miércoles, septiembre 17, 2014

DESBOCADOS

También el gesto de salir a la calle, en este primer día de lluvias otoñales, sin paraguas ni impermeable tiene algo de resistencia inútil, o de vano intento de negarse a ver la realidad. La vida está llena de estos gestos absurdos. Hoy sólo me ha costado una camiseta mojada, como ésas que llevan las chicas lozanas pegadas a los pechos en los concursos que organizan en las discotecas. Podría haber sido peor: un catarro, quizá. Es lo que tienen estos derroches meramente gestuales: dejan siempre en el ánimo una insinuación de fiebre.

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Cuándo inventarán una grabadora de pensamientos desbocados, que deje constancia de que ni siquiera en los insomnios somos tan brillantes como creemos.

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Por afortunados que sean, los tres primeros versos de un poema no aseguran nada; los tres últimos, tampoco. 

martes, septiembre 16, 2014

REGALOS


A Benjamin no habrían dejado de interesarle algunos de los comentarios que se han oído en las últimas horas a propósito de la importancia de El Corte Inglés en la reciente historia de España; como tampoco le hubiera resultado indiferente la canonización casi instantánea -es decir, sin dejar pasar los prudentes decenios, e incluso siglos, de espera que la Iglesia asigna a estos procesos- a la que están siendo sometidos ciertos prohombres de empresa recientemente fallecidos (entre ellos, el hasta hoy presidente de esos grandes almacenes). Lo que hubiera llamado la atención del filósofo alemán es esta nueva demostración palpable de la sacralización del dinero, cuya contrapartida no es, no puede ser otra, que la cosificación del hombre sometido al influjo de ese culto nefasto. Y no andan descaminados quienes piensan que los templos de esta extraña religión son los centros comerciales, a los que, incluso en tiempos de penumbra, acudimos, si no a satisfacer nuestras necesidades, sí a embriagarnos de la mera presencia sobrecogedora de todos esos bienes que podríamos poseer, y que acaso portan, por su mera capacidad de infundirnos ese deseo de posesión imposible, la promesa de una felicidad también inefable. A Benjamin le fascinaba esa facilidad con la que la cultura material surgida de la revolución industrial había sido capaz de trastocar la escala de los valores espirituales. Advirtió de ello. Y aquí estamos nosotros, haciendo bobamente el elogio fúnebre de los capitanes de industria a los que les ha llegado la hora inevitable, y de quienes lo único que podemos aprender es que, a pesar de todo lo que fueron y tuvieron, a la fosa no han podido llevarse nada.

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Extrañas cortesías: le ofrezco a una chica recién llegada a la "zona azul" -es decir, al tramo de acera en el que aparcar cuesta dinero- el tique que adquirí unas horas antes, y al que, en el momento de marcharme, resta todavía un cierto tiempo de validez. Me hago así la ilusión de que este ridículo artículo en el que he malgastado unas monedas adquiere un imprevisto valor de cambio: me permite hacer un regalo. Y con esa parca satisfacción me vuelvo a casa.

lunes, septiembre 15, 2014

FUEGOS

Empiezan a tomar forma algunos proyectos; lo que significa también que el tiempo, que en estas semanas previas de inactividad y falta de expectativas confirmadas parecía haberse expandido hasta la hipertrofia, vuelve a contraerse... No se sabe qué es peor: si el apremio o la parálisis. Y así va uno bandeándose.

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Fuegos artificiales al fondo del valle, en el pueblo vecino. Anuncian el final de la feria. A esta distancia apenas se oyen los estallidos: si acaso, un petardeo amortiguado, que enseguida asociamos con el anómalo chisporroteo que ilumina un cabo de la oscuridad circundante, allá en lo hondo. No me interesan demasiado las ferias, en general. Y por eso, quizá, resulta aún más extraña esta melancolía: lejos, muy lejos, estallan los cohetes de la alegría ajena; y uno, sin querer estar allí, siente de alguna manera como carencia este ver las cosas desde tan lejos, amortecidas, leves como una chispa que, tras su breve vuelo, termina en inasible pavesa.

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También las sociedades, como los individuos, optan a veces por el suicidio, y por los mismos motivos inexplicables o absurdos. Y hay poco que hacer. Blindar la propia privacidad, quizá, para evitar el contagio.

jueves, septiembre 11, 2014

DETALLES


Cada vez que oigo, como mérito de una novela nueva, que da gran protagonismo al Facebook, al whatsapp y a otros cachivaches modernos, saco la pistola... Y no porque me parezca mal que la realidad se manifieste de ese modo en las novelas que se escriben hoy, sino porque ese hecho -la observación directa de la realidad, y el uso selectivo de ésta para fortalecer las pretensiones de verosimilitud de la novela- no debía merecer el menor comentario; a no ser que tanto el autor como quienes lo jalean estén menos interesados en las novelas propiamente dichas que... en las novelerías.


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Más sobre el Libro de los pasajes de Benjamin: la insistencia en que las reformas urbanísticas que Haussman llevó a cabo en París durante el Segundo Imperio tenían como objetivo principal favorecer las maniobras del ejército -y, especialmente, de la artillería- para reprimir las revueltas populares; y que el efecto colateral más evidente de las mismas no fue otro que el enriquecimiento ilegítimo de todos los propietarios que consiguieron obtener indemnizaciones desmesuradas por la expropiación de sus casas o locales, lo que dio lugar incluso a una próspera industria del fraude, destinada a hacer creer al fisco -a veces, utilizando incluso figurantes- que esos locales albergaban prósperos negocios de cuya pérdida había que resarcir al dueño. Nada ha cambiado desde entonces: la lectura de estas triquiñuelas del capitalismo de ayer no hace otra cosa que arrojar luz sobre las no mucho más sofisticadas trampas y amenazas sobre las que se edifica el de hoy. Y es curioso que, el mismo día en el que leo estas páginas, los periódicos incluyan dos noticias que podrían haber dado lugar a sendos apuntes de Benjamin. La primera hace referencia al hecho escandaloso de que el número de multimillonarios se ha doblado en España durante los últimos cinco años, es decir, en los años peores de la crisis económica que ha depauperado a la mayor parte de la población. Y la segunda, ya en el terreno de las fantasmagorías constructivas que tanto apasionaban al filósofo: la que da cuenta de la paralización de las obras del llamado "segundo puente" sobre la bahía de Cádiz; cuya necesidad, no hay que olvidarlo, se justificó en su día con el argumento de que el otro puente existente, como demuestra la experiencia de estos últimos años, puede ser fácilmente bloqueado por los manifestantes cada vez que surge un conflicto laboral en las empresas ubicadas en las cercanías; y en el que ya se han dilapidado muchos más millones de los que se habían presupuestado. Lo mismo de ayer: el miedo a las barricadas y la excusa para el enriquecimiento de unos pocos.


