miércoles, julio 17, 2019

PEREZA


Mareos, posiblemente debidos a algún problema de cervicales. Demasiadas horas ante el ordenador, quizá, a las que ahora sumo las que paso ante el caballete, que relajan la mente e incluso la vista, pero no mi castigado hombro derecho y las áreas concomitantes. Achaques de hombre en baja forma, al que quizá convendría más darse largas caminatas y cansar la musculatura que persistir en empeños de naturaleza sedentaria. Y este verano, para más inri, ni siquiera puedo ponerme la excusa del calor.


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Porque lo cierto es que las temperaturas máximas no rebasan los veintipocos grados, lo que es absolutamente impropio de estas fechas. Los hosteleros -tengo algún amigo en el ramo- se están quejando. Y yo les digo que todo es relativo, y que lo que ellos lamentan como pérdida otros lo reputan ganancia. Un amigo librero, por ejemplo, me dice que, como la gente no puede pasarse las horas centrales del día en la playa, pasea más por el centro de la ciudad y entra en su negocio, que registra, me comenta, un índice de ventas notablemente mayor que en años anteriores. 


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Termino de leer los Cuadernos de la Romana de Torrente Ballester. Me conmueve la absoluta falta de pretensiones de la reflexión que hace al cumplirse el año del inicio de este "diario abierto" publicado en el periódico Informaciones: "Un diario... no es más que una serie de artículos, largos o cortos, que se publican juntos porque hace, tipográficamente, más bonito". Más que artículos cumplidos, quizá, uno diría que cada apunte de un diario de esta clase es el germen de un artículo convencional, que no llega a escribirse porque se queda en eso, en mera posibilidad, y porque no hay ganas ni ocasión de ir más allá. Un diario, le ha quedado por decir al admirable escritor gallego, es testimonio siempre de una actitud perezosa: se deja constancia de que no le faltan a uno ideas, por nimias que éstas sean, y que de lo que sí anda escaso es de ganas para llevarlas a su plenitud, ya sea como semillas de artículos o de narraciones o incluso de poemas. (16/7/2018)

lunes, julio 15, 2019

DESECHOS

Hemos heredado un televisor algo más moderno que el que teníamos, que era un armatoste que pesaba un quintal y ocupaba mucho espacio. Ha llegado, por tanto, el momento de deshacerse del viejo. Y como a uno le gusta hacer bien las cosas, me he informado y lo he llevado a un flamante punto de recogida de residuos. Está en las afueras: una parcela flanqueada de cobertizos y contenedores en los que quedan perfectamente clasificados todos los desechos de los que la gente se deshace. Uno no tiene más que entrar allí con el coche y esperar a que un hombre muy atento, que en absoluto parece el encargado de un basurero, te pregunte qué traes y se te acerce con una carretilla para descargarlo. 

No sé por qué le he dicho, por si el dato le pudiera ser útil, que el televisor funciona aún... Y me ha parecido ver un destello de ironía en sus ojos, como si esa información irrelevante -nadie, ni siquiera una institución de caridad, va a querer un televisor como ése- le hubiera recordado el curioso acto de fe en que consiste su negocio: convencer a la gente para que traiga por sus propios medios mercancías de los que se puede obtener todavía algún rendimiento, y por las que sus propietarios no reciben ninguna compensación, ni siquiera por las molestias. Tampoco, por supuesto, cabe la posibilidad de pensar que por el hecho de traer aquí los enseres viejos se les procura una segunda vida o se les busca un nuevo dueño que todavía pueda usarlos. Por eso me he sentido incluso un tanto ridículo cuando, una vez cargado el televisor en la carretilla, le he dicho al empleado que aguarde un momento y me he sacado del bolsillo la pieza que faltaba: el mando a distancia, que he dejado encima del aparato. El hombre ha sonreído.

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Extraña autoridad la que emana de una chiquilla de doce años cuando, al oír en la cena entre adultos mi confesión de que mi principal achaque es el insomnio, se saca del bolsillo su teléfono móvil y me recomienda cierta "aplicación" que dicta a sus usuarios instrucciones para entrar en trance de meditación y llegar al sueño... Y lo que verdaderamente me intriga no es este tan apabullante como oportuno despliegue de recursos, sino la cuestión de si es algo más que mera curiosidad lo que la ha llevado a procurarse estos saberes, de los que espero sinceramente que no tenga que valerse hasta que tenga mi edad, por lo menos.

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En el silencio de la tarde, mientras escribo, oigo un gemido que parece venir de la habitación de al lado. "¿Ocurre algo?", pregunto en voz alta. Pero los gemidos continúan y mi acompañante ha venido a decirme que no grite de una habitación a otra, que hay vecinos en la casa de al lado y que, igual que a nosotros nos llegan, inconfundibles, las señales acústicas del placentero trajín al que se aplican -y no es la primera vez que esa casa se utiliza como picadero-, ellos podrían haber oído la ridícula pregunta que lancé al aire unos minutos antes y estar partiéndose de risa. (14/7/18)

sábado, julio 13, 2019

ABSTRACCIONES



12/7/18

A mi amigo pintor, notoriamente conocido por su querencia hacia el canon clásico de representación y la pintura figurativa, le han encargado un cuadro... abstracto. Ha sido un deseo expreso de la mujer del cliente, que mi amigo ha asumido como una especie de reto, quizá entendiendo que, donde la destinataria ha dicho "abstracto", en realidad quería decir "informalista". El cuadro en el que ahora anda empeñado, en efecto, es claramente figurativo: se ve que representa un bodegón en el que hay una botella, unas tazas y vasos, unos platos, unas frutas repartidas aquí y allá, todo ello dispuesto sobre un paño colocado en cascada. Pero el conjunto, en vez de estar resuelto con el detallismo habitual en él, queda más bien sugerido en una acumulación de pinceladas anchas o toques de espátula de distintos colores, lo que le presta un acabado entre puntillista y postcubista, a lo Morandi, por la importancia que adquiere la construcción geométrica como principal recurso compositivo. 

Es un cuadro hermoso, y así se lo digo al pintor. Y es también un cuadro que quizá le abra nuevos caminos en su búsqueda incesante de aprendizaje. Pero le comento también que, si yo fuera el cliente y de verdad quisiera un cuadro abstracto, habría acudido a otro pintor, antes que forzar a uno de muy distinto signo a bastardear su estilo y meterse en berenjenales que no le competen. "Sí, yo también habría hecho eso", me responde, con el gesto entre cansado y resignado de quien ya ha bregado con tantos caprichos que uno más apenas tiene importancia.


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"¿No están los pájaros este año un poco alterados? Me da la impresión de que cantan a todas horas, cuando lo habitual es que lo hagan principalmente al amanecer y al anochecer". Mi interlocutora me da la razón y aporta incluso una explicación a este comportamiento anómalo. "Es que está siendo un verano muy fresco y el calor de las horas centrales del día no los aplana. Por eso siguen cantando como si tal cosa". Lo que parece razonable, y desmonta otra antigua creencia mía en la que había basado incluso algún poema: que los pájaros cantan a esas horas extremas, y muy especialmente al amanecer -lo que los ingleses llaman "dawn chorus"- para comunicar a sus semejantes que han sobrevivido a la noche y sus peligros. Ahora sé que lo hacen ex abundantia cordis, como quien dice, y no sólo para señalarse en un hipotético recuento de supervivientes. Y bien está que así sea, porque eso sitúa su canto un punto más allá de esa estricta economía de supervivencia a la que queremos reducir la lógica de la naturaleza en general y del mundo animal en particular. También en esas esferas hay, quiero entender, un momento para la expresión gratuita de una especie de sobreabundancia sentimental. Luego, si no a la vez, vendrá lo otro.

jueves, julio 11, 2019

A VUELTAS CON LA MISMA BIOGRAFÍA

10/7/18

Termino de leer la biografía de CEdeO que ha escrito su paisano -y tocayo mío- JMGG. Mañana redacto la reseña que me han encargado de El Cultural y, a falta de dilucidar aún qué diré en ella, se me vienen ahora a la cabeza mis propios recuerdos del biografiado, al que traté en numerosas ocasiones, casi siempre en compañía de su más fiel anfitrión y discípulo gaditano, el poeta JFP. Debo decir que nunca padecí lo que, según quienes más lo trataron y su propio biógrafo, fueron los rasgos menos gratos de su carácter: sus arbitrarios cambios de humor, su afán de protagonismo en cualquier reunión, su falta de escrúpulo a la hora de declarar su desagrado o falta de interés hacia su interlocutor de turno, cuando éste lo aburría o le resultaba importuno. 

