martes, diciembre 15, 2009

OTRA TARDE DE DOMINGO

Una cosa lleva a otra. Y así, nuestro pequeño ciclo buñueliano me conduce, por eso de que el rabo de una cereza engancha a otra, a La chute de la maison d'Usher (1928), de Jean Epstein, en la que Buñuel hizo de ayudante de dirección... Todas estas películas, las de Buñuel y la de hoy, las hemos visto en el ordenador, sobre mi mesa de trabajo. Frente a ella sitúo un butacón y unas sillas con cojines, y allí nos acomodamos M.A. y yo de la mejor manera posible. C., que anda a lo suyo, nos mira con cierta desaprobación: ver a sus padres allí encerrados, a oscuras, ante un monitor en el que se proyectan imágenes más bien sombrías, acompañadas de una música intranquilizadora, le da que pensar. Parece que andamos oficiando alguna clase de ritual siniestro. Y el caso es que la película de Epstein lo es: consigue transformar el cuento de Poe -que trata más bien de la hipersensibilidad y la neurastenia- en una verdadera historia de vampiros: desde el comienzo, en el que los lugareños, como en el Drácula de Bram Stoker- se niegan a acompañar al visitante a la casa del misterioso Usher, hasta el extraño proceso por el que éste, mientras pinta un retrato al óleo de su esposa, va privando a ésta de todas sus fuerzas vitales.

Este Usher de Epstein le debe ciertamente mucho al Nosferatu de Murnau (1922), pero también anticipa características de otros futuros vampiros cinematográficos. Así, a diferencia del de Murnau, el protagonista de esta historia no tiene rasgos monstruosos o inhumanos, y lo que lo caracteriza es más bien una especie de inexplicable melancolía, que casa bien con su juventud e incluso con su belleza, pues es un hombre apuesto y elegante, como lo es, a su manera, el vampiro que interpretará Bela Lugosi unos años más tarde. Hace este Usher, por cierto, interpretado por Jean Dubocourt, el mismo gesto con las manos que Lugosi utilizará en La legión de los hombres sin alma para gobernar a los zombis, y que será adecuadamente caricaturizado en la encarnación de este actor que hará Martin Landau en Ed Wood, de Tim Burton: un cierto modo de entrelazarlas, apoyando las yemas de los dedos de una sobre los de la otra, y luego haciendo garra con ambas... También anticipa Epstein el modo de trabajar de Corman respecto a los cuentos de Poe: combinar elementos de varios, para enriquecer la trama puramente cinematográfica. Buñuel aprendería mucho de este modo de proceder: hay algo de Epstein, por ejemplo, en la atmósfera sombría de Abismos de pasión, la adaptación de Cumbres borrascosas que el aragonés filmó en Méjico.

En esto pasamos la tarde del domingo. Una tarde curiosamente exenta de la ansiedad y la sensación de opresión de otras veces. Y es que tal vez esta clase de cine tiene insospechadas virtudes terapéuticas.

lunes, diciembre 14, 2009

CACERÍAS

Maullidos angustiosos de K. Hay una salamanquesa en el techo del salón. La gata se ha encaramado en el respaldo del sofá e infructuosamente se estira hacia el techo. Su instinto no le ha fallado: en una casa de campo, hubiera sido una eficacísima cazadora de ratones. Me siento orgulloso de ella. Pero, como no puedo rebajarme a participar en sus cacerías, pido que la sujeten mientras con un cojín intento derribar a la salamanquesa. Ésta desparece en cuanto cae al suelo. K. -en esto si se nota su condición de gata casera- no es capaz de encontrar su rastro. Al cabo de las horas, vemos a la salamanquesa en el marco de la ventana, seguramente buscando salir por donde mismo ha entrado. Me levanto para abrirle la ventana, pero mi proximidad la asusta y vuelve a esconderse bajo el mueble del televisor. Le dejo la ventana abierta. No sabemos si ha logrado escapar, o si algún día encontraremos su cuerpecillo tieso debajo de algún mueble. Miro de reojo a K., por si ella sabe algo que nosotros no sepamos.

***

No sé cuántas veces habré visto L'Age d'Or, de Buñuel: casi siempre, al socaire de acontecimientos más o menos externos (cursillos, aniversarios, etc.) y nunca de ese modo desinteresado en el que uno acudiría a ver, pongo por caso, El orgullo de los yankees o Raíces profundas, por citar sólo dos maravillosas películas para cuyo disfrute no necesita uno acogerse a pretextos culturales de ningún tipo. Este sábado, en fin, me organicé un modesto triple programa buñueliano, para ilustrar la lectura que he venido haciendo estos días del espléndido y muy bien documentado libro de Román Gubern y Paul Hammond Los años rojos de Buñuel: M.A. y yo vimos, por enésima vez, pero con ánimo de redescubrimiento, Un perro andaluz, la citada La edad de oro y Las Hurdes/Tierra sin pan, las tres primeras películas del director aragonés. Y quizá por contraste con las dos que la flanqueaban, la del medio nos pareció, amén de técnicamente muy competente, bastante divertida... si uno prescinde de dos o tres salidas de tono bastante improcedentes y que, con el tiempo, han perdido ya toda la gracia que pudieran haber tenido en su momento.

Es -se ha dicho hasta la saciedad- una historia de amour fou. Pero una historia, dentro de lo que cabe, bastante coherente y comprensible, pese a estar contada en clave paródica. Las vicisitudes de Gaston Modot para reencontrarse con su amada se parecen, salvando todas las distancias, a las de los protagonistas de Amanecer, la arrebatadora película americana de Murnau. También en esta última, por cierto, el impulso amatorio aparece íntimamente ligado a la locura y a la pulsión criminal... Y el caso es que, si uno lo piensa bien, la farramalla psicoanalítica aparejada a estos argumentos es más llevadera en la de Buñuel -al fin y al cabo, una parodia, o una boutade- que en la del alemán Murnau, llamativamente carente de humor, aunque no de encanto.

En fin, que hemos partido una lanza a favor de este Buñuel redicho, de manual, que nunca había conseguido emocionarnos. Ahora nos ha divertido. Ya es algo.