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Otro detalle indicativo del cariño que los gobernantes sienten hacia sus pueblos: el proyecto, también del Segundo Imperio, de rodear París de fortines con capacidad de bombardear los barrios obreros en caso de revuelta. Y es curioso que tomase esa iniciativa un gobierno surgido precisamente de las revueltas. También eso hay que tenerlo en cuenta.

miércoles, septiembre 10, 2014

PAÑUELOS

¿Diré que todavía uso pañuelos de tela, en vez de los de papel? Hay quien tilda de antihigiénica esta costumbre, pero a mí lo que de verdad me repugna es la actual proliferación de inmundos amasijos de papel esponjoso. Los encuentra uno en todas partes, incluso en los parajes más apartados; cuando lo que caracteriza a una persona decente, entiendo, es lavar sus suciedades en casa, discretamente, y no ir dejándolas por ahí... En fin. El caso es que incluso los pañuelos de tela hay que reponerlos de vez en cuando, lo que, dada su situación de franco retroceso, no es fácil. Han desaparecido, por ejemplo, de los grandes almacenes, y sólo los encuentra uno en esas recónditas tiendas de barrio donde se compran la ropa los viejos. Hoy he visto en el escaparate de una de ellas una pila de cajas de media docena de pañuelos, fabricados, según reza la etiqueta, por una empresa catalana que dice trabajar el género desde 1947. Los pañuelos parecen también de 1947: tienen el olor y el apresto de la ropa blanca de antes, y son más bien feos, ornados por unas sencillas bandas bordadas de hilo de colores muy claros, algo enfermizos, como elegidos para gente cuyos estornudos no presagian nada bueno. 

Aún así, entro a comprarlos. He pasado muchas veces ante esta tienda y siempre me ha llamado la atención la baratura de la ropa que vende: tejanos de desconocidas marcas nacionales, bastos y tiesos, rectos como la pata de un elefante; camisas como para vestir al elenco de una película sobre la posguerra... Sí, todo aquí parece de 1947. Pero el encargado, un hombre mayor, despliega unos exquisitos modales y procede a la venta con toda la ceremonia de un dependiente de casa de alta costura, pongo por caso. Me he prometido volver. Quién sabe si esos pantalones, si alguna de esas camisas... Serían un modo de entrenarse en dos cosas que, a la vista de los hechos, parecen inevitables: envejecer, vivir cada vez con más modestia. Todo eso, por el reducido precio de una caja de pañuelos.

lunes, septiembre 08, 2014

PINTURA Y ESCRITURA RÁPIDAS









Viendo pintar al veterano Antonio Rodríguez Agüera, en su voluntariosa participación anual en el certamen de pintura rápida de su pueblo, donde su depurada pintura gestual, liberada ya de todo alarde de virtuosismo, rara vez consigue captar la atención de los jurados, pienso siempre en lo paradójico y ambiguo que resulta el propio concepto de "pintura rápida", y en la dificultad de definirlo o ajustarlo a unas reglas. Pregunto al pintor dónde puedo encontrarlo a lo largo de la jornada y me dice que allí mismo, a la puerta de su estudio. Aunque es un concurso de pintura al aire libre, él no necesita situarse delante de su modelo: pinta de su cabeza, aún a sabiendas de que juega en una liga distinta, y aun contraria, a la que incluye a todos los demás participantes, que son los que pueden aspirar a llevarse algún premio. Pero su gesto, como el de todos los que van a contracorriente, tiene la virtud de poner en cuestión incluso lo que parece sólidamente anclado en las convenciones. Porque, si de lo que se trata es de responder al entorno y presentar el cuadro resultante de ese diálogo entre el pintor y la realidad inmediata, posiblemente no sean menos arbitrarios que los monogramas de Agüera los cuadros que, pintados entre las nueve de la mañana y las cinco de la tarde, tienen las luces y sombras que pueden observarse, pongo por caso, a partir de las siete o las ocho, que es quizá la hora más efectista, porque es cuando el sol poniente proyecta las sombras más largas y contrastadas; pero que, por cuestiones de mera lógica organizativa -el concurso ha de comenzar a primera hora de la mañana y concluirse a media tarde-, queda excluida de la jornada. Tampoco parecen ser una respuesta al entorno inmediato los cuadros que obedecen a algún tipo de fórmula, desde el empleo de una óptica distorsionada más o menos decorativa y amable, hasta el recurso a una estética naïf igualmente resultona y al alcance ya de todos los públicos... Tales son los trucos de los que se valen preferentemente quienes, por venir de fuera y desconocer el entorno y sus rincones privilegiados, traen ya el cuadro pensado y se limitan a incluir en él algún elemento reconocible del entorno. Los pintores locales, en cambio, que lo conocen bien, emplean otro tipo de recursos: exploran el terreno con antelación, localizan su tema y calculan minuciosamente los problemas que planteará su ejecución en el breve tiempo asignado. Pero puede ocurrir que, en el breve intervalo transcurrido entre ese estudio previo y la ejecución del cuadro, algo cambie en el entorno: que la pared cuyos desconchados iban a facilitar al ejecutante el logro de la ilusión de relieve, por ejemplo, haya sido encalada la tarde anterior y ya no luzca esos desconchados... 