Recuerdo que en alguna ocasión nuestro anfitrión común, el ya mencionado J.F.P., le dio a leer los poemas mecanografiados que yo solía llevarle. Su opinión fue benévola y estimulante: le gustó, por su corrección técnica -un aspecto muy presente en su propia poesía-, un soneto erótico del que yo entonces estaba muy satisfecho y que finalmente nunca publiqué; e hizo alguna que otra broma "postista" a propósito de un poema -que tampoco he publicado- que se llamaba "Mujer ante el espejo", título que tomó como pie para hacer un ripioso pareado, completándolo: "La mujer ante el espejo / tiene cara de conejo...". Creo recordar que, mientras el poeta se distraía con el visitante, sus anfitriones -JFP y su mujer-, aprovechaban para evadirse un poco de su exigente y absorbente compañía. También recuerdo, con anterioridad, que, en un taller literario que el poeta impartió en la sede del Colegio Oficial de Arquitectos, donde su anfitrión era responsable de un Aula de Poesía de cuyos actos yo era asiduo, pidió a los asistentes que dijeran algún verso que recordaran. Y el mío le hizo reír: el sonoro comienzo de la "Salutación del optimista" de Rubén Darío: "Ínclitas razas ubérrimas...". 

Ya fuera en casa de JFP, ya en alguna de esas ocasiones literarias, disfruté varias veces de la compañía de O, e incluso de su conversación, aunque mi timidez o mi falta de habilidades mundanas, de entonces y de ahora, me impidieron sumarme al cortejo que rodeó al poeta en los distintos homenajes y reconocimientos que a partir de entonces se le empezó a tributar y a los que asistí simplemente como espectador: desde su polémico pregón carnavalesco, que asustó a los timoratos por incluir una versión festiva, y para algunos blasfema, del Padrenuestro, hasta sus sucesivos nombramientos como hijo predilecto de, respectivamente, su ciudad natal, su provincia y su región. 

He de reconocer que todos esos homenajes, repetitivos y un tanto cansinos -aunque no inmerecidos, desde luego- me produjeron entonces una cierta sensación de empacho, aunque entendía que el viejo poeta, ya cansado de interpretar su papel de figura extravagante y marginal, los fuera aceptando con indisimulada complacencia, aunque de vez en cuando hiciera gala de lo contrario. En esa faceta, me tocó reseñar algunas de sus últimas publicaciones -reseñas de las que mi amigo biógrafo no se ha acordado, por cierto, al establecer la bibliografía en torno a su objeto de estudio-: el breve libro Sin permiso de ser ángel, publicado en Nueva York, que leí en un ejemplar que me prestó JFP, que fue quien me encargó la reseña para la revista Fin de Siglo sin advertirme que el poeta -de eso me entero ahora, leyendo su biografía- estaba muy descontento con la edición, plagada de erratas, y lo había desautorizado, por lo que es posible que ni siquiera se llegara a distribuir; o Melos melancolía, su último poemario, que reseñé en La Ronda del Libro, un periódico literario que yo entonces dirigía y en el que quise dar especial prominencia al hecho de que el decano de la poesía gaditana contemporánea hubiera publicado un libro de nueva planta y no, como solía, una compilación más de las muchas que iban jalonando su creciente reconocimiento: o la llamada edición definitiva de sus Diarios, que no fue tal, porque su autor no autorizó la inclusión de una parte considerable del mismo, y de la que hice una reseña un tanto fría para El Cultural, quizá porque me disgustó que lo publicado concediera tanto espacio a las elucubraciones más o menos visionarias del diarista en torno a sus lecturas místicas y demás y apenas incluyera lo que el lector de diarios más agradece, que es el relato interiorizado de la cotidianidad: ahora sé que parte de lo que yo echaba de menos estaba en el material que quedó inédito. También he sabido por esta biografía de la innecesaria humillación que infligieron al poeta los organizadores de la  primera edición, y no sé si única, del Premio Canarias de Novela, que el jurado declaró desierto, aunque recomendó la concesión a O. de un accésit por su novela Mèphiboseth en Onou, que finalmente publicó la editorial que promovió el certamen. Se da  la circunstancia de que recientemente he reseñado las memorias de quien fue responsable de dicha editorial, y es una lástima que no supiera yo entonces su papel en la desastrosa gestión de este premio; que, por cierto, no menciona en su libro.

En fin. Llevo más de tres lustros reseñando biografías y escritos autobiográficos, muchos de ellos de autores contemporáneos, y siempre me produce una emoción especial constatar que alguna parte de las vidas de algunos de ellos pudo rozar, siquiera fuera de forma muy circunstancial, la mía, en mi modesta condición de espectador periférico de la vida literaria de las últimas tres o cuatro décadas. Con O. ese trato fue un poco más allá. Por eso he leído con rara emoción esta biografía, hecha por alguien que tampoco oculta su condición de espectador cercano de algunos de los hechos que narra... Dejo aquí estas notas informales. La reseña formal -otra más, ay- la escribiré mañana. 

miércoles, julio 10, 2019

UNA FIESTA

9/7/2018

Es lo que antes las crónicas de sociedad llamaban "una finca de recreo", sólo que, en vez de un palacete con pérgolas y pistas de tenis ("Yo nací -perdonadme- en la edad de la pérgola y el tenis", que decía el poeta), hay una jaima mora y un templete con aires también de morabito, como los que todavía hay en muchos parques españoles. Estamos aquí porque nos han invitado a una especie de concentración festiva de grupos de rock locales, que organiza el dueño de la finca, también músico aficionado e integrante de una banda, la que abre el fuego con su versión de "Long as I can see the light" de The Credence Clearwater Revival, 

La fiesta tiene aires de pícnic, y de hecho nos han dicho que traigamos comida y bebida y sillas y mesas de playa. Cuando llegamos, ya el espacio para aparcar está casi colmado. Habrá, calculo, unas doscientas personas y la media de edad es la mía: en torno a la cincuentena, exceptuando un par de docenas de niños, hijos o nietos de los concurrentes, y alguna que otra abuela animosa. Está previsto que actúen cinco bandas y cada una tocará entre cuarenta y cinco minutos y una hora, por lo que se calcula que la fiesta dure hasta las tres de la mañana como mínimo, sin contar las horas de más que quieran echarle los recalcitrantes que se unan a la prevista jam session final. La noche, desde luego, invita al abandono relajado, y ni siquiera es de prever que, como suele ocurrir en otras concentraciones festivas, al final el alcohol y la mala educación jueguen alguna mala pasada. Por el contrario, el ambiente es exquisito y todo el mundo parece participar de una misma sociabilidad desinhibida y obsequiosa en torno a las mesas bien provistas, mientras los músicos desgranan su repertorio, que mayoritariamente discurre por los cauces del rythm-and-blues, exceptuando quizá a unos rockabillies algo patosos que, después de su actuación y algo pasados de cerveza, hacen lo que corresponde a su tribu, que es increpar, más por envidia que por verdadera rivalidad étnico-musical, a la mejor banda de la velada, que interpreta un repertorio de música exclusivamente negra y tiene por vocalista a una bella muchacha que canta en los registros de Tina Turner o Amy Winehouse. Pero no llega la sangre al río ni los comentarios en voz algo destemplada van más allá de pedir rock-n-roll en vez de tanto blues o soul. 