***

Mientras escribo estas líneas pasa frente a mi casa un desfile de motos. Las hay a centenares, de todo tipo y tamaño. Ignoro el motivo que las ha reunido. Pero me impresiona el aspecto militar del conjunto, sus aires de columna motorizada en marcha. Cualquier pretexto es bueno para formar un ejército.

viernes, diciembre 11, 2009

CRUCIFIJOS

La anunciada “guerra de los crucifijos”, como aquella “guerra de Troya” de la que hablaba el drama de Giraudoux, finalmente no tendrá lugar, con lo que las aguerridas huestes de uno y otro bando dispuestas a enzarzarse en todo tipo de escaramuzas, dialécticas o no, para atacar o defender el viejo símbolo se han quedado, de momento, sin casus belli. No parecía, de todos modos, una batalla con mucho fundamento. Quien esto escribe lleva un cuarto de siglo trabajando en la enseñanza y jamás ha visto un crucifijo en una escuela pública… Supongo, en fin, que la anunciada polémica se refería sólo a esos centros, porque extenderla a los concertados, como pretendían algunos, hubiera sido tanto como negarles la razón de ser, lo que no parece que quepa en los modos de proceder de una democracia. Y que conste que quien esto afirma –en voz baja, para no molestar a nadie– no pertenece a ninguna confesión religiosa, ni cree que éstas deban dictar normas a la sociedad civil.

Crucifijos, ya digo, no he visto ninguno. Si alguno queda por ahí, los responsables de la administración educativa deberán indagar por qué en determinados centros públicos no se ha producido la retirada de los mismos con la naturalidad y discreción con que esto ha ocurrido en todos los demás. Quizá ése sea el quid de la cuestión. La sacrosanta Transición, de la que tanto se habla, consistió básicamente en una sucesión de gestos discretos y, en cierta medida, espontáneos; entre ellos, todos los que contribuyeron a ir separando lo que atañe privadamente a las conciencias de lo que debe regir la convivencia pública. Y lo que ahora resulta verdaderamente preocupante es que esa espontaneidad y esa discreción parezcan haberse perdido para siempre.

Tampoco el hecho de que hayan desaparecido los crucifijos garantiza, de todos modos, que en las escuelas predomine la racionalidad. Todavía me sonrojo al recordar un cartel que vi en una exposición escolar organizada por cierta oenegé biempensante, y seguramente subvencionada, de cuyo nombre no quiero acordarme. Decía ese cartel, dirigido a los alumnos de Secundaria: “En el Neolítico, con la aparición de la agricultura, apareció también la desigualdad social”. Todavía estoy preguntándome si lo que quería decir el autor del cartel es que hubiera sido preferible que la humanidad no hubiera pasado de la fase de cazadores-recolectores, antes de sacrificar ese presunto igualitarismo primigenio… Es para echarse a reír, si no fuera porque sabemos que en el mundo ha habido, y hay, no pocas dictaduras sanguinarias que pretenden el regreso a esa pretendida Edad de Oro, anterior a todo progreso. La de los llamados “jemeres rojos”, en Camboya, cuyos crímenes se están juzgando ahora en un tribunal internacional, fue una de ellas.

Y es que no todos los males vienen del crucifijo. Digo yo.

Publicado el martes en Diario de Cádiz

jueves, diciembre 10, 2009

ENTONCES

Recién llegado a esta celebración familiar, en la que concurren parientes cercanos y lejanos, esta desconocida, amiga o pariente a su vez de un pariente político mío, me recuerda benévolamente una escena no del todo gloriosa protagonizada por mí hace casi treinta años, cuando yo era poco más que un adolescente. Era nochevieja y bebí más de la cuenta; mucho más, en todo caso, de lo que estaba acostumbrado, y con el mal criterio que suele tenerse a esas edades. Resultado: caí redondo. Ocurrió en casa de un familiar, y esa mujer, al parecer, estaba entre los presentes, aunque yo no la recuerdo. No nos hemos cruzado en todos estos años. En el intervalo uno ha estudiado una carrera, sacado unas oposiciones, publicado una veintena de libros. Me he casado y tenido y casi criado ya a una hija. Nada de eso existe, ni tendría por qué, para esta presencia extraña e inesperada, para la que sólo soy... alguien que protagonizó una sonora borrachera hace seis lustros, a una edad respecto a la cual tendría que haber una ley que ordenara borrar todos los recuerdos que los demás puedan tener de uno.

miércoles, diciembre 09, 2009

VILLANCICOS

Aprovecho un hueco del sábado por la tarde para escribir el villancico de este año. Ya sé que a más de uno le extrañará esta confesión. No parece que escribir villancicos sea el modo más seguro, a estas alturas, de ganarse la posteridad poética. No sé cuántos años llevo haciéndolo: nueve, calculo, con alguna intermitencia. Empecé siguiendo el ejemplo de mi amigo José Mateos, que fue el primero de quien recibí esta clase de felicitaciones. Luego las he intercambiado con Aquilino Duque, con Inmaculada Moreno, con Enrique García-Máiquez... El modelo de todos, creo, fue Pablo García Baena, que en 1984 dio a la imprenta sus Gozos para la Navidad de Vicente Núñez, una deliciosa recopilación de los villancicos que el primero fue remitiendo al segundo en los diez años precedentes.

A diferencia de la mayoría de los poetas mencionados, si no todos, no tengo creencias religiosas asentadas o canónicas, aunque sí mantengo una cierta idea, que no sabría fundamentar, de que ciertos afanes humanos remiten a alguna clase de trascendencia... Mis villancicos, si así pueden llamarse, se alimentan por tanto de lo mismo que el resto de mi poesía: recuerdos infantiles, constataciones más o menos desilusionadas del paso del tiempo, equiparaciones sencillas entre los actos de la vida cotidiana y las aspiraciones a las que parecen responder o remitir esos actos... Son, a su modo, villancicos "laicos" -que no laicistas-. Me divierte hacerlos. Sobre todo, porque es la única ocasión del año en la que el hecho de escribir -y más, en clave poética- está dirigido a cumplimentar un acto desinteresado de cortesía amistosa, y no a satisfacer otras aspiraciones que, miradas desde el punto de vista de la mera sociabilidad, resultarían pretenciosas o desorbitadas.

Pero no es esto lo que quería anotar, sino la circunstancia de que, una vez más, el hecho material de escribir el poema me ha dado que pensar. Tenía varias ideas previas al respecto, y de todas ellas podría haber derivado un villancico más o menos ajustado a mis expectativas. Pero se dio la circunstancia de que M.A. había traído a la sierra su ordenador portátil. Y que, por consiguiente, me pareció oportuno utilizarlo para mi propósito. Inútil: tras una hora larga ante la pantalla en blanco, me di por vencido. Y no hice otra cosa que bajar al salón, con la intención de olvidarme del asunto, cuando, ante el cuadro de J.A.M. que preside esa habitación, se me ocurrió un romance de catorce versos, que no tardé más de diez minutos en escribir, en el que el asunto del cuadro -un arroyo local, en plena crecida- remite, en su calidad de río pintado, a los ríos de papel de plata de los belenes de la infancia, y al hecho mismo de la representación, plástica o verbal, de la naturaleza, y a las emociones aparejadas a ese acto elemental de apropiación...

