domingo, agosto 31, 2014

AQUELLAS BELLEZAS

Aquellas bellezas de los años sesenta / setenta: delgaduchas, desinhibidas, aniñadas, algo desdibujadas y un tanto turbias. Su equivalente español fueron las animosas actrices del destape, a las que quizá la posteridad ha tratado con más dureza de la necesaria, porque sus referentes foráneos -pienso en Britt Eckland o en Sydne Rome, a las que acabo de ver en dos películas infumables, The Bobo de Robert Parrish y What? de Roman Polanski- no eran necesariamente mejores actrices ni tuvieron más suerte con los papeles con los que les tocó bregar... Las ve uno ahora como a lejanas primas mayores que quizá no han envejecido del todo bien, y a las que, con los años, el empeño de desmentir lo que fueron las ha vuelto un poco coriáceas, cuando no abiertamente reaccionarias, en contraste con la imagen que dieron en sus días de plenitud. 

Anoto aquí la impresión que me causa Sydne Rome en la mencionada película de Polanski: después de haber recorrido medio mundo en autostop y sin percances, la intentan violar unos chicos italianos, de los que consigue huir para refugiarse en una extraña mansión en la que parece tener lugar una interminable fiesta con ribetes de orgía, en la que participan personajes más o menos extraídos del imaginario beatnik y algún que otro superviviente del libertinaje de buen tono que también practicaron algunos afortunados de la generación precedente, aquí representada por un curioso personaje interpretado por Mastroianni... Y ya está: no hay más, salvo las idas y venidas de la chica, casi siempre desnuda o medio desnuda, por los distintos escenarios de esa fiesta caótica, que con mucha voluntad podríamos interpretar como una metáfora de la Europa de entonces, vista por un recién llegado que, antes de dar el salto al cine americano, quería sentar plaza de moderno y provocador. Bueno. Quizá lo extraño es que estas películas se sigan viendo hoy con cierta fascinación, tal vez porque lo que prometían -el sueño de una vida felizmente emancipada de todo lo que había agobiado a la sufrida primera generación de posguerra- no ha llegado a cumplirse del todo, ni estamos seguros de que eso fuera exactamente lo que deseábamos... Y ahí estamos. 

martes, agosto 26, 2014

DIARISTA

El operario que nos ha enviado la compañía de seguros para reparar las humedades del techo del baño es también, por necesidad, un consumado diarista. Nada más llegar, anota en el parte: "Llegada: 9.10". Luego pone manos a la obra y, hora y media más tarde, vuelve a anotar: "10.40: terminado el resanado del techo. Dejo secar y marcho a otro servicio. Vuelvo después de almorzar". Efectivamente, a eso de las cuatro de la tarde lo tengo de nuevo en casa. Unos cuarenta y cinco minutos después anota: "Lijado medio techo; el otro no se puede porque está todavía fresco el emplaste". Y así. Pienso que a este minucioso anotador de todos sus actos le habrá asaltado alguna vez la tentación de añadir detalles que van más allá de lo exigido por el protocolo por el que rinde cuentas de su trabajo; que alguna vez le habrá apetecido anotar que hacía frío o calor, que el inquilino de la casa era hablador o taciturno, que el ama de casa que le había abierto la puerta era guapa o fea. Él mismo es un hombre hablador: al día siguiente, cuando vino a rematar el trabajo, aprovechó la pausa de secado de la primera mano de pintura del techo para preguntarme dónde podía bajar a desayunar, lo que dio lugar a una animada conversación sobre la hostelería de la zona... Pensé que lo propio hubiera sido que yo lo invitara a tomar un café, pero todavía no habíamos salido a hacer las compras del día y no había una mala rebanada de pan que ofrecerle. Luego, ya rematada la segunda mano, me confesó que ese día no había ningún otro servicio que hacer, y quizá eso explicaba que no tuviera prisa. "Bueno, ha sido un placer", se despide ceremoniosamente. "Espero que, si volvemos a vernos, no sea por ningún otro percance". Suscribo ese piadoso voto, por más que la apostilla inmediatamente añadida al mismo me parece también muy razonable: "Y que no falte. Al fin y al cabo, yo vivo de esto". Lo último que le veo recoger son sus papeles. Imagino el último apunte: "11.15: A casa sin más que hacer". Y el temblor del pulso al constatar que es en ese tiempo muerto donde empiezan a suceder las cosas que verdaderamente interesan al diarista.   

lunes, agosto 25, 2014

MÁRGENES

Compara Thoreau en sus diarios el "margen de ocio" que un hombre se permite en su vida con el margen en blanco de una página impresa: ambos igualmente necesarios y bellos, se supone que para el realce o la puesta en valor de lo que queda dentro; o quizá al contrario: lo de dentro, la caja de texto o el magma de la vida ocupada, sólo está ahí quizá para autorizar el lujo que supone ese espacio en blanco al que el hombre consagra lo mejor de sus energías o en el que la imaginación del lector vuela más allá de la lectura. Y lo curioso de todo esto es que lo leo en una de esas meritorias ediciones baratas norteamericanas que hacen virtud del hecho de dedicar apenas medio centímetro de mal papel a enmarcar el texto. Valga lo uno por lo otro: la menesterosa sobriedad de esta edición por el luminoso y bien aireado mensaje que contiene.

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La llegada del perro de C. a casa: temíamos que se lanzaría inmediatamente a perseguir a K., como lo habíamos visto hacer con algún que otro gato callejero, y que el desenlace de la carrera no podía ser otro que un ciego zarpazo de K. al importuno... Pero no: la gata se quedó mirándolo de hito en hito, mientras el perro, que en espacios desconocidos apenas se atreve a despegarse de su dueña, prudentemente optaba por ignorar a ese extraño animal tan poco receptivo. Durante los dos primeros días ambos han mantenido las distancias, y quizá lo único reseñable es que la gata, más ofendida que asustada, durante el primero de esos días no se atrevió a salir de su refugio, una especie de mullida entreplanta entre los asientos de las sillas del comedor y la tapa de la mesa, y se limitaba a seguir con mirada de desaprobación las esporádicas visitas del perro al salón, siempre en pos de su dueña. Temimos que ese encastillamiento, que entre otras cosas implicaba que la gata no visitaba su comedero, derivara en una de esas tristísimas depresiones animales en las que el afectado deja de comer. Pero con todo tipo de zalamerías consigo que la gata me siga hasta la cocina, en un intervalo en el que el perro no está visible, y se atiborre de pienso. Por la tarde las tornas cambian: la gata aumenta su radio de acción y ya se atreve a llegar hasta la puerta de la habitación donde duerme el intruso... No sabemos hasta dónde llegarán estas confianzas, ni si habrá tiempo de que calen, antes de que C. se lleve al perro a su domicilio definitivo, en su piso de estudiante. Y no, no creo que la gata, hecha al indisputado dominio de su territorio, lo vaya a echar de menos.

jueves, agosto 21, 2014

DEMONIOS

Coincidiendo con mi deseo de desconexión de eso que llaman "actualidad", la pequeña radio que teníamos en la cocina se averió -creo que lo he anotado ya- al principio de las vacaciones. Una curiosa avería, en cualquier caso: la ruedecita que regulaba el volumen dejó de funcionar, con lo que el aparato literalmente vociferaba, sin que fuera posible aminorar la intensidad del ruido. Toda una metáfora, en fin, de lo que supone dejar abierta una ventana de la casa de uno a los demonios de fuera. Nos hemos pasado todo el verano sin radio. Y ahora que empiezo a entrever la vuelta a los madrugones y los desabridos desayunos en la cocina silenciosa, he comprado otra radio. Porque incluso los demonios, en según qué circunstancias, acompañan.

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También compré, en la misma tacada, cuatro cedés, un paquete de velas, unos aceites aromáticos y unas varas de incienso -por eso de los sahumerios para espantar a los ya mencionados demonios-, un ratón para el portátil, un frasquito de nogalina, una lata de cera para madera del mismo color -encuentra uno un cierto descanso en dedicar parte de la jornada a pequeñas mejoras domésticas-, una llave inglesa regulable... Nada del otro mundo, salvo esa inconfesable, y quizá lamentable, subida de adrenalina que supone entregarse al capricho de divagar durante unas horas por los pasillos de unos grandes almacenes y comprobar cómo los brujos del consumo han previsto incluso necesidades nuestras de las que no teníamos ni el menor indicio hasta el momento en que encontramos el objeto diseñado exclusivamente para satisfacerlas. Al llegar a casa, extiende uno su magro botín sobre la mesa. Respiro al constatar que nada de lo adquirido es demasiado inútil o superfluo. Esta mañana el sonsonete de la radio ha vuelto a acompañar nuestro desayuno. No hay novedad: siguen hablando de lo mismo que hace dos meses. Y eso, en cierto modo, es también un alivio.

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Películas vistas: Rojo y negro (1942), por ejemplo, de Carlos Arévalo: un predecible producto de propaganda falangista, cuyo hilo argumental (infancia durante la decadente monarquía de Alfonso XIII, años de confusión vital e ideológica durante la República, toma de conciencia -ya se sabe en qué sentido- durante los últimos años de la misma y la guerra civil) coincide con el de otras tantas rendiciones de cuentas de otros artistas decantados hacia el mismo campo ideológico: desde el Torrente Ballester de Javier Mariño al Foxá de Madrid de corte a checa. Pero lo realmente notable de esta película es su buen pulso y el excelente uso que hace de los movimientos de cámara y del montaje. Especialmente memorable es la secuencia en la que la cámara se pasea de arriba abajo y de un lado a otro, traspasando muros y divisiones de planta, por las distintas dependencias de la tristemente famosa checa de la calle Fomento, reconstruida en un enorme decorado sin paredes. 

Lo curioso es que Arévalo no volvió a demostrar esa competencia técnica y ese grado de pericia visual y compositiva en ninguna otra película; lo que me hace pensar que el motivo por el que ésta fue postergada en su día e incluso prohibida a las pocas semanas de su estreno no fue tanto la presunta heterodoxia ideológica del argumento (cuyo final, que muestra el desengaño de un miliciano comunista que siente repugnancia ante el uso que sus conmilitones hacen de la violencia en retaguardia, no parece implicar necesariamente el paso de éste al bando contrario), ni la crudeza con la que presenta una violación -de una militante falangista por un miliciano, naturalmente- que tampoco se resuelve en la típica estampa de la víctima magullada y con las ropas rasgadas después de una ardua resistencia, sino que da a entender que la víctima ha sufrido en silencio y pasivamente la violencia infligida... No, posiblemente lo que menos gustó de la película a los censores del día -y dicen que al propio Franco- fue su curiosa mezcla de audacia estilística y cierto realismo descarnado, que posiblemente fue entendida como contraproducente para los efectos propagandísticos que se pretendían. 

Arévalo -leo en un artículo de Ríos Carratalá- se retiró definitivamente del cine en 1960, después de una carrera muy irregular, y vivió en silencio y en el olvido hasta 1988. Fue uno más de los muchos que no acertaron a dar la nota que se esperaba de ellos en el coro de unanimidades de entonces. Claro que eso no pasaba solamente en aquellos años.

martes, agosto 19, 2014

NO-HAY-POSTRE

Este año no está siendo efectiva mi cura veraniega de desconexión de la realidad. Valía, quizá, cuando ésta era lo suficientemente inane por estas fechas para que los periódicos de agosto adelgazaran hasta extremos que te hacían pensar si no te estaban estafando por mantener el mismo precio que el resto del año. Pero ya no. Extrañas guerras milenaristas, epidemias medievales, descomposición general del sistema de coordenadas cívicas en el que más o menos habíamos confiado hasta hoy: incluso manteniendo un severo veto a todos los boletines informativos, y no encendiendo la radio o el televisor para otra cosa que no sea oír música o ver películas, todo esto acaba infiltrándose y, lo que es peor, impregnando poco a poco incluso la tonalidad anímica con la que uno afronta estos días dedicados exclusivamente a la privacidad. Se dirá que esta queja es muy egoísta, pero, en todo caso, no creo que lo sea más que aprovechar las mencionadas calamidades para engolar la voz y revestir de indignación ciudadana lo que no es otra cosa que mero voluntarismo inconsecuente. Algo me dice que estamos entrando en una nueva era de civismo impostado, en la que se nos exigirán de vez en cuando las correspondientes muestras de adhesión a la corrección política del momento. Y entonces no sé si valdrá de algo este atrincherarse... detrás de qué.

