martes, enero 31, 2006

TOS


En el autobús me rodea un coro de toses. Fuera, la lluvia y el viento se ensañan contra los pocos que se atreven a circular por la calle. Pero también quienes viajan a resguardo llevan dentro su propia tormenta. Tosen unos, otros carraspean como si se buscasen la voz, como si intentaran sintonizar su propia voz en una radio descacharrada. La tos. Hemos aprendido a modularla, a hacer de ella un medio de expresión más. Con una tosecilla educada hacemos notar nuestra presencia. Con una tos impaciente delatamos nuestra incomodidad, nuestro nerviosismo. Con una tosecilla tímida llenamos ese insondable abismo de silencio que se abre entre nosotros y los extraños cuando viajamos juntos en un ascensor. Hemos creado todo un lenguaje de gruñidos a partir de nuestras toses, como si sintiéramos nostalgia de un tiempo anterior al dominio de la palabra. Y es ese lenguaje ancestral el que llena el silencio de las salas de conciertos en las pausas entre pieza y pieza. A algún director de orquesta le he oído expresar su impaciencia ante este modesto desahogo de las gargantas inactivas. “Parece que vienen a los conciertos a toser”, se ha quejado alguno. Y es cierto. Vamos a los conciertos con la esperanza de que la música nos haga olvidar el coro de grillos que llevamos dentro, o el zumbido monocorde de nuestros pensamientos. Vamos a los conciertos (o a las conferencias, o a los cursos de doctorado, o a las asambleas de la comunidad de vecinos, o a los debates del Congreso de los Diputados, tanto da) con la secreta esperanza de que el estruendo de la orquesta, la perorata del conferenciante, el sonsonete familiar de los problemas vecinales o la murga política nos hagan olvidarnos de nosotros mismos. Y entonces se encabrita la fierecilla gruñona que llevamos dentro, y se hace oír en una sucesión de toses destempladas.

Pero ninguna tan triste como la que resuena en los autobuses en invierno. Hay quien tose contra el cristal y lo ve empañarse y desempañarse sucesivamente al ritmo de sus convulsiones. Hay quien agacha la cabeza y tose para sí, como si expulsara un pensamiento trabajoso. Hay quien tose desabridamente, y quien lo hace con timidez. También hay niños pequeños que tosen, y uno los imagina desamparados y desnudos en medio de una ventisca. El invierno se ceba con las gargantas desabrigadas. Aunque lo cierto es que la mayoría de los que tosen van envueltos en gruesas bufandas o llevan los cuellos levantados. Y se pregunta uno si acaso todas esas precauciones no habrán sido tomadas demasiado tarde, si el invierno no nos habrá sorprendido a todos de improviso. O si acaso, en una época más clemente de nuestra vida, desabrigados y felices, no habremos hablado y gritado y reído más de la cuenta, hasta dejarnos la voz en ello. Si este andar roncos y acatarrados no será la resaca, la inevitable consecuencia, de otro tiempo mejor.

José Manuel Benítez Ariza
Publicado en Diario de Cádiz, martes 31 de enero 2006

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