunas de estas ocurrencias dan que pensar: por ejemplo, la de poner la palabra "novela" al frente de un cartapacio que contiene fotocopias de documentos tales como la partida de nacimiento, la cartilla militar, el libro de familia, etcétera... El esqueleto, diríamos, de una novela entendida como biografía. Menos enjundia tienen otras ocurrencias. Pero el conjunto, qué duda cabe, termina infundiendo en el espectador un cierto espíritu de divertida complicidad con el artista en trance de broma.  


Para volver a la realidad, nos tomamos un vermú de grifo —en realidad, una dudosa mistela— y unas bravas en un bar de El Raval. Fuera sigue lloviznando. Esta tarde mi hija se ha empeñado en regalarme una sesión de cine a ciegas: me llevará a ver —yo no lo sabré hasta hallarme a las puertas mismas de la sala— Sin perdón, dentro de un ciclo que un meritorio cine dedicado a reposiciones dedica a los wésterns de Clint Eastwood. En el camino hacia ese cine hemos dejado atrás la historiada mole —ahora lo llaman "recinte modernista"— del antiguo hospital de Sant Pau, del que parte la avenida Gaudí, que planta al viandante a los pies de la Sagrada Familia. Pero ese paseo lo voy a dejar para después de la película. (Lunes, 12/2/18)

miércoles, febrero 13, 2019

QUE LA CIUDAD LES PERTENEZCA UN DÍA



No he venido a ver monumentos, me digo. Por eso me parece bien el plan que me proponen: subir al monte Carmel, que forma parte del parque de Guinardó, y contemplar desde la cima, desde lo que llaman "els bunkers", las vistas de la ciudad. De nuevo la mañana se presenta soleada, como corresponde a un domingo ideal de invierno. El parque está lleno de parejas, grupos de jóvenes y matrimonios con niños —y perros, muchos perros— que dedican la mañana a pasear bajo este sol benévolo. No quiere uno ser pedante, pero no puedo evitar comentarle a C., que va a mi lado conteniendo con dificultad los ímpetus de sus perros, que me he acordado de "Barcelona ja no es bona o mi paseo solitario en primavera", el poema que escribió Gil de Biedma a propósito de una mañana como ésta en otro monte de la ciudad, el de Montjuic. Claro que, la verdad sea dicha, el efecto de rememoración histórico-sentimental que se operaba en ese poema actúa aquí en sentido inverso: ya no se trata del escenario de "las nostalgias de una burguesía", invadido por las jóvenes parejas de "chavas venidos del Sur", a quienes el poeta entrega simbólicamente la ciudad, sino justo lo contrario: un antiguo espacio de miseria y marginación —el que suponía la existencia, en torno a estos búnkeres de la guerra civil, de un poblado de chabolas— ha dado paso a un moderno espacio de ocio urbano, aséptico y quizá un tanto desmemoriado: el recuerdo literario pertinente sería, no el poema redentorista y nostálgico de Gil de Biedma, sino las novelas de Juan Marsé y sus personajes criados en este entorno, del que creo tener también una nítida imagen cinematográfica: por aquí debía situarse la madriguera del personaje que interpreta Patxi Andión en Libertad provisional (1976) de Roberto Bodegas, con guión original del propio Marsé. En algún plano de esta película se muestra la ciudad vista desde una barriada de míseras casas encaramadas en un monte adyacente: casas, tal vez, como las que se alinean en la callejuela pomposamente llamada Carrer de Mülhberg, supongo que en recuerdo de la conocida batalla ganada por Carlos V, y que arranca de la propia cima, junto a los búnkeres, para descender sinuosamente hacia el barrio de El Carmel.

Muy pocos de quienes suben hasta aquí intentarán la bajada por esa vertiente: hoy como ayer, la ciudad vuelve la espalda a sus barrios menos favorecidos. Presto oído a las conversaciones de los grupos que vamos rebasando y me sorprende constatar que muchos de estos domingueros en chándal son maestros o profesores de instituto: detecto la terminología característica del gremio. Hay también estudiantes, como mi propia hija. Y muchos hispanoamericanos. Ni que decir tiene que la lengua mayoritaria es el castellano, aunque lo normal es que en un mismo grupo unos hablen en castellano y otros en catalán y todos parezcan entenderse a las mil maravillas: es lo que ocurre en un corro de viejos que, como hacen todos los viejos del mundo en los días despejados, ocupan un banco orientado hacia el sol en uno de los miradores que jalonan el ascenso. El tema de conversación es la guerra civil: uno de ellos está haciendo el relato de cuando los búnkeres fueron construidos para defender la ciudad de los ataques de la aviación franquista. Una cartela, por cierto, asegura que, para detectar la llegada de los aviones enemigos, los ingenieros barceloneses idearon un sistema rudimentario de radar, anterior al que desarrollaron los norteamericanos durante la Segunda Guerra Mundial: localizaban los aviones mediante la emisión de unos sonidos y la captación del eco que producían al chocar con cuerpos intrusos.

