sábado, diciembre 24, 2005

QUÉ BELLO ES VIVIR

Qué bello es vivir: la pesadilla más insidiosa y completa jamás filmada. El pretexto religioso casi parece una excusa para poder ofrecer al público un detallado alegato sobre la falta de control que tenemos sobre nuestro destino. La crueldad de Capra es manifiesta. La película, sublime. Y qué ironía que se haya convertido en un clásico navideño. Hace llorar, sí, pero no por empatía con el presunto triunfo de los buenos sentimientos, sino por mera constatación de que todos somos, en mayor o menor medida, lo que el pobre George Bailey: marionetas incapaces de llevar a cabo un programa vital libremente asumido. Nos cabe el consuelo que el ángel proporciona a Bailey: también nosotros condicionamos de algún modo las vidas ajenas. Nadie escapa de esa tupida red. Eso es todo. Qué pena.

1 comentario:

Dorita dijo...

A mí siempre me hace llorar. Siempre. Nunca supe por qué. La última navidad concluí que lo que me hacía llorar era la fuerza vital que Capra es capaz de inculcar a sus personajes. No al pobre Bailey, sino a todos esos que corren a su casa en la penúltima escena para sacarlo del apuro. Es verdad. No podemos controlar nuestras vida, somos frágiles, pero Capra también vio el romanticismo que hace que no siempre seamos unos hijos de puta.