lunes, agosto 29, 2016

LA BIBLIOTECA



LA BIBLIOTECA

Aquellos días empezaban antes
de que fuera de día.

Y luego, por la claraboya
iba filtrándose despacio
un primer sol que parecía el último.

Había algo nocturno en aquellas mañanas:
ese desorden sensorial 
por el que la penumbra se traduce 
en el zumbido de los fluorescentes
y el silencio es un modo de estancarse la luz.

Y había también músicas secretas:
el lento despertar de las maderas
al calor de las luces encendidas,
el ritmo de la propia respiración, sentida como presencia extraña,
el tacto de los libros;

y el tiempo, que era música también,
con sus silencios y sus pausas
en las que se imponía
un modo de durar que no era sucesión,
un modo de sentir la plenitud
de la luz al ganar los espacios diáfanos
que no presuponía la mirada cansada,
una conciencia de uno mismo ajena
al hecho de alentar o respirar
o sentir en los dedos el roce del papel.

Al fondo de la sala un lector dormitaba sobre un libro.

Yo lo miraba sin rencor ni envidia,
como quien mira en un cristal
el reflejo de algo que queda fuera o lejos,
sólo visible para ti en su sombra.

Los dos soñábamos la realidad.

martes, agosto 16, 2016

CÓMO EXPLICARLO



En esos intervalos de vacío
se espera siempre que suceda algo.

En la hora equidistante del hambre y de la lenta digestión
en que el cuerpo es ligero y casi no se siente;

o en esas otras más clementes, que son las de inconsciencia
y olvido antes que llegue el despertar;

o cuando el pensamiento cede
a las palabras y a los sueños de otros,
y en otro te conviertes al pasar las páginas de un libro;

en el simple arrebato de la música,

o ese otro arrebato en que cedemos 
a los imperativos del lenguaje
y es el lenguaje quien habla en nosotros
con una voz que es y no es la nuestra;

en el deliberado rito de intercambiar placer
como una forma de despojamiento,

o en esa otra modalidad 
de olvido de uno mismo que es la risa;

o en el acatamiento silencioso
de la frescura de un atardecer
o el orden tentativo de las cosas
en la mañana aún por definir.

Se espera siempre que suceda algo.

Y en esa expectación de cosas
de las que apenas somos parte, 
este otro estado transitorio  
de mera posibilidad, de atenuada
conciencia de uno mismo, de anticipo
de un aplazado don mayor:

este impremeditado instante en que somos felices.
  

viernes, agosto 05, 2016

ÁRBOLES


El que añade a tu sueño a la intemperie una tenue retícula traspasada de luz.

El que es tan sólo un gesto hacia lo alto.

El que se rinde al peso de su fruto.

El que crece hacia dentro y tierra adentro toca su razón de ser.

El que contiene un universo.

El que sugiere la gesticulación de un hombre.

El que adelanta el pie para avanzar con otros en orden de batalla.

El que brinda su hueco entre dos luces a la imaginación.

El que postula un dios elemental, hecho de fronda y nudos.

El que es un modo de abarcar la transparencia.

El que señala un hito o una tumba.

El que tiembla en las aguas del arroyo.

El que habla con la voz del viento  o con el multiforme griterío de una bandada de estorninos.

El que cruje a tu paso y es tu paso quien pone la conciencia de un cuerpo que se quiebra.

El que vibra en el canto de una cigarra sola.

El que florece para nadie en una quebrada entre dos cerros.

El derribado por el rayo.

El que invita al abrazo.

El que se abraza a otros hasta cerrar un círculo en el que ejecutar un rito.

El que sugiere un modo desesperado de morir.

El que desgarra la pupila tersa de la luna.

El que sostiene el firmamento.

miércoles, diciembre 02, 2015

ANIVERSARIO Y DESPEDIDA


Diez años son muchos o pocos, según: en todo caso, demasiados si se aplican a un "experimento", que debe ser por definición tentativo y breve. Diez años cumple hoy este Columna de humo, que nació como un experimento literario -un intento de explorar las posibilidades de expresión de la intimidad en un formato abierto y público; es decir, de escribir un diario íntimo, que no privado, a la vista de todos- y que, quizá por ello, debe tener fecha de cierre, porque un experimento ha de tener siempre muy bien acotadas las condiciones de espacio y tiempo en las que ha de plantearse. Diez años, me parece, son más que suficientes, y por eso hoy doy por finiquitado este "diario abierto". 

Es una ocasión melancólica, claro, porque se ha afianzado en mí la costumbre de acudir con regularidad a este cuaderno y casi no hay ya experiencia que no se me represente, en el momento de vivirla, en los términos en que vendré a verterla en estas cuartillas virtuales. No sé si eso ha sido una buena o mala costumbre: sólo el tiempo dirá si su abandono supone alguna pérdida. Lo que sí puedo decir es que, al menos literariamente hablando, el esfuerzo me ha valido la pena. Y no sólo por el balance de obra publicada a partir de lo aquí escrito -los volúmenes diarísticos Señales de humo, Pintura rápida y La novela de K., a los que hay que añadir decenas de artículos, semblanzas y reseñas que nacieron en este cuaderno y luego fueron reelaborados para su publicación en periódicos y revistas, más otros libros (de aforismos, de semblanzas cinematográficas, etcétera) que tengo en proyecto-, sino, sobre todo, porque el hecho mismo de haberme sometido a la disciplina de escribir un diario durante diez años ha condicionado claramente mi manera de enfrentarme a la escritura y me ha hecho concebir la extraña fantasía de que toda mi obra -poemas, novelas, cuentos- no son sino ampliaciones o fragmentos emancipados de este flujo de palabras. 

Ha sucedido también que el momento reservado para acudir a este cuaderno y verter en él mis impresiones más recientes se ha convertido, a falta de otro hábito reflexivo mejor, en el único espacio de mi rutina en el que practico lo que los sabios e iniciados llaman "meditación" o "vida interior": es decir, he perdido la costumbre de volver el pensamiento sobre mis asuntos si no es escribiendo, y haciéndolo aquí, en este cuaderno, a la vista de todos y celando de esa mirada ajena -más imaginaria que otra cosa, porque tampoco han sido tantos los que hayan venido aquí a escrutar mis cosas- tan sólo la privacidad más anecdótica, en aras de una expresión sincera de mi intimidad. Es decir: he venido aquí a mirarme, como ante un espejo; pero un espejo ante el que uno quiere aparecer limpio y digno, y no en pose exhibicionista u obscena. Ya sé que todo esto es contradictorio y difícil de explicar, cuanto más de justificar. Pero no otro ha sido el papel que este cuaderno ha desempeñado en mi vida y en mi economía mental a lo largo de los últimos diez años.

Aquí queda, abierto a todos, porque ése fue su designio desde el principio. Ojalá siga teniendo lectores, o al menos visitantes azarosos, de ésos que recalan en estas páginas por la indiscreción de Google u otras herramientas de búsqueda y luego se sienten picados por la curiosidad y leen aquí y allá y llegan a sentirse cómodos con el interlocutor que les ha tocado en suerte. No descarto que vuelva a retomar este diario dentro de algún tiempo, aquí, en este mismo espacio. Ya se verá. Agradezco la paciencia y simpatía de quienes se han dignado dedicar unos minutos de su tiempo a leer estas páginas. Saberme acompañado me ha servido, sin duda, como acicate para una expresión mejor de lo que me quería decir a mí mismo. 

Y aquí lo dejo, no sin sentir un poco de vértigo...

Ilustración: retrato de José Manuel Benítez Ariza, por José Antonio Martel. Óleo sobre lienzo.

lunes, noviembre 30, 2015

CASTAÑOS




Hacia el valle del Genal, para ver los castaños amarillecidos. A las diez de la mañana el coche -vamos cuatro amigos- está ya enfilando la carretera de Cortes, en dirección al extremo sur del valle. Paradas obligadas: el mirador de Algatocín, el merendero junto al río en las cercanías de Jubrique y el propio Jubrique, desde donde recorremos a pie buena parte del camino someramente asfaltado que se dirige a Faraján. Antes, el prodigio del valle a la luz de una mañana soleada. A esa hora -quiero decir, antes del mediodía-, el sol cae raso sobre el techo del bosque y hace el efecto de uniformar la masa de encinas, quejigos y alcornoques en una sola mancha verdigrís, de la que sobresalen, singularizándose, los castaños amarillos, encendidos como fanales en medio de una tiniebla espesa de la que brotan, aquí y allá -discutimos si se deben a la quema de rastrojos o a las chimeneas de las casas de labor ocultas bajo la masa arbórea-, lentas columnas de humo que se diluyen en la casi imperceptible neblina. 

Pero la visión panorámica que depara el trayecto en coche es sólo un anticipo de la impresión más duradera y cercana que causan estas arboledas mixtas cuando nos adentramos en ellas. A los árboles ya mencionados hay que sumar olivos, algún que otro nogal y distintas variedades de pinos, amén de los también amarillecidos chopos que se cimbrean junto a los cauces de las torrenteras secas y algunos macizos de naranjos agrupados en torno a alguna casucha casi invisible. A la impresión visual se une ahora la sonora. El aire arranca modulaciones distintas según entre qué árboles se mueva: acuáticas, como de lluvia espesa, cuando agita los castaños; de fronda sacudida por el paso de una criatura viva cuando menea los chopos; también, de vez en cuando, la nota vagamente metálica, como de lámina de estaño rozada contra una superficie rugosa, de una hoja al tocar la grava. Al borde del camino, los endocarpios espinosos conservan todavía deliciosas castañas en su punto justo de madurez para que la piel se despegue de la pulpa. Recogemos también alguna nuez caída de los nogales pegados al camino, y con unas y otras vamos entreteniendo el paseo. 

A la vuelta, el efecto de las sombras alargadas por la luz de primera hora de la tarde crea sorprendentes efectos de alineaciones en las irregularidades de la masa arbórea, que acentúan aún más si cabe el contraste entre los verdes apagados del encinar y las copas amarillas de los castaños. Que, con la última luz, quedan reducidos a un mero espolvoreo de purpurina dorada sobre la masa ya uniformemente oscura del resto. La brevedad del día parece acelerar el proceso: tras la sobremesa en el merendero, queda apenas una hora de luz, la que nos permite apreciar las últimas variaciones de textura y color del valle que vamos dejando atrás. Quizá no sea otra la lección del otoño: su énfasis en la intensidad de lo breve. M.A. lo remacha al día siguiente, mientras asistimos a la perfección de otro amanecer: es como si fuera el último. Bueno, sea. Pero tampoco nos pongamos dramáticos. 

lunes, noviembre 23, 2015

EL MOSTO DEL AÑO









La pulcritud de las instalaciones desmiente un tanto el sentido del rito: hemos venido a probar el primer mosto del año, que lo mismo no es el primero y que ni siquiera es de aquí, de esta finca que ya no conserva sus viñas, y cuya gañanía remozada se ha convertido en un coqueto restaurante de fin de semana. Pero, en todo caso, la ocasión satisface nuestra necesidad de señalar de alguna manera que el otoño -season of mists and mellow fruitfulness, que decía el poeta John Keats- está en su punto álgido. Brumas (mists) no ha habido demasiadas en lo que llevamos de otoño, aunque no creo que la fecundidad (fruitfulness) de la estación se haya resentido por ello: hubo lluvias tempranas casi al final del verano, que han provocado en el campo una especie de primavera extemporánea. 

Todo anda un poco trastocado, quizá. Y por eso el día empezó amenazando lluvia y el guarda de las ruinas que fuimos a visitar antes del almuerzo se las echó de hombre de campo al asegurarnos que debíamos coger los paraguas antes de adentrarnos en el laberinto de piedras. Estas ruinas fenicias cercanas al poblado de Doña Blanca siempre me han fascinado: la impresión de inconmensurable lejanía que producen -el enclave, posible primer emplazamiento del Gades fenicio, fue fundado hace dos mil ochocientos años-, se mezcla con la evidencia de que, en su concreción, la ciudad no debió de ser muy distinta de cualquier pueblo marinero de los que existieron hasta anteayer, con sus pequeñas casas encaladas, su embarcadero y sus instalaciones para la salazón del pescado. Incluso los hornos de pan que se han desenterrado en muchos de estos habitáculos me recuerdan a los que todavía tienen las casas de la sierra. Lo único extemporáneo, quizá, es la sensación de amenaza con la que los habitantes del lugar debieron de convivir a lo largo de prácticamente toda su cronología: se conservan vestigios de hasta tres trazados de muralla, algunas reforzadas con fortines y torres de vigilancia. Piensa uno en los outposts de Conrad: pequeños y precarios enclaves amenazados por merodeadores de todo tipo. Aun así, el poblado permaneció habitado seiscientos años.

