lunes, junio 12, 2006

IRMA LA DULCE

Cuando terminas de ver Irma la Dulce, de Billy Wilder, te queda la impresión de que quienes mejor conocen a la protagonista, la prostituta interpretada por Shirley McLaine, son sus clientes (el marinero que la solicita con ansiedad, el millonario tejano que le deja unos billetes de propina a cambio de su triste historia, el apocado tendero de Les Halles), y no el desmedrado amante y “protector” que se le presenta en la persona del ex-gendarme Patou (Jack Lemon).

Los hermosos decorados, que prefiguran un París de postal, pueden inducirnos a olvidar ese hecho básico, a favor de la ensoñación romántica. Sí, terminamos creyéndonos que el ex-policía, enamorado de la prostituta, logrará redimirla; de hecho, pone todo su empeño en evitar que ella “ejerza”, y a tal fin él mismo usurpa (el juego de disfraces, tan grato a Wilder) el lugar de un único cliente dispendioso, que exime a la chica de hacer la calle. Bueno. Pero no hay que olvidar que Irma es una profesional celosa de su buen hacer y de su prestigio. Y que sus clientes, tocados por la benevolencia de Wilder, no son especialmente sórdidos o viciosos: más bien son gente entre cándida y necesitada, que parece haber encontrado en la chica la medida exacta de lo que requerían sus deseos y fantasías.

Es una pena (y un acierto de guión, a la vez) que la película no nos deje ver a Irma en acción: seguramente es portentosa. El amor de Patou se nos antoja insoportablemente egoísta; es “como si el empresario de la Pavlova pretendiese que ésta sólo bailase para él”, según acierta a explicar uno de los personajes de la película. Pero la Pavlova se debe a su público, y engaña a Patou… consigo mismo; es decir, con su alter ego, el presunto millonario inglés (el propio Lemon, disfrazado) cuyas visitas la mantienen fuera de la circulación. Cornudo de sí mismo, el ex-policía apadrina al niño nacido de esa relación y se casa con la prostituta. Pero intuimos que ni siquiera la maternidad o la respetabilidad aportada por el matrimonio conseguirán reprimir las cualidades naturales de Irma. Si la protagonista hubiera sido Marilyn Monroe, esta verdad resultaría todavía más evidente.

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