lunes, diciembre 05, 2005

HIPOCONDRÍAS

Estos dos textos han estado alojados hasta hace poco en la web de Care Santos (www.caresantos.com) . Como me consta que han tenido algunos lectores, los pongo ahora aquí, por si alguien más quiere echarles un vistazo.


HIPOCONDRÍAS
EL OTRO

Mantiene uno una extraña relación con sus huesos. Lo normal es que no te acuerdes de ellos. Pero un día te miras en el espejo, reparas en tus pómulos, en los salientes de tus clavículas o en la curva de tu frente, y caes en la cuenta de que te habita uno de esos muertitos de azúcar que comen los niños mejicanos por Todos los Santos, o un muñeco de Halloween, o una de esas marionetas feroces que manejan la espada en las películas de Ray Harryhausen. El espejismo dura poco: lo que tardas en afeitarte. Pero en algún lugar del subconsciente debe quedar almacenada la inevitable idea de que dentro de nosotros vive una criatura ominosa. Precisamente para conjurarla se inventaron los mencionados juguetes y chucherías del Día de Difuntos, las láminas de los libros de anatomía y las calaveras de atrezzo que salen en las películas de piratas, guardando el cofre del tesoro... Pero, a pesar de nuestra temprana familiaridad con los huesos que llevamos dentro, éstos siguen constituyendo una criatura extraña y más o menos temible, que sabemos que no verá la luz hasta que nosotros mismos, su envoltorio –su disfraz, diríamos, para andar por el mundo-, nos hayamos disuelto en un olvido del que ella ni siquiera echará cuenta.

Que no tiene memoria, entendimiento o voluntad, lo sabemos por la naturaleza de los escasos y lacónicos mensajes que cruza con nosotros. Un día se hace notar enviándonos unas punzadas desde la rótula o el hombro; otro, reclama nuestra atención con un crujido maléfico, anuncio de un hueso roto. Quizá sus días de mejor talante sean ésos en que nos dicta alguna excusa para que la llevemos a una unidad de rayos X: son sus días de fiesta, en los que reclama fotos y piropos. Miramos con desconfianza esas fotografías del extraño que llevamos dentro. Y, aunque nos sentimos vagamente orgullosos de que el médico nos diga que nuestros huesos están sanos y fuertes, en realidad no acabamos de creernos que esos elogios nos conciernan. Tampoco estamos muy seguros de que al propio esqueleto le agraden. Lo cierto es que no sabemos qué le gusta ni qué le deja de gustar. Bueno, algunas de sus preferencias sí que las imaginamos: por ejemplo, que no le gusta el tiempo frío y húmedo, que descree de las ventajas del deporte y de los placeres de la conducción temeraria, que teme las cáscaras de plátano y que no le gusta envejecer. Tanto es así que, a partir de cierta edad, hay esqueletos a los que les da por adelgazar o aminorarse dentro del cuerpo que los lleva, o por volverse quebradizos como el cristal.

Podemos disculparlo, de todos modos. En realidad, no es la única criatura extraña que nos habita, en esa especie de guirigay que somos todos. Hay quien habla consigo mismo, como si su mente fuera un parroquiano al que acaba de encontrarse en un café. Hay quien mira sus instintos como si fueran de otro. Hay incluso quienes no se reconocen en su propia cara, en su estatura, en su voz o en su sexo. Qué hay de raro entonces en que no sepamos quién es el hombre flaco que nos sonríe siempre en las radiografías. Aunque a veces no le apetezca sonreír; aunque a veces le duelan los mismo miembros que nos duelen a nosotros.

TENDINITIS
(Una historia de amor)

Desde hace unos días me veo obligado a llevar el brazo derecho en cabestrillo. Trato de hacerlo con dignidad, aunque sin excederme. Porque el gesto hace al hombre, y puede pasar que, de llevar el brazo en esta posición, uno acabe asumiendo aires napoleónicos, y se sienta como debió de sentirse el francés mientras planeaba con sus mariscales la batalla de Waterloo. Eso, cuando la moral está alta. En el otro extremo, puede suceder que uno tenga que ponerse el tabardo verde de las salidas al campo, que es la única prenda de abrigo lo suficientemente amplia para albergar el brazo encogido, y acabe adquiriendo un aire de veterano de Vietnam, con su halo de melancolía desquiciada y culpable... La gente se te acerca y te pregunta. Y uno quisiera no decepcionarlos, poder contarles alguna malhadada hazaña deportiva, o presentarse como víctima de la fatalidad que rige los azares del tráfico. Pero no: lo que uno tiene es una simple tendinitis; lo que, en la escala de los males, ocupa un lugar más bien insignificante, cosas de desocupado que juega al tenis o a ese curioso deporte que llaman "pádel" y que parece exigir de sus jugadores la previa afiliación a algún partido de derechas.

Verán, yo no practico ningún deporte, apenas conduzco, y ni siquiera soy de derechas, por lo que la única causa a la que puedo atribuir mi mal son las horas pasadas ante el ordenador, escribiendo. Hasta ahora creía que las únicas heridas que uno podía recibir de la literatura eran las que afectaban al alma. De la literatura sabía que inspira ambiciones mezquinas, engorda vanidades, crea expectativas infundadas y va dejando en quien se expone a estos males un poso de incurable decepción. También sabía que la literatura no sólo es perjudicial para quien la cultiva, sino también para sus semejantes. Por ella se han roto amistades y matrimonios. Y, lo peor de todo: la literatura produce un tipo de personaje que, en cuanto sabe agotadas sus capacidades, se conforma con ocupar un lugar vicario en eso que se llama, en expresión un tanto paradójica, "vida cultural": ese laberinto de puestecillos cortados a medida, sinecuras locales y negociados más o menos dependientes de la voluntad del político de turno. Esos son los estragos que causa la literatura en los espíritus de quienes alguna vez la cortejaron.

En comparación, mi modesta tendinitis no es sino un mal menor. Y también, por qué no, un castigo, de la misma naturaleza que el que los dioses impusieron a Tántalo. Paso las horas muertas en casa, ante el ordenador que no puedo usar. Se me ocurre que podría escribir sobre esto o aquello, que en algún rincón del cerebro está a punto de brotar alguna idea que sólo necesita del baile de los dedos para tomar forma. De esa ilusión gratuita vivimos los literatos. Pero tengo el brazo sujeto por un pañuelo negro; soy Napoleón, no antes de Waterloo, sino después, cuando sus vencedores lo llevaban, privado ya de todos sus recursos, al insalubre islote de Santa Elena. A eso queda reducido un escritor que no escribe: a un emperador sin imperio. Eso sí, con algún que otro mariscal fiel que lo acompaña en su desgracia y le hace el inmenso favor de tomar al dictado textos como éste.

(Incluidos en el libro Columna de humo; el segundo se incluye también en la recopilación Ciempiés, los microrrelatos de Quimera, Editorial Montesinos, Barcelona, 2005)

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