jueves, abril 20, 2006

"THIS BOOK WAS WRITTEN..."

El profesor miró la frase que acababa de escribir en la pizarra. No era más absurda que cualquiera de las frases que llenan los libros de texto, especial-
mente los de gramática o lenguas extranjeras. Hasta el cine ha ironizado con esas curiosas insensateces que aprendemos para fijar en nuestra mente las estructuras de un idioma, ya sea el propio o el ajeno. Cosas como “My tailor is rich” (“Mi sastre es rico”) o aquello que repetía la discípula del profesor Higgins en My fair Lady: “La lluvia en Sevilla es una maravilla”.

Comparada con esas frases, la suya hasta resultaba tremendamente cargada de sentido: “This book was written by Mark Twain” (“Esta novela fue escrita por Mark Twain”). Estaba el hombre explicando la mecánica de la voz pasiva en inglés. “Se usa cuando no queremos hacer énfasis en el sujeto de la acción, sino en su resultado”, dijo. De pronto se quedó callado. Tal vez reparó en que a ese autor, al nombre propio que figuraba en su frase, copiada de un libro de texto, debía no pocas alegrías infantiles: Las aventuras de Tom Sawyer, la satisfacción (lograda al poco de unos años de búsqueda y de insistencia) de haber leído las cuatro novelas en las que Tom y su inseparable Huckleberry resuelven no pocos entuertos, encuentran algún que otro tesoro y descubren (y nos hacen descubrir) las delicias de una infancia en libertad en las márgenes del Missisipi… Con ellos había descendido a las profundidades de la cueva Mac Dougal, había navegado en una balsa hasta arribar a la isla de Jackson, había ido de noche a un cementerio a exorcizar las verrugas con ayuda de un ensalmo pronunciado sobre un gato muerto… Todo eso desfiló por su mente al ver el nombre de Mark Twain escrito en la pizarra.

Naturalmente, nada de eso venía a cuento en ese momento. Sus alumnos quizá no apreciasen las sutilezas de la gramática inglesa, pero sí que sabían distinguir a la perfección lo que servía para aprobar y lo que no… La pausa parecía incomodarles. Mi amigo es un hombre tímido. Y, sin embargo…


Sin embargo, se atrevió a hacer un inciso. Cambió el tono de voz (quizá le temblara un poco) y preguntó a sus alumnos si habían leído algo de ese autor, si habían oído hablar de Tom Sawyer y de Huckleberry Finn, si al menos recordaban haberlos visto en alguna película…

Silencio. Se quedó mirando a sus alumnos. Hacía años que les daba clases, los había visto crecer, les había cogido cariño. Eran, se decía, los mejores que había tenido en muchos años. A veces, pese a la seriedad que le gustaba fingir ante ellos, les gastaba bromas o les contaba chascarrillos. Por eso le escoció un poco no poder compartir con ellos lo que le parecía que debía pertenecer, por derecho propio, al patrimonio común de todas las infancias.


En otro momento hubiese buscado un culpable. La televisión, los padres, la enseñanza. Sin embargo, esta vez no le sirvieron esos argumentos: él mismo había descubierto aquellos libros sin ayuda de nadie, simplemente hojeando los lomos de las colecciones juveniles en los estantes de una librería. Tal vez esas colecciones ya no existían. O, quizá, lo que sucedía era algo de un alcance mucho mayor: se había producido algo así como una quiebra en la memoria sentimental compartida por varias generaciones. Naturalmente, toda generación aporta algo a ese fondo común y jubila algo de lo preexistente. Pero ninguna, pensó, había hecho tabla rasa de un modo tan absoluto. A estos chicos sería fácil venderles las bondades de cualquier innovación, sería fácil convencerlos de que vivían en el mejor de los mundos posibles. Los antiguos situaban la utopía en el pasado: la Arcadia feliz, el paraíso, los continentes perdidos a los que debíamos los fundamentos de la civilización. Hoy la utopía no es tanto el futuro, como creen ingenuamente algunos, como el presente absoluto, sin memoria ni historia. El presente del consumidor, del trabajador en precario, del mero espectador, del hombre sin referencias ni datos del pasado…

Los alumnos se impacientaban. Recuperó el hilo de la clase. “This book was written by Mark Twain”. Añadió:

–Por cierto. Los libros que he mencionado están en la biblioteca.

3 comentarios:

loganfugado dijo...

Con permiso: No puedo evitar sentirme más identificado con el profesor. Se ha producido y sigue produciéndose una aniquilación sistemática de un instinto fundamental, la curiosidad.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

A eso me refería cuando decía que al profesor no le había hecho falta nadie para descubrir el mundo de Mark Twain: le había bastado su instinto y su curiosidad. ¿Cómo se aniquila la curiosidad? No sabría improvisar una respuesta: con la creación de una falsa conciencia de satisfacción: somos los mejores, los más sabios, los mejor dotados para juzgar a quienes nos han precedido... Y eso sí tiene culpables fácilmente identificables.

loganfugado dijo...

Se aniquila ofreciendo un mundo artificial que pueda parecer real, un mundo de instantaneidad en el que la cultura no tiene espacio. Y no tiene espacio porque requiere tiempo, formación y reflexión, y todo eso......."es muy peligroso"·