martes, diciembre 11, 2018

MOSTO










Puente festivo en la sierra después de casi un mes y medio sin disponer de un solo fin de semana para dejarnos caer por aquí. Primer encendido de la chimenea este invierno y comprobación de que, aunque la casa aparenta estar muy fría, y más después de tantos días sin ocupación, estos fríos sobrevenidos son todavía epidérmicos y fáciles de contrarrestar: en apenas unas horas la casa está ya caldeada y acogedora. Tampoco el exterior es todo lo desabrido que cabría esperar. Nuestra única salida, el sábado por la mañana, fue para acompañar a los pastores en la jornada festiva en la que, para celebrar su oficio, conducen un rebaño de ovejas desde un punto de las afueras hasta el centro del pueblo. Y allá que fuimos, por cañadas y veredas, siguiendo a la punta de ganado y pronto acalorados por el esfuerzo de la marcha y molestos por tener que cargar con las prendas de abrigo que habíamos creído necesarias. Pero lo verdaderamente curioso fue que empecé el día con la peor disposición posible, después de una noche mal dormida y el amago de ansiedad que me produjo reencontrarme, nada más encender el teléfono móvil a primera hora de la mañana, con las obligaciones que habría querido dejar aparcadas durante el puente festivo. Pero el paseo termina por despejarme, y el remate de la mañana es el rato de conversación que echamos, a eso del mediodía y en torno a una botella de vino, en casa de unos amigos. Ya casi teníamos olvidado en qué consistía dejar pasar las horas de ese modo.


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No estoy muy de acuerdo con ese tipo de diagnóstico según el cual ciertos males del cuerpo son simplemente reflejo de los del alma. Pero hay ocasiones en que unos y otros se conjuran de un modo misterioso, como si la brecha abierta por unos en las defensas del atacado pudiera ser también aprovechada por los otros. Algo así como ese maleante que, al encontrarse en la calle con un hombre inconsciente que ha sido atacado por otro con intención de robarle la cartera, aprovecha para quitarle los zapatos.

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Mosto frío en días fríos: o cómo entrar en calor por procedimientos estrictamente homeopáticos. (10/12/17)

sábado, diciembre 08, 2018

DOS A LA VEZ

El sol ha tocado una esquina de la mesa llena de papeles -se han juntado la corrección de exámenes trimestrales y la revisión de los textos de mi Trilogía-. Y K., con ese tino para estas cosas que solamente tienen los gatos, ha intuido de inmediato que ése es el único punto cálido en toda la casa recién amanecida y sumida todavía en el helor de la noche; y, ni corta ni perezosa, ha saltado sobre los papeles y se ha acomodado en esa esquina. Dos veces la he quitado, en vano, porque las dos ha vuelto impertérrita a su bien hallado lecho de sol. Y allí la he dejado, a pesar del estorbo que supone, y feliz en el fondo porque en la casa haya quien, después de todo, no padece la incomodidad y el frío como una agravante más del castigo bíblico que nos obliga a trabajar.


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He empezado a leer dos libros a la vez: uno por placer, otro por obligación; uno, ameno y divertido hasta decir basta, el otro más bien predecible y aburrido. Y ni decir tiene hacia cuál se me va la mano cuando, entre tarea y tarea, me apetece leerme una paginita o dos para desintoxicar. (7/12/17)


lunes, diciembre 03, 2018

MÁS SOLEDADES


No pedir mucho a esos escritores que ya han dado tanto de sí y de quienes pretender a toda costa que se mantengan a esa altura sería quizá exigir demasiado. Algunos, sin embargo, no requieren estas cautelas. Empiezo la lectura de la última entrega de los diarios de AT y, cuando llevo apenas cuarenta páginas, doy con una maravillosa anotación en la que describe su encuentro durante un paseo, dice, "de apenas veinte minutos" con unas adolescentes atribuladas, unos ancianos también cuitados y una loca que le pide unas monedas. No hay la menor afectación en esa página; cualquiera que salga a la calle con los ojos abiertos sabe que esos cruces se dan y que en ellos tiene uno a veces la ocasión de apreciar las verdaderas dimensiones del desamparo humano y la propia impotencia para remediarlo ni siquiera una pizca... Luego la vida nos absorbe y olvidamos lo que acabamos de constatar. A no ser que se escriba, claro, como ha hecho este


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Días de soledad sobrevenida, de la que no me lamento, porque sé que es temporal, pero que no deja de ofrecerme amargos vislumbres de lo que sería la soledad absoluta. Escribo, leo, veo películas en inglés sin subtítulos -anoche, la angustiosa The Caller de Arthur Allan Seidelman, de la que quizá me perdí algo por haber dado una o dos cabezadas- y experimento la vertiginosa sensación de que estas cosas, que son más o menos las mismas que hago en casa con pleno sentido cuando estoy acompañado, cuando las hago para llenar una jornada de completa soledad no son más que actos mecánicos, gestos para nadie, modos de infundir a la propia vida un simulacro de sentido que se revela absurdo en cuanto uno se detiene a pensar para qué llena su tiempo con esos actos. 


