sábado, mayo 13, 2006

SOBRE MAD MAX


He vuelto a ver la trilogía completa de Mad Max. No hay mucho que añadir al exhaustivo ensayo sobre la serie que hace poco publicó Rafael Marín en su blog. Pero sí un matiz, que quizá pueda aclarar algo sobre la verdadera naturaleza de este divertido engendro que, según como se mire, es un bodrio o una obra cinematográfica más que estimable.

Quiso el azar que viera el segundo y el tercer episodios antes que el primero. Y cuando termino de ver éste, una ocurrencia me asalta, con la fuerza de una certeza: el segundo y el tercero no son sino sueños, fantasías megalómanas del atribulado protagonista del primero.


Recuérdese que éste episodio inicial ocurre en un mundo más o menos contemporáneo del momento en que se filma la película: los tiempos de la crisis del petróleo, en los que abundaban las predicciones apocalípticas que anunciaban el definitivo agotamiento de las fuentes de energía y el consiguiente colapso de los modos de vida aparejados a su despilfarro. El de Mad Max I es un mundo precario y degradado, en el que, con todo, los modos de la sociedad de consumo occidental conservan su vigencia, aunque amenazados por una violencia indiscriminada y nihilista y por la casi completa inoperancia de los poderes públicos. No era España el único país donde tenía sentido una frase que dio título a una película: Miedo a salir de noche. Y de día. Max, recuérdese, es un policía que asiste a la muerte de un compañero a manos de unos pandilleros y al posterior asesinato de su mujer y su hijo.

En la segunda parte, El guerrero de la carretera, el escenario ha cambiado: la crisis energética ha causado una larga serie de conflictos sociales y bélicos que han desembocado en el definitivo colapso de la civilización. El patrullero conserva su uniforme y su coche (un “V-8” trucado, especial para perseguir pandilleros). También se conservan trazas ciertas del mundo destruido: carreteras en relativo buen estado, vehículos en condiciones de uso, e incluso determinadas reliquias de la tecnología y de las referencias de consumo de la antigua civilización (así, el Gran Humungus, archicaudillo de pandilleros, se proclama, entre otras delirantes afirmaciones, "rey del rock and roll") . La función de Max en este episodio, recuérdese, es evitar que la tribu de moteros nómadas capitaneada por Humungus destruya una comunidad pacífica surgida en torno a un pozo de petróleo todavía en explotación.

Si la continuidad temporal y causal entre la primera parte y la segunda es precaria, y se justifica vagamente por los innominados conflictos a los que se alude en el prólogo de ésta última, en la tercera parte (En la cúpula del trueno) esa continuidad resulta ya del todo inasumible. Es más, ahora se insinúa que lo que ha destruido el mundo del que procede Max no es la crisis energética, sino un conflicto nuclear: a él se alude en el relato pseudomítico que cuenta la tribu de niños abandonados que aparece al final de la película, y sus evidencias son palpables en ciertos detalles, como el hecho de que el agua que venden en las calles de la precaria ciudad a la que arriba Max esté contaminada por la radioactividad.

Sería prolijo enumerar la enorme cantidad de incoherencias e imposibilidades lógicas y temporales que salpican el relato. Sin embargo, vistas las tres películas en el orden anómalo en que yo las he visto esta vez , se destacan inapelablemente una serie de coincidencias y recurrencias. La ignominiosa máscara de cabezudo que le cuelgan a Max en la tercera parte, cuando lo condenan a morir de sed en el desierto (el "gulag"), es una réplica exacta de la máscara de goma con la que el policía juega nerviosamente en algún momento de tribulación de la primera parte. Allí, su mujer tocaba al saxo una melodía muy similar a la que uno de los esbirros de la reina de Bartertown (“Negociudad”) toca en la corte de ésta, al comienzo de la tercera parte: la llegada del guerrero de la carretera a este gineceo parece suponer una especie de regresión a sus recuerdos de la mujer muerta. El camión que encuentra abandonado al principio de la segunda parte, y que resulta una pieza clave en la evacuación de la comunidad amenazada que Max se ha prropuesto salvar (aunque a regañadientes, eso sí), es una réplica de uno de los monstruos de la carretera que dificultan su lucha con los pandilleros en la primera parte. Los vehículos de toda clase que circulan en ésta (grúas, motos cargadas de macutos y aditamentos, vehículos destrozados y trucados) se transforman, en las partes siguientes, en la amplia gama de vehículos estilizados que circulan por los desiertos del mundo posterior al apocalipsis… No puede ser casual, en fin, que los elementos constitutivos de este mundo sean recuerdos ciertos, más o menos deformados o descontextualizados, de la terrible aventura de Max en el primer episodio. Max ha quedado moralmente destruido. Y lo que vemos, en las partes subsiguientes, es la escenificación de su mente trastornada, poblada de fantasías megalómanas y vengativas. De este modo, la trilogía adquiere una insólita coherencia, por encima de todas las fallas lógicas y temporales que presenta si la vemos como la simple suma de tres episodios más o menos descabalados.

Ni el director ni los guionistas, posiblemente, pudieron prever este aspecto de su historia. Las condiciones de producción de esta clase de películas, dictadas por el oportunismo de la taquilla, imposibilitan la deliberada puesta en pie de un relato basado en una premisa estructural tan elusiva. Pero la otra lógica de la creación, la que se rige por asociaciones inesperadas, ecos, recurrencias y rimas internas, se impone aquí a las precarias condiciones de producción. Los guionistas actuaban bajo presión, y se dejaban llevar alegremente por la incoherencia oportunista, la repetición de guiños de éxito probado y el sensacionalismo descarado. Pero ésa es la lógica de los sueños. Y el resultado acaba siendo eso: una concatenación de sueños.


De ahí la fascinación que todavía causa esta triple historia, pese a los muchos puntos flacos que ofrece a un análisis mínimamente riguroso.

1 comentario:

RM dijo...

Interesante visión. Cierto es que Max está "Mad"....