miércoles, marzo 15, 2006

JAÉN, PUERTO DE MAR

¿Será nación? ¿Será región? ¿Será “nacionalidad histórica? ¿Será sólo un conjunto de territorios unidos por la geografía y las necesidades administrativas? Los políticos andaluces andan haciéndose estos días esta clase de preguntas respecto al territorio que gobiernan. No sé si son pertinentes o no, y si nos jugamos algo importante al arriesgar una respuesta u otra. Lo que sí tengo claro es que, a ojos de cualquier observador, el espectáculo revela no pocas inseguridades y algún que otro complejo. Nada que objetar, por otra parte: entre las personas que admiro y respeto, abundan las que no saben donde tienen los pies y las que dudan constantemente de su valía, de sus merecimientos e incluso de su identidad. Así que no hay desdoro en que las cabezas pensantes de la región (o nación, o nacionalidad, o lo que sea) se planteen ahora tales dudas. Ante esta clase de cuestiones me declaro antinominalista: las cosas son lo que son, más allá de su nombre. En eso estoy de acuerdo con Julieta, la protagonista del conocido drama shakespeariano: Romeo seguiría siendo el que es, con todas sus gracias y dones, aunque no se llamara Romeo.

Por otra parte, esto de las denominaciones administrativas tiene su gracia. En el siglo dieciocho, las serranías de Jaén fueron declaradas “provincia marítima” y puestas bajo la autoridad de un almirante. Naturalmente, que sepamos, el Atlántico y el Mediterráneo siguieron sin besar las faldas de las sierras de Cazorla o Segura, y esos almirantes de secano no llegaron a librar ninguna batalla contra el perro inglés o contra los infieles berberiscos. La cosa, como suele suceder, tenía motivos puramente económicos: lo “marítimo” de aquel inmenso territorio interior era su capacidad para criar los pinos de los que se hacían los barcos, y al gobierno le interesaba tener bien controlada esa materia prima estratégica. Y es que, a veces, esto de las denominaciones de los territorios es como la nieve en los jardines de Medina Azahara: cosa de sembrar almendros y dejar que sus flores blancas satisfagan las ilusiones de quien quiere ver en ellas lo que no son… Aunque, todo hay que decirlo, este año ha nevado de verdad en Córdoba: lo que se hubiese ahorrado el califa omeya si este acontecimiento inusitado hubiese sucedido antes de que él ordenase plantar los susodichos jardines.

También hay quien alega que, dependiendo de la denominación, nos corresponderá más o menos poder. En otros territorios, esos poderes arrebatados al estado han servido para coaccionar a la prensa, extender el clientelismo o imponer una antipática vigilancia sobre la pureza de los sentimientos “nacionales” de los ciudadanos. Quizá seamos más libres cuanto menos poder tengan quienes nos gobiernan. Claro que desear que los políticos se resignen a eso es como desear que nieve en Córdoba todos los años, o que Jaén tenga puerto de mar.


José Manuel Benítez Ariza
Publicado ayer en Diario de Cádiz

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