miércoles, mayo 10, 2006

VEINTE, VEINTICINCO AÑOS

Me dicen que cierto bar de copas que yo frecuentaba hace años anda celebrando su veinte aniversario. De todo, piensa uno, hace ya veinte años. Como mínimo. Quienes acudíamos a ese bar, lo hacíamos convencidos de que estar allí era lo propio de nuestra edad y nuestros gustos. Es decir, íbamos allí por ser jóvenes. Ya no lo somos. Otros han tomado el relevo. Y muchos son, también, los que han permanecido fieles al local durante estas dos décadas, envejeciendo con él, experimentando el asombro de ver cómo nuevas generaciones heredan sus mismas actitudes, su prepotencia, su marcado instinto territorial. No podía ser de otro modo.

En cualquier caso, la lotería de los aniversarios a veces nos depara inesperados motivos de reflexión. ¿Cómo éramos quienes entonces teníamos los años que hoy cumple ese local? No lo sé, ni me gusta arriesgar esta clase de juicios. Se engañan quienes piensan que las personas responden, sin más, al arquetipo imperante en determinada época. Pero una cosa sí es cierta. Quienes cumplimos veinte años en la década de los ochenta sufrimos una especie de espejismo histórico. Éramos los primeros, pensábamos, que accedíamos a la vida adulta en condiciones de asumir plenamente nuestra libertad. El país entero se desperezaba, o eso parecía. En el cine, proliferaban las comedias de chicos y chicas modernos que transmitían ese vértigo de poder hacer con sus vidas lo que les viniese en gana: todos tenían aspiraciones vagamente artísticas, un cierto sentido del adorno personal (que contrastaba agradablemente con el desaliño de la generación precedente), un admirable impudor. Ése era el modelo. Nos las prometíamos muy felices. Por más que la realidad, la dura realidad, hablaba de altísimas cifras de desempleo, de una inflación alarmante, de una cierta precariedad en todo. Pero lo que bruñía la superficie de las cosas, les daba su brillo peculiar, eran los neones de los locales de moda, las musiquillas de la “nueva ola”, las moderneces del cine de Almodóvar, Colomo o Trueba.

Y ha sido otro aniversario, precisamente, el que nos ha hecho pensar en la otra cara de los ochenta. Acaban de cumplirse veinticinco años de la primera muerte causada por el aceite de colza: aquel fraude alimentario, recordarán, que envenenó literalmente a miles de personas, mató a centenares, y se cebó sobre todo en pequeñas poblaciones y en las periferias de las grandes ciudades; en los lugares, en fin, donde la gente acudía en masa a comprar cualquier producto barato que un desaprensivo pregonase desde una furgoneta.

Seguramente, esa imagen de los ochenta no es menos verdadera que la otra. Y hasta puede que sea su necesario reverso: aquel país atrasado, ceñudo, precario, soñaba con ser sofisticado, alegre, moderno; y quienes teníamos edad para hacerlo nos apuntábamos gustosos a esa ensoñación colectiva. Hace ya veinte, veinticinco años.

J.M.B.A.
Publicado ayer en Diario de Cádiz

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