jueves, marzo 23, 2017

EL JARDÍN DE LOS TRISTES


Anoche, antes de cenar a la hora temprana que aquí se acostumbra, dimos un paseo por el núcleo antiguo de la ciudad: los alrededores de la Igreja Matriz, con su campanario exento que algunas guías dicen que es una modificación del alminar de la antigua mezquita, el melancólico jardín-mirador que llaman "dos Amuados" -"de los tristes", como el famoso paseo de Granada- y los restos -apenas un arco historiado que da paso a un callejón sin luz- del Convento da Graça. De noche, como de día, estas calles sin comercios están completamente desiertas y se deambula por ellas con la sensación de que se está cometiendo, si no una profanación, si una intrusión desconsiderada. En una taberna que nos parece, en comparación con otras, muy animada, por contener a un par de parroquianos que mantienen una sosegada conversación con la patrona, nos sentamos a tomar el aperitivo. En la televisión, imágenes de un sangriento atentado terrorista que ha tenido lugar en Bruselas. La tertulia del mostrador versa sobre ello: consideraciones entre conmiserativas y distanciadas, como las de quien casi puede dar por seguro que en esta apacible población de la que el resto de Europa sólo se acuerda en verano no podría ocurrir nunca una cosa así.

Hoy, por la mañana, hemos vuelto a recorrer estas calles, después de haber hecho la correspondiente visita al Castelo y al modesto museo que alberga y entrado en una galería de arte en la que un artista moderno expone una serie de atormentadas fotografías de cuerpos desnudos. Nos apetecía andar, así que, antes del almuerzo, hemos paseado hasta un parque periurbano al que se accede por una glorieta presidida por un grandilocuente monumento a un ministro que, por las fechas que acotan su vida, debió serlo de los gobiernos del dictador Salazar, y a quien la ciudad atribuye numerosas iniciativas modernizadoras. Lo flamante de los edificios públicos que nos rodean, sin embargo, testimonian más bien que son resultado de la inversión europea, después de que el país se desembarazara de la dictadura y se uniera al Mercado Común. En este aspecto, la trayectoria portuguesa no es muy distinta de la española: la primera modernización, llevada a cabo bajo la égida de un régimen autoritario, reveló ser sólo un imperfecto bosquejo de la que habría de venir, de la mano de la Europa comunitaria; que, a su vez, marcaría la pauta de un modo de administración dado al despilfarro y excesivamente dependiente de los subsidios externos. Cuando el modelo se reveló insostenible, vino la crisis. Loulé no parece haberla sufrido en la misma medida que la cercana Silves, por ejemplo, con sus naves abandonadas y sus edificios en ruinas. Pero muestra también señales de un mismo apagamiento, entre resignado y familiar, que a los españoles nos parece muy cercano. 

Al atardecer, y todavía movidos por el mismo ánimo andarín, hemos subido a la ermita de Nossa Senhora da Piedade, desde la que se ve una hermosa vista de la ciudad. Nos hemos cruzado con cuatro mocetones que, en el tiempo que nosotros empleamos en hacer la subida, suben y bajan hasta tres veces, a paso atlético, en lo que parece el cumplimiento de un voto. En la última bajada, curiosamente, sólo vienen tres, lo que nos hace preguntarnos por el destino del que falta. "Lo habrán tirado por el barranco", apunta M. A. con impiedad característica. Yo prefiero pensar que vive en la casa de los cuidadores de la ermita; y que, después de acompañar a sus amigos en el ejercicio vespertino, se ha quedado en casa. (23/3/16)

miércoles, marzo 22, 2017

FARO










No recordaba que Faro fuera, ni de lejos, la ciudad enormemente pulcra y silenciosa que es hoy. Cuando la visitamos por primera vez, a principios de los 90, representaba un paso más allá de la decadencia que prestaba su peculiar encanto a Lisboa. Reviví esa impresión, recuerdo, cuando visité por primera vez Larache, en Marruecos: el mismo tono apastelado de las paredes descoloridas, los mismos desconchados, la misma mezcla abigarrada de actividad frenética y resignada dejadez. Han cambiado las cosas desde entonces. Faro es hoy una ciudad ordenada y pulquérrima. Las construcciones que bordean la fachada marítima han sido renovadas o restauradas. Y la Vila-Adentro -el recinto de la ciudad vieja-, libre de tráfico rodado, es una isla de silencio casi absoluto en una ciudad que, pese a su ajetreo, funciona también habitualmente como en sordina. El único detalle de suciedad es el que aportan los numerosos graffiti, que son una plaga en todas las ciudades portuguesas, como lo son en España. 

Hemos entrado por la muy concurrida carretera del aeropuerto, que nos ha conducido, más por casualidad que por cualquier previsión nuestra, al paseo marítimo y a la céntrica Praça Alexandre Herculano, donde milagrosamente encontramos una plaza de aparcamiento en zona azul. Por instinto, nuestros pasos nos encaminan a la fachada marítima. Y apenas nos hace falta consultar el mapa que nos dan en la oficina de turismo que nos ha salido al paso: estamos a las puertas de Vila-Adentro -el casco antiguo- y llegamos a la Sé diez minutos antes de la hora oficial de apertura, que es las 10 de la mañana. Damos una vuelta a la manzana, para hacer tiempo. De nuevo, es el silencio lo que llama la atención, extrañamente acorde, en la mañana despejada. con la luz tersa en el aire limpio tras las abundantes lluvias de ayer. Lamenta uno ahora su condición de visitante de paso: lo apropiado sería carecer de toda urgencia, de toda avidez por verlo todo, y venir aquí simplemente a perder el tiempo, a dejar pasar la mañana en un banco de este Largo da Sé, por ejemplo, con un periódico o un libro bajo el brazo, y algo de eso hay en este breve paseo que damos solamente para hacer tiempo mientras abren la catedral. En un embarcadero vemos la salida de uno de los barquitos que llevan a Ilha Deserta. Tomo nota, por si alguna vez me decido a llevar la vida de un náufrago. A la entrada de la catedral, el encargado de la venta de entradas discute con unas turistas francesas: al parecer, la fotocopia informativa que les han dado está anticuada y el precio de la entrada se anuncia cincuenta céntimos más barato del que efectivamente cobran ahora. Para evitar que se repita el incidente, es el propio empleado quien nos advierte de la discrepancia; el resto de la información, nos dice, es correcta. Nosotros, de todos modos, apenas utilizamos la somera guía de visita: lo que nos lleva a entrar en estos sitios es la simple posibilidad de recorrerlos, sin prestar demasiada atención a los presuntos tesoros artísticos -casullas, cálices, figuras de culto y demás- que dicen contener, y que son enormemente parecidos en todos estos sitios. Lo verdaderamente interesante es la vista desde la torre, la fresca sencillez del espacio arquitectónico, la relativa soledad. No todo el mundo se conforma con tan poco: los franceses que nos precedían han dejado en el cuaderno de visitas una airada protesta ante el hecho de que las cartelas explicativas estén en portugués e inglés y no en francés.