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El restaurante casi ha agotado sus existencias, tras la nutrida afluencia en el puente festivo. "Y yo que venía hoy con ganas de postre...", le digo al encargado, en tono zumbón. "No importa, yo te improviso uno; y, además, te invito". Y, efectivamente, al final de la comida aparece sobre la mesa un plato que contiene un bulto cubierto de chocolate templado. "¿Qué es?". "Prúebalo". Meto la cuchara y toco lo que parece un trozo de bizcocho, y luego una masa blanda que, al paladar, está fría y contrasta gratamente con lo templado del chocolate y el dulce. No acierto a adivinar de qué se trata. Nuestro amigo el encargado incluso ha despertado mis aprensiones al insinuar que el postre pudiera contener algo de queso, que aborrezco... Pero no: se trata, simplemente, de un dónut previamente emborrachado en una especie de almíbar caliente y acompañado por una bola de helado de vainilla, rematados ambos por una generosa cantidad de chocolate fundido. M.A. propone un nombre para el nuevo postre: No-hay-postre, o No-tengo-postre. Nos dice el encargado que se pensará su inclusión en la carta. Y ya nos imaginamos el remate de alguna futura comida de invierno: "Un No-hay-postre, Santi", en recuerdo de esta al principio melancólica y luego exultante cena de final de vacaciones.

domingo, agosto 17, 2014

EN EL ESTUDIO DE R.D.

En el estudio de Rafael Domínguez. Igual que un escritor se retrata en su biblioteca, a un pintor no termina uno de verle las vueltas, o de entender su mundo, hasta que no entra en su estudio. Por eso se agradece el acto de confianza que supone que uno de ellos –aunque amigo y vecino, como es el caso– te invite a visitar el suyo. Conocíamos algo de la pintura de Rafael Domínguez, pero intuíamos que este hombre tímido y reservado, que no levanta nunca la voz, tenía un trasfondo que iba más allá de las pulcras vistas de ciudad, un poco al estilo de la pintura urbana de los ochenta, que le habíamos visto en alguna exposición, o sus paisajes rurales, también resueltos desde una cierta mirada distanciada y fría, como si esos otros cuadros suyos en los que predomina la textura impenetrable del metal y el asfalto le hubiesen enseñado a detenerse en la superficie de las cosas, a no dejarse tentar por la algo tramposa invitación al lirismo que encierra siempre la mera pintura de terruño cuando el pintor no sabe poner coto a toda esa literatura añadida que se le pega siempre al paisaje demasiado humanizado. 

Estos cuadros, los de ciudad y los de campo, reflejan la mirada contenida de un hombre reservado, y cuadraban bien con lo que sabíamos de su autor, a la vez que compendian quizá lo que él deja que los demás conozcan de su mundo y aspiraciones. Nunca, por ejemplo, habíamos visto ningún retrato pintado por él, y por eso lo primero que nos sorprende cuando accedemos a su espacio privado son los excelentes retratos que ha hecho de sus hijos. Ni una traza en ellos de esa frialdad metálica de su mundo de superficies duras e impenetrables; pero tampoco nada que desmienta ese especie de tácita creencia suya de que el alma de las cosas no necesariamente es un ente fantasmal que trasluce desde el interior de éstas, sino que más bien ha de buscarse en lo de fuera, en lo meramente visible. En eso sus retratos son velazqueños; lo que es mucho decir, quizá, de un pintor contemporáneo, y es tal vez el motivo de que estos cuadros pertenezcan a la esfera privada de su autor y no salgan a esa dura palestra mundana en la que son juzgados por mirada ajena y tasados en función de las preferencias estéticas de los jueces. Quizá yo también hago mal con sacarlos a colación aquí, pero pienso que el retrato que intento hacer de su autor –de su estudio, que es su imagen– quedaría incompleto si no los citara. 

Menos reparo me causa hablar de sus cuadros de gran formato, complicadísimos en concepción y composición, pero reflejo también de una sensibilidad minuciosa, tocada de un punto de arrebato poético. Nos conmueve, por ejemplo, uno que representa la fachada trasera de lo que parece uno de esos establos o gallineros que los habitantes de los pueblos levantan en las afueras utilizando todo tipo de materiales de desecho. Parece casi imposible que tantas cosas y texturas quepan en un lienzo; y, sobre todo, parece imposible la extraña armonía que emana del conjunto, y que no responde sólo a la feliz compaginación de formas y colores, sino también a una honda comprensión de los afanes humanos y de la realidad de los que surge esta extraña criatura mixta, actual e intemporal a un mismo tiempo.

Éstas eran algunas de las sorpresas que nos aguardaban en el estudio de R.D. No lo han sido, desde luego, su cordialidad y la de su familia, con la que compartimos una copa al aire libre, antes de que un viento repentino –son cosas que ocurren en la sierra– nos haga replegarnos al interior de la casa, que ya sabemos que es también el interior de quienes la habitan. 

jueves, agosto 14, 2014

COMPRAS

En el pueblo, buscando un pebetero para quemar alhucema, lo que nos lleva al taller de una ceramista local y luego al bazar donde venden las candelas. Distraemos el tiempo con estas pequeñas tramas fútiles, casi impensables en esos otros días en los que el gasto de tiempo está predeterminado por las obligaciones... Y luego, en casa, mientras nos llegan las primeras emanaciones purificadoras del sahumerio, pienso en todo aquello que me gustaría que se llevaran consigo: fantasmas de dentro y fuera; las voces de los vecinos molestos que atruenan en la calle y esas otras voces, no menos fastidiosas, que se desgañitan dentro de uno. Humo, humo. Y a respirar un aire más limpio.

