viernes, septiembre 21, 2018

BARCELONA SUR

Me he aficionado a ver el programa Historia de nuestro cine, que emite el segundo canal de TVE, como en otro tiempo desarrollé casi una dependencia adictiva del programa análogo, aunque enfocado al cine internacional, que presentaba José Luis Garci. Éste fue muy atacado por el hecho de reunir una animosa tertulia de comentaristas que hablaban con notable desparpajo y patente conocimiento de causa de lo que entusiasmaba a todos: la grandeza del cine, la sutileza de sus logros incluso en películas modestas que en su día no tuvieron otra intención que distraer al público. Siempre me llamó la atención el grado de hostilidad que despertaba en algunos el entusiasmo y los conocimientos que desplegaban -podía haber alguna excepción- los integrantes de aquella tertulia cinéfila, y los aspavientos con que era recibida mi humilde confesión de que la seguía lunes tras lunes... Hoy la hostilidad hacia todo lo minoritario se expresa con modos más sutiles: el susodicho programa de La2 simplemente no lo ve nadie, ni nadie lo comenta, ni ningún periodista del ramo se molesta en escribir un simple artículo de apoyo y reconocimiento, aunque sí hay quien permanece atento a cualquier vulneración de la corrección política en la que puedan incurrir sus colaboradores, siempre sospechosos de ensalzar un cine que, en la mayor parte de su recorrido, se hizo durante la dictadura de Franco... 

En fin, en ésas estamos. La última joyita cuyo conocimiento les debo es Barcelona Sur (1981) de Jordi Cadena, un desaforado thriller ambientado en la Barcelona preolímpica, que se nos presenta como un anticipo avant la lettre de los escenarios urbanos de diseño que triunfarían en la llamada "comedia madrileña", entonces en ciernes; sólo que esta Barcelona plagada de bares con luces de neón, drugstores que servían de refugio a la dudosa fauna de la noche y discotecas en las que atronaba la música tecno y se proyectaban los ingenuos vídeos musicales de entonces tenía también un desolador trasfondo de miseria, delincuencia y soterrada violencia, que la película no se molesta en ocultar. De ahí su condición, no sólo de rareza cinematográfica que merece la pena conocer, sino también de insustituible documento de cómo era este país antes de que se dejara encandilar -y domesticar- por los señuelos del consumismo, la banalización de la cultura y la idea de que el único logro del que puede presumir un país son sus balances macroeconómicos. ¿Quién la vio? Y es curioso que, mientras arrecia la llamada "crisis catalana", que a fecha de hay parece haber tomado ya definitivamente los derroteros de la discordia civil, este humilde programa ha proporcionado, a quien haya tenido la curiosidad de verlo, pruebas sobradas de que buena parte del mejor cine que se ha hecho nunca en España se filmaba en Barcelona. (20/9/17)

miércoles, septiembre 19, 2018

COMIENZO DE CURSO


Comienzo de curso. Pese a que ya soy viejo en el oficio, me sigue resultando inevitable cierta sensación de miedo escénico, que en cuestión de horas se convierte en esa especie de soterrada euforia de quien comprueba que algo que inicialmente le causaba algún que otro resquemor se desarrolla sin problemas. Es una curva emocional con la que estoy familiarizado y que nunca me ha resultado paralizante o me ha disuadido de plantearme retos, pero que sí causa desazón por el mero hecho de que se repita una y otra vez en circunstancias parecidas. Luego viene, ya digo, la alegría, la sensación de control, la satisfacción de poseer algo así como los rudimentos de un oficio que al fin y al cabo no se me da mal, y que me evita, entre otras cosas, la necesidad de convertir lo que considero mi otra profesión, la literatura, en un instrumento de supervivencia, con todo lo que eso conlleva. Y es curioso que pocas veces haya traído aquí, a este cuaderno, los pormenores de esta dedicación en la que empleo la mayor parte de mi tiempo; quizá por haber dado por sentado que la relación que rige entre mis dos oficios no es de continuidad o linealidad, sino de complementariedad, en una especie de asumida esquizofrenia por la que el profesor y el escritor mutuamente se excluyen, y el uno no comparece nunca donde oficia el otro, o viceversa. Naturalmente, esto no es siempre así; hay espacios -mi función de bibliotecario escolar, por ejemplo, de un lado, o las ocasiones en las que se me ha requerido, como escritor, para actuaciones que tenían más que ver con la pedagogía pública que con la privacidad que requiere el ejercicio de la creación literaria-  en las que ambas vocaciones parecen convivir en armonía. Me bastan para comprobar que la forzada separación que mantengo entre ellas obedece más a un principio de economía vital que a una clara incompatibilidad. Profesores de instituto, al fin y al cabo, fueron Mallarmé, Antonio Machado o Gerardo Diego, así que no debe ser del todo imposible desempeñar ambos oficios simultáneamente. Digo yo. (18/9/17)

martes, septiembre 18, 2018

SABER ESPERAR


Sol a plomo y viento desabrido a partes iguales: otoño en ciernes. Lo acusa el cuerpo con una especie de malestar generalizado que parece anunciar un catarro que no acaba de romper. Me animo pensando, sin embargo, que mi ánimo se acompasa mejor a las estaciones intermedias que a las extremas; que hay otro lado del otoño que consiste simplemente en el espectáculo del progresivo acortamiento de los días, de los castaños amarillecidos, de la luz de las tardes virada a una tonalidad violeta que parece invitar a los placeres recatados, a la alegría convivial, a la percepción del gozo del cuerpo como una sutil variante de los gozos del espíritu. Definitivamente soy un espíritu otoñal. Pero este viento, este amago de catarro... Quizá sea el modo que el otoño tiene de decir que no se aviene con todos, y que quien quiera algo de él tiene que saber esperar. (17/9/2017)

