viernes, octubre 19, 2018

FISIOLOGÍA

La presentadora dijo de él que era un escritor prolijo, incluso muy prolijo... Lo dijo lo menos tres veces. Y lo que quería decir, o al menos lo que se deducía de las razones que justificaban ese calificativo, es que era muy... prolífico. Fue un lapsus linguae, qué duda cabe, que convirtió un elogio dudoso -porque ¿a qué escritor que se precie le gusta que lo tachen de prolífico, cuando lo que se prestigia es todo lo contrario, el estreñimiento crónico de quien se prodiga poco?- en un abierto insulto: "prolijo" equivale a aburrido y pesado. Y el caso es que... 


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Lo que me recuerda a cierta periodista, entonces muy joven, que me entrevistó una vez y puso como título a la entrevista: "Un escritor de ocasión". Cuando le pregunté qué demonios había querido decir me respondió: "Pues eso, un escritor importante, para grandes ocasiones". Inútil explicarle que lo que había dicho en verdad es que mi humilde persona era un escritor... del tres al cuarto; de saldo, por así decirlo. Quién sabe: si a cada cual hay que juzgarlo por el caso que le hacen, o por los lectores que tiene, o por el entusiasmo que suscita en ellos, lo mismo acertó plenamente.


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La doctora debe tener alrededor de treinta años, si no alguno menos. Es delgada y menuda y se ve que todavía le azora un poco ejercer esa clase de autoridad entre deferente y paternal -o maternal, en este caso- de la que gozan los médicos ante el común de los mortales. Ella todavía no. Me pregunta, como creo que es preceptivo en su cuestionario sobre salud laboral, sobre si padezco alguna clase de estrés. Le digo que no, y luego matizo: bueno, lo normal, aquellas cosas que causan ansiedad a todos. Me pregunta qué cosas son esas, y como le hago un somero bosquejo, más genérico que otra cosa, de la asendereada condición del hombre maduro. me da la impresión que se sonroja, como si hubiera provocado en su interlocutor una indeseada confidencia personal. Yo también me siento un tanto avergonzado: la situación ha adquirido el sesgo ridículo de esas escenas de bar en las que un cincuentón intenta ganarse los favores de una veinteañera por la vía de la autocompasión. No era eso, claro: es sólo que a esta chica le faltan todavía habilidades sociales. Mira los papeles que le han puesto en la mesa los distintos enfermeros que me han ido atendiendo, en esta especie de revisión médica en cadena, un poco como la que le hacen al ganado, que nos ha congregado aquí a quince trabajadores de distintas ramas de la administración. Todo bien, me dice. Veo menos del ojo izquierdo que del derecho -quiere decir que la presbicia me ha creado problemas para enfocar adecuadamente con las lentes bifocales el tablero de letras con el que se mide la agudeza visual-, pero la visión de conjunto de los dos ojos compensa la falta; oigo bien, la tensión sanguínea es la adecuada y los dibujitos que muestra la hoja del electro parecen describir un funcionamiento sano de la prestigiada víscera que nos late en el pecho. "Voy a auscultarlo", me dice. Y luego: "Relaje la nuca". Me ha palpado el cuello muy levemente, como buscándome las cosquillas. "Todo bien. Ya le mandaremos a casa los resultados de los análisis de sangre y de orina". Eso ha quedado allí de mí: un par de tubitos llenos de fluido rojo y un frasquito transparente -¿no podrían hacerlos opacos?- en el que reluce la brasa dorada de los dos dedos de orina que, con mucho esfuerzo, he podido extraer a primera hora de mi vejiga. 

lunes, octubre 15, 2018

UN DÍA DE PLAYA

Extraño día de playa. O quizá es que no estamos acostumbrados a esta forzada armonía entre la luz del pleno otoño y las temperaturas de julio o agosto. A media mañana no soplaba ni pizca de viento y el mar bajo el cielo plomizo estaba parado y liso: sólo al filo de la orilla se sentía a intervalos regulares el sonido del romper del leve oleaje -apenas la ondulación con la que el mar se amoldaba a la orilla-, pautando un silencio al fondo del cual latía el rumor asordinado de la multitud dispersa. De vez en cuando, desgajadas del silencio, llegaban a nuestros oídos palabras sueltas de las conversaciones que iban manteniendo los paseantes que recorrían la orilla. Una muchacha mencionó sus esperanzas de conseguir una beca. Un hombre airado, entre aspavientos, le decía a su mujer que no pensaba ir a no sé qué sitio. El rumor acompasado de la rompiente ahogaba el resto. También las gaviotas, plantadas en la orilla, se dejaban oír en esos intervalos: una de ellas, a pocos metros de nosotros, levantó el pico y la mirada hacia el cielo y soltó una carcajada reverberante y estruendosa. que luego matizó con lo que pareció una sucesión de maullidos. Un poco más allá, un niño perseguía a otras gaviotas, sin conseguir asustarlas lo suficiente como para que alzaran el vuelo. 

Hacia el final de la mañana un viento suave ha rizado levemente el mar hasta entonces liso como una lámina de acero. Lo hemos considerado un aviso. Hemos levantado el campo y regresado a casa. Las gaviotas han ocupado rápidamente el espacio que ha quedado libre.


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Siempre que veo a un vendedor ambulante de refrescos me acuerdo del que entrevistaron en el diario local pocas semanas antes de la entrada en vigor del euro. "¿Cuánto cobra usted por cada refresco?" "Cien pesetas". "Entonces, el verano que viene va a tener usted que devolver mucho cambio a quien le pague con una moneda de euro". "No, porque lo que haré será cobras las bebidas a euro la unidad". Fue el abusivo ajuste que hicieron la mayor parte de los minoristas: redondear sobre la base de una falsa equiparación entre la moneda de cien pesetas y la de euro, que valía en el momento de su salida 167 pesetas. Fue una estafa generalizada. Que, sin embargo, se aceptó sin apenas queja, tal vez porque eran tiempos boyantes y a nadie le importaba que el café o la caña del mediodía se encarecieran en esa medida. Otra cosa ha sido la crisis: la súbita conciencia, para muchos, de que hay que tomar menos cafés por tal de que queden unos euros para comprar un paquete de pasta o legumbres para aviar el almuerzo.