Y así pasa la noche. Me he apartado de la multitud un par de veces para ir al excusado -impecablemente limpio- y he aprovechado la oscuridad para alzar la mirada hacia el firmamento. No parece que el augusto cielo de verano esté molesto por el estruendo que estas doscientas personas han venido a hacer en medio de lo que normalmente debe de ser un paraje silencioso. Pero estas viejas músicas, que en su día vinieron a perturbar incluso la paz social, ahora no alcanzan ni a espantar a las mariposas nocturnas, que revolotean curiosas en torno a los focos que iluminan el templete. No sabe uno qué pensarán los vecinos, si es que las escasas y dispersas casas colindantes están habitadas. Quizá advertidos con antelación, han optado por pasar la noche en otra parte. 

lunes, julio 08, 2019

GASTRONOMÍA



7/7/18


El hambre te reconcilia con tus ancestros.


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No hay comida que no implique depredación ni digestión que no incluya un momento de arrepentimiento.


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No es que la posición del vegetariano sea moralmente superior a la de quien come carne; ocurre, simplemente, que este último siempre es de algún modo consciente de que entre el origen de su condumio y el momento de comerlo media un acto que es mejor no someter a discusión con quien se cree libre de ese pecado, y quizá de otros.


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A veces bebo para recordarme a mí mismo la sed que no me había dado cuenta que tenía.


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Una vez te acostumbras a tomar los alimentos con palillos, como hacen los orientales, pincharlos con el tenedor te parece infligirles un maltrato innecesario. La vida está llena de concepciones culturales igualmente infundadas.    


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Comer sólo por placer es el camino más seguro para que la comida -lo mismo puede decirse de otros goces- deje de proporcionarte placer.


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La fritura es popular, el asado aristocrático; los guisos, cosa de la clase media.


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Hay museos que producen la misma impresión de hartazgo por saturación que ciertos excesos de comida. Y el motivo es el mismo: la sospecha de que todo ha sido frito con el mismo aceite, o condimentado con los mismos aderezos.


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Lo que te gusta del vino no es sólo el sabor, como lo que te gusta de la poesía no es sólo que esté bien escrita.


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Los programas de cocina en la televisión, las notas de cata en los periódicos y la frecuentación de restaurantes pretenciosos han convertido el comer y el beber en un acto de impostura: es la señal de que a la cocina también le ha llegado la hora del arte moderno.


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Un buen desayuno predispone al optimismo; un almuerzo copioso, al cinismo; una cena excesiva, a los desvaríos culpables de la imaginación.


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Hay comidas de cortejo que son como un paladeo anticipado de lo que vendrá después.


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Más allá de los helados, casi no hay ningún otro alimento que se deje lamer. Y hay descompensaciones que engendran fantasías.


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Mi primer sabor exótico: el del caqui; mi primer efecto de trampantojo: el chocolate blanco; mi primera arbitrariedad: descartar el queso de mi dieta. 


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El placer de comer pescado crudo sería aún mayor si pudiéramos hacerlo con la cabeza sumergida en un arrecife de coral.


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En el reino animal, el gastrónomo por antonomasia es el buitre.


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Ver comer a los cerdos invita siempre a la humildad. 


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Comer por obligación es casi tan triste como sobrevivir por obligación.


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Los afanes espirituales se parecen más a la sed que al hambre, por eso de que los líquidos son más sutiles que el alimento sólido. Un paso más: vivir del aire, que tiene en común con el agua la cualidad de la transparencia. El alma, que es diáfana, sólo puede nutrirse de cosas diáfanas.


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Los ricos envidian siempre un poco el hambre de los pobres, siquiera sea como condimento.


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El capitalismo sabe que el canibalismo es algo más que una cuasi homofonía.


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La mirada y el paladar se envidian mutuamente.


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Por mucho que se le interrogue, ningún plato contiene las respuestas que el inapetente busca en él.


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El diletante come por curiosidad.


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Sólo los árboles saben comer. 

sábado, julio 06, 2019

NUNCA

5/7/18

Ha sido divertido el espectáculo de ver cómo los sucesivos candidatos a presidir Radio Televisión Española que proponía el partido gobernante, carente de mayoría parlamentaria, se creían obligados, nada más ser puestos en el punto de mira de la opinión pública, a borrar todas las opiniones que habían vertido en Twitter durante años, no fuera a ser que alguien encontrara en ellas alguna incorrecta o capaz de herir sensibilidades susceptibles. Estaban curados de espanto: más de una reciente toma de posesión se ha visto ensombrecida por ese minucioso rastreo en busca de alguna mancha en la trayectoria opinante de cada cual. Y el caso es que todos esos candidatos previos, tan pagados de sí mismos como para creer necesario ese ritual de autopurificación, han quedado finalmente descartados; y sin pasado público, por así decirlo, pues ellos mismos se han ocupado de borrarlo. Dan mucha pena. Y queda certificada la naturaleza devoradora de la política: basta que roce un nombre para que toda la vida del afectado quede convertida en un mero perfil opinable, que el público ausculta y digiere durante apenas unas horas para luego arrojarlo al vertedero, de donde probablemente no vuelva a emerger. A mí que no me toquen.


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Llama la atención lo complicada que puede ser la burocracia que sigue a un fallecimiento. Es como si la maquinaria en la que todos estamos insertos se resistiera a dar por perdida una de sus piezas y pusiera todos los impedimentos posibles antes de darse por enterada de que el difunto ya no figura en su nómina de cotizantes, dependientes, deudores o clientes. Y se diría que esa complicación añadida tiene incluso un aspecto benéfico, en la medida que obliga a los deudos del difunto a dejar a un lado el impacto paralizante del dolor y volverse inesperadamente resolutivos. Con un coste, claro: la rabia añadida que supone tropezar, en circunstancias tan dolorosas, con todo un muro de insensibilidad, encarnado en gestos y voces impasibles para los que la muerte es un trámite más, que ha de ir debidamente documentado y certificado. 


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No marchar nunca detrás de alguien que dicta consignas con un megáfono, aunque tenga razón. Nunca detrás de una pancarta, aunque proclame verdades como templos. Nunca en compañía lo bastante numerosa como para hacerte pensar que tu mera individualidad es sólo un añadido prescindible, y del que sin duda se prescindiría si alguien lo considerara beneficioso para la causa común.


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Baño de mar, una hora al sol, ducha reconfortante al volver a casa y... caigo dormido como un bendito a las diez de la noche, para no despertar hasta diez horas más tarde. Hacía meses que no dormía así, si no años. Sensación de vuelta a la infancia, a un tiempo sin preocupaciones ni temores. Pero lo cierto es que tampoco cuando niño gozaba del don de dormir como un bendito durante horas. Otras preocupaciones, otros temores, me atenazaban. Y cómo envidiaba el aplomo, la seguridad de los adultos. Quién iba a decirme que, medio siglo después, esa misma añoranza iba a actuar en sentido contrario. 

miércoles, julio 03, 2019

LA HIGUERA


LA HIGUERA

Sus escasos diez palmos de altura se resuelven 
apenas en el gesto de sus hojas abiertas como manos
que esperan recibir un don de las alturas.

El tallo, sin embargo -sería prematuro
hablar de tronco aún- parece retraerse 
sobre sí mismo como quien
entrevé una amenaza: un resorte en su punto máximo de expansión
justo antes de recuperar su forma,
a pesar de la vara que lo mantiene erguido.

Creció en un herbazal, de donde la arrancaron
para arrojarla a un montón de broza
en el que echó otra vez raíces.

La trasplantaron luego al borde de un camino,
expuesta al ramoneo de las cabras,
que incluso mordisqueaban su corteza.

Un burro suelto le comió las hojas.

Y ahora, trasplantada de nuevo a un seto vivo,
ha arraigado otra vez.

Un vecino ha venido hoy a regarla.