Aunque, piensa uno, quizá un buen oteador habría resultado tan eficaz como el extraño aparato de factura futurista que se muestra  en la foto. Yo mismo lo compruebo, fijando la vista en unas cumbres nevadas que se divisan hacia el noreste: una simpática catalana a quien he preguntado me dice que son las cumbres del Montseny. Me quedo con esa evocadora referencia y renuncio a fotografiarla: la mísera cámara de mi teléfono móvil no les haría justicia a esas lejanías. Más confiado, fotografío las vistas del centro de Barcelona, con la mole de la Sagrada Familia y la protuberancia fálica que supone la Torre Agbar como hitos más reconocibles. Esta misma tarde o mañana intentaré pasear por esa zona. Hoy me conformo con esta un tanto embriagadora sensación de dominio visual, que debía de ser la que  experimentarían los artilleros que servían en el emplazamiento, o la que se adivina en los ojos del protagonista de Libertad provisional cuando contempla la ciudad a sus pies. "Que la ciudad les pertenezca un día", decía Gil de Biedma en su poema, refiriéndose a las jóvenes parejas de andaluces y murcianos con las que se cruzó en su paseo. Miro a C. y al muchacho que la acompaña, larguirucho y cándido, y pienso que quizá los jóvenes de ahora no están ya por aceptar sin más las onerosas herencias que pretenden dejarles sus mayores. Sus razones tendrán. (Domingo 11/2/18)

lunes, febrero 11, 2019

UNA MAÑANA GÉLIDA



Mañana soleada y gélida. Como es carnaval, en el obrador-cafetería donde desayunamos han tenido la humorada de hacer un dulce en forma de máscara. Cuando lo veo en la mesa, no puedo evitar pensar que es lo más parecido a una tarta de cumpleaños que he tenido en muchos años. Hoy cumplo cincuenta y cinco y empezar el día con un buen desayuno en compañía de mi mujer y mi hija no me parece la peor manera posible de celebrarlo. Hay también otras delicias en la mesa: una coca de verduras y salmón, unos cruasanes recién hechos, una aromática taza de té. Tiende uno a verlo todo a través del filtro de sus lecturas; y si las calles circundantes del Guinardó me han traído a la memoria el mundo de Juan Marsé, el banquete para empezar el día me hace pensar en el epicureísmo de Pla y de otros renombrados bon-vivants del país. Dedicaremos la mañana a pasear por el centro de Barcelona, que es tanto como decir que vamos a someternos a ese curioso ejercicio, no siempre remunerador, de confrontar lo anticipado por las lecturas con los datos fehacientes que proporciona la realidad. Pero hay algo en el ambiente que me hace pensar que el balance no será insatisfactorio: quizá el día soleado, quizá la euforia de saberse en tierra y con centro de operaciones y sin necesidad de preocuparse de horarios y aviones en unos días.

La comparación es inevitable: uno ama Madrid, pero también lo ha sufrido en sus propias carnes y en las de personas muy cercanas; con Barcelona, en cambio, no tiene uno ninguna deuda pendiente. Y lo primero que decido anotar en su haber es la sensación inicial de que, descontados barrios periféricos y suburbios, se trata de una ciudad muy abarcable y con límites bastante precisos, en comparación con la muy dispersa Madrid. Si se planta uno en mitad de Via Laietana, por ejemplo, a un extremo de la limpia recta se ve lo que parece la loma de una lejana montaña y al otro se adivina el mar. No son escasas las perspectivas desde las que la ciudad parece contenida entre horizontes tan precisos; lo que crea la engañosa ilusión, desmentida luego por las distancias, de que toda ella parece amoldarse a un enclave perfectamente delimitado, más allá del cual no habría ciudad propiamente dicha. 

