martes, febrero 14, 2006

EL PARAÍSO













Los científicos que han explorado las montañas de Foja, en la Papúa indonesia, afirman haber descubierto un paraíso. Un paraíso sin serpiente escondida, habitado por seres disparatados y encantadores, tales como el canguro arborícola, el zagloso de Bruijn (una mezcla, dicen, de ornitorrinco y erizo, de unos tres metros de longitud) o el pájaro comedor de miel. Algunas de estas extrañas criaturas, como salidas de una miniatura medieval, se acercaban a los exploradores sin dar muestras de miedo: nunca habían visto a un ser humano, no tenían la noción de que ese extraño animal desvalido que anda a dos patas es el mayor y más cruel depredador del planeta. Así que siguieron a lo suyo: los canguros, trepando absurdamente a los árboles; los pájaros, comiendo miel; los zaglosos, devorando ingentes cantidades de gusanos para mantener su considerable envergadura. Dicen los exploradores que incluso vieron algún ejemplar de la mítica ave del paraíso, de cuya existencia sólo se tenían pruebas indirectas…

Lee uno el relato de esta singular aventura y comprende la emoción de sus protagonistas. Para quienes vivimos en una ciudad y no vemos más animales que algún que otro gato desastrado, algún perro de orejas gachas o un gorrión pespunteando los bordes de los adoquines, la simple visión fugaz de una ardilla o un conejo en el campo puede depararnos la sensación inédita de compartir el planeta con criaturas maravillosamente adaptadas a su medio, perfectas en sí mismas, inapelablemente dignas en su modo de atender sus asuntos. Una de las más persistentes fantasías de la humanidad es la existencia de un paraíso en el que el hombre viviría en perfecta armonía con esas criaturas, sería una más entre ellas, ajeno a las complicaciones aparejadas a la vida en sociedad. En la pertinencia de estas fantasías sería fácil que se pusieran de acuerdo los fieles de las distintas religiones, e incluso quienes no creen en ninguna: hasta los ateos más recalcitrantes abrigan ideas parecidas, e incluso podría decirse que lo que verdaderamente diferencia a un ateo de un creyente es que el primero es más impaciente en todo lo referente a la materialización de estas fantasías, y quiere verlas hechas realidad aquí y ahora, ya sea en una comuna libertaria o en un koljós siberiano, mientras que el creyente, más realista, aplaza su utopía a un hipotético más allá.


En cualquier caso, consuela saber que todavía existen lugares en la tierra que justifican la vigencia de estas fantasías. Mientras unos mueren por alcanzar el paraíso de las huríes y otros atormentan sus instintos para someterlos a la improbable primacía del espíritu, a muchos nos reconforta la idea de que un zagloso, un Dendrolagus pulcherrimus o un ave del paraíso vengan a comer de nuestra mano. Por lo demás, con nuestra llegada a las montañas de Foja, el paraíso está completo. Ya hay serpiente.


José Manuel Benítez Ariza
Publicado en Diario de Cádiz, martes 14 de febrero, 2006.

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