jueves, febrero 16, 2006

SARGENTO YORK


En todas las reseñas de Sargento York (Howard Hawks, 1941) se destaca el carácter pacifista de su protagonista, interpretado por Gary Cooper. Y lo cierto es que, en cuanto se deja margen al olvido, que tanto hace por redondear el recuerdo que tenemos de las películas que hemos visto, Sargento York se decanta hacia el razonado pacifismo de su primera parte: el de un hombre de mente simple que, asustado de sus propias inclinaciones violentas, decide aferrrse sin ambages a la fe sencilla, de fundamento bíblico, que le ha enseñado el predicador local. Eso es lo que recordamos de la película, su mensaje esencial.

Las exigencias del guión, en cambio, retuercen ese sencillo planteamiento y nos muestran cómo el pacifista Alvin York, que incluso ha intentado ser eximido del servicio militar y es mirado por ello con recelo por sus superiores, pronto toma conciencia de los valores que defiende su país en la guerra inminente y se convierte en un héroe. Lástima que esa heroicidad se muestre de un modo un tanto burdo: Alvin mata a los alemanes del mismo modo que solía matar a los pavos en los concursos de tiro: haciéndoles gorgoritos para que asomen la cabeza. El mensaje es claro, e incluso puede que fuera oportuno en una época en la que el país entero se refugiaba en un pacifismo oportunista y aislacionista, dando la espalda al gran conflicto que se dirimía en el resto del mundo. Pero hoy día, olvidada la oportunidad política de ese mensaje, el gesto se nos tuerce al comprender lo que queda en pie del mismo: el poder nos quiere pacíficos mientras no tiene enemigos contra los que encauzar nuestra natural tendencia a la violencia. ¿Y qué podemos hacer, mientras tanto, con todas esas energías contenidas? Deslomarnos a trabajar, como hace el pobre York para poder comprar una misérima parcela de tierra. La grandeza de la película, quizá, está en su manera desprejuiciada de lidiar con ese mensaje cínico. Moral de hombres, como la que destila todo el cine de Hawks.

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