miércoles, abril 26, 2006

ESPLENDOR EN LA HIERBA

Decía Josep Pla que una plaza no es más que la superficie despejada que se extiende delante de un edificio singular. El simple vacío, la mera ausencia de edificios no constituyen una plaza. Era su modo de decir que no le gustaban los espacios despejados que los arquitectos habían dejado en el nuevo Ensanche barcelonés, meros huecos sin ocupar en una monótona cuadrícula.

La idea de la plaza como vacío, sin embargo, parece contar con muchos adeptos entre los responsables municipales. Cada vez se construyen más plazas que no son sino la tapadera de un aparcamiento subterráneo. Sobre la superficie florecen extrañas estructuras: garitas en las que desembocan escaleras, barandas que delimitan rampas, postes tubulares que, a falta de árboles que den sombra, sostienen las techumbres de rejilla bajo las que se refugian las mamás con niños y los ancianos que dan de comer a las palomas. Las palomas, ya se sabe, se adaptan a todo. Los niños también: aquí y allá los ve uno retrepados a las enormes piedras cuadradas cuya función, al parecer, es servir de asiento a los transeúntes. Otros se encaraman a los tubos, alguno zarandea una papelera. A otras horas, supongo, el panorama debe de ser aún más desolador, a juzgar por los restos de botellas rotas que se ven en los rincones y los graffitis salvajes que cubren los postes y las paredes de las garitas.

En algunas de estas plazas los arquitectos han hecho poner retazos de césped. La endeblez, la ausencia de propósito del césped de las plazas españolas es, quizá, el símbolo más elocuente de nuestra falta de sentido comunitario. No sabemos para qué sirve el césped. Ni siquiera lo saben quienes lo han plantado, que muchas veces no se aclaran sobre si se permite o no pisarlo. Cuando no, los macizos se vuelven tupidos como el pelaje de un búfalo y su mera exuberancia se nos hace sospechosa, como si escondiese toda clase de inmundicias. “Niño, no te acerques al césped”, escucha uno gritar a las madres, como si se hicieran eco de las advertencias de Ovidio cuando decía a sus pastores enamorados que la hierba ocultaba una serpiente. Otras veces, en cambio, el césped permanece franco al paso humano. Aquí y allá le crecen unas calvas enormes, como llagas, que al ablandarse con la lluvia dan lugar a ulceraciones infectas.

Tal era el panorama, en fin, que pude observar el otro día mientras leía el diario en un banco de una plaza. A uno de esos rectángulos de uso indefinido, que unos pisan y otros no, llegaron tres muchachas extranjeras. Ni cortas ni perezosas, se sentaron en lo verde. Se soltaron algún que otro botón, se remangaron, descubrieron las piernas. Y se pusieron a devorar unos bocadillos enormes. La gente las miraba, divertidos unos, otros vagamente indignados. La hierba había encontrado su razón de ser. Lo verde prefigura siempre un paraíso. Incluso en medio de una plaza desolada.

Publicado ayer en Diario de Cádiz

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