Pienso en estas cosas mientras veo al vendedor de refrescos empujando su carrito por la playa. Él no tuvo la culpa de ese súbito encarecimiento de su mercancía: simplemente, hizo lo que todo el mundo. Y será por el nublado, pero el caso es que, en el largo intervalo en el que lo tengo a la vista, desde que lo veo aparecer hasta que se esfuma en la distancia, no lo he visto parar ni una sola vez para hacer una venta.

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El nublado acorta las distancias. Y es por eso, porque estamos todos más cerca, por lo que nos sentimos más desnudos. (14/10/17)

sábado, octubre 13, 2018

JOSITA HERNÁN



A un actor, a una actriz, tiene uno la impresión de empezar a conocerlos bien cuando los ha visto en varios papeles sucesivos y adquiere esa familiaridad con sus gestos, con el timbre de su voz y su presencia que depara el trato. De Josita Hernán (1914-1999), por ejemplo, tenía yo la referencia, e incluso la certeza de haberla visto en alguna que otra película, pero no he podido decir que la conociera hasta haberla visto en un breve espacio de tiempo en tres de sus mejores películas: La chica del gato (1943), Mi enemigo y yo (1944) y Ángela es así (1945, las tres dirigidas por el muy interesante y hoy olvidado director Ramón Quadreny. 

No era una mujer especialmente bella, aunque tampoco fea; sí graciosa y expresiva, que era algo de lo que parecía especialmente necesitado el cine español de su tiempo, quizá porque la coyuntura nacional-católica prefería ese tipo femenino antes que el de las vampiresas, o quizá simplemente porque el asendereado público de la época demandaba simpatía y escapismo antes que intensidades de otro tipo. Quadreny exploró su lado más indefenso en la conmovedora La chica del gato, ambientada en el Madrid popular y un tanto desagarrado de Arniches; y luego entendió que esa especie de prístina inocencia que traslucía su rostro podía ser una buena máscara para la picardía y el enredo en comedias de salón que formalmente evocaban la atmósfera de las películas americanas de Sturges o McCarey, pero que al español de entonces no podían dejar de recordarle los ambientes en los que se movía la dudosa alta burguesía de entonces, en la que no faltaban los especuladores y los estraperlistas: es el ambiente en la que se desenvuelve la más atrevida de sus comedias, Ángela es así, en la que, tras una trama aparentemente sentimentaloide, en la que una chica sencilla pone una nota de alegría en el corazón encallecido de su tío segundo, entregado a la mala vida y a los amores venales, se transparenta una historia mucho más cínica: la de una muchacha sin recursos que se propone -y lo consigue- enamorar a un viejo rico. 

Tenía ojos protuberantes y expresivos, cara redonda de muñeca y una sonrisa franca en la que se adivinaba siempre un quiebro de timidez o de tristeza. En su ficha biográfica se menciona siempre que fue una mujer con inquietudes: dirigió teatro y escribió poesía, por ejemplo. Lo curioso es que su legado dramático -su gestualidad, su impostada voz entre quebrada y chillona- lo asumieron actrices como Gracita Morales -de quien se puede decir que la imitaba abiertamente- o, de una manera mucho más tosca, Lina Morgan , que incluso protagonizó con éxito en 1970 un remake de otro de un lejanísimo éxito de su antecesora, La tonta del bote (1939).

Me ha gustado familiarizarme con esta especie de Jean Arthur a la española. Es uno de los hitos de esa especie de redescubrimiento del cine español que está propiciando -aunque me temo que con muy escaso impacto- el benemérito programa de televisión Historia de nuestro cine, al que uno debe tantos buenos ratos en los últimos meses. (12/10/17)

jueves, octubre 11, 2018

A NADAR

"Hoy Cataluña ha declarado la independencia. Por la tarde fui a nadar", escribe hoy el cineasta José Luis Guerin en su cuenta de Facebook, remedando alguna célebre entrada del diario de Agustín de Foxá y adelantándose un tanto a los acontecimientos que quizá se produzcan esta misma tarde... Se ha comentado hasta la saciedad el "cinismo" del poeta aristócrata; pero, a la vista de lo que está sucediendo, se pregunta uno si a una persona normal atrapada en medio de una coyuntura histórica acelerada le cabe hacer otra cosa que... seguir viviendo su vida como si nada. Es lo que haría yo, si no fuera por... Pero mejor ni lo escribo.

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Calor de boca de horno. Octubre con temperaturas de julio o agosto. ¿Hablamos del tiempo, quizá, que es lo único de lo que uno no puede sustraerse?


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Por pereza hace días que no me acerco al cajero automático y tengo la cartera vacía, exceptuando unas pocas monedas con las que quizá me llegue para mis cafés de media mañana. Hasta por lo menos el fin de semana no tengo otro gasto previsto, ni ocasión de hacerlo. La vida de una persona ocupada es esencialmente frugal. Y más cuando todo lo que me ocupa lo tengo en casa. Lo que me distrae y molesta, en cambio, viene de fuera. Como cierta reiterada llamada telefónica -del banco, intuyo- que llevo recibiendo hace días, siempre a deshora, como si, más que hablar conmigo, quien me llama quisiera simplemente dejar constancia de mi desinterés o mi ausencia. Como si me llamara para decirme: "Lo que te estás perdiendo". (10/10/17)

martes, octubre 09, 2018

IDENTIDADES


Me manda C. las fotos que se ha hecho imitando las que Man Ray hizo de Kiki de Montparnasse poniendo su rostro al lado de diversas máscara africanas. Las de C. obedecen a un trabajo universitario en el que debe asumir la identidad de los personajes de determinadas fotos históricas y hacer su propio estudio de las mismas en sus diversas implicaciones... Lo que no puede dejar de ser divertido, entiendo, y más cuando se pone en juego ese componente mitómano que siempre posee quien admira la vida y obra de los artistas del pasado. Mejor asumir esas identidades impostadas, dictadas un poco por la novelería, pero también por el conocimiento, antes que otras identidades espurias. Mejor pintarse una ceja y ponerse un peluquín que, pongo por caso, echarse a los hombros una bandera. 