Seguramente es más complicado explicarlo que hacerlo. Pero el caso es que ya tengo mi felicitación. Escrita a mano, como siempre: parece que este tipo de escritura desinteresada no admite siquiera el principio de mecanización elemental que supone el ordenador. Bueno. No quiero dar a esta anécdota más importancia que la que tiene, que seguramente es nimia. Un año más, C. me ha dibujado una viñeta para acompañar el poema resultante. Estos días procederé a imprimir ambas cosas y a enviar la tarjeta a los amigos. Y es curioso que, ahora que me pongo a hacer balance de este largo y descansado puente festivo, este hecho intrascendente baste para llenarlo.

viernes, diciembre 04, 2009

EL RODAJE

Con éstos del cine pasa lo que con esos visitantes de fuera que, a fuerza de ponderar lo exótico y curioso que les parece lo que a nosotros dejó de sorprendernos hace años, terminan contagiándonos su asombro. Por eso es bueno tener los brazos abiertos a esa clase de visitantes: te hacen ver, cuando vienen, que también tu entorno inmediato, las calles que ya ni ves, e incluso la luz y el cielo en los que ni siquiera reparas, albergan bellezas que quizá merezcan el esfuerzo de ser miradas con otros ojos. Y eso es justo lo que pasa, en fin, cuando una turba de carpinteros, electricistas, figurantes y demás invaden tu ciudad y la convierten, por unos días, en otra. La nuestra fue la Habana allá por el año 78, cuando se filmaron en ella y en los alrededores algunas escenas de Cuba, una película de Richard Lester; y fue Beirut en una de acción cuyo nombre he olvidado; y hasta se disfrazó de sí misma para albergar El amor brujo de Rovira Beleta. Y ahora, por uno de esos vislumbres que sólo se explican por la capacidad de transmutar la realidad que tiene el cine, sus calles céntricas se han convertido en un trasunto de la Pamplona de los sanfermines…

Se pone uno en el lugar de quienes han tenido esas intuiciones y termina dándoles la razón: una ciudad vale por todas, porque lo verdaderamente esencial de una ciudad, de cualquiera de ellas, es no tener esencia, resultar poliédrica, tener tantas caras como miradas se quieran proyectar sobre ella. Las ciudades se inventaron para eso: para escapar en ellas a las rígidas determinaciones que regían la vida en el campo. Por eso no hay ciudad, por decente que sea, que no tenga una calle de mala nota; o que no cuente con una masa más o menos variable de extraños y forasteros, o que no se reinvente a sí misma cada pocos años. Cuando eso no sucede, o apenas se percibe, es que la ciudad está estancada o muerta, o está degenerando en poblacho, que sólo tiene de urbano las dimensiones, pero no el espíritu.

No hay ciudad que no esté expuesta a este peligro, y más cuando faltan en ella recursos e ideas. Por eso es bueno que venga una tribu de feriantes a ponerla manga por hombro, que es justo lo que ha pasado con este último rodaje, el de la película Knight and Day. Hay quien se ha quejado duramente por las molestias, olvidando que éstas no han sido mayores ni peores que las que causa el carnaval, la Semana Santa o un simple concierto veraniego. Y quizá en esas quejas se le ha visto el plumero al normalmente discreto y disimulado chauvinismo local, que también existe, y que suele mirar con malos ojos las alteraciones de nuestra paz provinciana venidas de fuera. Bendito sea el cine, que nos ha disfrazado la ciudad (quiero decir, las rutinas, las expectativas, el paisaje cotidiano) por unos días. Ojalá nos dure mucho tiempo la frescura de esa mirada.

Publicado el martes en Diario de Cádiz

jueves, diciembre 03, 2009

MUSARAÑAS

Pese a ser hoy uno de esos días en los que tengo el tiempo medido para llegar al trabajo, se me va el santo al cielo mientras estoy en la ducha: no creo haberme quedado dormido, porque eso no me parece posible en pie y bajo un chorro de agua, pero hay unos minutos de los que no puedo dar cuenta, y en los que he tenido la mente no sé dónde: los suficientes para que empiece el día con prisas y con el paso cambiado. Luego, frente al ventanal de marras, el que da al mar, la mente se me va de nuevo a las nubes (literalmente: a la trama del cielo aborregado que tengo delante). No sabría decir qué musarañas he perseguido entre esas nubes o bajo el chorro de la ducha. En todo caso, no las creo más consistentes que las que persigo con la mente despejada. Ésas también están hechas de viento. Y no parecen deparar mayores beneficios que las otras.

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Hoy jueves (20.00 horas) presento en la librería Pérgamo de Puerto Real mis
Vacaciones de invierno.

miércoles, diciembre 02, 2009

LICÁNTROPO

La literatura del siglo XX nos ha acostumbrado al victimismo. Es más: lo ha impuesto. Casi no se puede encontrar a un escritor que no escriba en tono de queja. Lo que, más que favorecer el derecho a la misma, cuando ésta es pertinente, sume en el descrédito a todos los que han hecho de ese tono (facilón, por otra parte) su más recurrente artificio literario. No fueron quejumbrosos Galdós, ni Cervantes. No lo fue tampoco, pese a la melancolía que a veces destilan sus versos, Antonio Machado. Hoy el victimismo se disfraza de agresividad. El quejica no sólo se queja: te arrea una patada. Y qué puede esperar uno de una literatura escrita a coces.

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Este hombre es partidario de los gatos. Hemos descubierto que tenemos eso en común: los dos tenemos una gata en casa, y a los dos nos fascina esa especie de devoción egoísta, entretejida de indiferencia y oportunismo, que los gatos manifiestan hacia quienes conviven con ellos. Habíamos intentado antes otras conversaciones: política, sociedad, dinero. No parecía que en ninguno de esos campos pudiéramos llegar a ninguna clase de acuerdo. La afinidad recién descubierta es de las que no generan ningún beneficio para ninguno de los dos: seguramente nunca estaremos de acuerdo en ninguna otra cosa, ni uniremos fuerzas en ninguna otra cuestión. Ni siquiera es probable que la mutua simpatía que pueda derivar de este descubrimiento redunde en alguna clase de favor mutuo. No, los partidarios de los gatos no conseguiremos llevar nunca a un representante nuestro al parlamento, pongo por caso. Y, sin embargo, adivino que una sociabilidad basada en un fundamento tan endeble puede tener mejor cariz que otras más interesadas. Y ser menos propensa a la decepción.