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El frío -ha tardado, pero ha llegado finalmente- pone a cada cual en su lugar. (3/12/17)

domingo, diciembre 02, 2018

EN SACO ROTO

Este ser querido vive ya en ese limbo en el que las personas pierden incluso la conciencia de quiénes son, o de quiénes han sido. Toca ocuparse de él. Y lo de menos son las noches mal dormidas, los ajetreos que nos impiden atender como es debido nuestras obligaciones y compromisos, la impotencia ante la maraña de problemas acumulados, la casi total ausencia de asistencia pública para estos casos... Todo eso se sobrelleva más o menos bien, e incluso con cierta secreta alegría que nace de no sé qué sensación de devolver con ello sólo una pequeñísima parte de lo recibido de esa misma persona en particular y de la vida en general, que es la que arma estos laberintos del afecto. Lo peor es lo otro: la evidencia, ante el deterioro ajeno, de que ése es quizá el destino que nos aguarda a todos, si vivimos lo suficiente. Y de que quizá, cuando llegue esa terrible ocasión, nos pille incluso más desasistidos.


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Una parte de la vida se va en juntar cosas; otra, en aprender a desinteresarse de ellas.

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Revisando las casi ochocientas páginas de la novela triple que me dispongo a reeditar, me doy cuenta, ahora que casi estoy convencido de que no volveré a escribir más novelas, de cuánto debí disfrutar escribiendo éstas. Cuánto puse de mí en ellas. Cuántas de esas cosas serían ahora irrecuperables si no hubiese escarbado en mí durante aquel proceso de escritura para que afloraran. No me arrepiento del esfuerzo, a pesar de la evidencia de que entonces, como quizá vuelva a ocurrir ahora, cayó en saco roto. Pero eso fue lo de menos. (2/12/17)

jueves, noviembre 29, 2018

RETROSPECTIVAMENTE

No tengo el vicio de leerme a mí mismo: una vez doy por terminado un libro, incluido el expediente de revisarlo para su publicación y corregir pruebas, no me ocupo más de él. Por eso me extraña ahora volver sobre las novelas de mi Trilogía, que ahora me dispongo a reeditar: no las había vuelto a mirar desde su publicación y ahora las leo como si hubieran sido escritas por otra persona. De hecho, había olvidado parte de su contenido -personajes, situaciones, detalles-, por lo que las leo con la misma predisposición a la sorpresa con que volvería sobre una novela ajena quizá ya leída en el pasado, pero cuyos pormenores no recordaba. Y lo curioso es que, a pesar incluso de que la práctica totalidad de su contenido proviene de mi propia biografía o de la de gente muy cercana, y que el proceso de invención ha sido más combinatorio que otra cosa, me llama la atención que esa historia compuesta por mí mismo pueda, al cabo de los años, sorprenderme... Como me sorprendería, supongo, poder asistir a cualquier otra serie de recuerdos, propios o cercanos, desde una posición distinta a aquella desde la que me fue dado ser protagonista, testigo o receptor de los mismos. Supongo que se escribe porque se da por sentado este desconocimiento y tratamos de combatirlo con los recursos a nuestro alcance. Y qué raro que un libro mío, leído a esa distancia, me guste...

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Naturalmente que no esperaba que, en alguno de los recuentos de libros sobre Madrid que se han hecho en los últimos días con motivo de que cierta renombrada feria internacional del libro esté dedicada este año a la capital española, alguien se acordase de que, en mi modesta obra, hay tres libros en cuyo título aparece la palabra "Madrid": Madrid y otros sonetos, Sexteto de Madrid y Ronda de Madrid. Simples demostraciones de amor no correspondido, se diría. Y no me quejo, porque ya se sabe que los afectos contrariados sólo confortan cuando no se los divulga demasiado.

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Nada engaña más al sentimiento que cierta clase de decepciones que crean retrospectivamente la falsa expectativa que los hechos se han encargado ya de desmentir. (28/11/17)

martes, noviembre 27, 2018

LA PUNZADA

Me distraigo en ir componiendo un par de álbumes de fotos de portadas de libros para Facebook: el que he titulado "Amigos insustituibles" está dedicado a mis libros de cabecera, más allá de los clásicos de manual; y el que he querido llamar "Queridos contemporáneos" está dedicado a "libros decisivos escritos por mis contemporáneos más cercanos". Modos de pasar el rato y darle un sesgo más o menos personal a esa especie de patio de vecinos del que no he sabido sustraerme. Otros ponen fotos de sus gatos.

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Incorporando a los archivos originales de mi Trilogía las correcciones que se hicieron en las galeradas de su primera edición y quizá algunas otras, fruto del cambio del sentido del ritmo y la frase que han traído los años y que me llevan a preferir quitar o añadir -casi siempre quitar- una coma o a cambiar un "hubiera" por un "habría". Ningún lector notará estos cambios, a los que quizá sea absurdo dedicar semanas de trabajo; pero no hacerlo de cara a una nueva edición equivaldría a salir a la calle sin ducharse ni cambiarse de ropa interior: en principio, nadie se va a dar cuenta, pero...


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Noche de libros, canciones y amistad en A..., donde se presentaba un libro sobre el romancero local en el que ha colaborado M. A. Extraña climatología: casi nos parecía mentira poder cenar en una terraza al aire libre en una noche de finales de noviembre.  Las copas y la buena sintonía propiciaron el intercambio confidencial: cuitas de parejas que han sobrepasado los cincuenta y afrontan las complicadas paradojas de la madurez, en la que algunas cosas se relativizan y otras adquieren un inesperado relieve. La punzada de que el tiempo se acorta. El humor de decirlo en voz alta. (26/11/17)

sábado, noviembre 24, 2018

ATARAXIA

Curiosa la reivindicación que hace Valéry de Napoleón como precursor de la idea de una Europa unida en la que el continente se beneficiaría de la colaboración de sus mejores talentos en una administración  multinacional de la que sólo quedaría autoexcluida Inglaterra... No deja de tener razón, aunque algo tendrían que decir al respecto, me imagino, las decenas de pueblos europeos que se rebelaron contra su participación forzosa en tan benemérito proyecto. Sería incluso divertido reconocer que lo que hoy llamamos pomposamente "proyecto europeo" no fuera sino la plasmación de los proyectos imperiales de ese hombrecillo vehemente y admirable. Naturalmente, ningún gobernante actual lo reconocería. En mi tierra, desde luego, donde la resistencia al invasor francés ha pasado incluso al folklore, la mera consideración de esa idea sería anatema. Lo digo con conocimiento de causa: mi artículo de prensa más contestado fue uno en el que me confesaba afrancesado y partidario de la monarquía constitucional que quiso poner en marcha José Bonaparte. Por poco me mandan al Empecinado para obligarme a la retractación.


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Esta vez la gestión ha sido sencilla: una simple llamada telefónica, una breve conversación sobre cuestiones puramente técnicas... y listo: un libro más que arroja uno al mundo, convenientemente arropado por los servicios de una editorial dispuesta a asumir el gasto. También habría aceptado sin problemas una negativa clara, como la que encajé hace unos pocos días. Lo realmente fastidioso son las medias tintas, las respuestas ambiguas, las demoras ad infinitum. En ese gremio hay quien ha hecho de las maniobras dilatorias casi un rasgo de identidad, como los hay expertos en no estar nunca donde se les busca o no ponerse jamás al teléfono. He aprendido a no tomármelo a mal y a no guardarles rencor. Incluso es posible que me esmere en todo lo contrario: en mantener un trato exquisito con quienes tan manifiestamente me maltratan. No quiere uno que los tráfagos de este oficio le ensucien el alma, como ha sucedido a tantos.



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A finales de noviembre y todavía ataviado con un ligero jersey de algodón sobre la camisa de verano. Es uno enemigo de los extremos y partidario de los climas templados; pero quizá para apreciarlos hace falta que algunas semanas al año vengan a recordarnos lo que son los padecimientos del invierno, como para apreciar la bendita ataraxia hay que haber experimentado antes los rigores del dolor. (23/11/2017)

miércoles, noviembre 21, 2018

ANSIEDADES


Los Cuadernos de Valéry: una fiesta de la inteligencia -de ellos se podría extraer, por ejemplo, una magnífica colección de incontestables aforismos-; pero, también, una demostración clara de que la inteligencia excesiva puede fácilmente cortocircuitarse a sí misma... Toda esa obsesión por dilucidar a Mallarmé, por ejemplo. Cabe pensar que el autor de El cementerio marino dedicó más tiempo a esas especulaciones que a su propia obra; y que el resultado fue más bien paralizante: una constatación de que, donde otros habían fracasado porque aquello a lo que aspiraban era irrealizable incluso en el plano teórico, él no podía hacer gran cosa. Impresionan esas notas suyas apenas esbozadas, incompletas, en las que parece que el poeta se ha resignado a no agotar el hilo de sus pensamientos. Impresiona, también, la evidencia de que muchas de esas anotaciones son resultado del insomnio o de súbitos desvelos sin vuelta posible al sueño. La inteligencia como una caja de música desafinada; o como un tiovivo que gira sin parar al son de una música de organillos, en medio de la noche.

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El insomnio es el reino de los terrores infantiles; sólo que, en vez de brujas o jinetes sin cabeza, lo que se te aparece en ellos es la gestión importante que vas a hacer mañana o el reconcomio de la discusión que has dejado hoy sin terminar. Y todas esas cosas alcanzan, como los trasgos de ayer, dimensiones monstruosas.


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Suele decirse que sólo se es feliz retrospectivamente; y lo que es cierto es que nadie lo es por anticipado; y que nada se parece menos a la felicidad que la ansiedad de la espera. (20/11/2017)

lunes, noviembre 19, 2018

SOLEDADES


De nuevo ante esa especie de capital de difícil administración que es el tiempo en soledad. Vaga intención de pasar la mañana en el centro, de compras y librerías, y luego quizá almorzar en casa de mis padres y aprovechar la tarde para escribir. Luego... 

