domingo, junio 25, 2017

ESCALAS

"Francamente, me resulta imposible suscribir que Gloria Fuertes fuese una grandísima poeta a la que debemos tomar muy en serio", afirma Javier Marías en su columna semanal en El País. No suele uno prestarse a suscribir las opiniones de este escritor, quizá más por una cuestión de forma que de fondo. Pero esta vez el mensaje es tan nítido como indiscutible. Y no porque no aprecie uno hasta cierto punto la obra y la figura de la autora cuyo centenario se ha celebrado este año hasta el empacho, sino porque esa celebración, impostada y fuera de toda medida, excluye el matiz de que un poeta -o una poeta, en este caso- por quien se puede sentir simpatía, y a quien incluso se puede conceptuar como necesario/a en una coyuntura de la que sólo se recuerdan hoy las actitudes y gestos francamente indigeribles de muchos otros, no tiene por qué cargar con el peso de una clase de estimación que no le corresponde. Grandes, grandísimos poetas fueron otros. A ella le correspondió el don de una cierta gracia impertinente, alada, corrosiva para las solemnidades que se estilaban en su tiempo. Aportó un toque de ironía naïf a un panorama de gestos serios y decires impostados. Hay que reconocérselo. Pero no confundamos las escalas de medir.

lunes, junio 12, 2017

UNA ESCENA CALLEJERA

Al principio me parece que están haciendo algo nefando al pobre animal. La escena está ocurriendo en la parcela ajardinada que tengo frente a mi ventana: un hombre joven trata de envolver a un perro, que parece no poder moverse, en una manta; a su lado, sentada en el césped junto a un cochecito de niño que parece haber sido usado para llevar hasta allí al animal impedido, una chica lo mira en silencio. Poco a poco, por fortuna, el cuadro va adquiriendo un sentido distinto al que quisieron darle mis temores. El animal, por razones que ignoro, no se sostiene sobre sus patas, y el hombre le ha pasado una manta bajo el tronco con la intención de sostenerlo poco menos que en volandas y ponerlo en situación de apoyar sus extremidades en el suelo y ejercitarlas. No quiero imaginar el origen del daño: fracturas debidas a un accidente, quizá, o a malos tratos -y quiero suponer, en ese caso, que las personas que se esfuerzan por hacerle recuperar sus fuerzas lo han rescatado de un entorno cruel-. El caso es que el animal intuye que le están haciendo bien y mueve alegremente el rabo, y más cuando se acerca otra pareja con perro y el recién llegado lo ronda cariñosamente y se muestra extrañado de que su congénere no se le una en sus carreras. Cobra entonces un nuevo sentido la presencia del cochecito de bebé: el otro hombre ha traído lo que, desde mi ventana, parece un juego de alambres o de esas tiras de sujeción que usan los electricistas para atar los manojos de cables. Con su ayuda, los dos hombres se afanan en convertir el coche, con la ayuda de la manta de antes, en una especie de arnés con ruedas, en el que el perro inválido pueda sostenerse a una altura desde la que sus patas toquen el suelo. Pero el empeño no parece tener éxito: el animal está demasiado débil y prefiere dejarse arrastrar, antes de hacer ningún esfuerzo efectivo por impulsarse con sus extremidades. De vez en cuando, no obstante, atina a dar un paso, lo que provoca el regocijo general de los allí congregados, que lo alientan con palabras cariñosas y le dan palmaditas en el lomo. Quiero pensar que todo este designio obedece a las instrucciones de un veterinario y que el animal no resultará dañado por un trato imprudente. La escena se prolonga durante una hora. Luego, en un instante en el que dejo de prestarle atención, sus protagonistas desaparecen. Hago votos porque se dejen ver por aquí algún otro día y entonces el perro dé ya muestras de recuperación. (5/6/2017)

jueves, junio 01, 2017

ON GROWING A BEARD

Creo que mi ya crecida barba merece una mención, la primera, en este cuaderno. Me ha deparado una curiosa sensación de pudor retrospectivo: me parece que me resultaría incómodo volver a dejar al descubierto ciertas cicatrices faciales que tengo desde la infancia y que ahora, por primera vez desde que sufrí el accidente que me las causó, a los diez años, resultan invisibles. Alguien me ha dicho que esta profusión de pelo predominantemente blanco me hace más joven. No sé. Quizá quiere decir que contrarresta en cierta medida, y por la vía del desaliño, mi ya asentado aspecto de hombre formal: una condición que, ahora que lo pienso, siempre me ha parecido un tanto prematura.

martes, mayo 23, 2017

... Y TENDRÁ TUS OJOS



(Para una galería de actrices.) Leo el poema de Antonio Jiménez Millán sobre la actriz Constance Dowling, incluido en su último libro, Clandestinidad (2011), y reproducido también en su reciente antología Ciudades (Rencimiento, 2016). El poema consiste en una sobria pero muy efectiva versificación de los datos que pueden encontrarse en cualquier nota bibliográfica de la actriz: que fue amante de Elia Kazan, que tuvo una discreta carrera como actriz secundaria antes de marchar a Italia, donde alcanzó notoriedad como protagonista de varios filmes y conoció a Cesare Pavese, quien se enamoró de ella, y que volvió luego a los Estados Unidos, donde protagonizó una mediocre película de ciencia ficción, Gog, el monstruo de cinco manos (Gog, 1954) y se casó con el productor dela misma, Ivan Tors, tras lo cual "se retiró del cine, tuvo hijos, / seguramente la olvidaron todos"; por más que ella, quizá, pudiera no haber olvidado que inspiró el verso y título más famoso de Pavese, "vendrá la muerte y tendrá tus ojos", inspirado por el sentimiento de decepción amorosa que fue parte crucial en la depresión que llevó al poeta italiano al suicidio. 

