martes, marzo 21, 2006

CENTENARIOS

Cumplió Francisco Ayala los cien años y le hicieron los debidos homenajes. Políticos, intelectuales, periodistas, compartieron con el anciano ilustre unos instantes de gloria oficial. La edad no ha mermado, al parecer, la lucidez del escritor. Celebrar el propio centenario, ha dicho, no tiene mérito: es sólo cuestión de tiempo. Tampoco se engaña en cuanto al significado de estos actos: en medio de las sonrisas cariacontecidas de los congregados en su honor, ha declarado que no se le escapa que esto es el final, que la vida humana tiene una duración limitada, y que estos homenajes tienen un cierto aire de despedida.

No ha ido más allá, quizá, por deferencia a los patrocinadores de estos honores casi póstumos. A otros escritores en trance parecido les he oído comentar que no se les ocultaba lo que de apresurado u oportunista había en esos reconocimientos tardíos, celebrados en abierta competencia con la marcha implacable de alguna enfermedad o el deterioro que trae consigo la edad. Ayala, ya digo, tendría derecho incluso a ser más cáustico: si hubiese muerto con noventa y cinco años, pongamos por caso, posiblemente ninguno de estos reconocimientos hubiera llegado a materializarse, no se hubieran hecho las correspondientes y casi obligadas ediciones conmemorativas, y la corta memoria de periodistas y escritores no hubiera dado más que para algún que otro artículo necrológico.

Por lo que cabe pensar, en fin, que lo que ha motivado estos actos no es tanto la valía del homenajeado, o la exigencia de reconocimiento aparejada a su larga y productiva existencia, como el hecho anecdótico de que su edad se exprese ya con un dígito acompañado de dos ceros. Ya se sabe que no todo el mundo cumple cien años. O quizá lo que nos llama la atención, esta vez, sea que quien los ha alcanzado no sea un impasible indio aymara, o una venerable abuela balcánica alimentada de queso de cabra y verduras de su huerta, o un lama tibetano, sino un intelectual viajado y cosmopolita, baqueteado por la Historia, y que ha comido muchos menús de bar de facultad y respirado ese ambiente insalubre que se respira en las antesalas del poder académico y en los mentideros literarios.

Por lo demás, hace cierta gracia ver los esfuerzos de muchas voces públicas por justificar lo que no necesita justificación ninguna. La valía de Ayala es incuestionable; no así las pretensiones de presentarlo como un autor accesible o popular. En su novelería, algunas instituciones han llegado a convocar concursos escolares sobre la figura de este escritor. Y no: hay escritores que nunca consiguen sustraerse a su designio minoritario; que crean una obra intelectualizada, fría, inasequible a las masas. Eso no les resta mérito. Pero sí deja en evidencia a quienes intentan forzar, a costa de ellos, una popularidad impostada, que sólo dura lo que los actos conmemorativos.
José Manuel Benítez Ariza
Publicado hoy en Diario de Cádiz

No hay comentarios: