miércoles, mayo 17, 2006

CACHARRERÍA DEL ALMA

A estas alturas, parece claro que detrás del anunciado silencio de C. S. (finalmente no cumplido: su "blog" se ha reanudado) no había razones que no fueran de índole estrictamente personal. Es lógico que los que nos hemos asomado a él estos días estemos intrigados. Lo interesante de esto, en cualquier caso, es la constatación de que, entre la privacidad absoluta y la publicidad exhibicionista, existe un amplio territorio intermedio, al que pertenece esta clase de literatura. Los "blogs", se miren como se miren, son escritura privada, pertenecen a la misma categoría que los diarios, los dietarios, los cuadernos de notas y, si me apuran, los álbumes y carpetas de recortes y los papeles que guardamos por ahí con cualquier apunte: cacharrería del alma. Pero lo específico de ellos es que postulan una especie de pacto tácito con los lectores, a los que se les permite mirar por el ojo de la cerradura, y de los que se espera complicidad y discreción.

No siempre se consigue, claro: ahí están los "hooligans" del asunto (tan necesarios, por otra parte, para que sintamos que en esto nos jugamos también la imagen y la autoestima). Lo de Care, en fin, su pregonado silencio que, finalmente, no fue, puede considerarse una especie de experimento, seguramente doloroso para ella, pero de un enorme interés para los que observamos con curiosidad esta clase de fenómenos: ver hasta qué punto este versallesco intercambio de parabienes en el que a veces se convierten los "blogs" puede suscitar emociones verdaderas y transmitir algún calor humano.

De la respuesta que demos a esta pregunta depende que podamos considerar este medio de expresión como un verdadero género literario com posibilidades. A mí no me cabe la menor duda de que acabará siéndolo.

1 comentario:

JLP dijo...

Creo que el problema para que el blog se convierta en un género literario (lo que presupone unas reglas generales comunes no escritas) es que hay tantos tipos de blogs como bloggers. Quizá ya es un género: el blog, sin más. Y esas reglas generales se limitan a una: el medio.