Acabo de ver precisamente Gog. En ella interpreta a una atractiva ayudante de laboratorio de la que se enamora el científico protagonista. Va vestida siempre con un poco atractivo uniforme de una pieza, similar a un mono de trabajo, aunque lo bastante bien cortado como para dejar ver un cuerpo poderoso, plenamente ajustado al ideal de matrona atlética al que aspiraban las mujeres americanas de la era Eisenhower. Al final de la película, el científico en cuestión la visita en el hospital del que se repone del ajetreado trance final, en el que ambos combaten con un robot controlado desde una nave hostil de origen indeterminado: "El doctor dice que no es nada serio -la consuela-, sólo un ligero exceso de radiación". Luego añade -cito de memoria- que eso les permitirá verse mejor en la oscuridad... No es la única cita de este jaez, en un argumento que explota más quizá de lo habitual el hecho de que en remoto laboratorio aislado donde tienen lugar los hechos los hombres y mujeres allí encerrados no tenían otra distracción. De hecho, uno de los científicos allí destinados encuentra satisfacción voyeurística en asistir a los ejercicios acrobáticos de una pareja joven que sirve de conejillos de Indias en una cámara antigravitatoria. 

La actriz, qué duda cabe, no tenía la culpa de que su nombre hubiera alcanzado notoriedad en relación al suicidio de Pavese. Pero la vida se complace en estos improbables cruces, y por eso casi resulta imposible ver la película citada sin acordarse de que su título, Gog, es también el de un libro de otro importante autor italiano, aunque de talante muy distinto al atormentado Pavese: el ultracatólico Giovanni Papini, que aplicó este nombre, tomado de un personaje bíblico, a cierto millonario misántropo de su invención que emplea su tiempo y su fortuna en recorrer el mundo para constatar el absurdo de la modernidad y la mediocridad de sus impulsores. Constance Dowling parecía condenada a figurar, de un modo u otro, en las notas a pie de página de la historia de un arte que no era el suyo, la literatura.

jueves, mayo 18, 2017

¿AUTOAYUDA?

Evitar que la curva emocional del día se parezca a una montaña rusa. Y hacerlo, por supuesto, en detrimento, no de los momentos de perfecta felicidad, sino de aquellos en los que dominan las sensaciones de desaliento, pánico o estrés. Algo me dice que ese logro tiene que ir necesariamente aparejado a un cierto grado de desconexión, de ecuánime distanciamiento: conocerse a uno mismo lo suficientemente bien como para saber hasta qué punto ciertas contrariedades que parecen causar una gran conmoción en las capas más superficiales de la propia sensibilidad en realidad no calan lo suficiente, y por tanto no merecen la atención y preocupaciones y demanda de tiempo que normalmente suscitan. Cultivar, digamos, una especie de porosidad selectiva, por la que solamente nos dejemos impregnar de determinadas cosas externas y no de otras. Parece un programa asequible, aunque quizá sólo a tan largo plazo que, una vez logrado, casi no queda tiempo y vida para disfrutarlo... Pero quizá este último pensamiento no sea sino una última añagaza del pesimismo para disuadirnos de intentarlo.

miércoles, mayo 10, 2017

UNA NECROLÓGICA

Me entero hoy de la muerte de M. Un 23 de abril, Día del Libro, lo que no deja de tener su ironía, si se considera que el difunto se ganaba la vida en un establecimiento del ramo; en concreto, en nuestra librería de cabecera, en la plaza Mina de Cádiz. No sobrevivió al azaroso proceso que supone superar el trasplante de un órgano vital; aunque, por las noticias que tenemos, luchó hasta el final, o al menos mantuvo el tipo y transmitió cierta esperanza a los más cercanos: "Me canso mucho", decía, "pero según los médicos es lo normal". Deja mujer y dos hijas estudiantes, una de ellas todavía en el instituto. Su jefe y compañero de trabajo en todos estos años me comenta que se le echa mucho de menos en la librería, cuyo buen orden en gran medida dependía de él: tales debían de ser los misteriosos asuntos que lo mantenían ocupado en la mesa del fondo, mientras J., el dueño, atendía a la clientela desde una especie de puesto de avanzada situado junto a la puerta. Ayer, me dice J., se leyeron unas palabras en su recuerdo en la Feria del Libro. Es curioso: es éste el primer año en el que me había eximido a mí mismo de acudir a esa especie de obligado compromiso para todos los que tenemos que ver con el mundo del libro, y el pretexto que me daba para esta especie de indulgencia era que esta librería amiga, debido precisamente a las dificultades aparejadas a la ausencia por enfermedad de M., no iba a estar presente, y con ello quedaba en suspenso mi ya inveterada costumbre de firmar mis libros en su caseta, como vengo haciendo desde hace años. Él nunca estaba: quedaba al frente de la librería, mientras J. atendía esta otra trinchera de su exigente negocio. Quién le iba a decir a M., siempre tan discreto y modesto, que iba a alcanzar este inesperado protagonismo. Descanse en paz. 