Terminamos la visita a Faro con un breve paseo por la zona comercial, en el que constatamos que Simões, el "último alfarrabista" -librero de viejo- de Faro, efectivamente ha cerrado sus puertas, como anunciaba una noticia del diario O Público que habíamos encontrado en internet. (22/3/16)

martes, marzo 21, 2017

LOULÉ







Desde la ventana del cuarto de hotel, una placita someramente arbolada con unas cuantas jacarandas todavía sin florecer. Una lluvia silenciosa y monótona rebota en los bancos y en los techos de los coches. Ni un alma a la vista, a pesar de que son apenas las doce del mediodía. Acabamos de llegar. El trayecto, sin novedad, salvo el engorro que ha supuesto detenerse, nada más pasar la frontera, en el dispositivo que han instalado para que los coches extranjeros paguen peaje en las autopistas locales. El dispensador automático no admitía nuestra tarjeta de débito. Y aunque disponemos de ViaT -un aparatito que permite el pago automático de los peajes de las autopistas españolas-, en la gasolinera donde paramos a preguntar no nos aseguran que ese sistema sea válido aquí. Así que llegamos a Loulé -que es, como quien dice, una ciudad vecina, a apenas 50 kilómetros de la frontera- con la sensación de haber contravenido alguna importante ley internacional. Por suerte, la amable acogida en el hotel deshace pronto nuestro mal humor de viajeros contrariados. El resto lo hace el impresionante silencio de la ciudad en pleno mediodía: hasta los pocos coches que pasan lo hacen como en sordina, que es también el tono medio en el que operan los televisores inevitablemente encendidos en todos los bares. Nos hemos puesto a resguardo de la lluvia bajo la sombrilla de uno situado junto al mercado central. Luego, mojándonos, hemos corrido hasta guarecernos bajo los toldos de los comercios de la Rua 5 de Outubro, que nos permiten caminar a pie enjuto hasta un segundo bar, del que finalmente corremos hasta el restaurante situado a la puerta misma del hotel, donde nos sirven unas exquisitas sardinas en escabeche, unas riquísimas ervilhas -guisantes- y un no menos confortador atún guisado, que rematamos con sendos postres caseros, elegidos a dedo de una bandeja que nos muestra el camarero: el mío, una empalagosa crema de leche condensada, resulta tener el apropiado nombre de baba de camelo.


Así, rezumando babas dulzonas, duermo la siesta. Ya sin lluvia, y sabiéndonos incapaces de afrontar una cena tan abundante como el almuerzo, salimos a comprar un poco de fruta y, en una ferretería honda y sucia como la cueva de un ladrón de cuento, un cuchillo para mondarla. Alcanzamos lo que nos parece el límite del pueblo propiamente dicho, que no es muy grande, pero al que las dos grandes avenidas que le sirven de ejes, flanqueadas de edificios altos, dan empaque de ciudad moderna, orgullosa de serlo y dotada de todo lo que una ciudad necesita: teatro -sin función estos días-, biblioteca, fundaciones culturales, ateneo y... zapaterías: incontables, más de las que en buena ley se puede esperar que subsistan en una población de este tamaño. La única explicación es que la previsible avalancha de turistas que se congrega en las playas circundantes en verano encuentre irresistible la oferta y tenga el capricho de abastecerse aquí de calzado para todo el año... Tampoco anda el pueblo mal surtido de bares y restaurantes: sólo que, con la lluvia, las calles están desiertas y los locales vacíos. 

Con nuestra fruta y el consiguiente cuchillo de mondar, volvemos al hotel; donde leemos un poco -yo me he traído, para entrar en ambiente, una reciente edición de los escritos del Barón de Teive, el más pesimista y sombrío de los heterónimos pessoanos- y vemos la tele en portugués. En uno de los canales, una cubana adjunta a la embajada habla de las excelencias del régimen de su país, en un portugués sin entonación ni timbre que no es otra cosa que puro castellano apenas adornado de algunas terminaciones y construcciones lusas. Finalmente, caemos rendidos. (21/3/2016)

viernes, marzo 17, 2017

M.


Me anuncian la muerte de M. Y mi primera reacción, más allá del desconcierto, es un sentimiento de mala conciencia: lo llamé alguna que otra vez al principio de su enfermedad, pero no pude vencer esa muralla de reserva que algunas personas ponen a su propio sufrimiento; tras algún protocolario intercambio de parabienes, un engorroso silencio podía fin a esas breves conversaciones. Lejos quedaban las que habíamos mantenido sobre la época en que nos conocimos, cuando yo empezaba en la enseñanza y, a través de una compañera más veterana, supe de otro chico de mi edad que buscaba compañero de piso: M. era  nuestro casero. Su amistad con mi compañera y el hecho de que, pese a la diferencia de edad -que entonces parecía más acusada, cuando en realidad apenas nos llevábamos diez años-, éramos colegas en la profesión no eran óbice para que, tanto a mí como a mi compañero de piso, su figura nos resultara un tanto intimidatoria. A pesar de ello, mi compañero conseguía arrancarle largas prórrogas en el alquiler, que le permitían emplear la parte de la renta que yo puntualmente le entregaba como anticipo con el que aliviar su permanente bancarrota. 

Fue una época pintoresca y caótica y las anécdotas que deparó han alimentado casi todos los cuentos que he escrito sobre personajes en ese estado y condición. En ese sentido, fue también fructífera. No duró mucho: apenas un curso. De ella quedó el hábito de saludar a M. cada vez que lo veía, en el cine, el teatro o algún que otro concierto. Y así hasta que, hace siete años, ocupé plaza en el mismo centro en el que él tenía la suya. Se alegró del encuentro y se convirtió en uno de mis confidentes en el nuevo destino. Me sorprendió su ecuanimidad a la hora de afrontar las desavenencias laborales y su sensibilidad hacia los problemas de los alumnos; también su fe religiosa, para mí absolutamente inesperada; y menos, por supuesto, el cariño y la devoción con la que hablaba de sus hijas, al parecer brillantes estudiantes. También me hacían gracia sus pequeñas manías: para refrescar la garganta entre clase y clase, guardaba una garrafa de agua de cinco litros con la que rellenaba una pequeña frasca de cristal que tenía el tamaño justo para encajar en la taquilla personal donde guardaba sus libros; y como sudaba mucho en el trayecto de su casa al instituto, que normalmente hacía a pie, había desarrollado la estrategia de dejar que llevar una camiseta interior que empapase el sudor y quitársela en cuanto llegaba al centro.