viernes, septiembre 14, 2018

ARGUMENTOS

¿Tiene la vida argumento? Repaso entradas anteriores de este diario y la única continuidad que les veo es la presencia en todas ellas de un mismo sujeto que se expresa desde una muy previsible gama de estados emocionales. Ve cosas, le pasan cosas, se entera de cosas; pero pocas de ellas llegan a evolucionar lo suficiente como para constituirse en la trama de un relato que cuente con un desarrollo y un desenlace... Quizá un diarista no pueda ser otra cosa: no tanto el protagonista de un relato, como la matriz en la que confluyen decenas de relatos ajenos de los que sólo le cabe percibir un momento muy concreto de su desarrollo, sin que normalmente le sea dado ir más allá.

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Todas las noches se pelean, aunque habría que matizar si esas peleas lo son de verdad o son sólo un estado particular de convivencia al que han llegado. No se insultan, no parece haber riesgo de que se agredan. Lo que se oye -en el silencio de la noche, la bronca es perfectamente audible en toda una manzana- es una ininterrumpida sarta de reproches por parte de ella, normalmente referidos a las ausencias de él, a quien sus trapicheos ocupan a veces más tiempo del que ella cree necesario, o a presuntos celos; mientras que él se limita, con voz desgarrada, a negar las acusaciones. Oyéndolos es imposible conciliar el sueño y hay vecinos, por tanto, que protestan, que golpean paredes aledañas o dejan caer sus persianas de un golpe seco, para expresar su enfado. No se entiende muy bien que esa discusión interminable pueda extenderse horas y horas y una noche tras otra. A veces advertimos en ella la deriva errática de los discursos de los borrachos o los drogados, y seguramente hay algo de eso en el asunto... También ésta es, en cualquier caso, una historia que no avanza, que no registra novedades, a la que no se le adivina un final. O sí, quién sabe.

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Todavía no he puesto nada en este cuaderno de los acontecimientos políticos que han traído de cabeza al país en las últimas semanas. Si alguien lee estas líneas dentro de unos meses, o años, pensará con razón si es que yo no me enteraba de nada de lo que estaba pasando. Y le diría que sí, que me enteraba; pero que una cosa es percibir un rumor de fondo y otra muy distinta considerarlo parte de ese relato sin argumento que uno intenta articular aquí. (13/9/17)

miércoles, septiembre 12, 2018

ÚLTIMA TARDE DE PLAYA


Última tarde de playa... Quiero decir que, aunque la playa siga aquí, tan a mano, cabe prever que habrá pocas ocasiones de pasar en ella una tarde de domingo como la de hoy. Las tardes de domingo son, por definición, laborables, como son festivas las de los viernes. Pero hoy todavía no cuenta esa ligera dislocación funcional del carácter de los días. Hay poca gente en la playa, de todos modos. El turismo masivo se ha ido ya y lo que abunda ahora en las explanadas aledañas, que sirven de aparcamiento, son las autocaravanas de quienes viajan fuera de temporada. En la playa propiamente dicha no hay casi nadie: a unos cien metros a mi izquierda, el bulto de una pareja tendida en la arena; o, mejor dicho, ella tendida encima de él y simulando, con los bañadores puestos, los movimientos de una pausada cópula, a efectos de acumular una excitación que, supongo, tendrá sobre ellos el efecto de un poderoso estimulante. A mi derecha, igual de lejos -en los espacios amplios tendemos a ser equidistantes- otras dos parejas han extendido una red entre dos postes y juegan un partido de tenis. Sopla un poniente suave, que causa sensación de frescor sin llegar a dar frío, incluso cuando uno sale del agua. Hemos dado un largo paseo y comprobado que, en los dos o tres kilómetros que hemos recorrido, la situación es más o menos la misma: parejas fogosas y deportistas, algún que otro nudista de dudosa intención más o menos agazapado entre las dunas, paseantes como nosotros... Después del paseo y del baño nos hemos puesto a leer. El rumor del mar, que equivale a un estruendo, en estas extensiones tiene el efecto de un filtro que elimina o empequeñece cualquier otro ruido, y el resultado es una sensación de silencio solemne, como bajo un espacio abovedado. Tengo la cabeza despejada y soy capaz de concentrarme plenamente en lo leído y, a la vez, tener los sentidos abiertos a las sensaciones que me depara el entorno. Y soy feliz, en el único sentido que puede tener esta palabra cuando expresa un estado de profunda armonía entre lo interno y lo externo, de control sobre tus sensaciones y procesos mentales, de plenitud en el alcance de ambos. (11/9/17)