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No me gusta, de todos modos, la palabra "identidad": presupone algo así como una especie de fijación, una artificiosa negación de la mutabilidad de todo aquello en lo que momentáneamente creemos reconocernos. Lo único que permanece de uno es el relato que articula los distintos yoes que uno ha sido a lo largo de su vida; y ni siquiera eso, porque parte del relato se olvida o queda convenientemente falseado en función de los intereses de quien se molesta en reconstruirlo en un momento dado. La identidad personal: un álbum de fotos incompleto, quizá desordenado, con sospechosos huecos en algunas de sus páginas y un relato que cambia según quién sea el interlocutor que te asiste mientras pasas las páginas.


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Hay cosas sobre las que tienes las ideas muy claras pero que, sin embargo, te importan muy poco. ¿Y viceversa? Es muy posible. (8/10/2017)

viernes, octubre 05, 2018

MONTENEGRO

Todavía comentamos en el grupo de gimnasia la actuación, el otro día, de un sustituto que vino a suplir una ausencia de la monitora habitual. En vez de los calculados ejercicios que ésta nos propone, el susodicho nos obsequió con una frenética sesión de entrenamiento, pautada con voces de mando y acompañada de música hortera... Nos mirábamos y nos daba la risa, mientras el musculoso instructor se paseaba entre nosotros a grandes zancadas, dando voces y, de cuando en cuando, sumando la suya a la del cantante melódico que sonaba de fondo... Acabamos simplemente cansados, pero ni mucho menos tan equitativamente exhaustos como nos deja la sesión habitual. Se ha corrido el rumor de que el chico es militar y se dedica a esto por las tardes, para redondear el sueldo, lo que me recuerda que el profesor de gimnasia que tuve en el colegio tenía también esa condición e invariablemente me obsequiaba todos los trimestres con una nota raspada, que en alguna ocasión se convirtió en suspenso, los únicos que he tenido en toda mi vida. Ni que decir tiene lo poco que aquello me animaba a hacer el menor propósito de mejorar. Hoy las ínfulas de sargento de instrucción de este pobre hombre nos han hecho reír. Ahí queda otro viejo trauma de la infancia.

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Ha aparecido en el tablón de anuncios una airada protesta de alguien que se indigna ante el hecho de que el asiento del váter común aparezca salpicado. Todo el mundo, por supuesto, ha entendido que se refiere al de hombres y que la queja se debe a que alguno de nosotros no tiene el pulso todo lo firme que sería de desear, o quizá le falla el sentido de la puntería. En cualquier caso, sí parece haber acuerdo en que la desconsiderada protesta no se ha hecho en el lugar más adecuado, donde normalmente se advierte de cambios de horario u otras incidencias de carácter funcional. En todo caso, ha puesto el dedo en la llaga: aquí casi todos tenemos ya la edad en que aumenta la frecuencia de las visitas al baño. Y ya se sabe que uno no se esmera mucho en lo que hace por mero automatismo, sin pensar. 

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Y una ocurrencia del otro día, al hilo de los sucesos en Cataluña y mientras esperaba a M.A. en una plaza en cuyo centro ondeaba una enorme y quizá algo enfática bandera blanquiverde: Como cunda el ejemplo, me veo viviendo en algo parecido a Montenegro. (5/10/17)

(Imagen: óleo de Antonio López)

jueves, octubre 04, 2018

PELEAS DE GATOS


Maullidos lastimeros al pie del balcón. Un gato de la calle ha debido de intuir la presencia de otros gatos en el edificio y hace lo posible por apelar a nuestra conmiseración para que lo dejemos entrar; no tanto, creo, porque envidie el confort sedentario de los gatos domésticos, sino por simple curiosidad. Los nuestros están también alerta: acusan también la presencia del extraño, la amenaza que supone a su cómoda posesión de un territorio indisputado. Como personas, vaya. 


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En el aeropuerto para despedir a C., que regresa a la Barcelona insurrecta, al igual que varias decenas de trabajadores y estudiantes a los que no les queda otro remedio. En el aeropuerto, ambiente de tristeza un poco impostada, en la medida en la que la gravedad de los acontecimientos, a fuerza de grotescos, resulta todavía un tanto difícil de calibrar. La preocupación, de todos modos, es palpable. Por hacer algo mientras esperamos, paseamos por las tiendas. En una de ellas venden trajes de flamenca. Aún nos quedan ganas de bromear. "¿Me compro uno?", dice C. señalando uno rojo con volantes amarillos. "Creo que voy a triunfar si me presento allí vestida de este modo".


