lunes, junio 18, 2018

LA DIVA


La diva -no es irónico: se trata de una verdadera cantante de ópera- no ha tenido un buen día hoy. La han convencido para que cante un par de piezas al cierre de un acto literario. Y ya desde el principio ha habido algún malentendido. "¿Sois primas?", he preguntado a la anfitriona, que tiene el mismo apellido. No hay ningún parentesco, me asegura. Pero he caído luego en la cuenta, pensando en la cara de póquer que la cantante ha puesto al oír mi bienintencionada pregunta, que hacerla era  tanto como dar a entender que ella no estaba allí por méritos propios, sino precisamente en virtud de ese presunto parentesco. Luego, mientras el acto se iba desarrollando, hemos notado alguna tensión entre bambalinas. Al parecer, la anfitriona ha perdido el pendrive que contenía el acompañamiento orquestal de las dos piezas que iba a cantar. El caso es que, llegado el momento, la cantante anuncia que, a pesar de todas las inconveniencias -la falta de acompañamiento musical, la imposibilidad de haber calentado la voz, etcétera- va a hacer lo que pueda. Expectación, no exenta de cierto azoramiento: ¿no estaremos poniendo -nos preguntamos todos- a esta chica en un compromiso indebido? Pero enseguida el milagro de la música nos hace olvidar nuestras prevenciones: las notas de "Visi d'arte", la famosa y muy difícil aria de Tosca, y de "O mio bambino caro" de Gianni Schicchi llenan el local. Al final de la segunda y última pieza, rompemos a aplaudir... Pero, ay, al parecer lo hemos hecho antes de tiempo. Entre rendidos aplausos, la cantante se dirige a la puerta... y se va. No ha habido modo de alcanzarla, siquiera para darle las gracias. La anfitriona la ha llamado y le ha enviado mensajes; inútilmente: no contesta. Y aunque el acto en general ha salido bien y hay motivos para no estar descontentos, queda en el aire un cierto malestar, que flota sobre la sobremesa y nos acompaña durante las copas y la cena. (17/6/2017)

viernes, junio 15, 2018

UN BUEN MOMENTO

Continúa la sensación de vaivén emocional: después del bajón de ayer, a mitad de la mañana alcanzo lo que percibo como un momento de absoluta plenitud física y mental. Las circunstancias que concurren no son en absoluto especiales: una hora libre, un rato de lectura en una terraza después del desayuno, a perfecto resguardo de la calima que castiga el otro lado de la calle y bajo el efecto del más benevolente de los vientos, el sur, que despeja la mente e infunde al cuerpo la sensación de no estar expuesto a ninguna contingencia que se traduzca en frío o calor, molestias o fatiga. ¿Dependerá la felicidad de cosas tan simples? No lo creo, pero sí está claro que esta confluencia de circunstancias ayuda a que aflore una especie de predisposición natural a la aceptación, a la justa consideración de la insignificancia de las contrariedades que habitualmente nos abruman, a la claridad de la mente en correspondencia con el bienestar físico. La consecuencia inmediata es una intensificación de la percepción: no hablo, naturalmente, de ningún tipo de experiencia visionaria, sino de la mera constatación de que ninguna sensación intrusa se interpone entre los sentidos y lo que se supone que éstos deben percibir. La propia lectura, en este estado, resulta doblemente grata: no es sólo una distracción más o menos mecánica, trufada de pequeñas recompensas parciales hasta cierto punto desconectadas entre sí, tal como las percibe una atención dividida entre el objeto al que se aplica y la que reclaman para sí el ánimo y circunstancias del receptor, sino la asunción de un discurso ajeno que se reputa interesante -y que, por suerte, lo es- y que encuentra en la mente del lector una perfecta cámara de resonancia... No me extiendo más. Quizá dedicamos demasiados esfuerzos a la disección del dolor, por ejemplo, y muy pocos a las sensaciones opuestas. Dejo aquí este apunte, por si alguna vez me sirve para situar en su justo lugar las otras.

***

No he vuelto a ver al perro inválido del otro día, ni a la pareja que se esmeraba por ayudarlo a recuperar la movilidad. ¿Se habrán cansado? ¿Habrán llegado a la conclusión de que el pobre animal es insalvable? No quiero pensarlo. (14/6/17)

jueves, junio 14, 2018

SOLANESCO

M.A. ha partido de Madrid con hora y media de retraso, en un tren averiado que se detuvo al poco de salir de la estación, lo que obligó a repartir el pasaje entre otros trenes. Durante el trayecto se escacharró el aire acondicionado y la tripulación hubo de pedir un médico por megafonía para atender a un viajero que quizá no había aguantado tantas emociones. Eso sí: pasada Sevilla, donde se apeaba la mayor parte del pasaje, la compañía tuvo a bien repartir bocadillos entre quienes quedaban. Habría resultado incluso divertido, si no fuera por la sensación de naufragio colectivo que la reiteración de esta clase de incidentes en los servicios públicos y en otras esferas del acontecer ciudadano no hace sino afianzar. La realidad cotidiana se parece cada vez más a los panoramas de vida degradada a la que nos tienen acostumbrados las distopías del cine y la literatura: es el mundo averiado de Blade Runner, por ejemplo. A quienes nos criamos en los espejismos pequeño burgueses de la España tardofranquista, con sus ilusiones de bienestar de clase media para muchos, aunque fuera pagado a plazos, nos costará acostumbrarnos a esa nueva realidad. A otros quizá no: pienso en C., con quien M.A. acaba de pasar unos días en Madrid. Vive en Lavapiés, en un piso minúsculo, en compañía de una chica y un chico norteamericanos y dos perros de tamaño más que mediano. Algunas partes de la finca están apuntaladas y en otras el suelo está tan hundido que es necesario transitar sobre tablas. Leer las placas de los buzones es muy distraído: hay nombres y apellidos de todos los continentes. C. parece estar a gusto en esa mescolanza, aunque a veces se indigna o pasa miedo cuando algún desconocido se dirige a ella por la calle en términos no precisamente gratos o tranquilizadores para una muchacha que pasea sola. Tampoco lo pasa bien cuando, en vísperas de determinadas fiestas, los niños y no tan niños del barrio se divierten haciendo estallar petardos que causan un indescriptible pánico a los perros. 