Se dirá que nada de esto afecta a lo que verdaderamente está en juego, que es la demostración de las habilidades resolutivas de los participantes. Pero... Pienso en qué ocurriría si a alguien se le ocurriese convocar alguna vez -Dios no lo quiera- un certamen de escritura rápida. Y no porque esa categoría artística no pueda darse: la existencia de este mismo cuaderno y de otros parecidos es prueba de lo contrario; sino porque sería imposible acotar lo permitido y lo no permisible en ese concurso. Imaginemos que soltamos a medio centenar de escritores en el centro de una ciudad, con el encargo de que, al cabo de unas horas, entreguen unas cuartillas que supongan algún tipo de reacción hacia ese entorno, tal como ellos lo han vivido en esas horas. Podría hacerse; de hecho, decenas, centenares de diaristas, de articulistas de lo cotidiano y de meros adictos a anotar sus ocurrencias lo hacen, lo hacemos, habitualmente. Pero, bajo las estrictas condiciones de un certamen, ¿quién podría impedir que algunos trajesen la cuartilla ya pensada, e incluso escrita, o que otros no hicieran sino repetir lo ya pensado y escrito muchas otras veces, incluyendo algún detalle circunstancial referente al día o el lugar en que transcurre el certamen?

Afortunadamente no existe -que yo sepa- esta clase de concursos -espero no darle ideas a nadie-, y sí éste de pintura rápida en el que, año tras año, contrasto mis incertidumbres de escritor con las estrategias de todos estos animosos pintores, algunos ya amigos míos, de cuya manera de salvar el eterno desajuste entre la realidad y las aspiraciones del artista a recrearla o expresarla siempre aprendo algo.  

FOTOGRAFÍAS. 1 y 2: los pintores José Luis Mancilla y Antonio Agüera en acción, durante el certamen de Pintura Rápida de Ubrique; 3 y 4: visiones generales del mercadillo "Arte para todos".

viernes, septiembre 05, 2014

EL ETERNO RETORNO

Hablar del tiempo... Parece que hay acuerdo general en que este verano no ha sido lo que tenía que ser. Yo creo , de todos modos, que ha sido incluso un poco mejor de lo que se podía esperar. Ya he mencionado en este cuaderno esas benditas tardes de viento sur, con el aire de cara, en la playa. Mi idea de bienestar físico ha quedado definitivamente asociada a ese viento y a esas tardes. Otra cosa es el bienestar moral, y supongo que a eso es a lo que se refieren la mayoría de las quejas que se oyen respecto al clima. ¿Se quejaría uno de una lluvia, pongo por caso, que aliviara el mero malestar inconcreto de ver pasar el tiempo? Pues eso.

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Paso la mañana fichando libros y leo por la tarde las anotaciones de Walter Benjamin sobre el tedio y su relación con las tareas repetitivas y mecánicas asociadas al trabajo industrial. De ese tedio del instante a otro más general: el que genera la idea nietzscheana del "eterno retorno de lo mismo". O la que descubro en un sorprendente texto del revolucionario Blanqui que hasta ahora desconocía, y que encuentro ampliamente citado por Benjamin: L'éternité par les astres. Cada uno de nuestros instantes, viene a decir Blanqui, pervive eternamente en el espacio y en el tiempo, por lo que nuestra transcurrir es un multiplicarse, también en el terreno de la posibilidad: en la eternidad hay algún sosias nuestro que en su día tomó las decisiones que nosotros desdeñamos, y que vive por  nosotros -mejor dicho: siendo nosotros- la vida que hemos dejado de vivir por haber tomado en su momento una decisión y no otra... Sí, el aburrimiento lleva a volar alto. Menos mal que mañana empieza lo que adivino que será un intenso fin de semana con amigos...

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Para los gatos la caricia no es una dádiva, sino una exigencia; vienen a reclamarlas cuando lo creen conveniente; y amagan con un zarpazo en cuanto piensan que ya han tenido bastante.

miércoles, septiembre 03, 2014

VODEVIL

Está la estafeta de correos escondida en el sótano de unos grandes almacenes, al final de un largo pasillo lleno de artículos saldados por los que aparentemente nadie se ha interesado desde el día en el que abrieron el establecimiento. También la estafeta tiene algo de cosa olvidada. Vengo a ella cuando no quiero guardar las largas colas que normalmente se forman en otras oficinas de correos. El empleado parece agradecer siempre la visita. Y tiene uno la impresión de que los paquetes que se envían desde aquí viajan... no sé, con más desahogo, como los hijos de una familia en la que no se grita y en las que nadie atosiga a nadie.


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Creo que era de Vicente Molina Foix la crítica de Showgirls que leí en la revista Fotogramas hace años, y que me sorprendió porque, más que poner por los suelos la película de Paul Verhoeven, como era de esperar, el crítico hacía una bienhumorada ponderación de lo que pretendía, que no era otra cosa que utilizar un argumento clásico de melodrama -en concreto, el que arquetípicamente desarrolla Eva al desnudo- para poner en pie un desenfadado vodevil en el que lo que importa es la exhibición de hermosos cuerpos femeninos -y también masculinos, en fin-, pero en el que el público agradece que haya un hilo argumental más o menos efectivo para hilar las imágenes. El resultado no es otra cosa que una película... divertida, que alterna la flagrante irrealidad de la pornografía soft -no hay que olvidar que el argumento trata de la rivalidad entre dos coristas que bailan desnudas- con la suave y más bien reconfortante moralina de las historias de artistas desengañados. Tomársela en serio sería un error. Pero también lo sería dárselas de profundo o de entendido para no reconocer lo que la película tiene de eficacísimo vehículo de evasión. O, como dice el siempre certero crítico Roger Ebert: It's trash, yes, but not boring. Lo que a veces es muy de agradecer.


