jueves, abril 10, 2014

REGRESIONES

En el autobús. Posiblemente estudiantes de filología inglesa: en la misma conversación mezclan una discusión en torno al contenido de Un mundo feliz, la novela de Huxley, y una embelesada contemplación de alguna tontería que una de ellas tiene grabada en el móvil. Y la verdad es que, en sus voces, tan absurdo e inconsecuente suena lo uno como lo otro. 

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Yo también he dedicado la tarde anterior a mis arduas pesquisas universitarias. Hojeo una sesuda compilación de artículos. El libro está anotado y subrayado, e incluso tiene algunas hojas con el pico plegado a modo de marcapáginas. A mi alrededor, en la biblioteca, unas decenas de estudiantes, casi todos ellos enfrascados en las pantallas de sus portátiles. Me animo a pedir uno en el mostrador; pero el encargado me dice que tengo el carné caducado, y que no me lo puede actualizar si no le presento tales o cuales documentos acreditativos de mi sobrevenida condición de estudiante... A mis años. Por un instante, revivo mis primeras mañanas en este mismo recinto -aunque no en la misma ubicación: entonces se encontraba en otro viejo edificio situado a unas cuantas manzanas de aquí-, mis inseguridades de entonces, la inercia con la que mantenía mi aplicación a los estudios, y la llamada constante a la dispersión, cuando no a cierta inocente disipación de estudiante pobre. Lo era, y mucho, entonces. Tenía que elegir entre gastarme mi presupuesto del día en el billete de autobús o en tomarme una cerveza con el retén permanente de desocupados atrincherados en el bar. Unos días hacía una cosa y otros días otra. Tampoco había muchas más opciones. Las clases perdidas eran fácilmente subsanables: bastaba con leerse la página del manual que seguía el profesor. Aún así, me sentía un privilegiado: las exigencias eran mínimas, mi fantasía grande, y tenía una magnífica biblioteca a mi disposición; y ese estado de cosas iba a durar cinco años; que ahora, salvando mis neuras y mis ya aludidas inseguridades de entonces, considero los mejores de mi vida.

Pero el contrariado hombre de perilla blanca que abandona la sala porque no le han querido prestar un ordenador tampoco se queja. Treinta años después, casi me siento como entonces. Más o menos.

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Dejar rastro, sí. Pero no de baba.

miércoles, abril 09, 2014

VERDADES SIMPLES

Anticipo del verano. Cuerpos casi completamente desnudos en la playa, desnudeces parciales en todas partes. El placer casi irrestricto de mirar desde esta especie de serenidad colmada, que es también gratitud a la vida y a las personas que quieres.

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Vuelvo a ser escritor en revistas. Recibo el primer número de la sevillana Estación poesía y espero otras dos más en las que van otros tantos poemas míos. Nunca me he prodigado mucho en revistas; entre otras cosas porque, en la bienhadada racha editorial que precedió a las actuales penurias, casi no me daba tiempo de dar anticipos de mis libros antes de que éstos se publicaran. Y ahora que casi no hay editor que se atreva con algo mío, vuelvo a mis orígenes: a aquella bendita dispersión en la que me fue dado iniciarme como escritor, en revistas como Fin de Siglo, Contemporáneos y tantas otras que se publicaron en los mismos años en los que nos golpeaban todavía los coletazos de la otra crisis económica y España era un baldío en el que la gente moría por ingerir aceites adulterados, por ejemplo. Eran un lujo de pobres, como ahora. Quizá no supo uno administrar muy bien toda esa ilusión que generaban; y que me alegra constatar que no ha desaparecido del todo.

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Oigo ahora cantar a ese pájaro "que apenas es flor de pluma / o ramillete con alas" en las reflexiones de Segismundo. Después de asistir a una representación escolar de La vida es sueño, constato que mi apreciación de Calderón es quizá incluso mayor de lo que, a estas alturas de mi vida, suponía. Algo en mí todavía se eleva sobre mi bien cultivado escepticismo y me lleva a estimar -que no a creer- esas complicadas verdades simples en que creía el dramaturgo.

lunes, abril 07, 2014

AMARILLO Y BLANCO

Alterna el amarillo (el de la flor del tojo, el jaramago, la retama) con el blanco (del almendro, el espino albar, la manzanilla, el gamón). Alguna mota roja o morada. Y una luz azul. Se diría un paisaje de poema de J.R.J.


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Pero hay también lugares donde los colores se amortiguan o pierden su significación para sumirse en una tonalidad general que predispone a otra manera de ver las cosas; acaso porque el campo a plena luz, en primavera, deja de ser esa unidad de tonos y matices graduales en que consiste en otoño o invierno, o incluso en lo más crudo y aplastante del verano, y se fragmenta, se atomiza, en una explosión de rabiosas individualidades; y por eso se agradece que haya lugares capaces de sustraerse a ese afán general. Las umbrías, por ejemplo, como la que constituye la sombra de una encina grande circundada de altos matorrales de tojo o lentisco. Allí la luz es también azul, pero de otra manera: azul de fondo, de cueva marina, de madriguera. Un pájaro eleva su nota sobre el rumor de la fronda. Y parece que algo va a pasar o a manifestarse, como en esos cuentos en los que las hadas y los espíritus del lugar se dejan ver sólo en estos lugares recónditos. Pero nosotros, que vamos a lo nuestro, pasamos de largo. Hay una vereda abrupta que promete otras bellezas. Pero es tarde y no queremos que se nos haga de noche en medio del campo, así que, entrevista la ruta, la dejamos para otra ocasión.


