miércoles, febrero 25, 2015

FUTURE PERFECT

No, no estaría mal que el desenlace del actual panorama de incertidumbre política fuera la consolidación de un bipartidismo renovado, por el que los dos  partidos que hoy se alternan en el poder cediesen su lugar a otros más o menos ideológicamente equivalentes, pero cuyos líderes y base social estuvieran limpios de la mezcolanza de clientelismos y corruptelas en que se ha traducido la práctica política de sus predecesores. La pregunta es: ¿cuánto tiempo tardarán en alcanzar ese estado de estancamiento y decadencia? Si su recorrido bastara, pongo por caso, para otorgar al sistema político unas cuantas décadas de credibilidad, habrían cumplido su función. Eso sí: siempre que no vengan ya tocados, desde su nacimiento, de los males que dicen estar llamados a extinguir. Y hay signos más que preocupantes de que éste parece ser el caso.

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Ejercicios escolares para practicar el "futuro perfecto". ¿Qué cosas habrás hecho dentro de, pongamos, veinte años? Para un chico de diecisiete la predicción no ofrece mayor dificultad: habrá acabado los estudios, se habrá independizado de sus padres, habrá encontrado empleo, fundado una familia, contraído todas esas obligaciones y compromisos en que se traduce la vida adulta. Eso, claro está, si ignoramos la posibilidad estadística de que ese previsible recorrido se trunque o tuerza. Peor es el caso del adulto que sonríe bobamente ante estos ejercicios gramaticales aplicados con más o menos ligereza a la propia biografía: mejor no pensar en lo que le aguarda dentro de un cuarto de siglo; si es que otras eventualidades peores o más expeditivas no le alcanzan antes.

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Por entonces habré publicado, si la coyuntura lo permite, una docena de libros más. No peco de optimismo: la mitad de ellos están ya en curso, si atendemos a la idea acumulativa que uno tiene de la literatura. Cada día aporta unas líneas, cada dos o tres semanas es raro que no se sume a tus carpetas un artículo nuevo, una conferencia, un relato, un pequeño ensayo, unos versos, una secuencia de entradas en este cuaderno. Luego llega el momento, la ocasión, de agrupar algunas de esas páginas por razones de afinidad... y ya está. De esto escapan, naturalmente, las novelas y los estudios de cierta ambición teórica: también los he escrito, y no descarto que vuelva a dejarme tentar por algún otro empeño de esa clase. Lo que me pregunto es si, visto desde esa imaginaria perspectiva, el esfuerzo total habrá tenido sentido. He ahí, en la frase precedente, un buen ejemplo de ese futuro perfecto que vanamente me empeño en explicar a mis alumnos. 

martes, febrero 24, 2015

INDIVIDUALISMO

Nada más abrir esta recopilación de ensayos de Joseph Brodsky (Del dolor y la razón, Siruela), me encuentro esto: "La literatura (...) aporta el mejor argumento contra cualquier teoría política que sólo tenga en cuenta a las masas y aplaste al individuo, aunque sólo sea por el hecho de que la diversidad humana constituye el material básico de la literatura y su raison d'être". Y luego: "Si una sociedad impide la existencia natural de la literatura y la posibilidad de aprender de las obras literarias, lo que está haciendo es reducir su propio potencial, retrasar su progreso y, a la larga, poner quizá en peligro su propio tejido".

Creo que voy a simpatizar con este autor, del que sólo conocía hasta ahora una magra y decepcionante antología poética. Válgame siquiera su lectura para recuperar uno de los hilos conductores de estos cuadernos míos: la defensa de un cierto individualismo, entendido como decantación ciudadana de nuestra inconsolable soledad. No perdamos las buenas costumbres, por más que los acontecimientos recientes me hagan más bien propenso a todo lo contrario... No dejarse confundir. 

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Constato, por cierto, que en las citas anteriores he escrito dos veces "sólo" donde el traductor ponía "solo", sin acento, como ordena ahora la Academia. Malos tiempos éstos en los que una persona alfabetizada vive lo suficiente para conocer una norma ortográfica y su contraria. En qué otras muchas cosas habrá de desdecirse uno después de haber defendido con tenacidad lo que aprendió en su infancia.

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A la luz de los hechos, no hay táctica más errónea para un escritor que intentar recabar la atención del establishment literario de su tiempo y circunstancia. La historia de las vindicaciones literarias no es otra cosa que una larguísima serie de desmentidos de lo que en su día dictaminó ese establishment.

lunes, febrero 23, 2015

OTRA VEZ UMBRAL

Creo que lo he puesto ya en este cuaderno: los libros de Umbral, que hoy se encuentran en los baratillos por unos céntimos, terminarán cotizándose como lo que son: para bien, o para mal, la obra de uno de los escritores más representativos de las aspiraciones y limitaciones de la literatura que se hizo en España durante el franquismo y los primeros años de la democracia. Tienen sabor de época, aunado con un meritorio esfuerzo de trascenderla, es decir, de ir más allá de ese estilo vagamente azorinesco y un tanto redicho que tenían los mejores prosistas que escribían en los periódicos de entonces. Para lograrlo, Umbral elaboró una curiosa mezcla del estilo peraltado de González Ruano y la cohetería de Ramón, trufado de algunas vetas de lirismo entre finisecular y becqueriano... No se me entienda mal: esa mezcolanza tiene personalidad y encanto; y es también un eficaz vehículo de cierto insatisfecho cinismo muy propio de la época. Ya quisieran muchos que de sus propios logros se pudiera decir tanto. 