Hasta aquí, la visita. Luego la viña: jarras de mosto, sopas de ajo y el potente cocido que aquí llamamos "berza", aunque frecuentemente no incluya la verdura que le da nombre. Ahora el nublado es intermitente y el perfil metálico de las lomas peladas aparece bañado en una luz cambiante, que vira del plomo al oro en cuestión de segundos, según las nubes rápidas van ocultando o descubriendo el sol. Miro a mis compañeros de mesa. A algunos los vengo tratando desde hace decenios, y quiero pensar que esa relación determinada por la convivencia laboral no ha impedido la posibilidad de un verdadero afecto. Lo sabemos casi todo unos de los otros: malhumores, aspiraciones, mudanzas, el crecimiento de los hijos. Sin embargo, una curiosa modalidad de la cortesía nos lleva a mantener la ficción de que nuestro trato se limita a una serie de ocasiones formales muy bien acotadas, a menudo divertidas -mejor así- y siempre un tanto protocolarias. Y a mí no me parece mal, porque quizá este logro de una cortesía sin altibajos, mantenida durante lustros, valga más que las veleidades de la novelería, las afinidades coyunturales o los entusiasmos pasajeros. La media de edad es alta: los más jóvenes hemos cumplido ya el medio siglo; y, por ello mismo, algunos de los presentes cuentan ya los meses que les faltan para jubilarse. Verdaderamente, es éste un banquete otoñal. Hace un cuarto de siglo, los pensamientos que me inspiraban esta clase de ocasiones eran otros. Entonces era uno un veinteañero impertinente al que divertían bastante las pretensiones de protagonismo histórico que asumían todos aquellos hombres patilludos y aquellas mujeres desenvueltas que habían visto morir a un dictador y establecerse una democracia en la que ellos mismos copaban ya los puestos subalternos, de representante sindical a concejal, pasando por toda la pedrea de sinecuras de poca monta que se repartían desde el poder. Hoy, curiosamente, lo que falta en esta reunión son veinteañeros, e incluso treintañeros. Campan por otros predios, viajan más, eluden los formalismos. Así deben de ser las cosas. Lo que no se aprecia ahora es un contraste generacional tan acusado como el de entonces. No sé si esto es bueno o malo. El caso es que el mosto entra bien, la comida es buena y la compañía inmejorable. Y la melancolía, si acaso, un adorno. Qué mas puede uno pedir.


Fotografías: Ana Romero

lunes, noviembre 16, 2015

EL FUTURO

Viernes noche. Previsión de cena tardía y sobremesa alargada, como corresponde al inicio del fin de semana. Mientras M.A. ultima la cena voy poniendo la mesa, busco música agradable en Internet y organizo un poco el modesto caos de objetos familiares -libros, dibujos, mandos a distancia, teléfonos, posavasos, bolígrafos, cojines, mantas de viaje- que testimonia la voluntad dispersa que ha gobernado las horas de ocio precedentes. Por fortuna, no hemos mirado las redes sociales ni los titulares de los periódicos, así que somos totalmente ajenos a lo que en ese mismo momento está sucediendo en otro lugar del mundo en el que otros como nosotros también se disponían a pasar la tarde-noche del viernes en los consabidos templos del ocio de una ciudad a punto de convertirse en objetivo de una matanza. Nosotros a lo nuestro: la cena, despaciosa y ritual, un poco sobreinterpretada quizá, como corresponde a personas maduras que saben que también la intimidad tiene algo de teatro de afectos. En los altavoces, crooners sobre todo: Sinatra, Mario Biondi, Michael Buble. No, no me he esforzado mucho: viejas canciones que nos sabemos de memoria, y que por eso apenas si interfieren en la conversación. ¿De qué hablábamos? De esto, de lo otro, de la gente, de nosotros. Es el momento de poner en valor esa especie de modesto heroísmo en que consiste la rutina, los logros cotidianos, los pequeños fracasos asumidos sin demasiada acritud... No, no he escrito demasiado acerca de estas cenas nuestras, pero creo no equivocarme al decir que las semanas giran en torno a ellas, o que uno hace esto y lo otro y lo de más allá sólo por tener la ocasión de traerlo a la mesa y soltarlo aquí, como diciendo: la semana ha sido dura, pero aquí estamos de nuevo y podemos contarlo. Y esto dura hasta las doce y media, más o menos, cuando, mientras recojo los platos, M.A. mira la pantalla de su teléfono móvil y dice: "Ha pasado algo. En París. Decenas de muertos." Encendemos el televisor y sintonizamos el canal de noticias. La matanza, efectivamente, había comenzado casi en el momento justo en el que servíamos la mesa. Sensaciones sucesivas de pena, de horror, de indignación, de preocupación por la hija viajera. También, conciencia de la futilidad de todos estos pequeños actos cotidianos sobre los que la Historia con mayúsculas -es decir, esa especie de continuo empeño en embestirse al que se entrega el ser humano cuando aparca su individualidad y se entrega a la embriaguez de las abstracciones sobrehumanas- pasa como una apisonadora. Permanecemos casi dos horas ante el televisor, y también pendientes de las noticias que los periódicos desgranan en sus ediciones digitales. También percibimos, ay, ese absurdo modo que los medios tienen de llenar de palabrería e imágenes repetidas hasta la saciedad lo que no es otra cosa que un largo intervalo de incertidumbre y falta de explicaciones o respuestas. Los seguimos, intuimos, porque también para cada uno de nosotros es difícil interiorizar el alcance de unos hechos cuyo enunciado no ocuparía ni diez segundos: "Unos desalmados asesinan en París, sin motivo alguno pero con estudiada premeditación, a un centenar largo de personas". Con esa áspera verdad nos vamos a la cama. 

***

Nos habían hablado mucho de esta panadería, e incluso nos habían llevado hasta su misma puerta, que siempre habíamos hallado cerrada, porque estos panaderos son de los que a primera hora de la mañana echan el cierre y se van a dormir. Es un local modesto: una habitación no más grande que la sala de estar de un piso, alicatada hasta el techo con azulejos blancos ya un poco amarillecidos por el tiempo. Una chica en ropa de calle -una aprendiza, quizá- raspa el fondo de una enorme artesa, mientras la encargada, enfundada en una impecable bata blanca, sale a la puerta a atendernos. No, no queda pan en los tamaños y formatos que suele llevarse la gente, pero, si queremos, podemos llevarnos una telera de dos kilos o incluso la mitad de una de cuatro. Quedan también algunas "molletas" de desayuno: pedimos cuatro y nos regalan otras tantas, quizá porque ya no esperan venderlas. Así que salimos del establecimiento con lo que resulta una cantidad abrumadora de pan para el consumo de dos personas. No importa, nos decimos: lo congelamos y vamos sacando lo que precisemos a lo largo de la semana. De todos modos, acudo a casa de un amigo, con intención de ofrecerle un poco; pero él ya tiene también para el avío. Hemos apartado también unas molletas para nuestro vecino. Aún así, nos inquieta el sobrante: esa abrumadora responsabilidad que, quisiéramos suponer, debe de pesar sobre todo aquel que posee más de lo que en buena ley le corresponde. 

