viernes, diciembre 30, 2005

EN LA MUERTE DE DON QUIJOTE

"El libro entero ha sido escrito para esta escena", escribió Borges a propósito de la muerte de Don Quijote. Y es, como tantas agudezas de Borges, una exageración... muy certera. Exageración, quizá, porque sobra el "para". Cervantes no tenía ninguna finalidad en mente al escribir su obra, más allá del vago pretexto de satirizar los libros de caballerías. Tampoco parece probable que guiase los pasos de su personaje con vistas a alcanzar un determinado efecto dramático final. Cierto que, como suele ocurrir, en un momento dado debió pensar que no había más remedio que "matar" al caballero. Dejarlo vivo hubiera sido brindarles una nueva oportunidad a posibles imitadores. Además, Don Quijote había nacido viejo, y la proximidad de la muerte es consustancial a la vejez.

De modo que Don Quijote (mejor dicho, el ya cuerdo Alonso Quijano) ha de morir. Y su muerte ha de ser coherente con sus antecedentes: si recupera la cordura, es porque la medicina de la época creía que eso es lo que les sucede a los locos antes de morir; y si lo hace cristianamente, y sus últimas disposiciones traslucen bondad y generosidad, es porque, incluso loco, el caballero siempre fue generoso y bueno.

No, el libro no se escribió para ofrecer a los lectores una muerte ejemplarizante o alcanzar un clímax emotivo. Si estas páginas son especialmente conmovedoras (habría que remontarse a las Coplas de Manrique para encontrar un precedente en la literatura española), y el dolor de los personajes (sobre todo el de Sancho) resulta contagioso, es porque el propio Cervantes le ha tomado cariño al caballero y no puede reprimir su propia emoción al dictar su fin. La narración se vuelve morosa. Los pormenores son sorprendentes: el bachiller, para animar al moribundo, menciona unos perros comprados a "un ganadero de Quintanar"; los detalles "forenses", diríamos, son precisos; en la casa advertimos ese trasiego de gentes que van y vienen en la antesala de un difunto... Estamos ante una demostración de maestría narrativa, pero también ante las estratagemas dilatorias de quien quiere alargar por unas páginas la andadura de su personaje.

Por eso, cuando éste muere ("dio su espíritu, quiero decir que se murió"), es esa emoción la que dicta las bromas que siguen, que vienen a ser lo que los chistes en los velatorios: un modo de aventar penas, de afirmar la continuidad de la vida. A eso obedece la alusión a la probable rivalidad que surgiría "entre todas las villas y lugares de la Mancha" por tener a Don Quijote por hijo suyo; también, el irónico epitafio que compone Sansón Carrasco; y las palabras que pone Cide Hamete en boca de su propia pluma, en las que ésta rechaza que alguien intente retomarla para continuar la historia.

De haber tenido tiempo y ganas, quizá Cervantes hubiera querido alargarla un poco más. Pero también él estaba llegando a "su fin y acabamiento".


J.M.B.A.

[Publicado ayer (jueves 29/12/05) en Diario de Cádiz. Último artículo de la serie de diez con la que he querido sumarme a la conmemoración del cuarto centenario del Quijote.]

1 comentario:

Care dijo...

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