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Ha muerto el actor Paul Naschy. Su mejor papel fue el de licántropo. Es curioso que estas cosas se lleven con humor, al menos ante la galería. Y, sin embargo, supongo que para hacer un papel así con convicción hay que tomárselo con un mínimo de seriedad. No digo yo que haya que dormir en un ataúd, como dicen que hacía Bela Lugosi. Pero...

lunes, noviembre 30, 2009

SIMETRÍAS

Primero me llama el librero J.M., para decirme que tiene allí delante, en su local, al personaje que hemos dado en llamar el libridinoso, por una anécdota que conté en su día en este cuaderno, y que se publicó en mi libro Señales de humo. Debe de ser un hombre bienhumorado, y por eso el librero no ha dudado en decirle que la referida anécdota anda en papeles, e incluso se ha decidido a regalarle el libro... Me llama para decírmelo, e incluso me pasa el teléfono para que yo pueda saludar al aludido. Con lo que me siento casi como Unamuno cuando decidió presentarse él mismo en las páginas de Niebla, su famosa nivola, e interpelar directamente a sus personajes.

Y aún me dura esa sensación de divertida extrañeza cuando, por la tarde, me decido a hojear la nueva entrega de los diarios de A.T., que recogí esa misma mañana en correos; y, para mi sorpresa, me saltan a la vista unas páginas en las que se habla de una visita que ese escritor hizo a Cádiz en el 2002, y se menciona al
buen amigo que lo presentó, que no es otro que el que escribe esta nota... Con lo que se produce una de esas extrañas simetrías que la realidad crea a veces con los materiales más insospechados. Un personaje de un libro mío cobra vida y voz al otro lado de un teléfono. Y yo mismo, encubierto por una X., aparezco como personaje fugaz de otro libro. Y todo ello, en un mismo día que, de no haber sido por esta curiosa doble anécdota, hubiera figurado, por razones que no vienen al caso, entre los más depresivos y angustiosos de este otoño-invierno que no termina de arrancar.

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Bueno, también estuve a punto de caerme por las escaleras. Iba despistado y creí que había llegado ya al final de las mismas, cuando faltaban aún dos escalones para el descansillo. Podía haberme dado un mal golpe, en fin, pero tuve suerte y aterricé sobre mis codos y rodillas, sin más consecuencias que unas ligeras magulladuras y el susto terrible que le di a K., que salió corriendo espantada, con la cola erizada, y luego volvió a cerciorarse de que ese extraño cuerpo que se le acababa de abalanzar no albergaba ulteriores intenciones agresivas.

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Y es que a la gata tampoco le ha sentado del todo bien este fin de semana. Ya el viernes vinieron a sacarla de su tranquilidad los operarios que estuvieron reparando el lavavajillas. Cuando intentaba olisquear a uno de ellos, para ver si era de confianza, le sonó a éste el móvil, con uno de esos espantosos tonos que, en vez de simular un timbre, exclaman: ¡hola! ¡hola! con una horrible voz de payaso psicópata. A partir de ahí, K. se limitó a acecharlos desde la puerta, con la cola erizada, mientras emitía una especie de rugido amenazador. Y con ese humor recibió a las visitas que vinieron luego; que, por estar acostumbrados a los gatos, no se lo tuvieron en cuenta y más bien se tomaron con ella unas confianzas rayanas en la falta de respeto...

viernes, noviembre 27, 2009

LA GRIPE

Lo malo de tener que escribir el artículo de la gripe es que seguramente uno lo ha escrito ya, y hay una regla de oro en esto del columnismo que obliga a no repetirse. Escribió uno ese artículo cuando, como todos los columnistas que se estrenan, paseaba confiadamente por los hitos del calendario y encontraba una incitación a escribir en el mero sucederse de las estaciones. No hay articulista novel que no haya escrito sobre la navidad, la llegada del buen tiempo, el verano y sus tópicos. Lo malo de esos temas es que sólo pueden tratarse una vez. Cuando se agotan, hay que engancharse a ese fatigoso carro que llamamos “actualidad”. Y de ahí nace el dilema en que me encuentro: ¿es esta gripe de ahora un asunto actual o una cuestión estacional? O, lo que es lo mismo: ¿es noticia o es mera recurrencia de algo que sucede todos los años, tan poco novedoso, en fin, como el becqueriano regreso de las oscuras golondrinas o la caída otoñal de las hojas?

No sé. Ya quisiera uno encontrarse en esa situación de bendita inocencia que le permitiera escribir el artículo de la gripe de siempre, la cíclica, la eterna, la que vuelve cada año de la mano del invierno y se disipa con la llegada de la primavera. La que permite faltar al trabajo y reclamar del cónyuge desacostumbrados mimos y cuidados. La que se sobrelleva en cama, acompañado de un libro, un vaso de leche caliente y un termómetro… También esa gripe “normal”, de apariencia tan benévola, se lleva por delante muchas vidas. Pero lo hace sin alharacas ni alarmismos, revestida de esa inevitabilidad que pone como único requisito para morir el mero hecho de estar vivos.

A lo que parece, tampoco la amenazadora gripe de nuevo cuño va mucho más allá. Los médicos, que son fatalistas por naturaleza, porque han de asistir impertérritos al siempre inquietante espectáculo del dolor ajeno, así lo creen, y por eso muchos de ellos se resisten a ponerse la vacuna improvisada al efecto. Quizá porque tienen sus dudas respecto a su efectividad. Pero también porque, en el fondo, aceptan la cuota de riesgo que les cabe en esta eterna lotería en la que diariamente se concede o se niega el regalo de seguir viviendo. También se dice –y esto también es parte del discurso de la actualidad– que el virus en cuestión ha mutado, y a lo mejor se hace incluso más agresivo y letal. Lo que tampoco debería asustarnos, porque ya sabemos que los virus son tan poca cosa que ni siquiera poseen el don de la identidad estable. En eso se parecen a los columnistas: hoy son poéticos y benévolos, como la gripe estacional, y al otro día se muestran destructivos y feroces. También nuestros temores mutan. Ayer huíamos del turista que volvía de Méjico con un constipado, hoy besamos en la frente al familiar enfermo con el que no tenemos más remedio que convivir. Eso hemos ganado.