Tuvo mala suerte: nada más jubilarse, le tocó bregar con la enfermedad que se lo llevó en apenas dos años. Descanse en paz. (17/3/2016)


Imagen: Ceesepe: acrílico sobre papel.

domingo, marzo 12, 2017

NARCISOS




Por bromear con el dueño del restaurante, que es amigo, M. finge haber confundido el peso de la pata de cordero con el precio. "¿Cómo? ¿650 euros?". Eran gramos, evidentemente. Pero, para seguirle la corriente al bromista, el otro aclara: "Sí, es que es del cordero del que sacaron el vellocino de oro". Lo que anoto aquí para que conste que, incluso en estos impíos tiempos y en estos lugares tan alejados del ponto, se guarda memoria de las hazañas y desventuras de la valerosa tripulación del Argo.

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Presenté All That Jazz en el cineclub que mantienen estos animosos amigos de Ubrique. Y les confesé, entre otras cosas, el malestar que esta morbosa fantasía en torno a la muerte causó al adolescente que yo era cuando la vi en el año de su estreno en España, en otoño de 1980. "Eso es que te impresionó la cantidad de chicas guapas que salen en la película", me dice un bromista. No exactamente, aunque quizá sí pesara sobre el adolescente por estrenar que yo era aún la evidencia de que esas chicas eran más bien inalcanzables. Pero lo que verdaderamente me afectó -y no lo dije, para no parecer más pedante de lo que requiere un ritual cinéfilo- fue la sensación que el protagonista transmite de descontrol sobre la propia vida, en lo que hay que buscar quizá el motivo de su obsesión por la muerte, a la que imagina como una bella mujer envuelta en velos blancos. Esa sensación no le es desconocida a un adolescente; y lo chocante posiblemente era encontrarla expresada en una obra artística de madurez, como lo es esta película de Bob Fosse. Por aquel entonces, la manifestación más elocuente de mis angustias existenciales era el vómito: primero una especie de temblor en el pecho, que rápidamente activaba las náuseas. All That Jazz, literalmente, me hizo vomitar muchas veces. Pasó. Pero todavía me represento esas imágenes -la coreografía final, en la que el protagonista escenifica su despedida de la vida durante una operación a corazón abierto- cada vez que entro en un hospital, por ejemplo. Cosas del cine.

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Me han invitado a la feria del libro de Caracas y he dicho que no. No por nada: una mezcla de aprensión y pereza, que se ha traducido en una pregunta sin respuesta posible: ¿Qué se me ha perdido a mí en Caracas? Si me la hiciera todas las mañanas, antes de acudir aquí o allá, no saldría de casa.


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M.A. en Londres. Me manda fotos de narcisos crecidos entre las lápidas de un cementerio en Tooting, justo detrás de su hotel. Viajar tan lejos para encontrarse con esa imagen que siempre le ha emocionado cuando le ha salido al paso, por ejemplo, en algún pueblecillo de la sierra gaditana. Parménides tenía razón: el movimiento no existe. Va uno tan lejos y apenas consigue ir un paso más allá de sus fantasías particulares. (16/3/2016)

miércoles, marzo 01, 2017

HARINA DE SAN PEDRO


El anunciado temporal de nieve quedó en nada: unos copos aguados que no llegaron a cuajar siquiera sobre los tejados, aunque hubo quien aseguró, más tarde, que en tales o cuales parajes de la montaña era posible hundirse en nieve hasta media pierna. Lo decían con una jarra de cerveza en la mano en medio de la plaza abarrotada de visitantes decepcionados. Era el día de la región: acababa de sonar el himno y los más animosos hacían cola para la colación gratuita que ofrecía el ayuntamiento. También nosotros, después del patriótico plato de callos con garbanzos, buscamos acomodo en algún bar, sin éxito: todos llenos. Así que, finalmente, acabamos juntando nuestras provisiones con las de los amigos que nos acompañaban y almorzamos en casa de éstos; donde degustamos, a modo de homenaje cinéfilo, un excelente merlot californiano de las bodegas de Francis Ford Coppola, traído expresamente de Las Vegas. Un poco de cosmopolitismo, en fin, contra la exaltación localista aparejada a la fecha.

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El mal tiempo ha deshecho la conexión a internet y no hay modo de adelantar trabajo durante el puente festivo. Con dificultad armo mi artículo de cine -un recuerdo de la malograda Miroslava Sternova, conocida por su participación en Ensayo de un crimen de Buñuel-; y luego, para resarcirnos del frustrado intento del mediodía, salimos a tomar una cena ligera: un poco de jamón y un revuelto de chantarelas. Sentados junto a la chimenea del restaurante, pienso en esas manchas de nieve que hay quien dice haber visto en torno al Dornajo: también desde aquí hemos escudriñado con ansiedad los picos lejanos, sin ver ni una mota blanca. Ha nevado sólo en nuestra imaginación. Y es suficiente.

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Me preguntan por la posible reanudación de este diario. Y me callo que lo mantengo vivo, aunque no público; y menos, que me duele la evidencia de que esta tramo secreto de su andadura no ha de redundar, a lo que parece, en ninguna novedad apreciable. Más bien lo contrario: ahora que no vengo aquí a contarla, mi vida parece haber sufrido una espectacular poda de novedades superfluas. Trabajo en el instituto por las mañanas y en mi libro de cine por las tardes. Casi no hay más.

