viernes, julio 10, 2009

SALOMÓN

No entiendo muy bien el prestigio del que gozan las decisiones salomónicas. Que se basan, como todo el mundo sabe, en un malentendido: cuando el famoso rey judío dictaminó que había que cortar en dos el bebé que se disputaban dos presuntas madres, lo que dejó sentado por los siglos de los siglos es que soluciones como la que él astutamente había propuesto eran manifiestamente absurdas, y sólo se entendían si encerraban una segunda intención: en este caso, descubrir cuál era la madre verdadera, la que preferiría renunciar a su demanda sobre el niño antes de ver cómo éste era inútilmente sacrificado.

En política, como se sabe, no hay decisión que no encierre segundas intenciones. Por eso abundan tanto, en ese ámbito, las decisiones salomónicas; destinadas, en principio, a contentar a todo el mundo, a sabiendas de que no contentan a nadie; y con la reserva hecha de que así se gana tiempo para que el asunto en cuestión se enfríe, o quede postergado por otros más urgentes… Supongo que consideraciones así son las que han llevado al Gobierno a aplazar en cuatro años el cierre de la central nuclear de Garoña, cuando unos pedían su cierre inmediato, al haber cumplido ésta su periodo teórico de vida útil, y otros, amparándose en un informe favorable del Consejo de Seguridad Nuclear, proponían que continuara en funcionamiento diez años más. Unos y otros, entiendo, tenían razón: los primeros, porque eso era lo que tenían derecho a esperar, en virtud de las normas establecidas; los otros, por atenerse a razones técnicas bien fundadas. No soy yo quién para terciar en asunto tan delicado: para eso, para hacer valer sus respectivos puntos de vista, están los expertos y los representantes de la sociedad; y un humilde articulista, en contra de lo que algunos creen, ni suele ser experto en nada ni representa a nadie… Es al Gobierno a quien corresponde decidir; es decir, mirar cara a cara a las dos presuntas madres que se disputan al niño y, a riesgo de equivocarse, asignarlo a una o a otra. Volviendo a Salomón, no estoy yo muy seguro de que la madre verdadera fuera la que manifestó piedad por el niño: cuando se trata de postularse para un derecho, hay quienes saben adelantar la patita de cordero antes que nadie.

Aquí son varias las patitas blancas que se han puesto sobre la mesa: el derecho al empleo de quienes ahora trabajan en la central, la legítima aspiración a tener fuentes de energía que no supongan una amenaza para la seguridad de la población y el medio ambiente. Y el gobierno sacó la espada, la esgrimió sobre el cuerpo del niño y, como ninguno de los litigantes dijo nada que inclinase la balanza a su favor, asestó el golpe… Ahora tenemos un niño en dos pedazos: es decir, una prórroga inútil y seguramente no rentable, y el paro asegurado para después de las próximas elecciones.

Publicado el martes en Diario de Cádiz

jueves, julio 09, 2009

CUBA

A las empleadas de las agencias de viajes se les supone, como el valor al soldado, la ecuanimidad. De lo contrario, cuántos juicios arbitrarios y, con frecuencia, infundados no se harían respecto a quienes solicitan sus servicios. Cuántas veces no tendrían que aguantarse las ganas de espetarles: "Pero ¿a usted qué se le ha perdido en Barbados?"; o sentirían una infinita piedad por esas parejas que apenas se conocen y fían su felicidad futura a una semana de convivencia forzosa en el camarote de un barco. No dormirían, seguro, como les ocurre a las sibilas cargadas de demasiados conocimientos funestos.

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Con frecuencia basta estrenar una camisa para que uno se haga la ilusión, aunque no sea más que por un minuto, de que estrena también una vida, como las serpientes, supongo, cuando cambian de piel.

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Lo único que me interesa de Cuba, la película de Richard Lester, es reconocer los escenarios, la mayoría de ellos localizados en Cádiz y alrededores. Y constatar cómo los lugares frecuentemente interpretan su papel mejor que los actores. Qué habanero resulta, por ejemplo, el decrépito hotel Roma, que conserva su nombre real en la película. Qué poco convincentes, en cambio, esos generales con sus uniformes recién salidos de la costurera, o esos guerrilleros vestidos de verde, con boina y barba, tan falsos como más de un revolucionario de pega que yo me sé.

miércoles, julio 08, 2009

ESPECTADOR

El amanecer que ven quienes se levantan temprano no es el mismo que el de quienes no se han acostado aún.

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Empiezo a ver los funerales de Michael Jackson en la CNN en el momento en el que la cantante Queen Latifah lee 'We had him', un poema de Maya Angelou, quizá la poeta norteamericana viva más conocida, especialmente escrito para la ocasión. Y trato de imaginar cual sería el equivalente a esta situación en el mundo de la cultura y el entretenimiento en España: quizá, no sé, un poema de Antonio Gala (o mejor, de Antonio Gamoneda) leído por Ana Belén en los funerales de, pongamos, Julio Iglesias... No funcionaría, claro, porque esa capacidad de tomarse perfectamente en serio lo que en otras latitudes resultaría afectado o cursi es típica y exclusiva de los norteamericanos, y lo mismo produce momentos tan memorables como el discurso inaugural de Obama que rituales tan desmedidos y fuera de lugar como estos funerales de estado dedicados a una simple figura de la farándula, y ni siquiera la más interesante. Lo que no quiere decir, en fin, que no resultaran dignos y, en su estilo, perfectos. Sólo que se pregunta uno si la atribulada humanidad no tendrá motivos más serios y oportunos de llorar colectivamente, que no sean estas ocasiones inducidas y, a la postre, intrascendentes.