Hay que decirlo ya: es una ciudad hermosa. Los desastres urbanísticos que le ha infligido, como a todas, la modernidad no han podido anular la personalidad de los estilos arquitectónicos correspondientes a las épocas que más han contribuido a definir su fisonomía: la baja Edad Media, que ha dejado su impronta en el Barrio Gótico y en otras zonas de la ciudad vieja, y el Modernismo en sus distintas variantes, desde el medievalismo arrebatado y un tanto fantasioso del antiguo hospital de Sant Pau, en la cabecera de la Avinguda de Gaudí, hasta el protorracionalismo burgués, todavía lleno de resabios historicistas, que predomina en los edificios de las grandes avenidas. No sabe uno dónde mirar, en qué balconada fijarse, qué gárgolas, frisos o relieves de fantasía le impresionan más en medio del aire de comedida elegancia burguesa que define el conjunto. Tampoco ha dejado uno de advertir la profusión de banderas independentistas —"esteladas", en sus dos versiones: la que tiene la estrella en un triángulo azul y la que la inscribe en uno amarillo—. Son el fruto adventicio de una conflictividad política que resulta claramente impostada si se la compara con la atmósfera de afabilidad general que predomina en las calles y la convivencia en ellas de gentes de las más diversas culturas y nacionalidades y, sobre todo, de distintos idiomas, siendo muy notable la naturalidad con la que se alternan el catalán y el castellano en todo tipo de contextos y la facilidad con la que se pasa del uno al otro en el transcurso de una misma conversación. Por otra parte, también en esa especie de guerra de banderas que se desarrolla en los balcones hay matices: si bien no hay apenas banderas españolas —aunque alguna he visto—, lo que sí hay es muchas senyeras sin estrella alguna, lo que quizá pudiera interpretarse como la manera discreta con la que muchos barceloneses no independentistas muestran su aprecio por el actual régimen de autonomía sujeta al marco constitucional. En esto, como en tantas otras cosas, los matices importan.


Hemos terminado el paseo en el puerto, sentados en la terraza de uno de los modernos centros comerciales que han invadido el espacio portuario. Se está muy bien allí, bebiendo cerveza no demasiado fría —aquí la sirven apenas fresca, un poco al estilo inglés— bajo un precario sol que no termina de disipar los efectos insidiosos del aire gélido, que obliga a llevar el cuello levantado y las cremalleras bien cerradas. Luego vendrá el almuerzo en un atestado restaurante asiático y la retirada al hotel. En el camino, en un remate de libros de segunda mano a beneficio de una oenegé, me echo al cesto un ejemplar de Un senyor de Barcelona de Josep Pla. Me servirá de lectura en la hora de la siesta. (Sábado 10 de febrero, 2018)

domingo, febrero 10, 2019

UNA LLEGADA

Llegar por primera vez a una ciudad al filo de la madrugada, hay que reconocerlo, predispone un poco contra ella: ni el viajero está en su mejor momento ni la ciudad suele enseñar a esas horas su cara más amable. Y algo de eso sentí cuando, nada más llegar al Prat, nos enteramos de que la escalera mecánica por la que se sale de la terminal a la estación de metro estaba cerrada por obras. Para rodear el obstáculo hubo que salir de la terminal y avanzar al amparo de la marquesina exterior hasta encontrar otro acceso. Pero nadie, entre el centenar largo de pasajeros que acabábamos de bajarnos del avión de Sevilla, daba con esa entrada, y una misma impresión de desorientación nos envolvió a todos, mientras unos seguían avanzando hacia la salida prometida y otros volvían sobre sus pasos como intentando encontrar el punto en el que habían perdido el norte. Tampoco había a quien preguntar. Hasta que nos decidimos a abordar a una limpiadora y ésta no sólo nos dijo que en alguna parte había un ascensor que nos conduciría a la mencionada salida, sino que tuvo la gentileza de acompañarnos hasta él. No sé si los demás pasajeros, de quienes nos habíamos separado momentáneamente, tuvieron esa suerte. 

Sí, no fueron unos inicios muy prometedores, como tampoco lo fue la larga hora de viaje en metro que todavía nos quedaba por delante, hasta bajarnos en la estación de Guinardó. Pero el barrio, sorprendentemente, resultó acogedor incluso a esas horas intempestivas. Dejamos las maletas en el hotel y nos apresuramos a buscar un sitio abierto donde todavía pudiéramos cenar. No es que falten bares por la zona, pero a esa hora estaban todos cerrando ya; y así fuimos, de bar en bar, casi como quien mendiga un bocado, hasta que, en un figón en la esquina de Ronda del Guinardó con Carrer de Sant Quintí, una amabilísima camarera —el segundo ángel de la guarda que salía hoy en nuestro auxilio— convenció al cocinero, que ya estaba terminando su jornada, para que no apagara la plancha y se aviniera a prepararnos unas hamburguesas. Que, además, y para sorpresa nuestra, no resultaron ser la porquería que esperábamos, y sí unos nobilísimos especímenes de cocina rápida para muertos de hambre a una hora inhóspita.