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Leyendo el Libro de los pasajes de Benjamin, no me parece que haya que lamentar que la monumental obra proyectada se quedara simplemente en una ingente compilación de apuntes y citas. Le ha cogido uno cierto gusto a la lectura fragmentaria; y, en ese sentido, la de este tocho de más de mil páginas está siendo algo así como un paseo por un enorme bazar -algo, al fin y al cabo, muy del gusto de Benjamin-, cuajado de observaciones brillantes, certeros aforismos y perlas rescatadas de inencontrables monografías de hace cien o ciento cincuenta años. A veces intuye uno cómo hubiera hilado Benjamin todos esos materiales: de su simple yuxtaposición nace un argumento; pero también percibe uno cuánto se hubiera perdido si ese argumento -una especie de exposición de la significación política y moral, cuando no simbólica, de la cultura material del siglo XIX, tal como ésta se manifestó en las modas, el urbanismo, la decoración, etc- hubiera llegado a ser desarrollado de una manera convencional. Ojalá Benjamin hubiera tenido tiempo y ganas, antes que buscar la muerte en un callejón de Port Bou. Le pudo una especie de lúcida desgana. Pero acertó antes a dejarnos en esbozo lo que sin duda hubiera sido, y quizá es, su mejor obra.   

martes, septiembre 02, 2014

TODO EL TIEMPO DEL MUNDO

Se fueron todos: C. con su perro -y su mochila, y su recién compuesta estampa vagabunda y viajera-. M.A. ha querido acompañarla unos días. Y aquí nos hemos quedado la gata y yo, con todo el tiempo del mundo. Me he levantado a las siete menos veinte, he atendido un examen, me he acercado al banco y luego a la copistería -también los libros, llegado el momento, echan a andar por el mundo en forma de modesto mecanoscrito, aunque con muchas menos ilusiones que los veinteañeros a los que les cabe la vida en una mochila-. Ya en casa, he hecho la cama -¿para qué, si nadie va a fijarse en si está hecha o deshecha-, recogido los platos de ayer, pintado un viejo desconchado que me decidí a enlucir el otro día; luego he terminado un artículo que tenía pendiente. Y ahora, a la una del mediodía, con todas las tareas finiquitadas, me pongo a escribir en este cuaderno. Todavía tendré tiempo de leer unas páginas del Libro de los pasajes de Benjamin, con el que me distraigo ahora; e incluso de dormir una pequeña siesta, antes de volver al trabajo -tengo jornada de tarde- y luego... Cómo cunde la soledad. Y este hacer tanto para qué. Acostarse temprano, quizá, no sería mala idea en estas circunstancias.

lunes, septiembre 01, 2014

DISPENDIOS

Viendo pintar a mi amigo J.A.M. en el recogimiento de su estudio, se me ocurre que quien dedica tiempo y ganas a bregar con estos empeños que acaso excluyen la compañía nunca está solo del todo; y que la soledad, si acaso, en su forma más cruda, que es la del pozo sin fondo ni asideros, llega después.


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¿Siempre anda la crítica igual de despistada? De las cuatro películas que Lauren Bacall y Humphrey Bogart hicieron juntos, La senda tenebrosa (Dark Passage, 1947) es la menos conocida y la peor considerada. El argumento, trufado de coincidencias improbables, invita a ello: pero eso sólo para el crítico que, desde su cómoda suficiencia, juzgue que todos los que tomaron parte en la película -empezando por su director, Delmer Daves- habían perdido la cabeza y dado por buena la más inverosímil de las tramas. Pero la cosa cambia si nos paramos a pensar un poco: ¿en qué ámbito es posible que se den esas coincidencias, regidas por lo que parece un principio de gratificación de deseos que apenas si consienten en ser formulados en voz alta? Desea uno librarse de uno o dos enemigos inoportunos y éstos dan convenientemente un paso atrás y se precipitan en el abismo. Desea uno a la bella desconocida que alguna vez le mostró cierta simpatía, y ésta se le aparece en el momento más inesperado, lo lleva a su casa y le prodiga toda clase de cuidados, para terminar reuniéndose con uno en un inalcanzable paraíso tropical donde se baila constantemente la rumba... Naturalmente, no estamos en el terreno de la narración realista, por más que la película se presente como el relato de una fuga carcelaria, sino en el de los sueños. Todo lo que sucede en esta película se ajusta a la lógica sincopada del sueño, sus dislocaciones, sus azares aparentemente inexplicables, sus significaciones desplazadas, sus gratificaciones. Y eso es lo que nos ofrece Daves: un relato armado con los mimbres del sueño, desde una rigurosa comprensión de la mecánica onírica, que es lo que a veces echamos de menos en el recetario surrealista de Buñuel o en los atormentados retratos psicológicos de Hitchcock...  Sólo le encuentro un precedente: la hipnótica Detour de Edgar G. Ulmer, que es también la detallada puesta en escena de una pesadilla disfrazada de relato policíaco. Si acaso, la de Ulmer es todavía más negra: un sueño de autocastigo. Muy apropiado también, por cierto, para estos días en los que uno se despide de los placeres vacacionales para aceptar resignadamente su parte de culpa en ese otro viejo pecado bíblico cuyo castigo es, precisamente, el trabajo, ay.  


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Tenía tantas ideas para escribir que renunció a todas para dedicarse en exclusiva a... la poesía, que es el género en el que las ideas siempre están de más. Y nunca un dispendioso se sintió más feliz.

domingo, agosto 31, 2014

AQUELLAS BELLEZAS

Aquellas bellezas de los años sesenta / setenta: delgaduchas, desinhibidas, aniñadas, algo desdibujadas y un tanto turbias. Su equivalente español fueron las animosas actrices del destape, a las que quizá la posteridad ha tratado con más dureza de la necesaria, porque sus referentes foráneos -pienso en Britt Eckland o en Sydne Rome, a las que acabo de ver en dos películas infumables, The Bobo de Robert Parrish y What? de Roman Polanski- no eran necesariamente mejores actrices ni tuvieron más suerte con los papeles con los que les tocó bregar... Las ve uno ahora como a lejanas primas mayores que quizá no han envejecido del todo bien, y a las que, con los años, el empeño de desmentir lo que fueron las ha vuelto un poco coriáceas, cuando no abiertamente reaccionarias, en contraste con la imagen que dieron en sus días de plenitud. 