Pone en ella esa clase de ilusión
que causa ser testigo de una supervivencia contra todo pronóstico. 

Él es también un hombre viejo.

Y las higueras, ya se sabe,
incluso las recién nacidas,
son viejas por definición,
como las piedras y los montes.

BIOGRAFÍAS


2/7/2018

2 de julio y todavía no he pisado la playa este año. Estos amaneceres frescos y nublados más bien lo desaconsejan, y por el contrario son ideales para pasear o sentarse tranquilamente a trabajar junto al balcón con las puertas sólo entornadas, para no resfriarse... Pero echa uno de menos, como un ritual higiénico, el sol sobre la piel desnuda y el efecto benéfico de los baños de mar; que, como prescribían los médicos de antes, han de tomarse siete días seguidos para que obren su efecto sobre el cuerpo y el ánimo. Ambos andan muy necesitados estos días.


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De los acontecimientos familiares de los últimos días tiene uno la sensación de haber aprendido algo, aunque no sabría concretar qué. A bien morir, quizá, con lo que ello tiene de última representación ante los demás. No quisiera uno decepcionar a nadie en ese trance; tampoco, que los demás le decepcionaran. Es como decirse: si han estado conmigo, observándome y quizá juzgándome, aunque también prestando apoyo y compañía, en otros actos de mi existencia, desde la primera comunión a las presentaciones de mis libros, por qué no iban a estar también ahí, pendientes del debilitamiento progresivo e irreversible de esa especie de hilo impalpable que te mantiene unido a la vida. Es posible que uno no eche cuenta ya de esas presencias, ni tampoco de su leve impaciencia ante la posible lentitud del desenlace, su conmiseración por lo que ellos juzgan una prolongación inútil de la agonía; aunque sí que es posible que, aun desde la inconsciencia, sí reconozca uno sus voces o perciba sus gestos de benevolencia y consuelo. 

Así fue en el caso de J., de cuyo sepelio se cumple hoy justo una semana. 


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Leyendo una reciente biografía del poeta O., caigo en la cuenta de que lo que más me aleja de su obra -lo genialoide que hay en ella, la premisa insalvable de que sus ocurrencias responden a una personalidad extravagante y descentrada- es un exacto reflejo de su personalidad. Su propio biógrafo,que no disimula su admiración por el objeto de su estudio, se ve obligado a reconocerlo cada pocas páginas: lo peor, explica, del carácter de su biografiado es su absoluta falta de empatía con el prójimo inmediato, ya sean familiares, amantes, maestros o simples compañeros de aventura generacional. De todos y cada uno de ellos acaba distanciándose tras un breve periodo de cercanía que, a la postre, revela no ser más que un interesado tanteo... 

Se pregunta uno si, con estos mimbres, es posible construir un verdadero genio poético, es decir, el talento de formular un discurso en el que generaciones de lectores pueden llegar a reconocer una visión del mundo que ellos mismos no han acertado a expresar, pero que responde a profundas intuiciones de las que no habían sido conscientes hasta hallarlas expresadas en palabras de otro. Quizá esa especie de empatía de radio amplio no pueda llegarse a alcanzar sin la renuncia a las emociones humanas elementales que obedecen a la mera cercanía. En eso, quizá, el arte sea como ciertos sacerdocios, que exigen la renuncia a la vida familiar o afectiva en nombre de una presunta consagración exclusiva a su elevado magisterio. Más bien creo lo contrario: que la esencia del genio artístico en general ha de ser la porosidad, la empatía con todos y con todo, la renuncia, no a la sociabilidad común, sino al igualmente extendido impulso al ensimismamiento. 

Pero ya veo que estas especulaciones no llevan a ninguna parte. Lo que sí tengo claro es que, después de leer esta biografía de O., lo que me resulta innegable es que lo que no me gusta de su personalidad coincide casi al cien por cien con aquello que no me gusta de su propia poesía: lo que tiene de enfatuación genialoide. La salva otro rasgo que sólo podría asumirse desde la humildad: O. era un excelente artífice de la palabra y un gran conocedor de su oficio. Y es difícil llegar a dominar los entresijos de ninguno si uno no posee la esencial humildad de la que se deriva la predisposición a aprender. 

lunes, julio 01, 2019

VACACIONAL



30/6/18 

¿Me estoy volviendo escritor vacacional, que es tanto como decir escritor a ratos perdidos? El caso es que, por tercer o cuarto año consecutivo, el rebrote de la actividad poética sucede en verano y justo desde su comienzo, es decir, desde el momento mismo en el que se tiene la certeza de que se extienden ante uno varias semanas en las que ninguna otra cosa te va a distraer. ¿Es eso bueno o malo? Seguramente ni una cosa ni otra. Eso sí: no es algo de lo que se pueda presumir.


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Tres o cuatro veces detengo la película que estoy viendo para escuchar el canto del pájaro que me llega de la calle. Es todo un alarde de virtuosismo: cadencias perfectamente medidas, delicadas modulaciones, pausas estratégicas... Y, sobre todo, la sensación de que todo eso nace, no de una angustiosa necesidad instintiva -aunque quizá sí-, sino de una milagrosa facilidad que necesita exteriorizarse como contribución agradecida al orden de cosas que la ha hecho posible. Quizá su secreto sea ése: hacer que la obediencia a una ley del instinto parezca una mera explosión de goce gratuito, para sí mismo y para quien quiera o sepa compartirlo. Y cómo destaca, al fondo, el silencio sobre el que borda su canto. En eso es como el canto del grillo: no es tanto un ruido como un modo de pautar el silencio.   

miércoles, junio 26, 2019

REMITE YA


25/6/18

Remite ya la floración primera de los pipirigallos. Ha durado apenas unos días, en los que las altas varas en torno de las cuales se arraciman las flores rosadas con vueltas blancas podían encontrarse prácticamente en cualquier pared de piedra y en todas las cunetas. Luego esa primera flor se seca y las que vienen a tomarles el relevo -las que ocupan, digamos, el segundo nivel de floración en la vara cuajada de capullos- no alcanzan esa pujanza, aunque acaso duren más, como si al arbusto del que parten no las necesitara ya para la función de madurar el fruto -una especie de guisante-, que es en lo que han derivado las otras, y decidiera dejarlas ahí a modo de recuerdo de la explosión de belleza a la que la planta debe su renovación. De esa primera floración corto siempre un ramo, que dura en el jarrón casi lo mismo que las varas florecidas que permanecen en la planta. Sólo que su muerte en vano es incomparablemente más hermosa: la flor rosada se abre y muestra sus vueltas blancas, antes de desprenderse elegantemente de su engarce y caer al pie del jarrón, donde todavía alcanza a exhalar su perfume final, que es el más intenso. A esas alturas, sus hermanas no cortadas por la mano del hombre se han ajado ya en la planta y la mata exuda el olor acre de la vegetación de cuneta. Pero cuando eso ocurre todo parece ya afectado por una misma inminencia de descomposición. Y es que el verano no tiene ya vuelta atrás.


