martes, diciembre 20, 2005

ANTINAVIDEÑOS

POR si no fueran pocos los tópicos navideños, a éstos hay que sumarles, en los últimos tiempos, la sobrevenida avalancha de tópicos antinavideños. Los primeros se atienen a lo que siempre fueron: ñoños, sentimentales, comercialoides, un tanto sobados; huelen a guardarropía y a mesa camilla y parecen patrocinados por el Corte Inglés. Todos conocemos a algún partidario acérrimo de los mismos: en la cena de empresa, por ejemplo, siempre hay quien se arranca a golpear una copa vacía con una cucharilla de postre y a entonar un villancico, para consternación de quienes intentan emborracharse dignamente o coquetear con la chica de las fotocopias. También hay quien trata de alegrarse la vida, en estos días, colgando en su puerta unas bolas doradas y unas hojas de falso acebo. No hacen daño a nadie. Peores son los otros, los anti. Al principio hacían gracia: resultaba refrescante oír, en medio de una reunión familiar, a alguien que impostaba la voz y fingía un falso enfado para decir que aquella festividad le parecía una lata; y se agradecía la confidencia melancólica de quien te confesaba que comprar juguetes o escuchar una melopea navideña le provocaba una punzada en el corazón. Se alegraba uno de que en este mundo hubiese de todo, y que hasta las tradiciones más acendradas e inamovibles tuvieran sus detractores. Les pasó a éstos, sin embargo, lo que a todos los conspiradores románticos: en cuanto se organizaron, en cuanto consiguieron poder e influencia, y eco en los medios de comunicación, se convirtieron en unos pelmazos.
Eso pensé el otro día, mientras escuchaba con asombro a una invitada habitual a cierta tertulia radiofónica: aquel sano escepticismo, aquella novedosa manera de ir a contracorriente que uno apreciaba en las pocas personas que se atrevían a ironizar contra la navidad, se habían convertido en un verdadero cuerpo dogmático, expresado con la displicencia de una arenga de Fidel Castro o una prédica de imán suburbano. La señora levantó la voz para acallar a sus contertulios, manoteó hasta hacer temblar los micrófonos, hizo desfilar todo el repertorio de eses y ces y jotas guturales que distingue a las voces radiofónicas de vieja escuela, aunque sus propietarios hayan nacido en Huétor-Tájar... En el aire quedó su discurso furibundo: una mezcla de diatriba anticapitalista y de ignotos rencores infantiles y familiares. Sus contertulios trataron en vano de rebajar la tensión. "No es para tanto", se atrevió a decir uno, cosechando inmediatamente una nueva soflama de su temible interlocutora.
Y la verdad es que no es para tanto. ¿No les gustan a ustedes las compras incontroladas? Quédense en casa. ¿No les gustan las cenas familiares? Atrévanse a celebrar una velada íntima con sus amigos de verdad. ¿No soportan la ñoñería navideña? Pónganse el vídeo de "La matanza de Texas" en Nochebuena. Todo fuera como eso.

(Publicado hoy en Diario de Cádiz)

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