domingo, septiembre 09, 2018

INTIMIDADES

Sensualidades de septiembre. Los turistas de agosto se han marchado ya y desde el paseo marítimo la playa se ve más tranquila, aunque todavía muy concurrida. El ambiente, no obstante, anima a sentirse en una cierta intimidad, al haber aumentado la distancia media entre bañista y bañista, cada uno en la pequeña isla que forman sus enseres, su tumbona o toalla extendida y su propio cuerpo festoneado por una mancha de sombra líquida. Es el momento de esos privilegiados que pueden tomarse vacaciones cuando todos los demás vuelven al trabajo: matrimonios mayores, sobre todo, pero también gente más joven y de aspecto acomodado; entre ella, algunas mujeres bellísimas en torno a los cuarenta o cincuenta años: que, como están las cosas, es la mejor edad para una mujer. Muchas llevan los pechos al aire con una falta de afectación que es el exacto reverso de la actitud con que hacen lo propio las adolescentes y veinteañeras en las playas concurridas. Las que veo a mis pies, por el contrario, desde la relativa posición de ventaja que me permite la altura de la acera respecto a la playa propiamente dicha, no parecen más conscientes de su propia desnudez que si estuvieran cambiándose de ropa en la intimidad de su casa. Si acaso, dan la impresión de estar afectadas por una especie de lentitud sobrevenida, como si tardaran una fracción de segundo más de lo necesario en cada uno de los escasos movimientos que se ven obligadas a hacer: desde pasar la página del libro que leen a descruzar y cruzar de nuevo las piernas o atusarse la melena. Hay también hombres, claro: los que acompañan al tipo de mujeres que acabo de describir tienen casi todos el aspecto curtido de quien ha cruzado la Patagonia en todoterreno o viajado media docena de veces a los círculos polares.... Fantasías mías, me digo, dictadas por el reconcomio de tener que trabajar mientras éstos toman el sol: seguramente, no son más que oficinistas que han pedido tomarse las vacaciones en septiembre. Y ahí los dejo, acariciados por la brisa, desnudos y, a lo que parece, en un estado de adormecida felicidad que linda con la ataraxia. A mí me espera el aire un tanto viciado y recalentado de estos edificios públicos siempre un poco por ventilar.  (9/9/17)

Imagen: Les bagneuses, de Théo VAN RYSSELBERGHE (1862-1926) 

viernes, septiembre 07, 2018

UNA COMPRA


A la vez que me atiende, la dependienta solventa a voces, al teléfono, un malentendido que ha tenido con unos repartidores. Al parecer, han dejado cierto paquete destinado a ella en otro comercio de la calle. "Disculpa, hijo", me dice, "pero si no aclaro esto ahora voy a estar así toda la tarde". Le digo que no importa; y más, cuando me ha dejado solo en la trastienda y puedo curiosear a mi antojo entre las muchas maravillas que allí guarda. Es una tienda especializada en materiales de pintura, y nada más que en papeles de todo tipo -uno de los artículos de los que he venido a avituallarme- maneja una variedad casi inabarcable; también de bastidores, pinceles, pinturas de todo tipo, blocs de dibujo, carpetas, caballetes... Se dejaría uno aquí una fortuna, en el caso de que la tuviera. Pero sólo vengo a llevarme unos pliegos de papel y un bastidor. Poca cosa, en fin, para tanto despliegue. Pero la dependienta, más allá de su afán de hacer tres o cuatro cosas a la vez, es una mujer amable, a la que le gusta hacerse la ilusión -y tal vez no es del todo insincera- de que está de parte del cliente, a quien aconseja siempre para bien, en detrimento de las opciones más caras o engorrosas. "Parece mentira, pero el bastidor por piezas es más caro que los que vienen montados en medidas estándar. No obstante, yo te lo voy a cobrar como si viniera montado...". No entiendo muy bien la disquisición, pero la doy por válida. También me pierdo en las explicaciones que me da sobre los papeles. Le digo que yo suelo comprar uno que cuesta entre uno con sesenta y dos euros el pliego. "Uf -resopla-, yo los tengo desde más baratos hasta diez veces más caros". Dicho esto, me enseña algunas muestras. Da gusto rozar con la yema de los dedos la textura de estos papeles de alto gramaje. "Te interesa llevarte uno con una alta proporción de algodón. Éste, por ejemplo, tiene un sesenta por ciento". Confundido, acabo pidiéndole que me de tres pliegos de calidades distintas, para probar. Todos ellos, eso sí, en la gama baja de precio, pues no están los tiempos para caprichos. El teléfono, mientras tanto, sigue atronando y la clientela se ha acumulado frente al mostrador. "¿Me disculpáis otra vez?". Y allí quedamos todos, vagamente divertidos y como abrumados, mientras se va devanando el misterio del paquete perdido. En un pequeño receso, la dependienta se las arregla para sumar en un papel el importe de mi cuenta. Vuelve a comentarme los descuentos de los que al parecer voy a beneficiarme, para concluir triunfalmente: "Once euros"; y a continuación. "Qué calor, ¿no?". Y entonces nos damos todos cuenta de que la atmósfera es asfixiante y de que estamos todos sudando como monos.

jueves, septiembre 06, 2018

NO DEFRAUDAR

Todas las preocupaciones de uno son de naturaleza afectiva; incluso las que atañen exclusivamente al dinero, que en ciertas circunstancias puede llegar a ser, no "un tipo de poesía" ("a kind of poetry"), como quería Wallace Stevens, sino una especie de tasación objetiva de lo que rinden los esfuerzos colaborativos de dos o más personas que aspiran a darse a sí mismos y a los suyos un modo de vida a la altura de ciertas confusas expectativas entre las que figuran muy destacadamente las inducidas por el afecto que se tienen entre sí. Ya sé que todo eso suena un poco egoísta y pequeñoburgués. Pero así son las cosas. Una persona sola puede vivir poco menos que del aire. A partir de dos, y no digamos de tres, la cosa se complica. Pero no por ello ha decidido uno tirarlo todo por la borda e irse a vivir a un banco del parque. Aunque quizá sería lo mejor.

