lunes, enero 02, 2006

LA ÚLTIMA PELÍCULA DEL AÑO


Tiburón (Jaws), de Stephen Spielberg, vista en televisión la tarde del 31. Hacía años que no la veía. En ese tiempo, se ha ido consolidando el tópico crítico que hace de esta película un hito en la historia del cine de las últimas décadas: con Tiburón, se dice, se abre la época del cine hipercomercial, de las películas cuyo coste de producción es menor que el de promoción. Es el golpe definitivo a los métodos de producción artesanales de los viejos estudios. Pero, lo que es más grave aún: es el golpe de gracia a los intentos de renovación llevados a cabo por los jóvenes cineastas de la generación del propio Spielberg.

Con todo, no es una mala película: Spielberg parece consciente de que juega con las postrimerías de una época, e incorpora ese valor al simbolismo de su historia. La primera escena es emblemática: tras una fiesta en la playa, una hippy se aleja del grupo, seguida de un chico; la muchacha se desnuda mientras corre, antes de sumergirse en el agua; el chico queda rezagado. Todos sabemos lo que ocurre después: algo ataca brutalmente a la muchacha, cuyos restos destrozados aparecerán en la playa al día siguiente.

El mensaje parece claro: la fiesta ha terminado; el mero intento de prolongarla, y de forzar su capacidad de transgresión (la desnudez en pantalla es siempre transgresora) acaba en catástrofe. Es un adecuado epílogo al sueño hippy, un buen corolario al desastroso "verano del amor" del 69, un presagio de los inminentes tiempos del SIDA.

¿Quién acabará con ese tiburón? Una curiosa coalición formada por un veterano de guerra algo sonado (que, entre sus hazañas, cuenta la de haber formado parte de la tripulación que transportó la primera bomba atómica destinada al Japón), un melancólico jefe de policía, que ha encontrado refugio en un apacible pueblo turístico después de haberlo pasado mal en las calles de Nueva York , y un dicharachero oceanógrafo barbudo, quizá judío y medio hippy (aunque de familia adinarada): un trasunto del propio Spielberg.

El veterano es apropiadamente devorado por el tiburón; el oceanógrafo muestra un gran valor, aunque, en el momento final, debe inhibirse; el policía es quien logra asestar el golpe de gracia al bicho. Otra metáfora: la clase media neoconservadora, desembarazada de la onerosa generación de sus padres y oportunamente ayudada por los elementos más presentables de la nueva ola contestataria, derrota al enemigo. Spielberg siempre fue lúcido. Quizá el que más de su generación.

2 comentarios:

Care dijo...

Comentario de mi hijo Adrián (4 años) al ver el cartel de Tiburón: «Este tiburón se llama Bruce» (Bruce, para los no iniciados en el cine infantil de última generación, es uno de los personajes de "Buscando a Nemo", un tiburón sometido a una cura de desintoxicación para dejar de comerse a sus contemporáneos los peces. Doblado, por cierto, por Javier Gurruchaga en la versión española). Para que veas cómo cambian las tornas...

Anónimo dijo...

Ya ves, de símbolo ominoso a pobre enfermo de adicción. En todo caso, es bueno que los monstruos cambien de significado.
JM