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Peor fue lo otro, la llegada al aeropuerto de salida. Nos guiaba el navegador del teléfono móvil y lo estaba haciendo bien. Nuestro destino era el aparcamiento para estancias largas, que teníamos contratado. Pero un momento de duda justo donde se bifurcaban los carriles nos hizo tomar el que conduce a la puerta misma de la terminal, donde los taxis dejan a los pasajeros, y no el que debía llevarnos al aparcamiento. Impertérrita, la voz del robot femenino que guiaba nuestros pasos nos sacó del aeropuerto y, en busca de un punto donde pudiéramos girar y volver sobre nuestros pasos, nos llevó por una carretera comarcal hasta un pueblo vecino, en el que nos metió en un laberinto de calles estrechas que, finalmente, nos dejaron al filo de un escalón infranqueable al borde de un descampado y sin posibilidad de dar marcha atrás... 

Esto no puede estar pasando, me digo, mientras me enfrento a la posibilidad de que vayamos a perder el avión por un simple despiste. Finalmente, llego a la temeraria conclusión de que el escalón que tengo ante mí no es tan alto como parece y quizá mi coche pueda sortearlo. Y como no hay otra salida, no lo pienso más: los bajos del coche rozan con los bordes irregulares del escalón y se oye un bonito estruendo de metales chafados. No me detengo a mirar. Con dificultad, atravesamos el descampado lleno de socavones hasta llegar al arranque de una calle pavimentada, por la que salimos a la carretera que ha de devolvernos al aeropuerto. 

Al bajar del coche veo el daño causado: una hermosa abolladura al filo de los bajos, en uno de los costados. Y la sensación, que tardará mucho en desvanecerse, de que nos hemos visto envueltos a nuestro pesar en una extrañísima pesadilla. (Viernes 9 de febrero, 2018)

sábado, febrero 09, 2019

PREPARATIVOS


Preparativos para un viaje de cuatro noches a Barcelona. Me hace ilusión, pero se me hace un mundo. La verdad es que viajar es una de las cosas más engorrosas que conozco: ese amontonarse en los aeropuertos para subirse en un avión en el que ir apretujado entre extraños y entre rutinas ominosas, que constantemente te recuerdan lo antinatural que es todo esto, lo contrario a los ritmos y querencias normales en un ser humano. Mi consuelo es que este viaje, como casi todos los que hago, se resolverá en quehaceres sedentarios, que depararán durante unos días, no la sensación de estar en un lugar extraño, sino la de hacer vida cotidiana en un sitio del que hará uno lo posible por apropiarse. Y hay una novedad: no he programado nada, no he mirado la cartelera ni la programación de exposiciones (aunque no descarto que lo haga a última hora, puede que en cuanto cierre este apunte): C. se encarga de todo y parece que asume con gusto la responsabilidad, no sencilla, de mantener a su padre ocupado durante cuatro largos días.... Será más descansado, sin duda.

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No se puede decir que esto de los viajes no se haya popularizado : hace apenas unos años, incluso los pobres como nosotros asumíamos un afectado aire de gravedad burguesa cuando entrábamos en un aeropuerto y nos sometíamos a las formalidades oportunas, que eran mucho menos severas que las de ahora. Ir mal vestido era impensable: la policía no miraba con buenos ojos a los viajeros desastrados. Incluso ser demasiado joven te hacía sospechoso, no de portar una bomba o un alijo de drogas, que es lo que la policía parece buscar afanosamente con los controles actuales, sino de quebrar una especie de convención. De esos tiempos recuerdo que, si era uno el más joven y más informalmente vestido de una cola en la que hubiera una decena de señorones con pinta de ejecutivos, que eran casi los únicos que viajaban entonces, la policía invariablemente te echaba a un lado y te cacheaba delante de todos. Ahora lo tienen más difícil: todos somos más o menos parte de la misma carne de cañón, y acaso lo que rompe la armonía general es ir demasiado arreglado en medio de la grey hirsuta que va en chándal y se echa a dormir tranquilamente en las salas de espera, como lo harían unos vagabundos bajo un puente. Quizá sea mejor así. Pero, de nuevo, esta sobreañadida funcionalidad de todo el proceso no hace otra cosa que volverlo más mecánico, más pesado, más parecido a las rutinas necesarias para arrear ganado que a los lujos de los viajes de antes.


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Elegir el libro que ha de acompañarte durante un viaje es casi tan delicado como elegir a la persona que irá contigo. Y lo curioso es que, en el caso del libro, el que te acompañe será siempre objeto de una infidelidad, real o imaginaria, porque no hay viaje en el que no acumule uno al menos media docena de libros salidos al paso y vinculados ya para siempre en tu recuerdo al lugar visitado y a las expectativas puestas en él. 


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A pesar del frío, hoy ha sido la primera tarde en la que hemos oído cantar los pájaros que anticipan la primavera. (8/2/18, jueves)