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Castigado por la caprichosa meteorología de estos últimos días, el plantío ha dado apenas cuatro cajas de patatas. Dos hombres se afanan en sacarlas de la tierra bajo el sol ya abrasador de media mañana. Lo hacen por puro placer: la huerta es para ellos una distracción, no un medio de vida. Para chincharlos un poco les pregunto si saben que el vendedor ambulante que pasa por el pueblo a primera hora vende el saco de patatas de diez kilos a siete euros. Sí, me dicen, pero no son estas patatas. Y quien así me ha respondido me muestra la que sostiene en la mano: dura, prieta como un guijarro. Las otras, me comenta, vienen reventonas, con cicatrices que muestran que han sido engordadas artificialmente. Tienen razón. Pero la verdadera razón por la que su esfuerzo merece la pena es otra. Apenas me vuelvo, uno vuelve a sus golpes de azada y el otro empuja la "mulita" o arado mecánico con el que desbroza la parcela para una nueva siembra. Llevan así desde primera hora de la mañana y aún les queda. Yo, en cambio, no sé que hacer con mi tiempo hoy. 

lunes, junio 24, 2019

UNA RESTITUCIÓN


23/6/2018

Desde que dejé Facebook este cuaderno casi se ha convertido en lo que siempre ha aspirado a ser: un diario en el que la expresión de la intimidad, que es su objeto, tiene lugar en el ámbito de la más estricta privacidad. Antes cada entrada era leída por un centenar largo de personas; ahora apenas son una veintena. Y yo sigo preguntándome si el consiguiente cambio que aprecio en mi propia percepción del grado de exposición pública que supone escribir este diario en un medio accesible por cualquiera influye de alguna manera en la naturaleza de los hechos que consigno aquí. Más bien parece que no; lo que me confirma una paradójica sospecha: que el principio de pudor que parece regir los límites de lo que aquí se cuenta no depende tanto de esa percepción de una mirada ajena, como de mi propia exigencia de contención a la hora de escribir. Soy pudoroso por decisión propia; en la suposición, entiendo, de que la verdad que en último extremo espero consignar en estas anotaciones será resultado de ese pudor, es decir, de un principio consciente de selección. Acaso no sea posible abordar un diario íntimo de otra manera.


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Sólo los más viejos sabían que la causa de ese persistente encharcamiento de la ladera era un nacimiento de agua que el tiempo y la incuria habían ido cubriendo de detritos, que terminaron haciéndolo invisible. Hasta que un vecino se propuso recuperarlo. Arrancó arbustos, apartó piedras, cavó hasta posibilitar que el hilo de agua volviera a surgir limpiamente. Luego, con permiso verbal del ayuntamiento, encauzó el caudal, de modo que pasara primero por su huerta y luego fluyera hasta el alcantarillado de las calles que se extienden al pie de la ladera. La vieja fuente había vuelto a ser algo más que el origen remoto de un barrizal insalvable. Ahora el ayuntamiento ha querido poner en valor su entorno: ha abierto una vereda para que los paseantes puedan asomarse al nacimiento, ha plantado árboles para que den sombra y construido un pilón para que quien lo desee pueda refrescarse las manos bajo un caño de agua; y todo ello, al parecer, sin detrimento del provecho que de esas aguas sacaba el vecino que se ocupó de resucitar la antigua fuente. Ahora esa restitución es completa, como si se hubiera consumado la reparación de una vieja ofensa infligida a la ignota divinidad que animaba el siempre inexplicable milagro de que el agua brote de la tierra y se ofrezca como don a quienes sepan agradecerlo. Y quizá lo que falta, para completar esa restitución, sea la construcción de un templete o la erección de una tosca estatua sin rostro. Como es de rigor. 

lunes, junio 17, 2019

UN DIARIO


16/6/18

Leyendo los Cuadernos de la Romana de Torrente Ballester. Como es un diario destinado a ser publicado en un periódico conforme va siendo escrito, no puedo evitar compararlo a este cuaderno mío, sometido más o menos a los mismos condicionantes: la preocupación de encontrar un tono medio que permita la expresión de un cierto grado de intimidad sin incurrir en el exhibicionismo o la mera indiscreción. En ese aspecto, incluso diría que el "diario abierto" de Torrente se atreve con cuestiones que yo no me atrevería a ventear aquí: por ejemplo, sus referencias casi diarias a sus clases en el instituto, a sus alumnos y a las rutinas burocráticas asociadas a la enseñanza. Pero mis motivos para no utilizar este cuaderno para hablar de esas cosas no tienen que ver solamente con un prurito de discreción, sino más bien con todo lo contrario: como hoy en día la posibilidad de desahogar las penalidades laborales está al alcance de cualquiera, y hay quienes lo hacen en los foros más insospechados, me parece un tanto fuera de lugar traerlas aquí. Es sólo un ejemplo. Hoy día, un "diario abierto" como el que se plantea Torrente debería imponerse la cautela de evitar los asuntos a los que comúnmente se aplica la gente que se desahoga en Facebook en en las conversaciones grupales en whatsapp

Más allá de desahogos profesionales y algún que otro lamento gremial, lo que realmente interesa de este diario es el preciso autorretrato que ofrece de un escritor maduro que ha alcanzado el reconocimiento de la crítica y de sus colegas, pero no exactamente la fama, ni mucho menos la popularidad o la riqueza. Sus propios alumnos le preguntan por qué no aparece en los manuales, a lo que modestamente responde que quizá él no es de "los importantes" y que quizá los que sí aparecen en el manual -que adivino que debe de ser alguno de los de Lázaro Carreter, tan populares entonces- son mejores...  En realidad, el mero hecho de que un autor con semejante trayectoria y prestigio esté todavía dando clases en un instituto de enseñanza media a sus sesenta y tres años de edad resulta ya elocuente al respecto. Uno de los temas de fondo de este diario es una especie de sentimiento de desubicación, que no se refiere solamente a la posible insuficiencia del reconocimiento alcanzado, sino también a la sensación de ser un hombre de otro tiempo, incapaz de asimilar las novedades intelectuales del momento -en lingüística, por ejemplo-; y también al balance que hace de su generación, la de los nacidos entre 1905 y 1920, que él ve dispersa y dividida y apenas bendecida por el don de la amistad del que hacen gala los supervivientes del 27, por ejemplo. 

No es que se trate de un hombre amargado: su curiosidad casi universal, su disfrute del trato de los allegados y su rigurosa autoexigencia, más propia de un principiante ambicioso que de un consagrado, se lo impiden. Pero sí es un hombre discretamente pesimista, que no se engaña sobre el signo de los tiempos, que es el de la liquidación del pasado. En ese sentido, en más de una ocasión ironiza amablemente sobre las ínfulas destructivas de los jóvenes que se proclaman "revolucionarios" y sobre el hecho mismo de que los encuadrados en esa franja del espectro ideológico se crean depositarios de la superioridad moral. Torrente, como solía ocurrirles a muchos otros supervivientes de otros tiempos -pienso en nuestro Fernando Quiñones- no se atreve a contradecirlos, mucho menos a rebatirlos. Pero sí marca distancias y aprovecha alguna que otra ocasión inocua -por ejemplo, al comentar el estreno de Anillos para una dama de Antonio Gala- para proclamarse "liberal" e inclinado a preferir la razón particular del individuo a las grandes razones colectivas. 

Y todo esto se va filtrando a lo largo de una minuciosa crónica del acontecer diario en la que se suceden las clases, algún viaje con pretexto literario, las rutinas hogareñas, las lecturas y el encogimiento de corazón ante las inquietantes noticias que llegan del Oriente Medio o de la ya inminente "crisis del petróleo" que terminaría con muchas de las seguridades que Occidente tenía respecto a lo irreversible de su prosperidad o de sus logros sociales. 

Se leen estos diarios con desazón, con la incomodidad que provoca asomarse un tanto inopinadamente a lo que parece el relato de una atareada rutina que apenas acaba de encubrir un sentimiento palpable de desubicación e incluso de fracaso. Nadie diría que quien los suscribe fue un escritor de renombre. Otra cosa es pensar si se le sigue leyendo. Pero esa preocupación ya no puede alcanzarle. 

viernes, junio 14, 2019

QUÉ CLASE DE CRIATURAS SOMOS



13/06/2018

Días de hospital, acompañando a una persona querida que quizá esté afrontando su último trance. La familia,como dictan los tiempos, anda dispersa por medio mundo, pero todos han acudido a lo que parece que será una despedida. A la puerta de la habitación del agonizante se van sucediendo las llegadas y los ya presentes comentan las novedades referentes a los viajes de quienes todavía están en camino, ya sea en avión, en tren, en coche o en combinaciones de todos esos medios. Extraño y conmovedor cosmopolitismo este, que trae aires de Italia, de Malta, de Irlanda o de diversos puntos de España al lecho de muerte de un anciano que ya no conoce a nadie, pero que a veces parece que reacciona levemente -apenas un gesto, un intento de dirigir la mirada, un temblor de labios que no llega a traducirse en habla- al oír unas palabras cariñosas susurradas en su oído por un familiar. También a mí, que vengo de una familia mucho más parca en la expresión de sus sentimientos, me emociona este emotivo trasiego, cuya necesidad nadie ha puesto en duda, y no tanto porque tengamos alguna seguridad de que el principal destinatario de todas esas muestras de cariño esté en condiciones de sentirlas y apreciarlas, sino porque se da por supuesto de que hay lazos inmunes al tiempo y a la distancia. Me consta la efectividad de ese lazo y, dentro del dolor compartido, me siento feliz de ser parte, aunque sea sobrevenida, del grupo humano resultante.