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Combinan bien el espárrago y la tagarnina. El refinado amargor del brote solitario y la suculencia casi sensual de la hierba que se arrastra por tierra.

jueves, abril 03, 2014

ELEMENTOS


La agenda literaria de uno: como la de un autor de best-sellers, casi; sólo que, en vez de compromisos millonarios y multitudinarios, lo que me ocupa es una infinidad de pequeños actos amistosos, locales, cercanos, a propuesta de colegas y conocidos para quienes la veteranía -que no el renombre- de uno supone un cierto apoyo o un modesto adorno. Me honran con ello, por supuesto Alimentan la fantasía de que, más allá de ese reconocimiento social que me otorgan, alguno de ellos y de los asistentes que acuden al reclamo también me leen. Y esa posibilidad, aunque remota, tampoco es para desdeñarla.

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Definitivamente, me gusta el cine de Cukor. Mujeres (1939) es una delicia; por más que decir esto hoy de una película en la que una mujer recupera a su marido infiel a fuerza de perdonarle sus públicos deslices e ignorar lo que estos tienen de también pública humillación pueda parecer bastante incorrecto... Pero no creo que Cukor estuviera haciendo ningún análisis sesudo de cómo son o deberían ser las relaciones entre sexos, ni defendiendo en serio la sumisión de la mujer -de hecho, en esta película en la que no aparece ningún hombre, ellas disfrutan sin trabas de esa envidiable desenvoltura y libertad de movimientos de la que, si hemos de creer al cine y a la literatura de la época, gozaban las mujeres norteamericanas de la alta burguesía en los muy permisivos y liberales años treinta del pasado siglo-. Lo que parece estar haciendo Cukor en esta película es mirar por el ojo de la cerradura ese mundo exclusivamente de mujeres en el que los hombres no tienen parte alguna. Y lo que ve le resulta tan enigmático como fascinante. Lo sigue siendo hoy, tres cuartos de siglo después.

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Según desde dónde se mire, los vientos de estos días lo mismo parecen venir del este que del oeste, cuando no del sur. Tampoco sabe uno si hace frío o calor. Pero lo raro sería lo contrario: que uno supiera decir de dónde le llegan los vientos que lo zarandean, o supiera medir el efecto que le producen. Este tiempo revuelto es, como quien dice, mi elemento natural.    

martes, abril 01, 2014

EL PERRO


Nos hemos visto antes, ¿recuerdas? Me saliste al paso una mañana de principios de invierno. Como hoy: cabizbajo, humilde, meneando el rabo y atento a la menor señal mía para acercarte a mí y dejarte acariciar el lomo, como si intuyeras mi simpatía instintiva hacia los criaturas castigadas a destiempo, recelosas, sólo huidizamente agradecidas. Esa mañana hiciste que te siguiera por los senderos más recónditos, en medio de una niebla espesa que borraba los contornos de las cosas y hacía irreconocible lo cotidiano. De vez en cuando, sin detenerte, volvías la cabeza para cerciorarte de mi presencia a apenas unos pasos de ti. Quise fantasear entonces con que me conducirías hasta un tesoro escondido, con que tus pasos me llevarían hasta alguna clase de revelación. La niebla de fuera, ya se sabe, nubla a veces también el entendimiento, o al menos embota el sentido de la realidad, si es que la realidad no es también otra visión borrosa, producto de una niebla que, por familiar, damos ya por descontada. Pero no: te limitaste a hacerme subir y bajar el camino de la ermita, a llevarme por las veredas más recónditas del Barrio Nazarí, a descubrirme uno o dos rincones que no me eran del todo reconocidos, pero que nunca había visto del modo en que los vi ese día.

Hoy parece que te has acercado a mí con las mismas intenciones. También has acudido a mi llamada y te has dejado acariciar la cabeza. Y luego te has adelantado unos pasos y has mirado hacia atrás, como invitándome de nuevo a seguirte. Pero se nos ha echado la noche encima y he tenido miedo.  

lunes, marzo 31, 2014

VECINOS

Durante todo el fin de semana las ventanas han permanecido cerradas a cal y canto. Sin embargo, el hecho de que el único coche aparcado en la calle desierta estuviera junto a la puerta de esta casa que se alquila los fines de semana nos hizo pensar, a nuestra llegada, que había gente en ella. De inmediato, los ruidos que nos llegaron del otro lado de la pared nos confirmaron esa primera impresión: voces en la cocina, pasos en la escalera, ajetreo de gente impaciente por hacer suyo un espacio extraño. Luego, lo que temíamos: el televisor a todo volumen, primero, y luego una sucesión de pitidos, zumbidos, explosiones, acompañados de las exclamaciones de entusiasmo o contrariedad con las que suele acompañarse el desarrollo de un juego electrónico de habilidad o acción. Fastidiados por ese estruendo, decidimos salir a dar un paseo. Nada había cambiado en la casa vecina: las persianas seguían echadas y la chimenea apagada. 