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Tenía razón quien dijo que la edad media de las masas era siempre la de un menor. El emperre, el recurso fácil a la pataleta, la preferencia por la repetición a gritos de la demanda caprichosa antes que la avenencia a dialogar y escuchar... Características, todas ellas, del niño malcriado. Y no parece que la reducción del conjunto de la ciudadanía a esa triste condición sea casual. (3/10/2017)

martes, octubre 02, 2018

UN PASEO OTOÑAL


No es frecuente que yo pasee por el centro de la ciudad un sábado por la tarde, pero el caso es que tengo un par de horas muertas por delante y un libro en la mano y hay una gratísima temperatura de comienzos de otoño, envuelta en una matizada luz que potencia los colores, limpia el aire y da a personas y cosas una prestancia en la que ya están del todo superados los estragos del verano. No hay demasiada gente en la calle, pero la que me cruzo parece empeñada en participar en una especie de coreografía social expresamente ideada para una tarde como ésta: parejas ceremoniosas, muchachas apresuradas vestidas como para una cita, ancianos pausados. Hasta el guardia civil que me ha impedido acortar camino por la verja del muelle exhibía una sonrisa, como si, en vez de ejercer su función en un país normalmente desabrido, interpretara un papel de guardia en un sainete. 

Me he sentado a leer en una plaza. A unos metros de mí, unos niños juegan al fútbol: uno de ellos, el que me parece más rápido y ágil, calza unas chanclas, con las que parece mentira que pueda moverse con esa soltura y chutar con la precisión que lo hace. Los otros lo llaman "Piquito", lo que supongo que es un apodo, en llamativo contraste con los aparatosos nombres bíblicos que lucen los demás: Jonatán, Isaías, etcétera. De la residencia de ancianos de la esquina salen de vez en cuando hombres y mujeres jóvenes o de mediana edad que llevan del brazo a un viejo. Pasan también ante mí parejas jóvenes con niños, hombres y mujeres que pasean perros; también -estamos en Cádiz- un estrambótico trío vestido con ropajes dieciochescos, que parece dirigirse a alguna actuación carnavalesca. 

No me resulta en absoluto complicado registrar estos detalles y, a la vez, enfrascarme en mi lectura. Es un librito breve, de alrededor de cien páginas, que me ventilo en menos de una hora. Luego me levanto y sigo mi paseo. Las plazas cercanas están también muy animadas: de un bar esquinero sale una música estruendosa, coreada por varias decenas de personas que casi cortan la calle. No consigo adivinar el motivo de la celebración: ¿una despedida de soltero? Sí queda claro que se trata de una fiesta privada. He seguido mi paseo hasta el centro de la plaza y, como tenía que escribir unos mensajes en el móvil, me he sentado en los escalones del monumento que hay allí, entre decenas de turistas que hacen lo propio. Yo mismo me siento hoy un poco turista en mi propia ciudad. Al encender la pantalla del teléfono, no obstante, me han saltado a la vista unos pocos titulares alarmantes, sobre los que he querido pasar como sobre ascuas. Hay quien augura grandes desastres, que podrían empezar a ocurrir esta misma tarde, o mañana a lo sumo. Mirando a mi alrededor, me parece imposible que en otros lugares más bien cercanos se esté gestando un conflicto civil de impredecibles consecuencias. Y me acuerdo de haber leído en alguna parte que, para muchos, la tarde de verano que precedió la madrugada del 18 de julio de 1936 fue también una gratísima velada en el mejor de los mundos posibles. Y ya se me ha estropeado el paseo. (1/10/17)

viernes, septiembre 28, 2018

PATROTISMOS


A empacho retórico, dieta de silencio (y quizá alguna que otra lectura depurativa, a modo de laxante).


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Una buena manta abriga siempre más que una bandera.


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Todo lo que se corea acaba siendo mentira por mera multiplicación hasta lo inverosímil de una posible verdad.


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Atar muy en corto a esa parte de nosotros mismos siempre dispuesta a desfilar.


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Hay conmociones históricas que, más que suceder, embisten (y ay del inadvertido que pasaba por allí).


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Descartar como inútil todo entusiasmo público que en privado no te parezca más que un disfraz.

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Mi patria es privada. 


(28/9/17)

jueves, septiembre 27, 2018

SOLEDAD MIRANDA


Soledad Miranda en El conde Drácula (1970) de Jesús Franco: no era mala actriz, e incluso podría pensarse que la cualidad "vampírica" que Franco, Portabella -que la dirigió en Cuadecuc Vampir- y otros descubrieron y potenciaron en ella no era tanto un azar de la fotogenia como un estudiado logro dramático. Lo mismo podría decirse de su condición de malsana musa erótica -explotada al máximo en Las vampiras (1971), ya en el límite de lo pornográfico-, aunque cabe especular que esos triunfos de la pura gestualidad acompañada de pocas palabras tenían sus raíces en la ascendencia gitana de la actriz y su cercanía al mundo flamenco y a su repertorio dramático, en el que ocupan lugar no secundario las poses estáticas de pasión o dolor y la expresividad de los desplantes. No otra cosa hace la actriz en brazos del ya experimentado Christopher Lee: poner los ojos en blanco, como arrebatada por un paroxismo musical, y dejarse llevar a esa otra realidad en la que perecen sumirse los flamencos cuando llegan a los límites de sus posibilidades expresivas. 

Murió en un accidente de tráfico en las inmediaciones de Lisboa, cuando acababa de rodar Las vampiras y, al parecer, estaba a punto de firmar un jugoso contrato con el polémico productor alemán de cine sensacionalista Arthur Brauner. Eran años en los que no asombraba demasiado que una joven estrella ascendente acabara de ese modo, y más cuando se movía en un mundo en el que no estaba muy claro dónde terminaba la pose contracultural y empezaba la mera pérdida de referentes. Hoy todas esas historias dan mucha lástima; y más cuando, como es el caso, de la víctima propiciatoria de turno han quedado imágenes tan sugerentes como las que componen las películas mencionadas. 