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En su día leí y reseñé para El Cultural -fue uno de mis primeros encargos para ese medio- la biografía un tanto sensacionalista y indiscreta que le hizo Anna Caballé: entre otras cosas, dio dimensión pública a lo que hasta entonces había sido uno de los secretos mejor guardados de Umbral: su condición de hijo de madre soltera. La biógrafa, sin embargo, no quiso o no pudo aportar el dato de quién era el padre del escritor y si éste lo conocía. Hoy el misterio queda esclarecido: Umbral -lo ha publicado el periódico El País- era hermano del poeta Leopoldo de Luis; es decir, hijo del padre de éste, el abogado Alejandro Urrutia. En medio quedan años de veladuras, de afectos tácitos, de silencios elocuentes... Y es una buena historia, porque dice mucho de cómo funcionaban las cosas entonces, y de esos secretos mimbres de los que está entretejido, hoy como ayer, el mundillo literario hispano. No sé por qué, me ha conmovido.

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Como se le ha roto el collar a P., hay que ir a comprar otro urgentemente al pueblo de al lado -en el nuestro el comercio está cerrado por las fiestas-. Siguiendo las indicaciones de un amable viandante, llegamos a lo que parece el corazón de una populosa barriada con abundantes comercios. Es la primera hora de la noche del sábado y ya empiezan a verse ruidosas pandillas de adolescentes y ramilletes de muchachas engalanadas con los trampantojos de la imaginería seductora del momento. Cerca ya de la hora del cierre, los comercios están animados. Y frente a la penuria lumínica de los polígonos que hemos dejado atrás e incluso de nuestra propia calle, en este barrio no parecen haber escatimado en luces de todo tipo. Me agrada la sensación de extrañeza que experimento, quizá por el mero asombro de constatar que, a menos de quince minutos de casa, hay lugares en los que uno se siente como si hubiera hecho un largo viaje y se viera de pronto en medio de una ciudad desconocida. Otros vuelven de los suyos con colmillos de elefante u otros trofeos de caza: nosotros, con un collar de perro en el bolsillo del abrigo. El resto lo pone la imaginación.

viernes, febrero 20, 2015

LA RESEÑA DEL VIERNES: 'POMPA Y CIRCUNSTANCIA', de IGNACIO PEYRÓ

Esta semana LA RONDA DEL LIBRO reproduce la reseña de Pompa y circunstancia, de Ignacio Peyró, que publiqué en El Cultural hace algunas semanas. 

"Son algo más de mil páginas en las que tienen cabida desde cumplidas disquisiciones en torno a la monarquía, el sistema parlamentario, la Iglesia de Inglaterra o el sistema de clases, a otras no menos enjundiosas sobre el té, los sándwiches de pepino o la salsa Worcestershire; a las que habría que unir, por constituir casi un tratado aparte, las muchas entradas dedicadas a sastrerías de nota, camiseros, perfumistas, fabricantes de cepillos y zapateros de lujo; por no mencionar los muy atinados ensayos dedicados a las figuras mayores de la literatura inglesa, desde el universal Shakespeare a los muy ingleses -en el sentido preciso que “lo inglés” tiene en este libro- Harold Acton o Edith Sitwell." 

jueves, febrero 19, 2015

HARTOS

La crisis -da a entender el periodista Jacques Peretti en su espléndido documental The Super Rich and Us- no ha sido cosa accidental. Fue cuidadosamente planeada en los despachos de City Bank y Solomon Brothers y tuvo desde sus inicios unos objetivos muy precisos: succionar los ahorros de la clase media, hasta arruinarla, y nutrir con ellos el más largo y descontrolado periodo de agudización de la desigualdad social que se conoce en la Historia, cuyo resultado es que ochenta y cinco personas poseen el cincuenta por ciento de la riqueza mundial, y que la pobreza, el endeudamiento y la precariedad laboral de la inmensa mayoría sean una inmensa fuente de enriquecimiento adicional para los ya ricos, que son quienes controlan el crédito y se benefician con los réditos generados por el mismo y la caída en picado de los salarios. 

No está uno acostumbrado a que la BBC sea tan explícita en cuestiones que afectan al debate político contemporáneo: a lo sumo, el tono característico de la casa es el distanciamiento de buen tono, trufado de un bien educado cinismo, como el que exhibe la también espléndida serie Empire, por ejemplo. Muy grave debe de ser la situación, y muy irreversible su curso, para que el elegante Peretti se permita afirmar que su más probable desenlace será un estallido de violencia social sin precedentes. Y ahí queda eso, mientras los helicópteros de la televisión pública británica sobrevuelan los rascacielos de Norman Foster que ocupan el centro financiero de Londres y uno se levanta de la siesta con un furor jacobino para el que, de momento, no encuentra otro desahogo que este cuaderno...


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Gente durmiendo en coches y furgonetas a lo largo de todo el paseo marítimo. No, no es cuestión de pobreza. Me fijo, por ejemplo, en dos parejas maduras -pongamos, de sesenta años para arriba- que a todas luces han dormido en los asientos de un impecable Mercedes, junto a la tapia del cementerio. Aparco al lado, a mi llegada al trabajo. Y cuando vuelvo, cinco horas más tarde, todavía una de ellas sigue allí. No hablan entre ellos y tienen la mirada perdida en el mar, todavía no recuperados de una noche carnavalesca que, a juzgar por las apariencias, ha debido de ser gloriosa.



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Y ya que estamos en ello: quizá lo más destacado de El destino de Júpiter, la última película de los hermanos Wachowski, sea su nítida metáfora social, un poco de cuento de hadas, sí, pero no por ello menos oportuna: la verdadera "dueña" de la tierra, según ha determinado el azar genético y los cálculos de una avanzadísima y malvada civilización jupiterina, resulta ser una inmigrante de origen ruso que se gana la vida limpiando inodoros en Chicago, y a la que disputa sus derechos una dinastía que se ha hecho poderosa "cosechando" seres humanos en distintos planetas y elaborando con la esencia de éstos -a razón de cien personas por frasco- una especie de elixir de la eterna juventud; es decir, practicando el mismo tipo de desmesurado parasitismo social que denuncian los documentales de Peretti... Sí, debemos de estar todos un poco hartos ya. 

