jueves, septiembre 09, 2010

SÍSIFO

"Abstenerse de pintar es pintar también", decía Gaya. Pero creo que se refería, más bien, a esa primera lección que aprende un acuarelista, por ejemplo: a salvar los blancos; es decir, a no poner pintura allí donde el propio papel aporta la tonalidad que se buscaba. Aplíquese a la escritura: no decir lo que pueda darse fácilmente por sobreentendido. Pero nunca "no escribir", lo que, para un escritor que se precie, equivaldría a no pensar. Pienso mientras escribo, ni antes ni después. The rest is silence.

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Me aborda RM por la calle. "No, si es sólo para que mañana pongas en tu blog que has visto a RM por la calle" (como hice una vez, en fin, a propósito de unos achaques que me refirió). Puesto queda. Y constatada, con este guiño amistoso, la máxima aspiración de este cuaderno: ser espejo.

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A Sísifo también podrían haberlo condenado a nadar en una piscina: un largo hacia allá, otro hacia acá, y no llegar nunca a ninguna parte. Pero aprende uno mucho de sí mismo en estos espacios acotados. Por ejemplo, que bastan unos pocos largos de veinticinco metros para agotarte. En un espacio abierto -un brazo de mar, por ejemplo-, la otra orilla parece siempre demasiado cercana. Y cuántos se ahogan al intentar alcanzarla.

miércoles, septiembre 08, 2010

RENOVACIONES

Sigo con mis hábitos tempraneros. Hoy a primera hora de la mañana he renovado mi inscripción y la de mi familia en el curso de natación que se imparte en ciertas instalaciones universitarias cercanas a mi casa. He rellenado nada menos que... siete papeles, entre las inscripciones propiamente dichas, las domiciliaciones y demás. Luego he ido a renovar mi matrícula como alumno de postgrado, que es lo que me permite disfrutar de estos servicios de la universidad, y eso me ha supuesto rellenar otro papel. Ayer, en el trabajo, decidimos el reparto de grupos correspondiente al nuevo curso... Doy cuenta de todo esto porque me llama la atención que la mera reanudación de la rutina -de una rutina, por otra parte, establecida desde hace años- exija tantos trámites y la renovación explícita y por escrito del compromiso de uno con todos y cada uno de los componentes de la misma. ¿Acaso es previsible que uno fuera a hacer otras cosas, a organizarse de otro modo? Lo sorprendente sería lo contrario. Entonces sí: entonces tendría uno que acudir al negociado competente para comunicar a quien corresponda que uno ha decidido dejarse rastas, por ejemplo, y dedicarse a la venta ambulante por las playas de la provincia; o hacerse mercenario en Darfur o en la frontera afgana, por ejemplo, donde se libran las últimas guerras de la Edad Media. Sería muy conveniente que alguien se ocupara de constatar estos preocupantes cambios en las perspectivas vitales; y, llegado el caso, de desaconsejarlos enérgicamente.

¿Y cómo sería la propia percepción del tiempo si no le impusiéramos la fantasía de su renovación cíclica? Un largo y lento transcurrir, sin duda, en el que no se tendría la apremiante sensación de ir quemando etapas para llegar, a la postre.... a donde llegaremos de cualquiera de las maneras.

martes, septiembre 07, 2010

PASEO MATINAL

Mi horario laboral de estos primeros días de septiembre me permite dar un largo paseo a primera hora de la mañana desde el punto de la periferia donde me deja M.A. hasta mi lugar de trabajo. Cada día tomo una ruta distinta, y si ayer atravesaba una populosa barriada por la que hacía años que no pasaba, hoy acorto camino por unas calles ocupadas casi en su totalidad por talleres y naves industriales. Y por una y otra ruta advierto la misma pugna: comercios cerrados, recientemente o desde tiempo inmemorial, frente a comercios nuevos que animosamente levantan la baraja a primera hora del día; naves arruinadas, con los cristales rotos y habitadas por gatos, frente a otras en las que media docena de trabajadores -casi nunca más- pugnan con una cizalla o con la llama de un soplete. No he hecho la cuenta de si son más los establecimientos cerrados que los abiertos, pero imagino que la salud de un país se dirime en esta cuestión tan sencilla: si son más quienes salen adelante que quienes tiran la toalla, y si el acto de levantarse temprano y descorrer una baraja o encender un soplete sigue teniendo sentido o no para quienes han hecho de ellos sus oficios. Hay algo, no obstante, en el aire mismo de la mañana, y en la inmensa respetabilidad que asumen para el espectador todavía ocioso quienes ya han iniciado su faena, que invita al optimismo. Decía no sé qué leyenda que mientras hubiese media docena de justos en el mundo Dios no desataría su ira contra el resto. Lo mismo puede decirse respecto al esfuerzo: mientras haya unas decenas de individuos que se levantan temprano para iniciar sus misteriosos quehaceres -y nada más misterioso, en fin, que el danzar de la lluvia de chispas sobre la chapa de hierro, o que la trastienda de esa modesta mercería en la que no sabe uno cuántas cintas habrán de venderse para igualar al menos el sueldo de la dependienta-, mientras siga en marcha el complicado mecanismo del que hemos venido a depender, podrá decirse que vive uno en un cuerpo social mínimamente solvente. No es mucho. Un mal viento, lo sabemos, podría extinguir incluso estos insuficientes y heroicos atisbos de sociedad laboriosa. Me contaba un panadero el otro día que un compañero suyo hubo de cerrar el negocio porque una conocida franquicia de ese ramo le abrió una sucursal al lado de su panadería y durante todo un año ofertó el pan a mitad de precio, hasta arruinar a su competidor. Y me hablan por otra parte de empresas a las que sobra el trabajo, pero a las que los bancos les niegan el mínimo caudal de dinero contante y sonante que necesitan para mantener el negocio en marcha. Se ve que no basta el esfuerzo: el sistema tiene también un componente azaroso, del que es difícil sustraerse. Toca uno madera. El sol ya ha salido y uno ha llegado a su lugar de trabajo. Aún me queda tiempo para garrapatear estas líneas. Y empiezo la jornada.

