domingo, diciembre 11, 2005

BARATIJAS

La baratija, como casi todas las cosas, tiene su teoría y su razón de ser. Por eso no sirve de mucho escandalizarse, como hacía un amigo mío durante las pasadas fiestas, de la cantidad de baratijas que la gente compra para regalar y de las ingentes sumas de dinero que se gastan en tales nimiedades. Pertenece mi amigo a esa clase de personas que esperan que los regalos, o bien respondan a un designio práctico, o bien satisfagan alguna recóndita aspiración secreta del receptor. Al primer tipo pertenecen los pijamas, jerseys, calcetines, freidoras, herramientas mecánicas, etc., que regalan, sobre todo, madres y suegras. Al segundo, el libro que uno deseaba leer y no encontraba, el disco descatalogado, la pieza de coleccionista, el fetiche inconfesable... Se entenderá que esta segunda clase de regalo sólo lo pueden deparar personas muy próximas.
Pero queda un amplio abanico de sociabilidad que no es el que representan madres, suegras, cónyuges y amantes, y es de este difuso sector de nuestras amistades de donde suelen proceder la mayor parte de las baratijas que nos regalan. Que no han de ser, entiéndase, demasiado caras ni ostentosas. Ni, por supuesto, demasiado íntimas o comprometedoras. De estos conocidos sería impropio recibir perfumes o prendas íntimas, e incluso resultaría excesivo permitirles que introdujeran en nuestra vida esa clase de intrusos onerosos que reclaman tiempo y atención, tales como un disco que no corresponde a nuestros gustos musicales o uno de esos "best-sellers" que no estamos dispuestos a leer ni aunque nos paguen por ello.
Para ellos, pues, el universo variadísimo e inabarcable de las baratijas. Con ellas podrán quedar bien sin herirnos, sin comprometer nuestro tiempo, sin hacer presuposiciones indiscretas sobre nuestra intimidad. Y casi resulta halagador, en fin, que alguien con quien no tenemos demasiado trato, pero a quien la costumbre incluye en el grupo de personas con quienes intercambiamos regalos, nos relacione, de pronto, con unos bongós africanos que ha visto en una tienda étnica, o con una cajita de madera labrada, o con un estuche de útiles de sumiller (ya saben, un sacacorchos lujoso, un termómetro para el vino, una bomba de vacío para sellar botellas...). Durante unas horas, miraremos el objeto recién regalado con una mezcla de estupor y avidez. Porque la baratija atañe, a la vez, a nuestra rapacidad y a nuestra capacidad de asombro. ¿Cómo será nuestra vida a partir de ahora? ¿Aprenderemos a tocar los bongós? ¿Encontraremos algo digno de ser guardado en la cajita? ¿Merecerá el tintorro de tres euros que solemos consumir los honores de un termómetro y un sacacorchos niquelado?
Por suerte, las baratijas se olvidan pronto. Seguiremos tratando con afecto y deferencia a quienes nos las regalaron. Y hasta el año que viene, que está, como quien dice, a la vuelta de la esquina.

(Artículo publicado hace un año en Diario de Cádiz, pero vigente aún: todos los años hacemos las mismas cosas)

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