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Le preguntamos a la herboristera para qué sirven estas tiras de pomelo desecado que vende en bolsas. Nos dice que hay quien las toma para la digestión; y no me atrevo a decirle que lo que me ha atraído de ellas es la posibilidad de utilizarlas para aromatizar los gin-tonics... 

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Tomates. Los mejores son los más feos e irregulares, los que se presentan reventones y con surcos de tierra negra incrustada en su agrietada superficie. Llevamos comprándolos todo el verano y no tenemos queja. Y anticipamos, por contraste, el contraproducente efecto que nos causarán, cuando no tengamos más remedio que comprarlos, los tomates perfectos del supermercado.

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Acompañando al amigo que amenaza con dejar sin existencias esta gloriosa charcutería, casi me avergüenza mi contención. Pero ya no tiene uno estómago para trasegar estas grasas y mantecas más que esporádicamente, y aún así hay un precio que pagar por ello. Y no me refiero al monetario, no; ni siquiera a la previsible dispepsia, sino a esa delicada moral por la que se rige la necesaria expiación de todo exceso.

miércoles, agosto 13, 2014

LASITUDES

Quién lo diría: el burro se ha convertido en un animal ornamental. O, al menos, eso parece el que encontramos tras un cercado junto a la senda que hemos recorrido esta mañana: un adorno del campo, una criatura de inmensos ojos limpios, que acaso espera de los paseantes que le acerquemos algún brote tierno que mordisquear, no porque a él le falten en su parcela, sino por mero impulso amistoso, y por una curiosidad más digna de un gato que de un animal al que una obstinada tradición considera estólido y estúpido. No, no había exageración en la descripción que J.R.J. hace de su burrillo en el capítulo primero de su famoso libro: también éste parece de algodón, aunque esa impresión de muñeco blando queda contrarrestada por una cierta prestancia selvática, realzada por la limpia raya negra que le recorre el dorso del cuello y el lomo. Quisiéramos haberle dado algo dulce y limpio también: quizá una mandarina. Pero no llevo nada, y me limito a acariciarle la testuz y a seguir mi camino.

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Lasitudes de agosto. Quizá la única señal clara de que el ritmo vacacional se va imponiendo en el ánimo sea esta sensación de tiempo dislocado. Lo mismo te levantas temprano, por eso de aprovechar la fresca para andar por el campo, que duermes una siesta extemporánea antes de almorzar. Quedan suspendidos o aplazados incluso los benevolentes planes que habías hecho para aprovechar el tiempo libre. También, ay, los proyectos literarios que parecen requerir esta disponibilidad de tiempo, pero que en realidad acaban siempre cuajando en las escasas horas libres que te dejan los días laborables. Sólo permanecen, irreductibles, las servidumbres del sentimiento: tendría uno que dejar de ser quien es para descansar también de ese peso. Y así va acercándose agosto a su mitad, que es también el inicio de su declive y el comienzo de esa otra comezón que anuncia la vuelta a las obligaciones. Y así vamos.

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Quizá este otro pueblo grande y destartalado dé la impresión de ser un pueblo feliz por ser, antes que nada, un pueblo laborioso. Mira uno la relativa desenvoltura de las mujeres con que se cruza, casi todas ellas tocadas de un punto de hermosura absolutamente ajeno al canon oficial, la presteza un tanto ruda, pero en el fondo amable, de los hombres, la predisposición general a una cierta lasitud más aparente que otra cosa, y que no impide que, a la vez que se bromea o se charla, la labor avance a un ritmo más que razonable. Se dice uno que todo el país podría ser así, y otro gallo nos cantaría. Pero…

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El único defecto –pero grande– de Shelley como poeta: mira sin ver, y cuando trata de explicar lo que cree que ha visto, lo que dice a duras penas puede relacionarse con alguna realidad concebible en términos puramente visuales. El lector, en cambio, no deja de creer en ningún momento que lo que tiene delante es escritura eminentemente descriptiva, y magníficamente ejecutada además, y achaca su ceguera a una primera lectura descuidada, sobre la que volverá en vano una y otra vez…  Y ésa es la lección de Shelley: elabora un magnífico instrumento para describir lo indescriptible, pero… no acaba de encontrar un objeto digno de semejante maquinaria expresiva: salvo, quizá, al final de su vida, en textos tan alusivos o ambiguos como The Triumph of Life –que, en realidad, desmintiendo su título, es un triunfo de la muerte, de todo aquello que niega la vida más alta del hombre–… A Shelley le aguardaba una esplendida madurez desengañada, en la que seguramente hubiera alcanzado la síntesis ideal entre visión y estilo que se espera de un poeta de sus ambiciones. Murió antes de tiempo; y lo que dejó, de todos modos, no deja de ser una obra fascinante, precisamente por lo que tiene de proyecto de otro nivel de excelencia ulterior, acaso inalcanzable.

viernes, agosto 08, 2014

RIEGO

El olor del agua de riego sobre la piedra recalentada, al atardecer. Mientras el amigo S. refresca la terraza de su restaurante, de cara a la inminente hora de la cena, me acuerdo de cuando yo mismo hacía lo propio en el porche de la casa de Bocaleones en la que pasábamos los veranos cuando C. era una niña y nosotros todavía unos treintañeros nerviosos y volátiles, casi abonados a tiempo completo a esa hora dura de la tarde en la que parecía imposible que el calor fuera a remitir, por más que uno pusiera su mejor voluntad en aplacar la flama con el chorro de una manguera. Olía como cuando, a finales de agosto, un chaparrón repentino venía a recordarnos que el otoño se acercaba. Y siempre tenía uno la impresión de haberse dejado ganar por la impaciencia, y de que acaso el riego hubiera sido más efectivo una hora más tarde, con el sol ya a punto de ocultarse tras la línea del horizonte. Pero era una cuestión de empeño, fruto de ese ligero empecinamiento de quien se levanta de la siesta decidido a ganarse de nuevo su derecho a estar en un mundo momentáneamente abandonado al crepitar de las cigarras y al peso aplastante de las calores. Y cuando finalmente se ponía el sol, uno pensaba que el gratificante frescor que subía de la huerta y el río era en parte consecuencia de ese esfuerzo extemporáneo, del que daba fe el agua estancada en los alcorques y la ligera neblina espolvoreada que la brisa vespertina hacía caer de las ramas de las acacias. Y eso estaba bien.

miércoles, agosto 06, 2014

A VECES


Vivo en la casa y también en el reflejo de la casa, y la verdad es que no sé cuál de esas dos existencias me gusta más. Arriba soy sólido y opaco, tengo sombra y obstaculizo la circulación del aire. Abajo soy fluido y transparente, tiemblo con el temblor del agua y me borro cuando una conjunción de factores que no controlo –por ejemplo, que el sol se nuble, o que un viento rice la superficie de las aguas– borra la totalidad del reflejo que habito y vuelve el agua momentáneamente opaca, como yo arriba. 