miércoles, febrero 18, 2015

DESNUDECES


En el bar de J., donde recalamos para tomar un café que despeje los vapores de la cena. Atmósfera de pub inglés: humor de brindis colectivo, de canciones a coro, de alguna que otra mirada indiferente al televisor silencioso en el que se ve un partido de fútbol. No, no ha habido dinero este año para irse a Londres, como hacen tantos gaditanos de clase media por estas fechas, pero era casi como si estuviéramos allí. Ya sé que hay quien se extraña de que algunos demos la espalda a estas fiestas ruidosas, en las que la ciudad empeña tantos esfuerzos. Quizá también en esto opera un factor de saturación: unos pocos carnavales bien vividos bastan, quizá, para toda una vida. Y no debo de ser el único que piensa así: el viernes al mediodía, el atasco de tráfico a la salida de la ciudad era monumental; como han sido también notables los niveles de ocupación turística en la sierra durante estos días en los que se suponía que el gran foco de atracción residía en la capital y no en sus comarcas aledañas. No hay que darle más vueltas: cada cual hace lo que le viene en gana, y todos hemos de alegrarnos de que ni siquiera en estas cuestiones, digamos, identitarias, que algunos viven de manera tan visceral, haya unanimidad absoluta. Sea. 


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La desnudez. Todavía se considera un logro atisbar lo que normalmente se mantiene oculto; lo que contrasta, por un lado, con la ingenuidad biempensante de quienes pretenden negar que hay un punto de gratificación en esa experiencia depredadora; y, por otro, con la absurda idea de que esa satisfacción siempre se obtiene a costa del menoscabo del otro, del sorprendido en su desnudez, que queda así de alguna manera marcado o puesto en evidencia. Se percibe todo esto en el floreciente tráfico de fotos de personajes públicos desnudos. ¿Qué ganan, por ejemplo, quienes promueven que circulen por Internet las fotos, no sé si auténticas, de una candidata de un partido emergente sorprendida desnuda en una playa? Lo mismo el efecto es el contrario al pretendido: en Italia, recuérdese, el otrora influyente Partido Radical consintió en ganar votos, y lo logró, a través del exhibicionismo de Cicciolina... Pero está claro que lo que se intenta es potenciar el reflejo puritano y machista de percibir como menoscabada la dignidad de la mujer así sorprendida, y que con ello se cree dañar su imagen. Cabe pensar que la mayor parte de los ciudadanos se reirán de este modo de pensar, o que al menos éste no es la norma en el campo ideológico del que espera obtener votos la afectada. Pero nunca se sabe, porque también en estas cuestiones la ideología a veces no es más que la coartada, y tanto exhibicionismo y tráfico ilícito de fotos está habiendo por parte de los que buscan ofender como por la de quienes dicen declararse ofendidos. Etcétera.


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Almendros en flor: también la naturaleza se desnuda... vistiéndose de gala, como las mujeres de antes.

martes, febrero 17, 2015

CUADERNO DE CAMPO







Terminado el “Cuaderno de campo” pictórico-lírico en el que hemos estado trabajando José Antonio Martel y yo las últimas semanas. Extendemos en el suelo del estudio las treinta pinturas resultantes, ya todas ellas “sobrescritas” con otros tantos poemas en prosa míos… Me emociona el resultado, no ya, por supuesto, por mi aportación, sino por la ilación que se establece entre las treinta imágenes, la insinuación de que entre todas transcriben una historia o dan cuenta de una experiencia que quizá no hubiera podido contarse de otro modo, y a la que tal vez la leve sombra de unas pocas líneas manuscritas a lápiz sobre cada uno de sus episodios constitutivos no añaden sino una especie de clave adicional, disponible para el espectador que, una vez satisfecha la curiosidad de una primera mirada, quiera valerse de una posible guía de uso e interpretación. El viaje empieza en un camino y conduce, por vía de elevación de la mirada, hacia un tríptico de cielos, que se transmutan luego en diferentes modalidades de agua para, finalmente, circunscribir el recorrido a un ámbito más doméstico, en el que cabe la amistad, los cuidados de la huerta o el ejercicio de la pintura y la escritura. Visualmente, basta abarcar el conjunto para suponerle un sentido y una coherencia, que los textos aspiran a establecer de otro modo… En fin. Hemos dedicado las dos últimas jornadas a pintar y pulir los marcos. Ahora queda, quizá, lo más doloroso: exponer estas intimidades. Se hará, primero, entre amigos y conocidos, bajo la hospitalidad del restaurante Angélica, en Ubrique, y luego en la Feria del Libro de Cádiz. El destino de este tipo de trabajos no puede ser otro, ya se sabe, que  la dispersión. Hemos pensado, también, en la publicación de un libro… Se intentará. Pero lo importante ya está hecho. Y este cansancio sobrevenido, fruto de haber estado ejerciendo de ebanista y pintor de brocha gorda durante un par de jornadas, lo pone a uno en el estado de ánimo más adecuado al momento en el que se da por terminado un trabajo ilusionante. Anoche dormí doce horas del tirón. Me las merecía, creo.

miércoles, febrero 11, 2015

52

Conozco a tanta gente que detesta el cine de Eric Rohmer que casi me avergüenza poner aquí cuánto disfruté ayer volviendo a ver Mi noche con Maud (Ma nuit chez Maud, 1969) quizá el mejor de sus Cuentos morales, por ser el más sutil, el menos obvio, el que menos se presta a la rápida enunciación de una moraleja... Qué hermosa esa aventura de una noche sin sexo, pero en la que no cabe imaginar mayor intimidad entre un hombre y una mujer. Y cómo entendemos su desenlace, la idea de que hay recuerdos que bastan para iluminar toda una vida, por más que sobre el núcleo mismo de lo recordado se imponga una cierta penumbra en la que quizá es mejor no indagar. 

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El vaso, el cepillo de dientes y la botella de agua que guardas en tu taquilla. Con menos hay quien ha protagonizado episodios de supervivencia verdaderamente admirables.