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El "alicante", explica J.L. en respuesta a una pregunta de M.A. en relación con la creencia local en esta criatura fantástica, es un víboro (sic) que, cuando se hace viejo y "se queda sin hembra", se cubre de pelo, anda erguido y asusta a los niños. "¿Y tú has visto alguno?", le preguntamos, no del todo seguros de que la respuesta vaya a ser negativa, pues ya conocemos las dotes imaginativas de nuestro interlocutor: "Sí, hombre" -responde con sorna-, "que si yo lo hubiera sentido, me iba a quedar a mirarlo...". Poco antes, este mismo amigo pastor había definido la escasa nieve caída como "harina de San Pedro". A poco que se le deje, el imaginativo se pone a hacer metáforas. (29/2/16)

martes, febrero 21, 2017

DESPUÉS

Acabo de verlos sobre el escenario. Y ahora, en la terraza del bar en la que toman un bocado antes de hacerse a la carretera después de la actuación, parecen como empequeñecidos. El hombretón de una pieza que tan expresivamente coqueteaba con la actriz principal es ahora un hombre más bien bajo que sonríe desvaídamente a sus contertulios; el descarado cómico travestido es ahora un muchacho tímido con gafas que tiene ganas de irse a dormir. Y la protagonista, una mujer de belleza racial y formas poderosas, que se había mostrado todo el tiempo segura del magnetismo que ejercía sobre el público encandilado -y no sólo el masculino-, es ahora una muchachilla menuda en la que con dificultad se hubiera fijado uno de no haber reconocido en ella a la actriz que habíamos admirado apenas unos minutos antes. Debió de ser efecto de las luces, de los trajes, del maquillaje, del propio juego de trampantojo entre la desnudez apenas entrevista -en un momento del espectáculo la chica se desviste discretamente ante un espejo, en un rincón del escenario- y su potente corporeidad vestida, lucida sin recato como sólo saben hacerlo quienes disfrutan siendo el centro de todas las miradas. Ahora, ya digo, son menos que nada: rostros anónimos en una multitud anónima. Como nosotros.


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Después del deseo colmado la pregunta es siempre. ¿hubiera merecido la pena aplazar su cumplimiento un poco más? (21/2/16)

miércoles, febrero 15, 2017

ARGUMENTOS

Planes inmediatos: viaje de M.A. a Londres, proyectada escapada a Loulé. El sábado, en una cena con amigos, no pude evitar pegar el oído a lo que se hablaba en el otro extremo de la mesa, donde se sentaba la facción, digamos, cosmopolita del grupo: larguísimos viajes al otro extremo del mundo. Sigue uno pensando que la medida natural de un viaje es la distancia que se puede recorrer entre el desayuno y la hora del almuerzo: cuatro o cinco horas en coche, o su equivalente en avión, incluido el trayecto hasta el aeropuerto y el intervalo de espera hasta el embarque; o un viaje en tren de esa misma duración. Londres y los pueblos del Algarve cumplen ese requisito; también el norte de Marruecos; y Madrid: he ahí los vértices de mi geografía sentimental. Y aún me queda mucho que ahondar en ella.

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Mi territorio literario, sin embargo, es mucho más pequeño. Lo delimitan los poemas que sirven de núcleo a Cuaderno de Zahara y Diario de Benaocaz, a los que cabría sumar algunos de otros libros. Me sugería R. el otro día la conveniencia de compilar esos poemas; a los que habría que añadir, me decía, algunos nuevos, que reforzaran la unidad del conjunto y supusieran una definitiva "apropiación" -ésa fue la palabra que usó- del territorio. No sé si quiero hacer ese gesto. Acaso en la esfera literaria suceda, de una manera sutil, lo que en la geográfica y política: quienes llegan primero a un lugar plantan su bandera y los demás no pueden hacer otra cosa que disputarles la adquisición con las mismas técnicas que utilizan los estados en liza: haciendo valer presuntos derechos anteriores, o proclamando otros nuevos, y lanzando feroces ofensivas de conquista. No sé si el esfuerzo merece la pena.

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Se me ocurre que, en la dispersión de estas notas, no acaba de articularse ninguna historia; y que, por tanto, nacen privadas de la razón misma de ser de cualquier esfuerzo literario continuado, que no es otra que dar fe de un progreso. Por definición, van quedando fuera casi todos los aspirantes a personajes. Y no por falta de historias. Podría haber dado mucho juego, por ejemplo, un posible reencuentro con M., de quien no sabía nada desde hace veinticinco años, y que hace unas semanas me hizo llegar unas líneas para invitarme a una cena de amigos de entonces. "Si hubiera existido entonces este invento" -el correo electrónico-, "no habríamos perdido el contacto", me dice. Sonaba a excusa no pedida; sin contar con el hecho de que el uso del correo electrónico empezó a generalizarse hace lo menos veinte años: a mediados de los 90 ya lo usaba yo, desde una rudimentaria conexión telefónica exasperantemente lenta, para enviar mis artículos al periódico. Pero no he querido entrar en polémicas con esta vieja amiga surgida de entre la niebla. Tampoco asistí a esa cena. Y así me privo, en fin, de una posible línea argumental. Sabe Dios cuántas otras habré desperdiciado por gestos parecidos. (15/2/16)

martes, febrero 07, 2017

ENCÍAS


M.A. ya ha comprado los billetes para Londres. Es casi la primera vez que viaja sola, descartando algún que otro desplazamiento por motivos laborales. No parece asustarle. La sensación es, más bien, que esta familia opera ahora sobre un radio de acción más amplio, y que esa amplitud se traduce en libertad y extrañeza. Le preocupa, especialmente, el desplazamiento desde el lejano aeropuerto de Stansted al barrio del sur de Londres en el que quiere buscar hotel, lo más cerca posible del apartamento de C. Ya imagina su rutina durante esos días: las mañanas con C., paseo vespertino por Londres y luego al hotel, no más tarde de la hora en que allí cierran los comercios. Londres, ya lo sabemos, cambia a partir de ese momento, y aún más cuando, a eso de las once, cierran los pubs y el metro se llena de empleados cargados de cerveza, algunos cómicamente desceñidos en sus pulcros trajes de oficinistas, ahora con los cuellos desabrochados y las corbatas flojas. Es también la hora en que la ciudad resulta más cercana. En la periferia, lo sabemos por experiencia, las horas de cierre se relajan un tanto y es posible encontrar algún pub donde sirvan bebida y comida al filo de la medianoche.

A esa hora yo ya estaré viendo la televisión.


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Leyendo las galeradas de una nueva biografía de Cervantes que está a punto de publicarse y que me han encargado reseñar, no puedo dejar de emocionarme, como me ocurre siempre, cuando llego a la oportuna cita del célebre autorretrato que el autor de las Novelas ejemplares puso en el prólogo a las mismas, y en el que habla con humor de su vejez y decadencia física, con melancólico orgullo de los libros publicados, y con disculpable vanagloria de sus heridas de guerra, único patrimonio de un hombre al que parecía escurrírsele entre los dedos cualquier otra gloria lograda en su azarosa vida. Hay que valer mucho, sin embargo, para poder ganarse el derecho a firmar un autorretrato así. Cualquier otro, en comparación -incluso el celebérrimo de Antonio Machado- resulta, por qué no decirlo, un tanto afectado. 


