miércoles, enero 25, 2006

PROVINCIANOS

LO peor de que se apruebe el Estatut, en fin, no es, como dicen los patriotas vociferantes, que se ponga en peligro la unidad de España. Lo peor es que todas las comunidades autónomas querrán tener uno igual. No hace mucho, los tribunales de justicia andaluces fallaron contra la decisión de la Junta de privar a una madre alcohólica de la tutela de sus hijos mientras duraba su curación. Por una vez, los tribunales enmiendan una arbitrariedad y una extralimitación del poder autonómico. Pero hechos así deberían hacernos pensar en que la consolidación de gobiernos locales omnipotentes, cuya naturaleza les otorga una excepcional capacidad de influir en el día a día de los ciudadanos, no siempre es algo deseable. El peor déspota es quien ocupa, en el escalafón, el nivel superior inmediato a nosotros.

En esto, como en muchas otras cuestiones, nuestra sensibilidad política ha cambiado. Hace treinta años, quienes preconizaban la generalización de los regímenes autonómicos a todas las regiones de España, lo hacían en nombre de las presuntas ventajas que podría suponer para el ciudadano la "proximidad" del gobierno que gestionaba sus asuntos. Hoy día estamos empezando a pensar lo contrario: la excesiva cercanía de la autoridad resulta onerosa y agobiante, y más aún lo es que esa autoridad se nutra de "notables" locales, de personas que hacen valer su influencia en los círculos provincianos para escalar posiciones en el inmediato poder regional. Y uno, que es provinciano por naturaleza y carácter, y que está convencido de que un entorno pequeño y abarcable resulta más cómodo para vivir y trabajar que una gran ciudad, pongo por caso, sin embargo, en política, es partidario de..., cómo decirlo..., de las casas con techos altos; es decir, de los espacios con aire para respirar.

No debe entenderse esto como una declaración a favor del centralismo; más bien, es una defensa de la proporcionalidad y de la perspectiva. Los poderes inmediatos deberían ocuparse, digo yo, de los asuntos cotidianos. ¿Alguien se imagina a un alcalde negociando tratados de defensa mutua con otros países o declarando la guerra? Otro tanto podría decirse de los gobernantes autonómicos. Que sean eficaces. Que tengan plena capacidad de decisión sobre las cuestiones que les competen. Pero que desde un despacho ubicado a pocos kilómetros de mi casa no se me dicten sentimientos de pertenencia, no se tomen decisiones que hagan que mis condiciones de vida sean sustancialmente distintas a las de mis amigos de Toledo o Badalona, no se me imponga un espectáculo de prosopopeya nacional, con himnos, banderas y desfiles. Que haya himnos, bueno; y banderas, vale; y hasta desfiles, si hace falta. Pero que tengan la levedad de un despliegue de la banda municipal en una tarde de domingo, en el quiosco de música de la plaza. Y que no exijan para sí toda nuestra atención.

José Manuel Benítez Ariza
Publicado ayer en Diario de Cádiz.

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