sábado, julio 01, 2006

EL MINUTO DIGNO

Leo que, en su día, algún crítico puritano se despachó contra El aparta-
mento diciendo que "trataba de una buscona a la que le iba mal, y que encima pretendía que la compadeciésemos". Y el caso es que, en cierto modo, tenía razón. Los personajes de Wilder no son nada ejemplares. El tipo que pone su apartamento a disposición de las juergas de sus jefes, el compositor de poca monta que pretende vender los favores de su mujer a un cantante mujeriego a cambio de que éste se interese por sus canciones, el borracho irredento que utiliza la compasión que inspira en las mujeres para sacarles unos dólares, todos ellos representan lo más bajo, lo más ruin de la naturaleza humana. La sabiduría de Wilder consiste en hacernos ver que, en el fondo, no son tan distintos de cualquiera de nosotros; que su comportamiento se ajusta a una moral egoísta más o menos homologada por la práctica social; y que esa ruindad no impide que aflore en ellos, en determinadas circunstancias, algún que otro rasgo redentor: un gesto generoso, un acto desinteresado, una decisión digna. La moral de las películas de Wilder reside en el breve intervalo en que el individuo sopesa la posibilidad de realizar ese gesto. Es ese minuto de heroísmo que todo el mundo, hasta el más cobarde, ha experimentado alguna vez, y en el que parece no importar lo que antecede y lo que sigue. Y claro que los compadecemos. No por la valía intrínseca de lo que hacen, sino por el parecido que esos gestos tienen con nuestras propias fantasías de dignidad.

(Y prometo no escribir más sobre Wilder en una temporada)

Otras entradas sobre Wilder:
Trilogía de Nueva York
El vals del emperador
Nadie lo es
Irma la dulce

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