lunes, septiembre 06, 2010

DESMEMORIAS

En nuestro deambular por el barrio alto de U., aprovechando la excusa que brinda el concurso de pintura rápida, damos con un pintor alrededor del cual se han congregado media docena de chiquillos y algunos viejos. Nos paramos también ante el lienzo, a una distancia prudente, y entonces el pintor se vuelve y hace señas en mi dirección. Vuelvo la cabeza, por si éstas van dirigidos a otra persona que se me haya colocado detrás. "Ya veo que no me reconoces", me dice. Efectivamente, le digo que no, y adelanto una disculpa por lo que ya adivino que es una nueva mala pasada que me está jugando mi incapacidad de recordar las caras de las personas a las que sólo he visto una o dos veces. Hasta tres ocasiones recuerda este hombre en las que hayamos coincidido. Me las va desmenuzando y yo asiento humildemente, mientras voy desgranando nuevas disculpas. M.A., divertida, mueve la cabeza, aunque tampoco ella ha andado fina en esta ocasión. "Tú debes de ser amigo de...", comenta, esperando suavizar lo que parece una enorme e injustificada muestra de desconsideración por nuestra parte. Pero tampoco acierta. Nos vamos con la cabeza gacha, mientras yo doy crédito a mi teoría de que la imposibilidad de reconocer rápidamente un rostro debe tener su origen en alguna tara constitutiva, similar a la afasia o la dislexia... Por suerte, hay muchos otros encuentros más afortunados en este día, y olvidamos el incidente. Y, además, ya al final de la jornada volvemos a encontrarnos con el pintor de marras, y éste nos dice que ha vendido el cuadro que estaba pintando y otro más que tenía en exposición. Nos alegramos sinceramente de ello, y doy por sentado que la expresión de este hombre serenamente satisfecho, que no aspiraba a ningún premio y que ha conseguido una modesta remuneración por su jornada de trabajo, es de las que ya no olvidaré. Algo hemos ganado nosotros también.

viernes, septiembre 03, 2010

CALOR

Desde el lugar donde llevan la cuenta de estas cosas nos han dicho que acabamos de vivir los días más calurosos del año. La “ola de calor” ha llenado los depauperados telediarios de agosto de imágenes de gente sudando la gota gorda, de desaprensivos bañándose en las fuentes públicas, de personas bienintencionadas que se animaban a divulgar los trucos caseros con los que combaten el calor: desde rociar las cortinas con agua a colgar bolsas de hielo delante de un ventilador, o ingerir alimentos muy picantes, como hacen en los países tropicales, para provocar la sudoración e inhibir la sensación corporal de agobio térmico…

Si no fuera por estos sucesos sin suceso, por estas noticias que encubren la falta de noticias, rara vez vería uno en un telediario a un ciudadano normal dando cuenta de sus actos cotidianos, y no, como suele suceder, en el más habitual papel de víctima de un accidente, una injusticia o un crimen. No se cansa uno de escucharlos, de admirar los recursos con los que afrontan la anomalía térmica, o el alcance de su memoria, que les lleva a proclamar, con más seguridad que cualquier fuente estadística, que no se recordaba un verano así desde tal o cual año, mientras entornan los ojos como para contemplar en el recuerdo las imágenes desvaídas de ese otro lejano verano en el que también se sudó la gota gorda, en que la gente salía a la calle con pañuelos mojados en la cabeza. La esencia del clima es su carácter cíclico: lo que ocurre hoy ya ocurrió ayer y probablemente habrá de repetirse mañana. Estos calores insólitos, que nos creemos incapaces de soportar, ya tuvieron lugar en un pasado del que algunos guardan exacta memoria, y se repetirán en un futuro en el que a quienes no la tenemos tan buena volverán a parecernos desusados y cercanos al límite de nuestro aguante. En eso el clima es como la Historia: a quien la conoce, nada le extraña, porque todo lo que haya de suceder ha sucedido ya. A quienes la han olvidado, en cambio, o a quienes han confundido sus deseos y expectativas con la estricta verdad, los hechos siempre acaban sorprendiéndoles y superándoles.

No a estos pacíficos ciudadanos que sudan en las aceras, ante un escaparate, o se duchan en plena calle con agua mineral, o agitan animosamente un abanico. En un mundo en el que la gente se hiela en verano con el aire acondicionado, o se pasa el invierno en manga corta entre calefactores a plena potencia, ellos son la confirmación de que el clima repite sus ciclos implacables. O, trasladado a otros ámbitos: que no hay mal que cien años dure, ni situación económica o social que permanezca invariable, ni mal gobierno eterno. Lo que pasa es que no nos acordamos; y que, cuando llega la hora de sudar, o de morirnos de frío, creemos firmemente en la singularidad del suceso que nos ha tocado padecer. Y el mundo gira.

Publicado el martes en Diario de Cádiz

jueves, septiembre 02, 2010

OCIO

Ha querido el azar que la vuelta al trabajo haya tenido lugar en horario de tarde, con lo que mi rutina de mañana, estos primeros días, ha permanecido prácticamente idéntica a lo que ha sido en las últimas semanas: me levanto, oigo las noticias en la radio mientras desayuno, garrapateo estas líneas y me entrego luego a la gama de quehaceres libremente elegidos a los que he venido dedicando el tiempo desde finales de julio. Con una diferencia, sin embargo, que tiene que ver con nuestra percepción subjetiva de la continuidad temporal: el discurrir de antes, en el que apenas intervenía la conciencia de ajustarse a un horario, o de que incluso el día sin obligaciones está acotado por algunas exigencias -comida, reposo- que contrarrestan la sensación del libre fluir temporal, ha sido sustituido por la pedregosa textura del tiempo medido, del tiempo ajustado a plazo, del tiempo que se amortiza al ser vivido. La peor invención del hombre han sido los horarios. Y este pensamiento no lo dicta la pereza sobrevenida ante la vuelta al trabajo: posiblemente, mi "productividad" -si la medimos por el número de cosas hechas y por el aprovechamiento y gozo de las mismas- sea mucho mayor durante las vacaciones de lo que jamás pueda serlo en las condiciones presentes. Yo sería mucho mejor profesor, pongo por caso, si pudiera serlo al modo de Sócrates, dialogando libremente con mis discípulos a la sombra de una higuera. Escritor no digamos. E incluso ciudadano, porque sólo un ciudadano sin prisas puede departir sabiamente sobre los asuntos de la cosa pública bajo los pórticos de la plaza. Tal vez a eso se reduce la time conspiracy -por remedar esa otra money conspiracy de la que hablaba Martin Amis en su conocida novela-: a no dejar pensar. Porque la sabiduría, como el arte e incluso la hombría de bien, son cosas del ocio.

