viernes, marzo 17, 2006

CADÁVERES QUE ARRASTRAN SU CADÁVER

Apenas cuatro años después de que Dámaso Alonso escribiese aquello de “Madrid es una ciudad de más de un millón de cadáveres (según las últimas estadísticas)”, el vallisoletano Darío Fernández Flórez apostillaba y matizaba tan contundente afirmación: Madrid, de noche, no se parecía entonces a nada de lo que yo viera por Andalucía y Levante. Parejas encandiladas, grupos de hombres sin rumbo, al acecho de lo que salga, si sale barato, mujeres de la vida, recelosas y rápidas, bramando una bronca carantoña que no confunde a nadie, y ese paseante solitario que da una vueltecita sin prisa después de cenar en su modesta pensión… Y luego: ¿Ves a Guillermo en la barra? Hace veinte años que se peina así. ¿Ves a Tontolín que entra? Pues hace cuarenta años que entra así siempre que entra en alguna parte. ¿Ves al duque que mira? Pues hace muchos años que mira así. ¿Ves a la Almenit que sonríe? Pues trata de sonreír como sonreía hace quince años. Son cadáveres que arrastran su cadáver.

Los zombies de Darío Fernández Flórez, a diferencia de los del poeta, tienen nombres y apellidos. Estamos en 1949. La novela de la que he entresacado esos párrafos es Lola, espejo oscuro. Un auténtico best-seller, que se mantuvo en el candelero durante décadas, y hoy resulta fácil de encontrar en cualquier librería de viejo. En los manuales se le perdona la vida sumariamente: es una novela moralista, dicen, edulcorada, aderezada con un cierto erotismo.

A mí me habló de ella un amigo bien informado, que me dijo que incluía buenas descripciones de ciertos ambientes madrileños de la época. La he leído con pocas ilusiones. Y, la verdad, las ha satisfecho con creces. Su autor, cuando quiere, sabe ofrecer buenos retazos de narración pura: por ejemplo, el casi cuento en el que nos narra una excursión en automóvil que acaba en un inesperado tiroteo, nada menos que con la Guardia Civil. O el trozo, también bastante autosuficiente, en el que se describe un asfixiante sarao de putas y hombres de negocios, que acaba con la muerte de uno de ellos, en una cierta atmósfera irracional propia del “teatro del absurdo”. También es meritorio el intento de revitalizar el viejo molde picaresco, sin caer en el pastiche. Y son significativos los clamorosos silencios del autor sobre ciertos aspectos de la vida sociopolítica española de la época.

¿Quién se acuerda hoy de Darío Fernández Flórez? Sin embargo, fue un autor ambicioso, que gozó de fama y prestigio. Hoy sus libros se compran por uno o dos euros en los baratillos. De eso también podemos aprender algo.

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