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Y el caso es que es casi imposible pasar unos días en este enorme hospital-colmena sin reencontrar, ya fuera del núcleo familiar, a viejos conocidos a quienes trae aquí alguna contrariedad. Es el caso de A., que fue profesor mío en el bachillerato y que ahora lleva, según la cuenta que me acaba de hacer, dieciocho años jubilado. Nadie lo diría: si no fuera por el pelo blanco, nada ha cambiado en él. Es muy bajito, incluso más que yo, pero siempre ha tenido un cierto porte entre deportivo y marcial, aprendido en los muchos viajes que hizo por el mundo antes de titularse como filólogo y dedicarse a la enseñanza: el relato de esos viajes. recuerdo, ocupaba una parte importante de sus clases, y el resto lo dedicaba a comentar libros o películas no necesariamente relacionadas con el currículo de las asignaturas que impartía -lengua española e inglés-, o a glosar la actualidad política del momento, que era el de la Transición -aunque entonces no se escribía con mayúscula-. Lo curioso es que, en medio de esa aparente inexistencia de temario o programa, los más inquietos acabábamos siguiendo sus recomendaciones y leíamos algunos de los libros que citaba o veíamos las películas que recomendaba o incluso nos esforzábamos por aprender inglés para mejor saborear unos y otras si se daba el caso de que hubieran sido concebidos en esa lengua. Fue, de los muchos buenos profesores que tuve, uno de los mejores y el único con el que llegamos a tener algún trato fuera de las aulas: en verano, por ejemplo, sabíamos que lo encontraríamos invariablemente todas las mañanas bajo una sombrilla en cierto punto de la playa, y allí acudíamos, a charlar con él de lo divino y lo humano. También fuimos alguna vez a su casa: tenía una biblioteca considerable, en la que abundaban los clásicos en inglés, muchos de ellos en ejemplares que tenían el sello de la biblioteca de la base militar norteamericana de Rota: según nos explicó, esos libros procedían de los expurgos periódicos que los responsables de la misma efectuaban cada cierto tiempo para eliminar los libros deteriorados o muy usados. Tal era el origen, en fin, de los libros en los que leí por vez primera la poesía de Yeats o el teatro de Harold Pinter, por ejemplo. 

Me lo crucé esta mañana en un pasillo del hospital. Él y su mujer, en la que reconocí inmediatamente a la mujer treinta años más joven que solía acompañarlo bajo la susodicha sombrilla, escoltaban a otra más joven, la hija de ambos, a quien habían ingresado por una infección de origen bacteriano, de la que ya parecía recuperada. La enferma y su madre, después de saludarme amablemente, se excusaron y continuaron su paseo. Pero A. permaneció conmigo un buen rato, en el que pareció que reanudábamos alguna de las conversaciones que manteníamos hace tres décadas. Me dijo que seguía interesándole la lingüística, y que estaba leyendo lo último de Chomsky, un libro titulado What Kind of Creatures Are We?, que le estaba apasionando. Lo tenía allí, en el hospital, e incluso me pareció que le faltó poco para hacer lo que solía cuando él era mi profesor y yo un adolescente curioso: prestármelo para que lo leyera. Me dio cuenta también de algunos detalles de su vida familiar y se mostró cortésmente interesado por la referencia que le di de mi última novela, que prometió leer... 

Me despedí de él con la sensación de que, a poco que hubiéramos insistido alguno de los dos, hubiéramos intercambiado teléfonos y reanudado la antigua relación. Pero quizá nos pareció que las graves razones que nos habían traído a este hospital no casaban bien con esas expansiones. Ahora me arrepiento de no haber tomado yo la iniciativa. He hecho el cálculo: A. debe de andar frisando los ochenta, casi los mismos años del anciano cuya lenta agonía estamos velando dos habitaciones más allá.  

martes, junio 11, 2019

MARCOS

10/6/2018

En el mercadillo. Compro un par de marcos dorados, a 50 céntimos cada uno, para mis acuarelas. Incluso el gitano que me los ha vendido me mira con extrañeza. "Hay que quitarles el polvo", dice, como si temiera que el despistado que acaba de comprarle esos detritos no cayera en la cuenta. Los marcos conservan todavía el cáncamo con el que colgaban de la pared en no quiero saber qué casa desmantelada. Otro gitano, el que lleva el puesto de enfrente, se burla de su compañero: "¿Has visto? Al final se ha vendido lo mío antes que lo tuyo". Entiendo que entre los dos se organizan para dar un poco de coherencia al muestrario de mercancía que exhibe cada uno, y que por eso los marcos que entre los dos habían podido reunir estaban en el puesto de uno de ellos. No he querido pedir una bolsa, pero da inmediato toda la familia del vendedor se ha movilizado hasta encontrar una, arrugada y casi tan polvorienta como los marcos, que me alargan como si me ofrecieran... no sé, el cadáver traslúcido de una medusa. 

"¿Qué? ¿Has encontrado algo que merezca la pena?", me ha preguntado M. A. a mi llegada. Pero no me atrevo a enseñarle el botín sin llevarlo antes a la cocina y frotarlo con un trapo empapado en líquido limpiamuebles. Y no le confieso que también he estado buscando, en los puestos que exhiben vajillas y cristalerías descabaladas, una copa historiada para mi jerez del aperitivo. 

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Me impresiona la muerte por suicidio de Anthony Bourdain, el famoso chef televisivo. Los periódicos son pudorosos a la hora de dar posibles explicaciones y a lo más que llegan, en la segunda remesa noticiosa tras el primer titular, es a dar el detalle morboso de que el método utilizado fue el ahorcamiento con el cinturón de una bata de baño. Al día siguiente, en un bar, viendo una de esas panoplias de nudos marineros que son tan del gusto de la hostelería local, me acuerdo del dato. La etiqueta que acompaña el corredizo reza escuetamente: "Nudo de horca". Casi se me indigestan los caracoles.

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Hago listas de muertos. Ayer precisamente, cuando tomaba los caracoles, me acordé de cuánto le gustaban a C.V., de cuya muerte se cumplirá un año este verano, Más de una taza me tomé con ella en los bares del barrio, en esas largas veladas que empezaban con un almuerzo de compañeros de trabajo y terminaban a altas horas de la madrugada en un bar de copas. A media tarde ella invariablemente proponía que fuéramos a tomar caracoles, a modo de merienda y por poner una especie de pausa meditativa entre los licores de la sobremesa y los que habían de venir. Era como un rito: un intervalo en el que casi cesaba la enmarañada conversación y nadie atendía a otra cosa que no fuera ensartar bichitos con un palillo y ocuparse de sorber el caldo especiado que goteaba de las conchas. Resulta irónico ahora acordarse de que a esta amiga por poco la mata una afección digestiva contraída en el trópico. Aunque lo que se la llevó por delante, va a hacer ahora un año, fue un cáncer de pulmón. 