Pero me doy cuenta de que la compañía es, básicamente, una petición de sentido. Hacer las mismas cosas que uno hace en soledad, sí, pero bajo la sensación de que tus actos no pasan del todo desapercibidos ante una conciencia cercana que también hace lo propio. La posibilidad de gesticular desde detrás del cristal y que alguien te vea.


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¿En qué bolsa a fondo perdido se invierte la sensualidad entre dos que se impone a sí misma un compás de espera?  

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Hacer limpieza como quien borra huellas; o como quien diseña un mundo del que él mismo se acaba de excluir. (18/11/2017)

sábado, noviembre 17, 2018

LA MÁQUINA

María Asquerino en A tiro limpio (1963)
Pacto de silencio (1949) de Antonio Román, Los peces rojos (1955) de José Antonio Nieves Conde, A tiro limpio (1963) de Francisco Pérez Dolz... Viejas películas españolas vistas en televisión en los últimos días. De ninguna de ellas tenía referencias previas: más allá de mi ignorancia -patente en este caso-, cabe alegar que tampoco figuran en los más socorridos prontuarios que resumen la historia del cine sonoro español -en su mayor parte coincidente con los años de la dictadura de Franco- en unos pocos hitos, casi siempre relacionados con la trayectoria de quienes lograron labrarse simultáneamente un cierto prestigio exterior y un sólido reconocimiento interno cimentado precisamente en esa aceptación externa que el régimen tanto anhelaba y necesitaba. Es el cine que empieza con Bienvenido Mr Marshall y, barajando siempre contados nombres (Berlanga, Bardem, Saura), llega hasta los tiempos de la Transición y enlaza con los logros internacionales de Trueba o Almodóvar. 

Pero hubo otro cine, como ha demostrado hasta la saciedad -aunque me temo que con escaso eco- el benemérito programa de televisión Historia de nuestro cine, en el que se han emitido las películas nombradas al principio de este apunte. Un cine técnicamente competente, con vocación narrativa, más atento a incorporar buenas historias que a ilustrar el prestigio de ciertas obras literarias o a plantear cuestiones sociopolíticas desde el confortable nivel de generalidad que las circunstancias permitían. Por el contrario, asombra la valentía de películas como las nombradas a la hora de mostrar algunas de las facetas más oscuras y conflictivas de la sociedad española de entonces, desde la violencia sin tapujos que exhibía el cine policíaco barcelonés -A tiro limpio es un excelente ejemplo, aunque tardío- al soterrado mundo de la sexualidad venal o simplemente al margen de los cauces socialmente respetables. Todas estas películas tienen un rasgo en común: o tuvieron poca o nula fortuna comercial, o fueron hitos aislados en carreras que pronto derivaron hacia el fracaso. Casi dan ganas de llorar al escuchar, en las presentaciones que los críticos invitados al programa hacen de las mismas, siempre la misma historia; muy parecida, por otra parte, a la que suele contarse de algunos de los "malditos" que pusieron en su día una nota personal en la muy monótona y previsible historia de la literatura española de esos mismos años: desde poetas como Miguel Labordeta a narradores como Julián Ayesta o Ángel Vázquez. España y su aparato cultural como sempiterna máquina trituradora de talentos. No estoy muy seguro de que la situación haya cambiado.

martes, noviembre 13, 2018

EN LA MUERTE DE UN CÓMICO


Las libélulas de ayer ya se han ido y la pregunta es: ¿a dónde?


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Ha muerto un conocido cómico y, de inmediato, la prensa y la opinión expresada en las llamadas "redes sociales" lo han ensalzado como si fuera un genio, no ya en lo suyo, sino en términos absolutos, como si no hubiera otros calificativos u otras maneras de expresar el respeto que merece el difunto y dejar simplemente constancia de que era un personaje que en la mayor parte de quienes lo conocían evoca un recuerdo entrañable. Es difícil evitar las hipérboles en las necrológicas, quizá porque su función no es tanto expresar el aprecio que merece el difunto como la exhibición pública de un cierto sentimiento de apropiación de sus posibles virtudes mediante una dudosa exhibición de empatía retrospectiva: de ahí, imagino, los esfuerzos de tanto sesudo intelectual por ensalzar a quien, al fin y al cabo, no practicaba sino un humor elemental, hecho de gesticulaciones y de tics verbales repetidos hasta la saciedad; lo que no significa, en fin, que no fuera efectivo en su contexto. Pero de ahí a considerar que ha muerto poco menos que el equivalente actual de Plauto o un nuevo Groucho Marx va una cierta distancia. Que no sepamos verla dice de nuestra novelería, del poco espacio que concedemos a la justa consideración de nuestras emociones, de nuestra ya incurable superficialidad.