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Y algo para pensar en el día de tu cincuenta y dos cumpleaños: cuánta vida es suficiente; cuál la proporción justa entre años y logros; o qué medida hay que colmar para no dejarse caer del otro lado de la cuesta sin tener la impresión de que el tiempo se ha ido en nada. Digo.

lunes, febrero 09, 2015

LA NEVADA






Sí, aquí nieva poco: una, dos veces al año; y la nevada dura lo que las emociones rápidas e intensas: unos instantes que parecen una eternidad. Por eso la del sábado revistió caracteres excepcionales: duró toda la mañana, y cuando los últimos restos terminaron de fundirse, pasado el mediodía, la impresión general era que habían sido demasiadas impresiones para tan poco tiempo, y que el comienzo de la jornada parecía remontarse, no a unas horas antes, sino a otra edad, o al recuerdo de un viaje a otro país, o a la minuciosa escenificación de un sueño lejano. No era la nieve sucia de las ciudades frías, ni la nieve virulenta de los lugares donde el invierno es siempre una amenaza. Había cubierto limpiamente las faldas de los montes circundantes, extendido una pulcra sábana sobre patios y huertas, disfrazado los coches, revestido cornisas y tejados. Y la primera impresión era, en todos, de alegría nerviosa, como la de los niños ante una novedad que no comprenden; seguida, luego, de una sensación general de desorientación, como si de pronto nos halláramos en un país desconocido, y el mismo hecho de andar sobre la nieve con nuestro calzado inadecuado exigiera una readaptación para la que no estábamos avisados ni preparados. Yo mismo, después de estar a punto de resbalarme nada más pisar la acera, cambié las botas de andar por unas altas de agua, más seguras; y, con el pantalón embutido en ellas, la cara cubierta por varias vueltas de bufanda y un sombrero de ala ancha para protegerme la cara de los gruesos goterones fríos que todavía caían, me asomé a la plaza. Los niños ya jugaban a lanzarse bolas y a modelar apresurados muñecos con una zanahoria -¿de dónde habían salido todas esas zanahorias?- por nariz. Vimos a un gato cruzar corriendo la calle, espantado. Y asistimos, como en primera fila, a una segunda edición del prodigio: a una nueva nevada de lentos copos extendidos, como plumas, que cubrieron rápidamente los estragos que nuestros pasos y las rodadas de algún coche habían hecho en la primera capa de nieve. Nos fuimos a verla caer desde los ventanales de un bar con vistas al valle. Los coches subían despacio, cautelosos, y una excavadora, seguida de un todoterreno de la Guardia Civil, puso una nota de urgencia en lo que parecía suceder con la lentitud inverosímil de una secuencia soñada. Cuando volvimos, ya lucía el sol. Al mediodía la nieve era ya un recuerdo. Y aunque todos daban por hecho que esa misma tarde, o a lo sumo esa noche, volvería a nevar, e incluso más intensamente, lo cierto es que el milagro no volvió a repetirse, y a la mañana siguiente sólo quedaban vestigios de nieve en algunos rincones donde no había dado el sol y en la imponente fachada del Cao, orientada al norte de donde vienen todos los fríos.

miércoles, febrero 04, 2015

PECADOS

Me habían dicho que el trámite era sencillo: bastaba, decían, con rellenar una instancia y entregarla en una ventanilla. Pero llevo ya seis visitas a tres organismos oficiales, a razón de dos visitas por organismo, y la gestión no se ha resuelto aún. Lo achacan a una cuestión de procedimiento: el "vuelco de datos" -así lo llaman- entre un organismo y otro se efectúa cada quince días; lo que supone, en fin, un procedimiento casi tan lento y laborioso como cuando estas cosas las hacía a mano una legión de escribientes con manguito... La informática, si acaso, no ha venido sino a entorpecer más el proceso. Y no parece que haya remedio a la vista, porque, entre los interesados en fomentar el descrédito de lo público en beneficio de lo privado, y quienes plantean como un acto de fe el mantenimiento a toda costa del caduco entramado estatista, no parece que haya lugar para la solución más lógica, que sería su modernización y racionalización. La cosa al menos tiene su contrapartida literaria: después de una semana de trámites inútiles, se siente uno tocado del genio -del mal genio, diríamos más bien- de Larra.

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Ahora que C. ha superado ya la edad escolar, y que por tanto todos mis alumnos son ya más jóvenes que ella, tengo una mayor conciencia de la enorme diferencia entre, digamos, la bisoñez de éstos y el desengañado saber de un hombre adulto que ya ha pasado por la experiencia de haber criado a alguien que los supera en edad. No es que esa distancia asegure la infalibilidad de los juicios del adulto en comparación con los variables sentires de los jóvenes; más bien es lo contrario: en el fondo, el voluble es el adulto, con su capacidad adquirida de acomodo y su preferencia por los caminos trillados; lo que no deja de experimentarse como una forma de cinismo... Que es, quizá, el pecado reconocido que más nos cuesta perdonarnos a quienes tenemos cierta edad.

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Leer como un modo de olvidar nuestros problemas haciéndonos cargo de otros mucho más complicados. Extraña operación del espíritu... ¿Quién dice que leer es divertido? Y, sin embargo, ¿quién puede negar que lo sea?