Anoto aquí la impresión que me causa Sydne Rome en la mencionada película de Polanski: después de haber recorrido medio mundo en autostop y sin percances, la intentan violar unos chicos italianos, de los que consigue huir para refugiarse en una extraña mansión en la que parece tener lugar una interminable fiesta con ribetes de orgía, en la que participan personajes más o menos extraídos del imaginario beatnik y algún que otro superviviente del libertinaje de buen tono que también practicaron algunos afortunados de la generación precedente, aquí representada por un curioso personaje interpretado por Mastroianni... Y ya está: no hay más, salvo las idas y venidas de la chica, casi siempre desnuda o medio desnuda, por los distintos escenarios de esa fiesta caótica, que con mucha voluntad podríamos interpretar como una metáfora de la Europa de entonces, vista por un recién llegado que, antes de dar el salto al cine americano, quería sentar plaza de moderno y provocador. Bueno. Quizá lo extraño es que estas películas se sigan viendo hoy con cierta fascinación, tal vez porque lo que prometían -el sueño de una vida felizmente emancipada de todo lo que había agobiado a la sufrida primera generación de posguerra- no ha llegado a cumplirse del todo, ni estamos seguros de que eso fuera exactamente lo que deseábamos... Y ahí estamos. 

martes, agosto 26, 2014

DIARISTA

El operario que nos ha enviado la compañía de seguros para reparar las humedades del techo del baño es también, por necesidad, un consumado diarista. Nada más llegar, anota en el parte: "Llegada: 9.10". Luego pone manos a la obra y, hora y media más tarde, vuelve a anotar: "10.40: terminado el resanado del techo. Dejo secar y marcho a otro servicio. Vuelvo después de almorzar". Efectivamente, a eso de las cuatro de la tarde lo tengo de nuevo en casa. Unos cuarenta y cinco minutos después anota: "Lijado medio techo; el otro no se puede porque está todavía fresco el emplaste". Y así. Pienso que a este minucioso anotador de todos sus actos le habrá asaltado alguna vez la tentación de añadir detalles que van más allá de lo exigido por el protocolo por el que rinde cuentas de su trabajo; que alguna vez le habrá apetecido anotar que hacía frío o calor, que el inquilino de la casa era hablador o taciturno, que el ama de casa que le había abierto la puerta era guapa o fea. Él mismo es un hombre hablador: al día siguiente, cuando vino a rematar el trabajo, aprovechó la pausa de secado de la primera mano de pintura del techo para preguntarme dónde podía bajar a desayunar, lo que dio lugar a una animada conversación sobre la hostelería de la zona... Pensé que lo propio hubiera sido que yo lo invitara a tomar un café, pero todavía no habíamos salido a hacer las compras del día y no había una mala rebanada de pan que ofrecerle. Luego, ya rematada la segunda mano, me confesó que ese día no había ningún otro servicio que hacer, y quizá eso explicaba que no tuviera prisa. "Bueno, ha sido un placer", se despide ceremoniosamente. "Espero que, si volvemos a vernos, no sea por ningún otro percance". Suscribo ese piadoso voto, por más que la apostilla inmediatamente añadida al mismo me parece también muy razonable: "Y que no falte. Al fin y al cabo, yo vivo de esto". Lo último que le veo recoger son sus papeles. Imagino el último apunte: "11.15: A casa sin más que hacer". Y el temblor del pulso al constatar que es en ese tiempo muerto donde empiezan a suceder las cosas que verdaderamente interesan al diarista.   

lunes, agosto 25, 2014

MÁRGENES

Compara Thoreau en sus diarios el "margen de ocio" que un hombre se permite en su vida con el margen en blanco de una página impresa: ambos igualmente necesarios y bellos, se supone que para el realce o la puesta en valor de lo que queda dentro; o quizá al contrario: lo de dentro, la caja de texto o el magma de la vida ocupada, sólo está ahí quizá para autorizar el lujo que supone ese espacio en blanco al que el hombre consagra lo mejor de sus energías o en el que la imaginación del lector vuela más allá de la lectura. Y lo curioso de todo esto es que lo leo en una de esas meritorias ediciones baratas norteamericanas que hacen virtud del hecho de dedicar apenas medio centímetro de mal papel a enmarcar el texto. Valga lo uno por lo otro: la menesterosa sobriedad de esta edición por el luminoso y bien aireado mensaje que contiene.

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La llegada del perro de C. a casa: temíamos que se lanzaría inmediatamente a perseguir a K., como lo habíamos visto hacer con algún que otro gato callejero, y que el desenlace de la carrera no podía ser otro que un ciego zarpazo de K. al importuno... Pero no: la gata se quedó mirándolo de hito en hito, mientras el perro, que en espacios desconocidos apenas se atreve a despegarse de su dueña, prudentemente optaba por ignorar a ese extraño animal tan poco receptivo. Durante los dos primeros días ambos han mantenido las distancias, y quizá lo único reseñable es que la gata, más ofendida que asustada, durante el primero de esos días no se atrevió a salir de su refugio, una especie de mullida entreplanta entre los asientos de las sillas del comedor y la tapa de la mesa, y se limitaba a seguir con mirada de desaprobación las esporádicas visitas del perro al salón, siempre en pos de su dueña. Temimos que ese encastillamiento, que entre otras cosas implicaba que la gata no visitaba su comedero, derivara en una de esas tristísimas depresiones animales en las que el afectado deja de comer. Pero con todo tipo de zalamerías consigo que la gata me siga hasta la cocina, en un intervalo en el que el perro no está visible, y se atiborre de pienso. Por la tarde las tornas cambian: la gata aumenta su radio de acción y ya se atreve a llegar hasta la puerta de la habitación donde duerme el intruso... No sabemos hasta dónde llegarán estas confianzas, ni si habrá tiempo de que calen, antes de que C. se lleve al perro a su domicilio definitivo, en su piso de estudiante. Y no, no creo que la gata, hecha al indisputado dominio de su territorio, lo vaya a echar de menos.

jueves, agosto 21, 2014

DEMONIOS

Coincidiendo con mi deseo de desconexión de eso que llaman "actualidad", la pequeña radio que teníamos en la cocina se averió -creo que lo he anotado ya- al principio de las vacaciones. Una curiosa avería, en cualquier caso: la ruedecita que regulaba el volumen dejó de funcionar, con lo que el aparato literalmente vociferaba, sin que fuera posible aminorar la intensidad del ruido. Toda una metáfora, en fin, de lo que supone dejar abierta una ventana de la casa de uno a los demonios de fuera. Nos hemos pasado todo el verano sin radio. Y ahora que empiezo a entrever la vuelta a los madrugones y los desabridos desayunos en la cocina silenciosa, he comprado otra radio. Porque incluso los demonios, en según qué circunstancias, acompañan.