sábado, junio 08, 2019

A PRIMERA HORA DE LA TARDE



7/6/2018

En P., el pueblo de al lado, resolviendo una cuestión tributaria. La cita era a las cinco y media de la tarde, pero como no estaba seguro de cuánto tardaría en llegar, al final me he presentado allí con unos cuarenta y cinco minutos de antelación, lo que me ha llevado a cruzar el centro de la población a la hora más intempestiva posible, Menos mal que este principio de junio está siendo fresco, porque no quiero ni imaginar lo que hubiera sido la caminata desde la estación, donde he aparcado el coche, hasta la oficina de marras bajo una temperatura de treinta grados a la sombra, que es lo normal en esta época. Las calles, de todos modos, están desiertas: apenas me cruzo con tres o cuatro personas. Dos de ellas, un hombre de mi edad o incluso mayor y una chica que debe de tener quince o veinte años menos, se están besando apasionadamente en la terraza de la cafetería de un céntrico hotel. Afortunados ellos, pienso, que quizá están alargando la sobremesa del almuerzo y demorando el momento de subir a la habitación... Pero en realidad lo que envidio -la caminata me ha acalorado- es la idea de que en esa terraza a la sombra se debe de estar como en el mismísimo paraíso, y mejor incluso en las habitaciones del hotel, donde seguro que disfrutan de un magnífico aire acondicionado. Yo ya estoy llegando a mi destino. El empleado, como me temía, mueve la cabeza nada más oír mi tribulación. No puede ayudarme, ni tampoco el compañero de otro negociado al que ha expuesto mi caso. Vuelvo sobre mis pasos por la misma calle de antes. Los de la terraza no están ya. En vano intento adivinar, mirando las ventanas, tras cuál de ellas estarán disfrutando de los placeres de la siesta en compañía. A mí me quedan todavía diez minutos de caminata y luego un tramo en coche hasta llegar a casa. Donde, además, hoy nadie me espera.

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Es curioso que todavía esperemos tanto de los gobiernos, cuando lo único cierto es que tenemos por buenos a aquellos a los que acompaña una coyuntura favorable y por malos a los que no tienen esa suerte. Ellos, a lo sumo, pueden limar tal o cual notoria aspereza de las leyes o administrar un poco mejor o peor la ínfima parte de la tarta sobre la que tienen control. De cómo hagan eso depende que se sientan beneficiados tales o cuales miles de votantes que eventualmente les renovarán su confianza o se la retirarán. Eso es todo. Y, sin embargo, cuánta pasión ponemos en defender o condenar esas actuaciones. Mejor se entiende el interés que ellos ponen en convencernos de su importancia. Les va mucho en ello: su fortuna personal, la calificación con la que pasarán a la historia, la confianza de la camarilla de la que dependen. Etcétera.

Sin embargo, y pese a lo dicho, yo también espero cosas del gobierno de turno: que, como resultado de su gestión, funcionen un poco mejor determinados servicios que facilitarían mucho mi vida y las de algunos allegados. Pero todavía no estoy muy seguro de, digamos, el estatus gnoseológico de esa esperanza: si pertenece al orden de las expectativas racionales o al que rige para las combinaciones del mero azar. Otra cosa sería forzar la suerte: en ello fundan su fe quienes se sienten revolucionarios. A veces, para qué negarlo, uno los envidia.


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Cantan a todas horas, pero no con la misma convicción. A primera hora de la tarde, bajo la canícula, parece que lo hacen por pura obstinación, como si quisieran medirse con las chicharras. Al filo de la puesta de sol entonan una solemne despedida. Y sólo a primera hora de la mañana los pájaros, como los humanos, parecen discrepar entre sí: unos, los más tempraneros, tantean temerosamente las posibilidades del nuevo día; otros, los que cantan cuando la luz ya se ha afianzado, lo hacen desde la certeza del que nada ha arriesgado y ya sabe que el sol sale para todos. 
  

miércoles, junio 05, 2019

DODECÁLOGO DEL RUIDO



El ruido viene siempre del infierno. Es el testimonio más concluyente de su existencia y de su tendencia a aflorar en nuestro entorno en cuanto alguien -alguien ya definitivamente condenado- le abre la puerta: por ejemplo, un vecino.

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Hacer ruido es siempre un modo indecente de escenificar la propia locura ante los demás.

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Lo normal es creer que el ruido está siempre fuera. Lo percibimos, sin embargo, porque resuena dentro de nosotros y es indistinguible de la propia orquesta averiada que, a poco que le den ocasión, empieza a sonar dentro de nuestra cabeza.

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A algunos, cuando están en medio del más melodioso de los silencios -el que se percibe de fondo en un paraje en el que confluye un arroyo, cantan los pájaros, una suave brisa mueve la fronda de los árboles y zumban los insectos-, no le les ocurre otra cosa que... gritar.

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Que una de las utilidades principales de la electrónica de consumo sea proveer a sus usuarios de todo el ruido que requieran, a discreción, dice mucho del sentido equivocado del progreso. Y lo más preocupante es que hay quien cree que, cuando hace uso de esos artefactos, lo que está haciendo es protegerse -con auriculares, o con un manto de música que contrarreste la cacofonía circundante- del ruido externo. Y no: lo que está haciendo es inoculárselo.

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Descubrí lo opresivo que puede llegar a ser el ruido la primera vez que me dejaron a solas con el tictac de un reloj.

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Articular palabras es un acto exclusivamente individual: si intentamos hacerlo a la vez que otras personas, en el resultado se percibe siempre el eco de cuando la especie compartía bufidos y chillidos en las copas de los árboles, casi siempre al intuir que un depredador se acercaba.

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Hay quien, al leer, crea para sí el silencio que la lectura requiere; y quien, por el contrario, cree que leer es llenarse la cabeza de ruidos sólo hasta cierto punto soportables. Curiosamente, estos últimos suelen creer que sus lecturas son mejores que las de los primeros. 

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Los pájaros no hacen ruido: pautan el silencio. 

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Los arroyos no hacen ruido: sólo encauzan el silencio por donde pueda fluir.

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Los poetas borrachos de ruido inventaron el Futurismo. Quienes, por el contrario, idearon eso que se llama "poesía del silencio" no hicieron otra cosa que dejar espacio en la página para que resonara en ella el ruido de la tipografía.

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Lo llamaban silencio y era sólo un clamor de desaprobación.

martes, junio 04, 2019

LO QUE IMPORTA


Traer aquí vida, antes que lecturas o películas. ¿Pero no son vida las lecturas y las películas? Pienso en el libro que me ocupa ahora, Carne apaleada de Inés Palou: una terrible novela autobiográfica sobre las experiencias carceleras de la autora, que dio lugar a una notable película de Javier Aguirre que protagonizó Esperanza Roy. Me impresiona como suelen hacerlo las novelas: mediante una especie de ósmosis emocional, por el que uno incorpora a su sentir, antes de ponerlas en juicio, las experiencias de las que la autora quiere hacerle partícipe, dejando actuar sólo en segundo plano el juicio crítico que analiza y deslinda y pone en cuestión. Pero -y aquí la objeción es importante- lo curioso es que, incluso en esa especie de autoconciencia postergada, se abre paso una cadena de pensamientos y recuerdos referidos a las pocas o muchas experiencias propias que uno puede confrontar con las que le cuenta la autora. No ha sufrido uno nunca penas de privación de libertad, pero sí he visitado una cárcel -experiencia inolvidable- o he visto a un chico entre rejas mientras yo, al otro lado, esperaba para declarar en un juicio que no tenía nada que ver con él, lo que no me eximía de sentir un vago remordimiento... También he pasado consecutivamente por un cuartel y un hospital militar, hasta cubrir un trámite que me tuvo privado de libertad prácticamente durante todo un mes... Siento el peso de estas experiencias -muy livianas, si se quiere, en comparación- mientras leo el estremecedor relato de Palou. Y pienso que sí, que la lectura también es vida, y quizá incluso un tipo de vida más intensa que la que se limita al mero acontecer, por activar en el lector la conciencia de habitar por unos instantes tres ámbitos de experiencia distintos y discontinuos, pero ahora sentidos como estrictamente simultáneos: el de la experiencia ajena, vivida desde una absoluta conciencia de otredad; el del momento presente en el que se lee; y el de todas esas experiencias pasadas que la lectura reaviva y actualiza. Vida triple de lector; que, sin embargo, no puede evitar a veces la sensación de que la otra, la verdadera, es la que comenzaría nada más cerrar el libro y, pongo por caso, tomar la decisión de salir a pasear.


