viernes, junio 09, 2006

BLA BLA BLÁ

El problema de este tipo de escritura en paralelo al transcurrir de los días: si uno se descuida –y es fácil descuidarse–, el discurso se deja arrastrar hacia el terreno neutro y previsible de la actualidad periodística, se convierte en mera charla de café, blablablá. Es lo que siempre me ha alejado de la escritura de diarios: la idea de que, desde el momento en que uno da por sentado que son literatura (y quién que se dedique a esto no lo hace), la verdadera intimidad quede arrumbada a favor de una especie de retrato halagador de uno mismo como conciencia vigilante que opina sobre esto y lo de más allá y sale siempre bien parado. Ventaja de las “bitacóras” informáticas: su carácter público frena bastante ese modo de impostura. Pero quizá no lo suficiente.

Se me ocurren varias preguntas al respecto: a) ¿hasta qué punto lo que "opinamos" sobre esto o aquello constituye una verdadera experiencia -íntima o no- digna de comunicarse?; b) ¿hasta qué punto lo que sucede en ciertas esferas estancas -la política, los acontecimientos de la actualidad, etc.- modifican verdaderamente nuestra vida, o al menos la conciencia que tenemos de ella?; y c) el resultado de anotar estos dudosos y cambiantes estados de conciencia ¿constituye una verdadera autobiografía espiritual, o al menos un documento fiable sobre lo que somos, lo que hemos sido, lo que pensamos, lo que nos decide a actuar de un modo u otro?

Mi modo de resolver estas dudas, literariamente, ha sido inclinarme hacia una especie de híbrido: escribir historias de ficción con fundamento autobiográfico, pero sin hacer valer nunca ese "pacto de verdad" que le exigimos al diarista o al memorialista. Entre los poetas de mi edad, por cierto, estuvo de moda decir que la poesía era también un género de ficción. Curiosamente, ninguno de los que decíamos esas cosas hace, pongamos, veinte años, las decimos ahora.

2 comentarios:

JLP dijo...

¿Te acuerdas de una poética que escribí para no sé qué antología en la que decía algo así como "Ya nos enteraremos el día de mañana cuánto ligaba Benítez Ariza y si Juaristi jugó alguna vez a la ruleta rusa"?
Esto de ficción o biografía parece ser que nos ha preocupado mucho. Demasiado. ¿O demasiado poco?
Yo ahora, en mis declaraciones, soy más esplícito a la hora de hablar de autobiografismo pero no pierdo de vista el concepto literario. Es decir: de mano, uso a mansalva mi propia vida pero, incluso cuando soy muy directamente autobiográfico (o sea, cuando cualquiera que me conozca puede corroborar los hechos), no dejo de hacer ficción, estoy convirtiendo mi vida en materia ficcional, en un artefacto con pretensiones artísticas, distinto de la mera confidencia, que no necesita envoltorio estético.
Esto es válido para la poesía pero también para cualquier género susceptible de incurrir en el relato de hechos "verídicos": las memorias, el diario, el blog. ¡Hasta cuando le contamos a un amigo una anécdota estamos haciendo ficción! Porque escogemos una cierta manera de contarlo, unos detalles y no otros. Es decir: manipulamos la realidad para hacerla comunicable, interesante, relatable.
Todo esto me parece obvio y no es lo que me preocupa. Perseguimos un resultado, crear una cierta sensación con el relato que hacemos y, en ese sentido, lo de menos es que sea verdad o no. En eso, no deberían ser distintos un relato de ficción pura y dura y un poema directamente autobiográfico.
Y llego a lo que me preocupa: un poema o un conjunto de poemas de apariencia autobiográfica, donde existe una implicación importante, donde gran parte del efecto se basa en el hecho de que sea en gran parte un documento, un relato descarnado (pero trabajado estéticamente) de algo real, una confesión, una confidencia cómplice con el lector, ¿pierde su valor si lo que se cuenta es fabulado?
Al fin y al cabo, ¿quién puede saber si lo que se cuenta es real o no, aparte de los amigos del poeta?
Recuerdo que cuando leí "El cielo", de Manuel Vilas (un poemario que o te encanta o te repatea), pensé que habría una gran diferencia entre que todo fuera pura literatura o la descarnada confesión que parecía ser. Se podrían sacar muchos otros ejemplos.
En fin, que no me parece una cuestión secundaria, sino principal, que aún no he resuelto. Me disculpo mil veces por la extensión y porque todo esto quizá no sea del interés del lector en general sino de los poetas en particular, y no de todos.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Claro que me acuerdo del comentario, que incidía con no poca malicia en el meollo de "Las amigas", el libro que agrupaba mis poemas de entonces.

Las consideraciones que haces sobre literatura y "verdad" son indiscutibles y, por fortuna, creo que compartidas por la práctica totalidad de quienes hoy escriben, dando por superada una vieja dicotomía que ha causado no pocos quebraderos de cabeza y distorsiones en este oficio.

Yo apuntaba a algo más sencillo y, en cierto modo, ajeno a la literatura: la propia posición del individuo respecto a los hechos ajenos que se van añadiendo a su biografía, y hasta qué punto esos hechos, al ser reflejados en comentarios y opiniones más o menos gratuitos, pero que sentimos y defendemos como "nuestros", quedan asimilados a nuestro ser, o a esa expresión de nuestro ser que es el pensamiento. Es decir: hasta qué punto somos algo más que esa farfolla informativa de la que nos hacemos eco. O hasta qué punto es posible la expresión de la intimidad.

De rebote, claro está, esta cuestión te lleva a la literatura: escribir cuentos, poemas, etc. es un modo de reinventar esa intimidad problemática, cuya expresión "espontánea" suele ser tan pobre y hueca. Pero, en fin, es tarde y creo que me estoy embarullando.