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Escribir un diario íntimo público desde la convicción de que es precisamente el hecho de estar expuesto a la vista de todos lo que mejor preserva su privacidad. (12/11/17)  

lunes, noviembre 12, 2018

EL VIAJE MENTAL


Libélulas. Me asomo a la mañana soleada y el espacio entre mi ventana y el fondo verde que el parque de enfrente pone a mi visión está lleno de ellas. Debe de haberlas traído la lluvia de días atrás y el súbito viraje desde aquellos fríos sobrevenidos hasta la inesperada mañana primaveral de hoy. Tengo entendido también que son voraces cazadoras, por lo que supongo que su aparición sigue a la súbita proliferación de mosquitos nacidos en aquellos efímeros charcos calentados por el sol del otoño. El caso es añaden al panorama cotidiano una nota de irrealidad. Las miro mientras la radio, a mis espaldas, desgrana las consabidas noticias del día, que son las mismas que ayer y que anteayer. Sólo la naturaleza, la inmutable, ha cambiado hoy.

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El proyectado viaje a B..., al final, se ha quedado en proyecto. Falló la financiación, me han dicho, y para colmo la persona que iba a organizarlo se ha caído por unas escaleras y se ha roto algún hueso, lo que de verdad lamento... Estaba visto que el destino no quería que yo fuera físicamente a ese lugar.... Y digo "físicamente" porque el viaje mental ya lo he hecho: me ha bastado ocupar las sobremesas en ver algunos documentales, leer algunos textos en el idioma que se habla allí, etcétera. Y sé que el otro viaje, el que implica acarrear maletas y hacer escalas en los aeropuertos, sin duda podría haber añadido algunos matices a toda esa experiencia anticipada, sí, pero sólo para confirmar o en todo caso intensificar lo que ya la memoria atesora como suyo sin haberlo vivido. Quién quiere más.


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Felicidad completa: la lectura de la correspondencia entre Lytton Strachey y Virginia Woolf. El sabor de un modo de vida muy particular, que combinaba el trabajo intelectual concebido como una especie de artesanía ejercida como adorno del espíritu, con un concienzudo intento de emancipación personal que iba varias décadas por delante de la timorata moralidad postvictoriana de su tiempo. El experimento, ya se sabe, no terminó bien y se saldó con algunos suicidios y un puñado de existencias marcadas por la depresión, la inadaptación o la derrota íntima. Pero el eco de las alegres e ingeniosas conversaciones con las que distrajeron el trayecto, y que quizá no eran sino una manera oblicua de exorcizar los demonios interiores de cada uno de los elegantes interlocutores, sigue vivo. Al menos en estas cartas, que leo en una pulcra edición mexicana, cada uno de ellos parece hablar con su propia voz. Y es muy grato participar en esa ingeniosa cháchara de gente que derrochaba sin problema lo que básicamente era una especie de trabajado exceso de inteligencia; que ya se sabe que no sirve para vivir las vida propia, pero sí para arrojar una intensa y cálida luz sobre la vida en general. (11/11/17)

jueves, noviembre 08, 2018

COCINA NAÏF


Tenía una cita importante y la he olvidado por completo. Y a toro pasado, esa posibilidad abolida se agiganta a mis espaldas como si perteneciera a la vida de un desconocido hacia quien sintiera una bien fundada curiosidad nunca del todo satisfecha.

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Hitos de mi vida de hombre solo: mis invenciones culinarias, como esta tostada con verduras que me he zampado en la cena. Pongo aquí la receta, para un futuro libro de cocina naïf: untar en una rebanada de pan tostado -mejor, pan de hogaza o gallego- una mezcla de mayonesa y mostaza a partes iguales; pasar por la plancha rodajas finas de berenjena, calabacín y tomate y ponerlas luego sobre la tostada, espolvorear con lascas de cebolla frita y añadir unos pepinillos; rematar con unas escamas de sal Maldon. Deja el estómago lleno y en el ánimo una especie de predisposición narcisista a la melancolía. Y se va uno a la cama preguntándose: ¿y si en vez de pepinillos hubiera puesto alcaparras? Lo que no es la peor pregunta que puede hacerse un hombre que se acuesta solo en una cama de matrimonio.


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El frenesí como mero despilfarro de energía: veo El mundo está loco, loco, loco de Stanley Kramer. Y me pregunto si pretende ser una película divertida o más bien una alegoría de la humanidad desquiciada y abocada al desastre. Puede que las dos cosas, pero siempre a expensas de lo primero; y debe de ser porque yo no estoy de humor, pero la verdad es que estas tres horas de persecución desquiciada me han dejado más maltrecho que otra cosa. (7/11/2017)