Al cabo de media hora, vuelvo yo solo: hemos quedado para cenar en casa de unos amigos y he venido a buscar una botella de vino. Como es temprano aún y ahora no se oye a nadie en la casa de al lado, decido hacer un poco de tiempo y me siento con un libro frente a la chimenea. Caigo en la cuenta de que hacía semanas que no disponía de un momento así de tranquilidad. La casa está caldeada, el libro -una bonita edición del último inédito rescatado de los archivos juanrramonianos- me atrapa de inmediato. Retengo esta frase: "Creo que hay dos cosas corrosivas: la sensualidad y la impaciencia". Asiento. Y justo en ese momento me llega el primer sonido inconfundible: un gemido ahogado, y luego otros, hasta que acaba tomando forma la secuencia sonora característica de un explosivo orgasmo femenino, seguido de una larga pausa muda y luego de unos pasos amortiguados, como de alguien que camina descalzo y va de acá para allá recogiendo -imagino- prendas dispersas... Dejo el libro sobre la mesa y tomo la botella que había venido a buscar. Y con ella en el bolsillo del abrigo, como un borracho, y también algo desorientado, salgo de nuevo al exterior. Ha anochecido, pero en las ventanas cerradas a cal y canto de la casa vecina no se distingue ni un reborde iluminado. Ahora sólo se oyen mis pasos en la calle vacía.

domingo, marzo 30, 2014

LA ENTREVISTA

Aquí puede leerse la entrevista que me han publicado en el último número de RVDV. (Para leer en pantalla completa, pulsar en la flecha en el ángulo superior derecho de la imagen.)

viernes, marzo 28, 2014

LA RESEÑA DEL VIERNES: 'CERRAR LOS OJOS PARA NO VERTE' y 'LA VÍSPERA', de RODRIGO OLAY

Este viernes LA RONDA DEL LIBRO publica una reseña de Cerrar los ojos para no verte, el brillante estreno poético del asturiano Rodrigo Olay, y del cuaderno La víspera, del mismo autor, sobre quien escribe nuestro ya habitual colaborador José Luna Borge.

jueves, marzo 27, 2014

ESCRITO EN EL MÓVIL

En una calle sin perspectivas despejadas, el cielo es el paisaje.

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Incluso entre muros de cemento hay un campo instantáneo cuando cantan los pájaros.

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El descampado se redime en esas flores amarillas que nacen de los hierbajos.

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En el rastro de un avión a chorro se advierte siempre la duda del pintor que ha elegido un lienzo demasiado grande y ahora no sabe cómo llenarlo.

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Quien inventó el horizonte dibujaba como un niño.


lunes, marzo 24, 2014

EL DON

Chet Baker: esa manera suya de cantar como quien hace una dolorosa confidencia, para luego llenar el silencio resultante con unas desgarradas notas de trompeta. Y su penosa metamorfosis: de mocetón bien parecido a prematuro anciano por efecto de las drogas y de la misteriosa paliza en la que perdió los dientes. O lo que es peor aún: de la mirada relativamente despejada y uno diría que casi inocente de aquel mocetón a esos ojos hundidos, animados apenas por una llama de malicia y cinismo. Asistimos a esa transformación en Let's Get Lost, el duro documental que le hicieron apenas unos meses antes de que se arrojara por la ventana de un hotel de Amsterdam, a los cincuenta y nueve años. Llama la atención lo que dicen de él las personas que lo trataron: sus mujeres, sus hijos, su madre, algún amigo. Todos se muestran decepcionados, todos acaban describiéndolo como un manipulador... Y lo era, quizá, como sólo saben serlo quienes poseen un gran don y comprenden pronto que éste lo mismo sirve para embelesar a un público que para convencer a un contrariado amigo para que te preste un dinero que no le piensas devolver y que te vas a gastar inmediatamente en drogas. Quizá lo segundo valga por lo primero, y lo que importe sea eso: las novecientas canciones que grabó, o las actuaciones en las que, sobreponiéndose a su atormentada realidad humana, alcanzaba a tocar algo que los demás sólo podemos rozar vicariamente: una especie de belleza que sólo logra expresarse mediante la melancolía, pero que es anterior y superior a la melancolía misma, y que atañe a verdades que exigen, para revelarse, una renuncia previa a la individualidad, un quemarse en aras de algo que, ya alcanzado, no es nada y lo es todo, y deja deslumbrados para siempre -y ciegos, por tanto- a quienes llegan a entreverlo.

