martes, mayo 23, 2006

IDENTIDADES

El gobierno británico, leo, anda promoviendo una encuesta para definir los iconos en los que sus ciudadanos reconocen su identidad nacional. Tal vez preocupados por el insólito auge de estas cuestiones en el resto de Europa, los ingleses no quieran ser menos. Sin amenazas territoriales, sin nacionalismos periféricos verdaderamente preocupantes y sin que el prestigio de su lengua y su cultura parezca amenazado, los ingleses han optado por reconocerse en un conjunto heterogéneo de hábitos y objetos admirablemente desprovistos de resonancias guerreras o etnicistas. Los ingleses, digámoslo ya, sienten su identidad expresada en la minifalda de Mary Quant, el pacífico críquet, el teatro El Globo, las novelas de Jane Austen y El origen de las especies de Charles Darwin. Donde unos ponen la bandera, ellos ponen el trocito de tela que desde hace unas décadas ondea orgullosamente por encima de las rodillas de las muchachas; mientras otros cierran filas en torno a rancios templos o solares de batallas, ellos humildemente conceden la primacía de los lugares simbólicos al teatro donde estrenaba sus obras William Shakespeare; mientras otros, finalmente, se reafirman en lo que dice algún venerable libro sagrado, ellos reconocen vagamente su afinidad con el mundillo inconsecuente de la Austen, o proclaman su estima por el polémico compendio de dudas que redactó Darwin.

También aquí alguna vez se postularon como símbolos nacionales una larga serie de tópicos, hábitos y objetos más o menos festivos: los toros, el flamenco, el traje de faralaes… Símbolos, por cierto, que algunos desinformados asocian con el franquismo, cuando lo cierto es que su eclosión y su extensión a toda España, a través del cine, tuvo lugar en tiempos de la República.

Hoy día son muy pocos los símbolos de esta clase en los que podamos reconocernos todos los españoles: quizá, la lotería de Navidad, o el fútbol, o la obsesión especulativa e inmobiliaria que nos lleva a dejarnos la vida para tener piso propio… Ante la debilidad de los símbolos nacionales, han resurgido con fuerza los regionales: la pretendida primacía de las lenguas locales, el afianzamiento de determinados privilegios económicos, etc.

A falta de una lengua propia y exclusiva, en fin, y sin haber alcanzado aún la desfachatez necesaria para exigir prebendas dinerarias, los andaluces andamos reivindicado ahora la posesión del Guadalquivir… Pero, ay, un piquito del río entra en Murcia, y un meandro roza Extremadura. Mejor hubiera sido seguir el ejemplo inglés. ¿Reivindicando qué? No sé, las playas nudistas de Almería, o los escotes y ombligos que se lucen en la feria de Sevilla. Eso, y un toque machadiano, y un recuerdo a Séneca y Averroes, y una emocionada mirada sobre el campo de soledad, mustio collado donde se alzan las ruinas de Itálica… Pero todo eso lo tenemos ya, sin disputárselo a nadie.

J.M.B.A.
Publicado hoy en Diario de Cádiz

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