lunes, noviembre 05, 2018

VIDA DE HOMBRE SOLO

Como M.A. ha ido a Barcelona a pasar unos días con C., hago vida de hombre solo. No sé qué sería de mí en una situación de soledad forzosa y prolongada; y no sólo por razones afectivas, sino también por una especie de necesidad higiénica: la de dedicar parte del tiempo a otra persona para que la dedicación en exclusiva y sin límites al cultivo de las propias querencias no acabe consumiéndolo a uno. Pero estas soledades pautadas que duran poco más que un fin de semana son bienvenidas: lo ponen a uno en situación de representar a un personaje. Y heme aquí haciendo lo que ese personaje inventado haría en su metódica vida de solitario. Me he levantado temprano y con la garganta inflamada -ayer, en mi primera tarde a solas, tomé varias cervezas con dos amigos-; he recibido al leñero y acarreado y apilado la provisión de troncos que éste descargó a la puerta de mi casa; luego me he ido a echar el rato y pintar una acuarela -un bodegón con pimientos- en el estudio de M., hasta la hora de almorzar; de vuelta a casa, me avío un plato de macarrones y veo el informativo de la tele, y luego me descabezo una siestecilla, de la que me despiertan los pitidos del teléfono, que he olvidado desconectar. Salgo luego a tomar un café y a la vuelta me pongo a redactar estas notas, sin saber todavía a ciencia cierta a qué dedicaré el resto de la tarde: quizá a ver películas, o a leer, sin descartar salir de nuevo a tomar cervezas y castigar un poco más mi estragada garganta. Nada especial, como se ve; y, sin embargo, el día tiene esa extraña cualidad de lo desacostumbrado. Y lo más extraño es, quizá, esta sobrevenida obligación de guardar para mí mis pensamientos, de no convertirlos de inmediato en materia de esas curiosas conversaciones sin secretos en las que emplean el tiempo quienes se conocen demasiado bien. 

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Me plantea ayer M.A. la necesidad de que suspendamos cierto compromiso social inminente ante la certeza de que los amigos que en él iban a coincidir sostienen posiciones diametralmente opuestas sobre la cuestión catalana y el choque estaba asegurado. Es la primera vez en mi vida en que una cuestión política interfiere de este modo en mis asuntos personales. Y tengo la certeza de que un difuso pero reconocible límite al que nadie quería llegar ha sido traspasado.

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Este editor me dice que no me acepta el libro que le he ofrecido porque su editorial sólo publica a autores consagrados... Y no creo que lo haya dicho por ofenderme, sino llevado por un ingenuo arranque de vanidad que casi me conmueve, y que es precisamente lo que me impide anotar aquí, a modo de ejemplo, los nombres de algunos de los insignes autores que forman parte de tan escogido catálogo: a no ser que sean curas, no sé de qué otro modo se les podría aplicar la consideración de "consagrados". Pero ya he aprendido a tomarme estas cosas con deportividad. (4/11/17)

sábado, noviembre 03, 2018

EN EL CORAZÓN DEL BOSQUE


Cuando no las ve nadie, las encinas bailan en el claro hasta la extenuación. Y algunas se desploman para no levantarse más. Pero mueren felices.


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Las hechuras de ciertas formaciones calizas dejan entrever la silueta del dios o la diosa del lugar, que se ha quedado dormido bajo la escarcha. Pone uno la mano en el lomo tibio de la piedra y siente una palpitación de cosa viva. Y la apartas deprisa, por temor a despertarla.


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El primero que vio en el rayo de luz que se filtra entre la espesura la aparición de un espíritu tutelar fue un clarividente. Y el primero que adivinó en las sombras una presencia maléfica también.


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Quien construyó la primera catedral se inspiró en un bosque. Y quedó muy descontento con la copia.


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Una rama es a un brazo lo que la copa a la imaginación expandida.


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En el bosque silencio y clamor se confunden. Y los dos son formas de canto.


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La cúpula del bosque se desgarraría si los pájaros no la hilvanaran constantemente.

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Hasta en las partes del bosque por las que no pasa nadie son reconocibles las veredas que no ha hecho nadie. (2/11/17)

jueves, noviembre 01, 2018

POR CONTRASTE


La vida de uno es tan monótona y regular -y no me quejo- que cualquier variación inesperada supone un pequeño acontecimiento con trazas de aventura. Hoy, por ejemplo, he decidido tomar el tren de cercanías en vez del autobús. Hacía años que no lo hacía y el resultado ha sido que... me he confundido. Compré mi billete, bajé al andén, esperé unos minutos y me subí al primer tren que se detuvo; que resultó ser, no el de cercanías propiamente dicho, sino el de media distancia, exteriormente idéntico al primero. El revisor, seguramente acostumbrado a este tipo de confusiones, me enfiló enseguida... Ni le hizo falta examinar mi billete. "Ése no es"; tras lo cual me conminó a apearme en la siguiente parada, lo que supuso una inesperada escala en mi trayecto habitual. No me ha importado. El andén en el que tuve que aguardar el siguiente tren se situaba bajo una marquesina abierta a los cuatro costados y con excelentes vistas al paisaje. La espera no se me hizo en absoluto larga. Y cuando llegó mi tren, casi lamenté que no me hubiera dado tiempo a dar un paseo por los alrededores. He llegado por fin al trabajo sin más contratiempos. Pero lo desacostumbrado del trayecto, la poca costumbre de frecuentar el apeadero en el que me he bajado y la necesidad de reajustar mi ruta han supuesto otras tantas novedades. He pensado también en lo que no ha ocurrido pero entraba dentro de lo posible: que el revisor, por ejemplo, hubiera decidido obligarme a pagar la diferencia más un recargo, a modo de multa; que me hubiera indignado y discutido con él, que todo hubiera acabado en un disgusto... La imaginación, en estos casos, se me suele disparar. Pero nada de eso ha sucedido. Y ahora, cuando anoto la incidencia en este cuaderno, se me antoja que todo esto, que ha prestado a mi desplazamiento matinal una novedosa textura, no justifica el esfuerzo de redactar estas líneas, quizá. 


