martes, mayo 02, 2006

VERDADES

Durante la presentación en Cádiz de sus Diarios 2004, el periodista Arcadi Espada reiteró que Internet es el invento más grande habido después de Gutenberg. Depende de quien lo use, claro. A mí a veces me recuerda esa temible “máquina de odiar” que imaginó Camba en sus crónicas norteamericanas, y a través de la cual podríamos desahogar sin riesgo nuestras pulsiones más primarias. Eso, al menos, es lo que aflora con el anonimato y la impunidad que permite un medio en el que pueden sostenerse o difundirse libremente las mayores infamias. Lo que no es óbice para que haya quienes, dando la cara, se atrevan a usar los recursos de la red para ejercer noblemente su libertad de expresión.

Es el caso de Espada. En el referido acto, afirmó que Internet le permitía hacer lo que denominó una “crítica cultural del periodismo”, a su juicio bastante necesaria en un país en el que, cuando hay una manifestación, los periódicos no dicen cuántos asistentes hubo, sino que se limitan a repetir los datos contradictorios aportados por la organización y la policía: “ocho mil”, según éstos; “ochocientos mil”, según aquellos… Con lo que parece que se invita al lector a sacar su propia media ponderada: ¿ochenta mil? Echa Espada de menos que el periodista asuma su deber de informar, de enfrentarse a los hechos y calibrarlos por sus propios recursos, antes de confiar en el mero juego de las “versiones” de unos y otros. Quizá lo que el periodista debiera hacer, deducimos, es subirse a una azotea, otear la calle y, mediante una plantilla o cualquier otro instrumento de medición, calcular honestamente cuántas personas hay allí. Y dejar constancia. Y poner en evidencia las exageraciones de unos y los escamoteos de otros. Ésa es la independencia y la objetividad que esperamos de un periódico, y no que se limite a erigirse en árbitro de dos maneras discrepantes de juzgar la realidad.

A lo que Espada apunta, naturalmente, es a un fenómeno de alcance más profundo: al descrédito mismo del concepto de “verdad”. Estamos tan acostumbrados a oír que la verdad no existe, a aceptar como un hecho incontrovertible que ésta es resultado del consenso entre varias posturas enfrentadas (lo que puede ser válido para ciertas “verdades” de índole política o social), que hemos perdido la costumbre de afrontar los hechos. Preferimos adelantarnos a las interpretaciones, a las opiniones prestadas que luego podremos repetir cómodamente en nuestra tertulia. Por más que los hechos suelan ser tozudos y acaben siempre saliendo a la luz.

Sin ir más lejos (y el ejemplo está tomado también de la conferencia de Espada): ¿por qué ningún periódico tituló, hace dos domingos, que Eta había roto su tregua con un nuevo atentado? Porque los hechos desnudos, desprovistos de comentario oportunista, sustraídos a las “versiones” de unos y otros, resultan a veces muy intranquilizadores.

J.M.B.A.
Publicado hoy en Diario de Cádiz

2 comentarios:

Sra. de Winter dijo...

La verdad es la soledad. Usted lo explica muy bien en un poema ("Los amigos") en el que cuenta cuántos desconocidos verdaderos hay en cada uno. Supongo que lo recordará.
La verdad es también una trampa, un trampantojo. Los novelistas del Siglo de Oro lo vieron bien cuando construyeron sus personajes a base de mentiras recurrentes. Tomaban un patrón y lo repetían una y otra vez a lo largo de la novela, ratificándolo a cada paso, hasta que el espejismo de la espesura (verdad) se imponía al lector. Cervantes, sin ir más lejos, no hizo más que eso: metió a Alonso Quijano en su establo e hizo que éste inventara un patrón, fácil, metonímico, con una pechera de cartón, una espada mohosa y poco más. A fuerza de repetirlo a lo largo de mil páginas hizo que fuera verdad. Para todos, excepto para Alonso Quijano.
Por eso a la verdad, mal que nos pese, no podemos controlarla. Simplemente no existe. Sólo existen la soledad y el sufrimiento.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Habla usted, señora de Winter, de la verdad metafísica, de la imposibilidad de conocerse, de nuestra necesidad de reinventarnos día a día, aunque no confiemos en la consistencia del invento.

Mi artículo, más pedestre, trataba de las verdades de uso. Es como si, después de cien años de convivir con esa verdad inalcanzable de la que antes hablábamos, quienes se ocupan de otra clase de verdades más accesibles hubieran decidido aprovechar lo aprendido y dotar, también a éstas, de un carácter elusivo y tentativo que no les corresponde.

Los ejemplos que pongo, creo, están claros