sábado, abril 29, 2006

JAZZ

Un rasgo de humor poco frecuen- te en los músicos de jazz (tan estira- dos casi siempre, tan conscientes de sí mismos): uno de ellos, en pleno concierto, toma de su panoplia de instrumentos un guitarrillo de plástico, de ésos que venden en los todo a cien, y se marca un ritmillo insistente y gracioso, al que inmediatamente se suma el resto de la banda. Una inconsecuente voz infantil, en medio de un coro de vozarrones adultos. Aplausos del respetable.

Lo que me lleva, no sé por qué, a una escena de hace semanas. Sobremesa de una comida con sociólogos, en un restaurante. Alguien saca a colación la Escuela de Frankfurt. No, no se le corta a nadie la digestión. El filosofar al hilo de los detalles de la vida cotidiana. La moda, el callejeo (Benjamin), la cultura de masas (Adorno)... Menciono el desprecio que éste sentía por el jazz, precisamente. "No me explico -creo recordar que acababa uno de los artículos de Prismas- cómo miles de personas se dejan llevar por un ritmo tan monótono". Un escritor coetáneo nuestro, Felipe Benítez Reyes, lo dijo de otra manera: "Muchos músicos de jazz son como los malos toreros: nunca saben cómo rematar una faena".

Sí, yo tampoco me explico la fascinación que ejerce sobre nosotros ese jugar con la melodía hasta deformarla irremediablemente, sin que deje de ser ella. El viejo conflicto, al que también aludió Adorno, entre ritmo y melodía. Entre temple y hechos, diríamos. Lo que somos.

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