Todo lo que antecede, lo sé, suena a exageración, o a apunte de tintes solanescos -por el pintor y escritor José Gutiérrez Solana, que pintó y describió la miseria y degradación urbanas de la España de hace cien años-. C. diría que no es para tanto: que la gente vive así, e incluso que esa forma de vida genera un desapego hacia las convenciones y aspiraciones burguesas que quizá sea incluso higiénico y liberador; mejor, incluso, que la achuchada vida de sus padres, atados a decenas de obligaciones y compromisos, además de a una cierta irrenunciable idea del decoro. Bueno. Las perspectivas cambian según la edad. De lo que no estoy muy seguro es de que vaya a variar el marco: es muy posible que ésta llegue a ser la única forma de vida a la que pueda aspirar la mayor parte de la población en las próximas décadas. Me gustaría equivocarme. (13/6/17) 

lunes, junio 11, 2018

AVISPAS


He confundido el tique de aparcamiento: el que llevaba en la cartera no es válido y ahora no puedo efectuar el pago que ha de franquearme la salida. En la caseta de vigilancia no hay nadie y tampoco responde nadie a la infinidad de llamadas que hago por los interfonos de las distintas máquinas que se ocupan del funcionamiento del negocio. El aparcamiento en cuestión es una parcela anexa a las instalaciones portuarias y el entorno es, a estas horas últimas de la tarde, la imagen misma de la desolación: una explanada desierta rodeada de vallas de malla metálica y ceñida por un horizonte de grúas y perfiles de naves de almacenamiento. Reconozco que estoy experimentando una sensación parecida al pánico: acaloramiento, aceleración del pulso, impulso a adoptar alguna solución expeditiva, como salir del aparcamiento por las bravas, llevándome por delante la valla que me veda el paso... 

Antes de hacer eso, me dirijo al coche y miro en el salpicadero y debajo de los asientos. Encuentro otro tique, que resulta ser el válido. Todo se ha debido a una confusión. Pero me queda la duda de cómo podría haber resuelto el problema si, efectivamente, hubiera perdido el tique en cuestión. Salgo del aparcamiento-trampa con el firme propósito de no volver a ponerme en semejante situación de desamparo. Pero cómo evitarlo.

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Más pequeñas contrariedades. A M. le ha picado una avispa y, como es alérgico, ha habido que llevarlo a urgencias para que le pongan una inyección de urbasón. Me he ofrecido a acompañarlo, con lo que la contingencia ha puesto en mi mañana de desocupado una nota de imprevista responsabilidad. En el consultorio nos precedían unos cuantos niños pequeños, todos ellos acompañados, y aquejados de diversas variedades de catarro primaveral. Pienso que no sería raro que me contagiaran algún virus. Pero ninguno de ellos permanece en la sala de espera lo suficiente como para dar tiempo a los gérmenes a viajar de una mucosa a otra: el médico los despacha con fría eficiencia, como quien firma expedientes; de hecho, lo que hace es firmar volantes y recetas, que los atribulados padres se encargan de llevar a toda prisa a la farmacia más cercana. A otros los envía directamente, provistos del correspondiente volante, a la consulta contigua, donde oficia el ATS que hace las curas o pone las inyecciones. De esa dependencia precisamente acaba de salir una mujer adulta, pálida y descompuesta, apoyada en el brazo de una anciana que no parece que pueda sostener a su acompañante en caso de que ésta se desmaye. Al parecer, el dolor del pinchazo le ha causado mareo. La han llevado a una sala adjunta, para que se siente y se recupere. Le pregunto a M. si le dan miedo las inyecciones. Y me dice que en otro tiempo, cuando las necesitaba, se las ponía su mujer, pero que últimamente se las pone él mismo y que así duelen menos. Lo que, después de todo, no deja de tener su lógica. (11/6/17)





miércoles, junio 06, 2018

UN PERRO

Al principio me da la impresión de que están haciendo algo nefando al pobre animal. La escena sucede en el parquecillo que se extiende frente a mi ventana. Un hombre joven trata de envolver a un perro, que parece no poder moverse, en una manta. A su lado, sentada en el césped junto a un cochecito de niño que han usado usado para llevar hasta allí al animal impedido, una chica lo mira en silencio.

Poco a poco, el cuadro va adquiriendo un sentido distinto al que quisieron darle mis temores. Por razones que ignoro, el animal no se sostiene sobre sus patas y el hombre le ha pasado una manta bajo el tronco con la intención de sostenerlo poco menos que en volandas y ponerlo en situación de apoyar sus extremidades en el suelo. No quiero imaginar el origen del daño: un accidente, quizá, o malos tratos —y quiero suponer, en ese caso, que las personas que se esfuerzan por hacerle recuperar sus fuerzas lo han rescatado de un entorno cruel—. El caso es que el animal intuye que le están haciendo bien y mueve alegremente el rabo, y más cuando se le acerca otro perro, que lo ronda cariñosamente y se muestra extrañado de que su congénere no se le una en sus carreras. Cobra entonces un nuevo sentido la presencia del cochecito de bebé: el dueño del segundo perro ha traído lo que, desde mi ventana, parece un juego de esas tiras de sujeción que usan los electricistas para atar los manojos de cables. Con su ayuda, los dos hombres se afanan en convertir el coche, con la ayuda de la manta de antes, en una especie de arnés con ruedas, en el que el perro inválido pueda sostenerse a una altura desde la que sus patas toquen el suelo. Pero el empeño no parece tener éxito: el animal está demasiado débil y prefiere dejarse arrastrar, antes que hacer ningún esfuerzo efectivo por impulsarse con sus extremidades. De vez en cuando, no obstante, atina a dar un paso, lo que provoca el regocijo general de los allí congregados, que lo alientan con palabras cariñosas y le dan palmaditas en el lomo. 

