miércoles, junio 21, 2006

ASFALTO

Quizá lo que más sorprende de la imparable progresión del cemento y el asfalto sea que va unida al deseo que muchos tienen de pisar… tierra, arena, hierba; sustratos que, como todo el mundo sabe, constituyen la antítesis natural del cemento y el asfalto que esos mismos ciudadanos pisan todos los días. Lo malo es que, para acercarnos a esa tierra olorosa, a esas arenas doradas, a esa hierba mullida, lo único que se nos ocurre es edificar lo más cerca posible de ellas. Para alejarnos de las ciudades construimos ciudades en el campo, o en lo que era campo hasta que los promotores inmobiliarios tomaron las medidas oportunas, dejando un pino aquí, una encina allá, una roca vistosa detrás de la valla publicitaria en la que la nueva urbanización se presenta como un lugar de ensueño. Porque lo que más llama la atención de este fenómeno es lo próximos que andan el afán de enriquecerse y las fantasías utópicas. Y es que quienes se instalan en un lugar llamado Pinos Verdes o Marina Azul, después de haber suscrito la correspondiente hipoteca, lo hacen urgidos por los mismos deseos de quienes, hace ciento cincuenta años, se iban a vivir a una comuna de Nueva Inglaterra bajo las directrices de un discípulo de Fourier: habitar un mundo igualitario y confortable donde practicar la jardinería y el ocio, lejos del mundanal ruido, pero sin prescindir del todo del calor gregario de una vecindad con las mismas aspiraciones. Un mundo en el que todo el mundo tiene cincuenta metros de jardín y el derecho a bañarse en una piscina comunitaria.

En esto nos pasa lo que al rey Midas: se nos ha hecho realidad un viejo sueño. Los lugares a los que les tomamos cariño hace, pongamos, un par de décadas, son ahora emporios turísticos donde apenas si reconocemos los encantos que nos atrajeron en su día. Y ni siquiera podemos quejarnos: si se han convertido en lo que son, es porque también fueron del agrado de otros muchos miles de personas. La cala a la que íbamos hace tres lustros, en la seguridad de que sólo íbamos a encontrar en ella a cuatro hippies, está ahora flanqueada de apartamentos. El villorrio al que acudíamos en invierno a ver nevar desde detrás de las ventanas, mientras nos confortábamos junto a la chimenea, es ahora tan populoso como el centro de una gran ciudad. El valle perdido en el que alquilaban esporádicamente una casita es ahora, todo él, un inmenso hotel, donde cuesta encontrar a alguien que are su huerta y cuide sus vacas. Y lo difícil es establecer quién fue el primero que cruzó el límite más allá del cual todo quedaba irremisiblemente trastocado, bastardeado, irreconocible.

Alguien tendrá que poner orden. Alguien tendrá que decirnos que el disfrute de las legítimas fantasías no siempre va unido a la satisfacción del instinto de propiedad. Alguien tendrá que impedir, en fin, que nos asfalten los pocos paraísos que nos quedan.

J.M.B.A.
Publicado ayer en Diario de Cádiz

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