(Aunque no he querido romper la secuencia cronológica del "diario demorado" que retomé a principios de año e irá apareciendo en este blog a partir del 1 de enero de 2018, me ha parecido oportuno adelantar este apunte de hoy, por razones obvias. Va por ti, Manuel.)

domingo, mayo 07, 2017

CON LAS GANAS


(Para una galería de actrices). Lucía Bosé en Ceremonia sangrienta (1973) de Jorge Grau. Actriz con algo de mascarón de proa: hierática, contenida en unas facciones que antes parecen talladas en piedra o madera que resultado del modo en el que el tiempo y la gesticulación de las pasiones van modelando el rostro. Aquí, sin embargo, aporta justo la fisonomía que requería el papel: el rostro vampírico de la infame condesa Báthory, reinterpretada, para el cine español de la época que presagiaba el destape, según los cánones del nuevo desenfado que habían aportado al género las producciones de la Hammer. Se suponía -así lo declaró el propio Grau- que la clave de los crímenes de esta asesina impenitente de doncellas había de ser el miedo de la mujer madura (e insatisfecha) a perder su juventud y su atractivo sexual. Y lo curioso es que la caracterización de Lucía Bosé para el papel aporta el punto justo de carnalidad al filo de una cierta decrepitud: turgencias del color de la cera, a las que la sangre derramada de las víctimas aporta una inesperada nota de color que resulta incluso alegre... Todo muy morboso, como se ve. Y llama la atención que esa cualidad mórbida de la carnalidad humana, aquí presentada como un rasgo antinatural, sea precisamente lo que un pintor tan naturalista como Lucian Freud -acabo de ver el espléndido documental de la BBC Lucian Freud. A Painted Life- viera en la piel humana: una materia descolorida, baqueteada y casi en trance de descomposición. Puede que el pintor tuviera razón -de hecho, hemos terminado aceptando esos desnudos suyos como representaciones fiables de un cierto canon de belleza contemporáneo-, y que la víctima de un evidente espejismo respecto a la representación corporal fuera el cineasta, para quien la juventud, el don que la condesa asesina envidiaba en las mozas aldeanas, tiene siempre una cierta prestancia de fotografía en papel couché: el canon representativo de la pornografía se su tiempo, al que la película, a pesar de su forzada pudibundez, secretamente aspira. Ninguno de los dos modelos, al cabo, ha resultado transgresor: hoy los desoladores cuadros de Freud se cotizan en millones; y la pornografía de papel satinado ha pasado a los anuncios de televisión. Son otros tiempos.

jueves, mayo 04, 2017

QUE TANTO NOS DICEN

(Para una galería de actrices). Lo más conmovedor de ver a Nadiuska en cualquiera de sus películas -el otro día tropecé en un canal temático con La amante perfecta (1976) de Pedro Lazaga-, es la constatación del esfuerzo que hace la actriz por obedecer las indicaciones del operador para dejar asomar un pezón por el escote, pongo por caso, al mismo tiempo que intenta seriamente poner rostro y expresión -no digo voz, porque a esta actriz siempre la doblaron- a la circunstancia más o menos dramática del personaje que interpreta: en este caso, una desairada actriz echada a perder por culpa de unos amores contrariados con un truhán interpretado por ese magnífico pero desaprovechado actor que fue Arturo Fernández... No voy a entonar aquí la apología del cine ínfimo. Pero qué mejor, para desintoxicarse un poco del cine de pretendidos altos vuelos, que ver de vez en cuando una de estas conmovedoras películas malas. Que tanto nos dicen, por cierto, de cómo funcionan las otras: por ejemplo, de por qué chirría tanto la inenarrable secuencia de desnudos que Scorsese hubo de insertar, por presiones de la productora, en su primera película "personal", ¿Quién llama a mi puerta? (Who's That Knocking at My Door?,1967), estrenada en una época en la que, según testimonios muy serios, la gente hacía cola en los cines para ver Blow-Up de Antonioni porque incluía un desnudo integral de mujer. 

martes, mayo 02, 2017

UNA EXPLICACIÓN (PEDIDA)

Justificadamente, un lector me comenta que le desconciertan las entradas "amputadas" que he publicado en los últimos días. He aquí la explicación. 

Como saben quienes siguen este "diario abierto", el 31 de diciembre de 2015 anuncié su fin, después de diez años de escritura continuada, en lo que pretendía ser un experimento sobre la viabilidad de un diario personal que fuera a la vez íntimo y público, y además inmediato, puesto que las entradas se hacían públicas en el momento mismo en que se escribían. En realidad, el objeto de la anunciada parada de finales de 2015 era permitirme un intervalo para reconsiderar ese planteamiento. ¿Se beneficiaría un diario de esta clase si, por ejemplo, su autor se concedía un tiempo para releer sus anotaciones antes de hacerlas públicas? ¿Acaso no afloraría, en ese intervalo, una cierta conciencia de que ciertas entradas se encadenaban e iban generando tramas que podría merecer la pena poner en valor? ¿Supondría ese tiempo interpuesto un margen mayor de libertad para que el autor se sintiera más cómodo a la hora de referirse en sus entradas a hechos más concretos o a personas cercanas? ¿Aflorarían otras posibilidades narrativas -por ejemplo, la posibilidad de introducir elementos más imaginativos-? 