***

De la limpieza de malas hierbas ha salido un brote de alcornoque. Me lo ha dado el amigo al que fui a ofrecer pan y he corrido a sembrarlo en una maceta.  Su destino natural, lo sé, es crecer hasta desarrollar una copa bajo la que pueda refugiarse un rebaño. Eso no será en mi pequeño patio, desde luego. Pero con los niños ya se sabe: lo mejor es criarlos en salud, sin pensar demasiado en el futuro, que ya llegará.

lunes, noviembre 09, 2015

EL SALTO


No importa mucho que hayamos coincidido con un grupo de unos treinta excursionistas: el prado es lo bastante grande para que quepamos todos sin estorbarnos, y ni siquiera escuece demasiado el hecho de que hayamos subido hasta aquí en busca precisamente de paz y silencio. Sólo las vacas -cuatro, todas distintas: una completamente negra, como un toro bravo; otra, a parches rojos sobre fondo blanco, como la protagonista del anuncio de cierto chocolate con leche; otra cobriza, otra blanquinegra- parecen acusar la molestia y bordean con gesto de desaprobación la multitud, en busca de un rincón tranquilo. Y lo curioso es que todo esto -la multitud diseminada en pequeños grupos, las vacas, las formaciones rocosas que emergen del pastizal, las encinas- parece como empequeñecido por un sol al mismo tiempo benevolente y cegador, que invita a dejarse acariciar por él y a entornar los ojos para protegerlos de la claridad excesiva. Hasta los mismo verdes, bajo esta luz, resultan cegadores, o más bien irreales, como si el paisaje entero se inscribiese en un orden de existencia distinto al habitual: de cosa soñada, o entrevista tras un filtro que polariza los colores y desrealiza los objetos que los sustentan. A nuestras espaldas, la bajada al Salto, que es el término natural de este paseo. Pero esta vez nos la ahorramos: no hemos venido a contemplar abismos, sino -no lo sabíamos, claro- a recrearnos en la intensidad de lo inmediato. Ha cesado también el bullebulle interior, la habitual desarmonía de voces contradictorias. Ha durado sólo unos minutos. Luego hemos tenido que regresar.

***

Me he olvidado en la sierra la carpeta con el trabajo que he tenido que terminar en casa durante el fin de semana. También, los libros que ando leyendo. Me agobia indeciblemente el descuido, que implica que el esfuerzo que he hecho para poner el trabajo al día ha sido inútil. Pero también me digo que el olvido puede obedecer a un inconsciente deseo de soltar lastre. En todo caso, me inspira cierto respeto este otro yo descuidado y negligente que de vez en cuando asoma. Debería fiarme más de él; y, en todo caso, encomendarle la dirección de mis asuntos con más frecuencia.

***

El sabor del boletus aereus: más intenso y áspero que el popular boletus edulis. La ración precede una deliciosa pierna de choto. Esencias de la tierra, que invitan no tanto a la glotonería como al recogimiento. Y todo lo demás es gula.

jueves, noviembre 05, 2015

PUNK BRITANNIA

Con las lluvias últimas, la algaida a la que vamos a estirar las piernas se ha cubierto de florecillas blancas: narcisos silvestres, me dice una página de Internet, aunque no estoy seguro de que la identificación sea correcta por mi parte. Tienen un olor dulzón, como ajazminado, pero con un punto de limón. Y lo curioso es que ese olor, de tan tenue, sólo se percibe cuando se camina en dirección contraria a la brisa y ésta la empuja a las pituitarias un tanto atrofiadas en estos días de temperaturas variables y humedades traicioneras. Pero aquí, en medio del milagro, hasta me parece que respiro mejor.

***

En medio de una mañana pródiga en errores y meteduras de pata, recibo un mensaje de M.A. advirtiéndome de una errata en la entrada de ayer de este cuaderno. Una más, me digo, en un día pródigo en ellas. Claro que las peores son las de orden existencial: también tienen arreglo, pero siempre a costa de enmiendas y tachaduras demasiado visibles.

***

Y mis documentales de sobremesa: esta vez, la serie Punk Britannia, que emitió hace un par de años la BBC. Qué familiar me resulta la descripción que hace del estado de ánimo que podía respirarse en la juventud de una barriada obrera hace treinta o treinta y cinco años. La cronología es imprecisa, porque lo que ocurrió en Londres entre 1976 y 1978 no tuvo traslación exacta a nuestros climas hasta lo menos un lustro o dos más tarde. No es mucho, teniendo en cuenta que la distancia que nos separa de la Europa más avanzada en lo referente a otras cuestiones nunca ha sido menor de veinte años. Pero sí: la sensación de vacío -en lo musical, pero también respecto a ese otro espejismo general de libertad y expansión de horizontes que se produjo a lo largo de la década anterior- es reconocible incluso para quien fue un adolescente español de provincias que exploraba el dial de su radiocassette traído de Ceuta en busca de una autenticidad musical, y una cierta actitud vital, que sólo se cultivaba en las bandas que ensayaban en los garajes o en los locales prestados de los colegios, y que tardaría aún años en eclosionar. 

miércoles, noviembre 04, 2015

POLVORONES DE TÁNGER


Llama la atención que, una vez pasado el temporal, la calma que se respira por encima del nivel del mar, diríamos, no termina de trasladarse al mar propiamente dicho. Ha amanecido una espléndida mañana de otoño, apenas empañada por un nublado claro que ni siquiera amenaza lluvia. Sopla una brisa ligera, juguetona, que parece empeñada en insuflar un cierto humorismo bienintencionado a esa hora del día en que la gente parece embozada en sus pensamientos y se dirige a toda prisa a sus obligaciones. Pero el mar, sin embargo, sigue en lo suyo, como emperrado en una furia que no termina de soltar. Lo milagroso es que se contenga, y que las deflagraciones incontenibles que se suceden a pocos metros de la línea de costa se amansen como por ensalmo al morir en la playa. Otra cosa son las escolleras: contra ellas aplica el mar toda su furia, y ello sucede a apenas unos centenares de metros de este otro tramo de orilla remansada desde el que lo miro. No sé. Tiene uno la impresión de que aquí se dirime algo que de algún modo nos concierne, pero para lo que no es necesario ni nuestro asentimiento ni nuestro concurso: sólo nuestra aceptación.


***

Polvorones de Tánger: los ha traído un compañero, para que los degustemos entre clase y clase. Tienen un ligero toque a almendra amarga, que me trae a la memoria los olores acendrados de los puestos del mercado callejero en la medina, y también la alegría vespertina en el barrio de casas bajas que linda con los acantilados a los que se asoma el café El Hafa. Los muerdo y me hacen el efecto de la magdalena de Proust: me parece estar allí en un no lejano febrero, en la tarde despejada de un día que empezó lluvioso. Como hoy.