Quiero pensar que todo este designio obedece a las instrucciones de un veterinario y que el animal no resultará dañado por un trato imprudente. La escena se prolonga durante una hora. Luego, en un instante en el que dejo de prestarle atención, sus protagonistas desaparecen. Hago votos porque se dejen ver por aquí algún otro día y el perro dé ya entonces muestras de recuperación. (5/6/2017)

martes, junio 05, 2018

EXCEDENTES

Como todo el mundo está en la feria, en el paseo marítimo los bares tienen la baraja echada. Habíamos salido con la vaga esperanza de que hubiera alguna excepción y pudiéramos sentarnos en alguna terraza a tomar el fresco. Ha habido suerte: hay un bar abierto, e incluso concurrido. Se ve, pensamos, que la docena escasa de personas que no han querido ir a la feria han venido a refugiarse aquí. Casi todas las mesas de la terraza están ocupadas. Pero hay algo más: de dentro del local, al que no llegamos a asomarnos, sale música y por el ventanal que da a la terraza vemos bailar en la semipenumbra a unas cuantas parejas de mediana edad. La camarera nos explica que se trata de un grupo de amigos que, en viernes alternos, se reúnen para merendar y pasar luego el resto de la velada bailando. "Puede sumarse quien quiera", nos dice la chica. Nosotros nos conformamos con saber que seguramente ha sido la certeza de contar con esa clientela asidua lo que ha hecho que el dueño del bar haya optado por abrir en un día como hoy. La alegría programada de esos viejos —o quizá no tanto: puede que la mayoría de ellos tenga más o menos nuestra edad— ha generado, por así decirlo, un excedente, una especie de sobrante, del que hemos podido beneficiarnos. Quién pide más.

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—¿Qué hacéis?
Nada, ver una película. 
—¿Qué película?
—Una argentina de los años 40, La dama duende.  
—¿?
—Sí, el guión lo hace María Teresa León. Es que J.M. está leyendo su biografía y le ha llamado la atención ese dato. Por eso ha buscado la película.
—¿Vosotros no hacéis nunca nada que no tenga un trasfondo cultural?
—Sí, también. Pero eso no lo contamos.

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Para no desmentirnos, durante la cena hemos escuchado algunas canciones de Mariem Hassan, la saharahui de voz cálida que ponía cadencias de blues a las venerables melopeas de su pueblo. Di con ella por casualidad, siguiendo las sugerencias de una lista aleatoria de canciones en una web de música. Desde entonces es una de mis cantantes favoritas. Hoy he sabido también en su día la noticia, que publicó El País, me pasó desapercibida que un cáncer la mató en 2015, a los cincuenta y siete años de edad. Eligió morir con los suyos en Tinduf, en el exilio argelino. Anoto estos datos no sé muy bien por qué. La difusa mitología en la que se insertan las modernas estrellas de la canción abunda en finales dramáticos y prematuros. No es el caso. Su muerte contabiliza, más bien, en las estadísticas de afecciones que hacen estragos en la mediana edad. Nos dejó su música, que no es poco: el repertorio disponible en la web donde suelo escucharla no ha hecho otra cosa que aumentar desde el día en el que leí por primera vez su nombre. Ahora caigo en la cuenta de que entonces vivía aún.

viernes, junio 01, 2018

BARBAS

Una mañana apacible, una terraza frente al mar, una hora libre y un libro que leer —en desagravio, ay, por el que dejé ayer deshaciéndose a la intemperie en medio de un polígono industrial... La combinación no puede ser más favorable. Pero la mesa que he elegido está cubierta por una desagradable película salitrosa, de la playa sube a la terraza un soplo de boca de horno y bajo el toldo suena una insoslayable música machacona. El resultado es que salgo huyendo apenas termino mi desayuno. Y con la desalentadora impresión de que ciertos espejismos de la felicidad sólo lo son vistos a conveniente distancia y rara vez resisten la prueba de la realidad.

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Mi ya crecida barba merece una mención, la primera, en este cuaderno. Me ha deparado una curiosa sensación de pudor retrospectivo: ahora me resultaría incómodo volver a dejar al descubierto ciertas cicatrices faciales que tengo desde la infancia y que ahora, por primera vez desde el accidente que me las causó cuando tenía diez años, resultan invisibles. Alguien me ha dicho que esta profusión de pelo mayoritariamente blanco me hace más joven. No sé. Quizá quiere decir que contrarresta en cierta medida, y por la vía del desaliño, mi ya asentado aspecto de hombre formal: una condición que, ahora que lo pienso, siempre me ha parecido un tanto prematura. (1/6/17)

jueves, mayo 31, 2018

FANTASMAS

En la carretera que atraviesa el polígono industrial sorteo un libro tirado en el asfalto y abierto de par en par por una página que deja ver un texto impreso a renglones partidos. ¿Un libro de poemas arrojado sin más a la carretera? El tiempo que tardo en formularme la pregunta me aleja considerablemente del despojo. No cabe darse la vuelta. Y me causa cierto remordimiento la impresión de que se trata, además, de un libro bien encuadernado —por eso se mantiene limpiamente abierto en la carretera— y quizá antiguo. Pero la imagen se desvanece pronto: las ocupaciones del día dejan poco espacio a esas insidiosas fantasías que comparecen en la primera toma de contacto con la realidad. Y no es hasta el mediodía cuando el fantasma se presenta de nuevo: esta vez son dos los libros arrojados al asfalto, o quizá es el mismo de antes, ahora dividido en dos sartas de pliegos. Ambas, de nuevo, abiertas de par en par y mostrando con toda claridad un texto en renglones partidos. Una vez más, me resulta imposible detenerme. Pienso ahora en los expurgos de libros que he llevado a cabo últimamente en mi propia biblioteca, en los doscientos que he donado o simplemente abandonado en manos quizá menos escrupulosas que las mías. Acaso este fantasma venga a recordarme mi desconsideración. Ahora sólo espero que no venga a aparecérseme en mis pesadillas.(31/5/17) 

martes, mayo 29, 2018

FUTILIDAD

Imagen: pintura de Lita Cabellut
Restemos los pasatiempos: ni cine ni lecturas, por ejemplo. Restemos también los actos imputables a los automatismos de la obligación y la rutina: las faenas domésticas, la ida y vuelta al trabajo, el propio trabajo. Restemos las actividades que responden a necesidades orgánicas o impulsos instintivos. Debe de quedar un margen de vida no condicionada, de libre deambular del pensamiento hacia regiones imaginativas no delimitadas de antemano por los estrechos márgenes de la cotidianidad. Un diario personal, estrictamente hablando, debería referirse únicamente a experiencias de ese tipo. Que suceda más bien lo contrario no contradice la idea anterior. Anotar la rutina viene a ser, en la escritura de diarios, lo que imprimar el lienzo en la pintura: un primer paso en el terreno todavía del prerrequisito, de la preparación, de la satisfacción de ciertas exigencias previas que harán posible el salto imaginativo posterior. Lleva uno doce años acudiendo puntualmente a este cuaderno con la sola intención de manchar el lienzo sobre el que alguna vez habré de trazar, si sucede el milagro, la silueta de algo que acaso se llega a entrever mientras se escribe, pero rara vez queda en el papel. 

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El mar es siempre una posibilidad.

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Venía invitado a cenar. "Supongo que estará todo muy bueno" -dijo, mientras entornaba los ojos como para atenuar la visión de tanta comida que exigía apreciación inmediata-, "pero lo cierto es que a mí comer es una cosa que no me llama la atención". Luego reparó en la música que habíamos especialmente seleccionado para los invitados. "¿Te importa poner esto?", dijo, sacando un cedé del bolsillo de su chaqueta. Cuando acabó la reproducción del disco, por supuesto, exigió volverlo a oír. "¿Aquí a nadie le gusta el fútbol?", preguntó finalmente. "¿Os importa que yo vea el partido, aunque sea sin sonido?". Subrayaba todas estas peticiones con una lenta caída de párpados, como quien acusa un tedio infinito del que, obviamente, no nos hacía responsables, sino que era consecuencia, quizá, de la textura general del universo y del previsible cumplimiento de sus leyes. "Bueno, es tarde ya", dijo apenas pasadas las once. Se mostró muy cumplido en las despedidas. "Quedamos un día para merendar". Quedó en el salón, sobre los platos sucios y los posos del vino, una impresión general de futilidad. Activé el sonido de la tele, para llenar el vacío. (29/5/17)  

domingo, mayo 27, 2018

QUÉ HACEMOS AQUÍ

This is a life of illusion, / Wrapped up in trouble, laced with confusion. / What are we doing here? (Es una vida de ilusión / con envoltorio de problemas y por lazo la confusión. / ¿Qué hacemos aquí?). No son palabras de un poema pesimista, sino sólo unos versos de "Grease", la canción que Barry Gibb compuso para que Frankie Valli la cantara en la obertura de la película homónima. Suelo verla por estas fechas con los alumnos que acaban el bachillerato, por eso de que ofrece una visión entre tierna e irónica de ese mismo momento en un instituto norteamericano de finales de los años cincuenta -la datación es imprecisa: hay una chica, entre las protagonistas, que se cartea con soldados destinados en Corea (la guerra en la península coreana terminó de facto con el armisticio de 1953), pero también hay una escena que sucede en un autocine en el que proyectan La masa devoradora (The Blob) que se estrenó en 1958-. 

Alguna vez he anotado en este cuaderno que lo que me gusta de esta película, aparte de los recuerdos que me trae de mi propia adolescencia, es su carácter coral, el hecho palpable de que siempre hay cosas que suceden en segundo o tercer plano a las que merece la pena prestar atención; pero nunca, curiosamente, me había fijado en esas palabras desalentadoras que cabe oír en el arranque mismo de su andadura. También he dejado anotado alguna vez que, por rutilante que pueda parecer a un espectador español el instituto en el que se ambienta la historia, la realidad es que es un instituto de ciudad obrera y que ninguno de sus alumnos menciona la posibilidad de continuar estudios en la universidad: de sus posibilidades laborales, sólo sabemos que uno de ellos ha trabajado en verano como mozo de carga en Bargain City -una conocida cadena de tiendas de saldos-, y que otra chica ha abandonado el curso para matricularse en una escuela de peluquería. Cabe quizá rastrear en la canción de Barry Gibb -que, al fin y al cabo, provenía de una banda, los Bee Gees, que había grabado canciones comprometidas sobre hechos de su tiempo, como la conocida "New York Mining Disaster 1941", con la que debutaron en América- el eco del desaliento que dominaba Occidente cuando se estrenó la película en 1978, en plena Crisis del Petróleo. Queda ahí esa nota de pesimismo, en medio de una película que no cabe entender de otro modo que como una celebración de la adolescencia -con su dosis de melancolía, claro, porque la propia ambientación en los remotos años de la era Eisenhower dejan claro que su asunto es el pasado idealizado e irrecuperable-.