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Inexplicable nerviosismo porque alguien que ha visto mis modestas acuarelas me ha pedido una para ilustrar una revista literaria. Inmediatamente me he puesto a examinar las que he pintado en los últimos meses, por ver si alguna está a la altura del compromiso... Incluso me planteo sacar tiempo de donde no lo hay para pintar una ex profeso, aún sabiendo que no por ello la pintura resultante iba a satisfacerme más. Intento comparar esta especie de timidez con la que podía sentir cuando publicaba en revistas mis primeros pinitos literarios. Pero no es lo mismo: los empeños de juventud se afianzan porque, se quiera o no, vienen siempre acompañados de un exceso de atrevimiento rayano en la soberbia -lo que no es en absoluto incompatible con las inseguridades y dudas que pueda sentir el ejecutante mientras lleva a cabo sus temerarias demostraciones-. Los de vejez, en cambio, van siempre envueltos en un sentimiento de futilidad, que casa mal con la posibilidad de ilusionarse por su eventual trascendencia. O eso quiero creer, mientras experimento ante el inesperado encargo todas las ansiedades del principiante que quisiera no defraudar. (5/9/17)



lunes, septiembre 03, 2018

EN AEROPLANO

Acabada también la lectura (relectura pausada, más bien) de Axel's Castle de Edmund Wilson: una magnífica fotografía de cómo un lector atento y perspicaz veía el panorama literario occidental en torno a 1930, cuando las glorias recién asentadas eran Yeats, Valéry, Proust, Joyce... Hay que decir que el crítico norteamericano no se equivoca nunca, por más que el hecho de que dedique un capítulo de su libro a la figura, hoy meramente anecdótica, de Gertrude Stein pueda inducir a preocupación... Pero no: la despacha como mera curiosidad, o como alguien que apuntaba alto pero no llegó en absoluto a los logros que cabe atribuir a sus ilustres coetáneos. Y no es que Wilson muestre una admiración bobalicona hacia todos ellos: de todos percibe el límite, el punto más allá del cual el empeño de cada uno de ellos no llega a ninguna parte; lo que no le impide, por supuesto, apreciar en su justa medida lo que sí lograron. En ese sentido, me atrevería a decir que es mejor crítico -a pie de obra, diríamos- que el propio Eliot, siempre brillante, sí, pero poco dispuesto a descender a pormenores que la opinión cambiante podría dejar en entredicho en cuestión de años. También, en cierto modo, se anticipa a la parte más interesante de la obra crítica de Harold Bloom, que es su apreciación del lugar central del Romanticismo en la tradición occidental: Wilson también apunta a la afinidad esencial entre los románticos y los "Simbolistas" -denominación genérica que en él alcanza a lo que hoy entendemos como "vanguardias"-, a la vez que aprecia, como Eliot, la sobrevenida vigencia que estaban alcanzando en su tiempo los postulados de la poesía de los "metafísicos" ingleses de los siglos XVI y XVII: complicación intelectual, rebuscamiento de las metáforas, intento de forzar a toda costa los límites de la expresión para dar cuenta de sensaciones y estados de ánimo radicalmente nuevos. Pero, a diferencia de Eliot, no diagnostica una "disociación de la sensibilidad" que hubiera condenado a las literaturas occidentales a una especie de vaivén entre dos actitudes irreconciliables, sino que parece entrever la posibilidad de una conciliación entre ellas: en Joyce, por ejemplo, cree apreciar una deseable fusión entre los logros del Naturalismo y su compromiso con la realidad y los procedimientos intelectualizados del Simbolismo. Wilson, en definitiva, era un optimista; y no, como Eliot o Bloom, alguien con la vista obsesivamente fijada en algún punto del pasado del que habría que venir la necesaria restauración de la grandeza e importancia que la literatura tuvo en otras épocas. En ese aspecto, es también un "simbolista"; es decir, un vanguardista; animoso, deportivo, entregado al gozo de la apreciación como otros se entregaban al gozo de ver volar los aeroplanos.   

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La desubicación persiste y no me desagrada: me gusta esta sensación de que una parte de mis sentidos todavía no se reconoce en su vuelta a la rutina postvacacional e interpreta los datos recibidos del mundo exterior como si pertenecieran a otro orden de cosas. Va a ser verdad que el hombre puede vivir de alguna manera, aunque sea parcialmente y a intervalos, en el mundo de la Imaginación, como querían los románticos. (2/9/17)




sábado, septiembre 01, 2018

DESUBICADO


La sensación de desubicación postvacacional ha tomado este año un cariz nuevo. Hasta ahora había sido siempre de carácter auditivo: el canto de los pájaros a primera hora de la mañana, por ejemplo, me trasladaba mentalmente, en sueños, al entorno vacacional, y la ilusión no se disipaba hasta que me despertaba del todo.  Pero hoy he experimentado una modalidad diferente de ese no saber dónde se está: mientras dormitaba en el sofá con el ruido de fondo de un documental de YouTube sobre arqueología egipcia, la media luz en la habitación en penumbra y, sobre todo, una especie de conciencia errónea del espacio circundante me hacían pensar que todavía estaba en la casa de la sierra: la cocina a la que debía encaminar mis pasos en caso de que quisiera beber agua, por ejemplo, me parecía que estaba a mi espalda, como sucede allí, y no a mi izquierda, como ocurre en la otra casa. Hubo una fase, incluso, en que la plena conciencia de saber dónde me encontraba realmente no bastaba para disipar del todo la sensación de que el espacio a mi alrededor tenía la distribución del que me había rodeado en las semanas precedentes. Y era placentera esa impresión de estar en dos sitios a la vez; o, más bien, al borde de una especie de disyuntiva, por la que dos series de impresiones resultaban igualmente válidas y convivían armoniosamente en la mente de quien las acogía. Sé que sólo durará unos días, y luego esa vertiente puramente imaginativa de la experiencia sentida quedará borrada bajo el peso de la implacable realidad. Sea. Pero conviene tomar nota, para no olvidar la mera posibilidad de compaginar ambas.