lunes, febrero 02, 2015

SMOKE ON THE WATER

Como he escrito en alguna que otra ocasión de la "escuela pictórica" más o menos centrada en la localidad gaditana de Ubrique y alrededores, y de algunos de sus pintores más conspicuos, no ha dejado de hacerme gracia la anécdota que me cuenta uno de ellos, al que hace poco quiso entrevistar la televisión autonómica. Al concertar la cita le preguntaron por la sede de esa "escuela", que se proponían filmar; y de nada valió decirles que la palabra "escuela" no se refiere solamente al edificio donde unos maestros enseñan algo a unos alumnos, sino que también vale por una tradición, o por un grupo de artistas más o menos emparentados por seguir unos principios comunes o estar sometidos a parecidos condicionamientos de lugar, época e influencias. Sólo en este último sentido existe una "escuela pictórica ubriqueña", denominación que reúne a un cierto número de pintores espontáneamente agrupados en torno a determinados eventos artísticos locales -por ejemplo, el Concurso de Pintura Rápida y el Certamen Regional de Pintura que se convocan en la localidad todos los años- y deudores, cada uno a su modo y estilo, del magisterio de Pedro de Matheu, el pintor gaditano-uruguayo-francés, pariente de Manuel de Falla, que dejó su impronta en los pintores locales a su paso por la zona a finales de los años cincuenta... Pero los reporteros de la televisión regional habían venido a filmar una escuela, y no se iban a marchar sin cumplir su propósito; así que hubo que reunir a unos cuantos niños en el estudio del pintor contactado y decirles que actuaran ante las cámaras como si pintaran; lo que, por cierto, muchos de ellos hacen ya muy bien, porque la afición a la pintura está muy extendida en la comarca y tiene cultivadores de todas las edades... Y así quedó la cosa. 


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A las once y media de una espléndida pero gélida mañana soleada de invierno, todavía no se ha derretido la capa de escarcha que cubre el parabrisas. Froto la fina capa de hielo con un trapo, para desprenderlo, y lo logro sólo a medias. Hoy las temperaturas -me había dicho previamente el churrero, cuando fui a comprarle el desayuno-, no pasarán de cuatro grados sobre cero en pleno día. "Fíjese", me dijo, "no he encendido la campana" -se refería a la que sirve para extraer los vapores-, "porque hace un efecto de vacío y entra el aire de fuera. Prefiero el humo". Y allí lo dejé, en su acogedora nube de fritanga, a salvo del toque gélido que ya me estaba helando la punta de la nariz.


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Me da no sé qué que todavía me emocione una canción tan simple como "Smoke on the Water", de Deep Purple. Será porque sus doce acordes fueron los únicos que llegué a dominar en una guitarra. O porque su recuerdo pertenece, ay, a ese legado de cosas indelebles de las que uno no se cura nunca, por mucho adorno que se eche encima.

jueves, enero 29, 2015

HUESOS

Pobres huesos de Cervantes. La proximidad del cuarto centenario de su muerte, que se cumplirá dentro de apenas un año, ha espoleado las ganas de desenterrarlos, y para ello no parece haber escrúpulo en turbar de paso el descanso de todos los sepultados en la cripta del viejo convento de las Trinitarias, en el Madrid de los Austrias. Hemos visto ya el resultado de algunas de esas exhumaciones: unos pocos huesos terrosos, descompuestos, con un cierto aire incongruente a despojo de carnicería. No entiende uno esa avidez carroñera. Si de antiguo se sabe que los restos del escritor están efectivamente enterrados en ese lugar, debería bastar esa certeza para satisfacer al curioso, o al simple lector agradecido que quiera permitirse el gesto entre piadoso y sentimental de visitar los lugares relacionados con la vida material de ese hombre sin suerte que se llamó Miguel de Cervantes. Lo otro, el deseo de ver e incluso de tocar esos huesos, parece responder más bien a otros instintos. Esa pornografía funeraria nada tiene que ver con la investigación histórica, ni con el afán de conocimiento de los eruditos, ni con el respeto a nuestro escritor más verdadero y universal. Responde, más bien, a esa especie de fetichismo que asalta al inculto acomplejado cuando debe enfrentarse a un objeto de cultura. Y que todo un país parezca fascinado por esa búsqueda dice mucho de lo que somos, de cómo somos.

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No, no estamos acostumbrados a estos fríos: la propia benignidad habitual de nuestro clima nos impide hacernos a ellos, por más que no haya año en el que falten semanas tan gélidas como las que estamos padeciendo. Las pasa uno como puede, dejando para ocasión mejor la necesaria adquisición de lo que por unos días echamos en falta: un gorro de astracán con orejeras, por ejemplo, y uno de esos abrigos canadienses de piel vuelta, con el pelo por dentro... Mientras, nos vamos apañando con nuestros abriguillos de prêt-a-porter y las bufandas de compromiso que nos regalan los Reyes Magos. Con los catarrazos y las bronquitis hacemos cuenta aparte: de algo hay que morirse. Y así hasta la primavera.

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Igual que a los políticos emergentes, en los Estados Unidos y otros países de tradición protestante, invariablemente les buscan, y casi siempre les hallan, un escándalo de faldas, a los de aquí se les busca siempre alguna indiscreción económica. Nuestra ligereza al respecto no tiene cura: por algo somos un país pobre, donde lo verdaderamente voluptuoso sería revolcarse en la riqueza. Lo otro, lo de la carne, ya se sabe lo que es: una diversión casera, que no cuesta nada.

miércoles, enero 28, 2015

INTIMIDAD

Lo que uno pone aquí, en este diario -lo he dicho ya muchas veces, pero no está de más recordármelo de vez en cuando-, es sólo intimidad, es decir, ese difuso amasijo de subjetividades sobre las que nadie puede reclamar una titularidad exclusiva porque, en buena ley, nos pertenecen a todos. Para ventilar lo otro, lo que podemos llamar la mera privacidad, se ha inventado eso que abusivamente llaman "redes sociales". Y quizá el gran descubrimiento que éstas han aportado a nuestro conjunto de certezas morales es que esas privacidades tan obscenamente exhibidas tampoco encerraban nada que mereciera la pena ocultar.


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Quizá el mayor reproche que pueda hacérsele a nuestro sistema educativo es el que supone el sol de invierno, por poner en evidencia que a veces hace menos frío a la intemperie que dentro de algunas dependencias escolares donde la lección que se imparte con mayor intensidad es la de que lo público es siempre paupérrimo.