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Volviendo a lo de antes: cuando uno ve amanecer sin haberse acostado, es como si el nuevo día lo recibiese sólo a título de espectador.

lunes, julio 06, 2009

LA PALABRA

Primer día propiamente ajustado a los tópicos vacacionales: sol, piscina, comida y bebida copiosas, intimidad despreocupada... Y, al día siguiente, como consecuencia de esa especie de aflojamiento general de las tensiones acumuladas (que eran muchas, ay, y alguna que otra de naturaleza más bien malsana), mucho sueño... En años anteriores he dejado aquí constancia de este fenómeno, que es relativamente nuevo, y del que no me consta que existiera cuatro o cinco años atrás. Puede que sea la edad la que empieza a asimilar el concepto de descanso al hecho fisiológico de dormir. Los años simplifican las cosas. Y puede que sea también la edad la que me lleva a aceptarlo sin complejos: duermo como una marmota, primero hasta bien entrada la mañana, luego en las horas previas al almuerzo, luego después de comer...

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Por la tarde-noche, Ordet (La palabra) la severa película de Dreyer sobre la fe y la posibilidad del milagro, que M.A. tenía muchas ganas de volver a ver. A esta película le pasa lo que a las buenas películas de intriga: si se sabe el desenlace, el desarrollo parece demasiado previsible. Emociona, de todas formas, el modo directo y casi obsceno en el que Dreyer plantea el drama humano que sustenta su historia: resultan casi insoportables las lágrimas de los dolientes ante la pérdida de un ser amado, la inanidad de los consuelos al uso... Todo esto, en fin, pone un nudo en la garganta y hace olvidar, por unos instantes, que va a suceder un absurdo e inexplicable milagro, propiaciado por la fe de una niña y un loco (o de uno que estaba loco y ya no lo está en este momento culminante de la historia, pero tampoco está, todavía, del lado de la razón común). Y el milagro sucede. Y uno, que intuye que la inteligencia, el rigor de Dreyer ha querido llevar la película por unos derroteros que no son, precisamente, los de la piedad barata y sentimental de Marcelino, pan y vino, pongo por caso, se pregunta qué ha querido dar a entender. Tal vez, simplemente, que la razón humana, por serlo, se autolimita ridículamente, y que excluye demasiado aprisa lo que considera de antemano irrealizable o imposible. "Qué poco creen estos creyentes", dice el loco. Pero no son sólo los creyentes los que creen poco, sino todos los seres humanos, en virtud de mecanismos que sería largo explicar, y que frecuentemente nos llevan a aceptar como buenas precisamente las soluciones más burdas o absurdas.

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Me manda un amigo este vídeo sobre la situación de los derechos humanos en Venezuela. Y como los rastreadores con que cuenta este medio me aseguran que tengo allí algunos lectores, aquí va:



sábado, julio 04, 2009

NABOS

Con esto de la crisis, mi supermercado se ha sovietizado: quiero decir que ha reducido la variedad de productos a la venta, para ahorrar, dicen, en gastos de distribución, lo que debería redundar en una bajada general de los precios. La verdad es que hasta ahora no ha notado uno esa rebaja general, por lo que me temo que la ganancia sólo ha sido para el empresario; y también, de rebote, para esa austera moral de crisis que se va imponiendo en según qué ámbitos. Así que voy y le pregunto al reponedor, con la mejor de mis sonrisas: “¿No estaban por aquí las latas de cebolla frita?”. Y éste, mirándome con gesto de absoluta desaprobación, me dice que ya no, que tenían poca salida (es decir, que pertenecían al ámbito de lo minoritario, tan mal visto por los partidarios de la austeridad impuesta), y que ahora sólo hay latas de cebolla con calabacín, que al parecer es alimento más equitativo y democrático... Tampoco encuentro apio blanco para ensaladas, y la única alternativa posible para aviar una aristocrática (y muy económica, por cierto) ensalada Waldorf es utilizar el áspero apio verde, duro y fibroso… También hay nabos, en abundancia, pese a que me da la impresión de que no es un alimento demasiado demandado en estos tiempos de estómagos débiles. Y tengo la sospecha de que esta preferencia obedece al mismo principio de antes: en tiempos de crisis, parece mucho más ajustada al sentir general la idea de cocer nabos que la de cortar apio blanco a taquitos y aliñarlo con salsa de yogur.