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Me están gustando mucho estos cómics joyceanos que me ha prestado mi amigo M.M.: Dublinés, una biografía del autor del Ulises, y La ruta Joyce, una especie de diario gráfico de los viajes del autor de ambos, Alfonso Zapico, para documentar el anterior. Y casi diría que estoy disfrutando más el segundo, del que llevo leído sólo el primer capítulo, el referente a la estancia del dibujante en Dublín: la misma sensación de desconcertante afinidad, la misma mezcla de cautela y admiración ante una ciudad que no acaba de desvelar hasta qué punto es la urbe cosmopolita y moderna que se ofrece a los turistas o respira todavía por las viejas heridas que han dejado en ella la dominación inglesa, las luchas civiles entre los propios irlandeses, la miseria y la intransigencia religiosa. El diario gráfico de Zapico parece inclinarse hacia la benevolencia: como hacen los propios irlandeses, parece tomarse a broma el peso de un pasado que, sin embargo, todavía sigue gravitando sobre el día a día de los modernos dublineses. Me queda por leer sus impresiones de las otras ciudades joyceanas que hubo de visitar en su periplo: Trieste, París, Zurich. No creo que me defrauden.

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Y acaba también, con agosto, la odisea de C. para instalarse en Barcelona, donde pretende acabar sus estudios. Ayer se embarcó con dos amigos en una furgoneta para trasladar sus enseres desde Madrid: casi veinticuatro horas, entre viaje, carga y descarga e intervalos de descanso. Bien está que a los veintipocos años uno se proponga hacer de todo una aventura. Lo agotador, ay, es ser testigo de ello desde la condición resabiada de quien dobla esa edad.

miércoles, agosto 29, 2018

BALANCES


Balance literario del verano: nueve poemas, después de una sequía que ha durado todo el invierno y según un patrón -inviernos absolutamente refractarios a la poesía, veranos muy productivos- que se repite desde hace tres años. Casi da vergüenza confesarlo: ¿me habré convertido en un poeta vacacional, igual que soy -y eso no me importa reconocerlo- acuarelista de verano? Quiero pensar que las cosas son un poco más complejas. En invierno acumulo estímulos, ideas, incluso anoto algún que otro principio de poema que luego no llega a ninguna parte. Hago una especie de esfuerzo de contención, a la espera de días en los que la escritura no se constriña a ese hueco que saco de mi apretado horario cada dos o tres tardes, y que normalmente dedico a este diario, a mis reseñas, a los encargos, etcétera. Ceñirse a esa disciplina tiene sus ventajas, pero he constatado también que los horarios caprichosos del verano y el cambio de escenario y rutinas que implica el desplazamiento a la sierra resultan favorables a la escritura poética; tanto, en fin, que he aprendido a reprimir cualquier impulso de escribir un poema en circunstancias que no sean las que acabo de describir. El riesgo es el que he apuntado: que la poesía acabe siendo, en la economía intelectual de uno, una especie de pasatiempo vacacional. Pero no habré sido el primero en vincular poesía y ocio: los antiguos y los renacentistas, que de esto sabían mucho, sabían que la una iba fatalmente unida a lo otro.

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Escribir, ver películas, pintar, escuchar música: todo gratis, o casi. Por lo que me cuentan estos otros amigos, su ajetreado verano, en el que han hecho un viaje transoceánico y media docena de escapadas nacionales y no han perdonado un día sin comer en un restaurante y sin comprar una golosina o baratija de recuerdo aquí o allá, debe de haberles costado un congo. El resultado, supongo, a la larga viene a ser el mismo: pasar el rato. A mí me sale más barato porque hice la inversión antes y ahora es cuando empieza a darme dividendos.


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Los músicos -ella canta, él toca la guitarra- que han venido a amenizar esta cena con amigos no han tenido suerte: la actuación fue al aire libre y una ráfaga de viento les ha tumbado y roto uno de los altavoces que traían y que cuesta el doble de lo que van a pagarles... Sentimiento general de consternación. Los dueños del local han mencionado la posibilidad de que su seguro cubra el desaguisado y a todos nos conforta esa esperanza. Los vemos cargar sus enseres en la furgoneta y perderse en la noche. Al menos, saben que la plaza está ganada y que, igual que hoy, otras ocasiones surgirán en las que volveremos a llamarlos. Es lo que se llama "trabajar a pérdida", a la espera de un beneficio por llegar. De eso sé algo, pero me alegro de habérmelo callado. Mejor el seguro. (28/8/17)