***

Primer catarro, primer anuncio de esa sensación de fragilidad al borde de la destemplanza que no me abandonará hasta la vuelta del buen tiempo, en el lejano mayo.

martes, noviembre 03, 2015

MAYORÍA SILENCIOSA

Viento racheado y cielo plomizo: así amanece el día de Todos los Santos, que es también el de los muertos; o, si se quiere, una de esas extrañas maneras oblicuas que los vivos tenemos de celebrar el hecho de estar de este lado de la sutil línea que nos separa de la mayoría silenciosa. Anoche, unos chiquillos disfrazados aprovechaban la ocasión para recolectar caramelos, mientras algunos adultos, sentenciosos y campanudos, se quejaban de la creciente popularidad entre nosotros de esta costumbre extranjera. Pero a mí no me parece que esa tradición foránea esté demasiado alejada de las nuestras: por ejemplo, de la costumbre gaditana de adornar los mercados y representar en los puestos escenas satíricas cuyos personajes son cuerpos de animales muertos engalanados para la ocasión; o la de comer frutos secos como celebración del otoño, pero también como manera de evocar simbólicamente el tacto y consistencia de los huesos; o la de representar ese carnaval de aparecidos y aprensiones sobre el Más Allá que es el Tenorio... Que estos niños se disfracen ahora de vampiros o muertos vivientes no me parece que desentone demasiado. Otra cosa es que se hayan parado antes a pensar que lo que se celebra es, precisamente, nuestra condición mortal, y la alianza inextricable entre ésta y el milagro irrepetible de la vida. Pero ya tendrán tiempo.


***

Inesperada cena de lujo: atún marinado, croquetas de chipirones, atún en tataki... Íbamos buscando un tentempíé y he aquí que la ocasión nos permite degustar estas delicias fuera de carta. Que agradecemos, sobre todo, porque aquí nunca venimos exactamente a comer, sino a propiciar un rato de intimidad en torno al ritual de la cena. Otras veces lo hacemos en casa. Pero aquí, entre amigos que a veces se acercan a la mesa y nos preguntan cómo va todo, esa buscada intimidad parece incluso mejor defendida, a salvo de la intrusión de ese otro enemigo implacable: la costumbre.


***

Sostengo la pesada puerta de la cancela para dejar pasar a una mujer embarazada que empuja un carro de la compra. Quizá hubiera debido también ofrecerme a llevarle el carro hasta el ascensor. Pero hay algo en su tímida manera de dar las gracias -y no sé si el acento extranjero habrá contribuido algo a ello- que me hace comprender que esta mujer ha aprendido a desconfiar de las amabilidades excesivas de los extraños, y que interpretaría un nuevo paso en ese sentido como una intromisión no bienvenida. Sea. Y es curioso que este frustrado intento de amabilidad por mi parte me duela tanto ahora como si hubiera cometido una involuntaria descortesía.


***

Más de diez días sin anotar nada en este cuaderno. Se me va la vida en... colaboraciones.

miércoles, octubre 21, 2015

Y UN DEDAL

De regreso, parada en Loulé. Nunca habíamos estado allí y ni siquiera teníamos constancia de que tal sitio existiera, a pesar de que no es la primera vez que hacemos este camino y seguramente los carteles que anuncian esa ciudad nos habrán salido al paso en otras ocasiones. Cosas del Internet: unas habilidosas fotos en las que no se ve más que un modesto caserío acurrucado a los pies de un castillo... y aquí estamos. Pintoresquismo fácil, sí, pero quién va a negar que ésta es la clase de señuelos por los que se deja atraer un turista. Y lo que no esperábamos era encontrarnos, después de dar muchas vueltas y no hallar aparcamiento, en el corazón de una ciudad grande, populosa, llena de comercios, de reclamos culturales y de vida. Todo lo contrario, ay, de la melancólica Silves, con sus comercios abandonados, sus fábricas saqueadas, sus calles desiertas y su enorme cine de los años cincuenta cascado y roto como un viejo decorado. 

Entramos en el pulcro mercado, nos asomamos a los callejones adyacentes, miramos los nutridos escaparates y saboreamos un programa de conciertos con los que nos podríamos haber deleitado, de haber sabido que a tan corta distancia de nuestro destino había este otro sitio tan distraído y prometedor. Ahora sólo nos queda tiempo para tomar un café negro y unos pastéis de Belém, que son para nosotros la esencia misma del desayuno de media mañana en una ciudad portuguesa. El día antes habíamos hecho lo propio en Monchique, un animado pueblo de sierra cuajado de excursionistas. No da para mucho un puente de tres días. Tras el almuerzo en Tavira, antes de abandonar definitivamente Portugal, el camarero insiste en servirme la copa de Oporto de cortesía, a pesar de mis protestas de que tengo que conducir y no quiero beber alcohol. "Le pongo media copa entonces", me dice, socarrón. Y pienso que ese dedalito de vino generoso, que apenas ha servido para dejarme el sabor en los labios, es un símbolo apropiado de este breve viaje. No ha dado para más, pero nos ha abierto el apetito.  

martes, octubre 20, 2015

LA CHAIR EST TRISTE

Ya en nuestro primer paseo por Silves, reparo en un par de comercios que parecen ropavejerías o modestas tiendas de antigüedades, y que me llaman la atención por mostrar en el escaparate, entre otras muchas cosas, algunas pilas de libros. En el rótulo lucen la poética inscripción "Castillo de Sueños", que es el nombre de la asociación benéfica local que los regenta. No me hago muchas ilusiones sobre la clase de libros que puedo encontrar en ellos: por lo que atisbo, decenas de malas novelas de quiosco en inglés y otros idiomas, de las que, por su abundancia, se han convertido en una especie de elemento decorativo de muchos establecimientos turísticos, en los que tal vez se acumulan por el descuido más o menos intencionado de los viajeros que las van olvidando o abandonando aquí y allá. Deben de ser muy populares en sus países de origen. En Gibraltar, recuerdo, hay una enorme librería de viejo en la que prácticamente no se encuentra otra cosa. E igualmente he ido tropezando con ellas en decenas de casas o apartamentos de alquiler para turistas, aquí y allá. Pero uno es inasequible al desaliento, y nunca descarta la posibilidad de que, entre tanto libro absurdo o ilegible, haya por casualidad uno valioso. Así que me hago el propósito de examinar a fondo la provisión que se acumula en estas beneméritas traperías, tan melancólicas acaso como la propia población en la que han surgido.

Es lo primero que hago el lunes por la mañana: una de ellas, la que parece más grande y mejor dotada, sigue cerrada; pero la otra está abierta, así que cruzo el umbral, esquivo cuidadosamente las inestables tarimas llenas de vasos desparejados y los percheros cargados de prendas lustrosas y alcanzo el rincón donde se amontonan los libros. Es más amplio -y, por tanto, más prometedor- de lo que parecía desde fuera, y enseguida me trae a la memoria otros lugares similares donde he encontrado algunos de los libros de mi propiedad que más aprecio.