jueves, marzo 20, 2014

UN POCO DE GEOPOLÍTICA


Movimientos de tropas rusas hacia el oeste. Es curiosa la persistencia de los viejos fantasmas europeos. Y casi me da miedo que me llamen la atención estas cuestiones, no sólo por el interés inmediato que puedan tener, sino por reavivar en cierto modo mi vieja fascinación infantil por los mapas, las banderas de los países del mundo, la Historia reducida a batallas y cambios de fronteras. Dicho esto, se me ocurren dos o tres barbaridades más, que ni siquiera sé si estará bien escribirlas en este cuaderno -y menos mal que lo lee muy poca gente-. Por ejemplo, que intentar imponer la lógica de los estados nacionales sobre unas poblaciones que a lo largo de los siglos no han hecho otra cosa que mezclarse o imbricarse es un disparate, y que quizá los viejos imperios plurinacionales -el austrohúngaro, el otomano o, por nombrar el más reciente, el soviético- tenían más razón de ser que estos incómodos y estrechos estados de hoy. Hubo un tiempo, por cierto, en que la presencia rusa en Centroeuropa, mucho más allá incluso de los territorios hoy en disputa, supuso para las poblaciones europeas el inesperado beneficio de que sus viejas y egoístas oligarquías asumieran el imperativo de construir sociedades en las que las desigualdades inherentes al capitalismo resultasen atenuadas o incluso neutralizadas, para que las víctimas potenciales de esas desigualdades no cediesen a los cantos de sirena del comunismo. Con lo que se dio la paradoja de que los verdaderos y únicos beneficiarios de la existencia de un conjunto de estados nominalmente "comunistas" al otro lado del Telón de Acero fueron.... las poblaciones de los estados no comunistas. Hoy el expansionismo ruso no tiene esa carga ideológica, y no es más que lo que es: la coartada nacionalista que un régimen oligárquico y corrupto -aunque no sé si más que sus oponentes occidentales- se da a sí mismo para justificarse y perpetuarse. Los rusos ya tienen un guardián de las esencias: esa especie de Mussolini rubio que tienen como presidente. En Occidente, mientras tanto, medimos la gravedad de la situación por las oscilaciones de los mercados bursátiles. Y así nos va.


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Quizá la única idea aprovechable de todo El cuarteto de Alejandría, el mamotreto de Durrell, fuera esa: que, al amparo de la complicada política previa a la liquidación de los imperios europeos, hubo espacios privilegiados en los que se dio el milagro de la coexistencia de diferentes culturas, idiomas y religiones, junto con la siempre fascinante posibilidad de que, en los intersticios de esa babel, hubiera quienes lograran escapar a las determinaciones a las que cada una de esas culturas, religiones y nacionalidades sometía a sus respectivas poblaciones. No otro es el atractivo de Cavafis, por ejemplo. Un poeta, por cierto, que ya ha pasado de moda, no se sabe por qué.


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Y hablando de realidades más inmediatas: la posibilidad (horrenda) de una Cataluña que siga los pasos de Croacia; la más horrenda aún de una Castilla -entendiendo por Castilla lo que quede del viejo estado español- más ensimismada aún, más bárbara y pobre. Lo dice un castellano del sur.

martes, marzo 18, 2014

OÍR

"¿Los oyes?", me dice M.A. Pero anda uno metido en su nube de ruido: la radio encendida, el bullebulle dentro de la cabeza, la subsanable pero frecuente ceguera -o sordera- ante el entorno. "No", le digo, a la vez que aguzo el oído y algo de la trama sonora que sirve de fondo a estos ruidos inmediatos empieza a hacerse audible. "Apaga la radio", insiste. Pero el silencio inesperado opera como la propia desnudez, que es más grata cuanto más inconsciente es uno de ella. Por eso no oigo apenas, sólo intuyo; hasta que, en un gesto reflejo, vuelvo a encender la radio, que habla de las naderías de siempre, las trapacerías que los políticos hacen al amparo del consentimiento implícito de la ciudadanía, las guerras lejanas o cercanas... Vuelvo a apagarla. Y ahora sí, ahora sobre el silencio de fondo -limpio y nítido, como corresponde a un paisaje despejado en un día de primavera anticipada- se destaca la trama clara del canto múltiple de los pájaros. Me parece mentira haber permanecido sordo a él hasta este mismo instante. Y estaba ahí: confiado, insistente, gratuito. La ciencia -la "verdadera hija del Tiempo" que decía Poe- nos ha enseñado que esos cantos obedecen a motivos precisos, tales como la delimitación del territorio, la comunicación de la presencia de depredadores o la simple proclama, para quien le interese, de que su emisor ha sobrevivido a los peligros de la noche... También, cómo no, al afán de atraer a la posible pareja. Pero todo eso, toda esa inercia causal de los actos, no explica la belleza del resultado, ni  la evidencia de que sus inconscientes artífices parezcan disfrutar -es decir, cumplir su razón de ser en el mundo- por el mero hecho de tejer esa música unánime. Me siento avergonzado por no haberla percibido antes. Hubo días felices en que ese canto me acompañaba desde el amanecer.