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También compré, en la misma tacada, cuatro cedés, un paquete de velas, unos aceites aromáticos y unas varas de incienso -por eso de los sahumerios para espantar a los ya mencionados demonios-, un ratón para el portátil, un frasquito de nogalina, una lata de cera para madera del mismo color -encuentra uno un cierto descanso en dedicar parte de la jornada a pequeñas mejoras domésticas-, una llave inglesa regulable... Nada del otro mundo, salvo esa inconfesable, y quizá lamentable, subida de adrenalina que supone entregarse al capricho de divagar durante unas horas por los pasillos de unos grandes almacenes y comprobar cómo los brujos del consumo han previsto incluso necesidades nuestras de las que no teníamos ni el menor indicio hasta el momento en que encontramos el objeto diseñado exclusivamente para satisfacerlas. Al llegar a casa, extiende uno su magro botín sobre la mesa. Respiro al constatar que nada de lo adquirido es demasiado inútil o superfluo. Esta mañana el sonsonete de la radio ha vuelto a acompañar nuestro desayuno. No hay novedad: siguen hablando de lo mismo que hace dos meses. Y eso, en cierto modo, es también un alivio.

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Películas vistas: Rojo y negro (1942), por ejemplo, de Carlos Arévalo: un predecible producto de propaganda falangista, cuyo hilo argumental (infancia durante la decadente monarquía de Alfonso XIII, años de confusión vital e ideológica durante la República, toma de conciencia -ya se sabe en qué sentido- durante los últimos años de la misma y la guerra civil) coincide con el de otras tantas rendiciones de cuentas de otros artistas decantados hacia el mismo campo ideológico: desde el Torrente Ballester de Javier Mariño al Foxá de Madrid de corte a checa. Pero lo realmente notable de esta película es su buen pulso y el excelente uso que hace de los movimientos de cámara y del montaje. Especialmente memorable es la secuencia en la que la cámara se pasea de arriba abajo y de un lado a otro, traspasando muros y divisiones de planta, por las distintas dependencias de la tristemente famosa checa de la calle Fomento, reconstruida en un enorme decorado sin paredes. 

Lo curioso es que Arévalo no volvió a demostrar esa competencia técnica y ese grado de pericia visual y compositiva en ninguna otra película; lo que me hace pensar que el motivo por el que ésta fue postergada en su día e incluso prohibida a las pocas semanas de su estreno no fue tanto la presunta heterodoxia ideológica del argumento (cuyo final, que muestra el desengaño de un miliciano comunista que siente repugnancia ante el uso que sus conmilitones hacen de la violencia en retaguardia, no parece implicar necesariamente el paso de éste al bando contrario), ni la crudeza con la que presenta una violación -de una militante falangista por un miliciano, naturalmente- que tampoco se resuelve en la típica estampa de la víctima magullada y con las ropas rasgadas después de una ardua resistencia, sino que da a entender que la víctima ha sufrido en silencio y pasivamente la violencia infligida... No, posiblemente lo que menos gustó de la película a los censores del día -y dicen que al propio Franco- fue su curiosa mezcla de audacia estilística y cierto realismo descarnado, que posiblemente fue entendida como contraproducente para los efectos propagandísticos que se pretendían. 

Arévalo -leo en un artículo de Ríos Carratalá- se retiró definitivamente del cine en 1960, después de una carrera muy irregular, y vivió en silencio y en el olvido hasta 1988. Fue uno más de los muchos que no acertaron a dar la nota que se esperaba de ellos en el coro de unanimidades de entonces. Claro que eso no pasaba solamente en aquellos años.

martes, agosto 19, 2014

NO-HAY-POSTRE

Este año no está siendo efectiva mi cura veraniega de desconexión de la realidad. Valía, quizá, cuando ésta era lo suficientemente inane por estas fechas para que los periódicos de agosto adelgazaran hasta extremos que te hacían pensar si no te estaban estafando por mantener el mismo precio que el resto del año. Pero ya no. Extrañas guerras milenaristas, epidemias medievales, descomposición general del sistema de coordenadas cívicas en el que más o menos habíamos confiado hasta hoy: incluso manteniendo un severo veto a todos los boletines informativos, y no encendiendo la radio o el televisor para otra cosa que no sea oír música o ver películas, todo esto acaba infiltrándose y, lo que es peor, impregnando poco a poco incluso la tonalidad anímica con la que uno afronta estos días dedicados exclusivamente a la privacidad. Se dirá que esta queja es muy egoísta, pero, en todo caso, no creo que lo sea más que aprovechar las mencionadas calamidades para engolar la voz y revestir de indignación ciudadana lo que no es otra cosa que mero voluntarismo inconsecuente. Algo me dice que estamos entrando en una nueva era de civismo impostado, en la que se nos exigirán de vez en cuando las correspondientes muestras de adhesión a la corrección política del momento. Y entonces no sé si valdrá de algo este atrincherarse... detrás de qué.

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El restaurante casi ha agotado sus existencias, tras la nutrida afluencia en el puente festivo. "Y yo que venía hoy con ganas de postre...", le digo al encargado, en tono zumbón. "No importa, yo te improviso uno; y, además, te invito". Y, efectivamente, al final de la comida aparece sobre la mesa un plato que contiene un bulto cubierto de chocolate templado. "¿Qué es?". "Prúebalo". Meto la cuchara y toco lo que parece un trozo de bizcocho, y luego una masa blanda que, al paladar, está fría y contrasta gratamente con lo templado del chocolate y el dulce. No acierto a adivinar de qué se trata. Nuestro amigo el encargado incluso ha despertado mis aprensiones al insinuar que el postre pudiera contener algo de queso, que aborrezco... Pero no: se trata, simplemente, de un dónut previamente emborrachado en una especie de almíbar caliente y acompañado por una bola de helado de vainilla, rematados ambos por una generosa cantidad de chocolate fundido. M.A. propone un nombre para el nuevo postre: No-hay-postre, o No-tengo-postre. Nos dice el encargado que se pensará su inclusión en la carta. Y ya nos imaginamos el remate de alguna futura comida de invierno: "Un No-hay-postre, Santi", en recuerdo de esta al principio melancólica y luego exultante cena de final de vacaciones.

domingo, agosto 17, 2014

EN EL ESTUDIO DE R.D.

