martes, diciembre 13, 2005

MACONDO

El alcalde de Aracataca (Colombia) quiere que su pueblo se llame Macondo. Lo comprendo. Todos hemos tenido alguna vez el deseo de que la ficción ocupe, aunque sea nominalmente, el lugar de la dura realidad. De pequeño, yo quería que mi ciudad se llamara Dodge City. También a veces, al final del día, mi casa me parece Ítaca. Comprendo, en fin, la pretensión, no ya de que Aracataca se llame Macondo, sino incluso la de que Nueva York fuera la ciudad melancólica que sale en las películas de Woody Allen, y no la áspera urbe que es en realidad, o Lisboa fuese idéntica a la imagen que nos hacemos de Lisboa cuando leemos a Pessoa... Claro que al alcalde de Aracataca le asisten ciertos derechos indiscutibles. Para empezar, allí nació el escritor Gabriel García Márquez, el inventor de Macondo. También parece fuera de duda que esta invención literaria toma no pocos rasgos de la ciudad natal del escritor. Se da la circunstancia, además, de que Aracataca es una población pobre, a la que le vendrían de perlas los ingresos que pudieran dejarle unos pocos miles de turistas letrados. Los alcaldes, ya se sabe, tienen siempre la fantasía de que la vida de sus convecinos mejoraría notablemente con la afluencia del turismo. Por eso no dudan en sacrificar una pradera para construir un campo de golf, o en sustituir una línea de dunas costeras por una hilera de bloques de apartamentos. Los alcaldes sueñan, al parecer, con que todos los habitantes de sus pueblos sean camareros o caddies.

El de Aracataca, al fin y al cabo, no parece que quiera destruir nada. Sólo quiere apropiarse de una fantasía que, en buena ley, ya ni siquiera pertenece al escritor que la ha concebido, sino a todos sus lectores. Claro que no le faltan precedentes. También Combray, el pueblo en el que Marcel Proust situó la poderosa mente pensante en la que se desarrolla A la búsqueda del tiempo perdido, es, desde 1971, un lugar real: la población de Illiers, donde había nacido el padre del escritor, cambió entonces su nombre a Illiers-Combray.

Puede que la cosa, vista de lejos, parezca graciosa o pintoresca. Pero hasta los niños saben que los cuentos no deben confundirse con la realidad, y sólo a lectores muy ingenuos se les ocurre tomar lo que dice una novela como una declaración autobiográfica de primera mano. Pese a todo, si Dios no lo remedia, Aracataca pronto será Macondo, y por sus calles habrá figurantes vestidos de Aureliano Buendía o de la cándida Eréndira. Si yo fuera colombiano, en fin, lo que desearía es que mi país dejara pronto de parecerse al que se describe en Cien años de soledad. Que no hubiera una eterna guerra civil larvada, y que la población no estuviera sometida a ese estado de asombro permanente en que se vive cuando la existencia no sigue reglas precisas y admitidas. Que fuera menos "mágica". Y que a García Márquez le dediquen un parque.

José Manuel Benítez Ariza
(Publicado en Diario de Cádiz en el día de la fecha)

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