martes, junio 06, 2006

TRADICIONES

Algunos acontecimientos recientes me han hecho acordarme de ese pueblo en el que, hace pocos años, a unos desconsiderados les dio por emprenderla a tomatazos entre ellos. Como la ocurrencia hizo gracia, y fue recogida por la televisión, rápidamente las autoridades la elevaron a la categoría de “tradición” y se ocuparon de que la gamberrada se repitiese todos los años. En los últimos decenios hemos visto surgir centenares de “tradiciones” de esta clase, a la vez que se olvidaban otras de más antigüedad y enjundia. Aunque es posible, en fin, que estas últimas también tengan su origen en extravagancias impremeditadas y deban su preservación a la misma mezcla de novelería e intereses creados que alimenta las de nuevo cuño. La mera antigüedad no garantiza la dignidad o la belleza de determinadas tradiciones. Y son muchas, nuevas o viejas, las que se mantienen sólo porque apelan a ese fondo de barbarie, irresponsabilidad y mal gusto que aflora en nosotros en determinadas ocasiones multitudinarias.

No digo que este sea el caso de la “tradición” a la que han apelado los ayuntamientos del litoral gaditano cuando las autoridades costeras han amagado con prohibir las barbacoas masivas y demás celebraciones playeras. Es posible, incluso, que los ayuntamientos tengan razón, y que esas concentraciones festivas no hagan mal a nadie. O, más sencillamente, que no haya modo de evitarlas, ya que ninguna autoridad asumiría la responsabilidad de ordenar el desalojo de una playa invadida por una multitud, por mucho que esta usurpación masiva del espacio público pueda resultar perjudicial para el medio natural o lesiva de los derechos de quienes quieren disfrutar de una playa limpia al día siguiente. Todo eso puede considerarse. Pero lo que sobra aquí es el adjetivo “tradicional”: esas celebraciones nacieron anteayer, han sido fomentadas por las autoridades y carecen de cualquiera de los valores sentimentales o simbólicos que suelen ir aparejados a las verdaderas tradiciones.


Pero todavía más sospechoso me ha parecido el aparente respeto, e incluso la simpatía, con que las autoridades y medios de comunicación han asistido a cierto fenómeno surgido en torno a la agonía y muerte de la cantante Rocío Jurado. A alguno de los curiosos que merodeaban alrededor de la casa de la enferma le dio por garabatear un mensaje de condolencia en la pared. Inmediatamente, centenares, miles de personas imitaron su gesto. Y el resultado es que los herederos de la casa habrán de repintar la tapia garabateada en cuanto se sientan con ánimos para ello. Eso, siempre que la costumbre no cuaje en moda, y no haya veraneante en Chipiona que se resista al impulso de dejar su firma en esa pared, como otros la dejan en ciertos monumentos o en el reverso de los cuadros de los hoteles. Una nueva “tradición”, tal vez. Y hasta puede que una pujante atracción turística.

J.M.B.A.
Publicado hoy en Diario de Cádiz

1 comentario:

loganfugado dijo...

o también cuando unos millonarios por meter un trozo de cuero entre unos palos de hierro van y se suben, entre vítores, a un monumento del siglo XVIII. Y hoy lo raro es defender lo contrario. Lo aguafiestas.