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El primero que pensó que la escritura presupone siempre un interlocutor no estaba pensando tanto en la literatura como en la oratoria. Pero al parecer muy pocos advierten la diferencia.

lunes, enero 26, 2015

NEORREALISMO

Un buen argumento para cualquier imitador local del neorrealismo italiano, al estilo del Nieves Conde de Surcos o del Forqué de Un millón en la basura: el que atañe a este conocido mío que ha tenido que rifar entre el vecindario su reloj de pulsera para pagarse el billete a Holanda, donde le han ofrecido un empleo. No creo que el ganador le haya reclamado el premio.

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Nieve en el Torreón y el Reloj, dos picos de la sierra de Cádiz. Desde la carretera veo sus dos modestas caperuzas blancas, casi gemelas. Y pienso en la Bola del Mundo, en el Guadarrama, contemplado desde la ventana de un autobús en aquel noviembre, que ya me parece tan lejano, en el que empezaba in situ mi novela Ronda de Madrid, e hice una pausa en mis días de callejeo para ir a visitar (en realidad, a entrevistar, porque iba a proporcionarme algunas jugosas historias para mi novela) a una amiga mía que vive en la periferia de la capital. También aquel día soleado y gélido de finales de otoño me hizo acordarme de los fríos secos de la sierra gaditana. Luego vi nevar en el propio Madrid: una cenefa de nieve se acumuló en el repecho de la ventana de mi piso en Aluche; y esa misma noche, cuando volvía de presentar mi novela anterior, Vida nueva, en cierta librería madrileña, volvieron a caerme unos copos mientras atravesaba el Parque del Oeste en dirección a la estación de Príncipe Pío. Nieve sobre las formas egipcias del templo de Debod: una más de las muchas imágenes aparentemente incongruentes que forman el trasfondo, digamos, poético de aquel viaje literario. Ni que decir tiene que la novela que empecé a escribir en esos días fue un fracaso, como lo fueron las anteriores, como lo serán acaso todos los libros que me sea dado escribir. Pero también en esos días creo que alcancé a comprender la verdadera función de la obsesión literaria en mi economía vital: la escritura como un sutil subrayado de la vida corriente, un modo de intensificar o poner de manifiesto sus elusivas líneas de fuerza, sin las cuales el conjunto tiende a sumirse en la confusión y el caos. 

No sé por qué pienso ahora en esas cosas.

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Me comunica esta amiga la muerte de su perro, a quien tuvimos ocasión de conocer bien durante el largo periodo en el que la similitud de edad de nuestras hijas y una cierta confluencia inesperada de voluntades y afectos hicieron que nuestras respectivas familias intimaran y los siete -las dos parejas, cada una con una hija, más el perro- resultáramos casi inseparables, en un intervalo que duró varios años e incluyó unas cuantas vacaciones de verano en la sierra. El perrillo -un schnauzer pequeño, de andares asimétricos y mucho carácter- nos pastoreaba a discreción durante nuestros paseos, con algo de geniecillo tutelar y de nota excéntrica en aquel grupo levemente tocado ya de las melancolías de la edad, las contradicciones de la clase media y las perplejidades de la paternidad. Ha sido el primero en irse. Y será acaso como cuando, en su compañía, nos adelantábamos a cruzar el Bocaleones y el se quedaba al otro lado del arroyo, temblando de miedo y ansiedad, hasta que, en un arranque de gallardía, se decidía a meterse de cuerpo entero en el curso de agua.

miércoles, enero 21, 2015

CONEJOS BLANCOS


Fotos de la nieve cercana: de anteayer, pero podrían ser de hace cien años. Incluso los colores parecen emular esa bendita simplificación del mundo aparejada a la limitación técnica que suponía la fotografía en blanco y negro. Blanco sobre grises, o sobre verdes que apenas se distinguen del gris del cielo, con ese silencio de fondo que es el verdadero legado de la nieve, y que posiblemente no sea otra cosa que el contraste acusado entre la algarabía inicial de la lluvia que precede siempre estas nevadas del sur y el silencio resultante de la ingravidez de los copos.  Y ese carácter efímero de lo que se sabe de antemano que sólo va a durar unas horas, a lo sumo unos días, y que, por eso mismo, parece venir de más allá del tiempo para sobrevivirnos. 

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El maletero lleno de conejos blancos: al abrirlo, se desparraman por el terreno circundante, a despecho de que el lunático que conducía el vehículo empuñe ahora una escopeta y dispare salvajemente sobre ellos, sin alcanzarlos... Nada se dice del origen de esos conejos, o de la razón por la que eran transportados de esa manera anómala; como tampoco se dice nada de por qué en otro coche también usado en esa misma huida alocada había, en el asiento trasero, un expositor de camisas floreadas; o por qué el más joven de los fugitivos, ahora circunstancialmente metido a jardinero, alcanza a vislumbrar a la dueña de la casa completamente desnuda tras un enorme ventanal que la muestra de cuerpo entero, sin que luego sobrevenga el esperable lance erótico... Son algunos de los detalles, digamos, surrealistas que salvan Un botín de 500.000 dólares (Thunderbolt and Lightfoot, 1974), la rutinaria película que Clint Eastwood aceptó protagonizar y producir para un Michael Cimino ya en camino hacia el éxito de El cazador y la catástrofe financiera y artística que supuso Las puertas del cielo. Cosas del cine, que ahora se me vienen a la cabeza muy rápidamente, mientras repaso estos destellos de la película con la que anoche eché el cierre a las preocupaciones del día.