Podrían aducirse otros ejemplos: el cacao enriquecido con frutas, preferido de mi hija, ha cedido su puesto al cacao básico y cuartelero, que cuesta casi lo mismo, pero concuerda plenamente con el farisaico concepto de austeridad que practica este supermercado. Naturalmente, no es uno nadie para discutirle a esta empresa su política de precios. Y todavía, no sé si por mucho tiempo, me queda el recurso de irme al supermercado de al lado, más tolerante y, para buscar lo que echo en falta en éste. Pero hay dos o tres detalles que me hacen pensar. Primero: si la demanda anda recelosa, ¿la respuesta lógica de quienes venden productos no debería ser mantener o ampliar la oferta, para animar a los compradores renuentes? Y segundo: ¿acaso no hay, incluso entre los propios capitalistas, quienes parecen congratularse de que haya una ocasión de meter en cintura a una sociedad cuyos hábitos de consumo resultaban demasiado caprichosos e imprevisibles? ¿No es más fácil que todo el mundo coma nabos, en vez de satisfacer el capricho de quien prefiere ensaladas con apio?

Y una última cuestión, que quizá debiera ser la primera: ¿qué ha sido de los empleos de quienes cultivaban el apio caído en desgracia, o de quienes envasaban cebolla frita? ¿Acaso no valen tanto como los de quienes siembran nabos?

Publicado el martes en Diario de Cádiz

viernes, julio 03, 2009

PANTEÓN

Entre el ruido que lleva uno dentro y el que hay fuera, aquí no hay quien duerma.

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Si me preguntaran qué cineasta me gustaría ser, no diría Eisenstein, ni Ford, ni Kurosawa, por lo mismo que, si me dieran a elegir un escritor en el que encarnarme, por discreción no elegiría a Dante, ni a Cervantes, ni (ahora que estoy en ello) a Proust. En lo primero, se me ocurre que no estaría mal conformarse con ser un Stanley Donen, pongo por caso. Haber hecho unos cuantos musicales, un par de películas personales (Dos en la carretera, Lío en Río) y algunos ejercicios de estilo, del tipo de
Charada o Arabesco... Y rematar la trayectoria de uno con una pieza tan sugerente y melancólica como Love Letters. Con eso bien puede uno retirarse satisfecho. Y sin que te pongan necesariamente en ningún panteón.

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No me resisto a copiar esto, de La parte de Guermantes: "Los necios se imaginan que las grandes dimensiones de los fenómenos sociales son una ocasión excelente para profundizar más en el alma humana; deberían comprender, al contrario, que bajando a las profundidades de una individualidad es como tendrían la oportunidad de comprender dichos fenómenos". Cómo me alegro de que Proust esté en la buena tradición, y no en la otra (tan vigente, ay, en ámbitos como la pedagogía moderna o la política).

jueves, julio 02, 2009

LA PARTE DE GUERMANTES

Cuanto más se adentra uno en En busca del tiempo perdido, más impresiona la arquitectura, tanto del conjunto como de cada una de las partes, y también la poderosa mente que la gobierna. Acabo de terminar la primera mitad de La parte de Guermantes, el tomo doble que constituye la tercera entrega de la serie. Constituye esta mitad, como Un amor de Swann dentro de la primera entrega, una novela autónoma por derecho propio. Asombra, ya digo, el perfecto control que el autor parece tener sobre un material tan fluido y heterogéneo, y cómo ese control le permite unos atrevimientos y libertades que ya quisieran para sí muchos autores de intenciones más declaradamente rupturistas.

Esta primera parte empieza con lo que, de entrada, podría desanimar al lector que ya le haya tomado el pulso a Proust en los dos tomos anteriores: una larga disquisición, en clave paródica, sobre lo que significa para el autor/narrador el aristocrático nombre de Guermantes... El narrador acaba de mudarse a un piso perteneciente al palacete parisino en el que reside la duquesa de ese nombre, y toda la novelería que es capaz de desplegar en torno a ese hecho desemboca en una especie de enamoramiento juvenil que resulta más bien enojoso a la destinataria del mismo, la propia duquesa. Consciente de ello, el narrador pone tierra por medio y pasa unos días en la ciudad de provincias en la que está destinado su amigo Saint-Loup, militar y Guermantes también él.

Este episodio sirve de transición a lo que constituye el núcleo de la novela: la narración, que ocupa unas doscientas páginas, de una sola jornada en la vida del narrador, ya de vuelta a París. Por la mañana acompaña a Saint-Loup a las afueras de la capital, en donde éste va a reunirse con su amante, y luego almuerzan los tres en un restaurante, donde el narrador presencia una lamentable disputa de la pareja. El amigo lo emplaza a reunirse con él más tarde, en casa de la marquesa de Villeparisis, otra Guermantes un tanto venida a menos... Y lo que sigue, que ocupa un centenar largo de páginas, es la fascinante narración de cuanto sucede en ese salón, sostenida con el pulso con el que Coppola arma las largas secuencias de fiestas de las dos primeras partes de El padrino, y en la que, como en éstas, el autor se las arregla para retratar certeramente a cada personaje, trazar la malla de relaciones que los unen y definir el clima social y político de la época, marcado por las repercusiones del famoso affaire Dreyfus.

Pero, por si este ejercicio de virtuosismo no fuera suficiente, el autor todavía nos reserva, a modo de contrapunto, un sorprendente encuentro entre el narrador, entonces un adolescente con aspiraciones literarias, y el recurrente barón de Charlus, que, como el Brunetto Latini de La Divina Comedia, lo alecciona y se le ofrece como guía en las procelosas aguas del ascenso social y literario, en medio de un fantasmal París nocturno en el que pasan de largo los coches de punto, conducidos por cocheros borrachos... La novela termina con un breve episodio familiar, en el que se da cuenta de la enfermedad de la abuela del protagonista.