lunes, marzo 17, 2014

VUELO BAJO

Funambulistas. Han colocado una cinta ancha entre dos palmeras, a un metro aproximadamente del suelo. Son dos chicas y un chico. Por turnos, van subiendo a la cinta y se esfuerzan por mantener el equilibrio sobre ella y avanzar, a veces de la mano de uno de sus compañeros. Parece fácil, pero yo no lo intentaría. Y posiblemente ellos mismos, que están en esa edad en la que, abandonados definitivamente ya los juegos de niños, las nuevas diversiones apenas duran lo que tarda en agotarse su aura de novedad, serán de mi misma opinión en muy poco tiempo. Ahora, en cambio, transmiten una serenidad admirable. Nada más serio que un juego. Y ya puestos a jugar a algo, ¿por qué no a andar como quien vuela, en un mundo en el que, a falta de asideros precisos para mantenernos erguidos, quien se cansa de andar... repta?

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Hay una diferencia entre Todos los hombres del rey, la película que ha hecho Sean Penn sobre la venerable obra de Robert Penn Warren, y la primera adaptación cinematográfica de la misma, la que dirigió Robert Rossen en 1949, y que en España se llamó El político. Las dos son excelentes, pero... diría uno que la antigua era, en efecto, una despiadada disección del instinto que lleva a prescindir de todos los ideales cuando de lo que se trata es de conservar el poder; mientras que la nueva es, simplemente, una sátira del populismo. Y no, no es exactamente lo mismo una cosa que la otra.

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También esa primilla ha optado hoy por el vuelo bajo. Pasa ante mi ventana, casi por el mismo sitio en el que hace unas horas ensayaban los funambulistas. Y es que tiene uno la sensación de que este cielo grande y despejado de anteprimavera atemoriza un poco.  

viernes, marzo 14, 2014

LA RESEÑA DEL VIERNES: LECTURAS DE CINE (2)

¿Sabían que la película más taquillera del cine español es No desearás al vecino del quinto? Esta segunda entrega de la serie "Lecturas de cine" recoge reseñas de tres libros de referencia que a mí me han proporcionado datos curiosos y ayudado a refrescar películas vistas o a confrontar mi opinión con las de otros. Siguen siendo útiles. En LA RONDA DEL LIBRO, nuestro blog de crítica literaria.

jueves, marzo 13, 2014

PESADILLAS

Después de ver la confusa adaptación que Brian de Palma hizo de La Dalia Negra de James Ellroy, busco un poco de esclarecimiento en un documental sobre el caso que en su día emitió Canal Historia. Y el detalle que más me llama la atención es la posibilidad de que el asesino se inspirara, a la hora de efectuar las horrendas mutilaciones y manipulaciones a las que sometió el cadáver de su víctima -una desventurada chica que buscaba fortuna en Los Angeles-, en las ideaciones "surrealistas" de Man Ray; en concreto, en la fotografía que tituló "El Minotauro", inspirada en un cuadro de Picasso, y en la que el torso y brazos de una mujer desnuda recuerdan vagamente, por su disposición, la cabeza de un toro... 

No quiero seguir por este camino. No es demasiado difícil emparentar el arte del siglo veinte con las patologías criminales, y resulta un tanto inquietante que los primeros en efectuar este análisis fueran los nazis y sus teorías sobre el "arte degenerado". Pero... Lo dejo ahí, con un nudo en el estómago y un cierto disgusto de mí mismo por haber dedicado tiempo y energías a estas indagaciones morbosas. He leído demasiado a Poe en los últimos tiempos.

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Puestos a recordar algunas películas perturbadoras vistas últimamente -y tampoco demasiado buenas-: El chico que conquistó Hollywood, por ejemplo, la biografía de Robert Evans, el productor que alcanzó el éxito con películas como Love Story, La semilla del diablo o Chinatown,  y luego cayó en una de esas espirales autodestructivas que parecen copiadas del argumento de Ha nacido una estrella, y que le dejan a uno siempre la duda de si esas historias son del todo reales o circulan por ahí para que los demás mortales, los que no hemos conocido nunca el éxito fulgurante o la fortuna desbordada, pensemos que en el fondo hemos tenido suerte...; o esta otra, más inquietante aún: Gainsbourg, vida de un héroe, una imaginativa manera de contar la vida del feo Serge Gainsbourg, cantante y compositor francés famoso por haber compuesto la primera y quizá única canción pornográfica -para los niveles de entonces- que conoció un éxito similar al de Emmanuelle y otros productos del género: la afamada Je t'aime moi non plus, con su fondo de gemidos -dicen que de Brigitte Bardot- y su explícita letra ("tu vas et tu viens entre mes reins..."). Lo interesante es que no sólo fue autor de esta nadería, sino también de unas cuantas memorables gamberradas que lo convierten en una especie de "punk" avant la lettre, y entre las que figuran su Nazi rock o su Reggae marseillaise, una broma sobre el himno francés que muchos compatriotas del autor encontraron intolerable. Puesto a elegir, entre la peculiar especie de inadaptados que producen los excesos del sueño americano y los surgidos de esa especie de cansancio de vivir que caracteriza a la gran cultura europea en su conjunto, me quedo con los segundos. Pero tampoco. 

