martes, abril 18, 2006

SOBRE UN ANIVERSARIO

Siempre que celebramos un aniversario (especialmente, los que coinciden con una cifra redonda), nos celebramos un poco a nosotros mismos. Celebramos haber vivido lo bastante para ver cómo cumplen años los sucesos que nos tocó presenciar; o celebramos nuestra pretensión de creernos a la altura de lo que otros quisieron hacer en el pasado. Celebramos, quizá, la idea fantasiosa de que somos mejores que quienes nos precedieron, y que esa presunta ventaja nos hace ver claro donde otros dudaron, o atisbar el acierto donde otros fracasaron… Porque en casi todos los aniversarios, no lo olvidemos, lo que se celebra es una pérdida, algo que no pudo ser, o que no perduró, o que se anunció con las mejores intenciones y no alcanzó los resultados esperados. Conmemoramos, sobre todo, a los muertos, o las cosas que hicieron los muertos. Sabemos que éstos no van a levantar la cabeza para discutirnos nada. Ni siquiera nuestros elogios, que ya les llegan demasiado tarde.

Pienso en estas cosas al hilo del setenta y cinco aniversario de nuestra malhadada Segunda República. Para empezar, ya resulta sospechoso que la celebración sea especialmente sonada cuando el gobierno en el poder se reclama heredero de aquella ocasión histórica, y pase más o menos desapercibida cuando quienes gobiernan no abrigan esa pretensión, o son ajenos a sus resonancias sentimentales. Mala cosa, en fin, que la Historia sea prisionera de la coyuntura política.

Pero peor es, quizá, el que, setenta y cinco años después, la única manera que encontramos de abordar la efeméride sea encuadrarnos en uno de los bandos entonces en liza: los entusiastas del nuevo régimen y los que, ya desde sus comienzos, pugnaron por su extinción. Evidentemente, somos muchos los que pensamos que simpatizar con aquella explosión de entusiasmo popular, expresada de manera democrática, es casi un imperativo de la decencia. Pero eso no debe hacernos olvidar que, felizmente, aquella España ya no es la nuestra (o no debería serlo). Hoy, los partidos no tienen milicias adiestradas por oficiales del ejército o la policía. El pistolerismo político parece condenado definitivamente a la extinción, incluso en el País Vasco. Las tensiones sociales andan medio diluidas en un conformismo más o menos adormecedor, pero también tranquilizador. Estamos hechos de otra pasta. Aquellos hombres de “alma fea”, rostro hirsuto y cejas pobladas que describió Machado, capaces de crímenes horrendos dictados por el resentimiento y los odios atávicos, no parecen ahora más abundantes en la Península que en cualquier otro rincón de la aburrida Europa. Eso hemos ganado.

Lo que no obsta, en fin, para que haya algo que celebrar: la ilusión popular, ya digo, pero también la esperanza de libertad y progreso que creyeron atisbar algunos hombres buenos, como el ya citado Antonio Machado. Tampoco abunda hoy ese temple.

José Manuel Benítez Ariza
Publicado hoy en Diario de Cádiz.

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