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La lectura de este libro de la poeta colombiana P. B. me llena de perplejidad. No había leído antes nada de ella y la primera reacción es de asentimiento gozoso: es un libro magníficamente escrito, que parece haber encontrado un modo imaginativo de referirse a la condición humana, sin incurrir ni en el realismo de baja estofa ni en vaguedades filosóficas. Pero lo que me asombra -hasta el punto de que en un momento dado me siento paralizado de dolor- es que su segunda parte parece referir un lance biográfico de la poeta que coincide punto por punto con un hecho similar que afectó a finales del año pasado a una persona conocida y querida por mí. Busco corroboración en internet: en efecto, la persona a la que la poeta dedica esta sección -su hijo- murió exactamente en las mismas circunstancias que esta otra cercana a nosotros, tenía parecida edad, compartía los mismos intereses artísticos -e incluso una estética parecida- etcétera. Le cuento la anécdota a M.A., advirtiéndole que puede resultar dolorosa pero que también aporta -por la contundente refutación que la poeta hizo de todos los infundios que corrieron sobre la muerte de su hijo- algún consuelo, en tanto que fue una enfermedad diagnosticada y arduamente combatida la que finalmente les ganó por la mano, y no un absurdo accidente o un error dictado por la inmadurez. A veces la literatura depara estas extrañas lecciones. En cierto modo, me alegro de que a mí ésta me haya alcanzado desde la fuerza persuasiva de los versos, y no a través del conocimiento previo que yo pudiera haber tenido de la biografía de su autora. Los versos han trascendido su dolor y quizá nos ayuden a trascender -por más que haya importantes diferencias de grado- el que nosotros hemos sentido en circunstancias casi idénticas. 

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Hipocresía de clase media: nunca digas a alguien que te considera de su mismo nivel económico y social que te privas de tal o cual cosa de la que él o ella presume porque... no puedes permitírtela. Al hecho aleatorio de que la presente crisis no afecta por igual a todas las profesiones y a todas las situaciones laborales se une otro de indudable significado moral: algunos no sólo no se han dado cuenta, sino que consideran una impertinencia que se lo den a entender. (26/5/17)       

jueves, mayo 24, 2018

... Y TENDRÁ TUS OJOS


Sólo las decepciones cumplen puntualmente las expectativas del programa de aspiraciones en que consiste la vida de un mortal medianamente ambicioso. Llegan siempre en fecha, irrevocables. Jalonan la existencia con una sucesión de antes y después. Y si entre alguna de ellas se cuela algún logro, éste siempre parece atenuado, por comparación. O quizá es que no resulta tan fácil distinguir una cosa de la otra, y es sólo el ánimo personal -en mi caso, aunque parezca lo contrario, siempre optimista- lo que retrospectivamente asigna su verdadera tonalidad emocional a cada uno de esos hitos de la vida propia: al cabo, todos logros, porque la vida sólo se explica como reafirmación.  


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(Para una galería de actrices.) Leo el poema de Antonio Jiménez Millán sobre la actriz Constance Dowling, incluido en su libro Clandestinidad (2011) y reproducido también en su reciente antología Ciudades. Consiste en una sobria pero muy efectiva versificación de los datos que pueden encontrarse en cualquier nota bibliográfica de la actriz: que fue amante de Elia Kazan, que tuvo una discreta carrera como actriz secundaria antes de marchar a Italia, donde alcanzó notoriedad como protagonista de varios filmes y conoció a Cesare Pavese, quien se enamoró de ella, y que volvió luego a los Estados Unidos, donde protagonizó una mediocre película de ciencia ficción, Gog, el monstruo de cinco manos (Gog, 1954) y se casó con el productor dela misma, Ivan Tors, tras lo cual "se retiró del cine, tuvo hijos, / seguramente la olvidaron todos"; por más que ella, quizá, pudiera no haber olvidado que inspiró el verso y título más famoso de Pavese, "vendrá la muerte y tendrá tus ojos", inspirado por el sentimiento de decepción amorosa que fue parte crucial en la depresión que llevó al poeta italiano al suicidio. 

Acabo de ver precisamente Gog. En ella interpreta a una atractiva ayudante de laboratorio de la que se enamora el científico protagonista. Va vestida siempre con un poco atractivo uniforme de una pieza, similar a un mono de trabajo, aunque lo bastante bien cortado como para dejar ver un cuerpo poderoso, plenamente ajustado al ideal de matrona atlética al que aspiraban las mujeres americanas de la era Eisenhower. Al final de la película, el científico en cuestión la visita en el hospital del que se repone del ajetreado trance final, en el que ambos combaten con un robot controlado desde una nave hostil de origen indeterminado: "El doctor dice que no es nada serio -la consuela-, sólo un ligero exceso de radiación". Luego añade -cito de memoria- que eso les permitirá verse mejor en la oscuridad... No es la única cita de este jaez, en un argumento que explota más quizá de lo habitual el hecho de que en el remoto laboratorio aislado donde tienen lugar los hechos los hombres y mujeres allí encerrados no tenían otra distracción que interactuar entre ellos de ese modo. De hecho, uno de los científicos allí destinados encuentra satisfacción voyeurística en asistir a los ejercicios acrobáticos de una pareja joven que sirve de conejillos de Indias en una cámara antigravitatoria. 

La actriz, qué duda cabe, no tenía la culpa de que su nombre hubiera alcanzado notoriedad en relación al suicidio de Pavese. Pero la vida se complace en estos improbables cruces, y por eso casi resulta imposible ver la película citada sin acordarse de que su título, Gog, es también el de un libro de otro importante autor italiano, aunque de talante muy distinto al atormentado Pavese: el ultracatólico Giovanni Papini, que aplicó este nombre, tomado de un personaje bíblico, a cierto millonario misántropo de su invención que emplea su tiempo y su fortuna en recorrer el mundo para constatar el absurdo de la modernidad y la mediocridad de sus impulsores. Constance Dowling parecía condenada a figurar, de un modo u otro, en las notas a pie de página de la historia de un arte que no era el suyo, la literatura. (24/5/17)

