viernes, junio 16, 2006

CARACOLES

Una hora sentado en una terraza, solo. Leo el periódico y ojeo un libro que he comprado, mientras consumo una, dos cañas de cerveza y lucho con un vientecillo que, sin llegar a ser del todo hostil, sí que resulta un tanto insidioso, como si su función fuera recordarme que no es posible tanta despreocupación, tanta ¿felicidad? Pero a lo que iba: tres encuentros jalonan la hora. Primero, una muchacha a la que recuerdo vagamente haber dado clases en alguna vida anterior, y que ahora se ha convertido en lo que entonces prometía: una mujer muy bella. Detiene su motocicleta junto a mi mesa y, sin mediar saludo, me comenta lo desagradable que está el día aquí, con este viento, con estas nubes. El aquí hace referencia a que ella viene de otra zona de la ciudad donde, al parecer, el clima es diametralmente opuesto. Como quiera que, a mi modesto entender, tales contrastes climáticos no son posibles en un intervalo espacial tan reducido, me encojo de hombros y sonrío, mientras sopeso la posibilidad de que la chica venga, efectivamente, de otra dimensión, o de otra galaxia más clemente. Ella hace un mohín y desaparece en el interior del bar. Al poco llega un chico, también en motocicleta y también ex-alumno, al que parece divertirle encontrar a un antiguo profesor suyo perdiendo el tiempo tan ostensiblemente en un bar que resulta ser, milagros del azar, propiedad de su hermana... El mundo, evidentemente, es un pañuelo. Porque la hermana también llega en motocicleta (todo el mundo, menos yo, llega aquí en moto) y, con su saludo, termina de confirmarme una vaga, pero muy agradable, sensación de pertenencia a un microcosmos.

Lástima que hoy no tengan caracoles, como otras veces.

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