Con el fin de explorar estas posibilidades, continué escribiendo mi diario, pero bajo el condicionante de que sus entradas aparecerían con un año de demora: es decir, lo escrito el 1 de enero de 2016, pongo por caso, se mostraría el 1 de enero de 2017. A ese planteamiento se han ajustado las entradas hechas públicas a lo largo del presente año y hasta el 18 de abril de 2017. Por motivos que ahora sería largo explicar el nuevo intento se detuvo ahí: el compromiso de cerrar mi libro Cosas que no creeríais a la vuelta del verano, las premuras laborales propias de esas fechas de final de curso y una cierta desconfianza de que el experimento fuera por buen camino determinaron el nuevo parón, que duró, de nuevo, hasta fin de año. Hay que añadir, además, que mi plena dedicación a la página de cine del periódico CaoCultura y mis colaboraciones esporádicas en su página de libros han determinado que muchas de mis observaciones sobre estas cuestiones, que antes determinaban buena parte del contenido de mi diario personal, hayan quedado ahora excluidas del mismo, lo que ha redundado en que se haya acentuado la línea de narración autobiográfica, en detrimento de su antiguo carácter misceláneo. Todo ello exigía una dedicación que, hacia mediados de abril del pasado año, yo no estaba en condiciones de concederle. 

Pero el libro de cine se concluyó, la vida siguió su curso y volvieron a aflorar las ganas, o más bien el imperativo, de continuar el diario. El 1 de enero de 2017 reanudé su escritura, de nuevo con el planteamiento de programar la aparición de sus entradas con un año de demora. Hasta ahora, la cosa va bien: el diario fluye y el carácter provisional de las entradas dejadas en barbecho parece demandar de las siguientes un propósito de esclarecimiento que forzosamente habrá de redundar, cuando proceda revisar lo escrito, en nuevos matices, o al menos en una mayor conciencia de continuidad. No es ajeno a todo ello el hecho de que la próxima entrega en libro, en la que ando trabajando, del material anterior a finales de 2015 tendrá carácter de novela en forma de diario, o de diario que deviene novela por el simple hecho de que la conciencia que lo dicta se ve ya a sí misma como un personaje.

En medio de estas reconsideraciones, el caso es que se ha creado un vacío: no había entradas programadas para el intervalo que va desde abril del presente año hasta el 1 de enero del siguiente. Me pareció que un modo de mantener informados a mis escasos pero fieles lectores del propósito que me anima y del material que voy acumulando era ofrecerles los "adelantos" truncos que se han podido leer últimamente. Quizá no funcionen, quizá deba resignarme a mantener esta página inactiva hasta que alcancemos el nuevo tramo de entradas ya escritas y programadas. No sé. Experimentar presupone tantear y, por qué no, equivocarse. Por supuesto, me encantaría saber qué opinan de todo esto mis lectores. Sus opiniones y consejos pueden serme de gran ayuda.

jueves, abril 27, 2017

MALESTAR

Me causa un indecible malestar la visión de una gaviota arrancando las vísceras de una paloma muerta. Está ocurriendo ahí, a pocos metros de la balaustrada del paseo marítimo, en una de estas extrañas tardes de luz sin sombras que crea la dispersión del resplandor solar en un resto de bruma. Está ocurriendo del lado de acá de una especie de contrafuerte que el oleaje y los vendavales de los últimos días ha tallado en el frente arenoso, por lo que es posible que quienes toman el sol un poco más allá, en la cota algo más baja que se extiende en suave declive desde el otro lado del farallón hasta la orilla, no puedan ver la escena. Me alegro por ellas: dos mujeres de alrededor de treinta años, que han tenido la fantasía de... (De un diario demorado; entrada programada para el 27 de abril de 2018) 

domingo, abril 23, 2017

DÍA DEL LIBRO

Día del Libro. Treinta y tantos escritores en una plaza, a pleno sol. Entre todos hacemos bulto: a falta de espontáneos que vengan a aplaudirnos y comprar nuestros libros, cada uno de los treinta tiene como público a los otros veintinueve. Ninguno, por supuesto, condescenderá a comprar los libros de otro, La vida, mientras tanto, bulle alrededor: hay gente que pasea y pasa de largo, sin acercarse a esa extraña concentración de postulantes; hay niños que juegan al fondo. Sería un milagro que... (De un diario demorado; la entrada completa podrá leerse a partir del 23 de abril de 2018)

jueves, abril 20, 2017

CASA DE COMIDAS

Al menos una vez por semana nos gusta almorzar en cierto restaurante de menús del día en el que comen los trabajadores del polígono industrial cercano: es barato y la comida es buena, y además ese día nos ahorramos cocinar y fregar platos. No hay florituras ni ceremonias: al entrar, te dan una fotocopia con el menú y hay que anotar la comanda en un papelito adjunto. La comida llega a la mesa a los pocos minutos, y en cuanto la camarera, que también cocina, ve que estamos finiquitando el primer plato, planta en la mesa el segundo, no exactamente con brusquedad, pero sí con la presteza deportiva de un ama de casa que no quiere que la comida se alargue indefinidamente y está deseando acabar con el zafarrancho para echarse a descansar. Así es la rutina, semana tras semana, y ya incluso puede decirse que la camarera nos ha hecho la ficha: ya sabe que nunca vamos más de una vez por semana, que no me gusta el queso -si sospecho que ese ingrediente aparece en el plato, lo pregunto-, que nos lo comemos todo -las raciones son generosas y hay muchos comensales que dejan la mitad de un plato para disfrutar del otro- y que desde luego no somos trabajadores de las fábricas y talleres circundantes. 