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Farmacia cerrada por las fiestas patronales. Imposible comprar hilo dental y un colutorio. "En caso de urgencia", me dice un paisano, "siempre se puede llamar al timbre de la farmacéutica". Pero no estoy muy seguro de que mi dolor de encías sea una urgencia, así que opto por soportarlo estoicamente todo el fin de semana. Menos mal que la cerveza alivia y los bares no están cerrados. (7/2/16)

viernes, enero 27, 2017

ESPACIO



El solar del antiguo cementerio visto desde las ventanas de la fachada este del instituto: donde se alzaban las hileras de nichos crece ahora un tupido herbazal, que las últimas lluvias han reverdecido. De las antiguas trazas del cementerio se conserva sólo el pavimento de sus calles y los monolitos que señalan algunas intersecciones o lugares prominentes del recorrido. También, restos de lápidas, que ahora no sabríamos decir si todavía cumplen la función de señalar dónde yace un cuerpo o simplemente ocupan el lugar que les ha asignado el azar en el proceso de desmantelamiento general del camposanto. El mar, al fondo, suma su amplitud a la del solar vacío, excepcional en medio de la apretada ciudad. Y en el vuelo sin obstáculos de la vista hasta el horizonte, se hace sentir el recuerdo de otros cementerios ahora igualados a éste en el abandono y en el matiz clemente que les presta la luz: pienso en el de Larache, por ejemplo, donde, entre los muertos de la antigua guarnición española, yace Jean Génet. 

Se me van los ojos hacia ese ilimitado espacio de silencio y luz, y casi dejo de percibir el runrún atareado de mi alumnos. "Qué paisaje tan alegre, ¿verdad?", me dice una chica sentada en primera fila y que ha debido captar mi ensimismamiento. Sonrío para agradecerle lo que entiendo como una mano tendida para regresar al contexto inmediato. Pero pienso que, en el fondo, su comentario no supone una ironía: hay una cierta alegría serena en ese espacio que ha albergado a los muertos y por el que ahora respira la ciudad. Y sólo cuando lo llenen de construcciones, el recuerdo que quede del lugar -como el del antiguo Cementerio de los Ingleses, del que sólo queda una desolada plaza entre viviendas ínfimas- se hará lóbrego y triste. (27/1/2016)

jueves, enero 26, 2017

RELATOS



En el aeropuerto, esperando a C. Presentimiento de que quien va a aparecer de un momento a otro tras la barandilla de la sala de espera no va a ser exactamente la persona que vimos partir hace unos meses. Físicamente, desde luego, ha cambiado: más delgada, incluso se diría que más alta; y teñida de rubio, con el pelo a mordiscos, reminiscente del peinado que la propia M.A. gastaba a mediados de los ochenta, cuando todos -hasta yo mismo, ay, con mis patillas y mi pelo a cepillo- éramos un poco punkies. Un tanto endurecida, parece; aunque, curiosamente, el rostro se le ha aniñado, quizá porque ha empezado a perder la hosquedad propia de la adolescencia. En el coche, devora un bocadillo de queso y en casa hace lo propio con una gruesa tortilla de patatas. El excelente apetito nos reconforta. Trae también ganas de hablar, y todo aquello que queríamos preguntarle, e incluso las advertencias que queríamos hacerle y las obligaciones que creíamos necesario recordarle, salen a relucir en su discurso sin que haga falta repasarle la agenda. Mañana, anuncia, se levantará temprano para solventar el trámite de la documentación caducada. Hay amigos que ver y visitas familiares inexcusables. Hay, también, un deseado momento de soledad entre sus cosas, en su habitación, que instantáneamente regresa -una maleta en el suelo, un radiador en medio, ropa amontonada sobre la cama- al desorden que le es propio. Pienso en mis propias escapadas juveniles, mucho más tardías y modestas, y en la necesidad de acumular experiencia para construir el relato de la propia personalidad. Nada parece anunciar que vaya a molestarse en escribirlo: incluso se refiere con ironía a las memorias que anda redactando su compañero de viaje, que se ha quedado en Londres. Pero está claro que esta casa es inconcebible sin la presencia actuante de un registro escrito de cuanto hacemos. Y al día siguiente me sorprende constatar que ha encontrado la libreta en la que anoto las películas que veo y está procediendo a localizarlas en su ordenador. Curiosamente, entre toda la ganga anotada, se ha fijado en las más significativas; entre ellas, Ma nuit chez Maud, cuya presencia en su propia selección atribuyo a su sexto sentido para desenmascarar las debilidades de su padre. (26/1/2016)


Imagen: Isabel, Umberto y Marco, 2008, de Dis Berlín.

martes, enero 24, 2017

MILAGROS


Almendros en flor. Alguna vez hemos podido constatar la extraña armonía resultante de la coincidencia de estas flores blancas con la blancura del campo nevado. Este año no. Hemos salido a cuerpo, sin ropa de abrigo. E incluso nos hemos parado a descansar a la sombra de un fresno, cuando lo normal en estas fechas hubiera sido buscar el sol. Aun así, y a despecho de quienes, seguramente con razón, diagnostican toda clase de desarreglos derivados de la anomalía climática, hemos disfrutado de la benignidad de la mañana. Que no cabe comparar con la de una primavera anticipada: la luz es de invierno, como es invernal cierta nota amenazadora en el vientecillo fresco. Siente uno dentro también esa desconcertante mezcla, esa especie de insinuación de un temor antiguo en lo que a todas luces es una desacostumbrada sensación de bienestar.

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Cuenta J., nuestro amigo pastor, cómo procedió a capar un cabrito de su rebaño para impedir que se apareara con las cabras de un rebaño vecino, a las que prefería a las de casa. Lo tumbó panza arriba y le sajó sus partes de una cuchillada, para dejarlo marchar sin otra cura que el anudado de la vena sangrante. Me consta que este J. no es un hombre cruel: al contrario, nos sorprenden sus rasgos de sensibilidad y su vida en plena armonía con la naturaleza. Por eso mismo, suele negarse a hacer de matarife de los animales que cría, por más que le insistan los potenciales compradores de los mismos... Para cambiar de asunto le preguntamos por sus pavos reales, que pudimos admirar en una visita a sus dominios hace unos años. "Los he largado", dice. La collera había empezado a multiplicarse de un modo desmesurado, así que optó por regalar los pavos. "No me queda ni uno", remata. Y entendemos que la regla de oro por la que se rige ese mundo privado es la que se deriva de la necesidad de evitar su desbordamiento. "Lo mismo dan doscientas que cien", había dicho antes, en respuesta a una pregunta sobre las dimensiones de su rebaño de cabras.