Sin pretenderlo, Soledad Miranda puso rostro de Dolorosa a esas figuraciones de la Europa desnortada. Las películas ínfimas que hizo, parece mentira, dan mucho que pensar. (26/9/17)

lunes, septiembre 24, 2018

EN NINGUNA OTRA PARTE

Participo un año más -¿es el tercero?- en el "concurso de bodegón al aire libre" que convoca, al margen de cualquier apoyo oficial, el barrio de San Antón. Decenas de pintores, algunos muy reconocidos, entre los participantes. Yo me he inscrito en la categoría de aficionados, donde tampoco tengo mucho que hacer, salvo pasarlo lo mejor posible y disfrutar de esa inigualable sensación de ser, aunque sea por unas horas, dueño de un espacio público emancipado de toda servidumbre que no sea este desenfadado modo de celebrar la creatividad y el arte. Al final de la jornada, agotado, ceno en uno de los restaurantes que han patrocinado el evento y que, por tanto, es ahora propietario de uno de los cuadros premiados. Hablamos con la propietaria, que tiene sentimientos encontrados al respecto. El cuadro que le ha tocado en suerte no le gusta, lo que da lugar a una animada discusión con otros patrocinadores, también pequeños empresarios locales, que cenan en el local, y a los qué sí les satisface el cuadro que les ha correspondido... No así el del año pasado, porque... 

Sin querer, me he metido en la discusión, con la que me he cruzado cuando iba a lavarme las manos. No sé qué decir. A mí me ha gustado, en general, el fallo del jurado, porque era la primera vez que venían y estaban libres, al parecer, de las inevitables opiniones preconcebidas de quien ha tratado desde hace años a los pintores locales y no puede sustraerse al peso de las brillantes trayectorias de algunos de ellos. Votaron en conciencia. Y entre los premiados hubo, cómo no, nombres conocidos, pero también muchos que no lo eran tanto, al menos aquí, y que este año han tenido su ocasión. Eso les dije a las no del todo conformes patrocinadoras; sin saber que la discusión estaba ya zanjada de antemano, y que, mientras yo me lavaba las manos, parte de la misma había tenido lugar en mi propia mesa, donde una de mis acompañantes emitió lo que me parece el veredicto definitivo sobre este espinoso asunto: "No es lo mismo patrocinar un premio que comprar un cuadro". Aunque lo verdaderamente asombroso de todo esto es que en este barrio de gente sencilla, la mayoría ajena a toda pretensión de lo que normalmente se entiende como conocimientos o intereses artísticos, la pintura pueda ser la comidilla de la vecindad. Eso no ocurre, que yo sepa, en ninguna otra parte. (24/9/17)

sábado, septiembre 22, 2018

BUENOS PROPÓSITOS




Voy dejando aquí estos apuntes que no volveré a leer ni mostraré a nadie hasta por lo menos dentro de un año. ¿Cómo veremos entonces los acontecimientos políticos de hoy mismo, del día en que hago estas anotaciones? ¿Nos acordaremos entonces que de lo único que hablábamos era de Cataluña, y de lo exaltados que estaban los ánimos allí por estas fechas? Por aquel entonces -lo pongo aquí, y no sé si dentro de un año me dará risa o incluso algo de vergüenza leerlo- me dio por ir anotando las propuestas de solución negociada que iba encontrando por ahí. Quizá alguna de ellas, leída dentro de un año, nos parezca la semilla del gran pacto que evitó un enfrentamiento civil de consecuencias incalculables. O quizá todas ellas, en su conjunto, se vean entonces como ingenuos pronunciamientos que no consiguieron siquiera aplazar lo inevitable. Quién sabe. Copio aquí dos de las que he anotado estos últimos días:

1) Un jurista catalán en El País:

"Entonces hice una propuesta de tres puntos: reconocimiento de derechos históricos; competencias identitarias (lengua, enseñanza, cultura) exclusivas; y el dinero, lo más fácil, con un tope al fondo de solidaridad y una agencia tributaria compartida. A estas alturas del siglo XXI una relación de convivencia debe asentarse sobre una base de libertad, y la propuesta debe salir del Gobierno central. Como en el patio del colegio, si se pegan un niño grande y otro pequeño, el primero tiene mayor responsabilidad. Que en cinco años su única respuesta haya sido que la Constitución no lo permite es muy pobre. Con la misma claridad digo que lo del Parlament es un golpe de Estado, y sobre esa base no se puede construir nada firme ni sólido”.

(Intuyo -anotaba yo al margen- que debe de haber mucha gente con propuestas de este tipo en la cabeza; hasta a mí se me ocurre alguna. ¿Por qué no dan un paso atrás quienes hasta ahora se han mostrado reiteradamente incapaces de resolver el problema y saltan a la palestra quienes tienen algo positivo que proponer?)

y 2) Un eminente político nacionalista: "El Govern catalán pide diálogo y el central responde que no puede hacerlo sobre algo que no le permite la Constitución. ¿Podría el Govern catalán desconvocar el ilegal referéndum y el Gobierno central pactar la creación de una comisión de expertos, a modo de las Royal Commissions del Reino Unido, para que en tres meses elaborare [sic] una propuesta política que pueda ser debatida en las Cortes, aprobada si procede, y sometida antes de un año a un referéndum legal para incorporarla luego a la Constitución española?" (Publicado en La Vanguardia).

Sí, parece esto un álbum de buenos propósitos. Ya veremos cómo suena dentro de unos meses.

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Ya quisiera uno para sí la certeza de quienes se pronuncian en contra o a favor de esto o de aquello sin temor a equivocarse. Vive uno instalado en el asombro y la duda, como quien avanza a tientas por un bosque. Pero el bosque no puede ser otra cosa que espeso y confuso, y de poco vale aquí la pretensión de otear a lo lejos lo que de ningún modo se deja ver.


