domingo, febrero 12, 2006

LAS ZAPATILLAS ROJAS


¿Lo confesaré? No me gusta el ballet (en líneas generales, aunque puedo disfrutar con tal o cual estampa coreográfica más o menos armoniosa). Y he aguantado Las zapatillas rojas (1948), la película de Powell y Pressburger (canal Cinematk), con cierta impaciencia. Ha envejecido todo: el technicolor, las localizaciones de moda (un Montecarlo de postal), las pretensiones artísticas, el argumento melodramático, etc. Sin embargo, la película sigue resultando inquietante; es más: es posible que ese elemento inquietante se haya ido decantando en ella con el tiempo, como el bouquet de ciertos vinos. El empresario que fuerza a la protagonista a elegir entre el amor y el arte, y provoca involuntariamente su suicidio, tiene algo de psicópata de teatro, en la tradición del villano de El fantasma de la ópera. Desde su siniestro despacho, rodeado de cortinajes y muebles oscuros, y enmarcado siempre por un extraño ventanal en arco, este energúmeno antipático exuda un persistente rechazo a la vida y sus exigencias, sin llegar a convencernos de que el arte merece esa clase de sacrificios. El final resulta patético e inverosímil: la bailarina protagonista, indecisa entre su profesión y el amor, se tira al tren. Pero incluso este final pasado de rosca resulta extrañamente apropiado: la pesadilla se derrumba como un castillo de naipes. Le sientan bien a la película, por otra parte, sus anticuados efectos fotográficos, más propios del cine primitivo (Méliès) que del sofisticado cine de posguerra: unas olas rompen contra el escenario de un teatro, un papel movido por el viento se materializa en bailarín… Los decorados tienen un sorprendente toque daliniano. Y el espectador se queda preguntándose si toda esta maldad, moral y estética, estaba en la mente de Powell y Pressburger o son un añadido del despiadado devenir de los tiempos. Vemos maldad donde no la había porque nos hemos vuelto malvados.

J.M.B.A.

No hay comentarios: