lunes, julio 24, 2006

FLOR DE CACTUS

Maravillosa Ingrid Bergman madura en Flor de cactus, de Gene Saks. Película rara, puro teatro filmado (al fin y al cabo, no es sino la adaptación cinematográfica de una obra de éxito en Broadway), con una cierta estética de "comedia de situación" televisiva avant la lettre: protagonistas caracterizados por su oficio (dentista y enfermera), amplia galería de secundarios en papeles arquetípicos, escenarios con aire inconfundible de decorados de estudio... Y algo a lo que ya hemos aludido, a propósito de Billy Wilder: ese aire inconfundible que tienen las películas hechas en Nueva York y sobre Nueva York. Todo un género, que quizá hemos aprendido a identificar gracias a las películas de Woody Allen (y no sólo Manhattan; veáse por ejemplo Broadway Danny Rose), pero que puede rastrearse a lo largo de toda la historia del cine.

En el caso que nos ocupa, una de las escenas más significativas, y más típicas de este género todavía sin acotar, es la siguiente. La pareja formada por un ya maduro Walter Matthau y una jovencícima (y feísima, todo hay que decirlo) Goldie Hawn pasa por delante de un cine discutiendo el posible divorcio de la presunta esposa del primero, a la que se atribuye un romance con otra persona (ni la esposa existe ni el presunto romance: todo son añagazas de Matthau para servir sus propios fines); pasan por delante de un cartel de la recién estrenada, y entonces celebrada, Romeo y Julieta de Zeffirelli. Y entonces la chica pregunta: "¿Se casarán?", refiriéndose a la pareja objeto de la conversación, aunque el espectador no puede evitar pensar que el comentario va dirigido a los jóvenes amantes de Verona; y que, involuntariamente, arroja luz sobre la desinformada candidez de esa muchacha presuntamente "liberada" y moderna. Eso es el cine de Nueva York: humor ambiguo y sardónico, propiciado por los contextos variados y cambiantes de la ciudad y la carga de alusiones que aportan a cualquier situación, matizándola y alterándola. Puro Woody Allen, si quieren. O puro Billy Wilder. Aunque uno y otro deben su humor a una larga tradición, de la que ellos no son sino eslabones importantes.

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