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No hay totalitarismo que no derive en coreografía (yo me entiendo). (21/9/2017)

viernes, septiembre 21, 2018

BARCELONA SUR

Me he aficionado a ver el programa Historia de nuestro cine, que emite el segundo canal de TVE, como en otro tiempo desarrollé casi una dependencia adictiva del programa análogo, aunque enfocado al cine internacional, que presentaba José Luis Garci. Éste fue muy atacado por el hecho de reunir una animosa tertulia de comentaristas que hablaban con notable desparpajo y patente conocimiento de causa de lo que entusiasmaba a todos: la grandeza del cine, la sutileza de sus logros incluso en películas modestas que en su día no tuvieron otra intención que distraer al público. Siempre me llamó la atención el grado de hostilidad que despertaba en algunos el entusiasmo y los conocimientos que desplegaban -podía haber alguna excepción- los integrantes de aquella tertulia cinéfila, y los aspavientos con que era recibida mi humilde confesión de que la seguía lunes tras lunes... Hoy la hostilidad hacia todo lo minoritario se expresa con modos más sutiles: el susodicho programa de La2 simplemente no lo ve nadie, ni nadie lo comenta, ni ningún periodista del ramo se molesta en escribir un simple artículo de apoyo y reconocimiento, aunque sí hay quien permanece atento a cualquier vulneración de la corrección política en la que puedan incurrir sus colaboradores, siempre sospechosos de ensalzar un cine que, en la mayor parte de su recorrido, se hizo durante la dictadura de Franco... 

En fin, en ésas estamos. La última joyita cuyo conocimiento les debo es Barcelona Sur (1981) de Jordi Cadena, un desaforado thriller ambientado en la Barcelona preolímpica, que se nos presenta como un anticipo avant la lettre de los escenarios urbanos de diseño que triunfarían en la llamada "comedia madrileña", entonces en ciernes; sólo que esta Barcelona plagada de bares con luces de neón, drugstores que servían de refugio a la dudosa fauna de la noche y discotecas en las que atronaba la música tecno y se proyectaban los ingenuos vídeos musicales de entonces tenía también un desolador trasfondo de miseria, delincuencia y soterrada violencia, que la película no se molesta en ocultar. De ahí su condición, no sólo de rareza cinematográfica que merece la pena conocer, sino también de insustituible documento de cómo era este país antes de que se dejara encandilar -y domesticar- por los señuelos del consumismo, la banalización de la cultura y la idea de que el único logro del que puede presumir un país son sus balances macroeconómicos. ¿Quién la vio? Y es curioso que, mientras arrecia la llamada "crisis catalana", que a fecha de hay parece haber tomado ya definitivamente los derroteros de la discordia civil, este humilde programa ha proporcionado, a quien haya tenido la curiosidad de verlo, pruebas sobradas de que buena parte del mejor cine que se ha hecho nunca en España se filmaba en Barcelona. (20/9/17)

miércoles, septiembre 19, 2018

COMIENZO DE CURSO


Comienzo de curso. Pese a que ya soy viejo en el oficio, me sigue resultando inevitable cierta sensación de miedo escénico, que en cuestión de horas se convierte en esa especie de soterrada euforia de quien comprueba que algo que inicialmente le causaba algún que otro resquemor se desarrolla sin problemas. Es una curva emocional con la que estoy familiarizado y que nunca me ha resultado paralizante o me ha disuadido de plantearme retos, pero que sí causa desazón por el mero hecho de que se repita una y otra vez en circunstancias parecidas. Luego viene, ya digo, la alegría, la sensación de control, la satisfacción de poseer algo así como los rudimentos de un oficio que al fin y al cabo no se me da mal, y que me evita, entre otras cosas, la necesidad de convertir lo que considero mi otra profesión, la literatura, en un instrumento de supervivencia, con todo lo que eso conlleva. Y es curioso que pocas veces haya traído aquí, a este cuaderno, los pormenores de esta dedicación en la que empleo la mayor parte de mi tiempo; quizá por haber dado por sentado que la relación que rige entre mis dos oficios no es de continuidad o linealidad, sino de complementariedad, en una especie de asumida esquizofrenia por la que el profesor y el escritor mutuamente se excluyen, y el uno no comparece nunca donde oficia el otro, o viceversa. Naturalmente, esto no es siempre así; hay espacios -mi función de bibliotecario escolar, por ejemplo, de un lado, o las ocasiones en las que se me ha requerido, como escritor, para actuaciones que tenían más que ver con la pedagogía pública que con la privacidad que requiere el ejercicio de la creación literaria-  en las que ambas vocaciones parecen convivir en armonía. Me bastan para comprobar que la forzada separación que mantengo entre ellas obedece más a un principio de economía vital que a una clara incompatibilidad. Profesores de instituto, al fin y al cabo, fueron Mallarmé, Antonio Machado o Gerardo Diego, así que no debe ser del todo imposible desempeñar ambos oficios simultáneamente. Digo yo. (18/9/17)

martes, septiembre 18, 2018

SABER ESPERAR


Sol a plomo y viento desabrido a partes iguales: otoño en ciernes. Lo acusa el cuerpo con una especie de malestar generalizado que parece anunciar un catarro que no acaba de romper. Me animo pensando, sin embargo, que mi ánimo se acompasa mejor a las estaciones intermedias que a las extremas; que hay otro lado del otoño que consiste simplemente en el espectáculo del progresivo acortamiento de los días, de los castaños amarillecidos, de la luz de las tardes virada a una tonalidad violeta que parece invitar a los placeres recatados, a la alegría convivial, a la percepción del gozo del cuerpo como una sutil variante de los gozos del espíritu. Definitivamente soy un espíritu otoñal. Pero este viento, este amago de catarro... Quizá sea el modo que el otoño tiene de decir que no se aviene con todos, y que quien quiera algo de él tiene que saber esperar. (17/9/2017)

viernes, septiembre 14, 2018

ARGUMENTOS

¿Tiene la vida argumento? Repaso entradas anteriores de este diario y la única continuidad que les veo es la presencia en todas ellas de un mismo sujeto que se expresa desde una muy previsible gama de estados emocionales. Ve cosas, le pasan cosas, se entera de cosas; pero pocas de ellas llegan a evolucionar lo suficiente como para constituirse en la trama de un relato que cuente con un desarrollo y un desenlace... Quizá un diarista no pueda ser otra cosa: no tanto el protagonista de un relato, como la matriz en la que confluyen decenas de relatos ajenos de los que sólo le cabe percibir un momento muy concreto de su desarrollo, sin que normalmente le sea dado ir más allá.