Publicado el martes en Diario de Cádiz

jueves, noviembre 26, 2009

UNA PAUSA

En una pausa del trabajo veo a esta compañera consultar una de esas páginas de Internet en las que se hacen predicciones meteorológicas. Nada anormal, por supuesto, y más en estos días de tiempo cambiante, en los que conviene ir avisados. Pero lo que me llama la atención, y hace que me acerque a ella, es que el verdadero propósito de la consulta es acceder al archivo de fotografías relacionadas con los elementos que incluye esa misma página, y que han sido puestas en ella por los usuarios de la misma. Son fotos bellísimas, casi todas de amaneceres o puestas de sol, con cielos de un colorido casi sobrenatural, nubes impresionantes y arrebatadores efectos de luz. No hay más remedio que asentir a esa belleza; como también hay que hacerlo, en fin, al impulso que lleva a esta mujer, bastante comedida y sobria en todos sus actos, a entregarse por unos minutos a este acto casi secreto de gratificación estética y, entiendo, espiritual. Y lo que lamento, una vez consumada mi intromisión, es no tener palabras para corresponder a su entusiasmo, que entiendo sincero. Esa clase de belleza es verdaderamente inefable. Y lo es, no sólo por su intensidad, sino porque realmente no se puede hablar de ella sin trasladarla a categorías estéticas que la empobrecen o bastardean. ¿Compraría yo un cuadro que se entregara sin más a la reproducción de esos efectos? No. ¿Pondría yo en mi salón, permanentemente a la vista, una reproducción enmarcada de alguna de esas fotografías? Tampoco. Incluso las frases con las que he intentado dar idea de lo que muestran me resultan, al releerlas, afectadas y cursis. En cambio, no tengo reparo en tener a la vista, como es el caso, un cuadro que muestra un paredón desconchado... No lo digo en detrimento de este último: es un cuadro (alguna vez he hablado de él) muy hermoso, también tocado por la luz, y que presupone todo un mundo a su alrededor. Pero...

Tal vez la solución de esta sencilla paradoja sea que el arte casi siempre fracasa (o, lo que es peor, cansa y empalaga) cuando intenta reproducir ciertas bellezas evidentes por sí mismas, y en cambio se eleva a alturas insospechadas cuando parte de referentes modestos y simples. No sé. También puede ser que en toda esta situación que he contado lo que se pone de manifiesto sea alguna carencia mía, no sé si intelectual o sensitiva. También ésa es una de las funciones de la belleza: dejarnos pensativos.

miércoles, noviembre 25, 2009

UNA APOSTILLA

A mi amigo y colega Rafael Marín, que ha venido al instituto a dar una conferencia, le hacen la consabida pregunta: "¿Por qué escribe usted?". Y responde, entre bromas, que porque así ahorra mucho dinero en psiquiatras. No sin antes conceder que él también se lo pregunta con frecuencia, ya que la escritura es un trabajo casi siempre ingrato y solitario, que incluso te enemista a veces con los tuyos... Tiene razón. Sin embargo -me entran ganas de apostillar- hay también un gozo de la escritura, que a veces llega a la euforia, y que se manifiesta cuando la ocasión y las ganas coinciden con uno de esos contados momentos en que las palabras acuden con facilidad al pensamiento y a las manos, a remolque de ideas que parecen aflorar en el momento oportuno, y complementarse unas a otras, de modo que el resultado, cuando llega a culminarse, parece un don del cielo, un arrebato, un golpe de eso que los antiguos llamaban inspiración... Suele ser un estado pasajero, y a veces basta que cualquier contratiempo se interponga para que, al volver a lo escrito, uno deje de encontrar esa gracia de que lo creía tocado. Pero, pasajero o no, existe, y quizá uno se pase tardes y tardes ante el ordenador a la espera tan sólo de que vuelva a repetirse.

martes, noviembre 24, 2009

LEOPOLDO PANERO

Comienzo la lectura de Memoria del corazón, la antología de Leopoldo Panero que acaba de publicar Renacimiento, a cargo de José Cereijo. Mientras la voy hojeando, revivo el deslumbramiento que me produjo este poeta cuando lo leí hace años en otra antología, la que publicó Andrés Trapiello en La Veleta. Aquella fue una lectura rápida, hecha en casa de un amigo que tenía el libro. Pero, por eso mismo, dejó una huella intensa e imborrable, la que dejan las cosas cuya impresión primera no se tiene ocasión de borrar. No soy de los que persiguen encarnizadamente los libros, sino de los que toman nota de ellos y esperan pacientemente que les salgan al encuentro. La poesía de Panero ha tardado en llegar, y, ahora que lo hace bajo el envoltorio de esta colección casi juvenil y colorista de Renacimiento, casi me congratulo de que se haya tomado su tiempo.

Cuando leí por vez primera a este poeta, me gustó de él la contención expresiva, la justeza, la precisión de una poesía de la que estaban felizmente ausentes todos los tics y tópicos de las distintas escuelas poéticas que se habían venido sucediendo en la posguerra española. Todo eso lo doy ya por descontado, y lo que aprecio ahora en esta poesía, y quizá no era capaz de apreciar entonces, es la frescura y propiedad de sus imágenes, la emoción que destilan, la inevitabilidad con que se imponen al lector, como se impondrían a un observador las luces y rumores de un atardecer. Y, sobre todo, algo que quizá quienes me conocen no entiendan bien, y que voy a tratar de consignar aquí, siquiera brevemente.

No soy una persona religiosa, mi interés por cualquier cuerpo doctrinal de esa clase desapareció a finales de mi adolescencia y no ha vuelto a renacer en mí. Pero no me considero en absoluto ajeno a la emoción religiosa, a la conmoción humana que puede apreciarse en quienes son capaces de consignar sus experiencias de esta índole y asimilarlas, gracias al valor preciso de las palabras que usan, a otras experiencias humanas de validez universal. Leopoldo Panero logra expresar esta experiencia primigenia, y lo hace con palabras sencillas, referidas casi siempre a la naturaleza inmediata, al paisaje, al orden elemental de las estaciones y los aconteceres naturales. No hay retórica ni impostación doctrinal en esta poesía, como tampoco hay, gracias a Dios, vaguedades panteístas. El Dios de Panero es el Dios antropomorfo de la Biblia, providente y severo. Pero no es el Dios de los beatos, ni el de la teología sofística, ni el de los mezquinos ajustes de cuentas de confesionario. Y por eso, por esa grandeza, su religiosidad es genuinamente poética y humanamente acogedora.

No sé si me he ido por las ramas. He leído y releído, por ejemplo, "El peso del mundo", un romance de mediana extensión (ocho páginas en esta edición), y sentido el deseo de sabérmelo casi de memoria y llevarlo conmigo, porque formulaciones como ésta: "Los años del mundo tienen / pesadumbre de encinar", poseen la fuerza de la cosas vistas y entendidas, interiorizadas y expresadas con ese acierto que trasciende el mero peso de las palabras y eleva lo comunicado a otro orden superior.