Anoto estas observaciones a modo de recordatorio, como hacía antaño en mis cuadernos juveniles de lectura. No quiero perder puntada. Hay algo abrumador en la constatación del modo por el que una inteligencia como la de Proust gobierna un universo tan abigarrado, tan rico en detalles y, a la vez, tan claramente subordinado a unas líneas maestras, no por difuminadas menos evidentes. Y pasearse por ese mundo, cien años después de que el autor lo pusiera en pie, no deja de ser un privilegio.

miércoles, julio 01, 2009

EX

Este C. no ha cambiado nada. Bromeo con él, como bromeábamos hace un cuarto de siglo, cuando los dos éramos escritores principiantes. Aludo a su posible éxito entre las estudiantes norteamericanas a las que da clase. Se encoge de hombros. "A mí ya no me interesa eso", dice. "La única mujer que me interesa es la Virgen María".

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Lo que una traducción añade a un poema ya no pertenece ni al poeta que lo ha escrito ni a las presuntas habilidades del traductor: es la voz impersonal del idioma al que ha sido traducido, en la que resuena su propia tradición literaria. Como sucede, constaté ayer, en este poema de mi amiga Ch., que ella ha tenido la ocurrencia de traducir al gallego e hizo leer en voz alta por una nativa de esa tierra: Levei a voz do mar, / enmudeceu nas caracolas... Ya no es ella la que habla en ese poema, sino otra voz mucho más antigua: la que dictó las Cantigas.

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Ha trasnochado tanto -o eso dice- que ya le ocurre como a los ex-alcohólicos: le basta estar en la calle hasta la medianoche para embriagarse con el recuerdo de lo que dan de sí las noches cuando se las apura hasta el final.

martes, junio 30, 2009

ELOGIO DE LA BIBLIOTECONOMÍA

Última jornada como encargado de esta biblioteca. Para celebrarla, decido fichar los libros que, por pereza, desidia o desinterés, he ido postergando hasta hoy. Es un material humilde: esos desechos que llegan por aluvión a los asilos de libros, porque entre quienes los compran y leen, y luego deciden deshacerse de ellos, rige aún el piadoso principio de no tirar jamás ninguno a la basura, o usarlos para encender la chimenea en invierno.

Miro sus portadas: una obra de ese conocido polígrafo revisionista que da todos los años a la imprenta varios tomos de erudición histórica, algunos tomos de sendas colecciones de "grandes" del cine y la pintura, unos panfletillos de la izquierda local sobre la crisis industrial que atenaza a la comarca... Llama la atención que, incluso entre estos detritos (como sucede, en fin, en ciertas capas de la población especialmente proclives al encuadramiento político extremista, de uno u otro signo), se establezcan estas apolilladas beligerancias ideológicas, o que entre ellos haya también quienes, por su adscripción nominal a las artes, se inhiban elegantemente de estas griterías... para recluirse en la insignificancia. Los libros son como las personas. En todo caso, más fáciles de tratar. Y la biblioteconomía, que es ciencia ecuánime, y muy apta para desengañados, guarda un lugar preciso para cada libro, una filiación exacta, que nada tiene que ver con las simpatías o antipatías que concite, sino que se basa en ciertos inevitables parámetros objetivos: los panfletos quedan marcados con el código 33, que es el que, en la C.D.U., corresponde a la Economía (y si es economía-ficción, falseada por determinados postulados ideológicos, peor para ellos), y el libro del historiador de derechas queda asignado, por su tema, al código 26, que es el que corresponde, creo, a la Historia del Cristianismo...

Lo bueno de colocar estos libros en la división que les corresponde es que, una vez ubicados allí, ya no es necesario volver a ellos. También quisiera uno hacer eso con determinadas personas. Pero ni siquiera en los tiempos optimistas en que se inventó la antropometría se establecieron criterios tan ecuánimes al respecto como los que rigen los libros.