martes, agosto 31, 2010

UNIVERSOS

Alegría visual de las mañanas, desde el ángulo en picado que me proporciona el balcón de mi cuarto de trabajo, en un segundo piso: las muchachas casi en deshabillé que pasean por las mañanas a sus perros. Cada pocos minutos pasa una bajo mi balcón, a veces literalmente arrastrada por el ímpetu de su mascota, y otras empujada por los vientos despiadados que suelen azotar estas latitudes. Entonces dan impresión de fragilidad, y parecen encarnar ese característico desgobierno del propio destino que deparan la juventud y la relativa pobreza. Pero otras avanzan con pie firme, bien plantadas sobre sus piernas, el pecho firme, la cabeza erguida, la ropilla de andar por casa muy ceñida al cuerpo, como gustaba Fidias de representar los trapos con los que envolvía a sus figuras. Entonces sí: entonces uno interrumpe brevemente su briega con el teclado y les dedica una mirada.

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Nos perdimos en aquella película de Imamura. No entendíamos nada. M.A. lo achacaba a la mala calidad de los subtítulos. Yo, a un conjunto de factores, que incluyen mi incapacidad para retener rostros extraños -y más, si son japoneses- y mi escasa empatía con determinadas idiosincrasias narrativas. Y éramos nosotros, extrañamente, los únicos que quedábamos nítidamente retratados -y casi enfrentados, en fin- en esa sesión doméstica de cine, mientras los personajes y acontecimientos de la película propiamente dicha se nos desdibujaban y perdían.

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En uno de esos documentales inquietantes con los que distrae uno la sobremesa, un circunspecto científico (japonés también) da crédito al viejo principio poético que otorga condición de realidad a las acciones no realizadas y a los deseos no cumplidos: existirían, dice este hombre, y tendrían su adecuado cumplimiento en alguno de los infinitos universos paralelos que algunas teorías científicas postulan. Reducida a posibilidad científica, la idea pierde toda su fuerza poética; y. además, reduce nuestro andar por el mundo a una vaga gesticulación sin sentido: todos nuestros fracasos de este mundo son triunfos en otro, así que, ¿para qué esforzarse? Todos los lectores que no he ganado en este mundo me leen ávidamente en otro; todos los libros que no he podido escribir, o que no me han querido publicar, triunfan en los medios literarios de algún inconcebible universo paralelo. Y, a lo mejor, hasta están mejor escritos. O peor, quién sabe.

lunes, agosto 30, 2010

Z.

El verano se despide con la broma pesada de una gastroenteritis que nos tiene postrados todo el domingo. K., a la que también dimos a probar el comistrajo culpable, se pasa el día tendida a los pies de la cama, no sabemos si por empatía o porque también la gata ha pillado la infección. Más bien lo primero: en uno de los escasos paseos que se permite, descubre una salamanquesa en el despacho, y eso termina de reanimarla. Tanto que, para que no destroce el monitor o los demás trebejos informáticos que se amontonan sobre la mesa, mientras se encarama sobre ellos para alcanzar al bicho, somos nosotros quienes optamos por capturarlo y devolverlo al balcón, de donde ha venido. En vano: insensatamente, el animalillo vuelve al despacho, y esta vez no se libra de las garras de la fiera.

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En los días previos habíamos estado en Z., el conocido enclave costero gaditano, favorito de cierta clase media con ínfulas bohemias. Mujeres muy bronceadas vestidas preferentemente de blanco deslumbrante, jovencitos con rastas y pantalones bombachos, hombres circunspectos en pantalón corto con muchos bolsillos, en los que deben guardar las carteras con las que pagan todo esto. Entre estos hombres, por cierto, algunos famosos. En un restaurante con pretensiones, regentado por argentinos, encontramos entre la clientela a un conocido cocinero televisivo. En otro bar de cocina más tradicional, aunque no más económica, coincidimos con el líder de uno de los sindicatos mayoritarios, al que esa misma mañana, por obra del don de la ubicuidad de la que gozan estos personajes, habíamos oído en la radio tronando contra el gobierno y llamando a la huelga general... Tiene derecho el hombre a comerse tranquilamente su pescaíto, como todo el mundo, en sus días de asueto; pero no deja de chocar un poco, en fin, que quien se pone tan apocalíptico por la mañana se entregue luego tan plácidamente a estos placeres de clase media ociosa, en un ambiente, digamos, más bien poco proletario.

Pero no ha venido uno aquí a juzgar, ni a que lo juzguen. Son, dicen los boletines meteorológicos, los días más calurosos del año. El calor desaconseja incluso bajar a la playa, por lo que no salimos hasta el anochecer. El ambiente es extraordinariamente relajado, pese a la afluencia de gente. En el recinto acotado por los muros de una vieja fortificación ponen un mercadillo de baratijas. Y uno se pasaría horas enteras viendo pasear entre los puestos a estas espectrales mujeres de blanco, distantes e inasibles, que no parecen tener otra preocupación en la vida que probarse collares, mientras el flamenquito de turno desgrana su rumba sobre el tabladillo que han montado en medio de la plaza, y el suelo recalentado exhala sus olores a tierra regada, a remoto rastro de caballos, a patchuli y cáñamo. Podría ser un lugar extremadamente ruidoso, pero hay algo en la predominante horizontalidad de todas las líneas que produce algo así como una atenuación o dispersión de todo lo que pudiera resultar excesivo. Y así, a pocos metros de una terraza playera en la que actúan unos estupendos músicos cuyo estilo relacionamos con el de Camel, el rumor del mar ahoga por completo el ruido y tiene uno la impresión de hallarse en un entorno completamente salvaje, lejos de cualquier aglomeración.