domingo, agosto 26, 2018

FOTOS


Es una araña enorme, del tamaño de un cangrejo. Ha salido al meter yo una escoba en la basura acumulada en torno a la leña que ha sobrado del invierno y guardamos en el patio. Se ve que ahí, en la pelusilla que se acumula entre los troncos, estaba en lo suyo. Y se alimentaba bien, desde luego. Ahora su paraíso ha sido vulnerado. Al sentir mi intrusión, salió corriendo de entre los troncos y se quedó parada, como haciéndose la muerta, justo ante mis pies. Podría haberla aplastado de un pisotón. Pero no: mientras maniobro para hacerme con el recogedor, con el que pienso atraparla, aprovecha para emprender otra carrera y refugiarse tras el macetón en el que crece el áloe vera, lo que supone un obstáculo no insignificante para mis objetivos: las hojas espinosas de la planta desbordan ampliamente el perímetro de la maceta, por lo que moverla no es fácil. Finalmente, consigo desplazarla lo suficiente como para meter la escoba entre el tiesto y la pared y empujar la araña hasta la pala del recogedor, donde se mantiene acurrucada mientras la llevo en volandas por toda la casa hasta alcanzar la puerta de entrada. Cuando la deposito en el asfalto se la ve desconcertada: ¿qué hago aquí, se preguntará, en medio de esta tierra baldía? El sol golpea con fuerza, así que no me quedo a ver qué hace. Supongo que su instinto la llevará a descolgarse por el muro de alguna de las huertas colindantes: si yo mismo no la he llevado hasta allá, es por no dar la impresión de que vacío mis basuras en las propiedades de mis vecinos. Ahora, ya de vuelta en casa y pensando en la desangelada intemperie en la que ha quedado la criatura, siento remordimientos...

***

"Uno de estos niños soy yo", me dice este amigo ya mayor ante una foto escolar de los años cincuenta que ha encontrado en un libro que recopila imágenes antiguas de su pueblo. "Pero no sabría decir quién. No me reconozco". Lo que da ocasión a que dediquemos un buen rato a adivinar cuál de esos niños pelones, muy serios, que no se atreven a chistar bajo la mirada severa del maestro, que posa a la derecha del grupo, es nuestro interlocutor. Finalmente, alcanzamos un grado de certeza casi absoluto: uno de los mocosos tiene el mismo gesto de ausente bondad, mezclado con un cierto aire de curiosidad interrogante, que caracteriza a nuestro amigo. "Éste eres tú, no hay duda", le decimos todos. Y él mira al niño que seguramente fue y parece decirse a sí mismo, sin levantar la voz para no contradecir abiertamente a los demás: "No sé, no sé...".


***

En otras fotos el diagnóstico opera por exclusión: "Ésta y ésta otra y ésa de más allá viven todavía", nos dice la mujer de nuestro amigo ante una foto de grupo que muestra a las empleadas de una fábrica de artículos de piel. Lo que quiere decir, entendemos, que todas las demás -todas son jóvenes y la mayoría muy guapas, a pesar incluso de ese factor de envejecimiento que las fotos antiguas y desvaídas añaden a las efigies de los retratados- han muerto ya. 

jueves, agosto 23, 2018

WHEREABOUTS

La oficina a la que hemos acudido a resolver este trámite administrativo es -espero que nadie se ofenda ante la expresión- un adorable gineceo. Todas las empleadas, incluyendo la responsable del servicio, son mujeres jóvenes y guapas. Todas van bien vestidas -el empleo conlleva un buen sueldo- y se mueven por el espacio que gobiernan con esa admirable elegancia con un toque de recato con que lo hacen las mujeres que llevan ropa atrevida que en ellas no resulta en absoluto exhibicionista o vulgar... Entiéndase que no lo digo desde el punto de vista del rijoso o el mirón, sino desde quien percibe estas amabilidades de la mera presencia como una extensión de esa faceta de la buena educación que es el afán de agradar, ya sea de un modo consciente o, mejor, desde quien se desenvuelve de esta manera porque casi ha desechado la posibilidad de hacerlo de otro modo. Pasaría uno aquí horas, otorgando poderes, firmando escrituras, dictando últimas voluntades, entre esas sonrientes empleadas que se mueven como envueltas en una nube de suavidad y perfume. El mundo, a despecho de puritanos y rigoristas de esto o de aquello, debería ser siempre un lugar así. No es sólo una cuestión de belleza física. E incluso es posible que los hombres, si nos esforzáramos algo más en ello, pudiéramos aportar nuestro granito de arena para conseguirlo.


***

Se tiene uno que hacer perdonar sus debilidades. Por eso pregunto siempre al camarero al que acabo de pedir un descafeinado de máquina cortado si está seguro de que me ha servido exactamente lo que he pedido. "Si me tomo esto -le explico ante la oscura y concentrada bebida- y resulta que es café normal, no pego ojo en dos días". Normalmente se encogen de hombros, como diciendo: "¿Y a mí que me cuenta?". Y es caso es que, si insisto en ello, es porque la temida contingencia ya me ha ocurrido más de una vez.


***

Enviamos por mensajería el documento que acabamos de tramitar. Pedimos que el punto de entrega sea alguna oficina de la propia empresa de reparto en el lugar de destino. La empleada nos sugiere una. Llamamos a la destinataria, para ver si le viene bien y, en efecto, la mencionada oficina está físicamente cerca de sus whereabouts -de la zona por la que ella se mueve, para entendernos, ya que, a la fecha, no dispone todavía de domicilio fijo-. Pero... -siempre hay un pero- resulta muy complicado llegar a ella, ya que está al otro lado de una línea de tren y hay que dar un enorme rodeo para sortear el obstáculo. Miramos con sensación de impotencia el mapa que nos muestra el ordenador, donde no se percibe semejante impedimento. La empleada nos busca otra oficina. Y salimos de la agencia con la sensación de que, incluso desde nuestra bien pertrechada suficiencia de gente sobreinformada, la verdadera realidad, la que sólo se manifiesta ante quienes se dignan a habitarla con todas las consecuencias, es siempre inasible.

miércoles, agosto 22, 2018

AL FONDO (poema)



AL FONDO


La muerte está en el centro, no antes ni después.

