miércoles, junio 28, 2006

AEROPUERTOS

Con el recién inaugurado aeropuerto inexistente de Jaén pasa lo que contaba Camba del tren de Villagarcía, en los primeros años de la República: lo importante no era que la máquina fuera vieja (sólo apta, decía Camba, para tostar cacahuetes); lo que los exaltados querían era que se le cambiara el nombre, y que en vez de llamarse “Alfonso XIII” le pusieran alguna denominación relacionada con el nuevo régimen; es decir, con la modernidad nominal, con el progreso meramente enunciado y todavía no experimentado. Algo así debieron de pensar los responsables del desaguisado aeronáutico: lo que quieren los de Jaén no es más que un aeropuerto que se llame “Aeropuerto de Jaén”, aunque esté en Granada. Y, ni corta ni perezosa, va la ministra a Granada y descubre una placa en la que dice que, a partir de ahora, el aeropuerto de dicha capital se llamará “Aeropuerto Internacional Federico García Lorca Granada-Jaén”.

Antiguamente, cuando la izquierda política estaba flanqueada de sesudos pensadores que rápidamente te señalaban la cojera del caballo, a este tipo de acciones se las calificaba de “voluntaristas”: reflejaban la mera voluntad de cambiar las cosas, no los cambios reales. Pero hechos como el descrito van más allá: simplemente abundan en un viejo error de concepto, el que nos lleva a pensar que, con cambiarle el nombre a algo, ya es otra cosa. Jaén sigue sin tener aeropuerto, pero en el universo de las ideas existe ya un ente llamado “Aeropuerto de Jaén”, y como el hombre se rige por esas entidades fantasmales –el amor, la justicia, el Cielo y el Infierno, la felicidad–, cabe suponer que quienes juzgaban imprescindible que esa dignísima, sufrida y discreta ciudad andaluza tuviera aeropuerto se darán ya por satisfechos. Si hay quien, en medio de las mayores calamidades, es feliz sólo por haber interiorizado el concepto de felicidad, y si hay quien, emparejado con un callo, cree gozar de las bondades del amor, no veo por qué no han de sentirse beneficiarios de un aeropuerto quienes tienen constancia de que, en algún lugar del ancho universo, existe uno apellidado “de Jaén”, aunque esté en Granada, aunque sea el mismo aeropuerto de Granada de toda la vida y pertenezca a esa ciudad a la que los jienenses, por mor de esos vínculos de dependencia no siempre justos que se crean entre una población grande y una menos grande, históricamente han acudido a estudiar, opositar, buscar empleo o recibir atención sanitaria.

Aunque, la verdad, no creo que en Jaén haya habido manifestaciones de júbilo ante la noticia. Algunos, incluso, ni siquiera habrán acusado recibo: ya están acostumbrados a coger el coche y plantarse en Madrid en cuestión de horas. Madrid, que no tiene la Alhambra, pero sí aeropuerto, universidades, hospitales, librerías, teatros, cines, museos… Y que, sin compartirlos nominalmente con nadie, los comparte con todos.

J.M.B.A.
Publicado ayer en Diario de Cádiz

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