Nos marchamos con pena. Nos espera, ay, la gastroenteritis final, como una purga por tanto placer. Y lo que vendrá luego, que es peor.

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No he encontrado el cadáver de la salamanquesa. Lo que quiere decir: a) K. la ha indultado. b) Pudo escapar. O -lo que es peor-: c) Se la ha comido. Lo que, en nuestro actual estado de absoluta inapetencia, nos resulta la peor de todas las opciones posibles.

viernes, agosto 27, 2010

VIEJOS

He dejado para agosto este artículo que a lo mejor podría haber escrito un poco antes. Y es que la placidez de agosto, su definitiva adscripción al ocio vacacional, parecen convenirle al tema. La Unión Europea sugirió, a principios del mes pasado, que la edad de jubilación debería ser los setenta años, y que, si no es así, los sistemas de pensiones quedarán desbordados y habrá casi tantos jubilados como trabajadores en activo. Puede que esto sea verdad. Lo que significaría, en fin, que hasta ahora habíamos vivido bajo una gran mentira, y que el principio de que los trabajadores en activo cotizamos ahora para que se nos asegure una pensión en la vejez era una estafa: cotizamos para mantener más o menos al día las cuentas del sistema, y mañana ya se verá.

Mientras se resuelve este enredo, y los políticos aciertan a encontrar el modo de dulcificarle la píldora a la población, parece conveniente empezar a hacerse a la idea. No está muy claro, de todos modos, para qué nos jubilamos. Lo ideal sería pensar que nos desprendemos de las ataduras laborales cuando aún nos quedan fuerzas y ganas para hacer otras cosas, y no solamente para morirnos. Y que, cuando desaparece la obligación de fichar a las ocho y permanecer la mayor parte del día en una fábrica o una oficina, es el momento de atender viejas aspiraciones postergadas: hacer un largo viaje, por ejemplo, o desarrollar nuestras capacidades artísticas... Lo ideal sería llegar a la edad de jubilación con esos ímpetus, y confiar en la estadística para contar con los veinte o veinticinco años de vida que ésta todavía nos concede. Ser como esos jubilados europeos que conocieron la prosperidad de los años sesenta y terminaron sus días en plácidas urbanizaciones mediterráneas, sacando a pasear el perro y comprando
The Times en el quiosco de helados.

No parece que ése vaya a ser el caso. No quiero pensar en qué estado llegaré a los setenta sin haber parado de trabajar: ya los cuarenta y tantos me pesan lo suyo. Fue la mía una generación numerosa: cuando niños, copamos los colegios, como luego copamos los empleos e impusimos nuestros gustos en la moda y en el ocio. Ahora, si nuevos embates de la economía no terminan de arrebatarnos los puestos de trabajo que ocupamos, vamos a envejecer en ellos. Imagino el panorama: cuando un hombre joven dentro de veinte años vaya al médico, se encontrará con que éste probablemente sea un anciano; sus hijos tendrán profesores ancianos; sus padres no podrán ejercer de abuelos porque tendrán todavía obligaciones laborales que atender. Y como seremos muchos, los gustos, modas y valores de esa sociedad de ancianos en activo serán los de una gerontocracia. Una Europa de viejos asidos a sus puestos, como los políticos de ahora, y a los que nadie empujará para que hagan sitio. A ver cómo se lo toman los jóvenes.

Publicado el pasado martes en Diario de Cádiz

jueves, agosto 26, 2010

CONCIENCIA

Asombra la nitidez del horizonte en estos días. El primer síntoma del otoño no es de orden meteorológico, sino luminoso. Desaparecidas las calimas de julio y agosto, el aire se vuelve más transparente. Las construcciones, barcos, grúas, etc. que veo desde mi ventana, al otro lado de la bahía, parecen trazados por un dibujante extraordinariamente minucioso, que no hubiera sacrificado ningún detalle. Nada de "atmósfera", nada de abocetamientos ni difuminos. Hasta uno, que padece desde hace algún tiempo esa humillación sobrevenida llamada "vista cansada", adornada con esas burbujas y nubes que con el tiempo se adueñan de la retina de los miopes, tiene la impresión de tener la vista más despejada, la mirada más limpia. Mirar, al fin y al cabo, es también una cuestión moral. La conciencia también la tengo en paz. Debe ser eso.

miércoles, agosto 25, 2010

AXEL MUNTHE

Son los libros los que eligen a sus lectores, decía ayer, y no al revés. Y justo eso es lo que me ha pasado con este otro, que llevaba años saliéndome al paso en casi todas las librerías de viejo en las que entraba, y que yo rechazaba con igual contumacia. Se trata de La historia de San Michele, la autobiografía más o menos novelizada del médico sueco Axel Munthe. Debió de gozar de mucho predicamento ese libro en otras épocas, lo que sin duda explica las muchas ediciones que ha conocido. Yo lo esquivaba siempre porque, al hojearlo, desprendía ese mismo aire de objeto rancio que desaconseja, por ejemplo, llevarse a casa las novelas de Knut Hamsun. Un presentimiento, digamos, de sentimentalismo y moralina, que son otras maneras de denominar el oportunismo de los best-sellers, y también los motivos de su caducidad, porque las incitaciones al sentimentalismo y la moralina cambian cada veinticinco años... De Axel Munthe llegué incluso a comprar un título secundario, una recopilación de artículos y semblanzas que, con fino olfato comercial, su editor español tituló Lo que no conté en la historia de San Michele. Pero fui demorando su lectura, por las mismas razones que apuntaba antes. Y hasta ahora.

