martes, marzo 07, 2006

VIOLENCIA

Se ha hablado algo estos días de la violencia ejercida por menores. La violencia es una, y no admite divisiones ni atenuantes. Sin embargo, podemos decir que hay, o que ha habido, dos maneras de percibirla. Hasta no hace mucho, la respuesta habitual de un padre cuando un hijo le decía que era molestado por otros chicos era: “Defiéndete”. Se creía que una simple pelea entre chiquillos no presentaba mayores riesgos y obedecía a unas reglas que limitaban sus consecuencias. Lo veíamos en las películas: los hombres se pegaban y, después de sacudirse el polvo, quedaban tan amigos. Luego el modelo cambió, en el cine y en la vida. Ahora cualquier enfrentamiento desencadena en los enfrentados (o, al menos, en el agresor) un afán destructor sin límites. Ya no basta con derribar al contrario: hay que machacarlo, que partirle la cabeza, que matarlo. No hay reglas, no hay un código tácitamente compartido por los contendientes. Algún prestigioso sociólogo lo ha explicado de este modo: al excluir de nuestra sociedad la violencia ritualizada, hemos perdido la única opción de control que teníamos sobre la agresividad primaria del ser humano.

Otra consecuencia de este fenómeno es la fascinación que la violencia pura ejerce incluso sobre quienes no la ejercen directamente. La moda de grabar y difundir peleas, palizas, agresiones a animales, etc. responde a esa fascinación. La idea de que un chico aparentemente pacífico pueda llevar grabada en su teléfono móvil una escena de esta clase, para regodearse con ella o, simplemente, para presumir de “tenerla”, de atesorar ese testimonio contra su propia integridad moral, resulta espeluznante, como lo es la pasividad bovina con la que, a veces, centenares de chavales (y algún que otro adulto, todo hay que decirlo) presencian una pelea o una agresión públicas. Ninguno da un paso al frente para defender al agredido o para impedir el enfrentamiento. Y pocos serán los que, llegado el caso, se atrevan a denunciar el hecho o testimoniar ante la policía. Parece como si generaciones enteras hubieran interiorizado –en sus casas, en la calle, en las escuelas– el siniestro código de la omertá mafiosa: nada hay peor que un chivato.

Lo que se traduce en el mayor acicate con que puede contar esta clase de conductas: la impunidad. Se ha desarrollado, entre los jóvenes y entre quienes no lo son tanto, la idea de que nadie es responsable de sus acciones. Si uno no estudia, no es porque sea un vago redomado: es porque no lo estimulan adecuadamente sus profesores. Si uno es un malvado, la culpa es de la sociedad. Si uno posee el mal instinto de disfrutar causando daño a los demás, es porque no ha aprendido a resolver sus conflictos de otra manera. Costará años invertir esta tendencia. Si es que no se agrava, en una sociedad donde las oportunidades y pretextos para la violencia son cada vez más numerosos.

José Manuel Benítez Ariza
Publicado hoy en Diario de Cádiz

4 comentarios:

JLP dijo...

APUNTE BIOGRÁFICO

Like dogs to bark at my world
Stephen Spender

Pero también a mí me partieron la cara
en más de una ocasión. En aquel tiempo
temía –como Spender– a los chicos del barrio,
matones con jerseis de Benasque y playeras
que odiaban a las madres y a los niños con gafas.

El miedo, pienso ahora,
es una presa fácil. No se explica
de otro modo la astucia, aquella maña
que se daban para atraparme siempre,
aunque volviera por otro camino
de la escuela o bajase a comprar el pan
a donde era más caro pero estaba más cerca.

Eran hábiles con el cigarrillo,
conocían las zonas donde la quemadura
podía doler más. Algunas veces
les bastaba el insulto desde lejos.
En los días de fiesta eran más peligrosos
porque tenían tiempo de sobra por delante
y el escenario idóneo de una calle aburrida.

Y lo que más lamento ya no son los cuadernos
de dibujo manchados de tinta o los tebeos
que un día me quitaron, sino el otro
expolio de mi infancia ignorante y feliz,
la fe ciega en un orden de las cosas,
la armonía del mundo que, prematuramente,
hicieron mil pedazos en medio de la calle.