lunes, junio 29, 2009

CANGREJOS

Como no había aparcamiento, he llegado hasta ese extremo de la playa que suelo evitar, porque es el más concurrido (cuenta con una amplia explanada para coches) y hay rocas en la orilla que, cuando las cubre la marea, dificultan notablemente el baño. Era también el tramo al que, precisamente por esos motivos, me llevaban mis padres cuando niño: era fácil aparcar y las rocas, cuando la bajamar las descubría, proporcionaban horas de distracción a los pequeños, que nos distraíamos cazando cangrejos o recolectando lapas y burgaos. Ya no está uno para esos trotes; y esas lapas, cangrejos y burgaos (o "burgaíllos", como preferimos decir en Cádiz) ya no son tan abundantes como entonces; o eso me parece a mí, que lo juzgo todo con la escala cambiada del adulto. Pero el caso es que, para distraerme, me calzo unas chanclas de goma y me paseo por las piedras. Están, como entonces, llenas de niños, cada uno con su redecilla y su cubo, en el que echan el producto de su recolecta. No parece muy ecológica esta manera de matar el tiempo, pero supongo que, en zonas como ésta, irreversiblemente esquilmadas, el daño no es grande. De todos modos, uno no tiene ya el afán cazador de antes: de los cangrejos y demás bichos de este entorno, me interesa más verlos -constatarlos, por así decirlo- que apoderarme de ellos. Con ese afán me acerco al extremo más alejado del arrecife, el más expuesto al oleaje. En las paredes rocosas veo algún cangrejo de tamaño medio, que todavía no ha sucumbido a la esquilma generalizada. Veo también algunos ostiones grandes, y no pocos burgaos y lapas de tamaño considerable. Los dejo pasar, claro, porque ni traigo los avíos de caza ni el ánimo recolector que los niños de hace seis o siete lustros habíamos heredado de aquellos mayores sobre los que pesaban todavía las hambres de la posguerra... Cuando vuelvo a la orilla, el gentío ha crecido notablemente, y se agrupa en grandes grupos familiares que se atrincheran, como entonces, entre neveras y bolsas de comida. Sólo la presencia de un buen número de mujeres con las tetas al descubierto entre sobrinos y cuñados proclama que estamos en otro tiempo. Menos hambriento, más desinhibido. Con cierta arbitrariedad injusta, comento que las mujeres verdaderamente hermosas, como los cangrejos grandes, deben de haber huido a otras playas menos concurridas, menos accesibles. Pero es mentira, porque aquí la belleza, como la vida bullente del arrecife, sólo resulta visible a quien sabe mirar.

sábado, junio 27, 2009

EL EDIFICIO

Ahora que el edificio ha sido indultado, hablaré del edificio. Le gusta a uno tener opiniones inocuas, que tengan el menor efecto posible sobre la realidad, ya de por sí muy complicada. El edificio en sí –el de la Aduana, situado delante de la recién restaurada fachada de la Estación Vieja, y ocultándola– me parece un adefesio; como me lo parece, en general, toda la arquitectura que se cultivó en España en los años que siguieron inmediatamente a la Guerra Civil. Hubo entonces quienes pensaron que el nuevo régimen venía a restaurar las glorias de los Siglos de Oro, cuando sobre el Imperio no se ponía el sol. Y, consecuentemente, se aplicaron a remedar la arquitectura de entonces, igual que los malos poetas remedaban los sonetos de Garcilaso. Y debía de producir cierto estupor ver cómo, en medio de la penuria generalizada, la administración se permitía construirse esos edificios un tanto intimidatorios, a los que invariablemente se les añadía un pórtico de columnas, un frontón, unos chapiteles. Es decir: una vez rematada la arquitectura propiamente dicha (es decir, una vez resueltos, en sentido moderno, los espacios destinados a un uso práctico, normalmente administrativo), le llegaba la hora a la escenografía; y aquellos sobrios edificios de oficinas, que, sin esos revestimientos, lo mismo podrían haberse alzado en Minsk o en Vladivostok, porque todos los totalitarismos del siglo XX han tenido una estética muy parecida, se disfrazaban de El Escorial o de Alcázar de Toledo.

No engañaban a nadie, claro. En cuanto uno entraba en ellos se acababa el delirio historicista y comenzaba la realidad: la ventanilla, las colas, los impresos por triplicado, la póliza de cinco pesetas y el sello “voluntario” de ayuda a los inválidos de tal o cual cuerpo funcionarial o policial… Y todo eso ocurría entre tabiques de ladrillo fraguados con el mal cemento de la época, y en ese clima entre opresivo y absurdo que adquieren los lugares donde impera la arbitrariedad burocrática.

No digo yo que algunos de estos edificios no merezcan sobrevivir. El ejemplo más acabado de todos ellos, el antiguo Ministerio del Aire, en Madrid, impresiona por sus dimensiones y por los niveles de impostura que sugieren sus grandes torres esquineras o los altísimos pináculos que las rematan, y que a un niño de hoy recordarían las arquitecturas fantásticas de las películas de Harry Potter. Merece la pena conservarlo, aunque sólo sea para recordar qué clase de delirios aquejaba a la clase dirigente de hace medio siglo. No así este más humilde espécimen gaditano, cuya única función es tapar la airosa fachada de la estación de trenes, que representa todo lo contrario: la fe optimista en el progreso, la confianza en la fuerza del hierro, la ilusión de que allí, bajo la marquesina, empezaban todos los caminos del mundo.

