sábado, junio 03, 2006

UN EXABRUPTO INVOLUNTARIO

Viendo ayer La pícara edad (This Happy Feeling, 1958), de Blake Edwards. Posible- mente, una de las películas más cursis de este director, y una de las pocas a las que no redime (a pesar de algún destello aquí y allá) ese cinismo suyo tan característico, tan apegado a los asuntos terrenales, al sexo, al deseo de placer en todos los órdenes (incluyendo el intelectual).

Un actor maduro (cuarentón, se dice en la película, aunque por su aspecto nadie le echaría hoy menos de cincuenta años) da refugio en su casa a una chica en apuros (la insoportable Debbie Reynolds) y se enamora de ella, para contrariedad del vecindario, de la experimentada amante del actor y de todos los que están al tanto del asunto.

Todo ocurre en una de esas confortables casas en Conneticutt sin las cuales no se entendería la alta comedia norteamericana de los cincuenta. El final, moralizante, pone las cosas en su sitio: la jovencita se empareja con un joven de su edad y el actor, que ha vuelto a los escenarios, pellizca las nalgas de su complaciente amante de toda la vida. Permítase a los viejos esas libertades, pues ellos saben lo que hacen. Y que nadie saque a los jóvenes de su burbuja de irrealidad. He ahí la moraleja.

Sin embargo, la película tiene un involuntario momento desternillante, gracias a un error de doblaje. Cuando el protagonista trata de explicarle a su amante la presencia de la jovencita en la casa, ésta le espeta, inopinadamente: "Vete al carajo". Y sí, bueno, Go to hell es tan fuerte como la castiza expresión española. Pero no está marcada como vulgar, ni tiene connotaciones obscenas. El traductor se carga el tono de sofisticación de la película. Y, de paso, nos hace un favor a todos: nos deja pasmados por unos segundos, antes de estallar en una carcajada.

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