lunes, mayo 21, 2018

HA DEJADO DE SER JOVEN


K. ha dejado de ser joven. A veces calcula erróneamente la distancia de un salto o sobrestima sus fuerzas, y el error se traduce en un gesto de desistimiento: vuelve desdeñosamente la espalda a la altura que pretendía saltar y se marcha, si no con el rabo entre las piernas, que no es gesto típico de gato, sí con un porte triste que resulta difícil describir, pero que se parece mucho a esa afectación de naturalidad, de "aquí no pasa nada", que vemos en las personas que involuntariamente han incurrido en motivo de ridículo. La evidencia es más triste aún por el hecho de tratarse de un animal sano, cuidado y de costumbres sedentarias. En los gatos callejeros la vejez se traduce en costurones y en ese característico aspecto desastrado que da la vida airada. No es el caso de K., cuyo único signo visible de envejecimiento, más allá de la pérdida de agilidad, es la tripa caída. En todo caso, la realidad es ineludible, y de poco sirve pensar que los gatos, como el resto de los animales, no tienen conciencia ni del tiempo ni de la muerte... Yo no estoy tan seguro: cada vez que yerra un salto, por ejemplo, es evidente que el error de cálculo se basa en una engañosa percepción de cuáles eran sus verdaderas capacidades no hace tanto, y de que, consiguientemente, algo ha cambiado en su vida y no precisamente para bien. En cuanto a la muerte, no sabría decirlo. La presupone, de algún modo, su afinado instinto de conservación. Y también, quizá, el pánico que le causa el vernos dormir a deshora, como si esa desacostumbrada inactividad pudiera ser definitiva y privarla de sus fuentes inmediatas de comida y confort. ¿Hay algo más? Quizá también en sus melancolías de animal viejo aliente algo así como una conciencia de pérdida. Pero... (21/5/17)

viernes, mayo 18, 2018

POR NADA

El rato de lectura en la hora del desayuno, en la terraza de la cafetería. Me acompaña esta vez Isabel y Essex, el librito de Lytton Strachey, en la muy azoriniana traducción de Rafael Calleja para Ediciones La Nave. No tiene pie de imprenta, pero las bases de datos de las librerías virtuales de Internet me aseguran que la edición es de 1945. Me la regaló P. B., que la encontró en el mercadillo dominical de Rota. Todos estos factores -el encanto de la edición añeja, el logrado calco de la prosa de Strachey, la grata trama amistosa por la que me ha llegado el libro- confluye en la impresión de plena felicidad con la que disfruto de estos cuarenta minutos. 

No los cambiaría por nada; lo que no quiere decir que me resista de antemano a la posibilidad de compartirlos con otras personas. Hace un rato por ejemplo, se me ha acercado R. Está doblemente jubilado: de la enseñanza, que fue su profesión, y de la política, una devoción que quizá no le deparó las satisfacciones que seguramente esperaba de ella. Ahora dedica su tiempo a sus investigaciones eruditas. Nos cruzamos con frecuencia, puesto que vive muy cerca de mi lugar de trabajo. Ya venía notando yo en las últimas semanas que le apetecía pegar la hebra. Hoy lo ha logrado. Me ha contado sus indagaciones en torno a cierto crítico de cine que colaboró en la prensa local hace medio siglo. Con paciencia ha logrado reconstruir su biografía y encontrar a sus descendientes. La historia es hermosa, porque es tanto como indagar hasta qué punto es indeleble la huella que dejamos quienes nos afanamos en estos menesteres de la escritura a modesta escala, a nivel casi de anonimato y en el pequeño teatro de vanidades que supone el ámbito local. Habla de un empeño modesto pero noble; y también, ay, insuficiente, por cuanto lo que queda reflejado en los textos del momento no es sólo la pasión particular de un individuo concreto, sino también las dimensiones de sus carencias, de lo que le estaba vedado conocer, de lo que su propia trayectoria humana le aconsejaba evitar. El crítico en cuestión, al parecer, padeció cárcel, y no tanto por sus convicciones políticas como por su perfil de ateo recalcitrante. Cuando pudo, naturalmente, hizo lo posible por hacerse perdonar la falta. Lo que no me dice R. es si, a pesar de todo, fue un buen crítico. Le he dicho que no deje de avisarme cuando publique el resultado de su investigación. 


Luego he seguido leyendo, levantando la vista solamente para mirar de vez en cuando a los viandantes. Hace una mañana espléndida. En momentos así, si le pidieran a uno que expresara un deseo, no me cabe la menor duda de qué pediría; que todos los momentos de mi vida fueran así, me ocuparan pensamientos de esta clase, disfrutara de esta peculiar sensación de bienestar físico y mental. Sé que es pasajera, pero... 


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Evitar que la curva emocional del día se parezca a una montaña rusa. Y hacerlo, por supuesto, en detrimento, no de los momentos de perfecta felicidad, sino de aquellos en los que dominan las sensaciones de desaliento, pánico o estrés. Algo me dice que ese logro tiene que ir necesariamente aparejado a un cierto grado de desconexión, de ecuánime distanciamiento: conocerse a uno mismo lo suficientemente bien como para saber hasta qué punto ciertas contrariedades que parecen causar una gran conmoción en las capas más superficiales de la propia sensibilidad en realidad no calan lo suficiente, y por tanto no merecen la atención y preocupaciones y demanda de tiempo que normalmente suscitan. Cultivar, digamos, una especie de porosidad selectiva, por la que solamente nos dejemos impregnar de determinadas cosas externas y no de otras. Parece un programa asequible, aunque quizá sólo a tan largo plazo que, una vez logrado, casi no queda tiempo y vida para disfrutarlo... Pero quizá este último pensamiento no sea sino una última añagaza del pesimismo para disuadirnos de intentarlo. (17/5/2017)

lunes, mayo 14, 2018

MADRUGADORES


Madrugadores: P., vestido de domingo a la puerta de su casa, con su eterna media sonrisa y un pronóstico optimista sobre el día, que ha amanecido soleado; la dependienta de la panadería, a la que desconcierta un poco que le pague el kilo y medio -he comprado pan para toda la semana- en calderilla: un montoncito de monedas doradas sobre el mostrador; los parroquianos que han venido a dar conversación al churrero y sorben bajo el alero del local un café en vaso; el propio churrero en su habitáculo con olor a fritanga, haciendo alarde de los modestos malabarismos que efectúa con las barras de hierro con las que voltea las roscas de masa en el perol de aceite; los perros del vecino, tímidos y asustadizos, que vuelven de su primera salida del día y se apelotonan en la puerta entreabierta en su apremio por ponerse a buen recaudo antes de que se les acerque el extraño que se dirige a la puerta de al lado; M. A., a la que despierto con el anuncio de que traigo churros recién hechos... 