A veces me recreo en imaginar que cambio las tornas, y que es mi yo denso y opaco el que se hunde en las aguas, mientras mi reflejo incorpóreo se eleva… Pero eso sólo ocurre en los días malos; quiero decir: en los días en los que no me siento ni aquí ni allá, no sé si me explico. 

(Texto escrito para el cuadro de José Alberto López que se muestra en la ilustración, perteneciente a la exposición "Al este de Atlántida", que se ha inaugurado hoy miércoles y puede verse en la fachada de la Plaza de Abastos de Cádiz.)

lunes, agosto 04, 2014

JURISPRUDENCIA


Llega gente de fuera a este pequeño microcosmos nuestro; o mejor sería decir: gente de otros microcosmos también nuestros, pero quizá momentáneamente postergados por esa limitación humana que nos circunscribe a un tiempo exclusivamente lineal y a un espacio sin saltos ni discontinuidades. Echamos mano de la memoria y de la imaginación para salvar lo que percibimos como una burda simplificación de la experiencia; y también, a veces, de las elasticidades de la vida social; sin considerar que ciertas promiscuidades atentan directamente contra la razón de ser de esta querencia nuestra a trasvasarnos a otras esferas distintas de la realidad, que no es otra que garantizar que, en el trasvase, dejamos atrás todo un modo de ser para adquirir uno distinto, el exclusivo de la nueva esfera. Por eso conviene cerrar la puerta tras nosotros. O no: a veces se cansa uno de llevar una vida demasiado atomizada, que exige demasiados cambios de disfraz y demasiados reajustes de la propia conciencia. Para descubrir, al final, que esa ilusión de multiplicidad era también una fantasía privada.


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Leo Civil Disobedience: un poco de anarquismo no viene nunca mal en vacaciones; y más cuando, detrás de este radical llamamiento a no pagar impuestos a un estado que defendía la esclavitud y llamaba a la guerra contra los vecinos, late, no el viejo fundamentalismo rousseauniano en el que encuentran su justificación tantas dictaduras, sino un sano individualismo. Ante una ley injusta -dice Thoreau-, ¿habremos de acatarla mientras esperamos que se constituya una mayoría social suficiente para derogarla? ¿O debemos, desde el primer momento, negarnos a obedecerla? Responder afirmativamente a la segunda pregunta parecería justificar la pretensión por la que ciertas minorías se creen llamadas, llegado el caso, a asumir el control de la sociedad en nombre de tales o cuales imperativos urgentes de la razón política. Pero no es eso lo que pide Thoreau; sino simplemente que, como individuos, no hagamos nada que contribuya a mantener o perpetuar el orden de cosas que consideramos injusto. Y, también, que nos neguemos a ver en el estado una entidad abstracta distinta a los rostros concretos con que se nos manifiesta: en este caso, el recaudador de impuestos. ¿Tiene éste culpa del destino que se le da al dinero recaudado? Sí, puesto que colabora activamente en su recaudación y siempre podría, llegado el caso, renunciar a su empleo y dedicarse a otra cosa... Y aquí se queda uno pensativo: ¿debería también renunciar al suyo un profesor que descrea profundamente de los principios en los que dice basarse el sistema educativo para el que trabaja? Pero estamos en agosto, y mejor echarse una siesta...


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En la autoproclamada y un tanto chestertoniana República de San Antón -que no está en el Caribe ni  mucho menos-, cuyo territorio abarca poco más que la plaza que le da nombre y unas pocas calles adyacentes, se echan de menos muchas ordenanzas. ¿Se permite sentarse al aire libre con el torso desnudo?, me pregunta este acalorado visitante. No sé. Depende del torso, le digo. Y tengo la sensación, en mi condición de uno de los padres putativos de esta improvisada patria chica, de haber sentado jurisprudencia.   

martes, julio 29, 2014

A QUEST


Esa especie de lúcida fantasmagoría en que consiste la poesía de Shelley... ¿Podré pasar un verano entero en ella? Como antídoto, quizá, los muy razonables escritos de Thoreau. Que  también andaba un pelín pasado de rosca, no obstante.

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Para quienes disfrutan con ese tipo de aventura que los entendidos llaman quest, y que consisten sobre todo en una búsqueda: mi pesquisa de ayer en busca de un adaptador para un exótico enchufe con tres clavijas en línea, modelo que al parecer se fabrica y se usa en la India, de donde debe de ser oriunda la tostadora para la que necesito el mencionado complemento. Traía el suyo de fábrica, pero se ve que era de mala calidad y se agrietó con el uso, hasta que anteayer se me hizo pedazos en las manos; así que me lancé a buscar el correspondiente recambio por todas las tiendas de electricidad de la ciudad, incluyendo alguna que no conocía, situada en calles por las que tampoco suelo transitar, y por las que tuvo a bien conducirme un nativo a quien abordé en una animada tertulia de hombres atezados que tenía lugar a la puerta de un garaje, y que se ofreció a guiarme, previa parada frente a la ventana de un bajo en la que vendían tabaco de contrabando... Al final, casi lamenté haber agotado la nómina local de comercios del ramo: la pesquisa, como suele suceder, era ya interesante por sí misma, y lo que la motivaba era lo de menos. El último paso fue acudir al origen mismo del problema, es decir, el comercio en el que compré la tostadora, hace cosa de un año. Me dijeron que ya no trabajaban esa marca, pero que quizá en el almacén les quedara un aparato y pudieran darme su correspondiente adaptador; que lo comprobarían y me llamarían. Aún estoy esperando. Pero no doy por desperdiciado el tiempo empleado en la infructuosa pesquisa. Mañana, no sé, será otra cosa: un tesoro, la estatuilla de un halcón, un arca llena de materia radiactiva... The stuff dreams are made of.   