Hoy nos hemos sentado frente al mostrador, con vistas a la puerta del salón en el que se come exclusivamente a la carta... (Adelanto de la entrada correspondiente al día de hoy, y que podrá leerse en una segunda serie de este "Diario demorado", que empezará a publicarse a partir del 1 de enero de 2018.) 

martes, abril 18, 2017

CALAIS



C. ha vuelto a cruzar el Canal. Lo hizo ayer, de madrugada, en lo que imagino un deprimente recorrido por ese desagüe de Europa en el que se ha convertido Calais. Me llama la atención que esas tristes realidades del mundo contemporáneo me atañan ahora tan de cerca, más allá de esa curiosidad un tanto deportiva con la que hasta ahora afrontaba la lectura del periódico. No es que la casa se haya hecho más grande: la impresión es, más bien, que las paredes han volado y ya no hay casa propiamente dicha, sino una intemperie por la que vagamos a ciegas, fiados del simulacro de proximidad que presta de vez en cuando un mensaje de whatsapp o una llamada telefónica. No es que antes anduviéramos menos perdidos: ese desamparo buscado ha sido siempre privilegio de la juventud. Pero esa huida se reducía a la llamada de un empleo en otra provincia, o a una escapada de fin de semana a Madrid. Que, paradójicamente, suponían una sensación de lejanía aún mayor, porque el cosmopolitismo de hoy no quiere decir otra cosa que el mundo se nos ha vuelto más pequeño, sí, aunque no por ello más abarcable.

***

Los postes del chiringuito enmarcan un trozo de mar encapotado. "Si llueve, me imagino que no hay donde guarecerse", le digo a la camarera, después de haber encargado un copioso almuerzo para dos. "No os preocupéis", responde. "Si llueve, os venís a comer con nosotros en la cocina".

***

En el sexo no puede haber sino engaño: nunca terminamos de reconocernos en ese fugaz intervalo en que el instinto es quien gobierna nuestra percepción de la realidad. Y es ese extraño quien recibe los abrazos de la persona que en ese momento nos acompaña. (18/4/2016)

viernes, abril 14, 2017

JOYCEANA (GALERÍA)

Vista de Dún Laoghaire (la Kingstown de tiempos de Joyce) desde la torre Martello de Sandycove,
punto de partida del Ulises.
Vista de Dún Laoghaire.

La torre Martello (hoy, James Joyce Tower) de Sandycove.
El lago inferior ("Lower Lake") de Glendalough.

El puerto pesquero de Howth, en el extremo norte de la Bahía de Dublín. 


domingo, abril 09, 2017

OCURI



Visita en grupo a las ruinas de la ciudad romana de Ocuri, en plena sierra. La imagino como un pequeño pueblo serrano de entonces: donde la guía dice "foro" entiendo "plaza", donde "templos" pongo la imagen familiar de alguna de las ermitas que rodean la cercana Benaocaz. Lo único que no tiene equivalente moderno es, quizá, su condición de recinto cercado, de lo que dan fe los restos de una recia muralla ciclópea. Y no deja de conmovernos la historia de Juan Vegazo, el campesino que compró la finca con la esperanza de hallar en ella una nueva Pompeya, y se construyó a espaldas del foro, junto a un acebuche centenario que todavía sobrevive, una casa levantada con sillares procedentes de la ciudad circundante. Imagina uno la incomprensión de los vecinos, la condescendencia con la que se referirían a la chifladura de ese hombre obsesionado con las piedras antiguas. Todavía hoy, la mayor amenaza que pesa sobre el enclave es esa incomprensión, que lo ha hecho objeto de todo tipo de expolios y actos de vandalismo. Nos lo cuenta la guía, una joven y entusiasta arqueóloga que no puede evitar, al dirigirse a la concurrencia adulta, el tono de reconvención cariñosa que debe de emplear para hablar a los  grupos escolares que visitan el yacimiento. Como para darle la razón, un adulto se ha apoyado imprudentemente en una baranda de madera y ha derribado uno de los troncos que la componían, como hubiera hecho un adolescente patoso. (9/4/2016)