Pero la ilusión dura poco. Decenas, centenares, de noveluchas, casi todas en inglés, aunque también las hay en alemán y francés; también muchas novelas juveniles -de las que mandan leer en los colegios, supongo, y luego son rápidamente desechadas por sus propietarios- en portugués; y, curiosamente, ni un sólo libro en español: se ve que los turistas españoles no viajan con libros, o no son tan olvidadizos de los suyos, cuando los llevan, como sus equivalentes de otros países. Pero hay matices, como en todo. Entre los libros ingleses, como ya he dicho, no encuentro ni uno que pudiera no desentonar en una biblioteca mínimamente rigurosa; la única excepción, quizá, es un ensayo del periodista Jeremy Paxman, a quien conozco por los admirables documentales que hace para la BBC, pero a quien no estoy muy seguro de que me apetezca leer. En francés, en cambio, entre decenas de malas novelas, encuentro... nada menos que los siete tomos de À la recherche du temps perdu, más un tomito de tragedias de Eurípides, alguna novelilla de Patrick Modiano y alguna otra de Le Clézio... No sé si de esto podría colegirse que el francés medio es más culto o más leído que el inglés o el alemán; pero, en cualquier caso, la verdad es que el retrato que de ellos ha quedado en esta especie de depósito aluvial es bastante favorecedor. 

Tanto, que casi no quiero contribuir a desdibujarlo. No es que pueda suscribir el aserto de Mallarmé:  j'ai lu tous les livres, pero casi. O quizá es sólo que a los que encuentro aquí les falta el don de la sorpresa, que es lo que uno espera de estos lugares. Y así, hecho el escrutinio y dados los buenos días al encargado -y sin saber si hubiera sido apropiado dejar unas monedas, quizá, a modo de donativo-, salgo de allí con destino a las charcuterías que rodean el mercado. Lo que me recuerda la otra mitad del verso mallarmeano: La chair est triste, hélas!

lunes, octubre 19, 2015

SILVES







Ni siquiera en Portugal la lluvia favorece siempre, y por eso nuestra llegada a Silves -transcribo aquí mis notas de un breve viaje durante el pasado puente del Pilar-, en medio de una mañana lluviosa, resulta más bien decepcionante. La carretera general rodea el pueblo y facilita la entrada por una rotonda que desemboca directamente en una manzana de modestos bloques de viviendas, desde la que tratamos de reorientarnos. Cuando, al día siguiente, comprendemos lo pequeño que es el pueblo y la imposibilidad de perderse en su breve trama, nos asombra ese desconcierto nuestro inicial. Pero uno se asusta siempre de lo que no conoce, y de ahí lo interminable de los escasos minutos -no fueron más- que empleamos en identificar la plaza en la que hemos venido a desembocar -el Largo da República- y localizar la calle en la que se ubica nuestro hostal. Ahora la lluvia ha arreciado, como para complicar las cosas. Con la diferencia horaria, además, resulta que la mañana se nos alarga más de lo que esperábamos. La habitación, nos dicen, no estará lista hasta la una del mediodía, y apenas son las once y media, hora local. Así que optamos por ir a dar un paseo, lo que a todas luces, dada la climatología, resulta aconsejable. 

Tampoco hay casi nadie en la calle: los posibles visitantes, nos ha dicho nuestra patrona, han anulado sus reservas a última hora. Así que nos refugiamos en el primer bar abierto que nos sale al paso, un salão de chá regentado por una inglesa a la que le hacen mucha gracia nuestros primeros intentos de comunicarnos en portugués; en el que, a falta de otro recurso, dedicamos un rato a planear el resto del día. En contra de mi costumbre, esta vez no he venido pertrechado de planos y guías, y sólo contamos con las recomendaciones de las webs para turistas que consultamos en los teléfonos móviles. Que nos llevan, después de otro desaconsejable paseo bajo la lluvia, a los soportales del mercado, donde su ubica una concurrida churrascaria o asador muy concurrido en el que sirven pollo asado y pescados a la brasa. Y ahí el ánimo parece reponerse. A pesar del ajetreo, nos atienden pronto y amablemente. El vinillo peleón de la casa no está mal, y los asados -pollo primero, y luego unos exquisitos chicharros- están en su punto. Agradecemos también el detalle de que el postre -una bandejita con un surtido de frutas y confituras- y la copa de licor sean obsequio de la casa. Hacía doce años que no veníamos a Portugal y en ese tiempo los agoreros de siempre nos habían asegurado que el país ya no era el mismo, que ni se comía como antes ni la gente era tan amable como solía. Pero nos ha bastado esta primera impresión para desmentir esos negros presagios. Los únicos que hemos cambiado, quizá, somos nosotros.

Por la tarde escampa y podemos recorrer el pueblo. A la luz de un día nublado Silves, con toda su sobriedad y -por qué no decirlo- su pobreza, adquiere una rara dignidad. Ha pasado la hora de visita de los monumentos, pero la Sé está abierta y podemos asomarnos a su acogedora penumbra, en la que rezan una decena de beatas. Es una catedral modesta, como tantas de Portugal: o, mejor sería decir, una catedral que disimula la posible magnificencia de sus muros de piedra bajo inmemoriales capas de enjalbegado: ese doble contrasentido, en fin, del gótico encalado y dispuesto en proporciones tendentes a la horizontalidad. También el castillo árabe, visto de cerca, es sencillo y recatado, como lo es el puente -a ponte- romano, también enjalbegado, sobre el último tramo, ya penetrado de mar, del río Arade. Por esa ponte cruzamos a la melancólica barriada de hotelitos y chalés dispersos que ha crecido en la orilla opuesta, con las fachadas orientadas a lo que es la vista más pintoresca del pueblo: la postal del blanco caserío dominado por los perfiles de la catedral y el castillo. No es mal botín para un primer día.

miércoles, octubre 07, 2015

LONDRES O TÁNGER

Se va haciendo sentir el otoño, no tanto por las temperaturas, que siguen siendo altas, como por la luz, que ya ofrece decididamente las tonalidades propias de la estación. Mañanas apenas veladas por brumas que no acaban de ser nublados, pero que anticipan los cielos encapotados de los días oscuros por venir; tardes bañadas en toda la gama que va del amarillo al morado, antes de disolverse en una penumbra plomiza. Sintoniza uno bien con este tiempo: la cabeza se mantiene despejada y el fresco -relativo- mantiene el cuerpo en buena disposición para cualquier esfuerzo, e incluso para ese tipo especial de inactividad consistente en no hacerse notar cuando es la mente la que trabaja. Días buenos para hacer proyectos, porque hay predisposición a sentirse en condiciones de cumplirlos. Por estas fechas, recuerdo, hace cinco años me pedí un mes de licencia laboral y me fui a Madrid a empezar una novela, la tercera de mi trilogía autobiográfica. Si hoy me sintiera igual de optimista, no sé a dónde me marcharía para empezar algo nuevo. A Londres, quizá, o a Tánger, que son dos lugares que parecen sintonizar bien con esas expectativas de estímulo que atribuye uno a ciertas referencias de su geografía sentimental. Otro año será.