Digo yo, que tampoco entiendo mucho de estas cosas.

lunes, noviembre 23, 2009

LO PRINCIPAL



La sensación, a veces, de que, al consignar aquí lecturas, opiniones sobre películas, etc., estoy eludiendo el asunto principal.

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Lectura en A., un pueblecito de mil quinientos habitantes, en el que puedo considerarme afortunado por haber reunido a veinte para la ocasión. Mujeres casi todas, pertenecientes a una de esas benemeritas asociaciones culturales que algo hacen por sacarlas de casa, llevarlas de excursión, animarlas a leer o a asistir a esta clase de reuniones en las que se sienten, a un mismo tiempo, anfitrionas e invitadas de honor. Uno tiene siempre las mismas dudas al respecto: los honorarios, que abona la Junta, son discretos y más bien poco puntuales, por lo que el motivo económico no puede contarse como el principal para aceptar participar en esta clase de actos; tampoco creo que con ellos se ganen lectores, porque no se dan las condiciones que, en el mejor de los casos, moverían a un espectador curioso a acudir a una librería y buscar los libros de uno: a lo sumo, se gana uno la benevolencia del público, que se espera redunde en alguna clase de beneficio general, a muy largo plazo, para la literatura en su conjunto; también duda uno de que su literatura, buena o mala, resulte la más apropiada para actos de proselitismo cultural, en los que quizá darían mejor rendimiento otra clase de agentes: no sé, conferenciantes con gancho, o rapsodas de la vieja escuela, capaces de emocionar al público... Pero, en fin, uno acude porque se siente vagamente querido por el mero hecho de que lo llamen, y piensa que peor sería lo contrario: que no se acordaran para nada de ti.

El caso es que uno se presenta allí, lee sus cosas, anima a las señoras a que le hagan preguntas y confidencias. M.A., que me acompaña casi siempre, y que ya se sabe de memoria el repertorio, me mira con expresión entre irónica y benevolente, porque creo que ella se pone en el lugar de estas mujeres y aprecia el esfuerzo que uno hace por no defraudarlas. Y luego la vuelta, con la vista cansada, las pupilas deslumbradas por los reflejos de la carretera y el corazón vagamente encogido por hallarse a esas horas de la noche en plena sierra, donde Cristo pegó las tres voces. Ya no está uno para estos trotes. O quizá sí, quizá sea esto lo que uno ha cosechado después de haber escrito y publicado una veintena de libros: encontrar alguno en una biblioteca remota, constatar que te han elegido para la ocasión porque tu nombre les "sonaba" en un amplio repertorio, encontrar quizá a algún lector. O eso es lo que me diré la próxima vez que me llamen, para animarme.

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Aurora Bautista. La veo en Pequeñeces, de Juan de Orduña, y en La tía Tula, de Miguel Picazo. Espléndida en las dos, haciendo de mujer cínica y ligera en la primera y de vestal refractaria a los hombres en la otra. Transmitiendo en ambas una especie de sensualidad castiza y antigua, con un cierto matiz entre antihigiénico y desmoralizador, pero, en todo caso, muy efectiva. No sé si esta clase de efectos pueden contarse entre los méritos de una película. Pero la verdad es que a uno siente más a flor de piel las calenturas de Ramiro, el cuñado de Tula, respecto a la susodicha, que la pasión deportiva de Michael Douglas, pongo por caso, por Sharon Stone en Instinto básico. O quizá es que uno se ha criado en la estela de lo primero y todavía no lo ha superado.

viernes, noviembre 20, 2009

INTIMIDADES

Quizá lo que más echa uno en falta en el tratamiento que gobernantes y poderes fácticos dan a ciertos asuntos relacionados con la moral y los comportamientos individuales sea la discreción. Es inevitable. La sociedad de masas ha hecho público lo que hasta ahora pertenecía a la privacidad más recóndita. Y no sólo asuntos, como el del aborto, de reconocida enjundia y complicada casuística, sino también cuestiones absolutamente triviales, como lo son las actuales polémicas sobre si las campañas de información sexual que han elaborado determinados gobiernos regionales deben incluir o no referencias a la masturbación… Los medios de comunicación han secundado gozosamente esas polémicas. No ha habido columnista o comentarista que se haya abstenido de hacer los chistes pertinentes, o de darse los oportunos golpes de pecho, según. Y uno escucha a unos y a otros con cierto pasmo y un creciente sentimiento de intimidad asaltada.

No olvida uno los tiempos en que los ataques a esa intimidad venían de un solo lado: es decir, cuando al adolescente que andaba descubriendo los entresijos de su sexualidad se le aterrorizaba con toda clase de fantasías sobre las posibles consecuencias de sus actos. Por aquel entonces, sobre el onanista en ciernes recaía la amenaza de quedarse ciego, o estéril, o de haberse condenado a las penas del infierno. No es que los afectados hicieran demasiado caso de esas amenazas: hay cosas que vienen dictadas por la naturaleza, y no hay ley ni doctrina que las pueda cambiar. Más que las amenazas en sí, lo que más azoraba y molestaba era tener que oírlas, porque, al no haber posibilidad de arrepentirse sinceramente del pecado, ni disposición para abandonarlo, el sermón resultaba doblemente ofensivo: no sólo por lo amenazador, sino por ventilar un asunto que se quería mantener en el secreto más estricto.

Conserva uno ese celo y ese pudor de entonces, más fuertes que cualquier posición moral o ideológica que uno haya podido adoptar después. Es decir, no tengo ideas absolutas e incontrovertibles sobre qué clase de moral sexual habría de enseñarse a los jóvenes, más allá de aquellos principios básicos que contribuyan a preservar su salud, su libertad y, dentro de lo que cabe –¿me atreveré a decirlo?– su inocencia, a veces demasiado prematuramente expuesta. Pero sí tengo claro que también habría que preservar un espacio para que estas cuestiones, y el sesgo que cada cual les quiera dar, maduren en la intimidad y en la privacidad, y no al socaire de polémicas y campañas mediáticas casi siempre frívolas y superficiales. En una intimidad, por supuesto, abierta a la información. Y en una atmósfera pública donde uno no sintiera que adoptar unos comportamientos u otros significan afiliarse de por vida a la facción que ha hecho de los mismos su bandera, a falta de otras mejores.


