martes, diciembre 06, 2005

EL LIMBO

Si se confirman los pronósticos, el limbo dejará pronto de existir. Una comisión de teólogos ha dictaminado que este viejo concepto medieval no tiene razón de ser: los justos nacidos antes de Cristo y los niños sin bautizar irán al cielo por la infinita gracia de Dios. Y es una pena: ha quedado abolida esa región limítrofe del infierno en la que Dante imaginaba que vivían Platón, Aristóteles, Virgilio y otros personajes ilustres de la antigüedad. Era un lugar triste y sombrío: al fin y al cabo, colindaba con el primer círculo del infierno, el dedicado a los lujuriosos. Pero, a pesar de todo, algo hacía pensar que no debía de ser tan malo estar allí: "Gentes de graves gestos y miradas / de gran autoridad en los semblantes, / conversaban con voces sosegadas". Entiende uno que haya quienes hacen grandes sacrificios en vida para alcanzar la gloria celestial, o incluso quienes se sienten fascinados por la idea de un infierno ganado a pulso. Entiende uno que haya gente que pretenda ser solamente buena o mala. Pero lo que a uno de verdad le fascina es ese melancólico deambular de gentes graves, que hablan sin levantar la voz, y no muestran demasiada curiosidad por sus escandalosos vecinos, aquellos que se han condenado por seguir algunas de las muchas inclinaciones perniciosas de la naturaleza humana.
Tal vez, en el fondo, lo que ocurre es que el hombre siempre quiere que el más allá se parezca a la realidad cotidiana. Los musulmanes sueñan con un paraíso similar a un oasis, en el que solazarse con hermosas huríes; el paraíso bíblico era un valle feraz en el que bastaba alargar la mano para alimentarse. Para el infierno, por desgracia, nunca nos han faltado referentes: una ciudad bombardeada, una región devastada por una catástrofe natural o un campo de concentración ofrecen convincentes anticipos de lo que puede ser un lugar consagrado al sufrimiento eterno. Ni siquiera faltan ejemplos de lo que pudiera ser el purgatorio: la angustia cotidiana, la espera de no se sabe qué, la ansiedad y la impaciencia permanentes, evocan perfectamente la condición de esas ánimas que purgan viejos pecados, mientras aguardan que se les permita acceder a la gloria eterna. Todos conocemos algún infierno, todos vivimos en alguna clase de purgatorio más o menos llevadero, todos tenemos alguna ingenua noción del paraíso.
Para lo que no hay lugar en nuestra realidad, al parecer, es para esa misteriosa región donde habitan quienes han quedado fuera del sistema de premios y castigos. No hay lugar para las voces sosegadas, ni para los semblantes graves. Por eso a nadie le preocupa la desaparición del limbo. Es como si hubiesen cerrado un parque melancólico, un café tranquilo o una biblioteca poco concurrida para construir un lujoso hotel llamado "Edén", o una ruidosa discoteca para condenados regida por algún cotizado DJ con rabo y cuernos.

(Publicado en Diario de Cádiz, martes 6 de diciembre de 2005)

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