***

Mi última columna de cine ha hecho que más de uno me mire con cara de haberme pillado en un renuncio. "¿Así que estas son las películas que ves? Te creíamos un cinéfilo de gustos refinados...". Pero sí, he visto mucho cine ínfimo. Tiene algo que ver con los hábitos noctámbulos -que son elección- y con el insomnio -que es condena-. Hubo incluso una época en mi vida en que elegí trabajar en turno de tarde-noche, y cuando volvía a casa, al filo de la medianoche, lo que tenía por delante era todo ese cine que las televisiones de entonces emitían de madrugada porque era absolutamente desaconsejado hacerlo en horas de máxima audiencia, y que lo mismo incluía españoladas de Mariano Ozores que películas de culto de la factoría de Warhol, sin olvidar los curiosos híbridos que filmaba Jesús Franco. Las vi todas. En general, me divirtieron. Y no me arrepiento, la verdad.

***

Me voy haciendo mayor. Ya sólo soporto leer unas setenta páginas diarias. A este paso, no me acabo la literatura universal.

miércoles, septiembre 30, 2015

ENDRINAS

Después de poner las endrinas a macerar en casi un litro de anís seco, me tomo el remanente: una copa colmada. Y el repentino acaloramiento que me provoca me hace presentir, en la tarde todavía calurosa, las muchas ocasiones en que otros calores prestados me salvarán de ese intenso pesimismo en que consisten las largas noches frías del invierno por venir. Es sólo un adelanto.


***

¿Van cambiando los gustos de uno? Repaso las treinta columnas de "revisiones" cinematográficas que he escrito para el periódico CaoCultura y me da la impresión que, si bien no ofrecen un panorama de mis aficiones y querencias radicalmente distinto del que reflejaban los dos libros de cine que publiqué en 1999 y 2002, sí parecen ahondar en algunas cuestiones que en esos libros quedaban meramente apuntadas. El telón de fondo sigue siendo el mismo: mi inquebrantable adhesión a cierto canon de clasicismo cinematográfico, representado por el gran cine norteamericano de los años cuarenta y cincuenta. Pero hay mucho también que explorar en la periferia de esa bien guardada fortaleza, y a ello parecen aplicarse, sin atenerse a un plan prefijado, las columnas que escribo últimamente: los pioneros anteriores a la llegada del sonido, por ejemplo, que en poco más de un cuarto de siglo crearon una nueva forma de arte y la llevaron a desarrollar su ciclo completo, hasta su apogeo y  muerte; los sorprendentes atisbos de creatividad y entusiasmo que se advierten a veces en el cine más ínfimo y marginal; y, por lo mismo, la necesidad de no perder nunca de vista el cine experimental. En esos terrenos husmeo ahora. Curiosity killed the cat, dicen los ingleses. Pero lo que es seguro es que se morirá uno antes de haberla satisfecho siquiera en una mínima parte.



***

Si parece haber una clara relación entre la depauperación de la mayoría y el enriquecimiento de unos pocos, se entiende bien el interés de la clase dirigente por crear tensiones artificiales que terminen por empeorar las condiciones de vida de la población: ganancia asegurada de pescadores sin escrúpulos en aguas que ellos mismos no dejan de agitar. Lo de Cataluña es sólo un ejemplo.


***

El pesimista se conforma con poco: una taza de café en buena compañía, por ejemplo, no termina de desmentir sus temores, pero supone un considerable alivio.

lunes, septiembre 28, 2015

AFICIONADO


Después de darle muchas vueltas, me decidí a participar en el concurso de pintura que organiza mi barrio adoptivo, el de San Antón, en B., y no limitarme a curiosear en el trabajo de otros, como he hecho en años anteriores. Ha sido una osadía por mi parte; sobre todo teniendo en cuenta el nivel de los participantes. Pero en la categoría "Aficionados" cabe todo, y nadie me puede discutir que me cuente entre la modesta tropa de quienes aman la pintura sin tener demasiadas aptitudes para ejercerla. Además, hacía una mañana espléndida y el rincón que pude elegir, por madrugador -fui de los primeros en llegar-, garantizaba una agradable sombra hasta el mediodía. Allí planté una mesita plegable y dispuse mis acuarelas, que es la única modalidad pictórica en la que he perseverado algo más allá de la adolescencia, cuando pintaba casi con la misma regularidad con la que me ejercitaba en escribir mis primeros versos y cuentos.

Así que allí estaba, a la vista de todos y expuesto a la retranca de más de uno. En general, lo llevé bien. Predominaba una inhabitual sensación de bienestar físico y mental, unido a un impagable sentimiento de que, durante esas horas, no había otra cosa en el mundo que requiriese mi atención o preocupaciones, más allá de la pintura que me ocupaba... He dicho "pintura" y, en realidad, tendría que haber dicho "pinturas", porque la acuarela es una técnica de ejecución rápida, así que en el hueco de la mañana pude hacer varias versiones del tema que me traía entre manos: una especie de homenaje a Gaya consistente en un pequeño bodegón con dos frascos de cristal entre los que se sostiene una estampa que, en mi caso, en vez de ser la habitual referencia a pintores clásicos que gustaba de hacer el pintor murciano, reproducía una vista esquemática de la fachada del viejo refugio de excursionistas -hoy hostal y restaurante- que domina la plaza.

Durante unas horas, ya digo, no hubo para mí otra preocupación en el mundo. Pasaba gente y algunos se me quedaban mirando y otros me interpelaban directamente e incluso me gastaban alguna broma. Delante de mí, la plaza, libre de coches, había cambiado su fisionomía y revelaba su verdadera condición de lugar donde la gente se congrega y actúa con esa desinhibición que sólo se da entre iguales entregados a un mismo propósito: una imagen muy explícita, me parece, de lo que debe entenderse por sociedad civilizada. Hay que decir que el concurso responde a una iniciativa vecinal y no depende en absoluto del patrocinio de ninguna institución, lo que añade, al encanto de la situación creada, una especie de legítimo sentimiento de orgullo cívico por participar en ella. Y así echamos el día; quiero decir, la mañana, porque lo cierto es que, al filo del mediodía, empecé a percibir el desgaste de energías que suponen unas pocas horas de absoluta dedicación a esta particular manera de ejercitarse en la felicidad compartida. Me sentí de pronto muy cansado, ay. Y ese cansancio me duró el resto del día.  

miércoles, septiembre 23, 2015

BAZAR

La política como circo de pulgas: todas ellas muy convencidas, eso sí, de la dimensión épica de sus actos. Pero, en definitiva, lo que se mueve es un tingladillo de hilos y alambres, que un simple soplo de viento podría desbaratar.

***

La niebla: esa ilusión de lejanía de lo cercano.

***

La capacidad de los gatos para convencernos de que han captado con la mirada una dimensión inadvertida de la realidad, cuando lo cierto es que están siguiendo el vuelo de una mosca.

***

Primero usted, le digo a mi ego. Yo me quedo aquí fuera, sosteniéndole la puerta.

***

Hacen bien algunas lenguas en escribir los gentilicios con mayúsculas: es un modo de verlos venir.