Publicado el martes en Diario de Cádiz

jueves, noviembre 19, 2009

SANGRE CALIENTE

C. me avisa, horrorizada, de que K. ha vuelto a las andadas e intenta cazar un pájaro en el balcón. Le digo que no intervenga, porque más de una vez, al sufrir un sobresalto (por ejemplo, ante el estruendo de la persiana echada), la gata se ha lanzado a los barrotes, con serio riesgo de ir más allá y caer a la calle. Pero luego pienso que en mi actitud hay un elemento de irresponsabilidad, motivado por el deseo, nada inconsciente, de que nuestra gata se porte como lo que realmente es, un felino con instintos de cazador, y experimente de nuevo la descarga de adrenalina correspondiente a una presa lograda. Alguno dirá que a mí qué me va en esto. Yo también me lo pregunto. Para la gata, como para mí, seguramente ya no hay vida más allá de sus rutinas establecidas: su dormitar a mis pies, a la hora de la siesta, su deambular por los distintos descansaderos que se ha ido procurando en la casa, sus carreras nocturnas en pos de una quimera. Que alguna vez una de esas quimeras cobre alas y tenga sangre caliente no deja de ser, incluso para los instintos bien afinados de la gata, una extraña sorpresa.

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Ante la caída imparable de nivel de los canales de televisión en los que habitualmente me abastezco de películas, me proporciona una cierta alegría volver a ver un clásico menor tan previsible como La costilla de Adán, de George Cukor. Irritante, sí, por su feminismo timorato y trasnochado, y que ya anunciaba los tópicos de la corrección política por venir. Pero con unos cuantos momentos de buen cine: toda la secuencia muda inicial, por ejemplo, en la que una ama de casa deambula por la ciudad en busca del marido adúltero, lo encuentra en un apartamento con una pelandusca y dispara contra ellos. O el sinfín de pequeños detalles sobre la intimidad matrimonial, no tan explícitos, en fin, como los que se muestran en las escenas correspondientes de Eyes Wide Shut, pero mucho más certeros. Mudos, también, casi todos ellos, como corresponde al verdadero cine, que es el que deja hablar a las imágenes. Lo que, dicho respecto a una de las muy palabreras películas de Cukor, hasta puede resultar extraño.

miércoles, noviembre 18, 2009

ESTIÉRCOL

Reconozco que las primeras cien páginas de La prisionera, la quinta entrega de En busca del tiempo perdido, han puesto a prueba mi paciencia: un prolijo tratado sobre los celos, sin apenas materia narrativa propiamente dicha, y en el que no faltan ninguno de los trucos que pueden sacarse a colación para alargar un texto cuando no hay de qué. Sin embargo, quizá la maestría de Proust consista en ponernos a prueba de esa manera, para, acto seguido, seducirnos con otras cien páginas llenas de vida, en las que no parece haber palabra que no responda a una observación acertadísima. De este tenor son las que dan cuenta de la enésima velada en casa de los Verdurin, en la que éstos presentan en sociedad a cierto violinista del que anda encaprichado el barón de Charlus, y con el que los anfitriones pretenden enemistar a este último, merced a una intriga de salón que, a estas alturas de mi lectura, aún no se ha resuelto... Y este delicioso tranche de vie me ha conducido nada menos que lo que parecía ya el colmo de la falta de recursos: la prolija crónica de una audición musical, en la que el narrador daba cuenta del estreno de una pieza de Vinteuil, el músico prototípico de À la recherche... Para que esa pieza fuera rescatada del olvido, nos dice, ha hecho falta la confluencia de diversos comportamientos condenados por la sociedad: la pasión del barón por el violinista, que le ha llevado a patrocinar esta velada en casa ajena, y la de la señorita Vinteuil, hija del músico, por una innominada amiga, que, merced a su proximidad non sancta a esta familia, ha rescatado y transcrito el borrador... Datos que sitúan al autor en el disparadero para iniciar uno de los fragmentos más brillantes y malévolos de su magna obra. En fin. No salgo de mi asombro. Y es que esto de examinar mis reacciones de lector no es, en absoluto, el menor de los placeres derivados de esta lectura.

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Guardo una caja de galletas en mi taquilla, para reponer fuerzas en los desfallecimientos momentáneos acaecidos a lo largo de la mañana laboral. Las ofrezco a todos los que me ven tomarlas, e incluso hago un amago de colocarlas donde todos puedan servirse de ellas. "Ni se te ocurra -me dicen-. Aquí todos guardan cosas de comer en sus taquillas".

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La música es maravillosa, sí. Pero la materia de que está hecha es esta monótona sucesión de notas inarmónicas que llegan ahora a mis oídos, emitidas por un torpe aprendiz que ensaya sus primeras lecciones. Lo otro, la música verdadera, es a estos sonidos lo que la flor al estiércol del que ha habido que hacer abundante provisión para alimentarla.

martes, noviembre 17, 2009

EXCESOS

A lo largo de los años, uno ha aprendido a asociar el malestar de los lunes -y su temible prólogo, la angustiosa tarde del domingo- a un sinfín de causas, digamos, ajenas al mero azar del calendario: a los posibles excesos y descuadres horarios cometidos a lo largo del fin de semana, a la larga digestión del más o menos copioso almuerzo dominical, a la mera aversión al trabajo, a la ansiedad acumulada ante la cuota de insatisfacción derivada de las expectativas no cumplidas... Sin embargo, me encuentro ahora en disposición -y no lo quiero decir muy alto- de declarar superados muchos de esos factores. Apenas hay excesos de los que arrepentirme, ni expectativas que no pueda dar por cumplidas tras un fin de semana bien administrado. Ni siquiera la inminencia del trabajo me angustia. Y, sin embargo, el malestar persiste, e incluso va en aumento. Lo que sólo puedo atribuir a dos razones: a) todo lo anterior, cuando tenía efecto, ha dejado en uno un poso indeleble, imposible de contrarrestar, y b) el malestar no tiene nada que ver con todo eso, y es más bien una mera recurrencia cíclica del desánimo, necesaria para que uno pueda calibrar adecuadamente el estado de ánimo opuesto.

Lo malo es que, en una de éstas, decide uno no levantarse más de la cama, y a ver quién viene a convencerlo de lo contrario.

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K. tomando el sol en el hueco que queda entre la reja del balcón y la puerta cristalera de aluminio con que éste se cierra. Cómo envidia uno esa capacidad de adaptación de los gatos, su habilidad para convertir cualquier recoveco en el refugio perfecto.