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Finalmente lo de Cataluña -¿cómo se leerá esto dentro de unos meses?- parece que ha quedado en nada: en un simple revuelo administrativo, más o menos convenientemente adornado con alguna que otra exhibición de sentimientos contrariados y de payasadas varias, entre las que figura, muy destacadamente, la pretensión del mandatario legalmente destituido de presentarse ante la opinión pública europea como presidente de un gobierno en el exilio... Sensación de que, incluso cuando lo que está en juego es la propia convivencia ciudadana, los implicados actúan como lo haría cualquier particular en ese teatro de vanidades que son las redes sociales: haciendo uso de una peligrosa mezcla de exhibicionismo, desfachatez, discurso quejumbroso y absoluta ignorancia del alcance y consecuencias de ese comportamiento ridículo. Y así vamos.


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Se es conscientemente feliz sólo por contraste. Lo que dice muy poco, no ya del valor intrínseco de la felicidad, que es sin duda un bien muy deseable, sino de nuestra capacidad para reconocerla. (30/1/17)

martes, octubre 30, 2018

COMO DE PUNTILLAS

Pasar como de puntillas sobre un aniversario triste. Aunque ya sabe uno que los recuerdos, buenos o malos, no acuden sólo a requerimiento de las recurrencias del calendario. (29/10/18)

lunes, octubre 29, 2018

EL PASADO ABOLIDO



La prensa cuenta simplemente lo que sucede, que es sólo una mínima parte de lo que es. Y hay algo perverso en la idea de que la actualidad se reduce a una galería de fenómenos anómalos, un desfile de monstruos de feria. Lo significativo, a veces, es el carácter pasajero de esas anomalías. Pero el periodista rara vez tiene la paciencia de esperar a levantar acta de esa transitoriedad: cuando el fenómeno en cuestión se desvanece, el cronista está ya pendiente de otra cosa..., y así hasta el infinito. Se siente uno ante una pila de periódicos de hace años -yo lo he hecho, por ejemplo, para documentar mis novelas sobre la Transición- y se da cuenta de que, si los periódicos le dicen algo sobre el tiempo en el que fueron redactados, no es gracias a la percepción que quienes los escribían tenían de los hechos que sucedían entonces, sino por la perspectiva que aportan los años transcurridos, que permite a ese hipotético lector rezagado ver lo que los testigos de esa época no podían ni imaginar. Algo de eso, supongo, acabará ocurriendo con los actuales sucesos en Cataluña: el tiempo revelará sobre ellos aspectos que hoy ni siquiera logramos entrever. Y una cosa es segura: la práctica totalidad de los veredictos más o menos terminantes que se han emitido al respecto en estos días resultarán improcedentes. 

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El cantaor -ha venido a participar en el homenaje a un escritor a quien trató y a cuyos consejos y apoyo debe  algunos pasos significativos de su propia carrera- es un hombre viejo. Viste con el atildamiento de los flamencos de antes, pero la impecable chaqueta azul marino le queda grande, no sé si porque el corte es anticuado y hace ese efecto o porque está cortada sobre las medidas de quien fue corpulento y ya no lo es porque ha encogido con la edad. Se muestra humilde y comedido en los breves comentarios que intercala entre cante y cante y se disculpa de no haber tenido tiempo de ensayar y de tener que improvisar el acople de su voz al toque de la guitarra: son, no hace falta decirlo, disculpas puramente protocolarias, porque guitarrista y cantaor se entienden a las mil maravillas y apenas les basta tantear un compás o dos para avenirse. Estremece la potencia y desgarro de la voz que emana de este anciano, y eso pese a la evidencia de que su repertorio es, valga la paradoja, quizá demasiado... moderno, es decir, hecho de letras y cantes más o menos de aluvión escritos para él en los años 70 u 80. Pero no podía ser de otro modo: la pretensión de ver en este anciano algo así como la reencarnación de un antiguo torrente ancestral está sin duda fuera de lugar. El hombre es lo que es: un producto de su tiempo: y, aún así, lo asombroso es constatar que ese tiempo -que es el de mi infancia: el poeta en cuestión murió cuando yo tenía catorce años- se sitúa ya para muchos en un limbo que se confunde fácilmente en el magma impreciso de lo originario... Y el caso es que nadie es ya lo bastante viejo, ay. Y que el pasado, el verdadero pasado en el que aspiramos a encontrar un mundo todavía sin mancillar, simplemente ha quedado abolido. Desde mediados de los 70 o así todo es presente.