Y es que los libros, como las personas que se tratan en sociedad, necesitan venir de la mano de quien te los recomiende y te dé buenas referencias de ellos. En este caso, esas recomendaciones y referencias se las debo a Horacio Quiroga, que en los últimos años de su vida leyó con entusiasmo el libro de Munthe y se valió de él para reafirmarse en sus propósitos de llevar una vida apartada, en contacto con la naturaleza y de espaldas a las ambiciones mundanas. En su correspondencia, recientemente publicada en España, dejó el uruguayo repetidas muestras del entusiasmo que le suscitó esta lectura. Al confrontarlas, no pude por menos que acordarme de las muchas veces que había tenido ese libro entre las manos, sin decidirme a comprarlo. Fui a la librería de viejo de R. Y, como me temía, esta vez no lo encontré. Se lo comenté al dependiente, que, después de consultar su ordenador, me dijo que aún le quedaba un ejemplar en el almacén...

Lo he leído este verano. Me ha recordado por más de un concepto el Viaje al fin de la noche de Céline: como éste, el de Munthe cuenta la vida de un médico en una Europa convulsa; y, como el de Céline, el del sueco destila una especie de humanismo desengañado y resignado, nacido de la constatación de lo poco que un individuo puede hacer para disminuir un ápice el dolor humano o contrarrestar la estupidez circundante. La diferencia está en que a Céline se le ve el plumero desde el principio, y desde las primeras páginas sabemos que estamos ante un discurso nihilista, programáticamente desprovisto de soluciones o esperanzas, mientras que Munthe, sin salirse del todo de ese discurso de la negación, entreteje sus historias con humor, con unas gotas de sentimentalismo inteligente, e incluso con una religiosidad más intuitiva que dogmática, que le lleva a cerrar su autobiografía con una visión de su llegada a un Más Allá demasiado humano... De fondo, la tentación constante a apartarse del mundo y refugiarse en San Michele, la casa que el autor construyó con sus propias manos en la isla de Capri, que todavía no era en absoluto el enclave turístico en que se llegaría a convertir. Allí, entre campesinos, el autor intentará superar lo que el lector intuye que no es sino una intermitente misantropía, nutrida por no sólo por sus experiencias profesionales, sino también por una personalidad que adivinamos menos afable y ecuánime de lo que parece a primera vista, en la que intuimos los rasgos de un hombre obstinado, frecuentemente en desacuerdo con sus colegas, y también los de un mujeriego impenitente, cuya cuenta sentimental nunca está cerrada. Es éste es un libro en el que lo que se calla, o a lo sumo se deja entrever, tiene casi tanta importancia como lo que se cuenta. Quizá por ello sus lectores más sagaces lo tomaron, en su día, como una autobiografía modélica: por decir mucho de su autor sin incurrir en indiscreciones o exhibicionismos innecesarios.

A este libro he dedicado algunas horas muertas de este mes de agosto. Las doy por bien empleadas.

martes, agosto 24, 2010

LA HUIDA

Me habla J. de la tesis doctoral en la que anda ocupado. "¿Has visto esto?", le digo. Y le enseño un viejo mamotreto en dos tomos, editado hace ciento veinte años, que adorna los estantes altos de mi biblioteca. Es una compilación que coincide en gran medida con el campo y objetivos de la tesis de J. Se queda asombrado, y durante largos minutos ojea los dos tomos en silencio... Naturalmente, le invito a que se los lleve y los tenga consigo el tiempo que estime necesario. "Ya me los devolverás", le digo, sabiendo lo que valen estas palabras entre personas que con frecuencia experimentamos, al tener ciertos libros entre las manos, una sensación de avidez que apenas se corresponde con las actitudes y maneras más morigeradas que afectamos en casi todas las demás circunstancias de nuestra vida. Me pilla, sin embargo, con el ánimo desprendido: desde hace tiempo tengo la convicción de que lo que conviene a quien ha acumulado más libros de los que puede acomodar es, precisamente, desprenderse de algunos, antes de que la inevitable sentencia del tiempo te prive de todos ellos, y tus descendientes, con más juicio que tú, los vendan al peso...

Pero, a lo que voy: J. es mi cuñado; y los tomos en cuestión venían con los libros que su hermana trajo consigo cuando nos fuimos a vivir juntos. Aparecieron en su casa, en un altillo; pertenecieron a algún inquilino anterior de esa casa. De ese mismo legado formaban parte alguna novelita de Pereda o de Palacio Valdés que tengo por ahí, un hermoso recetario republicano ilustrado por Penagos y un curioso muestrario de caligrafía doméstica y modelos de documentos destinado "a las amas de casa". Esos libros habían pasado por completo inadvertidos para J., que era un niño pequeño entonces. Aunque, qué duda cabe, desde su escondrijo ejercían su secreto influjo sobre él, que treinta años después quiere hacer una tesis doctoral que parece inspirada por uno de ellos. O lo sucedido, simplemente, es que este libro ha estado todos estos años buscando su lector idóneo y no ha parado hasta encontrarlo. M.A. se ha desprendido de él con algún dolor de corazón: a ella, como a mí, nos gustaban los grabados que incluía. Pero aceptamos nuestra derrota: no lo íbamos a leer nunca, no sentíamos ningún interés por lo que pudiera decirnos ese mamotreto. Y él, que lo sabía, ha aprovechado la primera de cambio para huir a manos y entendimientos mejor predispuestos. Le deseamos suerte.

lunes, agosto 23, 2010

LA IMPORTANCIA DE LOS ACENTOS

Vuelvo a este cuaderno después de haberlo tenido cerrado durante un mes. Es la primera vez que me permito una pausa tan prolongada, lo que, en el momento de ponerle fin, me deja en una situación de cierta perplejidad ante la naturaleza de las cosas que habitualmente traigo a este cuaderno, y que, por haber sido aplazadas, o fiadas al capricho o a las ganas de escribir de un indeterminado momento venidero, que es éste, ahora comparecen ante mí como desvaídas, o faltas de inmediatez o pertinencia. Uno esperaba lo contrario. En un mes, me decía, serán tantas las anéccotas, observaciones, opiniones, impresiones de lectura o de películas, etc., acumuladas, que, cuando me siente a escribirlas, casi no daré abasto: escribiré ex abundantia cordis, como dicen que escriben los escritores que verdaderamente tienen algo que decir, y no con esos tiquismiquis y esa poquedad de los que exprimen la magra cosecha del no-suceder diario. Agosto ha dado para mucho... Eso me decía. Y ya veo que no. Se vive con diario o se vive sin él. Acaso esta pausa larga prefigure otro momento que también habrá de llegar, en el que este diario será definitivamente cosa del pasado, y uno afrontará la tarea diaria de escribir, o de vivir para escribir, desde otros presupuestos y otros procedimientos. Todo se andará. De momento...

***

Sudo como un mono mientras escribo las líneas precedentes. Recién vuelto de la sierra, experimento toda la inclemencia del verano en la costa. Y me acuerdo del tonillo de suficiencia con el que todos los años me preguntan algunos: "Oye, ¿y en la sierra no hace calor?". Y mi respuesta de siempre: "Lo hace, porque es propio del verano que haga calor. Pero no como aquí. Y, en todo caso, remite por las noches, y para dormir incluso hay que recurrir a veces al expediente de cubrirse con una sábana o con una colcha fina, lo mismo que, para permanecer sentado en una terraza hasta altas horas de la madrugada, hay que haber previsto llevar una chaqueta o un suéter". Y es curioso: no he visto a ningún promotor de eso que ahora llaman "turismo rural" emplear este argumento. Tal vez porque lo que corresponde en verano es asfixiarse, y nadie quiere ser tan pobre como para no poder contar, a la vuelta de sus vacaciones, que se ha asado.

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Donde quería decir antes sábana encuentro, al revisar el párrafo, que he dicho sabana; es decir, que olvidé poner el acento. Lo que da como resultado una afirmación de un surrealismo un tanto telúrico: cubrirse con una sabana; o, lo que es lo mismo, arrebujarse entre montañas, abrigarse con bosques, calzarse un prado...

viernes, agosto 20, 2010

LA FRESCA

Igual que uno es más partidario de otoño o la primavera que del verano o el invierno, lo es más de las horas frescas del día –las primeras de la mañana, las que siguen a la puesta del sol– que de las centrales. Y, puestos a elegir, más de las matinales que de las vespertinas, porque son las horas en que todavía duermen los vencidos por la noche en blanco, los partidarios de la oscuridad y el ruido (uno lo fue, ay, en tiempos no lejanos), los que pasan directamente de la sábana sudada a la tumbona contemplativa bajo un sol de justicia. De todo tiene que haber en este mundo; y, como somos tantos, mejor que la población se reparta equitativamente las horas del día, y cada uno elija para sus quehaceres o sus ocios la que más de acuerdo esté con su carácter. La mía, la primera de la mañana; la hora en que se levantan las barajas de los comercios y en la calle sólo están los adultos con responsabilidades caseras o familiares, que han salido a hacer la compra; porque los otros, los desocupados y los adolescentes, no han despertado aún.

La mayoría de mis convicciones optimistas deriva de esta hora bienaventurada; porque, si me basara en lo que constato en las otras –el ruido, la avidez, el exhibicionismo–, mi visión del mundo sería absolutamente desesperanzada. Hay días que se enderezan desde el momento mismo en el que, de camino a mis quehaceres, paso por delante de un modesto quiosco y veo que su propietario se ha levantado antes que yo y ya ha desmontado los cierres de su establecimiento y colgado de las paredes del mismo la panoplia de periódicos, la muestra de los helados, la bandeja de chucherías. A esa hora intempestiva es poco probable que la ganancia sea grande. Y es seguro que en el propio entorno de este hombre honrado y animoso habrá quienes le reprochen el esfuerzo. ¿Para qué te levantas tan temprano?, le dirán. ¿Merece la pena vender cinco periódicos o media docena de chicles para fumadores? ¿Por qué no haces como otros, te levantas tarde, te quejas de lo mal que está todo, te escudas tras tus achaques, pisas al prójimo, alargas la mano para beneficiarte de la sopa boba? Él mismo puede que se haga esos reproches, y que de puertas afuera verbalice, para quien lo quiera escuchar, el eterno discurso de la insatisfacción y la queja. Pero se atiene uno a los hechos: el quiosco está abierto y en la calle desierta hay un principio de actividad y vida, al que uno se suma de buena gana.

A esos indicios benéficos el verano suma, a esta hora temprana, la bondad del clima. Es la fresca, la hora que los más diligentes aprovechan para solventar sus asuntos, y en las que los contemplativos sobrevenidos, como quien esto escribe, disfrutan de la ilusión de una vida ordenada y beneficiosa. Luego llega el calor y encrespa los ánimos. Pero uno ya se ha blindado contra esa eventualidad.

Publicado el pasado martes en Diario de Cádiz

viernes, agosto 13, 2010

OFICIOS DE AGOSTO

No sé si en las estadísticas más o menos triunfales que registran el habitual descenso del desempleo en verano figuran los músicos de feria. Deberían, porque en fechas señaladas, tales como el populoso puente de agosto, podrían contarse por miles los que tocan en otras tantas fiestas patronales a todo lo largo y ancho de la geografía patria. Y uno los admira porque, amén de envidiar la seguridad con que se mueven sobre los tablados y el aplomo con el que interpelan a la concurrencia para que ésta se desinhiba, tienen con lo suyo una relación que ya quisiera uno para con las cosas a las que dedica sus afanes.

