martes, mayo 30, 2006

BEST-SELLERS

Permítanme una confidencia: si alguien hiciera de algún texto mío una crítica tan demoledora como la que Rafael Sánchez Ferlosio hizo el otro día en El País del preámbulo del nuevo estatuto andaluz, creo que dejaría inmediatamente de escribir, de pura vergüenza. Desenmascaraba el ilustre escritor las muchas trampas retóricas del texto, la desgana y falta de convicción con que está escrito, el carácter de relleno de muchas de sus cláusulas. Días después, otra columnista del mismo periódico, Elvira Lindo, se hacía eco de las palabras de Ferlosio y defendía el derecho de éste a la disidencia. No son ellos los únicos que han criticado el actual proceso de reformas estatutarias. Más bien resulta abrumador el número de artículos críticos publicados aquí y allá. Es más: no he leído un solo artículo escrito por alguien ajeno a la política en el que su autor se declare favorablemente impresionado por estas reformas y espere de ellas mejoras sustanciales en la vida de los ciudadanos.

Pese al peso abrumador de las opiniones críticas, no obstante, es seguro que las reformas prosperarán, y que la dócil ciudadanía les dará su asentimiento. De hecho, la única duda estriba en saber qué porcentaje de abstención habrá en los preceptivos referendos. Y ante esta patente discrepancia entre lo que dicen quienes se supone que influyen en la opinión pública y lo que hace esa misma opinión pública, se me plantea la siguiente disyuntiva: o bien a los columnistas no los lee (no nos lee) nadie, o gozan (gozamos) todavía de menos credibilidad que los políticos.

La respuesta me llegó el otro día, mientras veía con mi hija la recién estrenada versión cinematográfica de El código Da Vinci. También esta película, igual que el libro en que se basa, ha sido unánimemente vituperada por los críticos. También aquí la mercadotecnia, el boca a boca, la novelería, el morbo que suscitan los asuntos tratados en la obra y el afán de no ser menos que el vecino han podido más que las opiniones bien fundadas. Y hay incluso quien se alegra: el público, dicen, es soberano y no se deja influir por nadie. ¿Por nadie? El autor, la editorial y la productora callan y se frotan las manos.

Ante ciertos hechos de la actualidad política, en fin, la opinión de un columnista resulta tan inoperante como la de un crítico literario ante la ascensión imparable de un best-seller. Puestos a forzar el paralelismo, se me ocurre una idea. En vez de gastar considerables sumas de dinero público en imprimir y repartir ejemplares de los nuevos estatutos, para convencer a los ciudadanos de que los voten, podría encomendarse su publicación a la misma editorial que ha sacado el superventas de Dan Brown. Y dejar que corra el boca a boca, el morbo y el afán de emulación. Tal vez también se conviertan en best-sellers, les guste o no a Ferlosio y a la acérrima caterva de columnistas críticos.

J.M.B.A.
Publicado hoy en Diario de Cádiz

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