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Todas las noches se pelean, aunque habría que matizar si esas peleas lo son de verdad o son sólo un estado particular de convivencia al que han llegado. No se insultan, no parece haber riesgo de que se agredan. Lo que se oye -en el silencio de la noche, la bronca es perfectamente audible en toda una manzana- es una ininterrumpida sarta de reproches por parte de ella, normalmente referidos a las ausencias de él, a quien sus trapicheos ocupan a veces más tiempo del que ella cree necesario, o a presuntos celos; mientras que él se limita, con voz desgarrada, a negar las acusaciones. Oyéndolos es imposible conciliar el sueño y hay vecinos, por tanto, que protestan, que golpean paredes aledañas o dejan caer sus persianas de un golpe seco, para expresar su enfado. No se entiende muy bien que esa discusión interminable pueda extenderse horas y horas y una noche tras otra. A veces advertimos en ella la deriva errática de los discursos de los borrachos o los drogados, y seguramente hay algo de eso en el asunto... También ésta es, en cualquier caso, una historia que no avanza, que no registra novedades, a la que no se le adivina un final. O sí, quién sabe.

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Todavía no he puesto nada en este cuaderno de los acontecimientos políticos que han traído de cabeza al país en las últimas semanas. Si alguien lee estas líneas dentro de unos meses, o años, pensará con razón si es que yo no me enteraba de nada de lo que estaba pasando. Y le diría que sí, que me enteraba; pero que una cosa es percibir un rumor de fondo y otra muy distinta considerarlo parte de ese relato sin argumento que uno intenta articular aquí. (13/9/17)

miércoles, septiembre 12, 2018

ÚLTIMA TARDE DE PLAYA


Última tarde de playa... Quiero decir que, aunque la playa siga aquí, tan a mano, cabe prever que habrá pocas ocasiones de pasar en ella una tarde de domingo como la de hoy. Las tardes de domingo son, por definición, laborables, como son festivas las de los viernes. Pero hoy todavía no cuenta esa ligera dislocación funcional del carácter de los días. Hay poca gente en la playa, de todos modos. El turismo masivo se ha ido ya y lo que abunda ahora en las explanadas aledañas, que sirven de aparcamiento, son las autocaravanas de quienes viajan fuera de temporada. En la playa propiamente dicha no hay casi nadie: a unos cien metros a mi izquierda, el bulto de una pareja tendida en la arena; o, mejor dicho, ella tendida encima de él y simulando, con los bañadores puestos, los movimientos de una pausada cópula, a efectos de acumular una excitación que, supongo, tendrá sobre ellos el efecto de un poderoso estimulante. A mi derecha, igual de lejos -en los espacios amplios tendemos a ser equidistantes- otras dos parejas han extendido una red entre dos postes y juegan un partido de tenis. Sopla un poniente suave, que causa sensación de frescor sin llegar a dar frío, incluso cuando uno sale del agua. Hemos dado un largo paseo y comprobado que, en los dos o tres kilómetros que hemos recorrido, la situación es más o menos la misma: parejas fogosas y deportistas, algún que otro nudista de dudosa intención más o menos agazapado entre las dunas, paseantes como nosotros... Después del paseo y del baño nos hemos puesto a leer. El rumor del mar, que equivale a un estruendo, en estas extensiones tiene el efecto de un filtro que elimina o empequeñece cualquier otro ruido, y el resultado es una sensación de silencio solemne, como bajo un espacio abovedado. Tengo la cabeza despejada y soy capaz de concentrarme plenamente en lo leído y, a la vez, tener los sentidos abiertos a las sensaciones que me depara el entorno. Y soy feliz, en el único sentido que puede tener esta palabra cuando expresa un estado de profunda armonía entre lo interno y lo externo, de control sobre tus sensaciones y procesos mentales, de plenitud en el alcance de ambos. (11/9/17)

domingo, septiembre 09, 2018

INTIMIDADES

Sensualidades de septiembre. Los turistas de agosto se han marchado ya y desde el paseo marítimo la playa se ve más tranquila, aunque todavía muy concurrida. El ambiente, no obstante, anima a sentirse en una cierta intimidad, al haber aumentado la distancia media entre bañista y bañista, cada uno en la pequeña isla que forman sus enseres, su tumbona o toalla extendida y su propio cuerpo festoneado por una mancha de sombra líquida. Es el momento de esos privilegiados que pueden tomarse vacaciones cuando todos los demás vuelven al trabajo: matrimonios mayores, sobre todo, pero también gente más joven y de aspecto acomodado; entre ella, algunas mujeres bellísimas en torno a los cuarenta o cincuenta años: que, como están las cosas, es la mejor edad para una mujer. Muchas llevan los pechos al aire con una falta de afectación que es el exacto reverso de la actitud con que hacen lo propio las adolescentes y veinteañeras en las playas concurridas. Las que veo a mis pies, por el contrario, desde la relativa posición de ventaja que me permite la altura de la acera respecto a la playa propiamente dicha, no parecen más conscientes de su propia desnudez que si estuvieran cambiándose de ropa en la intimidad de su casa. Si acaso, dan la impresión de estar afectadas por una especie de lentitud sobrevenida, como si tardaran una fracción de segundo más de lo necesario en cada uno de los escasos movimientos que se ven obligadas a hacer: desde pasar la página del libro que leen a descruzar y cruzar de nuevo las piernas o atusarse la melena. Hay también hombres, claro: los que acompañan al tipo de mujeres que acabo de describir tienen casi todos el aspecto curtido de quien ha cruzado la Patagonia en todoterreno o viajado media docena de veces a los círculos polares.... Fantasías mías, me digo, dictadas por el reconcomio de tener que trabajar mientras éstos toman el sol: seguramente, no son más que oficinistas que han pedido tomarse las vacaciones en septiembre. Y ahí los dejo, acariciados por la brisa, desnudos y, a lo que parece, en un estado de adormecida felicidad que linda con la ataraxia. A mí me espera el aire un tanto viciado y recalentado de estos edificios públicos siempre un poco por ventilar.  (9/9/17)

Imagen: Les bagneuses, de Théo VAN RYSSELBERGHE (1862-1926) 

viernes, septiembre 07, 2018

UNA COMPRA


A la vez que me atiende, la dependienta solventa a voces, al teléfono, un malentendido que ha tenido con unos repartidores. Al parecer, han dejado cierto paquete destinado a ella en otro comercio de la calle. "Disculpa, hijo", me dice, "pero si no aclaro esto ahora voy a estar así toda la tarde". Le digo que no importa; y más, cuando me ha dejado solo en la trastienda y puedo curiosear a mi antojo entre las muchas maravillas que allí guarda. Es una tienda especializada en materiales de pintura, y nada más que en papeles de todo tipo -uno de los artículos de los que he venido a avituallarme- maneja una variedad casi inabarcable; también de bastidores, pinceles, pinturas de todo tipo, blocs de dibujo, carpetas, caballetes... Se dejaría uno aquí una fortuna, en el caso de que la tuviera. Pero sólo vengo a llevarme unos pliegos de papel y un bastidor. Poca cosa, en fin, para tanto despliegue. Pero la dependienta, más allá de su afán de hacer tres o cuatro cosas a la vez, es una mujer amable, a la que le gusta hacerse la ilusión -y tal vez no es del todo insincera- de que está de parte del cliente, a quien aconseja siempre para bien, en detrimento de las opciones más caras o engorrosas. "Parece mentira, pero el bastidor por piezas es más caro que los que vienen montados en medidas estándar. No obstante, yo te lo voy a cobrar como si viniera montado...". No entiendo muy bien la disquisición, pero la doy por válida. También me pierdo en las explicaciones que me da sobre los papeles. Le digo que yo suelo comprar uno que cuesta entre uno con sesenta y dos euros el pliego. "Uf -resopla-, yo los tengo desde más baratos hasta diez veces más caros". Dicho esto, me enseña algunas muestras. Da gusto rozar con la yema de los dedos la textura de estos papeles de alto gramaje. "Te interesa llevarte uno con una alta proporción de algodón. Éste, por ejemplo, tiene un sesenta por ciento". Confundido, acabo pidiéndole que me de tres pliegos de calidades distintas, para probar. Todos ellos, eso sí, en la gama baja de precio, pues no están los tiempos para caprichos. El teléfono, mientras tanto, sigue atronando y la clientela se ha acumulado frente al mostrador. "¿Me disculpáis otra vez?". Y allí quedamos todos, vagamente divertidos y como abrumados, mientras se va devanando el misterio del paquete perdido. En un pequeño receso, la dependienta se las arregla para sumar en un papel el importe de mi cuenta. Vuelve a comentarme los descuentos de los que al parecer voy a beneficiarme, para concluir triunfalmente: "Once euros"; y a continuación. "Qué calor, ¿no?". Y entonces nos damos todos cuenta de que la atmósfera es asfixiante y de que estamos todos sudando como monos.

jueves, septiembre 06, 2018

NO DEFRAUDAR

Todas las preocupaciones de uno son de naturaleza afectiva; incluso las que atañen exclusivamente al dinero, que en ciertas circunstancias puede llegar a ser, no "un tipo de poesía" ("a kind of poetry"), como quería Wallace Stevens, sino una especie de tasación objetiva de lo que rinden los esfuerzos colaborativos de dos o más personas que aspiran a darse a sí mismos y a los suyos un modo de vida a la altura de ciertas confusas expectativas entre las que figuran muy destacadamente las inducidas por el afecto que se tienen entre sí. Ya sé que todo eso suena un poco egoísta y pequeñoburgués. Pero así son las cosas. Una persona sola puede vivir poco menos que del aire. A partir de dos, y no digamos de tres, la cosa se complica. Pero no por ello ha decidido uno tirarlo todo por la borda e irse a vivir a un banco del parque. Aunque quizá sería lo mejor.

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Inexplicable nerviosismo porque alguien que ha visto mis modestas acuarelas me ha pedido una para ilustrar una revista literaria. Inmediatamente me he puesto a examinar las que he pintado en los últimos meses, por ver si alguna está a la altura del compromiso... Incluso me planteo sacar tiempo de donde no lo hay para pintar una ex profeso, aún sabiendo que no por ello la pintura resultante iba a satisfacerme más. Intento comparar esta especie de timidez con la que podía sentir cuando publicaba en revistas mis primeros pinitos literarios. Pero no es lo mismo: los empeños de juventud se afianzan porque, se quiera o no, vienen siempre acompañados de un exceso de atrevimiento rayano en la soberbia -lo que no es en absoluto incompatible con las inseguridades y dudas que pueda sentir el ejecutante mientras lleva a cabo sus temerarias demostraciones-. Los de vejez, en cambio, van siempre envueltos en un sentimiento de futilidad, que casa mal con la posibilidad de ilusionarse por su eventual trascendencia. O eso quiero creer, mientras experimento ante el inesperado encargo todas las ansiedades del principiante que quisiera no defraudar. (5/9/17)