sábado, marzo 11, 2006

EL PRESENTE PURO

Horas antes de morir, la vieja señaló con un gesto a su compañera de habitación y susurró al oído de su nieta: “Esa tenía una casa de trato en la calle Posadilla”. La nieta sonrió. Los demás movimos la cabeza. “Cosas de la abuela”, dijimos o pensamos.

Sin embargo, conforme pasa el tiempo y va uno viendo en qué se han convertido sus coetáneos, en qué se ha convertido él mismo, pienso que el momentáneo vislumbre rememorativo de la vieja no era tan disparatado como parecía. Cada época tiene sus fantasmas. Los de ella, fantasmas de sordidez y miseria (desde nuestro punto de vista, claro: para ella, al fin y la cabo, aquello fue su juventud). Los míos, no sé. Si alcanzo su edad, posiblemente mis nietos menearán la cabeza cuando afirme, después de señalar con un gesto a mi compañero de habitación: “¿Ése? Ése fue cabecilla de la Joven Guardia Roja”; o: “Ése era punkie y lucía una cresta de cherokee teñida de verde”; o: “Ése distribuía coca en los saraos oficiales de finales de los ochenta”. Salvo los que tienen un pasado muy público y notorio, los ancianos suelen ser inmunes a estas notas de color añadidas al presente. Ellos, mis hipotéticos nietos, no verán, tras mi gesto, más que a un carcamal que proyecta sus recuerdos confusos en otro. Ninguno de los dos fue nadie, ninguno será nada en cuanto se cumpla el trance inevitable. Es la indefinición del presente puro, ése en el que viven los niños y los viejos.

Y menearán la cabeza (ellos, mis nietos) pensando: “Cosas del abuelo”.

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