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Mañana llega C. de Londres. (24/1/2016)

sábado, enero 21, 2017

COSTUMBRISMO




Asomado a la ventana, con la vista puesta en el horizonte y una cierta voluntad de hacer abstracción del entorno urbano que me rodea, me asalta la plena convicción de que la imagen que tengo delante -la playa, unos escollos, el cielo jaspeado de jirones de nubes- es la misma que pudo haber contemplado alguien que se hubiese situado en este lugar antes de que existiera, no ya el edificio en el que estoy, sino la propia ciudad o incluso los rudimentos mismos de sociabilidad de los que ésta ha surgido: un merodeador solitario que se hubiese parado a otear el mar desde la cima de un promontorio y que acaso hubiese tenido también la premonición de unas gentes extrañas levantando sus casas y afanándose en sus rutinas en ese mismo sitio muchos siglos después, alterando para siempre su fisonomía, pero manteniendo intacta la posibilidad de fascinación ante lo inmenso, en la que sólo cuenta la mirada y el horizonte que la circunscribe.

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A esta hora de la mañana el hospital parece una feria. Los bares que flanquean la carretera de acceso están atestados, como lo está el aparcamiento de pago que han habilitado en un descampado adyacente a la zona hospitalaria propiamente dicha. En los accesos, vendedores ambulantes y puestos de fruta. Sensación, de pronto, de estar en un país abigarrado y remoto, que no es otro que el ignoto corazón de nuestro insalvable costumbrismo. Hacer literatura de esto casi sería un abuso. (21/1/2016)

martes, enero 17, 2017

BRIXTON

Nos cuenta C. que estuvo en el homenaje que el barrio de Brixton dedicó al recién fallecido David Bowie. Discursos emotivos, velas encendidas, interpretación de sus canciones a cargo de una banda "tributo". Extraña parafernalia cuasirreligiosa para una figura que encarnaba como ninguna otra -en eso aventajó a todos sus rivales- la idea de la modernidad como una especie de transformismo ejercitado sobre el vacío y, por tanto, difícilmente vendible como otra cosa que no fuera espectáculo, antes que ejemplo o guía. En eso, al menos, fue más sincero que otros "ídolos" de la cultura popular. De ahí, también, que el comentario que con más frecuencia se ha oído estos días a raíz de su muerte -al menos, en privado, cuando no había que reafirmar la filiación de uno a esa sedicente modernidad periclitada- ha sido el mismo en el que coincidimos C. y yo en nuestra breve conversación telefónica. "Oye -me pregunta-, ¿y a ti te gustaba Bowie de verdad? Lo digo porque en casa había algún disco suyo, y no recuerdo que lo escucharas". "Bueno, a mí me interesaba más el personaje que su música. Sus canciones, la verdad, no me parecen gran cosa". 


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He decidido cancelar mis cuentas en las distintas "redes sociales" en las que participo, empezando por Facebook. Es curioso que la decisión me haya costado tanto y me suma en una especie de inseguridad similar a la que sentía, de adolescente, cuando me planteaba sustraerme a alguna directriz de grupo y temía ser objeto de recriminaciones y burlas. Pero empiezo a ver con claridad que las presuntas ventajas de estar en permanente comunicación con todo el mundo no compensan las molestias derivadas de ello, ni aminoran en absoluto la sensación de que el coste de dedicar a tanta injerencia ajena unos minutos al día es el sacrificio del mínimo recogimiento que es condición indispensable para cualquier empeño personal que valga la pena. Se impone una pausa y ver qué aflora. 



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"Se te ve disperso", me dice M.A. Yo, en cambio, tengo la sensación contraria: la de estar demasiado reconcentrado en algo que, sin embargo, no acabo de saber qué es. (17/1/16)

sábado, enero 14, 2017

CASA DIEGO

Me está gustando este Wimbledon Green, el mayor coleccionista de cómics del mundo, la "novela gráfica" -¿no sería mejor decir "tebeo"?- del dibujante Seth que me regalaron por Reyes, y que utiliza la falsilla de la bibliofilia para tejer una amalgama de vidas desenfocadas y empeños sostenidos contra toda lógica. 

Hoy he leído el capitulillo en el que el protagonista desgrana sus recuerdos y menciona la tienda de tebeos y chucherías en la que se abastecía de ese paliativo de la soledad que son las lecturas infantiles. Donde habla de "la tienda de Pete" leo yo "casa Diego" o "casa Maruja": bajo los dos nombres se conocía el humilde establecimiento en el que compraba mis tebeos, mis sobres de soldaditos y otros humildes juguetes y pasatiempos, que iban desde las planillas de naipes de la casa de Heraclio Fournier -para desprenderlos había que cortar a lo largo de una línea perforada, como los cupones-, hasta las pistolas de muelle que disparaban un tapón de corcho. Esto último me reconciliaba un poco con la especie: implicaba juego con otros niños, aunque sobre una base de ficción compartida y reparto negociado de papeles, y no sobre el principio de ruda competición implícito en los deportes. Pienso ahora que aquella tiendecilla en la que no había un solo libro -como no los hubo en mi casa hasta que fueron llegando los primeros que yo pedí- fue mi primera librería, en tanto que todo lo que allí compraba abocaba a hábitos de soledad imaginativa similares a la lectura propiamente dicha. Debe uno mucho a ese establecimiento. Tal vez por ello frecuento ahora los mercadillos y las librerías de viejo: en busca de esa misma emoción del hallazgo, que no se satisface nunca en la abundancia algo obscena de los grandes almacenes. 