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Huíamos de algo -creo que era una especie de enredo sexual urdido por una prima mía- y corríamos por una estrecha franja de playa que bordeaba unas oscuras construcciones cuya naturaleza no sabría ahora precisar. Era un sueño, del que me sacó el timbre del despertador. Pero hay cosas soñadas que se recuerdan con la intensidad de lo vivido. Y el cansancio y la ansiedad de esa huida todavía me duran. (28/10/17)

sábado, octubre 27, 2018

UN ACTO DE RESISTENCIA

1) Mi lectura de cabecera en las últimas semanas -es un libro de digestión lenta-: los Cuadernos de Valéry. 2) Los trámites para el viaje a Dublín, en primavera, y para la posible escapada a B. en diciembre. 3) La rutina laboral, que últimamente, por razones que sería difícil explicitar, me resulta incluso placentera, tal vez porque acalla ciertos demonios que, si dispusieran de todo mi tiempo para hacerse oír, serían difícilmente soportables. 4) El pequeño peso de la ansiedad y la insatisfacción en relación a cuestiones que preocupan a muy pocos y que quizá a mí tampoco debieran preocuparme. 5) Las noticias de C. desde el centro mismo del huracán -aunque ella, como su padre, parece haber encontrado la manera de hacer su vida como si todo ese ruido no existiera-. 6) El parte del día, que me hace M.A. 7) Las visitas compulsivas a ese hormiguero que llaman "redes sociales", en el que cada vez me siento más fuera de lugar -la escasa compañía que encuentro en esos ámbitos no hace más que corroborarlo-. 8) La comida, las visitas al baño, la fisiología. 9) El propósito -cumplido- de acudir a este cuaderno. 10) El documental sobre los Beatles que he visto durante la sobremesa. 11) los mensajes que he cruzado con un amigo que se ha empeñado en hacer una lectura pública de ciertos textos míos en un evento literario en ciernes. 12) Las cavilaciones sobre cierto compromiso social del que me quiero escabullir. 13) La esplendorosa belleza de estas extemporáneas mañanas de tiempo primaveral a finales de octubre. 14) La belleza de media docena de mujeres con la que me he cruzado en distintos momentos del día. 15) Las canciones de Nacho Vega que he venido escuchando en Radio 3 en el trayecto de vuelta a casa; y 16) el compromiso (gustoso) de acudir esta noche a un acto de homenaje al poeta Julio Mariscal, en el que leeré algunos poemas suyos.

Enumerar: sobrevivir. Ya sé que lo que ocurre fuera es más importante. A ese vendaval opone uno lo poco que tiene: sus rutinas, su intimidad. A algunos les parecerá insolidario o escapista. Yo no: para mí es lo más parecido que puedo imaginar a un acto de resistencia. (26/10/17)

martes, octubre 23, 2018

EL BAILE

El baile de Irène Némirovsky: leo este cuentecillo para un club de lectura con adolescentes; no sé si advertirán el certero y terrible retrato que la autora hace de la adolescencia misma, con su crueldad y su inadvertencia, pero también con toda esa capacidad que el medio-adulto tiene de desenmascarar las pretensiones y falsas creencias de sus mayores. El argumento es simple: un impremeditado acto por parte de una adolescente contrariada echa por tierra las aspiraciones sociales de sus padres. La autora no juzga, no explica, no esboza siquiera la posibilidad de que la chica y su madre puedan llegar a a alcanzar, una vez comprendido el alcance de lo sucedido, algún tipo de comprensión mutua. La vida es simplemente así, parece decirnos. Y no deja uno de preguntarse, al hilo del desgraciado final de la autora, que murió en Auschwitz a los treinta y nueve años, si conservaría esa lúcida mirada en sus últimos días y si alcanzó a entrever alguna relación entre el desesperanzado universo de su "cuento cruel", en el que nadie manifiesta comprensión o empatía o algo parecido a la caridad hacia sus semejantes, y la pesadilla histórica que terminó atrapándola. No sé si esa lucidez actuaría, en medio de todo ese sufrimiento, como una agravante. 


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Un contacto mío catalán en una red social, a quien me une el amor a la buena literatura, se ha dejado llevar por su fervor independentista y ha dejado un comentario en el que anima a los españoles a tomar Gibraltar del mismo modo en el que, según él, han sojuzgado Cataluña. Con torpe sarcasmo, caracteriza al posible invasor como un energúmeno que corea zafios eslóganes patriótico-futboleros con acento andaluz... Me apena que una persona normalmente lúcida se deje arrastrar por el odio de ese modo e incurra sin más en el insulto racista. No sé qué decirle y ni siquiera me animo a contestarle. ¿Cabe razonar con personas que han sucumbido hasta ese punto a semejante apelación a los bajos instintos en nombre de un confuso ideal político? 


(Anotación posterior: Finalmente, a través de la misma red social, hago saber a mi conocido mi incomodidad por su comentario, lo que tiene como efecto que al cabo de unas horas se disculpe y retire de su comentario los rasgos que caracterizan a su presunto energúmeno español como específicamente andaluz... Lo que le agradezco de verdad, por lo que tiene, si no de rectificación plena, sí de sugerencia de que siempre es posible dar un paso atrás cuando se ha llegado demasiado lejos.) (22/10/17)