En el estudio de Rafael Domínguez. Igual que un escritor se retrata en su biblioteca, a un pintor no termina uno de verle las vueltas, o de entender su mundo, hasta que no entra en su estudio. Por eso se agradece el acto de confianza que supone que uno de ellos –aunque amigo y vecino, como es el caso– te invite a visitar el suyo. Conocíamos algo de la pintura de Rafael Domínguez, pero intuíamos que este hombre tímido y reservado, que no levanta nunca la voz, tenía un trasfondo que iba más allá de las pulcras vistas de ciudad, un poco al estilo de la pintura urbana de los ochenta, que le habíamos visto en alguna exposición, o sus paisajes rurales, también resueltos desde una cierta mirada distanciada y fría, como si esos otros cuadros suyos en los que predomina la textura impenetrable del metal y el asfalto le hubiesen enseñado a detenerse en la superficie de las cosas, a no dejarse tentar por la algo tramposa invitación al lirismo que encierra siempre la mera pintura de terruño cuando el pintor no sabe poner coto a toda esa literatura añadida que se le pega siempre al paisaje demasiado humanizado. 

Estos cuadros, los de ciudad y los de campo, reflejan la mirada contenida de un hombre reservado, y cuadraban bien con lo que sabíamos de su autor, a la vez que compendian quizá lo que él deja que los demás conozcan de su mundo y aspiraciones. Nunca, por ejemplo, habíamos visto ningún retrato pintado por él, y por eso lo primero que nos sorprende cuando accedemos a su espacio privado son los excelentes retratos que ha hecho de sus hijos. Ni una traza en ellos de esa frialdad metálica de su mundo de superficies duras e impenetrables; pero tampoco nada que desmienta ese especie de tácita creencia suya de que el alma de las cosas no necesariamente es un ente fantasmal que trasluce desde el interior de éstas, sino que más bien ha de buscarse en lo de fuera, en lo meramente visible. En eso sus retratos son velazqueños; lo que es mucho decir, quizá, de un pintor contemporáneo, y es tal vez el motivo de que estos cuadros pertenezcan a la esfera privada de su autor y no salgan a esa dura palestra mundana en la que son juzgados por mirada ajena y tasados en función de las preferencias estéticas de los jueces. Quizá yo también hago mal con sacarlos a colación aquí, pero pienso que el retrato que intento hacer de su autor –de su estudio, que es su imagen– quedaría incompleto si no los citara. 

Menos reparo me causa hablar de sus cuadros de gran formato, complicadísimos en concepción y composición, pero reflejo también de una sensibilidad minuciosa, tocada de un punto de arrebato poético. Nos conmueve, por ejemplo, uno que representa la fachada trasera de lo que parece uno de esos establos o gallineros que los habitantes de los pueblos levantan en las afueras utilizando todo tipo de materiales de desecho. Parece casi imposible que tantas cosas y texturas quepan en un lienzo; y, sobre todo, parece imposible la extraña armonía que emana del conjunto, y que no responde sólo a la feliz compaginación de formas y colores, sino también a una honda comprensión de los afanes humanos y de la realidad de los que surge esta extraña criatura mixta, actual e intemporal a un mismo tiempo.

Éstas eran algunas de las sorpresas que nos aguardaban en el estudio de R.D. No lo han sido, desde luego, su cordialidad y la de su familia, con la que compartimos una copa al aire libre, antes de que un viento repentino –son cosas que ocurren en la sierra– nos haga replegarnos al interior de la casa, que ya sabemos que es también el interior de quienes la habitan. 

jueves, agosto 14, 2014

COMPRAS

En el pueblo, buscando un pebetero para quemar alhucema, lo que nos lleva al taller de una ceramista local y luego al bazar donde venden las candelas. Distraemos el tiempo con estas pequeñas tramas fútiles, casi impensables en esos otros días en los que el gasto de tiempo está predeterminado por las obligaciones... Y luego, en casa, mientras nos llegan las primeras emanaciones purificadoras del sahumerio, pienso en todo aquello que me gustaría que se llevaran consigo: fantasmas de dentro y fuera; las voces de los vecinos molestos que atruenan en la calle y esas otras voces, no menos fastidiosas, que se desgañitan dentro de uno. Humo, humo. Y a respirar un aire más limpio.

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Le preguntamos a la herboristera para qué sirven estas tiras de pomelo desecado que vende en bolsas. Nos dice que hay quien las toma para la digestión; y no me atrevo a decirle que lo que me ha atraído de ellas es la posibilidad de utilizarlas para aromatizar los gin-tonics... 

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Tomates. Los mejores son los más feos e irregulares, los que se presentan reventones y con surcos de tierra negra incrustada en su agrietada superficie. Llevamos comprándolos todo el verano y no tenemos queja. Y anticipamos, por contraste, el contraproducente efecto que nos causarán, cuando no tengamos más remedio que comprarlos, los tomates perfectos del supermercado.

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Acompañando al amigo que amenaza con dejar sin existencias esta gloriosa charcutería, casi me avergüenza mi contención. Pero ya no tiene uno estómago para trasegar estas grasas y mantecas más que esporádicamente, y aún así hay un precio que pagar por ello. Y no me refiero al monetario, no; ni siquiera a la previsible dispepsia, sino a esa delicada moral por la que se rige la necesaria expiación de todo exceso.

miércoles, agosto 13, 2014

LASITUDES

Quién lo diría: el burro se ha convertido en un animal ornamental. O, al menos, eso parece el que encontramos tras un cercado junto a la senda que hemos recorrido esta mañana: un adorno del campo, una criatura de inmensos ojos limpios, que acaso espera de los paseantes que le acerquemos algún brote tierno que mordisquear, no porque a él le falten en su parcela, sino por mero impulso amistoso, y por una curiosidad más digna de un gato que de un animal al que una obstinada tradición considera estólido y estúpido. No, no había exageración en la descripción que J.R.J. hace de su burrillo en el capítulo primero de su famoso libro: también éste parece de algodón, aunque esa impresión de muñeco blando queda contrarrestada por una cierta prestancia selvática, realzada por la limpia raya negra que le recorre el dorso del cuello y el lomo. Quisiéramos haberle dado algo dulce y limpio también: quizá una mandarina. Pero no llevo nada, y me limito a acariciarle la testuz y a seguir mi camino.