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En la inauguración de la exposición anual de A.R.A., el decano de los pintores locales y, por supuesto, mucho más que un simple pintor local. Si ahora lo es, es porque en su día decidió que su lugar estaba en su pueblo, con los suyos, después de haber visto mundo y haber tenido la oportunidad de entrar en los circuitos en los que se consigue dinero y fama. Ahora es un anciano parco en palabras, discreto, extremadamente atento, con esa tímida cortesía de los campesinos -él no lo es, pero lo parece- y de los viejos que no quieren molestar. Su pintura, en cambio, es cada año más desinhibida y audaz, con una seguridad de trazo y una densidad conceptual que ya quisieran para sí muchos otros pintores que alardean de un virtuosismo falto de alma. Y llama poderosamente la atención que, en este pueblo donde tanta afición hay a la pintura, y donde los pintores más o menos profesionalizados se cuentan por docenas, sólo uno -nuestro querido amigo J.A.M.- haya acudido a esta inauguración, y que el público total de la  misma no llegue a la veintena de personas... No sé. Tal vez esperan a que el viejo les falte para hacerle el homenaje que él nunca ha deseado ni pedido. Da la impresión, de todos modos, de que el aludido no echa en falta a nadie. Ha escuchado con atención las palabras de M.A., que ha presentado el acto; luego se ha desvivido por atender en persona a todos y cada uno de los asistentes, en el patio al aire libre -un antiguo claustro conventual- en el que lucían sus cuadros. Y ha declarado que ya está trabajando en los que compondrán la exposición del año que viene. Y eso es lo que importa. (3/6/2018)

viernes, mayo 31, 2019

UNA HISTORIA PERSONAL

Al hilo todavía de la película sobre la vida de Jaime Gil de Biedma: me acuerdo ahora de que en la versión extendida de mi reseña del libro de Dalmau, que publiqué en Campo de Agramante, incluí, a modo de preámbulo, un breve memorial de las ocasiones en las que yo mismo había escrito sobre el poeta; y no tanto porque esos escritos ocasionales tuvieran alguna importancia -no era el caso-, como porque ilustraban mi propia condición de -utilicemos una expresión muy del gusto del poeta- "compañero de viaje" de su andadura editorial y de algunos hitos de su proyección pública en unos años en los que los poetas de mi edad lo adoptamos como modelo literario y casi epítome de lo que considerábamos que debía ser la escritura poética, una vez descartados un tanto sumariamente -es lo que toca hacer a los jóvenes- la poesía que hacían otros poetas cronológicamente más cercanos; es decir, lo que memorablemente decía Chesterton: descartar a los padres para tomar como modelos a los abuelos, que es lo que hacen casi todas las generaciones literarias en ciernes, y a lo que ahora mismo se aplican los poetas que empiezan a escribir: descartarnos a nosotros, anodinos "poetas de la experiencia", para volver a beber en las fuentes, que considerábamos ya agotadas, de la neovanguardia informalista y la poesía social... 

Pero no me quiero apartar de mi asunto. Los hitos en la andadura literaria de JGdB a los que me refiero, y de los que me ocupé puntualmente en los medios en los que entonces colaboraba, fueron la antología de su poesía -con un muy indiscreto prólogo, contrario a la pudorosa privacidad que el poeta, todavía en vida, deseaba para los hechos de su biografía "civil"- que hizo Dionisio Cañas para Cátedra, la reedición de sus diarios y ensayos, la noticia de su propia muerte -que vivimos como un verdadero acontecimiento generacional- y la publicación de la biografía de Dalmau. descontando esto último, los otros hitos siempre los recibí con alguna reticencia, porque de alguna manera me parecía que ninguna de esas loables iniciativas editoriales nos devolvían la realidad plena de un poeta al que precedía su leyenda, que era lo que de verdad nos importaba.

A esa somera "biografía" de mi propia andadura a la sombra del poeta barcelonés podría añadir, se me ocurre ahora, dos hitos más, éstos de naturaleza estrictamente personal. En vano he acudido a mi ejemplar de Lírica española de hoy, la antología escolar de la poesía contemporánea que hizo José Luis Cano para Cátedra y que entonces -felices y desinhibidos tiempos aquellos- se leía en los institutos, para buscar en ella el recorte del recital del poeta en Cádiz el 5 de junio de 1982 -tengo la fecha anotada tras la somera biografía del poeta que abre las páginas que se le dedican en la mencionada antología-: he perdido el recorte, y con él toda posibilidad de poner imágenes -¿vestía el poeta en esa ocasión una especie de guayabera blanca?- a la única ocasión en que lo vi en persona. Sí recuerdo vagamente su dicción, en la que apenas había una sombra de acento catalán, y la impresión de que era un excelente lector de sus poemas. Pero ni siquiera sabría decir ahora qué leyó, aunque es casi seguro que incluyó algunos de sus poemas más conocidos, entre ellos quizá los tres que recopiló Cano en su antología, y que yo ya casi me sabía de memoria: "Vals del aniversario", "Píos deseos al empezar el año" e "Himno a la juventud". 

Todavía pasarían unos meses hasta que me tropezara con un ejemplar de Las personas del verbo en el escaparate de la histórica librería gaditana La Marina -cuyo local aloja hoy una horrible tienda de moda masculina-; y algunos más habrían de pasar para que la revista jerezana Fin de Siglo publicara una entrevista con el poeta que posiblemente se concertó en esa ocasión, y que firmó el poeta gaditano Jesús Fernández Palacios. 

Lo que el poeta decía en esa entrevista nos sonó entonces a música celestial: vindicaba a Manuel Machado, criticaba a Juan Ramón Jiménez por su decisión de publicar en prosa la versión definitiva de "Espacio", desgranaba algunos lugares comunes que todavía no lo eran tanto en torno a poesía, biografía y experiencia, etcétera. Tal fue el leve rastro que dejó el poeta en la pequeña sociedad literaria gaditana, y con él una indeleble sensación de cercanía. Años después leí en la biografía de Dalmau que aquel viaje andaluz tuvo quizá otras concomitancias y sumó algún que otro lance erótico al historial del autor. Qué sabía uno entonces de esos entresijos de la vida literaria, más allá de entrever en ellos una actitud vital que sintonizaba muy bien con las aspiraciones generales del momento -primeros años de la Transición- e incluso con la propia predisposición de uno a gozar de su propia juventud en una época singularmente propicia. Ya se impondría luego la amenaza del sida y la oleada regresiva que trajo consigo.

Y un segundo hito, también insignificante, si se quiere, pero que viene perfectamente a cuenta en este oblicuo relato de mi vida en relación a las sucesivas noticias que iba teniendo del poeta barcelonés. Benaocaz, julio de 2017: estamos cenando con un poeta coetáneo mío y su compañera, barcelonesa, y la conversación nos lleva a rememorar imperfectamente unos versos de "Barcelona ja no és bona o mi paseo solitario en primavera" y finalmente a buscar el poema entero en el teléfono móvil y a leerlo -me toca a mí esa encomienda- en voz alta, con el resultado de que a todos nos embarga la emoción y que la barcelonesa rompe a llorar ante un cúmulo de asociaciones que incluyen el recuerdo de sus padres y su propia incomodidad ante el malestar civil que se ha instalado en la sociedad catalana en los últimos tiempos, y que no tiene nada que ver con las nobles aspiraciones que expresa el poema de Gil de Biedma.

Y aquí dejo el relato, cuyo corolario provisional lo constituyen quizá las contradictorias emociones que me causó la película del otro día; o las que experimento ahora mismo, al redactar estas líneas. (30/5/2018)