martes, mayo 16, 2006

ESTAMPILLAS

Como no sé nada de economía, ni de inversiones, no acabo de entender lo ocurrido con la presunta estafa de los sellos. Para mí, lo normal cuando se tiene dinero (quien lo tenga) es guardarlo en el banco, hasta que surja la ocasión de gastarlo. Quien tenga habilidades comerciales, que lo invierta en negocios más o menos productivos. Quien no, mejor que se abstenga. Pero lo que me resulta extraño es que haya quien acuda a alguno de los muchos reclamos milagrosos que circulan por ahí, ofreciendo duros a cuatro pesetas. Es como creer que el dinero es un ser vivo, una especie de hongo que se multiplica en según qué condiciones. Y, claro, a ésos les pasa lo que a aquellas personas que criaban chinchillas en el baño: al más mínimo error, los bichos se les escapaban o morían.

Aunque, bien mirado, tampoco eso debería sorprendernos. El dinero no es nada: una abstracción, un número que garantiza determinadas posibilidades de acción por el mero hecho de saberlo ahí, ya sea en el bolsillo, debajo de una losa o en una cuenta corriente. Desde su escondrijo influye mágicamente en nuestras vidas. El ánimo de la gente cambia según pese sobre él la certeza tranquilizadora de tenerlo o la angustiosa sensación de su falta. Podría aducirse que, para la mayoría de los actos cotidianos, su existencia resulta indiferente. Sin embargo, para muchas personas la posesión o no de unos ahorros supone todo un aval sobre sus actitudes: cualquiera puede permitirse el lujo de dejar unos céntimos de propina al pagar el café; pero hay quien los deja como si dispusiese de un tesoro principesco y hay quien los recoge como si, a fuerza de reunir calderilla, pudiera conjurar el miedo a que falte alguna vez. Dickens lo explicó magistralmente: un céntimo de más en el balance supone la prosperidad; uno de menos, la miseria.

Por eso hay quienes recurren a fórmulas más o menos cabalísticas para asegurar la preservación y crecimiento de sus caudales. Son verdaderos actos de fe, a veces avalados por la costumbre, y otras sin más fundamento que la mera credulidad. Ninguna inversión es absolutamente segura: incluso el oro y las propiedades inmobiliarias sufren oscilaciones. Y todas responden a una cierta estructura piramidal: lo mío vale mientras haya otros dispuestos a pagar por ello; pero, en el momento mismo en que esos presuntos compradores escaseen, el valor decae. Surge entonces la sospecha: ¿acaso quien nos endosó ese bien dudoso no sabía ya que éste estaba a punto de devaluarse? Así con las estampillas: la gente las compraba porque se les aseguraba que pronto otros se las quitarían de las manos. De pronto, se corta ese mágico flujo de credulidad, y se descubre que los únicos beneficiarios seguros de la transacción eran los intermediarios. Una estafa, sí. Pero también una cumplida metáfora de cómo funcionan las cosas en nuestra sociedad monetarizada.

J.M.B.A.
Publicado hoy en Diario de Cádiz

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