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El momento de incertidumbre, al filo del anochecer, en el que el viento sur parece que quiere virar a poniente y la sensación de bienestar se reviste de cautela ante la inminencia del frío... La imagen misma de la felicidad precaria, siempre al filo del desencanto.

lunes, julio 28, 2014

AMANECERES

"¿Qué? ¿Las golondrinas?", me espeta este vecino que me sorprende en actitud contemplativa a primera hora de la mañana, con el pan recién comprado en la mano y una cierta mala conciencia por no estar haciendo lo que se supone que debe hacer una persona que disfruta de sus vacaciones, que es dormir hasta el mediodía. Pero no: aquí estoy, ya no sé si mirando el ir y venir de las golondrinas -mi vecino ha leído lo que escribí al respecto en este cuaderno el otro día, y de ahí el sentido de su alusión- o el de mis propios pensamientos, que tienen para divagar todo el hondo paisaje que se divisa desde esta plaza-mirador. No es uno demasiado partidario de los arrobos fáciles. Pero la verdad es que la confluencia del frescor matinal, la luz que presta a todas las cosas una cierta cualidad de estar hechas de una semitransparente materia ingrávida, el sentimiento de complicidad con otros madrugadores, y hasta el olor del pan recién hecho, infunden en uno una especie de fundado optimismo respecto al sentido de su estar en el mundo, de ser parte de este ordenado milagro que, a poco que el día empiece a rodar, a llenarse de ruidos, de prisas, de atropellos y rudezas, irá adquiriendo inevitablemente otro cariz. Pero eso será luego. Ahora toca gozar de este sentimiento de exultación. Y acopiarlo, en previsión de los malos ratos que vendrán.

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La vibrante conclusión de Walden: la apelación a que emprendamos el único viaje que realmente nos conducirá a tierras desconocidas, que no es otro que el que nos lleva a explorar nuestra interioridad, esa terra ignota ante la que podemos sentirnos más desasistidos aun que si una tormenta nos hubiese arrojado, despojados de todo, a una costa extraña; y la insistencia en que esa azarosa arribada debe sorprendernos con los ojos bien abiertos. "Only that day dawns to which we are awake" ("Sólo amanece el día para el cual estamos despiertos"). Lo leo precisamente en la pausa contemplativa de mi paseo matinal. Pero queda mucho día por delante y no siempre es uno capaz de mantener los ojos abiertos tanto tiempo.

viernes, julio 25, 2014

LA RESEÑA DEL VIERNES: 'LA VÍSPERA' de RODRIGO OLAY

En LA RONDA DEL LIBRO, el blog de crítica literaria asociado a nuestra "columna de humo", publicamos hoy la reseña que nuestro colaborador José Luna Borge hace de La víspera, el segundo  libro de poemas de Rodrigo Olay, publicado por La Isla de Siltolá.

En La víspera, nos dice Luna Borge, "encontramos a ese sabio poeta a quien no le importa exhibir a sus modelos o que el lector los vaya descubriendo. Nos topamos también con sus deslumbrantes ejercicios de virtuoso de minuciosa técnica depurada, o al erudito de múltiples lecturas y saberes y al poeta intimista y personal que nos habla del amor y de la muerte, de la familia o de sus compañeros de facultad. Sería difícil quedarse con una sola de estas voces, todas tienen algo suyo y nos lo recuerdan, pero ¿dónde encontrar su voz más verdadera?".


martes, julio 22, 2014

IN SUCH A NIGHT


De vuelta a casa, después de una cena con amigos. Una de esas madrugadas tersas, fragantes, en las que no se mueve una hoja. Casi nadie en la calle: sólo la desesperada clientela terminal de un par de terrazas en las que ya han apagado la música y apilado las sillas desocupadas. Caminamos con determinación, casi contra nuestro impulso de sentarnos en cualquiera de los bancos vacíos y pasar la noche a la intemperie, disfrutando de esa especie de secreto esplendor al que el resto de la humanidad ha vuelto tranquilamente la espalda. Casi nos sentimos culpables por ir rompiendo el silencio de la noche con nuestros pasos; y, cuando uno de los dos se decide a hablar, teme que sus palabras alcancen la resonancia de esas conversaciones destempladas de borrachos -no es nuestro caso, o no del todo- que a veces se infiltran en el duermevela cuando es uno quien madruga mientras otros disfrutan. Pero prefiere uno la discreción: si acaso, amortiguar el paso, para que no se nos oiga. Que nadie sepa de esta secreta felicidad, de esta inesperada armonía entre el ánimo y los sentidos. De decir algo, que sea como las arrebatadas palabras de los amantes Jessica y Lorenzo en El mercader de Venecia: "In such a night..." (en una noche como esta...). Etc. 

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Victory through Air Power; o los dibujos animados de Disney al servicio de la propaganda bélica. Claro que estábamos en el año 43 y todos los esfuerzos eran pocos para sostener la moral, tanto de los combatientes como de la población civil que soportaba el esfuerzo de guerra. Aún así, choca ver los blandos personajes de Disney, o el alegre colorido que sus estudios habían logrado insuflar en películas como Blancanieves, utilizados para explicar la necesidad de desarrollar aviones de largo alcance capaces de bombardear las ciudades industriales de Alemania o Japón. La escena en la que este último país es representado como un pulpo al que el águila norteamericana ataca repetidamente hasta que éste retira sus tentáculos de Asia resulta siniestramente premonitoria: en efecto, incluso dos años antes de que se utilizara la bomba atómica, parecía claro que el mando aliado no veía factible derrotar progresivamente al Japón mediante un avance sostenido por las islas del Pacífico y el sudeste de Asia. Recién terminada la guerra, el propio Disney debió de darse cuenta de que ciertos alardes propagandísticos más o menos justificados en tiempos de guerra no serían del agrado del público en época de paz, y retiró la película de los circuitos comerciales. La veo ahora en una magnífica versión restaurada, accesible en Internet. Los sobrios documentales de Ford, Capra o Wyler resultan casi blandos y sentimentales al lado de la fría deshumanización de estos personajes de cuento empeñados en representar uno incluso más negro y siniestro que el de Blancanieves.

