viernes, mayo 26, 2006

CONFESIONARIO

Otra vez en lo de Chencho. Como siempre, ahogo, caos mitigado por un principio de orden que demuestra lo contraproducente de cualquier iniciativa en ese sentido: los libros de Martín Vigil, de Torcuato Luca de Tena, etc. están cuidadosamente agrupados. "Y los de novela histórica", se ufana Chencho, indicándome un inalcanzable frontal de lomos tristemente multicolores, en el que entreveo los títulos de una decena de best-sellers. La busca da resultado pronto: un hermoso tomo de Obras de Julio Camba, ilustrado por Goñi. El precio, ajustado, aunque más caro de lo que yo esperaba. "Todo sube", dice Chencho. "¡La gasolina, a un euro el litro!". Miro y remiro el ejemplar: le tomo enseguida afecto, y su irradiación me resulta más fuerte que la de los discretos tomos de Papini, García Pavón, Darío Fernández-Flórez, por los que paso la mano como sobre otros tantos viejos perros fieles. Entrañable carne de librería de viejo. Chencho, zorro: "Lo tengo guardado para M., que se pasa por aquí dos veces por semana". Conozco a M., me une a él una larga relación respetuosa y cordial. "Me lo llevo. Al fin y al cabo, Camba es Camba". No sé por qué lo he hecho. Salgo de la tienda con mala conciencia. Una vez en casa, la contemplación detallada del volumen acalla mis dudas: he hecho una buena compra. Pero...

Esto terminará siendo un confesionario, si nadie lo impide.

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