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Algunas películas vistas últimamente: La ruta del tabaco (Tobacco Road), de John Ford, y La pequeña tierra de Dios (God's Little Acre), de Anthony Mann, en un pequeño ciclo que nos hemos hecho, dedicado a adaptaciones cinematográficas de novelas de Erskine Caldwell. Dos historias de desnortados, pertenecientes a esa irredimible basura blanca que tantos argumentos ha proporcionado a la literatura y el cine norteamericanos. La de Mann, supongo que por la intervención del guionista Philip Yordan, da un sorprendente giro hacia la metáfora social, a través de la figura de un desempleado que, en plena borrachera, se empeña en reabrir la fábrica clausurada y muere a manos del vigilante de la misma. La de Ford hecha casi con los mismos mimbres, termina en una conmovedora apología de la caridad, unida a una declaración explícita sobre la inutilidad de sus efectos, pues la limosna con la que el terrateniente de turno impide en el último momento que los ancianos protagonistas sean desahuciados de sus tierras sabemos que no redundará en que éstos por fin tomen las riendas de sus vidas y se decidan a plantar la siempre demorada cosecha (como tampoco lo hace, en fin, el padre del personaje antes aludido en la película de Mann). Las dos películas también tienen en común un fuerte ingrediente erótico, no del todo inesperado en una de Mann (el papel de imán de hombres asignado a la bellísima actriz Tina Louise tiene cierto parentesco con los de algunas de las dueñas de saloon que aparecen en sus westerns), pero sí bastante sorprendente en Ford, en cuyas películas difícilmente espera uno encontrar a esa especie de musa agreste que interpreta Gene Tierney en Tobacco Road. Merece la pena contrastar el talante de ambos directores; y, sobre todo, una vez constatado que la de Mann es una excelente película, ver como la de Ford se eleva casi a las cimas de lo inefable, con una delicadeza y una especie de poesía involuntaria que parecen más de Ozu que de un cineasta de Hollywood.

Hablábamos antes de excesos. Quizá éste haya sido el del pasado fin de semana. Y todavía no se ha recuperado uno de la resaca.

lunes, noviembre 16, 2009

CLÁSICOS

J.A.M. nos ha entregado ya el cuadro que teníamos apalabrado: una especie de plano corto de un arroyo, tomado casi a ras de agua, en un tramo poco profundo del curso del mismo en el que éste se descompone entre piedras grandes, verdinosas y redondeadas por efecto de la erosión. Al fondo, alimentado por una pequeña cascada, puede verse el límpido remanso del que rebosan las aguas amansadas que vemos correr en primer término. No hay nada firme, nada concreto en este mundo de aguas en movimiento, donde incluso los elementos sólidos -los grandes cantos rodados, por ejemplo- se difuminan en una miríada de reflejos. De madrugada, cuando todos se han dormido ya, miro el cuadro. Las piedras en primer plano parecen sobresalir, y el lienzo gana en hondura. Casi me parece oír el rumor del agua. Y me quedo dormido yo también, bajo su efecto.

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Subida al Parral, el monte que domina el pueblo, rematado por una antena y una cruz: más aparatosa y visible, todo hay que decirlo, la primera que la segunda. Mientras ascendemos, la necesidad de llevar la vista clavada en el suelo, buscando dónde asentar el paso, hace que apenas miremos más allá, hacia el mundo que hemos dejado abajo. Un revuelo inesperado de mugidos nos hace reparar en una alquería que tenemos justo a nuestros pies, en la que están separando a los terneros de sus madres. Son éstas las que protestan de un modo tan aparatoso como comprensible. Más allá, en la carretera, vemos la ambulancia cuya sirena oí desde casa minutos antes. Está parada junto al arcén, en el que puede verse una moto caída. Todo queda lejano, como empequeñecido. Y uno se quedaría muy de buena gana con esta perspectiva de las cosas, si no fuera porque un vientecillo insidioso amenaza con arrebatarme las gafas, y me hace consciente de la precariedad de mi posición y de la posibilidad de vértigo, indicios innegables de que mi lugar no es éste.

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Hay artistas que, por querer ser clásicos, no pasan de ser... antiguos. Y, viceversa, artífices modestamente anticuados que, por no tener apenas pretensiones de nada más, alcanzan a veces esa mirada serena que define a los clásicos. Digo yo (lo he dicho, de hecho, en una larga sobremesa, no recuerdo a santo de qué).

sábado, noviembre 14, 2009

NECROLÓGICAS

A ver cómo hilo este artículo sin parecer irrespetuoso… La semana pasada, recién concluido el puente de Todos los Santos, hubo una especie de aglomeración de difuntos ilustres en las páginas de decesos de los periódicos. Parecían haber aprovechado la fecha para pasar lo más discretamente posible de un mundo a otro, y el caso es que casi lo consiguen, porque el espacio que los periódicos dedican a estas cosas es escaso, y la agenda de los encargados de representar a la ciudadanía en los homenajes respectivos suele estar muy cargada. Murió el escritor Francisco Ayala, que, a su condición de último representante vivo de la Generación del 27, título ya de por sí lo suficientemente glorioso como para merecer la atención pública, unía desde hace tres años la notoriedad casual de haber llegado a centenario, logro que habitualmente se asocia a curtidas viejecitas del Cáucaso o a pescadores del lago Titicaca, y no a intelectuales a quienes, por mor del oficio, no se les suele atribuir unos hábitos de vida demasiado sanos. Al día siguiente se le unía en las puertas del Purgatorio –no quiere uno ser tan poco piadoso que no les atribuya a los dos difuntos algunos humanísimos pecados que purgar– el actor José Luis López Vázquez, que era bajito y feo y, al menos en sus caracterizaciones, vestía siempre de negro. Quienes entienden de estas cosas dicen que ese actor encarnó como nadie el tipo del español medio: histérico, acosado por contrariedades menores, mojigato y, al mismo tiempio, aquejado de sempiterna satiriasis… Yo no sé si los españoles hemos sido alguna vez así: posiblemente nuestra propensión a identificarnos con ese arquetipo se deba más a un exceso de autoconmiseración que a una consideración objetiva de nuestras virtudes y defectos… Y murió también, para que la página necrológica alcanzara un punto de sofisticación, el filósofo y antropólogo francés Claude Lévi-Strauss. Alguno se preguntará a santo de qué traigo a colación a este extranjero junto a dos muertos tan genuinamente nacionales. Pero, si la muerte de este hombre no hubiera quedado ensombrecida por la de esos otros, no me cabe la menor duda de que hubiéramos asistido en los periódicos patrios a una pequeña aglomeración de hombres influyentes que se hubieran declarado discípulos del difunto, aunque no fuera más que porque suele citársele entre quienes influyeron en el Mayo francés, aquella verbena político-festiva de la que tantas cosas buenas y malas del mundo moderno parecen derivar.

Dicen que el príncipe heredero acudió en una misma mañana a las capillas ardientes de los dos compatriotas fallecidos. Algún columnista habló de “semana negra” de la cultura española... No hubo tal: murieron dos (tres) hombres mayores, que habían dejado su obra hecha. Es más de lo que muchos podrán decir cuando les llegue el día.

Publicado el martes en Diario de Cádiz