domingo, abril 02, 2017

A. A.


En un banco del mirador, leyendo y de vez en cuando levantando la vista para ver, en la carretera serpenteante al fondo del valle, la larga hilera de coches que suben a disfrutar del día soleado. La Feria del Queso en el pueblo vecino hace de reclamo. Pero la multitud que ha llenado de pronto la plaza, a mis espaldas, no responde a ese estímulo festivo. Vienen, les oigo decir, de una misa de difuntos. Y como tengo la imprudencia de contravenir el verso de John Donne y preguntar por quién habían sonado las campanas en esta ocasión, me sorprende saber que el difunto era A. A., maestro en la escuela de adultos del pueblo y presencia habitual en los corrillos festivos que han hecho de esta plaza su lugar de reunión. Orondo, sonriente, socarrón y buen vividor, su perfil bajo su inseparable sombrero de ala ancha era inconfundible. Hace apenas un año anunció tranquilamente, en uno de estos jolgorios improvisados, que iba a ingresar en el hospital para empezar su lucha contra un cáncer que le habían diagnosticado. A partir de ese momento, todo se volvió noticias vagas. Preguntaba uno: "¿Qué se sabe de A. A.?" y alguien decía invariablemente que estaba mejor, y dábamos por bueno el diagnóstico, sin considerar que en estos casos suele ser el aludido quien trata de confortar a los demás difundiendo pronósticos optimistas que nadie cree, pero que todo el mundo da por buenos. Alcanzamos a verlo a principios de otoño: ahora extremadamente delgado, pero todavía sonriente y optimista.
"¿Cómo estás?". "Mejor". 

El desenlace, me dicen, tuvo lugar hace unos días. Me he sumado al grupo de hombres congregado en la esquina del mostrador, mientras las mujeres hacen lo propio en la última mesa libre de la terraza. Como he sido el único de los presentes que no ha estado en el funeral, hago alguna pregunta al respecto. Pero los concurrentes prefieren hablar de otras cosas: del día espléndido, de la Feria del Queso, de las carreras a campo traviesa que tendrán lugar al día siguiente y cruzarán el pueblo a media mañana. A. A. era de los que tampoco se aburrían nunca. Por idear, hasta convocó una vez al vecindario a degustar una cerveza casera que él mismo había elaborado. Era más joven que yo. (2/4/2016)

jueves, marzo 23, 2017

EL JARDÍN DE LOS TRISTES


Anoche, antes de cenar a la hora temprana que aquí se acostumbra, dimos un paseo por el núcleo antiguo de la ciudad: los alrededores de la Igreja Matriz, con su campanario exento que algunas guías dicen que es una modificación del alminar de la antigua mezquita, el melancólico jardín-mirador que llaman "dos Amuados" -"de los tristes", como el famoso paseo de Granada- y los restos -apenas un arco historiado que da paso a un callejón sin luz- del Convento da Graça. De noche, como de día, estas calles sin comercios están completamente desiertas y se deambula por ellas con la sensación de que se está cometiendo, si no una profanación, si una intrusión desconsiderada. En una taberna que nos parece, en comparación con otras, muy animada, por contener a un par de parroquianos que mantienen una sosegada conversación con la patrona, nos sentamos a tomar el aperitivo. En la televisión, imágenes de un sangriento atentado terrorista que ha tenido lugar en Bruselas. La tertulia del mostrador versa sobre ello: consideraciones entre conmiserativas y distanciadas, como las de quien casi puede dar por seguro que en esta apacible población de la que el resto de Europa sólo se acuerda en verano no podría ocurrir nunca una cosa así.

Hoy, por la mañana, hemos vuelto a recorrer estas calles, después de haber hecho la correspondiente visita al Castelo y al modesto museo que alberga y entrado en una galería de arte en la que un artista moderno expone una serie de atormentadas fotografías de cuerpos desnudos. Nos apetecía andar, así que, antes del almuerzo, hemos paseado hasta un parque periurbano al que se accede por una glorieta presidida por un grandilocuente monumento a un ministro que, por las fechas que acotan su vida, debió serlo de los gobiernos del dictador Salazar, y a quien la ciudad atribuye numerosas iniciativas modernizadoras. Lo flamante de los edificios públicos que nos rodean, sin embargo, testimonian más bien que son resultado de la inversión europea, después de que el país se desembarazara de la dictadura y se uniera al Mercado Común. En este aspecto, la trayectoria portuguesa no es muy distinta de la española: la primera modernización, llevada a cabo bajo la égida de un régimen autoritario, reveló ser sólo un imperfecto bosquejo de la que habría de venir, de la mano de la Europa comunitaria; que, a su vez, marcaría la pauta de un modo de administración dado al despilfarro y excesivamente dependiente de los subsidios externos. Cuando el modelo se reveló insostenible, vino la crisis. Loulé no parece haberla sufrido en la misma medida que la cercana Silves, por ejemplo, con sus naves abandonadas y sus edificios en ruinas. Pero muestra también señales de un mismo apagamiento, entre resignado y familiar, que a los españoles nos parece muy cercano. 