Quizá la medida del verdadero artista sea aplicarse a lo humilde con el mismo entusiasmo que a lo sublime. Como nuestros clásicos, que lo mismo eran capaces de armar una coplilla popular de dos estrofas que un largo poema épico en octavas reales. A estos músicos baqueteados se les supone el oficio: basta verlos montar su tinglado, ajustar sonoridades, disponer sus partituras. En alguna parte, y llevados Dios sabe por qué impulso, aprendieron todo eso, tal vez con idea de triunfar en alguna rama “seria” o comercialmente productiva de su arte. Es decir, a lo mejor aprendieron a darle a la tecla mientras estudiaban piano en el conservatorio, o adquirieron su modo de conducirse en el escenario mientras soñaban con moverse sobre el mismo con el dominio y la personalidad de un Elvis o una Tina Turner. Luego la vida hace sus ajustes, y quien estudiaba para llegar a ser un Rachmaninoff termina aporreando un tecladillo eléctrico en la feria patronal de Salas de los Infantes, pongo por caso. Lo importante es poner en ello el entusiasmo que Rachmaninoff ponía cuando tocaba ante un auditorio de duquesas melómanas, y no cabe la menor duda de que estos músicos lo hacen, aunque sea para animar a la concurrencia a bailar un pasodoble. Y es curioso ver cómo la cantante que hace sólo unos minutos cantaba con acento de Brooklyn saca ahora una imponente voz racial y hace retroceder la imaginación a los tiempos patrios en que la única fantasía posible, la única expansión tolerada, era ver contonearse a una mujer vestida de lentejuelas. Todavía tiene uno cierta propensión a concederles un plus de belleza y de sensualidad a estas musas de tablado, no necesariamente guapas, pero siempre favorecidas por los focos y por la posesión de esos atributos de poder que representan los micrófonos, el traje de fiesta, la altura sobre el público…

A la luz del día son otra cosa. Pero uno nunca las verá a la luz del día, porque, al término de la actuación, vocalista y músicos se aplican a recoger sus bártulos, como si hubieran venido a arreglar el tendido de la luz, y se embarcan en una furgoneta, rumbo a otras ferias; o rumbo simplemente a la normalidad, que es como llamamos también al aburrimiento, a la rutina.

Publicado el pasado martes en Diario de Cádiz

sábado, agosto 07, 2010

LOVE PARADE

Parece casi lógico, dentro de lo trágico: si vivimos agolpados, si nos divertimos masivamente, si no hay un solo acto de nuestra vida que la estadística no relacione con los hábitos y preferencias de millones de personas, ¿por qué la forma más característica de morir en estos tiempos no iba a ser la muerte en masa, multitudinaria y, como todo lo que atañe al destino individual en relación a las multitudes, un tanto irrelevante y absurda? Ésa ha sido la suerte de las veinte personas aplastadas por la multitud de la que formaban parte, durante el evento masivo conocido como “Love Parade”, el Desfile del Amor, celebrado en una localidad alemana. Siempre me ha parecido que hay algo siniestro en estas ocasiones en las que todo el mundo hace lo mismo, corea la misma consigna, se divierte del mismo modo, baila al mismo son. Me recuerdan a los grandes actos de masas que organizaban los nazis, o a los desfiles cuadriculados de la Plaza Roja. Unos y otros se efectuaban a mayor gloria del tirano de turno; y los de ahora, desde Woodstock hasta hoy, se convocan para exaltar el innominado ídolo de la contemporaneidad, un dios con rasgos de monigote obsceno, vestido de colores estridentes, al que sólo satisface el aturdimiento y el ruido.

Lo del ruido no lo digo porque la ocasión que ha dado lugar a estas muertes fuera un festival musical. Hay ruido prácticamente en cualquier evento multitudinario, independientemente del pretexto bajo el que se convoque. Los buenos aficionados al fútbol, que los hay, me cuentan que se extrañan de que los estadios se llenen de gente que no va a ver los partidos, y que no presta la menor atención a las incidencias de éstos, sino que meramente están allí para corear el alirón o para hacer la ola. En los mítines políticos puede uno observar que, mientras el líder de turno va hilando las frases con las que espera merecer un titular de prensa o unos segundos en televisión, la concurrencia no lo oye, y se limita a repetir el pareado de turno o a menear la pancarta. No están allí porque quienes los han convocado esperen convencerlos uno a uno de la bondad de sus propuestas, sino simplemente para hacer bulto. No tienen consideración de personas, sino de puntos más o menos semovientes al fondo de un decorado.

Lo trágico es que la persona sola cobra toda su relevancia cuando sobreviene un accidente fatal. Se hunde una tribuna, se produce una estampida humana, se quema el local atestado, y entonces los puntos semovientes se convierten en personas con nombres y apellidos, de cuyas historias individuales se hace eco la televisión, y a quienes sus parientes lloran. Va a ser verdad eso que decían los filósofos pesimistas: la vida humana sólo alcanza su plenitud en el momento de la muerte. Es, quizá, el último reproche que el individuo le hace a la masa que lo ha aplastado.

Publicado el pasado martes en Diario de Cádiz

viernes, julio 30, 2010

LA RED

“La red” no era hace cuarenta años lo que hoy. Internet no existía, ni se intuía. “Niño, coge la red y ve a comprar una casera”, me decía mi madre. Y uno no se decidía, porque le daba mucha vergüenza lucir por la calle ese objeto de uso casi exclusivamente femenino, y pasar en actitud de recadero delante de los grupos de chiquillos desocupados y malintencionados que campaban por la barriada. La red, se entiende, no era sino la bolsa de malla de nailon en la que se llevaba la compra. Daban mucho de sí esas redes. En una sola red cabía la provisión diaria de frutas y verduras, los pequeños envoltorios sanguinolentos que contenían los alimentos de mayor enjundia, la botella de vino, la lata de atún. Las economías domésticas eran transparentes: veía uno pasar a la vecina con su red repleta y sabía qué se iba a comer ese día en esa casa. Otra cosa, ya digo, era que a uno le asignaran la tarea de salir a la calle con la red, que solía ser verde o azul e ir rematada por grandes aros de plástico macizo, a modo de asas. Tenía la red un cierto parecido con los aditamentos de los trajes de flamenca. Y uno, cargado de timideces y prejuicios, prefería llevar la compra en la mano antes de dejarse ver con ese airón en la mano, como una corista destocada.