Publicado el pasado martes en Diario de Cádiz

viernes, junio 26, 2009

AMBIGÜEDADES

En la biblioteca pública al final de la mañana. Nada más opuesto al trasiego laboral que este silencio vagamente matizado por el runrún del aire acondicionado, que aquí adquiere sonoridad de brisa. Como a los usuarios de la hemeroteca nos colocan en una mesa cercana al mostrador, ante la que forzosamente han de pasar quienes entran o salen, distraigo lo arduo del cometido que aquí me trae con rápidas ojeadas a los que van y vienen, la mayoría estudiantes. También yo estoy en una situación especialmente conspicua, por lo que nada más entrar fija en mí su mirada un viejo conocido, que me presenta a alguien con quien, al parecer, había comentado mi último artículo en el Diario, y que resulta ser un antiguo profesor mío y creo que ex sacerdote, ahora reciclado en alto funcionario autonómico. Éste repara en que estoy ojeando un tomo de periódicos antiguos. "Yo también soy lector de periódicos viejos", me dice. "Me gustan más que los del día. Éstos los lee uno con el corazón. Los otros, con la razón". Bueno, sí, es posible. Sólo que la razón a veces se exalta demasiado, y entonces es el corazón el que se conmueve. Como cuando leo, en este periódico amarillento y quebradizo, un comunicado de HASI, el brazo político de Eta, en el que, para iniciar la sempiterna negociación que ya entonces, hace treinta años, reclamaban con el Estado, los terroristas exigían la formación de un gobierno vasco y de una policía autóctona (cosas ambas que se lograron poco tiempo después con la entrada en vigor del estatuto de autonomía), y declaraban que no creían llegado el momento de exigir la independencia... Es decir, se hubieran conformado con lograr, al final de lo que entonces parecía un largo y arduo proceso, lo que se les dio de entrada.

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Umbral y sus castañeras, el vecino facha, la muy admirada y requebrada Isabel Tenaille -que era una presentadora de televisión de entonces (el equivalente hoy sería, se me ocurre, Anne Igartuburu-; y también su melancolía, su escepticismo ante los tópicos biempensantes, y una cierta docilidad, un poco adelantada a la sensibilidad oficialmente "rebelde" del momento, al curso de los acontecimientos de nuestra historia civil, ya definitivamente encauzada, aunque con muchos problemas, hacia la democracia al modo occidental... Con qué poco (que es mucho) se pone en pie una voz reconocible en un artículo, se mantiene esa voz en toda una serie, se crea un personaje familiar. Que entonces, ay, me resultaba tan antipático como grato encontrármelo hoy.

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Las películas de Kurosawa sufragadas con dinero occidental (
Ran, o Kagemusha) son, por así decirlo, más japonesas que las rodadas con capital japonés: en éstas el cineasta jugaba a occidentalizar el viejo cine de samuráis, enriqueciéndolo, o aligerándolo, con aportaciones del ya acreditado western norteamericano, especialmente de esa fase de autoconciencia genérica que éste alcanza bajo la égida de John Ford. En sus otras películas, en cambio, Kurosawa juega a servirles a sus productores franceses y americanos lo que éstos esperaban: una explosión de lujosos motivos orientales, de epica vista ya sin ironía, de colorido, de batallas. Y es que ciertas ambigüedades temperamentales (tan enriquecedoras, por otra parte) son sólo sostenibles de puertas para adentro.

jueves, junio 25, 2009

CRÓNICAS DE MADRID

Estos artículos de Umbral ("Crónicas de Madrid") que leo en un tomo de prensa local de hace treinta años: incomparablemente mejores, en fin, que los últimos que publicó en El Mundo, por los que muchos lo recordarán y algunos lo habrán aborrecido... Quien tuvo retuvo, claro. Pero entre estos artículos breves (no creo que tengan más de un folio) de hace seis lustros los hay dignos de González-Ruano: éste, por ejemplo, en el que cuenta una conferencia que dio sobre Larra a un público universitario entre el que abundaba el elemento femenino; o este otro en el que glosa uno de esos calendarios de desnudos que se estilaban por aquel entonces... Eso tan español de la satiriosis elevada a melancolía, y que tan buen resultado da cuando quien lo maneja sabe, además, reírse de sí mismo.

miércoles, junio 24, 2009

CARAS

Darse un baño de caras extrañas como quien se lo da de agua limpia.

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Quizá lo más curioso de la madurez de los gatos sea su pérdida progresiva de curiosidad. Quedan lejos ya los días en que a K. le bastaba oír la llave o el pestillo para acudir a la puerta. Ahora hay que llamarla, e incluso a veces asegurarse, al salir, de que no se ha quedado encerrada en un armario o en el balcón, y que por eso no acude.

O a lo mejor ella también necesita ver caras nuevas.

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A esta impresión de melancolía ha contribuido no poco la relectura, a una hora propicia, de "El vell i la mort / El viejo y la muerte", de Margarit. Uno de esos poemas insidiosos (por lo eficaces) que acaban sonando dentro de uno como si los dictase el propio pensamiento en un infrecuente estado de exaltación, mientras el resto de las capacidades intelectuales se retrotrae a una pasividad meramente receptiva... No sé si lo he explicado bien.

martes, junio 23, 2009

HERMÈTICS

Els poetes hermètics tenen por, dice Joan Margarit en uno de los poemas de su último libro. Y suena más contundente aún en el castellano del propio autor: "Hay tanto miedo en un poeta hermético".

lunes, junio 22, 2009

APRENDIZAJES

Un viento sur suave, el mar un tanto revuelto, pero de ese modo desordenado que ofrece, a quien busca lo suficiente, inesperados remansos de transparencia en los que ni siquiera se arremolinan las algas. Todos los años este primer día de playa pone a prueba expectativas y aprensiones que, en algunos casos, se remontan a la infancia. No es poco aprendizaje encontrar en este espacio público un hueco que se ajuste a esas expectativas, que mantenga a raya esas aprensiones. Un hueco entre las olas en el que no temer a las medusas, en caso de que las haya. Una parcela de arena todavía no hollada por las multitudes insatisfechas que van y vienen. Y la distancia justa respecto a la sombrilla más cercana, bajo la que dormitan una siesta eterna, ajenas a todo el mundo, dos mujeres semidesnudas.