Al atardecer, y todavía movidos por el mismo ánimo andarín, hemos subido a la ermita de Nossa Senhora da Piedade, desde la que se ve una hermosa vista de la ciudad. Nos hemos cruzado con cuatro mocetones que, en el tiempo que nosotros empleamos en hacer la subida, suben y bajan hasta tres veces, a paso atlético, en lo que parece el cumplimiento de un voto. En la última bajada, curiosamente, sólo vienen tres, lo que nos hace preguntarnos por el destino del que falta. "Lo habrán tirado por el barranco", apunta M. A. con impiedad característica. Yo prefiero pensar que vive en la casa de los cuidadores de la ermita; y que, después de acompañar a sus amigos en el ejercicio vespertino, se ha quedado en casa. (23/3/16)

miércoles, marzo 22, 2017

FARO










No recordaba que Faro fuera, ni de lejos, la ciudad enormemente pulcra y silenciosa que es hoy. Cuando la visitamos por primera vez, a principios de los 90, representaba un paso más allá de la decadencia que prestaba su peculiar encanto a Lisboa. Reviví esa impresión, recuerdo, cuando visité por primera vez Larache, en Marruecos: el mismo tono apastelado de las paredes descoloridas, los mismos desconchados, la misma mezcla abigarrada de actividad frenética y resignada dejadez. Han cambiado las cosas desde entonces. Faro es hoy una ciudad ordenada y pulquérrima. Las construcciones que bordean la fachada marítima han sido renovadas o restauradas. Y la Vila-Adentro -el recinto de la ciudad vieja-, libre de tráfico rodado, es una isla de silencio casi absoluto en una ciudad que, pese a su ajetreo, funciona también habitualmente como en sordina. El único detalle de suciedad es el que aportan los numerosos graffiti, que son una plaga en todas las ciudades portuguesas, como lo son en España. 

Hemos entrado por la muy concurrida carretera del aeropuerto, que nos ha conducido, más por casualidad que por cualquier previsión nuestra, al paseo marítimo y a la céntrica Praça Alexandre Herculano, donde milagrosamente encontramos una plaza de aparcamiento en zona azul. Por instinto, nuestros pasos nos encaminan a la fachada marítima. Y apenas nos hace falta consultar el mapa que nos dan en la oficina de turismo que nos ha salido al paso: estamos a las puertas de Vila-Adentro -el casco antiguo- y llegamos a la Sé diez minutos antes de la hora oficial de apertura, que es las 10 de la mañana. Damos una vuelta a la manzana, para hacer tiempo. De nuevo, es el silencio lo que llama la atención, extrañamente acorde, en la mañana despejada. con la luz tersa en el aire limpio tras las abundantes lluvias de ayer. Lamenta uno ahora su condición de visitante de paso: lo apropiado sería carecer de toda urgencia, de toda avidez por verlo todo, y venir aquí simplemente a perder el tiempo, a dejar pasar la mañana en un banco de este Largo da Sé, por ejemplo, con un periódico o un libro bajo el brazo, y algo de eso hay en este breve paseo que damos solamente para hacer tiempo mientras abren la catedral. En un embarcadero vemos la salida de uno de los barquitos que llevan a Ilha Deserta. Tomo nota, por si alguna vez me decido a llevar la vida de un náufrago. A la entrada de la catedral, el encargado de la venta de entradas discute con unas turistas francesas: al parecer, la fotocopia informativa que les han dado está anticuada y el precio de la entrada se anuncia cincuenta céntimos más barato del que efectivamente cobran ahora. Para evitar que se repita el incidente, es el propio empleado quien nos advierte de la discrepancia; el resto de la información, nos dice, es correcta. Nosotros, de todos modos, apenas utilizamos la somera guía de visita: lo que nos lleva a entrar en estos sitios es la simple posibilidad de recorrerlos, sin prestar demasiada atención a los presuntos tesoros artísticos -casullas, cálices, figuras de culto y demás- que dicen contener, y que son enormemente parecidos en todos estos sitios. Lo verdaderamente interesante es la vista desde la torre, la fresca sencillez del espacio arquitectónico, la relativa soledad. No todo el mundo se conforma con tan poco: los franceses que nos precedían han dejado en el cuaderno de visitas una airada protesta ante el hecho de que las cartelas explicativas estén en portugués e inglés y no en francés.

Terminamos la visita a Faro con un breve paseo por la zona comercial, en el que constatamos que Simões, el "último alfarrabista" -librero de viejo- de Faro, efectivamente ha cerrado sus puertas, como anunciaba una noticia del diario O Público que habíamos encontrado en internet. (22/3/16)

martes, marzo 21, 2017

LOULÉ







Desde la ventana del cuarto de hotel, una placita someramente arbolada con unas cuantas jacarandas todavía sin florecer. Una lluvia silenciosa y monótona rebota en los bancos y en los techos de los coches. Ni un alma a la vista, a pesar de que son apenas las doce del mediodía. Acabamos de llegar. El trayecto, sin novedad, salvo el engorro que ha supuesto detenerse, nada más pasar la frontera, en el dispositivo que han instalado para que los coches extranjeros paguen peaje en las autopistas locales. El dispensador automático no admitía nuestra tarjeta de débito. Y aunque disponemos de ViaT -un aparatito que permite el pago automático de los peajes de las autopistas españolas-, en la gasolinera donde paramos a preguntar no nos aseguran que ese sistema sea válido aquí. Así que llegamos a Loulé -que es, como quien dice, una ciudad vecina, a apenas 50 kilómetros de la frontera- con la sensación de haber contravenido alguna importante ley internacional. Por suerte, la amable acogida en el hotel deshace pronto nuestro mal humor de viajeros contrariados. El resto lo hace el impresionante silencio de la ciudad en pleno mediodía: hasta los pocos coches que pasan lo hacen como en sordina, que es también el tono medio en el que operan los televisores inevitablemente encendidos en todos los bares. Nos hemos puesto a resguardo de la lluvia bajo la sombrilla de uno situado junto al mercado central. Luego, mojándonos, hemos corrido hasta guarecernos bajo los toldos de los comercios de la Rua 5 de Outubro, que nos permiten caminar a pie enjuto hasta un segundo bar, del que finalmente corremos hasta el restaurante situado a la puerta misma del hotel, donde nos sirven unas exquisitas sardinas en escabeche, unas riquísimas ervilhas -guisantes- y un no menos confortador atún guisado, que rematamos con sendos postres caseros, elegidos a dedo de una bandeja que nos muestra el camarero: el mío, una empalagosa crema de leche condensada, resulta tener el apropiado nombre de baba de camelo.


