viernes, diciembre 02, 2005

PORQUERÍAS

A la evidencia de que comemos toda clase de porquerías declaradas (basta leer las etiquetas) se une últimamente la sospecha de que estamos expuestos a otras de las que ni siquiera teníamos noticia, y de cuya existencia sólo llegamos a percatarnos porque aquí y allá salta la alarma. Es nuestro destino. Nuestros padres pasaron hambre. Y nosotros, educados en la cultura del hartazgo, la desgana y el capricho insensato, aún arrastramos en nuestro subconsciente ciertos estigmas de la miseria. Éramos casi niños cuando nos horrorizamos al saber que miles de personas se habían envenenado consumiendo aceite desnaturalizado. Fue el último episodio registrado de aquella España mísera que se abastecía de la venta ambulante y escatimaba el gasto en productos de primera necesidad. Todavía, recuerdan, no comprábamos aceites de marca en frasquitos de medio litro para ensaladas, ni peregrinábamos a las almazaras para que nos hablaran de las excelencias del zumo de la aceituna y nos lo dieran a catar. Eso vino luego. Antes, en todo caso, que la paranoia que se extendió cuando supimos que, en Inglaterra, algunas personas habían contraído una misteriosa enfermedad por comer carne de ternera caníbal; es decir, de ternera criada con harinas fabricadas con restos de ejemplares de su propia especie. Una enfermedad similar, supimos, se había declarado cien años antes entre los últimos antropófagos de Papúa. Y aún tenemos el estómago contraído de puro asco cuando nos llega la noticia de que ese infierno gregario que constituyen las granjas de pollos es el medio ideal para que prospere y mute el virus de un nuevo tipo de gripe mortífera. Es nuestro castigo: el sueño de Carpanta que abrigábamos en nuestro inconsciente, la fantasía de poder comer pollo y filetes hasta hartarnos, tenía esa contrapartida: los filetes estarían envenenados, los pollos enfermos.
Pero lo que no esperábamos es que ese horror alimentario alcanzara ciertos dominios sacrosantos. Millones de litros de leche infantil, leemos, han tenido que ser retirados del mercado por estar contaminados con la tinta de sus propios envases. Es posible, en fin, que ésa sea la única manera de que las generaciones futuras consuman algo de letra impresa. Pero donde el horror ha rozado ya el absurdo es en la desazonante noticia de que quienes consumen un producto tan sano, en apariencia, como la jalea real han estado expuestos a tragarse las sustancias químicas con que los productores chinos previenen las enfermedades de las abejas.
En apenas una generación, en fin, hemos pasado del hambre canina a esa sensación de aprensión y asco que se deriva del puro horror a la comida. Había un personaje de Galdós al que la carne le causaba embriaguez. Nadie descarta que lo que nosotros comemos pueda tener efectos, no ya embriagadores, sino incluso psicotrópicos. Como decían en los tebeos: Puajjj.

(Publicado en Diario de Cádiz, martes 29 de noviembre 2005)

2 comentarios:

Ivan Morales dijo...

Definitivamente ya no sabemos que es lo que comemos, y quizas mejor no saberlo, ojos que no ven, corazon que no siente. Probablemente ante un shock tan terrible perderiamos el hambre de por vida, y por lo tanto la vida misma. Recuerdo aquella pelicula futurista de Charlton Heston; habia una fabrica de galletitas hechas con restos humanos. esto me hace pensar, sera cierto lo que nos dan esas fabricas de embutidos?, recuerdan el vijo mito (?) de que las hamburguesas del MCdonalds son de carne de rata. ya ni los vegetales se salvan, puesto que segun los riegan con aguas negras. Pero bueno, mientras los gobiernos poderosos se dedican a buscar vida en marte, en la tierra la estan matando.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

He visto esa película, y la verdad es que me casi me quita el apetito...
Por otra parte, qué alegría ver que todavía lee alguien mis artículos de hace dos años. Gracias, amigo Iván.