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En Argentina matan al fiscal que trataba de inculpar a la presidenta e intentan hacer pasar el asesinato por un suicidio. Primores del populismo peronista, que aquí todavía tiene (y parece que van a más) sus admiradores.

martes, enero 20, 2015

PRÓDIGOS

Si se cumplen las predicciones de Cáritas, pronto alcanzaremos ese límite simbólico de la desigualdad en el que el uno por ciento de la población posee la misma cantidad de riqueza que el noventa y nueve por ciento restante; es decir, lo que en tiempos más felices y confiados leíamos, con no poca complacencia por nuestra parte, de países como Guatemala o Zaire. Las proporciones pueden variar, y también es muy posible que un pobre en España no sea exactamente lo mismo que un pobre en Guatemala; pero nada más relativo que la definición de pobreza: en algunos lugares ya no es pobre quien posee una docena de cabras; en otros, se es muy pobre, y con conciencia de serlo, teniendo coche, televisor y smartphone en el bolsillo, aunque quizá no un plato de comida caliente en casa; y hasta puede que el exiguo dominio sobre el entorno social que proporcionan estos adminículos -es decir, la capacidad que proporcionan de conocer, siquiera sea de lejos, todo aquello de lo que otros disfrutan y uno no- acentúe aún más si cabe la conciencia de desigualdad

¿En qué terminará todo esto? No sabría decirlo, pero puede que baste echar un vistazo a lo que ocurre del Atlas para abajo, o en el Oriente Medio, para saber que, cuando poblaciones enteras llegan a la pavorosa conclusión de que ya no tienen mucho más que perder, de ellas puede esperarse cualquier cosa menos cordura. La experiencia de aproximadamente tres cuartos de siglo de cierto consenso social en Europa en torno a esa entelequia llamada "estado de bienestar" debería servir para orientar un poco a las clases gobernantes sobre qué requisitos debe cumplir una sociedad en la que el odio de clases y la violencia cotidiana no sean la norma. Pero aquí quienes parecen haber perdido el norte son los poderosos y los ricos (y no los asalariados que han vivido, como se nos ha dicho hasta la saciedad, "por encima de sus posibilidades"). Los demás sólo vamos a la zaga.



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Se escriben poemas para purgarse de esa especie de pecado de prodigalidad que es haber escrito otras cosas (véase lo precedente, por ejemplo).



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Escribir para nadie. Ningún otro público paga mejor.

lunes, enero 19, 2015

CONJETURAL

Por un momento, pareció que aquello iba a acabar como Los viajes de Sullivan, la certera apología del cine de evasión que dirigió Preston Sturges hace tres cuartos de siglo: "A la gente le encanta la sangre, le encanta la acción, no toda esta deprimente mierda filosófica y palabrera", le dice el hombre-pájaro -un no del todo improbable superhéroe al estilo de los muchos que han saltado de los tebeos al cine en los últimos treinta años- al actor que le dio vida, y que ahora anda empeñado en llevar al teatro una pretenciosa adaptación de un cuento existencial de Carver... Pero no. Lo que este hombre se trae entre manos es otra cosa: la posibilidad de reinventarse, por ejemplo; la de reivindicarse a sí mismo frente a su ya irrecuperable ex-mujer y su ya prematuramente desengañada hija; la de sobreponerse a la evidencia de que su momento de gloria pasó... 

De vez en cuando el cine lo planta a uno, sin defensa posible, frente a la fuerza de unas pocas verdades universales. Nada más universal que la insatisfacción, que la madurez como momento de irreversible desengaño, que la sensación de que toda una vida, con sus logros y éxitos incluidos, no sirve para compensar la desoladora crudeza de estos momentos de desesperada lucidez. De todo esto trata Birdman o la inesperada virtud de la ignorancia, la nueva película de Alejandro G. Iñárritu. Y a uno le parece que la sensibilidad universal, ese extraño ente colectivo que diariamente alimentamos con noticias mal digeridas, opiniones sin decantar y prejuicios potencialmente letales, no debe de andar todavía del todo desquiciada cuando parece dispuesta a otorgar a esta desesperanzada -y, a un mismo tiempo, extrañamente divertida- película las mieles del éxito. Qué raro. Y qué bien. 

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Tampoco va mal el proyecto que nos traemos entre manos el pintor José Antonio Martel y yo: una especie de diario pictórico-lírico a cuatro manos, al que él aporta las pinturas y yo los textos, en igualdad de condiciones: el pintor trabaja sobre una serie de textos dados y el escritor escribe sobre otros tantos cuadros, partiendo del tácito acuerdo de que los dos vamos a incidir sobre experiencias compartidas en varios años de trato y amistad. Llevamos varios meses en ello y, tras algún momento de duda, la cosa parece que progresa. Dentro de no más de dos meses presentaremos los resultados, posiblemente también en terreno amigo y entre amigos. Y no sé si iremos más allá porque, en estos tiempos de estrecheces, no se atreve uno siquiera a conjeturar la posibilidad de que alguien quiera editar estos treinta poemas en prosa con sus correspondientes imágenes, o estos treinta cuadros sobrescritos, como reza el subtítulo que provisionalmente hemos asignado al proyecto... Pero ahí están, y nos hemos divertido mientras tanto.

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"Es posible que nieve esta noche, e incluso que esté ya nevando en la montaña", me dice este amigo. Pero uno ya sabe que aquí la nieve es más conjetural que otra cosa, y que donde no deja nunca de nevar, invierno tras invierno, es en la imaginación.

jueves, enero 15, 2015

ECONOMÍAS

Me interroga cautelosamente esta conocida por mis gastos y casi me parece oír dentro de su cabeza unos ruidillos como de caja registradora... No, no le salen las cuentas. Y sonríe, como diciéndose: o miente como un bellaco o vive claramente muy por encima de sus posibilidades. Y  yo me acuerdo de las muy citadas palabras del dickensiano Micawber: Annual income twenty pounds, annual expenditure nineteen pounds nineteen and six, result happiness. Annual income twenty pounds, annual expenditure twenty pounds nought and six, result misery. Que no traduzco, porque para qué. 


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Me veo muy solicitado últimamente, sí, pero no más estimado en aquello por lo que realmente me gustaría que me estimaran. Lo que, en el fondo, resulta incluso halagador.



