martes, abril 04, 2006

POR AMOR

El treinta por ciento de los europeos que cambian de país de residencia dentro de la UE, leo, lo hacen por amor. Ni los sociólogos, en fin –y supongo que alguno habrá detrás de esta encuesta–, se libran de ser cursis. El titular, con todo, resulta ambiguo. Al amor y a sus secuelas podíamos atribuir la precipitada huida de más de un joven campesino español a las heladas ciudades del norte de Europa, huyendo de una novia absorbente, un hijo no deseado y una forzosa dedicación a la agricultura. Al amor insatisfecho podían afiliarse los muchos solitarios que cruzaban las fronteras pirenaicas para ver películas prohibidas. A la utopía amorosa y al sueño de la promiscuidad, en fin, se debieron no pocas estancias en Londres, en Estocolmo, en Amsterdam, al amparo de los más variados pretextos artísticos o académicos.

Pero no. El trasterrado moderno cambia de residencia, nos dicen, para vivir con su pareja. Con lo que los motivos amorosos y económicos se solapan. Para un millonario luxemburgués, pongo por caso –y no sé por qué se me ocurre que en Luxemburgo debe de haber muchos millonarios–, no sería mayor problema viajar en avión todos los fines de semana para ver a su novia. Sin embargo, lo que adivinamos detrás del dato que comentamos es una realidad muy distinta. A efectos estadísticos, una pareja no es más que una unidad económica: viven juntos, comen juntos, pagan sus gastos en común. Así que, detrás de este éxodo de enamorados, podemos intuir razones que van más allá del simple arrebato amoroso: ingenieros alemanes que se instalan en el pueblecito de su novia italiana o portuguesa porque allí las casas son baratas y es rentable poner un negocio de placas solares; o universitarias británicas que descubren la posibilidad de enseñar la muy demandada lengua del imperio en el pueblo del contratista español del que se han enamorado durante un fin de semana en Benalmádena.

Y es que con el amor pasa lo que con casi todos los sentimientos elevados: a poco que indaguemos en él, se nos acaba la literatura. No es que los europeos hayamos dejado de sentir el viejo impulso que mueve al hombre desde el origen de los tiempos; no es que no seamos capaces de cambiar el páramo leonés, pongamos, por los cielos de Berlín, si median los ojos grises y melancólicos de una punkie alemana… Pero amor, amor del que inspira las grandes tragedias y los poemas sublimes, es más bien lo que mueve a un campesino de Sierra Leona a atravesar el continente africano y jugarse la vida en las aguas del Estrecho o las Canarias para, una vez en Europa, malvivir en condiciones penosas durante meses o años, con la sola esperanza de, en cuanto le sea posible, mandar a buscar a la familia y ponerla al amparo de una vida normal, con hipotecas y horarios. Como la de esos otros inmigrantes rubios, en fin, tan proclives a la hostelería y a la enseñanza de idiomas.

Publicado hoy en Diario de Cádiz

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