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Va llegando el frío en dosis homeopáticas: el que se siente a primera mañana en el breve trayecto a pie desde la plaza de aparcamiento al trabajo. Luego, ya en faena, se olvida  uno de él, como los campesinos se olvidan de la rasca en cuanto doblan el lomo. Al mediodía, sol radiante y temperaturas por encima de los veinte grados. Y no, no termina de cuajar esa sensación de travesía en lo oscuro que representan los días más crudos del invierno. No sabría decir si los echo de menos: es como esa fantasía de que, con cada año que pasa, deseamos menos volver a la indefinición e incertidumbres de los años precedentes. Nadie había pedido esta eterna primavera. Y, sin embargo... (14/1/2016)

martes, enero 10, 2017

POR EL BUEN CAMINO



En el mercadillo. Hojeando un ejemplar de la primera traducción española de Doctor Jivago, la que se hizo sobre el texto italiano que publicó Feltrinelli en 1957, cuando la novela estaba todavía proscrita en Rusia, me llama la atención la pulcritud y corrección métrica con que están vertidos los poemas que ocupan el capítulo final. Busco el nombre del traductor: Fernando Gutiérrez, de quien, tras hacer la correspondiente búsqueda informática, averiguo que fue un prolífico y premiado poeta, amén de traductor y gestor editorial, y que en su tiempo se apreciaba mucho su conocimiento de los entresijos de la censura -él mismo ejerció como censor- y, por consiguiente, su habilidad para sortearla. Entre sus méritos está haber fundado una apreciable revista poética, Entregas de poesía, en 1945, haber servido de guía y mentor a un principiante Juan Goytisolo y haber firmado -al parecer, para facilitar su aprobación por la censura- una antología de poesía en lengua catalana. Cuántas trayectorias literarias de esos años nos llegan hoy mezcladas con esas servidumbres del vivir de entonces, quizá no más onerosas ni vergonzosas que las que afectan al escritor de hoy. También uno va dejando un sinuoso rastro periodístico y editorial que quizá provocará, en el curioso de mañana, la misma reflexión melancólica. Es la lección moral que se desprende de los libros viejos. Por eso los frecuento: son para mí tan instructivos como la calavera para un cartujo.  

Un conocido, por cierto, me ha dicho que hace unos cuantos domingos encontró un libro mío en este mercadillo, y que piadosamente lo compró... Vamos por el buen camino. (10/1/2016)

sábado, enero 07, 2017

COMIDA PARA LLEVAR


Mientras esperamos nuestro pedido de comida para llevar, tomamos unas cañas. El bar está abarrotado: se ve que en vísperas de festivo nadie tiene ganas de cocinar. A mi espalda, mesas en las que se abarrotan hasta ocho o diez personas, en animados grupos que trasiegan cerveza y devoran con muy buen apetito los sandwiches historiados y los grasientos "combos" de la casa. En la barra, algún solitario que se ve que no tiene mejor sitio donde cenar, y también algunos que sólo beben. Junto a la puerta, casi al relente, un matrimonio de mediana edad con una hija adolescente: los adultos callan y miran al vacío, mientras la niña, que luce una llamativa melena lacia color rubio platino, no quita los ojos del teléfono móvil. Al rato, musita algo a su padre y éste dispone el traslado del grupo al extremo más alejado de la puerta: la chica, que debajo de la cazadora corta luce un exiguo top de gasa negra que apenas le llega al ombligo, se ha quejado del frío. "Normal", musita M.A. con cierta maldad. A nuestro lado, mientras tanto, se ha instalado una muchacha alta y guapa y un tanto baqueteada: me recuerda a esas profesoras interinas al filo de los cuarenta que ya han recorrido media España de destino en destino y presumen de haberlo visto todo; sólo que ésta, en cuanto abre la boca, desmiente cualquier posibilidad de haberse dedicado alguna vez a menesteres académicos. Al desgarro del deje local añade una ronquera muy trabajada, que sin embargo redunda en el atractivo del conjunto. De una mesa inmediata le preguntan por su novio y ella dice que ha estado con él esa misma tarde. Todos lo celebran. "¿Cuánto tiempo te dejan con él?", le preguntan. "Hora y media", dice ella, con una sonrisa sabia. Sus interlocutores vuelven a mostrar entusiasmo. "Más que de sobra", añade uno que luce una argolla grande en la oreja y que también parece hablar con conocimiento de causa. Entiendo que la chica está hablando de las visitas vis-a-vis que le permiten hacer a su novio preso. Habla de ello como quien menciona que ha ido a pasar unos días con un novio que trabaja en otra población; pero también hay en su cálida voz rota una nota de añoranza. Miro a M.A. También ella está conmovida. Mientras tanto, ya han salido las pizzas, en sus cajas vistosas. Y casi se me ha hecho corto el tiempo de la espera. (7/1/2016)

jueves, enero 05, 2017

DENTRO DE LA CAMPANA


El regreso de la sierra ha agravado la congestión de oído que vengo padeciendo desde hace semanas. Estoy medio sordo; o mejor dicho: mi capacidad de audición ha perdido relieve, y basta un pequeño ruido de fondo -la radio encendida, por ejemplo- para emborronar cualquier otro sonido, incluidos los más cercanos. Así que heme aquí recluido en lo que podríamos denominar la expresión máxima de mi manera normal de estar en el mundo: el ensimismamiento. Ahora la madriguera va conmigo, como los caracoles llevan consigo su concha; o, mejor, como la portan los cangrejos ermitaños, que ni siquiera hacen la suya propia, sino que la toman prestada.

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Tal vez por ello, los acontecimientos externos me llegan como envueltos en una doble nube de extrañeza. Me escriben, por ejemplo, para invitarme a formar parte de una antología de poetas locales. Nunca he entendido la utilidad de este tipo de libros, o qué aporta a un mejor entendimiento del panorama poético agrupar a los poetas por provincia o región: "veinte poetas asturianos", "dieciocho poetas leoneses", "ochocientos poetas andaluces"... Esta última cifra no es exagerada: cuanto más restringido el ámbito sobre el que se hace la selección, más laxo el criterio de admisión, y por tanto más numerosos los admitidos. De nada sirve argumentar, contra esa inflación poética, que el número de poetas verdaderos que admite una sociedad sana es, como máximo, uno o dos por generación. Pero no hay lugar para la discusión; te invitan y uno sólo tiene dos alternativas: o aceptas la invitación o la declinas más o menos amablemente. Hay razones poderosas que me inclinan a esto último: en la lista de poetas seleccionados, veo que faltan algunos de los pocos con los que verdaderamente siento alguna afinidad. Pero también pienso que no es de buena educación responder a una invitación preguntando los motivos por los que otros no han sido invitados: tal vez el anfitrión no los conoce, o no hay sitio para tantos... Pero, en tal caso, ¿puede erigirse en antólogo quien desconoce por lo menos la mitad del panorama, o quien no afina lo bastante para que su muestra, si no exhaustiva, sí parezca por lo menos representativa de algo, aunque sea de un simple criterio personal que pueda enunciarse en pocas palabras? Todas estas preguntas resuenan dentro de la campana en la que tengo metida la cabeza. Tal vez cuando la saque de ella vea las cosas de otra manera.

