miércoles, mayo 03, 2006

LECTORES




















Al mediodía (de dos a tres), inesperada concentración de lectores en un parque infantil. Tres, para ser más exactos: una señora de unos sesenta años, que lee un grueso tomo de una de las muchas colecciones de “clásicos universales” que ha publicado Círculo de Lectores, y al que imagino durante muchos años decorando algún estante de un salón; un hombre de treinta y tantos, desarreglado, hirsuto, vestido con un desaliño inclasificable, que igual valdría para caracterizarlo de mendigo que de oficinista dejado de sí mismo; lee (y maltrata, al mismo tiempo) un libro en rústica con letras grandes de colores en la portada: posiblemente, un best-seller o algún tratado de autoayuda; y, en tercer lugar, yo mismo, que leo la nueva biografía de Baroja que acaba de publicar Miguel Sánchez Ostiz.

El que los tres hayamos elegido ese rincón con columpios, en el que juegan desganadamente dos o tres niños demasiado silenciosos, se debe sin duda a que es el más resguardado: las zonas más abiertas del parque están expuestas a un inmisericorde viento marino. Con todo, en nuestro rincón también se nota el frío: los tres lectores llevamos nuestras livianas prendas de abrigo primaverales cerradas hasta el cuello.

Yo tengo muy claras las razones por las que estoy allí: dejo pasar la hora que media entre el fin de mis obligaciones y la salida de la persona con la que hago el viaje de vuelta a casa. Con la práctica de muchas semanas, he aprendido a aprovechar esta hora para leer. Los otros, ellos sabrán: el hombre permanece en su asiento hasta menos cuarto. Ésa, al menos, es la hora que marca mi reloj cuando lo veo levantarse y enfilar un callejón cercano, que acaba en un colegio: tal vez hacía tiempo para recoger a su hijo, a las tres. La mujer no parece tener prisa. Continúa en su asiento cuando también a mí me llega la hora de marcharme. Los niños hace ya rato que se fueron. Y de pronto, injustificadamente, siento que la mujer que dejo en el parque es la imagen misma de la soledad elegida, voluntaria; la que se conforma con vagos compañeros circunstanciales, más o menos cómplices, como lo hemos sido suyos el hombre desaliñado y yo hasta ese mismo momento. La dejo, no sin cierta envidia. ¿Las Obras selectas de Shakespeare? ¿La montaña mágica? ¿El asno de oro? Son los títulos que recuerdo de la colección a la que pertenece el tomazo que tiene entre las manos. Ahí queda, en la mejor compañía. ¿En la única posible para ella, hoy? A veces pienso que quienes se cruzan por la calle con alguno de estos personajes solitarios no pueden dejar de formular esa clase de pensamientos conmiserativos. Y, sin embargo, puestos a buscar motivos para compadecer al prójimo y, al mismo tiempo, reafirmarnos en nuestros recursos para llenar las horas, me parece que son mucho más dignos de lástima esos tipos apresurados que cruzan el parque como si verdaderamente su presencia fuera necesaria en algún sitio.

Quiero creer que la mujer me mira de reojo, mientras me alejo. Otro, piensa. Otro que no puede resistir la llamada general, las prisas, los horarios. Él se lo pierde.

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