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Se ve que últimamente me van las pesadillas. Lo es, y en muy alto grado, El beso mortal (Kiss Me Deadly), la magnífica película de Robert Aldrich, ambientada también en un Los Angeles fantasmal que -lo sé ahora, después de haberme documentado sobre la sórdida historia de la Dalia Negra- apenas desmerece del real, y en el que cabe incluso una moderna prefiguración del mito de Pandora y su caja de los horrores, representado esta vez por un cofre que oculta lo que parece ser -aunque no se aclara- una muestra de un letal mineral radiactivo. 

Mitos: esa manera "postmoderna" -leo- de poner un poco de orden en la realidad.

miércoles, marzo 12, 2014

OBRA TERMINADA


"A cierta edad... comienza uno a tener la sensación de que está terminando con lo que ha constituido casi todo cuanto le interesa y le justificaba su estar en este mundo...". Me impresionan estas palabras que José María Álvarez antepone a su último libro de poemas; que contradicen, en todo caso, el sano vitalismo que desprende el poeta en otro libro que he leído últimamente: el que recoge sus conversaciones parisinas con Alfredo Rodríguez. Quizá haya una melancolía, digamos, filosófica -por atañer a las convicciones íntimas de uno-, que no está reñida con el goce del vivir. No sé. En cualquier caso, no he podido evitar aplicarme el cuento. Tengo unos años menos que el poeta en cuestión, pero los suficientes como para sentir que empieza uno ya a cerrar ciclos, a dar cosas por concluidas, a prometerse treguas y descansos no sé si merecidos, pero en todo caso anhelados. Los hijos crecen, los libros escritos alcanzan una cifra respetable, la carrera mundana que a uno le tocaba recorrer empieza a mostrar sus límites. Y si uno, gracias a Dios, conserva la curiosidad y no se ve del todo falto de ideas y proyectos, lo cierto es que ya no siente hacia los mismos la adhesión incondicional de quien no ha experimentado su dosis de decepciones. En fin. Pero no, no firmaré nunca una declaración de obra terminada. Entre otras cosas, porque lo verdaderamente importante de esa obra, aquello a lo que uno aspiraba a llegar... sigue ahí, inalcanzable.

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Miro las cuartillas de cierto trabajo académico al que estoy dando fin. Los primeros pasos del mismo los di... hace treinta años. Ahora no me deparará ninguna ventaja académica o profesional, más allá de la satisfacción de haberlo concluido. Y me acuerdo del viejo Smiley, el espía de John LeCarré, dedicando los últimos años de su vida a la confección de una monografía sobre el poeta Opitz, mientras a su alrededor se teje una espesa trama que, en el momento en que se escribió la novela, parecía de pura política ficción, pues hablaba del aparentemente inviable independentismo de las naciones bálticas, que entonces eran parte de la URSS... Quién sabe. Nadie percibe que a su alrededor se está gestando un torbellino, y que éste, con toda su fuerza impredecible, nos acabará arrastrando.

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No falla: todos los años nos adelantamos a la primavera. Hoy ya la cafetería estaba vacía, porque todo el mundo había salido a desayunar a la terraza donde, a pesar de la buena voluntad de todo, seguía arreciando un viento gélido. Pero había, no sé... como un cambio de matiz en la luz. Y eso bastaba.

martes, marzo 11, 2014

NECROLÓGICAS


Creo que ésta es la primera vez que escribo en este cuaderno la palabra "Facebook" o hago mención expresa de esa volandera burbuja que, no sin notable cursilería, llamamos "redes sociales". Las utiliza todo el mundo, por lo que no creo que el hecho de que en ellas se relacione uno con otros escritores, y que entre ellos figuren no sólo aquellos a los que trato habitualmente, sino también otros con los que quizá nunca me hubiera relacionado de no mediar este artificio comunicativo, sea digno de reseña o constituya una anomalía sociológica. Tampoco hay que excusarse por estar ahí, como también parece un poco fuera de lugar vanagloriarse de lo contrario. Supongo que unos están porque les divierte, otros porque supone un paliativo de la falta de eco o respuesta social que normalmente tiene la labor del escritor, y otros porque añaden, al personaje esquivo que normalmente representan en cuanto que escritores, esta otra máscara más accesible y campechana. En mi caso, puede que tengan alguna parte las dos primeras razones mencionadas, aunque la excusa que me doy a mí mismo para entrar en estos foros -y añado Twitter, Google+, etc.- con más frecuencia de la que debiera es que los uso exclusivamente como plataformas de difusión del proyecto literario que supone este "diario abierto"; y porque, una vez en ellos, sigo de cerca el trabajo o el pensamiento de otras personas, escritores o no, con las que me es grato mantenerme en contacto.