Fluyen todos tus días hacia ella
como el agua que corre al sumidero.

Y hay en sus márgenes remansos,
horas que no se ordenan en mera sucesión,
sino como destellos simultáneos.

¿Cuándo aquella mañana a la que un filo
neblinoso añadió una nota inédita
de emoción? ¿El vislumbre
de una aleta caudal desde la proa
de aquel barco que hacía la travesía de Tánger?
¿El tiempo detenido entre dos luces
bajo la claraboya de aquella biblioteca?

Algo me dice que serán las últimas
estrellas fijas que veré en la noche.

Algo me dice que también al fondo
de la espiral alcanza un poco de su luz. 

JOSÉ MANUEL BENÍTEZ ARIZA

martes, agosto 21, 2018

TESTIGOS INCÓMODOS


Se intuye cierto optimismo en el hecho de que la denominación del conjunto de males que denominamos "depresión" sea una pura metáfora. Una depresión, en efecto, es una parte del terreno que se percibe como más baja que la cota media circundante. En la escala del sentimiento, la depresión es también una caída; y, por tanto, una zona del ánimo desde la que se percibe que existe una normalidad que se sitúa, digamos, a un nivel superior; pero no es ese nivel el que resulta, por su elevación, inalcanzable, sino la propia depresión la que es percibida como una anomalía. Buen argumento, se me antoja, para quienes teorizan sobre una posible superioridad moral del dolor sobre otros estados de ánimo. Se levanta uno algunos días como si hubiera despertado, maltrecho y dolorido, al fondo de una fosa. Pero hay luz arriba y sólo hay que trepar por las paredes -al fin y al cabo, nunca demasiado escarpadas- para emerger a la superficie.


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Hay excepciones, sí. Pero, en general, las virtudes humanas se perciben mejor en el individuo en soledad que en el que se nos presenta como integrante de un grupo; y viceversa: las colectividades -y las hay que pueden considerarse como tales a partir de dos- favorecen que aflore lo peor de cada uno de sus componentes; empezando, quizá, por la desconsideración a los terceros, que son siempre percibidos como testigos incómodos.


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Perros que ladran como desde muy dentro de ti. (20/8/17)

domingo, agosto 19, 2018

EN EL LUGAR DE LOS HECHOS


Al levantarme de la siesta miro el teléfono. Me distraigo repasando los titulares de los distintos periódicos cuyo enlace guardo permanentemente, en un gesto que todavía, ay, me parece un pobre remedo de cuando tenía la sana costumbre de comprar al menos dos en papel y tenerlos siempre a mano hasta exprimirles todo el jugo... A lo que iba: miro los titulares de La Vanguardia y me conmociona la noticia de que Barcelona, la ciudad en la que desde hace meses vive C., y en la que aspira a quedarse mucho tiempo, ha sido escenario de un sangriento atentado terrorista hace apenas diez minutos. Inmediatamente me pongo en contacto con ella: está allí, en el lugar de los hechos. Había ido al centro de la ciudad a ver posibles pisos de alquiler y a comprarse unos pantalones. Ahora la ola de pánico la ha atrapado y no se le ha ocurrido otra cosa que meterse en el metro para intentar salir de allí cuanto antes. Ha tenido suerte... a medias. Las autoridades todavía no habían decretado el cierre de los medios de transporte que recorren el subsuelo de la zona afectada. Pero, unos minutos después, el convoy se detiene y la policía desaloja a los viajeros. Se encuentra ahora, nos dice, en una parte de la ciudad que no conoce. Un transeúnte le indica una parada de autobús de una línea que todavía funciona. El conductor, nos dice ella en la crónica casi en directo que nos va haciendo de los hechos, está visiblemente alterado y no tiene mucha paciencia con los viajeros de aluvión que, como ella, ni siquiera saben decirle a dónde quieren ir. Por fin, llega al punto donde un amigo suyo ha acordado ir a buscarla. La pesadilla, el ir a ciegas por una ciudad que no se conoce, en medio de una multitud nerviosa y voluble, ha durado tres horas. Nos tranquiliza saber que está bien. Y anotamos esta nueva página en nuestra memoria personal del horror contemporáneo, cuyo rasgo principal es que, por muy lejos que escenifique su teatrillo siniestro, siempre nos pilla cerca, porque todos tenemos el ánimo y los afectos repartidos entre muchas ciudades y lo que sucede en ellas siempre nos afecta. (18/8/17)

sábado, agosto 18, 2018

SOBREMESAS


La presunta pérdida de calidad democrática que se percibe incluso en las democracias más maduras -Reino Unido, Estados Unidos, no digamos España-, ¿no será, más bien, una merma -inducida, por supuesto- en la calidad moral y en el nivel educativo de los respectivos electorados? Se me ocurren al menos dos causas: la generalización de la llamada "escuela comprensiva" y la creciente irrelevancia de la prensa tradicional, sustituida por la desinformación generalizada que promueven las llamadas "redes sociales".

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Perder el tiempo -en pintar acuarelitas veraniegas, por ejemplo-, ¿no será el mejor modo de ganarlo? De momento, se concentra uno en una tarea manual que exige atención y excluye tener la mente ocupada con las murgas acostumbradas. Y, segundo, ese modo de dirigir la atención hacia algo inhabitual forzosamente redunda en que se perciban detalles y matices de los que terminan enriqueciéndose otros empeños de uno. A un escritor, por ejemplo, nunca le está de más el esfuerzo de atención que implica pintar. Incluso una acuarela mediana, como la que se espera de un aficionado, puede aportar matices de observación y percepción que contribuyan al logro de un buen poema. 


