miércoles, enero 18, 2006

DEPENDIENTAS

Si uno fuera César González Ruano, tal día como hoy escribiría un artículo sobre las dependientas. González-Ruano supo poner unas gotas de lirismo en la prosa periodística de su tiempo. El periodismo ha avanzado mucho desde entonces, al amparo de las consolidadas libertades públicas. Pero quizá el margen de lirismo se ha estrechado: a ver qué hombre maduro escribe ahora sobre las dependientas sin que lo tilden de machista, de anticuado, de reprimido, de cursi. Son cosas de la corrección política imperante. Y sin embargo, miren por donde, un hecho ligado a los afanes higiénicos y sanitarios de nuestro tiempo nos depara ahora un pretexto inmejorable para decir algo de las chicas del comercio. Pasea uno ahora por las calles del centro a media mañana y ve, con sorpresa y agrado, que las aceras se llenan de corrillos de muchachas que han salido a fumar. Es una consecuencia de la nueva ley que prohíbe hacerlo en los lugares de trabajo. Las dependientas de los comercios, para hacerlo, han de salir a la calle. Y lo hacen a cuerpo, pese al frío, con sus uniformes limpios, sus camisas de moda, sus tacones. Ponen una nota de color en unas calles que, a esa hora, no son sino un río de gente apresurada, seria, pagada de su propia importancia. Qué horror de concejales, de notarios, de agentes de seguros, de comisionistas, todos con sus chaquetas oscuras, sus calcetines de ejecutivo, sus corbatas, sus rostros lampiños. Pega uno el oído a lo que dicen: invariablemente, hablan de dinero, de operaciones millonarias, de negocios. A veces condescienden a comentar el último exabrupto político. También las dependientas, en ocasiones, hablan de dinero o de política. Pero se conocen demasiado bien entre ellas como para mantener por mucho tiempo esa máscara pública. Ríen, se quejan del frío (ellas, que han salido a la calle en mangas de camisa en pleno enero), hablan de cosas nimias y trascendentes al mismo tiempo. Luego tiran la colilla, se despiden, alguna se retoca la pintura de labios. Y a seguir trabajando.

Quedan en la ciudad dos o tres comercios de los de toda la vida, cuyas dependientas han envejecido con el color de las paredes. Se las ve encogidas de frío al fondo de la tienda, la rebeca cruzada sobre el pecho, los pies enfundados en zapatillas de paño. Les pide uno, pongamos, unos pañuelos, y ellas los sacan de la misma caja de cartón amarillo en la que elegía los suyos don Fermín Salvochea. Éstas no salen a fumar, no han salido nunca ni a tomar el sol. Las otras quizá tampoco puedan hacerlo siempre que quieren; pero, cuando pierden el bronceado o se ponen amarillas, se pintan la cara de colores alegres para ofrecernos, desde los mostradores, una impresión de que seremos tan sanos, elegantes y mundanos como ellas si compramos lo que venden. Con todo, también ellas tienen sus debilidades. Y cinco minutos al día para satisfacerlas.

José Manuel Benítez Ariza
Publicado ayer en Diario de Cádiz

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