martes, febrero 28, 2006

PÁJAROS













Fuera de las granjas y los cotos de caza, las relaciones entre hombres y pájaros parecen regirse por un benevolente pacto de no agresión: nos ignoramos, pero compartimos un mismo espacio y nos observamos con una cierta curiosidad mutua. No sé qué pensarán los pájaros de nosotros. Al parecer, los polluelos que se crían en cautividad, sin haber conocido a sus madres, suelen “improntarse” de sus cuidadores; es decir, acaban creyéndose como ellos, y atacan a otras personas por juzgarlas competidores o rivales. Lo que no deja de ser, por otra parte, un error bastante humano: creer ser quien no se es, exigir un trato no merecido ni apropiado. Más allá de ese mal de muchos, no veo que los pájaros nos hagan demasiado caso. Picotean nuestros desperdicios, nos dan la serenata en las mañanas de primavera, ponen una nota de alarma en los atardeceres, nos distraen la vista y la imaginación cuando se alinean para cruzar el firmamento hacia otros climas.

Nosotros les pagamos con la misma moneda: la indiferencia. Poco a poco, no obstante, hemos ido refinando nuestros instintos primarios hacia ellos. Ya empiezan a parecernos repugnantes las fritangas de pájaros con que se regalaban nuestros padres, y sólo la miseria nos permite disculpar las historias que todavía circulan de gente que cazaba palomas para echarlas al caldo. Algo más civilizados, quizá, y mucho mejor alimentados, toleramos la presencia de las aves en nuestras ciudades porque aportan una nota de arrebatadora incongruencia a nuestro medio. El gorrión que ronda nuestros pies dando saltitos, la gaviota que dedica la mañana a adornar con su presencia la caperuza de una farola, son testimonios de vidas regidas por urgencias distintas a las nuestras, de otras maneras de percibir la realidad. Y si escarbamos un poco en nuestra sensibilidad encallecida, terminamos por reconocer que nos son simpáticos.

Tales son las condiciones que rigen nuestra más o menos forzada convivencia. Y nada más inquietante que pensar que esas condiciones pudieran cambiar de pronto, y que la cómica presencia del gorrión o la arrastrada humildad gregaria de las palomas pudieran convertirse en amenazas. Con ese miedo jugaba Los pájaros, una de las películas más inquietantes (y más antipáticas, en fin) de Alfred Hitchcock. En ella, recordarán, los propios periquitos de las jaulas se volvían agresivos hacia sus dueños, y las gaviotas acechaban a los niños a la puerta del colegio, para atacarlos.

El temor a que la gripe aviaria que acaba de llegar a Europa acabe por contagiar a los humanos amenaza también, a su modo, con romper ese pacto tácito. Miramos con aprensión a cualquier pájaro muerto de frío sobre el pavimento, evitamos comer pollo o huevos. Y es como si los “improntados” fuésemos ahora nosotros, al reconocernos en la única verdad, el único hecho incontrovertible que iguala a todas las especies.


JOSÉ MANUEL BENÍTEZ ARIZA
Publicado en Diario de Cádiz, martes 28 de febrero de 2006

1 comentario:

Listo Entertainment dijo...

Hitchcock era un visionario de tres pares de cajones: http://lacinefilia.blogspot.com/2006/02/los-pjaros.html