lunes, julio 31, 2006

COMBINATORIA

Nada más ver las escenas iniciales de Adiós, Mr. Chips (Goodbye, Mr. Chips, 1939), de Sam Wood, mi hija exclama: ¡Es Hogwarts! Y, efectivamente, el colegio de trazas góticas en el que tiene lugar la trama de esta película es el antecedente directo, no ya del colegio de Harry Potter, sino de todos los colegios privados ingleses que han aparecido en el cine desde entonces.

Pero hay algo más. La película de Sam Wood narra la historia de un profesor (Robert Donat) que dedica más de sesenta años de su vida a enseñar en un colegio privado inglés. Durante unas vacaciones en el Tirol conoce a la que será su mujer (Greer Garson), sufragista y "moderna", que morirá de parto al poco tiempo de contraer matrimonio. El profesor encuentra consuelo en su trabajo y, al final de su vida, sentirá que el hecho de no haber tenido hijos queda plenamente compensado por haber contribuido a formar a varias generaciones de chicos.

Una historia sencilla y edificante, que hoy vemos con cierta condescendencia. Sin embargo, estamos ante el origen de todo un género, y ante un ejemplo rotundo de que el cine, como todas las artes (como todos los oficios artesanales, habría que especificar), obedece a un sencillo mecanismo combinatorio.

En efecto, si sustituimos a la animosa y progresista Garson por una esposa adúltera, amargada y resentida, tenemos la desazonante historia de fracaso personal y profesional que se cuenta en La versión Browning (The Browning Version), de Anthony Asquith (1951); si insistimos en la agonía de la mujer y en los sentimientos que esto puede provocar en un hombre naturalmente dado a la reflexión, tenemos Tierras de penumbra (Shadowlands, 1993). Si cambiamos al profesor por una profesora, tenemos la melancólica Dueña de su destino (Cheers for Miss Bishop, 1941) de Tay Garnett; si, sustituimos el alumnado de clase alta por el de los barrios bajos, nos sale Rebelión en las aulas (To Sir with Love, 1967), de James Clavell; o si trocamos la candidez asexuada de los miembros del claustro por la sospecha de que entre ellos pueda haber sentimientos no confesables, tenemos la especiosa y turbia historia de amor entre mujeres que se cuenta en La calumnia (The Children's Hour, 1961), de William Wyler...

La lista podría prolongarse mucho más, sin salirnos de ese sencillo mecanismo combinatorio cuya aplicación nos daría películas tan alejadas del modelo inicial como Las diabólicas (Le diaboliques, 1955) de Henri-Georges Clouzot o, ya que lo mencionábamos al principio, el ciclo de Harry Potter. El arte es eso: combinatoria. Sólo que, a veces, los productos resultantes nacen tocados de una gracia especial. Y eso es lo que nadie sabe explicar.

4 comentarios:

E. G-Máiquez dijo...

Magnífica entrada, tocada por esa gracia especial...

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Cargo el piropo a cuenta del género. El de las películas "de colegio". ¿A qué deben su popularidad? Quizá otro día intente contestarme esa pregunta.

E. G-Máiquez dijo...

¿A que el hombre por naturaleza desea saber? Y como cuesta, disfruta al menos viendo a otros hacerlo.
Es una propuesta.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Seguramente. Amplío un poco la discusión en la entrada de hoy.