lunes, julio 17, 2006

MUNDO PORTÁTIL

–¿Le importaría echarle una miradita a nuestras cosas mientras nos damos un baño?

Levanté la vista del libro. El hombre sonreía y señalaba con los ojos el conjunto casi cubista que formaban su sombrilla, de la que pendía una vistosa tela verde limón movida por el viento, una mochila, dos taburetes plegables… Asentí, no tanto al hombre como a su compañera, que lucía un topless tembloroso y vagamente mal avenido, como si cada pecho apuntase a un punto cardinal distinto. Noté cómo mi mujer enarcaba una ceja por encima de la revista tras la que eludía toda responsabilidad en mis tratos con los extraños. Éstos ya se alejaban hacia la orilla: él, con un trotecillo pseudoatlético, como esos turistas animosos de hace cien años que tomaban baños de mar por prescripción médica; ella, de puntillas y a pasos cortos, como si caminase por el borde de un volcán, la mancha dorada de su cuerpo partida en la cintura por el cordoncillo oscuro de su tanga.

El declive terminó por borrármelos, o al menos contribuyó a que el hilo visual que me unía a ellos se hiciera más tenue, hasta que no supe cuáles de las muchas cabezas que asomaban en el agua correspondían a ellos. Volví a mi lectura con esa sensación culpable del que utiliza un libro para escudarse. Oí la voz de mi mujer.

–Extranjeros, ¿no?

La verdad es que no supe qué decir. Su español, desde luego, era correcto (claro que tampoco habían hablado tanto como para que el veredicto fuera inapelable). Eran más bien sus gestos los que de algún modo delataban su condición foránea. Tampoco hubiese sabido decir de qué país eran: no tenían la piel de gamba cocida de los nórdicos, ni la tonalidad verdosa de los mediterráneos. Si acaso, el acabado curtido de quienes pasan muchos días del año a la intemperie y están acostumbrados al sol. Desocupados, felices, habitantes de un mundo ancho y despreocupado. Cerré el libro, dejé caer los párpados. Pensar da sueño en determinadas circunstancias.

–Vaya siesta que te has echado –oí que decía mi mujer, algún tiempo después. Me froté los ojos, como para borrar las últimas imágenes de un sueño no del todo agradable, cuya trama había olvidado ya. Instintivamente, dirigí la mirada a la sombrilla y demás propiedades cuyo cuidado me había sido encomendado. Allí seguían, ofreciendo su geometría dispersa a la mirada distorsionada de algún pintor atrevido. Ellos no habían vuelto.

–¿Cuánto tiempo ha pasado? –pregunté.

–Dos horas.

Me levanté a otear la orilla. En el agua ya no había nadie. Empujados por el poniente, algunos grupos, ya vestidos, marchaban en dirección a los aparcamientos.

–Volverán, no te preocupes –dijo mi mujer.

Eso me dice siempre. Y, sí, a veces vuelven por sus cosas. Y es entonces cuando desaparecen para siempre. Atléticos, felices. Él, llevándola a ella por la cintura, la mochila colgada de un hombro, los taburetes plegados.

Ese mundo portátil.

J.M.B.A.
Publicado ayer en Diario de Cádiz

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