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No he leído periódicos este fin de semana, pero me imagino que alguno habrá al que no se le haya escapado lo que, para mí, es una clarísima secuencia de acontecimientos. Hace meses fue elegido, para desconcierto de algunos, el primer parlamento vasco en el que no había representantes de Eta, porque también por primera vez en nuestra historia democrática la aplicación rigurosa de la ley impidió que ciertos grupos, haciendo escarnio de la misma, lograran presentarse a esas elecciones. Poco después esa misma legalidad, en una de esas frecuentes paradojas que parecen connaturales a la democracia, se contradijo lo suficiente como para que una candidatura proterrorista lograra concurrir a otras elecciones, esta vez al Parlamente Europeo, y conseguir algo más de cien mil votos. Y apenas quince días después de ese resultado, la banda terrorista que se escudaba tras esa candidatura le arroja a esos ciento y pico mil votantes, en cumplimiento de una no explícita, pero sobradamente sobreentendida promesa electoral, el cadáver de una nueva víctima, como otros esgrimen ante su clientela la construcción de una carretera o una bajada de impuestos... Evidentemente, los culpables del nuevo crimen son quienes lo han cometido; pero hay una amplia nube de connivencias y responsabilidades, por no hablar de unos cuantos trágicos errores. Y sería muy sano para nuestra convivencia que ninguna de esas connivencias, responsabilidades y errores quedara sin esclarecer y, en su caso, castigar.

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K. saca a relucir ante los extraños un repertorio de sonidos y gestos fieros absolutamente desconocido para nosotros. Pero con algo muy suyo: más allá de esos gestos y sonidos, no hay nada: no araña, no muerde, no hace daño a nadie. En eso es muy de la familia.

sábado, junio 20, 2009

PARAÍSOS PRIVADOS

No siente uno la menor simpatía por Silvio Berlusconi, ni por su manera de entender la política como una simple extensión de los negocios privados, ni por sus apelaciones populistas a los bajos instintos de la masa que lo vota. Me cuesta incluso nombrarlo aquí, porque es norma de este columnista rehuir el nominalismo vacuo al que se pretende reducir la actualidad política por estos pagos, y buscar siempre lo que pueda haber de general en las pequeñeces del día a día… No, no quería yo hacer un artículo sobre S.B. Pero también es cierto que uno debe escuchar su corazoncito, y si éste se muestra indignado por el desafuero que le hacen a un impresentable, habrá que indagar en las razones de esa indignación; y calibrar, sobre todo, si ese desafuero aparentemente merecido no podría convertirse en precedente de otros que ya no requerirían siquiera las excusas biempensantes y justicieras que parecían motivar el primero. O, dicho de otro modo: si nos congratulamos de que la prensa presuntamente seria (en este caso, el diario El País) se permita publicar ciertas fotos más o menos indecentes de la intimidad de ese gobernante italiano, a lo mejor nos quedamos sin argumentos para criticar que esas interferencias se produzcan en la vida de otros ciudadanos, anónimos o no, que puedan convertirse en eventuales víctimas de la malsana curiosidad pública.

¿Que ese anciano se rodea de jovencitas ligeras de ropa y se baña con ellas en una piscina? Lo único que puede preocupar al ciudadano es que ese amago de orgía (o orgía del todo, quién sabe, porque la imaginación de un lector de periódicos da para mucho) se haya pagado con dinero público; y eso se demuestra, no con fotos de chicas con los pechos fuera, sino con auditorías rigurosas e inspecciones contables. ¿Que el mandatario italiano es un viejo rijoso? También lo son, me parece, los muchos que, fingiendo escandalizarse, en el fondo parecen albergar una inconfesada envidia por ese lejano mundo de poder y altas finanzas donde uno chasca el dedo e inmediatamente se ve rodeado de chicas complacientes. Para algunos el paraíso se reduce a eso: un chalé con piscina y mujeres desnudas alrededor, y sería inútil intentar convencerles de que sería mejor disfrutar de los placeres del arte y de la alta cultura, pongo por caso. Para demostrarlo, bastaría sobrevolar algunas urbanizaciones privadas, e incluso algunos espacios públicos, y constatar cómo todo el que puede reproduce en su ámbito esa modesta fantasía, en ese ambiente de tolerancia, o puede que indiferencia hacia el comportamiento ajeno, en el que ha venido a desembocar, en el terreno de las costumbres, nuestra democracia. Habrá a quien le guste y habrá a quien no. Pero no abramos la veda a la exhibición impune de la privacidad ajena, no vaya a ser que la nuestra entre también en el lote.

Publicado el pasado martes en Diario de Cádiz

viernes, junio 19, 2009

WC

Lo único que no ha cambiado de esta facultad en los veintitantos años que hace que salí de ella es el inenarrable estado de los servicios: esa suciedad que, más que consecuencia del uso, parece fruto del ensañamiento; y esas pueriles batallas entre presuntos extremistas de ambos signos que se libran en las paredes... Cuesta pensar que quienes hacen estas cosas son los mismos que luego encuentra uno en las aulas o en la biblioteca, aprendiendo lenguas muertas o estudiando a los clásicos. Así luego sale lo que sale.