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A los cincuenta, o has llegado a donde querías o constatas que ya se te ha acabado el impulso más o menos insensato que te mantenía en la pugna desde los comienzos de la edad adulta. Y quizá esto último sea lo mejor: frente a la carga de ser alguien, de mantenerse a la altura de los propios logros, la inesperada ligereza de verte de pronto sin bagaje que defender, o sin asideros para poner en marcha nuevos planes. Y así da gusto.

lunes, julio 21, 2014

VIENTO SUR

Viento sur. Mi favorito, sin duda. Sin llegar al frío, su frescor hace soportable incluso la flama de un mediodía de verano. Tampoco levanta grandes polvaredas. Y recibido de cara, en plena frente, se tiene la sensación de que te refresca el pensamiento y te orea las ideas. A primera mañana, por muy inclemente que haya sido la noche, basta su soplo para disipar las brumas del sueño y proporcionarte una especie de sobreconciencia que, unida a la nitidez que las cosas ganan bajo una atmósfera renovada a fondo, te hace ver más claro y más lejos. Y si te entregas a él, digamos, de cuerpo entero -dejando, por ejemplo, que te arrulle mientras descabezas una siestecita en la playa-, el efecto es de caer en una especie de túnel de sueño en el que te orean las brumas de otra dimensión. 

Su único defecto: es caprichoso y tornadizo, y fácilmente cede su lugar al empuje molesto del levante o al soplo gélido del poniente vespertino. Pero se entiende que quiera prodigarse poco: bajo su perezoso influjo sostenido, la vida nos parecería demasiado fácil, y demasiado grande la tentación a renunciar a los empeños que nos mantienen tensos y ocupados la mayor parte del tiempo. Y ya sabemos que eso no puede ser.

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Veo Memphis Belle, el documental de guerra de William Wyler sobre la tripulación de una fortaleza volante perteneciente a una de las escuadrillas que bombardeaban el continente desde Inglaterra. Es una película sobria y objetiva, Y aunque incluye alguna mentirijilla -por ejemplo, la afirmación de que los alemanes disponían de radar-, no evita el engorroso detalle de mostrar que, al final del día, no siempre vuelven todos los aviones, y que los que sí lo hacen suelen traer tripulantes heridos o muertos. Pero la estructura dramática es perfecta, y la fotografía y los movimientos de cámara conjugan la necesaria glorificación -tampoco excesiva- de la maquinaria bélica con la atención a los seres humanos concretos que la hacen funcionar, y que no sólo -como ya se ha dicho- caen heridos o mueren, sino que también se muestran asustados o nerviosos en vísperas de la misión, y comprensiblemente huraños cuando, al final de la misma, vuelven la cara para no ceder a la cámara sus gestos de cansancio o dolor. Se comprende que el intento de realizar una película de ficción con esos mismos ingredientes -la dirigida por Michael Caton-Jones en 1990- resultara un fracaso. Quizá porque esa película ya estaba hecha: la agridulce Almas en la hoguera (Twelve O'Clock High) de Henry King, estrenada en 1949, cuando el recuerdo de la guerra estaba vivo pero ya había perspectiva suficiente para mostrar lo que el documental de Wyler sólo dejaba entrever: el desánimo, las disensiones e incluso la bajísima moral de aquellos hombres que arriesgaban la vida diariamente por motivos que no siempre entendían.

En estas cosas pasa uno el verano.

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Marea de algas, o la sensación de nadar en una fuente de ensalada aguada.

jueves, julio 17, 2014

PÁJAROS

Andan revueltas las golondrinas a esta desacostumbrada hora en la que el calor debía mantenerlas recluidas bajo los aleros de las casas. Yo mismo escribo al amparo del pico de sombra que alcanza a cubrir un extremo de una de las mesas de la terraza. A mi llegada, las vi posadas en un cable telefónico, mudas y expectantes, como los pájaros de la película de Hitchcock. Casi parecía que era a mí a quien acechaban. Pero no. Durante los primeros quince minutos (el tiempo que tardo en arrancar mi lento ordenador portátil y poner en marcha mi aún más lenta maquinaria mental) permanecen quietas y calladas; está claro que mi presencia no las perturba. Pero de pronto, como obedeciendo a una señal para mí imperceptible, se lanzan al cielo de la plaza y lo recorren en un sinfín de vuelos cruzados, picados, contrapicados y hasta arriesgados loopings de piloto acrobático, a la vez que emiten esa especie de carcajada entre interrogativa y sarcástica en la que consiste su canto de una sola nota. No me quedo para ver el final: me ha podido el calor, y además ya he terminado la tarea que me traía aquí, que no era otra que aprovechar el wifi del restaurante cerrado para dejar mi anotación diaria en este cuaderno.

La medianoche me sorprende en el mismo lugar, esta vez en compañía. Prolongamos la sobremesa de la cena. De pronto, un viento súbito desbarata el servilletero y echa a volar una decena de desgarbados pájaros de papel, al mismo tiempo que tumba un vaso vacío y se lleva consigo el sombrerete de paja que yo había dejado encima de la mesa. Me acuerdo entonces de las golondrinas y entiendo ahora el motivo de su agitación: barruntaban este viento, acusaban el mismo nerviosismo que las gaviotas de la costa cuando se acerca el temporal, e imagino que por el mismo motivo: porque prevén la dificultad añadida que esa circunstancia supone para su empeño principal y casi exclusivo, que no es otro que alimentarse y alimentar a la prole. De ahí ese frenesí, esos vuelos cruzados, esa cacería indiscriminada de cuanta criatura invertebrada flotase entonces en la ingravidez de la hora más cálida del día.