***

Esa intimidad que tengo con el perfume de al menos cincuenta mujeres...

***

No hay vertedero que no encierre, además de un tesoro, una biblioteca.

***

La mayor parte de las horrendas utopías modernas nacen de una cierta idea pequeñoburguesa de la subversión.

***

No es tanto cuestión de la ropa que se lleve encima: se está más o menos desnudo en función del entorno. Y hay lugares y circunstancias en que la plena desnudez es la forma suprema de la etiqueta.

***

Warhol no dijo nada sobre la posibilidad de que esos quince minutos de fama que corresponden a cada cual no pudieran repetirse muchas veces. Eso explica muchas insistencias.

lunes, septiembre 21, 2015

DEL CAMINO


Nos ha costado mucho esta vez la ascensión hasta Fardela. Y no tanto, quizá, porque estemos en baja forma física, como por la sensación de que las preocupaciones y el estrés pesan sobre nuestras piernas más que la propia fatiga. Para remontarse a según qué alturas hay que tener el alma ligera. O dotarse de alas más fuertes, si cabe. De un ala así, titánica, debe de proceder la enorme pluma leonada que hemos recogido del suelo en las inmediaciones de nuestro destino. Una pluma como para escribir con ella una página de la Consolatio de Boecio, por lo menos.  

***

El tiempo ha seguido castigando la casa en ruinas: en toda la extensión de sus dos cuerpos sólo queda un pequeño espacio techado, en el que calculamos que se refugia de los elementos el solitario pastor que a veces hemos visto atendiendo la finca. Nosotros preferimos sentarnos en la banca de piedra adosada a la fachada norte, esperando que nos proteja de las rachas de viento de levante que de vez en cuando barren la planicie. Durante todo el trayecto he venido pensando en el desenfadado ensayo de Stevenson Sobre el disfrute de los lugares desagradables. No es que el hermoso paraje en torno a Casa Fardela lo sea. Pero hoy quizá el viento le añade un innecesario toque de dramatismo. Por eso me acuerdo de lo que dice Stevenson al respecto: nada mejor, en estos casos, que buscar el lado resguardado de una colina y desde allí contemplar la acción de los elementos. Eso hacemos. Al otro lado del cercado de piedra que remata el altozano colindante, buscamos acomodo entre unas encinas y allí damos cuenta de un bocadillo y unas cervezas. 

***

Va uno por el camino pensando en sus cosas. O, mejor dicho: se entrega uno a sus pensamientos en el momento mismo en que empieza a funcionar el automatismo de andar sin sentir el esfuerzo. Y es curioso que sea éste el que desencadena la primera cadena de asociaciones: la sombra con las piernas ligeramente arqueadas de quien camina por un pavimento desigual me ha traído a la memoria los andares de los mariscadores que hicieron conmigo un tramo de trayecto en autobús dos días antes. Antes de subirse al vehículo vaciaron en el arroyo junto al bordillo de la parada el agua de los cubos en los que llevaban el botín del día: unos kilos de muergos. Están tan frescos que ni huelen, en contra de lo que los otros viajeros nos temíamos. Se sientan los mariscadores justo delante de mí y los oigo hablar de sus cosas; de las triquiñuelas, por ejemplo, que emplean para burlar la vigilancia de los guardias. A la mañana siguiente veo a uno de ellos vendiendo muergos y lenguados en plena calle. Apela al sentido de la economía de las señoras que hacen la compra. Pero ninguna se le acerca, asustadas quizá de la mirada huidiza, como de animal acosado, y de  las facciones hundidas del vendedor. Es un hombre de edad indefinida: lo mismo podría tener cuarenta que setenta años. Y algo me hace pensar que no siempre se ha dedicado al marisqueo.

***

La sombra negra del inidentificable animal que ha desaparecido tras unos arbustos a nuestro paso: un pensamiento que huye.

***

No hay esfuerzo sin premio, se dice el optimista. También lo tienen estas caminatas sin rumbo: su recompensa es el regreso. Bueno, y la cervecita que viene después.

lunes, septiembre 14, 2015

CELEBRANDO

La caminata ha durado algo más de una hora. Y ha merecido la pena. Lo extraño, nos decimos, es que no nos hubiéramos decidido antes a llevarla a cabo. Y como todavía hay quien teme al calor, sólo nos hemos cruzado con una pareja de amables ciclistas que nos saludan efusivamente, con esa desacostumbrada cortesía entre extraños que se suele dar en estos lugares aislados, y con un grupo de excursionistas que, por contraste, nos vuelven ostentosamente la cara, o fingen ir absortos en sus teléfonos móviles. Nos llevaban una exigua delantera y han vuelto sobre sus pasos apenas alcanzado el final del trayecto. Nosotros no. Hay mucho que explorar: una casa en ruinas, la sima en la que desembocan unos arroyos ahora secos -y que toma su nombre, hemos leído, de un pobre hombre al que arrojaron a ella durante la guerra civil-, unos acogedores encinares... Elegimos uno de ellos para almorzar a su sombra y luego descabezar una siesta. Frente a nosotros, el paisaje ha tomado un sesgo familiar: el grueso tronco torcido de una gran encina, doblado casi en ángulo recto y extendido en paralelo al suelo, enmarca la vista de otro bosquecillo situado en la orilla opuesta del cauce seco. Y caigo en la cuenta entonces -no hay error posible- de que es uno de los paisajes que he pintado al acuarela este verano, basándome en una fotografía encontrada en Internet. 

***

Una pequeña sorpresa: el poema "Eduardo Chicharro", que cierra el libro Amadís y el explorador, de Ángel Crespo, de quien siempre he preferido su labor como traductor y erudito antes que la estrictamente poética. Pero me ha emocionado este monólogo de ultratumba, puesto en boca de un amigo fallecido que se dirige, entre guiños y alusiones más o menos privadas, al propio Ángel Crespo y otros miembros de la vieja hermandad postista: Carlos Edmundo de Ory, Gabino Alejandro Carriedo o Francisco Nieva. Hay algo extrañamente convincente en estas imaginarias conversaciones con alguien que nos ha precedido en la cita ineludible: una especie de deseable proyección de la conciencia a ámbitos sobre los que no pesan ya sus evidentes limitaciones. Lo que no deja de tener su carga de consuelo. Y, no sé por qué, la lectura de este poema -que no pertenece, ya digo, a un poeta que cuente entre mis preferidos- me ha puesto en ese estado de, digamos, predisposición al entusiasmo, fuera del cual resulta vano el mero intento de leer poesía.

***

No está uno preparado para estas inesperadas rondas conviviales. Habíamos mencionado la posibilidad de tomar una cerveza y el resultado fueron tres, seguidas de al menos otras tantas copas de vino blanco. Celebrábamos sólo el mero azar de habernos encontrado en la plaza. Y si la cordura no llega a imponerse, todavía lo estaríamos celebrando.