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Sin embargo, algo habrá que decir de estos servicios. Cuando yo estudiaba en la vieja facultad de letras, solía hacer a pie el camino de ida y vuelta, para ahorrarme el autobús. Era una caminata de una hora; que, a primera mañana, recién levantado y sin haber rendido aún la inevitable visita al baño (uno siempre ha sido duro de vientre), terminaba por aflojarte las tripas y hacía que llegaras a tu destino cuando ya no podías aguantar más; por lo que lo primero que hacía al entrar en la facultad era encerrarme en el servicio, y me sentía afortunado de poder hacerlo, ya que mucho peor era cuando el arrechucho te pillaba a mitad de camino y no había más remedio que entrar en un bar; lo que, al inconveniente de la suciedad, unía el de la falta de papel higiénico o el semblante desaprobador del camarero cuando constataba que el extraño que había usado su retrete se marchaba sin hacer gasto... Con lo que el desabrido aseo de la facultad acabó alcanzando una cierta cualidad familiar y hogareña. Mi carrera de filología, de hecho, consistió en poco más que en estas visitas diarias al retrete, a las que habría que sumar otras tantas a la biblioteca.

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No conozco a ese poeta, me dice esta profesora parlanchina que se me ha sentado al lado y escudriñado la portada del libro que yo leía mientras los alumnos sudaban su examen:
Misteriosamente feliz, de Joan Margarit. "El único poeta catalán que conozco es Fonollosa", me dice. Y yo le comento que, cuando apareció Ciudad del hombre, Nueva York, fueron muchos los que pensaron (y a mí me pareció muy comprensible) que poeta y obra eran invenciones del editor, Gimferrer. "Qué curioso", me dice, ajena al humor que rige la mundología literaria. Por alargar la conversación, le pregunto si ha leído a Gabriel Ferrater. Y ella, para devolverme lo que debe de considerar un intento deliberado de pillarla en falta, me pregunta a su vez qué universidad inglesa o americana le recomendaría yo para hacer un curso de didáctica de las lenguas... Quedamos en tablas.

jueves, junio 18, 2009

INOCENCIA

Si viviera exclusivamente de la literatura -digo, es un decir-, posiblemente muchas de mis jornadas se parecerían a la tarde en la que anoto esto: puro trabajo a destajo, en el que paso, sin solución de continuidad, de la correspondencia más o menos comercial, que es imprescindible mantener al día, a los trámites de intendencia, pasando por la ejecución de unas pocas, pero necesarias, páginas de encargo. No sería, pienso, una vida mucho más despejada o cómoda que la que llevo ahora, alternando enseñanza con literatura; ni tampoco, entiendo, permitiría dedicar a esta última, en su aspecto estrictamente creativo, un espacio mucho mayor. Pero no lo digo para consolarme: también, supongo, debe de resultar muy satisfactorio ganarse el sustento con este mero destilar de la inteligencia, aunque sea aplicado a despachar una reseña o un artículo. Digo yo.

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En estos tiempos tan poco convencionales, el papel de la ropa -y muy especialmente, y espero que nadie se ofenda por ello, el de la ropa femenina- es meramente convencional: se lleva encima para cumplir con la convención que establece ir vestidos; pero no para cubrir, abrigar, proteger o disimular la anatomía, que queda, más bien, subrayada y destacada, cuando no meramente expuesta a través de telas ajustadas o transparentes. Vestido y desnudez ya no son antitéticos, sino complementarios. Y quizá la única inocencia que nos queda (que tampoco lo es) es la que se alcanza en las playas nudistas, que son los lugares más pudibundos que conozco.

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Me animan a hablar y cuento un sinfín de batallitas literarias de hace un cuarto de siglo. Y lo único que consigo, creo, es reafirmar en mi interlocutor la impresión de que, a todos los efectos que puedan considerarse desde sus benditos treinta años (que en estos tiempos equivalen a mis veinte, o a mis dieciocho), mis cuarenta y seis equivalen a la plena senectud.

miércoles, junio 17, 2009

APRENSIONES

Primero me besa, luego me cuenta que tiene una gripe de caballo, y que debe de estar subiéndole la fiebre. Ha salido a la calle, dice, para hacer una gestión inaplazable. No soy aprensivo: si lo fuera, hubiera esgrimido cualquier excusa y me hubiera apartado de ella. Pero tengo imaginación. Y, mientras me hablaba (y se veía que la fiebre le había dado habladora), casi me parecía ver a los virus cruzando el espacio que mediaba entre nosotros, y aterrizando en mis mucosas bucales y nasales, y estableciendo cabezas de puente, y cargando contra mis defensas...

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Me enseñan la carta de colores de este modelo de coche y veo en ella un "azul borrasca" y un "rojo Lucifer". Entre la cursilería y el malditismo, como los poetas malos.

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Esas estudiantes que, para sentirse seguras en un examen, se visten del modo más seductor posible: muy escotadas, con la espalda descubierta, con falda corta... Como para enamorar, no al profesor, que suele estar curado de espanto, sino a ese espíritu caprichoso que vuela entre las bancas y sopla las respuestas a aquellos o aquellas que saben llamar su atención.