He hecho bien en salir a hacer estas comprobaciones: sí, todo está en su sitio; ya puede rodar el día hasta su punto álgido. Luego ya se verá.

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El secreto de la prosa de Lytton Strachey: una solemnidad fingida tras la que se adivina la sonrisa de un ingenioso algo cansado de escucharse, pero siempre dispuesto a animar una reunión.

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De aquella ilustre tertulia literaria que congregaba, según me dice mi anfitrión, hasta trescientas personas en sus sesiones semanales, sólo quedan media docena de ancianos. Los demás han muerto; y entre los supervivientes, hoy acusan baja dos: una está en el hospital, tratándose de una súbita afección ocular; la otra -me lo dicen en voz baja, como para no airear demasiado el mal presagio- agoniza en su cama. Me han invitado como ejemplo de escritor "vivo" a quien el animoso animador de la tertulia -un hombre relativamente joven, en comparación- cree que los demás deberían conocer. Pero quizá lo de menos sea mi condición de escritor, y lo que verdaderamente importa es que esté vivito y coleando, como quien dice, a pesar de mi ya respetable edad. Ha sido un rato agradable, que hemos prometido repetir -y aquí todos hemos sido un poco temerarios- más adelante, quizá el año que viene, o el otro... (14/5/2017)

jueves, mayo 10, 2018

UNA NECROLÓGICA

Me entero hoy de la muerte de M. Un 23 de abril, Día del Libro, lo que no deja de tener su ironía, si se considera que el difunto se ganaba la vida en un establecimiento del ramo; en concreto, en nuestra librería de cabecera, en la plaza Mina de Cádiz. No sobrevivió al azaroso proceso que supone superar el trasplante de un órgano vital; aunque, por las noticias que tenemos, luchó hasta el final, o al menos mantuvo el tipo y transmitió cierta esperanza a los más cercanos: "Me canso mucho", decía, "pero según los médicos es lo normal". Deja mujer y dos hijas estudiantes, una de ellas todavía en el instituto. Su jefe y compañero de trabajo en todos estos años me comenta que se le echa mucho de menos en la librería, cuyo buen orden en gran medida dependía de él: tales debían de ser los misteriosos asuntos que lo mantenían ocupado en la mesa del fondo, mientras J., el dueño, atendía a la clientela desde una especie de puesto de avanzada situado junto a la puerta. Ayer, me dice J., se leyeron unas palabras en su recuerdo en la Feria del Libro. Es curioso: es éste el primer año en el que me había eximido a mí mismo de acudir a esa especie de obligado compromiso para todos los que tenemos que ver con estas cosas, y el pretexto que me daba para esta especie de indulgencia era que esta librería amiga, debido precisamente a las dificultades aparejadas a la ausencia por enfermedad de M., no iba a estar presente, y con ello quedaba en suspenso mi ya inveterada costumbre de firmar mis libros en su caseta, como vengo haciendo desde hace años. Él nunca estaba: quedaba al frente de la librería, mientras J. atendía esta otra trinchera de su exigente negocio. Quién le iba a decir a M., siempre tan discreto y modesto, que iba a alcanzar este inesperado protagonismo. Descanse en paz. (10/5/17)

martes, mayo 08, 2018

MEJOR EN CASA


Sensación de ciudad tomada. Hay un campeonato de motociclismo y las carreteras y poblaciones cercanas al circuito se han llenado de aficionados que, por razones que se me escapan, no han venido tanto a seguir a sus ídolos desde una tribuna como a emularlos en plena calle y a lomos de una moto. Los hay que, con la máquina inmovilizada, hacen girar la rueda contra el asfalto hasta que el neumático empieza a quemarse. Otros hacen absurdas y peligrosas cabriolas ante un público bobo que los aplaude desde los arcenes. A regañadientes, he venido hasta una de las poblaciones invadidas para cenar en casa de unos amigos. No es el mejor día, desde luego, para circular en coche. De cuando en cuando me rebasa un enjambre de motos. Las normas de tráfico habituales y las señales que limitan la velocidad siguen vigentes, que yo sepa, pero nadie se ocupa de hacerlas respetar. La afluencia, se dice, es buena para el comercio local. Es el mismo razonamiento que ha convertido todas las fiestas populares, sacras o profanas, y cualquier tipo de evento deportivo en ocasiones propicias para la borrachera, la algarada callejera y las demostraciones incívicas. En tiempos de Roma, al menos, estas demostraciones se restringían al espacio acotado de un circo. Las expansiones de ahora no son menos cruentas: el precio de que unos cuantos hosteleros hagan su agosto con el beneplácito de las autoridades es que unos cuantos desgraciados se rompan la crisma en la carretera... Pero mejor, me digo, no hacerse mala sangre al respecto. ¿Que la gente adora estas ocasiones? Adelante. Peor sería que el motivo que las reúne fuera algo que realmente me concerniera. Bien están las cosas como están. Mi error, en todo caso, ha sido no quedarme en casa en una tarde como ésta. Tomo nota para que no vuelva a suceder. (8/5/17)

lunes, mayo 07, 2018

LIMPIEZA


Domingo de limpieza: he desengrasado la cocina y fregado el baño. Ya tengo el alma limpia para toda la semana. (7/5/17)

