viernes, marzo 03, 2006

REBECCA / LUZ DE GAS













Lo más llamativo, quizá, de películas tan intensamente morbosas como Rebecca, de Hitchcock, o Luz que agoniza (Gaslight), de Cukor, es el modo que tienen de hacer al espectador cómplice de una inmoralidad (o, por lo menos, de una incorrección). ¿Alguien se cree, de verdad, que De Winter no haya matado a Rebecca? La explicación finalmente aceptada es increíble: la casquivana Rebecca, a la que habían diagnosticado un cáncer, quiere inducir a su marido a matarla, y para ello le hace creer que está embarazada de otro. Pero éste se limita a zarandearla, y es ella la que cae de espaldas y se golpea la cabeza. De Winter se limitará a agujerear el casco del barco en el que ha tenido lugar la discusión, para que el mar haga desaparecer el cadáver… ¿Habrá tribunal que se trague esta trola? Sí: las fuerzas vivas del lugar –el juez, la clase media, la gente de orden– cierra filas a favor del aristócrata y es unánime a la hora de mostrar su desprecio hacia el único acusador, un arribista sin escrúpulos… Lo curioso es que nosotros, que no participamos del asfixiante universo clasista del pueblo de De Winter, seamos simpatizantes y cómplices de esta conjura biempensante por salvar a uno de los suyos. Hitchcock todavía debe de andar riéndose de nosotros (del público, en general, incluyendo la democrática sociedad estadounidense) por tragarnos esta enorme bola, tan inteligentemente urdida por este gran misántropo.



Más sutil es lo que se cuece en Luz que agoniza. Lo que ocurre en el hogar que comparten Charles Boyer e Ingrid Bergman es morboso: una exacerbación de la típica situación de pareja en la que la parte dominante (Boyer, en este caso) intenta anular y destruir la personalidad de la otra. Lo chocante, aquí, es cómo desde un primer momento hay una especie de conjura de fuerzas externas (un policía de Scotland Yard, una vieja curiosa, etc.) empeñadas en quebrantar la intimidad ajena y desvelar sus misterios. Toda casa los tiene, y quedaríamos muy desamparados si permitiésemos la clase de interferencias que los “buenos” de la película de Cukor se empeñan en llevar a cabo.

9 comentarios:

RM dijo...

Sin embargo en la novela él si ha matado a Rebecca, ¿no?

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Exactamente. Fue el código Hays lo que obligó a Hitchcock a buscar una explicación distinta; que, pese a todo, no borra las apabullantes evidencias que acusan a De Winter. Pero lo llamativo, ya digo, es que todos simpaticemos desde el primer momento con esa conjura biempensante a favor del aristócrata asesino.

JLP dijo...

Excelente el artículo de Titor.
Cambiando de tema, ¿por qué "Los pájaros" es antipática?

José Manuel Benítez Ariza dijo...

La antipatía es inexplicable, como cualquier otro sentimiento puramente subjetivo. Por otra parte, como todo en Hitchcock, creo que es inducida, y muy conscientemente: la fotografía pálida, casi quemada, la insustancialidad de los personajes (ese calzonazos dominado por la madre, esa desocupada metomentodo, justamente repudiada por los vecinos del pueblecito costero...). Quizá Hitchcock ha dado rienda sutilmente a su misantropía, la ha convertido en una bandada de atroces pájaros vengadores.

JLP dijo...

Pues creo que eso (que yo llamaría incomodidad) es justamente lo que Hitchcock pretendía. Creo que la madre de "Los pájaros" es mucho más aterradora que la de "Psicósis". Y aquella una película mucho más "enferma" que esta.
A mí hay algo que me parece fundamental en "Los pájaros", porque recalca la posterior anomalía y todo lo enfermizo de las relaciones entre ellos: me refiero a la cotidianidad de la primera parte, la intendencia de la acción.
Me explico. Cualquier otro hubiera usado la elípsis para contar el encuentro en Bodega Bay. Pero A.H. nos hace asistir a todo el proceso: cómo ella busca su dirección, el vecino que la encamina al pueblo, la llegada, el engorro de buscar la casa, de alquilar la barca... Los detalles realistas son muy prolijos. Me parece que es la película de A.H. más morosa en ese sentido. En ese contexto de normalidad, lo que hacen los pájaros es mucho más terrible. Pero también lo que sienten los seres humanos, esas pequeñas monstruosidades domésticas, inocentes pero enfermizas: los celos, la inseguridad, los prejuicios...
Y sí, la película es moralista y cruel: el cruel castigo de la maestra enamorada, por ejemplo.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

El talento de Hitchcock parece dividido entre esa capacidad de observación que dices y su inclinación a lo visionario o, simplemente, a lo fantasioso. Yo prefiero sus películas realistas "puras" (La ventana indiscreta, La sombra de una duda, Una muchacha de Londres). Dicen sus estudiosos que la censura y las limitaciones de producción le ahorraron no pocas extravagancias (por ejemplo, rematar Rebecca con una enorme R formada por llamas). El problema de Los pájaros (que no es tal problema, porque la película está bien como está) es que presenta una superposición algo brusca entre la observación realista y la fantasía visionaria. Nuestra economía imaginativa nos fuerza a acomodar lo de los pájaros en una alegoría. Y la alegoría es siempre peligrosa. Quizá ahí estribe la razón de esa "antipatía" que decía antes.

Dorita dijo...

No creo que seamos tan ajenos a esa "sociedad clasista y arribista" que retrata Don Alfredo. Por otra parte, a mí siempre me ha parecido que en "Rebecca" triunfa el derecho de los buenos a ser felices. Y si para eso hay que matar a la bicha, se mata.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Habría que ponerse en el lugar de la bicha, claro.

Dorita dijo...

No ha lugar