Un naturalista seguramente se reirá de estas anotaciones mías. Asumo el riesgo. No intenta uno redescubrir ni constatar lo que seguramente ellos ya han descubierto y constatado sobradamente hace años. Intenta uno, más bien, establecer una especie de ilación subjetiva entre los fenómenos que le es dado observar, para descubrir, no la ley natural a la que obedecen, sino el sistema de analogías por el que esos fenómenos encuentran su eco en la mente del observador. Es decir: no intenta uno otra cosa que leer en un libro abierto cuyo idioma no domina del todo, pero en el que advierte una lógica que no le es del todo extraña. Trata uno, sobre todo, de entender y entenderse. Y para eso se proyecta fuera.

miércoles, julio 16, 2014

LA HUERTA

La flor del granado: una especie de falda de cabaretera, roja y con mucho vuelo, como sacada del atrezzo de una corista… Con el tiempo, no obstante, lo que era airosa ligereza se va volviendo prieta gravedad, como a una mujer a la que se le van compactando las carnes, y el fruto emerge a expensas de esa especie de nada perfumada que es el corazón de la flor. En un mismo árbol pueden verse todas las fases del proceso: desde la flor plena al fruto ya formado en trance de madurar. Nos lo muestra el orgulloso propietario de la huerta. Hay también perales, melocotoneros, higueras, naranjos, limoneros, membrillos. Hay árboles que han tenido que ser apuntalados antes de que la cargazón de fruto les quiebre las ramas. Casi duele esta explosión de fertilidad, que uno quisiera… más lenta, gradual, controlable. Pero no: todo estará en su sazón –al pensarlo, miramos con aprensión las cargadas tomateras– desde mediados o finales de agosto hasta principios de octubre. En apenas mes y medio la huerta dará su generoso legado, que es también el resultado de muchas tardes de labor e incontables desvelos: no sólo los aludidos puntales para sostener las ramas cargadas; también los plantíos modelados como parterres de jardín, las veredas limpias para el tránsito, los alcorques perfectamente trazados, el complejo mecanismo que hace posible que el agua, procedente de una fuente al otro lado de la carretera –la finca quedó dividida por ésta años antes de que naciera el actual propietario, que es ahora un hombre jubilado–, circule libre y generosamente allá donde se la requiera. 

Le digo a M.A., en broma, que ya tenemos plan para nuestro retiro. Y me contesta que no tendríamos tiempo de aprender lo necesario; o que, en todo caso, no nos quedarían fuerzas para aplicar lo aprendido. Pero el ejemplo lo desmiente. Hace apenas seis años, nos cuenta el propietario, esto era un zarzal. Hubo que meter máquinas para desbrozarlo. Lo demás ha sido cuestión de tiempo y paciencia. Ha habido años malos: el anterior, por ejemplo, en el que un “viento malo” agostó el fruto en ciernes. Pero no hay dolor en la constatación, tan sólo se señala un hecho, que ni siquiera nos coge de nuevas: también nosotros conocemos los años malos, el fruto malogrado, el recurso a poner de nuevo manos a la obra sin escatimar esfuerzos. Cada cual cultiva lo suyo. Y quizá la única recompensa sean estas tardes agradecidas en las que hay un momento de respiro para sentarse a la sombra y contemplar la promesa del fruto. No hace falta más.

martes, julio 15, 2014

JARDINES DE PIEDRA

Nos muestra L. su jardín de piedras; que no obedece a ningún principio zen, sino que es simplemente la azarosa reunión de las que ha ido encontrando en sus paseos por el monte y le han llamado la atención. Las hay de muy diversas formas. Una, un poco más grande que un pisapapeles, recuerda a una paloma. Otras dos, del tamaño aproximado de una lámpara de mesa, hacen pensar en un primer esbozo en basto de la Venus de Milo y en una de esas atormentadas figuras de esclavos desnudos que Miguel Ángel dejó sin terminar. Hay dos que deben de pesar doscientos kilos cada una, y que, para ser llevadas a su emplazamiento, a ambos lados de los escalones que dan acceso a la vereda que ciñe la huerta, han requerido el esfuerzo conjunto de tres hombres… 

Las fotografiamos, pensando en que estos ejemplos de escultura espontánea pueden ser del interés de C., que anda iniciándose en el difícil arte de la escultura. Pero estas piedras sugieren mucho más. Por ejemplo, que el arte en general  –y no sólo la escultura– es más cuestión de visión y elección que de acción: no es tanto lo que uno haga –escriba, pinte, modele– como la capacidad de reconocer las creaciones que ya nos llegan hechas, terminadas, absolutas y redondas, por mero azar, ya sea –como trato de propiciar en este cuaderno– una mera anécdota cotidiana que sólo espera que alguien la transcriba, o una imagen o una forma. El ready made, el object trouvé de los dadaístas obedece a una profunda comprensión de este hecho, al que ya se anticipaba Miguel Ángel al intuir que la escultura estaba dentro de la piedra sin desbastar, y a él sólo le correspondía quitar lo que sobraba… 

Eso intentamos todos: despojar a la vida de sus excrecencias, de su penosa materia redundante; y dejarla en su desnuda esencia, en su intensidad. Hay quien muere sin haberlo logrado. 

lunes, julio 14, 2014

MODOS

Primer día de verdadera inactividad, después de semanas vividas no exactamente en tiempo presente, sino en el de la inminencia…; digamos, en una especie de futuro desiderativo, que es un modo verbal del que carece el idioma, pero que el ánimo encuentra muy útil para explicarse.


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En la ciudad el silencio es un zumbido; en el campo, un clamor.


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Rumores de taberna: el sonido de la soledad en compañía. Entiendo que algunos prefieran esta circunstancia incluso para aquellas tareas que parecen exigir la soledad absoluta: por ejemplo, escribir. Como hago ahora: el televisor encendido, conversaciones de fondo, ajetreo de vasos que van y vienen... Lo que escribo me llega como de un receso del yo capaz de actuar al margen de estas circunstancias, mientras que el resto no pierde puntada... Y quizá ése sea el meollo de la cuestión: encontrar a ese otro yo capaz de defender los privilegios de la soledad incluso en la más ruidosa compañía.