miércoles, junio 14, 2006

URBANISMO*

Nada más lejos de mi intención que escribir sobre urbanismo. De esa ciencia o arte nada sabe uno, de ella no espera uno otra cosa que lo que los hombres temerosos les pedían antaño a los dioses crueles: que no les rocen, que no les hagan la vida más difícil, que no les priven de la presencia y compañía de lo que aman. Por eso me asustan un poco (un poco nada más, no crean) los proyectos más o menos faraónicos con que los políticos tratan de ganar el apoyo de los votantes para las ya inminentes elecciones municipales. Aquí y allá, levantan calles, presentan maquetas, se rodean de arquitectos visionarios. No creo que lo hagan porque sí: seguramente, sus asesores les han dicho que las relaciones que la gente mantiene con las ciudades, en general, no se basan ya en la fidelidad y en la memoria, sino en esa clase de exigencias caprichosas con que los niños pretenden hacer que la realidad sea un perpetuo espectáculo.

Y es que la gente ya no va a Londres porque allí siga estando la melancólica estampa del Parlamento y el Big Ben reflejándose en el Támesis, sino porque han construido una gigantesca noria para los turistas. Por lo mismo, cuántos miles de personas que jamás se habían planteado poner los pies en Bilbao, entrar en sus bares, pasear bajo los soportales de la unamuniana Plaza Nueva, no se apresuraron a aprovechar la primera combinación disponible para ver ese extraño museo con aspecto de montón de chatarra que le ha crecido a la ciudad a orillas de la ría… Y si no somos capaces de mantenernos fieles a la memoria de las ciudades extrañas, aquellas que, precisamente por serlo, conservan para nosotros toda la fuerza y la frescura de sus atractivos, mucho menos parece que queramos serlo respecto a las ciudad que habitamos, la que estamos cansados de recorrer y para la que ya no tenemos ojos ni capacidad de sorprendernos ante sus bellezas. Si por algo me gusta, en fin, recibir a amigos de fuera, es por lo mucho que me agrada ver mi ciudad con los ojos de otros, redescubrir sus peculiaridades, apreciar con ellos lo que cada ciudad tiene de único e irrepetible.

Naturalmente, eso no quiere decir que yo sea partidario de vivir en una ciudad momificada, ajena a cualquier innovación o reforma. Habrá cosas que mejorar, habrá grandes obras que emprender, habrá que echar mano de ideas ambiciosas para solucionar los muchos problemas que el crecimiento de una ciudad moderna plantea cada día. Pero se me ocurre que esta necesaria labor innovadora habría que hacerla con discreción, sin causarnos a los ciudadanos la inquietante sensación de vivir en un espacio provisional, siempre a medio hacer, siempre insatisfactorio. Y algo más inquietante aún: la idea de que, una vez concluidas todas las reformas, nada será lo que fue, los asideros de la memoria serán mínimos, la ciudad será otra. Y quizá, a la postre, no necesariamente mejor.

J.M.B.A.
Publicado ayer en Diario de Cádiz
*El mismo día de la aparición de este artículo dedica Diario de Cádiz un amplio reportaje a los proyectos urbanísticos aparejados a la candidatura socialista en las próximas elecciones municipales. La coincidencia no ha sido buscada. Lo que inspiró las líneas que preceden, escritas el pasado fin de semana, fueron más bien los planes de la actual alcaldesa de colmatar y urbanizar una parte de la marisma que se extiende junto al istmo que une la ciudad con San Fernando; una vieja querencia de la derecha gaditana, que desde hace decenios parece empeñada en destruir ese singular paisaje que a algunos nos parece muy hermoso y digno de conservarse. Fiel a mi costumbre, quise dar a mi artículo un sentido amplio y general, más allá de la coyuntura que lo inspiraba. Y el resultado ha sido que se ha anticipado a los planes del otro partido en liza. En los dos advierte uno, en fin, el mismo afán destructivo y la misma falta de cariño hacia la ciudad realmente existente. La misma falta de memoria sentimental.

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