Supongo que el éxito de las bolsas de plástico desechables se debió en parte a esos prejuicios. La bolsa de plástico era neutra. Un señor hecho y derecho podía pasar por delante de la frutería y salir de ella con una elegante bolsa de plástico en la mano, sin comprometer su dignidad. Era, además, una reafirmación del creciente individualismo. Salía uno a la calle en actitud de hombre sin obligaciones, con las manos vacías, y podía volver a su casa, si así se le antojaba, con una onerosa compra metida en sus correspondientes bolsas, proporcionadas por los propios comercios. La contrapartida fue que empezaron a verse bolsas desechadas por todas partes, y que el mundo entero se convirtió en un vertedero multicolor y volandero, hecho de bolsas infladas por el viento, de bolsas flotantes, de bolsas semienterradas en la tierra o prendidas de las ramas de los árboles.

Para conjurar esta nefasta consecuencia, leo, las autoridades quieren promover la desaparición paulatina de las bolsas de plástico y la vuelta a las tradicionales cestas o redes de la compra. La decisión me llega en el momento oportuno. Uno ha superado ya, no sólo las timideces de la infancia, sino también las ilusiones que se hacía respecto a ese individualismo despreocupado. La sociedad entera, quizá, anda desengañándose de lo mismo. Como todo lo superfluo, las bolsas de plástico eran símbolo de una época de optimismo desenfrenado. Ahora estamos en otra tesitura. Y vuelve la red, que es como decir que vuelve el sano menudeo, la predeterminación, la transparencia. Y el desamparo, ay.

Publicado el pasado martes en Diario de Cádiz

viernes, julio 23, 2010

PAUSA

Todo ha de tener una pausa en esta vida. Cierro este cuaderno durante un mes, aproximadamente, que es el tiempo que espero descansar de estas rutinas que también son trabajo, y que en las últimas semanas han ido unidas muy significativamente al trabajo propiamente dicho. Terminada la novela, bien puede uno prescindir de los rituales de calentamiento a los que ha recurrido para ponerse en situación de escribir. Volveremos a finales de agosto.

jueves, julio 22, 2010

BENÉFICOS

Ser “justos y benéficos” era una de las obligaciones que la constitución liberal de 1812 imponía a todos los españoles. Y no otro podría ser el objetivo de cualquier legislación progresista: lograr un mundo de hombres buenos, para sí mismos y para el prójimo. No es tarea fácil, y muchos diríamos que ni siquiera parece factible. Otros, más desengañados respecto a la condición humana, dirían incluso que esa meta ni siquiera es deseable, porque el resultado se parecería mucho a esas frías utopías en las que la libertad humana no cuenta. Que el hombre no es siempre benéfico, ni para sí ni para los demás, parece un hecho probado. Y también, que de esta desalentadora evidencia se derivan consecuencias positivas y negativas. Entre las primeras, la infinita capacidad del hombre para transformar sus debilidades en otros tantos estímulos para la innovación y la creatividad. Un hombre sano, como seguramente lo eran los de Neandertal, caza un mamut a garrotazos y lo devora a bocado limpio. Un hombre permanentemente ahíto se estremecerá de placer por el estallido en su boca de una simple burbuja aromatizada, perpetrada por un cocinero alquimista. Entre uno y otro extremo, siglos de civilización, de lento refinamiento de los sentidos, de vaivenes entre la escasez, que obliga a satisfacciones inmediatas y elementales, y la abundancia, que introduce la posibilidad de elegir.

A lo mejor ser “benéfico” significa simplemente eso: saber elegir lo mejor, para uno y para los demás, y que esa elección nunca vaya en detrimento de lo que en justicia corresponde a otros… Leo que las comunidades autónomas quieren prohibir la venta de bollería y refrescos en los colegios, que el presidente del gobierno quiere eliminar de los periódicos los famosos “anuncios por palabras” en los que las prostitutas ofrecen sus servicios, que el de la Junta intenta promover, por un propósito igualitario, la vuelta al uniforme escolar. Todos esos objetivos me parecen muy loables; como me lo pareció, en fin, que una ministra cuyo nombre no recuerdo quisiera prohibir la venta de hamburguesas gigantes, y que otra (o quizá era la misma) quisiera gravar con impuestos disuasorios el consumo de vino. Nuestras autoridades están empeñadas en que todos seamos “justos y benéficos”, especialmente en lo que a hábitos salutíferos se refiere, aunque sea a golpe de decreto. Hay otros medios, quizá: una educación digna de ese nombre; el ejemplo depurado por parte de las clases dirigentes; la observancia estricta de las leyes (las hay) que ponen límites a la zafiedad y el ruido; el respeto a la privacidad y la intimidad. Con todo eso, a lo mejor lográbamos una ciudadanía menos dispuesta a embrutecerse y un poco más respetuosa con el prójimo. Lo otro, la hipocresía ordenancista de los puritanos de turno, más bien puede conseguir lo contrario.

Publicado el martes en Diario de Cádiz

miércoles, julio 21, 2010

PUNTO FINAL

Punto final a la novela. Es la segunda entrega de la trilogía que empezó con Vacaciones de invierno y de la que ya sólo me queda por escribir la tercera. Tres episodios cerrados, ligados sólo por una muy lasa continuidad (auto)biográfica y por un similar planteamiento en cuanto a la relación que se establece entre la historia personal/familiar que se cuenta y los aconteceres externos, situados en ese confuso periodo histórico que llamamos "Transición"... Anoto aquí el propósito, que hasta ahora sólo había figurado en mi cabeza, y me doy cuenta de que las intenciones no terminan de materializarse hasta que no se encuentran las palabras justas con que expresarlas. Iré afinando, claro. Tampoco tengo aún el título de la trilogía, y a lo mejor ni siquiera lo necesita. Sí el de ésta segunda novela: Vida nueva. Y un esbozo ya de la tercera, cuya escritura no comenzará ni hoy ni mañana, porque hay que darse un respiro, y quizá discurrir por otros pagos durante semanas o meses, y atender otros proyectos, hasta situarse idealmente en el punto cero de toda creación, en el momento preciso en el que ésta no puede aplazarse más.

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Esas personas que tienen una orquesta de percusión en la cabeza.Y que la ponen a sonar en cuanto se levantan.