En fin. Haga cada cual lo que le apetezca y no se permita nadie juzgar a los demás con una severidad que quizá no se aplica a sí mismo. Qué duda cabe de que, en cuanto que escritores, nuestra presencia en estos foros supone ventilar en público ciertos tics gremiales que antes no trascendían más allá de los lugares habituales de encuentro de las gentes de la profesión o, a lo sumo, las páginas culturales de los periódicos. Y que esta curiosa mixtura de reflejos gremiales y mundanidad sin pretensiones dé lugar a algún que otro malentendido. Pienso, por ejemplo, en lo mucho que se ha escrito en estas redes sobre la muerte reciente de algunos poetas; y más cuando, a raíz del tercero de estos fallecimientos y su consiguiente ola de comentarios de sabor más o menos necrológico, ha tenido lugar el inevitable reflujo de comentarios cínicos o mordaces respecto a la necesidad de esas efusiones fúnebres, su sinceridad y el posible oportunismo de quienes las suscriben. Bueno. Tienen razón quienes nos han prevenido contra el exceso, como la tienen también quienes argumentan que quizá esos poetas hayan recibido más adhesiones y declaraciones de admiración una vez muertos que cuando vivían y eran accesibles. 

Por supuesto, no todo el que escribe unas líneas en recuerdo de un colega muerto pertenece por derecho propio al restringido círculo de quienes pueden y deben dolerse por la pérdida de un ser querido. Pero no hay que olvidar el factor añadido de cercanía que supone la escritura o incluso la mera presencia física de libros de esos escritores en la casa de uno; libros que quizá ahora hayamos vuelto a abrir como si nos asombrara que quien se esforzó por escribirlos y publicarlos, y también por reclamar la atención del público hacia ellos, ya no esté ahí para respaldarlos. No creo que estas cortesías póstumas tengan que ser objeto de la maledicencia o cotilleos de un patio de vecindad. Ningún doliente llega al extremo de afearle al extraño que viene a ofrecer sus condolencias su presunta indiferencia en vida hacia el fallecido, y no veo que lo que no hacen los dolientes hayan de hacerlo los simples curiosos. 

Quien esto escribe aceptó en su día redactar para un periódico una cuartilla en recuerdo de un escritor al que había tratado durante décadas, y muy especialmente en los meses anteriores a su muerte; sobre otro de los escritores fallecidos no dijo nada, porque en ese caso no existían esos factores de cercanía; y sobre el tercero se permitió constatar un azar de lectura. No sé si eso me convierte en sospechoso de oportunismo o sentimentalismo. Tiene uno la impresión de que nadie sale del todo impune al exponerse en según qué lugares. Pero... 

lunes, marzo 10, 2014

LATET ANGUIS IN HERBA

Desde la ladera de Sierra Alta, el valle parece obra de uno de esos pintores primitivos que no sacrificaban el detalle a la visión de conjunto, y en los que se adivinan horas y horas de trabajo minucioso para perfilar cada casa, cada árbol, cada oveja. También uno se demora en contemplar esos detalles, pese a que el motivo por el que hemos apartado los ojos de nuestra labor -buscar espárragos- era precisamente descansar la vista de ese extenuante escrutinio. Pero no es lo mismo intentar distinguir la forma de un espárrago verde entre una compacta masa de verdes que recrearse en la infinita variedad del paisaje y en la nitidez de los trazos con la que cada uno de sus componentes aparece bajo la luz dorada de este primer día despejado de la anteprimavera. 

Aprender a ver, ése es el secreto. Ver lo nítido y claro, pero acabar distinguiendo también esa nitidez y claridad en lo que, en principio, se presenta confuso, hasta que uno descubre que esa confusión es la que ofrece cualquier alfabeto desconocido hasta el momento en el que constatamos que es un conjunto limitado de signos que se repiten y que, por ese mismo efecto de ilimitada repetición, contiene el infinito y ofrece la clave para interpretarlo. Y es como leer, ya digo, sólo que los trazos son aquí, quizá, más intrincados que en cualquier otra escritura. Los espárragos, por ejemplo. Mete uno la hoja de la navaja entre los espinos y escudriña el corazón de la mata hasta que, de su entraña, surge ante la vista el trazo firme, limpio, del brote nuevo. Estaba ahí, ante tus ojos, más nítido incluso que todo aquello que veías en primera instancia. Pero no estabas preparado para verlo, y sólo la progresiva educación de la vista, su adecuación a estas particulares condiciones de visión, te permitirá ir abreviando el proceso en ulteriores tentativas. 

Lo que, no sé por qué, me recuerda otro curioso efecto visual que responde, quizá, a la querencia contraria: la que, al hojear un libro, nos lleva a distinguir en algunas páginas palabras que, cuando nos detenemos a leer más despacio, constatamos que no están allí, y que son sólo el resultado de la superposición de dos palabras próximas de las que el ojo ha querido hacer una sola. Lee uno, por ejemplo, "crótalo", y cuando quiere indagar por qué demonios aparece esa palabra en el texto que tiene delante, descubre que no hay tal, y que las que se han fundido en esa ilusión óptica son "corola" y "pétalo", por ejemplo.

