domingo, diciembre 04, 2005

FE DE ERRATAS

Curiosamente, el artículo anterior apareció en prensa con una muy visible errata en el título, que dio lugar a este otro:

Ni siquiera la pulquérrima edición del Quijote con la que el académico Francisco Rico ha hecho su contribución al centenario de la inmortal obra cervantina está del todo libre de erratas. Con sorna característica, el escritor Andrés Trapiello declaró, en una entrevista televisiva, haber encontrado una. Y yo mismo puedo decir que, si bien no he visto ninguna en el cuerpo de texto, si he tropezado con dos o tres en las notas a pie de página. Nada que reprochar al responsable de esta magnífica edición: no hay obra impresa que esté totalmente libre de estas bromas del azar, ni mirada que no tenga descuidos e inadvertencias. Lo digo porque yo también, como todo mortal que vuelque periódicamente sus ocurrencias en letra de molde, estoy expuesto a esas travesuras de los duendes de imprenta. Una vez constatadas, no hay nada que hacer: son como las hemorroides de la literatura, las muelas picadas del texto, las verrugas de la página. Y hay que aceptarlas con resignación, como se acepta la caída del pelo o la propensión a la halitosis: taras de nuestra condición, debilidades que ponen de manifiesto que no somos perfectos.
Pasa con las erratas lo que con muchas otras pequeñas imperfecciones de la realidad: nos incomodan, nos estropean la pretensión de gozar de un producto sin mácula. En eso están de acuerdo lectores y escritores: los unos, porque, de alguna manera, tienen la sensación de estar siendo estafados, de que alguien no se ha tomado las suficientes molestias para ofrecerles un texto limpio y legible; los otros, porque, a la mortificación que les supone ver su texto afeado, se une el temor a que otros puedan culparles de esos errores, atribuirlos a impericia o a mero desconocimiento de la gramática y el vocabulario, que suelen ser los aspectos de la escritura más afectados por las erratas. Unos, los lectores, padecen en su soberbia de clientes que reclaman ser bien atendidos; los otros, los escritores, en su miedo a pasar por torpes o descuidados.
Sin embargo, no hay realidad sin erratas, como no hay ciudad sin chamizos y mendigos, ni barrio en el que no viva un indeseable, ni comunidad de vecinos en la que alguien no ponga el tocadiscos a todo volumen la mañana del domingo o deba un buen número de cuotas. Con las erratas no hay más remedio que ser conformista: lo contrario supondría vivir en un estado de ansiedad permanente. Son también, todo hay que decirlo, una socorrida excusa: quien no ha hecho pasar por errata lo que no era sino un clamoroso error propio. Quede disculpada, pues, esa única errata que los ojos maliciosos de Trapiello han visto en el Quijote de Rico. Y quede disculpada, también, la que la semana pasada convirtió el "enfant terrible" con el que titulé mi artículo en un inesperado "elefant terrible": un auténtico paquidermo para esa frágil cacharrería constituida por mis escrúpulos de escritor.

(Publicado en Diario de Cádiz, martes 8 de noviembre 2005)

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