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Ya hablaremos dentro de diez años, cuando los documentalistas de la BBC hayan tenido tiempo para hacer la crónica de estos días de hoy. Nos llevaremos las manos a la cabeza entonces, como me las llevé yo hace unos días cuando oí, en el espléndido documental en tres partes Iran and the West, de 2009, que muy posiblemente Chirac y su partido influyeron sobre los islamistas de Hezbolá, que mantenían secuestrados a varios ciudadanos franceses en el Líbano, para que no los liberasen antes de las elecciones presidenciales de 1995, en las que se daba por seguro que Mitterrand, muy tocado en su prestigio por estos secuestros, perdería a favor del candidato conservador... Si la BBC ha dicho eso sin que el gobierno francés haya presentado una queja formal, es que cuando el río suena... Por eso digo: habrá que esperar lo menos diez años para saber la verdad de muchas cosas que nos asombran hoy.

martes, enero 13, 2015

MUTANTES

Acosado por mutantes que han sobrevivido al holocausto nuclear, el médico militar Robert Neville (Charlton Heston) cita un fragmento de The Waste Land de Eliot, el referente al "callejón de ratas / donde los muertos han perdido sus huesos". Ocurre en El último hombre vivo (The Omega Man), una desangelada película de ciencia ficción apocalíptica de 1971, cuando todavía estaban vigentes los terrores de la Guerra Fría... Días después, en El diario de Noa (sí, últimamente no ando muy fino en la elección de las películas que veo), me sorprende que el rudo chico obrero que se enamora de la rica que veranea en el pueblo se entretenga leyéndole a su padre poemas de Walt Whitman. La costumbre -explica el padre a a la chica- data de cuando, para curar la tartamudez de su hijo, lo obligaba a leer ese mismo libro en voz alta. La poesía mezclada con la vida; como posiblemente lo estaba, más que en el alma de los personajes, en el ánimo de los esforzados guionistas cuya vocación literaria, ay, los había llevado a ese pozo de talentos que en algún momento fue Hollywood. Como a otros, en fin, nos ha llevado a otros callejones sin salida. 

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Llegará el momento en el que uno cifrará como un logro haber sobrevivido al invierno. Lo noto en cómo, cada año que pasa, me siento más vulnerable al frío y veo con mayor claridad que un país que no ha hecho de la calefacción un bien común sigue siendo un país inhabitable. 

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Más sobre lo de ayer: qué francesa resulta esa grandeur en el dolor, materializada en un formidable funeral presidido por veinticinco jefes de estado... Ese mismo día morían otras decenas de personas por atentados similares -o quizá incluso más virulentos, si es que se pueden establecer gradaciones en el horror- en lugares como Nigeria o Líbano. Y a nadie se le ha ocurrido plantear la comparación: por qué esos otros muertos no han merecido los mismos honores; como no los merecieron, creo recordar, los ciento y pico que perdieron la vida en los atentados de Atocha, en Madrid, el 11 de marzo de 2004.

domingo, enero 11, 2015

UNA REFLEXIÓN

Se entiende que, después de que una capital europea haya sufrido el asesinato de diecisiete ciudadanos por parte de terroristas, el ánimo colectivo no esté para disquisiciones de mucho calado, y que lo que toca ahora es encauzar la emoción. Pero, aún así, me extraña que no haya habido todavía voces autorizadas que hayan intentado ir más allá del simple relato oficial de los hechos, es decir, de la mera secuencia que va de los asesinatos propiamente dichos a la muerte de los terroristas a manos de la policía. No pone uno en duda la pertinencia de la actuación policial; quiero decir: no me creo autorizado a ejercer ahora mi derecho a la sospecha y a la crítica, porque la gravedad de los hechos parecía reclamar que la respuesta fuera así de expeditiva, pero... 

Siempre hay un "pero", y ni siquiera las emociones más desbordadas deben impedirnos formularlo. Que los terroristas, finalmente, no hayan podido ser llevados a juicio priva a toda Europa de la ocasión de oír de primera mano el relato de la conversión de unos desventurados en unos despiadados asesinos; y de cómo unos chicos que, por lo que sabemos de ellos, hasta hace unos meses no se diferenciaban mucho de cualesquiera otros chicos de barrio, experimentan el proceso de reconversión mental que les lleva a abjurar de la cultura y los modos de vida en los que se han criado para profesarles, a partir de ese momento, un odio mortal. 

Que los terribles crímenes que ese odio les ha llevado a cometer hayan sido bendecidos por organizaciones terroristas más o menos lejanas no permite, entiendo, la fácil extrapolación que supone concluir que esos crímenes son simplemente obra de un agresor exterior. No: los asesinos eran, o habían sido hasta hace muy poco y a todos los efectos, ciudadanos franceses (como los hay españoles, británicos, italianos, etc., que parecen afectados por el mismo virus). Y lo que procede, entiendo, es, además de deplorar los crímenes y declarar la indignación que nos producen, reflexionar sobre las causas de esos grados de exclusión y odio. Detrás de todo esto hay, sin duda, un descomunal fracaso social y educativo, que los gobiernos europeos deberían proponerse afrontar; y no, como parece, limitarse a considerarlo inevitable, cuando no a fomentarlo desde políticas sociales, económicas y educativas francamente insensatas. 

En Francia, como en casi todos los países de la Europa rica, hay grupos enteros de población en los que parece que la educación obligatoria -y, con ella, la necesaria impregnación en ciertos indispensables valores cívicos- no ha tenido el menor efecto, y para los que el sistema productivo no parece encontrar acomodo; y que, por tanto, no parece que vayan a actuar en el futuro como ciudadanos integrados y pacíficos cuyo único anhelo es llevar una vida decente. La violencia social ha tenido siempre ese origen y no otro. La novedad reside, ahora, en que una parte de esa población -en principio, la de religión musulmana, aunque no hay que descartar que a la pugna de extremismos por venir se sumen otros grupos- cuenta con una bendición externa para sus actos de violencia antisocial, que amplifica el efecto de esos actos y convierte a sus autores en mártires de una causa. 

Pero el caldo de cultivo, no hay que olvidarlo, no está en el Yemen o en la devastada Siria, sino en nuestras barriadas. Y ése es quizá el relato que los gobiernos europeos, a lo que parece, no están dispuestos a escuchar.