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Crónica política de Wenceslao Fernández Flórez al saber el resultado de las elecciones del 14 de abril de 1931: se congratula de que el pueblo haya tomado la iniciativa, a falta de verdaderos líderes, y pide a los cargos electos que dejen de vociferar a la contra, que es lo que habían hecho hasta entonces, y sean capaces de plantear propuestas en bien del país. Le leo a M.A. el artículo, cambiando los términos "republicanos" y "monárquicos" por "izquierdas" y derechas". "¿Quién ha escrito eso?", me pregunta, tomando lo escrito hace ochenta y cinco años por una crónica de actualidad. Cuando le aclaro la autoría, mueve la cabeza. Seguimos igual que entonces. (5/1/2016)

martes, enero 03, 2017

NOCHEVIEJA


Algunas anotaciones sobre el paso de un año a otro. Esta vez, en el restaurante de unos amigos, Casi todos los congregados, menos nosotros y otras dos parejas, son familiares de los dueños. A casi todos los conocemos desde hace tiempo, así que no hay sensación de intrusión. Es nuestra primera nochevieja solos desde el nacimiento de C. Ahora ella está en Londres y hemos querido paliar la evidencia de su falta con esta nochevieja entre amigos. 

Ha sido una cena hasta cierto punto circunspecta y morigerada. No ha habido embriagueces evidentes, ni vociferaciones a cuenta de discrepancias políticas o desavenencias familiares. Y no creo que sea por la presencia de tres parejas extrañas en medio de lo que parece una familia excelentemente avenida: más bien, se nota en todos ellos una cierta reserva, como si el parentesco no fuera razón suficiente para prescindir de ese fondo callado y discreto que suele tener la gente de estos pueblos. No quiero decir que no haya risas y bromas: no faltan en todo el tiempo. Pero nadie tiene una salida de tono; ni siquiera se oyen chistes verdes, porque, aunque hubo quien contó algunos chascarrillos, éstos fueron de un delicioso humor blanco. Ni en la casa de unos marqueses hubiéramos gozado de tan excelentes modales. Y cuando, después de las uvas -yo, por cierto, me atraganté en la séptima y ya no pude seguir-, llegó la hora de cantar a corro, con ayuda de un karaoke, la mayor parte de los hombres salió discretamente a fumar a la intemperie, en medio de la niebla, como personajes de una película de espías, dejando a las mujeres a sus anchas, en esa especie de alegría despendolada e inocente a la que suelen entregarse cuando no hay hombres por medio. Miento: algunos nos habíamos quedado allí, en segundo plano, pegados al mostrador, como escondidos. Y fue una delicia verlas cantar, y cómo las niñas imitaban las mañas de las madres, y los niños, todavía indecisos respecto a su ubicación en ese mundo bipolar, dudaban entre sumarse al jolgorio o emular el circunspecto silencio de los hombres.

Pasada la una, llamamos a C.; el cambio de año la había pillado en el metro, de camino al piso de unos amigos, después de haber salido del trabajo a las once y haber pasado por su casa para arreglarse. Imaginarla en esas lejanías nos ha dejado un poco melancólicos, y eso explica quizá que la mezcla de distintos tipos de cava, resultado de apurar las botellas de diferentes marcas que se abrieron para brindar tras las campanadas, se traduzca, al día siguiente, en una larga resaca melancólica, que no se disipa casi hasta el anochecer, cuando decidimos rematar el día viendo otra vez Doctor Zhivago, de la que se acaban de cumplir cincuenta años. Y así hemos empezado el año. (3/1/2016)

lunes, enero 02, 2017

(DE UN DIARIO INÉDITO)

(Sábado 2/1/2016)

Apenas hace un mes que me despedí de este cuaderno y ya estoy otra vez aquí. Lo echaba de menos y, sobre todo, acusaba la falta del intervalo de introspección que suponían los escasos minutos que cada tres o cuatro días le dedicaba. 

Le he dado muchas vueltas a cómo continuarlo, porque una cosa sí tenía clara: la pausa debía servir para redefinir las reglas.Hasta ahora este cuaderno se concebía a sí mismo como diario abierto, lo que en la práctica se traducía en cierta inmediatez: se traían a él, diariamente al principio y más espaciadamente luego, todas aquellas vivencias y reflexiones que me parecían apropiadas a un cierto nivel de intimidad, dejando fuera, más por discreción que por pudor o recato, otras cuestiones que consideraba pertenecientes al ámbito de la mera privacidad. Naturalmente, los límites entre intimidad y privacidad son dudosos y posiblemente venían en gran medida determinados por ese compromiso de inmediatez: el que el lector leyera hoy lo sucedido apenas ayer imponía algunas prevenciones a quien escribía. 

Hoy este diario quiere seguir siendo abierto, pero quiere variar la cláusula de inmediatez: lo aquí escrito no se hará visible hasta pasado un plazo, que de momento he querido fijar en un año: es decir, estas mismas palabras, escritas en el 2 de enero de 2016, no serán visibles hasta el 2 de enero de 2017. Este diario será, a partir de hoy, un diario demorado. Lo que no deja de causarme cierta desazón. ¿Seguiré siendo el mismo en esa fecha? ¿Estaré vivo? ¿Seré capaz de afrontar entonces con naturalidad, y sin avergonzarme o extrañarme, lo escrito confidencialmente un año antes? ¿Y qué gano con ello? 

No lo sé todavía. Se trata, como ha ocurrido siempre con este diario, de un experimento. Ya se verá. Espero, quizá, que los límites entre intimidad y privacidad se redefinan, seguramente con ventaja de lo primero sobre lo segundo. Quisiera que el poso de vida vivida que uno viene a dejar aquí fuera un poco menos contemplativo y más factual, porque, en la medida en que este cuaderno es también un registro o un libro de cuentas, lo ideal sería que recogiera información exacta y fidedigna, y no sólo impresiones o estados de ánimo. ¿Nombres también, atribuciones exactas a terceros de palabras o hechos? El tiempo lo dirá. No quisiera uno ser indiscreto a cuenta de la demora, pero tampoco quisiera pasar por desentendido. En todo caso, siempre cabe la posibilidad de apretar una tecla y borrarlo todo. La vida opera del mismo modo, en bien de su renovación, y no pasa nada. O eso queremos creer.