Así, rezumando babas dulzonas, duermo la siesta. Ya sin lluvia, y sabiéndonos incapaces de afrontar una cena tan abundante como el almuerzo, salimos a comprar un poco de fruta y, en una ferretería honda y sucia como la cueva de un ladrón de cuento, un cuchillo para mondarla. Alcanzamos lo que nos parece el límite del pueblo propiamente dicho, que no es muy grande, pero al que las dos grandes avenidas que le sirven de ejes, flanqueadas de edificios altos, dan empaque de ciudad moderna, orgullosa de serlo y dotada de todo lo que una ciudad necesita: teatro -sin función estos días-, biblioteca, fundaciones culturales, ateneo y... zapaterías: incontables, más de las que en buena ley se puede esperar que subsistan en una población de este tamaño. La única explicación es que la previsible avalancha de turistas que se congrega en las playas circundantes en verano encuentre irresistible la oferta y tenga el capricho de abastecerse aquí de calzado para todo el año... Tampoco anda el pueblo mal surtido de bares y restaurantes: sólo que, con la lluvia, las calles están desiertas y los locales vacíos. 

Con nuestra fruta y el consiguiente cuchillo de mondar, volvemos al hotel; donde leemos un poco -yo me he traído, para entrar en ambiente, una reciente edición de los escritos del Barón de Teive, el más pesimista y sombrío de los heterónimos pessoanos- y vemos la tele en portugués. En uno de los canales, una cubana adjunta a la embajada habla de las excelencias del régimen de su país, en un portugués sin entonación ni timbre que no es otra cosa que puro castellano apenas adornado de algunas terminaciones y construcciones lusas. Finalmente, caemos rendidos. (21/3/2016)

viernes, marzo 17, 2017

M.


Me anuncian la muerte de M. Y mi primera reacción, más allá del desconcierto, es un sentimiento de mala conciencia: lo llamé alguna que otra vez al principio de su enfermedad, pero no pude vencer esa muralla de reserva que algunas personas ponen a su propio sufrimiento; tras algún protocolario intercambio de parabienes, un engorroso silencio podía fin a esas breves conversaciones. Lejos quedaban las que habíamos mantenido sobre la época en que nos conocimos, cuando yo empezaba en la enseñanza y, a través de una compañera más veterana, supe de otro chico de mi edad que buscaba compañero de piso: M. era  nuestro casero. Su amistad con mi compañera y el hecho de que, pese a la diferencia de edad -que entonces parecía más acusada, cuando en realidad apenas nos llevábamos diez años-, éramos colegas en la profesión no eran óbice para que, tanto a mí como a mi compañero de piso, su figura nos resultara un tanto intimidatoria. A pesar de ello, mi compañero conseguía arrancarle largas prórrogas en el alquiler, que le permitían emplear la parte de la renta que yo puntualmente le entregaba como anticipo con el que aliviar su permanente bancarrota. 

Fue una época pintoresca y caótica y las anécdotas que deparó han alimentado casi todos los cuentos que he escrito sobre personajes en ese estado y condición. En ese sentido, fue también fructífera. No duró mucho: apenas un curso. De ella quedó el hábito de saludar a M. cada vez que lo veía, en el cine, el teatro o algún que otro concierto. Y así hasta que, hace siete años, ocupé plaza en el mismo centro en el que él tenía la suya. Se alegró del encuentro y se convirtió en uno de mis confidentes en el nuevo destino. Me sorprendió su ecuanimidad a la hora de afrontar las desavenencias laborales y su sensibilidad hacia los problemas de los alumnos; también su fe religiosa, para mí absolutamente inesperada; y menos, por supuesto, el cariño y la devoción con la que hablaba de sus hijas, al parecer brillantes estudiantes. También me hacían gracia sus pequeñas manías: para refrescar la garganta entre clase y clase, guardaba una garrafa de agua de cinco litros con la que rellenaba una pequeña frasca de cristal que tenía el tamaño justo para encajar en la taquilla personal donde guardaba sus libros; y como sudaba mucho en el trayecto de su casa al instituto, que normalmente hacía a pie, había desarrollado la estrategia de dejar que llevar una camiseta interior que empapase el sudor y quitársela en cuanto llegaba al centro.

Tuvo mala suerte: nada más jubilarse, le tocó bregar con la enfermedad que se lo llevó en apenas dos años. Descanse en paz. (17/3/2016)


Imagen: Ceesepe: acrílico sobre papel.