Entre no ver lo que se tiene delante y ver lo que es sólo una creación sintética de la mente debe de haber varios estadios intermedios. Y quizá el más peligroso de todos ellos sea la simple visión aletargada, perezosa, rutinaria de nuestro mirar diario. Ver sólo lo que el hábito o las convenciones establecen que se debe ver. Teme uno esa pereza, esa cómoda ceguera. Y me acuerdo del aviso para navegantes que nos dejó Virgilio, con esa urgencia que no todo el mundo sabe apreciar en la poesía bucólica: latet anguis in herba. En la hierba se esconde la serpiente.

viernes, marzo 07, 2014

LA RESEÑA DEL VIERNES: LIBROS DE CINE (1)


Inicio este viernes en LA RONDA DEL LIBRO una recopilación de algunas de las reseñas de libros de cine que he tenido ocasión de hacer en los últimos años. En este primera entrega incluyo tres libros de planteamiento reflexivo: Cómo pensar el cine, de Suzanne Liandrat-Guigues y Jean-Louis Leutrat; Espectra. Descenso a las criptas de la literatura y el cine, de Pilar Pedraza; y Peplum. El mundo antiguo en el cine, de John Solomon. De los tres se aprende mucho. Continuará.

miércoles, marzo 05, 2014

ESPESO


"Vendimos mil ejemplares", me dice este conocido con el que me he parado a hablar por la calle, y que ha aprovechado la ocasión para referirme algunos multitudinarios logros de la poesía local. Ciertamente, vender mil ejemplares de un libro de poesía es una hazaña notable: lo normal es que no lleguen a agotarse siquiera las exiguas tiradas de quinientos que se hacen de la mayoría de los libros publicados. El referido éxito de ventas, desde luego, va unido al entusiasmo que éstos poetas locales ponen en lo suyo. Lo que me hace pensar que la afición a la poesía está más extendida de lo que se cree, y que posiblemente no haya pueblo mediano, o incluso muchos pequeños, que no cuente con una activa y entusiasta agrupación de aficionados a la poesía que se pasan el año organizando lecturas, certámenes, homenajes, etc. Si esto fuera como digo, el número de potenciales lectores de poesía en España podría calcularse en varios centenares de miles, tirando por lo bajo... Y si todos estos aficionados compraran, pongo por caso, diez libros de poesía al año, las editoriales que se dedican a esto tendrían asegurada la ganancia. Por qué no ocurre esto es un misterio. Se dirá que todas esas tertulias locales son, esencialmente, endogámicas, y su objeto no es tanto compartir el gusto por la poesía como constituirse en sociedades de aplausos mutuos. Es comprensible. Pero lo uno no quita lo otro. ¿No cabría, entre encomio y encomio, dedicar unos minutos en esas reuniones a comentar lo último que cada cual ha leído, las novedades que cada uno de los asistentes ha sido capaz de espigar en su última visita a una librería? He ahí eso que llaman los economistas un "nicho de mercado" por explotar. 

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La conversación, en todo caso, me ha distraído de mis cuitas, en una mañana en la que he amanecido con la cabeza más bien espesa. Es curioso: me prometía un día igual de apacible que el anterior, que fue uno de esos en los que uno se siente en plena forma desde primera hora de la mañana y, haga lo que haga, parece que no se le acaban las energías ni la capacidad de concentración y disfrute. Me desperté temprano, a la vez que M.A., que sí tenía -yo no- obligaciones laborales. Me pasé casi dos horas leyendo en la cama; y luego, todavía con toda la mañana por delante, salí a hacer algunos recados, que todavía me dejaron tiempo para sentarme un par de horas a escribir. El día de hoy tendría que haber sido igual. Pero no: la noche anterior tardé en conciliar el sueño, y el resultado fue que me levanté mucho más tarde de lo habitual y con dolor de cabeza. Desayuno sin apetito y me cuesta un mundo decidirme a vestirme para ir a correos. El resto ya lo he contado. La misma disponibilidad de tiempo, la misma climatología prometedora después de estos días grises, la misma disposición a sacar partido de estas mañanas sustraídas a las rutinas laborales... Y, sin embargo, es uno el que no está a la altura de todas estas circunstancias favorables, es uno el cenizo y el aguafiestas... Como para quejarse. Y ante quién.

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Persiguiendo a K. para que no arañe el sofá, intento agarrarla mientras se me escapa por el filo de una mesa y el resultado es que el pobre animal trastabilla y pierde pie, en lo que me parece que ha sido una mala caída. Se aleja de mí, no sé si con el cuerpo lastimado o con la dignidad herida. Pero al rato vuelve y se frota contra mi costado, como buscando congraciarse con el causante de su daño. Quién dice que los gatos son rencorosos. Ésta desde luego no lo es; en todo caso, astuta, dentro de su humildad: sabe que su gesto me desarma por completo; y que ahora soy yo, con mis caricias, quien busca congraciarse.