viernes, mayo 04, 2018

AERONÁUTICA

Vamos entrando en confianzas con la señora que nos sirve el almuerzo; y que, según nos ha contado ella misma, es también quien lo prepara, por lo que adivinamos una agotadora jornada laboral cuyo último episodio, quizá, sea esta brega con la impaciente clientela. Le digo: "¿Queda sangre? " (me refiero a la sangre encebollada, que es uno de los platos del día que primero se agota, y al que casi nunca alcanzamos los rezagados). "Sí que queda. Y si no -aquí hace el gesto de clavarse un objeto punzante en la yugular- yo misma me saco la mía y te la cocino". Llevo semanas, por otra parte, buscando el modo más razonable de organizar el caótico y contundente menú para que se parezca lo más posible a nuestros almuerzos habituales de plato único. Se me ha ocurrido pedir que nos sirva los cuatro platos a la vez, y colocar en el centro, para compartir, las ensaladas y similares, mientras cada uno de nosotros da cuenta de su plato principal. "No le compliques la vida a la mujer, que tiene mucho trabajo", me ha dicho M. A. Y el asunto casi se ha convertido en motivo de discusión. Pero hoy he visto que así es precisamente como se organizan su comida un grupo de trabajadores en una mesa vecina. M. A. parece más convencida. Le he preguntado a la señora si puede ser. "Sí -ironiza-. Y si quieres, te traigo también el postre al mismo tiempo". Pero la verdad es que el contundente primer plato, cuando se come sin la expectativa de ver aparecer a continuación una ración de acedías fritas o un filete empanado, se trasiega mejor. Para compartir hemos pedido pimientos asados y ensaladilla. Todo es cuestión de fantasía. Y nos hemos levantado de la mesa con las ínfulas de quienes, como los obreros aeronáuticos que nos circundan, después de un almuerzo así son capaces de construirse un Airbús ellos solitos. (4/5/17)

jueves, mayo 03, 2018

LASTRES

Ilustración: Manuel Martín Morgado
Me pide M.A. que le busque algunas de sus espaciadas colaboraciones en la revista C., que necesita para un currículum; lo que me da motivo para repasar la colección completa,desde el lejano número 1 correspondiente a enero-febrero de 1996 y en el que yo ya colaboraba con unas traducciones de poemas de Kipling, hasta el último (marzo-abril 2017), en el que publico un ensayo y una reseña. Veinte años de colaboración casi ininterrumpida, en los que hay de todo: cuentos, poemas, ensayos, secuencias de artículos, extractos de mi diario y reseñas de libros; un fiel espejo, pienso, de los modos en los que he abordado la literatura desde que empecé a considerarla, pese a que no vivo de ella, como una actividad que exigía la dedicación y el esfuerzo de una verdadera profesión. Si la revista ha sobrevivido todos estos años, supongo, es porque hay quienes la compran y la leen, e incluso quienes la guardan celosamente, así que no dejo de preguntarme, con ciertas cautelas, si alguno de esos lectores y/o suscriptores, a la vista de la colección, repararán en ese empeño y se habrán formado alguna opinión al respecto; si habrán reparado, por ejemplo, en la diferencia entre el treintañero que escribía en los primeros números, fiado de su intuición y de los impulsos de una cierta iconoclastia muy de época, y el cincuentón de hoy, no menos impulsivo, pero al menos algo más atento al ropaje argumentativo al que fía la credibilidad de lo que escribe. En el fondo, ambos se parecen: los dos sostienen la contraproducente pretensión de seducir al lector mediante el recurso de apelar, no a una posible afinidad cordial, sino a un cierto alarde de discrepancia. No me gusto cuando me leo retrospectivamente: entiendo que no haya llegado a tener lo que se dice un público. Se me puede leer, quizá, con agrado, pero nunca con plena simpatía. Ahora, si acaso, soy más consciente de ello; pero no creo que esté ya a tiempo de solucionarlo.

Miro con sentimientos encontrados la inestable pila de ejemplares que ha ido levantando en el suelo la colección casi completa de la revista. Quizá el error resida en conservar estas pruebas tan elocuentes de la futilidad de los empeños de uno. Habría sido mejor, supongo, prodigarse aquí y allá, como efectivamente he hecho, pero no conservar testimonio alguno de ese fuego graneado. Vivir sin ese peso. Quizá esté todavía a tiempo. (3/5/2017)

martes, mayo 01, 2018

CARACOLES


Se ve que el hombre estaba deseando pegar la hebra. "¿Qué? ¿Se va a llevar usted todo el campo que tenemos aquí?". Lo dice por las fotos que me ha visto hacer. Está la tarde nublada y el cielo presenta una espectacular gama de grises. Y hemos aprovechado el carril de entrada de la venta para hacer una parada en nuestro viaje. Un cartel grande anuncia que hay caracoles. "¿Te apetece probarlos? Invito yo", me dice M. A. El hombre de la venta parece feliz de tener compañía. "¿Son ustedes de por aquí?", pregunta. "Casi. Vivimos en...". Pero la mención de una capital que se encuentra a menos de una hora de carretera de donde estamos no parece disuadirle de la idea de que somos forasteros momentáneamente atraídos por las bellezas del paisaje y, ya puestos, por las delicias de la gastronomía local. A pesar de la cercanía, nos comenta, él si acaso habrá ido a la capital tres o cuatro veces en su vida; lo que no significa que no haya viajado lo suyo: trabajó veinte años en Barcelona y al menos dos veces al año bajaba al pueblo a pasar las vacaciones. Ganó mucho dinero en la construcción. En los años previos a los Juegos Olímpicos no daba abasto. Echaba muchas horas extras. Y todavía disponía de tiempo para hacer trabajos por cuenta propia. "Si no llega a ser por esa racha, ahora no tendría mil doscientos euros de jubilación", se ufana. La venta era de su suegro y, al parecer, él tuvo que volver de Barcelona para hacerse cargo de ella. 

No nos aclara qué relación le une con quienes llevan ahora el negocio, una pareja también entrada en años; quizá son simples arrendatarios. Nuestro interlocutor no parece echar mucha cuenta de ellos. Si acaso, parece hacer alarde de su desvinculación de las obligaciones aparejadas al negocio en cuestión: lo suyo ahora es pasarse las horas en el porche, con las manos en los bolsillos del pantalón impoluto. Hemos pedido una ración de caracoles para llevar. Será la primera indulgencia que nos permitiremos en el puente festivo, después de semanas de actividad frenética. También nosotros, como nuestro interlocutor, nos merecemos un descanso. (1/5/2017)