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Sobremesas de agosto. Los camareros, hartos de esperar que estos clientes recalcitrantes dejen de arreglar el mundo desde la terraza de un restaurante y al filo de la madrugada, piden permiso para servirse ellos la cena... Nos marchamos, avergonzados. (17/8/17)


jueves, agosto 16, 2018

FOTO DE PÁJARO (poema)


FOTO DE PÁJARO

A Rafael Domínguez

Aquí el abejaruco con su presa en el pico
y el gesto suspicaz, como si adivinara 
en la nota vibrante 
del herbazal un desacostumbrado 
grado de expectación
que acaso se traduzca, desde el centro
de un extraño tinglado de telas estampadas,
en el leve latido de emoción del fotógrafo
que atrapa al fondo de una caja oscura
uno de esos instantes de pura eternidad 
en los que se traduce la vida inexpresable.

Y pudo ser peor: también la muerte
procede por acecho y se concreta
en el salto instantáneo del animal de presa
o en el gesto preciso que efectúa un disparo.

Pero aquí el cazador tiene las manos y la conciencia limpias,
como el pájaro que echa finalmente a volar
con la presa en el pico todavía:

un temblor que fue vida un instante también.

miércoles, agosto 15, 2018

INDIGESTIONES


Ha estallado el cohete que anuncia el final de la feria. Lo he oído casi en sueños, mientras me reponía de la sobremesa de un almuerzo con amigos que ya se han ido. También lo han hecho los vecinos ruidosos y ya casi echo de menos su cómico empecinamiento en demostrar que están por encima de los airados requerimientos que les ha hecho su picajoso vecino, que soy yo: anoche, mientras intentaban encender la barbacoa otra vez en medio de la vía pública, les cayó uno de esos repentinos, inapelables chaparrones de agosto. Se ve que los elementos no les favorecen. Ahora todo ese vendaval ha pasado. En la plaza del pueblo deben de quedar los últimos juerguistas, que bailan y beben al ritmo algo desganado de las canciones que "pincha" el animador de turno, pues hasta los músicos se han ido ya. Pero ese estruendo residual no nos llega. Poco a poco la calle se va despejando de coches. Esta noche dormiremos como lirones. Y mañana será otro día.

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En tiempos de excesos, el ánimo se indigesta siempre antes que el estómago; o, como mínimo, a la vez. (15/8/17)





lunes, agosto 13, 2018

SEGUÍA ALLÍ



Ya les di las quejas el año pasado. Pero, en su empeño de salirse con la suya, estos realquilados de un vecino mío absentista -los males del turismo, en fin- han vuelto a hacer una barbacoa en plena vía pública, entre los coches aparcados. Han traído también un potente equipo de sonido e incluso luces estroboscópicas. La excusa, supongo, es que el pueblo está en feria. Pero la feria, todo hay que decirlo, está a unas cuantas manzanas de aquí, y no precisamente en esta calle... El caso es que no tienen suerte: el hueco entre coches en el que pensaban instalar la parrilla ha sido ocupado en el último momento por un forastero desesperado por aparcar: ha dejado el coche sesgado entre el mío, que lleva toda una semana sin moverse de su sitio, y el alcorque de un árbol. Así que los de la barbacoa han recurrido al expediente de mover uno de sus coches, aparcarlo en doble fila un poco más allá y hacer la fiesta en el espacio así logrado, que se encuentra, ay, en la parte alta y desprotegida de la calle en cuesta y expuesto al viento de levante que, gracias a Dios, ha empezado a soplar esta misma tarde. No me he quedado a mirar, claro. Como tenemos habitaciones desocupadas en la parte opuesta de la casa, nos hemos refugiado en ellas, a resguardo del ruido y de los humos apestosos. Hemos puesto también nuestra propia música: una lista de reproducción con mis músicos favoritos, que guardo en una página de internet a la que estoy suscrito. Así que el vozarrón de Mariem Hassan y el ritmo de Fela Kuti sirven de cortina sonora para evitar que nos llegue el espantoso estruendo con que los otros intentan animar su fiesta. El levante, ya digo, ha sido nuestro aliado. Cuando terminamos de cenar y decidimos ver una película -oportunamente, Alegrías de Cádiz de Gonzalo García-Pelayo, por seguir el ciclo que empezamos el otro día-, la fiesta espuria de los otros se ha disuelto ya. La nuestra se prolonga, melodiosa y civilizadamente, hasta las dos de  la mañana.

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La tan traída y llevada ocurrencia de Monterroso... Hasta hoy, no se me había ocurrido pensar que el "dinosaurio" en cuestión que "todavía estaba allí" cuando el narrador despierta, no es algo soñado que de pronto ha logrado traspasar la barrera entre el sueño y la vigilia, creando en el lector que asiste al prodigio esa especie de vértigo que produce la constatación de semejante vulneración del orden de lo existente. Ese efecto es aparente, y sin él, el conocido microrrelato de apenas una línea no habría llamado la atención de nadie. Pero... Se me ocurre que lo que quiere decir es justo lo contrario: el dinosaurio pertenece al orden de la vigilia, de lo que entendemos por real. El durmiente había conseguido zafarse de él mientras dormía. Pero cuando despertó, como suele suceder, el monstruo de quien había conseguido librarse en sus sueños seguía allí, persistente e ineludible. Dicho así, es una experiencia de lo más común. 

A mí también me ocurrió esta mañana. Cuando me desperté, la parrilla de la barbacoa de la noche anterior seguía allí. (13/8/17)