Y sobre todo el odio, el rencor insensato
de tantos años hacia los adultos:
Pasaban en silencio, sin mirarnos.
Siempre llegaban tarde a impedir las peleas.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Conocía este poema y el de Spender, ambos magníficos. La clave del fenómeno está muy bien expresada en los versos de la cuarta estrofa, la idea de que haber sufrido esta clase de violencia te priva de la fe elemental en un mínimo "orden de cosas". Y,por supuesto, les quita toda credibilidad a los adultos. En esa tesitura estamos.

JLP dijo...

Hay algo de lo que hablas en tu artículo que a mí también me preocupa. Esos atenuantes que el estamento médico distribuye a manos llenas y que sirven a todo el mundo para lavarse las manos, para no afrontar sus propias acciones. El que se juega la casa al bingo no es un vicioso como siempre había ocurrido sino un ludópata, etc. Me preocupa por lo que tiene de amenaza a nuestra libertad personal. Renunciamos a ella (a nuestras decisiones, al riesgo de equivocarnos) a cambio de coartadas exculpadoras, dictadas por los mismos que nos dicen cómo tenemos que vivir. Hoy ya nadie es responsable de nada. ¿Dónde ha quedado el libre albedrío?

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Hay tanto que decir de esta cuestión. No es la primera vez que aludo a ella en algún artículo. Y, ya que este espacio parece soportarlo todo con infinita paciencia (la misma que quienes lo visitan), me permito colocar aquí un viejo artículo que publiqué en Diario de Cádiz hace dos años:

LIBERTAD DE DECISIÓN

Quiero pensar que, si somos capaces de leer con indiferencia la sarta de horrores que publican diariamente los periódicos, es porque tenemos la certeza de que muchos pertenecen al orden estadístico de lo azaroso y lo excepcional. No pasa una semana –razonamos- sin que se estrelle un avión, descarrile un tren o se hunda un barco; sin embargo, podemos seguir viajando en aviones, trenes o barcos, en la seguridad de que lo normal es que lleguen sin problemas a su destino... Supongo que esta clase de pensamientos tranquilizadores son los que hacen que la vida continúe su curso confiado, y que la gente siga viajando, pongo por caso, a la República Dominicana, donde se vive igual de mal que en Haití, sin pensar que pueda estallarles en las narices una revuelta popular como la que ahora mismo desbarata Haití, y haya que mandar a las Fuerzas Aéreas a rescatarlos.

Distinto es cuando las desgracias obedecen a mentalidades que sabemos inveteradas y difíciles de cambiar: nos volvemos entonces pesimistas y sacamos conclusiones más bien sombrías. Sucede, por ejemplo, cuando leemos que centenares de personas han muerto arrolladas por una multitud enloquecida... O cuando, en fin, nos llegan historias como la de la mujer italiana que ha preferido dejarse morir antes de permitir que le amputasen un pie gangrenado, lo que ha despertado cierta controversia entre los médicos y un alud de cínicas defensas de la libertad de decisión por parte de juristas y políticos.

Resulta comprensible que una persona sea incapaz de afrontar la perspectiva de una vida con limitaciones. Tampoco parece fácil de asumir, pongamos, una existencia dependiente de una medicación engorrosa, o de una máquina, como es el caso de muchos enfermos del riñón, o la mera idea de seguir viviendo tras la pérdida de un ser querido. Sin embargo, estamos rodeados de personas que sobreviven en esas circunstancias y siguen más o menos enganchados a esta rueda desigual y un tanto absurda que constituye la única realidad que conocemos. Piensa uno, por tanto, que la mujer que se ha dejado morir antes de permitir que le amputen el pie no estaba en situación de decidir nada: simplemente, le horrorizaba la perspectiva de una vida más difícil, y hubiera necesitado tiempo y ayuda para llegar a apreciar una supervivencia alcanzada a costa de asumir limitaciones. Pero ha prevalecido su libertad de decisión, amparada por los tribunales. Se ha respetado su derecho a no asumir las extrañas disyuntivas que plantea la realidad. Ha sido tratada, en definitiva, como una menor de edad a la que se le secunda una rabieta. Y lo que nos impresiona, decíamos, no es sólo la desgracia individual, sino lo que revela de nuestra mentalidad de niños consentidos, débiles, incapaces de asumir responsabilidades y siempre prestos a exigirlas. Y lo más preocupante de todo: la sospechosa predisposición de los políticos a tutelar ese comportamiento caprichoso. Tal vez porque les resulta más cómodo gobernar un cuerpo social con mentalidad de adolescente anoréxica, a quien se le administran chucherías y fármacos, en vez de esos otros alimentos ásperos, y a veces amargos, que sólo soporta el paladar de los adultos.