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Lasitudes de agosto. Quizá la única señal clara de que el ritmo vacacional se va imponiendo en el ánimo sea esta sensación de tiempo dislocado. Lo mismo te levantas temprano, por eso de aprovechar la fresca para andar por el campo, que duermes una siesta extemporánea antes de almorzar. Quedan suspendidos o aplazados incluso los benevolentes planes que habías hecho para aprovechar el tiempo libre. También, ay, los proyectos literarios que parecen requerir esta disponibilidad de tiempo, pero que en realidad acaban siempre cuajando en las escasas horas libres que te dejan los días laborables. Sólo permanecen, irreductibles, las servidumbres del sentimiento: tendría uno que dejar de ser quien es para descansar también de ese peso. Y así va acercándose agosto a su mitad, que es también el inicio de su declive y el comienzo de esa otra comezón que anuncia la vuelta a las obligaciones. Y así vamos.

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Quizá este otro pueblo grande y destartalado dé la impresión de ser un pueblo feliz por ser, antes que nada, un pueblo laborioso. Mira uno la relativa desenvoltura de las mujeres con que se cruza, casi todas ellas tocadas de un punto de hermosura absolutamente ajeno al canon oficial, la presteza un tanto ruda, pero en el fondo amable, de los hombres, la predisposición general a una cierta lasitud más aparente que otra cosa, y que no impide que, a la vez que se bromea o se charla, la labor avance a un ritmo más que razonable. Se dice uno que todo el país podría ser así, y otro gallo nos cantaría. Pero…

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El único defecto –pero grande– de Shelley como poeta: mira sin ver, y cuando trata de explicar lo que cree que ha visto, lo que dice a duras penas puede relacionarse con alguna realidad concebible en términos puramente visuales. El lector, en cambio, no deja de creer en ningún momento que lo que tiene delante es escritura eminentemente descriptiva, y magníficamente ejecutada además, y achaca su ceguera a una primera lectura descuidada, sobre la que volverá en vano una y otra vez…  Y ésa es la lección de Shelley: elabora un magnífico instrumento para describir lo indescriptible, pero… no acaba de encontrar un objeto digno de semejante maquinaria expresiva: salvo, quizá, al final de su vida, en textos tan alusivos o ambiguos como The Triumph of Life –que, en realidad, desmintiendo su título, es un triunfo de la muerte, de todo aquello que niega la vida más alta del hombre–… A Shelley le aguardaba una esplendida madurez desengañada, en la que seguramente hubiera alcanzado la síntesis ideal entre visión y estilo que se espera de un poeta de sus ambiciones. Murió antes de tiempo; y lo que dejó, de todos modos, no deja de ser una obra fascinante, precisamente por lo que tiene de proyecto de otro nivel de excelencia ulterior, acaso inalcanzable.

viernes, agosto 08, 2014

RIEGO

El olor del agua de riego sobre la piedra recalentada, al atardecer. Mientras el amigo S. refresca la terraza de su restaurante, de cara a la inminente hora de la cena, me acuerdo de cuando yo mismo hacía lo propio en el porche de la casa de Bocaleones en la que pasábamos los veranos cuando C. era una niña y nosotros todavía unos treintañeros nerviosos y volátiles, casi abonados a tiempo completo a esa hora dura de la tarde en la que parecía imposible que el calor fuera a remitir, por más que uno pusiera su mejor voluntad en aplacar la flama con el chorro de una manguera. Olía como cuando, a finales de agosto, un chaparrón repentino venía a recordarnos que el otoño se acercaba. Y siempre tenía uno la impresión de haberse dejado ganar por la impaciencia, y de que acaso el riego hubiera sido más efectivo una hora más tarde, con el sol ya a punto de ocultarse tras la línea del horizonte. Pero era una cuestión de empeño, fruto de ese ligero empecinamiento de quien se levanta de la siesta decidido a ganarse de nuevo su derecho a estar en un mundo momentáneamente abandonado al crepitar de las cigarras y al peso aplastante de las calores. Y cuando finalmente se ponía el sol, uno pensaba que el gratificante frescor que subía de la huerta y el río era en parte consecuencia de ese esfuerzo extemporáneo, del que daba fe el agua estancada en los alcorques y la ligera neblina espolvoreada que la brisa vespertina hacía caer de las ramas de las acacias. Y eso estaba bien.

miércoles, agosto 06, 2014

A VECES


Vivo en la casa y también en el reflejo de la casa, y la verdad es que no sé cuál de esas dos existencias me gusta más. Arriba soy sólido y opaco, tengo sombra y obstaculizo la circulación del aire. Abajo soy fluido y transparente, tiemblo con el temblor del agua y me borro cuando una conjunción de factores que no controlo –por ejemplo, que el sol se nuble, o que un viento rice la superficie de las aguas– borra la totalidad del reflejo que habito y vuelve el agua momentáneamente opaca, como yo arriba. 

A veces me recreo en imaginar que cambio las tornas, y que es mi yo denso y opaco el que se hunde en las aguas, mientras mi reflejo incorpóreo se eleva… Pero eso sólo ocurre en los días malos; quiero decir: en los días en los que no me siento ni aquí ni allá, no sé si me explico. 

(Texto escrito para el cuadro de José Alberto López que se muestra en la ilustración, perteneciente a la exposición "Al este de Atlántida", que se ha inaugurado hoy miércoles y puede verse en la fachada de la Plaza de Abastos de Cádiz.)